Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Quiero aclarar y exhibirme sobre algo antes de comenzar.

Yo no tengo ninguna idea sobre el bdsm, así que, si se hace alguna mención al tema o alguna situación que describa con ese tema en especial, fue sacada de mi pobre mente, de los libros de 50Shades y de internet.


Isabella POV

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.

.

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Mierda.

Joder.

Carajo.

¿Esto es real?

No, no.

No puede ser cierto, lo que mis ojos ven en este momento no puede ser jodidamente real.

¡Las personas normales no tienen todo esto! ¿Verdad? ¡¿Verdad?! Bueno, al menos eso creo, hasta el día de hoy no había conocido a alguien que tuviera este tipo de cosas, o gustos, o fetiches, no sé cómo llamarlo. Lo que si estoy segura es que ahora tengo una nueva duda en mi mente. ¿Debería hacer una encuesta de sondeo?

Con un carajo, concéntrate, Isabella.

Obligo a mis sentidos a centrarse en lo que hay frente a mí. Mis ojos se abren, mis cejas se levantan y mi mandíbula cae. Incluso tengo que mover mis manos y pellizcarme con mis dedos para asegurarme que no estoy soñando, para cerciorarme que, esto que tengo frente a mí, es real y no uno de los tantos sueños vividos que suelo tener.

Es lo malo de ser una persona con sueños vividos, nunca puedes confiar en lo que tus ojos están mirando. Y mucho menos cuando lo que mis ojos están mirando algo que no parece real.

Mi cuerpo actúa por sí solo, una de mis piernas se estira y se coloca delante, mi otro pie hace el mismo movimiento, colocándose delante de mi otro pie, y antes de darme cuenta, me veo caminando por el pequeño espacio que funge como recibidor de la habitación. Permito que mis ojos vayan más allá, que vaguen por la habitación para analizar cada detalle; las paredes son de color rojo, el techo es de un profundo color vino tinto, la madera en el piso está barnizada para mantener el efecto rojizo.

Mis ojos se cierran, lleno mis pulmones de aire permitiéndome reconocer el aroma de la habitación, hay un toque fresco, pero el aroma a cuero y madera inunda mis sentidos embriagándome y bloqueando todo a mi alrededor.

Huele a Christian.

Doy un silbido. Las sensaciones que atacan mis sentidos son abrumadoras.

—Es rojo —digo, es muy obvio, pero es la única palabra que puedo usar para describir la habitación. —Muy, muy rojo.

Mis ojos se abren al mismo tiempo que mis piernas se siguen moviéndose, esta vez, bajo con cuidado los escalones que separan el espacio de la puerta del resto de la habitación.

Mi cabeza va y viene de un lado a otro, mis ojos hacen lo mismo deteniéndose el tiempo justo para guardar en mi memoria cada detalle de la habitación. Al inicio, a un lado de la puerta, hay un baúl de caoba con cajones de tamaño considerable, cada cajón parece diseñado según lo guardado al interior. Mis manos pican por saber lo que hay dentro, pero me contengo, puedo investigar más tarde.

Mi atención regresa al resto del espacio, la imponente cama se lleva toda la atención de la habitación, su presencia resulta dominante. Es de un tamaño aún más grande que el usual tamaño extra-grande, el estilo rococó con elaboradamente tallada con cuatro postes y una cima plana. Parece de finales del siglo XIX. Bajo el dosel, puedo ver más cadenas y relucientes manguitos. No hay ropa de cama… sólo un colchón cubierto de cuero y cojines de satén color rojo apilados en un extremo.

Esa cama…

Quisiera decir que me dio asco la idea de que, sobre esa cama, Christian se folló a todas y cada una de las dieciséis mujeres que fueron sus sumisas. La idea si me da una punzada de algún sentimiento, de ¿celos? ¿Molestia, quizás? Estoy consiente que no soy la primera mujer en su vida, esto no es un maldito enamoramiento adolescente con esperanzas imposibles, ambos somos adultos con una vida antes de conocernos y yo no soy nadie para juzgar con cuantas mujeres se ha acostado y mucho menos para juzgar donde lo ha hecho. No puedo juzgarlo cuando yo misma he estado en algunos hoteles en los que estoy segura de que no cambian tan seguido las sábanas de las camas que miles de personas antes que yo han utilizado para sabrá el cielo qué.

Ese último pensamiento si me da asco. Ahora estoy aliviada con mis constantes visitas a mi ginecóloga.

Mi atención regresa a la habitación. Continúo con mi análisis; veo que a un costado de la cama hay un sofá tapizado en el mismo material que la cama. Parece sencillo, pero hay algo con ese mueble que me hace comenzar a imaginarme demasiadas cosas de las que podríamos hacer sobre él. Del otro lado de la cama, hay una gran cruz fijada en la pared frente a la puerta en forma de X, parece hecha de caoba pulida y hay esposas en cada esquina.

¿Quiero que me ate allí? Sí, no pienso negarlo. Tampoco quiero negar que mi cerebro ha estado reproduciendo imágenes de nosotros, disfrutando de cada rincón de esta habitación. De repente tengo el impulso de lanzarme a los pies de Christian suplicando de rodillas que me folle en esa cruz.

—Es mejor de lo que me imaginé —digo con honestidad.

Mi rostro se gira buscando el de Christian. El hombre se ha mantenido en área de la puerta, recostado contra una de las paredes del lado opuesto de la cajonera y con las manos en los bolsillos de sus pantalones. Además de que su mirada gris está fija sobre mí, curiosa, atenta, cautelosa y ardiente.

—¿Qué imaginaste? —entrecierra los ojos. —Se honesta.

—A ti, follandome allí —señalo la cruz. Christian levanta ambas de sus cejas mientras en su rostro estalla en una mueca de diversión. —Tú preguntaste.

—Aprecio la honestidad.

—Si te preguntabas mi opinión honesta sobre tu cámara de tortura… —canturreo con diversión. —Me imaginé una especie de calabozo, húmedo y oscuro, con herramientas de tortura de la época de la inquisición.

Christian suelta una carcajada.

—¿Calabozo? —pregunta dándome una mirada de diversión. —No soy un vampiro como para vivir en un calabozo.

¡¿Un qué?!

No habla enserio, lo dice en broma. Solo es una broma.

Carajo. Esas bromas no me gustan.

—Los vampiros no viven en calabozos —me cruzo de brazos. Él levanta una de sus cejas ante mis palabras.

—¿No lo hacen?

—No —sacudo mi cabeza. —De hecho, tienen casas igual de lujosas que la tuya.

Christian vuelve a reír por mi aparente broma. Yo no puedo imitarlo, yo no estoy bromeando.

Pongo todo mi esfuerzo para dejar de pensar en esos temas y seguir con mi exploración del lugar. En el rincón más alejado hay una banqueta de cuero acolchada de color granate y justo al lado, está fijado a la pared un estante de madera pulida que luce como una base para sostener palos de billar, pero en una inspección más cercana, me doy cuenta de que sostiene bastones de diferentes longitudes y anchos. En la esquina opuesta hay una sólida mesa de seis metros con dos taburetes guardados por debajo

Yo continúo dando vueltas por la habitación, abriendo y cerrando los cajones que voy encontrando, camino hasta donde están dos largos mástiles pulidos y finamente tallados como cabezales de una baranda, aunque son más largos de lo usual, cuelgan como cortinas a través de la pared. De ellos, cuelgan un gran surtido de paletas, látigos, fustas y otras cosas que, quiero creer, son fustas hechas de plumas.

Estiro mi mano para tomar una de esas, quiero sentirla contra mi mano y comprobar si se siente tan suave como se ve, pero, mi mano se queda a medio camino. Mis ojos se colocan en Christian, sus ojos grises están ligeramente oscuros.

—¿Cuándo fue la última vez que usaste algo de lo que se encuentra en esta habitación? —pregunto insegura de querer escuchar la respuesta.

No. Honestamente no quiero escuchar la respuesta a esa pregunta porque no voy a soportar escuchar que sus labios digan que fue en la semana que perdió mi rastro. Pero resulta que sí quiero escuchar la respuesta porque mi mano está a nada de tocar uno de los artefactos de tortura placentera que quizás estuvo recientemente en algún lugar privado de una mujer desconocida.

—Antes de conocerte esa noche en el Lounge —me dice con cuidado. Al parecer no me dará más detalles y definitivamente mi parte masoquista quiere saberlo, pero tendré que conformarme con la tranquilidad que le ha dado a mis pensamientos con sus palabras.

—¿Gail limpia aquí? —pregunto para asegurarme.

—Todo está limpio —luce divertido por mis preguntas.

—¿Qué tan limpio? —entrecierro los ojos.

—Todo en esta habitación está limpio, lavado, desinfectado y libre de cualquier cosa, te lo aseguro, Isabella.

La seguridad en su voz me hace estirar mi mano para tocar las plumas. Joder, si son muy suaves. Si esa es la sensación contra mis dedos, ¿se sentirá igual de suave en el resto de mi cuerpo?

—Es un… —comienza a explicarse.

—Plumero —le digo completando su frase.

—O una fusta de pluma —Christian asiente. Esta sorprendido de que sepa el nombre de algunas cosas.

—Plumero, flogger, fusta, látigo, —señalo cada una de las cosas conforme las voy nombrando.

—Dijiste que no sabías nada sobre esto —me acusa. Sus pies se mueven bajando los escalones para colocarse a mi altura en el piso.

—No, yo no sé nada sobre esto —me encojo de hombros. —Pero Google lo sabe todo.

—Debí imaginar que buscarías en internet —dice más para sí mismo. Yo no respondo.

Sin decirle nada más, coloco mi mirada en el techo de la habitación, también es de color rojo al igual que las paredes. Lo que llama mi atención son los espacios formados por una reja de hierro de la cual cuelgan cuerdas, cadenas y grilletes.

Al contrario de todo lo que me pude imaginar cuando me dijo que me mostraría este lugar, la habitación resulta ser seductora, confortable y casi romántica. El ambiente electrizante que se respira aquí es así, romántico. Cualquiera que conozca este lugar de la mano de este hombre, puede decir que conoció un lado romántico de Christian Grey, cualquiera menos Anastasia y yo. Ambas conocemos un lado diferente que ninguna de las otras quince mujeres conocieron. Anastasia conoció la parte de él que descubrió que puede tener un lado romántico como cualquier hombre, un lado que se esforzaría por ser suficiente para que ella se quedara a su lado. Y luego estoy yo, la que está recibiendo un lado completamente diferente gracias a que lo comprendo de una manera que nadie más pudo hacerlo antes.

—Entonces… —me aclaro la garganta. —¿Christian? ¿Señor Grey? ¿Señor? ¿Amo?

Sus labios se estiran en una sonrisa, sus ojos brillan de una manera que no había visto antes. En esta habitación, en el medio de todas estas cosas que producen dolor, Christian parece sentirse más cómodo y seguro que en el exterior. No es difícil adivinar el porqué, aquí en esta habitación él tiene su propio mundo, él tiene el control.

Su cuerpo se impulsa para separarse de la pared, su espalda se pone recta, los hombros cuadrados y saca las manos de sus bolsillos colocándolas libremente a su lado. Da un paso en mi dirección, luego otro, y otro, un movimiento tras otro su cuerpo se mueve felinamente, acechando y cazándome como un depredador a su presa. Cada paso que él da hacia mí, mi cuerpo retrocede uno para alejarse de él.

Maldición, soy su maldita presa y esta vez no tengo a dónde escapar, estoy encerrada en esta habitación que él conoce como la palma de su mano, por si fuera poco, estoy en su casa. No tengo a donde escapar. No quiero escapar de él.

Mi espalda choca con uno de los tubos del dosel de la cama, el golpe hace que el aire salga de mis pulmones. Mis piernas tiemblan y mi corazón se acelera al verlo continuar acercándose hasta mí. Christian se detiene dejando su cuerpo a escasos centímetros del mío, pero, está asegurándose de no tocarme para nada. Está muy cerca, pero a la vez tan lejos y eso solo produce un cosquilleo en mi piel.

Deseo tocarlo, quiero tocarlo, necesito tocarlo y que él me toque a mí.

—Llámame como quieras, Isabella —dice despreocupado. —De todas maneras, cuando te esté follando los gemidos no te dejarán hablar.

¡Santa mierda!

No estaba prepara para escuchar eso.

—Aquí es diferente, ¿lo entiendes? —pregunta dando un suspiro largo y lleno de deseo. —Aquí estas a mi merced para hacer lo que yo quiera contigo. Aquí eres completamente mía.

—Si —suspiro. ¿O fue un gemido?

—¿De verdad quieres hacer esto? —pregunta.

Puedo hacer esto, puedo hacerlo, yo sé que puedo.

El sentimiento de posesividad en mi interior me dice que lo haga. Me dice que necesito conocer cada parte de Christian, necesito comprender porque hace estas cosas, necesito saber todo esto para poder ser solo yo quien satisfaga esa necesidad en él.

—Sí, quiero hacer esto —respondo levantando mi barbilla y mirándolo a los ojos. Él me analiza por algunos segundos, busca algo en mí interior hasta que luce lo sufrientemente convencido de lo que sea que ve en mí.

Se separa algunos pasos de mí.

—Da tres pasos al frente —ordena. Al inicio titubeo, pero doy los pasos que él me pide dejándome de nuevo a centímetros de él.

—No dudes cuanto te pida que hagas algo —dice duramente.

—Bien —acepto.

Si puedo, yo puedo hacer esto.

Mierda.

Isabella, has soportado cosas peores que cualquier cosa que Christian te pida, o te haga. Puedes hacer esto.

—No te muevas —me advierte.

Sin darme tiempo de responder, se separa de mí. Mi cabeza se gira siguiendo y observando sus movimientos, lo veo caminar con tranquilidad al espacio a mis espaldas donde en la pared descansa un soporte para grilletes, sus manos se estiran, pasa sus dedos por ellos como si estuviera escogiendo cual usar, finalmente sus manos toman un par. Su cabeza se gira de golpe en mi dirección, doy un respingo y regreso a la posición donde me dejó.

Escucho sus suaves pisadas sobre el piso de madera cuando viene hacia mí.

—Te moviste —me acusa.

—Lo siento, señor Grey —le digo en voz baja, muevo mi cabeza intentando ocultar la sonrisa que amenaza con aparecer en mi rostro.

—No, no lo haces —se ríe. Muerdo mi labio para evitar responderle. —Extiende tus manos.

Lo obedezco. Rodea mi espalda y con una sola mano desabrocha mi sostén y luego toma ambas tiras de los tirantes, con lentitud los desliza por mis brazos, acariciando mi piel con las yemas de sus dedos, su toque produce una corriente eléctrica por toda mi piel. Finalmente desliza mi sostén afuera y lo lanza en dirección a la puerta.

Mis manos continúan extendidas, el material de cuero con protección acojinada de los grilletes se cierne alrededor de mis muñecas, con maestría Christian abrocha el seguro de uno, y luego el seguro del otro. Mientras lo hace, yo me permito analizarlos, son grilletes unidos a una extensión de cuero cada uno, y del otro lado está un mosquetón que quiero imaginar es para atarme a algún lado. Christian levanta las manos, baja una parte de la reja y la asegura de alguna manera, luego conduce mis manos en dirección a la reja asegurando los mosquetones en ella.

Mierda.

Esto va enserio.

—Vamos a ir de menos a más —murmura. —Si quieres que me detenga, solo dilo y no volveremos a hacer esto.

Asiento. Sus ojos grises se congelan poniéndome los vellos de punta. No tiene que decirme con palabras lo que quiere, así que obedezco al instante.

—Sí, señor Grey —digo rápidamente.

Se inclina a mi rostro, sus labios toman los míos tomándome con posesividad, deseo, hambre, yo le respondo de la misma manera. Cuando se separa de mí, siento un vacío. Mis ojos lo observan caminar lejos de mí de nuevo, ésta vez yendo en dirección a donde se encuentran los mástiles que cuelgan de la pared, descuelga varias cosas de allí.

Trago el nudo que hay en mi garganta y me obligo a estar tranquila.

Christian no me va a lastimar. Sabe lo que hace, sabe cómo usar cualquier cosa que esté en esta habitación.

La sensación de nerviosismo, expectación, anhelo, deseo y miedo hacen que mi adrenalina se dispare a través de mi torrente sanguíneo. El miedo es lo que me preocupa. No tengo miedo de cuanto pueda dolerme lo que sea que planea hacer, he pasado por torturas peores, pero sé que con Christian será diferente cualquier tipo de dolor que pueda disparar en mi cuerpo. Y eso es lo que me da miedo, no sé qué esperar, no sé qué es lo espera él de mí. No quiero decepcionarlo.

Pero, es inevitable que el deseo en mí sea aún mayor que el miedo. Deseo entregarme por completo a Christian, entregarme a lo que hará conmigo

Casi suelto un chillido cuando escucho que deja caer las cosas al suelo a un lado de mis pies. Se coloca frente a mí con una sonrisa malévola, es como un niño al que le han dado el regalo que lleva mucho tiempo deseando. Me muestra el plumero que he tocado hace unos minutos.

Es inevitable que mi cuerpo se estremezca.

Acerca las plumas a mi pecho, la sensación de suavidad y cosquillo que me produce comienza a ponerme los vellos de punta. Christian se toma el tiempo para recorrer mi cuerpo con las plumas, recorre mis hombros, mis pechos, mi abdomen, mis piernas, da vueltas a mi alrededor acariciando mi espalda, mi trasero, mis pantorrillas. Y yo solo puedo suspirar.

Cuando termina, siento que todas mis terminaciones nerviosas están despiertas. Él se inclina, se arrodilla en el piso dejando de lado las plumas, sus manos suben despacio por mis piernas apenas rozando mi piel hasta llegar al borde de la única pieza de ropa interior que tengo. Deslizando una sonrisa de nuevo en sus labios mete sus dedos entre la piel de mis piernas y mis bragas.

—No, no —le digo. —Espera, Chris…

Trato de detenerlo en cuanto me doy cuenta de sus intenciones, pero es tarde. Su sonrisa se amplía contra mis labios y el sonido de la tela desgarrándose son la señal de que no descubrí a tiempo sus intenciones.

De nuevo ha roto mi ropa interior.

—Me quedaré sin ropa interior —me lamento.

—Shh —ordena. —Te compraré Victoria´s Secret si es lo que quieres.

Me rio. No puedo decirle nada contra esa oferta que ha hecho. Hay lencería de mejor calidad, mayor precio, y mucho más lujo que estoy segura que Christian podría comprar, pero, cualquiera se siente sensual usando lencería de Victoria´s Secret, y yo soy parte de esa población del mundo.

—Silencio, Isabella —sisea. Sus manos deslizan los restos de tela por mis piernas hasta sacarme de ellas. Desde su posición de rodillas frente a mí, levanta su mirada y recorre todo mi cuerpo.

—Te ves preciosa, desnuda y atada para mí —murmura. —Eres una diosa a la que podría adorar toda mi maldita vida.

Casi me corro solo de escucharlo.

—Puedo dejar lo que hagas —pienso, aunque por la reacción de Christian es probable que lo haya dicho en voz alta. Las palmas de sus manos se estrellan contra mi trasero antes de inclinarse y depositar un beso en mi cadera.

—Usaré esto —me muestra el flogger que hay en sus manos, la parte de arriba parece de cuero trenzado mientras que abajo tiene muchas tiras que parecen hechas de gamuza. —Solo traerá la sangre a la superficie de tu piel y te hará muy sensible.

¿Me quiere más sensible?

Si continua hablándome de esa manera estaré tan sensible que hasta su respiración cerca de mi hará que me corra.

Se pone de pie, hacerlo mismo que hace rato, da un par de vueltas alrededor de mi cuerpo. De repente hay una sensación extraña sobre mi piel, son las tiras del flogger acariciando mi cuerpo, primero mi espalda, los hombros, el pecho, el monte de venus, la sensación se interrumpe antes estrellarse de nuevo en mi cuerpo, en esa zona.

—¡Ah! —jadeo por la sorpresa.

—¿Te dolió? —pregunta. Su mano deja de moverse.

—No —respondo. Es cierto, no me dolió, solo no esperaba la sensación que produjo que algo golpeara esa zona de mi cuerpo de esa manera.

—¿Me detengo? —pregunta.

—No —digo al instante. Él sonríe.

Vuelve a mover la gamuza contra mi piel, recorriendo mi cuerpo y produciendo un cosquilleo por donde pasa, mis pezones se endurecen cuando pasa sobre ellos antes de azotarlos con las hebras. Un nuevo jadeo escapa de mis labios. Lo hace de nuevo, me golpea, pero esta vez de una manera más dura antes de continuar acariciando mi cuerpo. El patrón es sencillo, me golpea, se mueve, me da en la cadera, en mi abdomen, en mis hombros, en mi trasero, en mis muslos, los pechos, el monte de venus, de regreso en mi cadera.

Cada golpe me toma por sorpresa, cada golpe lanza una corriente eléctrica por todo mi cuerpo, cada golpe hace que me retuerza. Pero, yo no me puedo mover, los grilletes en mis muñecas se aseguran de que no pueda escapar, lo único que hago es retorcerme de un lado para otro evitando la sensación de caída que me produce no poder sostenerme con las palmas de mis manos de algo. Finalmente entiendo para qué es el pequeño espacio de cuero que hay entre los grilletes y los mosquetones, mis manos lo rodean buscando sostenerme mejor, pero es en vano, solo consigo apretarlos en puños.

—No te detengas —le digo cuando veo que se aleja de mí. Él sonríe visiblemente complacido.

—Aun no término con usted, señorita Swan —me dice, esta vez mostrándome la fusta en sus manos. La forma es muy similar a las que usan en la equitación, si, con los caballos.

Me muerdo el labio ahogando el gemido en mi interior.

¡Maldición!

Veo su mano girarse, veo su brazo estirarse ligeramente y antes de que lo sepa, aplasta la punta de la fusta contra mi trasero.

—¡Ay! —chillo. Cristian levanta una ceja.

—¿Cómo se siente? —pregunta.

—Arde —le digo, insegura.

—¿Me detengo? —pregunta. Yo sacudo la cabeza. El sonido de otro golpe contra mi trasero atraviesa la habitación. —Dilo. Respóndeme con palabras.

—No, no te detengas.

—Abre las piernas —ordena.

¡Por lo más sagrado de este mundo! Joder ¿Hará lo que creo que quiere hacer? ¿Me va a azotar el coño con eso?

Da un golpe en mis pantorrillas, me he tardado en obedecer su orden y por si fuera poco, desobedecí su orden de no titubear al hacer las cosas. Doy un respingo por el ardor en mis pantorrillas, pero al instante hago lo que me ha pedido.

Hace lo mismo que hizo con el flogger, camina a mí alrededor deslizando la punta de la fusta por mi cuerpo hasta que repentinamente me da un latigazo contra uno de mis pezones. ¡Mierda! La sensación de ardor, picazón, dolor y placer que me genera es tan extraña, pero se siente jodidamente bien. Golpea el otro de mis pezones y la sensación aumenta.

Continúa deslizando la fusta, esta vez recorre mi espalda justo sobre mi espina dorsal y los escalofríos aumentan en mi cuerpo, de la nada golpea por debajo de mi trasero justo contra mi sexo. Un grito sale de mi garganta.

—Tranquila, cariño —susurra. Quiero responderle, pero estoy más ocupada lidiando con las sensaciones que me atraviesan. Desliza la fusta por mis piernas, despacio, con cuidado, esta vez cuando me azota, lo hace directamente entre mis piernas.

—¡Mierda! —lloriqueo por el placer que siento. Mi cuerpo se convulsiona, mis manos buscan sostenerse con fuerza de los grilletes de los que cuelgo.

—¿Se siente bien? —susurra él.

—Sí, jodidamente bien —gimoteo acompañando mis palabras de chillidos.

Me golpea de nuevo directamente a mi clítoris y yo me retuerzo completamente perdida en el mar de sensaciones que está provocando en mí. Sabía que esto podría ser doloroso y placentero, eso decía en internet, y eso fue lo que pensé cuando leí ese maldito contrato, pero definitivamente no tenía idea de cómo sería mezclarlos. No tenía ninguna puta idea de lo placentero que podría ser que alguien te produzca dolor.

—Estas tan jodidamente mojada, Señorita Swan —murmura, siento la punta de la fusta deslizarse en la entrada de mi vagina. —Te excita que te azote, Isabella.

No fue una pregunta, pero de todos modos le respondo.

—Si.

Levanta la fusta hasta su rostro, con sus labios chupa la punta bañada en mis propios jugos. Un gemido sale de mí al ver la erótica acción.

Mierda, mierda, mierda.

Este hombre va a matarme.

Y joder si no estaría feliz de morir de esta manera.

—Sabes delicioso —ronronea. Da un paso hacia mí, estrella nuestras bocas en un beso duro y hambriento, nuestras lenguas se ven envueltas en una lucha permitiéndome probar mi propio sabor directamente de su boca.

—Christian —murmuro contra sus labios. Parece que ha leído mi mente, se desprende de mis labios volviendo a golpear mi coño con la fusta, mis piernas tiemblan y sé que, si continúa haciendo esto, me voy a correr.

De nuevo cae de rodillas ante mí, acomoda su rostro entre mis piernas y jadeo cuando siento su lengua pasarse por toda la extensión de mi coño, la fusta no se ha ido, lo sé cuándo siento que azota mi clítoris antes de que Christian regrese su lengua a la entrada de mi vagina lamiendo, provocando, penetrándome antes de azotarme de nuevo.

—¡Christian! —grito cuando me vengo. Mi cabeza se echa para atrás, mis ojos se cierran, mis piernas se vuelven gelatina y dejan de sostenerme, mis brazos arden por cargar con todo mi peso y mis muñecas duelen. Pero no me importa, continúo retorciéndome, gimiendo y jadeando.

—Muy bien, nena —me dice levantándose y besando mi cuello. Uno de sus brazos rodea con firmeza mi cintura, escucho el sonido del metal del grillete moviéndose contra el acero que está en el techo, de pronto uno de mis brazos cae rodeando sus hombros, luego mi otro brazo lo imita. Yo dejo que haga lo quiera conmigo, los espasmos de mi orgasmo aun me tienen prisionera como para resistirme.

Siento que se inclina, siento que mi espalda se recuesta contra el cuero de la cama, pero mi cintura aún queda colgando fuera de la superficie blanda.

—No te muevas —me ordena antes de desenredar mis brazos de él.

Siento que sube gateando a la cama, su peso se coloca aún más sobre mi cuerpo llamando mi atención. Mis ojos se abren y soy recibida por la vista del costado de su abdomen justo sobre mi rostro. Levanto mi cabeza y estiro mis labios para depositar un beso en esa área. Christian regresa a mi altura con una sonrisa.

—Levanta tus manos —dice. Lo hago. Siento algo ceñirse a mis muñecas de nuevo, pero esta vez la textura es ligeramente áspera y rasposa. —Es una cuerda.

Lo miro sin saber que responderle.

Christian me besa fugazmente, antes de ir bajando por mi cuerpo repartiendo besos húmedos en cada centímetro de mi piel, en segundos me tiene de nuevo retorciéndome de placer debajo de él, excepto que esta vez mis manos están siendo sostenidas sobre mi cabeza con ayuda de las cuerdas, pero me siento más libre que con los grilletes.

Christian se pone de pie al borde de la cama, se inclina tomando mis tobillos subiéndolos a la altura de su cadera, hace un movimiento y yo me veo girando sobre el colchón. Una de sus manos deja mi cuerpo, la otra sujeta mi cintura despegándola momentáneamente del colchón de cuero debajo de mi cuerpo. Siento que algo suave y esponjoso se desliza debajo de mi vientre. Ahora estoy boca abajo, con las manos atadas arriba, con mi cintura doblada al borde de la cama, mi trasero muy elevado con ayuda de un cojín y con mis piernas colgando pero atrapadas entre las piernas de Christian.

—Me encanta ver tu piel así —suspira. —Roja, caliente y deseosa de mí.

Escucho el cierre de su pantalón, escucho la tela deslizarse por su cuerpo y la necesidad comienza a aumentar en mí interior. El roce de su piel ahora completamente desnuda con mi cuerpo se siente como el puto cielo.

—La primera vez en mi habitación te folle así, ¿recuerdas? —pregunta inclinándose sobre mi cuerpo. Siento su miembro muy erecto acomodarse entre mis nalgas haciendo presión.

—Si —me estremezco.

Una superficie ligeramente fría, plana y un poco ancha se desliza por mi espalda acompañando la mano que recorre mi trasero, acariciando y amasando esa zona.

—Esa mañana, cuando descubrí que no estabas por ningún lado, lo único en lo que pude pensar era en encontrarte, doblarte sobre mis rodillas y castigarte.

Lo que sea que trae en la mano se estrella con fuerza en mi trasero.

—¡Ahh! —un grito sale de mi garganta. Esta vez sí me duele, no sé si es por lo sensible que ya está mi piel, la fuerza con la que me golpeo, o la especie de paleta con la que me azoto. Sé que es algo plano, quizás de madera pulida.

—Cuanto te vi en el periódico solo podía pensar en doblarte sobre la mesa y follarte hasta que perdieras el sentido —su cuerpo se inclina con cada palabra que da, siento la presión de su cuerpo sobre el mío. De repente siento que su miembro entra en mí de un solo movimiento.

—¡Christian! —grito al sentir la intromisión tan de repente. No me duele, estoy tan mojada que eso es suficiente para que se deslice sin ningún problema. Despacio como si quisiera alargar mi tortura, se desliza fuera de mi cuerpo, dejándome más ansiosa que antes.

—En Nueva York, en la reunión con ese cabrón —azota de nuevo la paleta contra mi trasero. Un nuevo grito mezclado con un gemido sale de mi garganta. —Me llamaste animal.

Otro azote.

Mi trasero arde, quema, me duele.

Mis manos estrujan el cuero del colchón, mis uñas se clavan sin mucho éxito en el material. Con ayuda de la cuerda tiro de mi cuerpo buscando evitar sus azotes, pero me es imposible, no puedo moverme más allá de pequeños impulsos hacia la cabecera de la cama donde está sujeta la cuerda o de pequeños giros que mi espalda hace. Mis pies están libres, pero él ha encontrado una manera de inmovilizarme.

—Dudaste de mí —se inclina contra mi cuerpo de nuevo. Me penetra con fuerza. Yo grito de nuevo. —Dudaste de lo que hice por ti —otra estocada a mi cuerpo, esta vez sale un gemido de mis labios. —Dudaste de mis razones —sale y se estrella con fuerza en mi interior. —Dudaste de mi necesitad por ti.

Mis manos están apretadas en fuertes puños alrededor de la soga, mi rostro se gira y se hunde contra la cama, mi espalda se arquea cada vez que su miembro entra de golpe en mí. Deja caer su peso contra mi cuerpo, hundiéndome contra el colchón, su respiración agitada roza mi oído.

—Esa noche, sobre el piano, te hice el amor con la esperanza de que me necesitaras de la misma manera —mueve sus caderas con lentitud, sus movimientos son el reflejo de sus palabras y del tono con el que habla. Más gemidos salen de mi cuerpo.

—Christian —suspiro.

El cosquilleo en mi entrepierna y la tensión en mi vientre aumentan. Me tortura por unos minutos, me penetra casi perezosamente hasta el fondo de mi coño solo para retroceder casi hasta salir de mí y de nuevo entrar a mi cuerpo con lentitud. Lo hace una y otra vez hasta que prefiere alejarse completamente de mi cuerpo.

—Huiste de mí, Isabella —otro azote contra mi cuerpo.

Otro grito de mi garganta. Mierda, duele.

—Cuando llegue al hotel quería castigarte de mil maneras —me golpea con fuerza dos veces seguidas, una en cada nalga. Mi respiración se entrecorta, mis jadeos se mezclan con los gemidos y chillidos que salen de mí. —Pero preferí demostrarte lo que puedo darte, demostrarte porque debes quedarte conmigo.

Ahora azota la paleta contra el inicio de mis piernas justo por debajo de mi trasero.

—Christian —lloriqueo. Sé que quiero algo de él, sé que necesito algo de él pero no estoy segura si es más dolor o más placer. —Por favor.

—Eres mía —gruñe. Un nuevo golpe arde contra mis nalgas. —Entiéndelo.

—Sí, señor Grey —acepto entrecortadamente. —Soy tuya.

—Solamente mía —demanda, ordena, pide, suplica. No lo sé. Mi mente está nublada por el dolor y el placer en mi cuerpo.

Estoy pérdida por el hombre que está entre mis piernas, literalmente poseyéndome, golpeando mi trasero, arrancando gritos de mi garganta. Cada vez las sensaciones se vuelven más poderosas e incontrolables, solo puedo sujetarme de la soga alrededor de mis muñecas, retorcerme debajo de sus manos, llorar, sacudirme, gemir y rogar por más.

—Te voy a follar, Isabella —me advierte. Esta vez ha dejado la paleta de lado, puedo verla desde la posición de mi cabeza sobre la cama. Sus dos manos toman mi cintura con fuerza levantándola aún más, por la altura de la cama y mi nueva posición, la punta de mi miembro está rozando mi entrada.

—Si, por favor —le pido, le suplico. Necesito sentirlo, tenerlo.

—Isabella —suspira. —Mi Isabella.

Es inevitable que un gemido de anhelo nos atraviese mientras se desliza en mi interior. Ambos gruñimos al unísono.

Tenerlo así, dentro de mí, me hace sentir llena y completa. No importa si mi cuerpo arde y quema o si hay lágrimas de dolor y placer bajando por mis mejillas. Soy capaz de soportar cualquier cosa solo para sentirlo así, completamente mío.

Se mueve de nuevo en mi interior.

—Oh joder, sí —me deleito con la sensación.

—Eres mía, Isabella —sentencia.

—Si —respondo. Mi cuerpo está temblando.

—Dilo —da una palmada en mi trasero.

—Soy tuya, Christian —gimoteo. Su cuerpo va y viene, mis caderas imitan su movimiento en un intento desesperado de sentirlo más profundo, más rápido. Nuestros jadeos se van intensificando con cada empujón que da.

—Mía —gruñe.

—Tuya —acepto. Sus movimientos comienzan a aumentar de velocidad, su agarre contra mis caderas se vuelve más apretado.

—Solamente mía —gimotea. Mi cuerpo comienza a gotear, comienzo a temblar.

Carajo.

La sensación de un inminente orgasmo no tarda mucho en aparecer en mi vientre. Siento la presión formándose en mi interior, siento mis piernas tambalearse y comenzar a sacudirse. Estoy tan cerca. Christian también, puedo sentir sus bolas endurecerse contra mi trasero.

—Christian —jadeo. Estoy al borde, desesperada por conseguir la liberación que me enviará al vacío del orgasmo. —Christi… por favor…. Chris.

—Hazlo, cariño —me dice con voz seductoramente jadeante. —Córrete conmigo.

Es inevitable que mi cuerpo lo obedezca, me corro gritando su nombre. Él no se queda atrás, un par de estocadas más y siento su orgasmo en mi interior, siento como grita mi nombre seguido de más gemidos y palabras entrecortadas, siento su cuerpo presionarse más contra el mío, como sí sintiera que me fuera a desvanecer entre sus dedos.

Soy levemente consiente de lo que sucede a mi alrededor, el zumbido en mis oídos, mi respiración agitada y mi cuerpo pegajoso convulsionándose de placer es lo único que puedo pensar. Soy ligeramente consiente de que el cuerpo de Christian en las mismas condiciones que él mío. Siento que sale de mí, que se estira sobre mi espalda y que desata mis manos, apenas soy consciente de su brazo rodeando mi cintura tirando de mi cuerpo para subirme por completo a la cama, luego algo frio se desliza por mi cuerpo, mis ojo se entre abren y veo su mano deslizar una toalla húmeda desechable, que ha sacado de algún lugar, para limpiar mi cuerpo.

Lo último de lo que soy consiente es que su cálido cuerpo se acurruca a mis espaldas, sus brazos se deslizan a mi alrededor sosteniéndome con firmeza antes de que la oscuridad se apodere por completo de mí.

Podría morir en este momento y yo sería feliz. Podría no despertar el día de mañana y pasaría la eternidad regodeándome de que las ultimas horas de mi vida fueron las mejores, pasaría mi eternidad ardiendo en el infierno solo por presumir que morí a manos del placer que mi hombre me dio.

En el medio de la oscuridad que me rodea, es la primera vez que no tengo miedo, por primera vez en mucho tiempo no me estoy congelando y no tengo un sinfín de cuchillos filosos atravesando mi cuerpo. Esta es la primera vez que siento que soy yo quien domina la oscuridad y no al revés.

—Isabella —alguien dice mi nombre a lo lejos.

La oscuridad que me rodea comienza a disiparse de mí alrededor. La sensación de tranquilidad se evapora segundo a segundo siendo remplazada por una punzada de incertidumbre y temor.

Algo no está bien.

—¡No! —un grito terrorífico y escalofriante me sobresalta.

Mis ojos se abren de golpe, mi corazón se ha acelerado al punto de que estoy por sufrir un paro cardiaco. Obligo a mi cuerpo a moverse, ignorando el dolor que me atraviesa enderezo mi espalda quedando sentada sobre la cama donde me encuentro, mis ojos recorren la habitación buscando de donde proviene el terrorífico sonido.

—-No, no ¡No! —Christian a mi lado se retuerce. —¡No te vayas! ¡No!

Sus gritos y sus movimientos son de agonía, está sufriendo, le está doliendo, parece que está atravesando por una tortura, pero no tardo en darme cuenta de que está teniendo una pesadilla.

—Christian —lo llamo intentando hacer que se despierte. Sacudo su cuerpo para hacerlo despertar.

—¡No te vayas! —continúa retorciéndose. —Por favor, no me dejes. ¡No!

Mi corazón se oprime. Mis manos lo sacuden con más fuerza, necesito despertarlo y evitar que siga sufriendo.

—¡Christian!

Abre sus ojos de golpe. Su mirada no es del clásico color gris plateado, ahora es simplemente una ausencia de color, sus pupilas lucen ausentes, perdidas, desoladas, idas.

—Te fuiste, te fuiste —acusa con desesperación. —Me dejaste.

Mis cejas se juntan mientras lo observo. Sé que me está viendo, sus ojos están fijos sobre mí, pero no me está mirando. Ni siquiera estoy segura de que él esté consciente de que ha despertado y que lo que sea que estaba soñando, se ha ido.

—Christian, estoy aquí —me acomodo de rodillas a su lado. —No me he ido.

Con cuidado coloco su rostro entre mis manos, sus ojos muy abiertos, asustados y vacíos se colocan en los míos, parece que busca algo, alguna señal, alguna respuesta. De a poco comienza a regresar a la realidad, al parecer mi toque lo tranquiliza lo suficiente como para despejar su mente.

—¿Isabella? —parpadea.

—Aquí estoy, cariño —con mis dedos, me aseguro de limpiar de sus pómulos el par de lágrimas traicioneras que se han deslizado desde sus ojos. —No me iré, Christian.

—Estas aquí —suspira. Sus brazos me alcanzan, me rodean tirándome a su lado en el colchón. Su cuerpo está empapado en sudor, su corazón late muy rápido y su cuerpo se estremece mientras me sujeta con fuerza, mientras me abraza lo más cerca que puede.

Puedo sentir el miedo emanando de él.

Con mis manos lo acuno contra mí cuerpo, con los dedos de una de mis manos acaricio sus cabellos cobrizos, mientras que mi otra mano se desliza por su espalda desnuda y sudorosa, subiendo y bajando mis dedos por su piel buscando tranquilizarlo. Tarda varios minutos en comenzar a surgir efecto, pero poco a poco siento que se relaja contra mi cuerpo, poco a poco su respiración se normaliza.

—Seguimos en el cuarto rojo —comenta de la nada. Al parecer apenas se ha dado cuenta de lo que hay a nuestro alrededor. —Nunca había dormido aquí.

—Yo tampoco había dormido aquí antes —le digo en tono casual. Siento su ligera sonrisa contra mi piel desnuda.

—¿Por qué estás aquí? —pregunta. Su pregunta me descontrola y me confunde por algunos segundos.

—¿Por qué no estaría aquí?

—A-anoche, te traje aquí y… —se corta. Puedo ver que las palabras se atoran en su garganta. —Yo te lastimé, yo te hice lo mismo que ése cabrón y…

—No, no hiciste lo mismo que él —digo con molestia. Nada de lo que Christian pueda hacerme será similar a lo que el cazador me hizo.

—Déjame verte ¿Te duele?

No quiero que me vea, no quiero que continúe hundiéndose en la miseria que parece sentir, pero tampoco puedo mentir y asegurarle que no me duele. Yo no he visto mi propio cuerpo, pero el escozor en mi piel es la muestra del daño que hay y estoy segura de que si hay marcas que hacen evidente lo que sucedió anoche.

—¿Así es siempre? —le pregunto. —¿Cómo anoche?

—No —dice tenso. —Puede ser mucho peor. Los castigos, el dolor, la humillación, todo eso puede llevarse al límite.

—¿Y si yo también lo reviso? —bato las pestañas en su dirección. —Decidir lo que quiero y lo que no.

—¿Isabella?

—El contrato —le digo. La comprensión brilla en sus ojos.

—Después de lo de anoche, ¿lo harías? —me mira como si de repente me hubiera salido un tercer ojo.

—Lo de anoche fue…abrumador. No sabía que podría sentir todas esas cosas al mismo tiempo —lo miro ligeramente avergonzada por mi confesión. —Pero, ya lo habías hecho antes, azotarme y follarme, en ese orden.

Lo observo perderse en sus propios recuerdos.

—Dijiste que podrías regresarme el control que me quitaron, y tienes razón, anoche estaba atada y a tu completa merced, pero no tenía miedo. Anoche me sentí más en segura y en control que nunca.

—Isabella… —dice mi nombre con desesperación. —Deberías estás gritándome que no quieres volver a verme, que soy un cabrón malnacido, un sádico hijo de puta.

—Sí, debería —acepto. Un suspiro se escapa de mí. —Pero en cambio estoy aquí, enredada con tu cuerpo y abrazándote.

—¿Te quedarás?

—¿Quieres que me vaya? —le pregunto intentando moverme, sus brazos se atan con fuerza a mi cuerpo.

—¡No! —ruge al instante.

—Está bien, aquí estoy —le aseguro. —No me voy a ir a ninguna parte.

Su agarre me rodea con más fuerza.

—No, no te vayas —susurra.

Ambos nos quedamos en silencio, en los brazos del otro, en el medio de esa enorme cama en el cuarto rojo.

Permito que mis pensamientos se pierdan, antes pensé que el color rojo se relacionaba a la sangre y al dolor, que era algo peligroso, no, no lo es. Hoy acabado de darme cuenta de que tan equivocada estaba. Estar aquí rodeada de silencio, en los brazos de Christian, en el medio de esta enorme cama al interior de la habitación que lleva el nombre de "el cuarto rojo". El color rojo, esa tonalidad ardiente, me parece todo menos peligroso.

—¿Qué hora es? —pregunta. Ambos miramos los cristales esmerilados que hay en una de las paredes al costado del cuarto. El exterior luce iluminado por la luz del sol, quiero creer que ya está muy entrada la mañana.

—No lo sé —respondo. No hay ningún reloj a la vista, y mi celular se quedó en algún lugar de la sala de estar.

—Deberíamos volver al mundo exterior.

Hago un puchero con mis labios, la idea no es totalmente de mi agrado, pero soy consciente que no puedo quedarme aquí todo el tiempo que me gustaría. Christian se desenvuelve de mis brazos, perezosamente arrastra su cuerpo fuera de la cama y me ayuda a imitar sus movimientos.

Es inevitable que una mueca se coloque en mis labios.

—Te duele —acusa.

—Nada que no pueda soportar —sonrío. Él no lo hace.

—Buscaremos un analgésico.

Sé que no voy a poder convencerlo de lo contrario y la verdad necesito algo que me ayude a disminuir el ardor y el dolor en mi piel. Christian nos conduce hasta la puerta.

—Sé que cada uno anda como quiere en la comodidad de su propia casa —me remuevo, incomoda con mi propia desnudez. —Pero, ¿no crees que Taylor y Gail pueden cruzarse en nuestro camino?

Mis propios brazos rodean mi cuerpo buscando la manera de cubrirme. No me considero una persona extremadamente pudorosa, pero, no quiero causarles más disgusto a los empleados de Christian que lo único que han hecho es respetarme y hacerme sentir lo más cómoda posible.

—No soy un tirano, Isabella —me dice divertido. —Son mis empleados y también ellos tiene sus días de descanso.

—¿Los domingos descansan? —pregunto insegura.

—Solamente están aquí si es necesario.

—¿Y te paseas desnudo por toda la casa cuando ellos no están? —es mi turno de burlarme.

—A veces —dice abriendo la puerta.

—¿Disculpa? —lo miro con los ojos muy abiertos.

Él no responde, se mueve, ahora en sus manos hay una bata de color gris que acomoda sobre mis hombros ayudándome a deslizar mis brazos por las mangas. Satisfecho con mi cuerpo parcialmente cubierto, se inclina, se agacha ligeramente y rodea mi trasero con sus brazos levantándome en el aire. Mis piernas en automático rodean su cintura sosteniéndome con firmeza a su cuerpo.

—Vamos —me sonríe brillantemente. De alguna manera se las ha ingeniado para mantener mi cuerpo cubierto, pero gracias a nuestra posición, soy yo quien cubre la parte más importante de su cuerpo.

Me rio echando mi cabeza hacia atrás mientras me conduce por el resto de la casa hasta su dormitorio dónde me deposita de nuevo sobre la cama con cuidado.

—Recuéstate boca abajo sobre la cama, te untaré pomada para el dolor.

—No me duele —le digo. Christian solo me mira, sabe que miento.

—Cama, ahora —señala la puerta con su cabeza.

—Que mandón eres —me quejo. Su risa es lo que escucho mientras libero mi cuerpo de la bata y me coloco en la cama en la posición que me ha ordenado, con el trasero al aire.

—Te ves preciosa así, con el culo rojo —dice. Se inclina y deposita un beso en esa zona. Sus manos se colocan con cuidado sobre mi piel depositando la pomada frían sobre mi trasero ardiente. Aprieto mis labios para evitar que los sonidos de ardor y molestia salgan de mis labios. Tarda algunos minutos, pero finalmente parece satisfecho con su trabajo. —Ya te puedes mover.

—Gracias —le agradezco con una sonrisa.

—Iré a traernos algo de ropa —me avisa. —No te muevas hasta que se absorba bien la pomada.

Muevo mi cabeza pero él ya no está mirándome. Sale de la habitación y cuando regresa lleva puestos unos pantalones de chándal color gris, no lleva ninguna camiseta puesta pero trae una en la mano, la cual me ofrece.

—Sé que te quedara lo suficientemente grande como para no lastimarte —me dice. Yo sonrió. Me pongo de y deslizo la tela por mi cuerpo, al sensación es fresca y suave, supongo que es de algodón.

—¿Café? —pregunta. Asiento.

—Me vendría bien una taza de café —sonrío. Casi puedo saborear el liquidó oscuro y humeante.

Él toma mi mano y juntos caminamos en dirección a la cocina. Christian se encarga de conectar la cafetera y prepararla para sacar dos tazas de café.

—Estará listo pronto —anuncia. —Te buscaré unos analgésicos.

Yo me dedico a buscar mi celular. Lo encuentro en la mesa del centro de la sala de estar, tiene poca batería, pero la suficiente para permitirme revisarlo; tengo cinco mensajes de Angela y dos llamadas de ella, una anoche y otra hoy más temprano. También hay tres llamadas de dos números desconocidos y más de ocho llamadas perdidas de mi madre.

Mierda. Eso no es bueno.

Llevo más de dos semanas evitando hablar con mi madre. ¿Cuánto puedo seguir retrasándolo? Algunos días más, sin duda, al menos hasta que mi impulsiva madre compre un vuelo y llegue de sorpresa a mi casa, pero eso sería el peor de los escenarios que puede pasar y si quiero evitar eso, debo llamarla. Golpeo el aparato con mis dedos, mis dedos teclean en la pantalla su número y espero a que la llamada se enlace.

Muevo mis piernas con nerviosismo.

—¡Isabella Marie Swan! —el chillido de Reneé se escucha después del segundo timbre. Casi tiro el aparato al suelo.

—Hola mamá —suspiro. Aclaro mi garganta.

—¡Es la quinta vez que ignoras mis llamadas! —continua gritando en un tono histérico. —¡Incluso Angela las ha ignorado!

—Estábamos ocupadas —es mi respuesta.

—¡Por favor! Es fin de semana —mi madre insiste.

—¿Eso qué significa? —pregunto odiando el tono que ha usado. Como si yo no tuviera cosas importantes que hacer los fines de semana. Es decir, no hacia gran cosa los fines de semana, pero eso ha sido diferente las últimas semanas.

—¡Hace una semana hable con ella! —me reclama. —Dijo que estabas de viaje y que me llamarías cuando volvieras.

—Lo olvidé —le digo con honestidad. —Ya sabes, el trabajo me absorbe por completo y pierdo la noción del tiempo.

—No deberías permitir que eso pase, cariño —cambia el tono de su voz. Ahora la preocupación y la compasión son muy evidentes. Me asquea. —No es saludable que sigas de esta manera, Isabella.

Aquí vamos de nuevo.

Ya sé las palabras exactas que me dirá, esto sucede cada vez que tengo una llamada con mi madre. No se cansa de repetírmelo.

—Bella, no está bien lo que estás haciéndote —lloriquea. —Estas dejando pasar tu vida sin vivirla.

—Eso no es verdad —me quejo. —Tengo una vida, la estoy viviendo.

—Ir y venir de tu casa al trabajo y viceversa no es vivir, hija.

Una nueva mueca de disgusto se coloca en mi rostro.

—Hago más que eso —le aclaro. —Ahora, al menos.

—Bella, hija —suspira.

Mierda. Sé lo que se viene. Sé que la intención de Renée no es lastimarme, mi madre a pesar de lo que puede aparentar, si me quiere, y sé que solo quiere que yo esté bien. El jodido problema es que no me gustan sus métodos para ayudarme.

Mi cuerpo se tensa, me preparo mentalmente para enfrentarme a la frase que usará.

—Ellos no van a volver, hija —dice con lástima. —No deberías seguir esperándolos.

—Lo sé, mamá.

Se queda en silencio. No esperaba que dijera eso.

¡Ja!

—¿Qué? —pregunta. Sé que piensa que no escuchó bien.

—Sé que ellos no van a volver, mamá —le digo. El silencio al otro lado de la línea es mi respuesta, incluso tengo que despegar mi celular de mi oído para comprobar que siga conectada la llamada.

Decido usar mi arma especial para hacer reaccionar a mi madre.

—Bella… —intenta hablar.

Yo estaba prepara para la frase, no para dar explicaciones del tema.

—¿No te he contado lo que sucedió el día de la cita? —la pregunta sale de mis labios para tantear el terreno y ver qué tan fácil sería cambiar el rumbo de la conversación.

—¡Bella! —chilla ella. Yo sonrío satisfecha con mi jugada maestra. —¡Cuéntame! ¿Qué tal estuvo?

—Fue… diferente —suspiro.

Escucho a Christian acercase lentamente hasta mí, su expresión me dice que se ha dado cuenta de que estoy hablando por teléfono. Lo observo colocar un vaso de agua y un par de analgésicos en la mesa de centro que se encuentra a mi costado, luego, se sienta en el sofá mirándome con atención y curiosidad. Inconscientemente, camino en su dirección.

—¿Diferente? —pregunta mi madre a través de mi celular.

Mi atención se coloca en el hombre sentado frente a mí, su cabello cobrizo y ondulado está despeinado y caen algunos mechones sobre su rostro delineado por el vello de su barba que lo hace ver muy varonil; sus cejas pobladas están juntas por su ceño fruncido; sus ojos color plata liquida se enganchan en mis ojos marrones mirándome con una profundidad como si estuviera leyendo en el interior de mí alma; su pecho desnudo y marcado por las heridas de su pasado me muestra sus pectorales bien marcados al igual que sus hombros y sus brazos.

—Sí, mamá —sonrió.

Si, Christian es diferente.

—¡Tienes que contarme los detalles! —chilla mi madre en un tono muy agudo que me obliga a retirarme el celular de mi oído. —¿Cómo es? ¿Es inteligente? ¿Atento? ¿Cuidadoso? ¿Elegante? ¿Filántropo? ¿Caballeroso? ¿Romántico? ¿Interesante? ¿Sexy?

Una carcajada brota de mis labios. Por un segundo olvidé lo entusiasta que puede ser Reneé.

El jadeo asombrado proveniente de mi madre es muy audible que me taladra los oídos. En segundos me doy cuenta del porqué de su reacción, mi madre lleva años sin escucharme reír.

—Sí, mamá —mi sonrisa se expande. —Es todo eso que dijiste y muchas cosas más. La lista es muy grande.

Mi madre grita.

Yo sacudo mi cabeza con diversión, Christian estira su mano y me acerca a él con cuidado, su mano se coloca en mi cintura acariciando con cuidado una de mis piernas desnudas, sus dedos suben hasta el borde de su camiseta y de regreso hasta mi rodilla. La sonrisa que hay en sus labios me dice que ha escuchado parte de los chillidos que mi madre ha profesado en el medio de sus preguntas.

—¡Lo sabía! —Reneé aplaude satisfecha consigo misma. —¡Esa cita fue una estupenda idea!

—Sí, fue una buena idea salir esa noche —admito mirando al hombre sentado pacíficamente frente a mí. Él asiente en silencio.

—Aunque me costó mucho esfuerzo convencerte, Isabella —me reprende mi madre. No quiero imaginar su reacción cuando se entere que el maravilloso hombre del que le estoy hablando no es el hombre que ella piensa.

—¡No puedo esperar a contárselo a Laura —Reneé continúa parloteando. —¡Oh! Estará muy feliz de que nuestros planes hayan funcionado.

Sacudo la cabeza. Laura es la amiga de mi madre, la que le contó sobre su maravilloso sobrino, ahijado, pariente... que resultó ser un completo imbécil.

—Bella, hija, ¡quiero conocerlo!

No respondo a eso. No es el momento. Aun no quiero lidiar con mi madre imprudente haciendo comentarios que molestarán a Christian. Aun no quiero tener que compartir a este hombre con el resto de mi mundo.

—Debo colgar, mamá —le digo. Escucho su puchero a través de la línea. —Te llamaré después.

Accede y se despide de mí, yo cuelgo antes de que pueda seguir diciendo más sobre el tema. Christian me observa aun desde la misma posición.

—Entonces soy atento, caballeroso, romántico ¿sexy? —levanta sus cejas. ¿Escuchó todo eso? Tiene un súper oído

—Muy sexy —asiento. Inclino mi cuerpo para estrellar mis labios en los suyos, él se ríe contra mis labios.

—Te traje los analgésicos —me señala la mesa.

—Gracias —digo inclinándome para tomar las píldoras y el vaso con agua. Rápidamente los ingiero.

—¿Tienes hambre? —pregunta. Yo asiento. —Sé que Gail dejó la despensa y el refrigerador llenos. Eso debe ser suficiente para que pueda preparar algo.

—¿Vas a cocinar? —le pregunto sorprendida.

—Lo voy a intentar —suspira.

Su cuerpo se mueve para ponerse de píe, me rodea y deja que sus piernas se muevan en dirección a la cocina. Salgo disparada detrás de él.

—Espera, Christian —le llamo apresuradamente casi corriendo a sus espaldas.

—Veamos —dice de pie en el medio de la cocina sin saber por dónde comenzar.

—Yo puedo hacerlo —me apresuro a colocar una mano en su pecho para evitar que se mueva. No me pasa por alto que esta vez el estremecimiento que cruza su cuerpo es muy leve.

—Eso sería fantástico —dice suspirando con alivio.

Hago lo mismo, no es que no confié en sus habilidades culinarias, pero, algo dentro de mí dice que no debo arriesgarme.

—Toda tuya —me señala la cocina.

Muerdo mi labio dando una vuelta para analizar a mí alrededor. ¿Por dónde comienzo? Me muevo un poco, abro las gavetas y los cajones para ver su contenido y ubicar donde está cada cosa que puedo llegar a necesitar. Luego me paso al refrigerador y saco lo necesario para preparar el desayuno tardío que tendremos. Me giro de nuevo, busco un par de recipientes y una tabla para poder picar las cosas.

—¿Puedo ayudarte con esto? —pregunta acercándose a mí.

—Puedo hacerlo sola —le aseguro. —Puedes siéntate.

—Me gustaría ayudar —da otro paso en mi dirección. Sus palabras me toman desprevenida, aunque su expresión luce sinceras.

Quizás no es tan mala idea un poco de ayuda.

—Puedes cortar las verduras —le sugiero. Le paso el cuchillo, la tabla de cortar y algunas verduras. Los mira fijamente con confusión.

—¿Nunca has cocinado? —pregunto ahogando mi risa. —¿Cortado algo de verduras o carnes?

—No —sacude la cabeza. Una risilla se me escapa.

—¿Se burla de mí, señora Swan?

—Claro que no —aprieto mis labios, el tono de su voz fue una advertencia a la que no pienso irme en contra. —Te mostraré como hacerlo.

Paso delante de él, me seguro de rozar mi cuerpo contra el suyo haciéndolo retroceder un poco. Corto cuidadosamente la verdura, mostrándole cómo hacerlo.

—Parece bastante simple.

—No deberías tener problemas para hacerlo —me alejo de él.

Me mira impasiblemente por algunos segundos antes de colocar su atención en su nueva tarea designada mientras yo lo observo. Comienza a cortar, mueve el cuchillo hacia arriba y luego hacia abajo cuidadosamente lento. La primera vez le cuesta, la segunda parece dominarlo, pero el ritmo sigue siendo lento.

Joder. Se ve tierno y deseable.

Un suspiro escapa de mis labios. Espero que ninguno de los dos tenga mucha hambre, parece que llevará algo de tiempo.

Regreso a mis tareas, busco la sartén, el aceite, los huevos y los demás ingredientes que necesito. Me muevo a su alrededor por toda la cocina intentando no molestarlo, pero rozándome constantemente contra él con pequeños toques inocentes, mi cadera, mi brazo, mi espalda, mis manos para hacerlo a un lado "buscando" algo.

—Isabella —gruñe.

—¿Sí? —pregunto inocente.

—Sé lo que estás haciendo —me acusa.

—Estamos —le aclaro batiendo mis pestañas en su dirección. —Se llama cocinar.

—¿Sueles hacer esto cuando cocinas? —Christian pregunta. La diversión es evidente en su voz.

Yo me hago la que no entiendo de lo que está hablando. Él chasquea su lengua y vuelve a centrar su atención en las verduras y hortalizas que lo puse a picar.

—Listo —me anuncia. Yo me acerco de nuevo a él con el tazón en mis manos.

—¿Me das permiso? —le pregunto. No espero a que reaccione, muevo mi cadera empujándolo hacia atrás para meterme en el hueco entre su cuerpo y la encimera. Esta vez su cuerpo se pega al mío, puedo sentir el efecto que mis pequeños toques han producido.

—Si lo haces de nuevo, te voy a tomar aquí, cariño —usa ese apodo tierno que ya está acostumbrado a usar para mí, pero la advertencia en su voz gruesa no es nada tierna ni cariñosa.

—¿Hacer que cosa? —me hago la inocente. Froto mi trasero contra él mientras me giro para enfrentarlo.

Nuestros ojos se conectan, nos miramos el uno al otro, retándonos con la mirada, provocándonos a realizar cualquier movimiento, la atmosfera a nuestro alrededor se carga con electricidad y fuego. Paso mi lengua lentamente por mis labios sintiendo que el deseo que siento por Christian se hace evidente en mi cuerpo. Ese movimiento provoca uno en él.

En segundos me tiene contra él, con mi cuerpo contra el suyo reclamando mi boca mientras mis manos se enredan en los rizos de su cabello acercándolo más a mí, anhelando más de ese beso salvaje que nos está consumiendo a ambos. Escucho que la tabla donde estaba picando las verduras es empujada lejos de nosotros, escucho como quita con un movimiento lo que le estorba, y al segundo siguiente estoy sentada sobre la encimera siendo sujetada fuertemente por él.

Se separa de mis labios dejándome jadeante por aire, con ganas de tener más y rogando por él.

—Si no nos detenemos ahora… —gruñe.

—No quiero detenerme —le digo. —Tómame, aquí, ahora.

Sus ojos grises inyectados en deseo me miran. Parece buscar algo, una señal de que en realidad no quiera hacer esto, pero es tarde, yo lo necesito.

Me mira. Se está debatiendo entre su deseo por mí cuerpo y su deseo por cuidar de mi cuerpo.

—Hazme tuya —le ruego. Es todo lo que se necesita para que él tome una decisión.

—Mía —murmura lanzándose de nuevo a mis labios.

Sus manos se pasean por mi cuerpo, subiendo y bajando por mi cintura, arremangando la tela de la camisa que es lo único que cubre mi cuerpo. Mis manos están en su cuello y en sus hombros buscando la manera de acercarlo más a mí. Christian se separa ligeramente de mí, sus manos suben la camisa hasta mi cabeza y la saca de mi cuerpo. Su boca se va a mi cuello donde continúa repartiendo besos, baja por mi piel, chupeteando cada zona hasta llegar a mis pezones, sus dientes toman uno, apretándolo, jugueteando con su lengua, chupándolo con sus labios, una de sus manos se ocupa de mi otro pecho, masajeándolo, amansándolo en la palma de su mano.

Un gemido suave se escapa de mi boca, pero Christian lo ahoga colocando sus labios sobre los míos, besándome ferozmente. Sus manos se deslizan por mi cadera, su brazo rodea mi cuerpo levantándome en el aire con facilidad, de todas maneras, le ayudo sosteniéndome por sus hombros. Su mano libre empuja lejos de nosotros lo que está sobre la barra de la cocina, ahora la isla que forma parte de la cocina está medianamente libre.

—Ahora… —sus manos toman mi cintura, me sobre al borde de la barra. —Abre las piernas para mí, cariño.

Lo obedezco, sin ninguna duda.

Hago lo que me pide, abro las piernas al mismo tiempo que él se deja caer de rodillas y se inclina hacia mí centro. Jadeo fuertemente al sentir sus labios rozar mi coño, siento su lengua pasearse por mi entrada, dar vueltas y presionarse suavemente. Mis manos se sujetan con fuerza al borde de la barra sobre la que estoy sentada, mis pies hacen un esfuerzo por sostenerse y mantener mis piernas abiertas para él. Mi cabeza cae hacia atrás, mis ojos se cierran, mi cuerpo se entrega a la sensación eléctrica y caliente que me está ofreciendo.

Juguetea con su boca en mi coño el tiempo suficiente para llevarme al borde del orgasmo, pero, por supuesto que se detiene antes de que pueda correrme. Enderezo mi cabeza para reclamarle, pero él ya está de nuevo sobre mi boca, besándome, compartiendo conmigo mi propio sabor.

Mis manos se van a la pretina de sus pantalones, la tela suave del chal con el que están hechos es como una segunda piel, puedo sentir su miembro muy erecto y listo para tomarme. Sus manos ayudan a las mías, entre ambos deslizamos su pantalón hacia abajo lo suficiente como para permitirme tomar su miembro con mi mano.

—Isabella —dice contra mi oído. —Mi Isabella. Mía.

Es inevitable que sus palabras me produzcan una nueva ola de deseo. La manera de pronunciar mi nombre en medio de ese gemido solo hace que me moje más, que lo desee más, que lo necesite aún más. Sus manos sujetan mi cintura, tira de mi cuerpo para acomodarme al borde de la barra, sus caderas se abren paso entre mis piernas y con un movimiento se desliza dentro de mí. Un grito de placer atraviesa mi garganta.

—Maldición —gruño contra la superficie dura de la barra.

—Jodidamente apretada —gruñe él. Sale y vuelve a entrar en mí. —Te sientes tan bien, cariño.

No soy capaz de responder. La sensación de su miembro entrando y saliendo de mi coño hace que los pensamientos coherentes desaparezcan de mi cabeza. En este momento no me importa si mi cuerpo está agotado por anoche, si mi piel arde por los azotes, si mi trasero está siendo lastimado de nuevo por sostener mi cuerpo en el borde de la barra, lo único que puedo hacer es gemir y jadear desesperadamente por aire mientras lucho porque mis manos me sostengan. Christian continúa golpeándose contra mis caderas, va y viene contra mi cuerpo, sujetándose de mi cintura.

—Christian —jadeo. Mi cabeza está colgando hacia atrás, mis sentidos están nublados por la fuerza del orgasmo que amenaza mi cuerpo. —Christian… no… no te detengas. Mierda… estoy tan cerca.

—Córrete conmigo, cariño —suspira en mi oído. Sus manos sostienen fuertemente mis caderas para asegurarlas mientras él aumenta el ritmo. —Córrete para mí.

Mi cuerpo obedece a sus palabras, me deshago en convulsiones, gritos y gemidos con su nombre mientras él gruñe contra el hueco de mi cuello corriéndose en mi interior. Pasan algunos minutos antes de que ambos recuperemos el suficiente aliento como para movernos. Christian se desliza fuera de mí y ayuda a mi cuerpo tembloroso a ponerse de pie.

—¿Estas bien? —me pregunta. Su pecho desnudo sube y baja rápidamente.

—Perfecta —le sonrió. Él me regresa la sonrisa.

Miro a mi alrededor, la barra de la cocina ahora es un desastre, el tazón y la tabla con las verduras están del otro lado de la barra, lejos de nosotros, la sartén y las cosas que yo había sacado siguen esparcidas al lado de la estufa. Christian se inclina, acomoda sus pantalones y recoge la camisa del suelo, la desliza de nuevo por mi cuerpo para cubrirme. De nuevo agradezco que Gail y Taylor no estén el día de hoy en la casa.

—¿Por qué no pones el pan en la tostadora mientras yo preparo los omelette? —le sugiero. Christian ríe en voz baja, deposita un beso en mi cuello y se aleja de mi en busca del pan.

Ambos nos damos miradas divertidas y cómplices mientras recogemos y limpiamos el desastre de nuestra sesión de sexo matutina sobre la cocina.

Por la esquina de mis ojos veo que hace lo que le he pedido, sus manos se mueven torpemente alrededor de la tostadora. Creo que también es la primera vez que usa ese aparato, o toda la cocina en general. Me deleito observando sus movimientos, cada vez que presiona mal el botón, cada vez que gira el pan intentando colocarlo en la ranura, cada vez que frunce el ceño, me recuerda que tengo frente a mí a un ser humano, a alguien como yo. Christian puede parecer alguien muy sorprendente, alguien fuera de este mundo con su riqueza, su elegancia y su personalidad refinada, pero no lo hace menos humano. Y por primera vez en mi vida, yo me siento normal, no como una humana tonta que está a la sombra de un ser perfecto.

Por primera vez en años, dejo que Christian me deslumbre, permito que su humanidad me deslumbre.

Sonrió para mí misma mientras lo observo finalmente hacer funcionar la tostadora.

Mi atención regresa a mis tareas, mis manos toman la tabla para picar vertiendo las verduras y hortalizas picadas en el tazón donde yo he quebrado los huevos antes. Mientras lo mezclo, me giro acercándome en dirección a la estufa dónde previamente puse la sartén a calentar y que ahora está dorando unos trozos de tocino.

Escucho un teléfono sonar, hecho un vistazo a Christian quien se limpia las manos y rodea la isla de la cocina para ir a responder. Tarda algo de tiempo el cual yo aprovecho para continuar con mis tareas, saco el tocino cuando está listo y coloco la mezcla para hacer el primer omelette, con paciencia lo giro hasta que queda listo. Mientras termina de cocinarse saco un par de platos para colocar nuestro desayuno en ellos.

—Se quemaron —escucho la queja de Christian cuando estoy girando el segundo omelette.

Doy un vistazo. En sus manos tiene dos piezas de pan, el color dorado que suele caracterizar la corteza dorada de algún alimento, ahora luce casi color negro. Christian tiene una mueca en sus labios y su ceño fruncido. Termino de girar el omelette y lo dejo cocinando mientras me acerco al hombre que continúa gruñéndole a la tostadora.

—Aún se pueden comer —le sonrió. Tomo uno de los panes y le doy un mordisco.

—Están quemados —sisea.

—Se comen —le respondo torciendo los ojos. El gruñe.

—No pongas los ojos en blanco —me advierte. —No me gusta ese gesto.

No le respondo. Mis manos se mueven colocando un nuevo par de pan dentro de la tostadora, esta vez la ajusto para que no salgan quemados.

—La llamada —le señalo. —¿Quién era?

Para suerte mía, el tema parece hacer que Christian se distraiga de su nueva rivalidad con la tostadora de pan.

—Mi madre —suspira. —Ha llamado durante toda la mañana, a mi celular, aquí y al parecer consiguió tu número.

—Es de ella el número desconocido —digo recordando el par de números desconocidos en el registro de mi celular.

—Y de mi hermana —pone los ojos en blanco. ¿Por qué él su puede hacer eso y yo no?

—Tendré que registrarlos —digo para mí.

—Nos han invitado a su casa a una comida tardía o cena temprana, dependiendo de cómo lo veas.

—¿A su casa? —pregunto pensativa regresando al lado de la estufa. Giro la perilla apagando el fuego y saco con cuidado el otro omelette. Regreso a la barra depositando los platos sobre ella.

—También invitaron a Angela —comenta Christian. Se acerca con un par de tazas de café en sus manos depositándolas a un lado de los platos.

—Por eso me llamó —digo recordando sus llamadas de esta mañana.

—Si quieres ir, iremos —sonríe. —Aún podemos almorzar con calma, ducharnos y arreglarnos.

—Bien —acepto. —Quiero ir.

La campana de la tostadora suena, esta vez los dos panes salen dorados a la perfección. Christian suspira pesadamente observándolos.

—No es tan fácil —gruñe entre dientes. Yo me río.

Ambos nos acomodamos frente a la barra, desayunamos entre conversaciones, y preguntas sobre el funcionamiento de la tostadora de pan. Sinceramente, temo por esa tostadora, creo que su dueño la arrojará al contenedor de basura la próxima vez que salga quemado el pan. Quizás antes de irme le deje una nota a Gail para ponerla al tanto de la situación.

Cuando terminado nuestro desayuno, Christian me envía a la ducha mientras él limpia la cocina. Titubeo un poco, pero su mirada me hace girarme y caminar directamente al cuarto de baño. Agradezco que me permita ducharme sola, no porque me sienta incomoda con su presencia, al contrario, él me hace sentir segura y cómoda, pero tenemos más que comprobado que si nos duchamos juntos, no somos capases de estar listos rápidamente. Siempre encontraremos una manera de terminar yo presionada contra los azulejos del baño con las manos de Christian por todo mi cuerpo. Y aunque parezco una ninfómana que se muere de ganas por tenerlo entre mis piernas deslizándose en mi interior, mi cuerpo pide a gritos que lo deje descasar.

Cuando salgo del baño, Christian está en la habitación.

—En la cama te dejé un regalo —me dice dándome un fugaz beso. —Úsalo.

No me da tiempo de responderle, lo veo ir en dirección al baño y cerrando la puerta a sus espaldas. Mi cabeza se gira a la cama envuelta en sabanas plateadas buscando lo que me ha dicho. Es un vestido con mangas, cuello tipo camisa, pero suelto de abajo, es de color blanco, con los botones y detalles en color marrón y un par de zapatillas altas marrones a juego. Reconozco este vestido, me lo probé en una de las tiendas de Nueva York, pero no recuerdo haberlo elegido para comprarlo.

Supongo que él compró más cosas de las que yo pensé.

El viernes, cuando me trajo aquí, me mostro que, al parecer, ahora soy dueña de un espacio en su closet. ¿O es un closet nuevo? No lo sé, pero, esta es la segunda vez que vengo a la escala y ahora tengo un guardarropa completo aquí, lo que me hace preguntarme si esto era plan de Christian desde el inicio.

Voy al mi closet nuevo, abro los cajones buscando un conjunto de ropa interior que creo que puede ir junto con el vestido, finalmente encuentro lo que yo deseo y con cuidado lo coloco sobre mi cuerpo. Selecciono unos zapatos a juego con mi atuendo y regreso a la habitación de Christian dónde el ya me espera con una toalla alrededor de su cintura y su cabello goteando por su frente. Sonríe cuando me ve.

Ambos nos dedicamos a vestirnos, él va y busca su ropa mientras yo deslizo el vestido sobre mi cuerpo sintiendo al instante la frescura y suavidad de la tela, lo cual agradezco.

Me siento delante del tocador, tomo el cepillo y con calma lo deslizo entre mi cabello para deshacer los nudos, decido dejarlo suelto para que se seque al natural. Saco mi maquillaje y me coloco solo lo suficiente para lucir fresca y saludable, aunque sé que mis ojos ocultan el brillo de cansancio que hay en mí. Satisfecha con mi reflejo y conmigo misma me dirijo al pasillo para bajar las escaleras.

—¿Lista? —pregunta Christian cuando la encuentro en la sala de estar. Lleva un pantalón azul marino y una camisa del mismo color marrón que combina con mi vestido.

Luce tan jodidamente bien.

—Sí, estoy lista —le digo tomando su mano para ir en dirección al ascensor. En el estacionamiento que resulta ser privado y de uso exclusivo de Christian, tomamos uno de los autos, para ser exactos, un Audi similar al que usaba la noche que nos conocimos, pero este no tiene el toque deportivo que el primero. Aun así, la palabra "lujo" parece escrita en toda la pintura del auto.

Esta vez, me recuerda a Nueva York, Christian y yo solos en un auto conducido por él mientras atravesamos la ciudad.

—Haremos una parada antes de ir a la casa de mis padres —dice orillando el auto.

—Bien —le sonrió.

Christian me ayuda a bajar del auto, desliza su mano en la mía y me conduce hasta nuestro destino.

—¿El Space Neddle? —pregunto en el interior del ascensor.

—Si —Christian acepta, siento sus brazos rodean mi cuerpo para acercarme lo más posible a él. —¿Cómo puedo llevarte a conocer el mundo, sin conocer nuestra casa?

Estoy segura que si no fuera por sus brazos, mi cuerpo habría caído de rodillas. Sus palabras acaban de derivar no solo mis piernas, sino una parte de mí, una parte de la fortaleza emocional que me rodea.

—Señor Grey —canturreo con diversión. —Creo que tiene una extraña fascinación por los rascacielos.

—Mi misión es llevarla al cielo, señorita Swan —sus manos en mi cintura se presionan más. Sus labios rozan mi oído. —De todas las maneras posibles.

Rio nerviosa.

Para suerte de nosotros, el ascensor se abre mostrándonos el mirador del edificio. La emoción de nuevo me recorre, tiro de Christian hacia el exterior del cubículo de metal y la vista de la ciudad se levanta frente a mis ojos.

Primero paseamos por el observatorio de cristal, paseando y señalando cada punto que vemos, iniciando con el Seattle Skyline y yendo desde el Puget Sound, el Lake Union, las montañas Cascade y hasta la bahía Elliot.

—Se ve hermosa la había —comento señalando el punto frente a mi.

—Debería llevarte a conocer al Grace —Christian dice. Le lanzo una mirada confundida. —Mi barco.

—¿Un barco?¡¿Tienes un barco?! —jadeo. —¡Por supuesto que tienes un barco!

Christian espera paciente a que pase mi sorpresa, o histeria.

—Aun tienes que descubrir cosas sobre mí, cariño —se burla. Tiene razón y resulta que estoy dispuesta a descubrir todo sobre él.

Después de eso, Christian hace la sugerencia de quedarnos en el restaurante giratorio, pidió unas bebidas para que ambos pudiéramos disfrutar de la vista durante la hora que dura el recorrido. A pesar de haber vivido los últimos años de mi vida en esta ciudad, nunca me había subido a este lugar, mucho menos había hecho el recorrido del giro de 360 grados en el restaurante ubicado a 160 metros de altura del piso.

Cuando el tiempo pasó, nos pusimos en marcha a la casa de la familia Grey. Tardamos un poco más de tiempo en llegar a la gran casa, ya que se encuentran algo alejada de la ciudad, en una zona residencial exclusiva de Seattle.

—Señor Grey, bienvenido —una joven bonita y rubia vestida en un elegante uniforme azul pálido abre la puerta de la casa saludando a Christian. A mí me ignora, claro. —Su familia lo espera en el jardín.

—Gracias Gretchen —Christian responde amable a la mujer aunque no fija su mirada en ella.

Con nuestras manos entrelazadas, caminamos lado a lado hasta encontrarnos en el enorme jardín de la mansión de sus padres. Las voces llegan a nuestros oídos alertándonos de éramos los únicos que faltábamos en la reunión.

En cuanto Angela me ve, se dobla de la risa alertando a todos de nuestra presencia.

—¡Christian, hijo! —Grace camina apresuradamente, se acerca a nosotros con una sonrisa brillante. —¡Isabella, querida!

—Hola mamá —Christian le saluda.

—Hola —le sonrío. Me da un par de besos en las mejillas.

—¡Llegaron justo a tiempo! —Mia nos grita desde la mesa de jardín dónde se encuentra junto con Angela. Carrick y Elliot vienen caminando por el césped con ropa deportiva y unas raquetas de tenis en las manos. ¿Tienen una cancha de tenis aquí? ¿Eso me resulta sorprendente? Christian tiene un helipuerto en la azotea, la cancha de tenis suena más común que eso. ¿Cierto?

Christian y yo caminamos hacia la mesa de color blanco que descansa en el medio del jardín con Grace viniendo detrás de nosotros. Saludamos a todos y tenemos una breve conversación con cada uno de ellos.

—Venía con la mentalidad de regañarte por no responder mis llamadas —dice cruzándose de brazos.

—No sabía dónde estaba mi teléfono —le digo. —Lo encontré cuando te envíe el mensaje.

—Entonces… —aclara su garganta, —¿todo resultó bien?

—Ahora no, Ang —le pido haciendo un enorme esfuerzo por no hacer gestos al sentarme.

—Si, salió muy bien —dice para si misma. La risa la ataca de nuevo.

—¿Trajiste lo que te pedí?

—Sí, están en mi bolso —da un vistazo a la casa. —¿Los necesitas ahora?

—No, pero es probable que pronto.

Sé que le dije a Christian que estaba bien, que no me dolía nada, pero, ¡carajo! por supuesto que me duele el cuerpo como si hubiera construido yo misma el infierno. Anoche moví músculos que no sabía que se podían mover, tampoco sabía que existían en mi propio cuerpo.

Todo me duele en este maldito momento, hasta respirar.

Mientras me estaba vistiendo, llamé a Angela. Ella me informó que Grace había pasado temprano a su casa para invitarla personalmente a la reunión que tendríamos el día de hoy, mi amiga no se pudo negar a la invitación y trató de localizarme para preguntar si yo asistiría. Cuando me resigné a devolverle la llamada, le pedí que trajera más analgésicos. Angela captó al instante la razón de mi solicitud.

Después que tomé los analgésicos que me dio Christian, mi cuerpo descansó y dejó de doler, pero la dosis está dejando atrás su efecto, mi cuerpo está comenzando a doler de nuevo. No sé cuánto tiempo pase antes de que necesite de nuevo los analgésicos.

—Renée llamó de nuevo —Angela me dice, baja el tono de su voz para que sea una conversación entre ambas.

—Lo sé —respondo. —Ya hablé con ella.

Angela me mira con sorpresa.

—Quería saber de la cita que organizo, ya sabes —le cuento. Ella asiente. —Le dije que había resultado ser diferente.

—Pero no le aclaraste que fue un cabrón, patán, imbécil, de pocos…

—¡Angela! —la silencio. Miro nerviosa a la familia Grey.

—Lo siento —mi amiga se sonroja.

—Le dijo a su madre que el hombre que conoció esa noche era cuidadoso, elegante, caballeroso y sexy —Christian entra a la conversación. El tono presuntuoso en su voz me causa una risa.

—No puedo creer que le mintieras a Reneé tan descaradamente —Angela me reprende con voz decepcionada. Sé que está fingiendo.

—¿Disculpa? —Christian la mira con indignación.

—El primer hombre que conoció resulto ser un idiota —Angela se inclina para hablarle a Christian. —No tiene ninguna de esas características.

—Eso no lo negaré.

—El segundo hombre…—mi amiga hace un gesto pensativo. —¿Qué no te estabas ahogando en alcohol la noche que te conoció?

—Eso tampoco lo voy a negar —Christian frunce sus cejas. Angela sonríe triunfante. —Quizás me quita lo elegante, pero el resto lo sigo siendo hasta ebrio.

—Chris, hijo, ven —Carrick lo llama interrumpiendo nuestra conversación.

—Ahora vuelvo —dice a mi oído, da un apretón en mi pierna y se levanta para alcanzar a su padre.

Mi cabeza se gira a mi amiga.

—No me mires así —suspira. —Es divertido bajarle el ego a los hombres.

—Pero Christian tiene razón.

—Quizás —Angela también se levanta. —Iré adentro para ayudarle a Grace, te traeré los analgésicos.

—Gracias —le digo con honestidad. Ella asiente y se gira para ir tras de Grace y Mía que van en dirección a la casa.

En la soledad que me rodea, me permito observar el jardín. Es muy amplio, de color verde y con césped cortado cuidadosamente, también hay árboles y arbustos decorativos colocados estratégicamente a los costados. Hay un camino de concreto para cruzar a través del césped que conduce hasta un espacio con más árboles y en el fondo se puede apreciar la cancha de tenis.

—¿Estas bien? —la voz de Elliot se escucha a mi lado en el lugar donde antes estaba Christian. En sus manos hay un par de cocteles de los que me ofrece uno.

—Sí, ¿Porque lo preguntas? —pregunto aceptando el vaso en forma de copa que me extiende.

—Porque caminas como si un tren te hubiera atropellado —me dice, una de sus cejas se levanta preguntándome en silencio.

—Fue una noche movida —le digo. Él suelta una carcajada.

—¿Te dieron la cogida de tu vida? —se burla.

Es inevitable el sentimiento de calidez que aparece en mis mejillas, apenas es notorio para las personas, pero yo sí puedo sentirlo.

—Tu hermano siempre se supera —le digo sonriendo.

—Cierto, olvidé lo bien que jode mi hermanito —dice haciendo alusión a nuestra conversación en nueva York.

—¿Y tú? —le pregunto para desviar la atención. —¿Ya lograste que Angela te diera su número?

—No —hace una mueca antes de colocar su clásica sonrisa. —Pero ya la encontré en Facebook.

No quiero imaginar todo lo que hizo para conseguir las redes sociales de mi amiga.

—¿Te tiras a todas las amigas de la novia de tu hermano?

—Eres la segunda novia que tiene —me dice como si hubiera dicho un pecado. Sus ojos se ponen en blanco.

—Eso no me responde —le digo en el mismo tono.

—Me tiro a cualquier mujer que me parece atractiva —dice, sus ojos se pasean sobre mi cuerpo mientras le da un sorbo a su coctel. Le doy un empujón. —Por supuesto respeto limites, si no ya te hubiera hecho varias propuestas indecentes.

Esta vez es mi turno de poner los ojos en blanco.

—Angela es la primera mujer que se me ha resistido —resopla mirando en dirección a mi amiga, viene caminando desde la casa hablando con Mia quien trae en sus manos una bandeja.

—Quizás ya perdiste el encanto —me burlo. Le doy un trago al Martini en mi mano.

—¿Disculpa? —Elliot se atraganta. —Mujer, que cruel eres.

—Soy realista —me encojo de hombros.

—Dame una pequeña ayuda con tu amiga —me pide moviendo sus pestañas en mi dirección. —Yo te ayudé con mi hermano.

Resoplo. De haber sabido que me cobraría el favor...

—Angela es más similar a ti de lo que crees. Lleva varios años "viviendo la vida loca" —le digo, él asiente, entendiendo mi referencia. —Sale, se divierte y la pasa bien, pero tú y yo sabemos que todo eso a la larga...

—No llena ciertos huecos —murmura Elliot. Le doy la razón.

—Aunque, a pesar de lo que pueda aparentar, mi amiga sigue siendo una romántica empedernida.

Coloco mi atención de nuevo en Angela, está hablando y sonriendo a lo que la rubia le responde. Parecen dos amigas que llevan tiempo conociéndose, eso me hace sonreír a mí también, Angela necesita más amistades que yo, necesita a alguien que no sea tan deprimente y aburrida como lo soy yo.

—Entonces, déjame ver si comprendo —Elliot golpetea mi brazo con insistencia. Giro mi cabeza para mirarle. —¿Me presento en la puerta de su casa con un ramo de flores y le digo que nos vayamos de fiesta?

—Básicamente, si —me rio. —Angela dijo que si tú follabas igual que tu hermano, que quizás debería darte una oportunidad.

—¡¿Eso dijo?! —chilla con emoción. —¡Follo mejor que él, nena!

Suelto una carcajada. Angela y Mia notan nuestro intercambio, notan que su hermano de repente parece estar a nada de subirse a la mesa y bailar por la emoción.

—Cierra la maldita boca, Elliot —le digo tratando de que se quede en su lugar. —Si solo quieres cogerte a mi amiga, ve y dile, quizás hoy es tu día de suerte.

—¿Tú crees? —me mira con los ojos muy abiertos.

—Pero el día de mañana ya no existirás para ella —le advierto. Su emoción se disipa de golpe.

—¿A qué te refieres?

—Angela es eso, follada de una noche y no más. Ya no volverás a verla, mucho menos a meterte en su cama —me cruzo de brazos. —Si buscas algo más… Vas a tener que esforzarte, Elliot.

—Nunca he hecho esto —resopla, su mano se pasa por su cabello. Ese gesto, esas palabras y la manera en la que las pronuncia, lo hacen muy similar a su hermano. —Nunca he tenido que estar detrás de alguien.

—Nunca es tarde para intentar algo nuevo —suspiro. Estiro una de mis manos y le doy unas palmadas en su brazo. —Te lo digo por experiencia.

Elliot me mira, abre la boca para preguntar, pero somos interrumpidos por su familia.

—Elliot, me gustaría recuperar mi lugar junto a mi chica —Christian mira a su hermano. El tono relajado en su voz me hace embozar una sonrisa.

—Todo tuyo, hermano —Elliot se levanta. —Creo que yo iré a buscar mi lugar al lado de otra chica.

—Ahí viene otra vez —Angela se lamenta cuando ve al rubio sentarse a su otro lado. Yo la miro de reojo.

El resto de la familia se coloca en el resto de las sillas disponibles. Ahora tenemos frente a nosotros varias bandejas con platillos que Grace se encargó de preparar.

—Mia —la sonriente rubia se gira en mi dirección. —Christian mencionó que estabas estudiando diseño de modas.

—¿Te contó de mi nueva idea? —pregunta con emoción. Yo asiento. Los siguientes momentos son una conversación encabezada por la joven, sobre sus planes de vida aquí en la ciudad y su nuevo proyecto de modas. Ocasionalmente Christian aporta algunas cosas sobre el mundo empresarial y le hace algunas recomendaciones a su hermana.

—Elliot, hijo —Carrick llama su atención —¿Cómo vas con los proyectos?

—El proyecto de Portland ya comenzó, aquí hay dos edificios que ya estamos haciendo los planos y me están ofreciendo un proyecto en Nueva York.

—¿Irás a Nueva York esta semana? —Grace le pregunta a su hijo.

—Sí, quiero ir a revisar ese proyecto personalmente.

—Gracias al cielo —Angela murmura. Ahogo una risa.

Durante nuestra última conversación, mi amiga estaba más que dispuesta a conocer al hermano de Christian Grey, ¿porque ahora parece todo lo contrario? Hago una nota mental para más tarde le preguntarle al respecto.

—Christian, hijo, tú también mencionaste algo de Nueva York —Grace comenta.

—Así es —acepta colocando su mirada en su madre. —Se están reorganizando las reuniones que tengo pendientes de mi visita pasada a la ciudad.

Mientras dice esas palabras, sus ojos grises me taladran. Mierda. Yo soy la maldita causa de que haya cancelado esas reuniones, soy yo la culpable de que haya tenido que reorganizar todo eso, y por su gesto sé que no está muy feliz al respecto. Ni modo, lo hecho está hecho.

Me obligo a no reaccionar a su mirada. Continúo picoteando la ensalada que hay en mi plato, como si fuera ajena a sus palabras. Si no me muevo no me ve, si no me muevo no me ve.

—¿Qué días necesitas estar en la ciudad? —Elliot pregunta. Christian levanta una ceja. —¡Hermano! Sabes que yo te amo.

—Estás enamorado de mi avión privado, más bien —Christian pone los ojos en blanco. Toda la mesa sonreímos observando en silencio la escena.

—Por supuesto que no —Elliot hace un gesto de indignación.

—Bien, Elliot, puedes ir conmigo —Christian acepta. Una sonrisa brillante se expande por el rostro de Elliot. —Mañana le pediré a Andrea que nos consiga vuelos comerciales.

Y la sonrisa de Elliot desaparece. Grace y Carrick sacuden la cabeza con diversión.

—¿Qué días necesitas estar en la ciudad? —Christian continúa hablando con su tono serio y frívolo.

—Necesito estar en la constructora el jueves por la tarde —Elliot dice pensativo. —Aun no estoy seguro de que otro día.

—¿Puedes acompañarme a revisar una propiedad? —Christian le pregunta a su hermano. —Tengo en mente comprarla.

—¿Nos iremos en tu avión? —Elliot se cruza de brazos.

—Es bueno para negociar —Angela me dice al oído. Yo asiento. —Lástima que para ligar no.

Una carcajada escapa de mis labios, alcanzo a fijar una tos para ocultarla. Pensaría que nadie se ha dado cuenta, pero Christian, sin dejar de mirar a su hermano, estira su mano para tomar la copa de agua que descansa frente a mí en la mesa.

—Gracias —digo antes de beber el líquido.

—Llevo el avión si me ayudas a remodelar la escala —Christian sentencia.

—¿La vas a remodelar? —la pregunta colectiva de su familia me sobresalta. ¿Porque ese anuncio les resulta tan sorprendente? Angela y yo lanzamos miradas confundidas.

—Desde que Christian se mudó allí nunca le ha cambiado nada —Mia nos explica al notar nuestras expresiones. —Están las mismas decoraciones, los mismos colores, los mismos arreglos florales, incluso creo que, Gail puede desmontar la casa y volver a armarla con los ojos cerrados.

Christian mira a su hermana con el ceño fruncido. Algo en mi interior me dice que Mia tiene razón, la próxima vez que hable con Gail le voy a proponer que pongamos a prueba esa habilidad.

—Me gusta mi casa tal cual esta —el cobrizo se defiende. —En realidad, solo quiero modificar un par de cosas para que sea más cómoda.

—¡Trato! —Elliot aplaude entusiasmado.

—¿Cuándo vuelven? —pregunta Grace.

—Va a depender de las reuniones y los resultados de estas, mamá — Christian le responde a su madre. Elliot hace una mueca, al parecer la idea de que esas reuniones se extiendan, no es de su agrado. —Supongo que estaremos de regreso antes de que comience una nueva semana.

—Isabella —Mia llama mi atención. Yo la miro. —¿Qué harás en la ausencia de mi hermano?

Yo me estoy haciendo la misma pregunta en silencio. Toda la mesa gira sus cabezas hasta que todas las miradas están sobre mí, Christian está particularmente interesado en mi respuesta, pues incluso su cuerpo se ha inclinado aún más hacia mí.

—Además de trabajar, no estoy segura —digo rehuyendo a la mirada de Christian.

—Quizás podríamos quedar algún día para almorzar —Mia aplaude. —¡O ir a divertirnos!

—Claro —accedo a sabiendas que no me podré librar en esta ocasión.

—¿Y tú, Angela? —Grace la mira. —¿Tienes planes para esta semana?

—Tengo que coordinar algunas conferencias para la siguiente semana —mi amiga responde. —Además el martes es cumpleaños de mi madre y estoy pensado en ir a visitarla.

Eso llama mi atención. Mi amiga sonríe hacia la mujer que está a la cabeza de la mesa, pero, solo yo puedo notar la tensión que hay en su cuerpo y el pánico escondido en su rostro. ¿Porque está pensando volver a Forks?

—Es una maravillosa idea —Grace asiente. —Qué bueno que seas de los hijos que aun visitan a sus padres.

—Lo intento —Angela sisea entre dientes y aun con su sonrisa fingida. Por debajo de la mesa mueve mi mano hasta la suya para darle un apretón de apoyo.

Angela solo ha visitado ese pueblo una vez desde que nos fuimos, se fue en la mañana con la idea de quedarse tres días para celebrar navidad, pero esa misma tarde estaba de regreso. No ha vuelto desde entonces.

Yo no he vuelto desde que salí huyendo.

—Me gustaría invitarlas a cenar alguno de estos días, pero tendré turnos nocturnos esta semana —Grace se lamenta. —Los casos de sarampión han ido en aumento estos días y tenemos a varios niños hospitalizados.

—¿Recuerdas cuando nuestros hijos tuvieron? —Carrick se ríe. Sus tres hijos se quejan al saber que sus padres los van a avergonzar frente a nosotras. En silencio, Angela y yo agradecemos el cambio en el rumbo de la conversación.

—¿Otro partido de Tenis? —Carrick le pregunta a su hijo.

—¡Te voy a ganar, viejo! —Elliot se levanta de la mesa. Carrick se apresura a reprochar a su hijo que ya va corriendo en dirección a la cancha.

—Ven conmigo —Christian me pide. —Te mostraré la casa.

Me levanto tomada de su mano. Ambos caminamos a través del césped recorriendo los caminos y jardines del exterior, pasamos por la cancha de tenis, me maravillo al notar que hay a un costado un espacio con mesas y sillas de jardín para disfrutar del partido. Christian nos conduce hacia lado contrario hasta encontrarnos con un puente largo y elegante de cemento, estoy segura de que pueden pasar autos por él. Llegamos a una especie de cobertizo de vidrio y hierro forjado. En el interior hay una amplia piscina techada, también veo que tiene dos pisos el lugar, hay un pasillo con un parapeto de hierro que rodea la piscina como un balcón gigante.

Cuando volvemos al interior de la casa, todo parece muy similar, espacios amplios y elegantes decorados en madera pulida, arreglos florales con colores resaltantes, pero a la vez sobrios, están distribuidos por las equinas y en el centro de algunas mesas. Hay puertas arqueadas y grandes ventanas abatibles, hay pequeños jardines medio ocultos en el medio de la construcción. En lugar de que me sienta que estoy recorriendo una casa, parece un castillo colonial. Estoy segura que si los Grey se proponen a hacer una fiesta de época, quedaría muy bien su casa como escenografía.

Christian me lleva hacia la parte trasera de la casa donde hay una escalera con su elegante barandilla de madera pulida, ambos subimos las escaleras hasta el segundo piso, me conduce rápidamente mostrándome el lugar donde se encuentra la habitación de sus padres, la habitación de su hermana y su estudio, los cuatro baños que hay y las otras tres habitaciones de invitados ubicadas en este piso. Cuando termina con ese recorrido, me sube por otro tramo de escaleras hasta el tercer piso, esta vez me muestra la habitación de su hermano, su estudio, la sala de videojuegos que parece una extensión a cuarto de Elliot. Después me muestra otros tres baños y las dos habitaciones para invitados que hay en este nivel.

Finalmente se detiene frente a una puerta blanca.

—Esta era mi habitación —dice tranquilamente, parándose en la puerta, empujándola y llevándome al interior.

Es grande como el resto de las habitaciones, pero esta es más sencilla y con menos muebles que el resto. Las paredes son de color blanco como la espaciosa cama doble, el escritorio y la silla, además de los estantes atiborrados con libros y paneles con varios trofeos de lo que creo es kickboxing. En las paredes cuelgan carteles de películas: The Matrix, Fight Club, The Truman Show y dos afiches enmarcados de kickboxing. Sobre el escritorio hay una pizarra de corcho color blanco con un gran número de fotografías, banderines de los Mariners y talones de billetes de conciertos y viajes.

—Eres la primera mujer en entrar aquí —murmura.

—¿La primera? —levanto las cejas. Eso me parece imposible.

—Además de mi hermana, mi madre, mi abuela y el personal que limpia... —se encoge de hombros. —Sí, eres la primera.

Muevo mi cabeza para mirar de nuevo las fotografías en la pizarra blanca. Hay varias de Christian de adolescente; con Elliot y Mia en las pistas de ski; por su cuenta en París, el Arco del Triunfo sirviendo de fondo; en Londres, Nueva York, el Gran Cañón, La Casa de Ópera de Sydney, incluso en la Gran Muralla China.

—Por eso conoces tantos lugares —digo asombrada. Es muy probable que esos lugares solo sean unos cuantos de los que en verdad ha conocido y la idea de que alguien tan joven haya podido conocer tanto del mundo, me parece fascinante.

Continúo pasando mis ojos por los billetes de entradas para varios conciertos: U2, Metallica, The Verve, Sheryl Crow, La Orquesta Filarmónica de Nueva York interpretando Romeo y Julieta de Prokofev. Esto solo me reafirma el amplio catálogo de gustos musicales que tiene, sonrió internamente al continuar mirando los billetes de los conciertos, es probable que varios sean de esos a los que Elliot lo obligó a asistir.

Hay algo que me distrae del resto de las cosas en la pizarra, algo que parece desentonar con el resto de las cosas exhibidas. Es una fotografía de una joven mujer, es pelirroja y de melena muy lacia, está muy delgada, ligeramente encogida y viste una camisa a cuadros y sonríe tímidamente a la cámara. Su apariencia me es familiar, pero, a la vez no puedo reconocerla. No conozco a la mujer.

Siento las manos de Christian deslizarse por mi cintura, sosteniéndome con fuerza, como si temiera que me girara y saliera corriendo en algún momento. Mi cerebro hace la conexión.

—Ella es tu madre —digo sin saber cómo sentirme.

Al fin mi cabeza puede ponerle un rostro a la mujer. Desde que me habló de ella, esa madrugada en Nueva York, he pasado demasiado tiempo pensando en ella, tratado de imaginar cómo sería, que apariencia tendría, si acaso Christian fuera parecido a esa mujer.

—Ella es la puta adicta —escupe él. —Ella es la mujer que me trajo a este mundo, solo eso. Grace es mi madre.

—¿La recuerdas? —pregunto. Levanto mi mano para acariciar la parte de atrás de su cuello, jugando con mis dedos en sus rizos.

—Intento no hacerlo —dice tenso. —Me trae pesadillas recordar todo lo que pasó.

—Lo entiendo —murmuro.

Es inevitable que sienta una punzada de dolor al recordar lo que me contó de su infancia. Su madre drogada y prostituyéndose delante de un niño muy pequeño, Christian siendo quemado y golpeado por el hombre que podría ser su padre, ver el cuerpo muerto de su madre.

Un escalofrío me recorre.

—¿Porque tienes una fotografía de ella?

—Grace fue la doctora que me revisó después de que me encontraron —suspira audiblemente. —Carrick fue uno de los abogados que estuvo en el caso. Estuvo presente cuando investigaron en la casa, y él encontró la fotografía. Grace creyó que sería buena idea que la tuviera.

—No la has quitado —digo lo obvio.

—Soy muy cobarde para hacerlo —sus palabras salen en voz muy baja. —No quiero molestar a Grace.

También puedo comprender esa parte.

—¿Recuerdas tu adopción?

—Los procesos de adopción no son sencillos —me dice. —Sé que estuve en dos casas de acogida antes de que Grace apareciera frente a mí y me dijera que iría a casa con ella.

Mi cabeza me muestra a un Christian pequeño, delgado y tembloroso por el nerviosismo, el pánico, el temor de estar rodeado de más niños a los cuales no conoce mientras él carga con el dolor de sus heridas físicas y emocionales.

Es inevitable que mi cuerpo se estremezca con la idea.

Sé que los orfanatos ya no son como eran antes, ahora se busca darles a los niños una mejor calidad de vida dentro de las posibilidades del lugar, pero, al imaginar a Christian en uno de los tantos orfanatos que han cerrado aquí en Seattle por negligencia...

—¿Qué más sabes de tu madre biológica? —pregunto con cuidado, sé que es un tema delicado para él. —¿Sabes al menos su nombre?

Me giro en la prisión de sus brazos para poder mirarlo de frente. Su mirada está perdida como esta mañana cuando lo desperté, pero lo que me hace respirar con tranquilidad es notar que esta vez no hay terror en su rostro.

—Se llamaba Ella —su mandíbula se traba al responderme. —Eso es todo lo que sé de ella.

—Bien —me obligo a dejar de preguntar. —Gracias por mostrarme tu habitación.

—Dije que no quiero guardarte secretos ¿recuerdas? No más mierda.

Me presiona contra su cuerpo dándome un beso cálido, lento y lleno de emoción.

Sus palabras me hacen sentir de una manera que nunca me había sentido. Saber que está mostrándome su pasado, que ahora conozco los lugares de su cuerpo donde otros han dejado cicatrices, que soy yo quien está conociendo más facetas de él que nunca nadie lo ha hecho antes. Todo eso me hace sentir especial de mil maneras.

Vaya mierda que soy.

Soy yo la maldita traidora y mentirosa. Soy yo quien guarda su pasado bajo llave como si fuera la bóveda de un banco, o con miles de candados y cadenas a su alrededor como su fueran los planos de una instalación secreta. Soy yo la maldita que se metió a un mundo que no debía conocer y ahora tengo sobre mis hombros una maldita bomba nuclear que con el más mínimo movimiento va a estallar.

Mierda.

Estoy jodida.


Holaaaa, ¿Cómo están? Comenzamos fuerte con este cap, verdad? jijiji

Les contaré que me tomó vario esfuerzo y un ligero dolor de cabeza este cap, pero creo que ha valido la pena... ¿ustedes que opinan?

El siguiente cap ya está en proceso y espero que se sientan al 100% porque se nos viene un poquito de drama... es todo lo que diré.

Nos leemos en el siguiente!