101 emociones

16 de abril

-Atrévete a acercarte -me retaste, frente a frente.

Mi cuerpo sobre el tuyo, de rodillas y con las palmas heridas en el suelo. Habíamos caído de esta manera tras uno de nuestros típicos enfrentamientos de entrenamiento. Me miraste arrogante y yo, desarmado, me cohibí. Mis brazos fallaron y mis codos cayeron al suelo. Ahí y así quedaron nuestros rostros más cercanos, rogando por su porpio espacio, y aún con esta violación del espacio personal no dejaste de observarme, quemando con tu mirada a través de mis murallas. Estuve mudo, con miedo y falto de palabras. Por fin me levanté y te tomé del brazo para ayudarte de pie, éramos otra vez iguales; tú ya no me miraste ni siquiera con el pasar de la noche. Sin embargo, yo sí te contemplé.

Toda la noche te miré en silencio entre la penumbra, observé el subir y bajar de tu pecho al respirar mientras dormías, la luz de la Luna acariciando tu piel. ¿Por qué siento tanto miedo? ¿Será miedo a transgredir la línea que nos divide y clasifica como simples amigos? ¿Miedo a sentir tu pulso detenerse y tu cuerpo desvanecerse en mi brazos otra vez? ¿Miedo a que, de permanecer a mi lado, le falles a tu ideal y jamás puedas cumplir tus sueños? No lo comprendo, no te comprendo. ¿Qué es lo que quieres de mí?

Sin dormir, sin moverme, velé por tu sueño y no fue hasta el amanecer que por fin pude caer en un profundo sueño. Luchando por despertar un par de horas después, fui catalogado como un holgazán por mis compañeros.

El camino de regreso a la aldea fue inusualmente silencioso, y no me percaté que era por mí. Normalmente yo soy el causante de alborotos y jaleos, sin embargo, esta mañana me encontraba profundamente metido en mis cavilaciones, perdiendo el ritmo del camino. Llegó a mí mi maestro deteniéndome un momento y dejando a mis compañeros adelantarse a nosotros.

-No te diré que no sientas lo que estás sintiendo, pero ten en mente que las vidas que vivimos son cortas y repentinas; un día vivimos y al otro morimos. Son estos lazos los que nos impulsan a luchar con más esfuerzo por nuestras vidas, sin embargo, son estos mismos lazos los que nos entorpecen y nos ciegan.

-¿Cómo sabe usted lo que estoy pensando?

-Existen lazos invisibles para el hombre común y simple, que para el ojo sabio son fáciles de descifrar. No se necesita decir ni una sola palabra, simplemente se sabe -meditaste un momento tus palabras, observaste mi semblante confundido y finalmente concluiste-. Lo comprenderás cuando seas grande como yo, por ahora, vive y disfruta. El miedo podrá esperar.

Reposaste tu mano sobre mi hombro y, al elevar mi mirada hacia tu rostro, observé como tus cabellos canos resplandecían con la luz del Sol.

Me pregunto si te diste cuenta cuánto quería llorar y por fin liberar dicha angustia de mi pecho. Y el cómo simplemente me limité a permanecer en mi lugar y le observé a la lejanía, él tan tranquilo y ajeno al huracán de emociones que había despertado en mí.