*NOTA*

No he eliminado ningún capitulo, no se asusten.

Solamente estaba corrigiendo los capítulos y decidí unir algunos para que la lectura fuera más fluida y que la historia avanzara mejor.

Si les recomendaría releer la historia porque si añadí algunas cositas a los capítulos, pero nada que altere el rumbo que había tomado.


Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos lo diré, esto contiene escenas Hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

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Siento mi cuerpo flotar, todos mis músculos se sienten como si descansaran entre un puñado de nubes. Hay algo caliente sobre mi piel, la sensación de calidez en uno de mis brazos y en parte de mi espalda es más intensa que en el resto de mi cuerpo. Me remuevo con la sensación, es extraña pero agradable.

Nunca me había sentido así.

Un segundo ¿Por qué me estoy sintiendo de esta manera?

Hago un esfuerzo por ponerme alerta, obligo a mis sentidos a comenzar a despertar. Mis ojos arden, siento sobre ellos el calor que proviene de no sé dónde, mis parpados luchan por abrirse y buscar lo que sea que provoca la sensación. Finalmente abro mis ojos, pero, son recibidos con una cegadora luz que los obliga a cerrarse de nuevo.

Una de mis manos se mueve en automático para tratar de cubrir mi rostro de la luz, o al menos para cubrirme lo suficiente para poder ver a mi alrededor, pero, en el primer segundo en el que mis músculos tratan de ser movidos, se engarrotan y duelen.

¿Qué carajo? ¿No que estaba flotando?

Mi cerebro se despierta. Eso no es normal, mi cuerpo nunca despierta de esa manera, ni aunque duerma el doble de tiempo, tampoco cuando me quedo dormida en alguna extraña posición en el sofá por pasar la noche leyendo algún libro.

De nuevo, me esfuerzo por mover mi cuerpo. O al menos eso intento. Hay un peso extra sobre mi espalda baja que me mantiene inmóvil.

¿Se cayó mi edificio y tengo una pared sobre mí? ¿Me caí de nuevo de un acantilado y esta vez si me rompí las piernas?

Mi mente comienza a trabajar en busca de la posible respuesta. Flashes de la noche anterior me asaltan de golpe. El Pink Door, la pelea con el imbécil, yo siendo casi lanzada a la calle. Mi llegada al Lounge, los ojos grises, sus labios sobre mí, la escalera, el auto, el beso en el ascensor, la habitación.

Abro los ojos de golpe, giro mi cabeza hacia el otro lado causando que mi rostro se encuentre a centímetros del rostro de un hombre. Está profundamente dormido. Su rostro se ve tranquilo, su boca ligeramente abierta y casi puedo jurar que tiene una sonrisa en sus labios.

Mi mente me muestra flashes de ese rostro junto al mío la noche anterior. Varias expresiones atravesando su rostro, dolor, pérdida, miedo, sorpresa, angustia, esperanza, resignación, deseo, hambre, pasión.

Me permito un tiempo para aprovechar su estado inconsciente y apreciarlo con más cuidado. La sombra de su barba sigue ahí, tal y como la recuerdo de la noche pasada, las pestañas que adornan sus ojos son largas, curvas y pobladas. Su cabello rizado está bastante despeinado y tiene el largo suficiente para que los mechones caigan en la almohada y en su frente, además, el sol que entra de mis espaldas hace que el cobrizo oscuro de su cabellera, brille con reflejos más claros.

Siento una punzada en mi pecho al ver el color cobrizo, pero me siento agradecida de ver que, aunque son similares, son muy diferentes los colores.

Mi mano se levanta, el ligero dolor que siento en mi brazo me provoca una mueca, pero continuo con mi plan, estiro mis dedos hasta su rostro, rozándolo con timidez. Él no se mueve. Una sonrisa aparece en mi rostro. Continuo con mi tarea, la yema de mis dedos recorre con cuidado la piel de sus ojos, sus parpados, sus pobladas cejas; se deslizan hasta su mejilla, su nariz y sus labios. La calidez de su piel bajo mis dedos es increíble, es una sensación muy humana.

Mientras mi mano sigue pasando por su rostro, observo el resto de su cuerpo. Su pecho desnudo está muy visible para mis ojos y me permito deleitarme con la vista que me ofrece, sobre su piel hay una leve capa de vellos rizados en el centro de su pecho. Su torso muestra una muy cuidada figura, sus abdominales están perfectamente esculpidos y se sentían muy firmes debajo de mis manos anoche. La "V" en sus caderas es como un camino que te guía directo hacia la perdición.

Para suerte mía, o para mi desgracia, la sabana está haciendo un arduo esfuerzo de cubrir las partes más interesantes de su cuerpo.

La silueta se mueve un poco, su cuerpo se sacude reacomodando su postura. Ahogo un grito y cierro mis ojos con fuerza, mi corazón comienza a latir desembocado en el interior de mi pecho. Me quedo lo más quieta que puedo, esperando que se despierte y diga algo, o que grite.

Por milagro, no sucede nada.

Abro mis ojos de nuevo, observándolo con cuidado. Debo dejar de tocarlo si no quiero que se despierte.

Maldición, ¿qué hago?

Me debato unos minutos, mi cerebro sobre piensa en el millón de posibilidades que podían ocurrir si me levanto de la cama, algunas parecen ser buenas, la mayoría son malas. Mi cabeza duele. De la nada tengo el impulso necesario para obligarme a ser valiente y tratar de moverme.

De nuevo, algo me lo impide. Eso llama mi atención, recién noto que hay uno de sus brazos sobre mi cuerpo, manteniéndome apretada por la cintura con fuerza.

Mierda, mierda, mierda.

¿Qué hora es? Mi cerebro se pregunta.

Con la ayuda de mis ojos, hago una revisión por mí alrededor. La idea era encontrar mi teléfono celular, pero, lo que en realidad empiezo a observar es el desorden que hay por la habitación, algunas partes de nuestra ropa está esparcida por varios lugares y sobre varios muebles. También hay algunas almohadas y cojines en el piso.

¿De casualidad no está mi dignidad por algún lado?

Suelto un profundo suspiro. Tengo que irme de aquí, y debo hacerlo cuanto lo más pronto posible, de preferencia antes de que siga humillándome más.

Me muevo muy despacio y con mucho cuidado, necesito ser sigilosa si no quiero que él se despierte. Mis labios se aprietan con cada músculo que se mueve, aún estoy luchando contra el dolor que se enciende en varias áreas de mi cuerpo. Al perecer el día de hoy, mis músculos tendrán dificultades para moverse.

Tomo una de las almohadas que lograron mantenerse sobre la cama después de nuestra actividad nocturna, mientras me voy moviendo, voy remplazando mi cuerpo con ella. Mi mirada se mantiene fija en el cuerpo masculino a mi lado, aunque soy sigilosa, su cuerpo se remueve siguiendo mis movimientos pero su respiración y sus leves ronquidos me dicen que sigue profundamente dormido.

Cuando me logró liberar por completo, es inevitable que suelte un suspiro de alivio.

Me pongo de pie al lado de la cama con rapidez, el dolor de cabeza acompañado de un mareo por el brusco movimiento, me arroja al piso. Cierro los ojos y aprieto mis labios para evitar soltar un grito de dolor. Mi trasero arde y con el golpe el dolor se intensifica, pero con lo afortunada que soy, mi caída es amortiguada con una esponjosa alfombra que hay debajo de la cama.

Vuelvo a quedarme quieta esperando alguna reacción, pero nada sucede, la habitación continua en calma.

Me pongo de pie con lentitud, no quiero arriesgarme a un nuevo mareo y un nuevo golpe en el trasero. Mi nueva posición me permite analizar la habitación desde una nueva perspectiva. Frente a mí hay dos muros de ventanales me muestran la ciudad; Seattle está compuesta por miles de edificios cubiertos de metal, cristales y más cosas de esas que me hacen sentir como una salvaje prisión, aunque el día de hoy y viéndola desde aquí parece simplemente como una ciudad muy tranquila.

A lo lejos, el sol se asoma ligeramente entre las bases de los edificios y aunque ya es evidente que es un nuevo día, aun puedes notar las estrellas en lo alto del cielo y su reflejo en los edificios. Mis ojos enfocan mi propio reflejo en uno de los cristales del ventanal frente a mí, estoy desnuda, despeinada y con el maquillaje corrido. Espero que los vecinos de los edificios de al lado no estén despiertos aún.

Sin molestarme en cubrir mi desnudez me dispongo a buscar todas mis cosas. Lo primero que encuentro y lo más cercano a mí son los zapatos que usaba anoche, no puedo evitar el suspiro que aparece en mis labios, estas malditas cosas que había comprado por impulso en un viaje obligado al centro comercial, no los había usado, me prometí a mí misma que los guardaría para una ocasión especial.

El día de ayer fue la excusa para usarlos por primera vez.

El recuerdo asalta mi mente. Mi madre llevaba varias semanas hablándome de ese hombre, según palabras de ella, era encantador, divertido, fresco y cautivador. También dijo que teníamos muchas cosas en común. Durante días, me llamaba diciendo lo mismo, rogándome para que le diera una oportunidad, que debía darle una oportunidad. No puedo culparla, sé que ella solo quiere lo mismo que todos.

Todos creyeron que sería solo cuestión de días o quizás unas semanas, en aquel entonces todos aseguraron que mi dolor no duraría mucho, pero se equivocaron. Los días se hicieron semanas, y las semanas en meses, luego pasó un año, que se convirtieron en dos y en tres, ahí fue cuando todos ellos perdieron la esperanza.

Incluso yo.

Yo también perdí las esperanzas de vivir, perdí la esperanza de que algún día los recuerdos y las pesadillas ya no me atormentarían, o que algún día ya no me daría miedo creer en las personas. Perdí la esperanza de vivir y no ir por ahí simplemente existiendo.

Al menos hasta el día de ayer.

Traté de mostrárselo a nadie, traté de permanecer lo más indiferente posible, pero muy en el fondo, me sentí emocionada por la cita. Después de toda la insistencia de Renée, me convencí a mí misma de que había hecho lo correcto, que si ese hombre era tan increíble como mi madre lo describía, podría significar algo bueno.

Para la cita, me compre un vestido nuevo y llamativo, me peiné y me maquillé como nunca lo había hecho, decidí que era la oportunidad perfecta para usar por primera vez los zapatos que llevaban tanto tiempo en el fondo de mi armario.

¡Vaya uso que les di!

Mi mirada se coloca de nuevo en el cuerpo que descansa tranquilamente sobre las sabanas. Siento mi cuerpo reaccionar sin mi permiso, mis piernas dan un paso en dirección a la cama, una sensación cálida, familiar y desconocida me toma por sorpresa, sé que mis mejillas se han sonrojado por los recuerdos de la noche anterior.

Sacudo mi cabeza con fuerza para despejar esos pensamientos de mí. Carajo, no conozco al hombre, no sé nada sobre él, excepto que su novia lo dejó hace poco tiempo, pero ¿Cómo podría saber que es seguro estar aquí? ¿Y si es un asesino? No, no creo que sea un asesino, no lo parece. ¿Algún mafioso? Bueno, esa es una posible opción, no sería sorprendente si resulta ser mafioso o ¿traficante?

La ansiedad se hace notoria en mi cuerpo.

¿De verdad pasé la noche con un mafioso? Bueno, en mi defensa, estaba bastante dolida, molesta y ebria. Además, no es como que vuelva a verlo ¿cierto? Seattle es lo suficiente grande como para no volver a vernos, pero lo suficientemente pequeña como para volver a encontrarnos.

Doy una última mirada al hombre, su apariencia tranquila e inocente hace que de nuevo aparezca en mí el impulso de tocarlo. Mierda, no. Debo salir de aquí cuando antes, si paso otro minuto a su lado, es muy probable que haga de nuevo una locura; es muy probable que salte sobre él de nuevo.

Tengo que irme antes de que eso suceda.

Retomo la búsqueda de todas mis cosas, al menos de las pertenencias que necesito para salir de este lugar con la poca dignidad que me queda. Unos pasos más allá, en otro logar del suelo, encuentro mi vestido. Con movimientos ágiles lo deslizo con rapidez sobre mi cuerpo, al menos me da la sensación de estar cubierta. Sigo moviéndome por la habitación, mis pies descalzos se encuentran con un objeto extraño, me inclino para mirar de cerca el objeto, ¿es tela? Mis manos toman el objeto y lo extienden frente a mis ojos

Un jadeo sorprendido se escapa de mis labios.

¡No me jodas!

Aprieto el objeto con fuerza entre mis puños, cierro los ojos tratando de controlar las emociones en mí, mis dientes muerden mi labio inferior con fuerza obligándome a mantenerme en silencio. Finalmente, suelto la respiración y lanzo la tela hacia el otro lado de la habitación, de todas maneras, no me va a ser de utilidad.

Ahogo en mi garganta un gruñido desesperado. Ahora debo irme a casa sin nada más que el vestido, o buscar la manera de amarrar y pegar a mi piel todos los trozos de mi ropa interior. Por supuesto, no hay manera de que pueda hacer eso. Mi vestido cubre lo suficiente, al menos durante la noche, no estoy segura que a la luz del sol la tela siga manteniendo mi cuerpo cubierto. ¿Será una hora prudente para irme a la calle sin ropa interior?

Mi cuello se estira, mis ojos ven un reloj en una de las mesas de noche que están al lado de la cama.

Son las 06:11 am.

Exhalo con fuerza ante mi descubrimiento. Es temprano, pero la vida mañanera en Seattle apenas está por comenzar. Mi estado de ánimo cambia, ahora una sonrisa se coloca en mi rostro. La hora es buena como para irme a casa sin que haya demasiados ojos curiosos sobre mí. O al menos eso ruego.

Me apresuro a terminar de cruzar la habitación, mis manos alcanzan el pomo de la puerta pero soy incapaz de girarlo. ¿Y si hay alguien al otro lado? Mi cuerpo se remueve, pego mi oreja a la puerta, el otro lado se escucha demasiado tranquilo. Sin detenerme a pensar en mis acciones, giro el metal en mis manos, se escucha el sonido de la puerta abriéndose, y yo me quedo inmóvil. Nada sucede. Abro aún más la puerta, asomo mi cabeza al pasillo en busca de alguna señal de la presencia de alguna persona. Para mí buena suerte, no hay nadie. Suelto el aire que he estado conteniendo. Esta es mi oportunidad de salir de aquí.

Salgo hacia el pasillo, me giro para cerrar la puerta sin que produzca ningún sonido pero, la vista al interior de la habitación me detiene. Miro al hombre que fue mi salvavidas la noche anterior, sigue ahí, dormido, ajeno a mí.

—No sé si vuelva a verte —murmuro, —pero, conocerte fue una muy grata coincidencia.

Cierro la puerta frente a mí.

De verdad, espero volver a verlo.

Me muevo a través del pasillo lo más sigilosa que puedo. Hay más puertas, todas son iguales a la que acabo de cerrar, ¿serán habitaciones? No lo sé, tampoco sé si hay alguien más durmiendo detrás de alguna puerta, o haciendo otras cosas. Honestamente, no quiero averiguarlo. ¿Cómo voy a explicar mi presencia en este lugar?

Continuo mi recorrido, sé que hay una escalera, nos recuerdo a ambos subiéndola, pero al desconocer esta casa, no tengo idea de la dirección que debo seguir. Mis ojos van de un lado a otro en busca de alguna escalera o de algo que me indique dónde está la salida. Finalmente, encuentro el camino.

Bajo sigilosamente por la escalera, suplico por que este sea el camino correcto hacia la salida, y no solo hacia otro lugar que me pierda más. Unos escalones más abajo, me encuentro mi bolso, me inclino a recogerlo y revisar su contenido para asegurarme que está todo. Mi celular está apagado, supongo que se quedó sin batería en algún momento de la noche; mi cartera está intacta y con todas mis tarjetas e identificaciones. Además las llaves de mi casa siguen en su lugar.

Suspiro de alivio.

Termino de bajar los escalones restantes, siendo recibida por un espació bastante amplio. Mi boca se abre de asombro. ¡Joder! sí que tiene dinero.

Me permito algunos segundos para admirar el lugar, mi cuello se gira de un lado hacia el otro permitiendo que mis ojos vean cada vez más detalles del lugar en el que me encuentro. Las paredes son de color blanco, al menos la mayoría, pues algunas están cubiertas de una decoración de color gris oscuro. El piso es de madera, el color caoba brilla muy reluciente en señal de su cuidado. Las divisiones entre los espacios están hechas por muebles o por un par de escalones que hacen el piso en varios niveles.

De un lado, colgando sobre una de las paredes, está un enorme televisor muy moderno, más adelante hay una sala de estar en un espacio a desnivel; está conformada por dos enormes sofás de color gris oscuro y otros cuatro sofás de menor tamaño pero del mismo color. Detrás de estos, hay un juego de dos sofás individuales, un par de sillas acojinadas, y tambien una mesa que combina con el resto de los muebles.

Del otro lado, con una entrada un poco oculta en la escalera y un muro decorativo, está la cocina, se ve blanca, espaciosa, grande y lujosa como el resto de la casa. A un costado hay lo que parece ser un comedor de varias sillas, ¿ocho, quizás?

Del lado derecho al comedor y del izquierdo de la sala de estar, está un espacio, incluso está un poco más elevado que el resto. Ahí, en ese lugar, descansando sobre una alfombra hay un enorme piano de color negro que brilla bajo el resplandor de luz que entra por la ventana gigante detrás de él.

Mi cuerpo se congela, pero mi mente se transporta a 5 años en el pasado. Un piano elegante e imponente, una ventana con amplia vista al bosque, una criatura perfecta a mi lado, un hombre cobrizo ofreciéndome una sonrisa torcida mientras sus dedos danzan sobre las teclas del piano, profesando una melodía que me sé de memoria, una canción que fue creada especialmente para mí.

Algo golpea mi alma con una fuerza que se siente sobrenatural, el dolor hace que mi estómago se revuelva haciendo que la bilis suba hasta mi garganta. Mi cabeza comienza a dar vueltas, mis ojos pican con lágrimas que amenazan con descender por mis mejillas. Mis pulmones jadean desesperadamente por aire. El agujero en mi pecho se abre, recordándome que nunca se ha ido, que siempre está ahí, presente, palpitante e hiriente.

¡Corre!

Mi cuerpo reacciona, mis piernas se mueven girándome para alejarme del objeto que ha vuelto a detonar mi dolor. Mis ojos encuentran una puerta dividida en dos partes, hay un botón a su lado que me hace creer que ese es el asesor. No lo pienso, salgo disparada hacia esa dirección, mi mano aprieta con furia el botón, una y otra vez hasta que se escucha la campana. Ya no me importa si alguien me descubre, ya no me importa alertar de mi huida. Yo solo quiero irme.

Las puestas de metal se abren y yo me lanzo al interior del cubículo. De nuevo mis dedos presionan con fuerza los botones para cerrar las puertas, cuando finalmente lo hacen y dejo de tener a la vista el piano, un sollozo atraviesa mi cuerpo. Mi espalda se recuesta contra una de las paredes de metal, poco a poco siento mis piernas fallar, dejan de soportar mi peso obligándome a deslizarme hasta el suelo helado de metal.

Pego mis piernas a mi pecho, con ayuda de mis brazos las sostengo contra mí, meciéndome en un inútil intento de calmarme. No logro mantenerme a flote, los sollozos azotan mi cuerpo, uno tras otro, ahogándome en lágrimas que se deslizan por mis mejillas. Mis dedos tironean mi cabello y uno de mis puños golpea mi pecho tratando de hacerme reaccionar. Para mi buena suerte, el descenso del elevador es lento, me da tiempo suficiente para intentar recomponerme.

Escucho la campana que me avisa que hemos llegado al primer piso, las puertas se abren, pero yo sigo en mi posición. Lucho con todas mis fuerzas para controlarme, pero me toma tiempo hacerlo y el elevador vuelve a cerrar sus puertas antes de que yo pueda moverme.

Finalmente logro que mi respiración vuelve a ser constante. Con el torso mi mano, limpio las lágrimas de mi rostro, sé que de todas maneras mi cara es un desastre, mi maquillaje ya está arruinado y esparcido por toda mi rostro, ¿qué más da un poco más? Acaricio mi pelo metiendo mis dedos entre los mechones, para peinarlo un poco, pero es en vano.

Miro mi propio reflejo en las puertas de metal. Sí, soy un desastre y mi aspecto hecho un asco lo demuestra. En cuanto alguien me vea, va a suponer lo peor y lo más seguro es que me hará varias preguntas sobre mi estado.

Arrastro mi cuerpo hasta ponerme de pie, mano vuelve a apretar el botón haciendo que las puertas de metal se abran. Esta vez, salgo antes que las puertas se cierren de nuevo.

Camino sin molestarme en colocarme los zapatos que tengo en mis manos, por el pasillo en el que voy, hay más puertas a los costados, parecen ser más elevadores. Más adelante el espacio se extiende, hay un recibidor con un par de enormes escritorios en el fondo, parece la recepción de algún hotel lujoso, pero, supongo que es el recibidor donde controlan las entradas y salidas de los visitantes y residentes del edificio.

—Señorita —la voz de una mujer me sobresalta. Giro mi cuerpo buscando la dirección de dónde provino la voz de la mujer. —¿Necesita ayuda?

Parpadeo. La mujer me mira su frente está arrugada con preocupación que hace que un par de líneas de expresión se marquen en su rostro.

—¿Se encuentra bien? —pregunta.

Mis ojos la analizan; es una persona madura, quizás de edad media, usa un traje negro con camisa blanca debajo de éste, su cabello recogido en un moño perfectamente hecho. En su cadera hay un cinturón muy similar al que usan los policías, de un lado de su cadera se encuentra un arma en una funda cuidadosamente colocada, del otro lado hay un radio. La mujer debe ser parte de la seguridad del lugar.

—¿Señorita? —insiste.

Cierto, ella espera una respuesta de mi parte.

—Si —respondo, mi voz se rompe. La miro, nerviosa, pero obligo a mi garganta a aclararse y a mis labios a ofrecerle una sonrisa. —Me encuentro bien.

Sus ojos se entrecierran. Mierda, por supuesto que por mi estado alterado y por mi apariencia desastrosa, no me cree. Su mirada se pasea por mi cuerpo antes de regresar a mi rostro. Ésta juzgándome en silencio, lo sé.

—¿Necesita algo? —pregunta de nuevo. Esta vez su rostro se relaja y su voz se vuelve conciliadora, aunque aún es notoria la preocupación y la alerta.

—¿Un taxi? —mi voz resulta más una pregunta que una respuesta. Ella levanta las cejas. —Si es posible, claro.

Me remuevo incomoda bajo su mirada. Esta mujer me va a provocar una crisis nerviosa.

—Por supuesto, señorita —asiente. —Deme un momento, por favor.

La mujer pasa a mi lado, yo me obligo a quedarme quieta, mirándola caminar hasta los escritorios e inclinarse hacia adelante. Un teléfono aparece en su mano, se lo lleva hasta su oído, no la escucho, pero ruego en mi interior que esté llamando a un taxi y no a la policía.

—Ya viene en camino —avisa en mi dirección. Su mano deja el teléfono del lugar de donde lo tomó.

—Gracias —le digo con honestidad.

Ambas nos quedamos en la misma posición, como si esperáramos que algo más sucediera.

—Tome asiento, por favor —su cabeza se desvía hacia algún lugar a un lado de nosotras, sus manos lo señalan con un gesto amable. —Yo le aviso cuando llegue el vehículo.

Mis ojos siguen sus manos, veo el lugar que ella señala y decido que es un buen lugar para esperar. Le ofrezco un asentimiento seguido de una sonrisa con apariencia de mueca forzada, y acepto su ofrecimiento. El lugar al que se refiere está a un costado de los escritorios, un poco oculto, pero para mí está perfecto, me servirá como escudo si alguna persona se decide entrar en este momento al edificio.

La mujer sigue mis movimientos con sus ojos, cuando tomó asiento en uno de los pequeños sofás del lugar, ella se aleja de mí. Camina hasta una habitación bastante bien disimulada en las paredes del resto del lugar, cuando entra a la habitación, no se molesta en cerrar la puerta o bloquearme la vista. Estiro mi cuello para ver el interior, parece que esa habitación es la oficina de seguridad del edificio, hay otras personas dentro de ese lugar, puedo escuchar sus susurros. Lo más probable es que estén hablando de mí. No sé si agradecer el gesto que tuvo al ocultarse.

Pasan algunos minutos antes que el sonido de un auto se escuché cerca de donde me encuentro. Las luces son la segunda señal de que alguien ha llegado. Espero que sea el taxi.

La mujer sale de nuevo para encontrarse conmigo.

—Señorita, ese es su vehículo —señala la puerta del edificio.

—Gracias —respondo levantándome de mi asiento. Me levanto de la silla, caminando por donde su mano me indica.

—¿Señorita? —se aclara la garganta. Mis pasos se detienen, ambas quedamos una al lado de la otra.

—¿Si?

—Yo… —titubea. —Solo quiero estar segura… ¿Usted está bien? ¿Estará bien? —finalmente se atreve a preguntar. El doble significado de su pregunta está más que claro.

—Le aseguro que no me ha pasado nada —mi voz es cansada, pero está vez se escucha más convincente. —Anoche, la fiesta… ya sabe… terminó tarde.

—Oh, es por eso —murmura para sí misma. Su rostro se relaja un poco. —Lo lamento. Creí que usted era… que quizás la habían lastimado y… yo pensé que...

La pobre mujer tartamudea, las palabras se atoran en su boca.

—Lo sé —la interrumpo. —Agradezco su preocupación y su ayuda. Le aseguro que nada malo me pasó.

Ella respira, aliviada de que su intención haya sido comprendida. Aunque es cansado que me pregunte lo mismo una y otra vez, es agradable que alguien se preocupe por mí.

Ambas volvemos a mover nuestras piernas, seguimos caminando en dirección a la entrada del edificio. El auto espera pacientemente estacionado en la entrada. La mujer se adelanta un par de pasos, su mano abre la puerta de cristal y me señala el exterior.

El frio de del amanecer golpea mi cuerpo, estremeciéndome, mis brazos se colocan alrededor de mi torso intentando mantener mi propio calor. La mujer se da cuenta de mis acciones, se apresura a cerrar la puerta antes de que yo pueda alcanzarla. Le miro sorprendida y asustada por su repentina acción.

—En la oficina tenemos cosas que han olvidado las personas —me mira avergonzada. —Si no le molesta, puedo conseguirle un suéter.

Me quedo en silencio.

—Lo lamento señorita, yo… no pensé… creo que debo —me mira con una mezcla de sentimientos, principalmente está asustada, su voz tartamudea y puedo ver en su rostro que esta avergonzada.

¿Qué tan probable es que les ofrezca algo así a las personas que viven o que visitan este lugar? ¿Será probable que alguien ya se haya molestado por su propuesta? Mi cerebro encaja sus palabras con su actitud, la mujer está nerviosa por haberme ofendido

—Seria asombroso —acepto su oferta. Ella abre los ojos, sorprendida.

—Discúlpeme, no pensé en mis palabras —continua tartamudeando. —Si le molesta esa opción, yo puedo…

Abre los botones del saco de su uniforme, comienza a deslizarlo por sus hombros. Me sorprende su acción, no puedo hacerle esto a la mujer que me ha ofrecido ayuda, sería muy probable que por mi culpa la regañen más tarde y no sabemos si por cosas tan mínimas como no tener su uniforme en perfecto estado, la despidan.

—¡No se preocupe! —chillo más alto de lo que deseo. Ella salta. —Si me permite uno de los suéteres que han olvidado, estaría perfecto.

—Pero, señorita… —dice aun no muy convencida.

—En verdad no me molesta.

Mi sonrisa amable y el nuevo tono convincente de mi voz resultan suficientes para convencerla. Toma un suspiro, sus hombros caen con resignación, pero se obliga a caminar hasta el lugar donde se encuentran las cosas olvidadas. Regresa con un abrigo de color negro, está afelpado y parece muy cómodo.

—Por favor —me extiende su mano con la prenda en ella. Le sonrió mientras deslizo la tela por mis hombros.

—Gracias, señora... —mis ojos buscan disimuladamente su identificación.

—Davis —me muestra su tarjeta.

—Mucho gusto Sra. Davis —le ofrezco una sonrisa. —Soy Isabella Swan.

—Encantada, señorita —la mujer me regresa la sonrisa. Con eso damos por terminadas las presentaciones y proseguimos a nuestras anteriores actividades. La puerta se nuevamente frente a mí, esta vez estoy preparada para el clima que me espera, y esta vez, la mujer me permite salir. Con pasos apresurados se adelanta y abre también la puerta del taxi.

Me deslizo al interior, le ofrezco al conductor un saludo cordial.

—Por favor, conduzca con cuidado —la mujer le pide al conductor. —Tenga cuidado, señorita.

—Lo tendré —acepto. Le doy una última mirada. —En verdad se lo agradezco, Sra. Davis.

—Fue un placer —dice cerrando la puerta.

Le digo al conductor mi dirección, el arranca el auto y nos saca de la bahía del edificio, ese espacio donde todos los autos se detienen a subir o bajar a las personas. Cuando nos adentramos en las calles de Seattle, me permito cerrar los ojos y dejar que las lágrimas de nuevo aparezcan en mi rostro.

Me siento estúpida. No hay más palabras para describirme, tampoco me siento de ninguna otra manera. Soy una estúpida por permitirme, por pocas horas, jugar a ser el tipo de mujer que nunca sería. Yo no soy el tipo de mujer que hombres como el de anoche, buscan. No hablo de la diversión de una noche, eso si puedo serlo, lo digo porque claramente el hombre es alguien importante con dinero, con una vida igual de complicada que la mía pero con mayores probabilidades de resolverla.

¡Mierda! ¿En qué mierda estaba pensando? Ni siquiera conocía al tipo y había accedido a venir a su departamento. ¿Y si resultaba ser un asesino en serie? Mierda, si eso hubiera sido, no estaría en la parte de atrás del taxi tratando de descifrar mi vida. Sí Charlie se entera de esto, me mata él mismo.

Además, ahora me arrepiento de haber dejado mi ropa interior en el suelo de esa habitación. ¿Quién carajos creo que soy? ¿Cenicienta? ¿Una Cenicienta moderna que deja la ropa interior en vez de los zapatos?

Me limpio furiosamente las lágrimas con el torso de mi mano, debo mantenerme calmada y con la mente en claro. Tampoco conocía al conductor del taxi como para confiar ciegamente en que sí me dejaría en mi edificio. Debo pensar fríamente para asegurar mi llegada a mi casa.

Mierda, mi casa. Un nuevo infierno me espera.

¿Mi departamento estará solo? ¿Se habrá dado cuenta que no pasé la noche allí?

De repente las ganas de llegar a mi casa se han esfumado y ahora tengo ansiedad por lo que me espera. Ahora deseo que el chofer se tarde un poco más en llegar a mi casa, pero por el poco tráfico que hay a esta hora y como mi mala suerte es tan grande, mientras me ahogo en la histeria, el taxi se detiene justo a la entrada de mi edificio.

Sacudo mi cabeza.

Le pago al señor conductor que fue tan amable de traerme sin hacer un comentario de mi aspecto y a la hora. Me bajo del auto tratando de hacer el menor ruido posible, lo que menos necesito en este momento es que el vecino chismoso me vea y les cuente a todos. Quiero creer que son las 7 de la mañana, o cerca, aunque entre semana seria común que las personas estén pasando por mi calle a esta hora, los domingos no es así. En el vecindario parece que todos somos unos flojos y usualmente nos levantamos tarde los fines de semana.

De todas maneras, echo una mirada para asegurarme que no haya nadie, un suspiro de alivio me asalta al ver todo desierto. Decido quitarme de nuevo los zapatos para ser más silenciosa. Entro al edificio, y me colocó frente al elevador.

¿Será prudente que suba por él? No.

Es mejor usar las escaleras, así es menos probable que me encuentre a alguien por ahí. En este edificio, todos se pelean por el elevador, como dije, somos flojos en este lugar. Mientras subo por los escalones, no puedo evitar pensar en que parezco la protagonista de una película de terror, subiendo a escondidas y alerta, pero aun en espera a que el diablo se aparezca frente a mí.

Sonrió orgullosa cuando logro subir los tres pisos de mi edificio sin ser detectada.

Giro a la izquierda en busca de mi puerta, mis pasos se detienen cuando llego al pasillo en forma de "T" que conecta los únicos dos departamentos que hay de este lado. Me acercó a la primera puerta, recargo mí oído en ella buscando algún sonido que me diga que ya ha despertado. Hago un pequeño baile de felicidad cuando no distingo ninguno que llame mi atención.

Sigo caminando por el pasillo, esta vez acercándome a la siguiente y última puerta, la mía. Saco con cuidado las llaves de mi bolsa, aún estoy mirando a mí alrededor en la espera que alguien me atrape infraganti. Siento mi mano temblar al acercar mi mano a la cerradura y empeora cuando meto la llave y la giro.

La puerta se abre mostrándome la tranquilidad de mi casa, todo parece en su lugar, en calma y soledad tal y como lo dejé antes de salir el día de ayer. Entro en la calidez de mi casa y le doy una última mirada al pasillo desierto antes de cerrar la puerta.

—¿Llegas o te vas? —una voz pregunta a mis espaldas.

—¡Carajo! —grito. Mi cuerpo salta por la sorpresa, dejando caer al suelo mi bolso, mis llaves y mis zapatos. —Mierda, me asustaste.

Sin molestarme en girarme, me inclino para recoger las cosas que cayeron a mis pies. Aun siento mi corazón golpeando mi pecho con latidos furiosos.

—¿Qué haces aquí? —pregunto.

—Desperté temprano y pensé en preparar un poco de café, pero resulta que el mío se terminó —se encoge de hombros. —Vine a robarte un poco.

A mi nariz le llega el aroma del café, supongo que usó la cafetera. Esta vez si me giro para quedar frente a frente.

—¿Entonces? —me mira, sus brazos están cruzados sobre su torso, aun lleva puesto el pijama. —¿Vas entrando o vas saliendo?

—¿Voy a correr? —respondo, mi voz sale más en tono de pregunta. Maldigo internamente.

—Claro, a correr —asiente. Sus ojos entrecerrados observan los míos, yo le regreso la mirada sin esconder que me siento incomoda con su análisis. —¿Y usarás los silettos Loubuitin que cuestan tu sueldo completo para ir a correr? —su ceja se levanta, apunta a los zapatos en mis manos.

—¿Sí? —respondo. Si, ahora sí es una pregunta.

—¡Mentirosa! —me grita. Mis sentidos se quejan con el volumen del sonido, mi cabeza de repente punza y mis oídos zumban. —Llevo más de dos horas aquí, te busqué cuando llegue y resulta que no estabas en tu habitación.

—Yo… —trato de pensar en alguna excusa que sea razonable.

—Tú… —me señala. —¡¿Tú qué?!

—Yo te suplico que no grites —me quejo. Me arrastro hasta el sofá, me dejo caer en él.

—¿Tienes resaca? —su voz burlona resulta chillona y chocante para mis pobres oídos.

—Y cargo de conciencia —me quejo. Me mira desconcertada.

—Un momento —murmura. Sus ojos se pasean sobre mi silueta, por primera desde que entré en mí departamento, parece darse cuenta de los detalles del estado en el que estoy. Su boca se abre y se cierra un par de veces.

—¿Qué fue lo que pasó anoche? —pregunta.

—¿Qué tan honesta quieres que sea?

—¡No jodas! —grita. Cierro los ojos

—Angela, por favor —lloriqueo. —No grites, te lo suplico. Estoy justo aquí.

—Acabas de llegar, traes puesto el vestido de anoche, el maquillaje corrido y tienes una resaca del demonio —enumera mis desgracias. Muy amable de su parte. —¡Cuéntamelo todo!

Corre hasta mí, de un salto de se deja caer a del otro lado del sofá.

—Angela… —un gruñido sale de mi garganta.

—Lo siento, lo siento —se disculpa en un susurro. —Cuéntame, por favor.

Le doy una mirada enfadada. Realmente no quiero hablar en este momento, solo quiero quedarme inconsciente hasta que pueda volver a abrir mis ojos con normalidad sin provocarme un dolor de cabeza. Pero también sé que mi adorada amiga no me dejará tranquila hasta que no la haya puesto al tanto de todos los detalles y del resultado de la noche anterior.

—¿Qué quieres que te cuente? —pregunto con resignación.

—¿Quién era el de la cita? ¿Lo conozco? ¿Cómo es? ¿A dónde fueron? ¿Pasaste la noche con él? ¿Te cogió duro? Por tu aspecto creo que sí. ¿Él te trajo a casa? ¡Respóndeme!

—¡Angela, para! —grito. Mi boca suelta todas las maldiciones posibles.

Mi cabeza punza con cada palabra que mi lengua pronuncia, me lastima con cada respiración que doy, el más mínimo movimiento hace que duela. Mis oídos zumban con el más mínimo sonido que escuchan, mis ojos se quejan y arden por la luz que perciben y mi cuerpo duele como si un camión me hubiera pasado por encima. Además, estoy a nada de soltarme llorando de nuevo.

Por supuesto que mi amiga lo nota, en este tiempo, ambas hemos aprendido a conocernos y a reconocer los sentimientos de la otra para saber cuándo nos necesitábamos.

—¿Qué sucedió, Bella? —me abraza. Sus brazos a mí alrededor se sienten reconfortantes y seguros.

—La cita fue horrible —explico. —El tipo fue un cabrón y arruino todo desde el primer segundo.

Me mira extrañada, confundida, perpleja y aturdida.

Le cuento con lujo de detalle todo lo que pasó en la cita que Reneé había organizado para el día de ayer, también le cuento como terminé en el Lounge sintiéndome más miserable que de costumbre.

—Que mierda —se queja. —Y pensar que tu madre nos habló maravillas de él.

—Supongo que, es un imbécil doble cara —escupo con asco. —Su máscara de amabilidad funciona hasta le dices algo que no le parece correcto.

Bajo mi cabeza colocándola entre mis manos, apretándola con fuerza como si se me estuviera cayendo en pedazos y yo solo quisiera mantener cada pedazo unido. La resaca me está torturando como si estuviera pagando por haberle creído a mi madre todas esas supuestas maravillas del tipo.

—Espera, espera, aún hay un par de cosas que no logro comprender —Angela rompe el silencio. —Si la cita fue un asco, y te fuiste a beber tu sola... ¿Dónde pasaste la noche?

Mis músculos se contraen, mi cuerpo se congela. Ya llegamos a la parte que no quería explicar.

—No lo sé —mi voz tiembla. Maldita sea, decirlo en voz alta hace que suene muy mal.

—¡¿Cómo carajos no vas a saber, Isabella?! —grita con angustia. —¡¿Qué demonios significa eso?!

—Significa eso que acabas de escuchar, "no lo sé" —suspiro pesadamente. —Sé que estaba en el distrito central de negocios, pero no sé exactamente dónde.

Su mandíbula cae hasta donde la piel de su rostro se lo permite, abriendo su boca en un gesto de sorpresa. Sus ojos también se abren al máximo.

¡Qué bien, Isabella! Ahora ya despertaste aún más su curiosidad.

—¿Estuviste con alguien? Que pregunta tan estúpida acabo de hacer, ¡por supuesto que estuviste con alguien! —pronuncia las palabras tan rápido que me cuesta comprenderlas, aunque, me sorprende que haya dicho todo eso sin detenerse a respirar. —La verdadera pregunta, es ¿con quién estuviste?

Trato de tragar el nudo que se formaron en mi garganta. De nuevo, me siento estúpida y avergonzada por las siguientes palabras que saldrán de mis labios, la verdad es que, puedo contarle lo que sucedió en el Lounge o lo que pasó después, no tengo problema, no me arrepiento de lo que sucedió. Lo que me avergüenza es que no podré responder a todas sus preguntas porque incluso yo no sé las respuestas más básicas.

No sé quién era ese hombre. No sé su nombre. Nunca se me ocurrió preguntar.

—No tengo idea de quien era.

—¡¿Qué mierda? ¿Cómo puedes decir eso así de tranquila?!

Siento la punzada intensificarse de nuevo en mi cabeza. Llevo una maldita hora despierta, ya me he humillado con dos personas y tengo la sensación de que la resaca está a nada de obligarme a cometer un asesinato, aunque aún no estoy segura si la persona que morirá será Angela. O yo.

—Pues —carraspeé. —Si te soy honesta, sé que lo aparento pero, no estoy muy tranquila que digamos.

—¡Isabella! —grita desesperada.

—Bien, de acuerdo —levanto las manos con rendición, —conocí a un tipo en el bar del Lounge.

—¿Cómo era? ¿Era caliente? ¿Era de esos que te ponen de rodillas solo con verles? —sus preguntas son muy ansiosas. —¿Te puso de rodillas?

Oh Angela, si tú supieras todo lo que me hizo.

—Sabes a la perfección el tipo de personas que van al Lounge —digo tratando de ahorrarme detalles.

—Millonarios, políticos, empresarios, famosos, solo la alta gama de la ciudad —enumera. —Bueno, y algunas personas como nosotras.

No puedo evitar la risa que escapa de mis labios. Sí, nosotras somos de las pocas personas que pueden entrar al Lounge sin ser nada de lo que ha mencionado, y aunque Angela y yo lo intentemos, no podemos ser catalogadas como del tipo de personas que encajan en ese lugar. Pero, es de los pocos lugares en donde nos sentimos cómodas y libres.

—El hombre con el que pasé la noche, era… —me detengo, pienso en una manera de describirlo con pocas palabras. —Él era una persona del tipo que has mencionado, pero, también era del tipo que cualquier mujer desea.

Se pone una mano en la boca para ahogar su grito. —Detalles, necesito detalles.

—Su voz era, grave y con un timbre muy dominante, su aroma era masculino y usaba un perfume exquisito y fresco, tenía una sonrisa que, al verla hizo que mis piernas temblaran —un grito de mi amiga me interrumpió, reí por lo bajo. —Estaba usando un traje muy elegante y estoy segura que era muy costoso, parecía uno de esos Gánster que salen en las películas.

Vuelve a gritar. Maldita sea, ¿Por qué grita tanto?

—¿Y qué pasó? —golpea mi rodilla con desesperación.

—Llegue al Lounge con un humor de los mil demonios a causa del idiota —hago una mueca por el recuerdo. —Abajo estaba abarrotado y no tenía ánimos de bailar o de soportar a más idiotas que se acercaran a mí, así que, subí al bar decidida a ahogar mis penas en alcohol. Pedí un trago, él hombre estaba ahí, se dio cuenta de mi presencia y comenzamos a hablar a partir de eso —mi mente me llevó de vuelta al pasado. —Te juro que fue una especie de conexión instantánea.

—¿Tanto así?

—Fue como si el destino me quisiera mostrar que yo no soy muy especial —mis labios medio se curvean en una sonrisa por mis propias palabras, —quería demostrarme que y9o no era la única que había tenido un día de mierda.

—La semana pasada fue una mierda total, para todos —concuerda mi amiga. Sé que habla del trabajo y el desastre que sucedió. —¿Qué más sucedió?

—Hablamos por un tiempo más…

—¿De que hablaron?

—Pues… —me vuelvo a sentir insegura, no sé cómo va a reaccionar. —Pues según lo que él me dijo, ¿Su novia? ¿Su esposa? Lo dejó.

Angela me mira seria. —¿Quién dejaría a un hombre como él? Al menos como lo describes, no es del tipo que alguien abandonaría.

Ouch, eso dolió. Yo si soy de ese tipo, del tipo que alguien abandona como basura a medias del bosque.

—¡Espera, no! Bella, no lo digo por ti —rectifica sus palabras. Debió notar mi reacción. —Nadie debe abandonar a alguien de la manera en la que ellos lo hicieron contigo, eso no tiene justificación.

Sacudo la cabeza alejando los recuerdos. Hoy no tengo ánimos para recordarlos.

—Bueno, supongo que si en algún momento de mi miserable vida los vuelvo a ver —murmuro entre dientes, —quizás podría agradecerles por el gesto.

Angela salta del sofá con un movimiento ágil. Queda de pie frente a mi, mirándome como si estuviera presenciando un milagro.

—¿Por qué me miras asi? —me encojo de hombros. —No todos los días se puede conocer a un tipo como el del Bar.

—¡Ese hombre es un maldito regalo del cielo! —dice con dramatismo, sus brazos se levantan en dirección al cielo. Pongo los ojos en blanco. —¡Es un maldito mago! ¿Hace magia? ¿O lo hace tan bien que ahora puedes darte el lujo de pensar en ellos?

Mi sonrisa se borra. —Lo siento. No estaba pensando.

—¡Llevo años intentando que bromees aunque sea un poco! No te disculpes —ella mueve su mano, le resta importancia al asunto. —Sígueme contando. ¿Te ofreció un trago? ¿Te sacó a bailar?

—Sí y sí —asiento. —Mientras hablábamos, pidió una botella de un coñac de esos caros, la bebimos entre ambos y luego fueron dos de esas, luego tres y perdí la cuenta después de eso. Solo sé que al siguiente minuto, ambos comenzamos a soltar maldiciones por lo que nos hicieron y de la nada estábamos en la pista de baile y seguimos bebiendo y tonteando. —muerdo mi labio. —Después el alcohol hizo su función y en lo único que podía pensar eran en tenerlo entre mis piernas.

—¡Por Dios! —chilla histéricamente. —¡¿Quién eres tú y que has hecho con mi amiga?!

Suelto una carcajada. —A tu amiga le acaban de dar la follada de su vida.

—¡Isabella Marie Swan!

—Tu preguntaste —hago un puchero de inocencia, con mi mano le doy un empujón.

—¡Ya lo sé! —se ríe. —¿Y que más pasó? Bella, no me tortures así —hizo un puchero.

—Me acorraló contra una pared y me besó —otro grito proveniente de ella me interrumpe. —Por supuesto que en ese momento mi fuerza de voluntad se fue al carajo.

Angela sigue gritando y tironeando de mi ropa. Mi cuerpo se queja de nuevo, enviando dolor a cada extremidad de mí, no sé cuánto pueda seguir soportándolo, pero parece que debo resignarme a escuchar sus gritos, por qué no podré calmarla por más que lo intente.

—Espera —me mira con lastima y preocupación. —Iré a traerte algo para el dolor de cabeza.

En silencio agradezco que su preocupación por mí sea mayor que su emoción. La observo ponerse de pie, caminar hasta la cocina y perderse en ella, mis ojos siguen sus movimientos, abre uno de los cajones, saca un frasco de pastillas, sirve un vaso de agua y se dirige hacia mí. Coloca en una de mis manos el vaso y en la otra un par de capsulas provenientes del frasco de medicinas. N

No dudo en llevármelas a la boca.

No me había dado cuenta de lo sedienta que estaba hasta que veo el vaso vació en mi mano. Angela no hace ningún comentario, simplemente regresa de nuevo a la cocina por un par de minutos, se asegura de volver a mi lado con una jarra llena del líquido refrescante. Espera paciente a que beba toda el agua que yo quiera antes de aleja el vaso de mi mano.

—¿Conoces al bombón de anoche? —pregunta de repente. —¿Alguna entrevista? ¿Alguna rueda de prensa? ¿Una reunión?

—No recuerdo haberlo visto antes —digo minutos después de exprimir mi cerebro en busca de la respuesta.

—Quizás solo era alguien que vino por negocios —dice pensativa. —¿A qué se dedica?

—No le pregunté eso.

—Bueno, usualmente eso no se pregunta en las circunstancias en la que lo conociste —asiente compresiva. —¿Cómo se llama? Quizás podemos encontrar información en internet.

—No le pregunté su nombre.

Mis palabras son cortadas por un líquido frio que se estrella de la nada contra mi rostro. El sueño, la pesadez en los ojos y la sensación de ardor de mi piel se esfuman de inmediato. Miro a mi amiga con el rostro dislocado por la sorpresa. ¿Me acaba de lanzar el contenido del vaso en la cara? ¿Por qué carajos hizo eso?

—Isabella Marie Swan —dice mi nombre completo, eso no es un problema. Sé que va a regañarme, su tono severo y frustrado me lo dice. —Cuando una mujer conoce a ese tipo de hombre, lo primero que haces es preguntarle su nombre y luego dejas que se meta en tus piernas. Nunca es al revés.

—Es que, yo estaba —balbuceo, nerviosa, —estaba ocupada y distraída como para preguntarle cosas tan personales.

—Ya me imagino ocupada con qué —rueda los ojos. Subo mis manos a mi rostro para quitar el exceso de agua que sigue cayendo por mi piel.

—¡Son preguntas simples y básicas! ¿Acaso no se te paso por la cabeza? —pregunta molesta e indignada por mis acciones, o la falta de estas, al parecer. Niego con mi cabeza. —¿Qué tal que ese era el hombre de tu vida? No, no, ¡Ese hombre puede ser el amor de tu vida! ¡Y resulta que no tienes manera de contactarlo!

—Oye, detente —le miro molesta. El terreno al que quiere ir es peligroso. —Solo fue algo que pasó por el alcohol y el momento, es todo.

—¡Es que no puedes saberlo! —se cruza de brazos. —No sabes lo que pasará el día de mañana.

—Angela, no necesito ningún "amor de mi vida" —levanto mis dedos para hacer comillas en el aire. —Estoy bien sin eso.

Casi me rio. Ni yo misma creo en las palabras que mi boca escupe.

—¡Oh vamos, Bella! —hace una mueca. —No seas tan negativa.

—No soy negativa —digo ofendida, —solo soy realista. No soy el tipo de mujer que le coquetea y conquista a un hombre de ese tipo, de los que tienen muchos millones en un banco en Suiza.

—Ya lo hiciste una vez —murmura entre dientes mientras gira su rostro para evitar que la escuche. Por supuesto que mis oídos escuchan con claridad sus palabras. La fulmino con la mirada. ¿Hoy es el día de recordarme el pasado? Cada palabra hace que vea con claridad quien será la que muera el día de hoy, al menos si seguimos con el rumbo de la conversación.

—Sí, tienes razón —suspiro pesadamente. —Ya lo hice una vez y mira como terminé.

—¿Y si esta vez es diferente? —ataca de nuevo. Su optimismo resulta chocante. —¿Qué tal que esta vez te sucede como Julia Roberts en mujer bonita?

—No soy prostituta —le aclaro. —Ya sé que parezco una, pero no lo soy.

—No me refiero a eso —gira los ojos. —Está bien, admito que ese abrigo y el vestido te hacen lucir como una prostituta, pero si sirve de consuelo, pareces una de las caras y exclusivas.

Cierro los ojos con fuerza, no quiero ni desgastarme en mirarla. Traidora. Se supone que es mi amiga y me tiene que ayudar a mejorar mi estado de ánimo, no a empeorarlo.

—El punto es que —sigue parloteando, —en la película, el sexy millonario se encuentra con la desalineada Vivian y se acuestan, bueno, es por contrato, pero me entiendes. Luego, ambos se dan cuenta de cuanto tienen en común y de lo mucho que están bien juntos y ella se enamora de él y luego él de ella.

—Sí, muy bonita película —la corto sacudiendo mi cabeza. Abro mis ojos y le ofrezco una mirada molesta, —Pero, resulta que estamos en la vida real, resulta que yo no soy Julia Roberts y no creo que él sea Richard Gere.

—Pero, si eres una mujer que tiene la vida desalineada, al igual que Vivian, y él hombre, también tiene la vida resuelta como la tenía Ed… —se corta al momento de decir el nombre, —como el personaje de Richard Gere.

—¿Y eso qué?

—Quizás si ambos se conocen bien, se pueden dar cuenta que son como la pareja de esa película y terminan juntos.

Chasqueo la lengua, escéptica al futuro que mi amiga se imagina.

—Angela —hablo despacio, cautelosa de su reacción. —No creo que él venga en una limosina a buscarme y me ofrezca flores, corazones y un futuro juntos.

—¿Por qué no? Si él fue el que te trajo a casa, quizás…

—Vine en un taxi —la interrumpo. No quiero que siga.

—¿Qué? —me mira sin poder creerme. No sé cuántas veces me ha mirado de esa manera.

—Desperté antes que él y me ¿escapé?

—¡¿Te escapaste?! —grita.

—No sabía que decirle, tampoco me sentí valiente como para quedarme y prepararle el desayuno —me encojo de hombros. —¡Carajo, Ang! Él tipo terminó con su mujer 24 horas antes de que nos acostáramos.

—¿De quién es el abrigo? —mira el objeto con asco. Ahora que lo pienso, no estoy segura de sentirme muy cómoda con la nueva perspectiva que me ha ofrecido. No sé de quién es la prenda, tampoco donde estuvo.

—Una mujer del equipo de seguridad me lo ofreció del baúl de cosas perdidas—suelto la respiración. —Además, fue ella quien me ayudo a pedir el taxi.

El rostro de Angela me da miedo.

—Que amable resultó la mujer —comenta en un tono bajo. Le doy la razón en silencio.

—Anoche —sisea, —¿le dijiste tu nombre al tipo? Por lo menos.

—Pues —alargo lo más que puedo mi respuesta. —No, no lo hice.

—Entonces respóndeme algo —gruñe. Asiento obediente. —¿Cómo quieres que, ese bombón parecido a Richard Gere, te venga a buscar?

Me quedo callada. Ya no tengo armas para defenderme.

—Eres tan malditamente increíble —escupe. Está furiosa, puedo notarlo. Yo no soy capaz de decir nada más.

Ambas nos quedamos en silencio por un tiempo, supongo que Angela está usando este silencio para tratar de calmarse y no golpearme por haber sido una estúpida. Yo estoy usando el momento para quedarme inmóvil y evitar que ella me salte encima. Me golpeo internamente, debo darle la razón a mi amiga en una cosa, tuve la oportunidad delante de mí y ahora se me ha escapado de entre mis dedos.

—Escucha, Bella —habla después de un rato. —Me alegro que tu noche mejorará después de la patética cita con el idiota. Ya aprendimos la lección sobre qué cosas no creerle a Reneé.

Sonrió en respuesta. Sí, ya no dejaré que mis padres se metan en mi nula vida amorosa.

—Pero, Bella —me toma de las manos, las aprieta en el proceso, —no hay nada de malo con que sigas con tu vida. No es un delito que salgas y te diviertas, o que conozcas a personas nuevas. Tampoco es un pecado que quieras darte otra oportunidad en el amor.

Me remuevo intentando liberarme de su agarre para huir a la cocina o a mi habitación, por supuesto, ella no me lo permite. Ella quiere que sigamos hablando de esto, del tema que evito cual peste. Es el tema del que todos mis conocidos hablan, ya sea frente a mí en cada oportunidad que tienen o a mis espaldas si no reciben ninguna respuesta de mi parte porque resulta que este es el tema del cual yo no quiero hablar. Nunca.

—No es tan fácil, Ang.

—Lo sé —asiente. Por supuesto que lo sabe. —Sabes que cuando descubrí que las cosas con Ben estaban mal, yo sufí mucho. Cuando descubrí lo del engaño, me dolió muchísimo más, no fue una traición, fueron dos personas las que me traicionaron y se burlaron de mí.

—Lo recuerdo bien —esta vez soy yo quien aprieta su mano.

—Pero, lo que más me dolió fue saber que, ellos siguieron con su vida como si nada hubiera pasado. Yo estaba sufriendo, me dolía y lloraba, y a ellos no les importó —se queda callada por un momento. —Así fue hasta que me dije a mi misma que era suficiente, que ellos no valían la pena.

Yo sigo mostrándole un apoyo moral silencioso.

—Quizás este es el momento donde tú decides que has tenido suficiente de toda esa mierda.

Cierro los ojos por las emociones que me embargan. Quizás tiene razón, quizás puedo intentarlo, quizás no pueda lograrlo.

—Hace mucho que no teníamos una plática así —comento tratando de sonar casual, quiero iniciar con mis miserables intentos de cambiar el ánimo de la conversación. —Siento que últimamente no sé nada sobre tu vida, cuéntame, ¿aun sales con el pelirrojo?

—No —se encoje de hombros, bien, sí logré mi cometido. —Lo dejamos la semana pasada.

—¿Por qué?

—El imbécil decidió que era buena idea volver con su ex-esposa —tuerce los ojos, —supongo que ahora ya es su esposa nuevamente.

Suelto una risa irónica. Ella solo suspira.

—Iré a terminar el desayuno —anuncia dando por terminada nuestra conversación. —Date una ducha para que vengas a comer algo.

Me da una palmada en la rodilla y se levanta.

—Te ves del asco —dice mientras camina a la cocina.

—Eres un amor —le respondo sonriendo. Ella ríe y se encoge de hombros.

Disfruto unos momentos de la soledad que me rodea, ahora, en la comodidad de mis propios muebles, me siento segura y muy cómoda, tanto que incluso podría quedarme aquí el resto del día, sin moverme. Pero sé que mi amiga tiene razón, me veo del asco, sé mi aspecto debe ser horrible y supongo que mi aroma también lo es.

Me pongo de pie, cruzando toda mi casa hasta mi habitación. Está tal cual la dejé, con todo esparcido por la cama a causa de las prisas de ayer, ya me ocuparé de eso más tarde, o después. Entro al baño, abro la ducha y me desvisto. No espero a que el agua se temple, me meto debajo de la regadera, el agua fría golpea mi cuerpo provocándome un grito de dolor. Mi piel se siempre ha sido delgada y es fácil que marcas, moretones y cicatrices aparezcan en ella, pero esta vez se siente lastimada por el tironeo de los tipos que me echaron a la calle y por la actividad física de anoche.

Conforme el agua cae por mi cuerpo, se va calentando y yo me animo a irme moviendo. Al inicio, la idea era que solo sería una ducha rápida para quitarme el aroma a sexo, borrachera y lágrimas, pero, el agua caliente comienza a relajar mis músculos y a recordarme que debo descansar. Mi ducha de minutos se convirtió en un baño relajante de media hora dentro de la bañera.

Fuera del agua, me tomé el tiempo de secarme con cuidado y hacer una evaluación de los daños; la entrepierna me arde, el trasero esta irritado, muy rojo, y duele demasiado.

"Quiero marcar tu cuerpo"

"Quiero que recuerdes que soy yo el que estuvo aquí"

"Quiero hacerte mía por el resto de mi vida"

El aire se atora en mis pulmones, sus palabras retumban en mis oídos. ¡Ay carajo! De solo recordar su voz, sus manos sobre mi cuerpo y como me tenía a su merced mientras decía esas palabras, siento que estoy de nuevo bajo su hechizo, siento que soy capaz de volver a ese edificio de millonarios solo para que me folle de nuevo. Hago una rabieta. Angela tiene razón, es una especie de mago o hechicero y yo soy solo el conejo dentro de la jaula esperando a que él haga su magia.

Sacudo mi cabeza.

Aun envuelta en la húmeda toalla, me muevo por mi habitación buscando algo más decente para cubrirme, al final elijo ropa holgada para dejar mi piel descansar y recuperarse. Para distraerme un poco, limpio rápidamente el desorden que hay por toda mi habitación. Cuando estoy satisfecha con el resultado, salgo a la cocina para encontrarme con Angela.

—Vaya, ahora pareces una muerta que acaba de revivir —sonríe cuando me ve acercarme a ella. —Ven, siéntate.

Yo también sonrió, divertida por su cumplido extraño. La obedezco, me colocó en una de las sillas que está junto a la barra ubicada frente a la cocina, Angela se encarga de acercar todo y colocarlo frente a mí, se encarga de servir dos platos de comida, un par de tazas de café y una jarra de jugo para ambas. Toma asiento en una silla a mi lado.

—¿Qué pasó ayer cuando me fui? —le pregunto mientras picoteo mi plato. Ayer cuando salí de la oficina, era un total desastre.

—Pues, el señor Grayson tardó un poco en conseguir que todos se calmaran lo suficiente para que él pudiera explicarse —narra con voz apagada. —Aún no sabemos qué va a pasar. Ya se está analizando la situación, pero, después de la demanda y de que el imbécil de abogado AKA. Benjamín, vendiera acciones ilegalmente y robara datos del periódico y sus usuarios…

—Es probable que los accionistas se retiren —murmuro para mi misma. Angela asiente en silencio. —¿Que dice Suzanne?

—Sigue creyendo que nuestra única esperanza es que algún millonario venga a rescatarnos —se encoge de hombros, —Ella insiste en que es mejor venderlo.

—No es mala idea —razono, mis ojos se entrecierran pensando en las posibilidades. —Si alguien lo compra no significa que quiera deshacer el proyecto, quizás se pueda restructurar todo, incluso podríamos mantener nuestros empleos, y el señor Grayson podría seguir siendo el director. Lo único malo que se me ocurre son los posibles compradores.

—Por eso el señor Grayson se niega a vender —me explica soltando un profundo suspiro. Hago una mueca.

—Pero ya perdimos mucho dinero con la demanda y todo eso —me quejo. —Si el periódico continuo reportando ventas bajas, se tendrá que buscar en bancos y financieras miles de préstamos para que siga funcionando.

—¿Y si el periódico entra en concurso mercantil? —pregunta, su voz tiene un matiz tembloroso, por el miedo.

—Eso es lo que Benjamín quiere —digo entre dientes. —Sabes que ha buscado cada oportunidad para hacer caer las acciones y así comprarlas.

—Él quiere comprar el periódico ¿Verdad? —me mira. Asiento. —¿Es una venganza en contra del Señor Grayson? ¿Se quiere vengar de nosotras? Sabes que nunca le caímos bien.

—No es nuestra culpa que nuestro trabajo sea tan bueno —bato mis pestañas. —Tampoco es nuestra culpa que seamos inteligentes y ahora seamos parte de la mesa directiva.

—Por eso no le caemos bien —gruñe Angela. —Somos las segundas en las líneas de los directivos de las áreas, mientras él es solo un abogado de una firma de mierda.

—Una firma que cobra muy bien por hacer estupideces al parecer.

—¿Entonces si es una venganza a nosotras? —jadea preocupada. —¿El malnacido no es capaz de ser rechazado por mujeres como nosotras?

Mi mente salta a uno de los tantos momentos en los que Benjamín nos invitó a salir cuando recién entramos a la empresa, y a uno de los tantos momentos donde se me insinuó. Sus intentos de ligarme terminaron otorgándole una demanda por acoso.

—Creo que más bien es en contra de los accionistas y la mesa directiva. Si ellos se hubieran colocado de su lado y sin la intervención del señor Grayson, él sería el vicepresidente y no Suzanne.

—Sí, eso es definitivamente una vendetta contra el señor Grayson —Angela suspira bebiendo de su taza de café.

—Y pensar que eran muy amigos —sacudo la cabeza, decepcionada.

—Los amigos tambien traicionan —me recuerda. Miro con pena a mi amiga, no quería traer ese tema a colación. —Además, empiezo a creer que la enfermedad del señor Grayson, fue causada.

—Yo tambien lo creo. El señor Grayson se enferma y se ausenta, Benjamín se vuelve el mejor empleado de la firma y comienza a formar amistades con los grandes tiburones —resoplo. —Suzanne es elegida vicepresidenta por órdenes del señor Grayson, y Benjamín comienza a perder contratos, las acciones caen, se filtran los datos y el periódico se va a la mierda.

—¡El imbécil lo planeo todo! —Angela chilla, furiosa. —¡Y yo que creía que era un idiota!

—Lo es —acepto. —Pero, los demás somos unos ingenuos por no haberlo notado.

Angela hace una mueca. Yo sigo picoteando la comida en mi plato, ahora ambas tenemos algo en que pensar.

—¡Ese cabrón! —Angela golpea con su puño la superficie de la barra.

—¿Ya sabes cuándo daremos la noticia? —le cambio de tema. —Tengo entendido que se hará una rueda de prensa.

—Se agendó dentro de dos semanas —me dice. —El señor Grayson pidió que no se dijera ni una sola palabra hasta no saber el desenlace de la situación. Ya sabes, para evitar movimientos indeseados.

Asiento compresiva.

—Me gustaría que durante la rueda de prensa pudiéramos presentar una solución, y no solo una triste noticia —su voz sale triste.

Angela y yo nos habíamos encariñado bastante con el periódico. Cuando nos mudamos a Seattle, casualmente chocamos con el Señor Grayson, el CEO del Seattle Times, claro que en ese momento no teníamos idea de quién era el hombre. Él fue nuestro súper héroe en esta ciudad, nos salvó de vivir en la calle.

—¿Mañana tenemos otra reunión? Me llegó el aviso hace un rato.

—Sí —responde ella. —El jefe quiere hablar con nosotros al parecer.

—Ya se nos ocurrirá algo —le digo en un vano intento de tranquilizarla. Ella solo suspira en respuesta.

Hablar con Angela siempre resulta un bálsamo, aun cuando sea de un tema preocupante como nuestro empleo a futuro. El resto del almuerzo pasa más relajante y casual, nuestra conversación cambia de tema varía veces y cuando nos damos cuenta, ya terminamos de comer. Entre ambas nos encargamos de limpiar y ordenar todo. Mas tarde, Angela dijo que se iría a su departamento porque tenía ropa para lavar y debía hacer limpieza, así que me quedé sola el resto de la tarde.

Las pastillas que me había dado más temprano, hicieron su efecto en el instante en que las tomé, el dolor de cabeza y de mi cuerpo disminuyó permitiendo moverme por todo mi departamento limpiando y ordenando todo el desastre que había hecho a través de la semana, además, una de las desventajas de vivir en una ciudad era que, sin importar cuando limpiaras, siempre había una capa de polvo, por lo que no me esforcé tanto.

Unas horas después, mi cuerpo volvió a doler por lo que tuve que tomar otro par de capsulas para terminar las actividades de aseo. Terminé antes de lo esperado y pude relajarme pasando el resto de la tarde recostada sobre el sofá, viendo una serie y dormitando de vez en cuando.

Durante la noche pude concentrarme en reunir las fuerzas necesarias para enfrentarme a la cruel realidad del día siguiente.


Concurso Mercantil: Es un recurso legal al que acuden las empresas que no están en condiciones de estar al corriente con los pagos a sus acreedores; bajo este procedimiento pueden buscar acuerdos y reestructurar sus obligaciones. La idea de los concursos mercantiles no es declarar en quiebra definitiva a las empresas sino darles la oportunidad de reorganizarse para continuar operando.


¡Hola! ¿Cómo están? ¿les gusto?

P.D. ¿Ya lo releyeron?