*NOTA*
No he eliminado ningún capitulo, no se asusten.
Solamente estaba corrigiendo los capítulos y decidí unir algunos para que la lectura fuera más fluida y que la historia avanzara mejor.
Si les recomendaría releer la historia porque sí añadí algunas cositas a los capítulos, pero nada que altere el rumbo que había tomado.
Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos lo diré, esto contiene escenas Hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
Isabella POV
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Todo a mí alrededor está en silencio, o casi todo. Se escuchan algunas teclas ser presionadas en los teclados de todas las oficinas, de vez cuando, alguien se mueve de su lugar rodando la silla por el suelo, o la impresora haciendo su sonido avisando que está siendo usada. No necesito ninguna estúpida habilidad para darme cuenta de que, desde el empleado de limpieza, hasta el CEO de esta empresa, estamos pasando por un ataque de ansiedad y nerviosismo que nos tiene al borde del colapso.
El más mínimo e inusual sonido nos sobresalta. Parece hasta cómico como cada que algún teléfono suena, o cada que se escucha el sonido de la campana del ascensor, todo saltamos. Dicen que el miedo y la histeria colectiva es el arma más peligrosa de todas, y por lo que mis ojos ven, puedo confirmarlo.
No culpo a nadie. Desde que nos anunciaron los problemas que está teniendo el periódico, todos buscamos algún indicio que nos diga lo que va a suceder con nuestros empleos. Si alguien es llamado o va a la oficina de algún directivo, cuando la persona vuelve a su área es abordado por una avalancha de personas que sueltan miles de preguntas.
Son varias miles de personas que dependemos de esta empresa; Algunos necesitan pagar deudas, otros están apenas estudiando, hay familias completas que necesitan comer y pagar colegiaturas. Y todos estamos en un suspenso que nos está matando. Algunos pasan horas rezando, otros lloran con desesperación y frustración, cada persona está lidiando con esto de alguna manera. Todos notamos los comportamientos de los demás, pero nadie menciona nada al respecto, nadie es tan valiente como para juzgar.
El ambiente en el trabajo nunca ha sido malo, por supuesto que hay grupos conformados por quienes se llevan mejor entre ellos que con el resto, pero aun así, todos somos amables con los demás. Esa es la razón por la que esta semana ha resultado sorprendente que de repente en los pasillos haya peleas y algunos gritos. Todos estamos a nada de explotar y con la tensión que se siente en el aire que es tan papable que nos ahoga, nos resulta imposible mantener ese ambiente tranquilo y amable.
Suelto el aire de mis pulmones en un tonó más audible al que me gustaría.
Mi mirada se levanta en dirección al escritorio que está a un costado del mío. Julie está concentrada, sus ojos están puestos en la computadora frente a ella mientras que el teléfono de la oficina está descansando sobre su hombro siendo presionado hacia su oído. Nuestros escritorios están en una zona apartada del resto, a un nivel separado por dos escalones y casi al fondo del área de ediciones. Desde nuestra posición, ponemos ver al frente la oficina del editor en jefe que nunca viene a trabajar y del lado derecho están el resto de los cubículos con los escritorios de mis compañeros.
Julie nota mi mirada sobre ella. Sus ojos azul claro me miran sobre los anteojos que llevan puestos, una de sus cejas se eleva, cuestionándome en silencio.
—¿De verdad es necesario que esté presente? —le pregunto, tratando de persuadirla.
—No empieces, Isabella —gruñe en mi dirección.
—Yo no sé nada de esos temas —le digo como excusa. —Tampoco soy directiva, no soy editora ejecutiva, ni nada que se parezca.
—No, tienes razón, no eres nada de eso —acepta. —Pero, resulta que eres la única Associate Publisher que hay en este lugar.
—¿Y eso que importa?
—Importa porque eres la jefa de este departamento.
—Eso no es verdad —le señalo a la oficina vacía. —Incluso yo, tengo un jefe y un rango en esta empresa.
—Él nunca está, así que no cuenta —rueda los ojos. —Por eso es todo se te consulta a ti, preguntas, ideas, autorizaciones, permisos, bajas. Incluso se otras áreas vienen a ti.
—Pero...
—Pero nada —sentencia. —El señor Grayson ordenó que estuvieras presente y no puedes decirle que no al jefe. Además, yo necesito que vayas.
—¿Por qué?
—Porque necesito un infiltrado en la zona de guerra —dice como si fuera lo más obvio. —Y quiero que vengas y me digas que mi semana de esclavitud laboral rindió frutos.
Una sonrisa se forma en mis labios, es inevitable. Durante esta semana, Julie y yo derramamos mucha sangre, sudor y lágrimas, además que consumimos una cantidad poco saludable de cafeína y otra mezcla ilegal de un medicamento para evitar dormir. Incluso hubo un día que ninguna de las dos volvió a casa.
—¿A qué hora esa reunión? —me cruzo de brazos con resignación.
—A las 12:30 —responde.
Miro el reloj en mi muñeca. Bueno tengo únicamente 20 minutos para respirar, tomar valor, poner mi mente en orden y subir a la dichosa reunión con los peces gordos de este lugar. Sí, nótese cuanto aprecio les tengo a esos malditos inversionistas.
—Te envié los documentos que me pediste —da una mirada a la computadora, luego sus ojos se centran en mí nuevamente. —Ya están revisados, corregidos y solo falta que los firmes.
—Sí, jefa —digo en el mismo tono casi militar que ella utiliza conmigo. Ella sacude la cabeza con diversión.
—Por cierto —titubea, sus ojos se posan sobre el aparato cerca de su oído. —Lo que me encargaste…
—¿Aun no responde? —los nervios recorren mi cuerpo. Toda la semana hemos esperado la llamada.
—Su secretaria siempre me dice que, cuando tenga tiempo, él nos regresa la llamada.
Mi cuerpo se recuesta en la silla. Suelto el aire de mis pulmones.
—Mierda —jadeo. —Sí no lo conseguimos estaremos en problemas, y unos muy grandes.
—Estoy repitiendo la llamada cada 20 minutos o menos. —se cruza de brazos, está molesta. —Primero se enfadan ellos de mí antes de que me canse de llamarles.
—La próxima vez que le llames y si la secretaria te contesta —la miro con mi mejor cara de seriedad. Julie asiente para que continúe. —Menciona que tu jefa te va a despedir por incompetente, sobre todo por no conseguir la oportunidad para tener una reunión privada y personal.
Julie me mira con la boca a abierta, parpadea un par de veces, perpleja ante mis palabras, luego, su cuerpo se sacude por la carcajada que sale de sus labios. Algunos ojos curiosos y preocupados se posan en nosotras.
—¿Sabes que tendrás que cumplir con eso?
—¿Qué cosa? —me hago la loca. Guiño un ojo en su dirección. —Yo no he prometido nada.
—Ve arriba —me ordena aun con una sonrisa. —Yo me encargo de esto, jefa.
—No me pases llamadas —pido. —A no ser que sean de esa oficina en especial.
—Sí, jefa —hace un saludo militar.
Sonrío, respondo el gesto. Rápidamente Julie coloca sus ojos de nuevo en la pantalla de su computadora y su mano coloca el teléfono de nuevo en su oído. Yo me levanto del asiento, arreglo mi ropa con mis manos antes de rodear mi escritorio para salir por el pasillo que cruza el área del resto de los escritorios. Aunque hago el intento de ser silenciosa, el sonido de mis zapatos altos rozando el suelo, hace que varios se fijen en mí con distintas miradas en sus rostros. Como he dicho, estamos todos muy susceptibles a cualquier cosa.
Me muevo como lo hago usualmente, con mis pasos lentos, pero seguros, con mi barbilla en alto, mis hombros cuadrados y mis ojos perdidos al frente sin ponerle atención a lo que sucede a mi alrededor. De esa manera, llego al elevador, tengo la suerte de que las puertas se abran en cuanto presiono el botón. Ingreso al cubículo y señalo el botón que me lleva un par de pisos arriba, a la oficina de Angela. No quiero llegar sola a esa maldita reunión.
Tomo una respiración cuando se cierran las puertas conmigo dentro. La primera vez que usé el ascensor, después de esa noche en el Lounge, dos tipos de recuerdos asaltaron mi mente, el primero, esos labios cálidos y hambrientos sobre mi boca y mi cuerpo. El segundo recuerdo, fue de la mañana siguiente, cuando el dolor y el miedo se apoderaron de mí mientras mis piernas corrían para alcanzar las puertas de metal. Casi dos semanas después, esos dos recuerdos aparecen en mi mente cada que tienen la oportunidad, siguen grabados en mi mente como si alguien me los hubiera tatuado en la memoria.
Supongo que eso pasó.
La campana del cubículo de metal me saca de mi ensoñación. Con mi postura retomada, salgo del ascensor, mis pies caminan llevándome en busca de mi amiga. Las miradas se van sobre mí de nuevo. Tengo una opinión dividida, me encanta que me miren, porque aquí son dos tipos de mirada, de envidia y admiración, cubiertas en amabilidad fingida. Pero a la vez, lo odio, siempre lo he hecho, no es un secreto, pero ahora es muy diferente, aquí, me hacen sentir como si estuviera en una jaula de cristal, expuesta para todos.
—Señorita Swan —Karina me saluda con su rostro amable y sonriente. Devuelvo su saludo cuando la veo.
—¿Ya voy tarde? —Angela levanta la cabeza de golpe al escucharnos.
—Aún les quedan unos minutos —Karina nos avisa mirando su reloj. Ambas le agradecemos con un gesto leve.
—¿A qué debo la visita? —Angela levanta una ceja en mi dirección. Mis hombros se encojen dándole a entender que improvisé mis movimientos.
—¿Sabes quienes vendrán? —cambio de tema. —Durante el día de ayer, Julie me nombro a tantos que perdí la cuenta.
—La mayoría son inversionistas —Karina responde tímidamente. —Pero solo conozco a algunos.
—¿Los conoces? —pregunta Angela con diversión. No creé su secretaria los conozca, al menos no en persona.
—Bueno, personalmente, no tengo el gusto —ríe nerviosamente. —Sé unas cuantas cosas de los más reconocidos, aquellos que son como famosos o casi unas celebridades del mundo empresarial.
—¿Algún nombre que deba preocuparnos? —pregunto. Una mueca se coloca en mis labios.
—No exactamente —sacude el lapicero en sus dedos. —Todos son muy parecidos; empresarios con dinero que se dedican a hacer más negocios para hacerse más ricos. En su mayoría son del tipo que ya saben qué hacer y cómo hacerlo.
—¿En qué sentido? —Angela pregunta, de repente luce interesada en los empresarios que vienen. Ruedo los ojos, estoy segura de que no dejará escapar la oportunidad de tener a alguno.
—En ambos —Karina se ríe al comprender a que se refiere mi amiga. —Tengo entendido que varios de ellos son solteros.
—Quizás es mi día de suerte. —Angela coloca las manos bajo su barbilla, pestañea varias veces.
—Quizás —Karina le da la razón, por supuesto que no le llevará la contraria a su jefa. —Aunque, debo advertirte que hay algunos rumores sobre algunos, en especial de uno de ellos.
Ambas la miramos, ahora estamos curiosas y necesitamos más detalles. Angela y yo nos recargamos sobre su escritorio, ambas mirando en dirección a Karina quien ha acercado su silla hasta nosotras. Debo admitir que el tema es demasiado bueno como para cortar la conversación tan animada que tenemos.
—Déjame adivinar —digo risueña. —Dicen que uno de ellos es gay.
Ese es el argumento más común y más estúpido que alguien puede usar para señalar a otra persona. La sexualidad de alguien no debe ser tema del interés común.
—Es lo que se dice —se defiende Karina. —Yo no lo creo, pero, es solo que, no es conocido por tener citas y tampoco se le ve con mujeres paseándolas en sus autos lujosos.
—Eso es porque debe ser un aburrido —Angela se queja. —Todos los que se creen millonarios hacen eso, piensan que somos trofeos que pueden presumir por las calles. Es decir, si se me presenta la oportunidad, si la tomo, pero me ofende.
Es inevitable que las tres soltemos una carcajada. Solo Angela es así de ocurrente.
—Pero, él no ha tenido nada de eso —suspira Karina. —¡Oh vamos! Ni siquiera ha tenido escándalos de alguna relación.
—Quizás solo es cuidadoso con su vida privada —ofrezco una solución.
—No creo que sea eso. Hubo una chica… —la rubia murmura ausente, como si tratara de recordar, —salieron en una de las portadas que lanzamos hace tres semanas, me parece. Creímos que por fin veríamos un poco de drama sobre él, pero, ya no se supo nada más sobre la mujer.
—Una chica con suerte que apareció en la portada —Angela se encoje de hombros. —Tal vez eso buscaba.
—Quizás era alguien de su familia —digo. De nuevo soy yo quien ofrece alguna respuesta lógica y con menor animo de juzgar a aquella mujer.
—Familiar no lo creo. —Karina niega rápidamente. —La familia de él son muy conocidos también, y sin mencionar que sus padres son muy respetados.
Las tres nos encogemos de hombros, se nos terminaron las opciones.
—Hay algo de lo que estoy segura —el suspiro de Karina es muy audible. —Quien logre atrapar al Grey Bachelor, se va a ganar la envidia de todas las mujeres de esta ciudad, la atención de varios hombres de negocios y la tóxica curiosidad de periodistas y reporteros de todo el país.
—¿Grey Bachelor? —la miro suspicaz. Una sonrisa burlona aparece en mis labios. ¿Hasta apodo tiene?
—Así le dicen por su apellido —se encoge de hombros. —"El soltero Gris."
—Familia importante, dinero, empresas y apodo personalizado. ¿Tan codiciado es? —Angela frunce el ceño. Karina asiente. —¿Es guapo, al menos?
—Cuando lo vean, lo van a reconocer —Karina dice presumida. —Aunque no hayan escuchado de él antes, lo reconocerán.
—¿Vive aquí? —Angela sigue con su interrogatorio.
—¡Angela! —la regaño.
—¿Qué? Yo también quiero estar enterada.
—Según sé, vive en ese distrito cerca de Belltown, en ese edificio… ¿Cómo se llamaba? —Karina frunce su rostro, haciendo un esfuerzo por recordar el nombre del lugar.
Un jodido momento. ¿Dijo Belltown?
Mis sentidos se alertan, mi cabeza rebota en su dirección, mis ojos le lanzan miradas ansiosas esperando logre recordar el bendito nombre del lugar donde vive ese hombre. Recuerdo haber visto ese nombre en alguna placa de la cuidad mientras iba de regreso a mi departamento durante ese fin de semana. Podría tener una cruda física y moral muy fuerte, pero iba lo suficientemente despierta como para ir monitoreando mi propio camino.
Tranquila Isabella. No pasa nada.
Ahora vives en una ciudad con más personas. Seattle es un centro de negocios grande e importante, a este lugar vienen muchas personas, y más de alguno debe coincidir con la descripción de Karina. Seattle alberga a muchos empresarios, millonarios, además de las personas comunes que ya vivimos aquí. En esta ciudad no es tan común tropezarse dos veces con la misma persona.
¿Verdad?
Es poco probable que sea quien la misma persona que yo estoy pensadno.
—¡La Escala! —Karina eleva la voz ganándose la atención de nosotras y de algunos a nuestro alrededor. Su emoción por recordar el dichoso nombre del edificio es muy notoria. —Vive en la Escala, en ese departamento que está en el último piso, el pent-house.
Jadeo. Es inevitable que el sonido se escape de mis labios.
—¿En el… vive en el pent-house? —tartamudeo sin querer.
—Sí, allí.
Mierda, mierda, mierda. No puede ser. No, no, no.
—Ya casi es hora de la reunión, lamento retrasarlas —Karina se disculpa avergonzada. —Deben subir, yo tengo unas cosas que hacer. Nos veremos más tarde.
Se levanta de su silla, sacude su mano despidiéndose de nosotras y se pierde entre el resto de las oficinas. Mis ojos siguen sus movimientos en silencio.
—Suelta la sopa, Swan. ¿Qué sucede? ¿Por qué tu reacción? —Angela da una palmada en mi pierna. Parpadeo intentando encontrar la fuerza para hablar y explicarle. —Bella, respira.
Ante el tono demandante de su voz, reacciono. Me obligo a respirar, a ingresar aire a mis pulmones quemando durante su trayecto. Mi amiga me mira con una intensa mirada de confusión y preocupación. Aun siento la desesperación fluir por mis venas, quiero explicarle lo que me sucede, pero no soy tan valiente como para decir esas palabras en voz alta.
—Si no me dices que es lo que sucede no te puedo ayudar —Angela mira a su alrededor. —Habla Bella, sea lo que sea.
—Yo —trago el nudo en mi garganta. —Creo que…
Me interrumpo sintiéndome ansiosa.
—¿Hay que matar alguien? —pregunta. Sacudo la cabeza. —¿¡Ya lo mataste!? Bueno, podemos esconder un cadáver, o dos, si es necesario.
Sacudo la cabeza de nuevo. Angela suspira y se queda en silencio.
—Creo que yo… No, estoy segura de que yo conozco el pent-house del que hablaba Karina —aunque mi voz es baja, sé que ella me escucho, pero me quedo mirándola sin mencionar ninguna otra palabra. Espero que eso sea suficiente para que me comprenda.
Por supuesto que no lo es. Sus cejas se unen en un claro gesto de incomprensión.
—¿Disculpa?
—Ya he estado ahí —las palabras salen en contra de mi voluntad.
Siento la realidad golpearme como una cubeta de agua fría. No, no es agua, es hielo, muy frio y congelado.
Me rehusaba a creer que esa noche, había caído hechizada por un hombre que quizás volvería a ver. Me mentí a mí misma, me dije que la historia no se iba a repetir, me juré que no volvería a ver a ese hombre. Con el paso de los días, dejé de ir al Lounge, evité la zona donde estaba el departamento en el que desperté ese domingo y me encerré en la oficina. Iba de mi casa al trabajo y viceversa.
Con los días, me creí mi propia mentira.
—¿Tuviste otra escapada nocturna? —levanta sus cejas un par de veces, burlándose. —¿Por qué carajo dices que…?
La sonrisa burlona de los labios de Angela se desvanece, su mente procesa mis palabras hasta que son lo suficientemente claras para que las comprenda, cuando lo hace, sus ojos se abren al máximo, deja escapar un jadeo que es silenciado por una de sus manos sobre su boca.
—Maldita sea —escupe en un tono bajo. —No puedes hablar en serio. ¿Crees que él sea el mismo hombre del que hablaba Karina?
—No, no creo —sacudo mi cabeza furiosamente. —Estoy malditamente estoy segura de que Karina se refería al mismo hombre que conocí en el Lounge.
—¡¿Qué cosa?! —grita, las miradas que se habían alejado minutos atrás, vuelven sobre nosotras. Angela parece reaccionar, disimulando. —Qué cosa tan interesante.
No respondo.
—Al menos ya podemos descartar la posibilidad de que sea un capo de la mafia —coloca un dedo debajo de su barbilla en un gesto pensativo. —O un asesino en serie. No, espera, eso aún no es descartable.
—Pasé dos semanas, convenciéndome que no fue real —me lamento con frustración. —Y ahora, lo tendré frente a mí.
—¿Crees que te recuerde?
—No lo sé —siseo.
—¡Claro que te recordará! —su estado de ánimo evoluciona rápidamente. Está emocionada de nuevo. —¿Qué le dirás? ¡Hoy si te vas a presentar!, de eso me aseguro yo. ¡Mierda! ¿Crees que te invite a salir?
—Angela, no me estas ayudando —me quejo. Cierro mis ojos tratando de controlar mis emociones.
Me preocupa que me reconozca, lo que pasó ese día en el Lounge era parte de mi vida personal, pero, aquí es mi lugar de trabajo, la reputación que tengo dentro de estas oficinas me ha costado como nada en este mundo y si me reconoce y si es tan cabrón como para decir en qué situación nos conocimos… No, no permitiré que nadie la dañe o me desacredite mis logros por algo que pasó mientras estaba ebria.
Y si debo ser honesta, resulta que, aunque nunca se lo confesaré a alguien ni tampoco lo admiré en voz alta, sí, si deseo que ese hombre me reconozca. Quiero que me vea como lo hizo esa noche, quiero que su atención se centré en mí y solo en mí, quiero que cuando mis ojos se enlacen con los suyos vuelva a hacer que todo a nuestro alrededor desaparezca.
—Andando, debemos subir —anuncia mi amiga. Un escalofrío me recorre.
—Si —aclaro mi garganta. —Ya vamos tarde.
—Prométeme algo —me pide antes de comenzar a caminar. —Prométeme que, si resulta ser él, si ese hombre te reconoce y si resulta que de verdad quieres tenerlo, no importa de qué manera, júrame que harás todo lo necesario.
—Puedo intentarlo —exhalo. Angela suelta un bufido de molestia, pero, esa es la verdad. No sé si soy capaz de aferrarme a alguien de nuevo, no sé hasta dónde llega mi deseo por ese hombre, no sé hasta donde pueda llegar con tal de tenerlo y mucho menos sé si él quiere tenerme. Quizás mis ideas no sean tan descabelladas y esa noche fue solo eso, una noche.
—Te quiero ¿sí? —su mano toma la mía. —Y si el cabrón te quiere, yo me quedaré contigo hasta que la muerte nos separe.
Le doy un empujón con mi cuerpo, pero me siento infinitamente agradecida con ella. Angela ha sido el salvavidas que me ha mantenido a flote todo este tiempo.
—Harás que descubran que tenemos un matrimonio secreto —digo en voz baja, como si temiera que alguien me escuchara.
Ella se rie. —Andando, vamos a patear traseros de inversionistas.
Juntas subimos a la sala de reuniones. Cuando llegamos nadie nos presta atención gracias al caos que hay por todo el lugar; hombres y mujeres vestidos de pies a cabeza con ropa y artículos elegantes se pasean por el pequeño pasillo que está frente a la sala de reuniones. Los observo mientras algunos se presentan y otros se saludan, gracias a las dos paredes de cristal que dividen el espacio y que están de un color opaco, puedo distinguir que hay más personas ya al interior, en sus lugares.
Con todas mis fuerzas, mantengo mi rostro sereno y me atención centrada para parecer lo más normal posible, pero me permito pasear mi mirada por cada uno de los rostros que están frente a mí. Quiero verlo, necesito verlo y saber que sí es él.
No lo veo por ningún lado.
Suelto un suspiro cargado de decepción, eso llama la atención de Angela que me ofrece una sonrisa comprensiva, ella cree que es porque no hemos llamado la atención de nadie, pero ambas sabemos que aquí, en el medio de esta reunión de personas millonarias importantes, nosotras no somos relevantes, somos invisibles.
Desde que comenzamos a trabajar aquí, somos de las personas que más atraen las miradas y la curiosidad de los demás. Desde el primer día, tuvimos que lidiar con ser el centro de atención, y a veces nos resulta inevitable viajar al pasado, a aquella época en el instituto cuando éramos invisibles, y si acaso llamábamos la atención, era porque no había nada más emocionante de lo cual hablar.
Aquí, siempre hay algo más emocionante. Creo que es por eso que nos gusta saber que tenemos la atención de las personas a nuestro alrededor, además que siempre buscamos más. Julie siempre se burla de la situación, dice que es gracioso como dos pueblerinas resaltan tanto en la una ciudad.
Mi mente se va a esa joven que está unos pisos más abajo y que estoy segura tiene sus narices metidas en la computadora. Es extraño no tenerla cerca de mí en su papel de secretaria. Siempre cerca de mí, parloteando sobre los pendientes que tengo, las citas y reuniones, mis horarios disponibles, llamadas, mensajes y cosas así.
El concejo regulador de periodismo cada año organiza un programa de becas para universitarios, si lo ganas, obtienes la beca para la universidad y un empleo en alguno de los periódicos o revistas del país. Ese fue el caso de Julie. Ella consiguió la beca y el empleo aquí, en el periódico. Actualmente le falta un año para terminar la universidad, pero debo reconocer que ha sido extraordinaria manejando su empleo y sus clases durante los años que lleva estudiando.
Al inicio fue un dolor en el trasero, no tenía idea de lo que estaba haciendo ni de cómo hacerlo, cometió muchos errores como todos nosotros, pero se encargó de aprender de cada uno de ellos. Ahora, es de las personas más competentes que hay el periódico, tanto que muchas veces le han ofrecido algún otro puesto, como editora, escritora, periodista y más, pero ella siembre lo rechaza diciendo que es más divertido ser mi secretaría. Sí, usualmente pasa su día llevándome a mis limites, exasperándome al punto de querer lanzarla de algún puente de la ciudad, pero también es mi heroína cada que estoy en problemas. Además de vez en cuando suelta algún chiste, broma o comentario que hace brotar una risa inesperada en mí, se dedica a mejorar mis días en la oficina.
El señor Grayson seguido bromea con llevarse a Julie a su oficina, pero, ni a ella, ni a mi nos divierte ese comentario. Sé que con él podría aprender mucho más que conmigo, él podría llevarla aún más lejos que yo, pero Julie se niega, siempre dice que no está lista para más responsabilidades y que todavía no ha aprendido lo suficiente de mí.
—Oye, se me olvidó preguntar —Angela reclama mi atención. —Sobre lo de Nueva York… Si lo tenemos ¿verdad?
No respondo, me quedo allí, frente a ella, con mi rostro en blanco. Angela me mira aterrada y visiblemente nerviosa. Sabe que algo está mal con esa parte del plan.
—Espero que Julie haga un milagro —suelto el aire pesadamente. A ella no le puedo mentir.
—Señoritas, que alegría verlas —la señora morena de edad algo mayor nos saluda, sus pasos se acercan a nosotras con un poco de dificultad.
—Hola, Eva —le sonrió cariñosamente. Angela hace lo mismo.
Me acerco a ella y le doy un beso en la mejilla, ella pone sus brazos a mí alrededor, me comparte del calor de su cuerpo. Eva es la asistente del señor Grayson, es una mujer trabajadora, ama de casa y una madre amorosa de un par de hijos, entre ellos Karina, la secretaría de Angela. Eva es la mujer que siempre cuida de todos nosotros aquí en el trabajo, han sido muchas las veces en las que me ha recordado a Sue y a Es… ella. A la mujer cuyo nombre me da miedo pronunciar.
—Leonard está esperando por ustedes —apunta a la enorme sala de juntas que sigue siendo un desastre de voces y personas —Estamos a punto de comenzar, adelante por favor.
Observo a todas las personas entrar en esa gran sala de reuniones. El señor Grayson está en la puerta, es amable con todo aquel que cruza la puerta, a su lado se encuentra Suzanne, imitándolo con la sonrisa más brillante que puede ofrecer. Si no los conociera tan bien, diría que sus acciones son honestas y que de verdad se sienten agradecidos con las personas presentes, pero sé que la situación los está sobrepasando.
Desde mi posición tengo una vista parcial al interior de la sala de reuniones, la puerta abierta pro donde continúan entrando personas es mi oportunidad de dar otra mirada curiosa al interior. Quienes recién entran a la sala se acomodan en las sillas frente a donde está la placa con su nombre descansando sobre las mesas colocadas cuidadosamente para que todos los presentes tengan una vista clara. La ventaja que tiene esta sala de reuniones es que, por su gran tamaño, se puede acomodar acorde a la necesidad de la reunión.
Mis ojos captan a una persona en específico.
Su cabeza está ligeramente baja, su atención está puesta en el celular que descansa entre sus manos. Su rizado cabello cobrizo está peinado cuidadosamente, aunque un par de mechones caen sobre su frente, sus cejas juntas hacen que se formen unas líneas en la piel de su frente, la sombra causada por la barba alrededor de su mandíbula se ha intensificado a comparación de esa noche. La silueta de su cuerpo es tensa, sus hombros están rectos y ligeramente levantados como si estuviera alerta.
Maldita sea. Es más guapo de lo que mi ebria memoria puede recordar.
Mis ojos lo recorren varias veces. Viste un traje azul marino, camisa blanca y corbata color vino. La combinación hace que luzca malditamente guapo y muy elegante, además de imponente.
En silencio doy gracias que desde su lugar él no pueda verme, pero desde el mío yo sí puedo verlo y deleitarme con su presencia.
—¿Quién es? —Angela pregunta con un susurro. —Tu hombre ¿Quién es? —Le doy una mirada, me hago la que no entiendo. —No trates de joder conmigo, Bella. Estas babeando, el piso ya está todo mojado, no me salgas con que no lo has visto.
Instintivamente mi mano se va a mi boca, limpio mis labios con el torso de la mano mis labios. Por supuesto, están secos.
—Dime —insiste —¿Quién es?
—El del traje azul que está casi en la esquina de la mesa.
Lo más disimulada que puede, Angela estira su cuello para tener una mejor vista del interior de la sala, tarda unos segundos, pero finalmente lo nota.
—Carajo. Que buen hombre de follaste.
Las comisuras de mis labios se elevan ante su cumplido. Es inevitable que me sienta orgullosa, de la situación, sí, me folle a ese hombre, yo Isabella Swan me folle al soltero más codiciado de Seattle.
—Angela, Isabella —el señor Grayson llama nuestros nombres en un tono demasiado llamativo. Ambas saltamos, alarmadas y avergonzadas por haber estado distraídas. Le miramos, él nos hace una señal para que nos acerquemos.
Es aquí cuando siento que la atención por fin se ha colocado en nosotras, no sé si es gracias al efusivo grito de mi jefe, o a que por fin nos acercamos lo suficiente a la puerta como para entrar en el campo de visión de algunas personas.
—¿Llegamos muy tarde? —Angela pregunta.
—Lo usual —Suzanne se ríe.
—Al contrario, los demás llegaron temprano —nuestro adorado jefe nos ofrece un guiño. Me obligo a centrar mi atención en el presente, pero, por más que me concentre, no soy ajena a la mirada que recorre mi cuerpo de arriba a abajo.
Suzanne nos hace una señal para entrar al interior de la sal, Angela la sigue, pero el señor Grayson sujeta mi brazo antes de que pueda seguirlas. Un escalofrió me recorre, sé lo que quiere preguntarme.
—Dime que tenemos buenas noticias —suplica, se inclina ligeramente hacia mi oído, lo suficiente para mantener la conversación entre nosotros, pero no cómo para llamar la atención de los presentes en la sala. —Y si no las tenemos, por favor miénteme, para que yo pueda mentirles a ellos.
Muerdo mi lengua. No quiero ser yo quien le diga la verdad. Me preparo mentalmente, enderezo mi espalda, acomodo mis hombros, levanto mi rostro en su dirección y lo miro directamente a los ojos.
—Tenemos buenas noticias.
Sus ojos me observan, se queda en silencio por algunos segundos.
—Eres una pésima mentirosa —exhala ruidosamente. Me encojo de hombros, él me pidió que le mintiera.
—¿Quiero una explicación?
—Su oficina no le pasa la llamada —respondo desviando mi mirada. —Le di un par de instrucciones… a Julie. Espero que con eso sea suficiente.
Sus cejas se levantan, pero, asiente.
—A Eva tampoco le contestan —dice pensativo. —Quiero creer que están evaluando la propuesta para tomar una decisión.
—O esa es su manera de comunicarnos la decisión —digo temblorosa. Mi jefe me lanza dagas con sus ojos.
—Si esto no funciona... —se aclara la garganta. No quiere pensar en esa posibilidad, pero es muy probable que sea la realidad a la que nos enfrentaremos. —No tengo un plan "B", al menos no para la empresa. Si no funciona, vamos a tener que venderlo.
Casi me largo a llorar con ese comentario.
—Tranquila — suspira. —Tengo varios planes para ti. También para Angela, Julie y para algunos otros.
—¿Señor? —lo miro. Algo en su voz no es del todo de mi agrado.
—Vamos adentro —ordena. — Hablaremos de eso después.
Tomo, una profunda respiración. La mano del señor Grayson se coloca en mi espalda, con un ligero empujón me conduce al interior de la sala de reuniones. Usualmente, este es un procedimiento que me sé de memoria, entrar, ofrecer un saludo en general y sentarme en mi asiento que casi siempre es en el mismo lugar de la mesa. Hoy no es la excepción. La silla al lado derecho de Angela está vacía, pero, rápidamente me doy cuenta de que voy a necesitar toda mi fuerza de voluntad para mantenerme profesional con la persona sentada a mi lado.
Mis hombros se cuadran, mi espalda se acomoda recta, mi mirada se levanta y mis piernas se aseguran de que, cada paso que dé sea con total seguridad. En el momento en que cruzo la puerta, las miradas se posan sobre mí. Para algunos de los presentes soy alguien familiar gracias a las reuniones por algunos proyectos del pasado, pero, para el resto, soy una cara nueva.
La verdad es que, no me interesa si ellos me ven o no. porque tengo la atención de la persona que verdaderamente me interesa. No pasa desapercibida la mirada que le otorga a mi cuerpo. Sonrió internamente, me siento agradecida con la elección de ropa de esta mañana, El conjunto de falda, blusa y saco hace que mi cuerpo resalte en las zonas correctas, pero sin perder la parte profesional.
Angela oculta una sonrisa al verme pasar detrás de ella. Sabe lo que estoy haciendo.
Contoneando mis caderas, llego hasta mi asiento, me acomodo en la silla evitando mirarlo. Ambos somos conscientes de la presencia del otro, la esquina de la mesa que tenemos entre ambos es como un abismo, pero a la vez, nos mantiene demasiado cerca. Mi cuerpo reconoce su cercanía, mi piel arde por ser tocada por sus manos de nuevo. Parece leer mi mente, su mano izquierda se desliza hacia abajo de la mesa, se estira hasta llegar a mi pierna provocándome un suspiro cuando siento el fuerte apretón sobre la piel desnuda de mi rodilla. Mi mano derecha baja también, se coloca sobre la suya dado un apretón a sus dedos. Él también suspira.
No se necesitan palabras, tampoco necesitamos mirarnos directamente a los ojos. Con solo rozar nuestra piel ambos obtenemos una respuesta de las preguntas que hemos hecho en silencio. Sabemos quiénes somos, recordamos lo que pasó esa noche.
El mundo real rompe nuestra burbuja más rápido de lo que nos gustaría. El señor Grayson hace su entrada y nosotros nos soltamos como si nos quemáramos, escucho que aclara su garganta, y yo aun no soy lo suficiente valiente como para mirarle directamente.
—Buen día a todos —el Sr. Grayson habla. —Les agradezco a todos por regalarme un poco de su preciado tiempo, trataré de ser breve. Como saben, tenemos varios puntos a discutir el día de hoy…
Con eso, comienza una extensa reunión. Realmente Angela y yo, al igual que el resto de los directivos de área, no tenemos mucho que aportar. Nos mantenemos en silencio escuchando la tensa conversación. El principal tema de la reunión es la razón por la que The Seattle Times, el periódico más importante de esta ciudad y uno de los más importantes del país, está casi declarado en quiebra. Los inversionistas están demasiado molestos por la situación y por la caída de las acciones, sin mencionar que exigen un nombre. Quieren a alguien para crucificar como el culpable de esta desgracia.
Por supuesto, como en este lugar somos personas complacientes, Suzanne se pone de pie y se toma la molestia de explicar hasta el más mínimo detalle de la situación que nos trajo a esta reunión. Durante toda la semana, Eva, Julie y yo tuvimos la tarea de reunir este tipo de información; pruebas, contratos, recibos y todo por lo que era probable que preguntaran. Además, junto con el sr. Grayson, revisamos cada una de las posibles soluciones para enfrentar el problema.
Mientras Suzanne continúa explicando, yo mantengo mi cuerpo inmóvil en dirección a la puerta, solo mi cabeza se gira ocasionalmente para mirar a la persona que hace alguna pregunta que llama mi atención.
El problema es que mi cuerpo reacciona al timbre de su voz cuando él hace algún comentario.
—Bueno, el problema quedó claro —alguien del fondo dice. —Ahora queremos saber qué soluciones está implementando, Sr. Grayson.
—Más le vale que sea bueno —otra voz dice. —No queremos perder nuestro dinero.
El señor Grayson da una larga mirada en mi dirección, luego, su rostro se gira hacia la puerta de cristal. La esperanza se mantiene en Julie.
—Porque tienes un plan ¿correcto señor Grayson? —uno más pregunta acusatoriamente.
Frente a todas estas personas, ambiciosas, gruñonas y que tienen una espada en sus manos lista para cortar cuellos, los que trabajamos en la empresa lucimos muy tranquilos y confiados, pero por dentro, puedo jurar que estamos comiéndonos las uñas por la ansiedad.
—¿Cuál es el plan, Leonard? —el hombre a mi lado pregunta. Su voz tiene un matiz de dominancia, de advertencia, de esos que te retan a decir alguna mentira cuando ellos ya saben toda la verdad.
El Sr. Grayson comienza de nuevo una discusión tratando de ganar tiempo. Les menciona las posibilidades que todos sabemos, serían muy desagradables para ellos. Vamos a mostrarles de lo peor, a lo mejor, para así acorralarlos y que acepten nuestro plan. Si es que llega a tiempo.
Mi celular vibra sobre la mesa. La pantalla se enciende llamando la atención de Angela y mía, ambas leemos el mensaje por la esquina de nuestros ojos.
"En camino. J."
—Joder —escucho el suspiro de mi amiga. Yo, en cambio, cierro los ojos, mis pulmones expulsan de golpe el aire que lleva asfixiándome durante toda la reunión. La ansiedad se disipa de golpe de mi cuerpo.
Mierda, eso estuvo cerca.
Recorro con mis piernas la silla, trato de no ser notada mientras me levanto para salir a recibir a Julie. Fallo en el intento, es inevitable. Los ojos de los presentes se posan sobre mí con curiosidad.
—Disculpen —murmuro rápidamente.
Paso detrás del señor Grayson, coloco una mano en su espalda por un par de segundos, doy una palmada antes de retirar mi mano. Ambos sabemos que significa mi gesto, desde mis inicios en este lugar cuando comencé ayudándole a Eva en su trabajo como secretaria, acordamos el significado de ese gesto. Sin necesidad de mirarle, sé que él también ha tomado una exhalación de alivio.
Salgo de la sala asegurándome de que la puerta permanezca media abierta a mis espaldas, quiero que sepan que algo va a suceder, pero quiero tener privacidad para hablar rápidamente con Julie. La joven de cabello negro aparece por el pasillo desde el ascensor, su caminar me recuerda al de las escenas de las películas de la mujer maravilla, cuando aparece caminando en el medio de la catástrofe luciendo fabulosa.
Sonrió cuando se detiene frente a mí. Sus manos me ofrecen un folder color.
—¿Te he dicho que eres la mejor? —pregunto. Ella me muestra una sonrisa muy brillante.
—Si, pero continúa diciéndolo. Haces que mi ego suba.
Sacudo la cabeza. Julie da una mirada al interior de la sala de reuniones, sin mencionar ninguna palabra más, se gira y se aleja por el pasillo.
Mis manos abren rápidamente el folder. Mis ojos se pasean por el contenido para asegurarme que es el documento que llevamos días esperando. Hay una nota adhesiva sobre las hojas, es la letra de Julie, pero sé que son palabras de alguien más.
"Si no eres tú la persona que viene a entregarlo a la oficina, sinceramente espero que no los hagas firmar. L. "
Trato de ocultar la sonrisa en mis labios, mis dedos arrancan la nota del resto de las hojas. Sintiéndome liberada y tranquila, me giro para enfrentar de nuevo a las personas que mueren por cortarnos el cuello. Avanzo de nuevo a la mesa, asegurándome de dejar el folder frente a la persona correcta antes de colocarme en mi asiento de nuevo.
—Como sabrán, soy viejo y terco —se pone de pie el hombre que lidera el periódico, —y en mis planes no está vender algo que le ha costado tanto tiempo y dedicación a generaciones de mi familia.
—Hay otra propuesta que aún no se les menciona —Suzanne habla, también ella parece más relajada. —El concejo de periodismo tampoco está feliz con la idea de que el Seattle times sea vendido o disuelto.
—¿Y bien? —un suspiro exasperado se escucha. No logro identificar a quien pertenece.
—Ellos hicieron la petición de reestructurar el funcionamiento del periódico, a nivel externo e interno —Suzanne explica la propuesta. —El Sr. Grayson como presidente y yo como vicepresidenta hemos evaluado la petición y decidimos aceptar.
Una risa colectiva llena la sala.
—No tienen dinero para hacer eso —uno dice. —Si quieren despedir a una sola persona les costará dinero que no tienen.
—¿Cómo planean hacer eso? —alguien más pregunta.
—Tenemos un nuevo inversionista, el señor Christian Grey, aquí presente —mi jefe señala al hombre a mi lado. —El señor Grey ha accedido a concedernos el dinero para la reestructuración a cambio algunas concesiones, entre ellas un porcentaje de nuestras ventas anuales.
Controlo el impulso de girar mi rostro y ofrecerle una mirada sorprendida al hombre a mi lado. Si lo veo, ya no podré seguir disimulando que no quiero saltarle encima. No resulta sorprendente la noticia de este hombre, sabía que tenía dinero, y ahora tengo la explicación a su presencia en esta reunión.
—¿Está dispuesto a perder su dinero de esta manera, señor Grey? —uno de los hombres le pregunta con cierta incredulidad.
—¿Cree que soy un imbécil que no sabe hacer negocios? —pregunta. No pasa desapercibido el tono molesto de su voz.
—Por supuesto que no pienso eso de usted, señor Grey —dice el hombre apresuradamente.
—Entonces le voy a pedir que no se atreva a juzgar mis decisiones —su voz dura y fría hace que sus palabras suenen peligrosas. —Es mi dinero, yo decido cómo y en qué lo utilizo.
Nadie se atreve a contradecirlo. Nadie parece ser tan valiente como para hacerlo.
—¿Creen que la reestructuración será suficiente? —una mujer pregunta en un tono más tímido.
—No, por supuesto que no —el señor Grayson suspira. —Por eso hemos buscado más opciones. .
—La que nos parece la más viable es una asociación con nuestra empresa hermana —sonríe Suzanne. —Ellos planean hacer cambios al igual que nosotros y creemos que es una buena oportunidad para ambos.
—¿A qué se refiere? —el hombre que no ha podido guardar silencio por un segundo en toda la maldita reunión, ahora luce confundido y ¿preocupado? Su actitud me resulta sospechosa.
—Esto que tengo en mis manos, damas y caballeros —el Sr. Grayson levanta el folder de piel color negro. —Esto es un contrato, donde se propone una fusión entre dos empresas, The Seattle times y The New York Times.
Todos los presentes sueltan jadeos sorprendidos.
Cuando Suzanne sugirió esa idea, nade lo creyó conveniente. Nadie de la mesa directiva ni del consejo creía posible que una empresa como NYT aceptara unirse a un periódico en quiebra como nosotros. Pero, después de mucho pensarlo, se decidió hacer una propuesta con todos los equipos, finanzas, legal, marketing, logística y el resto de nosotros. La mesa directiva aceptó que era una buena idea, el problema era cómo convencer al NYT.
—¿Una fusión?
—Sí —sonríe orgulloso el Sr. Grayson. —Al finalizar el proceso de reestructuración, quedaremos como parte de la empresa Times, manteniendo nuestro nombre y siendo algo como una subsidiaria del New York Times.
—¿Cómo lograste que The New York Times te ofreciera ese trato? —la voz del hombre del fondo vuelve a llegar a mis oídos. Molesto y asombrado por el giro de los acontecimientos.
Juro que si vuelve a hablar con ese tono lleno de altanería e ingenuidad no seré capaz de contenerme las ganas de lanzarle algo a la cara.
—Hace una semana estabas a nada de declararte en quiebra —una señora habla, aun puedo escuchar la sorpresa en su voz. —¿Ahora tienes la opción de ser parte del periódico más importantes del país?
—Queridos colegas —el señor Grayson habla en un tonó muy feliz. —Saben que así son los negocios. Es una oportunidad que se presentó y me quiero arriesgar a tomarla.
El lugar se queda en silencio.
—¿Qué beneficios trae eso? —alguien pregunta.
—The New York Times nos da la libertad de trabajar a nuestro parecer —le explican. —Ellos seguirán con su trabajo y nosotros con el nuestro. Incluso es probable que algunos proyectos se hagan en conjunto.
—Aún hay decisiones que deben ser tomadas —Suzanne continúa con la explicación, —pero, les aseguramos que esta es la mejor decisión para ustedes, para ellos y para nosotros.
—¿Para nosotros? —otra vez el imbécil habla. —¿Qué ganamos nosotros?
—Tendrán acciones en el NYT sin pagar un centavo —el señor Grayson se enoje de hombros como si las palabras que salieron de su boca fueran lo más normal del mundo.
Por la sonrisa de todos los inversionistas, la idea resulto tentadora.
Quiero mover mi cabeza y colocar mis ojos en el hombre a mi lado. Estoy curiosa por mirarlo, analizar su rostro en busca de las emociones que está sintiendo en este momento, quiero saber qué es lo que pasa por su mente al momento de evaluar un negocio.
—¿Cómo será la reestructuración interna? —otra de las mujeres preguntan. —¿Se piensa despedir a empleados?
—Se hará una evaluación del desempeño y conocimientos —el encargado de personal se toma la libertad de responder. —De ahí, el consejo tomará la decisión. Para nosotros, la idea de despedir al personal no es llamativa, pero si ellos deciden que así sea, tendremos que acatar la orden.
—¿Y la reestructuración externa?
—El equipo de marketing está trabajando en varias propuestas —Angela habla por primera vez. —Se busca mejorar la percepción del público hacia nosotros, principalmente.
—Es lo que nos urge en este momento —se disculpa el sr. Grayson.
—En caso de que se acepte lo que propones… ¿Cómo se hará?
—Yo les paso el documento, ustedes firman accediendo —el jefe se encoje de hombros y les da una sonrisa traviesa. Para la edad que tiene el hombre y la apariencia que tiene, todos creen que es una persona muy seria, dura, o que incluso es de carácter violento. Pero, mi jefe es en realidad es todo lo contrario, es el hombre más tierno y juguetón que puedas encontrar. Aunque también es muy inteligente.
—En este momento todos tienen en sus dispositivos una copia del contrato que les corresponde —Suzanne los señala. A medida que habla, todos centran su atención en leer lo que se mencionó.
—Como pueden ver, ya está firmado por la mesa directiva —el señor Grayson se levanta. Destapa el elegante bolígrafo que tiene en sus manos y lo pasa junto con el folder. —Solo faltaría su firma y podremos comenzar con esto cuando antes.
Los siguientes minutos se pasan dando explicaciones del contenido del contrato, además de resolver las preguntas que surgen al respecto. Miro complacida como todos se inclinan a firmar y pasan el documento a la siguiente persona.
Toma un tiempo, pero finalmente se da por concluida la reunión, todos se ven satisfechos con el resultado y con lo que van a obtener cuando suceda la fusión. El señor Grayson despide de uno en uno a los invitados, agradeciéndoles su tiempo y su apoyo. Suzanne se mantiene atenta a las dudas y a cualquier cosa que surge en el momento.
—¿No te has cansado de mantener el cuello así de torcido? —Angela pregunta en voz alta. Muy alta.
No respondo, no quiero evidenciar la razón por la que mi cuello ha estado de lado casi toda la reunión. Angela suelta una pequeña risa pero no dice nada más. Ambas nos dedicamos a esperar a que los acontecimientos se terminen de desarrollar y que nuestros salgan por la misma puerta por la que entraron.
—"Debo ir a trabajar" "Voy tarde" "Tengo que hacer unas llamadas" —nuestros compañeros murmuran varias excusas mientras se ponen de pie y salen por la puerta para volver a sus lugares de trabajo.
—¡Lo hicimos! —el señor Grayson grita efusivamente cerrando la puerta para darnos privacidad de nuevo. Se vuelve hacia nosotros. La sonrisa en su rostro es más deslumbrante que el sol.
—Sentía que me iban a cortar la cabeza —Suzanne se queja desplomándose en su silla.
—Ya somos dos —mi jefe se deja caer de nuevo en su asiento.
—Fue horrible —lloriquea Angela, su cabeza se deja caer en el respaldo de la silla. Yo no pronuncio ninguna palabra, impulso mi espalda hacia adelante colocando mis codos sobre la mesa y mi cabeza entre mis manos.
Comprendo el sentimiento de ellos.
—Lamento que hayan tenido que trabajar fuera de la oficina —el señor Grayson se disculpa. —No debí presionarlas tanto.
—Está bien —digo levantando mi rostro. —Tenía que aprovechar las horas de insomnio.
—Y vaya manera de aprovecharlas —Angela se ríe sin mirarme, puedo notar el doble sentido en sus palabras. Con mi pierna golpeo la suya por debajo de la mesa.
—Entonces —Suzanne me mira con una ceja arriba. —¿Qué fue lo prometiste?
Desvió mi mirada y siento la sonrisa bailar en mis labios.
—¿De que estas hablando? —el señor Grayson la mira, confundido.
—¡Por favor, Leonard! —Suzanne exclama dramática. —No pongo en duda la capacidad de Isabella para hacer cualquier tarea que se le asigne, pero, ¿vas a decirme que obtuvo ese maldito contrato solo porque es muy profesional?
Angela lucha por contener la carcajada que tiene en la garganta.
—¡Que ingenuo, amigo mío! —Suzanne sacude la cabeza fingiéndose decepcionada. Su atención se centra de nuevo en mí. —¿Entonces?
—Solo le dí un par de indicaciones a Julie —me encojo de hombros recordando las palabras que le dije a mi jefe antes de entrar a la reunión.
—¿Indicaciones? —Angela pregunta, está visiblemente divertida. —¿Así le dicen ahora?
—¿Qué fue? —Suzanne le sigue el juego. —¿Una reunión? ¿Un café? ¿Una entrevista personalizada?
—¡¿Te prostituiste?! —el señor Grayson ruge en mi dirección. Alguien a mi lado gruñe.
—¡No! —grito ofendida. Mis ojos se colocan en mi jefe. —¿Por quién me toma?
—¿Entonces? —se cruza de brazos.
Me obligo a ser valiente. Estiro mi brazo, abro mi mano y muestro la nota que venía dentro del folder pegada sobre el documento. Después de volver a entrar y por el resto de la reunión, lo mantuve apretado dentro del puño de mi mano. Angela la quita de entre mis dedos y se toma la molestia de leerla en voz alta.
Trágame tierra.
Todos me miran. Cuatro pares de ojos me observan expresando una emoción diferente; molestia, asombro, burla, incredulidad, son lo que predomina en cada uno de ellos.
—Entonces le prometiste una reunión —Suzanne ahoga su risa en sus palabras dirigidas a mí. —Pero, una reunión… ¿de esas de negocios que terminan en una hora? ¿O de esas que terminas tú en su casa?
Angela no puede contener más su risa. Una carcajada escapa de sus labios. En cuanto se da cuenta, inclina su cabeza y aprieta sus labios hasta formar una línea. Aun puedo ver sus hombros sacudiéndose en silencio.
—Teóricamente —mi voz sale más débil y aguda de lo que me gustaría, — ninguna.
—Si claro. Fingiré que te creo —Angela y Suzanne se burlan.
—Cariño —el señor Grayson habla, su voz lleva un matiz de ternura. —Sabemos que tienes una vida amorosa nula, pero, no pensé que estuvieras tan desesperada como para aceptar proposiciones así.
—¡No estoy desesperada! —trato de defenderme.
—Si quieres un poco de acción, está bien. Todas lo queremos —Suzanne habla en el mismo tono empalagoso. —Puedes decírmelo con confianza, yo conozco a muchos hombres a los que no les molestaría una noche de diversión. Mucho menos con una mujer como tú.
¿Por qué? ¿Por qué me pasa esto a mí? Es inevitable que la sangre suba hasta mi rostro. Estos últimos días, esa ya desconocida sensación había estado muy presente, pero hoy, me resultaba molesta. No quiero que él me vea sonrojada solo porque mis jefes y amigos han decidido que es un buen momento para avergonzarme.
—O podríamos ir a embriagarnos —Angela sugiere. —He escuchado que eso también da resultados.
Mierda. Angela cierra la maldita boca. Por favor.
—¡Oye! —el señor Grayson la reprende. —No vamos a dejar que se acueste con cualquier imbécil urgido y ebrio que se le ponga enfrente.
Lo miro con la boca abierta, a mi lado, se escucha un carraspeo incómodo. Es en ese momento en el que Angela pierde el control que había conseguido durante la conversación, la carcajada que brota de su boca hace que su cuerpo se doble de la risa.
Cierro los ojos. Por más que mantenga mi rostro escondido de la vista de él, ya es muy obvia la situación.
—¡Oh por dios! ¡Ya lo hiciste!—Suzanne chilla asombrada. —¿Cuándo fue? ¿Fue bueno? ¿Estaba bueno?
—¡¿Isabella?! —Leonard Grayson entra en su papel de padre sobreprotector. Su pregunta fue hecha en el mismo tono que usa Charlie cuando ya sabe que hice algo malo y solo quiere que se lo diga en voz alta.
—¿Por qué estamos hablando de eso? —les pregunto, estoy desesperada por dejar el tema de lado. —Tenemos invitados aun.
Inclino mi cabeza para señalar a lo que me refiero. Por primera vez desde que la conversación preguntó, hago referencia directamente a él. Los tres pares de ojos se posan en el hombre a mi lado.
—No se preocupen por mí. No me molesta escuchar las respuestas a esas preguntas.
—Tranquila, Isabella, estamos en confianza —Grayson dice restándole importancia. —Permítanme presentarlos, chicas, él es Christian Grey, un socio y gran amigo mío.
Angela vuelve a reír. Está encantada y muy divertida con la situación.
—Christian, ellas son Angela Webber e Isabella Swan —nos señala mientras dice nuestros nombres.
—No sabe el gusto que me da finalmente conocerlo, señor Grey —Angela salta emocionada en su asiento. Empuja mi silla lejos. se acerca para estrechar su mano. Él da una mirada fugaz en mi dirección antes de estrechar su mano.
—Igualmente señorita Webber.
Estoy segura que no le pasó desapercibido las palabras "por fin" en la frase de mi amiga. Su atención vuelve a mí.
—Isabella Swan —sus labios saborean mi nombre mientras lo pronuncia. —Es un verdadero placer.
Mis piernas tiemplan por el significado implícito de sus palabras. Su mano se estira delante de mí, en espera que la tome para cumplir con el protocolo de las presentaciones. Un saludo, una simple formalidad. Ahora titubeamos para tocarnos, pero cuando nos conocimos no dudamos en tocar hasta el último centímetro de nuestros cuerpos.
Tomando una profunda respiración, imito su movimiento, mi mano se estira encontrándose con la suya. En el momento en que nos tocamos, todo lo que sucede a nuestro alrededor desaparece. No tengo intención de ponerle atención a nada más que a él. No quiero que mis sentidos se concentren en nada más que él. Se encarga de girar mi mano dentro de la suya, las yemas de sus dedos acarician el torso con suavidad, llevándome a los recuerdos de sus caricias esa noche. Levanta ambas manos a la altura de sus labios, deposita un beso sobre mis nudillos.
Me estremezco, es inevitable.
En ningún momentos sus ojos no han dejado los míos, siguen siendo igual de profundos, llamativos, brillantes y obscuros a la vez. Aún hay esa sombra en su interior, ese color más oscuro que opaca lo brillante del gris derretido en su mirada. Quiero perderme en ese color una y otra vez.
Alguien se aclara la garganta. Nos sacan de la burbuja que hemos creado a nuestro alrededor.
—El gusto es mío, Señor Grey —hablo y suelto su mano.
—Permítanme felicitarlos por la manera en la que han manejado la situación —nos dice. —La noticia de la fusión es maravillosa.
El señor Grayson sonríe emocionado de nuevo. Nos rodea y comienza a decirle las grandes ventajas que van a tener con la fusión de ambos periódicos.
—Aunque, como podrás darte cuenta Christian, la que se lleva el crédito es Isabella —me señala. —Por conseguir ese contrato firmado justo a tiempo.
Los ojos grises de nuevo me miran. Brillan aún más.
Julie aparece del otro lado del cristal, ingresa cuando le damos la señal.
—En realidad Julie es quien merece el crédito —digo sonriendo en dirección a mi secretaria.
—Gracias por salvarnos el trasero, Julie —Suzanne la toma del brazo dándole un apretón amistoso y orgulloso.
—Yo solo hice lo que la señorita Swan me pidió —responde ella regresando la atención a mí.
—Bueno, en ese caso, felicidades a ambas —el señor Grey nos da un asentimiento. Ambas le agradecemos.
—Por cierto, Isabella —Julie me mira, —el señor Lucas me pidió que te preguntara un par de cosas.
Levanto una ceja.
—¿Qué cosas? —la pregunta es hecha en coro por todos los presentes.
Julie mira a su alrededor, sorprendida por el comportamiento de todos, sus ojos me preguntan en silencio si es correcto que continúe hablando, yo asiento, la animo a que continúe. Después de todo, cualquier cosa que diga no puede dejarme más humillada de lo que estoy. No lo creo posible.
—Me ha pedido que le informe que día y a qué hora necesitas que esté un avión en el aeropuerto esperando por ti. Dice que enviará al de la empresa.
—¿Y la otra? —pregunto con los ojos entrecerrados.
—Quiere saber el vino de tu preferencia.
Hago una mueca. Las intenciones de Lucas son demasiado obvias.
—Tu vino favorito y un avión —Angela silba. —Eso si es impresionante.
—Si claro —Christian Grey bufa a mi lado. —Muy impresionante.
Sus palabras son en un tono molesto e irónico, sé que trato de hablar para sí mismo, pero pronunció las palabras en un tono demasiado alto que llamó la atención de todos.
—¿Puedes hacerlo mejor, Christian? —el señor Grayson le mira divertido.
—Por supuesto que sí —responde muy seguro de sí mismo.
—Damas y caballeros, así es como un hombre responde —Suzanne aplaude complacida. —Tiene mi respeto, señor Grey.
—¿Escuchaste? —Angela mueve sus cejas sugestivamente. —Dice que puede hacerlo mejor.
—No sabes lo arrepentida que estoy de haberte contado —le gruño a Angela.
—¿Contarle qué? —Suzanne pregunta con confusión. —¿Hay algo que no sabemos?
Angela ríe de nuevo. Yo me hundo en mi asiento sin atreverme a mirar a nadie.
—¿Qué le respondo al señor Lucas? —Julie reclama una respuesta.
—Infeliz urgido —esta vez es turno del señor Grayson de rugir con evidente molestia. —Dile que Isabella no necesita nada de eso. Yo me encargaré de acompañarla hasta Nueva York.
—Sí, señor —Julie asiente y se va.
—Mañana viernes iremos a entregar estas cosas —sisea entre dientes el hombre de edad media. —Entre más pronto te lo quites de encima, mejor.
—Pero mañana tenemos la reunión con el senador —Suzanne le recuerda.
—Ay carajo —las palabras tan tiernas pertenecen a mi tierno jefe.
—¿Nueva York? —Christian Grey se inclina interesado. —¿A las oficinas centrales del periódico?
—Sí. Es ahí donde se encuentra la oficina de Lucas —levanto mi rostro para responder.
—¿Te molestaría si soy yo quien te acompaña? —pregunta. Salto en mi asiento. —Tengo un par de reuniones con algunos empresarios de Manhattan, si Leonard no puede acompañarte, al menos permite que sea yo quien te escolte.
—¿No te importaría, Christian? —Grayson le mira preocupado. —No quiero interrumpir tus asuntos. Isabella y yo podemos ir el lunes.
—Sé que quieres que se entreguen los documentos cuanto antes, y yo de todas maneras necesito ir allí —suena convincente. —No me molesta modificar un poco el itinerario, si a la señorita Swan no le molesta compartir un viaje conmigo, claro.
—No, no le molesta en lo absoluto —Angela responde en mi lugar.
—Siendo honesto, me sentiría más tranquilo si vas con él —mi jefe pone una cara parecida a un niño cuando quiere conseguir algo. —Confió en Christian con mi vida.
—Además, el señor Grey ya conoce Nueva York —Suzanne me mira de la misma manera que el señor Grayson. —Sería más fácil para ti llegar al Times Square.
Siento como si fuera un pobre animal que lo está acarreando al matadero. ¿Por qué carajos de repente todos están de su lado? De Angela lo entiendo, pero, el actuar de mis jefes me tiene perdida.
—Está bien —accedo. —Iré contigo.
—Gracias —luce satisfecho.
Maldición, un vuelo de 5 horas al lado de éste hombre, ¿Cómo esperan que lo sobreviva? Ya quedó claro que mi voluntad se vuelve de cristal cuando estoy a su lado. ¿Esperan que esté junto a él y mantenga mis manos para mí misma? ¡No creo que pueda! Soy débil.
—¿Les molesta si los invito a un almuerzo casi comida? —Grey propone mirando el reloj en su muñeca. —Estoy hambriento, pero me gustaría continuar con la conversación.
—Que amable de tu parte, Christian —dice mi jefe. —Pero tengo una reunión en 20 minutos.
—Yo no tengo hambre y aún tengo trabajo —Angela niega cortésmente. —Pero gracias por la invitación.
—Gracias, señor Grey —Suzanne suspira. —Yo también debo ir a la reunión con Leonard. Pero, ¿Por qué no se lleva a Isabella? Ella sí debe tener hambre, se saltó el desayuno.
Mi frente se frunce. —¿Cómo sabes eso? —le pregunto.
—Porque Angela, Karina y yo nos juntamos para el desayuno en cuanto llegamos a la oficina —Suzanne me mira acusatoriamente. —Esperábamos que Julie y tú se nos unieran, pero no sucedió.
—Estaba ocupada —murmuro a la defensiva. —Pero no tengo hambre.
—Pero vas a comer —sentencia el señor Grayson. Me mira muy serio, su voz me dice que no debo revelarme contra sus palabras. —Llevas toda la semana alimentándote con bebidas energéticas, cafeína y una mezcla de medicamentos para nada legales.
Me cruzo de brazos.
—No te preocupes, Leonard —el señor Grey habla. —Yo me encargo de Isabella.
Casi me atraganto. Sus palabras y la manera en las que las pronuncia hacen que mi cuerpo reaccione a él. Este hombre será mi perdición, lo juro.
—Gracias Christian —le sonríe el jefe.
—Iré a la oficina para decirle a Julie que volveré en un par de horas —aviso, me pongo de pie con la intención de salir de este lugar.
—Ve por tus cosas y avisa a Julie que no volverás el día de hoy.
—¿Por qué? —jadeo sorprendida mirando a mi jefe. —¡Tengo cosas que hacer aquí en la oficina!
—No tienes nada urgente —mueve su mano, le resta importancia. —¿Sabes qué? Mejor dile que no volverás hasta el lunes.
Lo miro con la boca abierta, sin creer lo que dice. Siento movimiento a un lado de mí, una cálida mano se posa en mi espalda baja, me empuja levemente. Mi cuerpo reacciona, sé quién me está tocando.
—¿Nos vamos? —pregunta muy cerca de mi oído. Su aliento hace mi cuerpo temblar.
—Aun debo ir por mis cosas —hablo con la garganta seca. Esa es la frase más inteligente que se me ocurre.
—Te acompaño.
Empuja mi espalda, hace que mis piernas se muevan en dirección a la salida. Mientras cruzamos la sala de reuniones, me permito analizar los rostros de mis amigos y compañeros de trabajo. Angela sonríe maquiavélicamente, Suzanne levanta las cejas un par de veces y el sr. Grayson luce satisfecho. Se acerca a mí con el folder color negro en las manos.
—Sé lo terca que eres —me lo entrega mientras habla. Sus ojos son serios y cargados de advertencia. —Si se te ocurre poner un pie en tu oficina antes de tu horario de entrada del lunes… considérate despedida.
Suelto un sonoro suspiro.
—Bien, no me verá hasta el lunes, jefe —me giro indignada. —Si es que vuelvo.
Salgo por la puerta de cristal sin detenerme a mirar si hay alguien que a mis espaldas. La sala de reuniones estalla en ruidosas risas pertenecientes a mis jefes y a mi amiga que confabularon en mi contra y me vetaron de la oficina.
Sé que durante el fin de semana terminaré por agradecérselos, mi cuerpo de verdad necesita descansar y olvidar un poco el estrés del trabajo, al menos hasta el lunes.
Veo la elegante silueta pasar junto a mí. El hombre vestido en color azul llega primero al ascensor, presiona el botón mientras me observa llegar a él.
—No tienes que almorzar conmigo a solas si no quieres hacerlo —me dice mirándome fijamente. —Puedes pedirle a alguien que nos acompañe.
Mis ojos lo analizan. Por supuesto que quiero quedarme a solas con él, aunque, no estoy muy seguirá si es solo para almorzar. No alcanzo a responder, las puertas del ascensor se abren, me permite entrar primero luego entra y se coloca a mi lado. El ascensor se mueve con nosotros dentro.
—¿Isabella? —pregunta. Sus labios pronuncian mi nombre de una manera deliciosa. No hace ningún esfuerzo por pronunciarlo de la manera italiana, él lo pronuncia directamente con su acento americano y eso hace que suene aún mejor. Mi mente hecha a volar, me lo imagino pronunciando mi nombre una y otra vez entre gemidos.
Sacudo la cabeza al momento en que su mano tira de mi brazo, se asegura de girar mi cuerpo para chocar contra él. Mis manos se van a la altura de su pecho en un intento en vano de evitar el golpe de nuestros cuerpos. Se tensa durante algunos segundos, luego toma una respiración y se relaja. Coloca ambas de sus manos en mi espalda baja, empuja mi cuerpo aún más contra suyo.
Maldición. Me siento cohibida por lo imponente que es.
—¿Quieres estar conmigo? —pregunta.
—Si —respondo sin dudar.
—¿A solas?
El tono serio en su voz llama mi atención, permito que mis ojos se paseen por su rostro para evaluarlo. Sus facciones están apretadas con fuerza, sus manos en mi cuerpo están tensas, sus ojos grises están esperando mi reacción.
—No te tengo miedo —levanto mi rostro hacia él.
—No me conoces, no soy un hombre común —advierte. —Tengo mucha mierda con la cual lidiar, tengo más cosas malas que buenas.
¿Está tratando de asustarme? ¿De verdad cree que eso con eso voy a salir huyendo? No me conoce. No sabe que ya puse mi atención en él y resulta que soy tan obstinada que no voy a detenerme hasta conseguirlo.
—Tú tampoco me conoces —lo desafío. —No te tengo miedo.
—Sabes que me dejaron hace poco —sacude la cabeza. —No sé si estoy listo para volver a fingir ser alguien que no soy.
—No quiero que finjas —digo segura. —Quiero conocer al verdadero Christian Grey.
Cierra los ojos unos segundos. Nuevamente me deja ver su lado débil y perdido, me permite conocer eso que lo hace vulnerable.
—No soy un hombre bueno, Isabella —abre los ojos para mirarme. Sonrío, mis labios se estiran todo lo que mis mejillas les permiten. Mi reacción lo confunde.
—Necesitas más que eso, para asustarme, Grey —me jacto presuntuosa. Su frente se contrae por mis palabras. —Puedes incluso ser un monstruo, pero, puedo apostar mi vida a que no eres el peor que he conocido.
Va a rebelarse contra mis respuestas, pero, para suerte mía, el ascensor se abre. Me suelto de su cuerpo, salgo con pasos seguros. Hay personas frente a mí, esperando el ascensor, hay personas saliendo de las oficinas que están a ambos lados del elevador, hay empleados que están solo de pie, perdiendo el tiempo. Todos ellos, posan sus ojos sobre mí.
—¿Vienes? —extiendo mi mano al interior. Los ojos curiosos se sombran por mi manera de actuar. Christian sale de su estupor, avanza dos pasos hacia mí con un suspiro brotando de sus labios toma mi mano bajo la atenta mirada de los empleados.
A mis oídos llega un jadeo comunitario. Es inevitable que reaccionen de esa manera, nunca me han visto comportarme de esa manera, nunca me han visto llegar con una persona ajena a esta empresa, nunca me han visto tomar la mano de alguien. Ni en la calle ni en los pasillos del edificio. Esto es nuevo para ellos, y para mí también.
Caminamos aun tomados de la mano. Los murmullos no se hacen esperar.
—¿Es la señorita Swan? —alguien pregunta a lo lejos.
—¿Quién es él? —otra pregunta se escucha.
—¿Ese es Christian Grey? —jadean. —¿Es el Grey Bachelor?
—Es tan guapo —suspiran unas voces.
—¿Qué hace él aquí? —los susurros se vuelven más audibles después de esa pregunta. —¿Están saliendo?
—Se ven bien juntos —alguien suspira. —Parecen sacados de una película de Hollywood.
Por algún motivo, mi ego se dispara hasta el cielo. Parece que el tiempo se ha congelado, nadie se mueve excepto por nosotros. Le hago una señal de que hemos llegado, supongo que él también lo deduce al ver a Julie en su escritorio.
Él se aleja unos pasos bajo la excusa de hacer una llamada.
—Julie —la llamo. Ella levanta su mirada de la computadora. —¿Hay algo urgente que hacer?
—Pues, yo tengo que terminar mi jugada de solitario —señala la computadora. —Tú… no realmente.
—Bien, me iré a casa —le aviso. —Nos veremos el lunes.
—¿No vendrás mañana? —me mira, sorprendida. Desde que ella comenzó a trabajar conmigo, solo me he ausentado dos veces.
—Iré a entregarle los documentos a Lucas —le explico. Julie me da una larga mirada, finalmente asiente sin decir ni una palabra más. Voy a mi lugar a buscar mis cosas. —Por cierto, el señor Grayson me ha dicho que si pongo un pie en esta oficina antes del lunes, me despedirá.
Julie suelta una carcajada. Sabe que cuando nuestro adorado jefe pronuncia esa amenaza es porque habla enserio, pero no deja de ser graciosa la manera en la que nos saca de la oficina.
—Te recomiendo que hagas lo mismo —la miro por la esquina de mis ojos. Ella salta en su silla. No es muy usual que le pida que se salte días de trabajo, sobre todo si yo no voy a estar presente en la oficina. Pero, no soy tan mala jefa, ella también merece descansar después de todo lo que hicimos en la semana, además, lo que nos urgía conseguir está descansando en el folder debajo de mi brazo.
—Hemos trabajado mucho esta semana, ve a descansar —ordeno. —Llamaré más tarde, si respondes el maldito teléfono, te despediré.
Ella hace su clásico saludo militar. —Sí señora.
Me despido de ella. Camino de nuevo hasta donde está Christian Grey esperando por mí.
—Encárgate de todo —sisea al teléfono y cuelga cuando me ve acercarme a él.
—¿Lista para salir de aquí? —pregunta, extiende su mano frente a mí, sus ojos me gritan que la tome.
Dudo.
La voz en mi interior me dice que piense bien en mis decisiones a partir de ahora. Lo poco que sé sobre Christian Grey es que es un millonario reconocido, y yo solo soy una editora de un periódico. Angela tiene razón, esto parece sacado de una película. No sé qué es lo que está esperando por mí afuera en la calle, tampoco tengo idea de que es lo que Christian espera de mí. Dije que quería conocer a su verdadera personalidad, pero, ¿Cómo carajos voy a saber lo que es real y no? Lo conozco desde hace dos días, si contamos la reunión de hoy. No tengo punto de comparación.
Una ola de pánico y miedo me recorre.
De repente soy consciente que si tomo su mano y salgo de aquí al lado de él, mi vida dará un giro por completo, me adentraré en una parte del mundo humano que nunca he conocido, un mundo del que quizás no pueda salir nunca sin importar cuanto lo intente.
Pero si no tomo su mano….
Si me acobardo y me rehusó a bajar con él, si me doy la vuelta y vuelo por mi cuenta a mi casa, mi vida tampoco será la misma. Me perderé la oportunidad de acomodar mi vida, de volverla a poner en orden, de sacarme a este hombre de mi cabeza. Si no tomo su mano, si no bajo a su lado, esta será la segunda vez que le pierdo el rastro y la idea no suena agradable.
—Vamos —deslizo mi mano de nuevo en la suya. Sus dedos se ciñen alrededor de los míos.
Cuando salimos del edificio, somos recibidos por las calles de Seattle. También hay un hombre alto, rubio y fornido, va vestido en un traje clásico de color negro, es un militar, puedo notarlo en su postura tensa y alerta. Sus piernas están separadas anclándolo al suelo, sus brazos detrás de su espalda y sus ojos paseándose por todo el lugar.
—Señor —asiente en dirección a Christian.
—Taylor, ella es la señorita Isabella Swan —Christian me señala. El hombre abre los ojos al máximo que sus cuencas se lo permiten —Isabella, él es Taylor, mi chofer y guardaespaldas.
—Señorita Swan —el hombre suspira mi nombre con alivio. —Es un alivio conocerla.
Sonrío. Mis ojos se desvían nerviosamente hacia Christian quien desvía sus ojos de mí.
—Taylor, por favor —Christian le reprende con voz severa. El otro hombre oculta su risa. —Andando.
Taylor sonríe, se mueve hacia un lado señalando el auto detrás de él, con un movimiento cortes abre la puerta del lado trasero, me muestra el auto que nos espera detrás de él.
—Por favor, señorita.
Una mano cálida se coloca en mi espalda, me empuja suave pero firmemente en dirección al auto, mis piernas se mueven, obedeciendo su orden silenciosa. Me acomodo al interior del auto, Christian se coloca a mi lado y Taylor cierra la puerta.
Me permito observar el interior de la carrocería, esta vez, el auto es diferente al de la noche que nos conocimos. Es una versión que cuenta con los mismos lujos y comodidades del anterior, además son de la misma marca, la diferencia es que, este no forma parte de la línea deportiva como el de esa noche. Mi mente me regresa a los recuerdos de esa noche, de cuando llegamos a su casa. El sótano lleno de autos de lujo de diferentes colores, marcas y más. Sé que todos son de él, lo descubrí cuando me subí al ascensor y noté la falta de los botones de los pisos en él. Ese ascensor es de uso particular, solo con tres niveles para detenerse, el estacionamiento, el lobby y la entrada a su casa.
¿Por qué resulta sorprendente que tenga un guardaespaldas?
Tomo una respiración profunda, mi mente comienza a trabajar analizando la situación al interior del auto. Taylor se ha encargado de ponernos en marcha por las calles de la ciudad, no tengo idea de a dónde voy, pero no me siento en ningún peligro, por alguna extraña razón. Los ojos grises de Christian están completamente sobre mí. No lo veo, pero puedo sentirlo. Sé que ambos podemos sentirlo, el calor de nuestros cuerpos tan cerca y a la vez tan lejos.
Me vuelvo valiente y lo miro, él me regresa la mirada acompañada de una sonrisa que no puedo descifrar.
—¿Cómo has estado? —pregunta.
—Enfrascada en el trabajo —respondo suavemente. —El asunto del periódico me había mantenido ocupada, o prisionera, dependiendo de cómo lo veas.
—Lo entiendo —dice comprensivo.
—¿Cómo lo llevas? —ahora es mi turno de preguntar. Christian me mira sin comprender.
—Ella —digo, sé que con eso me entenderá. Por la esquina de mi ojo, veo a Taylor dar una mirada fugaz por el retrovisor.
—Creí que sería peor —admite. —Me he mantenido ocupado, mi mente está en otro lugar que no es ella.
Asiento lentamente con mi cabeza.
—Eso es bueno —son las tres palabras que le puedo ofrecer.
Ninguno dice palabra alguna por unos minutos. Su mano derecha se estira para tomar la mi mano izquierda. La sensación de nuestras pieles juntas es algo que nos toma desprevenidos cada que sucede. Un suspiro escapa de sus labios. Sus dedos juguetean con mi mano, las yemas de sus dedos acarician cada centímetro de mi mano como si fuera una obra de arte muy sensible y preciada.
—Eres real —su voz suena maravillada.
—¿Por qué no lo sería? —le doy una mirada confusa.
—Esa noche es un poco confusa —murmura. Oculto mi mueca, no era eso lo que quería escuchar. —Mi terapeuta está seguro que eres un producto de mi imaginación. Estaba comenzando a creerlo.
Me quedo inmóvil. No me sorprende que le hayan comentado eso, tampoco me asombra que vaya a un terapeuta, más bien me siento celosa. Maldición, yo también hubiera deseado tener ese tipo de ayuda en su debido momento, pero si yo le contaba a alguien, era muy probable que terminara en un psiquiátrico, con una camisa de fuerza y sin poder vivir sin medicamentos.
—Cuando desperté esa mañana… —deja las palabras al aire. Doy una mirada rápida a Taylor a través del retrovisor, él hombre parece no inmutarse por la conversación a sus espaldas.
—Despertaste y no me encontraste —completo la frase de Christian.
—Todos los recuerdos, al menos de lo que sucedió en mi casa, eran demasiado vividos y reales; la cama deshecha, tú aroma en las sábanas, el labial en mi cuello.
Un suspiro se escapa de mis labios. Es inevitable recordar esa noche.
—Después de darme una ducha, fui obligado por mi ama de llaves a tomar un par de píldoras para la resaca y comer una sopa con ingredientes dudosos —sonríe, lo imito mientras mi cerebro imagina la escena. —Cuando pude pensar con claridad, reuní a mi equipo y les ordené encontrarte.
Sus palabras hacen eco en mí. La seguridad con la que pronunció esa última frase, el poder que tiene sobre todo su personal para hacerlos trabajar un domingo en un caso personal, además de la sinceridad con la que me comparte esa información. Es sorprendente.
Sus labios se unen en una línea dura y forzada, no tiene que seguir hablando, su expresión me dice el disgusto que le provoca la situación. No le gusta que las cosas no salgan como él quiere, me lo dijo esa noche.
—Te buscaron día y noche. Tenía a gente de diferentes áreas, incluso expertos buscándote, pero no encontraron nada —chasquea la lengua. —Me pedían una sola cosa y yo no podía dárselas. Tu nombre.
—Esa noche te conté donde trabajaba...
Las comisuras de sus labios se levantan, sus dientes quedan visibles por un segundo. Ese gesto me recuerda a ellos, cuando estaban molestos, gruñendo a la amenaza frente a ellos.
—3,792 empleados tiene el periódico —escupe molesto. —Hablando solo de los empleados activos que tiene el periódico.
No me muevo, no respondo.
—Me hiciste creer que te habían despedido, eso solo aumentó el maldito número de personas para buscar.
—Eso iban a hacer, a despedirnos a todos —murmuro como una excusa, aunque me siento como una idiota mientras digo esas palabras. —Eso fue den lo último que me enteré cuando salí del trabajo ese día.
Usualmente, no ando por ahí contándole, al primer extraño que se me cruza, cosas de mi vida. Las cosas del trabajo son una conversación entre Angela y yo por obvias razones, incluso Charlie pregunta de vez en cuando, pero solo le damos detalles vagos.
—Quería encontrarte, necesitaba encontrarte —aprieta mi mano con fuerza. —La única manera que se me ocurrió fue ir personalmente al periódico.
—Por eso estabas ahí hoy —caigo en cuenta de a dónde quiere llegar.
—Me presenté en la oficina de Leonard, le ofrecí mi ayuda —se encoje de hombros. —Él me llevó personalmente a cada departamento y me mostró porque debía seguir funcionando el periódico.
—Pero —mis cejas se juntan mientras trato de comprender lo que me está diciendo, —si ya habías visto a todos ¿por qué en la reunión parecía como si fuera la primera vez que me veías?
—Porque el día que fui a tu oficina, tú secretaria y tú no estaban presentes —sacude la cabeza entre divertido y estresado. —Por suerte Leonard mencionó el nombre de ambas.
Mis labios se estiran. Algo retorcido dentro de mi disfruta que no le haya sido sencillo encontrarme.
—Buscarte fue un arduo trabajo —me mira intensamente. —Todos en mi equipo están a nada de renunciar.
—Estábamos a nada de enviarlo a un manicomio, señor.
El comentario de Taylor desde la parte delantera hace que brote una carcajada de mí, hago un enorme esfuerzo por ocultarla con una tos muy falsa. Christian bufa molesto, pero en la comisura de sus labios baila una sonrisa.
—Debería agradecerle a la señorita Swan que estemos frente al restaurante que ordenó y no frente a la clínica para internarlo —Taylor se baja del auto con toda la dignidad que posee, como si no acabara de llamar loco a su jefe.
Me ofrece su mano de nuevo para ayudarme a salir del auto. Le doy una mirada divertida mientras acepto su gesto.
—Gracias, Taylor —extiendo mi mano y dejo que tire de mi cuerpo para salir del auto. Christian hace lo suyo del otro lado del auto, rápidamente me roba de entre los brazos de su guardaespaldas.
—Sé que no es el Pink Door —Christian se disculpa a mi lado mientras me conduce a las puertas de cristal del restaurante. Lo miro con sorpresa, no me esperaba que recordara ese detalle. —De verdad espero que te guste.
—Signore Grey —un hombre de mediana edad aparece a través de la puerta de cristal, su sonrisa amable se detiene frente a nosotros. —Bienvenidos.
—Dan, viejo amigo —le saluda. Un ligero apretón de manos y unas palmadas en el hombro. —Ella es Isabella Swan.
—Signora —extiende su mano hacia mí. Le ofrezco una sonrisa, su acento italiano es amigable. —Es un honor que nos acompañen hoy.
Toma mi mano, la conduce hacia sus labios y deposita un beso en los nudillos de mis dedos. Alguien se aclara la garganta.
—Dan, suéltala —gruñe Christian. —Tenemos hambre.
El hombre obedece, suelta mi mano, pero su sonrisa se mantiene. Christian se asegura de tenerme sujeta a uno de sus costados, mientras que, con la palma de su otra mano, sacude el torso de mi mano donde su amigo había colocado sus labios.
—Claro que tienen hambre — el hombre dice feliz. — Los guiaré a su mesa, está lista como ordenó, señor Grey.
Ambos hombres me conducen al interior del restaurante. Dan se adelanta y se asegura que estemos siguiéndolo cuando comienza a caminar guiándonos a través de las mesas del lugar. Me permito abrazar la sensación de seguridad que me da la mano de Christian sobre la mía, miro distraída a mí alrededor. Mi torpeza es mínima o casi nula en la actualidad, pero, siempre soy precavida, ya no me permito caer delante de los demás, y sé con certeza que Christian no me dejará caer.
El lugar es elegante y moderno, los muebles tienen colores oscuros pero llamativos, los detalles son en cristal y metal. Las mesas están esparcidas y organizadas de varias maneras, las personas que están en ellas, no se molestan en mirarnos, es como si no existiéramos para ellos.
—En un momento vendrá una persona a tomar su orden —Dan nos indica la que parece ser nuestra mesa antes de girarse y dejarnos a solas. Mis ojos analizan la mesa, está separada del resto. Es inevitable el dejá vú que cruza mi mente. Un escalofrió recorre mi cuerpo, intento que no sea notorio, pero, el apretón que da Christian a mis dedos me indica que he fallado.
—¿Qué te molestó? —pregunta. Ambos tomamos asiento frente a la lujosa y bien preparada mesa. Le miro, insegura si debo contarle o solo guardar el sentimiento en lo profundo de mi ser. —Dímelo, puedo arreglarlo.
Me gusta la seguridad con la que habla, como si en verdad creyera que puede arreglarlo todo, como si fuera tan poderoso.
—¿Sabías que vendría? —decido expresar un poco de mi asombro. —Parece que lo tuvieras todo listo antes de que llegáramos, como si supieras que iba a aceptar venir contigo.
—No lo sabía —asegura. —Mientras hablabas con tu secretaria, yo llamé a Dan. Le pedí que tuviera todo listo para nuestra llegada.
—¿Así de sencillo?
—Sí —asiente despreocupado. —Yo ordeno que se haga algo, las personas lo hacen. Así de sencillo.
—¿Cuántas personas son la excepción a eso? —pregunto inocente, sé que le costará responderme, pero necesito entender qué tipo de hombre es Christian Grey. Me analiza antes de tomar una respiración.
—Actualmente, solo tu —dice vagamente. De nuevo la sensación conocida me embriaga, no necesito que me explique, sé que su novia era la excepción a su regla, por eso quedó cautivado por ella. Ya viví eso.
—¿Yo? —trato de lucir confundida y aún más inocente. —Pero estoy aquí, me harás almorzar contigo, viajar contigo. Yo si te obedezco.
—Tienes razón —acepta orgulloso. —Aunque, tengo una duda sobre cuánto te tomará hacerme perder el control de nuevo.
—¿Te da miedo perder el control conmigo? —pregunto en un tono bajo.
—No, miedo no —niega. Se inclina ligeramente hacia enfrente. —Lo estoy ansiando.
Maldición. Me pondría en este momento de rodillas solo para suplicarle que me folle de nuevo, aquí, ahora.
—¿Estas bien con esto? Podemos irnos, si quieres —me acaricia la mano, su otra mano se coloca en mi mejilla con delicadeza. —No te voy a obligar a hacer nada que no quieras.
Su gesto y su frase me toman desprevenida. Doy un respingo. Me siento mareada por su repentino cambio de humor y su preocupación por mí.
—¿Irnos? —levanto las cejas. —No señor, tengo hambre y me prometiste un almuerzo.
Christian suelta la respiración que había contenido mientras esperaba mi respuesta.
—Bien —parece satisfecho. Una sonrisa se aparece en mis labios, toda la tensión que sentía se esfumó. Frente a mí, Christian luce diferente después de esas palabras, ahora luce relajado, fresco y joven.
—Pide lo que quieras —dice casual, sus manos toman la carpeta con el menú dentro.
Aun sonriendo, decido imitar sus movimientos. Tomo el menú en mis manos y lo analizo con cuidado. Comida italiana, claro.
Mi mente se pierde de nuevo. Me veo años en el pasado, en ese restaurante en Port Angeles, sentada descuidadamente en esa mesa alejada del resto, con un acompañante tan parecido, pero tan diferente al que tengo en estos momentos al frente. Mi cabeza me muestra esos meses como si fuera una película a gran velocidad.
Siento un toque cálido en mi mano. Mis ojos se posan en las gemas grises que me observan con atención.
—¿Estas bien? —pregunta.
—Sí, lo siento —me aclaro la garganta. —Estoy bien.
—¿Ya sabes que ordenar? —pregunta cambiando de tema.
Lo pienso un poco, puedo repetir la historia y pedir ravioles, pero la cosa es que… no quiero. No quiero que esa maldita historia se repita, no lo voy a permitir.
—Ya has comido aquí —digo, alejo la carpeta de mi rostro. No es una pregunta.
—Así es —su rostro muestra su confusión. —Siempre vengo solo, si eso es lo que te molesta.
Sacudo mi cabeza. —No, no es por eso.
—¿Entonces? —pregunta interesado. Cierro el menú, lo colocó a mi lado sobre la mesa. Me inclino en su dirección para responderle.
—Si ya has comido aquí, sabes a la perfección cual platillo es el mejor —hago un gesto con mi mano, apunto al menú. —Sorpréndeme.
Le miro retadoramente, el me regresa una mirada asombrada, en segundos su rostro se transforma, su mano acaricia con suavidad la barba que cubre su mandíbula, sus ojos me dicen que acepta el reto. Cree que puede hacerlo, sabe que puede sorprenderme.
—¿Segura? —pregunta para asegurarse.
—¿Qué pasa, señor Grey? —pregunto, levanto una ceja. —¿No puedes?
Me regocijo con su expresión. Este hombre que tengo frente a mí nos es muy diferente a cualquier hombre que hay afuera en el mundo, no tolera que alguien dañe su ego, mucho menos una mujer. No les gusta verse retados por una mujer.
—¿Eres alérgica a algo? —su vista regresa al menú, lo analiza en busca de la mejor opción. Sacudo la cabeza. Sus ojos se detienen, se posan sobre mí. No tolera una respuesta silenciosa, quiere escucharme decirlo con mi propia voz, lo severo en su mirada lo deja muy claro. Pero no va a recibir la respuesta que espera de mí.
Para mi suerte, aparece el camarero con una sonrisa.
—Buongiorno, signora, signore —ofrece para ambos una pequeña reverencia con la cabeza. —¿Están listos para ordenar?
—Queremos… —Grey me mira antes de continuar, muevo mi cabeza pidiéndole que continúe. Le da instrucciones precisas al mesero sobre qué y cómo lo quiere.
Cierra el menú en sus manos y se la da al camarero que se pierde en dirección a la cocina.
—¿Piensas alimentar a toda la ciudad? —pregunto, abrumada por todo lo que ordenó.
—Debes comer bien. Tendremos un vuelo de 5 horas y un día ajetreado mañana. Quiero que lo resistas.
Entrecierro los ojos.
—¿Te da miedo que me vaya a desmayar a medio vuelo?
—Sí —responde soltando la respiración. Le doy una sonrisa burlona.
—Entonces, —trato de buscar un tema de conversación. —Christian Grey, el famoso Grey Bachelor de Seattle.
Resopla al escuchar su apodo.
—¿Quién eres? —lo analizo —¿Empresario? ¿Político? ¿Mafioso, quizás? ¿Millonario? ¿Playboy? ¿Filántropo?
Se ríe sueltamente. Sirve cuidadosamente el líquido de la botella en cada una de nuestras copas.
—No soy Tony Stark, ni un héroe o cosas similares —niega aun riéndose. Me dejo caer en el respaldo de mi asiento, pongo mi mejor cara de decepción.
—¿Mafioso? ¿Un capo?
—¿Luzco como un mafioso? —pregunta, sus manos se abren, mostrándome el torso de su cuerpo despreocupadamente. No voy a desaprovechar la oportunidad de ver su cuerpo. Mis ojos se pasean por él, de arriba hasta abajo.
—Bueno —digo concentrada aun en mi análisis, — en realidad nunca he conocido a uno, no sé cómo lucen —me regala un brillo divertido en sus ojos
—Soy un alguien importante, sobre todo en el mundo empresarial —habla con voz calmada. —Tengo mi propia empresa en esta ciudad que labora de manera autosuficiente, tengo otras empresas en varios países y soy accionista en empresas internacionales. Además, tengo varias organizaciones para ayudar a las personas que lo necesitan.
—¿Seguro que no eres Iron Man? —pregunto con los ojos muy abiertos.
—No. Las balas si pueden hacerme daño.
Casi me suelto riendo por esas palabras. O llorando. Quizás un poco de ambas. Estoy más que segura que él es del tipo que puede morir por una bala en su cuerpo.
—Pero —continúa hablando despreocupado — tengo gente en mi nomina solo para que reciba las balas por mí
Lo miro con la boca abierta. Mierda. ¿Así es con él? ¿Tiene gente para todo?
El camarero se acerca de nuevo a nosotros, se encarga de distribuir todo lo que Christian ha pedido antes de alejarse con un asentimiento silencioso.
—Come —me ordena.
Estoy muy impactada con la comida frente a mi como para negarme, mis manos se mueven moviéndome obedientes. No me había dado cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que el tenedor llevó el primer bocado a mí boca. La comida es deliciosa, está perfectamente cocinada por alguien que sospecho es italiano. Después de la primera prueba, no puedo parar de comer.
Mientras mastico, mi cerebro hace una nueva comparación entre las dos ocasiones. Es inevitable.
La primera vez, fue una burla a comparación de esta ocasión. Aquella vez, lo único italiano era el nombre del lugar y los platillos estándar que se manejaban, mi acompañante no comía y el personal se le insinuaba mientras a mí me ignoraban.
Esta vez es diferente. El restaurante es en su totalidad italiano, el personal me trata como una igual, aunque venga acompañada de uno de los millonarios de la ciudad. La comida está preparada de manera minuciosa y gracias a eso, es deliciosa. Lo más importante, mi acompañante está gustoso de ingerir comida humana.
Levanto la mirada, me encuentro con un par de ojos brillantes que me miran anhelantes. Además, hay una sonrisa bailando en sus labios.
—¡Esta delicioso! —jadeo sorprendida. El me mira, satisfecho. Su atención regresa parcialmente a su plato.
—Háblame, dime como fue para ti —pide. —¿En qué momento te fuiste? Ninguno de mis empleados te vio salir.
Me aclaro la garganta. No sé si deba contarle los detalles.
—Estaba amaneciendo cuando desperté —respondo.
—Casi a la hora que llega Taylor y Gail —dice para sí mismo. Su mirada se coloca de nuevo en mí. —¿Nadie te vio salir?
—Únicamente la mujer de seguridad que me ayudó a conseguir in taxi —me encojo de hombros. Esa no es ninguna mentira, tampoco un delito. Creo.
El movimiento de su cuerpo se congela. Sus manos se aprietan en puños sobre la mesa, sus nudillos se tornando de color blanco en señal de la fuerza que hace, su rostro se inclina hacia la derecha, su mandíbula se traba, sus dientes se aprietan, puedo escucharlos rechinar.
—¿Qué sucede? —pregunto con voz débil. Me lanza una mirada fulminante. Mi cuerpo se queda quieto, trago con fuerza el nudo de mi garganta.
—¿Subiste sola a un puto taxi, casi de madrugada, usando solo el maldito vestido?
Lo pienso un poco. Sí, eso fue lo que pasó, aunque no es del todo correcto.
—No —me atrevo a responder. Error. Sus ojos me lanzan una mirada furiosa. No quiere que juegue con él, me está advirtiendo que quiere saber toda la verdad. —La señora de seguridad fue amable y, de entre las cosas que dejan olvidadas los de tu edificio, me consiguió un abrigo para cubrirme.
—Maldita sea, Isabella —gruñe. Muerdo mi lengua para evitar que las palabras salgan de mí boca.
Cierra los ojos. Sus cejas están juntas, hay unas arrugas en el medio de ambas. Sus labios forman una línea apretada. No está feliz. Hay que ser muy idiota para no darse cuenta. Mantengo mis ojos en él, si me muevo, lo molestaré más. Pasan minutos, él no se ha movido, mis dedos mueven con pereza, empujo con el tenedor el resto de la comía en mi plato.
— No juegues con la comida —me reprende. Tomo una profunda respiración y me obligo a terminar de comer.
—No entiendo porque te molestas —murmuro entre bocados.
—Oh, ¿no lo entiendes? —su voz es filosa. —Estoy encabronado por tu comportamiento. Huiste como una cualquiera, huiste como una puta a la que contrataron por unas horas.
Mi cuerpo se encoge ante sus palabras, no puedo decir nada porque eso fue exactamente lo que hice.
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué huiste? —su voz molesta me sobresalta. —¡Carajo! Y subiste casi semidesnuda a un puto taxi. ¿Sabes lo que te pudo pasar?
—No pasó nada —respondo con los dientes apretados. No puede juzgarme por la manera en la que llegue a mi casa, no tenía muchas opciones.
—¿Por qué mierda no esperaste un poco más? Taylor te hubiera llevado a casa, más cómoda, más segura.
Siento la furia subir por mis venas. No dejaré que un hombre me vuelva a tratar como si fuera una muñeca de cristal que se puede romper en cualquier instante. No lo soy.
—¿Qué esperabas que hiciera?
—¡Que te quedaras! —ruge. —No debiste hacer eso, no debiste subir al maldito auto.
Y así llega, el dolor que me evité al salir casi corriendo de ese departamento de lujo. No puedes escapar del destino ¿cierto? Era mi destino escuchar esas palabras. "No es suficiente" "No me convienes"
—No, no debí —acepto con la voz tensa. —Pero me subí a tu maldito auto porque quería que me follaras —ahora es mi turno de gruñir, —porque eras lo que yo necesitaba en ese momento.
—Yo no... —trata de hablar, pero lo detengo. Ahora es su turno de escucharme.
—¿Quieres saber porque hui? — levanto mi cabeza, desafiante. —No me quedé porque no estaba dispuesta a soportar tu decepción cuando me vieras, cuando vieras que yo no era ella, que yo no era tu novia.
Pongo las manos en el borde de la mesa, me impulso, recorro hacia atrás la silla para tener espacio libre. Me levanto, para caminar lejos de él.
Sabía que, si algún día lo volvería a ver no sería como esa noche, pero tenía la esperanza que aún se mantuviera esa extraña conexión entre ambos. Ahora me siento una tonta. Fue un error aceptar su compañía. ¿Cree que yo soy la única que comete errores? ¿Me está culpando por ser tan cobarde y no querer enfrentarme a una realidad con la que no puedo luchar? Yo sé lo que se siente amar a alguien, sé lo que es que te abandonen y sé cuánto duele seguir delante de esa manera, sintiendo que se han llevado todo de ti.
¿Por qué buscó? Quiere asegurarse que yo no diga ninguna palabra, quiere asegurarse que su nombre y su reputación queden intactos. Mierda, ahora me siento furiosa con él. Quiero golpearlo por ser un idiota, y él dijo que no saliera con idiotas, quizás deba hacerle caso.
Mis piernas se mueven para irme de este maldito lugar. Apenas logro dar dos pasos, una mano me sostiene firme en uno de mis brazos, me impide seguir avanzando.
—No me refería a eso —dice. Aprieto los dientes rogando internamente por paciencia. —No te vayas —su voz ahora es un ruego, —por favor.
Me quedo inmóvil.
—No me arrepiento —repite.
Mi cuerpo se gira al escuchar esas palabras. Lo miro con atención. Ahora está de pie a un lado de la mesa, a unos pasos de mí. Su mano extendida hacia mí mantiene mi brazo en el aire. Sus ojos son una súplica, no quiere que me mueva, no quiere que me vaya. Su cabeza señala la silla donde he estado sentada hace unos segundos. Suelto un profundo y ruidoso suspiro. Me muevo, me colocó de nuevo en la silla. Él parece volver a respirar cuando me ve ahí de nuevo.
—No me arrepiento de esa noche. Te llevé a mi casa porque necesitaba hacerte mía — sus ojos brillan. —En ese momento, no necesitaba nada relacionado a ella, no la necesitaba, te necesitaba a ti. Al igual que ahora.
Associate Publisher: (Editor asociado) Es un especialista con importantes vínculos académicos, comparte con el director la responsabilidad sobre la calidad científica y académica de los manuscritos, artículos y documentos que se publican.
Honestamente, no sé que tan bien está tratado el tema con el problema del periódico, traté de investigar sobre el tema, pero el asunto sigue siendo confuso para mí. En fin, fingiremos que todo es correcto y si alguien sabe del tema y me quiere dar unas clases, se los agradecería.
Nos leemos en el siguiente...
P.D. ¿Ya lo releyeron?
