El ascenso
Habían sido unos meses muy intensos para ambos en el trabajo. Hermione había participado en cuatro audiencias de gran relevancia en el Wizengamot en defensa de los derechos de los centauros. Aunque, a pesar de su dedicación los prejuicios arraigados que consideraban a los centauros como criaturas inferiores seguían siendo un obstáculo para lograr leyes favorables para ellos en el Reino Unido. Mientras tanto, los Chudley Cannons habían avanzado a los octavos de final en la Liga de Clubes en Europa, lo que implicaba entrenamientos aún más exigentes para mantener su posición de liderazgo en la liga veintiún.
Los deseos que tuvieron en año nuevo de pasar más momentos juntos estaban resultando frustrantemente difíciles de cumplir. Ron, agotado después de una extenuante práctica y en la ducha, recordaba los planes fallidos que tenía con Hermione para una escapada romántica, ya que, sus trabajos estaban siendo demasiado demandantes en el último tiempo. Eran casi las siete de la tarde y aún estaba en el camerino del estadio.
—Estoy muerto —se quejó Ben mientras se quitaba la vestimenta de Quidditch para entrar a la ducha—. Ron, eres el capitán. ¿Por qué permites que James nos torture de esta manera? No siento mis manos.
La nueva estrategia de entrenar bajo condiciones climáticas adversas no había sido la idea más sensata de James, y la moral del equipo había disminuido considerablemente después de una sesión de práctica frustrante. Ron se vistió en silencio, completamente exhausto.
—Odio estar en el equipo B —musitó Marshall a su lado—. Ron, ya han pasado semanas desde la penalización en Alemania. Habla con James para que me levante el castigo. Soy el puto hazmerreír, y te aseguro que, de seguir así, no estaré en la próxima nómina de la selección inglesa.
—No insultes al equipo B —intervino Robbins, que era el guardián de reserva, mientras se desvestía—. Te hemos recibido bien.
Ron le envió una mirada reprobadora a Marshall y escuchó las quejas a su alrededor, pensando que lo mejor era intervenir antes de marcharse a casa.
—¡Hey! Tranquilos, los entiendo. Yo también creo que James se ha excedido hoy, pero el domingo, cuando ganemos, lo agradeceremos. El clima seguirá siendo horrible, y es crucial que tomemos precauciones con las escobas y la indumentaria que utilizaremos —dijo, evaluando el lado positivo de la situación para levantar la moral del equipo.
Se despidió de sus compañeros y se encaminó hacia la zona de chimeneas cuando escuchó a Marshall gritándole que se detuviera.
—Ron, por favor, necesito volver al equipo titular —solicitó Marshall nuevamente—. Eres mi capitán, pero también mi amigo. Te lo ruego, no soporto un partido más desde las gradas.
El pelirrojo lo miró, considerando la situación. Era claro que el equipo titular necesitaba a Marshall; tenía un talento innato para el Quidditch, aunque a veces su comportamiento podía ser problemático, razón por la cual estaba en el equipo B.
—Hablaré con James —respondió finalmente Ron, sin prometer nada.
—Sé que no debí enfrascarme en esa discusión con esos bastardos de Múnich y fue estúpido exponerme con esa amonestación —dijo Marshall haciendo mea culpa, mostrando real arrepentimiento de los hechos—, pero soy un hombre nuevo, y estoy comprometido al cien por ciento.
—Lo sé, Marshall. Te conozco, y por eso mismo debes disculparte con el equipo B —sentenció Ron antes de emprender camino hasta la oficina de James—. Todos somos parte de los Cannons. No lo olvides nunca.
—Sí, mi capitán —respondió Marshall de mejor ánimo—. Cuidaré mis palabras.
El compromiso de Ron con su equipo era evidente, buscando siempre equilibrar las necesidades tácticas con el bienestar y la cohesión del grupo. Sus compañeros y entrenador lo respetaban, y escuchaban sus consejos siempre. Se desvió de su camino para ir a la oficina de James y hablar con él sobre la necesidad de replantear la estrategia del domingo, además de exigir que el material de las capas e indumentaria fuera completamente impermeable para que la hipotermia no los perjudicara durante el encuentro y pedir la reincorporación de Marshall como cazador. James dijo que consideraría sus palabras sobre el cazador.
Ron solo deseaba llegar a casa con Hermione. En su camino de regreso a las chimeneas, escuchó que gritaron su nombre. Se giró y vio cómo Alexandra se acercaba a él, cargando sus cosas.
—Hey —dijo él a modo de saludo.
—¿Ya te marchas? —preguntó ella, caminando a su lado.
—Sí, hora de ir a casa. ¿Día eterno, no?
La bella italiana sonrió con delicadeza.
—No, a mí me encantan los entrenamientos. La práctica hace al profesional.
Ron le sonrió.
—Me gustaría tener tu espíritu y aún tener energías después de pasar seis horas bajo la lluvia.
Los ojos de Alexandra brillaron.
—Me halagas —dijo ella, acomodándose el cabello—, pero soy yo la que te admira, hombre récord.
—¿Hombre récord? —preguntó él, enarcando una ceja, confundido.
—Como decir pluripremiato... —dijo ella, pensativa, agitando la mano mientras buscaba la palabra—. Hombre trofeo... premiado, reconocido.
—Oh, te entiendo —contestó el pelirrojo—. Te refieres al premio por el récord de los aros invictos.
—Sí, cuando nos conocimos estabas por recibir ese premio. Jugador destacado de la temporada 2003/2004. Nunca te pregunté, pero ¿ ¿Quién te rimuovere il invicto?
—Mi hermana Ginny —dijo Ron, entendiendo a qué se refería la italiana—. Ella anotó y me arrebató el invicto en los aros. Veintidós largos meses en la cima.
—¿Tal vez una pasada rivalidad de infancia?
Ron se fijó en el reloj del hall del edificio y pensó en lo sumamente tarde que llegaría a casa.
—Ginny es una de las mejores jugadoras que conozco, y cuando nos enfrentábamos en Quidditch, cada uno pensaba en su equipo. Somos muy competitivos, y no miento al decir que estoy esperando con ansias que se reintegre a las Arpías para seguir enfrentándonos.
Alexandra asintió con la cabeza.
—Ya no te retengo más —dijo, sujetando el brazo del pelirrojo—. Debes estar ansiando volver a casa.
Los ojos de la italiana de pronto se tornaron tristes, pero Ron estaba tan absorto en sus pensamientos y cansado que no se dio cuenta del cambio en su compañera.
—Sí —dijo Ron—. Hermione sale temprano del trabajo los viernes, y debe estar esperándome para cenar.
—Nos vemos entonces —dijo la bella italiana antes de agarrar un puñado de polvos flu y desaparecer en medio de las llamas de la chimenea.
Cuando Ron llegó a casa en lo único que pensaba era en comer mucho antes de dormir.
—¡Amor, estoy en casa! —gritó mientras se dirigía a la habitación para cambiarse de ropa.
—¡Hola, Ron! —respondió Hermione desde la cocina—. Ven cuando estés listo, mis padres están aquí.
Ron se puso cómodo rápidamente y, de camino a la cocina, vio a Crookshanks en la habitación de "Quidditch", donde guardaba todos los recuerdos que había reunido a lo largo de los años.
—¿Cuidando el fuerte, Crookshanks? —le dijo a modo de saludo, rascándo detrás de las orejas del gato antes de continuar su camino.
Al llegar a la cocina, saludó a sus suegros con un abrazo.
—¡Qué sorpresa tan agradable! —dijo con una sonrisa, dando un beso a Hermione, que estaba revisando el guiso en el horno—. Huele delicioso.
—Gracias, Ron. Espero que te guste —dijo Hermione, devolviéndole la sonrisa, aunque como siempre, se sentía un poco insegura de lo que cocinaba.
—Lo siento, hoy he tardado mucho —dijo Ron, agotado, mientras abría el grifo para beber un vaso de agua.
—Luces cansado —comentó Hermione, tomando su mano con preocupación—. ¿Estás bien?
—Sí, solo fue una tarde muy larga en el trabajo bajo la lluvia. ¿Y tú, cómo estuvo tu día?
—Sin mayores novedades —respondió Hermione, mirando hacia otro lado. Sin embargo, sus ojos delataban que había algo más.
Ron, notando su vacilación, estaba a punto de preguntar más cuando el padre de Hermione intervino con entusiasmo.
—¡Ron! He conseguido unas cañas de pescar nuevas. Tenemos que salir a probarlas pronto, ¿qué dices?
Ron se rió, contento por lo que le comunicaba su suegro.
—¡Eso suena genial! Ya estaba pensando que necesitábamos una buena excusa para un día al aire libre señor Granger.
Hermione sonrió al ver la buena relación entre su marido y sus padres. Mientras Ron y su padre planificaban su día de pesca, Jane, la madre de Hermione preparaba la ensalada favorita de Ron.
Durante la cena, compartieron historias, rieron y bromearon entre sí. Hugo contó una divertida anécdota de su juventud, haciendo que todos estallaran en carcajadas. Hermione estaba muy contenta como después de la guerra la relación con sus padres se había vuelto mucho más cercana. Compartir con los Weasley había sido fácil siempre, ellos eran calidos y la habían admitido en su casa desde antes de ser la novia de Ron, pero con sus padres había sido diferente. Después de revertir el hechizo de memoria en Australia, ellos le habían expresado su decepción por haberles ocultado la gravedad de los hechos, por hacerlos sentir fuera de su vida y de su mundo. Ron estuvo a su lado sosteniendo su mano con fuerza su mano y habló con sus padres con la verdad, les contó del peligro, del miedo constante, de los magos oscuros y también les prometió que si volvían a Inglaterra con ellos, nunca más les ocultarían algo.
Ron trajo hidromiel para hacer un brindis, y siguieron conversando en la mesa. Más tarde, después de acompañar a sus suegros a su casa, Ron regresó para encontrar a Hermione esperándolo en la sala de estar.
—Déjame adivinar... ¿No hay nada debajo de esa camiseta? —le preguntó Ron, acercándose al verla en una de sus viejas camisetas que Hermione a veces usaba para dormir.
—Tienes que venir y averiguarlo —dijo Hermione, mientras una leve sonrisa juguetona aparecía en su rostro—. Te he extrañado.
—Y yo a ti —respondió Ron antes de abalanzarse sobre ella para besarla—. Pero esta camiseta sobra.
—Creo que tú eres el que está completamente vestido.
Ron se separó y comenzó a quitarse la ropa mientras besaba a Hermione con pasión y ferocidad.
—Me han ofrecido un puesto en el Departamento de Relaciones Exteriores —dijo Hermione, besándole el cuello—. ¡Sorpresa!
Ron se alejó lo suficiente para mirarla directamente a los ojos, pero detrás de la pasión no vio la alegría que esperaba encontrar en ellos.
—Estoy orgulloso de ti —dijo, dándole un beso rápido—. ¿Quieres hablar de ello?
Hermione se sentó a horcajadas sobre él y lo abrazó.
—La verdad es que creo que más que un ascenso, es un "no queremos más problemas".
Ron apartó un mechón de su cabello y sujetó su cara con las manos. Había sido Percy quien le comentó en una ocasión que las reformas que proponía Hermione no lograrían ser aprobadas por los miembros conservadores encargados de la legislación mágica. El Reino Unido había atravesado una guerra mágica, pero aún no estaban preparados para liberar a los elfos domésticos ni para dar oportunidades a los hombres lobo y centauros.
—No pienses eso —repuso él, acariciando su cabello, sabiendo que Hermione no quería abandonar sus proyectos—. Eres Hermione Granger, la bruja más inteligente de nuestra generación. Donde sea que estés, lo harás genial. ¿Serviría de algo hablar con Kingsley?
—Fue Kingsley en persona quien pasó por mi oficina. Dijo que Jeff puede quedarse a cargo del departamento. Me dio unos días para pensarlo, y he estado evaluando lo positivo y lo negativo de la situación.
—Sea lo que sea que decidas, te apoyaré.
—La vida laboral no está siendo lo que pensaba —admitió la castaña, juntando su frente con la de su marido.
El éxito de la carrera de Ron contrastaba con la de Hermione, y eso le parecía injusto, porque veía cuánto empeño ponía ella en cada caso y ley en la que trabajaba.
—Lo entiendo —repuso él.
—¿Sabes lo que más detesto de esto? —dijo Hermione, molesta—. Que me he perdido días importantes para ambos por cumplir con el trabajo, y ahora soy tan imprescindible. Lo siento Ron.
Ron se acercó y la besó para transmitirle paz.
—Me alegra que compartas esto conmigo. Sabes que siempre te escucharé y tal vez desde este nuevo puesto puedas traer nuevas ideas de como otros países manejan las legislaciones de los elfos.
Hermione volvió a besarlo con pasión. Ron correspondió al beso, sintiendo la intensidad de los sentimientos de Hermione en cada movimiento de sus labios. Había algo en ella, una mezcla de pasión y vulnerabilidad, que le hacía sentir más cerca de ella que nunca, a pesar de las tensiones y desafíos que habían enfrentado.
Después de un rato, se separaron, ambos respirando con dificultad, sus frentes aún juntas.
—¿Quieres…?.— Dijo Hermione suavemente, mientras sus dedos trazaban líneas suaves en el pecho de marido sintiendo su erección—. ¿Llevarme a la cama?
—O podemos continuar en este sillón.— dijo Ron quitándole la camiseta Hermione para colocar sus manos sobre sus senos.
Hermione sentía la pasión de su marido y continúo dejando besos en su cuello.
—¿Eventualmente... cuándo debes dejar tu oficina?.- Preguntó él distraído dejándose amar por ella.
—No quiero pensar en ello —dijo Hermione con nostalgia.
—Lo pregunto porque... —Ron sujetó a Hermione que tenía las piernas alrededor de su cintura y la cargó hacia su habitación—. Nos merecemos una despedida en tu escritorio. El mejor sexo de despedida.
Hermione soltó una carcajada ante la ocurrencia de su marido y estampo un beso apasionado en sus labios sintiéndose más segura entre sus brazos. Agradecida de tener en Ron un apoyo constante, indispensable que la hacía ver lo bueno en cada situación.
Lo siento, he tardado muchos años. Pero espero poder darle el final que esta historia merece.
Saludos cordiales (Tal como en los correos de trabajo)
Fin del spam.
