Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


*Nota*

El primer texto resaltado, son fragmentos de varios acuerdos de confidencialidad sacados de internet, realmente, yo no sé redactar eso, así que es, más que nada, improvisación.

El texto que está resaltado más abajo, está tomado directamente del libro de 50SoG, yo solo tomé fragmentos para complementar la idea de esta historia.


Isabella POV

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Mis ojos están fijos en el techo, desde hace ya rato perdí la noción de cuánto tiempo llevo en esta posición. Mi acompañante aun no despierta, tampoco creo que haya notado mi presencia, o la hora en la que llegué anoche. Se ha mantenido en un sueño pacífico y relajado del cual siento envidia.

Finalmente después de algunos minutos, su cuerpo se mueve, se gira en mi dirección acomodándose a mi lado sobre uno de sus costados. Una de sus piernas cae sobre las mías, uno de sus brazos sobre mi abdomen mientras su mano descansa sobre mí mentón y mi mejilla. Sus dedos golpetean mi rostro, busca a tientas la manera de reconocerme.

Sonrío. Ya sabe que estoy aquí.

—Mierda —susurra.

Sus ojos se abren de golpe, su cuerpo se endereza en un movimiento rápido. Su rostro está en mi dirección mostrándome una expresión de pánico mezclado con angustia.

—Buenos días, solecito —le digo con falsa dulzura.

Se congela. Sus ojos recorren mí silueta, su cerebro tarda un poco en procesar mi presencia.

—¡Ay que susto! —jadea ruidosamente. —Creí que eras algún idiota del que no me acoraba.

Pongo los ojos en blanco. No hubiese sido una sorpresa.

—¿Qué carajos haces aquí? —habla entrecortadamente. Su pecho sube y baja con rapidez.

Tuerzo mis labios en una mueca.

—La última vez que revisé, esta era mi casa —respondo con mi voz estilando ironía. —Y la última vez que revisé, tu casa era la de al lado.

—Pues, sí —acepta, su mirada se desvía. —No niego que esta es tu casa.

—Y tú estás en mi casa, ¿Por qué?

—Porque tu televisor es más grande que el mío.

—Resulta que estas en mi cama, en mi habitación —mis ojos se pasean por nuestro alrededor, —y yo no veo ningún televisor aquí.

Su expresión se convierte en una muy fingida expresión de inocencia. Mis ojos se mantienen sobre ella, fríos, duros, e impasibles.

—Oh de acuerdo —hace un puchero. —Se me hizo tarde y el camino hasta mi habitación era demasiado largo como para recorrerlo yo sola en el medio de la noche oscura y peligrosa.

Entrecierro mis ojos.

No es la primera vez que encuentro a mi amiga en mi cama, y sé que, tampoco será la última vez. Desde que nos mudamos a este lugar hemos sido nosotras dos contra el mundo y si alguna de las dos no está, la otra busca cómo llenar ese vacío. Soy yo quien pasa más tiempo lejos de casa, por entrevistas, investigaciones o situación laboral, y cuando vuelvo a casa Angela está en mi habitación, en mi sofá o en algún lugar de mi casa. Si ella se va, soy yo quien busca algo de ella para evitar sentirme sola.

Por eso pedimos los departamentos juntos, por eso le rogamos al señor Grayson que nos dejara colocar una puerta entre los patios de ambas, para poder ir de una casa a otra sin problemas. Es por esa puerta que sé que está mintiendo sobre la razón de su presencia en mi habitación, sé que me extrañó y que por eso durmió en mi habitación.

Sacudo mi cabeza, una sonrisa baila en mis labios mientras finjo un profundo suspiro. Ella comprende mi gesto. Veo su rostro relajarse, sus labios curvearse en una brillante sonrisa, sabe que me ha ganado, que la he perdonado por irrumpir en mi casa como una maldita criminal.

—¡¿Asaltaste el puto centro comercial?! —chilla de repente.

Mi cuerpo se sobresalta, es inevitable con el volumen de su voz y el tono agudo en ella. Estiro mi cuello para seguir su mirada, está mirando la notable montaña de bolsas y cajas que hay en una de las esquinas de mi habitación.

—No me robé nada —resoplo incomoda. —Lo compre.

—¿Fuiste de compras? —acusa burlonamente. Se cruza de brazos.

—Me llevaron de compras —aclaro.

—¿Aceptaste ir de compras? —jadea sorprendida.

—Acepté ir a comprar lo necesario para el fin de semana —explico.

—¿Esperas que te crea eso? —se queja. Una de sus manos señala con insistencia todas las cosas.

—Pues, sí.

Es ella quien tuerce los ojos.

—El jueves cuando me despedí de ti, hasta donde yo sé, todavía odiabas ir de compras —chasquea su lengua, hay algo en su voz que la hace parecer histérica y me está mareando. —Ahora llegas y me dices que te llevaron de compras en Nueva York y que tú accediste muy feliz a hacerlo. ¿Correcto?

—Algo así —suspiro.

—No puedo creerlo —sisea, luego, una carcajada brota de ella. Me quedo en silencio. De repente lanza su cuerpo contra el mío. —¿Quién carajo eres tú y que has hecho con mi amiga?

—¡Angela! —chillo. El colchón de la cama amortigua el golpe de ambas, pero es mi cuerpo el que recibe de golpe su peso dejándome momentáneamente sin aire.

Ambas reímos histéricamente.

—Maldita sea —me da un golpe en la pierna. —Llevo esperando esto durante mucho tiempo —dice levantándose.

—¿Taclearme? —pregunto con los ojos muy abiertos.

—No, tonta —otro golpe. —Esto, que estuvieras más relajada, más tranquila y feliz.

Levanto una ceja. ¿Desde cuándo se volvió perfiladora de personas?

—¿A qué hora llegaste a casa? —se gira, recostada sobre su estómago, sus codos están contra el colchón y sus manos sosteniendo su barbilla.

—Pasaba de media noche —respondo, recordando la última vez que miré mi celular.

—¿Y entonces?

—Entonces… —me hago la desentendida. —¿Qué cosa?

—¿Así haremos esto? —bufa con molestia. —Ahora resulta que tengo que seguir el maldito protocolo y preguntarte.

—Angela ¿de qué demonios hablas?

—¿Cómo te fue? —pregunta como si fuera obvio. Sus ojos están muy abiertos, sus cejas están hasta arriba. —Ya sabes, Nueva York, Lucas y el contrato, el fin de semana, el maldito adonis llamado Christian Grey

Mis ojos se disparan de nuevo al techo. Mis labios se aprietan en una línea. Ahora que lo pienso, no había notado lo dañada que estaba mi casa, ¿hace cuánto que no pinto la casa? La pintura se ve algo desgastada, ¿debería llamar a alguien? ¿Qué tal si cambio la decoración? Podría llamar a la señora Grayson, ella sabe de esos temas y ella siempre está encantada de ayudarme con la casa.

—¡Mierda! ¡No me jodas! —se queja ante mi falta de respuesta. Es mi hermana, me conoce, sabe que algo sucedió. —¡Las llamadas y los mensajes no fueron suficientes! Necesito saber los detalles, Isabella. Habla.

—Pasaron muchas cosas —digo honesta.

—Uh, oh —me mira, preocupada. —No me gusta cómo suena eso.

Durante los siguientes minutos, mi boca arroja sin filtro lo que pasó desde que Christian Grey me sacó del periódico. Le cuento del avión privado, del hotel, del pent-house, de lo que sucedió en el hermoso piano y del vestido que Taylor me llevó.

—Con Lucas fue, algo extraño —me aclaro la garganta. —Christian me acompañó a la reunión y…

—¡¿Christian Grey te acompañó a la reunión con Lucas?! —grita, la histeria en su voz es evidente. Muevo mi cabeza afirmativamente. — ¡Carajo! Eso debió salir muy mal.

—No te imaginas —exhalo con brusquedad. Durante algunos segundos, pienso en las maneras en las que puedo resumir lo que sucedió. —¿Alguna vez has visto a dos perros jugar un concurso de meadas?

—¿Qué dices? —Angela me mira, sus ojos reflejan confusión, asco y cierta diversión por mis palabras. —¿Dos perros?

Muerdo el interior de mis mejillas. Maldita sea, sé que no es la mejor manera para describir la situación y tampoco es la mejor manera de referirme a ellos de esa manera, pero, mi cerebro no encontró otra manera de describir la situación.

—Christian y Lucas —siseo entre dientes. El puro recuerdo me molesta. —Ellos actuaron como dos perros marcando territorio.

La comprensión golpea a mi amiga, haciéndola estalla en risas.

—¿Se pusieron a jugar "mi juguete es más grande que el tuyo"?

Su burla me hace reír.

—La idea de rociarles agua en la cara para que se tranquilizaran no me parecía tan mala —digo entre risas. La conversación sobre ellos se desata, le cuento los detalles de la reunión y de cómo fue que terminé dejándolos solos en esa oficina.

—Tú sí que sabes hacer una salida dramática. —Angela habla entre risas.

—Yo solo quería salir de ahí —me defiendo. —Regresé caminando al hotel y ahí me encontré a Elliot. Aunque al inicio me molestó aún más con su presencia, después de hablar y de conocerlo ayudo a calmarme.

—¿Quién es Elliot?

—El hermano de Christian —le digo. Angela me mira con interés, expectante al resto de la historia. Mi boca se abre y se cierra pronunciando cada palabra de la conversación que tuve con Elliot.

—Espera, espera —Angela se sienta. Sus ojos cafés desenfocados con su atención puesta en algo dentro de su cabeza. —Cuando dices Anastasia… ¿te refieres a esa Anastasia?

—Sí, esa Anastasia —mi boca se seca.

—Carajo.

—Eso fue lo que pensé —resoplo. —Creí que ya no tendría que volver a saber de ella en toda mi puta vida.

Siento la bilis subir por mi garganta. Sacudo mi cabeza, alejo el recuerdo de esa mujer. Angela, a mi lado se estremece.

—Ahora quiero volverla a ver —confiesa mi amiga. Le doy una mirada. —Quiero ver, con mis propios ojos, su reacción cuando se entre que Christian Grey ahora es tu hombre.

Una sonrisa se dibuja en mis labios. Es inevitable con el pensamiento de que Christian es mi hombre.

—Bueno, continúa hablando —me apura. —Quiero los detalles del fin de semana caliente al lado de tu hombre.

Me rio. Sigo hablando, le cuento cuando Christian apareció en el bar del hotel, la conversación que tuvimos y la conclusión a la que llegamos. Le cuento sobre esa vista espectacular del mirador lleno de cristales y del clásico mirador del centro Rockefeller. También le cuento de la obra en Brodway y de nuestro viaje al museo del Helado.

Mientras las palabras salen de mi boca, mi sonrisa se va ensanchando. Mi mente me muestra los recuerdos de cómo fue conocer Nueva York al lado de Christian Grey, cada lugar, cada calle que recorrimos, los restaurantes elegantes y las comidas callejeras.

—¡Tiene un maldito helicóptero! ¿Puedes creerlo? —pregunto emocionada. —¡El pilotea un puto helicóptero!

—¿Me estás diciendo que, como no pudo llevar el suyo, rentó y piloteo un helicóptero para pasearte por Nueva York?

—¡Si! —chillo emocionada.

—Mierda —aplaude emocionada. —¡Ese hombre está loco por ti!

—Yo también —suelto sin pensar.

—¿Acabas de decir que estás loca por Christian Grey? —Angela se coloca sobre sus rodillas de un salto, me mira con sus ojos muy abiertos. Muerdo mis labios.

¿Estaría muy loca al decir que me gusta ese hombre después de dos fines de semana de conocerlo? Quizás. Pero, sí, estoy loca por Christian. No tengo duda de eso.

—Ahora comprendo porque te gusta ir de compras —desvió el tema. —Es toda una experiencia. Toda esa ropa, tantos colores, telas y diseñadores, la sensación de verte al espejo, la atención que te ponen los vendedores y los rostros de las personas cuando sales de una tienda con muchas bolsas… Es fascinante.

—¿Qué dijiste? —chilla entusiasmada. —¿"Es fascinante ir de compras"?

—No puedo creer que haya dicho eso —abro al máximo mis ojos. Suelto una risa, burlándome de mi misma.

—Ahora mi mejor amiga me acompañará de compras —Angela se carcajea. Está feliz.

—Descubrí que me gusta la atención —digo avergonzada. —Todas las personas nos miraban, en el hotel, en la calle. Cuando caminábamos por las calles de Nueva York, podía escuchar el murmullo de las personas y las miradas que nos daban, de asombro, anhelo, envidia.

—¡Por supuesto que te miraban, idiota! —Ang me golpea el brazo. —Una mujer preciosa y sexy usando ropa carísima de diseñador ¡¿quién no quisiera mirarte?!

No respondo.

—¡Oh! Y Christian compró un auto —suelto recordando el hermoso auto negro que nos acompañó por toda la ciudad.

—¿Así de repente? —levanta sus cejas.

—Compró un Jaguar deportivo de los 60´s —le digo.

—Mierda —suelta un silbido con sus labios. —Eso es tener dinero y buen gusto.

Le doy la razón y me quedo en silencio. Mis ojos se dirigen a la ventana de mi habitación, él sol comienza a filtrarse a través de las cortinas. Ya casi es hora de ir al trabajo.

—Descubrí que Nueva York es mi nueva ciudad favorita —comento.

—No es difícil adivinar la razón —Angela suspira. La ignoro.

—Descubrí que Christian tiene más dinero del que los medios dicen —comienzo a divagar. —Es una persona con mucho poder. Es una persona a la que le gusta tener el control de las cosas a su alrededor y que tiene negocios en todo el mundo.

Angela me mira, como si le hubiera dicho la cosa más obvia del mundo.

—Pero, aun así, el hombre nunca había comido en un puesto callejero —me rio recordando sus muecas por comer la famosa pizza de a Dólar. —Tampoco se había sentado bajo la sombra de un árbol.

—¿Qué clase de infancia tuvo? —Angela sacude su cabeza con diversión.

—Una no muy buena —comento perdida en el recuerdo de esa conversación triste que tuvimos en nuestra habitación del Pent-house.

—¿Te contó de su infancia? —mi amiga se pone seria al notar mis palabras ausentes.

—Su madre era prostituta y drogadicta, su padre los golpeaba —comento. Angela se cubre su boca con sus manos, sus ojos cafés me miran aterrorizados. —Cuando tenía cuatro fue a dar a un orfanato y ahí lo adoptaron sus padres de ahora.

—¿Es adoptado? —pregunta. Asiento. —No lo sabía.

—Su hermano y su hermana también son adoptados —le digo. Angela me mira, absorbiendo la información que le estoy ofreciendo.

—Sus padres son como los… —mi amiga se corta antes de terminar la frase. Me mira ligeramente temerosa.

—Sí, —acepto. —Como ellos.

—Es entendible que no haya experimentado ciertas cosas como el resto de nosotros —dice Angela. Sus intenciones son regresar la conversación al tema que no me parecía tan tenso y yo se lo agradezco en silencio.

—Para él es común tener que decidir entre el coñac, whisky, o algún tipo de vino carísimo —continuo con mis divagaciones. — Pero, cuando le pregunté su color favorito, tuvo que pensarlo.

—¿No sabe cuál es su color favorito? —mi amiga levanta una ceja.

—Al final se decidió por el gris —le digo. —Dijo que por su apellido y porque es un color que tiene muchos tipos de sombras.

—El gris parece ser un buen color para él —asiente Angela. —¿Qué más descubriste?

Una sonrisa presumida se coloca en mis labios.

—Descubrí que sabe tocar el piano, que le gusta la música clásica y el Jazz, pero que Elliot lo ha obligado a ir a varios conciertos y es por eso que ahora le gustan más géneros musicales —una risilla se escapa de mis labios. — Descubrí que le gusta la literatura y que puedes tener un debate con él sobre cualquier autor u obra. O que puedo pasar horas escuchándolo hablarme de arte, de negocios o simplemente de las travesuras de sus hermanos

Angela se mantiene en silencio. Yo permito que mis pensamientos salgan en palabras a través de mis labios mientras mis ojos se fijan de nuevo en el techo de la habitación usándolo como una pantalla para reproducir mis recuerdos de este fin de semana.

—Descubrí que puedo pasar horas a su lado, caminando sin rumbo mientras hablamos, puedo pasar horas entre sus brazos escuchándolo murmurar mi nombre o hablándome al oído —un suspiro escapa de mis labios. —O que podemos estar en cualquier lugar con las miradas de todos sobre nosotros, pero él hará que todo a nuestro alrededor se desaparezca solo para que yo pueda sentirme segura, confiada, protegida, pero también me hace sentir poderosa, deseada y libre.

Mi rostro se gira, buscando la reacción de mi amiga. Hay una sonrisa en los labios de Angela, también es notable que hay unas palabras atoradas en su boca, se nota que se muere por decírmelas, pero sé que no va a interrumpirme a no ser que sea necesario.

—Descubrí que, a pesar de todas esas historias que se pueden inventar sobre él, Christian es una persona, como tú y como yo.

—Por supuesto que lo es —acepta. —Que sea millonario no lo hace menos humano.

Los ojos marrones de mi amiga me lanzan una mirada intensa. Sus palabras son casuales, pero, hay está claro el significado oculto en ellas.

—Sí, Christian es humano —acepto. Este fin de semana he tenido ese pensamiento muy en presente. —Tan humano que también tiene problemas para dormir y pesadillas como las mías.

—¿Bella? —Angela pregunta. No entiende la razón de todo lo que le estoy diciendo y tampoco parece comprender el pequeño berrinche que estoy haciendo.

—Tuve una pesadilla, de esas pesadillas. —le confieso sin ganas. —Estaba en el bosque, sola y con frio. Apareció él… creí que me ayudaría pero luego apareció James para torturarme de nuevo. Pero, esta vez, al que yo le pedía ayuda era a Christian, yo buscaba a Christian.

Sacudo mi cabeza. En mi cabeza se reproduce el recuerdo de sus ojos grises sobre los míos, unos ojos llenos de preocupación y pánico.

—¿Él te despertó? —Angela pregunta. Muevo mi cabeza afirmativamente. Ella sabe lo mucho que me afecta ese tipo de pesadillas, ella sabe lo difícil que es para mí despertar de ella.

—Tuvo que llamar a su psiquiatra —suelto una risa sin ganas. —Al parecer lo cague de miedo por no poder despertarme.

—Mierda —exhala mi amiga.

—No sé qué fue lo que dije, tampoco sé si comprendió algo, pero sé que me hará preguntas al respecto —lloriqueo. —Me preguntará y yo no sabré que decirle.

—La verdad —Angela responde.

—¡No! —la miro horrorizada. —Christian no puede saberlo, es muy peligroso.

—No te digo que le cuentes los detalles —suspira pesadamente. —Solo cuéntale la historia, de manera general.

—Me prometí a mí misma que nadie más sabría sobre esto —me cubro el rostro con mis manos. —¡Carajo! No estaba planeado que esto sucediera.

—Si la vida estuviera planeada, todo sería aburrido —comenta mi amiga. —Por supuesto que no estaba planeado que conocieras a Christian. ¡Mierda! La manera en la que se conocieron no es digna de un cuento de hadas.

—Si no me dices, no me entero —mis palabras son venenosas, llenas de ironía.

—Pero, ahora no puedes negarme que las mejores cosas que te han sucedido en la vida han sido sin planearse —mi amiga sonríe brillantemente. —Conocerme, por ejemplo, ha sido lo mejor que te ha pasado en la jodida vida.

—Sí, tienes razón —digo con calidez. —Aunque desearía que te dejaras de aprovecharte de mi casa.

Le doy un empujón. Ella suelta una carcajada.

—Hay algo más —el tono acusatorio de Angela hace que de un respingo. —¿Qué es?

—Tengo miedo —confieso luchando con mi garganta cerrada para pronunciar esas palabras. —Tengo tanto puto miedo de sentirme segura de algo y tengo miedo de no ser capaz de mantenerlo conmigo.

—No, Bella, no puede hacer eso —se encoge de hombros.

—¿Qué? —pregunto. Me siento perdida y desolada. No esperaba que mi amiga me dijera eso.

—Aunque… —dice en tono pensativo. —Si, Isabella, si puede hacer eso.

—¿Perdón?

—Aún recuerdo a esa "Bella" que se mudó a Forks con su padre. Fue increíble como todos sabíamos de tu llegada desde semanas antes —suelta una risa causada por el recuerdo. Aun en el medio de mi confusión, yo también rio. —Cuando llegaste eras el juguete nuevo de la escuela, todos nos peleábamos por conocerte y estar a tu alrededor.

—¿Eso que tiene que ver? —cuestiono.

—También recuerdo a esa otra "Bella", la que quedó cautivada en la cafetería cuando los vio por primera vez —escuchar sus palabras hace que mis muros se levanten de nuevo. Mis ojos se aprietan al sentir el ya tan familiar agujero en mi pecho. —Después llegó la "Bella" que se enamoró de los Cullen, esa que cayó totalmente por ellos. Aun puedo verte encerrada en esa bola de cristal con él rondándote todo el tiempo, manteniéndote lejos de mí, de tus amigos.

Mi estómago se revuelve.

—Sé qué crees que no me doy cuenta, pero, cada vez que es de madrugada y estas ahogándote en lágrimas, la imagen que aparece frente a mi es esa "Bella" que encontraron en el bosque después de haber sido abandonada —su voz ahora está cargada de dolor. —O esa otra "Bella" que pasaba horas mirando a través de la ventana de su habitación.

—Quisiera poder olvidar eso —digo anhelante.

—Yo quisiera olvidar a esa "Bella" que me obligo a cargarla hasta la sala de emergencias del hospital mientras se desangraba sobre mí

El cuerpo de mi amiga se estremece. Mi garganta se cierra. Las lágrimas brotan de mis ojos, ardiendo mientras bajan por mi rostro.

—Lo siento, Angela —digo ahogada. —Nunca fue mi intención hacerte pasar por eso. Nunca será suficiente de mi parte para compensártelo.

Angela me ignora. Ya hemos tenido bastantes conversaciones sobre ese tema.

—Cada vez que tomas mi mano y le das un apretón para darme aliento, veo a esa "Bella" que, a pesar de estarse ahogando en su dolor, estuvo conmigo para atravesar el infierno que viví en nuestros últimos días en Forks —sus ojos se pierden en la nada por unos segundos, se recompone para volver a hablar. —Yo tampoco viviré lo suficiente como para pagártelo.

—Te amo, Angela —digo con el corazón en mi puño. —No puedo pedir a nadie mejor para compartir mi miseria.

—Yo también te amo, Bella —ahora las lágrimas corren de sus ojos. —A donde quiero llegar es que, conocí a todas esas versiones anteriores de ti, pero gracias a todas ellas es que tengo a esta "Isabella".

Mi mano se levanta para limpiar las lágrimas de mis ojos. Angela hace lo mismo.

—Entonces, estoy segura que esta Isabella es diferente —Angela me sonríe con complicidad. —Desde esa mañana que volviste a casa después de haber conocido a Christian, supe que había algo en ti

—¿Una resaca? —ofrezco.

—Sí, sin duda tenías una resaca de muerte —suelta una carcajada, la imito. —Y también tenías problemas para caminar.

Es inevitable detectar el doble sentido en sus palabras.

—Fue una noche movida.

—¡Y vaya noche tuviste! —acepta. —Te veías diferente, ese día. Había algo diferente en ti.

—¿Un abrigo que al parecer no tiene dueño? —pregunto recordando la prenda de color negro que me ofreció la mujer de seguridad.

—Que graciosa —pone los ojos en blanco. Ambas sabemos a lo que se refiere, pero, por alguna razón, quiero que ella me lo diga. —Ese día, me di cuenta de que por fin habías encontrado un motivo, para cambiar, para vivir y para despejarte de la oscuridad que ha estado rodeándote por años.

Una nueva sonrisa aparece en mi rostro. Más fresca, más jovial, más renovada.

Desde antes de subir a ese maldito avión decidí que iba a luchar, no importa si sentía miedo, temor o ansiedad, decidí que voy a luchar para asegurarme de nunca perder la sensación de libertad que obtuve este fin de semana. Decidí que voy a luchar hasta asegurarme que Christian esté loco por mí, hasta asegurarme de que tenerlo solo para mí.

—Me gusta.

—¿Qué cosa? —Angela levanta una ceja.

—Christian.

—¿Acabas de admitir que te gusta Christian? —Angela jadea. La acusación y la emoción son clara en su voz.

—Joder. Sí —acepto. —¡Me gusta Christian Grey!

Angela grita, causa que mis oídos zumben y duelan por el sonido. Angela salta sobre mi cama, sus pies caen sobre el colchón una y otra vez, mi cuerpo sube y baja en reacción a sus saltos. Suelto una risa que se pierde en el medio de sus chillidos.

—¡Mierda! ¡Por supuesto que te gusta Christian! —su cuerpo cae de nuevo a mi lado. —Es guapo, encantador, millonario y ¡un dios en la cama!

—¡Angela! —me quejo.

—¡Ay, por favor! —me da un golpe en el costado. —Si tu hombre es bueno en la cama, tienes que presumirlo.

Me muerdo los labios.

—Mi hombre —muerdo mi labio. —Puedo acostumbrarme a eso —murmuro para mí.

Angela sigue pataleando y aplaudiendo de emoción.

—¡Lo sabía! —continúa chillando emocionada. —Desde ese día supe que Christian te había gustado ¡Yo lo sabía!

Se deja caer a mi lado en la cama. Ambas nos sumimos en el silencio disfrutando de la nueva energía que nos rodea, la emoción, felicidad, la alegría de amabas se siente en el aire como una briza fresca.

—Esa mirada que tenías, esa sonrisa, ¡Maldición! —chasquea la lengua. —¿De verdad lo hace tan bien? —pregunta.

—¿Qué cosa? —me hago la loca.

—Follar —dice como si fuera obvio.

—Sí, lo hace demasiado bien.

—¿Dijiste que tiene un hermano? —pregunta con interés. —Yo también necesito reinicio de sistema.

No puedo contener la carcajada.

—Elliot y tú se llevarían bien, no tengo duda —sacudo la cabeza, divertida. —¿Debería presentarlos la próxima vez?

—Hablando de próximas veces —me guiña un ojo, —recuérdame, agradecerle a Christian por haber decidido emborracharse ese día.

—Ve a darte una ducha —le gruño. —Tenemos que ir al trabajo y no puedes ir fantaseando con el hermano de Christian.

—¡Oh vamos! —se queja. —¡No puedes pensar en el trabajo después de decirme todo esto!

—Por supuesto que puedo —sonrió. —Vamos, llegaremos tarde.

—Bien, tendré que ser responsable e ir a trabajar —Angela frunce sus cejas. —Ve a ducharte mientras yo reviso tus compras, hay un par de bolsas que llamarón mi atención

Pongo los ojos en blanco.

—Al menos me está avisando. —sacudo la cabeza.

—Por cierto, tu madre llamó — comenta casual. Su cuerpo se levanta de la cama y se acerca a las bolsas que están regadas por el piso. —Dice que si no respondes tu teléfono la próxima vez que llame, te va a reportar como persona desaparecida.

—La llamaré por la noche cuando volvamos a casa.

—Sabes que ella tiene una diferencia horaria de 3 horas, ¿verdad? —Angela dice sin mirarme. —Será muy tarde para cuando volvamos a casa.

Me levanto de la cama, muevo mi cuerpo en dirección al baño.

—Entonces, la llamaré mañana —digo. Cierro la puerta detrás de mí.

Dos horas después, Angela y yo nos encontramos subiendo por el edificio en dirección a las oficinas del periódico. Desde que cruzamos la primera puerta me percaté de lo diferente que se sentía el ambiente a comparación de ese jueves pasado. Ahora todos parecen más relajados y sin el miedo constante a que la empresa cierre sus puertas dejándonos sin trabajo. Aunque, soy consciente de que hay nuevas miradas sobre mí, cuando paso al lado de las personas, algunos solo me miran, otros me saludan o me brindad una sonrisa amable. Uno que otro interrumpe sus murmullos en un intento desesperado para que no me dé cuenta que hablan de mí, que soy el tema principal de conversación. Sé que ninguno lo hará, pero, sé que todos se mueren por preguntarme los detalles de mi escapada con el guapo empresario.

—¿Julie? —pregunto al llegar a la oficina. Su escritorio está vacío pero hay evidencia de que estuvo en su lugar. Hay una nota sobre la computadora, tiene mi nombre en ella.

"Te esperamos en la oficina del Sr. Grayson"

—Maldita sea —me quejo arrancando el papel de la computadora. Sacudo mi cabeza, es muy temprano para enfrentarme a esto.

Me obligo a caminar hasta la oficina de mi jefe, o más bien, el lugar que se convertirá en sala de tortura por los próximos minutos. Sé que el señor Grayson quiere verme para saber los detalles de la reunión, o al menos esa es la principal razón, pero lo conozco, si me quedo un momento a solas con él, no va a perder la oportunidad de interrogarme sobre Christian.

—¿También ustedes? —pregunto al encontrarme en el elevador a mi amiga y a su secretaria. Ambas asienten, no parecen muy emocionadas de ir a la oficina del jefe.

—Siento que voy hacia una trampa —Angela suspira.

—O a una emboscada —Karina dice.

—Yo voy directo a la hoguera —siseo por lo bajo.

—Señorita Swan —Karina me mira, tímida.

—¿Si?

—¿Puedo preguntar algo? —dice, dudosa. Muevo mi mano con una señal para que continúe. —¿Es cierto que está saliendo con el señor Grey?

El timbre anuncia que el ascensor ha llegado a su destino, las puertas se abren, mostrando el camino a la oficina del jefe.

—Pero no se lo digas a nadie, Karina —digo antes de salir al pasillo.

—¡Te lo dije! —escucho el murmullo de mi amiga a mis espaldas, luego la risa de ambas seguidas de sus pasos siguiéndome apresuradamente.

La oficina del señor Grayson es la más grande de este lugar. Aunque su oficina parece sencilla, un escritorio amplio, libreros y archiveros con manuscritos, una pequeña sala de estar para 8 personas, y una pequeña área que simula una cocina muy pequeña donde tiene una estación para café. Pero, oculto entre las sombras, hay un salón para reuniones privado donde siempre nos cita para reuniones de temas que son delicados y privados incluso del resto de la empresa. Nosotros solemos llamarla "cámara de tortura".

—Odio los lunes —Julie se queja, Me coloco a su lado en silencio, yo también odio los lunes, sobre todo cuando comienzan de esta manera.

—No hay ningún ser humano que no odie los lunes —Angela murmura.

—¿Por qué debemos tener reuniones tan temprano? —Karina hace un puchero.

—Es para comenzar el día con el pie derecho —Suzanne sonríe, animada.

Julie resopla. Todos en la sala de juntas la imitamos.

Son apenas las 9 de la mañana, la pequeña sala de reuniones parece un cementerio, hay una sensación tensa y asfixiante en el ambiente. El señor Grayson no parece muy feliz, su secretaria luce cansada, y Suzanne parece que ha bebido tres litros de bebidas energéticas.

—Hay varios puntos a tratar el día de hoy —el señor Grayson habla. Todos lo miramos. —Primero, ¿Cómo te fue en Nueva York, Isabella?

Me lleva el carajo. ¿Por qué tuve que ser yo el primer tema? ¿No había nada más interesante? Mi cuerpo se tensa, mi espalda se endereza, mi silla dejó de ser cómoda de repente. Suerte que, más temprano mientras esperaba a que Angela despertara, pensé en varias posibles preguntas que me harían cuando llegara a la oficina y también pensé en las respuestas que podía ofrecer.

—Lucas estaba ocupado y en realidad no pudimos conversar mucho —respondo con mi mejor tono convincente. —Le entregué los contratos y dijo que los pondría a trabajar de inmediato.

—Sí, ya se comunicaron conmigo —acepta el señor Grayson. —Eso es lo siguiente a tratar.

—Agradeció la cooperación de todos nosotros —finjo una sonrisa. Nadie tiene que saber los detalles de ese viaje. —Y nos deseó mucha suerte, además de ofrecernos su ayuda para lo que necesitáramos.

—Que amable —Suzanne sonríe. Hasta yo puedo sentir el tono irónico en sus palabras, filoso como cuchillos.

Muerdo mi lengua. Me siento ridícula tratando de mantener la reputación amable y servicial de Lucas intacta, pero entre menos detalles dé sobre lo que sucedió en esa maldita reunión, mejor me irá a mí. Esta vez es necesario seguir idealizando a ese hombre aunque la idea me repugne.

—Bien, tenemos luz verde para proceder —el señor Grayson choca las palmas de sus manos. Todos saltamos en nuestro lugar.

—¿Luz verde? —Angela pregunta. Esta nerviosa, al igual que todos los presentes.

—Tenemos un par de proyectos listos para ejecutarse —explica el jefe.

—Como sabrán —Suzanne rompe el silencio, —estamos analizando cada detalle del funcionamiento del periódico, para saber dónde hay que hacer modificaciones

—Eso incluye cosas buenas y cosas malas —el señor Grayson analiza nuestros rostros mientras pronuncia las palabras. —Algunos despidos, ascensos y modificaciones al personal.

Carajo.

Se escuchan respiraciones pesadas, tragos pesados a las botellas de aguas, jadeos silenciosos, sonidos ahogados. Vaya manera de comenzar la semana, empacando tus cosas porque te acaban de echar de la empresa. Adivina, adivinador, ¿quién será el afortunado que se quede sin empleo?

El silencio nos alcanza demasiado rápido, las miradas ansiosas, nerviosas y preocupadas van de un lado a otro, el ambiente se pone aún más pesado y asfixiante. Nuestro adorado jefe se queda en silencio, evaluando las reacciones de todos y cada uno de nosotros. Sí, lo está disfrutando.

La situación resulta enloquecedora.

—¡La incertidumbre me mata! —Julie jadea dramáticamente. —Solo díganlo.

Todos en automático nos presionamos contra nuestro asiento, es como si estuviéramos a punto de bajar por una montaña rusa muy alta. Todos estamos preparados para recibir la mala noticia.

—Esta mañana, el editor en jefe renunció —el señor Grayson suelta las palabras como si hablara del clima.

—¡Por fin! —Julie chilla de emoción. Casi salto de mi asiento. Casi. Casi me pongo de pie sobre la maldita mesa y me pongo a bailar.

El resto de los presentes intercambian miradas ligeramente aliviadas. Es bueno saber quién es la persona que dejará el equipo y aunque no creo que sea una sorpresa para nadie, resulta sorprendente saber las noticias. De todas maneras, en todo el mes, teníamos suerte si el hombre aparecía un día a la semana, o algunas horas en la oficina.

—¿Renunció? —pregunto, mis ojos buscan el rostro del señor Grayson.

—Sí, Isabella —me regresa la mirada con una expresión dura. —Renunció.

La manera en la que dice la palabra "renunció", suena a que la expresión correcta sería "lo obligamos a darse de baja, voluntariamente".

—Mientras nosotros estamos hablando —Suzanne nos mira, la resignación en su voz se contradice con la tranquilidad de sus ojos, —el director de marketing, la directora de diseño y fotografía, además de un par de periodistas están siendo despedidos.

La sorpresa en el ambiente no se hace esperar.

—La idea de, retirar oportunidades a los colaboradores, no es completamente de nuestro agrado —Mr. Grayson se apresura a hablar. —Pero, estamos dispuestos a hacer pequeños sacrificios para que el resto de ustedes mantengan su trabajo.

—¿Qué va a pasar con esas áreas? —alguien del fondo pregunta.

—Si es necesario, se reestructuran. Si no, se analizarán los perfiles de quienes se crean competentes para el papel —nos explica, de nuevo emocionado con la información que comparte. —El equipo del New York Times también los revisará y nos enviarán sus sugerencias para los nuevos directivos.

—Se espera tener el resultado dentro de un par de semanas, aunque es posible que tengamos noticias antes —la voz de Suzanne suena optimista.

Un suspiro colectivo es la respuesta.

—¿Y el resto de nosotros? —Karina pregunta, su voz tiembla.

—No se preocupen —Suzanne la mira, maternalmente.

—Sé que hubo problemas —el señor Grayson nos mira, la vergüenza en su rostro es evidente. —Les aseguro que el principal proyecto es solucionarlos.

—Mientras tanto —Suzanne tamborilea sus dedos sobre la mesa. —¿Podrían ayudarnos con las oficinas que se vaciarán? —nos da una mirada al equipo de cada área. —Sé que debe haber mucho que aun sea útil y me gustaría que alguien los revise.

Asentimos, obedientes.

—Ahora, pasando a los temas de esta semana…

El resto de la reunión fueron conversaciones más casuales, ediciones, artículos, eventos a cubrir e indicaciones sobre algunos otros proyectos o temas de discusión. En cuanto termina la reunión, todos salen corriendo a sus respectivas oficinas.

—Isabella —el señor Grayson me llama antes de que pueda empujar a mi secretaria por la puerta. —¿Puedo tener un par de minutos?

No.

—Sí, señor —me obligo a responder con amabilidad.

—Esperaré afuera —Julie se apresura a decir. Traidora.

Me giro hacia mi jefe. El hombre me hace una señal para que salgamos a su oficina, caminamos en silencio hasta los sofás que hay cerca de su escritorio, me señala uno diciéndome en silencio que tome asiento. Lo obedezco y lo veo hacer lo mismo.

—Quería preguntarte personalmente sobre el viaje, Isabella —me dice con voz paternal. —Sé lo abrumadora que puede llegar a ser la ciudad de Nueva York, pero ¿lo disfrutaste?

—Es una ciudad maravillosa —sonrió.

—¿Qué tal estuvo la reunión? —pregunta.

—Bien —sonrió forzadamente.

—Mentirosa —me reprende.

—No estuvo mal —me encojo de hombros. —Conozco a Lucas, sabía a lo que me arriesgaba al pedirle la reunión. Pero no había otra manera.

—Lucas me llamó el viernes por la tarde —dice mi jefe. —Me sorprendió el tono formal y profesional que usó para explicarme los detalles.

—Se sabe comportar —me rio. —Aunque no lo parezca.

Mi jefe también se ríe.

—Y ¿Qué tal estuvo Christian? —me pregunta. Su tono es muy similar al que usan Julie y Angela cuando me abordan con preguntas.

—Christian fue… —me corto buscando las palabras para describirlo. —Diferente. Christian es diferente de cualquier persona que conozca.

—Lo es —asiente. —Aunque, ambos son muy similares.

—¿Por qué? —le pregunto. —¿Por qué termine en unas vacaciones en nueva York con Chistian?

Le miro con los ojos entrecerrados. Desde ese día en la oficina, la manera en que el señor Grayson parecía contento de que Christian se ofreciera a acompañarme, me dio indicios de que el hombre estaba tramando algo. También sé que no había ninguna maldita reunión, sé que saliendo del trabajo mi jefe se fue a su casa. El señor Grayson pudo acompañarme a Nueva York, pero, no lo hizo.

—Pensé que podrían llevarse bien, podrían hablar y quizás, entenderse —responde encogiéndose de hombros. —Solo necesitaban un pequeño empujón.

—Esto es increíble —sacudo la cabeza, divertida con sus palabras.

—Por favor, Isabella —resopla. —El hombre estaba babeando cuando te vio entrar en esa reunión.

—Eso no es cierto —digo avergonzada. Esta no es la conversación ideal para tener con tu jefe.

—En los años que llevo de conocer a Christian, nunca lo había visto tan desesperado por alguien —mi jefe se ríe. —Llevo años pidiéndole que invierta en la empresa, y él siempre se negaba, hasta que un día vino luciendo de los mil demonios y me rogó para firmar el contrato de la compra de acciones.

—¿Qué? —pregunto perpleja.

—Su participación es mínima —me dice. —Tú tienes más acciones que él.

¿Qué yo qué? ¿Cómo es eso posible? Se supone que Christian es un inversionista mayoritario, se supone que él debe tener más acciones que yo. Mi mente me regresa a la conversación que tuvimos, de cómo fue que me encontró y de cómo fue que terminó en esa reunión. Christian decidió invertir aquí solo porque era la única manera de encontrarme.

—Al inicio no comprendía porque estaba actuando así —el señor Grayson habla casi para sí mismo. —Me pidió un recorrido por la empresa ¿Quién hace eso? —el hombre a mi lado se ríe. —No lo comprendía, al menos hasta que vi su expresión cambiar cuando te sentaste junto a él en esa reunión.

—Y ese viaje a Nueva York solo fue una excusa para su plan.

—Me diste una buena excusa, si —el señor Grayson me muestra una sonrisa brillante. —Solo les dí un pequeño empujón, Christian y tu hicieron el resto.

—¿Ahora es casamentero? —me burlo.

—¿Funcionó? —pregunta ampliando su sonrisa.

—Pues —muerdo mi labio. —Sí, si funcionó.

—Bien —sonríe satisfecho. —Me puedo dedicar a esto.

Yo suelto una carcajada. La conversación no fue más lejos que eso. Cuando salí al pasillo, Julie me estaba esperando haciendo algunas llamadas por su celular, caminamos una al lado de la otra hasta nuestra oficina.

—Entonces —Julie titubea, lanza su celular sobre el escritorio. —¿Qué tal Nueva York?

—Bien —respondo en automático. Sí, definitivamente este es el tema del día, incluso parece ser más importante que los despidos –renuncias- que sucedieron el día de hoy.

—¿Y qué tal el señor Grey? —levanta una ceja. —O debería decir, ¿tu nuevo novio?

—Bien —repito. Una sonrisa se coloca en mis labios.

—¡Quiero saberlo todo! —me dice.

—Te contaré los detalles más tarde —prometo. —Tengo una oficina que limpiar.

Me muevo en dirección a la oficina, Julie camina a mi lado. Mi mano gira la perilla de la puerta de cristal, empujándola para revelar el interior.

—No entiendo porque hay tanto desorden si el hombre nunca estaba —Julie murmura con vergüenza.

Mis ojos analizan rápidamente la zona y su contenido. Carajo. Tomará más tiempo del que pensé.

—¿Porque no te encargas de los artículos de hoy? —propongo. —Son artículos estándar, puedes hacerlo sin problemas. Yo iré revisando la oficina.

Su cuerpo se tambalea, dudosa.

—Andando —le digo. Trato de sonar animada. —Cuando termines, puedes ayudarme y te cuento los detalles de mi fin de semana.

—Si señora —me guiña un ojo. —Hoy es un buen día.

Escucho que canturrea mientras se gira y regresa a su escritorio.

—Hoy será un buen día —me repito, obligo a mi cuerpo a entrar a la oficina con aspecto abandonado.

Mis manos se van a mis caderas, mi cuerpo se gira de un lado a otro. ¿Por dónde empezar? ¿Qué tan difícil puede ser revisar y vaciar la oficina? Me decido comenzar por lo que parece más fácil. Él escritorio.

Fue demasiado tarde cuando el arrepentimiento llegó a mí.

¿Un buen día? ¡Y una mierda!

Había miles de documentos, artículos, entrevistas, documentos en físico y digital, algunos recientes, otros de hace años atrás, ediciones que se quedaron esperando autorización para ver la luz en las impresiones de los periódicos. Debía revisar cada archivo, cada hoja, cada palabra, asegurarme de lo que fuera descartable y lo que aún se podía salvar.

¡Ese imbécil! ¿Qué tan difícil es hacer tu trabajo?

—Gracias —murmuro cuando veo una mano depositar una taza a mi lado. Mis ojos no se despegan de las hojas en mis manos.

—De nada, jefa —Julie suspira. Sus ojos curiosos analizan el espacio. —¿Qué tal vas?

—Me volveré loca —me quejo. —Todo está revuelto. Necesito adivinar que hoja va a en cada archivo y que documentos son de cada fecha.

—¡Ese maldito! —Julie gruñe antes de suspirar con frustración. —¿Qué tan difícil era solamente mover el folder de un lado a otro?

Cierro los ojos por unos segundos. Intento mantenerme en calma.

—Ya terminé el trabajo de hoy, así que… —Julie sujeta su cabello en una coleta alta, lanza su saco a una silla. —¿En qué puedo ayudar?

Esa pregunta bastó para que mi lengua soltara indicaciones de como haríamos las cosas de manera más rápida y cómoda para ambas. Decidimos que, yo revisaría todo lo digital, desde leer cada archivo en la computadora, hasta enviarme a mí misma todo lo que aún se pudiera salvar. Julie, en cambio, se enfocaría en todo lo físico, papeles, folders, contratos, archivos. Cuando eso estuviera cubierto, entre ambas revisaríamos objetos, decoraciones y muebles.

Durante las siguientes horas, trabajamos de esa manera. Julie cada tanto soltaba su repertorio de maldiciones o suspiraba muy audiblemente haciendo evidente su molestia, a veces simplemente rompía las hojas o las lanzaba al fondo de una caja. Para el final del día, mi asistente logó controlarse y evitar encenderle fuego a la oficina. Yo decidí que era un caso digno de enviarse al libro Guinness.

El siguiente día pasó de manera similar, ambas yendo y viniendo de la oficina al resto del edificio. Cada cierto tiempo, Julie se levantaba e iba a traer una nueva ronda de café humeante y muy cargado para motivarnos a continuar. Cada cierto tiempo, era yo quien se movía para usar el teléfono, ir a alguna otra área a preguntar por alguien quien pudiera revisar algún documento, o para conseguir autorización para tirar cosas a la basura.

Poco a poco la oficina se ve más ordenada.

—Son unas malditas adictas al trabajo

—¡Carajo! —Julie y yo gritamos al escuchar inesperadamente la voz. La risa de Angela no se hace esperar.

Julie y yo compartimos una mirada, nos preguntamos en silencio si alguna notó la presciencia de Angela antes de que hablara, la respuesta de parte de ambas es la misma, ninguna se dio cuenta. Fugazmente veo la silueta de mi amiga recostada sobre el marco de la puerta.

—¿Cuánto café han bebido? —pregunta.

—Perdí la cuenta hace desde ayer —Julie responde.

—Lo imaginé —suspira.

Por la esquina de mis ojos veo el movimiento de mi amiga, la veo caminar hacia el interior de la oficina, examina fugazmente la montaña de archivos y las cajas que hemos armado. Hace algunas muecas y sacude la cabeza con decepción.

—¿Cómo es que nadie se dio cuenta de todo esto? —pregunta, hablando para sí misma. —Todas las oficinas que se están vaciando se ven de la misma manera, aquí con ustedes, allá conmigo, en las oficinas de más abajo…

—Nadie se dio cuenta de lo que realmente pasaba —suena como una excusa, pero es la mejor explicación que puedo ofrecerle.

—Creo que todo es culpa nuestra —Julie suspira. —Todos pensamos que estábamos bien, que estaba funcionando bien, realmente nadie se dio cuenta que la empresa se estaba desmoronando.

—Algunos si lo vieron —Angela gruñe. —Benjamín fue uno de ellos. Otro de los abogados y estoy segura que aquellos que despidieron ayer, todos ellos vieron la oportunidad y se aprovecharon de eso.

—Ahora las cosas serán diferentes —Julie aplaude. —Lo presiento.

—Eso espero —Ang y yo decimos al unísono.

—Por cierto, Bella, deberías revisar tu teléfono más seguido —Angela murmura, crípticamente.

No he estado atenta a mi teléfono, tampoco Julie, amabas queremos terminar esto lo más pronto posible. Sí alguien necesita algo urgente, vienen y nos pregunta directamente, o marca directamente a la oficina y cualquiera de nosotras responde.

—¿Necesitas algo? —pregunto. Mis ojos no se han colocado totalmente en ella, mi atención sigue parcialmente en los archivos en mi regazo.

—Yo no —responde.

Una mueca aparece en mi rostro.

—¿Qué demonios significa eso?

El silencio es mi respuesta. ¿Qué carajos? ¿Se fue? ¿Por qué no me responde?

—¡Señor Grey!

El grito nervioso de Julie hace que mi cuerpo reaccione en automático. Mi cabeza se levanta de golpe, mis ojos se dirigen a la puerta de la oficina, pero me encuentro con unos labios presionándose contra los míos, demandando mi atención en un beso desesperado.

—Christian —suspiro contra sus labios.

—Hola, cariño —sonríe.

Su cuerpo está inclinado sobre mí, vestido en uno de sus impecables trajes, uno de sus brazos sostiene su peso sobre el posa brazos de la silla donde me encuentro. Su rostro a tan solo unos centímetros del mí, su aliento chocando con el mío, sus ojos grises entrelazados con mis ojos marrones. Su mano libre, sube hasta mi rostro, acaricia mi mejilla antes de guiar mis labios de nuevo a los suyos.

Es seguro, firme, suave, delicioso.

Escucho los gritos ahogados de nuestra audiencia, Julie y Angela están chillando y gritando cosas entre ellas, pero no me importa. En este momento, en mi mundo, solo estamos él y yo.

Al menos hasta que alguien aclara su garganta rompiendo nuestra burbuja. Mi rostro se aleja de nuevo, mis ojos se disparan a nuestras espectadoras, Julie tiene los ojos y la boca totalmente abiertos, la sorpresa y la emoción es clara en su expresión. A su lado, Angela, nos mira con una sonrisa.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto al hombre frente a mí.

—Pasé al restaurante de Dan —explica. Se aleja ligeramente de mí y es cuando noto la mochila térmica que descansa en la mesa junto a la puerta. —Traje comida, esperaba que almorzáramos juntos.

—Suena bien —le sonrío. —Necesito despejar un poco mi mente.

—También traje comida para Angela y para Julie, está sobre el escritorio.

Levanto una ceja. Miro sobre su hombro a las dos mujeres que están cerca de la puerta, ambas estiran su cuello, buscando la evidencia a sus palabras.

—Julie, esa esa es nuestra señal para salir de aquí —Angela le da un empujón. —No podemos desperdiciar la comida que el sr. Grey nos trajo tan amablemente.

—Gracias por la comida, Señor Grey —Julie canturrea y sale disparada por la puerta. Angela va detrás de ella, ni siquiera nos mira cuando cierra la puerta para darnos privacidad, al menos toda la que los cristales pueden ofrecernos.

Christian inclina su cabeza, su mano se estira en mi dirección, sus dedos se mueven en una orden silenciosa para que la toma. Lo obedezco. Tira de mi cuerpo hasta la pequeña sala donde me desliza en uno de los sofás. Se aleja de mí y regresa con la mochila térmica, en sus manos.

—Espero que podamos tener una conversación mientras comemos —sus ojos grises me miran. Yo le regreso la mirada, curiosa y preocupada por la conversación que tendremos. Se sienta a mi lado, saca los contenedores de la mochila térmica y los coloca sobre la mesa que tenemos al frente.

—No respondías tu teléfono, así que llamé a Angela —me explica. —Le pregunté que podría traerte para comer y me dijo que cualquier tipo de pasta excepto ravioles.

—No me gustan los ravioles —le digo. Esa es la mentira más fácil y la que me ahorra muchas explicaciones.

—Bien —extiende uno de los contenedores hacia mí. —Es pasta carbonara.

Acepto feliz lo que me da. Está aún caliente y huele delicioso, por supuesto que no podría esperar menos del señor Dan, la comida de la ocasión pasada también estuvo deliciosa. Me deleito con el sabor y las texturas en mi boca.

—¿De qué quieres hablar? —le pregunto.

—Iré a Portland con Elliot —suspira pesadamente. —Quiere que le ayude a ver algo con una constructora de allí.

—¿Constructora?

—Elliot es arquitecto —me dice. La sorpresa se coloca en mi rostro. —Lo sé, no lo parece.

Christian se ríe. Yo hago un enorme esfuerzo por imaginarme a ese hombre como arquitecto, pero no logro conseguirlo, mi mente no puede quitar la imagen del Elliot que yo conocí hace un par de días.

—Tenemos un par de negocios juntos —me explica. Claro, por eso van juntos a viajes de negocios, es entendible.

—¿Te iras mucho tiempo? —le pregunto.

—¿Ya me extraña, señorita Swan? —levanta una ceja en mi dirección.

—Si —sonrío. Coloco mi atención de nuevo en la pasta que hay en el contenedor en mis manos.

—Solamente serán un par de días —me dice. —Debemos estar de regreso para el viernes en la mañana.

—Bien —asiento.

—¿Qué tal sabe? —pregunta señalando mi plato.

—Deliciosa —me relamo los labios.

—Tendré que agradecerle a Dan por la sugerencia.

—¿Dan vende comida para llevar fuera del restaurante? —le pregunto. Es curioso que Christian haya traído todo esto de ese lugar, ese restaurante no parecía del tipo qué tiene ese tipo de servicio.

—No —dice él. —Taylor compro las mochilas y los recipientes, dijo que así era más práctico.

Sonrió. Por supuesto que Taylor lo ayudaría.

—Dan se sorprendió cuando le pedí que la pusiera para en los recipientes para llevar, pero por supuesto que no se negó.

Por supuesto que nadie le diría "No" a Christian Grey.

Ambos continuamos comiendo y hablando tranquilamente te sobre las cosas que han pasado en estos dos días que no nos hemos visto.

—Vi a mi familia ayer —comenta. Siento que el líquido qué estoy bebiendo para acompañar la pasta se atora en mi garganta.

—Eso es bueno —le digo.

—Elliot no ha parado de hablar de ti desde que volvió —ríe. —Mi madre y mi hermana le sacaron toda la información que pudieron, después de eso no han parado de interrogarme a mí.

¿Qué mierda habrá dicho Elliot? ¿Dijo cosas buenas? ¿Malas? ¿Por qué preguntan tanto sobre mí?

—Mi madre hará una fiesta el sábado, una cena realmente —dice, se remueve incomodo en su lugar en el sofá. —Ya sabes, por mi cumpleaños.

—Dijiste que no te gustaba festejarlo —digo frunciendo el ceño.

—No me gusta —acepta. —Pero mi madre es una persona muy insistente. No puedes decirle que no a esa mujer.

Una pequeña risa se escapa de mis labios.

—Por supuesto, estas invitada.

—¿Yo? —jadeo con voz ahogada.

—Sí, cariño —me mira, divertido. —Quiero que estés allí.

Siento que el calor se ha ido de mi rostro, quizás me vea pálida. También es probable que mi alma haya abandonado mi cuerpo, dejándome aquí sin saber cómo reaccionar ante las palabras que acabo de escuchar.

¿Christian quiere que conozca a su familia? ¿En su cumpleaños? ¿Estoy lista para conocer a la familia de Christian? Maldición, llevo solo dos semanas conociendo a este hombre, y la primera ni siquiera la puedo contar. ¿Si quiera es normal conocer a la familia de alguien así de pronto? Bueno… la primera vez había pasado solo un día…

No, no. Isabella, más te vale que no vayas por ese rumbo.

Ahora tengo algo más importante que pensar.

¿Qué pasa si no les agrado? ¡Joder! Hasta hace dos semanas, ellos pensaban que Christian estaba saliendo con Anastasia, y de repente aparezco yo Es probable que piensen que van a conocer a la amante de Christian, quizás solo quieran invitarme para conocerme y evaluarme. ¿Y si la invitaron a ella?

Carajo.

No, no, no.

No me siento lo suficientemente estable como para enfrentarme a ella y a la posible escena qué haríamos.

Una mano cálida se desliza sobre mi pierna. La caricia me regresa al presente

—¿Vendrás a celebrar mi cumpleaños conmigo? —pregunta inclinándose peligrosamente hacia mí. Su aliento se mezcla con el mío, sus labios están a nada de rozar los míos y yo sé que estoy a punto de colocarme una soga al cuello para que su familia pueda colgarme desde el punto más alto que encuentren.

—Sí —respondo en un susurro. Él sonríe y estampa sus labios sobre los míos.

—Eres la primera que en verdad quiero presentarle a mi familia —dice alejándose de mí.

—¿Ella no los conoció? —pregunto sintiendo la esperanza crecer en mi interior.

—Sí, lo hizo.

Y la esperanza se fue a la mierda.

—Se sentía extraño —continua hablando. —Mi madre interrumpió un momento en mi casa y me vi obligado a presentársela, luego la invitó a una cena que tuvimos.

¿Eso me tiene que hacer sentir mejor?

—La cena fue tolerable, pero la situación era algo incomoda —se queja. —No estaba en mis planes que mi familia la conociera.

No puedo responder a eso. Me obligo a seguir comiendo a pesar de que se me ha ido por completo el apetito, sé que Christian se molestará si desperdicio la comida que ha traído para mí.

—Quiero hacer las cosas bien, esta vez —dice. —Quiero que me acompañes, que conozcas a mi familia y que ellos te conozcan.

La manera anhelando en la que pronuncia esas palabras hace que mi razón y voluntad flanqueen.

—Está bien —digo suspirando. —Iré, los conoceré.

—Gracias.

Ambos terminamos de comer y guardamos las cosas de nuevo en la mochila térmica en la que trajo todo.

—También quería hablar contigo de otra cosa —me dice. —Dije que no quiero secretos contigo, ¿recuerdas? —asiento afirmativamente.

Christian se levanta, camina a la puerta y se inclina ligeramente hacia la mesa donde antes había colocado la mochila con la comida, veo que trae el mismo maletín con el que viajó cuando partimos a Nueva York. Camina de regreso a mí lado retomando su lugar de hace unos instantes. Coloca el elegante maletín en sus piernas y saca del interior unos archivos que extiende en mi dirección. Mi mano se levanta, tomo los folders manilas de color gris oscuro.

—Uno de ellos es el archivo de la investigación que hice sobre ti —me dice. Es evidente a lo que se refiere, en el etiquetado se puede leer mi nombre completo. —Te prometí que te lo mostraría, pero, es tuyo, quédatelo.

—Bueno, gracias —chasqueo la lengua. Sé que tiene una copia, no puede simplemente gastar dinero en una investigación así y luego dármela.

—Los otros asegúrate de leerlos con cuidado —suplica. De repente su voz se vuelve vulnerable, rota. —Si después de eso quieres hablar conmigo, para preguntar, para gritarme o para lo que sea, no importa la hora, llámame y vendré a buscarte.

—Bien —acepto. Le ofrezco una sonrisa tranquilizadora.

Sus manos suben a cada lado de mi rostro, sus palmas acunan mis mejillas con ternura. Su ceño se frunce en lo que parece ser preocupación, pero sus ojos me dicen la verdad, esas dos obres grises están congeladas, vidriosas, es temor lo que en verdad está sintiendo.

—De verdad espero que quieras volver a hablar conmigo —susurra. —Que quieras volver a verme.

—Me acabas de invitar a una cena por tu cumpleaños —le digo fingiéndome molesta. —¿Ya te estas echando para atrás?

—No —se ríe, mis palabras parecen relajarlo. —No me arrepiento de esto.

Un par de toques en la puerta llaman nuestra atención.

—Adelante —digo elevando el tono de mi voz.

Angela entra sonriente, nos da una mirada y extiende en dirección a Christian la otra mochila térmica qué contenía el almuerzo para ella y para Julie.

—Justo a tiempo —dice él. —¿Lo disfrutaron?

—Estuvo asombroso, gracias Christian.

Se pone de pie, yo me muevo reflejando sus movimientos.

—Debo volver al trabajo —anuncia. Yo asiento. —A no ser que decidas lo contrario, pasaré a recogerte el viernes por la noche.

—Pero dijiste que la cena es el sábado.

—Si, asi es —sonríe, pero suspira con pesadez. —Quiero tenerte para mi sola antes de tener que compartirte con la familia Grey.

Mierda, la Familia Grey, suena terrorífico.

—Angela —se gira buscando a mi amiga. Ella sigue de pie a unos pasos lejos de nosotros fingiéndose distraída hasta que él la llama. —El sábado por la noche habrá una cena en mi casa, estás invitada.

Angela deja caer su mandíbula y sus ojos se abren al máximo. Mi expresión debe ser un reflejo de la suya.

¿Qué acaba de decir?

—¿Estoy invitada? —pregunta con sorpresa.

—Sí, es una cena privada, por mi cumpleaños —Christian le responde amable pero visiblemente incomodo —Por error te mencioné en una conversación y mi hermana ha sido insistente en que te invite.

Mi amiga me da una mirada alarmada, busca en mi rostro alguna respuesta para darle al hombre. Yo me he quedado en blanco, no sé cómo responder a esa esporádica invitación.

—Eres muy amable, Christian —dice mi amiga. —Lo pensaré.

Le doy una mirada fugaz a la puerta que me separa de mi amiga. Ella y yo tendremos una conversación más tarde al respecto

—Bien —Christian asiente satisfecho con la respuesta. El hombre se gira nuevamente hacia mí. —Debo irme.

Me toma por la cintura y me acerca su cuerpo para besarme, sus labios me saben dulces y frescos como siempre, pero saben a miedo, tristeza, dolor, anhelo, esperanza. Saben cómo si se estuviera despidiendo pero a la vez como si quisiera aferrarse a mí. Saben cómo si me estuviera suplicando que le diga que no iré a ningún lado.

—Te veré después —digo cuando se separa ligeramente de mí.

Le muestro una sonrisa, él asiente soltándome de la cintura pero tomando mi mano, toma su maletín y la mochila térmica con la mano libre. Ambos nos giramos, caminamos hasta la puerta de la oficina pasando a mi amiga que sigue con una mirada de sorpresa e incredulidad. Christian me mira una última vez antes de soltar mi mano, abrir la manija y salir de la oficina. Se encuentra con Julie afuera, ella le agradece fugazmente y lo despide.

Mis ojos se mantienen en su espalda mientras lo veo perderse por el pasillo hasta el ascensor.

—Cada vez —suspiro, —cada vez hace algo que solo me sorprende más.

—Hablaremos de esto en casa —Angela me dice mirando el reloj en su muñeca con una mueca. —Debo volver a mi escritorio.

Con eso sale de la oficina. Sacudo mi cabeza con fuerza, busco alejar esta última conversación y concentrarme en el trabajo que aun tengo pendiente. Tomo una profunda respiración, lleno mis pulmones con aire, y me giro a seguir acomodando los papeles que tenia en mis manos hace rato. No sin antes guardar y asegurar los folders de color gris en mi bolso. Julie entra como un torbellino cerrando la puerta detrás de su espalda.

—¿Por fin dejaremos de comer café con barras energéticas? —pregunta sentándose en el lugar que estaba antes de ser interrumpidas. —¿Ahora comeremos de los restaurantes caros de la ciudad?

—Oye, no te acostumbres a esto —la regaño.

—Yo solo decía —se encoge de hombros.

—¿Qué tal estuvo el almuerzo? —le pregunto desviando mi rostro para que no sea notoria mi sonrisa.

—Mejor que cuando el señor Grayson llega con esa extraña mezcla de verduras y carne gelatinosa que prepara—suspira. —¡No le digas que yo dije eso!

Echo mi cabeza hacia atrás riéndome. Todos sabemos que no debemos meternos con el estofado que hace el señor Grayson. Nadie lo hace y vive para contarlo.

El resto del día fue bastante productivo, al menos para Julie y para mí, entre ambas terminamos de separar la basura de la oficina y de acomodar en su lugar todo lo que sería de utilidad para la siguiente persona que ocupará el puesto. Satisfecha con el trabajo que hicimos, mandé a mi secretaria a descansar y yo me quedé para explicarle al personal de limpieza como estaba la situación con esa oficina y los detalles sobre la limpieza de los próximos días.

—¿Terminaste? —Angela vuelve a asomar su cabeza de nuevo. Esta vez no me toma por sorpresa.

—¡Si! —suspiro. —Por fin terminamos.

—¿Ya podemos irnos a casa? —me pregunta. Yo asiento.

El regreso a casa fue lento y tardado, pasamos al supermercado para realizar las compras necesarias para la semana. Usualmente es algo que hacemos durante el fin de semana, pero, debido a mi ausencia, se pospuso. Una hora más tarde, ambas estábamos de regreso en nuestras respectivas casas.

—¿Me prestas tu televisor? —escucho la voz lejana de mi amiga. Salgo de mi habitación y encontrándome con ella en la sala de estar. —Traje helado.

—Bien —le arrebato el bote de las manos. Voy a la cocina a buscar un par de cucharas y regreso lanzándome al sofá a su lado. En el televisor ya brilla con la imagen de una película.

—Entonces —Angela me mira por la esquina de sus ojos. —Irás al cumpleaños de Christian.

Eso suena a una orden y no a una sugerencia. Ni siquiera es una pregunta.

—Yo…

—Iras a conocer a su familia —sentencia.

—¿Debo ir? —jadeo con nerviosismo. —¿No es muy pronto?

—Vas a ir a esa casa, te vas a presentar como la nueva novia de Christian y vas a cenar con su familia.

—¿Me vas a acompañar?

—¿Quieres lidiar sola con eso? —pregunta con una ceja levantada.

—Joder, no, por supuesto que no —digo entre dientes. Me llevo una cucharada grande de helado a la boca.

—Supongo que me robaré uno de tus vestidos bonitos —dice ella robándome el bote de helado.

—Maldita sea —hago un puchero. Tomo otro bocado de helado, el frio en mi lengua y mis labios hace que mi cuerpo se mantenga consiente y alerta.

—No te atrevas siquiera a pensar en escapar de esto —gruñe girando su rostro en mi dirección. Me apunta amenazadoramente con la cuchara en sus dedos. —Eso es parte de salir con alguien y lo sabes bien.

Suspiro pesadamente.

—Tienes razón —acepto.

—Recuerda que necesitas comprar un regalo para Christian —me dice.

—Mierda ¿Qué se supone que debo darle? —me quejo nuevamente. —No puede haber algo que ese hombre necesite.

—Siempre hay algo que los hombres necesitan —dice ella. —Solo hay que averiguar lo que es.

—Eso no soluciona mis problemas —cubro mi rostro con mis manos.

—Por cierto, ¿de qué hablaron hoy? —pregunta curiosa. —Christian salió muy serio de esa oficina.

—Dijo que iría a Portland con su hermano a unos negocios —descubro mi rostro y la miro. —Regresan el viernes.

—¿Negocios? O ¿Negocios? —dice para molestarme.

—No lo sé —me encojo de hombros riendo. —Ambos, quizás.

—¿Pelearon? —pregunta. Sacudo la cabeza negando.

Me pongo de pie, voy hasta la pequeña mesa del recibidor donde se encuentra mi bolso, con mis manos saco los folder manila que me ha dado Christian más temprano y regreso hasta el sofá llevándolos conmigo.

—Me dio eso —lanzo los archivos sobre la mesa frente al sofá.—Desde Nueva York mencionó que me los daría, y al parecer Christian cree que si después de leerlos quiero volver a verlo, será un milagro.

Le doy una mirada recelosa a esas cosas. Tengo el presentimiento que en cualquier momento van a explota y a causar una nueva avalancha en mi vida. Angela estira su cuello para seguir mi mirada.

—¿Qué es eso? —Angela mira sospechosamente los folders. Dobla su cuerpo y con sus manos me roba los archivos colocándolos sobre sus piernas.

—Uno de ellos —tomo una respiración profunda antes de responder, —es el informe que le entregaron a Christian de una investigación que mandó a hacer sobre mí.

Angela deja caer su mandíbula, sus ojos están abiertos hasta casi salirse de sus cuencas.

—¿Te investigó? —pregunta. Asiento. —¿No le bastaba con ver tu Facebook? ¿Instagram?

—Esa noche no le dejé ni mi nombre, ¿recuerdas? —ella hace una mueca. Yo me encojo de hombros. —Me investigó para encontrarme.

—¡Carajo! —mi amiga jadea. Muevo mi cabeza afirmativamente, de acuerdo con ella, esta situación está del carajo.

—El resto no sé que son —chasqueo mi lengua. Angela asiente, sus dedos se deslizan al interior del primer folder. —¡¿Qué estás haciendo?! —pregunto alarmada.

—¿No es obvio? —pregunta, una de sus cejas se eleva. —Voy a leer lo que hay dentro, quiero ver que tan bueno o malo es —le doy una mirada, ella tuerce sus ojos. —¡Oh vamos! Christian creé que lo que sea que hay dentro, va a asustarte hasta la mierda.

—Como si eso fuera posible —siseo entre dientes. —No hay nada de este mundo lo suficientemente malo como para asustarme.

—Pero eso él no lo sabe —me recuerda Ang.

—Tu tampoco debería saberlo —exhalo con fuerza.

Angela no me responde. Su cabeza se inclina hacia sus piernas, sus manos toman uno de los folders y lo abre. Desde mi posición hecho un vistazo. La enorme foto de mi rostro me dice claramente que se trata de mi expediente. Agradezco internamente mi buena suerte, en esta situación, parece un bien inicio enfrentándome a información que ya conozco. Mi vida.

—¿Charlie no solía hacer expedientes similares para los criminales? —Angela comenta moviendo sus ojos sobre las hojas con información.

—Si —hago una mueca. Mi cerebro me muestra una imagen de mi padre haciendo todo el papeleo.

—¿Segura que no robaste alguna de las tiendas en Nueva York? ¿Un centro comercial, quizás? —Ang bromea. Agradezco en silencio su intento de aligerar el ambiente.

—Ahora tengo mis dudas.

—Esto será interesante —Angela acomoda su postura mientras menciona esas palabras. Sus dedos toman las fotografías cuidadosamente colocadas en el archivo, las extiende en mi dirección. Mis manos se mueven en automático sacándolas de entre sus dedos.

Veo a mi amiga sumergirse en la lectura de lo que ella ya conoce, la historia de mi vida.

Mi atención vuelve a las fotos en mis manos. Las analizo rápidamente, son fotografías mías, algunas recientes y otras más antiguas, parecen tomadas por algún paparazzi, o por alguien que me ha estado siguiendo, una que otra es de alguna cámara de seguridad. Las fotografías me muestran a mí misma, distraída, ausente o pensativa, pero haciendo actividades en su mayoría cotidianas. Estoy en mi auto, conduciendo por las calles, caminando, comprando, entrando a mi edificio, voy sola y en otras voy acompañada de Angela o Julie.

Sin embargo, entre todas las fotografías, hay unas cuantas que llaman mi atención en específico.

La primera que me atrapa, es una donde estoy de pie junto a mi auto, una de mis manos descansa sobre la puerta, manteniéndola abierta. Llevo un vestido color negro, medias negras y una gabardina ligera de color gris. Mi cabello está suelto y cae en ondas por mis hombros, mi rostro está ligeramente elevado, al igual que mis ojos. Es muy probable que esté frente a las puertas de la oficina, esperando por Angela. Casi apuesto a que la fotografía fue tomada la semana pasada.

Paso mi atención a la siguiente imagen. Me muestra sentada en la mesa de una zona VIP de un restaurante, frente a mí está un hombre robusto, de piel morena, vestido con un traje elegante, es Jason Jenks, el abogado que nos ayudó a llevar el caso con el periódico. Mis ojos analizan la fotografía, veo el sobre amarillo que tengo cuidadosamente presionado contra la mesa mientras mis dedos lo abren para analizar el contenido.

Doy un respingo, se suponía que organizamos esa reunión sin que nadie nos notara, no queríamos levantar las sospechas acerca de la situación, el Señor Grayson me ordenó que todo se mantuviera como clasificado.

Supongo que no tuve éxito.

Mis dedos mueven las imágenes en busca de otra que llamó mi atención. Cuando la encuentro, me produce una sonrisa nostálgica. Somos Reneé y yo, estamos en el patio de su casa en florida, el mar está detrás de nosotras, iluminado por los colores del atardecer. Mi madre y yo estamos fundidas en un apretado abrazo. La fotografía es del año pasado, en su cumpleaños. Angela y yo volamos hasta Jacksonville para pasar unos días con ella.

Anoto mentalmente un recordatorio, debo llamarla.

La siguiente fotografía me hace resoplar. Parece estar tomada por alguna cámara del lugar, quizás fue tomada por alguna de las varias personas que hay alrededor. ¿Dónde estoy? ¿Una fiesta? ¿Un club? ¿Una celebración? No lo sé, no lo recuerdo. El escenario es bastante sencillo y común. Hay un hombre que tiene en sus manos una charola con bebidas de colores en ella, se la ofrece a las personas que están por el lugar, metidas en su mundo. Por supuesto, la estrella de la fotografía soy yo. Estoy de pie en el medio de la multitud, tengo a un hombre a mis espaldas, su cuerpo está pegado al mío, sus manos se ven firmes en mi cintura, manteniéndome contra él, su rostro está inclinado sobre mi hombro, lo único que se distingue es su cabello. Yo estoy inclinada en su dirección, una de mis manos está en su nuca, empujando su cabeza hacia mí, parece que estoy susurrando en su oído.

—¿Un bonito recuerdo? —Angela habla, su voz es burlona.

—No —sacudo la cabeza. —No recuerdo quien es.

—Pareces muy contenta —señala.

—Un polvo siempre me levanta el ánimo —rio entre dientes. Me gano un empujón de mi amiga.

—Ninfómana —se burla. —¿Segura que eres Isabella? ¿No eres alguna gemela malvada que está fingiendo ser mi amiga?

—Sigo siendo yo —hago un puchero con mis labios. —Pero estoy siendo consumida por el efecto Christian Grey. ¿O será que solo me gusta lo bien que folla?

—¡Oh por Dios! —Angela chilla divertida. —Eres increíble.

—Lo sé —respondo riéndome de la reacción de mi amiga. Me calmo lo suficiente como para regresar mi atención de nuevo en las fotografías.

La próxima que veo tiene poco para resaltar. Soy solamente yo, caminando con tranquilidad al costado de mi edificio, mi cabeza está inclinada hacia abajo, mirando el suelo, mis hombros están caídos, mis brazos cuelgan y parecen balancearse al costado de mi cuerpo mientras camino. Parece que el paseo es era algo sin importancia. Chasqueo la lengua cuando veo mi vestimenta. Jeans oscuros ajustados, una camiseta lisa atada descuidadamente sobre mi cadera, mis zapatillas converse y lentes oscuros. La última vez que usé eso, al menos todo a la vez, fue cuando estaba en la universidad. Quizás la fotografía es de ese tiempo.

Muevo las fotografías, las paso hasta que encuentro la siguiente que llamó mi atención. Cuando la veo, mi cuerpo se tensa, mi cuerpo se sacude, soy presa de una oleada de extremo frio. La fotografía nos muestra a Charlie y a mí, estamos afuera de su casa, a un costado de mi camioneta, teniendo una conversación. No, él está hablando conmigo, me está regañando. Aún recuerdo cada palabra que dijo esa mañana, y las que de la noche anterior. La fotografía es de hace 5 años, cuando Charlie me gritó para sacarme de mi estado catatónico.

El recuerdo me golpea en el estómago, es inevitable que sienta una arcada.

—Deberíamos visitar a Charlie —Angela murmura. —O podrías llamarlo, al menos.

—Lo haré —digo distraída. —Lo llamaré.

Paso la fotografía hasta atrás del resto, ya no puedo seguir mirándola.

La otra fotografía que queda adelante produce un suspiro añorante en mí. Mis labios forman una sonrisa triste. La fotografía muestra a un hombre joven, sentado en una banca, vestido con una camisa blanca con los primeros botones desabrochados y las mangas enroscadas hacia arriba por los brazos, alrededor de su cuello hay una corbata atada flojamente, su cabello negro y largo cae sobre sus hombros y por los costados de su rostro moreno. Es Jacob, mi Jacob, mi mejor amigo. A su lado, sentada despreocupadamente con su cuerpo en dirección a él, hay una chica. Tiene el cabello castaño y rizado cuidadosamente, la tela de su vestido azul envuelve su cuerpo con gracia, la piel de sus brazos es pálida al igual que la piel de su rostro, en él, hay una expresión de tranquilidad.

Sé quién es la joven, la conozco, pero a la vez es una completa extraña.

Mi mente me muestra el recuerdo de esa escena, el recuerdo de esa noche en el primer y único baile al que asistí en Forks. Ese baile en donde usé un vestido prestado y una escayola en mí pierna, es por eso que estoy sentada afuera del lugar, con Jacob a mi lado que llegó vestido elegante solo para hablar conmigo y advertirme sobre…

Mi corazón salta, golpea en mi pecho con fuerza, mi respiración se acelera, mis pulmones tardan en procesar mi respiración errática. Mis ojos recorren la fotografía, analizo desde cada esquina, arriba y abajo, analizo cada pequeño espacio buscando por él. Buscando algún indicio de que ese recuerdo es real, de que él estuvo ahí, conmigo.

No lo encuentro, solo estamos Jake y yo.

Me obligo a tragar el nudo de mi garganta. Me obligo a seguir con las fotografías.

La siguiente me cuesta un poco ubicarla en la línea temporal de mi vida. Está tomada desde la cámara de seguridad de una calle, está un poco fuera de foto, pero no lo suficiente como para perderme los detalles de la situación. Es de noche, estoy en la puerta de alguna librería, lo sé por los estantes de libros que se ven detrás de mí. En la fotografía, mis ojos están concentrados en un libro que llevo en mis manos, el libro de leyendas Quileutes que compre en Port Angeles.

Sé lo que sucedió después de eso. Lo recuerdo muy bien.

Hay días en los que quisiera que la "Bella" de esa noche, hubiera desistido, que se hubiera quedado con Angela y con Jessica, que se hubiera negado a la cena, que simplemente hubiera hecho algo diferente. Las cosas serían diferentes hoy.

Aunque, así como llega el pensamiento, se va.

Sacudo mi cabeza para alejar esas ideas de mi mente. Regreso mi atención a las fotografías en mis manos que, sin darme cuenta he cambiado a la siguiente. La imagen es casi cómica, somos Angela y yo, ambas sentadas en el interior de la camioneta de Tayler, con nuestra mejor mueca de aburrimiento. Mi amiga tiene su atención en su telefoto, yo tengo mi mirada fija en algo al frente. Hay alguien desconocido en el medio de la fotografía, me hace recordar el berrinche que hizo Mike cuando se dio cuenta.

—Creí que no teníamos fotos de ese día —Angela comenta cerca de mi oído. Mi rostro se levanta, noto que tiene su cuello inclinado analizando la imagen en mis dedos.

—Pues, ya tenemos una —levanto una esquina de mis labios. Saco la imagen y la pongo de lado.

—Ese viaje me gustó —murmura. Estoy de acuerdo con ella. —Es una pena que no pudimos repetirlo.

Doy un profundo suspiro. Después de ese viaje las cosas cambiaron, para todos. Angela no dice nada más, y yo, sin saber que responder, regreso a mi revisión de fotografías.

En la siguiente, la escena está tomada por la cámara de seguridad del estacionamiento del Instituto de Forks. Hay autos y estudiantes por todos lados. Las estrellas somos mi camioneta y yo, que camino hacia ella. Inclino mi cabeza, me cuesta identificar en que época de mis días en Forks fue tomada la fotografía, la escuela, la lluvia, mi ropa, mi camioneta, todo en la imagen puede encajar en cualquier día de los casi dos años que estuve en Forks.

Mis ojos repiten la acción pasada, fuerzo mi vista a encontrar algún detalle que me ayude a encajar la foto en algún día en especial. Busco con cuidado, pero, en cuanto lo encuentro, deseo con el alma, no haberlo hecho.

Mierda, mierda, mierda.

Ahí, en la esquina superior hay un auto, el único auto que puedo reconocer donde sea, el único auto que me hace que mi nerviosismo aflore. Eso no es todo, el pánico crece sobre mí cuando lo veo, la ansiedad, la desesperación, el dolor regresan a mí, me golpean con fuerza. Ahí, frente a mis ojos está la prueba que llevo años pidiendo, esa prueba que necesito para convencer a mi mente que no me volví loca, que todo es real y que la agonía no ha sido producto de mi imaginación durante todos estos años.

Ahí, en esa fotografía borrosa, con una mano sobre la pintura plateada del Volvo, está él. Tan perfecto como si la imagen tuviera toda la calidad posible.

—¿Bella? —escucho a Angela llamarme. —¿Qué sucede? —su voz suena muy lejana, el zumbido en mis oídos es más audible que su voz. —¡Bella! ¡Háblame! ¿Qué pasa?

—Mierda, mierda, mierda —jadeo. Digo la palabra una y otra vez.

—¡Me estas asustando, Isabella! —Angela chilla, preocupada e histérica. —¿Qué carajos está mal?

No puedo formar una oración coherente. Mis manos temblorosas extienden la fotografía en su dirección, mis dedos señalan frenéticamente en la imagen, trato de mostrarle lo que ha disparado mi histeria. Ella hace una mueca confundida, pero sus ojos se van a donde le señalo.

—Mierda —acepta. —¿Sabes de cuándo es?

—Creo que fue el día del accidente con la furgoneta de Tayler —me obligo a responderle, aunque mi voz sale entrecortada por el esfuerzo de respirar. Estoy forzando a mis pulmones a realizar su función vital. Angela da un apretón a mi mano, no dice nada más.

Obligo al agujero en mi pecho a irse a lo más profundo de mi ser, puedo lidiar con él más tarde, ahora mi mente quiere terminar de descubrir el enigma, mi mente quiere concentrarse en Christian.

La última fotografía que obtiene mi atención es una panorámica de la casa de Charlie.

Frente a la casa, está la patrulla y nosotros estamos inclinados sobre el maletero, haciendo maniobras para cargar algunas maletas y bolsos en nuestros brazos. Es el día de mi llegada a Forks, justo después de que Charlie me recogiera aquí en Seattle en el aeropuerto. Es el día en el que todo comenzó. Ese día me convencí a que este cambio era lo correcto para mi madre, para mi padre y para mí, ese día pasé todo el camino convenciéndome que todo estaría bien.

Si lo está, todo está bien… bien jodido.

Las demás fotografías no me representan ningún problema, ni para mí ni para nadie. El resto de las fotografías no ponen en peligro a nadie más.

Cierro los ojos, me concentro en poner en orden las emociones que tengo a flor de piel.

—¿Qué es lo que dice? —pregunto temerosa de la respuesta. No hay respuesta de su parte.

¿Tan malo es?

Mis ojos se abren, busco el rostro de mi amiga. Ella tiene una expresión seria e insegura, sus labios apretados forman una línea, sus ojos van del expediente a mí.

—Quien sea que investigó, se tomó su trabajo muy enserio —habla pausadamente, con cuidado. —Si soy honesta, está todo, Bella.

—¿A qué te refieres? —el temor me invade.

—Dice quiénes son tus padres, sus edades, tu nacimiento, el divorcio, también dice con quién, dónde y por cuanto tiempo has vivido —Angela habla mientras ojea de nuevo el expediente. —Está el nombre y los horarios de todas las escuelas a las que has asistido. Menciona quienes somos tus amigos, nuestros datos.

—¿Por qué investigar tanto? —la pregunta escapa de mis labios en voz alta, pero en realidad la quería hacer para mis adentros.

—También hay una copia de los boletos de avión que has usado —Ang sigue hablando. —Están los contratos de tarjetas de crédito, tus cuentas, seguros, de vida, del auto, de la casa. Las matriculas de tus autos.

Sus manos estiran el folder con la información. Mis manos lo intercambian por las fotografías.

—Están todos tus registros médicos —suspira. Mis manos tiemblan de nuevo, mis ojos recorren con rapidez las palabras que hay en las blancas hojas. —Todas las visitas a los hospitales, análisis de sangre y resultados, transfusiones, nombres de algunos médicos, cada maldito medicamento que has tomado.

—Me lleva la… —muerdo mis labios para interrumpir mis palabras. Mis manos tiran de mi cabello con desesperación. —Al menos espero que la investigación le haya costado una fortuna.

Angela me regala una mirada angustiada, pero aun así fuerza una sonrisa simpática. Comparto su sentir, quiero aligerar el ambiente, pero me estresa ver la facilidad con la que obtuvieron algunas de las fotografías, me preocupa a sobremanera la facilidad con la que se obtuvo toda mi información. Si la persona que se encarga de todo esto es tan bueno como para saber dónde buscar para encontrar cosas sobre mí y mi pasado, ¿Qué impide que sepa los detalles sobre algo más? ¿Qué hay sobre todo el mundo que llevo años tratando de ocultar?

Ese maldito secreto no es mío y estoy condenada a guardarlo.

—Si esto cae en manos equivocadas… —hablo, en realidad tartamudeo. —No, eso no puede ser tan malo.

—No, no es tan malo —Ang trata de sonar optimista. —No tiene que ser malo que alguien haya investigado toda tu vida a detalle.

—Si esta persona tiene lo necesario para investigar más a fondo… Si lo hace…

—¿Qué es lo peor que puede pasar? —Angela suelta una risa nerviosa.

Se me ocurren miles de respuestas a esa pregunta. En todas termino yo muerta, de una manera u otra, a manos de una o varias personas. Si alguien se entra de ellos… si ellos saben que alguien más conoce su existencia…

A la mierda con todo esto.

—Lo menos malo que puede suceder es, que yo termine muerta —digo en voz baja.

—Cállate —grita Angela. Sus manos cubren su rostro. —No, no hagas eso. No vuelvas a decir esas estupideces.

—Esto es malo, muy malo —digo, resignada.

—Pensemos en positivo —mi amiga suelta un suspiro. —No hay ningún cabo suelto, ¿verdad? Todas las historias están bien pensadas.

Trago el nudo que se ha formado en mi garganta. Angela se estremece.

—Christian sabe que le he metido en algunas cosas —exhalo audible. —La conversación en Nueva York fue una emboscada.

—Carajo —se queja.

—Ya se me ocurrirá algo, Angela, no te preocupes —trato de mostrarle una sonrisa. Por la mirada que me da, sé que hice una mueca.

—¿Y si…? —sus manos se retuercen, está nerviosa.

—No —siseo cuando comprendo su pregunta.

—Así sería más fácil —se defiende.

—¡Por supuesto que no! —me cruzo de brazos. —¡No puedo echarle la carga a otra persona más!

—Estoy segura que Christian, una vez que sepa la verdad, no dirá absolutamente nada.

—Estoy segura que Christian, una vez que sepa la verdad, no querrá volver a verme —uso su misma frase en su contra. —Creerá que estoy loca, Angela.

Mi amiga aprieta los labios, no está de acuerdo conmigo. La miro con los ojos entrecerrados.

—¿Qué hay de los otros archivos? —pregunta cambiando el tema. —¿Qué son?

Insegura, estiro mi mano para tomar el siguiente archivo. Mis dedos tiemblan cuando lo abren para permitirle a mis ojos a ver el contenido.

—¡Joder! —grito al ver la imagen de la mujer.

—¿Qué es? ¡Déjame ver! —Angela salta con mi grito, se coloca sobre sus rodillas, estira su cuerpo para tener una mejor vista a lo que hay en mis manos.

—¿Yo para que mierda quiero esto? —mentalmente, hago una pataleta.

—¿Qué es?

—Es el maldito archivo de ella —me quejo. Cierro los ojos y dejo caer mi cabeza hacia atrás.

—¿Te dio el archivo de su ex novia? —jadea, la indignación clara en su voz. Asiento. —¡Déjame ver!

Abro mis ojos en el momento justo para ver las manos de Ang estirarse y tomar las fotografías. Ahora soy yo quien tiene la información en sus manos.

—Anastasia Rose Steele —leo el nombre que está en letras más grandes y oscuras al resto.

—Esa perra —gruñe Ang. —Te juro que si vuelvo a verla… —sisea en voz baja.

Muevo mi cabeza, de acuerdo con mi amiga. Ya ha pasado tiempo, pero aún me molesta pensar en ella y en la situación, solo el recuerdo hace que la bilis suba por mi garganta.

—¿Y bien? —Ang regresa su atención a las fotografías. —¿Qué dice la información sobre sobre esa maldita mujer?

—Nació en Vancouver, tiene 21 años, su padre murió cuando era una niña, su madre se volvió a casar un par de veces. Es recién graduada de Literatura por la Universidad Estatal de Washington —leo rápidamente la información que me parece relevante. —Hace poco se mudó aquí a Seattle. Recién obtuvo un trabajo como asistente en Seattle Independent Publishing.

—¿Seattle Independent Publishing? —Angela habla ausente. —¿SIP?

—Esa misma.

—¿No habías mencionado a alguien que trabajaba ahí? —mi amiga tamborilea sus dedos contra su barbilla, haciendo memoria.

—¿Recuerdas al pariente de la amiga de Reneé? —murmuro. Una mueca se forma en mi rostro. —El que se supone fue mi cita hace días.

—¡Mierda! —abre la boca, sorprendida. —¿No me digas que trabaja ahí?

—Es el editor en jefe —digo en automático. —Lo sé porque lo repitió como mil veces durante el horror de cita que tuvimos.

—Deberías agradecerle, ¿sabes? —dice, cautelosa. La miro como si tuviera seis cabezas. —Ya sabes, sin esa cita horrible, no hubieras ido al Lounge esa noche y no…

—Y no hubiera conocido a Christian —completo. Angela me muestra una sonrisa, orgullosa de que entendiera el rumbo de sus palabras.

—Se conocen —afirma. —Me refiero al idiota y ella.

—No tengo dudas —me encojo de hombros. —Pero él es muy vanidoso como para presumir que una de sus citas fue horrible, y no creo que ella mencione a Christian.

—Supongo que tienes razón.

—Además, creo que Christian y yo no somos un tema público.

—Aun —Angela me advierte. —Deja que alguien se de cuenta…

Ahora tengo un mal presentimiento.

Angela regresa su concentración se va a las fotografías en sus manos. Miro divertida como hace algún gesto mientras pasa las fotos. Yo me obligo a leer con rapidez el resto de la información, me obligo a leer lo más importante y lo que menos pueda dañar su integridad como persona. Por más que la deteste, por más que tenga resentimiento dirigido a ella, no me parece correcto usar su información personal para desquitar mis emociones. No me siento cómoda con la idea de estar leyendo una leyendo una investigación que Christian hizo sobre ella por alguna razón.

Una oleada de culpa me golpea.

¿Por qué Christian me dio esto? ¿Él no podía contarme? ¿Por qué creyó necesario que lo leyera con mis propios ojos?

—Tu piel es de un tono más pálido y frio, tu cabello es más rojizo, pero con más volumen y ondas —Angela comenta de repente. —Tu rostro es ovalado y pequeño en comparación al suyo, además tus labios son más delgados pero tu nariz más perfilada.

—¿Ya tienes un veredicto sobre mí? —no puedo evitar el veneno que escurre en mi voz.

—Eres más baja tú, un par de centímetros, quizás —continua con su análisis. —Tus pechos son más grandes y si haces ejercicio más seguido, puedes aumentar el tamaño de tu trasero.

—¿Me estas animando? —me cruzo de brazos, —¿o criticando?

—Sé que tu linda y terca cabeza lo ha pensado, te conozco lo suficiente como para saber que ya te has comparado con ella. Así que, solamente —recalca la palabra, —estoy diciendo que, aunque creas que su físico es parecido, son muy diferentes.

—Lo sé —digo agradecida y convencida de sus palabras.

Intercambiamos de nuevo las cosas en nuestras manos. Ahora es mi turno de mirar las fotografías de la mujer que por poco me provoca una demanda por plagio y un juicio por asesinato.

—¿Por qué crees que Christian tenga toda esta información sobre ella? —Angela pregunta.

—También tiene mi información —le recuerdo.

—Esa fue tu culpa —Angela me regaña. —Si le hubieras dejado tu número después de follartelo, no tendría razones para investigarte.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Crees que lo haga con todas sus parejas? —pregunta mi amiga.

Es inevitable que mis labios se sellen. No tengo una respuesta a eso.

Mis manos colocan de lado las fotografías. Ya no son de mi interés. Estiro mi cuerpo y tomo el último folder con información, el único que no hemos leído, pero hay algo diferente de entre los demás, hay una nota adhesiva descansando sobre el color opaco del folder.

"Espero que después de que leas esto aún me quieras".

-Christian Grey.

—¿Qué es? —Angela me mira atenta. Toma unos segundos mientras sus ojos leen las palabras que resaltan en la nota. Sonríe burlona. —¿Se robó los planos de alguna instalación secreta? ¿Un secreto de estado? ¿Acaso es la confesión de un crimen?

Una oleada de ansiedad recorre mi cuerpo. ¿Qué puede ser tan malo? Mi corazón martilla con fuerza en mi pecho, me obligo a ser valiente y enfrentarme al contenido del folder. Angela se acomoda a mi lado, su rostro está junto al mío. Ella está igual de ansiosa que yo.

—Acuerdo de confidencialidad —mi amiga comienza a leer, su aliento roza mi rostro con cada palabra que pronuncia. —Srita Anastasia R. Steele…

21 de mayo del año en curso.

La información que se me proporcione se considerará reservada, privilegiada y confidencial, por lo que me obligo a protegerla, reservarla, resguardarla y no reproducir, publicar o divulgar a terceros la información objeto de este acuerdo. Me comprometo a utilizarla de manera única y exclusiva para cumplir con las actividades y obligaciones expresamente conferidas por este y los siguientes contratos.

En caso de incumplimiento de este contrato, estoy de acuerdo en cumplir con las sanciones monetarias y legales requeridas por la falta cometida por mi persona.

Este contrato es válido desde el momento de su firma y será únicamente perderá validez si es por orden de un tribunal.

—¿Esa cosa está firmada? —interrumpo a Angela. —¿Ella la firmó?

Mi amiga mueve efusivamente las páginas, el sonido de las páginas rozándose mientras sus dedos las cambian. Sus delgadas manos me muestran la última página donde está el nombre y la firma de Anastasia.

—Sí, aquí esta.

Mi cerebro comienza a trabajar, procesa mil y unas ideas al respecto.

—Por eso Christian estaba molesto —razono.

—¿Lo estaba? —Angela hace una mueca.

—Mencionó que, si Anastasia decía una sola palabra, estaría en problemas.

—¿Eso dijo? —pregunta distraída, el rostro de mi amiga sigue agachado con sus ojos analizando la palabra de las hojas.

—Pero, no lo entiendo —digo para mis adentros. —¿Que es tan malo como para que Anastasia tuviera que firmar esto?

—Pues, sea lo que sea, si Anastasia rompe este contrato va a obtener una penalización no será muy linda —me señala las hojas. —Una demanda y una gran cantidad de dinero como multa son lo mínimo que conseguirá.

—¿Es necesario firmar un acuerdo de confidencialidad para tener una relación con alguien?

—Tal vez ese fue nuestro error —Angela se ríe sin humor. —No protegernos legalmente. Quizás una relación con un contrato no es mala idea.

—Deberíamos poner una cláusula por daños psicológicos —trato de forzar una risa. Nuestro humor es negro. Por supuesto que a ninguna nos hace gracia la situación de nuestro pasado.

—Aun no comprendo —Ang suspira. —¿Salir con él es tan malo como para que ella tuviera que firmar esto?

—Quiero creer que es porque Christian es figura "publica" —hago gesto de comillas con mis dedos. —Ustedes dijeron que tiene una reputación y que hay medios que pagarían mucho por una exclusiva de él.

—Quizás estos acuerdos son la razón por la que nadie sabe de sus relaciones —ahora es Angela quien comienza con los pensamientos sobre el tema. Permito que se meta en su cabeza, busco algo para distraerme.

Mi atención se coloca en el resto de las hojas que se mantienen entre ambas, está sujetado, dando a entender que esa información es de un tema en específico. Mis ojos lo analizan. Es un contrato. Lo sé, porque esa es la primera palabra que hay en la primera página. Mis manos pican por la curiosidad, lo tomo entre mis dedos preparándome para leer.

CONTRATO

Día _del 2011 ("Fecha de inicio").

ENTRE

Sr. Christian Grey, con domicilio en Escala 301, Seattle, 98889, Washington ("El Dominante").

Srta. Anastasia Steele, con domicilio en SW calle Green 1114, Apartamento 7, Haven Heights, Vancouver, 98888, Wanshington ("La Sumisa").

—¡Mierda! —jadeo, mi lengua separa cada silaba de la palabra.

Mi garganta se desgarra mientras hablo, mi corazón aumenta su ritmo en mi pecho. Mi reacción alerta a mi acompañante.

—¿Qué mierda es eso? —Angela arrebata de mis manos las hojas. —¡Carajo!

Sus ojos se abren al máximo, sus manos cubren su boca, pero miles de maldiciones siguen brotando de sus labios. Angela enfoca sus ojos en mí. El shock escrito en su rostro. Sé que no debo lucir muy diferente a ella.

Entonces, es por eso que necesitaban firmar acuerdos

Algo en mi interior que me obliga a moverme, mi cuerpo actúa en piloto automático. Necesito terminar de leer el contrato.

LAS PARTES ACUERDAN LO SIGUIENTE:

1. Los siguientes son los términos de un contrato vinculante entre el Dominante y la Sumisa.

TÉRMINOS FUNDAMENTALES

2. El propósito fundamental de este contrato es permitir a la Sumisa explorar su sensualidad y sus límites con seguridad, respeto y consideración a sus necesidades, sus límites y su bienestar.

Siento el cuerpo de Angela recostarse contra el mío de nuevo. Ambas queremos leer esto para comprender lo que sea que es esta mierda.

—Nunca me imaginé que un contrato sonara más elegante y caballero que la mayoría de los imbéciles allí afuera —comenta. Me produce una risa.

3. El Dominante y la Sumisa aceptan y reconocen que todo lo que ocurre bajo los términos de este contrato será consensual, confidencial y sujeto a los límites acordados y procedimientos de seguridad establecidos fuera de este contrato. Los límites y procedimientos de seguridad deben ser acordados por escrito.

De nuevo, esto me confirma la razón por la que era necesario el acuerdo de confidencialidad. Un momento…

—Si nosotras estamos leyendo esto… ¿Eso no significa que Christian también rompió el acuerdo?

—Yo no sé nada sobre leyes —se encoge de hombros Angela. —Pero lo más probable es que la respuesta sea "si".

—¿Y nos pueden demandar por esto? —pregunto. Mi amiga y yo nos miramos con los ojos muy abiertos.

—Deberíamos buscar un buen abogado —Angela propone. —Solo por si acaso.

PRESTACIÓN DE SERVICIO

15. Las prestaciones de servicio siguientes han sido discutidas y acordadas y deben ser respetadas por ambas partes durante el Plazo. Ambas partes aceptan que pueden surgir ciertas cuestiones que no están cubiertas por los términos de este contrato o las prestaciones de servicio o que ciertas cuestiones pueden ser renegociadas.

Esas palabras me hacen sentir fuera de sintonía con el mundo a mí alrededor. ¿Desde cuándo las personas son tan propias para expresarse? ¿Ahora se le llama "Servicio"? ¿Ya no es simplemente coger? ¿Joder con alguien? ¿Follar duro?

¿En qué jodido mundo he estado viviendo durante todo este tiempo? Oh, sí, ya recordé.

EL DOMINANTE

15.2. El Dominante acepta que la Sumisa le pertenece, para poseer, controlar, dominar y disciplinar durante el Plazo. El Dominante podrá usar el cuerpo de la Sumisa sexualmente o de cualquier otra manera en cualquier momento de los tiempos asignados o en cualquier momento del tiempo adicional acordado.

Joder.

¿Estar disponible para Christian en cualquier momento que él lo pida?

Si.

15.3. El Dominante deberá proveer a la Sumisa con todo el entrenamiento y la orientación necesaria en cómo servir adecuadamente al Dominante.

15.4. El Dominante deberá mantener un entorno estable y seguro en el que la Sumisa pueda llevar a cabo sus funciones al servicio del Dominante.

Era a esto a lo que se refería cuando me dijo que puede darme el control y la seguridad que me quitaron. Él sabe cómo mantener un entorno seguro. Él es un puerto seguro.

15.5. El Dominante puede disciplinar a la Sumisa cuando sea necesario, para garantizar que la Sumisa es plenamente consciente de su rol de sumisión ante el Dominante y desalentar una conducta inaceptable. El Dominante puede flagelar, golpear, latiguear o castigar corporalmente a la Sumisa a efectos de disciplinar, para su disfrute personal o por cualquier otra razón que no está obligado a proporcionar.

Siento mi cerebro trabajar a máxima velocidad mientras leo cada palabra que hay minuciosamente escrita. La fantasía que lleva acechándome desde que conocí a Christian me absorbe de nuevo.

SUMISA

15.15. La Sumisa debe servir al Dominante de cualquier forma que el Dominante vea conveniente y se esforzará por complacer al Dominante en todo momento con lo mejor de sus capacidades.

Una oleada de molestia me recorre. Mi cabeza me traiciona, me muestra imágenes de Anastasia, arrodillada frente a Christian, mirándolo a la espera de alguna indicación, esperando alguna orden de él, lista para complacerlo. Anastasia gimiendo y jadeando mientras Christian la somete a sus deseos.

15.19. La Sumisa no debe tocarse o darse placer sexual a sí misma si el permiso del Dominante.

15.20. La Sumisa se someterá a cualquier actividad sexual demandada por el Dominante y deberá hacerla sin dudar o discutir.

15.21. La Sumisa deberá aceptar latigazos, palizas, azotes, palmadas o cualquier otra disciplina que el Dominante decida administrar sin dudas, preguntas o quejas.

¿Ahora hablaremos de castigos? Una escena salta a mi mente, una en específico, una que hace que el fuego suba por mis venas. La voz contenida de Christian mientas sisea por la idea de que Anastasia rompiera el contrato, Christian diciendo que la castigará por desobedecerlo. Anastasia recibiendo latigazos, azotes y palmadas. Anastasia gimiendo de dolor y placer por lo que él hace.

Los músculos de mi cuerpo se tensan. No soporto que mi cabeza siga mostrándome imágenes de ellos.

Estoy molesta, enojada, encabronada, ¿y celosa?

15.24. La Sumisa no tocará al Dominante sin su expreso permiso para hacerlo.

El enojo desaparece.

Mi mente cambia las imágenes, ahora veo mis propios recuerdos, los de este fin de semana. Veo mis manos recorrer el cuerpo de Christian. Son mis pálidas manos las que lo tocan, son mis manos las que recorren su cabello, su rostro, sus hombros, sus brazos. Son mis manos las que suben y bajan por su pecho, las que trazan los músculos en su espalda.

Una sonrisa arrogante aparece en mi rostro.

Anastasia necesita permiso para tocarlo, yo no, yo puedo tocarlo a mis deseos.

—¿Por qué sonríes? —Angela me saca de mi mente. Me encojo de hombros.

—Es… esto… —busco en mi mente alguna palabra que logre describir la situación.

—Esto amerita algo más que un simple helado —Angela se aclara la garganta, se levanta del sofá. Veo su silueta perderse en la cocina.

Mientras espero, me quito los zapatos y recojo mi cabello en un moño alto. Mi cuerpo busca sentirse cómodo, en el medio del ambiente pesado que se siente a mí alrededor. Angela regresa a mi lado, en sus manos hay una botella de alcohol y dos vasos. En silencio le agradezco, ella me sonríe mientras abre la botella y sirve el contenido en los vasos.

Me entrega uno.

—Maldita sea —digo con voz histérica. Hay una ola de emociones recorrer mi cuerpo. Subo el vaso hasta mis labios y tomo tanto contenido como mi garganta soporta sin tomar aire. Angela no dice nada, da un apretón suave a mi rodilla, y bebe de su vaso.

Límites Duros

Ningún acto que involucre juegos con fuego.

Ningún acto que involucre defecar, orinar o los productos de esto.

Ningún acto que involucre agujas, cuchillos, cortaduras, perforaciones o sangre.

Ningún acto que involucre instrumentos médicos ginecológicos.

Ningún acto que involucre niños o animales.

Ningún acto que vaya a dejar marcas permanentes en la piel.

Ningún acto que involucre el control de la respiración.

Ninguna actividad que involucre el contacto directo de corriente eléctrica —ya sea alterna o directa—, fuego o llamas en el cuerpo.

—Eso no suena tan malo —Ang trata de nuevo con su optimismo. —Si a mi me preguntas, consideraría eso como límites son razonables.

Límites Suaves

¿Cuál de los siguientes actos sexuales son aceptables para la Sumisa?

Masturbación.

Felación.

Cunnilingus 32

Sexo Vaginal.

Penetración Vaginal con mano.

Sexo Anal.

Penetración Anal con mano.

—Eso también es razonable —piensa en voz alta.

¿Es aceptable el tragar semen para la Sumisa?

¿Es el uso de juguetes sexuales aceptable para la Sumisa?

¿Ser atada es aceptable para la Sumisa?

—Esa noche cuando se conocieron… —mi amiga me mira, hay sospecha en sus ojos. —O incluso en Nueva York. ¿Mencionó algo? ¿O quizás actuó de alguna manera que te dio alguna pista...?

Flashes aparecen en mi mente. Es inevitable que el sonrojo aparezca en mis mejillas, pero me doy cuenta demasiado tarde como para evitarlo.

—Más te vale que comiences con los detalles antes de que te los saque a punta de golpes con los cojines del sofá —me amenaza. Su tono es juguetón, pero sé que va muy enserio.

—En realidad no fue tan malo —utilizo su mismo juego de palabras. —La primera vez, me sujetó las muñecas con su cinturón —suspiro. Siento el calor aumentar en mi cuerpo. —Antes de que preguntes, si, también golpeo mi trasero un par de veces.

—Así que —el tono burlón en su vos es muy evidente, —¿azotó tu trasero y tu solo estuviste lista para él?

No respondo, pero su risa me llena de energía. Muerdo mis labios, el calor y bochorno que recorren deben ser muy evidentes pues mi amiga sigue lanzándome miradas burlonas. Yo obligo a mis ojos a fijarse en las palabras impresas en las hojas entre mis dedos para ignorarla.

¿Cuál es la actitud general de la Sumisa ante el dolor?

¿Qué tanto dolor quiere recibir la Sumisa?

¿Cuál de los siguientes tipos de dolor/castigo/disciplina son aceptables para la Sumisa?

Nalgadas

Palmadas

Azotes

Mordidas

Abrazaderas de pezones

Abrazaderas genitales

Hielo

Cera caliente

Angela y yo nos mantenemos en silencio, nuestros ojos puestos en las hojas que acabamos de leer. Ambas estamos concentradas en nuestras propias conclusiones.

—Mierda —digo después de un rato. Ya perdí la cuenta de cuantas veces he dicho esa palabra el día de hoy.

—Al menos lo mantiene todo legal —Angela dice, pensativa. Le lanzo una mirada, cuestionando su comentario. Ella me ignora.

—¿Se considera extraño que a una persona le guste todo eso? —pregunto confundida por la ansiedad de Christian.

—No creo que sea "raro" —se encoge de hombros. —Quiero decir, lo que le gusta no es extraño. Estoy segura de que a la gran mayoría de personas hemos practicado algo de todo eso al menos una vez.

—Entonces —le regreso la mirada burlona. —¿Te han azotado?

—Entre otras cosas —Angela ríe. Yo también.

El silencio nos absorbe, ambas metidas en nuestra propia cabeza repasando las palabras que acabamos de leer.

—¿Crees que quiera enseñarme? —pregunta de la nada. Mis ojos se disparan hacia su rosto. Ella pone los ojos en blanco. —¿Qué? No me mires así —pone los ojos en blanco. —No me digas que tú no se lo pedirás.

Muerdo mi labio.

—No sé si puedo ser una sumisa —digo en voz baja. De nuevo humedezco mi garganta con el alcohol en el vaso en mis manos. —No puedo permitir que toda mi vida se centre en una sola persona, no quiero tener a alguien controlando cada aspecto de mi vida. Si pierdo el control de mi misma, perderé todo, de nuevo.

—Dime algo —pide Ang. —Este fin de semana tuviste muchas cosas, pero, cada salida, cada comida, cada lugar, cada maldito orgasmo que tuviste, ¿estuvo a cargo de Christian?

—Si

—¿Y cómo se sintió? —sus ojos marrones me miran, atentos a mi respuesta. —Cuando estas con Christian, ¿se siente como si perdieras el control de tu vida?

—No —exhalo con fuerza. —En realidad es, como si todas las piezas de un rompecabezas cayeran en su lugar.

—Ahí está tu respuesta —su mano señala el montón de hojas en mi regazo. — Llámalo y dile cuanto quieres que quieres ser suya. Dile que quieres que te ate a la cama y que te de tan duro que no puedas caminar erguida en una semana.

—¡Angela! —grito chillonamente. No puedo evitar el ataque de vergüenza, histeria y deseo que me recorre.

—¡Te estas ligando a un Dom, Isabella! —levanta las manos. Abre la boca, ofendida por mi reclamo. —¡No puedes negarme que la idea es caliente!

—¡Yo no sé nada sobre eso! —me quejo.

—¡Pues dile que te enseñe! —me grita de regreso.

Gimoteo. La idea es tentadora, pero no sé si puedo soportar todo eso, aunque, Angela tiene razón, puedo intentarlo y de ahí ver hasta dónde podemos llegar.

—Si no lo haces tú, seré yo quien le pida unas lecciones.

Hago una pequeña pataleta. Mis manos cubren mi rostro y lo frotan con fuerza. Mi cerebro está procesando toda la información a una velocidad que me tiene mareada, ahora comprendo el otro contrato, ahora comprendo las palabras de Anastasia, la molestia de su amiga, el temor de Christian a que se hagan públicos sus gustos peculiares. Ahora comprendo porque pensaba que no querría volver a verlo.

—¿Cenamos comida China? —Angela pregunta. No espera una respuesta de mí. —Iré a pedirla.

Yo me quedo en silencio, metida en la ola de pensamientos que me asaltan. Mi mente parece estar jugando conmigo, se mantiene mostrándome varios escenarios, me muestra las distintas opciones que tengo en este momento. Cada nuevo pensamiento que me asalta resulta ser más aterrador que el anterior.

"I wanna hold 'em like they do in Texas, please, fold 'em, let 'em hit me, raise it, baby, stay with me" —escuho a mi amiga cantar desde la cocina. —"Love game intuition, play the cards with spades to start, and after he's been hooked, I'll play the one that's on his heart"

¿Qué carajos está cantando? ¿Por qué está cantando? ¿No iba a perder la cena?

—¡Ya no le des más vueltas al asunto! —me grita asomándose, la mirada molesta que me da me produce una mueca. —"I'll get him hot, show him what I've got"

A veces resulta molesto lo bien que me conoce.

—"Can't read my, can't read my, no, he can't read my poker face" —sigue canturreando. La observo contonearse por toda la cocina, con el teléfono pegado en su oído. —"P-p-p-poker face, f-f-fuck her face"

Maldita canción de Lady Gaga. Maldita Angela que vive para molestarme. Maldito Christian sensual Grey con sus gustos raros. Malditos contratos que solo me hacen desearlo más.

Maldita sea. Ya sé lo que haré.


Holis, ¿Cómo están?

Tengo 2 cosas que decirles, la primera: ¿Ya revisaron los capítulos pasados? Los revisé y modifiqué unas cosas por aquí y por allá, también agregue cositas nuevas así que si les recomendaría leerlos.

La segunda: ¿Ya leyeron City Lights? Es un OneShot de lo que sucedió en Nueva York. Si no lo han leído, dense una vuelta a mi perfil y por favor denle una oportunidad.

La ultima cosa... ups.. ya son tres, bueno... solo es un pequeños spoiler... el siguiente capitulo será... interesante.

¡Nos leemos después!