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𝗥 𝗨 𝗠 𝗘 𝗨 𝗥 𝗦

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08: Orgullo herido


«Nico Robin pertenecía a una pandilla de extorsionistas»

—¿Está escuchándome, capitán?— la voz de Penguin logró sacarlo de sus cavilaciones, parpadeó un par de veces tratando de recordar de que estaban hablando pero falló. Su compañero negó con la cabeza y suspiró —Olvídelo, mejor le preguntaré a Shachi— y se fue dejándolo solo en el comedor.

Maldijo en voz baja y se revolvió el cabello, las palabras de la pelirroja se repetían en su cabeza como un bucle sinfín. Aquella tarde en el Baratie, ella le había dicho tantas cosas, estaba afectándole más de lo que debería.

Lo estaba observando incrédula, llevaban observándose alrededor de diez minutos en completo silencio. Lo único que escuchaban era el cotilleo de las señoras que tomaban el té en la mesa contigua, también los ruidos del barista y su máquina. Nami parecía tener una lucha consigo misma, mientras que él solo rememoraba esa noche con lujo y detalle.

—No puede ser cierto— murmuró la pelirroja tomando un sorbo de su café frío —¿Insinúas que me acosté contigo?— preguntó señalándolo, Law asintió con una sonrisa —¿Por qué demonios estás tan feliz?

—Bueno, siempre has dicho que me muero por ti y que no soy tu tipo— recordó Law haciendo énfasis en lo último —Sin embargo, pasaste una noche conmigo, ¿no crees que es gracioso?— dijo con picardía, era tenía a Nami en bandeja de plata. Ya no era ella quien se reiría de él, sería el azabache quien tomara cartas las riendas.

—Muy bien, si, tuvimos sexo— acotó derrotada la pelirroja cruzándose de brazos —No creas que por una noche de pasión; ya me tienes a tus pies.

—¿Ah no?

—Claro que no, estábamos ebrios. Fue un error que no debemos volver a repetir.

«Fue un error»

«Error»

¿Cómo la mejor noche de sexo que tuvo en su vida pudo haber sido un simple "malentendido" para ella? Mentiría si dijera que esas palabras no habían golpeado su hombría, sentía que su ego había sido cortado en mil pedazos por la afilada lengua de la pelirroja. Se detuvo en seco mientras abría la nevera para sacar un refresco, ¿no había sido lo suficientemente bueno? ¿Era malo en la cama?

—Mierda— masculló cerrando la nevera de un portazo y dirigiéndose a su habitación a grandes zancadas. Tomó su móvil y llamó a su padrino, necesitaba desahogarse con alguien, se desesperó al ver que no atendía la llamada. Se cambió de ropa y salió a tomar un poco de aire, necesitaba a gritos un trago. Tomó un taxi y dió una dirección que hace mucho no frecuentaba.

La taberna seguía igual a cómo la recordaba, la única diferencia era el gran letrero de luces neón que indicaban el nombre del lugar, podía leerse «Sunny» desde lejos. Se bajó del taxi y dudó un poco, ¿cuándo fue la última vez que pisó ese lugar? Fue cuando dejó de competir en las carreras clandestinas hace más de dos años. Pudo divisar algunas motocicletas aparcadas afuera, reconoció algunas de ellas; asumiendo que lo más probable es que hubieran rostros conocidos allí dentro.

Siempre podía fingir demencia y continuar con su vida como si nada hubiera ocurrido.

Entró al bar y por dentro habían grandes cambios, la barra era más espaciosa y amplia, contaban con más mesas e incluso había acceso a un segundo piso que tenía una vista increíble, el dueño se había lucido con las remodelaciones. Algunas miradas curiosas se posaron sobre él, Law las ignoró y se sentó en la barra pidiendo el cóctel que solía beber en aquellos días de gloria.

—Vaya, vaya— el bartender lo saludó con una amplia sonrisa —El Cirujano de la Muerte entró en escena.

—Franky-ya— saludó con un movimiento de cabeza —Veo que las cosas han cambiado por aquí— señaló el segundo piso y el hombre de cabello azul sonrió aún más mientras hacía poses extrañas. Preparó su cóctel en cuestión de segundos y lo sirvió en un vaso corto, el sabor dulce de la cola y la amargura del ron se mezclaron en su paladar, se tomó el cóctel de un solo trago y pidió algo más fuerte.

—Escuché por allí que estás detrás de la Gata Ladrona— Franky colocó una botella de whiskey frente a él y lo observó con una divertida expresión —¿Te robó el corazón?— Law no pudo evitar bufar al mismo tiempo que se servía un vaso de whiskey.

—Esa víbora...— murmuró con cólera, rememorando sus palabras —La odio, no sé cómo pueden ser amigos de una mujer tan ruin como ella— se quejó frunciendo los labios, inconforme con absolutamente todo. Franky soltó una carcajada y sirvió otro vaso a la persona que se sentó a su lado en la barra

—Nami es muy especial, pero puedo jurarte que es buena persona— la voz de una tercera persona lo hizo girarse encontrándose con El Capitán de la banda del sombrero de paja. Luffy sonreía de oreja a oreja, siempre parecía contento y eso a veces irritaba a Law —¿Tuviste problemas con ella?

Llegados a este punto, ya no le importaba a quien decírselo; solo quería desahogarlo. Soltar toda su frustración y recibir una opinión imparcial de todo ese lío en el que estaba metido. Y así fue, aprovechó que Franky abandonó la barra para detener a dos borrachos que peleaban en el piso de arriba y se lo contó todo al pelinegro que comía a montones mientras bebía soda de uva.

En cada palabra tomaba un trago, recordar sus interacciones con la pelirroja le causaba una gran jaqueca.

—No entendí nada pero siento pena por ti— comentó Luffy colocándole una mano en el hombro —Es que no eres pelirrojo, Torao— y allí iban de nuevo, según los rumores Nami solo se fijaba en los malditos pelirrojos. Parecía que era un imán para los hombres de esa calaña, ¿por qué? No lo entendía, Law no era un hombre feo, en el instituto recibía cartas de amor que siempre rechazaba, ¡incluso en la universidad! Habían muchas chicas que al verlo desfallecían, su físico no era malo. Iba al gimnasio con regularidad, su cuerpo era atlético y delgado, más no escuálido.

Su piel morena estaba en buenas condiciones, incluso tenía un ritual de skincare que su hermana le había obligado a aprender. Su barba también era prolija, la mantenía bien cuidada; si lo ponía en palabras cortas era un buen partido. Si ese era el caso, entonces ¿por qué esa mujer...

—¡Oh! Nami, ¿qué haces aquí?— Luffy abandonó la barra para saludar a la recién llegada, el azabache levantó su cabeza y la observó con el rabillo del ojo. No quería cruzar miradas con esa bruja, su mente era un revoltijo de pensamientos contradictorios, se sirvió otro trago y lo bebió ignorando la algarabía que se formó con la llegada de la pelirroja.

Fue un idiota al creer que Monkey D. Luffy podría darle una respuesta a sus problemas, ese hombre ni siquiera usaba la razón y actuaba como un tarado la mayoría del tiempo, ¿cómo es que era el campeón de natación de la universidad? Era un gran misterio, no lo comprendía.

Nami conversaba animadamente con Luffy y Franky a unos cuantos metros, hablaban sobre los exámenes que se avecinaban. Law se recostó en la barra y resopló, ¿cómo podía estar tan tranquila? Ella actuaba como si nada, ¿es que era tan fácil actuar como si nada hubiera sucedido entre ambos?

No entendía a las mujeres.

La taberna se encendió con la llegada de otra persona, se oyó el rugido de una motocicleta y acto seguido entró uno de sus nemesis, ese asqueroso hombre de cabello color pimentón saludó de forma vulgar a todos y se posó a lado de la pelirroja, pasándole un brazo por los hombros y saludándole con un beso en la mejilla.

¿Desde cuándo Eustass Kid era tan amable con las damas?

Ya había tenido suficiente.

Se levantó con pesadez, el mundo le daba vueltas y tuvo que sostenerse de su asiento durante unos segundos. Buscó su billetera y dejó una generosa cantidad de dinero en la barra y salió del bar sintiendo la brisa nocturna golpearle el rostro, ¿en qué momento había oscurecido? Se encogió de hombros y arrastró los pies hacia la calle, tenía hambre y si su memoria no fallaba había una tienda a unas dos calles.

Con cada paso, el suelo parecía ser de gelatina. Le causaba gracia, sonreía como un idiota al mismo tiempo que caminaba sintiendo su cuerpo ligero, solo si fuese algodón. Hace mucho tiempo que no bebía tanto alcohol, la última vez fue en la fiesta de inauguración donde conoció a la pelirroja. Oh, esa maldita mujer estaba acabando con su cordura, sacó su móvil y tanteando llegó hacia el contacto de la pelirroja.

No pasaron mas de dos tonos hasta que ella contestó.

—Eres una bruja— escupió observando la calle antes de cruzar, la gente lo miraba con curiosidad. Pero no le importaba —¿Cómo puedes ser tan fría?

—¿Torao? ¿Estás bien?

—¿Desde cuándo te importa como estoy?— cuestionó entrando a la tienda, buscó un ramen instantáneo y una botella de sake —Los pelinegros no somos dignos de tu atención, ¿verdad? Eres una egoísta...— hipó mientras pagaba sus compras, se dirigió a la zona donde podía preparar su ramen y colocó su móvil en altavoz —Disfruta tu noche con Eustass, bruja.

Y le colgó, sus decisiones ya no le parecían tan claras y razonables. A este punto, ya nada tenía sentido, solo actuaba por impulso, se reía de sí mismo por ratos y le costaba utilizar los palillos para comer. Parecía que llevarse un bocado a los labios era una misión imposible, volvió a carcajearse y dió un trago a su botella de sake, estaba dulce.

Podía tomarlo como si de agua se tratara, sabía que estaba alucinando cuando vió a Nami sentarse a su lado y después la oscuridad lo tragó.

Después de unos minutos, hacía mucho calor, sentía que la ropa le estorbaba y se quitó la camiseta. Todo su cuerpo parecía pesar toneladas, estiró la mano hacia su velador buscando el control remoto del aire acondicionado sin éxito. Abrió sus ojos lentamente, todo estaba oscuro, terminó de quitarse la ropa y trató de estirarse en su cama pero había algo estorbándole, dirigió sus ojos hacia el bulto que yacía a su lado y le quitó las sábanas de encima.

¿Qué hacía Mikan Nami en su cama a esa hora de la madrugada?

Lo más seguro es que estuviera soñando, así que le sacaría provecho a esa dulce pesadilla.