*NOTA*

No he eliminado ningún capitulo, no se asusten.

Solamente estaba corrigiendo los capítulos y decidí unir algunos para que la lectura fuera más fluida y que la historia avanzara mejor.

Si les recomendaría releer la historia porque sí añadí algunas cositas a los capítulos, pero nada que altere el rumbo que había tomado.


Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas Hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

.

.

.

Por supuesto que terminé quedándome. No todos los días escuchas a un hombre diciéndote que te necesita, mucho menos a un hombre como Christian.

La conversación se tornó un poco más tranquila, ambos mantuvimos nuestros pensamientos en direcciones menos peligrosas.

—Cuéntame más sobre el Pink Door —Christian llama mi atención.

—¿El Pink Door? —pregunto. —¿Qué pasa con ese lugar?

—Dijiste que era tu lugar favorito —dice resoplando. —Al menos hasta antes de que te sacaran de él.

Chasqueo mi lengua. El enfado se apodera de mi cuerpo, no me gusta recordar que ahora estoy vetada de mi restaurante favorito.

—Sí, era mi favorito —suspiro. —El lugar y el ambiente son buenos, aunque la comida no tanto.

—Si ese lugar fuera tuyo ¿Qué le cambiarias? —su cuerpo se inclina hacia mí. Está curioso e intrigado por mis posibles respuestas.

Muerdo mi labio, pensativa.

—El personal —respondo. Él asiente, comprende a lo que me refiero. —No me gustaría que se repita mi historia en ese lugar con alguien más.

—Bien —su voz suena conforme.

—Además, cambiaria un poco la decoración —me rio. —Es un buen lugar, pero es deprimente por dentro.

—¿Alguna idea? —levanta una ceja. Asiento. De repente quiero contarle todo.

Angela es la única que sabe de mi obsesión por ese lugar, aunque no comprende, siempre me escucha cuando hablo de él. Ella sabe cuánto me dolió que me echaran por culpa de ese imbécil.

—Quisiera usar de verdad el tema de "rosa", aunque con tonos menos brillantes. El maldito color que tiene en este momento me da dolor de cabeza —me quejo. Christian asiente. —También me gustaría que fuera más experimental, la comida, las bebidas, que fuera más sensorial.

—¿Un restaurante sensorial? —pregunta.

—Pero que sea casual —sonrió. —Me gusta lo discreto que es, y lo apartado que está del ojo público. Sé que cualquier persona podría disfrutarlo sin ser tan exclusivo como el Lounge.

Dejo que mi boca saque todas las ideas que tengo sobre ese lugar, me permito contarle a Christian todo lo que me he imaginado. Cada gesto que hace, cada palabra de aprobación que sale de sus labios me hace seguir contándole más.

—Incluso si un día está a la venta, haría hasta lo imposible por comprarlo —suspiro soñadoramente, el calor sube por mi rostro, seguro pensará que soy solo una niña soñando.

—Eso se grabó con fuego en mi mente —susurra. Mi mirada pregunta a lo que se refiere. —La manera en la que toda tu piel se calienta mientras te sonrojas.

El sonrojo en mis mejillas aumenta. Maldición. ¿Por qué no puedo controlarme con él?

—Quiero ser solo yo quien caliente tu piel —habla en voz baja. Parece no darse cuenta de que está diciendo sus pensamientos en voz alta.

Mi respiración se vuelve pesada, mi mente me recuerda las sensaciones que recorrían mi piel esa noche. Aprieto mis muslos con fuerza. Busco una excusa para cambiar de tema, pero él es más rápido.

—¿Por qué estabas en la reunión? —pregunta retomando el control de sus propios pensamientos. —Leonard mencionó que era exclusiva para los accionistas e inversionistas.

—Angela y yo somos accionistas, aunque realmente no tenemos muchas acciones, así que pasamos desapercibidas —le digo encogiéndome de hombros. —Usualmente nos consideran solo como parte del personal necesario en las reuniones, no como personas que puedan tener peso en alguna decisión.

—Pero lo tienen —asegura. —No importa que tantas acciones tengan, ustedes también deben estar de acuerdo con el resto para que algo procesa.

—Cierto —me cruzo de brazos. —No esperaba verte ahí.

Mi confesión me hace sentir como una adolescente de nuevo. Christian sonríe, su mano se estira para tomar la mía, su pulgar acaricia con suavidad el torso de mi mano.

—Cuando entraste por esa puerta fue como si un ángel acabara de bajar del puto cielo y estuviera caminando hacia mí —dice casi para si mismo, como si de un chiste personal se tratara. —No esperaba que el destino jugara a mi favor, de nuevo.

Frunzo mi frente en un ceño confundido.

—Dijiste que habías revisado a todos los empleados…

—Lo hice, sabía que te vería, pero no sabía si me reconocerías.

¿Cómo no hacerlo? Un hombre como él no se olvida tan fácilmente.

—Estuve investigando un poco afuera —confieso avergonzada. —La secretaría de Angela mencionó donde vivías, no fue difícil saber que estarías en esa reunión.

—Cuando te colocaste a mi lado y cuando me dejaste tocarte fue la certeza que necesitaba para saber que no había enloquecido.

Saber que él también me reconoció, saber que me recordaba, fue la mejor sensación que he experimentado en toda mi jodida vida.

—Ahora que lo recuerdo —dice embozando una mueca divertida en sus labios. —¿Eres una cenicienta moderna o algo por el estilo?

Sus palabras me toman desprevenida.

—Lo siento, ¿qué?

—Creí que lo usual, al menos cuando conoces a alguien, es dejar un papel con tu nombre y tu número de teléfono —se burla. —O una zapatilla para que el príncipe te busque por todo el reino.

Ya sé a dónde quiere llegar. De nuevo mis mejillas pican, sé que me veo ligeramente sonrojada.

—¿Eres un príncipe que espera encontrar a su cenicienta? —pregunto para ganar tiempo. No quiero responder la pregunta que me hará.

—No, definitivamente no lo soy —sacude la cabeza. —Pero si te busqué por toda la ciudad.

—Touché —susurro. Se ríe de nuevo.

—Lo que me dejaste... ¿Fue para recordarme qué tengo una deuda contigo?

—¿Por eso me buscaste? —me finjo sorprendida y ofendida. —¿Para saldar tu deuda?

—¿Puedo ser honesto?

—Por favor —hago un gesto con mi mano.

—Cada segundo que pasas frente a mí, solo me hace pensar en todas las maneras que puedo duplicar esa deuda.

Casi suelto un jadeo. Casi me le lanzo encima.

—Señor Grey. Señorita Swan —un miembro de la tripulación habla a nuestro costado. —Lamento interrumpirlos, ¿puedo ofrecerles algo?

—Lo de siempre, por favor —Christian le responde. —También para ella.

—¿Puedo levantarme? —le pregunto al hombre.

—Por supuesto, Señorita —asiente. —Ya es seguro.

Sonrió por la idea que cruza mi mente. El hombre se despide y va a buscar lo que Christian le pidió.

—Señor Grey —coloco mi atención de nuevo en Christian. —Más tarde hablaremos de esa deuda que tiene conmigo.

—Más tarde, claro —dice para si mismo. —¿Lista para irnos?

Asiento, veo la señal que le hace al mesero para que se acerque a nuestra mesa.

—Por favor, añade esto a mi cuenta —le indica.

—El signore Dan lamenta no poder despedirlo personalmente, señor Grey —se disculpa el hombre con una inclinación. Christian le hace un gesto para restarle importancia.

—Vendré después para despedirme —le dice. El mesero asiente, de acuerdo.

Ambos nos levantamos de la mesa, Christian se coloca a mi lado y me conduce hasta la salida del restaurante donde está Taylor esperando pacientemente por nosotros. ¿Se habrá movido?

—Taylor, vamos a casa de Isabella —Christian habla cuando estamos asegurados arriba del auto. Desde el retrovisor veo a Taylor hacer un gesto de entendimiento. —Supongo que querrás buscar algunas cosas de tu casa antes de irnos al aeropuerto.

—Sí, eso estaría bien —acepto formando en mi mente una lista mental de todo lo que necesitaré.

—¿Señorita? —Taylor pregunta, su atención puesta en mí a través del retrovisor.

—Harlow Heights —respondo. —Por favor, Taylor.

El hombre asiente, enciende el motor y nos pone en marcha. Christian pasa el camino hablando por teléfono, da órdenes sobre algunas cosas, y menciona varias veces el nombre de "Andrea", lo que me hace creer que es alguna de sus secretarias. Yo también me mensajeo un par de veces a Julie para asegurarme que ya no esté en la oficina, además de enviarle un mensaje a Angela prometiendo cuidarme y hablar con ella más tarde.

Por supuesto, Taylor se mantiene en silencio, al menos hasta que llegamos a los edificios donde se ubica mi casa.

—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —Christian me da una mirada curiosa.

—Desde que me mudé a Seattle —respondo. Tomo la mano de Taylor para bajarme del auto. Christian no tarda en hacer lo suyo, cuando me giro, ya está esperándome de pie junto a la acera.

Doy una mirada a la entrada de mi edificio, para suerte mía, está vacía y sin miradas curiosas, me atrevo a caminar, debo llegar a mi departamento antes que el vecino chismoso me vea. Escucho que Christian le da unas instrucciones a Taylor antes de seguirme al interior del edificio.

En el vacío living, mientras ambos esperamos el elevador, es inevitable que me sienta avergonzada. Veo a Christian pasear su mirada por todo el lugar. El hombre a mi lado ya notó que yo no tengo un estacionamiento exclusivo con entrada directa a mi departamento, yo no soy como él, aunque yo vivo en el último piso del edificio, y aunque solo subimos las cuatro personas que vivimos ahí, debo pasar por la entrada común que usamos.

—¿Sabes que este edificio, junto con algunos más de esta zona, son de Leonard? —pregunta cuando nos encontramos dentro del elevador, para mi suerte, solos.

—Si —respondo. —Lo sabía desde que me ofreció mudarme aquí.

—¿Vives tu sola aquí?

Tomo un par de respiraciones, intento mantener mi cabeza centrada en la conversación y no en la cercanía del cuerpo de Christian Grey. La ventaja de mi edificio es que solo es de cuatro pisos, por lo que el trayecto es corto y cuando menos lo espero, las puertas de metal se abren, mostrando el pasillo delante de nosotros. Christian me ofrece una señal para que lo dirija por el camino. Mis zapatos altos y los de él resuenan en el ya tan familiar piso.

—No —respondo a su anterior pregunta. —Angela vive aquí también.

Señalo su puerta mientras paso a su lado.

—¿Son las únicas puertas de este lado? —pregunta ofreciéndome un gesto asombrado.

—Sí. Angela y yo tenemos casi tres departamentos para cada una — me rio. Él levanta las cejas. —Aquí son solo cuatro casas, mientras que en los pisos de abajo son ocho.

Saco mis llaves, abro la puerta de mi casa.

—El señor Grayson y su esposa nos los entregaron así —digo antes de entrar a mi lugar seguro. —Ven, entra. Iré a preparar mis cosas.

Extiendo mi mano en su dirección. Se acerca y la toma, entrando conmigo a mi casa. Mi cabeza se pasea por mi casa. Me siento agradecida de haber limpiado el día anterior y de que en la mañana saliera con tanta prisa que no tuve tiempo de hacer ni un poco de desorden. No esperaba tener visitas.

—¿Usualmente invitas a cualquiera a entrar? —pregunta con la voz muy seria. Oculto mi sonrisa entre mi cabello.

—Déjame recordar —pongo una mueca pensativa, mis dedos tamborilean en mi barbilla con suavidad. —¿Cuantos hombres han entrado a mi departamento?

—Ahora quiero saber la respuesta a eso —sisea apretando su mandíbula.

—¿Incluyéndote? —pregunto inocente. Mis ojos presencian el momento exacto cuando sus ojos se encienden en dos llamas amenazantes.

—Isabella —gruñe mi nombre. Me deleito con ese sonido.

—Dos —respondo. Me adentro en mi habitación, debo darme prisa a preparar mi maleta. Una respiración pesada se escucha venir detrás de mí.

—¿Alguien importante? —pregunta.

—Sí, definitivamente —muerdo mi labio para evitar reír.

—¿Tú ex-novio? —pregunta. Me quedo unos momentos en silencio, regocijándome de mi travesura.

—Mi padre —digo alegre. —Él me ayudó a mudarme aquí.

Christian piensa mis palabras por un segundo, baja la cabeza y niega.

—Tu padre, claro.

—Y los hermanos de Angela —sonrió alejándome de él. Dejo que se meta en su mundo mientras yo centro mi cabeza en los asuntos que necesitan mi atención.

Yo no tengo mucho que hacer en Nueva York, solamente lidiar el día de mañana con Lucas y sus eternos coqueteos, darle el maldito folder y volver a casa. Un cambio de ropa será suficiente, algo similar a lo que suelo usar en la oficina debería estar bien, aunque si quisiera cambiarme antes de ir al aeropuerto para poder viajar cómoda y ligera.

Me decido por la maleta pequeña que está en la parte alta del armario.

Estiro mis piernas, mi espalda y mi brazo para alcanzarla. Un cálido cuerpo se posa en mi espalda, una mano se coloca en mi cintura apretando con fuerza, pero sin hacerme daño. Otra mano se estira a la par de la mía, solo que la suya si alcanza la maleta antes de entregármela.

Con la maleta en mis manos, mi cuerpo se gira en el espacio que deja su cuerpo y el armario.

—Gracias —le digo. Trato de parecer tranquila mientras ignoro nuestra posición.

Su mano sigue fija en mi cintura, la otra está en mi espalda ahora. Su cuerpo está presionado contra mí, puedo sentir cada silueta, cada relieve. Su rostro está a pocos centímetros del mío, muy pocos, su aliento roza la piel de mi rostro. Trago pesado. Su presencia, su aroma, su manera de tocarme me vuelve loca. Es inevitable que mis piernas tiemblen, es inevitable que mi respiración se acelere, es inevitable que mi piel arda anhelando su toque.

Dejo la razón de lado. Mis manos sueltan la maleta que cae al lado de nosotros, me lanzo contra él. Mis labios chocan contra los suyos. Sus manos me aseguran contra su cuerpo. Nuestras bocas se mueven una sobre la otra, lento, torturante, delicado, provocador.

Ambos gemimos

Mis manos lo atraen más a mí. Siento su cuerpo, ni su mejor traje puede esconder la erección que siente, la erección que le provoco. Su sabor en mis labios provoca que mis bragas se humedezcan, como si estuviera haciendo más que acariciarme la espalda.

Mi mano acaricia su cabello, se pierden entre los rizos de su cabeza, arruino su peinado. La piel de su rostro es cálida, suave. Su barba, limpia y cuidada esta vez, me regala la misma picazón cuando mi mano recorre su borde. Mi otra mano va de su hombro a su pecho, aun con la fina tela sobre su cuerpo puedo sentir sus músculos marcados.

Christian se separa de mí, sus ojos me hacen una pregunta silenciosa: "¿Confías en mí?"

Mi respuesta es lanzarme a sus labios de nuevo.

Esta vez, nuestras bocas no son gentiles, el hambre y el deseo están presentes en ambos. Su lengua baila por mis labios y mi boca, me reclama, hago lo mismo. Nuestros cuerpos se mueven, me conduce por mi habitación hasta que mis piernas se detienen en la cama. Christian se aleja de mis labios, sus manos viajan hasta mi ropa, deslizando la cremallera y el sonido de la tela siendo empujada por mis piernas. Sus dedos acarician la piel a su paso.

Me sostiene firme de una de mis manos. Golpea un par de veces el tobillo de una de mis piernas, sé lo que quiere, las levanto con cuidado, dejándome que me libere de la tela. Christian se levanta de nuevo, sus labios se posan sobre los míos, sus manos ahora están en mi blusa. Mete sus dedos por debajo de la seda, acaricia mi estómago con lentitud, sus dedos empujan la tela por mi torso hacia mi cabeza. Mis manos se levantan para ayudarle.

Da unos pasos hacia atrás, como si contemplara una obra de arte. Sus ojos viajan sobre mi cuerpo cubierto únicamente por el conjunto de mi ropa interior de encaje.

—Eres hermosa —murmura.

—Lo sé —respondo, él sonríe. Se acerca a mí, sus manos se colocan a cada lado de mi cadera, un ágil movimiento y mi cuerpo queda sentado sobre el colchón.

Mi mirada se mantiene atenta a sus acciones. Christian se arrodilla frente a mí.

—Recuéstate sobre tus codos —ordena, lo hago. —Ahora sube las piernas.

En cuanto hago lo que me pide, sus manos tiran de mis piernas hasta dejarme lo más cerca que se pueda. Me tiene frente a él, en ropa interior pero expuesta a él, a lo que quiera hacerme.

Su mano se estira, con sus dedos baja la tela de mi sostén lo que le da acceso completo a mis pechos. Se inclina, besa, jala y tironea cada uno de mis pezones expuestos y vulnerables a sus labios. Mi espalda se arquea. Christian sigue jugando con su lengua, sus dientes y mis pezones, rápidamente me tiene jadeando y gimiendo.

Su lengua se desliza por mi abdomen, baja hasta mi ombligo, sigue bajando hasta el borde de mis bragas. Sus ojos me buscan, puedo sentir su respiración sobre la fina tela que cubre mi coño. Aun con su mirada sobre mí, uno de sus dedos hace la tela a un lado. Una caricia recorre mi sexo.

Jadeo.

—¿Me deseas, Isabella? —pregunta, hay algo en su voz que suena diferente, pero, no puedo concentrarme en nada que no sea la sensación de sus dedos acariciando mi entrada. —¿Recuerdas cómo me sentía dentro de ti?

—Si —respondo, o lo intento. Mi voz sale ahogada a causa de mi respiración agitada por el deseo. Con Christian siempre me cuesta respirar, me ahoga el deseo que siento por él a todo momento, me ahoga la necesidad de tenerlo todo de él. Sus labios se van a mis muslos, deposita besos húmedos en mi piel.

—No te muevas —ordena, su mirada me advierte que lo obedezca.

Sus dedos se colocan en mi clítoris, hace círculos alrededor con pereza, de vez en cuando lo pellizca, me provoca un grito de placer. Su pulgar juega con mi entrada, se desliza cada cierto tiempo en mi interior. Una de mis manos se mueve a mis pechos apretándolos suavemente, les doy un pellizco a mis pezones que reclaman atención.

—No te toques —habla, sus dedos se detienen. Su voz es dura, es una advertencia para que no lo desafíe. Bajo mi mano y la acomodo de nuevo bajo mi cuerpo.

Sus manos siguen haciendo su magia, esta vez, dos de sus dedos se deslizan con facilidad dentro de mi coño. Mis labios sueltan un gemido. Christian parece aceptar los sonidos que salen de mi boca, los toma como una señal de que está haciendo bien su trabajo.

De repente siento algo húmedo y cálido en mi sexo. Su lengua se pasea por mis pliegues. Mi cabeza se va hacia atrás, mis gemidos son más altos, mi pecho sube y baja por mi jadeante respiración. Su boca succiona, su lengua se pasea por mi clítoris, sus dedos aún siguen entrando y saliendo frenéticamente de mi interior.

—Oh, por favor —balbuceo. Mi cuerpo comienza a sacudirse, mis caderas se proyectan a su rostro en busca de más de lo que me está dando. Me siento tan cerca. Quiero correrme, quiero tener un orgasmo como el de esa noche, lo necesito.

Sus dedos salen de mi interior haciendo un sonido por la humedad que ha comenzado a escurrir de mí, su boca se separa de mi cuerpo. Mis ojos se abren, lo busco con desesperación, necesito saber porque se detiene.

—¿Por qué te detienes? —pregunto agitada.

—Porque tenemos que tomar un vuelo.

—No, Christian. Por favor no pares —le suplico.

—¿Aun no comprendes lo encabronado que estoy contigo? —se inclina hacia mis labios. Mi propio sabor en su boca me enciende de nuevo. —Así me sentí cuando te busqué y no estabas esa mañana. Desesperado, ansioso, necesitado de ti.

—Christian —lloriqueo. Un puchero se coloca en mis labios.

—No —me corta. —Esta vez lo dejaré pasar, la próxima seré más duro. ¿Entendido?

Mis piernas se sacuden, quiero bajarme, moverme y alejarme de él. Me siento molesta, enojada, frustrada y con ganas de un orgasmo que ya está comenzando a desaparecer de mí interior.

—¿Entendido, Isabella? —pregunta de nuevo.

—Si —es mi respuesta.

—Te espero abajo —me indica. —No se te ocurra tocarte.

Se separa, se aleja de mí, enderezo mi cabeza justo para ver su espalda atravesar la puerta de mi habitación y mientras sus pisadas resuenan en el piso de mi casa. Me quedo en blanco.

—¡Maldición! —grito, desesperada y molesta. —¡Es un maldito!

Mi cuerpo se sacude, aun anhelante porque continúe con su toque, pero sé que no va a volver, sé lo que está haciendo, sé bien porque me está castigando y por alguna extraña razón mi cuerpo obedece a lo que él ha ordenado. No quiero ser yo quien me toque para terminar lo que él ha comenzado, quiero que sea él quien me toque, que me haga suya de nuevo.

Una lágrima escapa de mis ojos. La alejo con frustración.

Froto mi rostro con mis manos, debo moverme si queremos tomar ese maldito vuelo, aunque no ha dicho a qué hora debemos estar en el aeropuerto, supongo que si me tardo unos veinte minutos no pasará nada. Me muevo por mi habitación, tomo mis cosas y me doy una ducha rápida para enfriar un poco el deseo y la molestia en mi cuerpo, cuando salgo me visto con un conjunto cómodo y fresco para el viaje, además de dedicarle otros minutos a la preparación de mi pequeña maleta. Me aseguro de tomar mi laptop por si se ofrece algo del trabajo, además de mi bolso con mi cartera, mis llaves y la poca dignidad que me queda para bajar y enfrentarme a los hombres que están abajo en ese maldito auto lujoso que me ha traído hasta aquí.

—¿Lista? —Christian se levanta su rostro en cuanto me escucha acércame a ellos. Se ve tan tranquilo como si nada hubiera pasado allá arriba.

—Si —es mi respuesta. Taylor toma mi maleta y la coloca al interior del auto.

—Te duchaste —Christian me acusa cuando me ayuda a subir al auto.

—Hacía calor —es mi respuesta. Él se ríe antes de subir a mi lado, le doy una mirada molesta por su actitud tan tranquila, como si un hubiera causado una explosión de molestia en mí hace unos minutos. Él actúa como si nada hubiera pasado.

Christian le indica a Taylor que nos lleve directamente al aeropuerto, sorprendiéndome que no le pida pasar a su casa por ropa para el viaje. Quiero creer que es de esos empresarios que cargan con un cambio de ropa por si es necesario. Taylor obedece a su jefe y nos conduce hasta el aeropuerto de la ciudad. Es un camino que ya tengo muy claro, al menos por mi trabajo, soy de las pocas que seguido se sube a un avión y ya me sé casi de memoria los protocolos a seguir.

Al menos eso creía.

Observo maravillada como el auto pasa la entrada al aeropuerto que todos conocemos, ingresa por una puerta controlada con un sistema de seguridad, solo menciona el nombre de su jefe y veo como gira el volante deteniéndose por algunos segundos a la espera de un coche patrulla que nos conduce a través de la pista de aterrizaje.

Mi sorpresa solo fue en aumento cuando el auto se aparca directamente al pie de la escalera de uno de los aviones algo pequeños que están estacionados a nuestro alrededor. Rápidamente caigo en cuenta que no es un avión comercial lo que espera por nosotros, es un maldito Jet privado.

—¿Es un avión privado? —pregunto estúpidamente, como si la enorme estructura de metal no estuviera visible para mis ojos.

—Sí —Christian responde.

—¿Es tuyo? —pregunto de nuevo. Christian asiente. —¿Tienes un avión privado?

—Si —es la respuesta de Christian. —Es mío.

—¿Y lo tienes listo para cuando se te ocurra viajar?

—Si —dice encogiéndose de hombros. Un jadeo de sorpresa escapa de mis labios. —La tripulación está lista en cuanto reciben el aviso.

—¿En qué momento organizaste todo esto? —le pregunto.

—Cuando estábamos todavía en las oficinas del periódico —le resta importancia. —Mientras te esperábamos en tu casa, llamé y me aseguré que todo estuviera listo para venir directamente acá.

—¿Así de sencillo? —me detengo en el primer escalón de la escalera que me conducirá al interior del avión. —¿Así de rápido tienes un vuelo preparado?

—Sí, Isabella —Christian ríe. —Así de sencillo es conmigo. Yo digo que se haga algo, se hace. Punto.

Parpadeo. Es toda la respuesta que puedo ofrecerle.

—Señor, señorita —Taylor nos abre la puerta del auto.

Al bajar, ya hay personal del aeropuerto bajando mi maleta pequeña, el portafolio de Christian y lo que parece ser una maleta similar a la mía en tamaño que no sé a quién pertenece. Todos se mueven a mí alrededor, y yo me siento torpe en el medio del torbellino de personas que me rodea.

—Vamos —Christian toma mi mano con fuerza. Llega como un salvador a alejarme del caos que se ha creado. Yo sigo perpleja, me muevo porque él se encarga de que lo haga, no porque esté pensando por mi cuenta. Yo aun no comprendo lo que sucede.

Veo la escalera que conduce hacia el avión de tamaño mediano y de apariencia casi nieva, veo la alfombra que está debajo de esa escalera y que mis pies ahora mismo están pisando, veo los cordones indicando el camino.

—Señor Grey —un hombre está esperando al pie de la escalera. —Bienvenido.

—Gracias —él asiente.

—Señorita, es un placer conocerla —el hombre me ofrece una inclinación. Yo solo soy capaz de sonreír y agradecerle.

—Adelante, por favor —señala con su mano la escalera. —Está todo listo para ustedes.

Miro nerviosa a Christian.

—Sube —inclina su cabeza hacia arriba, indicando el interior del avión. Lo obedezco, mis pies me conducen con cuidado por lo largo de la escalera. En la puerta está el piloto acompañado del copiloto y del resto de la tripulación que en total son siete personas.

—Bienvenida, señorita Swan —me sonríen. —Esperemos que disfrute su vuelo con nosotros.

—Gracias —digo al pasarlos.

—Bienvenido, señor Grey —todos le saludan de la misma manera que a mí, sé que las bienvenidas siguen, pero yo ya no les pongo atención.

El avión es hermoso por dentro, es elegante y con detalles perfectamente colocados. Hay una alfombra blanca y esponjosa que me hace sentir como si estuviera volando, los asientos son amplios y parecen muy cómodos, los primero cuatro asientos están acomodados casi de manera tradicional, formando dos filas de un asiento a cada lado del pasillo en dirección a la cabina de los pilotos. Después, se forman pequeñas salas a los costados, con unas mesas en medio de un par de asientos encontrados, ya sea para dos o cuatro personas, no me sorprendería que Christian pase todo el vuelo trabajando.

El resto del interior del avión es similar en decoraciones y colores. Los asientos crema se mezclan con la alfombra y las paredes de color blanco dando un efecto de mayor amplitud al pasillo. Hay más puertas de color madera casi grisácea, pero yo no alcanzo a ver al interior como para averiguar lo que se esconde al interior.

—Ven —Christian me indica uno de los asientos que están frente a una de las pequeñas mesas. Por supuesto, yo obedezco. Su cuerpo se inclina sobre mí, sus manos mueven las cosas a mi alrededor, de repente me veo presionada por la cintura contra el asiento. —Así ya no escaparás de mí.

Mis ojos bajan a mi regazo. Me ha colocado el cinturón de seguridad.

—Ya no quiero huir —suspiro. Él parece de acuerdo con mi idea.

Su cuerpo se acomoda en el asiento frente al mío, solo nos separa la pequeña mesa que hay entre los asientos y siento sus piernas rozar las mías. Me obligo a mirar al resto de las personas distribuirse por el avión. Taylor pasa directamente hasta uno de los asientos del fondo no sin antes ofrecerme una sonrisa, la tripulación ingresa al avión y se distribuye a sus lugares para hacer el último chequeo antes del despegue. Christian aun me mira, evaluando mis reacciones, y yo… yo estoy conteniendo la emoción que me está embriagando.

Si no fuera por el cinturón, estoy segura de que estaría saltando en mi propio asiento. Ya he volado antes, pero una cosa es hacerlo en un avión común, con varios pasajeros, algunos más tolerables que otros. Pero, en este momento estoy en el puto Jet Privado de uno de los hombres más millonarios de Seattle.

¡En mi puta vida me imaginé que eso sería posible! ¿Cuántas personas tienen esta oportunidad?

—No soy la primera en viajar contigo así ¿verdad? —pregunto evidenciando la duda en mi voz.

—No —Christian responde. Un pinchazo de decepción me atraviesa. —Taylor es quien siempre tiene el privilegio de hacerlo.

—Taylor —entrecierro los ojos. —Claro, él siempre te acompaña.

—¿Te molesta no ser la primera? —me mira, curioso.

—No realmente —digo sin saber que más decir. —Pero no quiero hacer lo que ella hizo.

Lo miro, esperando que entienda a lo que me refiero. No quiero ser usada solo como una persona capaz de llenar el hueco de alguien más, no quiero que él me use para llenar el vacío que alguien más le ha dejado. Soy alguien que vale más que eso. Creo. Eso siempre dice Angela.

—Si hago algo, es porque quiero hacerlo —me dice. —Quiero que estés aquí, conmigo. Quiero que seas la primera extraña en subirse a mi avión.

—¿Soy una extraña? —sonrió. No me ofende el pequeño apoco, es cierto que aun somos extraños.

—No por mucho —asegura.

El piloto anuncia nuestro despegue produciendo una reacción en mí. Mi rostro se estrella contra la ventanilla, mis ojos se pasean por todo el exterior abarcando lo más que puedo. Observo la pista moverse, o más bien, observo el momento en que nosotros comenzamos a movernos a través de la pista para despegar. Escucho al piloto pedir autorización, escucho cuando le otorgan el permiso de despegar. Observo como nos elevamos del piso en un movimiento imperceptible. Muerdo mi labio y miro a Christian, sus ojos grises se mantienen sobre mí, hay un brillo en ellos que me hace sonreír.

—¿Estas bien? —pregunta.

—¡Si! —chillo con una voz demasiado emocionada, provocando una risa en él.

—Si te sientes mal, si necesitas algo, cualquier cosa, me lo haces saber —ordena.

—Sí, señor Grey —digo sin pensar. Mis ojos siguen puestos en la ventana, me pierdo por algunos minutos, en la vista de la ciudad de Seattle alejándose de mí. O más bien, soy quien se aleja yendo directamente a un fin de semana incierto.

—Señor Grey. Señorita Swan —un miembro de la tripulación habla a nuestro costado. —Lamento interrumpirlos, ¿puedo ofrecerles algo?

—Tráeme la botella de whisky, hielo y dos vasos, por favor —Christian le responde.

—Por supuesto —el hombre asiente, se da la vuelva y se pierde en el interior del avión.

—¿Qué prefieres? —le pregunto a mi acompañante. —¿Coñac, whisky o vino?

—Dependiendo la ocasión —responde. —El vino me gusta acompañarlo con la comida. Si lo debo beber solo, podría escoger coñac o whisky.

—Señor —coloca delante de nosotros todo lo que Christian le ha pedido.

—¿Puedo levantarme? —le pregunto al hombre perteneciente a la tripulación.

—Por supuesto, Señorita —asiente. —Ya es seguro.

Sonrió por la idea que cruza mi mente.

—¿Puedo investigar un poco? —pongo mi atención en Christian. —Prometo no romper nada.

—Adelante —dice. —Tengo un par de contratos que revisar.

Me pongo de pie sintiendo nuevamente la emoción corriendo por mis venas. Siempre he volado en vuelos comerciales donde la idea de levantarte de tu asiento siempre parecía ser muy mala, el poco espacio, la cantidad de gente y las turbulencias resultan molestas, además que, lo que menos se te pasa por la mente es ir a investigar cada rincón del avión. Pero, hoy tengo mucho espacio a mi disposición, esta vez puedo ir y venir sin molestar a nadie y yo estoy dispuesta a explorar todo el avión desde la punta hasta el más profundo rincón.

—Señorita ¿puedo ayudarla en algo? —pregunta una de las mujeres de la tripulación. Su rostro es preocupado ante la idea de que tuviera que levantarme yo misma por algo.

—Si —sonrió. —¿Puedes mostrarme el avión?

Ella tarda en procesar mis palabras, pero cuando su cerebro las registra, me brinda una sonrisa amable e igual de entusiasta que la que se muestra en mi rostro. Me conduce por el pasillo donde nos encontramos a más miembros de la tripulación. Rápidamente todos me llenan de preguntas y de explicaciones de todo lo que saben.

—Capitán —la azafata toca ligeramente en la cabina. —¿Tiene tiempo para una pequeña entrevista?

La idea de entrar a la cabina del piloto hace que un profundo suspiro se escape de mí. Durante los pocos veranos que pasé con Charlie, podía escuchar a mi padre hablar durante horas sobre como era su sueño haber sido piloto de fuerzas especiales, y siempre me lastimaba la idea de haber sido yo la razón por la que nunca lo pudo cumplir. Él se hizo cargo de su mujer y de su hija sin detenerse a pensar en lo que él quería y aunque yo no puedo ser la persona que cumpla el sueño de mi padre, mi coordinación nunca lo permitiría, sé que puedo hacerlo un poco feliz con las fotos que le envió cada dos semanas.

—¡Adelante! —escucho que el hombre dice del otro lado de la puerta.

—Capitán, le presento a la señorita Swan —la mujer nos presenta.

—Señorita Swan, es un placer tenerla con nosotros —El capitán está de pie esperando por mí en la puerta de la cabina, sé ha quitado el sombrero en una señal de respeto. —Soy en Capitán Parker, bienvenida.

El hombre de edad algo mayor me da la mano, y me presenta al copiloto quien se ha mantenido en su lugar piloteando el avión. Entre ambos se toman el tiempo de explicarme a detalle cómo funciona el avión, los motores, los comandos, los botones, todo el tablero que hay lleno de luces frente a ellos. Me cuentan los detalles del vuelo, las coordenadas que tenemos, los códigos de vuelo en caso de emergencias y además tienen la paciencia de resolver las dudas que me resultan.

—Básicamente es así como funciona cualquier Dassault Falcon 7X —el capitán termina con su explicación. No tengo idea de cuánto tiempo llevo en la cabina, pero estoy segura de que ahora sé un poco más de aviones privados y su funcionamiento que cualquiera que yo pueda conocer.

—Gracias por la explicación —le sonrió. Él de nuevo hace una señal con su sombrero.

Decido dejarlos hacer su trabajo, me despido saliendo de la cabina. Permito que la tripulación me lleve a través del resto del avión, explicándome a detalle cómo es que todo funciona. De vez en cuando alguno se separa de mí para llevarle algo a Christian o para simplemente para preguntarle si necesita algo más, pero usualmente están todos a mí alrededor o al menos la mayoría de la tripulación. Al inicio creí que todo esto me llevaría a un dolor de cabeza insoportable, pero resulta que me equivoqué, cada cosa que me muestran solamente aumenta mi curiosidad por ver que más se puede hacer en esta pequeña jaula de metal que vuela por los aires del país.

Momentos más tarde, sé dónde se guardan los alimentos y las bebidas además de dónde los preparan y los sirven para presentarlos. Sé dónde se guardan las cosas que se necesitan durante cualquier vuelo. Sé dónde descansa la tripulación y dónde duermen de ser necesario por las horas de vuelo. También sé dónde está cada cosa que yo pueda necesitar.

—¿Ya tienes un veredicto sobre mi avión? —Christian levanta la mirada de su laptop hasta mí cuando vuelvo a sentarme en el asiento frente a él.

Lo miro, me siento temerosa de que mi actitud le haya molestado.

—Es lindo —digo cohibida. —Todos son muy amables, también.

—¿Solo eso? —pregunta divertido.

—Es elegante, lindo, y todo aquí grita que tú eres el dueño —lo adulo en broma. —Te gusta mucho el color gris ¿cierto?

—¿El color gris? —pregunta extrañado.

—Es tu color favorito —digo. —O al menos eso parece.

Se queda durante unos segundos mirándome. Al parecer nunca había necesitado compartir la información sobre su color favorito.

—Supongo que es un buen color para mí —razona. —Es como yo, puede tener muchas sombras.

—Y es como tu apellido —señalo bebiendo el contenido que hay en el vaso delante de él. El líquido ámbar refresca mi garganta.

—Hablando de color gris —sus ojos se desvían de mi rostro. —¿Ya descubriste la habitación al fondo?

—¿Qué cosa? —detengo mis movimientos.

—La puerta color gris es una habitación —me explica. —Puedes ocuparla, hay un baño privado, también.

No espero a que termine de hablar. Mi cuerpo se levanta del asiento de nuevo, mis pies se mueven en la dirección a la que me ha indicado mientras escucho su risa de fondo. La habitación es pequeña, al inicio da la sensación de estar un poco apretada por el poco espacio que queda entre la cómoda, la cama y la cajonera que adornan la habitación, pero sin duda, la cama es lo que más llama la atención. Se ve cómoda y perfectamente hecha.

Un arrebato crece en mí. Es inevitable que me lance sobre ella, mi cuerpo rebota produciéndome una risa.

—¡Esto es jodidamente bueno! —chillo emocionada. —¡Muy bueno!

Escucho las leves risas provenientes de afuera.

Paso el resto del vuelo sobre la cama, leyendo los mensajes y pendientes en mi celular, también me tomo el tiempo de repasar algunos manuscritos que tengo pendientes del trabajo. Sé que mi jefe me dijo que no me preocupara por trabajar durante mi pequeño viaje, pero pequeños detalles que él ignore no le harán daño a nadie. Además, necesito mantenerme ocupada si quiero que el tiempo pase más rápido.

—Señorita, Swan —alguien llama a la puerta. —Quedan cerca de veinte minutos para aterrizar.

Una de las azafatas asoma su rostro a la pequeña habitación.

—Le traigo su neceser por su gusta refrescarse antes de bajar —extiende la pequeña mochila en mi dirección.

—Gracias —la acepto. Ella me sonríe y se va.

Me dirijo al baño de la habitación. Lavo mi rostro, lavo mis dientes y me tomo el tiempo de quitar cualquier imperfección que pueda tener en el rostro. Cepillo mi cabello y lo ato en un moño alto intentando que no se noté la estética que obtuve saltando en la cama. También paso mis manos por mi ropa para lucir un poco más presentable.

Minutos más tarde, vuelvo a la cabina. Ya están todos en sus posiciones tal y como iniciamos el vuelo. Christian está esperando por mí con una sonrisa tranquila, divertida y satisfecha. Aun me siento cohibida y avergonzada por mi actuar infantil, pero no arrepentida, esta era una experiencia que no pensaba dejar pasar. Y a él parece no molestarle.

—Damas y caballeros les habla el capitán Parker —se escucha la voz por el altavoz. —Bienvenidos a la ciudad de Nueva York.

Mi rostro se asoma de nuevo por la ventanilla del avión. Esa es la frase que llevo varios años ansiado escuchar, al menos desde que comencé a trabajar en el periódico, siempre me imaginaba mudándome y trabajando en esta enorme ciudad. Al menos hasta antes que la ansiedad me hiciera sobre pensar las cosas y me obligara a desistir de esos sueños. Centro mi atención en los rascacielos que comienzan a aparecer en la ventana del avión, hay edificios de todos los tamaños, cubiertos de acero, metal y cristales que hacen que la luz del atardecer comience a reflejarse en ellos.

—Por favor, colóquense el cinturón de seguridad —el capitán sigue hablando por los altavoces. —Estamos por aterrizar en el aeropuerto principal de la ciudad.

Christian me hace una señal, me ofrece su ayuda, pero yo me niego. Yo sola coloco el cinturón y regreso mi atención a la ventana. Hago lo imposible por no parpadear, no quiero perderme de ningún momento.

Sonrío. Incluso desde las alturas es una vista preciosa.

La bienvenida que nos ofrece la ciudad es digna de ser recordada en una fotografía o algún video. Mis ojos aprecian el sol acariciar los bordes de los edificios, veo las luces comenzando a encenderse de a poco, abriéndose paso en la oscuridad que lucha por cobijar los edificios y las calles de la enorme y caótica ciudad.

Cuando aterrizamos me doy cuenta de que la pista del aeropuerto es igual de caótica que la ciudad. Hay demasiados aviones de todos los tamaños, puentes que conducen a los andenes, personas esperando que los lleven a las terminales. Pero para nosotros es como en Seattle. A nosotros nos conducen hasta un lugar más apartado del resto, un lugar donde este tipo de aviones pueden aterrizar sin problemas.

—Vamos —Christian me ayuda a colocarme de píe cuando se nos indica que ya nos podemos mover. —¿Lo disfrutaste?

—¡Estuvo maravilloso! —sonrió encantada.

—Gracias por viajar con nosotros, señorita Swan —la tripulación se despide de mí cuando bajo las escaleras.

—Disfruten su estadía —el piloto se despide de nosotros.

Abajo del avión, es casi similar la escena a cuando nos subimos. Hay una camioneta esperando por nosotros, no tengo que ser experta para reconocerla como una suburban blindada y con vidrios polarizados. Debajo de la escalera, ya está Taylor esperando por nosotros. Por primera vez desde que lo conocí hace unas horas, puedo ver al hombre haciendo su trabajo, su cabeza va y viene de un lado otro, su mirada atenta y alerta analiza cualquier cosa que se mueva a nuestro alrededor, además de que sus movimientos son rápidos y concisos. Como los de cualquier ex militar.

—¿Una camioneta? —pregunto al hombre a mi lado. Christian asiente.

—Es rentada —dice casual. —Es más cómodo movernos de esta manera que luchar por conseguir a cualquier taxi de la ciudad.

Cuando ambos estamos colocados en nuestros asientos y Taylor parece convencido con su trabajo, él también sube, no sin antes darle una última mirada a su alrededor. De nuevo aparece un pequeño auto guardia delante de nosotros, y hace lo mismo que en casa, nos guía para movernos por la pista de aterrizaje hasta sacarnos a las calles de la ciudad.

El camino resulta ser un poco tedioso, el tráfico de la ciudad es evidente, pero, a mí no me importa, paso todo el camino mirando al exterior, deleitándome con las vistas de la ciudad que conforme los minutos van pasando, se va oscureciendo cada vez más. La hora que nos toma ir del aeropuerto hasta lo que parece ser la entrada de un hotel, a mí se me hace muy corta.

Mis pies tocan el suelo frente al que será nuestro hotel, mi cabeza se echa para atrás par que mis ojos puedan ver el enorme edifico frente a mí. Mis ojos se colocan en las letras elegantes que adornan la marquesina con el nombre del hotel. Un impulso crece en mi interior. Quiero volver, quiero correr, quiero darme la maldita vuelta y regresar por donde vine. Este no es un lugar para mí, yo no encajo en este tipo de lugares, yo no encajo con estas personas, yo soy como una impostora en este mundo de empresarios y personas reconocidas que son capaces de hospedarse en hoteles de este tipo.

Siento una mano deslizarse hasta cubrir la mía, unos dedos me sujetan con fuerza para evitar que escape.

—Vamos adentro —Christian tira de mi cuerpo en dirección al interior del hotel. Un hombre nos abre la puerta para permitirnos el ingreso.

Lo único que puedo hacer es sujetarme más fuerte al hombre a mi lado. Agradezco en silencio que tenga los pies puestos sobre el suelo o si no yo ya me hubiera caído. Él es mi soporte para permitirme analizar el recibidor del hotel. Es muy grande y amplio, tiene inmensas columnas que sostienen la estructura pero están decoradas de manera que casi pasan desapercibidas a simple vista. Los arreglos florales resaltan entre lo minimalista de la decoración de mármol y cristales, además que fungen como un camino que te lleva por unas escaleras que terminan en el mostrador donde está un enorme escritorio con tres personas detrás de él.

Mientras me muevo a la par de Christian, soy consciente de las miradas de las pocas personas que nos encontramos en el camino. Soy consciente de las personas que van vestidas con prendas elegantes y costosas, también veo a las personas con atuendos más casuales, hay quienes cargan con portafolios y carpetas en las manos dando a entender que acaban de volver de alguna reacción, o hay quienes solo levan bolsos de compras de marcas prestigiosas mostrando que pasaron el día divirtiéndose. La mayoría de las personas que mis ojos observan, hacen evidente que su presencia es más valiosa que la mía.

—Buenas noches —Christian llama la atención de la persona detrás del escritorio de recepción. —Tenemos una reserva a nombre de Christian Grey.

—Bienvenidos —la persona sonríe. —Permítame, señor Grey.

La mujer se centra en la computadora, tecleando rápidamente.

—Estas bien —Christian me susurra al oído. —No te preocupes por nadie de ellos.

Intento ofrecerle una sonrisa, intento demostrarle que nada de eso me afecta y que yo me siento plenamente confiada, pero sé que todo lo que él ve es una mueca desesperada. Mi ropa está arrugada por el viaje, mi cabello es un moño caído y algo despeinado, mi rostro luce limpio, pero sé que es notable el cansancio que llevo cargando.

—Tranquila —susurra de nuevo, su mano dobla la mía haciendo que mi cuerpo se presione a su costado aún más. Habla a mi oído, con el vello de su barba cosquillea en mi oreja mientras sus labios siguen murmurando palabras reconfortantes. Su acción provoca una leve risa de mí, eso parece relajarnos a ambos.

Siento un par de miradas sobre mí. Es inevitable que mis ojos busquen a las personas que me están mirando, pero para mi suerte, solo noto a Taylor, y la persona de recepción. Son ellos quienes antes nos miraban, lo sé porque ahora ambos tienen sus cabezas agachadas, ocultando la media sonrisa en sus rostros.

El resto de las personas que se mueven a nuestro alrededor parece haber saciado su curiosidad de mí y han dejado de mirarnos.

—Aquí tiene, señor Grey —la persona se encarga de que Christian firme lo necesario para darnos el pase al hotel. —Disfruten su estadía.

—Gracias —le respondemos ambos antes de girarnos y alejarnos del mostrador.

—¿La de siempre, señor? —Taylor pregunta dentro del ascensor. Christian asiente y el hombre de seguridad presiona el botón. Yo me dejo guiar por ellos, ellos saben lo que hacen. Dentro del cubículo de metal, las cosas fluyen más rápido, yo ya puedo respirar con normalidad y ahora me siento más relajada a continuación de cuando entramos al hotel.

Cuando reaccionó, Christian ya está abriendo la puerta de una de las habitaciones del fondo del pasillo.

—Adelante —dice empujando la puerta. Mis pies me llevan al interior, me muevo con cuidado, maravillándome con la vista de la habitación. Escucho los pasos de Christian viniendo detrás de mí, lo escucho cerrar la puerta, también.

—¿Un pent-hose? —jadeo. Hay un ventanal frente a mí, la vista que me ofrece de repente me hace sentir mareada.

—¿Te sorprende? —escucho que preguntan. Me giro para verlo, está recostado contra uno de los muros, el saco de su traje está abierto, los primeros botones de su camisa también, y sus manos están dentro de los bolsillos de sus pantalones.

Joder. Es una vista muy buena.

Hablando de vistas… sacudo mi cabeza, centro mi atención en la pregunta que acaba de hacerme. No, no me sorprende que él haya rentado un pent-house para hospedarnos. Suena a algo que él haría.

—¿Soprendida? —resoplo —Por supuesto que no. Yo también vivo en un pent-house, ¿recuerdas?

Me enojo de hombros, girándome sin esperar una respuesta de su parte, pero me siento satisfecha al escuchar su risa ligera a mis palabras. Sigo mi camino, moviéndome por el enorme lugar, analizando los pros y contras de esta situación.

—Solo hay una cama ¿cierto? —pregunto asomando mi cabeza a lo que parece ser la habitación.

Bueno, llevo años leyendo libros donde esto sucede. Sé que los protagonistas de esos libros no usan la cama exactamente para dormir. Tampoco es como si yo quisiera usarla para eso, al menos no teniendo a Christian aquí, conmigo.

—¿Te molesta tener que compartirlo conmigo? —me pregunta. Puedo escuchar la inocencia fingida en su voz.

—No, no realmente —sonrió. —De todos modos, ya lo habías planeado ¿cierto?

—Si —sonríe orgulloso. Ruedo los ojos.

—¿Lo planeas siempre todo? —le doy una mirada curiosa.

—Así es —responde.

—Yo no —digo, doy un par de pasos en su dirección. —Entonces, ¿que planea hacer conmigo señor Grey?

Veo su estado de ánimo cambiar, disfruto del momento en el que veo sus ojos grises cambiar del hielo al fuego. Él también se acerca a mí unos pasos a mí, estamos muy cerca y a la vez muy lejos.

—¿Qué puedo hacer contigo, señorita Swan? —su lengua se pasea por sus labios.

Todo. Él puede hacer lo que quiera conmigo y yo accederé dispuesta a complacerlo.

Sus manos se levantan hasta mi cintura, rodeándome y empujando mi cuerpo contra el suyo. Suspiro por la calidez que emana de su cuerpo. Su rostro está muy cerca del mío, nuestros alientos pueden mezclarse, nuestros ojos están enlazados en una lucha de deseo por el otro y control de nosotros mismos. Un solo movimiento, un pequeño impulso y me tendrá rendida ante él, de nuevo.

Un par de toques en la puerta nos sobresaltan.

—Servicio a la habitación —anuncia la persona.

—Supuse que estarías cansada y hambrienta —se aclara la garganta. Da unos pasos hacia atrás. —Iré a abrir.

No respondo. Observo decepcionada como sus manos sueltan mi cuerpo para ir a buscar la puerta de la habitación que hemos cruzado minutos antes. Yo me quedo como de pie, sin moverme. Escucho que habla con alguien, escucho las indicaciones que le da, y escucho cuando regresa al interior de la habitación.

—Ven, vamos a comer —dice regresando por mí. Decido que lo mejor que puedo hacer es moverme y seguirlo.

Mientras lo alcanzo, me deshago de mis zapatos y de la chaqueta de mi conjunto de ropa, dejándolas con cuidado en una esquina donde yo misma no me pueda lastimar. No es que siga siendo torpe, bueno, quizás ocasionalmente, pero, la idea de colocar cuidadosamente mis cosas a un lado donde no pueda tropezar es por precaución en el debido caso que se me ocurra saltar encima de Christian Grey y besarlo con todas las ganas que queman en mi interior.

—¿Porque te interesa tanto alimentarme? —pregunto mirando el enorme bufete que hay en la mesa frente a él y que espera para ser devorado por ambos.

—Sé lo que es el hambre —responde cortante. Esas palabras encienden mi curiosidad. —Y no me gusta tener que desperdiciar la comida.

—Si pregunto al respecto —digo dudosa, —¿me responderías?

Parece ser un tema incómodo para él y no quiero empujar la situación hasta que resulte incómodo y poco tolerable para ambos.

—Hoy, probablemente no —fuerza una sonrisa amable, pero sigue siendo gélida y cortante. —Quizás otro día.

Asiento en silencio. Tomo asiento en la silla que está frente a él.

—Entonces… —titubeo buscando algún otro tema de conversación. Christian pone sus ojos sobre mí, una de sus cejas se levanta, incitándome en silencio a que continúe hablando. —Mencionaste que tenías cosas importantes que hacer aquí en la ciudad.

—Sí, eso dije —suspira.

—¿Viaje de negocios y esas cosas? —pregunto, me aseguro de huir de su mirada.

—Sí, negocios —acepta. —Viajes de placer casi no hago. Tengo todo el placer que necesito en casa, usualmente.

El vino que estoy bebiendo se atora en mi garganta. ¿Soy yo o el tono de su voz fue muy sugerente? Por supuesto que tiene montones de placer en Seattle, cualquiera quiere acostarse con él, ya me quedó claro.

—Dígame, Señor Grey, ¿Cuál fue su motivación para volverse un magnate de los negocios? —uso mi mejor tono de voz profesional para hacerle esa pregunta.

—¿Vas a entrevistarme? — Christian me lanza una mirada divertida.

—Parece ser la única manera de obtener respuestas de tí —me encojo de hombros. Él da un sorbo a su copa de vino antes de responder.

—Estudie Ciencias Políticas y Economía en la universidad de Harvard —responde casual.

¿Me sorprende esa información? Realmente no, por supuesto que él podría estudiar en una de las mejores universidades del país. Le doy una señal para que continúe, sin despegar mis ojos de él, doy un sorbo a mi copa de vino.

—Solo duré un par de años, y decidí dejarlo, mis padres, por supuesto no fueron tan comprensivos con el tema —continúa contando. —Pero, Elena, amiga mía, entonces era una esposa trofeo y decidió invertir en mí, me prestó cien mil dólares para fundar mi empresa y ahora eso es lo que gano por hora.

Me atraganto con el líquido en el interior de mi boca.

—¿Disculpa? —jadeo. Él continúa cortando las cosas en su plato, aparentemente ajeno a mi estupefacción.

¿Dijo que gana cien mil dólares por hora? Mi mandíbula cae. No tengo que usar mi mente para calcularlo, sé que es mucho dinero, sé que este hombre tiene mucho dinero y que por supuesto que sabe usarlo a su favor. Mierda, ¿cómo es posible que alguien pueda tener tanto dinero y andar por allí contándolo como si hablara del clima?

—Mierda —me ahogo. —¡Eso es mucho dinero!

—¿Lo es? —pregunta casual.

—Joder, sí —enderezo mi espalda. Mi cabeza comienza a dar mil vueltas de todo lo que podría hacer con ese dinero, la reserva, Charlie, mi propia casa, el proyecto del Pink Door.

—Tener tanto dinero no es tan divertido como suena —dice con una expresión en su rostro que no puedo identificar. —Cuéntame sobre ti.

Sus ojos grises están de nuevo sobre mí.

—¿Qué quieres saber de mí? —pregunto cuidadosamente.

—¿Cómo llegaste a Seattle?

Trago forzadamente. Puedo hacerlo, esta historia ya la he practicado demasiadas veces.

—Cursé la secundaría, me gradué y con Angela nos mudamos aquí.

—Leonard mencionó que estudiaste Periodismo y literatura —murmura. Le doy la razón. —¿Por qué decidiste eso?

—Desde pequeña he sido torpe —suelto. Christian me mira, escéptico a mis palabras. —Mi madre me obligaba a tomar clases de gimnasia y ballet, pero, mi coordinación y mi equilibrio eran pésimos y terminé asistiendo más regularmente al hospital que a esas clases.

—Así que elegiste una actividad donde era poco probable que te lastimaras —trata de adivinar.

—Solía sentarme sobre un montón de frazadas y cojines en la esquina de mi habitación leyendo primero mis libros escolares, luego cuentos que sacaba de la biblioteca de mi escuela y al final me enamoré de los libros.

—¿Austen?

—Si—suspiro, mi cabeza se sacude afirmando sus palabras. —Jane Austen hizo que la literatura se volviera una pasión. Aunque, si debo decirlo, mi libro favorito es Cumbres borrascosas.

Christian levanta ambas cejas. ¿Está sorprendido? Me encojo de hombros.

—¿Por qué no elegir únicamente literatura inglesa?

—Eso sería muy cliché de mi parte —rio. Las comisuras de sus labios se elevan ligeramente. —Angela era parte del periódico escolar cuando íbamos en la secundaria, y… —muerdo mi lengua, necesito cuidar mis palabras. —Usualmente me rogaba para que yo redactara o revisara las publicaciones, ella me acosó hasta que acepte ser parte del equipo.

—¿Ella que estudió?

—Mercadología y relaciones públicas —me remuevo incomoda. Las cejas de Christian se unen frunciendo su ceño. —No tengo idea de porque eligió eso, pero le gusta y lo disfruta.

Ambos reímos.

—Casi siempre la vida nos sorprende —murmuro. —¿No has pensado en cómo pudiste terminar si tu amiga no te ayudaba?

Mi mente me muestra la conversación que tuvimos la noche anterior sobre como terminó siendo el empresario que es.

—Es un pensamiento que siempre se me pasa por la cabeza —dice. —Si soy honesto, estoy muy agradecido con ella, aunque no a todos les parece correcta la manera en que me ayudó.

De nuevo tengo más preguntas que respuestas.

—Termina de comer, Isabella —suspira profundamente. —Sé que estas cansada y mañana será un día importante.

Aun absorta en mi mente, muevo mis manos para seguir comiendo. Él tiene razón, aun debo preocuparme por la reunión de mañana y todo lo que tendré que hacer al regresar a Seattle. Pero me muero por saber más sobre él.

—Porque no te adelantas y te preparas para dormir —Christian me sugiere mientras organizamos la mesa entre ambos. Él se asegura de colocar todo en la misma bandeja donde nos han traído la comida, además de acercarla a la puerta para que puedan recogerla.

—Bien —acepto.

—El baño está del lado derecho de la habitación —me explica, yo estiro mi cuello siguiendo sus instrucciones. No creo que pueda perderme en este lugar. Después de todo, no deja de ser una habitación rodeada de cuatro paredes.

No me doy cuenta de lo cansada que estoy hasta que siento el agua caliente deslizarse por mis músculos. Es inevitable que un gemido de satisfacción salga de mis labios. Decido disfrutar mi baño, tomo mi tiempo para asegurarme que todo quede muy limpio, cuando termino, tomo mi pijama, me visto y salgo caminando en dirección a la habitación, Christian está esperándome allí, con la camisa desabotonada por completo, sin zapatos ni calcetines.

Casi me voy de bruces al verlo.

—Es mi turno —dice pasando a mi lado. Mi cerebro tarda en procesar las palabras que dice, hasta que escucho la puerta del baño cerrarse detrás de él.

—Claro, su turno —murmuro para mí misma.

El sonido de mi celular llama mi atención. Es un mensaje proveniente de mi adorada amiga.

"Más te vale volver a darle la cogida de su vida. A."

Aprieto mis labios, me obligo a tragarme mi risa. Me siento al borde de la cama para responderle algunos de los tantos mensajes que me ha enviado, al menos para los que sí tengo respuesta. Ella, por supuesto, está emocionada y responde rápidamente buscando sacar más detalles de mí. Con una frase la corto alegando que hay ojos curiosos a mi alrededor y con una promesa de una llamada para contarle los detalles, ella acepta y damos por terminada la conversación.

Centro mi atención de nuevo en mí. Busco mi maleta y saco todo lo necesario para prepararme para dormir. Desde que vivo con Angela, ella se ha obsesionado con el cuidado de la piel y ahora tengo unas constantes visitas al dermatólogo y una extensa rutina para cuidar mi piel, sin mencionar que esa extraña obsesión es contagiosa, Incluso yo no me siento a gusto si no la cumplo al pie de la letra.

Cuando termino, me aseguro de secar mi cabello con cuidado. Me siento nerviosa de arruinar las finas almohadas que esperan por mí, con la humedad de mi propio cabello.

—Tienes un cabello hermoso —murmura Christian a mi espalda.

Mis ojos lo buscan a través del espejo que tengo frente a mí, su cabello húmedo cae sobre su frente dejando un leve rastro de sobre su piel. Su pecho está desnudo y lleva puesto solo el pantalón de un pijama. Las ganas de levantarme y estrellar mi cuerpo contra el suyo comienzan a ser muy evidentes.

—Gracias —es lo que puedo responder sin dejar en evidencia el efecto que ha causado con su apariencia. Mi mano sigue pasando el cepillo entre los mechones de mi cabello.

Él se acerca a mí. Aun con la poca luz que hay en la habitación, puedo notar lo tenso que está. Parece no sentirse cómodo, o no saber de qué manera reaccionar con mi presciencia. Ya somos dos. Yo tampoco estoy segura de cómo actuar con él.

—Déjame peinarlo —dice estirando su mano en mi dirección. Le doy una mirada sorprendida. —Así no tendrás nudos por la mañana.

Parpadeo, el insiste en tomar el cepillo que hay en mis manos. Resignada se lo entrego. Sus manos toman mis hombros, acomodándome en la posición que mejor le resulte para lo que sea que planea hacer, yo me mantengo en silencio, dejando que me mueva a donde él desea. Sus manos suben y bajan un par de veces por mis brazos, su rostro se inclina y deposita un par de besos en la base de mi cuello.

Me estremezco, es inevitable.

Más rápido de lo que me gustaría, su rostro se aleja de mí, su rostro se concentra en mi cabello y permite que sus manos suban hasta mi cabeza. Siento el leve tironeo del cepillo mezclándose con los mechones de mi cabello, escucho el secador ser utilizado para terminar de secar las puntas de mi cabello. Cierro los ojos disfrutando de la sensación. Sus manos dividen mechones de mi cabello, con movimientos precisos, rápidos y fluidos trenza mi cabello desde la base de mi nuca hasta las puntas. Ata la trenza con la misma liga para el cabello que traía en el avión sosteniendo mi peinado del moño caído.

Cuando termina su trabajo, da un pequeño jalón llevando mi cabeza hacia su pecho. Su rostro baja hacia el mío, su boca se coloca sobre mis labios demandando un beso que me deja jadeando por aire.

—Vamos a la cama —murmura aun contra mis labios. Nos levanta a ambos de la silla donde estábamos sentados. Sus movimientos nos conducen a través de la habitación. La idea de ir a la cama nunca me había parecido tan apetecible como justo ahora.

—Vamos a dormir —aclara. Yo hago un puchero.

Retira la colcha, el edredón y la sabana de la cama, conduce mi cuerpo hasta el colchón, presionando mi cuerpo contra la suavidad de la cama. Se mueve, se sube a mi lado y me sostiene cerca de su cuerpo.

Siento que estoy flotando.

—Esto sigue siendo nuevo —murmura en voz baja, pero lo alcanzo a escuchar.

—¿Dormir? —pregunto.

—Si, eso también se me dificulta —acepta.

Él tiene insomnio, tampoco puede dormir. ¿o quizás es como yo? Su cabeza tiene demasiadas cosas que repasar que le impide dormir con tranquilidad y por eso le cuesta dormir.

—Me refiero a dormir con alguien —suspira.

—¿Nunca dormiste con ella? —me aventuro a preguntar. No quiero sonar como una adolescente que se hace falsas ilusiones.

—Un par de veces —responde. Sus brazos rodean mi cuerpo con más fuerza, como si temiera que soltándome fuera a desaparecer. Deposita un par de besos en mi hombro antes de volver a hablar. —Júrame que estarás aquí cuando despierte.

—No me iré —aseguro. No miento, no puedo irme hasta que resuelva el asunto que me trajo a este lugar. Coloco mi vista en la enorme pared de cristal que esta frente a la cama. La ciudad se escucha muy movida de noche, y yo estoy aquí, tranquilamente entre los brazos de un hombre.

—No pienso permitir que huyas de nuevo —un suspiro escapa de ambos. —Tampoco pienso permitir que vuelvas a subir a un puto taxi de noche.

El tono gélido de su voz me produce un escalofrío.

—¿Sabes lo arriesgado que fue? ¿Sabes lo que pudo pasarte?

Sí, estoy consciente de eso. Sé que él taxista se comportó muy bien, quizás fue mi apariencia hecha un desastre, o quizás pensó que ya había pasado algo antes de que me recogiera. Quizás por eso no me lastimó.

—Sí, lo sé —respondo en voz baja. —Lo siento.

—No volverá a pasar —ordena. — Taylor puede llevarte a donde quieras, con él estarás segura. No está a discusión.

No le digo nada más. Lo toma como una aceptación, pero ya veremos quién de los dos es el ganador. Él no lo sabe, no me conoce, no creo que esté listo para lidiar conmigo. Christian es controlador, yo soy impulsiva

—Te prometo que esta vez sí me pondré ropa interior —bromeo. Por supuesto no le hace gracia, su gruñido me lo confirma.

—Duerme, nena —ordena. No tiene que decirlo dos veces.


¿Ya lo releyeron?

Este si fue modificado, y añadido. Hubo cosas que mandé a los borradores y terminé por añadir otras cosas a los otros capítulos que había subido, pero sentía que faltaba algo. En fin, espero que les haya gustado.

Nos leemos en el siguiente.