*NOTA*

No he eliminado ningún capitulo, no se asusten.

Solamente estaba corrigiendo los capítulos y decidí unir algunos para que la lectura fuera más fluida y que la historia avanzara mejor.


Si les recomendaría releer la historia porque sí añadí algunas cositas a los capítulos, pero nada que altere el rumbo que había tomado.

Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos lo diré, esto contiene escenas Hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.

Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

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Son pocos los días en los que me permito pensar en cómo ha sido mi vida.

He tomado decisiones buenas y decisiones malas, he pasado por felicidad, tranquilidad, anhelo, pánico, dolor, resignación y más emociones de las que me gustaría mencionar. Pero, he sobrevivido, me he mantenido a flote y he llegado hasta el día de hoy.

No me arrepiento de la vida que llevo hoy en día, esa vida me hace sentir orgullosa. En Seattle puedo darme el lujo de fingir ser alguien importante.

Me siento orgullosa de las decisiones que he tomado desde que Angela y yo nos mudamos a esta ciudad. Hoy podemos darnos el lujo de llevar una vida diferente a la que cualquiera en Forks pueda tener o incluso imaginar y es gracias a nuestro trabajo y a la reputación que cada una ha creado. Hoy en día, en el mundo periodístico, nadie se atreve a cuestionar mi valor profesional, tampoco las decisiones que tomo, o porque soy yo quien obtiene los proyectos más complejos a realizar.

He creado una reputación privilegiada y es gracias a ella que puedo tener la vida que tengo ahora.

Es por eso que, Angela y yo podemos tener una vida sin muchas preocupaciones. Podemos comprarnos las cosas que queramos sin preocuparnos en llegar con dinero al último día del mes, tenemos nuestra casa propia cada una y, además, nos damos el lujo de pagar la costosa membresía del Lounge.

Para algunas personas, este pequeño mundo que hemos creado puede ser muy banal o carente de valor. Pero, para mí lo es todo. Para una adolescente de un pueblo fantasma, mudarse a una ciudad, es un gran paso. Para una niña a la que le rompieron el corazón, derrumbaron su mundo y la dejaron tirada como una basura, crear una realidad nueva, significa demasiado.

Cierro mis ojos, permito que el resto de mis sentidos se activen. El viento fresco acaricia mi rostro, acaricia mi cuerpo sobre la fina tela de seda. Mis oídos captan cada sonido que se produce a varios metros de mí. Mi nariz se encarga de que una gran cantidad de aire entre a mis pulmones.

Mis parpados se mueven con lentitud, mis ojos se abren de a poco. Tengo miedo de que cuando mis ojos se abran por completo, todo lo que hay frente a mí, desaparezca. Tengo miedo de que todo esto resulte un sueño.

Trabajar en el mundo periodístico no siempre te permite salir de la oficina, si eres reportero o reportera si es muy probable que andes de una ciudad a otra. No me dedico a hacer reportajes, pero si es común que alguien de la oficina o el señor Grayson, me pidan que cubra alguna nota en concreto personalmente. Esos son mis momentos favoritos, porque me permiten salir de mi escritorio y conocer lugares que solo podía ver a través de alguna pantalla, en fotografías o videos tomados por alguien más.

Cuando tenemos que viajar para cubrir alguna nota, nos quedamos en hoteles que nos resulten cómodos y cerca del lugar al que iremos. Si se necesita alguna imagen en especial, es la persona que trae la cámara en la mano, la que disfruta de las vistas y las captura en una imagen que nosotros veremos después.

Pero, la vista que tengo en estos momentos frente a mí no es nada comparado con lo que puede salir en las pantallas digitales. Esas fotografías, esos videos no le hacen justicia.

Jamás imaginé que, algún día se me presentaría la oportunidad de estar en el balcón del Pent-house de uno de los mejores hoteles de la ciudad, mirando con mis propios ojos una vista panorámica de la ciudad de Nueva York.

Desde donde estoy, puedo ver una parte del famoso Central Park, rodeado de grandes edificios, alumbrados por miles de luces. No importa el lugar donde mis ojos se enfoquen, hay edificios y luces cubriendo cada ángulo. Es un espectáculo sin duda. La oscuridad que rodea la ciudad es aterradora, pero es el óleo perfecto para que los edificios de distintos tamaños, cubiertos en su totalidad de luces de distintos colores, formen un paisaje que en ningún lugar se puede repetir.

Sé que es de madrugada, vi la hora cuando usé mi celular para tomar fotos, pero también sé que, ya ha pasado bastante tiempo de eso. Ahora estoy insegura sobre la cantidad de tiempo que he pasado contemplando los rascacielos y escuchando la vida nocturna de la llamada "la gran manzana".

Mis manos sostienen el borde de la estructura de metal y cristal que evita que mi cuerpo caiga varios pisos hacia la calle. Mi cuerpo se impulsa hacia adelante, mi cuello se estira buscando un mejor ángulo para ver lo que sucede en la calle que pasa frente al edificio. De nuevo la envidia invade mi interior. Envidio la facilidad con la que las personas salen a divertirse, sin importar la hora, el día o los problemas que tengan. Envidio a todos aquellos que viven. Los envidio porque yo llevo años intentándolo y solo he conseguido una falsa libertad.

Me estremezco.

La constante caricia del viento hace que mi cuerpo se estremezca. La fina tela de mi pijama no cubre nada mi cuerpo, además que mis brazos y piernas han quedado descubiertas y vulnerables al frio.

Debería volver a la cama e intentar dormir Mañana será un día importante y, si quiero lidiar correctamente con Lucas, debo asegurarme de ir al cien por ciento de mis capacidades. Pero, si vuelvo a la cama, no podré ver más tiempo la vista de la ciudad. Me siento celosa. El día de mañana, a esta misma hora, ya estaré de regreso en Seattle, en el balcón de mi habitación.

No tengo que debatir conmigo misma. Decido quedarme unos minutos más y aprovechar todo el tiempo que pueda.

Solo decido volver a la habitación cuando mi piel está lo bastante fría como para recordarme que necesito calor. Me despido de la vista y camino de regreso al silencio del interior de la habitación. Con cuidado cierro las puertas de cristal que dividen el exterior. Después del constante murmullo de la ciudad, el silencio que me recibe es abrumador.

Miro la cama de tamaño King size que está colocada estratégicamente en el medio de la habitación. Desde la cama, puedas tener una vista de la ciudad a través de la pared de cristal que está al frente. Desde mi posición en el balcón de un costado, tengo una vista perfecta de toda la habitación. Mis ojos se colocan en la puerta, debo cruzar todo el espació si quiero salir. Mis pies descalzos se deslizan tocando el piso con el mayor sigilo posible. Mi cuerpo se detiene frente a la cama.

En el medio de las sábanas blancas está él, el causante de que yo esté aquí.

Christian Grey está descansando profundamente sobre las esponjosas almohadas, su rostro está inexpresivo, pero es notoria la tranquilidad que está sintiendo. Su pecho sube y baja mostrando su respiración acompasada. Las sábanas están a un lado de su cuerpo, permitiéndome una vista de su marcado pecho desnudo.

Muero mi labio.

Una picazón aparece en mis manos. Quiero acariciar su rostro, quiero que mis dedos se pierdan en los rizos de sus cabellos. Quiero acariciar su pecho y sus brazos, sentir sus suspiros contra mi piel. Quiero escuchar mi nombre de sus labios.

Sacudo mi cabeza. Alejo esos pensamientos de mi cabeza.

Mis pies se mueven nuevamente, camino a hurtadillas hasta alcanzar la manija de la puerta, la giro abriéndola. Salgo a través de la puerta de la habitación mientras intento hacer el menor ruido posible, doy una mirada a la silueta en la cama antes de volver a cerrar la puerta. Sonrió cuando veo la soledad que me espera.

Me paseo por todo el lugar, gozando de las instalaciones y observando a detalle cada cosa. Hace horas, cuando llegamos, me sentía abrumada por todo lo que había en menos de 400 metros cuadrados y me perdí la oportunidad de explorar a mí alrededor. Ahora puedo apreciar con calma, cada detalle.

Me paseo siendo lo más silenciosa posible. Mis dedos acarician cada borde de cada cosa y mueble que hay. Mis ojos observan las paredes de colores similares al champagne, las decoraciones en color madera y dorado que resaltan sobre el resto de las cosas. Los muebles de estilo minimalista que están hechos por la mejor madera y forrados con la tela más costosa. Los candelabros de cristal que están esparcidos por las habitaciones son los detalles que gritan "lujo".

Finalmente alcanzo el living. Me recibe como el resto del lugar, en la oscuridad. Pero con la luz que se filtra por las paredes de cristal que están a cada lado del espacio. Mis ojos se abren maravillados por cada espacio que me rodea. Doy un par de vueltas sobre mis propios pies antes de permitir que mi cuerpo caiga sobre uno de los sofás. Mi cuerpo se acomoda, se extiende en toda la longitud del sofá. Mis ojos miran el techo.

Es increíble lo que el dinero puede darte.

Una risa brota de mis labios.

Mi mente me muestra el momento en el que caí en cuenta que Christian había organizado el viaje mientras almorzamos en el restaurante de su amigo. Ni Taylor ni Christian dieron explicaciones, solo se encargaron de llevarme a la pista de aterrizaje.

La sorpresa se duplicó cuando noté que no era un avión comercial el que esperaba por nosotros, sino un Jet privado. La tripulación nos recibió con calidez y sin hacer ninguna pregunta respecto a mí presencia e hicieron todo lo necesario para que nuestro vuelo resultara ser lo más cómodo posible. Cuando le pregunté a Christian sobre el tema, solo mencionó que era su avión personal y que, por casualidad o por culpa del destino, yo era la primera extraña en subir en él.

Eso me hizo sentir agradecida y segura de que nadie mencionaría algo sobre su exnovia durante el vuelo.

Cuando el piloto nos dio la bienvenida a la ciudad y nos avisó de nuestra llegada al aeropuerto, fue el momento en que caí en cuenta de cómo todo se había acomodado para nuestra llegada. A bajar del avión, en la pista de aterrizaje, nos esperaba una camioneta de lujo en la que Taylor nos condujo al hotel donde volví a experimentar otro ataque de ansiedad. Al parecer esta vez, Christian estaba preparado para mí actuar, tomó mi mano con fuerza y me mantuvo en mi lugar a su lado mientras él hacia el trámite y firmaba los documentos necesarios para nuestra estancia.

En silencio comparé mi apariencia con la de los demás huéspedes. Pero, la falta de atención en mí, o las miradas que se posaron en mí sin ningún signo de desagrado o asombro, solo curiosidad, además de la afirmación de Christian en mi oído diciendo que lucía perfectamente bien, me confirmaron que podía pasar desapercibida en este lugar.

El silencio de la habitación me rodea, acechándome mientras mis recuerdos siguen, pero, decido romperlo con una risa que brota de mis labios.

Es inevitable que en mi mente aparezca Julia Roberts y su personaje en la película "Mujer Bonita". Desde que Angela lo mencionó, yo no he parado de compararme con ella. No somos tan diferentes. Por azares del destino, una mujer que viene de un mundo inimaginable termina en un lujoso Pent-house, siendo dama de compañía de un hombre empresario, guapo, apuesto y millonario.

Supongo que debo agradecerle a Christian la experiencia. Aunque, ahora que lo pienso, en la película le pagan al personaje de Julia Roberts por acostarse con el millonario. ¿Debería cobrarle a Christian?

Un suspiro brota desde lo más profundo de mi interior.

No puedo engañarme. Podría dejar que Christian me folle una y otra vez, todos los días, todas las veces que quiera y sin cobrarle ni un centavo.

Me siento en el sofá de golpe.

Maldición. Mis propios pensamientos me hacen sentir como una prostituta. ¿Ahora es en todo lo que puedo pensar? ¿Acaso alguien me culparía por elegirlo a él como el protagonista de mis sueños húmedos? No lo creo. Christian Grey es el sueño de cualquiera.

Una imagen pasa fugazmente por mi cabeza. Esa imagen que tengo prohibida. Es solo un vistazo, pero ahí está, la imagen de la persona que me tengo prohibido mencionar, esa persona que incluso me he prohibido pensar en la posibilidad de recordarla. Él también era el sueño de todas aquellas que lo conocían.

Me pongo de pie en un movimiento.

Obligo a mis pies a que se muevan a través del lugar. Ahora entro al espacio de la biblioteca, un espacio en el que hay un conjunto de sofás y repostes similares al resto del mobiliario, pero hay dos cosas que hacen que el lugar sea íntimo, elegante y perfecto. El primero es que, en las dos paredes en las que no hay cristal, los muros han sido convertidos en dos libreros enormes. Desde el suelo hasta el techo hay estanterías con libros.

Me acerco a uno, mis dedos pasan por el borde de los libros, por las letras que hay impresas en el lomo de ellos. Mis ojos leen los títulos que llaman mi atención.

Una sonrisa nostálgica aparece en mis labios.

Pareciera que fue ayer cuando soñaba con una vida totalmente diferente. Lo tenía todo pensado, saldría de la preparatoria y aceptaría un trato que cambiaría mi vida por completo, un trato que haría de mi existencia algo que ningún ser humano se puede imaginar. Tomaría todo el tiempo que sintiera necesario, aprendería a vivir mi nueva vida con calma. Más tarde podría volver a la universidad, estudiaría en una universidad prestigiosa para convertirme en escritora.

Pero no resultó. Esa vida que soñaba hace algunos años de quedó en eso, un sueño.

Mis dedos acarician el borde de madera del último estante de libros. Mis pies se detienen, me dejan congelada frente a ese pedestal que se encuentra dos escalones más arriba del nivel del resto del espacio de la biblioteca. Solo dos escalones me separan de mi tortura. Mis ojos se quedan fijos en el objeto. Se ve solitario y triste. Está perfectamente quieto en el medio de la luz que se filtra por el ventanal detrás de él, está a la espera de ser utilizado por alguien.

Cierro los ojos.

Permito que todos esos sentimientos, que llevo años ocultando en mi interior, salgan al exterior. Permito que el abismo del que llevo años huyendo me arrastre a esa oscuridad que se siente tan familiar. Me permito pensar en ese sueño que tuve hace unos años, me permito pensar en él. En mi mente aparece aquél al que yo consideraba mi sueño.

A mi cuerpo vuelve la sensación de que me han hecho una gran abertura en el pecho a través de la cual me había extirpado los principales órganos vitales y me habían dejado allí, rajada, con los profundos cortes sin curar y sangrando y palpitando a pesar de todo el tiempo que ha transcurrido. El aturdimiento me abraza, todo el sufrimiento que he pasado por años, aquel vacío doloroso envía incontrolables flujos de angustia hacia la cabeza y cada extremidad de mi cuerpo.

Los pensamientos me doblan, mi cabeza da vueltas, me abruma con todas esas imágenes que aparecen en mi mente. La superficie del suelo se coloca en mis rodillas, y luego en las palmas de mis manos. Sé que, pensando racionalmente, mis pulmones están intactos, ya que jadeo en busca de la mayor cantidad posible de aire. Mi corazón también sigue latiendo, puedo sentir las palpitaciones en mi pecho y en mis oídos. Mi vida ha seguido su curso.

Mis ojos se abren, mis mejillas se sienten húmedas por las lágrimas que han traicionado mi control y se han deslizado por mi rostro.

Una sonrisa aparece en mis labios.

Las oleadas de dolor apenas se sienten como una caricia. Quizás el dolor se debilitó con el transcurso del tiempo, o quizás yo me había fortalecido lo suficiente para soportarlo. He vivido tanto tiempo con el dolor, soportándolo y luchando contra corriente, que ahora ya no es importante.

Me es inevitable sonreír por la sensación.

Esa historia que lleva años torturándome solo será una historia más de mi pasado. En esa historia, me caí del pedestal en el que me pusieron, caí directamente al agujero de oscuridad donde me recluí por años, me empujaron por un precipicio. Fueron meses de dolor en los que buscada desesperadamente algo para sostenerme y volver a subir hacia la luz.

En resumen, esos meses llenos de dolor y sufrimiento solo fueron un mal tiempo al que sobreviví. En pocas palabras, fue un mal momento y fue el hombre incorrecto.

Con energías renovadas, me pondo de pie.

Me acerco los pasos necesarios, subo los dos escalones que me separan del piano negro. Aun temblorosa, una de mis manos se estira hasta tocarlo. Mis dedos se deslizan por la superficie, acarician el barniz de la madera. La sensación es familiar, pero muy diferente. Este piano es más pequeño, es práctico para una habitación de un hotel. Por la textura de la superficie que estoy tocando, me siento valiente para decir que está nuevo, al menos fue hecho en este siglo. El color negro brillante te dice lo elegante que es, los detalles en color dorado están colocados en su lugar con precisión.

Es perfecto.

Es inevitable que haga la comparación con el otro piano que he visto, ese que es más perfecto que este, o que ninguno que alguien pueda llegar a tener en esta vida. Aquel piano era de color negro menos brillante que este frente a mis ojos, aunque sé por buena fuente que el barniz y la pintura eran los originales, los detalles también eran en color dorado. Pero lo que lo hacía excepcional era la forma que tenía en su silueta, esas curvas características de los muebles del siglo pasado.

Suelto la respiración bruscamente.

Mis dedos siguen recorriendo la superficie, mis piernas siguen moviéndome a su alrededor, hago un reconocimiento de campo de todo el instrumento. Finalmente, mi cuerpo cae obre el banco de madera que está frente al área de las teclas del piano. La tela que recubre el banco me da la bienvenida con suavidad, me genera una sensación de comodidad.

Una sonrisa aparece en mis labios. Mis manos frotan mi rostro para eliminar cualquier rastro de las lágrimas que se han deslizado por mis mejillas. Finalmente, mis dedos vuelven a deslizarse por la madera del piano, esta vez, con un nuevo pensamiento.

Ahora los recuerdos serán solo eso, recuerdos. Mi mente ya no se quedará atascada en esas pequeñas cosas que me torturan. Ya no. Me obligaré a dejarlas atrás.

Antes estaba dispuesta a tener una vida de fantasía en un mundo sobrenatural que nadie podría imaginar. Ya no. Ya no la quiero.

Ahora voy a tener esa vida humana que todos imaginan. Ahora mis sueños son diferentes.

—Ahí estas —una voz llega a mis oídos. Mi cuerpo se sobresalta. Me levanto del banco con un movimiento, mi cuerpo se mueve un par de pasos aun junto al borde del piano. Mis ojos buscan al dueño de la voz en el medio de la oscuridad. Mis ojos se colocan sobre la silueta que está del otro lado de la habitación.

Ahí está, ese hombre de ensueño que ha entrado a mi vida como un cometa. Ese hombre que ha abierto un mundo completamente nuevo para mí, un mundo en el que me siento cómoda como si fuese mi hogar. Y no voy a dejarlo ir. Me volveré la princesa de una historia que yo misma escribiré.

Si el zapato te queda, solo acéptalo y camina con él a todos lados.

—¿Qué estás haciendo aquí? —a mis oídos llega de nuevo el sonido de su voz ronca por las horas que lleva dormido. Su silueta está recostada contra el muro al otro lado de la biblioteca. Sus brazos cruzados sobre su pecho desnudo, su rostro somnoliento y su cabello despeinado de forma salvaje.

Luce jodidamente sexy.

—No podía dormir —digo en voz baja, pero clara.

—¿Está todo en orden? —pregunta. Sus ojos grises brillan bajo la leve luz.

—Podría preguntarte lo mismo —respondo desviando el tema. Una risa leve brota de sus labios.

—Desperté y no estabas —acusa. —Creí que habías huido de nuevo, estaba dispuesto a despertar a toda la seguridad del hotel.

Es mi turno de reír.

—No, esta vez.

No responde. Su cabeza baja en dirección a sus pies, por unos segundos luce vulnerable, derrotado, como si las palabras se hubieran quedado atoradas en su garganta y eso lo estuviera lastimando. Pero, así como llega ese sentimiento, es remplazado de nuevo por la seguridad que lo caracteriza.

—¿Tocas? —levanta la cabeza y señala con un movimiento el piano.

—¡No! —respondo instantáneamente. Las cejas de mi acompañante se levantan, sorprendido por el tono en mi voz. Hago un esfuerzo por controlarme —No, no sé tocar.

Christian me analiza con la mirada, asiente a mi respuesta. Su espalda se separa del muro, sus piernas se mueven dando pasos lentos en mi dirección.

Mi cuerpo se congela.

—¿Tienes algún problema con los pianos? —pregunta cuando llega frente a mí. Sube los escalones, su mano se estira a un lado de mi cintura, sus dedos acarician también la madera del piano.

—¿Por qué la pregunta? —giro mi rostro en la dirección opuesta al suyo.

—En mi casa —murmura. Un escalofrió recorre mi espalda, sé a dónde va la conversación. —Esa mañana, recorriste mi casa, bajaste la escalera, estabas tranquila y curiosa, pero, en el momento en que tus ojos miraron el piano, corriste muy asustada, como si hubieras visto un cadáver.

Trago el nudo de mi garganta.

—¿Cómo sabes eso? —miro en su dirección.

Toma una respiración, acomoda su postura, ahora tiene las dos manos descansando sobre la madera del piano. Hay un brazo suyo a cada lado de mi cintura. Me tiene prisionera con su cuerpo.

—Revisé las cámaras de seguridad —responde sin problemas.

Claro, pero que idiota soy. Por supuesto que tiene cámaras de vigilancia en su casa. Es un millonario, tiene seguridad por todos lados. Incluso yo tengo cámaras en mi casa, cualquiera las tiene.

—Quiero saber porque reaccionaste así —su voz es tranquila, pero, sus ojos me miran. —Dímelo —en su mirada está la orden silenciosa de decirle la verdad. Y yo no me puedo negar.

—No les tengo miedo —carraspeo, incomoda por la confesión que estoy a punto de hacer. —Tampoco tengo problemas con el instrumento, de echo me gusta la melodía, pero me traen recuerdos que quiero olvidar.

—Adivino —levanta sus cejas, me pide permiso. Asiento con mi cabeza —Él tocaba el piano.

No necesita decir más. Ambos sabemos a quién se refiere. Muevo mi cabeza arriba y abajo en un asentimiento silencioso. Christian mantiene sus ojos grises sobre los mis ojos, como si buscara algo en ellos. Una sensación me abraza, me siento abrumada por la intensidad de su mirada, siento que sus ojos me desnudan emocionalmente.

—Ven —dice. Una de sus manos se desliza por mi brazo, su mano se entrelaza con la mía.

Mi cuerpo se mueve detrás de él. Nos coloca frente al banco, pero detrás del piano. Con su mano libre rodea mi cuerpo, sus dedos se colocan sobre mi abdomen, aprieta mi cuerpo contra el suyo. Puedo sentir su respiración contra la parte trasera de mi cuello.

Suspiro disfrutando de la sensación.

Su mano suelta la mía, el calor de contacto se posa en un lado de mi cadera, su pulgar sube y baja acariciando el hueso que hay en ese lugar. Aun con la tela del pijama, puedo sentir a la perfección el calor que me regala su cuerpo.

De la nada, su cuerpo desaparece. La soledad se apodera de mi cuerpo.

—Siéntate —ordena, sus manos me toman de la cintura y tiran de mí con suavidad. Mi cuerpo cae obedeciendo su orden.

Quedo sentada en el banco de madera, en un hueco que hay entre sus piernas. Hay una de sus piernas está a cada lado de las mías, de nuevo su pecho está contra mi espalda, sus brazos acarician mis brazos desnudos. Sus labios depositan un beso en la base de mi cuello.

Cierro los ojos disfrutando de la sensación.

—No es justo lo que hicieron con nosotros —murmura. Sus labios descansan contra mi hombro.

—No, no lo es —digo, de acuerdo con él.

—¿Por qué debemos ser nosotros los que sufran? —pregunta, su voz es rota. Quiero girarme a mirarlo, pero no quiero que vuelva a subir esas paredes que lo mantienen en control. —¿Por qué debemos ser nosotros los que detengan su vida?

No respondo, no sé qué responder. Me he hecho muchas veces esa pregunta.

—Cuando la vi caminar en dirección la puerta de mi casa, cuando dijo que no podía más y decidió irse, sentí que perdía el control —su voz es un susurro.

Sé cómo se siente. Sé lo que es ver la espalda de la persona que amas mientras se aleja de ti.

—Pero la noche en la que me sentía más perdido, apareció un ángel vestido de tentación —rio sintiéndome encantada por su selección de palabras. Puedo sentir su sonrisa contra mi hombro. —Ese ángel está igual de roto que yo y aun así me demostró que perder el control no es malo.

Una de sus manos sube a mi rostro, me obliga a doblar mi cuello para mirarlo.

—Ellos tomaron su decisión —exhala con fuerza.

—¿Cuál fue la frase que usaste la noche en que nos conocimos? —pregunto haciendo memoria, una sonrisa aparece en mis labios cuando la recuerdo. —Ha, si, "Que se vayan a la mierda".

—Que se vayan a la mierda —repite sonriendo de nuevo.

Sus manos toman las mías, hace que mis brazos se estiren. En el medio de caricias, extiende mis dedos obligándome a tocar una superficie. No sé en qué momento abrió la cubierta de las teclas, pero mis dedos ahora están sobre las teclas del piano. Sus manos se deslizan sobre las mías, sus dedos se colocan sobre los míos.

Busco con mis ojos los suyos, nuestras miradas se enlazan, sus labios permanecen sellados. Su rostro se mantiene tranquilo. Sus dedos comienzan a presionar mis manos. Entre ambos apretamos las teclas de color blanco, luego las teclas de color negro. Christian se encarga de que las teclas suenen en una secuencia que él ha decidido.

Mis ojos se posan sobre nuestras manos. Es como si encajáramos ahí, enlazados de alguna manera, en ese momento.

La melodía nos rodea, es sencilla y solo se necesitan un par de teclas presionadas para que la melodía suene armoniosa. Ambos estamos disfrutando de ese momento y la sencillez que hay en él. Duramos minutos haciendo eso.

Cuando se detiene, sus manos se alejan de las teclas, bajan a mi cuerpo, rodeando mis caderas, descansando en mi abdomen.

—No quiero que vuelvas a pensar en él —ordena después de un silencio.

Inclino mi cuerpo hacia un lado, giro mi cuello buscando un ángulo donde pueda verlo. Mis ojos analizan los suyos, quiero saber que sentimiento esconde detrás del tono autoritario en su voz.

—No me gusta que pienses en él —dice, esta vez más suave, —no cuando yo no puedo parar de pensar en ti.

—¿Piensas en mí? —pregunto sintiendo que mi ego aumenta.

Me da una sonrisa, su rostro se inclina al mío, sus labios se colocan sobre mis labios, besándome lenta y tortuosamente. Sus manos hacen un esfuerzo por colocarme más cerca, aprieta y acaricia mi abdomen sobre la tela de mi pijama. El calor proveniente de su cuerpo se intensifica.

No quiero perder nunca esa sensación.

—Desde esa noche —habla contra mis labios, —eres todo lo que abarca mi mente —corta sus palabras para besarme de nuevo. —No puedo dejar de pensar en ti, en tu voz, tus ojos, tu cuerpo, en todas las maneras en las que te puedo hacer mía.

Joder. Esa frase acaba de echar a volar mi imaginación.

—Pero necesitamos ir a la cama —dice serio. Él y yo en una cama, eso sería interesante. Le ofrezco mi mejor mirada coqueta. —A dormir.

Mi mirada se transforma en una de molestia. No me gustó su aclaración. ¿Acaso disfruta de torturarme de esa manera?

Me pongo de pie, alejándome de sus manos. Escucho que suelta el aire en sus pulmones. El espacio que hay libre entre él y el borde del piano es reducido, solo me permite girarme sobre mis propios talones para enfrentarlo.

—No quiero —le digo con voz segura. No quiero dormir, no voy a poder hacerlo, al menos no después de que con una frase ha colocado imágenes en mi cabeza de nosotros sobre una cama.

—¿No? —levanta una ceja. Niego con mi cabeza. —¿Qué es lo que quieres?

Recuesto mi cuerpo contra la superficie del piano, mis manos bajan la tapa de las teclas, apoyándose en el ángulo que se forma. Mis ojos suben por todo el contorno de su cuerpo. Incluso ahí sentado, medio desnudo en el medio de la leve luz, se ve glorioso.

—A ti —respondo sin dudar. Sus ojos me analizan. —Quiero que me folles. Quiero que me hagas tuya, una y otra vez hasta que se me olvide mi propio nombre.

Mis palabras activan algo en su interior. Un brillo perverso y lujurioso aparece en sus ojos.

—Ten cuidado con lo que deseas —me advierte. Su lengua pasa por sus labios con una lentitud que me hace soltar un jadeo. —Quizás te tome la palabra.

Muerdo mi labio. Lucho contra el impulso de lanzarme encima de él.

—Hazlo —le digo segura. —Hazme tuya, quiero ser tuya.

Lo necesito. Aun siento en mi interior esa necesidad que había generado cuando me tocó en mi departamento. Llevo todo el maldito día deseando que vuelva a tocarme.

—¿Segura? —pregunta. Mi cabeza responde afirmativamente. —Háblame, necesito que me respondas con palabras.

—Si —le digo de sin titubeos. —Estoy muy segura.

Se pone de pie con un movimiento. Me provoca un sobresalto por lo repentino de su acción. Antes de que pueda decir alguna palabra, sus manos sostienen mi cadera con firmeza.

Eso me atrae de Christian, la seguridad y firmeza con la que hace las cosas. Desde que lo conocí demostró que está acostumbrada que las cosas se hagan a su manera, por más mínimas que sean. Todo en él grita "control". Su persona, sus empleados, su trato con las personas, incluso yo, todo tiene bajo control.

Sus ojos me miran, se aseguran de que quiera continuar. Y aunque, no digo palabra alguna, parece satisfecho con mi respuesta. De lo siguiente que me doy cuenta, es que sus labios están sobre los míos, demandando un beso al que respondo encantada. Sus labios acarician los míos, los succiona. Sus dientes muerden mi labio inferior. Su lengua se introduce en mi boca provocándome un gemido. Sus manos acarician mi espalda mientras me besa. Una de sus manos se pierde debajo de la tela de mi pijama, las yemas de sus dedos rozan mi piel, erizándola.

Joder, él sabe cómo provocarme.

Sus labios se desvían por mi mandíbula en dirección a mi cuello. Reparte besos húmedos y mordidos suaves por mi cuello y uno de mis hombros. Pequeños gemidos de placer se escapan de mis labios. Mi cuerpo reacciona a sus caricias con rapidez. Pronto, mi sexo se humedece, deseoso y anhelante de atención.

Las manos de Christian buscan el borde de la blusa de tirantes que llevo puesta. Agradezco el momento en que decidí traerla conmigo.

—Levanta los brazos —indica, yo obedezco. Sus manos tiran de la blusa para subirla por mi cuerpo, gracias a la tela holgada y delgada de la que está hecha, le resulta una tarea fácil sacarla por sobre mi cabeza. Ahora ambos tenemos la misma cantidad de ropa.

Por supuesto que no se detiene ahí. Sus dedos buscan el borde de mis pantalones del pijama, su pulgar aun acaricia mi piel lanzando un cosquilleo de anhelo a centro. Empuja la tela hacia abajo, la gravedad hace el resto del trabajo por él. La tela se desliza por mis piernas hasta el suelo, saco uno de mis pies, luego el otro, y con un movimiento empujo la tela lejos.

Un dejá vú me recorre.

Como la noche que lo conocí, me tiene delante de él, casi desnuda, usando solo mis bragas y expectante por su toque.

Muerdo mi labio. Sé que voy a tener de nuevo el mejor sexo de mi vida.

—No te muevas —ordena. Su cuerpo se acerca al mío y yo quiero soltar un jadeo por su cercanía.

Su presencia es imponente, oscura, deseosa. Es un demonio que te incita a pecar.

Se inclina hacia un costado, como si yo solo fuera algo que le molesta llegar a su objetivo real. Su brazo se estira, pasa por un lado de mi cuerpo, veo las venas en su brazo brincar por los movimientos que hace. Escucho el sonido de la madera chocando en el piano detrás de mí, un par de sonidos más y su cuerpo se acomoda en su lugar, frente a mí.

Sus manos acarician mis hombros, bajan por pechos, mi abdomen, mi cintura, se mueven a mi espalda baja, luego a mis nalgas. Sus manos masajean mi piel, la estrujan con fuerza y me da una nalgada. De nuevo me sobresalto, pero no me muevo.

Se inclina ligeramente hacia mí, uno de sus brazos rodea mi trasero con firmeza, me levanta en el aire sosteniéndome por la espalda con su otro brazo. Me manipula en el aire hasta depositarme sobre la superficie del piano. Ahora entiendo que el sonido era la madera del piano bajando para crear una superficie plana. La tapa del piano y la de las teclas han sido bajadas.

Las manos de Christian regresan a mis piernas, da unas palmadas en mis muslos y los empuja para abrir mis piernas. Su cuerpo se acomoda entre mis piernas que han quedado colgadas. Un gemido escapa de mis labios cuando siento su creciente bulto chocar con la fina tela de mis bragas. Sé que él también lo siente, sé que siente la humedad y calidez hay en mi sexo.

Lo sé porque su respiración se vuelve pesada.

De nuevo se precipita a mis labios. Esta vez ambos tenemos un mejor acceso al otro. Él toma mi espalda y me presiona contra él, yo tomo sus hombros y lo atraigo a mí. Pequeños gemidos de placer se escapan de mis labios por las sensaciones que me causa. Sus labios se desvían por mi cuello, da besos húmedos y mordidas suaves que solo hacen que mis gemidos aumenten.

Mis manos tiran de sus hombros buscando acercarlo más a mí.

Una de sus manos sube a mi pecho, elije uno de mis bultos para ponerle atención, su mano masajea un par de veces con pereza, sin prisas. Sus dedos hacen el siguiente movimiento, aprisionan mi pezón, lo acarician, aprietan, jalan, masajea mi pecho y mi pezón sin piedad. Millones de sensaciones atacan mi cuerpo.

La mano que tiene libre sube a mi mandíbula, tomando mi rostro con firmeza. Ese movimiento acerca mi rostro al suyo, sus labios toman los míos de nuevo, esta vez, ahogando mis gemidos en su boca.

Joder. Es inevitable que me encienda más.

—Recuéstate —dice separándose de mí. —colócate sobre tus codos.

Su mano empuja mi torso hacia atrás. Me acomodo en la posición que él dice. Mi cuerpo se extiende sobre la superficie del piano, mis brazos sostienen mi torso de manera que siga mirándolo.

Con sus labios ataca mi cuerpo de nuevo. Esta vez, se colocan sobre uno de mis pezones. Un grito se escapa de mi cuando siento sus dientes morder la piel sensible. Su lengua y sus dientes juegan con uno de mis pechos, mientras su mano le pone atención al otro. Cada cierto tiempo cambia de posiciones, su boca alterna de uno a otro, asegurándose que ninguno se pierda de la atención. De su parte hay besos húmedos, mordidas, tirones, caricias. De mi parte hay muchos gemidos y jadeos.

Mi cabeza cae hacia atrás, disfrutando de la corriente eléctrica que se forma en mi sexo y se dispara a todo mi cuerpo. Pero necesito más. Lo necesito a él.

Sus labios bajan por el área entre mis pechos, su lengua se pasea por mi abdomen hasta el borde de mis bragas. Esta noche no estoy usando la lencería sensual de la primera vez, pero me alegro haber elegido unas bragas de encaje color verde que hacen que mi piel resalte. Su rostro se aleja de mi piel, sus ojos se pasean por mi cuerpo y sonríe satisfecho por la imagen que tiene frente a él.

Sus manos acarician el interior de mis muslos, se pasean por mis piernas, hasta que encuentran mis tobillos que cuelgan del piano. De un movimiento sube mis piernas a la superficie sobre la que me encuentro, acomoda mis pies sobre la madera que cubre las teclas del piano. Ahora tengo las piernas elevadas y abiertas para él.

—No te muevas, Isabella —me advierte. El tono de su voz me dice que habla enserio. —Si te mueves te voy a dejar aquí y me iré a dormir. ¿Entendiste?

—Si —le digo. Sé que necesita escucharlo con palabras.

Juguetea de nuevo con mis piernas. Eriza mi piel por donde deja caricias. Sus dedos alcanzan el borde de mis bragas. Con su mirada sobre la mía, tira del elástico, lo suelta dejando que choque con mi piel.

Hay una expresión en su rostro, como un niño que planea su próxima travesura. Le ofrezco una mueca confundida. No dice nada. Su rostro baja hacia mi sexo, deposita un beso sobre la tela que cubre mi monte de venus.

—Hueles delicioso —su aliento y su respiración me producen un escalofrío. —Espero que no le tengas mucho cariño.

Siento la sonrisa en sus labios mientras pronuncia esas palabras. Sus dedos se cuelan por debajo de la tela de mis bragas. El silencio que nos rodea es interrumpido por el sonido de la tela desgarrándose. Si sigue así, pronto me quedaré sin una sola pieza de ropa interior para usar.

—Ahora me debe ropa nueva señor Grey —digo agitadamente. —Estas son las segundas bragas que me rompes.

—Te comparé toda la ropa que quieras —me dice entre besos. —Ahora, no te muevas, Isabella.

Su gruñido hace que mi boca se cierre de golpe.

Sus dedos mueven los retazos de tela que han quedado colgando de mi cuerpo. Uno de sus dedos se pasea por toda la extensión de mi sexo. Sube y baja creando una necesidad en mí. Mi respiración es entrecortada y mis piernas tiemblan de anticipación. Con ayuda del resto de sus dedos, separa mis labios y busca la entrada de mi coño. Su dedo se pasea por mi entrada, se mueve alrededor, la yema de su dedo ejerce un poco de fuerza cuando se presiona como si tuviera la intención de entrar en mí, pero luego se desvía para volver a acariciarme.

Maldita sea, me está torturando.

—Estas tan mojada. —murmura. Su pulgar se presiona contra mi clítoris.

—Mmm-hmm —digo mordiéndome el labio. Estoy haciendo un enorme esfuerzo por no moverme, tal y como él me lo ordenó.

Lo siguiente que siento es su dedo deslizándose en mi interior. Un gemido audible se escapa de mi garganta. Bombea un par de veces mi coño, antes de deslizar un segundo dedo en mí. Su mano marca un movimiento de meter y saca con sus dedos su pulgar sigue haciendo movimientos en mi clítoris, estimulándome sin piedad.

Mi respiración es entrecortada, mi boca está abierta buscando tomar más aire. Mi garganta suelta jadeos y gemidos con cada movimiento que hace.

Lo siguiente que siento es que su boca ayuda a sus dedos. La humedad de su lengua produce que las oleadas de placer aumenten. Pasa un rato usando su boca, chupando mi clítoris, su lengua y sus dedos penetrando mi coño. Yo me retuerzo sobre la superficie.

—No te corras —la voz de Christian me trae de regreso a la realidad. Se ha alejado de mí.

Mi cabeza da vueltas mientras lo veo bajar sus pantalones y lanzarlos lejos. Después sigue con sus bóxers, liberando la enorme erección que tiene. Una de sus manos toma su miembro bombeándolo un par de veces. Sus brazos se posan por debajo de mis piernas y tira de mi cuerpo para acercarlo más al borde.

Suelto un grito ahogado cuando siento su cuerpo chocar contra el mío. Nuestros labios se unen, hambrientos por el deseo que sentimos el uno por el otro. Nuestra cercanía produce que el calor de mi sexo roza su miembro produciéndome un gemido de satisfacción. Sus dedos de nuevo se pasean por mi coño, asegurándose que esté lista para él.

Se separa de mis labios, él también está jadeando.

Sus ojos grises se posan en los míos. Me mira intensamente, hace la pregunta en silencio, pero yo no necesito palabras, con mi mirada le ruego que entre en mí. Acomoda de nuevo mis piernas para dejarme totalmente abierta. Con ayuda de su mano conduce su polla a mi entrada, presiona mi entrada un par de veces, hasta que finalmente se desliza en mi interior. Mi boca suelta un profundo gemido. Mi cabeza cae hacia atrás disfrutando de la sensación.

—Joder —jadea. —Cariño, te sientes tan bien.

Se desliza fuera de mi cuerpo con lentitud. Sus manos presionan mi abdomen con fuerza, manteniéndome en mi lugar. De nuevo entra en mí, esta vez más profundo.

—¡Oh si! —gimoteo, perdida de placer.

Esta vez Christian se mantiene dentro de mí, pero su cadera comienza a taladrar contra mi cuerpo. Su polla se mueve en el interior de mi coño, entra y sale de mí, con un ritmo marcado. Con cada estocada siento que llega más profundo.

Dejo que mi cuerpo se pierda en las sensaciones que me está ofreciendo. Puedo sentir mis pechos rebotar al ritmo de su cuerpo, eso solo hace que mi placer aumente. Debajo de mi espalda, mis manos se aprietan en un puño. Aun no me puedo mover, quiero sostenerme de algo, pero mis brazos dejarían de sostener mi torso.

No quiero molestarlo, no quiero que se detenga.

Sus caderas chocando con las mías y los jadeos de ambos son todo lo que se escucha en el lugar. Christian marca un ritmo, es rápido, duro, desesperado. La única palabra coherente que puedo pronunciar es su nombre, la digo una y otra vez acompañada de gemidos y sonidos ahogados por el placer que me envuelve.

—Levanta la cabeza —su voz es ahogada, pero aún está el matiz de autoridad en sus palabras. —Abre los ojos, quiero mostrarte algo.

Mi cuerpo obedece. Mis ojos luchan por mantenerse abiertos, mi cabeza se inclina sobre mi pecho.

—Observa —señala con su mirada hacia donde nuestros cuerpos se unen. —Mira lo bien que me pierdo en ti, mira lo bien que nuestros cuerpos encajan.

Mis ojos siguen su mirada. Veo nuestros cuerpos chocar uno con otro. Su polla sigue entrando y saliendo de mí, produciendo que la humedad se comienzo a desbordar de mi coño.

Es inevitable que me pierda en las sensaciones. El sonido me atrapa, la vista me hipnotiza. Sigue entrando y saliendo de mí. La humedad ya se está desbordando de mi sexo. En mis entrañas se está formando un nudo de placer que amenaza con estallar.

—Mira lo bien que nos vemos follando sobre un piano —sus embestidas aumentan, su ritmo aumenta llevándome al borde antes de detenerse.

Sale de mi interior. Lloriqueo cuando la presión de su miembro desaparece de mí.

Sus manos toman mi cuerpo de nuevo, me arrastra para que me baje del instrumento. Me rodea de las caderas, ayuda a mis piernas temblorosas a sostenerme frente a él.

—La próxima vez que veas un piano, no quiero que pienses en él —su rostro se inclina en dirección al mío, sus labios rozan los míos. Mi cuerpo se sacude, expectante. —Cuando veas un piano, quiero que pienses en mí.

Su cuerpo cae sobre el banco del piano. Sus manos arrastran mis caderas cerca de él obligando a mis piernas a moverse un par de pasos. Da una palmada a mis nalgas antes de subir sus ojos a los míos para decirme que es lo que quiere.

Mis piernas se acomodan a sus costados, uso sus hombros como un soporte para ayudar a mi cuerpo a colocarse a horcajadas en su regazo. Me impulso para subir al banco, mis rodillas se acomodan una a cada lado de su cuerpo. Conduzco mis caderas hacia abajo, él con su mano me ayuda a sostener su miembro en posición para mí. Suelto un grito de placer cuando lo siento de nuevo en mi interior.

Estoy de horcajadas en su regazo, con su polla en mi interior. Esta vez soy yo quien marca el ritmo, muevo mi cadera buscando abarcar la mayor cantidad de él. Soy yo quien marca el ritmo con el que se pierde en mi interior. Subo, bajo, giro, voy hacia adelante y hacia atrás desesperada por sentirlo.

Mierda. Daría lo que fuera por tenerlo así por siempre. Daria cualquier cosa porque fuera completamente mío.

Mis uñas se presionan sobre la piel de sus hombros, me sujeto con fuerza para ayudarme a moverme sobre él.

—Quiero que solo pienses en mí —gime contra mi oído. —Quiero ser yo quien te domine, quiero ser el amo de tu cuerpo y de tu mente.

Joder sí, yo también quiero eso.

Mi boca trata de responder, pero solo salen palabras incoherentes, gemidos y gritos desenfrenados.

Sus manos se colocan de golpe en mi trasero. Ahora es él quien tiene el control. Mueve mi cuerpo de arriba abajo montándome sobre su verga con fuerza. Dejo que haga conmigo lo que quiera, pierdo el control de mi cuerpo, lo único que puedo hacer es sostenerme de sus hombros.

—Por favor... —suplico, —voy a... —murmuro. —Christian...

Siento la ola de placer rodear mi cuerpo. Dejo que la corriente me lleve. Mi cabeza cae hacia atrás, mi espalda se arquea y chillo del placer que me empuja cerca del borde. Mi cuerpo se comienza a sacudir, pero Christian sigue moviéndome sobre él, fallándome con desesperación. Ambos nos perdemos en un mar de gemidos, gritos y gruñidos.

—Córrete cariño—me dice en mi oído. —Córrete conmigo.

Su orden, el sonido grave de su voz, sus movimientos, todo me empuja a un orgasmo. Siento mis paredes rodearle, ordeñándolo, provocando que gruña mi nombre.

—Eres mía, nena —dice jadeando por aire. —¿Entendiste?

—Si —digo sin dudarlo.

Nos toma algunos minutos recuperar las fuerzas y controlar nuestras respiraciones.

—Vamos a limpiarte —Christian se levanta tomándome entre sus brazos, envuelvo mis piernas alrededor de su cintura para sostenerme mejor.

Me conduce hasta el baño, se asegura de limpiarme el líquido que escurre por mis piernas, él también hace lo suyo con su cuerpo. Podría ser más rápido con una ducha, pero estoy usando lo que resta de mi energía para mantenerme despierta, él lo nota y prefiere solo limpiar mi cuerpo y dejarme descansar.

—A la cama —ordena de nuevo.

Me empuja hasta la habitación, mi cuerpo se deja mover por él, mis piernas se sienten de gelatina, pero las obligo a que se muevan. Sus manos me conducen hasta la enorme cama, mueve las sábanas, acomoda nuestros cuerpos sobre el colchón, asegurándose de cubrir nuestros cuerpos desnudos con la suave tela.

Giro mi cuerpo buscando un mejor ángulo que me permita observarlo. Está ligeramente más arriba, con su espalda contra las almohadas y su cabeza recostada sobre su brazo que descansa en la cabecera. Sus ojos están fijos en la visa de la ciudad que ofrece la pared de cristal. Su rostro se ve tranquilo, su respiración está de la misma manera.

Un arranque de valentía me recorre.

—¿Quién te hizo las cicatrices? —le pregunto. Su tranquilidad se esfuma antes de que pueda terminar de hacer la pregunta.

Desde la primera noche noté las cicatrices que sobresalen de la piel de su pecho y una que otra que está en sus brazos. No son grandes, en realidad son como pequeños círculos, pero es entendible que le sea incomodo, son bastante las marcas que decoran su torso. También noté que el tema es un terreno peligroso para él. Incluso tocar esa área de su cuerpo hace que su seguridad se vaya a la mierda.

—A dormir, Isabella —su voz es brusca y cortante.

Acomodo mi cuerpo en posición fetal, acurruco mi cuerpo para generarme calor.

—Yo también tengo muchas cicatrices —murmuro antes de cerrar los ojos y perderme en lo que resta de la noche.

Cuando mis ojos se abren a la mañana siguiente, estoy sola en la enrome cama. El enorme ventanal frente a mí me muestra la ciudad en su esplendor, el sol está en un punto alto sobre los edificios, la vida en la ciudad comenzó desde muy temprano.

Tomo una profunda respiración. Debo levantarme y prepararme para la reunión con Lucas. Yo sola me metí en esto y ahora debo hacerle frente.

Resignada, me deslizo con cuidado de la cama, me escabullo fuera de la habitación. El pent-house luce muy diferente bajo la luz del sol, mis ojos ahora si pueden disfrutar de los detalles a todo color. La imagen me hace sonreír. Me muevo por el lugar en dirección a la habitación de baño. Mientras paso a un lado de la entrada del gimnasio, escucho ruido. Es probable que Christian esté dentro.

Por supuesto que el cuarto de baño no es la excepción al resto del pent-house. La entrada es reducida, pero lo primero que ves es un espacio con un ventanal de cristal y una vista a parte de la ciudad que da a un costado del Central Park. A la izquierda está el espacio de la taza del baño, pero a la derecha es donde se extiende el espacio que es ocupado con una bañera bastante amplia con funciones de hidromasaje. Más adelante está la ducha, separada por un cancel de cristal, frente a esta, están dos lavamanos, ambos con un espejo grande e iluminado con luz propia. Además, que hay espacios para acomodar tus cosas personales.

Tomo un tiempo para mirarme en uno de los espejos. Mi apariencia es mejor de lo que me imaginé. Mi cabello está ligeramente despeinado, las sombras negras debajo de mis ojos son mínimas, aunque si se perciben por la palidez de mi piel. Otras manchas llaman mi atención, en mi barbilla y en mi cuello están comenzando a brotar marcas color morado. Muerdo mis labios para contener un grito. Tengo mínimo cuatro chupetones marcando mi piel y es muy probable que ni el maquillaje los cubra.

Fulmino con la mirada la puerta del baño, deseo que el hombre escondido en el gimnasio sienta mi mirada molesta.

Sacudo mi cabeza, tomo todo lo que necesito para mi maño y me coloco entre la bañera y la ducha. Difícil decisión. La bañera llama mi atención, unas ganas inmensas de utilizarla me inundan, pero no quiero andar después a las carreras por haber perdido el tiempo dándome un baño relajante, así que la ducha parece la mejor opción en este momento. Además, preferiría tener algo de compañía para usar la bañera.

Maldita sea. ¿No puedo pensar en otra cosa? ¿Ahora me volveré ninfómana?

Actúo con rapidez para no darle más tiempo a mi cerebro de pensar las cosas. Me desvisto, dejo mi pijama de lado, abro el cristal de la ducha ingresando mi cuerpo al cubículo. Doy un par de vueltas para corroborar cuanto espacio hay al lado de mi cuerpo, no quiero golpearme con nada. Por supuesto que esta ducha es más amplia que la de mi casa.

Mis manos se estiran, giro las manijas de las llaves y dejo que el golpe de agua caiga sobre mi cuerpo. El agua que había en la tubería cae sobre mí con el mismo sentimiento de una cubeta de agua helada que hace que mis músculos engarrotados y un poco adoloridos por la actividad de anoche se despierten.

Poco a poco giro las manijas de las llaves hasta que consigo la temperatura del agua que es de mi agrado. Lavo mi cabello y mi cuerpo hasta asegurarme que me siento completamente limpia.

—Aquí estas —dice una voz gruesa en mi oído, sus manos rodean mi cintura. Mi cuerpo se sobresalta, no escuché el momento en que llegó hasta mí. —¿Cómo te sientes?

Analizo su pregunta, en el tono de su voz hay algo, un doble sentido que quiere darle a esas palabras. ¿Lo dice por el sexo de anoche? ¿Por mis extrañas divagaciones? ¿Por el casi exorcismo a los fantasmas del pasado? No lo sé, pero sé que estoy bien. Ahora que me di una ducha y me siento limpia, siento que mi mente también está más despejada.

—Estoy bien —me giro para mirarlo. Mi cuerpo desnudo se desliza con facilidad entre sus brazos. Ahora lo tengo frente a mí, ambos desnudos, con el agua cayendo sobre ambos, pero él aún sigue parcialmente seco. Hay algo en él, algo que no estaba anoche en sus ojos.

—Pedí el desayuno —avisa. —Ya está en la mesa.

Sus manos se tensan en mi cintura, sus brazos se doblan y se pegan aún más a él. Su rostro está cera del mío, su respiración choca con la mía. Me muero por besarlo. El brillo de sus ojos me detiene, tiene un matiz más oscuro en ellos, como si una sombra los estuviera cubriendo.

Mis manos suben a sus brazos mientras un debate nace en mi interior. Quiero acercarlo a mí, quiero decirle que puede confiar en mí. Pero también quiero alejarlo, quiero reclamarle por poner un muro entre ambos.

—¿Por qué te contienes? —la pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Desde anoche lo noté, la manera en la que me tocó fue muy diferente a esa primera noche que lo conocí. La manera en la que en un momento puede estar tocándome con desesperación, luego con anhelo y al siguiente momento con miedo, me marea. Pareciera que a cada segundo se pregunta cómo debería actuar conmigo.

Se queda allí, de pie bajo la ducha, sin mover un solo músculo, pero mirándome con sorpresa. Mis ojos observan como la manzana en su garganta subir y bajar, le cuesta hablar para darme una respuesta, le cuesta procesar una frase que me haga comprenderle. Sus manos caen a los costados de su cuerpo.

Quiero preguntarle, quiero saber qué es lo que lo tortura.

—Te esperare para desayunar —es lo que me atrevo a decir. Le ofrezco una sonrisa antes de rodear su cuerpo y salir del cubículo de cristal.

Dándole la espalda, tomo una de las batas de baño que están dobladas en uno de los estantes, la coloco sobre mi cuerpo, tomo mis cosas y salgo del cuarto de baño, el exceso de humedad de mi cabello se desliza por mi cuello, las gotas dejan un cosquilleo en la piel por donde pasan. No me molesto en secarlo. Dejo las cosas que hay en mis manos en la habitación y regreso buscando el aroma del café.

Tal como Christian mencionó, en la mesa que tiene el fondo la pared de cristal con la ciudad detrás, servido y listo para comer, está el desayuno. Hay varias charolas cubiertas, además de una cafetera, una jarra de jugo, tazas, vasos y platos.

Saboreándome con el aroma de la comida, tomo una de las tazas, sirvo un poco de café en ella y la llevo a mis brazos. El sabor y el aroma del líquido humeante terminan por despertar mis sentidos, ahora si puedo decir que estoy completamente despierta. Unos minutos más tarde escucho ruido que proviene cerca de mí.

—¿Café? —le pregunto mirándolo sobre mis pestañas. Christian se sienta en la silla frente a mí con el cabello húmedo, el trozo desnudo y usando solo unos pantalones de algún conjunto deportivo. Sirvo el líquido caliente en la otra taza y se la ofrezco.

—¿Hambre? —pregunta con una ceja arriba. Sus brazos cruzan la mesa destapando las charolas y sirviendo dos platos de comida.

—Demasiada —sonrió tomando el plato que me ofrece. Sus ojos me hacen una señal para que empiece a comer, después, me imita. Ambos comemos entre conversaciones triviales, más que nada, preguntando cosas sobre el otro, conociéndonos.

—¿Por qué dejaste Arizona? —me mira interesado. Yo en cambio estoy sorprendida por su pregunta. En mi cerebro aparece el recuerdo de cuando dijo que había investigado a los empleados del periódico, entre ellos, yo, por supuesto. Tomo un par de respiraciones antes de responder.

—Mi madre se volvió a casar —le explico la historia. —Ella quería su espacio, y yo quería ir a la universidad.

No miento. Al menos no completamente. En mi expediente aparece que viví con Renée en Arizona hasta que decidí venir a la universidad de Seattle. Oficialmente, el año que pasé en Forks, está borrado. O en las sombras, al menos.

—¿Y en Forks cuanto tiempo viviste? ¿Un año?

En mi garganta algo se detiene. El líquido que se va deslizando, el aire que mis pulmones habían tomado, mi alma que trató de escapar de mi alma, no lo sé, pero algo se queda atorado ahí, impidiéndome respirar.

—¿Estas bien? —me mira preocupado.

—¿Cómo sabes eso? —pregunto buscando mi propia voz. Suspira con fuerza.

—¿La verdad? —pregunta. Hago un gesto con mi cabeza pidiendo que continúe, me da una mirada, pero accede. —Ordené que te investigaran.

Mi-er-da.

—¿Qué más sabes? —le miro, asustada. La idea que me haya investigado no me resulta sorprendente, me asusta que tan lejos fue en la investigación. Hay cosas de mi pasado que no se pueden saber, al menos no todos los detalles.

—Sé que tus padres se divorciaron cuando tú tenías solo tres meses y que viviste con tu madre hasta hace seis años que te mudaste con tu padre —cada palabra que menciona hace que mi cuerpo tiemble. —Sé que, en realidad, Angela y tú se mudaron desde Forks.

Hago un esfuerzo por mantener mi rostro en blanco. En el interior estoy gritando de ansiedad y nerviosismo.

—Sé que estudiaste Literatura y Periodismo en la universidad de Seattle y que te graduaste casi dos años antes por el trabajo de campo que hiciste al trabajar en el periódico durante la universidad —el aire entra a mis pulmones, cambiar al tema de la universidad me permite respirar de nuevo. —Por cierto ¿cómo fue que conocieron a Leonard?

—Cuando Angela y yo nos mudamos a la ciudad, tuvimos varios problemas, con la mudanza, con el otro departamento y con nuestro dinero. Yo me topé a la señora Grayson mientras estábamos en un supermercado — sonrío levemente por el recuerdo. —Diez minutos después, mi amiga y yo íbamos en su auto rumbo a su casa.

Christian me mira en silencio, atento a mis palabras.

—Ahí conocimos al señor Grayson —aclaro. —Les contamos nuestros planes, la universidad y esas cosas, el señor Grayson nos obligó a regresar a casa, empacar nuestras cosas y al día siguiente, el camión de la mudanza estaba entregando nuestras pertenencias en lo que ahora es nuestra casa.

—Leonard es así —acepta. Sí, mi jefe y su esposa son personas con un corazón muy grande. —¿Por eso ahora viven en el edificio que es de su propiedad?

—Angela y yo somos de las pocas afortunadas que no debe pagar el alquiler. La señora Grayson nos ofreció trabajar en la asociación a cambio de permitirnos vivir en sus departamentos —una leve sonrisa se coloca en mis labios. —Angela y yo aceptamos sin dudarlo. Trabajamos ahí durante nuestro primer año de la universidad, ahora solo somos voluntarias.

—¿Cómo entraron al periódico? —pregunta.

—Yo entré primero, fue cuando iba en segundo año —mis ojos se pierden en mi taza de café, mi mente me transporta a los recuerdos. —En ese entonces, el señor Grayson me pedía que cubriera algunos reportajes pequeños, o que escribiera alguno que otro artículo, incluso me dio la oportunidad de revisar algunos manuscritos. Angela entró después, cuando le faltaban dos años de la universidad.

—Se nota que ambas saben hacer su trabajo —comenta. Yo sonrió orgullosa.

—¿Solo eso? —lo reto. Necesito que me diga todo lo que sabe de mí. —Creí que alguien como tu haría mejores investigaciones.

Se ríe, pero enseguida su rostro se contrae en una mueca cautelosa.

—Phoenix, hace cinco años —murmura, sus ojos me observan, cautelosos. Mi respiración se corta, mi cuerpo se estremece como si acabara de golpearme.

—¿Qué tiene? —trato de sonar desinteresada. Fallo, por supuesto.

—Estuviste unos días en el hospital, tuviste un accidente. —Levanta una ceja, está atento a mi reacción. —Resbalaste, caíste por las escaleras y ¿atravesaste una ventana?

Mi alma abandona mi cuerpo. Puedo sentir sobre mi piel cada trozo de cristal que se incrustó en ese momento, siento la sangre que escurre por mi cuerpo, siento mis huesos rotos, siento que la mordida en mi muñeca comienza a arder.

Se supone que nadie sabría de ese accidente. Se supone que estuvo tan bien coordinado como para que nadie se cuestionara al respecto. ¿Sabrá de mis otros "accidentes?

—¿Eso dice el reporte médico? —le pregunto. Él asiente. —Cuando estas en el hospital, pasas mucho tiempo drogado con medicamentos.

—¿Aun no desarrollas alguna inmunidad o alergia a los medicamentos? —pregunta, divertido. Esa es su respuesta a que si ha visto todo mi historial de accidentes.

Me siento abochornada. Es inevitable que me sienta incomoda por esa parte de mi vida.

—Espero que no —suspiro. —¿Qué más dice el reporte médico?

—¿No lo leíste? —me mira asombrado. Yo niego. —Cuando estemos de regreso en Seattle te muestro todo el expediente.

—Bien —acepto. Tengo curiosidad, hay muchas cosas que se encargaron de esconderme y yo nunca pregunte. Ahora quiero saberlas.

Bajo la cabeza, pongo mi atención en lo que resta de mi desayuno.

—¿Te molesta que te haya investigado?

—¿Haces eso seguido?

—Si —dice sin dudar.

Lo pienso un segundo.

Un hombre millonario que tiene una extraña fijación por mí investiga mi vida privada e invade mi privacidad. ¿Debería molestarme? Joder, claro que sí.

Un hombre millonario que, debe tener cuidado con aquellas personas que lo rodean, por lo que investiga la vida y antecedentes de aquellos que están a su lado, ¿es extraño? No.

Mierda.

Si veo el lado bueno de esto. Me evitó contar partes de la historia.

—¿Alguien más sabe de eso? —pregunto aun insegura.

—No —dice seguro. —La persona que investigó tiene un contrato de confidencialidad, te aseguro que no le conviene hablar del tema.

Ahora me preocupa que tenga amenazado a alguien. ¿Eso es legal?

—Está bien —trato de sonar casual por su confesión. Sus labios se levantan con una sonrisa oculta.

—Sigue comiendo —me indica con su barbilla el plato a medias frente a mí. Lo obedezco, arrepintiéndome en el proceso. Después de la conversación, la comida sabe amarga. —¿A qué hora es la reunión?

—Al medio día —le respondo.

Christian entrecierra los ojos. Su postura se endurece.

—¿Qué sucede?

—¿Tu elegiste la hora? —pregunta, su voz es áspera.

—No —sacudo la cabeza. —La secretaria de Lucas me avisó esta mañana.

—Qué conveniente —sisea entre dientes, su cabeza se inclina y sus ojos se oscurecen. No está conforme con algo de lo que he dicho.

Escuchamos un sonido proveniente de la puerta. Christian mantiene su concentración en su comida, yo si me giro a buscar el causante del sonido.

Un Taylor sonriente y animado hace acto de presencia.

—Buen día —nos ofrece una sonrisa. Me encanta que su estado de ánimo al parecer es mucho mejor que el nuestro

—Taylor —asiente Christian.

—Hola Taylor —le sonrió bebiendo el último sorbo de mi café.

—Buen día, señor—responde el asentimiento de su jefe. —Señorita Swan — sonríe. —Si me permite, luce radiante esta mañana. ¿Durmió bien?

Sé que no luzco tan bien como ayer que nos conocimos, pero mentir de esa manera es un poco descarado. Un momento, ¿Taylor escuchó lo de anoche?

—Taylor, deja de ruborizar a Isabella y entrégale lo que has traído —Christian le da una mirada divertida al hombre y a mí.

—Claro, señor —Taylor sonríe y regresa por donde vino.

Con la palma de mi mano doy toquecitos suaves en mis mejillas tratando que el calor desaparezca de ellos.

—Te ves maravillosa con la piel así —Christian suspira. Eso solo hace que el color en mi piel aumente. —Taylor trajo algo para ti, espero que te guste.

Su mirada se levanta a mis espaldas, me giro sintiendo que la emoción recorre mi cuerpo. Nunca me había sentido tan emocionada por un regalo.

Taylor regresa, esta vez, camina hasta la mesa cerca de nosotros. En sus manos está una caja de color beige, con un listón en color gris oscuro. Se ve grande, pero no pesada. Me pongo de pie y la tomo en mis brazos.

—Úsalo hoy —Christian me dice con una ceja arriba. —Ve a prepararte para la reunión, yo iré en un momento, hay algo que quiero hablar con Taylor.

—Gracias —le digo, Christian me sonríe. —Gracias, Taylor —digo sonriendo.

Me muevo, alcanzo la puerta de la habitación casi corriendo. Coloco la caja en la cama para tener las dos manos desocupadas para abrirla. Mis palmas pican por la desesperación de abrirla para ver su contenido. Me duele cuando deshago el precioso moño de color gris. Mis dedos acarician los bordes de la cinta.

Suspiro. Mis dedos retiran con cuidado la tapa de la caja.

El interior de la caja está dividido en dos, uno está cubierto, como si fuera otra caja dentro de la caja. El otro lado, un fino papel está perfectamente doblado. Mi mano hace a un lado el papel y descubro una prenda de color beige. Mis manos la toman, extendiéndola frente a mis ojos. Es un conjunto de una falda, una blusa de botones y un saco del mismo color de la falda. Se ve muy femenino, elegante y costoso. Del lado que tiene otra pequeña tapa, hay un par de zapatos altos del son de un tono un poco más oscuro.

Mis dedos tamborilean en el borde de la caja. ¿Christian despertó temprano a Taylor para que fuera a comprar esto? ¿Acaso, Christian volvió a dormir después de nuestra aventura en el piano? ¿Eso hace cuando tiene insomnio? ¿Se pone a gastar dinero?

Estaba decidida a usar la ropa que ya había preparado para la reunión de hoy, pero el detalle es hermoso y no quiero perder la oportunidad de utilizarlo. Además, me apenaría con Taylor por echar a perder su esfuerzo, y me avergonzaría que él se haya levantado tan temprano y yo no acepte el regalo.

Me muevo por la extensión de la habitación, buscando todo lo que necesito para arreglarme. Debo darme prisa si quiero llegar a tiempo a la reunión. Comienzo por mi cabello, termino de secarlo y aprovecho para cepillarlo y acomodarlo. Luego me maquillo lo menos que puedo, quiero cubrir la zona oscura debajo de mis ojos, pero, el clima es algo cálido, o al menos eso dice mi teléfono y no quiero que en algunas horas parezca que tengo un helado derretido en mi rostro. Donde me tardo más tiempo es en mi cuello, ocultando las marcas que obtuve anoche, aunque la blusa del conjunto tiene un cuello algo alto, la tela no es muy gruesa como para ahorrarme el maquillaje en esa zona.

Me tardo más de lo planeado, pero cuando termino, me miro por última vez al espejo, reviso los detalles de mi aspecto, me aseguro de que todo esté en su lugar antes de salir de la habitación.

Busco en mi bolso lo más necesario, el resto lo dejo de lado en una de las mesas para ir lo más ligera que puedo. Tomo el folder que es el culpable de que esté en esta ciudad, le doy un vistazo rápido.

—Luce espectacular, señorita Swan —Taylor aparece detrás de mí. Su rostro luce satisfecho por la elección que ha hecho. Levanto mi cabeza y le sonrió.

—Gracias Taylor —digo agradecida. Mis manos acomodan mi ropa, me aseguro de que esté en perfecto estado. —Es justo lo que necesitaba.

—Me alegra ser de ayuda —dice amable.

—¿Lista? —Christian aparece de otro lado del living.

Su mirada va de arriba abajo, recorre mi cuerpo para asegurarse que todo esté en su lugar. Mis ojos también se deleitan. Está usando un clásico traje de color gris, está acomodándose la corbata de color negro sobre la camisa blanca que lleva puesta. En mi aparece un impulso. Quiero ser yo quien ate la corbata, quiero que sean mis manos las que acomodan el cuello de su camisa, quiero que sus ojos grises me miren mientras hago eso.

—Sí —respondo en un patético intento de concentrar mi atención en otra cosa. —Creo que estoy lista.

—Estas perfecta —me adula. En mis labios aparece una sonrisa. Me siento perfecta. —Temprano le pedí a Taylor que pasara a recogerlo en la tienda.

Me siento avergonzada con el hombre. Yo podría usar el conjunto que traje, no necesitaba esto. Christian se acerca a mí, aún está deslizando el saco sobre sus hombros. Sus manos terminan de acomodar el vestido. Pasan por mis brazos, mi abdomen, mis caderas.

—Vamos, tenemos cosas que hacer.

Christian toma mi mano, salimos juntos del Pent-house y me conduce al elevador, luego por los pasillos hasta el lobby. Atravesamos los pasillos del hotel hasta el lobby. Esta vez, la escena que aparece frente a mis ojos, no me abruma. Las personas van y vienen, llegan y dejan el hotel, miran de un lado a otro. Todo es igual al día de ayer.

Taylor ya nos espera afuera, se asegura de colocarnos en los asientos de la camioneta en la que llegamos, y arranca el motor para perderse entre las calles de la ciudad. El camino a las oficinas no es largo en realidad, pero sí tedioso. Pese a que nos mantenemos en el mismo distrito, hay muchos automóviles por las calles. Taylor comenta de vez en cuando la palabra frase "trafico usual", no estoy segura si para tranquilizarse a sí mismo, o para intentar convencernos de que esto es algo normal en esta enrome ciudad.

Aun así, no nos toma mucho tiempo llegar a nuestro destino. Taylor, hace de las suyas y se adelanta para abrirme la puerta y ayudarme a bajar de la enorme camioneta. Mis pies se estabilizan en el suelo, permito a mi cabeza subir para admirar el edificio en el que se pueden leer las enormes letras de "New York Times".

Un silbido se escapa de mis labios. El edificio es muy grande, tanto que resulta abrumador. Christian aparece a mi lado, me sonríe y coloca su mano en mi espalda.

—Andando —da un leve empujón para obligarme a caminar a su lado. Sujeto fuerte el folder entre mis dedos y dejo que me guie. Ambos cruzamos las enormes puertas de cristal. ¿Qué demonios tiene esta ciudad con los cristales, vidrios y espejos? El interior es similar en arquitectura, mucho espacio, cristal y personas por todos lados.

Mientras recorremos el espacio para llegar a la recepción, noto las miradas de las personas que nos encontramos. Hombres y mujeres nos miran mientras pasamos a sus lados. Por la esquina de mis ojos veo a Christian, él parece inmune a las miradas que le ofrecen. Me obligo a hacer lo mismo.

—Hola —le digo a una de las recepcionistas detrás del escritorio. La mujer levanta la vista, da un sobresalto cuando sus ojos se colocan en nosotros. Parece asombrada. —Soy Isabella Swan. Tengo una cita con el Señor Fabbiani.

Le toma unos segundos comprender mis palabras. Asiente, me pide un segundo y hace una marcación rápida con su teléfono para anunciarme.

—La están esperando señorita. Es en el piso 25.

—Subiremos ambos —le dice Christian. La mujer asiente y nos extiende un par de identificaciones donde se lee la palabra "visitante"

—Adelante —nos indica el lugar por donde debemos ir.

—Gracias —digo sonriendo.

Según lo que Christian me explica mientras caminamos en la dirección que nos señaló la mujer de recepción. El edificio está dividido en secciones, los primeros pisos se usan como auditorios y salas comunes, luego varias empresas se han establecido en los demás pisos, por supuesto el periódico "New York Times" tiene la mayoría de los pisos. Nos encontramos con unas puertas de seguridad que controlan el acceso de los empleados y personas que visitan cada empresa.

Christian y yo escaneamos el código de nuestras identificaciones y cruzamos a un espacio con varios elevadores.

—Dijiste que vendrías a la ciudad por unos asuntos —digo mientas esperamos el ascensor que nos llevará a la zona de la empresa del periódico. —Creí que con traerme habían sido suficientes favores.

—¿Favores? —levanta una ceja.

—No tienes que acompañarme arriba —le digo. —No quiero distraerte de tus asuntos, yo puedo volver sola al hotel.

—Este también es mi asunto —habla mientras entramos al cubículo de metal. Sus dedos presionan los botones necesarios, las puertas se cierran y nos ponemos en movimiento.

—¿Algo que tengas que hablar con Lucas? —intento adivinar.

—No —responde sin dar detalles.

—¿Quieres estar enterado de lo que sucede en la reunión, Señor Grey? —me burlo.

—Si —asiente. Su gesto produce una risa en mí.

El ascensor se abre en el piso que nos corresponde. En cuanto uno de mis pies pisa la alfombra fuera del cubículo de metal, la secretaría rubia de Lucas se dirige con prisa hacia mí.

—Señorita Swan, bienvenida —me da una sonrisa. Christian se aclara la garganta a mis espaldas. —¡Señor Grey! —la mujer lo mira confundida y asombrada. —¡Oh cielos! ¿Tiene alguna cita?

La mujer comienza a ponerse nerviosa. De hecho, está a punto de desmayarse. Yo no leo mentes, pero puedo notar el esfuerzo que hace en recordar si alguien le pidió una reunión con Christian Grey. O si ha olvidado anotarla, lo cual sería muy malo.

—El señor Grey me está acompañando —salgo al rescate.

—¡Ah! —exclama sorprendida. Toma un par de respiraciones, parpadea un par de veces y se concentra. —En ese caso, síganme.

La distribución es similar a las oficinas que manejamos en el periódico de Seattle, excepto que estas se ven más lujosas, más amplias y son muchas más. La mujer se adelanta para anunciarnos, pero su jefe es más rápido que ella.

—¡Isabella! —un grito se escucha a lo lejos. La mujer y yo nos sobresaltamos.

Un hombre, de cabello denso y negro, con una ligera barba decorando su rostro ovalado y usando unos lentes semicirculares costosos, aparece por la puerta de una de las oficinas. Trato de hablar, pero aun siento mi corazón latiendo desbocado en mi pecho a causa del susto que me causó al abrir la puerta de la nada. El hombre vestido causalmente en un pantalón de corte formal, una camisa de botones azul marino con los primeros dos botones desabrochados y las magas arremangadas en los brazos sale de la oficina de la cual se ha asomado.

—Lucas —digo sonriendo amable. —Hola, buen día.

—¡Claro que es un buen día! —aplaude audiblemente mientras camina en mi dirección. —¿Cómo estás, Isabella? Tanto tiempo sin vernos.

—¿Ha sido mucho? No lo recuerdo —digo restándole importancia. —Estoy muy bien, emocionada de conocer el lugar, claro.

—Siempre es maravilloso que me honres con tu presciencia, cariño —dice juguetón, hay una sonrisa brillante en sus labios.

Se acerca a mí, sus brazos rodean mi cuerpo con delicadeza, deposita un beso en cada una de mis mejillas. Una respiración audible y molesta se escucha a mis espaldas.

—No es tu cariño —alguien gruñe desde detrás de mí.

—¡Christian Grey! —Lucas pone su atención en mi acompañante. —Esta sí que es una sorpresa.

Se acerca a Christian, ambos se dan un apretón de manos para saludarse. Puedo notar la postura tensa y retadora de Christian y la postura defensiva de Lucas.

—Lucas Fabbiani —Christian murmura el nombre entre dientes.

—¿A qué debo el honor? —le pregunta Lucas, aun sin soltarse del saludo. No pasa desapercibida la ironía en las palabras.

—Isabella y yo vinimos juntos —Christian dice orgulloso.

—Christian fue amable y se ofreció a traerme —digo rápidamente. Quiero dejar en claro cómo fueron las cosas, aquí hay muchas personas, todos tienen su atención sobre nosotros. No quiero que alguno de ellos confunda las cosas y publiquen algo que perjudique a Christian.

—Claro que sí —sonríe Lucas. —Leonard mencionó que vendría contigo, no que mandaría a alguien.

Me encojo de hombros. —Él no pudo venir y Christian se ofreció.

—Por supuesto —Lucas se ríe entre dientes. —Que ofrecido.

—Señor Lucas —la secretaria llama la atención. Casi puedo girarme y besarla por interrumpir la incómoda conversación. —¿Porque no pasan a la oficina? Ahí pueden hablar con privacidad.

—Claro —Lucas asiente y suelta el apretón de manos que mantenía con Christian. Miro disimuladamente como la mano de ambos está un poco roja.

¿Qué demonios?

—Acompáñenme, por favor. —Lucas nos señala su oficina. Soy la primera en caminar al interior, no desaprovecho la oportunidad para dar una mirada rápida al lugar.

Dentro, hay un escritorio en el fondo, hay una pequeña mesa de ocho espacios, imagino que es usada juntas más importantes y privadas. Del otro lado un par de puertas que cubren parcialmente lo que parece ser un gimnasio personalizado, del lado derecho hay una pequeña sala biblioteca y más cerca de la puerta está un living pequeño.

Me giro para mirar el momento exacto en el que Lucas entra a la oficina y empuja la puerta para cerrarla detrás de él. Christian es más rápido y logra poner un pie entre el marco y la puerta, él mismo se encarga de abrir la puerta para entrar a la oficina junto a nosotros. Lucas ya está ofreciéndome asiento en el pequeño living. Me colocó en el sofá de dos espacios, con la esperanza que Lucas tome el sillón individual a mi derecha, y Christian el individual a la izquierda.

Lucas se sienta en el sofá a mi derecha obligando a Christian a sentarse en el sofá individual a mi izquierda. Mis ojos observan sus movimientos, tensos y cautelosos, además que antes de sentarse ha acercado el pequeño sofá lo más que ha podido para quedar cerca de mí. Suelto todo el aire de mis pulmones de golpe. Presiento que esta reunión va a ser un dolor de cabeza.

—Debo reconocer, Christian, que me siento decepcionado con tu presencia el día de hoy —Lucas retoma la conversación. —Creí que nos honrarías con tú presencia hace algunas semanas en la reunión que estaba programada y que de verdad se necesitaba tu atención.

El tono irónico y acusatorio de Lucas no me es desapercibido. Al cobrizo parece no afectarle.

—¿Qué te puedo decir? —Christian se encoje de hombros. —Soy un hombre muy ocupado.

—Todos lo somos —Lucas trata de picar su mal humor. —Aunque, creí que serias de esos hombres que les gustaba tratar los negocios en persona.

—Hay asuntos que requieren mi atención completa —Christian dice la frase con mucha seguridad. Ni a Lucas, ni a mí, nos pasa desapercibido la mirada que me dirige mientras pronuncia las palabras.

—Adivino que, si estás aquí, es porque este asunto requiere toda tu atención.

—Así es —acepta Christian. Aun no despega sus ojos de mí, pero yo mantengo mi expresión neutra. Me siento incomoda moviendo mi cabeza de un lado a otro mirando el rostro de ambos hombres mientras se golpean con palabras.

—Qué curioso —Lucas se burla. —Mover toda tu apretada agenda llena de asuntos que requieren tu completa atención, solo por una mujer.

Me lleva la mierda. ¿Ahora me van a meter en esto?

—No por cualquier mujer, no soy como tú —le escupe Christian. —Además, Isabella no conoce la ciudad ¿por qué no ofrecerme a acompañarla?

—¡Cierto! Olvidaba que no conoces la ciudad —ahora la atención de Lucas esta sobre mí. —¿Qué te parece si salimos a almorzar? Yo estoy libre, puedo darte un maravilloso tour por la ciudad, llevarte a muchos lugares y...

—Ya tengo eso cubierto gracias —Christian lo interrumpe.

—Tú vas a estar ocupado en reuniones y esas cosas —Lucas lo acusa, luego su atención se coloca en mí. —Además, no queremos interrumpir tú ocupado tiempo, ¿verdad, Isabella?

—Es muy amable lo que sugieres, Lucas, pero realmente… —trato de hablar. Por supuesto soy interrumpida.

—Podemos pasar un buen rato —Lucas inclina sus rostro a mí, pero su mirada no va a mis ojos. Su mano se estira y se coloca sobre mis manos que se mueven sobre el folder que tengo en mi regazo. —Nos divertiremos y si quieres puedes quedarte en mi casa, Bella.

Me estremezco por el apodo. Es inevitable. Llevo años sin escuchar ese apodo, o al menos, el único que puede decirlo es mi padre.

Me aclaro la garganta. —Lucas, no creo que…

—Isabella tiene todas sus pertenencias en el hotel, conmigo, no puedes pedirle que deje sus cosas solo por ir contigo —Christian dice entre dientes.

Mierda. Isabella quiere hablar, pero este par de idiotas no se lo permiten.

—Yo puedo encargarme de eso —Lucas amplía su sonrisa. —Mandamos a alguien por tus cosas y yo me encargo de tener disponible el avión para llevarte a donde me pidas.

—¿El avión de la empresa? —ahora Christian es quien se burla. —Sabes que no puedes utilizarlo para tu beneficio personal. ¿Qué tal que el Señor Kahn lo necesita de urgencia?

Lucas aprieta la mandíbula, aunque la sonrisa no desaparece de su rostro.

—Isabella y yo vinimos en mi avión privado —se jacta Christian. —Ella lo tiene a su completa disposición para el momento en que ella quiera. Yo no necesito quitarle el avión a mi empresa para fingirme ser un casanova.

—¿Insinúas que soy uno? —Lucas chasquea la lengua.

—Ambos sabemos que lo eres —Christian entrecierra sus ojos.

—Así que conoces mi buena fama —Lucas infla el pecho con orgullo.

—Una fama deplorable, si me permites —Christian completa.

—No veo que te quejes cuando la prensa te etiqueta a ti de esa manera —Lucas baja su pierna, su espalda inclina su cuerpo hacia adelante.

—Los medios amarillistas hablan solo de lo que venden —Christian gruñe. —Deberías saberlo.

—Un poco grosero de tu parte mencionar eso frente a dos personas que trabajan en el medio —Lucas dice mordaz.

—Solamente la dama es quien tiene un pensamiento objetivo para hacer su trabajo —Christian levanta la mandíbula, desafiante a contradecirlo. Podría sentirme alagada por sus palabras, pero en el contexto en que las está diciendo, solo me revuelven el estómago. —Yo no tengo la necesidad de mentir o de acostarme con personas importantes solo para llegar a ser alguien.

—Vaya —Lucas se carcajea. —Entonces, ¿Por qué te molestas en darle tantas atenciones a Isabella? ¿No era tu plan utilizarla para meterte en los periódicos?

—Cállate —Christian le gruñe. —Mis intenciones con ella no son asunto tuyo.

Sacudo mi espalda tratando de ser notada. Con mis manos acomodo mi ropa. El vestido que me había envuelto en un sentimiento de empoderamiento, sensualidad y confort, ahora me hacía sentir incomoda, vendida y utilizada.

—Yo solo trato de defenderla —Lucas levanta las manos mostrando las palmas como si fuera un inocente. —No quiero que cualquiera se aproveche de lo buena persona que ella es.

Ahora soy yo quien aprieta la mandíbula No me gustó nada la manera en la que pronuncio esas palabras ¿está insinuando que soy una estúpida? ¿Qué me dejo usar por cualquiera?

—Me ofrecí a traerla para que se sintiera segura y cómoda —Christian gruñe. Las manos apretadas fuertemente en puños hacen evidente que no está feliz con lo que está escuchando. Honestamente, yo tampoco.

—¿Sí? —Lucas se inclina hacia adelante. —Entonces todo lo que has hecho por ella es meramente profesional, sin esperar nada a cambio, sin otras intenciones ¿correcto?

Christian, a mi lado, también inclina su cuerpo hacia adelante, aceptando el reto que el hombre le ha hecho. Ambos se miran, se retan, se analizan el uno al otro en busca de alguna debilidad con la cual atacarse mutuamente.

Yo estoy en el medio de ambos, rogando por desaparecer de la faz de esta tierra.

Las palabras de Lucas hacen un eco en mí. A mi cabeza vienen todos esos flashes de las cosas que Christian ha hecho en tan solo dos días. El almuerzo, mi casa, el aeropuerto, el avión privado, el pent-house, el vestido. ¡Mierda!

—Aunque no es asunto tuyo, Fabbiani —Christian sisea, fulminándolo con su mirada. —Pero me tomaré la molestia de responder a eso; no, mis intenciones con Isabella no son para nada profesionales.

Mi cabeza se gira en su dirección. No es que después de la follada de anoche siguiera pensando que Christian me pediría mantener todo de manera profesional, pero no esperaba que lo admitiera, al menos no en estas circunstancias.

—Bueno, tenemos un problema, Grey —Lucas habla de nuevo, su voz se vuelve más tensa y dura. —Porque mis intenciones con ella tampoco son profesionales.

Pongo mis ojos en blanco. Eso no es una sorpresa, por eso le pedí a Julie que dijera lo de la reunión privada, sabía que Lucas no desaprovecharía la oportunidad de tenerme a solas en su oficina para insinuarse de mil y un maneras.

—Tus intenciones nunca son profesionales, Fabbiani —Christian se cruza de brazos. —No me sorprenden tus palabras.

—En ese caso —Lucas sonríe maliciosamente —tampoco te sorprenderá que Isabella se quede conmigo.

¿Quién carajos dijo que me quedaría con él? Lucas no es un maldito santo. Es uno de esos hombres avariciosos, que disfrutan tener dinero y mujeres de a montones, por eso cuando el imbécil de Benjamín hizo su tetra para estafar al Seattle times, Lucas también fue parte de eso. Ahora lo único que busca es salvar su trasero y el empleo que le da todo lo que él quiere. Además, por supuesto que se dio cuenta de que Christian me ha llenado de ciertas "atenciones", eso le ha hecho creer que también él puede darme tener sexo conmigo a cambio de llenarme de lujos. El maldito problema es que yo no quiero.

—¿Quedarse contigo? —Christian levanta una ceja. —¿Qué te hace pensar que eso es posible?

—¿Es miedo lo que hay en tu voz, Christian? —Lucas se inclina en dirección al cobrizo, su rostro ya no es amable, ahora es calculador, amenazante y hostil, como su estuviera a punto de atacar a su contrincante.

—¿Miedo —Christian suelta una profunda carcajada, demasiado audible como para que fuera natural —Por supuesto que no.

—¿Entonces porque niegas que Isabella pueda quedarse conmigo? —Lucas entrecierra sus ojos. —¿Crees que yo no puedo darle lo mismo que tú?

—No, no puedes —el cobrizo ahora suena orgulloso.

—¿Eso crees? —Lucas pregunta, Christian asiente muy seguro de sí mismo. —Mis atenciones son mejores que las tuyas —Lucas canturrea. —Yo puedo hacerla sentir mucho mejor.

En mi cuerpo corre una sensación de vergüenza, desesperación y humillación, necesito salir de aquí, ya no puedo seguir escuchando más idioteces de ninguno de los dos. Pero, lo haré como llegue, con la frente en alto y con la dignidad intacta.

Me pongo de pie en un movimiento, mis manos estrellan el folder contra la mesa de centro que divide el espacio entre los sofás donde estamos los tres. Christian y Lucas me miran, ambos con evidente sorpresa por mis movimientos.

—¿Terminaron? —pregunto. Ellos solo me miran. —¿Terminaron de comportarse como dos animales?

Ambos abren la boca, dispuestos para debatir conmigo sobre su comportamiento, pero resulta que yo no estoy dispuesta a escuchar ni un ruido más que provenga de ellos. Levanto la mano dispuesta a silenciar sus malditas bocas.

—Si les queda un poco de caballerosidad, no se atrevan a interrumpirme —advierto. Ambos cierran la boca de golpe. —Si así quieren que sea esto, bien, así lo haremos.

Me muevo, rodeo la mesa asegurándome de que no tocar a ninguno ni de manera accidental. Me coloco frente a ambos, pero a la vez con el espacio necesario para salir corriendo en caso de que sea necesario, me aseguro que mis piernas estén bien colocadas sobre la alfombra del suelo, mis hombros cuadrados y mi espalda recta, además de que mi barbilla esté paralela al piso para mostrarles que no les tengo miedo a ninguno de los dos.

Los miro, buscando cual cabeza cortaré primero.

—Lucas —miro al hombre que tiene su atención en cualquier lugar de mi cuerpo menos en mis ojos. —Ese folder sobre la mesa es la razón por la que estamos aquí el día de hoy, me aseguré de cruzar todo el maldito país para traerlo personalmente ya que eso habíamos acordado.

—Si, lo entiendo, Isabella. Gracias por tomarte el tiempo de… —lo interrumpo, ahora soy yo quien está hablando.

—Esperemos que esta fusión sea lo mejor para ambas empresas —me aseguro que mi voz sea extremadamente amable para que él pueda escuchar lo fingida que es. —Y espero que ahora que salvaste tu

—Esperemos que sepas utilizar tu puesto como director de relaciones públicas y cuidado de la marca "New York Times" —me mofo mientras obligo a mi voz a mantener un tono de seriedad. —Y ahora que salvaste tu trasero de la estafa que fuiste en el pasado, espero que sepas utilizar tu puesto como director de relaciones públicas y cuidado de la marca "New York Times".

Lucas se remueve contrariado por mis palabras. Sabe que lo acabo de exhibir, y sabe que estoy disfrutándolo mientras lo restriego en su propia cara.

—Por cierto, cuando pedí tener una reunión privada contigo —hablo, me aseguro que mi voz sea gélida y cortante, —lo hice porque sabía que esa sería la única manera en la que accederías a enviarme el contrato, no porque quisiera acostarme contigo. No todas somos tu secretaria.

Lucas no dice nada, tampoco se atreve a siquiera pensar en moverse para decirme algo.

—Lo que haga o no con el señor Grey, o las "atenciones" que él tenga conmigo no es asunto tuyo, ni de nadie —es mi turno de gruñir. Estoy encabronada por las palabras que ambos usaron durante su conversación –o debería decir discusión- de hace rato. —Mi vida privada es eso, privada. Y si me permites, Lucas, te sugiero que comienzos a hacer lo mismo con la tuya.

Si ellos pueden jugar ese maldijo juego de "la mía es más grande que la tuya" pues les tengo noticias a ambos. No son el primer par de idiotas a los que me enfrento y tampoco serán los últimos, así que yo también sé jugar ese juego.

Giro levemente mi cuerpo para enfrentarme al siguiente hombre que se ha mantenido en silencio.

—Christian —digo, los puños se aprietan a mis costados. —Aprecio mucho que me regalaras un poco de tu tiempo al acompañarme hasta aquí, también aprecio todas las molestias que te has tomado conmigo y las atenciones que me has dado.

—Isabella, yo no… —trata de hablar. Pero soy más rápida yo.

—Podría decirte que el lunes pasaría a tu oficina a pagarte lo que has gastando en mí —las palabras que he usado para interrumpirlo no son de su agrado, la molestia es evidente en sus ojos y en sus muecas, pero no podría importarme menos. —Pero, le recuerdo señor Grey que usted tiene una deuda también conmigo. Así que estamos a mano.

Sí, me refiero a las bragas que me ha roto, pero esa información se quedará para mí.

—Ahora, si me disculpan, iré al hotel donde se encuentran mis pertenencias y después tomaré un taxi al aeropuerto —ofrezco una sonrisa. Ambos se ponen de pie dispuestos a ofrecerme mil soluciones. —No se molesten, quiero volver a casa sola.

Me giro sobre mis talones, camino a pasos grandes y a pisadas fuertes en dirección a la puerta de la oficina. Escucho que ambos caminan con claras intenciones de seguirme.

—Sigan con su conversación, caballeros —giro mi rostro, ambos se detienen a un par de metros de mí. —Quizás más tarde se tengan la confianza suficiente para ¡bajarse los pantalones y medírsela a ver quién la tiene más grande!

Ambos hacen una mueca de desagrado. Tomo entre mis manos la manija de la puerta, la abro y saco mi cuerpo a través de ella.

—¡Son ridículos! —grito dando un portazo.


Señor Khan = Joe Khan es el director oficial del New York Times desde el 09 de octubre del 2022.

Director de relaciones públicas y cuidado de la marca = En realidad son dos puestos diferentes, pero yo lo usé para el puesto de Lucas.


Uy, muchas emociones en este capitulo. Si que si.

P.D. ¿Ya lo releyeron? Hay cosas nuevas por estos rumbos.

Nos leemos en el siguiente.