Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.

Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.

Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.

Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.


Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.


Isabella POV

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—¿Isabella Swan? —una voz desconocida pregunta.

Esa voz me busca.

Mis ojos se despegan de la computadora frente a mí, mi mirada se levantan a tiempo para ver la reacción de todos mis compañeros de área. Todos los ojos se giran y se colocan sobre mí.

Mis ojos van más allá, buscando a la persona que ha dicho mi nombre. Donde se une el pasillo de las oficinas y el pasillo que conduce al ascensor, hay un hombre que trabaja en la seguridad del edificio escoltando a otro hombre que nunca he visto. El segundo, trae una playera de cuello con el logotipo de lo que parece una florería, pero lo llamativo es lo que trae en sus manos.

—Soy yo —digo. Muevo mi cuerpo para colocarme de pie.

—Esto es para usted, señorita —el hombre camina en mi dirección extendiendo un gran y hermoso ramo de flores.

Ahogo un jadeo.

Son mínimo 30 flores las que hay en el arreglo. Mis ojos se pasean por el precioso ramo, son flores en su mayoría de color rojo, pero las pocas flores color rosa y las de color blanco, acompañadas del follaje verde, le dan un toque de vida a todo el arreglo.

Un mar de emociones me recorre. Titubeante, doy un paso en su dirección, extiendo mis manos y permito que deposite en ellas el ramo de flores. Su peso me toma por sorpresa.

—Firme esto, por favor —me señala una hoja que no tengo idea de donde ha sacado. Hago lo que me pide.

No me esfuerzo por preguntarle al hombre de la florería la identidad de la persona que me ha enviado el ramo de flores. No lo necesito. Conozco a una sola persona que puede enviar algo así, solo hay una persona en este mundo que puede enviar algo tan costoso, hermoso y elegante como el ramo que descansa en mis manos.

—Gracias —es todo lo que digo.

El hombre me ofrece un asentimiento y se retira sin molestarse en dar más explicaciones a mí o cualquiera de las personas que lo rodea con curiosidad. La persona de seguridad sale detrás de él mientras todo el mundo les sigue con la mirada. Por la esquina de mis ojos los observo, me dan una última mirada y parecen regresar a sus actividades.

Todos menos yo.

Me quedo parada en medio de los escritorios luciendo como una idiota, pero no puede importarme menos. Deslizo mis dedos por los bordes de las flores para tomar la tarjeta color gris que descansa con delicadeza sobre los pétalos de una de las flores.

"Un ramo de las flores más exclusivas y bellas de este mundo puede deslumbrar a cualquiera, pero comparado contigo, cariño, es una vergüenza.

Christian Grey."

—¿Las ha enviado Christian? —Julie pregunta.

Asiento en silencio. No la miro, mis ojos continúan recorriendo cada detalle de las flores, embelesada con la hermosa combinación de colores, texturas y formas.

—Se nota —acepta ella. Le doy una mirada interrogante. —Son peonias.

Esa es toda la explicación que me ofrece. No le respondo.

Decido moverme, me paseo por toda el área buscando un recipiente donde colocarlas, aquí no es común que recibamos este tipo de presentes. No es común que yo reciba algo. Para mi suerte, en la oficina privada que aun continúa desocupada, hay un florero metálico vació, lo lleno de agua y depósito las flores, no sin antes acercarlas a mi nariz y aspirar su aroma hasta asegurarme que esté grabado en mi mente.

Regreso a mi escritorio con el florero en mis manos, esta vez con la idea en mi cabeza de buscar los detalles de las flores. Quiero comprender la importancia, o al menos el pensamiento que tuvo Christian al enviarme un ramo de estas flores. Tecleo en el buscador, doy un respingo cuando veo los varios resultados en la pantalla.

Me apresuro a leer.

Las peonías sólo están disponibles dos meses del año, entre mediados de Mayo y Julio, por lo que el tiempo que podemos disfrutar de ellas es muy limitado lo que las vuelve exclusivas y costosas.

La Peonia también es junto con la flor del cerezo la flor más utilizada en la cultura oriental siendo el símbolo tradicional en China de la "flor de la riqueza y el honor".

También simboliza la belleza de la flor atemperando la fiereza del animal; símbolos del Ying y el Yang. Simbolizan a las acciones personales que asumen riesgos y desafíos para obtener grandes recompensas

Es inevitable sentirme identificada con esa última frase. Christian y yo estamos arriesgándonos al hacer… lo que sea que estamos haciendo, y sé que, ambos podemos saborear los resultados. Sobre todo si son como esa noche en su casa el día de su cumpleaños.

Una sonrisa se planta en mi rostro.

Estoy segura que Christian conoce el significado de las flores que me ha enviado, y eso aumenta la sonrisa en mi rostro.

Una flor de semejante belleza como es la peonía tiene también un bonito simbolismo basado en colores.

También los colores de las flores en el arreglo fueron elegidos metódicamente por Christian. No se puede esperar menos del señor control.

La estúpida sonrisa en mi rostro se extiende hasta hacerme lucir estúpida.

Si le dices a alguien que piense en una peonía la suele imaginar de color rosa. Las peonías de este color suelen significar la belleza y de la unión del matrimonio, aunque también se relacionan con el amor a primera vista y ese embelesamiento entre dos personas que no se conocen.

Las peonias rosas nos representan. Desde ese momento en el Lounge cuando nos conocimos, Christian y yo parecimos poseídos por una fuerza de atracción que ninguno había sentido antes, como si dentro de nosotros naciera una especie de obsesión por el otro. Un embelesamiento, una obsesión que solo aumenta al estar juntos.

Se dice que la blanca atrae la buena suerte y la salud, simbolizando juventud, belleza y espíritu cultivado; representa la integración entre los opuestos, refiriéndose a la vida en armonía entre una mujer y su hombre. También se relaciona con la timidez, sobre todo amor tímido y coqueto. Por ello, son muy comunes en eventos como bodas y también para regalar en casos de arrepentimiento o disculpa por algún suceso.

Ese significado me deja la boca con un sabor agridulce.

Definitivamente me cuesta creer que Christian las haya elegido por la timidez que representan, ese hombre no es tímido en absoluto. Tampoco creo que sea por el arrepentimiento de algo, después de todo, Christian no ha hecho nada que pueda lastimarme. Así que me decido a elegir el significado que nos describe mejor, dos opuestos que se han integrado al grado de conseguir una armonía entre ellos.

Eso somos Christian y yo.

El significado de las peonías rojas nos llega desde China. Este color es uno de los más importantes allí, es el color utilizaban los emperadores y sus familias. Por ese motivo las peonías de color rojo significan riqueza, prosperidad, honor y respeto. Además, el rojo es símbolo universal del amor y la pasión, aunque el significado de la peonia roja está ligado a la belleza impactante o inalcanzable.

El color rojo es el que predomina en el ramo de flores. Me siento abrumada por los muchos significados del color rojo y sobre todo por la aparente obsesión de Christian por ese color.

Si hablamos de riqueza, Christian Grey es la definición. Hablando de sus millones en el banco y de su gran conocimiento en muchos temas culturales, sociales y empresariales. Sin mencionar el gran respeto que muchas personas le tienen, entre ellos, yo.

Mi mente salta al cuarto rojo, al inicio resulta ser intimidante saber que esa habitación está diseñada para provocar cierto dolor, pero, sé por carne propia que el dolor y el placer están separados solo por una muy delgada línea de la cual puede ser entretenido tambalearte por el borde entre ambos sentimientos. Pero, resulta que para mí, desde que conocí a Christian, el color rojo está ligado al placer y a la pasión.

Además, Christian no ha ocultado su gusto por mirar mi piel pintada de color rojo, ya sea por sus azotes o por el hecho de que la sangre se acumula en mi piel mientras estamos follando como dos desquitados, o mientras grito su nombre y suplico por más de él.

¿Christian me considera una belleza impactante? ¿Qué soy inalcanzable? Es inevitable que un mareo me atraviese. ¿Son solo flores? ¿Esta es la manera de Christian de decir todo esto sin decir una sola palabra?

El sonido de mi celular me regresa a la realidad. Es un mensaje de Angela.

"Escuché que te enviaron flores. Bajo más tarde. A"

Sacudo mi cabeza en silencio. Aun me sigue sorprendiendo la manera tan rápida y fugaz con la que los chismes se esparcen en este lugar, aunque si tengo que adivinar, apostaría mi sueldo de todo el año a que fue Julie quien le ha contado las últimas noticias a mi amiga. Más tarde lo descubriré, por lo pronto, centro mi mirada de nuevo en el artículo en el que estoy revisando.

Las horas pasan antes de que me vuelva a mover gracias al sonido de mi celular.

—¿Hola? —contesto distraídamente sin detenerme a mirar la pantalla.

—Señorita Swan —responden. El tono jocoso me hace adivinar la identidad de la persona.

—Lucas —digo sin molestarme en ocultar mi sorpresa.

—¿Cómo te encuentras, cariño? —pregunta. Una mueca se instala en mi rostro al escuchar el apodo, a Christian le molestará si lo escucha de nuevo.

—Estoy… bien.

—¿Interrumpo algo? —pregunta al notar mi respuesta seca.

—No, no realmente —me esfuerzo en sonar despreocupada. —¿Esta todo en orden? No esperaba que llamaras.

Se escucha el chasquido de su lengua.

—¿Necesito tener una razón para llamarte? —pregunta con diversión.

—Pues, —dudo, —¿sí?

Una carcajada fresca es la respuesta que recibo desde el otro lado de la línea.

—Me alegra divertirte —me quejo.

—Eres muy entretenida, cariño, eso no lo niego.

—Te voy a colgar, Lucas —le advierto.

—Espera, espera —pide. —No me cuelgues.

Podría guardarme mi respuesta y solamente colgarle. Honestamente mi mano que sostiene el teléfono, pica por hacer eso, las ganas son demasiadas. Pero eso sería muy grosero de mi parte y aunque eso es lo mínimo que Lucas merece de mí, no quiero rebajarme a su nivel.

—Bien —digo entre dientes.

—Me debes un almuerzo, Isabella —me reclama sin ocultar su diversión y entusiasmo. Mi cuerpo se tensa. —Quiero cobrártelo hoy.

Mierda. Ese maldito almuerzo.

Un momento, yo nunca dije que almorzaría con él.

—¿Hoy? ¿Un almuerzo virtual? —me burlo. —¿Qué no estás en Nueva York?

—Estoy justo donde debería estar —responde.

—¿Qué significa eso? —mis cejas se juntan.

—Significa que voy bajando por el elevador hacía ti, querida —exclama con felicidad. Mis ojos se abren al máximo.

¿Qué mierda está haciendo aquí, en Seattle, en el periódico, un jueves al medio día?

—Eso es… —busco la palabra, —muy inesperado.

A través de la línea telefónica, escucho una nueva carcajada seguida del sonido que anuncia que el elevador ha llegado al piso de mi oficina. No alcanzo a decir ninguna otra palabra pues se encarga de colgar la llamada. Pasan un par de segundos antes de que tenga la oportunidad de visualizar a un sonriente y ardiente Lucas Fabbiani caminando en mi dirección con andar relajado pero presumido.

—Con dioses como ese yo si me pongo de rodillas y no para rezar —Julie chifla desde su escritorio.

—Mínimo dilo para tus adentros —le doy una mirada de reproche.

—No me voy a disculpar —se cruza de brazos mirándome de reojo. —Sabes que no miento.

Los murmullos del resto de personas que están en esta área, sobre todo de las mujeres, es notorio y parecen que son en apoyo a mi secretaria.

—¡Isabella! —el hombre grita mi nombre cuando me ve.

—Lucas

Me levanto de mi silla ignorando las miradas de confusión que se colocan sobre mí, Lucas camina en mi dirección regocijándose en las miradas de deseo que le dan los presentes.

—Espero que no te moleste que pasara a saludar —dice antes de depositar un beso demasiado largo en mi mejilla. —Leonard y yo tuvimos una junta, y fue inevitable el deseo de verte.

—No, está bien —me obligo a sonreír. —Me alegro de verte.

Me alejo de él un par de pasos. Lo menos que necesito en este momento es que Lucas confunda mi amabilidad con otra cosa.

—Que hermosas flores —comenta con asombro. Sus ojos están puestos sobre el imponente arreglo floral que descansa sobre mi escritorio. —¿Son peonias?

—Sí, eso creo —digo sin querer responde todos los detalles que aprendí sobre las peonias. —Fueron un regalo.

—Debieron costar una fortuna —dice para si mismo.

—Es Christian Grey del que hablamos —Julie suspira, pensando en voz alta. —Ese hombre puede regalarle hasta diez ramos similares en un día y no sentirá su cuenta vacía.

Al parecer mi secretaria no ha notado la mirada furiosa de Lucas sobre ella. Lucas es presumido, vanidoso, engreído, presuntuoso y no le gusta cuando alguien le recuerda que hay alguien que es considerado mejor que él. Eso lastima su ego.

—Ventajas de salir con millonarios —me encojo de hombros. No estoy segura de a quién van dirigidas las palabras.

—Eso supongo.

Mis ojos se deslizan hacia Lucas. Ha pronunciado esas palabras con la mandíbula apretada. Ahogo una risa, su ego acaba de ser lastimado, dos veces.

—¿A que debo la visita, Lucas? —pregunto compadeciéndome de él.

—Esperaba que pudiéramos hablar —me mira con intensidad. —A solas, si no te importa.

Señala con su cabeza la pequeña oficina vacía a uno de nuestros costados y toma toda mi concentración no rodar los ojos. No sé qué tan segura me siento hablando con él a solas, sobre todo con todos los curiosos de mis colegas dando miradas en nuestra dirección, pero a la vez espero tener una conversación con él. De ser posible, espero tener la conversación civilizada y madura que no pudimos tener ese día en Nueva York.

¿Estoy pidiendo mucho?

—Sígueme.

Giro mi cuerpo haciendo una señal para que me siga. Mis piernas se mueven moviéndome el par de pasos que me separan de la oficina vacía oculta detrás de los cristales, él me sigue, en silencio, bajo la mirada del resto de mis compañeros. En el silencio de la oficina y con la falsa ilusión de privacidad, ambos parecemos respirar. Cierro la puerta en un mensaje silencioso de que quiero privacidad.

—¿Qué haces aquí, Lucas? —pregunto de golpe.

—Estas molesta conmigo —rio amargamente.

—Pues, si —me cruzo de brazos.

—Lamento eso —dice. Camina hasta el fondo de la oficina, se sienta en uno de los sofás y me hace una señal para que imite sus movimientos Mi mente me traiciona con una imagen de Christian haciendo lo mismo.

Exhalo con fuerza. Carajo, esto será tardado y tedioso.

Camino hasta el sofá frente a él. Despacio, me siento.

—Primero, quiero agradecerte —me mira con ojos brillantes. —Si pude salvar mi trasero fue gracias a ti.

Hago un gesto fingiendo que no saber de lo que habla.

—No, no finjas, por favor —sus hombros caen. De repente deja de ser el hombre presumido, altanero y odioso que suele ser. —Sé que yo la cagué desde un inicio al creer en ese infeliz. Cuando me vi acorralado, usé tu propuesta de la fusión como si se me hubiera ocurrido a mí.

—Eres un cabrón —chasqueo la lengua. Él se ríe entre dientes con evidente vergüenza. Sabe que no miento.

—Eso fue muy bajo de mi parte —asiente. —Te debo una disculpa.

—¿Eso crees? —levanto una ceja.

—Ambos sabemos que todo lo que me dijiste ese día es cierto, salvé mi trasero a costa tuya.

—Me alegra que lo reconozcas —gruño.

—Soy muy consciente de eso —inclina su cabeza ligeramente. —Si estoy aquí representando al NYT es gracias a ti.

—Me halagas —digo sin humor.

Bastardo.

—Estas molesta, lo entiendo, tienes todo el derecho de estarlo —una mueca aparece sobre sus labios. —También entiendo que, en Nueva York, no fue la reunión que esperabas.

—No fue la reunión que tú esperabas, Lucas.

—Lo sé —dice. —Pero también compréndeme a mí, no estaba preparado para verte al lado de Christian Grey.

—Christian solo estaba allí para acompañarme —digo usando las mismas palabras que Christian usó ese día.

—Sí, acompañándote, pero no como empresario o como miembro activo del comité de inversiones —Lucas protesta. —Estaba acompañándote como tu novio.

—Lucas, Christian y yo no estábamos saliendo en ese momento.

Esas palabras se sienten como una mentira en mi lengua. Pero también mi razón dice que es cierto, Christian y yo nos consideramos "algo" hasta la plática qué tuvimos después, en el bar del hotel.

—No debes salir con él.

—¿Qué carajos significa eso? —escupo molesta.

—No se suponía que llegaras con compañía —resopla ignorando mi pregunta. Mi molestia aumenta. —Tenía todo preparado para nosotros y el cabrón con su presencia lo arruinó.

—Lucas, seamos honestos. La realidad es que tus planes conmigo no eran precisamente laborales —lo acuso. —Tú y yo sabemos lo que quieres de mí.

Lucas quiere follarme. Eso lo sé, todos lo saben, no es un maldito secreto.

Una de las pocas cosas buenas que tiene este hombre sentado frente a mí, es que nunca ha intentado ocultar sus intenciones conmigo. Debo reconocer que agradezco que ser directo y poco paciente sea parte de su personalidad, me ha ahorrado meses de aguantar mentiras y falsas palabras solo para intentar convencerme de acostarme con él.

—¿Puedes culparme? —se inclina contra el respaldo del sofá. Una de sus piernas se coloca sobre su rodilla y uno de sus brazos se recarga sobre el borde del respaldo. Sus ojos arden mientras recorren mi silueta.

—No realmente —me encojo de hombros.

Él suelta una carcajada por mi respuesta tan despreocupada y presumida.

No es una mentira que en ciertos momentos disfruto de la atención que me dan las personas, ya sea por curiosidad, envidia o deseo si hablamos de los especímenes masculinos, tampoco es una mentira que sé aprovecharme de eso último. Aunque la mayoría de las veces resulte incómodo y solo quiera volverme invisible para alejar su atención de mí

Excepto cuando estoy junto a Christian. En esos momentos lo único que me interesa es tener su atención, mirar como sus ojos grises se encienden y cobran vida por mí.

—Dejando de lado las claras intenciones que tengo hacia ti —se burla, regresando a la realidad con sus palabras, —si lamento que no hayamos tenido ese almuerzo que me prometiste.

—Yo no te prometí nada.

—Cuando accediste a reunirte conmigo, sabías que esa era mi excusa para tenerte más tiempo para mí.

—Tenía otras cosas que hacer —desvío mi mirada. No quiero ir por ese lado.

—Por supuesto, cosas que hacer —acepta usando un tono de burla que no es nada discreto. —Follar con Christian Grey por ejemplo.

—Eso no es de tu incumbencia —gruño.

—De hecho, querida, si lo es —suspira tan pesadamente como si le pesara decir esas palabras.

Lo miro con una ceja arriba y enterrando en lo más profundo de mi alma las ganas de golpearle la linda cara que tiene. Lucas luce inmune a mi mirada asesina, se inclina a buscar en su maletín que descansa al lado de sus pies sobre el suelo. Lo observo sacar un sobre color blanco en la mesa que nos separa, lentamente lo desliza en mi dirección.

—¿Qué mierda es esto? —pregunto entre dientes. Lucas no responde.

Mis sentidos se ponen en alerta. Mi postura cambia, ahora estoy recta en mi asiento, las piernas apretadas y mis hombros tensos.

—Algunos días después de la reunión que tuvimos, un reportero se presentó en la oficina —habla con cautela, evaluándome. —Me ofreció unas fotografías.

¿Qué demonios significa eso?

Aprieto mis labios, me inclino sobre la mesa, tomo entre mis manos el sobre, y en contra de mi voluntad, reviso el contenido.

¡Puta madre!

No, no, no.

Esto no puede ser una coincidencia.

Mierda. Mierda.

Mi cabeza comienza a repetirme imágenes de los momentos en Nueva York, cuando Christian o yo notábamos esos resplandores de un flash de una cámara. Mi mente me repite todas esas excusas que dijimos solo para convencernos de que las luces eran parte del mismo ambiente, quizás de un auto, la cámara de una familia a nuestro lado, el reflejo de un cristal.

Cualquier maldita cosa que no fuera el flash de una cámara.

Que idiotas e ilusos somos.

Solo logramos mentirnos y ocultar momentáneamente la verdad. ¡Si había un cabrón sacando fotografías de nosotros!

Mi atención vuelve a las fotografías en mis manos, mis ojos las analizan mientras voy pasando una tras otra.

Nos veo a Christian y a mi caminando por la calle cargando con las bolsas de las compras que hicimos, la siguiente foto es de nosotros antes de entrar al SUNMIT, incluso hay una que parece tomada desde dentro del mirador de cristal. Otra fotografía me muestra algunos de nuestros viajes en el automóvil que fue nuestro vehículo durante toda nuestra estadía, luego veo una fotografía de la espalda de Christian, rodeándome con sus brazos mientras estamos en la playa debajo del puente de Brooklyn, incluso hay una de cuando estamos subiendo al helicóptero que rentó para ir a pasear. Hay fotografías de nosotros en el teatro y de nuestras visitas a los museos, adentro y afuera de los edificios.

Estoy viendo ese fin de semana desde otra perspectiva. Las fotografías parecen ser del tipo que les toman a las celebridades cuando los están siguiendo para demostrar algún rumor o revelar un nuevo romance. Christian y yo lucimos casuales en nuestras actividades, pero a la vez muy llamativos, y no solo por ser el centro de las fotografías, no, es como si nosotros resaltáramos en color mientras el mundo se mantiene blanco y negro.

Esta es la manera en la que nos ven las demás personas mientras nosotros estamos encerrados en nuestro propio mundo.

Me agrada.

Hay una fotografía que llama mi atención en específico; somos nosotros en el exclusivo Bar SixtyFIve ubicado en el Empire State. Christian me tiene entre sus brazos, levantada en el aire, mientras yo tengo mi rostro inclinado para besarlo.

Mis manos pican. Quiero sacar la fotografía y esconderla debajo de mis piernas para quedármela y enmarcarla para colgarla en mi casa. ¿Lucas notará si me robo esta fotografía? Levanto mi mirada para analizarlo, él hombre frente a mí sigue sentado en el sofá con su atención puesta sobre mí, evaluando mis reacciones ante lo que me acaba de mostrar.

—Le pagué al reportero una buena cantidad de dinero por estas fotografías —me explica. —Además de que me aseguré de que se deshiciera de los archivos originales.

—¿Qué planeas hacer con esto? —siseo histérica y furiosa.

Sus manos se levantan mostrándome sus palmas para convencerme de su inocencia.

—No tengo planes de que estas fotografías vean a la luz —dice con calma. —Esas fotografías que tienes en tus manos, son las únicas copias.

—¿Por qué? —pregunto estupefacta con su decisión.

—Porque no sería ético de mi parte usar estas fotografías en tu contra —suspira con aparente resignación. —Además, no es así como espero que caigas rendida en mis brazos.

Chasqueo la lengua y pongo mis ojos en blanco. Una risa silenciosa proviene de él.

Cabrón.

—¿Desde cuando eres tan ético? —digo con cara de pocos amigos.

—Desde ahora, supongo —me responde en voz baja. —Mi ética aparentemente nueva y el respeto que siento por ti, Isabella, no me permite abusar de la situación.

Lo miro.

Como dije, él siempre ha sido honesto conmigo, incluso cuando vino a mí y me dijo que había caído en las redes de Benjamín, fue honesto incluso cuando me confesó que él fue uno de los causantes que el periódico casi se fuera a la mierda. También fue honesto con su arrepentimiento y su petición para que le ayudara a hacer algo para salvar su pellejo. Ahora está delante de mí confesando una nueva cosa, sus palabras suenan honestas, no hay rastro de titubeo en su voz y por alguna razón mi instinto me dice que puedo confiar en su palabra.

Supongo que le daré el beneficio de la duda.

—Gracias, supongo —digo sintiéndome un poco más relajada. —Por mostrarme las fotografías.

—Son tuyas —me dice. —Y si me permites, si yo fuera tú tendría cuidado de ahora en adelante.

—¿De qué hablas? —parpadeo, confundida.

Lucas se inclina hacia el frente, sus codos descansan sobre sus rodillas y las palmas de sus manos se frotan entre sí. Sus ojos negros me miran con cierto brillo de picardía.

Me lleva la fregada.

Lucas, por favor, no hagas que me arrepienta de confiar en ti.

—Aun no entiendes ¿verdad? —dice con una mezcla de emociones. El rostro de Lucas tiene expresiones de maravilla, incredulidad, asombro, preocupación y ¿malicia?

—¿Comprender qué cosa?

—¿Tienes alguna idea de porque estas fotos son tan importantes? —levanta una ceja. —¿Sabes porque el reportero hizo de todo para conseguirlas? ¿Para venderlas?

—Porque es la portada perfecta para la sección de chismes —digo lo obvio.

—Sí, también —Lucas suelta una carcajada. —¿Alguna otra idea?

—Por la reputación de Christian —pruebo.

—No vamos a negar que un chisme de el "Grey Bachelor", el soltero más cotizado del mundo de los negocios, es algo bastante importante y llamativo para poner en la primera plana —asiente, de acuerdo conmigo. —Pero, que seas tú, nena, quien salga con él…

Se corta para no terminar su frase. Como si yo pudiera adivinar el resto, pero, el cabrón solo ha logrado confundirme más.

—¿Qué carajos significa eso? —repito la pregunta.

—Christian no es el único que tiene una reputación, querida —su voz suena misteriosa y casi tenebrosa. —Tú también tienes una reputación.

—¡Por favor, Lucas! —resoplo mofándome de él. —¿Yo que reputación puedo tener? No soy ni la mitad de importante de lo que es él.

—No, no lo eres —se encoge de hombros. Le doy una mirada molesta.

Maldito cabrón. Ahora él acaba de lastimar mi ego.

Mis ganas de querer golpearlo se disparan de nuevo hacia nuevas alturas.

—Al menos si hablamos del mundo empresarial —dice pensativo. Sacudo la cabeza de un lado a otro, negando.

—No soy importante. No soy una celebridad, tampoco soy influencer de las redes sociales, o una socialité como las Kardashian —sigo negando. —No hago nada realmente importante para llamar la atención de la prensa.

—Dentro de nuestro mundo, querida —dice en un tono perverso. —Dentro del maldito mundo editorial, tú, señorita Swan, si eres considerada algo importante. Casi una celebridad.

—¿Yo? —lo miro con los ojos muy abiertos. —Pero si yo solo me dedico a hacer mi trabajo.

—Y te aseguro que nadie se atrevería a poner en duda tu trabajo, Isabella —ahora es él quien pone los ojos en blanco. —Todos sabemos que, lo que sea que hagas, está hecho muy meticulosamente; ¿Tus artículos? Perfectamente redactados y sin ningún error. ¿Tus investigaciones? Mejores que las de cualquier agencia que se dedica a eso. ¿Tus entrevistas, interrogatorios? Mejor realizadas que las de la policía.

—¿Gracias? —me siento abochornada.

Aquí, en la empresa, soy consciente de que varias personas me consideran alguien importante aquí, usualmente porque suelo mover los hilos hasta conseguir publicar algo, obtener información y más cosas. Pero nunca pensé que todos en el medio me consideraban una celebridad. Solo me gusta mi trabajo, hago lo que sea necesario para hacerlo, no importa si es peligroso o no, tengo muy claro lo que conlleva trabajar en el medio periodístico.

—Admito que Leonard ha hecho un buen trabajo entrenando a su remplazo —dice casi para sí mismo, pero aun con su mirada fija en mí.

Jadeo.

—¿Lucas? —pregunto con los ojos abiertos.

Él sacude la cabeza. —Olvida que dije eso, nos meterá en problemas a ambos.

¿Entonces por qué no controla su boca y la mantiene cerrada? Aunque, está tomándome el pelo ¿cierto? Únicamente está haciendo eso, y sus palabras no han sido enserio.

—Volvamos al tema.

—Entonces —me aclaro la garganta. —¿Soy una celebridad solo por hacer mi trabajo?

—Sí, podríamos decir eso —ríe entre dientes. —Aunque... en realidad es por algo diferente.

—Corta la mierda, Lucas —me quejo. Ya no quiero jugar a sus juegos. —Habla.

—Estoy traicionando a los míos por compartirte esta información —su mano se va a su nuca, frotando esa zona como si estuviera nervioso. Me quedo en silencio esperando a que continúe con su explicación. —Entre la población masculina, tienes una reputación que no tiene nada que ver con tu trabajo.

Me remuevo, incomoda al escuchar esas últimas palabras.

No es difícil adivinarlo, sé que saldrá de su boca. El jodido problema es que no quiero escucharlo.

—Todos quieren tenerte —me informa. Me da asco la última palabra y lo que esta conlleva.

—Lucas, no creo que…

Busco en mi cabeza las palabras correctas para decirle que cierre la puta boca y deje el tema por la paz. Pero él es más rápido que yo, continua hablando, guía la conversación a un lugar oscuro al que no quiero llegar.

—¡Mírate, nena! —me señala con una de sus manos. —¿Quién no desearía a una mujer como tú?

¿Esa es una pregunta retórica?

Porque en esto momento puedo quitar el filtro en mi boca y dejar ir todas y cada una de las mal de mil inseguridades que poseo.

—¿Cómo no desearte? —se relame los labios. —Eres alguien joven, educada, inteligente, encantadora, independiente, exitosa, decidida, hermosa, y jodidamente sexy.

Aprieto mis labios con fuerza. No debo morderlos para callarme, pero tendré que morder mis mejillas solo para ahorrarme mis comentarios.

—Aunque, todos sabemos que eres… inalcanzable —suelta un profundo suspiro. Yo hago una mueca por la palabra que ha usado para describirme. —Nadie parece ser tan bueno como para ganarse tu atención.

—¿Me estás diciendo que tengo una reputación de perra inalcanzable? —me cruzo de brazos —¿Solo porque no quiero revolcarme con nadie de la industria?

—Es más que solo meterse entre tus piernas, Isabella —Lucas chasquea su lengua y ahoga una risa. —Tenerte es considerado como ganar un trofeo. Eres el jodido premio mayor que cualquiera desea.

No me pasa desapercibido el hecho de que al pronunciar esas palabras, sus ojos brillaron con evidente codicia y deseo.

—¿Y? —me cruzo de brazos. —¿Que ganan con tener un poco de mi atención? ¿Andar como pavorreales por la vida?

¿Volví a decir animal a Lucas? Sí.

¿Me arrepiento? No.

¿Lo volveré a hacer? Obviamente.

Al parecer estos especímenes masculinos no saben otra manera de comportarse más que como animales.

—Hay algunas apuestas sobre... —se interrumpe. Su cabeza se sacude. —De verdad no debería decirte esto.

—Pero ya lo estás diciendo —lo presiono. —Y serías un cobarde si te hechas atrás.

Lo piensa por algunos segundos, se debate en la lealtad que le tiene a los de su género y la ventaja que le puede dar irse en contra de ellos al decirme esta información.

—Habla, Lucas.

—Hubo una fiesta, la mayoría de hombres importantes de la industria estuvo presente y nosotros… todos apostamos sobre quién sería el afortunado digno de tu atención —confiesa con vergüenza. —La apuesta subió y también apostamos sobre si... si alguien de nosotros podría llegar convertirte en su esposa.

¿Hay algo más estúpido que un puñado de hombres con el ego pisoteado? Si.

Un puñado de hombres con el ego pisoteado por una mujer.

La ira crece en mi interior y mis ganas de golpear a Lucas se han triplicado, aunque ahora quiero patearles las pelotas a todos esos cabrones que hicieron esa apuesta.

Malditos idiotas.

Si no he salido con ninguno de ellos es porque son imbéciles y presuntuosos que solo pueden pensar con la polla y no con la cabeza que deberían. Sí, no negaré que varios hombres de la industria tienen cierto encanto y resultan casi deslumbrantes la primera vez que los ves, pero si no me he follado a ninguno es porque ¡en cuanto abren la maldita boca se les va el encanto!

Esa es la razón por la que salgo casi despavorida cuando alguno de ellos se me acerca.

¿Y ahora me vienen a joder con que apostaron por ver quién me folla primero? ¿Que ya hasta apostaron con quien me voy a casar? ¿Qué es esto? ¿Los malditos años 50´s? ¡Ni siquiera estoy segura de que me casaré algún día!

Mierda, con el destino retorcido y mi suerte para atraer desgracias, es más probable que me muera entes de que pueda casarme con alguien.

—Son ridículos —me quejo en voz alta sin detenerme a esconder lo encabronada que me siento. —¡Son una bola de imbéciles!

—¿Que esperabas? —Lucas también se queja. —¡Nunca se te ve con alguien! Siempre apareces sola, siempre niegas las propuestas que te hacemos no importa de qué tipo.

—¿Y creen que soy una solterona virgen y amargada? ¿Que necesito que ustedes me hagan favores?

—Yo no dije eso —salta a la defensiva.

—Para tu información y para que vayas de chismoso a contarles a todos; Si tengo sexo, si tengo citas, si salgo y me divierto —bramo. —Si ustedes no se dan cuenta no es mi maldito problema.

Casi salto. Mi habilidad para mentir ha mejorado con el tiempo y ahora es más fácil mentirles a personas como Lucas.

Pero si debo ser honesta...

Hasta hace algunas semanas, mi alma se revolcaba en su propio mundo de miseria y desgracias del pasado, pero Angela me obligaba a salir con ella, Julie también y cuando el alcohol hacia su efecto anestésico para el dolor de mi corazón me permitía divertirme y enrollarme con quien y quisiera.

Aunque la mañana siguiente el dolor producido por el hueco en mi pecho solo era el doble de doloroso.

—Te estoy diciendo esto porque ninguno de nosotros se esperaba que eso cambiara de un día a otro —aclara su garganta. Parece abochornado por mi confesión tan arrebatada. —Nadie esperaba que fuera Christian Grey quien te cautivara.

Es inevitable que una sonrisa aparezca en mi rostro. Yo tampoco esperaba que sucediera eso.

—Y regresamos a Christian —le digo con la sonrisa aun bailando en mis labios. Toda la molestia se ha disipado solo al mencionarlo.

—Lastimosamente —gruñe. —Ese día en la reunión, solo podía pensar en mil maneras en las que podría desprestigiarlo delante de ti. Quería demostrar que yo puedo ser mejor que él.

—Déjame adivinar —me burlo. —Querías demostrar que puedes bajarme las estrellas.

—Quisiera decir que sí, pero ambos sabemos que no tengo los recursos para hacerlo —su lengua se traba al decir eso. Debe ser difícil para él aceptar esa realidad.

—No es por el dinero, Lucas —bufo. —Todos prometen bajarme las estrellas, pero, Christian está constantemente llevándome a ellas.

Mi mente viaja a los miradores y edificios que he conocido en el tiempo que conozco a Christian.

—Eso sonó… incorrecto que yo lo escuchara —se remueve. Yo suelto una carcajada al notar el doble sentido con el que tomó mis palabras.

—Sé que suena cliché —me rio. —Pero es la realidad.

Señalo las fotografías. Lucas exhala.

—El sueño de toda mujer —hace un pequeño berrinche. —Maldito cabrón.

Mi risa aumenta. No le queda otra opción más que sonreír ampliamente y esperar a que controle mi ataque de risa.

—Dime algo —pide. Asiento. —¿Por qué Christian?

Tardo unos segundos en responderle, no porque no conozca la respuesta, sino porque no sé de qué manera explicárselo para que pueda comprender. Mi cabeza se aleja de su rostro, colocó mi mirada en el punto más lejos de toda la oficina, incluso me aseguro de atravesar los cristales para centrarme en mi escritorio. El hermoso ramo de flores se mantiene erguido, orgulloso, despampanante

—Él me entiende —suspiro. —Es diferente.

Últimamente he usado mucho esa frase para describirlo, pero es una realidad. Christian es diferente a lo que antes conocí, es diferente a cualquiera que conozco ahora. Incluso apostaría a que es diferente a cualquiera que pueda conocer en un futuro.

Lucas se queda en silencio.

Esta vez su silencio me resulta inquietante, me resulta molesto que no diga ninguna palabra, es como la paz que se escucha en el medio de un tornado, antes de que todo explote de nuevo.

—¿Lucas? —regreso mi rostro en su dirección, temerosa de lo que voy a ver.

—No sabes cuánto odio tener que ser yo quien haga esto —se lamenta.

Sus palabras hacen que mi corazón se detenga.

—¿Lucas? ¿De qué hablas?

—Christian no es tan asombroso como dice ser, Isabella —las palabras batallan para salir de su boca. Yo estoy lista para debatir a eso, pero Lucas me detiene con sus movimientos.

Una sensación de Deja Vú me recorre cuando lo veo hacer lo mismo que hace rato. Veo su cuerpo inclinarse hacia el suelo, sus manos bajar hasta el maletín perdiéndose en el interior en busca de algo. Se endereza con otro sobre idéntico al primero que me mostró, de nuevo sus manos lo depositan sobre la mesa que se encuentra en el medio de ambos, lo desliza en mi dirección pero hay algo diferente esta vez, su mano se mantiene descansando sobre el sobre.

—¿Qué tanto sabes de la vida de Christian antes de conocerte?

—Bastante —digo en automático. Mis ojos se entrecierran, mi mente está trabajando en mil razones para justificar la pregunta que he recibido. Si es algo relacionado a la infancia de Christian, no me asustará, al contrario, será información que esté agradecida de recibir.

Lucas me mira, inmóvil por algunos segundos antes de mover su cabeza dándome un asentimiento, su mano empuja el sobre aun más en mi dirección, exhala con fuerza antes de quitar su mano de él y alejarse hasta recostarse en el respaldo de su asiento.

Un nudo aparece en mi garganta.

¿Qué carajos?

No tengo idea de lo que hay dentro, pero, tengo un mal presentimiento.

Es inevitable que mi cuerpo se sacuda mientras me inclino para acercarme a la mesa, mis manos tiemblan cuando se apresuran a tomar el sobre, el temblor aumenta cuando lo abro e introduzco mi mano para mirar sacar lo que hay en el interior.

Mi corazón golpetea en mis oídos al mismo tiempo que mi mano se desliza hacia el exterior del sobre sosteniendo con firmeza la superficie firme que hay. Aun temblando, bajo la mirada.

Es inevitable la oleada de frio que recorre mis venas.

Es inevitable que mi garganta se cierre y deje mis pulmones sin aire.

Es inevitable la sensación de pesadez en mi estómago que impulsa la bilis a subir por mi garganta produciéndome arcadas.

Mi boca se abre y se cierra un par de veces. No sé si para jalar aire o para desgarrar mi garganta en un grito.

—No —digo ahogadamente.

Es inevitable el sonido de miles de cristales cayendo y estrellándose aún más cuando se golpean contra el suelo. No, no se ha roto ninguna ventana, no, nadie ha dejado caer loza delicada, no, no se ha roto ningún cristal. El sonido ha sido proveniente de mi interior, el sonido ha sido mi propio corazón rompiéndose.

—¿Son reales? —consigo preguntar.

—Si, ninguna tiene edición. —Lucas dice en voz baja. Es como si él también hubiera escuchado el sonido de mi corazón cayéndose a pedazos.

Una lágrima solitaria se desliza por mi mejilla.

Quiero reír, llorar, gritar, maldecir, suplicar, golpear a alguien. Quiero respuestas.

En mis manos temblorosas, hay varias fotografías donde sale Christian; parecen tomadas a través de la ventana de cristal de algún restaurante, se le ve sentado frente a una mesa con una copa de vino a un costado. Hasta ahí no hay nada malo. El maldito problema es que no está solo, Anastasia está sentada en esa misma mesa, frente a él.

—¿De cuando son? —consigo preguntar mientras analizo el resto de las fotografías.

—Hace dos días —Lucas responde. Y yo me arrepiento de preguntar.

Christian, al día de hoy, lleva tres malditos días en Nueva York.

Hace tres malditos días llegó muy temprano a mi casa con su maldita sonrisa sensual y sus ojos grises que me ponen de rodillas, además de que en sus manos había un ramo de flores similar al que está hoy sobre mi escritorio. Entre ambos preparamos el desayuno, tuvimos una muy buena sesión de sexo matutino antes de que se encargara de traerme al trabajo. Me dijo que recogería a Elliot en casa de sus padres, que ambos irían a Nueva York y que lo vería muy pronto.

Nunca me dijo que la siguiente vez que lo viera, seria en estas estúpidas fotografías cenando con su ex.

¿Estaba planeado que se viera con ella? No, me lo hubiera dicho, ¿cierto? Tal vez solo coincidieron en la misma ciudad. No creo que Christian fuera consciente de que Anastasia estaría en Nueva York los mismos días que él. ¿Verdad? Esto es solo una casualidad. Simplemente coincidieron en la misma ciudad, lo que no entiendo es ¿Porque accedió a verse con ella? ¿Para hablar? ¿Arreglar las cosas entre ellos?

Mierda.

No, no.

Mi cabeza da vueltas, mis oídos empiezan a zumbar, mis ojos arden. Mis pensamientos van una y otra vez a la gran cantidad de preguntas para las que no tengo ninguna respuesta.

Una parte de mi me dice que si tenemos la respuesta a esas preguntas.

Mi lado racional me dice que no tengo nada de lo cual dudar de Christian, quien lo único que ha hecho es mostrarme la verdad sobre él, pero esa misma parte me dice que Christian está ahí frente a ella por alguna razón la cual yo desconozco y que él no quiso compartir conmigo ni cuando me anunció su viaje, ni esta mañana cuando hablamos por teléfono.

El asunto es que, la parte desquiciada que hay en mí, la parte más demente que es la que usualmente me mantiene a flote, es la parte más firme en mi interior en este momento. Me dice, me grita si hay alguien de quien debo desconfiar es de ella, de Anastasia.

Algo en mí asegura que todo esto fue obra de ella.

¡Esa mujer!

Por alguna razón comienzo a sospechar que ella planeo esa reunión, que ella sabía del fotógrafo y que ella sabía que tarde o temprano lo publicarían en los periódicos. Ella sabía que eso pasaría porque ya sucedió antes.

Las palabras de Karina resuenan en mi mente a la par de un recuerdo mío investigando la primera plana que ella me mencionó, esa primera plana del periódico donde salía una fotografía de Christian al lado de una mujer que al parecer nadie conocía. "Una amiga" rezaba el pie de esa foto.

¡Una amiga mi trasero!

Maldición.

¿Acaso Anastasia sabe que hay alguien nuevo en la vida de Christian Grey? ¿Sabrá que soy yo esa persona? Es algo probable.

¿Ahora va a salir con la idiotez que lo quiere de regreso? ¡Maldita!

Si mis suposiciones son acertadas, Anastasia sabía que tarde o temprano los verían juntos, y si mis sospechas son ciertas, ella va a tratar de verse con él en más de una ocasión.

Mierda, mierda ¡y más mierda!

Ahora estoy encabronada con Christian por no darse cuenta de las intenciones de Anastasia. Carajo, hasta Elliot mencionó algo sobre esa primera fotografía. ¿Cómo pudo no darse cuenta de lo que sucedería si accedía a verla?

De repente, algo me golpea con la fuerza de un tren a toda velocidad. En el medio de la oscuridad que lucha por apoderarse de mí buscando arrastrarme hasta el abismo de miseria del cual apenas hace poco tiempo pude llegar a la superficie, veo una luz de esperanza en forma de una sola palabra, un solo nombre es suficiente para mantenerme a flote.

Elliot.

Mis ojos buscan con desesperación en las fotografías, obligo a mis ojos a buscar en cada rincón la silueta o el rostro del hombre que, desde que lo conocí, no ha hecho más que mantenerme centrada y evitar que caiga en la histeria.

Casi salto de mi asiento, casi me pongo de rodillas agradeciéndole a lo más poderoso del universo cuando logro distinguirlo en una de las fotografías. Lo veo de pie detrás de la mesa que se roba la atención inicial de la imagen, como si estuviera buscando a la pareja para acercarse a ellos. Mis manos cambian de fotografía hasta que lo veo de nuevo, esta vez está sentado en la misma mesa que la pareja, su espalda está inclinada hasta el respaldo como si con eso se volviera invisible, pero lo que me llama la atención es su aparente mueca de ¿shock? ¿Enojo? ¿Asco? ¿Es acaso decepción?

—Isabella —la voz de Lucas me sobresalta. Había olvidado su presencia.

—¿Si?

—Si necesitas un hombro para llorar —Lucas golpea uno de sus hombros. —Yo tengo dos.

En su voz hay un sentimiento agridulce, es un sentimiento que va entre diversión, vergüenza y lástima. Pero su oferta es honesta, aunque eso no la hace menos molesta.

—¿No habías mencionado que tu nueva ética te impide aprovecharte de la situación? —le pregunto obligando a mi voz a sonar clara y no ahogada en los sollozos que estoy enterrando en lo profundo de mi ser.

—Tenía que inténtalo —se encoje de hombros. Es inevitable que una sonrisa aparezca en mi rostro, sus palabras me hacen sonreír, lo cual agradezco.

—¿Porque me muestras esto? —le pregunto. Quiero comprender las razones por las que primero parece estar de mi lado y luego en contra mía.

—Es probable que no me creas —se aclara la garganta. —Pero, vine a mostrarte esto, por varias razones, y no, la principal no es porque quiera que termines lo tuyo con Christian.

Despego mis manos del rostro, lo miro con una ceja arriba.

—Bueno, sí, sí quiero que termines con él —acepta. —Pero no es la principal razón por la que te mostré las fotografías.

—Me estas advirtiendo —adivino hacia dónde quiere ir. Lucas hace un movimiento afirmativo.

—Intenté evitarlo —me dice colocando su mirada de nuevo en mí. Suplicando en silencio que le crea. —Ambos sabemos que yo no entro en la jerarquía que decide los artículos y las fotografías que publican. Solo pude obtener un pequeño retraso en su publicación.

—Mierda.

—Es inevitable, Isabella —sus manos frotan su rostro. —Es inevitable que estas fotografías sean publicadas en todos los medios del New York Times.

—¿Cuándo?

—El lunes a primera hora.

—Mierda —digo de nuevo. Entierro mi rostro entre mis manos.

—Sé que esto no es sencillo para ti —se lamenta. —Pero, ¿tienes idea de porqué alguien sacaría estas fotografías?

—No sé qué es lo que realmente está pasando —acepto a regañadientes. —Hablé con ese día en la noche, hablé con él ayer… Mierda, hablé con él esta mañana y no mencionó nada al respecto…

—Las fotografías las sacó el mismo reportero que los estaba siguiendo a ustedes —explica. —La primera vez yo lo intercepté y por eso no se publicaron las fotografías, esta vez fue más listo y fue directamente a vendérselas a alguien que si publicaría esto.

—Maldita sea —jadeo. Me hundo más en el hueco de miseria que me rodea.

El sonoro suspiro de mi acompañante hace que levante mi rostro para observarlo.

—Quizás pienses que soy un idiota, y te aseguro que lo que diré no es para defender a Christian —dice con cautela. —Aprovecharme de esta situación sería muy bajo de mi parte, sobre todo cuando mis intenciones contigo no han cambiado.

—Lucas —siseo. No tengo tiempo para su cantaleta de siempre.

—Christian en esas fotografías no luce nada feliz —señala a las imágenes en mi regazo. —Luce muy tenso, molesto y desesperado. Incluso el otro hombre, su hermano me parece, luce de la misma manera.

—¿A dónde quieres llegar con esto?

—No sé con exactitud la importancia de ella en la vida de Grey, tampoco tengo idea de porque está ahí con ellos —corta sus palabras. Se queda en silencio algunos segundos antes de volver a hablar. —Pero, si te hace sentir más tranquila, no parece que sea una cita romántica o algo por el estilo.

—No, no parece eso —suspiro.

Las fotos en realidad no son comprometedoras, al menos si no sabes todo el contexto. Es notorio que el fotógrafo estaba siguiendo a Christian por una razón, y no necesitas ser un genio para adivinar que ese fotógrafo sabe el contexto de la vida privada de Christian. Al menos la que ha sido más o menos pública.

—Lo que quiero decir, es que, la prensa se va a aprovechar de la situación para publicar demasiados tabloides amarillistas respecto a esto —hace una mueca. —Y si descubren tu relación con Christian, es probable que te acosen a ti también.

Alguien ya máteme, por favor.

No tengo lo necesario para lidiar con la prensa amarillista. Poco les va a importar que yo sea parte de este mundo, si descubren que soy un tema que vende, van a usarme para vender sus estúpidos artículos y reportajes.

Me lleva el carajo.

Adiós a mi vida "tranquila"

—Vine a mostrarte esto para darte tiempo —Lucas me mira con intensidad, sus ojos parecen estar gritándome algo que al parecer tiene prohibido decirme con palabras. —Quiero que, el lunes que se publiquen las fotografías, hayas tomado una decisión y estés preparada para lo que vendrá.

Un escalofrió me recorre.

—Haz lo que tengas que hacer, Isabella, y deja que el maldito mundo arda.

Aprieto con fuerza mis labios para no responderle. Pero soy consciente de que hay una alta probabilidad de que sea yo quien arda en una hoguera.

—Gracias Lucas —le digo al hombre de cabello negro y sonrisa juguetona que está frente a mi mirándome con una mueca de preocupación. Esta vez ha superado cualquier expectativa que tuviera sobre él.

—No, no me agradezcas —me dice. Su rostro recobra la picardía que lo caracteriza. —Mejor prométeme algo.

—Lo que sea —digo sin dudar. —Ahora soy yo quien está en deuda contigo.

—Si Grey es lo suficientemente idiota como para perderte —hago una mueca por sus palabras. Alejo ese pensamiento al instante. —Prométeme que seré el primero al que le concedas el honor de una cita.

Abro la boca para responder pero unos suaves golpes en la puerta nos distraen.

—Adelante —digo. La puerta se abre revelando el rostro de mi amiga.

—Lo siento, no sabía que estabas ocupada —se disculpa. —Volveré más tarde.

—No, adelante Angela —Lucas es el primero en reaccionar. —Yo ya debo irme.

Mi amiga no se hace del rogar. Entra a la oficina moviéndose con cautela, no me pasa desapercibido el gesto de dejar la puerta abierta, como si quisiera extender una invitación silenciosa a Lucas para que se vaya.

—Lamento interrumpir —se disculpa de nuevo Angela.

—Ya habíamos terminado —le asegura Lucas dándome una mirada. Se inclina, recoge su maletín y se levanta del sofá.

—Gracias de nuevo, Lucas —le sonrió imitando su movimiento. Yo también me pongo de pie.

—Gracias por recibirme —dice él caminando hasta la puerta.

Lo sigo algunos pasos hasta detenerme junto a Angela que nos está fulminando con la mirada a ambos. Lucas parece no inmutarse y yo lucho para mantenerme lo más serena que puedo.

—¡Oh! ¿Lucas? —lo detengo antes de que salga de la oficina. Él detiene sus pasos, se gira para mirarme. —Es un trato.

Una sonrisa egocéntrica y sensual baila en su rostro antes de darme un asentimiento.

—Aun me debes un almuerzo, querida —dice moviendo sus cejas. —Adiós Angela.

Lucas se despide de nuevo, se gira y cruza la puerta de cristal de la oficina bajo nuestra atenta mirada. Ambas lo vemos cruzar el área de escritorios hasta perderse en el fondo del pasillo.

—¿Trato? —Angela levanta las cejas. Su mano se estira para cerrar la puerta de cristal para tener de nuevo privacidad, o al menos la ilusión de que estamos solas y que no tenemos miradas curiosas desde el exterior. —¿Ahora qué demonios le prometiste?

—Una cita —siseo. Me encojo de hombros.

—¡¿Estás loca?! —chilla. —¿Se te zafaron más tornillos? ¡¿Qué mierda, Isabella?!

No respondo a ninguna de esas preguntas. Coloco mis brazos alrededor de mi torso buscando mantenerme en una pieza y no cayéndome en pedazos como me siento en este momento.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto a mi amiga.

Ella gruñe. Sabe que estoy desviando el tema para no responderle.

—El señor Grayson me mandó a verificar que estuvieras bien —suspira. —Dijo que llevabas más de una hora encerrada con Lucas en la oficina y Suzanne me ordenó que viniera a traerte condones.

No respondo. Tampoco resoplo como usualmente lo haría.

Mi actitud alerta a mi amiga. Angela me mira de arriba abajo buscando alguna señal que le diga lo que me está afectando. Sus ojos cafés me hacen sentir desnuda, es como si mi amiga pudiera leer a través de la máscara que oculta mi rostro como su eso pudiera proteger todos mis secretos.

—¿Está todo bien? —me mira, preocupada.

—No, no exactamente —digo. Angela me pregunta en silencio.

Sosteniéndome con mis propios brazos, obligo a mis piernas a caminar hasta la mesa donde se han quedado las fotografías que Lucas me trajo. Me inclino y las tomo, mis manos batallan para sostenerlas, como si pesaran una tonelada cada una. Estiro en dirección a mi amiga las fotografías que nos sacaron a Christian y a mí en Nueva York, asegurándome de mantener las otras detrás de mi espalda.

Angela las toma, sus ojos se abren con sorpresa.

—Vaya —suspira. —Lucen muy bien juntos, cada día lo confirmo más.

—Un fotógrafo intentó venderlas al New York Times —digo en voz baja. Ella deduce el resto.

—¿Las van a publicar? —pregunta con los ojos abiertos.

—Esas no —exhalo bruscamente. —Fue Lucas quien las compro.

—¿Eso hizo? —dice mordaz.

—Sí —acepto. —Al parecer, solamente el fotógrafo, Lucas, tu y yo conocemos las existencias de estas fotografías.

Angela asiente. Sus ojos cafés continúan analizando las fotografías, pasando de una a otra.

—Espera un jodido momento —se atraganta. —¿Cómo esta eso de que "esas no"?

El nudo sube de nuevo a mi garganta, las nauseas regresan a mi estómago, mis piernas se debilitan fallando para sostener mi peso y me obligan a sostenerme del borde del sofá para evitar caerme. Saco de mi espalda las otras fotografías, las extiendo en el aire en medio de ambas. Angela estira su mano encontrando la mía a medio camino, ambas temblamos, ambas estamos nerviosas.

Sus ojos preocupados bajan a las fotografías. Sus ojos se abren al máximo, su mandíbula cae hasta el piso y por su rostro pasas todas las emociones posibles.

—Debes estar jodiendo —jadea en el medio de un chillido. —Es un maldito desgraciado. ¡Es un puto cabrón!

Mis ojos se cierran apretándose con fuerza, los obligo a contener las lágrimas que amenazan con deslizarse por mis mejillas. Mis dientes muerden el interior de mis mejillas para evitar que las palabras salgan de mi boca ¿o es para evitar que los sollozos hagan evidentes?

—¿Son recientes? —pregunta con voz contenida. Muevo mi cabeza, incapaz de afirmar con palabras.

Angela continua con su florido vocabulario.

—Son de hace dos días —me obligo a decir. Mi voz sale muy débil que incluso tengo el presentimiento de que mi amiga no me ha escuchado.

—¿Cómo te sientes? —pregunta dulcificando su voz. Me encojo de hombros.

—Estoy molesta, de eso estoy segura.

Angela recarga su cuerpo contra el mío, su gesto es una mezcla silenciosa de cariño y apoyo. Ambas nos mantenemos en silencio por algunos momentos, solamente mirando al vació o a lo lejos, cada una metida en su mundo.

—Ese es el famoso ramo de flores —Angela murmura con hastío.

Mi cabeza se mueve, sigo su mirada hasta enfocar de nuevo el hermoso ramo de flores que descansa sobre mi escritorio. Una sonrisa amarga me atraviesa.

—¿Sabes que las peonias tienen significados de acuerdo a los colores?

—¿Lo tienen? —Angela pregunta.

—Eso dice Google —exhalo.

—¿Vas a decirme que Christian eligió esos colores para enviarte un mensaje encriptado en el significado de cada flor? —se burla. Mis labios se fruncen.

—La blanca significa arrepentimiento…

—Si no te callas harás que yo misma vaya a Nueva York a cortarle las pelotas a Christian —gruñe.

—Solo decía —bajo mi cabeza. —Quisiera poder aclarar esto primero, hablar de esto con Christian y saber que es lo que en realidad sucedió y saber porque parece esforzarse tanto en ocultar esto de mí.

—Quizás eso debes hacer —Angela asiente.

—No puedo —un sollozo se escapa de mi garganta. —No tengo tiempo para sentarme y esperar a que Christian regrese y me lo diga a la cara.

—¿Qué mierda significa eso?

—El lunes —escupo en el medio de sollozos. —El lunes este será el nuevo chisme del New York Times.

—Mierda —Angela resopla. De nuevo le doy la razón, no hay otra palabra para describir esta situación.

—Quisiera darle la oportunidad a Christian que se defienda —mi voz temblorosa está llena de anhelo. —Aunque algo dentro de mí está gritándome que él no ha hecho nada malo.

—Te diré algo, y quizás me voy a escuchar como una perra, una odiosa y una maldita… —se disculpa mi amiga. Le hago un gesto para que continúe. —Esta mierda apesta a que fue plan de Anastasia.

—Yo también creo eso —acepto. —En las fotos, Christian no se luce feliz.

Angela se inclina para observar de nuevo las fotografías, esta vez, les pone más atención a cada una.

—¡¿Ese es Elliot?! —Angela gruñe cuando distingue al rubio.

—Supongo que ahora tiene menos oportunidades de salir contigo —le digo con una débil sonrisa bailando en mis labios.

—Depende.

—Sé que Elliot es inteligente —digo mirando la fotografía donde es clara la mueca de molestia del rubio. —Aunque no me creas.

De reojo observo que mi amiga pone los ojos en blanco.

—Si sabe elegir bando, quizás pueda considerarlo —mi amiga dice. Apenas es perceptible la manera en que sus labios se elevan al decir esas palabras.

¿Tan rápido cayó a los pies del rubio?

Me quedo en silencio, observándola continuar pasando sus ojos por las fotografías. Ambas hacemos muecas, ambas sentimos miles de distintas emociones conforme vemos las imágenes capturadas por un idiota chismoso y avaricioso.

—¿Qué harás, Bella? —Angela rompe el silencio. —¿Qué es lo que vamos a hacer?

Una calidez me envuelve. Angela nunca me deja sola, no importa que tan jodido es lo que tenemos que hacer.

—No puedo evitar que publiquen las fotografías, eso lo tengo claro.

—¿Y permitiremos que esos estúpidos pongan lo que ellos quieran? —Angela repela. —¿Dejaremos que los usen como marionetas para aumentar las ventas de los tabloides de chismes?

—Maldita sea —refunfuño.

—¿Vas a permitir que ella se salga con la suya?

—No —digo al instante.

—Hay que patearles el trasero —me provoca. Angela sonríe con maldad.

—¿Aun tienes la pala para esconder cuerpos? —pregunto.

—La traigo siempre en el maletero del auto —me da un empujón.

Yo sonrío, me revuelco en la sensación de seguridad y protección que me dan sus palabras, pero no le respondo. Me quedo en silencio sopesando las opciones que me acaba de dar, también las palabras de Lucas me asaltan.

"Haz lo que tengas que hacer y deja que el maldito mundo arda".

—No se va a salir con la suya —gruño con la mandíbula apretada. Mis dientes rechinan.

—¿Significa lo que creo que significa? —Angela comienza a dar saltitos emocionados.

—Anastasia está idiota si cree que puede quitarme a Christian.

—¡Eso es! ¡Fiera! —Angela chilla emocionada. —¡Defiende a tu hombre!

—Idiota —es mi turno de darle un empujón para que se calle. Ella ríe.

—Necesito hablar con el señor Grayson —digo regresando a mi expresión de seriedad. —Tengo una idea que creo que puede funcionar.

—¡Antes de que te vayas! —Angela me detiene.

—¿Qué sucede?

—¿Sabes que el martes fue cumpleaños de mi madre? —Angela dice casual, su atención está sobre sus uñas y su pie tamborilea nerviosamente sobre la alfombra.

—Sí, lo sé —exhalo con fuerza. —Siempre pongo un recordatorio en el celular de todos los cumpleaños.

—Cierto —murmura.

—¿Le compraste un obsequio? —pregunto.

—No, aun no —suspira. —Había pensado en ir hoy, saliendo del trabajo.

—Sí, deberíamos ir a comprarle algo lindo —muevo mi cabeza afirmativamente.

—¿Ir? ¿Nosotras? —me mira, incrédula a mis palabras.

—¿No quieres que te acompañe al centro comercial?

Angela parpadea procesando mis palabras.

—¡¿Por qué quieres ir al centro comercial conmigo?! —jadea mirándome alarmada.

—Quiero acompañarte y ayudarte a comprarle un regalo de cumpleaños a tu madre —me cruzo de brazos. Angela no luce muy convencida. —Pero si no quieres…

Dejo las palabras al aire.

—Si quiero que me acompañes, solo resulta sorpréndete que seas tú quien sugiera la ida al centro comercial —explica. —No recordaba que ahora te gusta ir de compras.

—No exactamente, pero no me molesta acompañarte —me encojo de hombros.

—Ahora que mencionas la palabra "acompañar…

—¿Si? —levanto una ceja. Espero pacientemente a que me suelte la bomba que está a nada de estallar frente a mi rostro.

—Es que… yo… Sé que no es un buen momento, sobre todo después de las fotografías, pero…—sus balbuceos están poniéndome nerviosa.

—Escúpelo —le digo cruzándome de brazos.

—Los gemelos le han organizado una fiesta en la playa —comenta bajando su mirada.

¡Bingo!

Sabía que algo pasaba. Desde hace algunos días, la palabra "Forks" comenzó a respirarme en la nuca poniéndome los pelos de punta, de la nada todo el mundo mencionaba esa palabra o algo relacionado a ese maldito pueblo. De la nada dejó de ser un recuerdo y se convirtió en una jodida realidad acechándome.

—Por eso mencionaste que estabas pensando en visitarla —le digo recordando sus palabras el domingo en casa de la familia Grey.

Angela se mantiene en silencio, mirándome como si quisiera que le leyera el pensamiento y así evitar decir en voz alta lo que está a punto de pedirme. Yo hago el intento de mantenerme tranquila y con el rostro en blanco, como si no comprendiera a dónde quiere llegar con sus palabras, aunque, me preparo en silencio para el rumbo que tomará esta conversación. Mi mente comienza a preparar una respuesta para ofrecerle.

—Mis hermanos, dicen que ellos... —se aclara la garganta, está visiblemente nerviosa. —Dicen que, bueno, en realidad me amenazaron. Si nosotras no asistimos por voluntad, ellos vienen personalmente por nosotras para secuestrarnos y llevarnos.

Le dedico una larga mirada a mi amiga. Sé que le cuesta decirme eso, el tono en su voz cuidadoso, ansioso y preocupado me lo dice.

Para nadie que me conoce, no es un secreto que me niego a volver a Forks.

Después de lo que sucedió conmigo y con ellos, o lo que sucedió entre Angela y Ben, ambas decidimos irnos con la promesa de no volver a pisar ese pueblo. Nuestras familias parecieron comprenderlo al inicio, si era alguna fecha especial, ellos eran quienes venían a visitarnos, los primeros dos años, el día de acción de gracias y navidad, lo celebramos en Jacksonville con Renée y Phil.

Después de eso, los problemas comenzaron a surgir.

Nuestras familias creyeron que ya todo estaba bien, que nuestras vidas podrían volver a lo que eran antes, pero Angela y yo sabíamos que no era así. La primera vez que nos pidieron volver a Forks, fui yo quien colgó la llamada, la segunda vez, fue Angela. Ambas pasamos semanas sin responder a los mensajes o llamadas que nos hacían. Con el paso del tiempo, nuestras familias se cansaron y dejaron de insistir, ahora es poco común que se mencione el tema, pero, sé que aun guardan la esperanza de que un día volvamos.

Hasta hace unas semanas, Angela era la única de nosotras que había sido capaz de considerar la idea de enfrentarse al pasado. Al inicio de este año, para el cumpleaños de los gemelos, mi amiga se armó de valentía y condujo hasta Forks. Yo no pude hacerlo, la idea de volver me resultaba inconcebible. Pero Angela volvió apenas unas horas después de haber salido de casa, resulta que en cuanto se dio cuenta de que había llegado a los límites del pueblo, no pudo seguir avanzando. Se regresó y se encerró en su habitación por el resto de ese fin de semana.

—Lo siento, Bella —su rostro cae. Me deja ver la preocupación y el pánico que la está acechando. —Sé que la idea no te agrada y fui una estúpida por mencionarlo.

Giro mi cuerpo para quedar completamente de frente a mi amiga. Tomo una respiración muy profunda, me aseguro de llenar mis pulmones con aire para poder pronunciar las palabras.

Mierda.

Sé que me voy a arrepentir de esto.

Mierda.

Sé que esto será dolorosa.

Mierda.

Angela merece ese esfuerzo de mi parte.

—¿Cuándo nos vamos?

—¿Hablas enserio? —Angela me mira, asustada. ¿No debería estar feliz de que haya aceptado tan fácil?

—¿Quieres ir a visitar a tu madre? —pregunto para asegurarme. Ella mueve su cabeza diciendo "si" en silencio.

Hay algo diferente esta vez, hay algo detrás del repentino impulso de mi amiga.

Angela ha sido mi salvavidas y mi ancla al mundo real todos estos años. Siempre que yo terminaba hundida en mi propia miseria, era ella quien estaba allí para salvarme. Ahora es mi turno. Yo también puedo ser valiente por ella, yo también puedo dejar mi mierda de lado y ser su salvavidas. Va a doler. Joder que va a doler volver a ese pueblo, pero, Angela merece mi sacrificio.

—Si quieres ir, vamos, hay que hacerlo —le digo, fuerzo en mis labios una sonrisa.

—¿Estas segura sobre esto, Bella?

—No —le respondo. Ella está a nada de soltarse llorando, parece sentirse culpable de la decisión que he tomado. —No estoy segura de querer regresar a ese pueblo, pero tus hermanos si pueden venir a secuestrarnos.

Ambas jadeamos al imaginarnos la escena. Los gemelos siempre han sido creativos para realizar travesuras.

—Bella —se mueve, se acerca a mí tomando mis manos entre las suyas. —No quiero que te obligues a hacer algo para lo que no estas preparada. Si no quieres ir, puedo hacerlo yo sola.

—¿Puedes? —pregunto cuidadosamente.

—No, no puedo —exhala con fuerza bajando su cabeza.

—Angela… nosotras no hicimos nada malo —le digo. —¿Porque tenemos que ser nosotras quien tengamos miedo de volver? ¿Porque nuestra vida se detuvo, pero no la de ellos?

—Tienes razón —levanta su cabeza, mis palabras han encajado en su cerebro y ahora hay determinación en sus ojos cafés. —Nosotras no hicimos nada malo.

—A la mierda con ellos —le digo sonriendo. —Vamos a visitar a nuestras familias.

—¡Te quiero, Bells! —Angela me abraza efusivamente con sus delgados pero reconfortantes brazos. Le regreso el abrazo de la misma manera. Ambas sabemos cuánto nos va a costar esto.

—¿Sabías que iba a aceptar? —le pregunto separándome.

—Tenía la esperanza —me mira avergonzada. —Tengo una teoría y la quiero comprobar.

Entrecierro los ojos.

—Bueno, la tenía hasta hace un momento —señala con sus ojos las fotografías que estoy a nada de quemar.

Fuerzo una sonrisa.

—Tú también deberías comprarle algo a mi madre —me dice. —La última vez no se tomó bien que se lo enviaras por paquetería.

Es inevitable que me encoja por el recuerdo de su madre gritándome por teléfono. La señora Webber puede tener un vocabulario muy colorido cuando está realmente molesta.

—Hay que arreglar un desastre a la vez, ¿sí?

Angela asiente, la mirada de preocupación a sus ojos a regresado a sus ojos.

—Vamos —me dice.

Guardamos las fotografías en los sobres, los sujeto con fuerza contra mi pecho mientras salimos de la oficina en dirección al pasillo.

—Julie —llamo a mi secretaria. —Ven con nosotras.

La joven se pone de pie de un salto.

—¿A dónde vamos? —pregunta, curiosa.

—Vamos a hacer que el mundo arda —digo siniestramente. Angela ríe por mi broma interna.

—¿Jefa? —Julie pregunta pasando sus ojos cautelosos por nosotras.

—Vamos a ver a Suzanne y al sr. Grayson —Angela le explica rápidamente mientras caminamos al ascensor. Ellas se sumen en una conversación casual, pero yo me encierro en mi propia mente.

El sabor agridulce de la situación se coloca en mi lengua.

Nunca me ha gustado abusar de mis conexiones en el trabajo, menos si es para algo de mi propio beneficio personal. Pero resulta que mi lado malvado, que ha estado toda su vida encerrado en una jaula cerrada con un candado el cual la llave se ha perdido en el infierno, está a nada de ser liberado. Nunca había sentido la necesidad de sacar este lado de mí, nunca había tenido una razón para hacerlo.

Hasta ahora.

No hay manera de estar segura de lo que sucedió en Nueva York entre Christian y Anastasia. Él no quiere decirme, no quiere hablar conmigo sobre eso y yo no tengo el tiempo de hablar de frente con él y convencerlo de que sea honesto. Es como si de repente una avalancha se dirigiera en nuestra contra y nosotros estamos ahí, con las manos atadas y sin poder detenerlo. Después de que las fotografías salgan a la luz, y de que más de alguno publique alguna o varias mentiras respecto a esas estúpidas fotos, la gente va a comenzar a hablar poniéndonos a prueba.

Esta maldita prueba será peor que la discusión que tuvimos en Nueva York a causa de Lucas. Pero, resulta que esta vez estoy lista.

Si el maldito mundo quiere venir en nuestra contra, esta vez estoy lista para enfrentarme a ellos

No pienso perder a Christian.

Si es necesario que deje salir al monstruo de su jaula, lo haré. Si es necesario que me enfrente al mismo demonio, lo haré y ganaré.

—Llegamos —Angela me saca de mi mente. Mis ojos recorren el recibidor de la oficina, Julie ya está frente al escritorio de Eva pidiéndole una reunión con los jefes.

—Adelante, chicas —nos dice la mujer. —Suzanne y Leonard están esperando por ustedes.

Angela y yo alcanzamos a Julie. Las tres asomamos la cabeza a la oficina de nuestro adorado jefe, al inicio parece estar vacía, pero sabemos que ambos están encerrados en la sala de reuniones privada. Algo en mi interior me dice que Eva tiene razón, ya esperaban nuestra presencia y por eso están allí.

En el mini bunker de la oficina de Leonard Grayson.

—Adelante —se escucha desde el interior.

Entro a la pequeña sala con Angela y Julie aun a mis costados. Puedo sentir la confusión, curiosidad y la determinación, aunque sé que esa última emoción nos recorre principalmente a mi amiga y a mí.

—Tomar una decisión te tomó más tiempo del que creí —el señor Grayson dice. No necesita mirar a alguien en especial, de repente todas las presentes sabemos que se refiere a mí.

—Hola —Suzanne nos sonríe. Recibe una silenciosa respuesta.

—¿Me esperaba? —pregunto directamente a mi jefe.

El hombre no pronuncia ninguna palabra, con su cabeza nos señala con su cabeza las sillas que están frente a ellos en la mesa que hay en esta sala de reuniones. Nosotras obedecemos en silencio.

—¿Lo sabía? —pregunto. En mi interior hay una necesidad de saber que mi jefe comprende la situación.

—Vino a mi preguntando qué tan correcto sería mostrártelas —al fin responde.

—¿Qué está pasando? —Suzanne pregunta. Sus ojos van de un lado a otro, analizando nuestro comportamiento. Julie no se queda atrás, ella tampoco comprende lo que sucede.

—Nada de lo que se hable en este lugar puede salir de esta oficina —el señor Grayson nos advierte con la voz fría. Su tono es el que pocas veces usa, el tono de cualquier CEO.

—Si señor —decimos las cuatro.

—Isabella tiene algo que proponernos —mi jefe se sienta en su silla, mirando distraídamente unos archivos que hay en sus manos.

—Suzanne —llamo su atención. —¿Recuerdas que cuando comencé a trabajar aquí?

—Sí, lo recuerdo bien.

—¿Recuerdas la frase que tanto me repetías? —la evaluó. Ella asiente.

—Debes tener cuidado con este mundo —Suzanne habla con voz monótona, como si estuviera recitando algo grabado en su memoria. —Las personas harán cosas malas solo para conseguir un poco de atención, eso incluye cortar tu cabeza.

Siento todos los ojos brillantes sobre mí.

Sintiéndome como una estúpida, muevo mis manos para mostrar lo que he escondido contra mi pecho todo este tiempo. Saco las fotografías del sobre y las extiendo sobre la mesa para que queden a la vista de todos.

—¡Oh no! —Julie jadea. —No lo hizo.

—¡Carajo! —Suzanne maldice.

—Desconozco la verdad oculta en esas fotografías —confieso. —Pero, si ustedes que conocen mi relación con Christian reaccionaron de esa manera, imagínense a las demás personas que no saben sobre nosotros.

—Y debemos agregar lo que sea que se vaya a escribir al respecto —Angela exhala.

—¿Quién sacó las fotografías? ¿Por qué lo hicieron? ¿De cuando son?

Los siguientes minutos los paso contando lo que Lucas me ha dicho, incluso les muestro el otro paquete de fotografías donde salimos Christian y yo. Suzanne y Julie aun nos miran con la boca muy abierta y con los ojos casi saliéndose de sus cuencas. El señor Grayson no se ha molestado en mirar u opinar.

—Si alguien me va a lastimar, quiero ser yo quien lo haga —mi boca escupe esas palabras con determinación, seguridad y una firmeza que se siente como fuego en mis labios. —Si alguien va lucrar con mi imagen, mi relación y mi vida, esa voy a ser yo.

—¿Cuál es el plan? —Suzanne se inclina, toma entre sus manos las fotografías para examinarlas más de cerca.

—Necesito un favor —digo sin saber cómo más describirlo. —Un favor muy poco ético y legal.

El señor Grayson finalmente se gira y me mira, atento a mis siguientes palabras.

—Quiero ganarle al New York Times —digo. —Quiero publicar un anuncio, un artículo, una maldita primera plana con las fotografías de Christian y mías.

—Y esperas que nosotros lo autoricemos —Suzanne adivina. —¿Solo firmar la autorización y ya?

—Si —la miro con vergüenza. Mis ojos se dirigen a la mesa donde se encuentran las fotografías que se burlan de mí cada que mis ojos reparan en ellas.

—¿Estas consiente que ese no es el proceso que tenemos para una primera plana? —mi jefe gruñe. Claro, ahora tiene que ponerse en el plan del jefe que siempre respeta los protocolos de la empresa.

—Si —acepto.

—¿Y te importa poco? —levanta una ceja.

—Si.

Suzanne ahoga una risa.

—Sé que esto no es propio de mí —me remuevo. —Nunca he usado mi trabajo para mi propio beneficio, pero, no puedo quedarme sentada de brazos cruzados y espera a que vengan por mi cabeza.

El señor Grayson me mira, sus labios se aprietan en una línea firme y apretada.

—¿Cuándo empezamos con eso? —Julie pregunta llamando la atención del resto de nosotros. No estoy segura de donde la ha sado, pero frente a ella hay una tableta electrónica con la pantalla brillante conforme va presionando sus dedos contra la pantalla.

—¿Disculpa? —el señor Grayson se gira a ella. —Yo no he dicho que vamos hacer algo.

—No, no lo ha dicho —acepta mi secretaria. —Pero lo hará.

Nuestro jefe le da una mirada de fastidio.

—¿Cuándo lo van a publicar el NYT? —pregunta regresando su atención a mí.

—Lunes a primera hora —le digo. —Pero, por la diferencia horaria, ellos nos ganan por tres horas.

—Eso es un obstáculo —dice Suzanne. —No importa si preparamos una respuesta o advertencia, no alcanzaríamos a publicarlo antes que ellos.

—Aunque… —Angela murmura con voz pensativa, —puede que por un error, la fecha de la publicación sea incorrecta y en nuestro periódico publique el artículo el domingo.

Nuestros ojos se lanzan al rostro de nuestro jefe buscando su reacción.

—"Error" —sisea. —No estoy seguro de volver a tolerar algo de eso en mi periódico.

—Pero, casualmente, este error lo va a autorizar —Julie dice moviendo sus pestañas y haciendo un puchero con sus labios.

—¿"Casualmente"?

—Sea honesto y confiese que estaba firmando la autorización mientras Isabella nos contaba de las fotos —Julie se pone seria y lo mira desafiante. Nadie se atrevería a contradecirla, ni siquiera nuestro jefe.

—¿Por qué seguimos contratando a personas tan inteligentes? —mi jefe le reclama a su colega. Suzanne ríe.

—Esas fueron tus órdenes, Leonard —le dice ella.

Julie, Angela y yo embozamos una sonrisa.

—Isabella, tienes hasta hoy a las 5pm para redactar ese artículo si quieres que salga el domingo —mi jefe me da una mirada muy seria.

—No se preocupe —suspiro. —Ya tengo el borrador en mi cabeza.

—¿Quieres que yo lo firme? —Suzanne pregunta. —Podemos decir que yo lo publiqué.

—No —digo yo.

—Si —dice mi jefe. Le doy una mirada molesta. —Suzanne lo va a firmar. Quiero que Isabella se mantenga fuera del radar al menos hasta el martes.

—¿Sabe lo que eso significa? —le pregunto. —¡El lunes va a tener a todos pidiéndole una junta urgente! ¡Van a lanzarse al cuello de Suzanne solo por no poner mi nombre!

—Y por eso tú vas a cortarles cabezas antes de que ellos puedan desenvainar su espada —sonríe mi jefe.

¿Qué mierda?

—Vamos a publicar ese artículo antes que el NYT pueda hacer su movimiento —mi jefe explica. —Angela, necesito que te encargues que lo que sea que Isabella escriba, esté en todos lados.

Mi amiga asiente.

—Sé que todos van a exigirme una reunión para hablar sobre el tema, y tú, Isabella, te sentaras en esa silla y vas a esperar a que la bomba explote —la mirada de mi jefe brilla cuando dice esas palabras. —Luego, vas a cortar cabezas antes de que alguien piense en atacar.

—¿Cómo se supone que haré eso?

Mi estómago se revuelve con solo imaginar a todos esos hombres en traje que se creer importantes y más inteligentes que el resto.

—Con esto —me señala una tableta similar a la que tiene Julie en sus manos. Mis manos la toman, mis ojos se pasean por todas las letras que hay en la pantalla intentando reunirlas en frases coherentes.

—Mierda —me estremezco. —¿Esto es legal?

La información en la tableta me resulta terrorífica y se siente incorrecta de saberla.

—No —mi jefe se encoje de hombros restándole importancia al asunto. —Pero eso es algo que ellos no tienen por qué saberlo.

—Con esto, vas a asegurarte de que no tengan ninguna otra opción más que mantener sus millonarias bocas cerradas —mi jefe me sonríe. —Así de sencillo.

—Hágalo usted si es tan fácil —bramo. Un escalofrío me recorre.

El señor Grayson no se molesta en responder o en reprenderme por el tono de mí voz.

—Christian va a estar presente, por cierto —advierte. Me retuerzo en mi propia silla.

—¿Ya hablaste con él? —Suzanne pregunta, se estira para tomar mi mano, le da un pequeño apretón.

—Hablé con él por la mañana —le digo.

—Le envió flores —Julie dice sin levantar la mirada de su tableta.

—¿No mencionó nada del tema? —la mujer me da una mirada consternada. Yo niego. —Quizás está esperando a hablarlo en persona contigo.

—Eso espero —digo. —Eso es lo que más me molesta, que no me lo haya contado.

—Julie, por favor coordina lo necesario para el artículo —nuestro jefe le ordena a mi secretaria. Ella asiente. —Que esté todo listo solo para que Isabella coloque el texto en cuanto baje a su oficina.

—Lo firmaré cuando lo tengas listo —Suzanne me dice.

—No —niego. —Yo lo voy a firmar.

—Quiero tu nombre únicamente en el pie de foto —el señor Grayson gruñe. —Si acaso un par de veces en el artículo, no más.

—No pienso firmar con mi nombre —me quejo. —¿Recuerda el seudónimo que usaba para publicar los artículos cuando en la universidad?

—¿El que todos pensaba que era yo? —Suzanne pregunta.

—Voy a firmar con ese —sentencio.

—Eso es lo más cuerdo que has dicho —mi jefe acepta con una sonrisa. —Julie, lleva las fotos al equipo de ediciones y ve con Karina.

—Ya le envíe un mensaje con las indicaciones —Ang le dice. Nuestro jefe sacude su cabeza.

—Sí, si, ya me voy —se pone de pie. Julie es inteligente y ya está acostumbrada a las palabras sutiles que usamos para despedir a alguien de algún lugar, o cuando usamos palabras en códigos para referirnos a algo en especial.

Los cuatro nos quedamos mirando su espalda mientras sale de la oficina.

—Ahora —Suzanne me da una mirada inquisitiva. —Respecto a lo otro que me pediste…

Doy una mirada nervios a mi amiga. Angela no sabe que el lunes hablé con Suzanne respecto a una pequeña investigación que tengo en mente.

—Que por cierto tampoco es legal —el señor Grayson comenta.

—¿Qué demonios estás haciendo? —Angela gira su rostro con una mueca furiosa. Trago el nudo de mi garganta.

—¿No sabías? —Suzanne pregunta con burla. —Está investigando a Christian.

La rabia de Angela se duplica. Yo me encojo en mi lugar.

—Hablaremos de esto después —le digo a mi amiga.

—Tenlo por seguro —amenaza.

—¿Sirvieron los archivos que te di? —Suzanne me pregunta.

—Solo tengo un par de recortes del periódico, pero no mencionan nada más allá de lo que ya sé.

—No sé de qué otra manera ayudarte —Suzanne se disculpa.

—Sé que el despacho que llevó el caso debe tener más información —pienso en voz alta. —Pero aún no sé cómo acercarme a ellos.

Angela chasquea la lengua. La ignoro.

—¿Es la firma de abogados donde trabaja Carrick? —mi jefe pregunta uniéndose a la conversación.

—Según sé, él también participó en el caso, pero no puedo pedirle la información solo porque sí.

—No te la dará —Angela dice.

—Lo sé —suspiro con pesadez.

—Tengo algunos amigos que trabajan ahí —el sr. Grayson comenta. —Puedo pedirles que investiguen y quizás obtenga una copia del caso.

—Pero, quizás Carrick se dé cuenta —digo nerviosa. —Y se lo contará a Christian.

El ofrecimiento de mi jefe sería de mucha ayuda, pero no me agrada la idea de que alguno de los Grey sospeche de lo que estoy haciendo. No estoy segura de cómo lo tomarán, sé que la infancia de Christian es una vena sensible en ellos.

—Quizás podríamos aprovechar algún viaje en el que Carrick tenga que salir de la ciudad —ofrece mi jefe. —Aunque puede que esa oportunidad tarde en llegar.

—O podemos sacar nosotros a Carrick y a Christian de la ciudad algunos días —Suzanne propone.

Sus palabras atraen la atención de todos nosotros. A mi lado, Angela toma una respiración profunda.

—¿Cuánto tiempo necesitan? —pregunta.

Casi salto encima de ella para abrazarla y besarla. Sus palabras me acaban de confirmar que aunque no está de acuerdo conmigo, me ayudará.

—Sospecho que un fin de semana debería bastar —el señor Grayson tamborilea sus dedos sobre la mesa frente a la que estamos sentados. —No es anormal que un abogado esté en la oficina un domingo.

—Creo que tengo un plan —Angela dice —Al menos para Christian.

La miro con la pregunta en mis ojos. Ella me ignora.

—Aún estoy pensando en Carrick —hace una mueca. —Pero, yo me encargo.

—En cuanto los tengan, háganmelo saber —el señor Grayson nos pide. —Yo hablaré con mis contactos.

Angela y yo asentimos.

—Por cierto —Suzanne nos detiene antes que podamos movernos para salir de la oficina. —Mañana nadie vendrá a trabajar, asegúrense de no dejar nada pendiente.

La conversación muere poco después de eso. Mi amiga y yo salimos tranquilamente de la oficina del jefe tratando de parecer lo más casual posibles.

—Más tarde hablaremos de todo esto —Angela me mira antes de salir por las puertas del elevador que se ha detenido en su piso.

Muerdo mis mejillas para evitar responderle.

En el piso donde se encuentra mi escritorio, las cosas no han cambiado. Julie está trabando en lo que se le pidió y, aunque no me pasa desapercibida la mirada de soslayo que me dá cuando paso frente a su escritorio.

Me dejo caer en mi silla, inclino mi espalda colocando mis codos sobre el escritorio, mi cabeza cae entre mis manos.

En día de hoy ha sido un torbellino de emociones que me han producido cansancio mental. Es como si mi cuerpo se hubiera sometido a una exhaustiva prueba física, excepto que sé que mi cuerpo no es el que duele, al menos no realmente.

Mi teléfono vibra en los bolsillos de mis pantalones de oficina. Una de mis manos se dobla hasta mi trasero, sacando con cierto esfuerzo el aparato que suena y vibra, mi mano lo tira sobre el escritorio antes de volver a sostener mi cabeza. No me esfuerzo en bajar la mirada, sé quién está llamando, sé cuál es el nombre que aparece en el identificador, sé de quién es la foto que brilla en la pantalla. Pero no quiero responder.

No quiero responder porque si lo hago, haré una idiotez. Mis sentimientos, mis pensamientos están muy volubles en este momento.

Pasan algunos minutos antes que el sonido pare.

—¿No vas a responder? —Julie pregunta desde su escritorio. No hago esfuerzo alguno por moverme o decirle alguna palabra.

Un teléfono vuelve a sonar, esta vez es el teléfono en mi escritorio.

—Mierda —sisea.

De nuevo, dejo perder la llamada. Sé que Christian no se detendrá allí, sé lo qué hará a continuación, sé cuál es su próximo movimiento. Mi cabeza se levanta al mismo tiempo que suena el teléfono en el escritorio de Julie.

—Seattle Times ediciones —responde formal. —Señor Grey, ¿en qué puedo ayudarle? —Julie dispara sus ojos en mi dirección. No necesito que lo diga o que lo articule, sé que Christian está preguntando por mí. Yo niego. —Lo lamento, señor Grey, ella está en una reunión y me pidió que no se le molestara.

Christian parece decir algo del otro lado. Julie hace una mueca pero asiente.

—Le diré que llamó —con eso, mi secretaria cuelga la llamada.

Le agradezco en silencio a mi secretaria

—Lo llamaré más tarde —digo en respuesta a una pregunta que no se me ha realizado. —Tengo un artículo que escribir.

Julie no dice nada, se limita a mirarme mientras mi atención se centra en la computadora frente a mí.

El resto del día pasa como un maldito borrón, mis ojos apenas dejan la pantalla de mi computadora y la única vez que me separo de mi escritorio es cuando subo de nuevo a la oficina del señor Grayson a mostrarle el artículo que he escrito, luego se lo muestro a Suzanne y permito que sea ella quien lo entregue al tiempo que da órdenes a diestra y siniestra sobre la edición del domingo en el periódico.

Finalmente, a nada de tiempo para que nuestro turno termine, yo estoy dando vueltas en la silla giratoria frente a mi escritorio y Julie está centrada en un maldito juego de solitario que no puede ganar.

—¿Escucharon? —la voz de mi jefe se escucha a mi lado.

—¡No haga eso! —Julie chilla.

Su cuerpo ha saltado moviendo su silla hacia atrás, la pobre estaba tan concentrada en el archivo en su computadora que no vio cuando el señor Grayson pasó delante de su escritorio. No puedo ocultar la risa de mis labios.

—Haga ruido o algo —se queja mi secretaria.

—Vengo desde el elevador gritando sus nombres —mi jefe le responde.

—Pues grite más fuerte —Julie le dice en el mismo tono.

—Eso fue lo que hice —se ríe el señor Grayson.

—¡Pero no lo haga junto a mí! —lo reprende Julie.

—¿Quién te entiende, mujer? —mi jefe pone los ojos en blanco. Su rostro se centra en mí, de nuevo.

—¿A que debemos la visita? —Julie pregunta. Se cruza de brazos mientras mira triunfante a la partida que finalmente ha ganado.

—Vengo a verificar personalmente que todos se hayan ido ya a sus casas —el señor Grayson habla en tono de jefe. —¿Porque ustedes no se han movido?

—Porque soy una persona responsable que cumple con su horario laborar el que termina en 3 minutos y 16 segundos —es mi turno de responderle.

Escucho la risa proveniente de Angela desde el inicio del pasillo de oficinas que están cerca de la mía, Julie ahoga una risa cubriendo su boca con sus manos. El señor Grayson está frente a mí, con los brazos cruzados, una fingida mueca de molestia, pero con sus labios apenas estirados en una sonrisa. Sus ojos brillan con diversión.

—No sabía que fueras tan responsable —mi jefe comenta divertido. Yo me encojo de hombros.

—Soy una profesional al hacer mi trabajo —sonrió. Mi jefe pone los ojos en blanco.

—¿De verdad harás que Angela te espere por tres minutos? —mi jefe pregunta, esta vez ya no oculta su diversión.

—Por supuesto que no —digo indignada. Mis ojos se van a mi reloj. —Ahora son 2 minutos y 28 segundos.

—¡Isabella! —gruñe desesperado. Yo continúo sonriéndole a mi jefe.

—¿Cuál es la prisa para que me vaya? —junto mis cejas. —También nos prohibió a todos venir mañana.

—Descansar obligatoriamente a todos el día de mañana es porque se hará la reunión con los directivos del NYT y no quiero a nadie husmeando o chismoseando.

—¿Nos está diciendo chismosas? —Julie lo mira. Hay una mano en su pecho como si una daga la hubiese atravesado.

—¿Crees que no me doy cuenta cuando Isabella te envía a llevar hojas en blanco a mi oficina? —responde el jefe. —Sé que gracias a eso se enteran de varias cosas.

—Bueno, tenemos que cambiar de estrategia —mi secretaría dice en mi dirección. Yo aprieto mis labios para evitar reír.

—Ya váyanse —nos dice el jefe. —Cualquiera hubiera salido corriendo temprano solo para irse de fiesta o ir a algún lugar a beber sin control hasta perder el sentido.

—¿Nos lo dice cómo sugerencia? —Angela pregunta. —¿O como anécdota?

—No recuerdo si yo hice eso —dice mi jefe. —Lo único que recuerdo era la resaca del día siguiente.

Ahogamos una risa.

—Fuera —señala con su cabeza hacia el pasillo.

—Bien, ya voy, ya voy —suspiro. Me levanto de la silla, tomo mi bolso y el arreglo floral que Christian me envió, es muy hermoso como para dejarlo aquí, solo.

—¡Adiós Jefe! —las tres nos despedimos.

—Julie —Angela le dice mientras caminamos a la puerta que nos separa de las calles de Seattle. —Bella y yo iremos al centro comercial, ¿te unes?

—¿Tú vas a ir al centro comercial? —pregunta. Me mira con los ojos muy abiertos.

—Si —me encojo de hombros. —¿Te mencioné que ya me gusta ir de compras?

Julie me mira como si de pronto descubriera que soy un extraterrestre y que solo vine a conquistar el planeta.

—¿Te gusta ir de compras? —jadea. Su rostro pronto se transforma en una mueca pícara. —El señor Grey tiene algo que ver con eso ¿cierto?

—Quizás —desvió mi mirada al ramo de flores que sigue en mis brazos.

—¿Por qué le dices "señor Grey"? —Angela empuja a Julie juguetona.

—Porque estamos molestas con él —dice mi secretaria dándome una mirada cómplice. —Y llamarlo idiota se siente poco profesional.

Intento ocultar mi sonrisa, pero no tengo éxito.

—Molestas con Christian —Angela dice con precaución. —Es entendible.

—¡Por supuesto que estoy molesta, Ang! —exploto en un tono demasiado audible. Mis emociones suben por cada poro de mi piel saliendo a flote. —Estoy triste, decepcionada, molesta y avergonzada.

—¿Te molesta el hecho de que se reuniera con su exnovia? —mi amiga me mira con atención. —Nunca pensé que fueras del tipo celosa.

Angela no comprende que con Christian han pasado cosas que con nadie más habían sucedido. No logra comprender la… ¿obsesión?... que tengo por él, por su atención. No sabe cuánto deseo ser el centro de atención de Christian.

No lo sabe porque no se lo he contado.

Maldita sea.

Si le cuento ese detalle lo más probable es que me envíen de nuevo al psiquiátrico y dudo que esta vez me dejen salir.

—No, no estoy molesta por eso.

—Entonces, ¿te molesta que Christian te ocultara que se reunió con su exnovia?

—Quizás le molesta que, —Julie habla intentando hacer su aportación que es probable que me hunda en más miseria, —Christian Grey, su actual y reciente novio, le ocultara el hecho de que, se había reunido con su exnovia y los fotografiaron in fraganti.

—No digas "In Fraganti" —Angela la reprende al notar mi mueca de horror. —Se escucha como si los hubieran atrapado revolcándose sobre la mesa del restaurante.

La bilis sube a mi garganta cuando mi cerebro me muestra la imagen de Christian y Anastasia en una posición muy comprometedora.

—Mejor no me ayuden —me quejo. Ambas me ignoran.

—Aunque claro —Angela continua hablando, esta vez, pensativa, —si me dices que estas molesta por todo lo que hemos dicho y si le sumamos el hecho de que la exnovia sea Anastasia…

—Sería totalmente comprensible que no quieras hablar con él —Julie completa.

—Maldición —me quejo. —¿Por qué tuvo que reunirse con Anastasia? Estaría de lo más normal si hubiera sido cualquier otra persona, cualquier otra mujer.

—¿Lo estarías? —Angela levanta una ceja.

—¡Si! —chillo. —Incluso hubiera tolerado que fuera Elena.

Angela da un respingo. Julie nos lanza una mirada interrogativa. Si fuera otro momento, podría contarle mi encontronazo con Elena, pero hoy no. No tengo los ánimos para seguir lidiando con más mierda.

—¿Saben qué? —Julie salta delante de nosotras. —Hay que olvidarnos de eso por hoy. ¡Vamos de compras y a divertirnos!

—Vamos —le digo a mi amiga. —Vamos al centro comercial a buscarle un regalo a tu madre.

Angela accede empujándonos hasta el auto.

Las tres nos subimos al auto y Angela se encarga de llevar el auto hasta el centro comercial, mientras vamos por las calles de Seattle, nos sumimos en una conversación sobre el último periodo de Julie en la escuela y las fechas en las que comienza su próximo semestre, además de su carga académica que ya ha discutido con el señor Grayson para acomodar su horario laboral. Julie aún no termina la universidad y gracias su beca, ella puede acomodar el tiempo que trabaja en el periódico para tener libre el tiempo que necesita para ir a sus clases. Cuando las clases terminan, entra a tiempo completo al periódico porque le gusta lo que sucede allí.

La entiendo. Yo también estoy enamorada de mi trabajo.

No pasa un maldito día sin que tengamos un poco de drama.

En el centro comercial la conversación cambia; de repente nos vemos envueltas en una calurosa discusión sobre que regalo seria el correcto para la señora Webber. Recorremos el laberinto de pasillos y tiendas observando algunas propuestas de ropa, abrigos, zapatos, bolsos, perfumes y demás cosas que las tiendas pueden ofrecernos. En una de las tiendas, algo llamó mi atención lo suficiente como para hacer que me separara de mis amigas. Fueron dos o tres minutos, y para mi suerte no se dieron cuenta, al menos hasta que las volví a alcanzar con la bolsa en mi mano. El resto del tiempo lo utilizamos para comprar cosas para nosotras mismas.

Estamos de nuevo en el auto cuando mi celular suena, de nuevo.

—Si vas a contestar más te vale que lo pongas en altavoz —Angela gruñe cuando ve el identificador.

—¿Hola? —respondo la llamada. Presiono el icono de altavoz en cuando lo hago.

—Cariño —el suspiro del otro lado de la línea produce una reacción en mí. Cómo si alguien hubiera inyectado dopamina directamente a mi cerebro.

—Christian —sonrío. Es inevitable.

—¿Te gustaron las flores? —pregunta. Observo las flores que descansan en el asiento trasero junto a Julie quien las mira como si fueran radioactivas.

—Son preciosas —le digo con honestidad. —¿Las enviaste por algo en especial?

Hay un silencio en la línea. Angela le da una mirada molesta a mi celular.

—No —Christian responde, su voz está tensa.

—¿Qué tal Nueva York? —pregunto titubeante. —¿Ha sucedido algo en especial?

—No —Christian dice casi en automático. Ahora soy yo quien le da una mirada molesta al aparato en mis manos. —Es aburrido sin que estés aquí conmigo.

—¿Cuándo vuelves? —le pregunto intentando sonar desolada por su ausencia. No tengo que fingir demasiado, si me siento de esa manera.

—Si todo sale bien… —dice pensativo. Algo en mi interior se presiona con esa frase, de nuevo la bilis sube a través de mi garganta.

Hay un movimiento del otro lado de la llamada, como un ligero forcejeo.

—¡El lunes lo tienes de regreso, nena! —la voz de Elliot se escucha, desde algún lugar cerca de Christian. Angela bufa al escucharlo.

—Más te vale estarlo cuidando, Elliot —digo medio en broma, medio enserio.

—¡Te juro que se ha portado como un angelito! —chilla el rubio a través del teléfono. —Ambos nos hemos comportado, nena. ¡Te lo juro!

Angela y yo nos miramos. Es como si Elliot supiera que yo sé algo relacionado a las fotografías de su hermano con su exnovia, suena como si quisiera asegurarme que todo está bien y que no tengo nada de qué preocuparme.

Sus palabras son cómo un bálsamo a la herida.

—Te creo, Elliot —digo. Una exclamación de alivio se escucha y yo casi puedo visualizar la sonrisa de tranquilidad del rubio. —Debo colgar, voy a conducir a casa.

"Mentirosa" Julie articula desde su lugar.

—No me extrañes demasiado —Christian bromea. Elliot no pierde tiempo y comienza a burlarse de su hermano. —Te veré en casa, cariño.

Colgamos la llamada antes de que cualquiera de nosotras diga alguna estupidez.

—Bueno… Mierda —dejo caer mi espalda contra el respaldo del auto.

—Elliot sabe —sesea Angela. —Maldito cabrón.

—¡Vamos al Lounge! —Julie chilla desde el asiento trasero. Ahora soy yo quien da un respingo al escuchar la mención de ese lugar.

—Esa no es una mala idea —Angela dice con interés. Sacudo la cabeza. —¡Oh, vamos! Un trago te caerá bien.

—No lo sé —digo insegura.

—Mañana será otro día —mi amiga insiste. —Mañana estarás más tranquila y podrás lidiar con esta mierda.

Julie secunda la intención de Angela. Entre ambas me dicen mil razones por las cual su plan es buena idea, y yo decido creerles.

—Bien, vamos —me resigno. El auto se convierte en chillidos y gritos de emoción de ambas mujeres. Angela arranca el auto y nos conduce en dirección al Lounge, aunque, rápidamente el buen humor en el interior del auto se disipa cuando el enorme letrero de La Escala aparece a través del cristal.

Una idea cruza mi mente.

—Para el auto —le digo cuando la idea cruza por mi cabeza. Angela me mira alerta, pero hace lo que le digo. —Espérenme aquí, no me tardo.

Desabrocho el cinturón, me inclino hasta alcanzar el asiento trasero, tomo el ramo de flores y me deslizo fuera del auto. Siento las miradas de Angela y Julie pegadas a mi espalda, escucho sus voces llamándome y noto la confusión y la alarma que hay en su voz. Las ignoro, camino tranquila por el lobby del edificio notando que, de nuevo, no hay personas a mí alrededor.

—¡Señorita! —la mujer de seguridad que conocí la primera vez que caminé por aquí, se acerca a mí. En su rostro hay una clara muestra del asombro que siente en este momento, supongo que no esperaba volverme a ver aquí, o al menos bien vestida y sin el rostro demacrado.

—Hola —digo tímida.

—No esperaba verla por aquí, señorita —dice. En su rostro hay una clara muestra del asombro que siente en este momento, supongo que no esperaba volverme a ver aquí, o al menos bien vestida y sin el rostro demacrado.

—Yo… —aclaro mi garganta. —No tuve oportunidad de agradecer lo que hizo por mí la última vez que nos vimos.

—No tiene que agradecerme —la mujer me mira con una sonrisa. —De hecho, el señor Grey ha dado instrucciones para darle acceso a su casa.

—¿Lo hizo? —pregunto extrañada.

—Así es, señorita —aumenta su sonrisa. —Dijo que usted conocía la clave de acceso.

A mi mente viene el momento la noche antes del cumpleaños de Christian, cuando fue a recogerme al trabajo y me trajo aquí. Recuerdo que en el ascensor había un recuadro para digitar un código de acceso y recuerdo cual era ese código. Christian me lo dijo mientras lo digitaba.

—Así es —confirmo lo que la mujer ha dicho.

—¿Subirá? —pregunta. Sus ojos se desvían al ramo de flores en mis manos.

—Si —digo impulsivamente. —Es un secreto, quiero que sea una sorpresa.

—Claro que sí —asiente. Tengo la sensación que ella solo hablará si Christian le pregunta. Además, no tengo razones para ocultarme.

La mujer se hace a un lado para dejar libre el camino. Le doy una sonrisa antes de rodearla y caminar al ascensor que me dejara en la casa de Christian, presiono los botones necesarios para introducir la clave y siento el tirón cuando el cubículo de metal sube hasta el pent-house.

Miro el ramo en mis manos. Un dolor se inserta en mi corazón al saber lo que voy a hacer, pero es la única manera que se me ocurre para hacer que Christian regrese a mí.

Tomo una de las flores, una de color rojo vino en especial, tiro de ella hasta que se desprende del resto del arreglo.

Las puertas de metal se abren, me dejan ver la vista del elegante recibidor de la casa. En el fondo, alcanzo a ver a Gail inclinada, limpiando una de las superficies, en cuanto escucha el sonido de las puertas del elevador, se gira en mi dirección.

—Lo siento Gail —digo.

En segundos, hago mi movimiento. Con rapidez doy un par de pasos hacia el interior de la casa, me inclino a depositar el precioso ramo de peonias sobre el suelo. A un lado, deposito la bolsa con la compra que hice en el centro comercial.

—¿Señora? —Gail jadea. Se levanta e intenta correr hacia mí, pero no me alcanza. —¡Señorita Swan!

En cuanto ella dice esa palabra yo retrocedo los dos pasos, de regreso al ascensor justo cuando las puertas de metal se cierran frente a mí. Mientras voy bajando el enrome edificio, hago una pequeña trenza en mi cabello, a un costado de mi cabeza, para poder sujetar el tallo de la flor que he dejado en mis manos. Termino de colocarlo justo a tiempo cuando llego al recibidor.

—¿Ya se va, señorita? —la mujer de seguridad me mira con los ojos muy abiertos.

—Tengo algo importante que hacer —digo al pasar a su lado, esta vez, en dirección a la calle. —Nos veremos después señora Davis.

Me despido de la mujer que aun me mira perpleja, salgo del edificio y me subo al auto donde me esperan mis amigas ya con el auto encendido.

—Vámonos —digo. Angela hace una maniobra lanzándonos de regreso a las calles.

—Espera, espera ¿qué carajos, Isabella? —mi amiga chilla. —¿Qué demonios fue eso?

—¿Por qué regresaste ese ramo tan bonito? —Julie pregunta como si no diera crédito a lo que vio.

—Me pesó dejarlo, no lo niego.

—¿Y qué mierda esperas obtener con eso? —Angela continua gritando. —¿Qué Gail las vea, le avise a Christian y el venga corriendo a ti?

—Sí —le digo. Angela me mira con los ojos muy abiertos.

—No te lo puedo creer —mi amiga chasquea su lengua. Sus manos aprietan el volante con fuerza.

—Iremos mañana a Forks, ¿cierto? —pregunto. Angela mueve su cabeza afirmativamente. —Y la idea es alejar a Christian de Seattle.

No toma mucho tiempo antes de que mi adorada amiga se dé cuenta de a donde quiero llegar. Observo el rostro de Angela pasar de una mueca de molestia a la sorpresa y a la comprensión, antes de detenerse en malicia.

—Ese… ese es un buen plan —acepta mi amiga. —Aunque, necesitare mucho alcohol para lidiar con esto.

—¿Y que esperamos? —le digo. Comienzo a saltar en mi asiento. —¡Vamos al Lounge!

—¿Ustedes dos se drogan? —Julie asoma su cabeza entre ambos asientos. —No es normal que alguien cuerdo de comporte así.

—Eso es porque no estamos cuerdas, Julie —Angela dice girando el volante. Una risa maquiavélica atraviesa a mi amiga.

—Toma —extiendo mi celular hacia Julie. —Asegúrate de que no toque mi celular hasta que esté en mis cinco sentidos de nuevo.

Ella no responde, solo lo toma y lo lanza al fondo de una de las bolsas de las compras.

—Vas a embriagarte hasta perder la razón —Angela adivina mis intenciones.

—No a ese nivel, pero casi —acepto.

—¿Y tienes miedo de que, con tu celular en la mano, llames a Christian?

—Tengo unas inmensas ganas de volver a llamarlo y gritarle por no habérmelo dicho, eso no lo negaré —le digo a mi amiga en tono resignado. —Pero, ebria y con mi celular en la mano, lo más probable es que llamé a Anastasia y me olvide que es una persona que merece un respeto mínimo.

—Mierda —Angela jadea. —Mi celular está en mi bolso, escóndelo también.

—¿Por qué hay que esconder el tuyo también? —Julie pregunta cuando doblo mi mano para pasárselo.

—Porque si Bella no usa mi celular para llamar a esa mujer, lo haré yo —Angela gruñe. —Traigo unas cuantas cosas pendientes de decirle.

Julie se estremece.

—¡Llegamos! —Angela detiene el auto frente al Lounge. Las tres nos bajamos del auto, el hombre en la puerta toma las llaves y se lleva el auto de Angela mientras nosotras caminamos hasta adentrarnos en un mundo dónde la música, las luces, las personas, el ambiente con aroma a fiesta y alcohol ya se encuentra en todo su esplendor. Los recuerdos de la noche que conocí a Christian se azotan contra mi cuerpo como látigos castigándome.

—¿Vamos arriba? —Angela pregunta.

—¡No! —chillo histéricamente, mi brazo se estira para detenerla. —Arriba no.

Angela no dice nada, al contrario, me da una mirada suspicaz y empuja a Julie hacia una de las mesas que hay en el fondo de la planta baja.

—¿Qué van a tomar? —uno de los meseros se acerca a nosotras.

—¡Mojitos! —chillamos las tres. Después de eso, la noche se convierte en un tornado. Las tres vamos y venimos desde nuestra mesa, hasta la pista de baile y de regreso a la mesa para pedir más shots de tequila y cocteles preparados.

—Mira a quien me encontré —Julie aparece entre la multitud con su mano envuelta en el brazo de alguien.

—Isabella —la voz masculina y familiar me saluda sobre el ruido de la música.

—¿Lucas? —la poca embriaguez que había conseguido a través de la noche, se disipa de golpe.

—¡Iré a decirle a Angela que necesitaremos otra bebida! —Julie se va en dirección a la barra del bar que está al final de la pista de baile, donde mi amiga se perdió hace algunos minutos.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto al hombre frente a mí. Mi garganta, que ya está algo ronca por el alcohol y los gritos, se desgarra un poco más cuando intento hablar lo suficientemente alto como para que Lucas me escuche.

—Me recomendaron este lugar —dice inclinando su cuerpo hacia mí, Sus labios hablan cerca de mi oído.

—¿Si? ¡Oh, vaya! —pongo los ojos en blanco. —¡Qué casualidad!

—¿Verdad? —se burla. —No tiene nada que ver el que Julie haya publicado unas cuantas fotos de ustedes en este lugar.

Mis ojos se disparan en el lugar donde se fue Julie. La veo caminar junto a Angela, evadiendo los cuerpos de las personas que están bailando. Ella parece no darse cuenta de las dagas que mis ojos le lanzan.

—¡Lucas, que sorpresa! —Angela se tropieza. —No sabía que estarías aquí.

—Yo tampoco —digo en automático.

—¿Les molesta? —Lucas pregunta. —Si mi presencia les causa problemas, puedo irme.

Las miradas de ambos se colocan sobre mí. Sé que lo dicen por mi aparente poca estabilidad emocional respecto a Christian y la situación que descubrí hoy. Pero yo no quiero pensar en eso, tampoco en las consecuencias de todas las decisiones que he tomado el día de hoy y que me perseguirán el día de mañana.

—Yo… no… —balbuceo. —No, este bien, si quieres puedes quedarte con nosotras.

Lucas sonríe. Yo me arrepiento al instante de la situación. Mierda. Espero que se comporte. Julie no pierde tiempo y arrastra al pelinegro a la pista de baile.

—¡Isabella! —escucho que alguien más me llama. —¡Angela! ¡Son ustedes!

—¿Esa es Mia? —mi amiga pregunta señalando algún punto entre la multitud.

—Creo que sí —digo estirando mi cuello con recelo. ¿Este día no puede empeorar?

—¡Hola! —la hermosa rubia llega corriendo hasta nosotras, su cuerpo envuelto en un sensual vestido brilloso choca contra ambas antes de que sus brazos nos rodeen.

—Hola, Mia —Angela y yo decimos.

Se separa de nosotras, nota la compañía que tenemos a nuestras espaldas.

—¡Oh! ¿Quiénes son?

—Ella es Julie, una compañera del trabajo —la presento. Julie sonríe y se deja ir a sus brazos dándole un saludo efusivo. —Y el es Lucas, un colega.

—Madame —Lucas aparta a Julie de un empujón. Toma la mano de Mia y deposita un beso en el torso, ella ríe, encantada con la actitud del hombre. —Es un placer conocerla.

—Hola —dice nerviosa.

—Ella es Mia —termino de presentarlos. —Es hermana de Christian.

—¿Mojito? —Julie le extiende el coctel en sus manos. Mía lo acepta y se lo lleva a los labios sin despegar los ojos de Lucas. Él no se queda atrás.

Bueno, al parecer mi día acaba de mejorar.

—¡Me encanta esa canción! ¡Vamos a bailar! —Angela nos empuja a todos. Al parecer no está dispuesta a que los coqueteos de los que recién se conocieron y mis lamentos le arruinen la noche.

De nuevo nos adueñamos de un pedazo de la pista de baile. Saltamos, bailamos, damos vueltas, reímos, gritamos, cantamos, bebemos alcohol. Incluso llega un momento de la noche donde ya no me importa nada, toda la niebla de mi mente se ha ideo y ahora estoy en un estado adormecido, incluso me importa poco que Julie o Mia estén subiendo a las redes sociales un blog de nuestra escapada nocturna.

Una mano cálida rodea mi cintura, el rostro sonriente de Lucas aparece frente a mí, no me importa que me esté tocando, al contrario, permito que me dé vueltas al ritmo de la música mientras yo rio al compás de las risas de nuestras espectadoras.

Me siento feliz.

—¡Es mi turno, Lucas! —Angela le pide. Lucas me da una última vuelta antes de ir a buscar a mi amiga.

—Ven, Isabella —Mia se cuelga en uno de mis costados. Una de sus manos alza su celular sobre nuestras cabezas, grabándonos, pero ambas continuamos riendo y saltando. —¡Eres la mejor cuñada que tengo!

Yo me carcajeo.

—Soy la única cuñada que tienes —grito sobre la música.

—Iré por otra bebida —me anuncia dejando de grabar.

Yo asiento, también ella me da una vuelta y se aleja en dirección a la barra del bar. Mis pies detienen mis movimientos y estoy lista para estirar mi cuello y buscar a mis amigos, pero la persona que tengo enfrente hace que me congele y que mi buen humor se esfume.

—Mierda —me quejo. Debí mantener mi bocata cerrada hace rato. No, maldito destino, no te estaba poniendo a prueba. —No necesito más mierda el día de hoy.

—Isabella —dice mi nombre con resentimiento. Puedo escucharlo aun sobre el ruido que nos rodea.

—¿Te dejaron entrar? ¿No hay un límite de edad o algo así? —me burlo. Ella resopla.

—Si tienes la edad legal y dinero para la membresía del lugar, puedes entrar —es su respuesta. Camina más cerca de mí.

—No sabía que a los ancianos les gustara visitar este tipo de lugares. —digo mordaz. Me giro para ir a otro lado, no quiero hablar con ella.

—¿Christian sabe que estas aquí? —pregunta alcanzándome. Pongo los ojos en blanco.

—No, no lo sabe —escupo. —Pero estoy segura que se lo vas a contar.

—Tienes razón —dice. —Y yo también tenía razón, al parecer.

—¿Disculpa?

—No eres lo que Christian necesita —me dice.

—Vete a la mierda —gruño. Giro mi cuerpo para ir en otra dirección, pero la vieja es rápida. Me alcanza, de nuevo.

—A Christian no le va a gustar la idea de que estés en este lugar —dice como si sufriera, su maldita lástima fingida. —Mucho menos que vayas por ahí, restregándole el culo a otro hombre.

Su cabeza señala a nuestro costado donde se encuentran Lucas, Angela y Julie bailando al compás de la musca. No hay nada malo con su baile, pero sé que todos nosotros vamos a caer en el jodido juego de esta mujer, Elena le contará a Christian que me ha visto aquí, con Lucas, y eso va a poner furioso a Christian.

¿Furioso? ¡Lo va a encabronar!

Mierda.

No me importa.

—¡Ve! Dile lo que tú quieras. No me importa —doy un paso en su dirección. Mi cabeza se mantiene arriba, la frente en alto, mis hombros cuadrados y mi mirada desafiándola. —Te prestaría mi celular para que lo llames ahora mismo, Elena, pero resulta que lo perdí.

—¿Lo perdiste? —dice incrédula.

—No tengo idea de dónde está —me encojo de hombros. —¡Al igual que tu dignidad!

Me doy la vuelta y me pierdo entre la multitud.


Uuuuy, sí, se nos viene un poco de drama... Sabemos que no todo puede ser flores y corazones, ¿verdad?

Me gustaría leer sus teorías y lo que se imaginan que sucederá jijiji Así que, platíquenme ¡cuéntenme!

Espero actualizar pronto, aunque he estado dividida entre esta historia y So Good, sí, si la voy a continuar, pero el trabajo de investigación de los detalles para lo que se viene me ha mantenido ocupada.

Nos leeremos en el siguiente!