*NOTA*
No he eliminado ningún capitulo, no se asusten.
Solamente estaba corrigiendo los capítulos y decidí unir algunos para que la lectura fuera más fluida y que la historia avanzara mejor.
Si les recomendaría releer la historia porque sí añadí algunas cositas a los capítulos, pero nada que altere el rumbo que había tomado.
Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas Hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
Isabella POV
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—¿A dónde vamos? —pregunto. Siento sobre mi espalda las miradas atentas de algunas personas que continúan en el bar. Christian camina a mi lado, su mano entrelazada a la mía con fuerza nos dirige a la salida.
—Te quedaste —dice, puedo escuchar la sonrisa en su voz.
—Sí —suspiro. —Al menos este fin de semana, seré tuya.
Muerdo mi lengua. Maldita sea yo y mi bocota.
Una ola de pánico recorre mi cuerpo, no lo dije con esa intención, pero sé lo que esas palabras pueden significar. La última vez que le dije eso a alguien, me perdí, perdí el control de mi propia vida, me perdí a mi misma y por si fuera poco, terminé en el hospital al borde de la muerte… un par de veces. ¿No me bastó? ¿No he aprendido la lección? ¿Tenía que volver a decirlo?
Christian se detiene a la mitad del pasillo a las afueras del bar del hotel. Su cuerpo se gira, me enfrenta. Sus labios están estirados en una sonrisa, sus ojos grises me observan, brillantes como dos estrellas, está satisfecho con la decisión que he tomado. Yo estoy satisfecha con la idea de complacerlo.
—Un fin de semana, solos, tú y yo —su mano se levanta, sus dedos rozan mi mejilla. Su vos es un ronroneo al que mi cuerpo responde sin querer. —Te tendré un fin de semana solo para mí.
Maldición. Mis piernas tiemblan. Juro que si continúa hablándome así, podría considerar quedarme toda la vida con él si me lo pidiera.
—¿Qué haré contigo, Isabella? —suspira. —Hay tantas posibilidades.
Exhalo con fuerza.
El arrepentimiento por mis anteriores palabras se desvanece, ahora sé que la primera vez no fue suficiente porque no puedo dejar de pensar en todas las cosas que Christian Grey puede hacer conmigo en este fin de semana. Ahora siento una estúpida necesidad de él, que me consume, y estoy dispuesta a ir al maldito infierno y arder en él solo por tenerlo.
Una epifanía me golpea.
Escuché esas palabras ser pronunciadas por alguien de mi pasado. O al menos unas palabras con un significado similar que, en aquel entonces, pasó desapercibido para mí.
"¿No lo has notado? Estoy rompiendo todas las reglas en este momento. Decidí que, si de todas maneras me iré al infierno, quizás deba hacerlo bien"
Me reí cuando lo dijo. En aquella época creía que se refería a algo más banal, las ideas y los pensamientos crueles de los adolescentes, creí que lo dijo porque su mundo y el mío no eran compatibles y ambos lo sabíamos, o tal vez porque era su manera de romper las reglas que él mismo se había puesto respecto a mí.
No lo había comprendido. No comprendía cuanto debes desear a alguien para que estés dispuesto a ir al infierno por esa persona.
—¿Isabella?
Hoy lo comprendí.
—¿Isabella? —su voz grave me regresa a la realidad.
Sus ojos me analizan, buscan en mi rostro alguna señal que diga lo que está mal conmigo. Pero su expresión es expectante ¿me ha preguntado algo?
—Lo lamento —parpadeo buscando obtener un poco de concentración. —¿Qué decías?
—¿Hay algo que necesites? —sus cejas se juntan. Está irritado no le gusta repetir lo que ha dicho. —Sé que tú idea original era volver hoy, y no creo que estés preparada para unas vacaciones improvisadas.
Pienso por unos segundos. Tiene razón, si todo me hubiese salido de acuerdo al plan original, en estos momentos yo estaría en un vuelo de regreso a Seattle, pero ¿Cuándo el destino sigue mis instrucciones? Usualmente las cosas no salen a mi manera.
—¿Cuánto tiempo nos quedaremos? —pregunto.
—Estaba pensando en quedarnos únicamente el fin de semana —sus ojos se entrecierran, analiza la situación en su mente. —Ambos debemos estar en nuestras oficinas el lunes a primera hora.
En silencio, asiento con mi cabeza. La idea de pasar un fin de semana en Nueva York no es mala, la idea de pasar un fin de semana al lado de Christian tampoco me desagrada, incluso estoy segura de que, si pudiera, le pediría quedarnos por más tiempo. Pero, él tiene razón, hay un mundo real que espera por nosotros.
—Creo que puedo sobrevivir con lo que traje —aclaro mi garganta que se ha puesto seca de repente. —Pero…
—En realidad… —aclaro mi garganta, —creo que tengo todo lo necesario, pero si hay algunas cosas que podría buscar y…
—Dímelo —ordena, interrumpiéndome. —Dime lo que necesitas, puedo dártelo. Puedo darte cualquier cosa.
La seguridad en su voz, la certeza en sus ojos, la manera tan suelta en la que pronuncia esas palabras. Un sentimiento de seguridad se instala en mí.
Maldita sea. Este hombre será mi perdición.
—Es solo... —chasqueo la lengua, —me gustaría comprar otro cambio de ropa. En realidad, tengo únicamente el que se supone que usaría hoy y no creo que sea muy cómodo para usarlo.
—¿Ese es el problema? —levanta una ceja. Asiento con un movimiento tímido. —En ese caso…
De repente, me veo atrapada entre su cuerpo y la pared de algún pasillo. Sus manos sujetan mi cadera con firmeza, mis manos están de alguna manera sobre sus hombros, su aliento choca con él mío, sus ojos brillan y recorren mi cuerpo de arriba a abajo.
—Se me ocurren varias actividades en las que no necesitas tener ropa puesta, Isabella.
Es inevitable la sensación de calor que me inunda, la anticipación y el deseo corren por mis venas quemándome en el proceso. Muerdo mi labio, siento la sangre haciendo un esfuerzo por acumularse en mis mejillas mientras yo hago un esfuerzo por evitar que mi reacción sea notoria.
Fallo miserablemente, por supuesto.
—Eso es —pongo mis ojos sobre los suyos, —muy tentador.
Christian suelta una risa por lo bajo, su cabeza se sacude con diversión. Su mano recorre mi espalda, luego mi hombro y finalmente se desliza por mi brazo, bajando lentamente hasta llegar a mi mano, sus dedos acarician el dorso antes de entrelazarlos con los míos. Esos pequeños toques me hacen sentir cálida Es una calidez a la que no estoy acostumbrada, una sensación que no he sentido en años, y aunque no quiero admitirlo ni en mis propios pensamientos, puedo acostumbrarme a sentirme cálida.
Maldición, quiero acostumbrarme a estar cálida.
—Vamos —murmura. Con mi mano sujeta a la suya, nos coloca de nuevo por los pasillos, atravesándolos hasta llegar a la recepción del hotel. Ahí, Christian se acerca y deja un par de indicaciones a la mujer detrás del escritorio. La mujer sonríe y acepta todo lo que él dice.
—Gracias.
—Que disfruten su tarde —el tono amable de la recepcionista se escucha a nuestras espaldas mientras caminamos a través del lobby en dirección a las puertas de cristal que nos dividen de las calles de la gran ciudad.
—¿Te molesta caminar un poco? —pregunta Christian cuando salimos a la calle. Sus ojos señalan mis zapatos.
Hace un tiempo, esa pregunta hubiera causado que mis labios se abrieran sin filtro alguno sobre mil razones por las cuales odiaba cualquier tipo de zapatos que no fueran mis converse, zapatillas deportivas o algo que me resultara cómodo. Pero, llegó mi época de la universidad seguida de esa época en la que me vi obligada a mostrar una mejor imagen de mí misma, y, con el constante uso, la dedicación a practicar y con el pasar de los años, usar zapatillas o zapatos con algún tacón o plataforma alta ya no me molesta.
—No, no realmente —respondo honesta. —¿A dónde iremos?
Los zapatos, aunque eran nuevos por la mañana cuando Taylor me los entregó, a estas horas del día, después de caminar por varias calles, pasear por Central Park y andar de un lado a otro, ya han tomado la forma de mi pie haciéndose tolerables y casi cómodos.
Sí, como no.
Los tacones ya no son una molestia, pero no soy mi cosa favorita en este jodido mundo. Su respuesta es entrelazar nuestras manos con más fuerza mientras tira de mi en dirección a las calles de Nueva York. Nuestros pasos nos deslizan por la calle amplia por la que vamos. Las personas pasan a nuestro lado, inmersas en su mundo, los autos van y se detienen a lo largo de la calle. El estilo elegante y llamativo de la gran ciudad se roba mi atención, esos edificios modernos mezclados con edificios clásicos me hipnotizan.
—¿A dónde vamos? —pregunto. Sé que hemos pasado al costado del hotel, pero no hemos entrado, al contrario, seguimos caminando alejándonos de la enorme construcción.
Según un letrero que vi atrás, la calle por la que caminamos se llama "Madison Ave." La calle parece como las demás, excepto por las llamativas tiendas que han aparecido simultáneamente en el borde- Aún no tengo claro de que es lo que haremos.
—Vamos a descubrir cuanto es el límite de mi tarjeta —dice casual. La realización llega a mí, al fin comprendo que es lo que vamos a hacer. Mis piernas se frenan en seco, eso llama la atención de Christian. —¿Qué sucede?
—¿Vamos de compras? —pregunto inquieta. Él asiente. Por algunos segundos me debato sobre decirle o no la verdad, él me mira con curiosidad. —Yo… Christian, yo no soy la mejor compañía para eso.
Sus ojos se entrecierran, sus cejas se juntan.
—No me gusta ir de compras —confieso. De nuevo el sonrojo amenaza mi piel.
Christian cambia su expresión a una de sorpresa, seguida de incredulidad. Sus ojos analizan mi rostro, algo llama su atención y hace que su estado de ánimo cambie. Sacude su cabeza, sus labios están ligeramente elevados en una sonrisa.
—Nunca has ido de compras conmigo —vuelve a tirar de mi mano, mis piernas obedecen la orden silenciosa de seguir caminando.
—Eso es cierto.
—Dame una oportunidad —pide, suplica, me implora. ¿Christian Grey, el empresario multimillonario está rogándome? ¿A mí? —Por favor, sé que puedo hacerlo.
—Señor Grey —canturreo juguetonamente. Es inevitable que me burle. —¿Estás diciendo que crees poder cambiar mi aversión a las compras?
—Voy a hacerlo —asegura firmemente. —Sé que comprar conmigo es mucho más divertido. Te gustará.
—¿Cuándo fue la última vez que saliste de compras?
—Dos semanas antes de conocerte —responde casual.
—¿En Seattle? —pregunto.
—Houston, Texas
—¿Y qué fue lo que compraste? —entrecierro los ojos.
—Una aerolínea
Mis ojos se abren al máximo que mis parpados permiten. ¿Qué? ¿Una aerolínea? ¿Compró una maldita aerolínea? ¡Una aerolínea! Christian me ofrece una sonrisa presumida.
—Vamos a conseguirte lo necesario para que te quedes conmigo —el tono que usa para decir esas palabras, la seguridad, la tranquilidad, la alegria, todo es contagioso.
—Es solo un fin de semana —rio.
—Ya veremos.
Christian nos conduce a través de las calles de la ciudad, yo le permito guiarme, después de todo, él sabe a dónde vamos. Nuestros pasos son tranquilos, sin prisa. La calle por la que andamos es amplia, las personas pasan a nuestro lado, los autos se detienen y andan por la calle. Las construcciones tienen el clásico estilo de Nueva York, pero no me pasan desapercibidas las tiendas que están al borde de la calle.
—¿Puedo preguntar algo? —dice mientras esperamos nuestro turno para cruzar la calle.
—Ya lo hiciste —me burlo. Él entrecierra los ojos. —Bien, ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué decidiste quedarte conmigo?
—¿Por qué no lo haría? —junto mis cejas.
—Esa es una pregunta capciosa —me acusa.
—También la tuya —me defiendo.
Christian me mira fijamente. Sus ojos grises ahora están oscuros y perdidos, como si estuviera librando una batalla en su interior, sus ojos parecen estar gritándome todo lo que su boca no puede decirme. Está desesperado, puedo verlo. Hay algo que quiere –necesita- decirme, pero no puede y eso lo está atormentando. Y es jodido porque, yo no puedo leerlo, no sé cómo hacerlo, no puedo comprender lo que está tratando de decirme.
Mierda, mierda y más mierda.
—Entonces… —titubeo. Christian pone sus ojos sobre mí, una de sus cejas se levanta, incitándome en silencio a que continúe hablando. —Mencionaste que tenías cosas importantes que hacer aquí en la ciudad.
—Sí, eso dije —suspira. No suena feliz, no se ve feliz. Mierda ¿no había un tema mejor?
—Te estoy interrumpiendo —hablo. No es una pregunta, solo afirmo lo que ya sé. Elliot también lo dijo. —Maldición, no deberías estar aquí conmigo, si no en las reuniones y…
—No interrumpes nada —me mira gélidamente. —Los cancelé cuando estaba camino al hotel.
—¿Por qué?
—Porque, Isabella, decidiste que huir de mí y obligarme a buscarte por toda la maldita ciudad era más divertido —reprende. Su voz dura tensa mis músculos.
—¡Christian! —me quejo. El levanta las cejas por mi arrebato, sus ojos flamean retándome a que niegue sus palabras. —Eran cosas importantes que debías hacer. No tenías que cancelarlas por buscarme, yo estaba bien.
—Eso tú lo sabías, no yo, Isabella —resopla. Su rostro hace evidente su estado de ánimo, está encabronado. —Además, ya lo cancelé, ya está hecho.
—Jodida ventaja de ser el jefe.
—Sí, ventajas de ser el jefe —acepta. Muerdo mi lengua estúpida e imprudente. —Aun así, no me obligues a hacerlo de nuevo, Isabella.
Lo miro.
—¿Entendiste? —Christian me da una mirada fría.
—Sí —digo al instante.
—No huyas —sus ojos se suavizan. —Si quieres hacerlo, dímelo y nos iremos juntos, pero, por favor no huyas de mí.
De nuevo el fuego se enciende en mí, esa calidez que brota de la nada pero que se acumula al interior de mi pecho. Un torrente de emociones corre por mis venas tocando cada rincón de mi cuerpo, seguridad, aceptación, preocupación, deseo, amor. La respiración se escapa de mis pulmones, mi cuerpo comienza a temblar.
Carajo, estoy entrando en pánico. Es inevitable.
Ha pasado tiempo desde la última vez que me permití sentir, que dejé que esos sentimientos fluyeran libres a través de mí. He pasado años lidiando con mis emociones y mis propios pensamientos en la oscuridad, pero es la única manera que conozco de sentirme segura, encerrándome en mí misma. Algunos llaman a eso huir. Angela y Charlie, por ejemplo. Pero, Christian no sabe eso, no sabe cómo me vi obligada a abrazar la soledad.
Lo tengo aquí, frente a mí, mirándome expectante a una respuesta, me causa más pánico. Quiero decirle que con esas palabras me ha atrapado, que me tiene de nuevo derritiéndome por él, pero que eso no es suficiente para evitar que me aleje. Sé que seguiré huyendo, pero, esta vez me aseguraré de que alguien sepa dónde estoy, al menos para que él pueda averiguarlo.
La calidez que sus palabras han causado me llena de pánico que me alerta que algo pasa en mi interior, algo provocado por Christian. Las palabras que recién ha dicho son suficientes para tenerme derritiéndome por él
—Aún tengo muchas dudas sobre ti —dice. Su cabeza está inclinada en mi dirección, sus ojos están sobre mi rostro, su mano sostiene una de mis manos contras sy abdomen, mientras la otra de mis manos está rodeando su brazo. Ambos nos sujetamos con fuerza, como si nos fuéramos a caer en cualquier momento. Sus ojos grises están de nuevo sobre mí. —Quiero que me cuentes muchas cosas.
—Dijiste que me habías investigado —acuso divertida. —¿No tienes un informe que dice cada detalle de mi vida?
Chasquea la lengua.
—Lo tengo —asiente. —Pero es algo… confuso. Quiero que tú me lo digas, que me lo cuentes todo.
—Quizás otro día —uso la misma frase que él me dijo ayer.
No parece feliz con mi respuesta, pero es todo lo que va a obtener de mí. Resignado, abre la puerta de lo que parece ser una tienda y me sigue al interior. Ambos exploramos el inicio de la tienda, viendo las prendas y los accesorios colocados cuidadosamente en los estantes.
—Parece un buen lugar para comenzar —dice, optimista. Muevo mi cabeza nerviosamente. La idea de las compras aun no me agrada en su totalidad.
Una mujer rubia se acerca a nosotros, su cabello está perfectamente arreglado, su ropa es un uniforme que complementa el diseño de la tienda.
—Bienvenidos —nos sonríe cortés. —¿Puedo ofrecerles mi ayuda?
—Hola —le sonrió, trato de ser amable.
—Buen día —Christian da un asentimiento, es frio, pero cortés. —¿Podría hablar con la persona encargada?
El rostro de la mujer se contrae por unos segundos antes de recobrar su compostura. Ahora está preocupada, ¿Ya ha tenido problemas con los clientes?
—Por supuesto —la sonrisa de la mujer ahora es fingida y forzada. —Deme un momento… ¿señor?
—Grey —dice él con simpleza. La mujer asiente y corre al fondo de la tienda.
—¿Era necesario ponerla así de nerviosa? —le pregunto.
Christian aprieta mi mano, supongo que no quiere que cuestione sus métodos. Resignada, me muevo acompañándolo a seguir con el análisis de la ropa que hay en los exhibidores, ambos mantenemos una conversación casual mientras esperamos a la pobre mujer que mi acompañante ha asustado.
—Disculpe ¿Señor Grey? —la voz de un hombre llama nuestra atención.
—¿Sí? —Christian lo analiza con la mirada. Es de estatura media, de piel morena y rasgos profundos, además que su edad parece la suficiente como para merecer el puesto.
—Mucho gusto —le extiende una mano. —Soy el Sr. Thompson, el gerente de la tienda.
—Es un placer, soy Christian Grey —mi acompañante estrecha su mano. —Esperaba que pudiera ayudarnos, señor Thompson, si es tan amable.
—Por supuesto, señor —el hombre salta. —Sería un honor ayudarle a usted y a su esposa.
Christian y yo jadeamos casi en silencio. Casi.
—Di- disculpe, pero yo no, yo… —comienzo a hablar, las palabras se enredan en mi boca.
—Verá Sr. Thompson, mi esposa y yo estamos aquí para celebrar nuestro aniversario —la mano de Christian rodea mi cintura con firmeza, me atrae a su cuerpo mientras habla. —Ya sabe, queremos hacerlo especial.
Mierda.
Es inevitable que el sonrojo asalte mi rostro. Christian dijo que soy su esposa, ahora el gerente de la tienda cree que lo soy, ¿la vendedora también lo creyó? La idea de que me consideren digna de ser la esposa de Christian me ruboriza, pero me resulta atractiva.
¿Yo pensé eso? ¿Matrimonio y mi nombre en una misma frase? Me estremezco.
—Ella es muy especial para mí —Christian desvía su atención del hombre, la coloca sobre mí durante algunos segundos, —y quisiera regalarle algo especial. Ya sabe, gastar todo mi dinero en mi mujer. Se lo merece, ¿no cree?
El sonrojo en mi piel aumenta. Maldita sea, contrólate Isabella.
—¡Claro señor! Lo entiendo perfectamente —el hombre asiente, emocionado con la idea de que gastemos dinero en su tienda. —¿Algo en especial, señor?
—Usted es el experto, Sr. Thompson —Christian lo mira, una de sus cejas se eleva. —¿Tiene algo aquí tan hermoso y perfecto como ella?
—Sí, algo así —el hombre moreno asiente. Christian se aclara la garganta y yo lo miro con la boca abierta. —¡Oh discúlpeme! Quiero decir, tenemos demasiadas cosas aquí que estoy seguro de que si ella las sabe lucir, se le verán estupendas.
—¿Disculpe? —pregunto mirándole, recelosa. Christian tampoco está feliz con las palabras del hombre.
—Sr. Thompson —Christian hace una mueca al pronunciar el nombre. —Puedo asegurarle que la ropa de su tienda lucirá maravillosamente en mi esposa. ¿Quiere saber cómo lo sé? —se mofa con la voz llena de ironía, el gerente ahora se ha convertido en un manojo de nervios. —Lo sé porque, aquí, gastaremos una cantidad obscena de dinero.
—¿No hay una escena de alguna película que dice algo similar? —alguien comenta a nuestras espaldas.
—¡Si! —chilla una mujer, su voz delata su emoción. —Es esa película de Julia Roberts
Giro mi rostro a buscarla. El resto de sus compañeros y compañeras están del otro lado del espacio de la tienda, atentos a la conversación que mantenemos con su jefe. Puedo notar la curiosidad en sus expresiones.
Sonrió en mi interior por escuchar de nuevo la referencia que ha rondado mi mente.
—¿La del millonario que se enamora de la prostituta? —otro de los vendedores pregunta. Recibe una gran de sonidos de aceptación de parte de sus compañeros.
—¿Creen que sea más millonario que el protagonista? —alguien más pregunta.
—No lo sé —responde otro. —Pero sin duda es más guapo que el protagonista, ¿Cuál era su nombre?
—Edward Lewis —una ronda de suspiros se escucha.
Christian tiene el ceño fruncido. No tengo que adivinar que él no entiende de lo que ellos hablan, pero yo si lo hago. Hasta cierto punto es cómico que todos nos comparen con esa película.
—¿Creen que su esposa también haya sido prostituta? —una voz pregunta tratando de pasar desapercibida. Pero falla.
Christian gira su cuello tan rápido que casi puedo jurar que se escuchó el crujido de sus huesos. Lanza miradas amenazantes a los vendedores, ellos al notarlo, guardan silencio en cuanto notan los ojos de grises amenazadores sobre ellos.
Personalmente, no tengo nada en contra de quienes ejerzan esa profesión sé que hay miles de razones que los y las llevan a ese trabajo, y tampoco creo que tengan que ser una causa de que juzguen su vida. Pero ¿Por qué mierda hoy todos han pensado eso de mí? ¡Carajo! Hasta yo lo pensé.
¿Debería hacer una encuesta?
—Mis disculpas, señor —el gerente salta, preocupado y arrepentido del comportamiento de sus empleados y de él mismo. —Max no ha almorzado y creo que la glucosa en su sangre no es suficiente para endulzar sus palabras.
Embozo una sonrisa. El gerente tiene su dura mirada puesta sobre el joven que menciono las palabras, el pobre joven tiene una mirada de miedo y vergüenza escrita en su rostro.
—Señor Grey —el hombre moreno regresa su atención a nosotros. —Si nos da la oportunidad, puedo asegurarle que haremos todo lo que está a nuestro alcance para encontrarle algo que sea digno de la señora Grey.
Christian de nuevo luce satisfecho con las palabras del gerente de la tienda.
—Muy bien.
—Y si me disculpa el atrevimiento, Sr. Grey —el hombre se inclina hacia Christian, él eleva una de sus cejas y se aleja un poco. —Usted, señor, es más guapo que Edward Lewis.
No puedo estar más de acuerdo en eso.
—Le diré algo, señor Thompson —Christian le hace una señal para que se acerque a él aún más. El hombre inmediatamente obedece. —Le agradezco el cumplido, y aunque mi nombre no es Edward…
—Gracias al cielo—es inevitable que esas palabras salgan de mi boca. Christian me da una mirada fugaz. Muerdo mi lengua para silenciarme.
—Le aseguro, Señor Thompson, que yo soy igual o incluso más millonario que ese tal Edward Lewis —Christian sonríe orgulloso. Toda la tienda ahoga jadeos y gemidos de asombro.
—Por supuesto, señor —el hombre asiente frenético. —No lo dudaría.
—Además —chasquea la lengua y toma mi mano, — a mi esposa y a mí nos encanta gastar nuestro dinero y nos encanta que cuando lo hacemos, la gente esté a nuestro servicio, ya sabe, lambisconería.
—Señor, Señora Grey —el hombre cuadra los hombros, levanta la cabeza, sus manos acomodan la solapa de su elegante traje. —Puedo asegurarles que están en el lugar correcto.
—Muy bien damas y caballeros —el gerente se gira, da un par de palmadas para llamar la atención de su personal. —¡A trabajar!
Segundos después, una ola de empleados llega hasta nosotros. La mujer rubia, la primera que nos recibió cuando llegamos a la tienda, rodea mi cintura con su mano y me arrastra junto a ella. La mano de Christian suelta la mía y una sensación abrumadora me asalta. Él dijo que sería divertido, él dijo que sería algo que haríamos juntos y ahora tengo miedo de hacerlo sin é. Christian solo guiña un ojo en mi dirección.
Las personas a mi alrededor parlotean sobre colores, estilos, diseños, telas y más cosas que mi cerebro no alcanza a registrar. Todos se mantienen rodeándome mientras la rubia me arrastra a un sofá, mis piernas chocan contra el mueble, mi cuerpo cae en la tela esponjosa y pomposa.
—Señora Grey —la mujer rubia me dice, deposita un libro enorme y muy pesado en mis piernas. Es un catálogo. —Puede elegir cualquier diseño, si lo desea, puede cambiar el color o los estampados. Nosotros lo arreglaremos a su gusto.
—Yo… —no puedo terminar de hablar. Hombres y mujeres extienden a frente a mis ojos una gran cantidad de prendas. Siento que colocan sobre mi cabeza algunos sombreros y tocados para el cabello. A mis pies colocan una gran variedad de zapatos de distintos tipos.
—Este color se le vería asombroso, señora —alguien comenta.
—Ese estilo se vería maravilloso con su silueta.
—¿Le gustaría accesorios que combinaran?
—¿Prefiere piel o tela? ¿Algodón? ¿Licra? ¿Poliéster? ¿Círculos? ¿Líneas? ¿Rectos? ¿Acampanados? ¿Blanco? ¿Negro? ¿Sus tonos son cálidos o fríos?
Flashes aparecen en mi mente. Recuerdos de esa mujer de baja estatura que revolotea a mí alrededor mientras suelta palabras y preguntas sobre telas, colores, diseños y miles de cosas más. Recuerdos de las eternas horas en el centro comercial me golpean con fuerza. El aire se escapa de mis pulmones, mi corazón late con fuerza al interior de mis oídos, estoy a nada de derrumbarme.
—¿Cariño? —a lo lejos, escucho una voz gruesa. Quiero creer que me habla a mí. —¿Isabella?
Ese es mi nombre, alguien dice mi nombre.
—Isabella —escucho de nuevo. Obligo a mis ojos a moverse, hago un esfuerzo por detener la oscuridad abismal que está intentando absorberme. Quiero concentrarme en la persona que dice mi nombre.
—Isabella, cariño —la voz sigue llamándome. Conozco esa voz, es Christian.
Mis ojos por fin lo encuentran, está de cuclillas frente a mí, sus manos sacuden mis piernas fingiendo un apretón reconfortante, pero sé que sus intenciones reales son regresarme a la realidad. Mis ojos encuentran su rostro, su frente arrugada y sus cejas levantadas en un gesto de preocupación, sus labios están elevados en un intento de sonrisa.
—¿Si? —pregunto. Patética.
—¿Puedo? —me pregunta, señala algo en mi regazo. Mis ojos bajan, veo que el catálogo sigue en mi regazo. Muevo mi cabeza afirmativamente. —¿Por qué no comenzamos buscándole algo más cómodo para un día de compras? El vestido que lleva es precioso, sin duda, pero no creo que sea lo correcto para la ocasión.
—Por supuesto, señor —el gerente asiente. Escucho que dice un par de indicaciones y todas las personas que antes me rodeaban, se dispersan en segundos. Supongo que acatando las órdenes que recibieron. Mis ojos siguen puestos en el hombre a mis pies.
—Elegiré algunas cosas similares a las que he visto que usas —Christian ojea la revista en sus manos, sus movimientos ahora lucen relajados. —Puedes elegir lo que te gusta y lo que no. De ahí comenzaremos.
Respiro. Su idea es buena.
—Gracias —sonrió levemente. Acaba de liberar mis hombros de un gran peso.
—Señora Grey —la mujer rubia se acerca de nuevo a mí. —Tengo algunas prendas que me gustaría que se probara, si está de acuerdo.
Christian aprieta mi rodilla antes de ponerse de pie. En silencio, mueve su cabeza para me levante y acompañe a la rubia.
—Está bien —acepto. Me levanto del sofá, permito que la mujer me conduzca hasta una habitación más pequeña.
—Colocamos en perchas los conjuntos que seleccionamos —su mano señala la ropa. —Esa es nuestra sugerencia, pero puede hacer los cambios que desee.
Puedo hacer esto, puedo hacerlo. Carajo, tengo que hacerlo.
—Bien —acepto. Mis labios fuerzan una sonrisa.
—Puede salir y verse en el espejo que tenemos de este lado —su cabeza señala el área donde se encuentra Christian. —Si tiene alguna duda o necesita algo solo avíseme, estaré esperando aquí.
—Claro… —la miro. Me doy cuenta de que no sé su nombre, no sé cómo llamarla.
—Alana —sonríe amable. —Mi nombre es Alana.
Me obligo a sonreírle de regreso, aunque ninguna palabra sale de mi boca. Ella me señala la entrada al vestidor y yo me limito a entrar en silencio en él, la puerta se cierra detrás de mí, el sonido me avisa que tengo algunos minutos de privacidad.
—Maldita sea —jadeo. —Mierda, mierda, ¡mierda!
Mis ojos se pasean por todos los conjuntos colocados en las perchas, están perfectamente armadas las combinaciones, los estilos, los colores y las telas, incluso hay zapatos para cada uno. Todo me parece irreal, aun no creo que yo merezca estar aquí solo porque sí. Me siento abrumada, por segunda ¿tercera vez? …Ya perdí la cuenta.
—¡Yo no sé hacer esto! —me quejo desesperada.
Para quienes me conocen, no es un secreto que la actividad a la que le llaman "ir de compras" nunca ha sido de mis favoritas. Aun no comprendo la fascinación de las personas por ir y venir por el centro comercial, o de tienda en tienda eligiendo cosas y probándote ropa que seguramente no comprarás.
En mi niñez, pasé la mayor cantidad de mi tiempo evitando tropezarme o lastimarme con algo, sin mencionar que tenía bastante suerte si mi madre recordaba ir a recogerme a la escuela. Cuando me volví adolescente, Renée y yo obteníamos nuestra ropa en algún saldo o en Wal-Mart mientras comprábamos los víveres para la semana. Con Charlie, simplemente llevé mi ropa conmigo.
Luego ellos aparecieron en mi vida –o yo en la suya- y aunque seguí usando mi ropa, ella me usó como una muñeca a la arrastraba al centro comercial y me vestía a su antojo comprándome lo que ella quisiera.
Pero todo eso desapareció.
En Seattle, después de que Angela y yo nos mudáramos, nuestra prioridad era tener dinero para el alquiler, la comida y la universidad. Al obtener el empleo en el periódico, fue la primera vez en la que tuvimos que preocuparnos por la ropa. Fue toda una odisea ese día. Después, para mi suerte llegó Julie y aunque ambas trataron de obligarme a ir de compras con ellas, resultó más fácil y cómodo que ella o Angela se llevaran mi tarjeta y me mandaran algunas fotografías para saber si lo compraban o no.
Con la palma de mi mano puedo contar las veces en las que yo entré a una tienda por voluntad, por ejemplo, la vez que tuve el impulso de comprar los stilettos Louis Vuitton que escondí en el fondo de mi armario hasta la noche que conocí a Christian.
Y eso me regresa al punto donde comencé. Christian. Es por él por el que estoy aquí encerrada en un probador con ropa costosa colgada a mi alrededor.
—Maldita sea, Isabella —doy unas palmadas en mis mejillas. —Deja esa mierda y compórtate como la mujer que eres.
Tomo una respiración muy profunda. Repito la acción hasta asegurarme que a mis pulmones les llegue suficiente aire. Lo menos que quiero en este momento es un maldito derrame por no respirar. Me obligo a moverme.
Me quito los zapatos, los colocó en un lado donde no pueda causar ningún accidente. Mis manos buscan el cierre del vestido, lo deslizo hacia abajo y sacudo mi cuerpo para permitir que la tela caiga a mis pies dejándome semidesnuda en el medio de la pequeña habitación. Analizo los conjuntos que han dejado para mí. Admito que estoy sorprendida, son cosas básicas, jeans y pantalones sueltos, camisas casuales y de colores lisos e ¡incluso hay zapatillas deportivas!
—Aquí voy —siseo. Elijo uno al azar, una camisa verde, unos pantalones de mezclilla que quedan y las zapatillas deportivas blancas a juego.
No sobre pienses, solo hazlo. Hazlo.
Estiro mis dedos hasta la manija de la puerta, la empujo para abrirla.
—¡Señora Grey, se ve maravillosa! —la vendedora rubia, Alana, aparece frente a mí con su ya usual sonrisa. Un coro de voces femeninas secunda sus palabras, otras vendedoras están a nuestro lado, sus manos flotan alrededor de mí cuerpo acomodando los detalles de la ropa, a la vez, me empujan para caminar hasta donde está Christian esperando.
—Señor, disculpe —la voz del gerente llega a mis oídos. —Tuvimos el atrevimiento de seleccionar la ropa que usará la señora, pero me gustaría preguntarle…
—Dígame —Christian lo ínsita a hablar. Conforme me acerco a ellos, me es más fácil escuchar las palabras.
—¿Hay algún presupuesto, Señor? —el gerente se aclara la garganta. —Es decir, sé que dijo que tiene… ya sabe, pero señor, si usted me indica, yo puedo mostrarles ropa más acorde a lo que buscan.
Casi llegamos a la esquina del pasillo desde donde puedo ver la silueta de los hombres que están en el medio de la otra habitación. Puedo ver la espalda de Christian y sus movimientos.
—¿Sabe cuánto es el crédito de esta tarjeta, Sr. Thompson? —Christian le enseña su tarjeta negra.
—No señor—el hombre responde, su voz tiembla.
—Yo tampoco —Christian habla despreocupado. —Vamos a descubrirlo ahora. ¿Qué le parece?
—¡Por supuesto, señor! —el hombre salta.
—Usted muéstrenos lo mejor que tenga, él resto lo hacemos nosotros.
Es el momento perfecto para hacer mi entrada. El bullicio de mi presencia acompañada de las vendedoras hace que ambos hombres pongan su atención en mí. Las vendedoras me conducen directamente a un pedestal que se encuentra frente al espejo. Se alejan para que pueda apreciarme. Fingiendo desinterés, muevo mi cuerpo, analizo con cada ángulo posible la ropa y la manera en la que luce en mi cuerpo.
No puedo mentir, se ve bien. Me veo bien.
A través del reflejo del espejo, veo a Christian acercarse a mí. Sus ojos se pasean desde mi cabeza hasta mis pies, también analizando la ropa y como luce en mí. Sus labios están elevados en una sonrisa satisfecha y su mirada estállenla de aprobación. Decido darle un pequeño espectáculo, sigo moviendo mi cuerpo acomodándolo en posiciones que parecen inocentes pero que sé que resaltan las curvas de mi cuerpo. Sus ojos grises se oscurecen ligeramente, pero él brillo que hay en su mirada no se va.
Maldita sea. Estoy usando algo sencillo, algo simple, pero su mirada es muy similar a la de esta mañana cuando me puse el vestido que él me compró. Christian me mira como si estuviera usando algo flamante y llamativo, me mira como si yo fuera una piedra preciosa a la que acaba de descubrir o como si estuviera adornada de muchas joyas.
—¿Te gusta? —pregunta.
Muerdo mi lengua. Quiero decirle que sí, que me gusta la manera en la que él me mira.
—Es lindo —acepto, mi voz cargada de falso desinterés. Mis ojos analizan el reflejo que me ofrece el espejo. Christian está a unos pasos detrás de mí, lejos de mí, pero aun así puedo verlo junto a mí. El reflejo de ambos me sobresalta. Nos vemos bien. Ambos. Juntos. Somos como dos estrellas de Hollywood, atractivas, llamativas, difíciles de ignorar.
—¿Pero? —Christian da dos pasos para cerrar el espacio entre nosotros, una de sus manos se coloca en mi espalda. —Porque hay un "pero", ¿cierto?
—Es mucho dinero, Christian —suspiro. Solo será un fin de semana, no necesito ropa tan costosa para divertirme en la ciudad.
—Cariño —su mano acaricia mi mejilla con ternura. —Tienes mi cuenta bancaria a tu completa disposición.
Muerdo mis labios.
—¿Puedo tener una vaga idea del monto? —pregunto. Sé que dijo que ganaba mucho dinero, pero quiero saber a lo que me arriesgo y el rango de precios que puedo elegir.
—La última vez que revisé —dice pensativo. ¡Mierda! ¿Tiene que pensarlo? —Son cerca de 2.5 billones de dólares.
Un jadeo escapa de mis labios.
—¡¿Como dices eso tan tranquilo?! —le pregunto.
—Tú preguntaste, cariño —es la respuesta que me da. —Ahora, dime lo que piensas, ¿Te gusta? ¿Quieres probar otro?
Si elijo este atuendo, si me decido por la opción que me garantiza la oportunidad de salir de este lugar, Christian no me vería cada vez que salga del probador con algo nuevo. Quiero que sus ojos recorran mi cuerpo, quiero provocarlo, quiero que cada cosa que me pruebe sea para que él me deseé más. Quiero que me siga mirando como si fuera la primera vez.
Quiero seguir siendo la mujer que tiene su atención. Aun cuando hay más personas a nuestro alrededor que hacen de todo para obtener un poco de su atención.
—Es lindo — sonrió juguetona. — Aunque, creo que podemos hacerlo mejor
Él sonríe animado con la idea.
—Opino lo mismo —deposita un beso en mi mejilla. Suspiro.
—Venga conmigo señora Grey —Alana salta a mi lado, me lleva de regreso al vestidor para continuar probándome cosas.
Más tarde, estoy usando unos pantalones de color marrón claro, una camisa blanca y las zapatillas deportivas a juego mientras espero a que Alana termine de empaquetar las compras. Christian está hablando con el Señor, Thompson, quien le está haciendo algunas recomendaciones de tiendas y de personas en específico por las cuales preguntar.
—¿Lista? —pregunta. Su mano extendida frente a mí.
—Lista —tomo su mano.
—Espero verla de nuevo, Sra. Grey —el gerente se despide de mí. Alana secunda sus palabras.
—Gracias por su ayuda —sonrió. Ellos me regresan el gesto.
Salimos de la tienda de nuevo a las calles de la ciudad. Esta vez me siento más cómoda y segura.
—No fue tan malo ¿cierto? —Christian aprieta mi mano. Tiene razón, la idea de ir de compras ya no suena tan aterradora.
—¿A dónde iremos ahora? —pregunto dando ligeros saltos. Christian se ríe.
Recorremos la calle hasta que otra tienda llama nuestra atención. Antes de decidir si debemos entrar, Christian me mira, como si evaluara el contenido de la tienda con lo que estoy dispuesta a usar. Así recorremos algunas calles más.
Las horas pasan de esa manera,
Dentro de las tiendas, los vendedores, las dependientas, los gerentes o las encargadas de ventas hacen de las suyas, se reúnen a nuestro alrededor ofreciendo su ayuda o preguntándonos por nuestros deseos. Christian se encarga de responder, varía su respuesta de acuerdo con la tienda en la que estamos; jeans, pantalones, blusas, camisas, vestidos, faldas, zapatos, abrigos, perfumes, joyería, lencería, maquillaje. En segundos, aparecen frente a nosotros varios pares de manos, nos muestran los mejores objetos de la tienda.
El resto lo hago yo.
Soy yo quien ve todo lo que nos muestran, yo decido el color, el diseño, el estilo y si quiero probármelo o si lo descartamos. Christian de vez en cuando pide algo en específico, ya sea un diseño, un color o alguna cosa para que la lleve conmigo al vestidor. Y yo, me siento encantada de complacerlo.
El resto del tiempo se mantiene ligeramente alejado de mí. Se coloca en una esquina o en algún sofá, se distrae haciendo llamadas, revisando su celular, haciendo cualquier cosa mientras yo voy y vengo por toda la tienda. Pero, cada vez que yo salgo del vestidor, cada vez que me tiene delante de él, su completa atención está sobre mí.
Es en ese momento cuando vuelvo a sentirme como la protagonista de una película. Cuando sus ojos grises me miran a través del reflejo del espejo, siento que soy la mujer más importante del mundo. De su mundo.
Y eso solo hace anhele más.
Nuestra dinámica de compras continúa. En cada tienda, sucedía lo mismo, cuanto estaba satisfecha con las cosas, Christian pedía que se envolvieran y las pagaba sin preocuparse a ver el total de las cuentas.
En algún momento Taylor apareció y en silencio comenzó a dar vueltas al auto para guardar nuestras compras, o al menos eso fue lo que Christian respondió cuando le pregunté al respecto. También me aseguró que no todas las bolsas y paquetes son míos, él también compró cosas para él, empezando por el cambio de ropa de la primera tienda. Ahora Christian lleva un pantalón negro y una camisa blanca más casual, igual que sus zapatillas deportivas como las mías.
También él luce más cómodo.
—Luce fantástica, señorita Sw… —la voz de Taylor me adula mientras paso a su lado con el conjunto que me estoy probando en ese momento.
—¡Señora! —Christian gruñe interrumpiéndolo.
Taylor se sobresalta. —¿Disculpe? —la confusión es clara en su pregunta.
Me giro en su dirección con una sonrisa avergonzada. Después de la primera tienda en la que conocimos al señor Thompson, el hombre se encargó de llamar a sus conocidos de las demás tiendas para informarles de la posible visita de los Grey. No hemos podido erradicar la idea de que soy la esposa de Christian, simplemente dejamos ser la situación.
—Señora Grey —Christian repite, pero no da más explicaciones.
—¿Disculpe? —pregunta de nuevo.
—Lamento que no hayas recibido la invitación a la ceremonia, Taylor —me lamento con dramatismo. —Nuestra boda fue maravillosa.
—Fue una ceremonia encantadora, sí —Christian sonríe a medias, su rostro sigue inclinado al catálogo en sus manos.
Taylor tarda en procesar nuestras palabras, supongo que decide que es mejor no preguntar al respecto.
—¿Señora? —la encargada de la tienda en la que nos encontramos se acerca a mi lado. —¿Qué le parece el conjunto?
—Es lindo, pero el color mostaza no termina de convencerme —le respondo mirando mi propio reflejo en el espejo.
—Podemos cambiarlo —asegura. —Hay uno que le quedará maravilloso a su piel, es un color azul rey que…
—¡Azul no! —grito antes de poder contenerme. La mujer salta, alarmada por mi arranque. Por la esquina de mis ojos veo el rostro alerta y sorprendido de Taylor, además del rostro preocupado de Christian.
—Discúlpenme —murmuro avergonzada. —Es solo que... el azul, bueno en realidad ese color, no, ya sabe, es decir…
Carajo. No hay ninguna manera correcta de explicar mi aberración a ese tono de azul. O la razón de mi odio.
—No queremos azul —Christian dice cortante. —No nos gusta.
Abro la boca sorprendida por la explicación de Christian, la mujer nos mira dudosa de cómo proceder.
—El azul rey no es de mis colores favoritos —hablo, le ofrezco una explicación más concisa a la pobre mujer que nos mira nerviosa. —Podría intentar un color azul que sea muy oscuro. Quizás.
—¿Po- podría ser azul marino? —la mujer me mira.
—Podría ser —me obligo a decir.
La mujer se pierde al interior de la tienda. Christian me da una mirada, sé que después me hará preguntas al respecto, Taylor me salva, hablándole a su jefe sobre temas que no quiero saber. La mujer regresa para mostrarme la ropa en el nuevo color que hemos elegido, pero, mi atención se ha desvanecido.
—¿Isabella? —Christian pregunta. Se ha dado cuenta de mi cambio de humor.
—¿Puedo cambiarme? —me giro hacia él, rogándole en silencio que acceda. Sus ojos grises se vuelven sombríos mientras me da un asentimiento.
—Ve a cambiarte —accede. —Te esperaré aquí.
No dudo en obedecerle. Mi cuerpo casi se lanza en dirección al vestidor para recuperar mi ropa, al menos la que he estado usando las últimas dos o tres horas. La ansiedad comienza a disiparse de mi cuerpo conforme me voy cambiando, de nuevo me siento segura, tranquila y capaz de enfrentarme al mundo que me espera a las afueras del probador. Cuando salgo y me dirijo a la tienda de nuevo, Christian ya me espera junto al mostrador, su mano estirada hacia mí.
—¿Necesitas algo más? —Christian es quien se acerca a mí, ambos estamos en el mostrador de la tienda donde pasamos los últimos minutos.
—¿Podemos irnos? —pregunto. —He tenido suficiente de las compras.
—Déjame pagar por esto y podremos irnos —extiende su tarjeta hacia la persona que está empacando las compras. Me quedo en silencio, a su lado.
—Tengo hambre —pienso en voz alta de repente. Todo el lugar se detiene, los ojos de los presentes en la tienda en la que nos encontramos se colocan sobre mí.
¿Qué fue lo que dije? ¿Qué tengo una bomba a punto de estallar en las manos? ¿Qué carajos?
—¿Puedo traerle algo? ¿Desea algo en especial? ¿Qué se le antoja? —un coro de voces me ataca. Los vendedores y las vendedoras llegan hasta mí ofreciéndome soluciones.
—Taylor tiene el auto estacionado a un par de calles —Christian me avisa. —Podemos ir a comer a donde tú quieras.
Una idea cruza por mi mente.
—¿Taylor puede ir a cómpranos comida? —mis ojos se colocan en Christian ignorando a los demás.
—¿Quieres comer aquí? —sus ojos grises me miran, muy sorprendido por mi nuevo arrebato. —Isabella, no creo que comer aquí sea lo correcto.
—No, aquí no —sacudo la cabeza. No quiero dar detalles, eso arruinaría mi plan. —Pero, ¿puede ir?
—Hay algunos restaurantes cerca de aquí —se acerca a mí una persona de las que me han ayudado a seleccionar los atuendos en esta tienda. —Puedo llamar y hacer una reservación a su nombre.
Hago una mueca, casi imito una sonrisa. El hombre es amable, pero no es mi plan comer en un restaurante.
—¿Taylor puede? —insisto impaciente. Christian me mira, sus ojos me analizan.
—¿Taylor? —Christian lo llama, sus ojos aun puestos en mí. El hombre vestido en traje salta de su lugar alejado del alboroto, se acerca a nosotros.
—¿Señor? —pregunta inocente.
—¿Te importaría hacer lo que Isabella quiere?
—¡No es ninguna molestia, señor! —dice sonriente, su rostro se luce concentrado, a la espera de acatar la indicación que se le dé. — ¿Algo en especial?
—¿Isabella? —Christian me mira, interrogante.
—Taylor, ¿me prestas tu celular? —extiendo mi mano. —Ahí pondré el lugar.
Por supuesto, Taylor me extiende el aparato sin hacer más preguntas. Abro el GPS, busco el restaurante que quiero y regreso el celular a su dueño observando su rostro para deleitarme con su expresión. Taylor me ofrece una mirada confundida, sus ojos bajan a la pantalla del aparato y cuando se da cuenta de mis planes suelta una carcajada profunda.
—¿Señora? —pregunta divertido.
—Solo pide algo clásico, no soy tan exigente —digo. Taylor asiente obedientemente. —Asegúrate de pedir para ti también.
—Claro, señora.
—¿Isabella? —Christian pregunta mirando nuestro intercambio con atención.
—¿Podemos irnos? —me giro emocionada en su dirección. —Quiero ir un lugar mientras esperamos a Taylor.
Lo piensa unos segundos.
—Está bien, ve —Christian le dice a Taylor. —Te llamaré cuando sepa dónde estamos.
—¡Que tengan buen día! —los vendedores, acompañados de la encargada, nos despiden con un humor que parece inmejorable. Sé que las grandes comisiones que hemos dejado en cada tienda que visitamos, pueden poner de buen humor a cualquiera.
—¿A dónde vamos? —Christian pregunta.
—¿Te molesta caminar? —uso las mismas palabras que él. Christian se ríe.
—¿Qué estas tramando? —pregunta de regreso. Doy un respingo. Su pregunta debería asustarme, pero el tono en su voz y su rostro relajado me dice que está bien con esto.
—Aún sigo trazando el plan —respondo.
Tomo su mano y tiro de él. Ambos salimos de la tienda. El aire de la ciudad golpea nuestros rostros, el ruido nuestros oídos y las personas por la calle comienzan a arrastrarnos entre ellos. De repente, las personas colocan su atención en nosotros, quizás es por curiosidad, o quizás es por asombro, ¿será anhelo? ¿Celos? No lo sé, pero hay alguna emoción escondida en sus miradas. ¿Me miran porque voy caminando por las calles de Nueva York, al lado de un hombre sexy y millonario, ambos vistiendo con ropa costosa y a la moda?
¡No me jodas!
Ahogo una risa histérica. ¿Te das cuenta, Isabella? ¿Puedes darte cuenta de la situación? ¡Estas caminando por las calles de Nueva York usando ropa costosa y a la moda!
Es inevitable pensar que, si algunas cosas no hubieran sucedido de la manera en la que lo hicieron, mi "yo" del pasado se hubiera perdido de esta experiencia. Todo ha sido casi perfecto, excepto por la reunión con Lucas, pero, aun así, no cambiaría nada del tiempo que llevo en esta ciudad. Hoy hablé y reí con el personal de las tiendas, Christian jugueteo y la pasó llenándome de adulaciones y cumplidos que mantuvieron cierta tonalidad roja en mi piel. Una sensación que me resultó extrañamente familiar y nostálgico.
Podría volver a hacer esto. Podría acostumbrarme a disfrutar la sensación de ser alguien a quien le gusta la atención. Podría volver a sentirme como Sarah Jessica Parker en "Sex and The city". O quizás, soy una mala imitación de Audrey Hepburn en "Breakfast in Tiffany´s", refiriéndome a la moda, claro. Aunque, quiero creer que soy más como Anne Hathaway en "The Devils Wears Prada", ambas trabajando en el mundo editorial y periodístico, dos patitos feos ignorantes de las tendencias que se terminan por convertir en dos cisnes gurús de la moda.
¡Ja! Que buen chiste. Yo Isabella Swan, convirtiéndome en una modelo e icono del mundo de la alta costura y la moda. ¡Por favor! Esas cosas no suceden en la vida real, ni en mis sueños podría ocurrir. ¿O sí?
¿Lo peor de todo? Si me imagino intentándolo.
Porque si pudiera entrar personalmente a la tienda de la famosa calle de Nueva York, acompañada de Christian y su tarjeta exclusiva, lo haría sin parar.
Permitir que Angela o Julie me arrastraran al centro comercial en Seattle para buscar alguna que otra cosa de las marcas de lujo que se podían conseguir en ese lugar, era algo soportable. Pero, tener a mi completa disposición tiendas de marcas como Celine, Dior, Chanel, Prada, Yves Saint Laurent, Dolce & Gabbanna, o Victoria´s Secret, quienes me mostraban las últimas colecciones que tenían y me ofrecían a personalizar ciertas cosas, era algo a lo que podría acostumbrarme.
Christian también me mostró algunas de las tiendas que él disfrutaba o que creyó que tendrían algo que llamaría mi atención, por ejemplo Hermès, Alexander McQueen, Oscar de la renta, Giorgio Armani, Valentino, Mara o Ralph Lauren.
Christian se encargó de mostrarme porque estaba tan seguro de que disfrutaría su manera de comprar. Me mostró porque estar con él sería algo que no olvidaría.
Podría gustarme la sensación.
—¿Ya casi llegamos? —pregunta.
—Sí —digo emocionada. Nos faltan un par de calles para llegar, pero ya puedo ver los árboles. —Vamos, vamos.
En nada de tiempo cruzamos la calle que nos separa del parque. Esta vez, estoy al lado opuesto del que recorrí en la mañana, pero no por eso deja de ser impresionante. Tardamos cerca de quince minutos en encontrar algún lugar que me convenza.
—¿Central Park? —Christian me mira, sus ojos grises brillan con una emoción que no puedo descifrar.
—Sí —sonrió. —Más temprano solo pude recorrer la parte más cercana al hotel.
—¿Y qué haremos aquí?
—¿Me prestas tu saco? —pregunto. Él levanta una ceja, resopla, pero me lo extiende. —¿Puedes decirle a Taylor dónde estamos?
No espero que responda, me alejo algunos pasos hasta el árbol que me llamó mi atención desde que visualicé el área. Extiendo el saco sobre el césped.
—Estamos en Central Park —la voz de Christian llega mis oídos, está a mis espaldas. —East Medaow, cerda de la 5ta Avenida.
Me siento con cuidado sobre el saco del traje de Christian. Mi rostro se levanta para mirarlo, él continúa dándole indicaciones a Taylor. Me quito las zapatillas deportivas dejándolas a un lado, sobre el césped, doblo mis rodillas acercándolas a mi pecho.
—Estará aquí en algunos minutos —informa guardando su celular. Asiento. Con la palma de mi mano doy un par de palmadas a mi lado, una petición silenciosa para que me acompañe.
Él se ríe por lo bajo, pero accede. Bajo mi atenta mirada, se inclina hasta que su cuerpo cae junto a mí. Su espalda se recuesta en el tronco del árbol que está detrás de mí, sus piernas se estiran frente a él, una de sus manos rodea mi cintura y con un poco de fuerza acomoda mi cuerpo a su costado, se asegura de que mi cuerpo se recueste en el suyo.
Ambos exhalamos.
Mis ojos analizan lo que sucede frente a mí. Hay una explanada, cubierta de césped verde y llamativo, hay personas sentadas sobre él, en grupos grandes y pequeños, tambien hay personas que corren por el césped con sus hijos o sus mascotas, o solamente jugando con sus amigos. Hay de todas las edades, pequeños y hasta adultos mayores. Cada uno en su propio mundo.
Sonrío. Aquí soy invisible, de nuevo.
Me doy cuenta que ahora el sol está parcialmente oculto entre las copas de los árboles que están a un costado.
—¿Qué hora es?
—Pasa de las cinco —Christian responde. Jadeo, mis parpados se abren al máximo, sorprendida por la velocidad del tiempo. —Lo sé, a mi tambien me sorprendió.
Giro mi cuello buscando el rostro de Christian. Tiene su cabeza recostada en el tronco del árbol, sus ojos están cerrados, su frente está relajada y sin la usual línea de su ceño fruncido. Los ligeros rayos del sol se reflejan el vello cobrizo de su barba, sus labios están ligeramente entreabiertos.
Tengo una sensación de Deja vú.
Su rostro se ve tranquilo y despreocupado como esa primera vez que desperté a su lado. Tal y como esa vez mi mano se levanta, acerco mis dedos a su rostro, y esta vez, sin dudarlo, acaricio su mejilla sintiendo la picazón del vello que forma su barba.
Christian coloca su mano sobra la mía. La sensación es cálida.
—Señor, señorita Swan.
Maldita sea, Taylor.
Christian gruñe, lo hace tan bajo que si no fuera por la vibración de su pecho, hubiera creído que era mi imaginación. Tomando una profunda respiración, gira ligeramente su rostro, sus labios depositan un beso en la palma de mi mano antes de soltarme.
—¿Fue difícil? —le pregunto a Taylor en un intento de aligerar el ambiente.
—No, señorita —dice él. No paso por alto la mirada fugaz que le da a su jefe.
Me extiende dos bolsas de papel.
—Gracias —estiro mis manos, él extiende dos bolsas de papel en mi dirección. Las tomo con facilidad y sonrió satisfecha al darme cuenta que él tambien compró comida para él.
—¿McDonald's? —Christian jadea sorprendido. —¿De verdad? De todos los lugares que podías elegir, ¿McDonald's?
Abro una de las bolsas, mis ojos curiosean en el interior hasta que veo mi objetivo. Meto mi mano y saco del interior una papa frita. Pongo mis ojos de nuevo sobre Christian y la sacudo frente a sus labios. Los ojos grises de Christian me miran con un brillo divertido.
—¿Cuál quieres? —pregunto. Abro la otra bolsa y analizo el contenido.
—¿Hay alguna diferencia?
—No —rio. —Son iguales.
Christian toma una de las bolsas y saca el contenido.
—¿Por qué no te sientas, Taylor? —le digo al hombre que aún está de pie a un metro de nosotros, observándonos. —Lamento no tener otro saco de Christian para que te cubras de la tierra.
—¿Mío? —Christian gruñe.
—No se preocupe, Señorita, yo tengo el mío —Taylor dice animado. Deposita su comida con cuidado a un lado de mis pies, con rapidez saca el saco de su traje y lo coloca sobre la hierba y la tierra.
Ahora estamos los tres descansando sobre el pasto, cada uno con una bolsa de papel con el logo de McDonald's.
—Nunca había hecho esto —dice Taylor antes de darle un mordisco a una papa frita.
—¿Qué cosa? —pregunto. Taylor me mira, alarmado, sus ojos se desvían a su jefe, no sé qué mirada obtiene, pero traga ruidosamente.
—Esto —señala nuestro picnic improvisado. —Comer algo tan casual, comer con el Sr. Grey, se siente… incorrecto. Él nunca nos haría esto.
Levanto una ceja. A mi costado, Christian se aclara la garganta.
—Piensa que fui yo quien te ha invitado —ofrezco.
—¿Pagando con la tarjeta del señor? —Taylor me mira entre avergonzado y divertido.
—El insistió en que gastara su dinero —me encojo de hombros.
—¿Cómo se siente eso? —Christian pregunta. La pregunta va dirigida hacia mí.
—De hecho —me remuevo, —no soy buena aceptando cosas de las personas. Que gasten su dinero en mí… no lo suelo tolerar. Ha pasado algo de tiempo desde que permití eso.
Actuando lo más normal que puedo, tomo un par de respiraciones profundas tratando de controlar la ansiedad y el temor que se han colado en mi cuerpo.
—No has respondido mi pregunta —aclara bruscamente.
—Se sintió, bien. Como si fuera correcto —me sonrojo. —Tenías razón, ir de compras contigo es divertido.
Christian inclina su cabeza, sus labios embozan una sonrisa presumida, sus ojos me dicen las palabras que esconde: "te lo dije".
Ambos seguimos comiendo, disfrutando del silencio entre nosotros y del ruido de lo que sucede alrededor del parque.
—¿Haces esto seguido? —pregunta volviendo su mirada hacia mí.
—¿Qué? ¿Comer hamburguesas de McDonald's, bajo un árbol en el Central Park, con un millonario que acaba de gastar parte de su fortuna en mí? —me burlo. —¡Por supuesto! Lo hago a diario.
—Claro —Cristian suelta una carcajada.
Juro que es uno de los mejores sonidos del puto mundo.
—¡Oh! Y acompañados del guardaespaldas —miro de reojo a Taylor. El hombre levanta su refresco en mi dirección.
—Yo nunca lo había hecho.
—¿Qué? —me atraganto con el bocado de mi hamburguesa. —¿Sentarte debajo de un árbol? ¿Nunca lo habías hecho?
Christian sacude la cabeza con expresión seria.
—No juegues —le doy un empujón con mi hombro. Él se mantiene tenso, con una mirada impasible.
Mi mandíbula cae, mis parpados se abren al máximo.
—¡No puedo creerlo! —chillo incrédula.
—Pues créelo —dice entre dientes. —Tampoco había probado las hamburguesas de McDonald´s
—¿Qué fue lo que hiciste durante toda tu infancia? —pregunto sin poder creer lo que mis oídos escuchan.
—Los primeros años los pasé con la mujer que me dio a luz. Era una puta adicta al crack que se la pasaba drogándose sin recordar que tenía un hijo.
Mi cuerpo se congela al escuchar sus palabras. Mi cabeza se dispara hacia Taylor en busca de alguna confirmación de que el hombre a mi lado está mintiendo, pero el ex militar ha desviado su rostro de mí, su mirada está en un punto alejado como si eso le permitiera ser invisible en la conversación.
—¿Christian? —pregunto. De repente la comida deja de saberme buena.
—Se suicidó cuando yo tenía cuatro años —sigue contando, su voz ahora es más leve, se escucha vulnerable. —Grace, mi madre ahora, trabajaba en el hospital al que me llevaron, entonces ella y su esposo Carrick me adoptaron.
—Christian —ahogo el sollozo en mi garganta. —Yo no lo sabía...
—Lo sé, no lo sabías —me sonríe casi tranquilizadoramente. Lástima que ninguno cree que su expresión sea honesta. —Ahora ya lo sabes, eso fue lo hice durante mi nula infancia y no comiendo en McDonald´s
Le da otro mordisco a su hamburguesa. Yo no puedo. El hambre se me ha ido de imaginar a un pequeño niño, muy delegado, de cabello rizado color cobrizo, llorándole a su madre por un poco de intención.
Ya no me siento valiente como para decir nada más.
Me obligo a comer la hamburguesa que hay en mis manos mientras recuerdo sus palabras pasadas, ahora ya conozco la razón de su obsesión por que la comida no se desperdicie, es una reacción al trauma de su infancia donde probablemente la comida era algo que siempre escaseaba en su vida.
—¿Qué hay de Elliot? —desvió el tema. —¿Siempre tiene esa actitud de "bad boy"?
El tema parece relajarlo. Hablar de su familia nueva parece ser casi un bálsamo al dolor que lo atormenta.
—Te diste cuenta —sonríe. —Él es así, despreocupado, tranquilo, le gusta divertirse y andar por ahí ebrio en la madrugada.
—Señor Grey, al parecer esos malos hábitos se le están contagiando —me burlo. Él amplía su sonrisa al recordar que nos conocimos de esa manera, ebrios y en la madrugada.
—Una vida con él no pasa de a gratis —ambos soltamos una risa por sus palabras. —Cuando éramos más jóvenes solía obligarme a ir a conciertos junto con él solo para que mamá lo dejará salir.
—¿Y ahora te gusta el rock, el metal, y todo eso?
—Amo la música clásica —dice. La respiración se atora en mi garganta. Para mi buena suerte, sigue hablando. —Sabes que tengo un piano en casa y sabes que sé tocarlo, pero sí, los malos gustos musicales de Eliot son contagiosos.
—¿Tienes más hermanos? —le pregunto.
—Una hermana —sonríe. —Mia.
—¿Como es ella?
—Alegre, simpática, ama la moda y todo lo que tenga que ver con ella —suspira. —Hace poco volvió de Paris. Esa fue la última vez que ví a mi familia, en la cena de bienvenida que le organizamos.
Asiento. Llevo la boquilla de mi refresco a mis labios, le doy un profundo trago buscando que el nudo en mi garganta se desaparezca. Mi mente ha comenzado a hacer de nuevo las comparaciones con la familia que yo solía conocer.
¿Acaso el destino se divierte siendo tan retorcido?
Pasamos un poco más de tiempo sentados a la sombra del árbol. Conduzco la conversación hacia temas más comunes y menos dolorosos para ambos, hago preguntas que suenan parecidas al guion tradicional de cuando recién estás conociendo a alguien. Finalmente decidimos levantarnos y continuar con nuestra pequeña aventura por la ciudad. Taylor nos escolta de nuevo a la enorme camioneta en la que nos hemos movido durante el día.
—Vamos —Christian me conduce hasta la puerta del copiloto, abre la puerta y me señala el interior. —Sube adelante.
Confundida, hago lo que me dice, lo observo cerrar mi puerta, luego escucho movimiento al exterior del auto. Por supuesto que mi curiosidad gana, me doy la vuelta para revisar el repentino cambio de lugares.
—¡Ay carajo! —chillo. En automático la palma de mi mano sube hasta mis labios.
Veo el cuerpo de Christian batallar para acomodarse en una de las esquinas que está libre, una de sus cejas se levanta, sus ojos me cuestionan la razón de mi grito. El interior del auto está repleto de bolsas y cajas con las todas las compras que hemos hecho. Admiro la habilidad de Taylor para acomodarlas y guardar espacio para nosotros.
—Christian —jadeo.
—¿Sí? —pregunta con calma.
—Dijiste que compraríamos ropa que pudiera utilizar este fin de semana —las palabras salen de mi boca como una acusación. —¡No un jodido guardarropa para toda la vida!
Christian sonríe. Empuja algunas bolsas que están a su costado para tener más espacio.
—Usa todo lo que quieras este fin de semana —dice, su voz es muy seria. —Lo de la vida… —chasquea la lengua, —no creo que sea suficiente ropa para toda una vida conmigo, pero eso podemos hablarlo más tarde.
Aprieto mis labios, intento no mostrar la sonrisa que amenaza con asomarse. Sin responderle nada, regreso mi cuerpo hacia el frente mientras sacudo mi cabeza con diversión. Taylor se sube detrás del volante, nos da una mirada para cerciorarse que estemos bien.
—Lamento tener que cambiar tus actividades, Taylor —Christian pone su atención en su guardaespaldas, o chofer, o sea cual sea el maldito papel que el pobre hombre desarrolle. —Sé que no es sencillo trabajar conmigo.
—Uno se acostumbra, señor —se encoje de hombros. El tono en que pronunció las palabras me produce una risa que no puedo contener. Taylor sonríe satisfecho por el efecto que causaron sus palabras, casi puedo imaginar la mueca cabreada de Christian en el asiento trasero.
—Yo también lo lamento —es mi turno de disculparme. —Debes estar muy cansado Taylor, lamento haber sido yo la causa de que estuvieras de un lado a otro.
Taylor no lo muestra, pero sé que debe estar cansado. Desde en la mañana que fue a buscar el vestido para mí, las vueltas que sé que Christian lo obligó a dar para buscarme después de que me escapara de la reunión y luego tener que estar llevando no sé cuántas bolsas de compras de un lado a otro. Maldita sea, siento que lo sobreexplotamos. Me siento muy avergonzada con este hombre.
—No se preocupe, señorita —dice con una pequeña sonrisa. —Es mi trabajo.
—No, Taylor —niego rápidamente. —Tu trabajo es Christian, no yo.
—Lo sé —dice. —Si el señor Grey lo ordena, yo obedezco.
Giro mi rostro hacia él, su rostro luce muy convencido de sus palabras y yo solo puedo maravillarme de la lealtad y obediencia que le tiene a su jefe.
—Además —dice más alegre, —Gracias a usted acabo de ganar un muy buen bono de productividad.
—¿Un qué? —Christian ruge desde el asiento trasero.
—Se lo merece —acepto totalmente de acuerdo con Taylor. Giro mi cabeza para mirar a Christian, sus ojos grises entrecerrados mientras se pasean entre nosotros.
Me estremezco.
—Hablaremos más tarde de eso —le gruñe. Taylor asiente a las palabras de su jefe. —Pero, tomate el resto del día libre.
Ahora soy yo quien salta. Mis ojos van en dirección a Taylor, el hombre mira por el retrovisor ofreciéndole a su jefe una mirada de sorpresa e incredulidad.
—¿Señor?
—Tengo algunos planes para el resto de la tarde —Christian habla, su tono tranquilo me hace deducir que es su manera de explicar porque no necesita los servicios de su guardaespaldas por el resto del día.
—¿No me necesita? —Taylor pregunta, visiblemente inseguro e incrédulo con las palabras de su jefe. —Puedo encargarme de lo que me pida.
Christian niega.
—Puedo encargarme yo solo, Taylor —asegura el hombre. —Por supuesto, eres libre de unirte a nosotros si lo deseas, pero, estaremos bien si también decides no hacerlo.
Taylor mira a su jefe a través del retrovisor, luego me mira por la esquina de los ojos. Sus labios se estiran poco a poco hasta formar una sonrisa pícara.
—Tiene razón, señor Grey —asiente. —Me vendría bien un descanso.
—Me vendría bien un descanso, Señor.
—¡Espera! —salto indignada por la situación. —No porque el hombre se merezca vacaciones y tú decidas darle la tarde libre, significa que te has salvado de darle un bono.
Christian me mira, sus ojos parecen como un niño que han descubierto en una travesura.
—En casa arreglamos eso —dice tajante. Taylor y yo nos miramos, cómplices.
—¿Necesitará el auto, señor? —Taylor pregunta, sus manos maniobran para arrancar el motor. —Antes de retirarme puedo llevarlos a dónde me diga.
—Isabella —Christian llama mi atención de nuevo.
—¿Si? —colocó mi atención en él, de nuevo.
—¿Estas cansada? ¿Te molesta caminar?
—Estoy bien —le aseguro. —Podemos caminar.
Además, ya no quiero molestar a Taylor por más tiempo.
—Bien —Christian me brinda una sonrisa cálida antes de darle indicaciones a Taylor. —Iremos al SUMMIT. Puedes dejarnos ahí y llevarte el auto al hotel.
—Por supuesto, señor.
Con esa frase, Taylor conduce por las calles de la ciudad para llevarnos a nuestro destino. Miro por la ventanilla las calles por las que pasamos, me siento nuevamente maravillada con la ciudad y la vida que hay en ella. No importa a qué hora mire, todo el tiempo hay ruido, luces, vida.
—Llegamos —anuncia Taylor. Rápidamente lo tengo a mi lado abriendo la puerta para mí, con Christian a unos metros de nosotros, esperando por mí. Ambos nos quedamos de pie en la acera, nos despedimos de Taylor, yo de una manera más efusiva que mi acompañante que solo le ofrece un asentimiento.
—Diviértanse —Taylor nos guiña un ojo, se gira casi corriendo de regreso al asiento del conductor. Mis ojos se mantienen en el auto hasta que se pierde por la calle.
Antes de que pueda reaccionar, un par de brazos me rodean por la cintura, me levantan y me giran en el aire.
Christian me tiene en sus brazos, aun cargada en el aire como si yo no pesara, sus ojos grises me miran con emociones que no puedo contar. Desliza mi cuerpo lentamente hasta el suelo, se asegura de dejarme estable sobre mis dos piernas antes de que una de sus manos suelte mi cintura para subir a mi mejilla. Sus dedos acarician mi piel, su mano se desliza hasta mi nuca atrayéndome a él, su nariz roza con la mía como una dulce caricia, su aliento se mezcla con el mío su aliento se mezcla con el mío. Sus labios tocan mis labios, me besa con calma, con firmeza, con delicadeza, con deseo, con anhelo, me besa casi con ternura.
Se siente extraño viniendo de él, es extraño viniendo del hombre que en cada oportunidad que tiene, me acerca a su cuerpo con hambre y deseo. Pero no voy a mentir, se siente bien.
—Isabella —suspira mi nombre contra mis labios antes de apartarse de mí. Su pulgar acaricia mis labios ligeramente hinchados por el beso. La mano que se ha mantenido en mi cintura, se desliza hasta entrelazarse con la mía. —Vamos, quiero que veas algo.
Ambos caminamos al interior del enorme edificio.
—Sr. y Sra. Grey —una persona aparece frente a nosotros. —Bienvenidos al SUMMIT One Vanderbilt.
Por supuesto, esta vez no resulta sorprendente que Christian haya tenido todos los detalles listos para nuestra visita.
—Les informo los detalles de su reservación —la mujer nos muestra algunos folletos del lugar. —Tienen acceso a todo el mirador y lo que ofrece, es decir al ascensor de cristal, a las cuatro salas de arte, las cajas trasparentes y al área de cócteles.
—Gracias —Christian asiente. —¿Podríamos subir al mirador primero?
La persona asiente, nos da las indicaciones necesarias para nuestra visita. Nos coloca frente a una computadora que nos saca fotografías para la base de datos, además que nos da protectores para nuestros zapatos. Finalmente nos despide frente a las puertas del ascensor de cristal.
Christian y yo entramos, estamos solos al interior del cubículo formado por metal, espejos y cristales transparentes.
Malditamente aterrador.
—Entonces, —Cristian me toma de nuevo en sus brazos, me coloca frente a él, sus manos en mi espalda baja apretándome contra él. —Señora Grey…
—¿Por qué continúas diciendo que soy tu esposa?
Muerdo mi lengua. Sí quiero saber la respuesta a eso, pero no quería que el tono de mi voz sonará tan agresivo.
—¿Te molesta? —levanta las cejas. Su buen humor se ha evaporado.
—No —desvió la mirada. Chocante, inmadura e infantil.
—Isabella… —advierte.
—Es solo que, no comprendo —regreso mis ojos a los suyos, él espera paciente y atento a mis palabras, —¿Por qué dejar que toda la ciudad me vea de esa manera? Eres alguien importante, Christian, sé que en algún momento van a sacar chismes y nosotros…
—¿Te preocupan los chismes de los medios? ¿Te preocupa que las habladurías de las personas puedan afectarnos? —hace una mueca, el recelo de su voz me congela las venas. —Te aseguro que no permitiré que alguien te haga daño, de ninguna manera.
Quiero creerle. Sé que puede protegerme de los medios, pero, yo también puedo hacer eso. Quiero creer que puede protegerme de más cosas, pero, también quiero decirle que eso es imposible.
—No es eso, en realidad no me molesta que hablen —sacudo la cabeza. Me concentro en el tema de la conversación. —Sé lo crueles que pueden llegar a ser. Trabajo en el medio ¿recuerdas? Yo sé de lo que pueden hacer solo para conseguir una noticia venda.
Christian ríe entre dientes.
—Cariño, entonces tú y yo seremos una gran conversación —lo miro. ¿Cómo puede estar tan jodidamente relajado al respecto? —Lo que sea que los medios o las personas puedan inventar sobre nosotros, no me interesa.
Toma mi barbilla con sus dedos, acerca mi rostro al suyo para depositar un beso en mis labios. Sabe dulce, convincente, seguro. Cuando se aleja de mí, sus ojos vuelven a ser brillantes.
—¿No te molesta que todo Nueva York piense que, estamos actuando como dos adolescentes que se han escapado durante el fin de semana para casarse? —me burlo. Las comisuras de sus labios se elevan haciendo evidente la sonrisa que está ocultándome.
—No. No me molesta —responde en un suspiro. —Por lo menos así te verán de la misma manera en que yo te veo. Mía.
Casi jadeo. Casi.
El timbre del ascensor nos indica que hemos llegado a nuestro destino.
—Déjalo ser —Christian dice. Su cuerpo se aleja del mío, pero su mano se entrelaza de nuevo con la mía. Ambos salimos del ascensor. —¿No dicen que esta es la ciudad perfecta para empezar una nueva vida? Ya sabes, la enorme ciudad de concreto y metal que te ofrece la oportunidad de empezar desde cero.
—¿Eso dicen? —pregunto estúpidamente.
—No lo sé, lo acabo de inventar —responde. Me rio. —Pero creo que si hay un par de canciones al respecto.
Giro mi rostro para evitar que vea mi sonrisa burlona, mis ojos observan el lugar al que hemos llegado y mi cuerpo se desconecta del resto del mundo.
La vista es tan impresionante que me deja sin aliento.
El lugar es una sala de espejos a una escala que jamás imaginé ver. Cuando era niña, recuerdo que Renée me llevó a una feria donde había un pequeño espacio decorado con muchos espejos, para una niña, fue un espectáculo asombroso. Más tarde, cuando tuve ese desafortunado encuentro con James en la sala de espejos del estudio de Ballet, resultó una experiencia aterradora.
Pero esta vez no tengo palabras para describirlo.
Estamos en uno de los pisos más altos del edificio, lo deduzco por el tiempo que pasamos en el ascensor, pero la vista que tengo frente a mí algo increíble. La sala está compuesta casi de la misma manera que el elevador, cristal, espejos y metal están por todas partes, en el piso, el techo, las paredes, todo el nivel del edificio lugar está cubierto de objetos muy reflejantes que crean una especie de lugar infinito.
—Christian —jadeo. No recibo ninguna respuesta.
La preocupación nace en mi interior. ¿Estoy imaginando esto? ¿Ahora sí enloquecí? Lo que mis ojos observan en este momento no es real, no puede ser real una vista tan maravillosa como la que tengo delante de mí.
—Llegamos justo a tiempo —dice contra mi oído. Un movimiento sucede entre los dedos de una de mis manos, algo se desliza por mi cintura, una mano sujetándome es el golpe de realidad que necesito, es la confirmación que lo que mis ojos ven, no es una maldita ilusión.
Estoy flotando por el lugar, alguien me conduce de un lado a otro sosteniéndome con seguridad mientras me conduce con cuidado entre el espacio que las demás personas del lugar dejan para pasar. Sé que puedo caerme, sé que el piso reflejante es un arma peligrosa que me hará chocar con alguien o con algo; soy muy consciente del desastre que puedo llegar a ser si continúo moviendo mi cabeza de un lado a otro. Quiero calmarme, pero es inevitable que quiera guardar esto en mi memoria, mis ojos van y vienen, paseándose por todos lados, analizando cada detalle y memorizándolo.
Todo es confuso, todo se mueve en diferentes direcciones, todo es reflejante y muy brillante. Es un espectáculo de espejos, una ilusión, un acto de magia que alguien está haciendo conmigo.
Pero, el único mago que conozco está sujetándome con firmeza a su lado. Christian está a mi lado, Christian no me dejará caer.
—Mira —él llama mi atención.
Mis ojos se colocan al frente, mis piernas dejan de sostenerme.
—Carajo —jadeo.
Los imponentes edificios de la ciudad de Nueva York se elevan frente a mis ojos en el medio del esplendor del cielo cubierto por una neblina de colores, tonalidades como el rosa, naranja, morado y azul colorean todo el fondo de la ciudad. Las luces de los edificios comienzan a encenderse, aparecen simultáneamente frente a mis ojos hasta formar lo que parece ser un conjunto de millones de estrellas que resaltan en la oscuridad que comienza a opacar el mar de colores en el cielo.
—Isabella —me llaman. La voz se escucha lejana. —Respira, cariño.
—Es… —jadeo de nuevo. Lo que mis ojos están mirando en este momento, es tan impactante que me cuesta hasta respirar. —Esto no… no puede ser real. Esto es un sueño… ¡tengo que estar soñando!
¿Es posible que esto sea producto de mi imaginación? ¿Una consecuencia de toda la dopamina que mi cerebro ha fabricado hoy? No creo que sea un sueño, ya no tengo sueños así de hermosos, usualmente son malos, aterradores, dolorosos. Pero si esto no es un sueño, ni estoy imaginándolo… ¿es real?
Un apretón en mi mano me sobresalta. Alguien levanta mi mano y se asegura de rodear mi propio cuerpo con mi brazo, hay otro brazo que se desliza acariciando mi cintura hasta descansar en mi abdomen.
—Es muy real —la voz habla de nuevo. Alguien tiene mi espalda contra su pecho, alguien me sujeta con fuerza por mi mano que rodea mi cuerpo y la suya que descansa sobre mi cuerpo. Hay alguien sujetándome, Christian está sujetándome.
Sí, esto es real.
Estoy en uno de los edificios más altos de la ciudad de Nueva York. Estoy viendo el atardecer desde una sala de espejos en uno de los mejores miradores de la ciudad. Estoy observando una de las mejores vistas en este planeta entre los brazos de uno de los millonarios más importantes de Seattle y del mundo. Estoy teniendo esta aventura con Christian Grey. Estoy con Christian.
—Impresionante ¿verdad? —habla de nuevo. Su aliento roza mi cuello, sus labios rozan el borde de mi oreja.
—Es… —busco las palabras para describirlo. —Nunca había visto algo tan… hermoso… tan alucinante… es deslumbrante.
—Cierto —acepta. —Esa es una buena manera de describirte.
Fortuna de Christian Grey= Los 2.5 millones son de acuerdo a Forbes y en el año 2013. Grey estaba en aquel entonces en el puesto 8 de los personajes ficticios más ricos. (Dice millones, pero honestamente se me hace poco dinero, siento que son billones de dólares)
¿Ya lo releyeron? Hay unas cositas nuevas por estos rumbos.
Este es el ultimo capitulo que había publicado y hasta aquí se quedan las correcciones y eso. A partir de este, ya todos serán capítulos nuevos.
Por cierto, subí una nueva historia llamada "City Lights" Es un One Shot de esta historia, y esta ubicado después de este capitulo. Les recomiendo ir a leerlo.
Nos leemos en el siguiente.
