Está inspirado inicialmente en la canción "So it goes", de Taylor Swift. Quizás en algunas otras de otros artistas.
Ubicado 5 años después de Luna Nueva, y al día siguiente de que Anastasia deja a Christian.
Debería estar ambientando alrededor del año 2011, pero, honestamente acomodaré el tiempo en la historia para que sea a mi beneficio y es muy probable que coloque cosas o situaciones de hoy en día.
Por cierto, aunque creo que es algo obvio al ser un crossover con 50SoG, de todos modos, lo diré, esto contiene escenas hot y temas relacionados al BDSM. Por favor si vas a leerlo, QUE SEA BAJO TU RESPONSABILIDAD.
Disclaimer, ya se la saben… Twilight y sus personajes pertenecen a Stephanie Meyer. La serie de 50 Shades y sus personajes son de E.L. James. Yo juego con los personajes y los hechos. Si ven algo que sea reconocido, no es mío. Bla, bla.
Isabella POV
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—Maldita sea —escucho el quejido de Angela.
En silencio muevo mi cabeza. Afirmando.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —pregunta. Miro el reloj en mi muñeca.
—Cincuenta minutos —respondo.
—Mierda —dice. De nuevo, asiento.
—Me duele la cabeza —murmuro.
La resaca nos está matando muy lentamente. A ambas nos duele la cabeza, los ojos nos arden, los oídos nos zumban, nuestras gargantas están lastimadas y roncas. Aunque ya nos duchamos, nos cambiamos y nos arreglamos un poco, ambas tenemos un aspecto del asco.
—¿Cómo llegamos a casa ayer? —le pregunto. Mi idea es buscar una conversación que nos resulte amena a ambas y que nos saque de nuestra propia mente. —Ninguno de nosotros estaba en condiciones de conducir un auto.
—Mientras te duchabas, estuve investigando —me dice. —Solo había una persona que ya sospechaba que le tomaríamos la palabra de ir a alcolizarnos..
—El señor Grayson —adivino.
—Su equipo de seguridad estuvo siguiéndonos desde que salimos del periódico —Angela resopla.
—Que amable —digo.
—Sí, algo así —mi amiga asiente. —Ahora, cambiando de tema… ¡¿Por qué carajos estás investigando a Christian?!
—No grites —le suplico. Mi cabeza punza con el volumen de su voz. —Y lo estoy haciendo por curiosidad.
—Eres una mentirosa —acusa. —¿Por qué carajos estás haciendo esto? ¿Es una venganza porque él te investigó?
—No. No es por eso, solo… quiero saber más de él.
—¿Google no es suficiente?
—No, la información de Google es únicamente lo que las personas publican en el internet y estoy segura que eso es algo que los Grey han controlado bien todos estos años —suspiro pesadamente. —Y preguntarle directamente a Christian tampoco es una opción.
—¿Porque no?
—Cuando volví de Nueva York, te conté lo que me dijo de su infancia traumática y también te mencioné que era adoptado. Quiero saber más.
—¿Crees que al adopción de un niño saldría en los periódicos?
—Si se consideraba lo suficientemente relevante en ese momento, es probable que sí —admito. —Pero esa no es la parte relevante que estaba buscando.
—Habla —mi amiga dice entre dientes.
—Encontraron a Christian junto al cuerpo de su madre —le explico. —Sé que Carrick participó en el caso, así que quiero creer que hay una investigación, que hay un archivo policiaco, que hay evidencia y antecedentes.
Angela no me responde, pero por la esquina de mis ojos veo su cuerpo tensarse en el asiento del copiloto.
—¿Estas jodiéndome? —Angela explota finalmente. Se vuelve hacia mí con los ojos muy abiertos. —¿Policía? ¿Periódicos? ¿Muertes?
—Eso es un buen resumen —digo estúpidamente.
—¿Y luego? —por la esquina de mis ojos veo sus manos moverse en el aire expresando su molestia hacia mí, hacia mis acciones. —¿Qué vas a hacer cuando investigue y termines metida en algún tipo de mierda que no puedas controlar?
—Eso no va a pasar —me quejo. —No de nuevo.
—Isabella —suspira mi amiga. Puedo escuchar la molestia y preocupación en su voz.
—Escucha, solo quiero leer esa información y ya —intento convencerla. —No le voy a decir a nadie, no voy hacer nada, el caso se quedará tal y como está.
—Me lleva el carajo contigo, Isabella.
Me encojo. Angela enojada me da miedo.
—¿Y por eso le pediste a Suzanne que te autorizara revisar años y años de ediciones del periódico? —demanda.
—¿Cómo sabes que fue eso lo que le pedí? —jadeo.
—Ayer volví a buscarla para preguntarle —dice orgullosa. —Ahora comprendo la razón por la que te sentarías durante toda la noche en el sofá de tu casa, bebiendo litros y litros de café para mantenerte despierta.
Mis cejas se juntan. ¿Cómo se dio cuenta de que había estado despierta toda la noche?
—¿Por qué demonios no puedes preguntar y ya? —pregunta. —¿Por qué tenemos que hacer todo un maldito plan? ¿Por qué nuestro jefe hará que se "roben" un archivo de un despacho de abogados?
—Carrick participó en el caso —le digo con terquedad. —Si él se entera que he estado obteniendo información…
—Le dirá a Christian, y es probable que él se moleste contigo —completa. No respondo.
—¡Carajo! —mi amiga exhala ruidosamente. —Más te vale que no estés haciendo lo que creo que estás haciendo, Isabella.
—No sé de qué me hablas.
—¡Por eso estás accediendo a venir a Forks! —mi amiga grita. Se necesita un gran esfuerzo de mí para obligar a mi cuerpo a mantenerse quieto y no mostrarle reacción alguna. —¡Charlie!
Mantengo mi vista al frente. Me aseguro de no mostrarle ninguna reacción.
—No puedo creer lo bajo que vas a caer —gruñe. —¿De verdad? Visitarlo después de tanto tiempo solo para pedirle que te ayude?
Muerdo mis labios con fuerza. No le voy a responder.
—Bueno, al menos acabas de confirmar mi teoría —dice. Su estado de ánimo de repente ha mejorado.
—No sé de qué me hablas —repito.
—Christian es la razón por la que vienes a Forks —explica. —Christian es la razón por la que estás cambiando, o aprendiendo de nuevo como vivir.
Es inevitable que una sonrisa se extienda en mi rostro.
—Lo es —acepto orgullosa.
—Al menos si vas a pedirle favores a Charlie, tendrás que explicarle que tienes un nuevo novio —Angela ríe macabramente.
—Mierda —me estremezco. Esa idea no es tan agradable.
—Te ayudaré en lo que pueda —asegura mi amiga. —Te ayudaré con tus planes, con la investigación y con lo que sea. Solo prométeme que tendrás cuidado ¿sí?
No dudo en asentir efusivamente ante su suplica. Puedo prometerle eso.
—¿De verdad tenemos que ir? —pregunto. Mis ojos están fijos en el letrero color verde frente al auto.
—No —mi amiga suspira. —Pero, ya estamos aquí.
—Mierda, mierda, mierda —siseo. —Me lleva el carajo.
Escupo entre dientes todas las maldiciones posibles, mis manos desabrochan el cinturón de seguridad, salgo de mi auto dando un portazo al cerrar la puerta. Escucho que mi amiga sale también del auto.
—¿Qué carajos, Isabella? —escucho su pregunta a mis espaldas. —Así nunca llegaremos.
—¡No puedo creer que estés tan tranquila! —le grito.
Camino hasta el frente del auto, mis zapatos pateando con furia el suelo. Llego hasta el letrero, me doy la vuelta, recuesto mi espalda sobre el material y permito que mi cuerpo se deslice hasta que mi trasero toca la fría y húmeda hierba que se encuentra en la base del letrero.
—No lo estoy —me responde. La histeria rompe su voz. —Aun no estoy malditamente lista para hacer esto.
—¡Dijimos que podríamos con esto! —lloriqueo.
Mis manos suben hasta mi rostro, arranco las gafas de sol de mi rostro y obligo a mis ojos a observar la carretera en el sentido que puede llevarme de regreso a Seattle. Angela va y viene a un costado de mí, soltando maldiciones, gritos y casi arrancándose la piel a tirones. Finalmente, se deja caer mi lado en la hierba, imitando mi posición.
—Pues no. Al parecer no podemos.
—Perdí la cuenta de cuantas veces estuve a nada de girar el maldito volante y volver —le digo. El silencio nos rodea, la tranquilidad de la falta de transito por esta carretera nos permite sumirnos en nuestra propia mierda de pensamientos entre ellos la pregunta: ¿Porque carajos estoy aquí?
—La última vez me tomó varias horas poder llegar aquí —confiesa en voz baja, como si le avergonzara hacerlo. —No pude ir más allá.
Giro mi cuello lo más que puedo, mi cabeza se levanta para ver el estúpido letrero de color verde con letras blancas detrás de mí. El maldito sigue tal y como mi mente lo recuerda. Es como si el tiempo se hubiera detenido. O como si simplemente se hubiera olvidado de pasar por este lugar.
—¿No pueden cambiar el color del maldito letrero, o algo? —me quejo. —Es idéntico a la última vez que lo vi.
—Es aterrador, ¿verdad? —se burla mi amiga.
—Me siento como la protagonista de una película de terror. Esa que sabe que, si va a cierto lugar, solo le espera algo aterrador.
—Pero, la muy idiota aun así va —ríe sin ganas Angela. —Directo una muerte casi segura.
—No sería la primera vez —escupo.
—Por favor, esta vez no hagas nada estúpido para morir —dice mi amiga, o suplica. —Ni si quiera consideres hacerlo.
Esas palabras me hacen sentir culpable.
—Lo lamento, Ang —mi voz se rompe. Ni toda mi vida será suficiente para mostrarle lo arrepentida que estoy por todo los malos ratos que yo le he hecho pasar.
—Yo no —su cabeza cae en mi hombro. —Además, no podemos cambiar el pasado.
Suelto un gruñido.
—Debemos movernos —Angela hace un enorme esfuerzo por decir esas palabras.
—Si, debemos movernos —acepto. Ninguna es capaz de moverse.
No sé durante cuánto tiempo nos quedamos en esa posición lidiando con la avalancha de emociones que nos mantiene aquí, sin poder ir a nuestro destino o regresar a nuestra casa.
—Si no llegamos antes de que esa maldita fiesta comience, mis hermanos vendrán por nosotras en la patrulla de Charlie.
—En ese caso, ¿lista para ir al infierno? —pregunto intentando sonar divertida y animada. Fallo muy miserablemente.
Angela se atraganta.
—No realmente —me dice, su cuerpo se estremece.
—Todo va a estar bien —aseguro.
—¿Me lo dices a mí? —junta sus cejas. —¿O a ti misma?
—No lo sé —confieso. —Podemos hacer esto.
Mis manos encienden mi auto. Ambas hemos estado sentadas aquí durante cuarenta minutos, sintiéndonos incapaces de irnos o de volver arriba a nuestra casa.
—Si, podemos hacer esto —Angela asiente. La veo tomar una respiración profunda. —¡Vamos! Vámonos antes de que me arrepienta de esto.
Ambas nos ponemos de pie, sacudimos nuestras ropas de la tierra y la humedad que se ha pegado a las telas y nos subimos a mi auto.
—¿A dónde iremos primero? —pregunto arrancando el motor de mi auto para adentrarnos a nuestra peor pesadilla: Forks.
—¿Qué te parece con Charlie? —dice con cautela. En sus ojos brilla la vergüenza por ofrecerme esa opción. —Su casa queda primero.
Asiento. La idea no es muy atractiva, creí que podría tener un poco más de tiempo para pensar en lo que le diría a Charlie, pero, mi amiga tiene razón, llegar primero a su casa es lo más conveniente, sobre todo si alguien más del pueblo me ve y corre a contárselo.
—¿Qué le dirás a Charlie sobre Christian? —pregunta intentando distraerme.
—La verdad, supongo.
—¿Qué folla como un maldito dios? —pregunta juguetona.
—No —rio. —Puedo decir que es mí…, ¿novio? ¿Pareja?
—¿Pretendiente? ¿Galán? ¿Compañero de vida? —habla con tranquilidad mientras me ofrece más opciones. —¿Media naranja? ¿Amor de tu vida? ¿Prometido? ¿Esposo a ser? ¿Conyugue? ¿Marido?
—¿Tengo que ponerle un título? —levanto una ceja.
—Eso es lo que se esperaría, sí —me responde.
—Podrías intentar decir que es "Christian" y ya, que cada quien le llame como quiera.
—Por cierto, hablando del rey de roma —Angela señala el tablero de mi auto, el nombre de Christian brilla en la pantalla. —Apuesto a que ya ha se ha enterado de nuestra escapada de anoche.
—Carajo —suspiro.
Mis manos se mueven para presionar el botón y responder la llamada.
—Hola, Christian —digo sonando lo más casual e inocente que puedo.
—Isabella —su rugido es mi respuesta.
Mierda, no está para nada feliz.
—Estas en problemas —Angela dice tan bajo, que parece que solo lo modula con sus labios.
—¿Te divertiste anoche? —Christian pregunta. Su tono es tan filoso como el de un cuchillo recién afilado.
—Sí, lo hice —admito. Angela abre los ojos al máximo, aprieta sus labios para no reírse.
—¿Sabes las putas ganas que tengo de doblarte en mis rodillas y azotarte, Isabella? —pregunta con voz grabe.
Alguien del lado de Christian, en el fondo de la llamada, se ahoga. Angela no reacciona diferente, su rostro se gira hacia su ventanilla, sus manos sus manos cubriendo su boca para ahogar los sonidos de su reacción.
—Sí, puedo darme una idea —digo ahogándome yo también.
—No juegues conmigo —advierte subiendo el tono de su voz. Eso solo hace que mi jaqueca aumente. De nuevo mi cerebro parece punzar dentro de mi cráneo.
—¿Puedes no gritar? —le pido. —Me duele muchísimo la cabeza.
Casi puedo jurar que escuché los huesos de su cuello crujir. ´
—¿Te la pasaste tan bien como hiciste conmigo? —exige. Sus palabras con un significado oculto.
Ni Angela, ni yo podemos esconder el chillido de sorpresa que sale de nuestra garganta. Creo que la persona junto a Christian tampoco pudo contenerlo.
—Christian —frunzo el ceño. —Salí con mis amigas a divertirnos, solo eso. Si Lucas llegó allí, fue por casualidad, no porque haya sido invitado.
La línea se queda en silencio y me doy demasiado tarde cuenta de mi error.
—Yo nunca mencioné a ninguna persona —sisea Christian. Puedo escuchar la mecha de su molestia quemarse a mayor velocidad, como una bomba a nada de estallar.
—Mierda —digo en voz baja. Angela sacude la cabeza con resignación, dolor y pena, como si estuviera en un funeral de un ser querido. Estoy segura que está a nada de comenzar a orar por mi alma.
—¿Qué carajos hacia ese imbécil allí? —ladra las palabras con dificultad, como su le costara decirlas por el inmenso coraje que está sintiendo. Su voz se ha vuelto más oscura, más peligrosa, más amenazante.
—En el Lounge, no lo sé, solamente apareció —digo con honestidad. —Sabía que estaba en la ciudad porque más temprano pasó a mi oficina y…
Angela pellizca mi brazo para que guarde silencio, pero es tarde. De nuevo.
—¡¿Y puedes explicarme que putas hacia ese cabrón allí?! —salto por su arranque.
Mi cuerpo actúa bajo los instintos casi nulos de supervivencia que hay en mí interior, mis manos giran el volante, llevando el auto a un espacio a un costado de la carretera para detenernos y poder lidiar con esto. Tengo que tomar un par de respiraciones para que mi voz sea capaz de salir.
—Sí, Christian. Si puedo —es mi turno de gruñir. —Pero, resulta que esto quiero hablarlo en persona contigo cuando nos veamos.
Yo también tengo mis razones para estar encabronada.
—Estoy subiendo al puto avión Isabella. —Te veré en tu casa.
—No —digo simplemente. Christian suelta una risa irónica.
—¿Disculpa?
—No me veras esta noche. Resulta que no estaré en casa, no estaré en Seattle ni hoy ni mañana —digo. —Voy conduciendo, Angela va a mi lado y estoy entrando a Forks.
—¡Taylor!—el grito de Christian se escucha lejos de la bocina. Ahora sabemos quién era la persona que estaba escuchando la conversación de ese lado de la línea. —Quiero el puto auto listo en cuanto aterricemos.
Angela y yo nos miramos, nuestros labios se estiran en una sonrisa triunfante. Christian continúa lejos del teléfono, ladrando órdenes a diestra y siniestra.
—Debo colgar, Christian —le digo. No puedo ocultar mi diversión y excitación a la idea de tener a un Christian Grey encabronado delante de mí. —Te veré cuando vuelva a casa.
—No. Te veré esta noche —sentencia y corta la llamada.
El auto se queda en silencio.
—Mierda —Angela finalmente habla. —Este viaje será interesante.
—Ahora solo nos falta atraer a Carrick —digo. Angela no puede contenerse, se ríe y aplaude.
—De eso me encargo yo —me dice. —Tengo una idea.
Asiento en silencio.
Siento de nuevo el nudo en mi garganta. Estoy resignada a enfrentarme a una situación que yo misma he buscado y pero, la idea sigue produciendo estragos en mi poca estabilidad mental. Muevo el auto en dirección a mi antigua casa, pongo todo mi esfuerzo en mantenerme en calma, pero, mis manos están apretadas con fuerza alrededor del volante, mis brazos tiemblan y Angela tiene su mirada preocupada sobre mí.
Es inevitable sentirme nerviosa. Han pasado casi cinco años desde la última vez que estuve aquí y han pasado dos años desde la última vez que vi a Charlie.
—¿Lista? —Angela pregunta en voz baja. Detengo el auto justo enfrente de la casa.
—No —es mi respuesta. Hago una mueca, pero me obligo a abrir la puerta y a bajar del auto.
Mis ojos analizan la fachada de la casa mientras rodeo el auto hasta llegar al inicio del camino que llega hasta el pórtico. Se nota que han retocado la pintura, se nota que alguien se ocupa de la limpieza de dentro y de afuera de la casa, pero, aun así, nada ha cambiado. Es la misma casa que dejé atrás hace años.
Angela se ha colocado a mi lado, una de sus manos está sujeta con fuerza a mi brazo, como dándome su apoyo. ¿O está sosteniéndome? Quizás los temblores de mi cuerpo son demasiado evidentes y teme que me dé un infarto a medio jardín. Eso suena como algo probable, sobre todo ahora que mi respiración agitada se ha vuelto errática y mi vista ha comenzado a ser borrosa de la nada.
—Vamos —Ang dice.
Da un paso en dirección a la casa obligándome a hacer lo mismo. Muevo mis piernas, una delante de otra, un paso a la vez, hasta ser consciente de que estoy subiendo los escalones del poche que son lo único que me separa de la puerta.
Mi mano se estira, con mi dedo presiono el timbre. El sonido hace eco en el silencio que rodea la situación.
Carajo.
Quiero vomitar, quiero salir corriendo. En ese orden.
Me congelo de nuevo cuando se escucha movimiento detrás de la puerta, al interior de la casa, el sonido de algunos pasos y el sonido de algunas llaves seguido de la cerradura girando.
—Hola, Sue —le sonrío a la mujer que abre la puerta.
Charlie y Sue han vivido juntos los últimos tres años. Después de la muerte de Harry, ninguno de los dos la pasó bien, fue cuando yo decidí mudarme dejando a mi padre solo, los hijos de Sue también se vieron obligados a cambiar su vida haciendo que su madre se sintiera sola. Pasó algún tiempo antes de que hicieran oficial su relación y realmente a nadie le sorprendió, todos lo sabíamos y lo esperábamos así que nos alegramos por ellos. Yo fui la persona que estuve peculiarmente encantada y agradecida con la noticia de que Charlie por fin tendría calor y compañía, y si soy honesta, no imagino a una mejor persona que Sue para acompañarlo por lo que le queda de vida.
Sue me mira con los ojos muy abiertos, su cuerpo se ha congelado en el marco de la puerta, incluso, una de sus manos aun sostienen la puerta para mantenerla abierta. En su rostro, su mandíbula esta caída, sus ojos negros muy abiertos, sus cejas juntas frunciendo su frente, su expresión está llena de confusión, desconcierto y perplejidad.
—¿Bella? —logra jadear mi nombre.
—Sí, Sue —doy un paso más cerca de ella. —Soy yo.
La mujer me mira de arriba abajo, supongo que intenta registrar lo que está sucediendo. Yo espero a que se convenza de mi presencia. Trago mis nervios y mi miedo ocultándolo en el fondo de mí ser mientras aguardo a que Sue esté segura que no está imaginándome, que no soy una ilusión.
—¿Bella? — jadea un poco más fuerte. Asiento. —¡Bella!
Su shock inicial se rompe. La mujer chilla y grita con emoción, su cuerpo se estrella contra el mío tomándome entre sus brazos con mucha fuerza. Mi nerviosismo se disipa, sonrió y permito que me abrace todo el tiempo que quiera.
Escucho la risa de Angela a mis espaldas.
—¿Acaso me extrañaste, Sue? —pregunto divertida, pero con voz ahogada ya que mi cuerpo está siendo obligado a saltar junto con el suyo.
—¡Bella! ¡Oh, Bella! —sigue emocionada. —¡No puedo creerlo!
Suelto una suave risa.
—Sí, Sue —acepto. —Soy yo, Bella.
Es inevitable que mi familia me siga llamando de ese modo, sin importar cuanto luche por deshacerme de maldito apodo, sé que ellos no dejarán de llamarme así. Y aunque me era doloroso al inicio escuchar que me llamaran de ese modo, hoy es una prueba de que lo que pasó fue real, es una prueba de que he hecho otra vida y de que siempre habrá dos versiones de mí.
—¡No puedo creerlo! —finalmente me arrastra al interior de la casa. Soy consciente de que mi amiga nos sigue, cerrando la puerta a sus espaldas.
—Créelo Sue —sonrió. —Estoy aquí.
—¡Charlie! —grita separándose de mí. —¡Charlie, ven! ¡Charlie!
—Hola, Sue —Angela llama la atención de la mujer que aun rebota entre mis brazos.
Sue corre a abrazar a mi amiga. Angela ríe por el entusiasmo de la mujer.
—¡Angela! —mi amiga le regresa el abrazo. —Tú también estás aquí.
—Así es —Ang acepta. —Aquí estoy.
—¡Charlie! —Sue continúa insistiendo. Nos toma por la espalda y nos empuja para acercarnos a la escalera.
—¿Por qué gritas, mujer? —Charlie habla en lo alto de la escalera. Mi cuerpo se tensa al escuchar la voz de mi padre, suena muy cerca. —No me digas que alguien se ha metido a robarnos.
Sue pone los ojos en blanco. Angela y yo ahogamos una risa.
—¡Ven acá! —Sue insiste dando pequeños saltos de nuevo.
Las pisadas se escuchan resonando con fuerza en mis oídos, cada escalón que baja hace que mi corazón se detenga. Tarda un poco en aparecer en mi campo de visión, Charlie lleva un periódico en sus manos, su rostro permanece inmerso dentro de las noticias del día de hoy. Con calma termina de bajar la escalera y avanza inconscientemente hacia Sue.
—¿Que está pasando, mujer?
Sue no responde. Charlie frunce el ceño extrañado por su silencio, pero no hace ningún esfuerzo por levantar su mirada.
—Hola, papá —habló para que me mire.
Su cuerpo se congela, cualquier movimiento natural de su cuerpo se detiene de golpe, incluso estoy segura de que ha dejado de respirar. Con precaución, levanta su cabeza y sus ojos recorren el lugar hasta detenerse sobre mí.
Joder, se ve pálido y a nada de desmayarse.
Angela y Sue también lo notan, silenciosamente se mueven hasta quedar a sus costados, listas para sostenerlo en caso de que algo pase.
—¿Bella? —pregunta en voz baja. Muevo mi cabeza afirmativamente sin despegar mis ojos de él. —¿Hija?
—Hasta donde sé, no tienes otra —me rio entre dientes.
Charlie no habla, no se mueve, no hace nada más que mirarme de arriba a abajo. Sé que esto tardará algunos segundos en producir alguna reacción de él y estoy dispuesta esperar pacientemente a que diga algo más. Charlie se limita a seguir mirándome como si fuera un fantasma que se ha aparecido en su puerta.
Sí, eso soy. Esa es una buena manera de describirme.
—¿Charlie? —Sue pregunta.
—¿Es ella? ¿De verdad es ella? —Charlie pregunta.
—Soy yo, papá —le aseguro. No parece que mis palabras lo convenzan.
—¿Conoces a alguien más que luzca como tu hija? —Sue se burla. Sospecho que busca aligerar la tensión. —Charlie, la mujer que tienes frente a ti, es tu hija, Bella.
—Mi hija lleva 5 malditos años sin pisar esta casa —dice. Sus palabras me estremecen. —¿Por qué lo haría ahora?
Mi corazón late desbocado en mi pecho. Puedo responder a eso, tengo la maldita respuesta a eso, pero no puedo decírsela. No aun.
—Esta mujer luce como mi hija, pero ¿lo es? —Charlie me mira, sus cejas se juntan y su voz se rompe. —¿O solamente es la maldita parca que va a torturarme antes de llevarme?
Su pregunta me disloca. Sabía que lastimé a Charlie con todas mis decisiones del pasado, lo sabía, todos me lo dijeron, incluso él. Pero ahora, verlo con mis propios ojos, ver cuánto ha sufrido por mi pasado, por mi ausencia y mi terquedad a enfrentarme a mi propio dolor, me está matando.
Quiero gritar, llorar, golpearme, desgarrarme en mil pedazos.
—Soy yo, papá —le aseguro. Él sacude la cabeza.
Angela y Sue estaban preparadas para sostener a Charlie, pero nadie estaba preparado para sostenerme a mí. Así que cuando mis rodillas ya no pueden continuar sosteniéndome de pie, cuando el peso en mis hombros se vuelve demasiado y me arroja de rodillas al suelo, nadie me sostiene, nadie evita que me caiga. Nadie evita que el dolor de mi padre sea el que me arroja al suelo.
—Papá —sollozo. —Lo siento. Lo siento mucho.
Mi llanto aumenta, las lágrimas, los sollozos, los jadeos de mi pecho son demasiado como para seguirlos soportando. Mi boca balbucea más disculpas que estoy segura que nadie comprende, mi cuerpo se sacude en espasmos causados por los sollozos.
Tarda en suceder, pero sucede. Un par de brazos finalmente me sostienen, un par de amplios brazos rodean mi cuerpo sosteniéndome mientras yo termino de romperme en pedazos.
—Bella, hija —Charlie murmura contra mi cabello.
—Lo siento —repito una y otra vez.
Recuesto mi cabeza en el espacio que hay debajo de su barbilla, en su pecho vibrante por sus propios sentimientos. Está llorando, puedo sentir sus hombros sacudiéndose, su respiración errática y sus lágrimas contra mi cabello, pero eso solo hace que Charlie me apriete con más fuerza y yo me permito ser esa niña pequeña en los brazos de su padre. Me permito volver a ser la Bella que él conoció una vez.
No quiero que me suelte.
—No puedo creer que estés aquí —murmura contra mi cabello con voz ahogada.
—Yo tampoco puedo creerlo —le digo. —Pero aquí estoy.
Mis palabras parecen reconfortarlo.
—No vuelvas a desaparecerte así —me pide. —No me hagas preguntarme cada maldito día si mi hija aún sigue viva.
—Lo siento. No sabes cuánto lo lamento —digo de nuevo. Más lágrimas se deslizan por mis mejillas.
—Yo también lo lamento —sus brazos me sujetan con más fuerza. Ambos nos aseguramos de mantenernos tanto tiempo como nuestros cuerpos soportan la incómoda posición.
—Charlie —la voz de Sue se algo alejada de nosotros. Ambos nos damos cuenta que estamos a solas en el suelo al pie de la escalera. —¿Por qué no se levantan? Tus rodillas te dolerán y Bella debe tener hambre.
—Estoy hambrienta —acepto.
Mi padre tarda en procesar mis palabras, no logra esconder su mueca de asombro, pero sigue mis movimientos. Ambos nos ponemos de pie y caminamos hacia el comedor, Charlie se asegura de rodear mis hombros con sus brazos, como si al soltarme fuera a desaparecer.
—¡Vayan al comedor! —Sue nos indica. —El almuerzo está listo.
—Hola Charlie —Angela sonríe cuando entramos al comedor. —Es bueno verte.
—Angela —salta, sorprendido por su presencia. —Discúlpame, no te había visto.
—Lo noté —dice ella, en calma. —No te preocupes.
—Tú también viniste —Charlie señala lo obvio.
—Yo vine. Bella solo está aquí para acompañarme —Angela ríe. Le saco la lengua en respuesta.
—Fue una decisión impulsiva —comento. —Angela mencionó que vendría y yo... no tuve mucha elección.
—Oye, yo no te obligué a venir —mi amiga se defiende.
—No, no me obligaste, solo me acorralaste en la oficina y me aplicaste psicología inversa para que accediera —respondo, cruzo mis brazos sobre mi pecho.
—Buena esa —Charlie la felicita. Ang le guiña un ojo. —¿P-por cuánto tiempo se van a quedar?
—Solamente el fin de semana —Angela dice forzando una mueca feliz. —Tres maravillosos días.
Que emoción.
Muy dentro de mí estoy saltando de felicidad, dentro, muy dentro.
—Gracias por la comida Sue —murmuro ofreciéndole una leve sonrisa.
—¿Qué tal va el trabajo? —Sue pregunta mientras acomoda los platos con comida frente a nosotros.
—Ha estado un poco tedioso —digo honesta.
Ella me sonríe y nos indica que podemos comenzar a comer. Nosotras obedecemos al instante casi lanzándonos sobre el plato frente a nosotras. Desde el primer bocado Angela y yo casi nos soltamos llorando, siempre era bueno comer comida casera, aunque ambas cocinamos, la mayoría de las veces el trabajo nos absorbe. ¿Nuestra salvación? Pedir comida a domicilio que usualmente no sabe tan buena.
Además que, la resaca que aun acosa nuestros cuerpos, estaba consumiendo las ultimas calorías que había en mi cuerpo. Y estoy segura que el café que tomamos más temprano, solo nos abrió más el apetito.
—Escuché que querían vender el periódico —Charlie levanta una ceja también comenzando a comer.
—Desmantelarlo, más bien —Angela se queja. —Pero ahora solo van a fusionarlo con el New York times.
—¡Eso es buena noticia! —Sue nos mira emocionada. —¿Verdad?
—Si algo así —suspiro. —Van a reestructurar la organización, pero aún no sabemos si van a querer mandar a corresponsales de ellos o seguiremos trabajando nosotros.
—No creo que tu jefe permita que otros metan sus narices en los asuntos del periódico de Seattle —Charlie comenta.
—Nosotros también creemos eso —Angela asiente.
—¿Ustedes cómo han estado? —Sue nos mira. Sus sensores maternos se han activado. —¿Duermen bien? ¿Comen bien? ¿Están bien?
Angela y yo nos miramos de reojo. Ambas sabemos las razones ocultas de sus preguntas, quiere saber si yo he hecho todo eso, si yo me he cuidado.
—Estamos tan fuertes como un caballo —digo usando sus palabras que siempre dice Charlie cuando lo regañan por comer tanta carne y beber cerveza a diario.
Dos pares de ojos se colocan sobre mí, gritando silenciosamente por la incredulidad que sienten en mis palabras. Angela me mira burlona y yo finjo que sigo en calma.
—¿Sí? —ella pregunta distraídamente. Da un sorbo a su vaso de jugo.
—Hacemos un esfuerzo por comer bien —Angela mira avergonzada a nuestros acompañantes. —Pero, no siempre tenemos el tiempo para comer con tranquilidad.
—Usualmente Julie es nuestra salvación —comento recordando todas las veces que anunciaba que ya había pedido comida.
—Aunque, ahora que Chri… —mi amiga se corta en el medio de la frase. Yo la miro, alarmada. —Últimamente nos están llevando comida casi a diario.
—Al menos se mantienen alimentadas —Sue nos sonríe con empatía. Ambas asentimos. —¿Tienen mucho trabajo?
—Bastante —ambas decimos al unísono.
—Despidieron a nuestros jefes directos —Angela suspira. —Ambas tenemos el doble de trabajo y a veces se nos pasa el tiempo. Bella suele llevarse trabajo a casa para poder cubrir todo.
—Aun no puedes dormir ¿verdad? —Charlie pregunta de la nada. No tiene que decir ningún nombre, sé a quién se refiere.
—Lo estoy intentando —respondo sin levantar mi vista del plato.
—Bella… —comienza a hablar, sé que me va a regañar.
—Llevo más de un mes que no he tomado ninguna píldora para que me ayude a dormir —lo interrumpo. Mis palabras lo sorprenden. —Aún me cuesta hacerlo, eso no lo voy a negar, pero estoy intentando dormir sin medicamento, papá.
Angela me mira, hay una sonrisa en sus labios, ella sabe la razón detrás de mí cambio. Charlie y Sue se quedan en silencio, mirándome, analizándome.
—Pues, ¡Eso es maravilloso, Bella! —Sue aplaude emocionada.
—¿A qué se debe el cambio? —Charlie pregunta con los ojos entrecerrados.
—¡Charlie! —Sue lo reprende.
Miro a mi padre, su postura esta tensa, los cubiertos en sus manos están fuertemente apretados. Comprendo su reacción, de verdad lo hago, pero aun así me molesta.
—Sabes lo que pasó la última vez que mejoró así de la nada —me acusa. Sue me mira, avergonzada. Angela se remueve en su silla.
Un profundo suspiro sale de mí. Por supuesto que todos los presentes recordamos eso que sucedió.
—Esta vez no —aseguro. —Esta vez es diferente.
—¿Diferente?
—Te juro que esta vez no tengo planes de suicidarme, papá.
Charlie da un respingo por la palabra, Angela y Sue bajan la mirada para evitarme ver las emociones en sus ojos. Sé que no les gusta recordar eso, a mí tampoco, pero no hay otra manera de decirlo.
Suicidio, eso fue lo que intenté hacer.
La última vez que "mejore" Charlie me había dado un ultimátum. Podía dejar de lado mi estado zombi y rehacer mi vida, o podía preparar las maletas para irme con Renée. Yo no quería irme, no podía perder lo único que me recordaba a él. Forks. Así que engañé a todos. Salí de nuevo con mis amigos, mejoré en la escuela, volvía a tener conversaciones con Charlie, les hice creer que estaba mejorando, pero, en realidad yo seguía destrozada, el dolor seguía siendo demasiado.
Un día decidí que era demasiado. Aproveché que Charlie estaba en el trabajo, y me dispuse a terminar yo sola con el dolor.
—Te tenía aquí, Bella, junto a mí y casi te pierdo —Charlie me mira, atormentado. —Ahora estás allá, en otra ciudad y yo no estoy allí.
Por fin Charlie me permite ver cuánto pánico le da tenerme tan cerca de él, pero a la vez tan lejos como para alcanzarme si algo mala sucede.
—Papá, no esta vez, te lo juro —le digo. Mi voz es una súplica para que me crea. —No pasará nada.
—Solo estamos preocupados, Bella —Sue extiende su mano, toma la mía dando un suave pero reconfortante apretón.
—Yo la cuido —Angela dice cálidamente. —Ambas nos cuidamos.
Sue sonríe, Charlie no.
—¿Y los demás? —cambio de tema. —¿Cómo han estado?
—Jacob y Seth han pasado toda la semana en la Push —Sue responde, —les encanta pasar tiempo en la casa de Leah y Joshua.
Asiento.
—¿Isaac está con mis padres? —Angela pregunta, extrañada.
—Es probable —asiente Sue. —Tuvo una fiesta ayer, y ya sabes cómo es tu hermano, lo más probable es que aun siga dormido.
Isaac y Joshua son los hermanos menores de Angela. Cuando Sue se casó con mi padre, Seth y Leah se inscribieron en el instituto del pueblo, los gemelos y Seth se hicieron inseparables desde que se conocieron. De ahí, los Webber comenzaron a unirse a esta enrome familia disfuncional.
—Lidiar con la resaca no es lo suyo —Angela se ríe.
—Lo de ustedes tampoco —Sue se burla. —El maquillaje no logra esconder toda la evidencia.
Angela y yo hacemos una mueca. Debimos suponer que se notaría.
—Mojitos, bloody Mary y varios shots de tequila no son muy buena combinación —le digo a Sue. Ella se ríe.
—Pero, solo fue uno de cada uno —Angela dice con diversión, aunque, sus ojos nerviosos se desvían hacia Charlie.
—Si claro —Sue continua bromeando. —Uno de cada coctel disponible en la barra.
Las tres nos reímos.
—Bella —Sue cambia la conversación. —¿Has hablado con Renée?
—Sí, hablé con ella la semana pasada —le digo. Sue asiente y ambas sabemos que ese es un tema en el cual Charlie no va a intervenir durante lo que resta del desayuno. —¿Por qué?
—Curiosidad —dice la mujer antes de enfocarse en su plato de comida. Decido no preguntar más.
Cuando terminamos, Angela y yo nos ponemos de pie y en silencio comenzamos a recoger la mesa bajo el pretexto de agradecer el desayuno asegurándonos de dejar todo limpio y de lavar los platos que se habían ensuciado. Charlie y Sue nos miran, pero finalmente se excusan a la sala para darnos espacio. Y tener una conversación sobre mí.
—Pensé que le dirías a Charlie —Angela dice secando el ultimo plato. Lo dice lo más bajo y casual que puede para no levantar sospecha de los adultos en la sala de estar.
—Aun no —respondo. —Aun no confía en mi presencia.
—Solo está sorprendido y confundido —lo defiende.
—Lo sé —exhalo con fuerza.
Seco mis manos y me giro buscando el muro que divide la cocina, Angela se acerca a mi lado, ambas escuchando la conversación a escondidas.
—¿Y qué supone que haga? —Charlie gruñe.
—Fingir —Sue le dice. —Finge que lo que sucedió hace años, no pasó.
—No puedo hacer eso —Charlie dice.
—Sí puedes y lo harás —Sue le da un golpe. —No digas nada que pueda volver a herirla.
—¿La viste? Se ve tan diferente a la última vez que la vimos.
—Charlie, eso fue hace dos años —Sue murmura. —Dijo que ahora es diferente, quizás ya lo superó.
—Lo dudo —gruñe él.
—Quizás está en terapia y esta visita es parte de ese proceso —le ofrece la mujer. —Tenemos que ayudarle.
Me desconecto de su conversación.
—Esto será difícil —le digo a mi amiga. Ella no me responde, solamente coloca una mano en mi brazo en señal de apoyo antes de enfocar su atención de nuevo en la sala de estar y en la conversación que ahí se desarrolla.
Ahora van a aprovechar la oportunidad para hacerme todas las preguntas posibles, y yo no podré zafarme de la situación. Sacudo mi cabeza para centrar mis pensamientos, tomo un par de respiraciones bastantes profundas y sin detenerme a pensar en mis acciones, empujo a Angela para sacar nuestros cuerpos de la cocina. Atravesamos el espacio haciendo acto de presencia en la sala. En cuanto Charlie y Sue nos ven, detienen su conversación y colocan sus ojos en mí.
Dejo caer mi cuerpo en uno de los sofás. Angela me imita.
—Deberíamos ir al pueblo —Angela me dice. —Hay que preguntar si… la señora Stanley tiene habitaciones en la posada.
—¿La posada? —Sue pregunta.
—Pues —aclaro mi garganta, —la idea original era dormir en mi auto. Aunque, puede que mañana despertemos algo adoloridas de los musculos y eso.
—La idea de dormir en el hotel no es mi favorita —Angela resopla. —Pero sería más cómodo…
—¡Claro que no! —Sue habla apresuradamente. —Bella, tu habitación está intacta, puedo limpiarla y cambiar la ropa de la cama para que duerman allí.
Un escalofrió me recorre.
La idea era no volver a pisar esa maldita habitación.
—Gracias Sue —fuerzo una sonrisa. —Pero no quiero molestarlos.
—¿Cómo vas a molestar, Bella? —me interrumpe. —Tu habitación está intacta, nadie la usa. Lleva años esperando que regresas.
—Es que yo… —intento hablar.
¿Cómo carajos voy a decirles que no puedo quedarme en mi habitación porque mi nuevo novio está pensando venir a buscarme en el medio de la noche solo para azotarme por haberme ido de fiesta con su aparente rival?
—Es que ella aun no puede hacerle frente a su pasado —Charlie gruñe. —Por eso no quiere quedarse en su habitación.
Joder.
Tampoco eso es una mentira.
—No es por eso —pongo los ojos en blanco. Me sorprende que mi voz haya salido tan tranquila. —Si eso fuera cierto, no estaría aquí.
—Mentirosa —Angela dice en el medio de un ataque de tos fingda. Para suerte mía, mi padre finge no entenderle.
—Entonces no te molesta quedarte con nosotros —Sue me con cariño. —A ninguna le molesta, ¿cierto?
Mierda.
Angela solo me mira.
—No, no me molesta —acepto. Me acabo de colocar una maldita soga al cuello, lo sé. —Podemos subir más tarde a limpiar, Sue. Yo te ayudo.
La mujer emboza una sonrisa extremadamente feliz. Miro a mi padre, está sentado sobre su usual sillón, sus brazos cruzados sobre su cuerpo, su bigote se mueve frenético por las muecas que sus labios están haciendo.
—Suéltalo —Charlie dice, sus ojos marrones fijos en mí.
—¿Perdón? —pregunto confundida.
—Pasa algo ¿cierto? —acusa. —¿Necesitas algo? ¿Tienes un problema? ¿Pasó algo en Seattle?
—No —junto mis cejas. —¿Por qué lo preguntas?
—¡Han pasado cinco años, Isabella! —grita con frustración. —No puedes decirme que estas aquí por simple gusto, porque no te creo.
—Charlie —hago un pequeño berrinche.
—Isabella Marie Swan —dice. Mierda, ha usado todo mi nombre —¿Qué sucede? Suéltalo.
Aprieto mis labios. Mi vista se desvía a la ventana frente a mí, de repente, la calle se ha convertido en lo más interesante que mis ojos pueden ver.
—Dime algo, te vas a morir, ¿verdad? —el tono de su voz cambia a uno preocupado e histérico. —¡Maldición! ¿Estas enferma? Te vas a morir ¡¿Es eso?!
Regreso mi atención al rostro de mi padre que ahora es una mueca de pánico, miedo y terror. Sacudo mi cabeza sintiéndome abrumada por sus preguntas y acusaciones.
—Papá, todos nos vamos a morir —digo. Me arrepiento al instante.
—¡Maldita sea! —continua con su ataque de histeria. —Lo sabía. Lo sabía. Yo, debí ir a Seattle contigo… debí…. Yo debía cuidarte…
—¡Charlie! —levanto mi voz. Sus ojos chocolates frenéticos se colocan sobre mis ojos nerviosos. —No estoy enferma. Soy humana y me voy a morir, pero espero que mi muerte ocurra dentro de muchos años.
Mi padre respira de nuevo. Sue, en el sofá de al lado, también lo hace.
—Joder —maldigo. —No puedo creer que los dos pensaran eso.
—Lo sentimos—Sue es la primera en reaccionar. —Es solo que no lo comprendemos.
—Escuchen —pido. Ambos parpadean. —Lamento haber venido sin avisar, creí que quizás sería una buena sorpresa. Si no quieren que esté aquí, solo díganlo y me iré.
—No me molesta que estés aquí, Bella —Charlie habla rápido, interrumpiéndome. —Al contrario, es maravilloso poder tenerte aquí.
Hay un "pero". Por supuesto que hay un jodido "pero", su voz lo dice.
—Pero es difícil de creer que esté en este lugar por voluntad propia —completo la frase por ellos. Ambos asienten.
—Años, Bella —Sue me mira, la vergüenza, tristeza y preocupación en su rostro. —Llevamos años rogando porque mejores, años esperando a que sanes esas heridas que te dejaron. Han pasado años.
—Lo sé —evado sus miradas.
—Solamente quiero comprender que es lo que sucede, Bella —Charlie frota su rostro con desesperación. —¿Por qué hasta ahora?
—No me sentía preparada para volver —explico. —Si volvía…
Me interrumpo, insegura de lo que boca quiere decir.
—Ellos no van a volver, Bella —Charlie dice. Suelta las palabras sin anestesia y es inevitable que mis sentidos reaccionen. Todo en mí se tensa, se endurece y se pone más oscuro y doloroso.
—¡Charlie! —Sue le da una mirada severa.
Una cosa es que Reneé diga esas palabras, ella nunca comprendió la situación del todo. Pero es muy diferente que Charlie, la persona que vio todo lo que sucedió, me diga esas palabras de las que soy muy consiente, pero eso no evita que me duelan.
—Lo sé, papá —digo. Muevo mi cabeza de arriba a abajo. —Sé que los Cullen no van a volver.
Ambos jadean por mis palabras. Saben que en estos cinco años, yo no había sido capaz de mencionar sus nombres o nada relacionado a ellos.
—Pero eso no evita que aquí, en este pueblo, se hayan quedado todos los recuerdos de ellos, todo lo que yo viví con ellos —digo ahogadamente. —Por eso no me sentía lista para volver.
—¿Y ahora? —Charlie suspira. —¿Estas lista para enfrentarte a todo esto?
—Eso creo —admito bajando mi mirada.
—No han cambiado muchas cosas desde que te fuiste —Sue habla con cautela. —Aquí, todo sigue igual.
—Lo sé, Sue.
Mis ojos se colocan en la ventana de nuevo. Mi propio reflejo me observa, la última vez que vi ese reflejo en esa misma ventana, no se veía así. Una joven muy pálida, delgada, con grandes manchas oscuras debajo de sus ojos muertos, ella era quien me miraba. Ahora hay alguien más en el reflejo, ahora está una mujer, con maquillaje, el cabello brillante recogido en un moño alto, ropa abrigadora de marca. Su piel se ve brillante y sana, su rostro se ve casi relajado y sus ojos brillan como si fueran chocolate líquido.
—Pero yo si cambie —digo. Una sonrisa orgullosa se posa en mis labios.
—No quiero que te sientas obligada a estar aquí, hija —Charlie suspira. Mis ojos vuelven a su rostro. —Lo vamos a comprender, nadie te juzga, tampoco a Angela.
El comportamiento de mi padre tiene una razón y aunque no es bueno lidiando con los sentimientos, tampoco expresándolos, yo puedo darme cuenta de lo que está tratando de decir: Está preocupado por mí, por ambas.
—Angela y yo tuvimos una conversación antes de venir —le explico buscando que pueda comprender mi presencia.
—Así es —acepta mi amiga. —Llegamos a una buena conclusión.
—No es justo que ustedes tengan que ser los que viajan hasta otro estado solo porque nosotras, no nos atrevemos a enfrentar el pasado.
—Acordamos hacer eso todo eso porque no queríamos presionarlas —Charlie responde. —Haremos todo lo que sea necesario para que estén bien.
—Nadie nos está obligando a estar aquí, lo prometo —embozo una media sonrisa. —Estamos bien, estoy bien.
Charlie y Sue se miran. No me creen. No me ofendo, llevará tiempo para que confíen de nuevo en mí.
—Si lo necesitas —Charlie se aclara la garganta, —puedes decirme y te llevo de regreso. No importa a qué hora lo pidas.
—Estaré bien, papá —pongo los ojos en blanco. —Viví casi dos años aquí, un fin de semana no me matará.
Me mira, no muy feliz con mis palabras.
—De verdad quiero que estés bien.
—Yo también, papá, yo también quiero eso —suelto la respiración. —Y lo estoy logrando ¿si? Confía en mí.
Charlie me da una larga mirada. Algo ve en mí que parece convencerlo lo suficiente para darme un asentimiento.
—Charlie, Angela ¿Por qué no vas a comprar las cosas que faltan para la casa y para la fiesta de más tarde? —Sue propone, aunque sus palabras suenan a una orden. —Yo me quedaré con Bella y entre ambas limpiaremos su habitación.
—Yo… —Charlie aún está indeciso. Sue levanta una ceja. —Sí, vamos, Angela.
—Volveremos más tarde —Angela dice.
Se levanta del sofá, y se va en dirección a la puerta, no sin antes darme una mirada que no puedo describir. Escuchamos el golpe de la puerta al cerrarse y a través de la ventana vemos a ambos subir a la patrulla e irse.
—Ven, Bella —Sue se pone de pie. —Hay muchas cosas que hacer.
—¿Cómo has estado, Sue? —le pregunto mientras la sigo. —No te lo pregunté.
—Todos hemos estado bien —dice rebuscando por toda la casa lo necesario para limpiar mi vieja habitación.
—¿Todo ha estado tranquilo? —pregunto.
—Solo nómadas de paso —ella responde a mi pregunta llena de palabras encriptados. —La manada se hace cargo con facilidad.
—Bien —digo satisfecha con sus palabras.
Sue toma mi mano, tira de mi cuerpo hasta que ambas subimos las escaleras.
—¿Lista? —me mira con paciencia.
¡Un carajo que estoy lista!
No, no estoy preparada para enfrentarme a esa maldita habitación, mucho menos a lo que hay adentro y los recuerdos que hay por todos lados. Esto no era el maldito trato, eso no formaba parte de mi plan inicial.
¡Mierda!
En un impulso, soy yo quien gira el picaporte.
En cuando la puerta de madrea se abre, miles de flashes se reúnen en mi mente, cegándome momentáneamente. Siento que mis pies retroceden la mano de Sue en mi espalda para evitar que me vaya hacia atrás en la escalera, me lo dice.
Pasan segundos hasta que el shock inicial se va de mi cuerpo. Sacudo la cabeza con furia buscando alejar todos los recuerdos que han saltado en mi mente.
—De verdad sigue intacta —consigo decir. Mis ojos están extremadamente abiertos, como un ciervo ante las luces de un auto.
—Eso creo —Sue dice nerviosa por mi reacción.
—N-no movieron nada —murmuro. Obligo a mis piernas a que vuelvan a ir hacia adelante. El interior de la habitación me recibe como hace años.
—Leah y Seth prefirieron compartir la otra habitación cuando nos mudamos aquí —Sue entra detrás de mí. Se queda a mi lado, mirando alrededor como yo. —Ya sabes, el aroma no es de su agrado.
—¿Aun huele? —pregunto. Mi voz se rompe.
—Ya no. O al menos, Seth dice que ya es casi imperceptible —señala la ventana abierta. —Yo vengo y la ventilo cuando no está lloviendo tan fuerte como para sentir que estamos en el medio de un huracán.
Aprecio su intento de bromear, pero no puedo reír.
—Gracias —le digo. —No tendrías que hacerlo, tampoco tenías que limpiarla.
Había imaginado que mi habitación ahora seria de alguno de los chicos, o que al menos, todas mis cosas estarían en cajas.
—No lo hago seguido —se encoge de hombros. —Pero me mantiene ocupada de vez en cuando.
Se mueve en dirección a mi armario. Doy un respingo, mi jodido corazón se detiene cuando ella abre las puertas sin previo aviso. Es inevitable tener la sensación de que habrá alguien escondido en ese armario.
Sue se inclina, buscando en el interior, completamente ajena a mi reacción.
—Estoy muy feliz de que estés aquí —me dice de repente. —Sé que es un gran esfuerzo para ti.
—Lo es —acepto.
—Tu padre solo está preocupado —saca su cuerpo del armario, en sus manos hay un juego de ropa de cama y cortinas dobladas. —No hay día en que no te mencione. Te extraña.
Escondiendo mi rostro, me acerco a Sue para ponernos manos a la obra. Quitamos el polvo de los rincones, cambiamos la ropa de la cama y las cortinas que hay colgadas en las ventanas; entre ambas movemos los muebles para quitar el polvo y recoger la basura del suelo debajo de ellos.
—¿Te gusta tu vida en Seattle? —Sue pregunta iniciando una conversación.
—Es diferente —digo, sacudiendo la lámpara que está sobre la mesa de noche. —Es una vida que nunca había imaginado.
Por la esquina de mis ojos, la observo mover su cabeza con lentitud, sabe a lo que me refiero.
—¿Y te desagrada la vida que tienes ahora? —pregunta, sus ojos me analizan. Me quedo en silencio, buscando el doble sentido de su pregunta. —Llevas una vida que nadie de aquí ha podido imaginar.
—¿Lo hago?
—Claro. Tienes un trabajo estable, un departamento en una buena zona de una ciudad —Sue comienza a enumerar lo positivo de la vida que Angela y yo llevamos en Seattle. —Un auto, dinero, cosas de marcas lujosas ¿Cuánto has gastado en eso?
Bajo la mirada a mi ropa ahora manchada por el polvo y la suciedad.
—No tanto como parece —digo sacudiendo con mis manos el polvo que se ha pegado a mi ropa. No he dicho ninguna mentira, esta ropa es parte de todo lo que Christian me compró en Nueva York.
Él gastó dinero, no yo.
—¿Te gusta tu nueva vida, Bella? —pregunta de nuevo. —¿Ha valido la pena todo?
—Al inicio fue muy difícil. Luego hice una rutina y el trabajo me mantuvo ocupada durante mucho tiempo, y ahora... —me encojo de hombros. Una sonrisa aparece en mis labios, al recordar al causante que ahora les tenga aprecio a las ciudades. —Ahora es diferente.
—Un dólar por cada que menciones esa palabra —se burla Sue.
—Si —me rio. —Las últimas semanas he mencionado mucho esa palabra.
—Entonces, Seattle es diferente —pregunta con cierta emoción en su voz que no puedo identificar.
—Realmente, Seattle es una ciudad que apesta a locura —me rio. —Es una maldita jaula que te hace sentir como un invitado que tiene que trabajar toda su vida para pagar un poco de tiempo en ella.
—Que profundo —se burla. Suelto una carcajada. —Te has vuelto muy poética.
—Sí, una poeta torturada.
—Bella —Sue me reprende. Hago como que no escuché el tono con el que dijo mi nombre.
—Seattle no es mi ciudad favorita —confieso. —Pero no puedo imaginarme en otro lugar. Al menos no ahora.
Un jadeo llega a mis oídos.
—¿Pasa algo? —le pregunto. Sue se ha quedado congelada en el otro lado de la habitación.
—Bella, te mudaste a Seattle porque esta lo suficiente lejos de Forks como para olvidarte de este lugar, pero, porque está lo suficiente cerca por si algún día querías a volver.
—¿Y eso que tiene? —me hago la desentendida.
—¿Ahora te gusta tu vida allá? —levanta una ceja,
—¿Si? —mi respuesta sale en forma de pregunta.
—Bueno —ella parece dejar ir el tema. Se gira a continuar con su tarea, sus manos se mueven sobre el escritorio moviendo y limpiando cada cosa que hay allí. —¿Cómo está tu madre?
—Pues, por teléfono sonaba igual que siempre —hago una mueca. Giro mi cuerpo y me siento en el borde de la cama con mi cuerpo mirando en dirección a Sue.
—¿Histérica? —ofrece. —¿Inmadura?
—Sí, ambas cosas —me rio soltando la respiración. —Aun intenta buscarme marido como si estuviéramos en el siglo pasado.
—Tu madre y su mala manía de querer emparentarte con los hijos de sus amigas —se queja. Le doy la razón —¿De nuevo te organizo una cita?
—Lo peor fue que acepté —hago una mueca de asco. Sue estalla en risas, su cuerpo se mueve hasta llegar hasta mí, se sienta a mi lado en la cama. —En mi defensa, fue solo para que mi madre dejara de insistir
—Con razón llamó a tu padre hace un par de semanas —Sue estalla en risas más fuertes. —Charlie dijo que sonaba desesperada mientras se quejaba que ni Angela ni tu respondían a sus llamadas.
—Me imagino —digo sonriendo. La imagen que describe salta a mi mente.
—¿Y qué tal estuvo la cita?
—Fue horrible —me estremezco. —En mi vida había conocido a alguien tan idiota y pretencioso.
—¿Por eso no respondías el teléfono? —continua burlándose. —¿Para no tener que escucharla mientras intentaba que le dieras otra oportunidad al hombre?
—No fue exactamente por eso —niego. —Después de esa horrible cita, estuve ocupada, el tema del periódico, luego ese viaje a Nueva York y volviendo a Seattle, Christian se aseguró de mantenerme ocupada. Así que olvidé llamarla.
Sue tararea un asentimiento.
—Entonces… déjame ver si entendí —pide. —¿Christian es diferente?
—Sí, Christian es… —muerdo mi lengua al darme cuenta. —Carajo. Eso no debía decirlo aun.
Sue suelta un grito, uno muy agudo.
—Muy bien señorita, quiero saberlo todo —golpea mi pierna con una de sus manos. Su voz ansiosa y emocionada llena el ambiente. —Quiero saber su nombre completo, edad, como es, a que se dedica y sobre todo cuanto tiempo llevan saliendo.
Mierda. Estaba tan cómoda en la conversación que no me di cuenta de lo que estaba tratando de hacer la mujer a mi lado. Desde hace rato notó que algo pasaba, y su intuición materna salió a flote, además de sus habilidades para sacarle la información a sus hijos.
Resopló.
—Nos estamos conociendo —digo sin mirarla. —Es algo reciente.
—¡Cuéntamelo! —chilla con entusiasmo. —¿Dónde lo conociste? ¿Cómo empezaron a salir? ¿Cómo es? ¿Te trata bien? ¿Van enserio? ¿Va a venir?
—Sue, respira —me burlo de su habilidad para hacer todas esas preguntas con una sola respiración.
—¡Habla, Bella! —grita, sus manos sacuden mi cuerpo, desesperada por la información.
Es inevitable, me rio.
—Lo conocí esa misma noche de la cita —le cuento, derrotada por la manera en la hizo todas esas preguntas. —No quería volver a casa, así que fue a un bar importante de Seattle a distraerme, ahí estaba también Christian.
—Christian —repite Sue en un tono muy agudo. —¡Se llama Christian!
—Sí, se llama Christian.
—Y este Christian —casi se saborea el nombre. —¿Es la razón por la que ahora te gusta tu vida en esa ciudad?
—Pues —la miro, ligeramente avergonzada. —Si.
Sue chilla de nuevo.
—¡Lo sabía! —se ríe. —Dime, Bella, ¿Cómo es?
—Muy guapo —le digo moviendo las cejas. —Alto, atlético, su cabello rizado y de color cobrizo con reflejos rubios. Tiene cejas pobladas, su nariz está puntiaguda, usa una ligera barba que marca el contorno de su rostro. Sus ojos son grises y muy profundos.
Sue grita, se asegura de permitir que su euforia se expulse de su cuerpo en ese grito. Yo me encojo por el sonido, la maldita resaca aún no se ha ido, pero no quiero arruinarle la euforia a la mujer, así que me limito a seguir riendo.
—¿Qué demonios está pasando? —Charlie abre de golpe la puerta de la habitación. Sue detiene sus gritos y yo mi risa.
—¡Ya volviste! —Sue se pone de pie. —¿Trajiste todo lo que te pedí?
—Sí, mujer —Charlie responde casi en automático.
—Bien —Sue le sonríe con cariño.
—¿Esta todo en orden? —Charlie, extrañado y confundido pasea sus ojos marrones de una a la otra, examinándonos a ambas. Sobre todo, a mí.
—Solo charlábamos —digo en un tono casual sin molestarme en borrar mi sonrisa.
—¿Charlar?
—Sí, ya sabes, cosas de chicas —Sue me guiña un ojo. Charlie levanta las cejas con sorpresa.
—¿Cosas de chicas? —pregunta mi padre. —¿Bella haciendo cosas de chicas?
—Te dije que yo sí había cambiado —le recuerdo. —Ahora soy diferente.
Sue ríe al escuchar de nuevo la palabra.
—Iré a guardar todo —anuncia la mujer. Se dirige a la puerta de la habitación, antes de cruzarla, me da una mirada y vuelve a saltar con emoción antes de lanzarse casi corriendo por los escalones. Charlie sigue mirándome, finalmente decide que esto es demasiado para él y sacude la cabeza.
Me obligo a ser valiente.
—Charlie —lo llamo antes de que se gire y se aleje.
—Ya sabía que algo estabas tramando —se queja para sí mismo, pero sé que sabe, que yo pude escuchar sus palabras.
Se cruza de brazos y se recarga contra la puerta. Sus ojos me taladran, retándome a que le mienta o que me vaya por un camino fácil y aunque me muero por tomar esa decisión, esta es mi oportunidad de buscar lo que en verdad me trajo a este lugar: La ayuda de Charlie.
—Es solo una pregunta —digo para tantear el terreno y los ánimos de mi padre.
Charlie se pone rígido.
—¿Que tan sencillo es que yo pueda conseguir un archivo policiaco?
—¿Te metiste en problemas? —entrecierra los ojos.
—No.
—¿Te demandaron?
—No.
—¿Cometiste un crimen?
—No.
—¿Eres abogada?
—No —tuerzo mis ojos. Mi padre sabe bien a lo que me dedico.
—¿Eres policía? ¿Fiscal? —hago una mueca por sus preguntas. —Si no eres nada de eso, no puedes conseguirlo.
Exhalo bruscamente.
—Pero… —me aclaro la garganta. —¿Tú si puedes conseguirlo?
—¿Por qué quisiera yo conseguir un archivo policial? —sus ojos se entrecierran aún más.
—Para ayudarme —digo. O pregunto.
—¿Bella? —da un paso en mi dirección. No necesita decirme más.
—Es un caso que estoy investigado —le explico sin dar muchos detalles. —No he podido encontrar mucha información al respecto.
Charle me observa, analizando las palabras que le he dicho.
—¿Tienes el número del archivo? —pregunta. Sacudo mi cabeza. —¿El oficial a cargo? ¿El fiscal que lo llevó? ¿Datos?
—Solo tengo dos nombres, ningún apellido y un probable año en el que sucedieron las cosas.
—Necesitarás más que eso para conseguir el archivo —se burla.
—Pero, ¿me ayudarías? —pregunto. En mi rostro colocó la mejor cara de inocencia del mundo.
—¿Es por el trabajo? —levanta las cejas. —Ustedes tienen mayor acceso como parte de la prensa, ¿Por qué no has podido conseguirlo?
—Es que… —desvió la mirada.
—Isabella Marie Swan —explota de nuevo. —Si estas intentando buscar cualquier cosa sobre ellos… si es algo que pueda llevarte a ellos…
—¡No! —lo interrumpo. —No tiene nada que ver con ellos. No me interesa saber dónde están o que han hecho con su jodida existencia.
Charlie aprieta los labios. Su bigote se mueve.
—Esta investigación es… sobre alguien más.
—¿Quiero saber?
—Probablemente no —me remuevo.
—Dame los nombres —suspira con un semblante derrotado. —Y los detalles que puedas.
—Una mujer, Ella, probablemente tenía mi edad cuando murió —digo. Charlie parece nauseabundo de la nada. —Un niño, Christian, tenía cuatro años y fue encontrado al lado del cuerpo de su madre en el año 1987.
—¿Eso sucedió en Seattle? —pregunta.
—Probablemente —acepto. —Investigué en los artículos de los periódicos de ese año, no hay nada. También tengo gente buscando en los archivos de varios bufetes de abogados, pero aún no tengo más detalles.
—¡Charlie! —Sue lo llama desde abajo. —¿Puedes ayudarme con las bolsas del auto?
—Hablaremos de esto más tarde —mi padre me dice. Se gira y desaparece por la escalera.
Yo me quedo allí, sentada sobre la cama que solía ser mía, en la que solía ser mi habitación, en el medio del desastre a medio limpiar que dejamos Sue y yo. Cuando comenzamos a hablar sobre mi vida en Seattle, no habíamos terminado de limpiar, todavía hay cosas por el suelo y esparcidos por todos lados, el montón de ropa sucia también está en uno de los rincones junto a la ventana.
No tardo en verme envuelta en una montaña rusa de sentimientos, todo en esta maldita habitación es un recuerdo que quisiera quemar y arrancar de mi mente.
—Resulta que mi mente no es un colador —digo al aire. —Te equivocaste, imbécil.
Me pongo de pie y voy en dirección a la ventana donde está la caja de basura que he estado recolectando en este tiempo, me giro bruscamente causando que mis pies se atoren y me lance de bruces contra el piso.
—¡Maldito pueblo del demonio! —gruño, frustrada. —Solo aquí me vuelvo idiota.
Aun en el suelo, me coloco sobre mis rodillas frotando mi mano sobre mi nariz y mi frente lastimadas por el golpe, sigo refunfuñando mientras recolecto las cosas que se salieron de la caja de la basura. Estoy por ponerme sobre mis pies de nuevo cuando mis ojos captan una de las tablas del piso que está fuera de lugar.
—Así que tú fuiste —la acuso.
En algún momento del ajetreo de mover muebles, la tabla se movió y ni Sue ni yo nos dimos cuenta. Cuando me giré con la caja en mis brazos no era consciente de que algo podría mandarme al suelo. Me levanto soltando maldiciones.
Tomo de nuevo la caja de basura, la coloco en mis brazos de nuevo. Bajo la escalera hasta encontrar a Charlie junto a Sue en la cocina.
—Charlie, hay unas tablas sueltas en el suelo de mi habitación —le anuncio.
—¿Te caíste? —pregunta. Sue ahoga una risa.
—Si —desvió la mirada.
—Las arreglaré mañana —dice él en tono divertido. —Esa habitación necesita mantenimiento.
—¿Dónde está Angela? —pregunto, extrañada por la ausencia de mi amiga.
—Se quedó en el pueblo —me dice. —Dijo que nos vería en la reservación.
—Bien —acepto. —Iré a sacar la basura y volveré para ayudarte, Sue.
Camino hasta la puerta trasera saliendo por ella, rodeo la casa hacia un lado y camino hasta los depósitos de la basura, donde colocó la caja de basura en su lugar. Regreso rápidamente al interior de la casa.
Charlie anunció que estaría afuera haciendo un trabajo mecánico al motor de la patrulla, aunque mirándolo desde la ventana, parecía esperar que el motor hablara y le dijera que es lo que estaba mal. Sue se burló diciendo que Jacob tendría que trabajar el día de hoy.
—Entonces, este tal Christian…. —Sue habla en un tono casual. Por supuesto que aprovechará la oportunidad para continuar interrogándome. —¿A qué se dedica?
—Tiene su propia empresa —le digo mientras mis manos se dedican a pelar las verduras para la comida que prepararemos. —Y también es inversionista en algunas otras, el Seattle Times, por ejemplo.
—Interesante —dice ella.
—Lo es —acepto. Sue me mira con una enrome sonrisa bailando en su rostro.
Seguimos conversando y cocinando al mismo tiempo. Cuando metemos la última charla al horno, decidimos que es hora de ponernos en movimiento y asearnos un poco para lucir presentables en la dichosa fiesta. Una hora después, me encuentro de nuevo en la que solía ser mi habitación, envuelta en la toalla, recién duchada y con ganas de lanzarme por la puta ventana.
Odio esta jodida habitación y todos los recuerdos que hay en ella.
Busco mis cosas que saqué de mi auto cuando fui a dejar la basura afuera, elijo algo rápido para ponerme. Reviso mi celular para comprobar si tengo alguna llamada de Christian, según mis cálculos, debería estar por aterrizar en Seattle pronto, suelto un gemido de alivio cuando veo que no me ha llamado.
Decido revisar las específicamente las notificaciones de la evidencia de todo lo que pasó anoche. Julie fue la primera en comenzar a publicar cosas, aunque Mia fue quien terminó por subir más cosas. Hay fotos y videos de nosotros, riendo, jugando, bailando y bebiendo un montón de alcohol.
Mis ojos se detienen con especial cuidado en mí, luzco feliz. En casi todas las fotos donde salgo yo, hay una sonrisa en mis labios y es muy visible la trenza que hice en mi cabello para sostener la flor que le quité al ramo que me regalo Christian.
Sonrío. Él tiene razón, el rojo luce bien en mí.
Estoy malditamente ansiosa por verlo.
Sacudo mi cabeza. Coloco una chaqueta gruesa en mis hombros para soportar la llovizna que ha comenzado a caer y bajo las escaleras. Charlie y Sue ya están esperando por mí.
—¿Lista? —pregunta Charlie. Doy un asentimiento silencioso.
—Iré en mi auto —les digo. Charlie me mira odiando la idea, pero no le doy tiempo de decirme nada. Subo a mi auto y arranco el motor lanzándome por la carreta en dirección a la Reservación.
—¿Lista Isabella? —me pregunto al estacionar el auto frente a la casa de Sam. —¿Lista para que los lobos desciendan?
No, no estoy malditamente lista, pero no tengo otra salida. Abro la puerta y bajo del auto sin detenerme a pensar en nada.
Es inevitable la reacción.
—¡No me jo-das! ¡No jodas! —los primeros gritos agudos se escuchan cerca de mis oídos aunque él está dentro de la casa. La voz pertenece a uno de los gemelos, Isaac. —¡No puedo creerlo! ¿Qué sigue? ¡Un tsunami? ¿El mundo se termina? ¿Llegan los zombis?
—Dramático —ruedo los ojos. Comienzo a caminar por la hierba y piedras me separan de la casa.
—¿Bella? —alguien más pregunta. Con cada paso que doy genero una reacción.
—¿Esa es Bella? —otro más.
—¡Bella! —una voz cálida y potente grita. Se escucha como tan brillante como el sol en un día nublado. — ¡No me lo puedo creer!
—¡Hola, Jake! —grito en respuesta.
Lo veo corriendo en mi dirección, mis piernas se clavan en el suelo intentando estar firmes para cuando suceda el impacto. El hombre de piel cobriza estrella su enorme y semidesnudo cuerpo con el mío, me levanta a volandas por los aires mientras ambos reímos como dos niños.
—¡Es maravilloso que estés aquí! —grita con emoción. Intento responder, no puedo, su abrazo es demasiado para mi cuerpo.
—No puedo... respirar —jadeé.
Él se río y me puso en el suelo.
—Bienvenida de nuevo, Bells —me dijo con una sonrisa. Su frase se siente familiar.
—Te extrañé —digo. Miro su reacción por la esquina de mis ojos.
—No se nota —dice entre dientes. Exhalo, cansada. —Años, Bella, años han pasado desde la última vez que te dejaste ver.
—Lo sé, lo sé —ahora me siento culpable. —Pero no podía hacerlo, Jake. Era una tortura pensar que podría venir aquí y...
—Y saber que, quizás, ellos hubieran vuelto. —completa. Niego con mi cabeza.
—Que no estuvieran aquí —bajo mi mirada. —Esa era la verdadera tortura.
Me observa fijamente, incapaz de descifrar mis acciones.
—Pero aquí estas —me señala. —Y ellos no.
—Lo sé —digo.
—¡Bella! —sonrío al notar al joven que me tiene envuelta en sus brazos. Seth ya no es un niño, ahora es un joven que, aunque ya luce como un hombre, apenas está en transición a convertirse en uno. —Bienvenida a casa, hermana.
—Casa —murmuro insegura. Esto no se siente como estar en casa.
—¡Bella! —el grito colectivo ahoga mi jadeo cuando el primero se estrella contra mi cuerpo. Una estampida de hombres musculosos y sin camisa se abalanza sobre mí.
Uno a uno, saludo a todos los chicos. Conforme voy pasando de brazos en brazos, recibo un elogio que aumenta el sonrojo en mi piel y el cual solo hace que ellos aumenten el tono de sus palabras. Lo que no alcanzo a comprender es como ninguno de ellos está molesto conmigo, todos están felices de verme, todos me reciben con calidez.
Se siente bien.
—Olvidaba lo caótico que era —me rio.
—Ni me lo digas —Jake bufa.
—¡Hola, Bella! —Billy me sonríe desde un costado de la puerta de la casa. Está junto a Charlie que tiene una cerveza en la mano. —Es bueno verte.
—Hola, Billy —sacudo mi mano como saludo. —¿Me extrañaron?
—No te imaginas —dice el hombre en silla de ruedas, le da una mirada a mi padre quien lo ignora. —Los demás están adentro.
Asiento. Estiro mi mano y le robo a Charlie la cerveza que tiene en la mano.
—¡Oye! Eso era mío —se queja.
Sin responderle, me muevo al interior de la casa de Sam, en el camino voy sonriendo y saludándole a todo aquel que se me cruza, principalmente son los lobos más jóvenes, las hermanas de Jacob y Kim, la prometida de Jared.
Más pronto de lo que me gustaría, la cerveza se termina.
—Hola, extraña —una mujer morena se gira para mirarme. Su cabello negro está más largo que la última vez que la vi, además que lleva un flequillo que resalta sus cicatrices haciéndola lucir más hermosa.
—Hola, chica lobo —le digo en el mismo tono. Me acerco a ella y le doy un abrazo. Ella me lo regresa.
—No vuelvas a hacer eso —Emily dice contra mi oído. Se aleja de mí dándome un leve golpe en el hombro, sus palabras son una advertencia medio de broma, medio enserio. —Vuelves a desaparecer así y te patearé el trasero. Te traeré a la boca del lobo para que sufras.
—Cuento con ello —me rio. Ella también lo hace. —Gracias por ayudarle a Sue a preparar las cosas.
—No fue nada —le quito importancia. —Extrañaba cocinar para todos.
—Ya están todos afuera —señala la puerta que lleva al patio. —Ve a saludarles.
—Si, señora —digo en tono militar. Ella sonríe y me empuja.
Me muevo en dirección al patio. La casa de Sam es el centro de reuniones de toda la familia de La Push, pero, es más grande a como la recordaba, ahora tiene más habitaciones y espacios acondicionados para los grandes muchachos. Incluso su patio, tiene mesas con varias sillas, una parrilla enorme, una barra para preparar bebidas. Tiene todo para las grandes fiestas que suelen hacer.
—¡Isabella Swan is in the house! —grita Joshua. El hermano de Angela se lanza contra mi aprisionando mi cuerpo en un abrazo. —¡Por fin!
—¡Oye! ¡Déjala! —Leah le da un golpe en la espalda.
—Ouch, nena, me duele —se queja mientras me deja ir.
Leah se imprimió en Joshua, el hermano de Angela. Cuando Seth se volvió amigo de los gemelos, nadie se imaginó que Leah terminara enamorándose de uno de ellos, mucho menos cuando todos creían imposible que Leah imprimara alguna vez. Eso ayudó a que la familia de Angela conociera el secreto de los Lobos. Joshua no iba a dejar a su hermano, no cuando ambos eran inseparables, literalmente.
Observo con atención a la mujer frente a mí. Ella también me mira, de arriba abajo y con su clásica mueca de disgusto.
—¿Por fin sales del agujero?
—Soy una cara pálida —sonrió y me encojo de hombros. —Necesito broncearme.
—Hazlo más seguido —dice seria. Yo asiento. —O si no…
—Si vas a amenazarme con patear mi trasero, ponte en fila, vas detrás de Emily —le digo poniendo los ojos en blanco.
—Swan, Swan… tsk tsk —ella chasquea la lengua, antes de reír de manera maquiavélica. Trago pesadamente. —Yo estaré hasta el final, cuando creas que se ha terminado, cuando creas que ya no puede dolerte más.
—Siempre tan amable, Leah —digo cerrando el espacio entre nosotras y cerrado mis brazos a su alrededor. Ella me responde el abrazo.
Se aleja de mí y me da una mirada cómplice.
—Has sido un dolor en el culo todo este tiempo —me guiña un ojo. —Pero me alegra que estés aquí, por fin descansaré de escuchar a todo el maldito mundo llorar por ustedes.
No respondo.
—¡Pellízcame! —Isaac grita y se lanza a mis brazos. Mis manos suben a sus costados y hago lo que me pidió. —¡Ouch! No era enserio.
—Tu me lo pediste —le digo. Sonrío desenredándome de sus brazos. —Hola, Isaac.
—Te salvaste del secuestro —me dice el otro gemelo. —Incluso Charlie ya nos había dado permiso. Y prometió que no nos metería a prisión.
—Sin secuestros esta vez, Isaac —le digo. —La prisión no te lo puedo asegurar.
El joven ríe.
—¡Bella! —la señora Weber se acerca a mí. —¡Qué bueno verte!
—Elena —le digo. —¡Feliz cumpleaños algo atrasado!
La mujer me abraza y da unos saltos emocionados.
—Elena, por favor —el señor Weber detiene los saltos de su esposa. —Hola, Bella.
—Hola —respondo sin poder soltarme de los brazos de su esposa.
—¡Estoy tan emocionada, Gabriel! —dice la mujer. —Por fin tenemos a la familia reunida.
—Por supuesto —acepta él.
—¿Y Angela? —pregunto, mi cabeza va de un lado a otro.
—Por ahí —suspira su madre. Finalmente eso hace que me suelte. —Quizás puedas ir a hablar con ella.
—¿Pasó algo? —las alarmas se encienden en mí.
—Que ella te cuente —dice con pesar. Sus manos me empujan, mis pies se mueven por la arena, camino por la playa buscando a mi amiga.
La veo a lo lejos. Angela está sentada sobre un tronco al borde de la arena, sus brazos alrededor de sus piernas, sus hombros caídos, su mirada está perdida en algún punto del océano. Mis piernas se mueven hasta llegar a ella. Me siento a su lado, imito su posición, sé que ella nota mi presencia, pero no me mira.
El tiempo transcurre, las olas van y vienen acariciando la arena de la playa y rompiendo el silencio que hay entre nosotras.
—Está embarazada —suspira sin apartar su vista del mar. —De nuevo.
Así que eso es lo que pasa.
—¿La viste? —pregunto, mis ojos buscan su rostro.
—No, a ella no —responde de inmediato. —Si no, estarías buscándome en una celda de la comisaría.
—O estaríamos encerradas las dos —le digo. Mi intento de animarla resulta patético.
—Lo vi a él —dice y se rompe. Se ahoga en el llanto que lleva años guardado dentro de ella.
—Mierda —digo.
—Mamá me pidió que fuera al supermercado porque le faltaban unas cosas. Me encontré a Charlie allí, por cierto —su voz se controla al mencionar eso. Yo la observo en silencio. —Pero, giré por uno de los pasillos, y un niño chocó contra mis piernas y rebotó contra el suelo… Al inició no me vio, solo se acercó a revisar a su hijo, pero levantó la mirada y...
—Se dio cuenta que eras tú —completo. Ella asiente, sus labios se aprietan.
—Se disculpó por el niño, yo apenas dije una frase para quitarle importancia al asunto. Lo único que quería era salir de ahí —una lagrima traicionera baja por su mejilla. —Pero insistió en que fuéramos por un café. Y yo de idiota, acepté.
Me quedo en silencio esperando a que continúe.
—Pagamos las cosas del mercado, ambos me acompañaron al auto y cruzamos la calle para ir a la cafetería —aclara su garganta. Respira un par de veces. —Preguntó por ti, por mí, por nuestra vida. Me contó de la suya, como han sido estos años para él. Y... dijo que lo sentía.
—Angie… —rodeo su cuerpo con mis manos. Ella se aferra a mí.
—Me confesó que ha sido lo peor que ha hecho en su vida. Que no hay día en el que no se arrepienta —su voz se tambalea mientras un sollozo sale de sus labios. —Dijo que podría ponerse en ese momento de rodillas y rogarme que lo perdone, de no ser por el niño y porque…
—De no ser porque Lauren está embaraza de nuevo —completo su frase.
Angela se rompe, de nuevo. Las lágrimas bajan sin control de su rostro mientras se ahoga en sollozos contra mi cuerpo. Yo quiero romperle la cara a alguien, en especial a Ben.
Angela y él salieron durante el periodo que estuvimos en la escuela, eran una de las parejas más estables que había durante ese tiempo. Todo iba bien, incluso creímos que irían a la universidad juntos. Pero, algunas semanas antes de la graduación, Mike organizó una fiesta, invitó a toda la escuela y todo se salió de control.
Todos creyeron que Angela no asistiría a la fiesta porque ella fue la única que se mantuvo incondicional a mi lado y ella había mencionado que no descansaría hasta asegurarse que viviera. Pero, esa noche, decidió ir a la dichosa fiesta a distraerse. Todos sabían lo que estaba pasando, todos ellos sabían que su novio, Ben, estaba engañándola con Lauren. Esa fiesta solo fue la gran revelación.
—Es un imbécil —siseo.
Angela volvió a mi lado hecha un desastre, Forks, siendo el infierno que es, al día siguiente el escándalo se sabía por todos lados, los padres de Angela buscándola como locos hasta que se les avisó que estaba conmigo en el hospital. Los siguientes días fueron un infierno para ella, incluso paso días en mi casa hasta que se sintió valiente para salir. En la escuela, todos hablando y haciendo chismes de la situación, Ben acosándola para ofrecerle disculpas idiotas. Casi lo perdona esa vez. De no ser porque Lauren soltó la bomba de la noticia de su embarazo.
El desastre que ya estaba, solo terminó siendo peor.
—No pude después de eso —solloza. —No dije nada, me levanté y salí corriendo de ahí.
—Lo lamento, Ang —digo con pesar. —No debí dejarte sola.
Angela soportó lo más que pudo, hasta un par de días antes de la ceremonia de la graduación. Sus emociones la dominaron y terminó en el hospital por una crisis nerviosa. Sus hermanos, con 14 años, fueron y le dieron una golpiza a Ben, la peor que tendrá en su vida, sin duda. Por supuesto que él intentó defenderse y logró darles un par de golpes a los niños, pero nada comparado con los daños que los gemelos le habían causado.
Charlie se llevó a los tres a la comisaría.
Angela salió del hospital y habló conmigo. Ambas acordamos que, estar en Forks iba a terminar asesinándonos y decidimos que en cuanto tuviéramos la documentación de nuestra graduación, desapareceríamos. Charlie usó su cargo en la policía para mantener a Ben retenido hasta un dos después de la graduación. Angela fue y recogió su diploma con la frente en alto. Yo lo intenté.
—¡Maldita sea! —se queja. Tira de su cabello con fuerza, desesperación y molestia. —¿Por qué lo permití?
Al día siguiente de la graduación no había ni un rastro de Angela o de mí en el pueblo. Todos nuestros amigos y familias se fingieron sorprendidos para que la gente del pueblo no hiciera preguntas.
—¡Soy tan idiota! ¿Por qué acepté ese estúpido café? ¿Por qué no lo mandé a la mierda?
—¿Aun lo quieres? —le pregunto. Inclino mi cuerpo y bajo mi rostro lo más que puedo para observar sus ojos.
—No soy la primera a la que engañan en este mundo —suspira, —y sé que no seré la última. Estoy muy consciente de eso. Pero ahora tengo una nueva vida, he salido con nuevas personas y...
—Angela —le advierto. Sé que huye de mi pregunta.
—Teníamos planes —susurra muy por lo bajo. —Habíamos hablado de nuestro futuro. La universidad, vivir juntos, graduarnos, casarnos, quizás tener hijos. ¡Maldición! Quería morir a su lado.
—Angela…
—Creí que era el amor de mi vida, Bella —suspira, jadea, solloza, se rompe, todo sucede en segundos. —Lo amaba, sí. Pero, ahora, solo quiero cortarle las pelotas y dárselas a los lobos para que jueguen.
Ambas reímos. Angela puede llegar a dar miedo si se lo propone.
—Angela —la llamo cuando calmamos nuestras risas, ella respira audiblemente indicándome que me escucha. —A la mierda.
—Si, si ya sé —ríe. —Que se vayan a la mierda, Ben, Lauren, los Cullen, los chismosos de Forks y todos los que nos hicieron daño.
No digo nada. Me quedo allí siendo su soporte, permitiendo que ella se desahogue y que saque de su sistema todo lo que lleva años sufriendo. Ella también lo necesita.
—Por cierto… —me mira dispuesta a cambiar el tema. —¿Alguna noticia del amor de tu vida?
—No —niego. —No ha vuelto a llamarme y no creo que haya aparecido en la casa de Charlie. Supongo que aún no regresa de Nueva York.
—¿Por qué asumes que hablo de Christian? —pregunta ocultando la diversión que emana de ella.
—Mierda —me quejo. Me golpeo la frente con la palma de mi mano. —Ya caí de nuevo.
—¡¿De nuevo?! —ella salta.
—Sue me tiró también una emboscada —confieso. —Tuve que contarle de Christian.
Angela vuelve a estallar en carcajadas. Su risa dobla su cuerpo y hace que las lágrimas broten de nuevo en sus labios.
—Nuestra vida es un desastre aquí —comenta. Yo asiento.
—Deberíamos volver —suspiro. —Todos deben estarse preguntando dónde estamos. — Me pongo de pie. —Además quiero quitarme esta estúpida ropa y tú tienes la llave de mi auto.
Mi amiga me imita, sacude la arena de sus ropas y me hace una señal con su cabeza. Ambas caminamos lado a lado de regreso a la casa de Sam.
—¡Ahí están! —Sue nos hace señas para que nos acerquemos. Ambas nos unimos a la reunión.
—¡Vamos! —Angela nos empuja. —Nos dejarán sin comida por su culpa.
El patio ha sido acomodado de una manera que luce como una verdadera fiesta, comenzando con los banderines y luces -que aún permanecen apagadas- que cuelgan sujetos entre grandes rampas que sirven de pilares que se mezclan entre las mesas están llenas de comida de la que varias manos van y vienen. Hay pequeños círculos sociales a un lado de estas, también hay varias hieleras enterradas sobre la arena con refrescos y cervezas, además de una enorme fogata justo en el medio. Es la misma fogata que yo recuerdo, solo que esta vez hay más troncos a su alrededor.
Todos se mantuvieron al margen de hacer comentarios o preguntarnos sobre lo que habíamos hecho más temprano, lo cual mi amiga y yo agradecimos. Toda la manda y nuestras familias se aseguraron de mantenernos distraídas con presentaciones de las improntas, conversaciones con los lobos y con preguntas al azar para olvidar todo lo malo que estaba en nuestras mentes cuando volvimos de la playa.
La fiesta poco a poco fue tomando curso.
Varios de los chicos, incluyendo a los gemelos estaban corriendo por la playa jugando con un balón, otros acompañaban a sus improntas bailaban y saltaban, o corrían de un lado a otro jugando entre ellos. Los ancianos, Billy, los padres de Angela, Sue y Charlie se colocaron junto a una de las mesas y comenzaron a discutir anécdotas de su adolescencia. Emily, Leah, Angela y yo nos sumimos en una conversación, poniéndonos al día de lo que había sido nuestras vidas.
—¡Bella! —una joven corre hacia mí. Jacob viene detrás de ella.
—Hola Ness ¿Cómo estás?—pregunto.
—Feliz de conocerte al fin en persona —me dice con una sonrisa brillante.
Jacob fue a la universidad en Port Angeles, en su primer día de clases, conoció a una joven de cabello y ojos cafés, su impronta.
El hecho de haya permanecido cinco años lejos de ellos, no significa que haya dejado todo totalmente atrás, menos cuando mi mejor amigo es un hombre lobo terco que no me permitió alejarme por completo. Robó mi antigua computadora de mi habitación en casa de Charlie, solo para que pudiera hacer video llamadas con la manada, varios miembros nuevos me conocen a través de una pantalla, pero hoy han tenido la oportunidad de conocerme en persona.
Converso un poco más con Jacob y Ness. Ambos me cuentan que
—¿Cómo va el taller? —les pregunto.
—Bien —habla entusiasta. —Mi Jacob es el mecánico estrella de Forks y los alrededores.
La cara de Jacob se sonroja. Ambas reímos por su reacción.
Los siguientes 20 minutos Jake y Ness no hacen nada más que saltar a mi lado mientras me cuenta a gran detalle cómo funciona su negocio. Jacob estudió ingeniería mecánica y gracias a que desde muy joven le gustaba eso, ahora tiene su propio taller mecánico y se encarga de las reparaciones de los autos de la manada y también de los del pueblo. Seth, Embry y Quil le ayudan. Tienen grúas y todo eso.
Eso es algo bueno, fue cuando la economía de los Quileutes mejoró. También lo hizo con el negocio de construcción que llevan Paul y Sam, ambos lo comenzaron hace un par de años y según palabras de Sam, es un negocio noble que le permite estar atento de su familia, de la manada y sobre todo de los más jóvenes.
En algún momento, decidí que quería tomar un respiro. El sol ya está casi totalmente escondido en el horizonte, las luces que han colocado ya están encendidas, y la fogata ya resplandece por completo. Decido sentarme frente a ella y contemplar la escena frente a mí.
De vez en cuando, se escuchaban las risas, pláticas, burlas, golpes de alguna de las improntas hacia sus parejas por algún comentario, especialmente los golpes que Leah le daba a Joshua para que se comportara, seguidos de las risas de todos los presentes que notaban sus intercambios.
Felicidad es lo primero que se te viene a la cabeza cuando ves esta escena.
—Siempre eras el alma de la fiesta, Swan ¿Qué te pasó? —una voz masculina dice contra mi oído. En mis manos aparece una cerveza recién abierta y muy fría. —¿Tantos años de exilio te volvieron antisocial?
—¿Se nota? —pregunto.
—Bastante —dice él. —También se te nota lo amargada que estas. ¿Esas son arrugas?
—Cabrón —gruño. Le doy un trago a la cerveza.
—Ese es mi segundo nombre —se burla. Chasqueo mi lengua. —Es bueno verte, cara pálida.
—Si te atreves a abrazarme, te golpeo —le advierto. —Y sabes que si me atrevo.
—¿Ahora vas a negarme, nena? —se carcajea. —¿No quieres que te recuerde lo bien que la pasamos juntos?
—¡Te voy a golpear, Paul! —le digo obligándome a seguir con mi fachada de molestia.
—Sabes que eso me enciende —dice él. —La última vez exploté en tu cara.
—¡Imbécil! —chillo girándome a mirar su rostro. —Le voy a decir a Rachel que estas coqueteándome.
—Hazlo, Swan —me reta. —Mi esposa no es celosa. Ella me pidió que viniera a convencerte de un trío.
Intento darle un codazo. Él lo evita rápidamente.
—Me contó un pajarito que hay fila para patear tu trasero si vuelves a desaparecer así —comenta mirándome de reojo. Bebe el resto de la cerveza que hay en su mano. —Al parecer soy tercera persona en la fila.
—¿Tercera? —pregunto. —Según sé, Emily es la primera y Leah ha pedido ser la última. ¿Quién es el segundo?
—Yo soy el segundo —otra voz profunda aparece a mi otro lado.
—Hola, Sam —miro el rostro del hombre que me rescató la primera vez. El hombre a mi lado luce más mayor, más maduro y más sabio que antes.
—Yo… iré por ahí —Paul se levanta y se va. No tengo que adivinar que Sam le ha dado una orden silenciosa para que se vaya.
—¿Ya se te agotaron los abrazos —Sam pregunta. Al parecer él ha sido el único que ha notado como poco a poco fui hartándome de repartir abrazos a cualquiera que se me acercaba. —¿O puedo pedir uno?
—Quedaba solo el tuyo —le digo. Al parecer él ha sido el único que ha notado como poco a poco fui hartándome de repartir abrazos.
Sam rodea mi cuerpo con su gran mano y me empuja contra su costado, me dejo mover, dejo que mi cuerpo se recargue contra su extrema calidez. Desde que me rescató en el bosque esa noche, y desde que descubrí lo que eran, Sam se ha vuelto el hermano protector que necesitaba. Al inicio nos costó a ambos, pero nuestra relación ha mejorado bastante.
—Nunca los había visto tan felices —comenta mirando la escena que yo estaba mirando hace poco.
Todo parece estar en su lugar, todos frente a mi parecen estar en el lugar correcto. En algún momento, las piezas del rompecabezas que ha sido mi vida, iban encajando uno en uno en su lugar. Incluso yo, yo que soy una pieza de mi propio juego.
—Ahora mi familia está completa —Sam comenta, su brazo se aprieta con más fuerza a mi cuerpo. —Todos estamos en casa.
—No —le digo. —Yo no, Sam.
El hombre me mira esperando más información, yo no puedo explicárselo.
Aquí, este antes era mi casa, mi hogar. Todas estas personas son mi familia, pero algo en mi interior me impide considerarlas mi lugar seguro. Los lobos pueden protegerme casi de cualquier cosa, pero no me siento segura, no me siento tranquila.
Desde que llegue al pueblo siento la enorme necesidad de regresar corriendo, no porque quiera huir de este lugar, bueno, quizás si quiero hacer eso, pero mi necesidad está alimentada por la necesidad de una persona en especial.
—¿Cómo han estado todos? —busco la manera de generar una conversación.
—Bien, supongo —se encoje de hombros. —Ya sabes, dentro de lo que se puede.
—¿Cómo lo llevan? —pregunto.
—Como cualquiera de nosotros podría —responde.
Fue hace cinco años cuando Sam, Paul y Jared cambiaron por primera vez, luego fueron Jacob, Embry y Quil Jr. Entre ellos asesinaron a Laurent cuando me lo encontré en el bosque antes de ir al acantilado a intentar suicidarme.
Ahí todos pensamos que pararía.
De repente, Seth y Leah comienzan a tener síntomas, y Harry, su padre, muere de un infarto al verlos transformarse en la sala de su casa. Después de eso, todos pensaron que ya no tenían razones para que el gen Quileute se activara, sobre todo sin vampiros recorriendo Forks.
El asunto fue que los nómadas seguían pasando, Un año después de que me mudé a Seattle, Sue me dio la noticia de que Collín y Brady también se transformaron.
—Aunque los más jóvenes son un dolor en la cola —se carcajea. Yo lo imito con una sonrisa más discreta. —Y se vuelven peores cuando los regaño. No les gusta.
—A ti tampoco te gusta cuando Emily te reprende —me burlo.
—Cállate —gruñe divertido. —Ese es un secreto entre tú y yo.
—¡Sam! —Billy lo llama haciendo señas para que se acerque a él. Mi acompañante se disculpa y se va corriendo por la arena hasta alcanzar al hombre.
—¿Qué no aprendimos de ayer? —Angela se deja caer en la arena junto a mis piernas, su cabeza se recuesta contra mis rodillas. —Si seguimos bebiendo nos dará un coma etílico.
Yo me rio.
—¿Sabes? —pregunta. —Elliot ha estado acosándome por Facebook.
—Sí, eso me dijo —acepto. —Creo que si le gustas.
—Por supuesto que le gusto —mi amiga resopla. —Mírame.
La empujo con mi pierna.
—El maldito problema es que el cabrón es un idiota irresistible. Aunque me saca de mis casillas que sea tan insistente.
—Supongo que ese es el encanto que tienen todos los Grey —suspiro. —Son malditamente irresistibles, encantadores y tercos e intensos.
—Gracias, Dios, universo, Alá, Buda, Taha Aki, ¡quien sea! por mandar a este mundo tremendos especímenes de hombres —dice Angela. Ambas estallamos en carcajadas.
—Vamos, busquemos otra cerveza —le digo.
—Eso suena como una buena idea —de un movimiento se levanta, toma mi mano y tira de mí para ir con los demás.
La fiesta acabo podo tiempo después, las personas poco a poco se fueron despidiendo. Jacob tomó a Ness y a Billy y los llevó a su casa con el pretexto de que su padre debía descansar, sus hermanas no tardaron en desaparecerse también junto a sus parejas. La madre de Angela había bebido demasiado por lo que el señor Webber con ayuda de Seth, se la llevaron a la casa de Leah y Joshua. Charlie y Sue se fueron casi después que Billy se desapareciera, yo no me quise ir con ellos porque quería quedarme para ayudarles a Sam y Emily a recoger todo este desastre. Angela e Isaac se quedaron conmigo.
—¿Por qué no se quedan a dormir aquí? —Emily propone.
—Aún es temprano, podemos ir a Forks sin problemas —Angela responde. Yo asiento.
—Está lloviendo —nos advierte Sam al despedirnos. —Tengan cuidado.
Asiento y sacudo mi mano como despedida. Decidimos que Isaac sería el conductor designado de esta noche, por lo que, cuando yo llego hasta mi auto, cada uno ya está en su lugar, dejándome a mí el asiento del copiloto.
La primer parte del viaje nos vimos acompañados por una ligera llovizna, solo cotas cayendo acompasadamente. Pero, ahora, con cada kilómetro que nos acerca a Forks, la lluvia se ha vuelto una tormenta bastante ruidosa.
—Me alegra que ya no conduzcas en dinosaurio —Isaac habla en voz baja. Sus manos se aferran al volante con fuerza para mantener estable el auto que se desliza en el medio de la lluvia. —Ya estaríamos muertos en esa cosa.
—No digas eso —lo reprende Angela. —Me pones de nervios.
—¿Ya vas a empezar con tus cosas de bruja? —se burla Isaac. Puedo notar el estrés y el nerviosismo en su voz. Angela no le responde, escucho que se remueve sobre el asiento trasero.
—Algo no está bien —murmuro. Mis ojos se asoman a la ventana con la esperanza de ver algo. La fuerte lluvia me lo impide. —Isaac, detén el auto.
Me ignora.
—Isaac —gruño. Ruego internamente que me obedezca.
Algo en mi interior está alerta, mis ojos continúan moviéndose frenéticos por las ventanas. Hay algo fuera del auto.
—No puedo, Bella —sisea. —No veo si hay algún auto del otro lado, no puedo detenerme solo así.
—Maldita sea.
—Déjame llegar a una parte donde sea seguro —me ruega. —Ahí me detengo.
No respondo. Tengo un mal presentimiento.
Una de mis piernas sube y baja a un ritmo acelerado, la suela de mi zapato golpea el piso del auto con fuerza. Mis manos sudan, mi cuerpo se sacude. Isaac trata de mantenerse seguro de sí mismo detrás del volante, como si tuviera todo bajo control aunque su expresión está igual de nerviosa. Angela respira aceleradamente detrás de mí.
—Ya casi llegamos a Forks —el joven intenta sonar optimista. —Me detendré cuando entremos al pueblo, falta poco.
No puedo responderle. La sensación en mi cuerpo no se va, ahora es más asfixiante. Un miedo paralizante llena cada entraña de mi cuerpo. Ese miedo solo lo sentí una vez. La única maldita vez que sentí tanto miedo en mi vida, fue esa noche en Phoenix, cuando el cazador apareció a mis espaldas en el estudio de Ballet.
Una profecía, un pacto sellado con sangre, una venganza que está en deuda, el retorcido destino o simplemente mi mala suerte.
Es inevitable que, alguna de esas cosas, sea el protagonista de esta madrugada.
Miedo, temor, pavor, terror, todo eso se apodera de mí. Mis ojos se abren hasta donde mis cuencas lo permiten, mi boca se abre hasta escuchar el crujido de mi mandíbula. El grito en mi garganta sale desde lo profundo de mi interior, sube por mi garganta, desgarra las cuerdas vocales en el proceso. Mis pulmones queman.
El auto no va a una velocidad alta, Isaac se mantuvo muy por debajo del límite de velocidad, en otras circunstancias, lo único que obtendríamos era una sacudida, algunos rasguños y unos cuantos daños al metal.
Pero, esta vez no es ese caso.
Mis ojos ven todo en cámara lenta. Los neumáticos chillan sobre el asfalto mojado, Isaac suelta maldiciones mientras gira el volante en un vano intento de esquivarla, Angela grita con miedo.
—Bella —escucho que me llaman.
El auto se impacta contra una superficie dura como el grafito. El metal cruce mientras se destroza. Mi cuello se proyecta hacia adelante, mi cabeza rompe el cristal del frente, luego rebota contra el de un lado.
—Bella.
Miles de cuchillos afilados se insertan de golpe en mis brazos y mi cabeza. Los nervios de espalda lanzan una corriente eléctrica por mi cuerpo que se instala en una de mis piernas. Mis pulmones duelen, les cuesta respirar, hay algo apretándolos, evitando que pase el aire por ellos.
—Bella
La sangre escurre por mí cuerpo. Moja mi frente, mi rostro, mi cabeza, mi cuello, mis brazos. Siento cada gota que sale de mis venas, cada gota brota acompañada de una lágrima.
—Bella.
Hago el esfuerzo de mover mis ojos, mi cabeza. Necesito encontrar a mis amigos, necesito saber que ellos están bien. Necesito mirarlos una última vez antes de que mi destino me lleve. Intento moverme, pero no puedo.
—Bella.
Llegó el momento. Puedo sentirlo. Escapé de este destino por años. 5 años, 1825 días, 43,800 horas, 109,500 minutos, 5,670,000 segundos. Pero sabía que me alcanzaría de nuevo, lo sabía y creí que estaría preparada. Creí que estaría lista para morir. No lo estoy.
—Bella.
Charlie aparece en mi cabeza, también Reneé y Phill. Sue, Seth, Jacob, no me despediré de ellos, no podré hacerlo. Leah, Jhoseph tampoco podrán decirme adiós. Elena y Gabriel, ellos sabrán que fue mi culpa, si sus hijos no sobreviven, sabrán que o fui la culpable de que perdieran a dos personas importantes. Julie, el Sr. Grayson y su esposa, Suzanne, personas que me consideran importante, ya no me tendrán en sus vidas.
—Bella.
Christian
Fue efímero, pero fue. Solo unos cuantos días lo tuve, desde la primera noche me hizo suya y ahora tendrá que dejarme ir, alguien de su vida se irá y me mata saber que seré yo. Deseo que logre liberar el peso que lleva en sus hombros, deseo que pueda ser libre algún día. Mierda, deseo verlo una vez más.
—Bella.
Esa voz es un golpeteo constante. La oscuridad se eleva sobre mí. Me abraza.
—Bella.
Quiero volver a ver a Christian.
—Bella.
La oscuridad se eleva sobre mí.
—Bella.
Christian, por favor, encuéntrame.
—Bella.
Ya no puedo. Es más fuerte que yo.
Me dejo llevar mientras en mi mente se repite un solo pensamiento, un solo nombre.
Christian.
—Bella…
Mis ojos se abren. Una luz blanca. Mis ojos se cierran.
—¡Bella! —de nuevo una voz llega a mis oídos. Es la voz de Charlie. —Bella, ¿me escuchas?
—¿Papá? —pregunto. Mi voz es rasposa, áspera y provoca dolor en mi garganta.
—Sí, soy yo —siento su mano rasposa acariciar una de las mías. —Hola, por cierto.
Hago un esfuerzo por abrir de nuevo los ojos. Esta vez sé que hay una luz sobre mí, apuntando directamente a mis ojos así que estoy preparada para verla. Mis ojos son lastimados por la luz, pero, esta vez me resulta más fácil mantenerlos abiertos.
Mis ojos se colocan en Charlie. Está inclinado ligeramente sobre mí, en su rostro hay una mueca de preocupación que lo hace lucir como si hubiera envejecido. ¿Hace cuánto que no lo veo? La última vez fue en La Push.
Mis ojos se pasean a mí alrededor.
Estoy en una habitación desconocida, es de color blanco, en uno de los extremos hay una ventana con persianas entrecerradas, en el otro extremo hay sofá recostado en la pared, en uno de mis lados, hay aparados con símbolos y sonidos que son ligeramente familiares. Mi cuerpo está sobre alguna superficie dura pero a la vez blanda, es una cama con barras a los costados, las almohadas tienen bultos y son rasposas.
Un jodido momento. Yo ya he vivido esto.
Es inevitable el aterrador dejá vú que me golpea.
—¿Dónde estamos? —pregunto. No estoy segura si quiero saber la respuesta.
—En... —mi padre duda. Sus ojos marrones me analizan. —Estamos en una habitación del hospital, en Forks.
Esas palabras hacen que la conciencia vuelva a mí de golpe. Flashes aparecen en mi mente; la madrugada, la carretera, la lluvia, el auto, el maldito accidente.
Mierda.
—¿Bella? —mi padre pregunta, ligeramente alterado.
—¡Jodido pueblo del infierno! —grito con furia emanando desde lo profundo de mi ser. Mi garganta se desgarra en el medio del grito que se mezcla con el dolor, mi cuerpo se sacude por el esfuerzo y por los espasmos de dolor que me atraviesan.
—¡Bella, no te muevas! —Charlie se sobresalta por mi repentino arranque. Su cuerpo se inclina más sobre mí, sus manos sostienen mis hombros en un intento de mantenerme tranquila. —¡Tranquila, hija. Te vas a lastimar!
Mi cuerpo se detiene, pero el dolor ya ha empeorado en cada fibra de mí.
—¿Angela? ¿Isaac? —pregunto desesperada. —¿Dónde están? ¿Cómo están?
—Isaac solo tiene el brazo derecho roto, además de unos cuantos rasguños y golpes —Charlie me explica, su rostro está contraído. —Fue el único que llegó consciente, desde hace horas anda caminando.
—Bendita juventud la suya —murmuro con una mueca. Todo mi maldito cuerpo me duele.
—Angela despertó hace un par de horas. —suspira. —Le dieron unos puntos a un costado de su cabeza, además de que tiene heridas en sus brazos por los cristales y trozos de lámina que se le incrustaron.
—Mierda.
—El resto son golpes y moretones, pero con algunos días de reposo, un poco de terapia física y estará como nueva.
—¿Qué fue lo que pasó? —pregunto sin poder comprender como fue que terminamos aquí.
—Eso quisiera que alguien me explicara —Charlie suspira. —Isaac dice que la lluvia puso a los tres nerviosos, dice que trató de evitarlo, pero que no sabe qué fue lo que los impactó. Sea lo que sea, tú te llevaste la peor parte.
—Como siempre.
Mis ojos vuelan hasta la ventana, muevo mi cabeza lo máximo que el dolor en mi cuello me lo permite. La persiana está medio cerrada, evita que el exterior me mire, o quizás evita que yo mire hacia afuera, pero aún alcanzo a mirar a través de las pequeñas líneas libres del material de plástico. Afuera, lo poco que mis ojos alcanzan a ver, resulta demasiado extraño. Hay luz, demasiada para ser un día lluvioso normal en este pueblo deprimente.
No logro escuchar ningún sonido proveniente de afuera.
—¿Qué hora es? —pregunto. —¿Qué día es?
—Es sábado en la mañana —Charlie me explica. —Estuviste inconsciente quizás más de doce horas.
—¿Cuánto tiempo tengo que seguir aquí?
—Bella —Charlie pone los ojos en blanco.
—Odio los malditos hospitales —digo como excusa.
—Lo sé —Charlie resopla. —Pero tus heridas no fueron superficiales, Bella.
—He tenido peores —digo en voz baja. Veo a mi padre tensarse. —Lo siento, no debí decir eso.
Charlie separa los labios para responderme, pero unos golpes en la puerta lo interrumpen.
Unos golpes en la puerta nos distraen.
La puerta se abre mostrando la cabeza de un hombre con bata blanca. Al ver que he despertado, entra a la habitación caminando hacia mí con una sonrisa amable. Yo no estoy feliz de verlo.
—Hola, Bella —me dice amistosamente.
—Dr. Gerandy —siseo.
—Es un gusto volver a verte —se acerca al lado de mi cama con unas hojas en la mano.
—Quisiera decir lo mismo —escupo.
—Lamento que sea en estas circunstancias —me da una mirada avergonzada.
—Deberíamos dejar de vernos en este maldito lugar —las palabras se escapan entre mis dientes. El doctor asiente con una sonrisa.
—Estoy de acuerdo.
—¿Cómo está? —Charlie interrumpe el intercambio de palabras.
—Viva —murmuramos ambos. Charlie hace una mueca de disgusto.
—Otra vez la maldita pierna, ¿cierto? —digo notando que una de mis piernas esta vendada. La derecha, por si fuera poco. —¿Por qué siempre es esa maldita pierna? ¿Acaso no tengo otra?
—Todo el impacto fue del lado derecho de tu cuerpo —explica mi padre. —Por eso Isaac salió casi ileso.
—La pierna derecha, tu muslo, tiene seis puntos en total —el doctor mira sus hojas. —Tu brazo derecho tiene otros cuatro, pero son un poco más superficiales. Además, tu cabeza rebotó contra el cristal del parabrisas y de la ventana dándole a tu cabeza dos puntadas a un costado y dos en tu frente.
—Perfecto —gruño.
—Gracias a eso, también dos vértebras de tu cuello se lastimaron, pero no hay ningún daño en tu espina dorsal. Aunque si tendrás un poco de dolor para caminar o moverte.
—Me lleva la... —aprieto los labios. El Dr. Gerandy levanta la mirada de las hojas en sus manos y me da una sonrisa comprensiva.
Mierda, mierda y más mierda.
—Necesitarás descansar y un buen coctel de medicamentos. Quizás un poco de terapia de rehabilitación —el doctor continuo hablando, cada palabra me hace gruñir. —Pero, vas a sobrevivir.
Mátenme ya.
—Gracias, Bob —Charlie suspira.
—Vendré más tarde a revisarte, Bella —el doctor amenaza. Le respondo con una mueca. Él cambia su expresión a una lastimera. —Y por cierto, bienvenida de regreso a Forks.
Me lleva la chingada.
La risa del doctor se escucha aun cuando sale por la puerta.
—¡Oh! Ya está despierta —la suave voz de Sue llega a mis oídos. —¡Por Taha Aki! Mírate.
—Me he visto peor, Sue —digo. Arrugo mi rostro. De nuevo hablé sin filtro, debo aprender a controlar esos impulsos.
Sue no responde, parece no darse cuenta de mis palabras, se limita a lanzarse sobre mí empujando hacia un lado a Charlie en el proceso. La mujer aparece frente a mí, sus manos se pasean por mi rostro verificando el estado de mis heridas visibles.
—Me alegra tanto que por fin hayas despertado —habla con ternura. Sus manos siguen moviéndose por mi cabello y mi rostro. —Nos tenías muy preocupado a todos.
—Lo lamento —me disculpo con dificultad. Sus manos ahora se sienten diferentes sobre mi piel lastimada, es como si quisiera limpiarme o asegurarse de que no luzca tan demacrada como creo que estoy.
—No lo hagas —me responde ella. Sus manos bajan, acomodan la sabana que ayuda a la bata del hospital a cubrir mi cuerpo, siento como desliza la tela sobre mí, la acomoda sobre mi regazo, se asegura que esté doblada a la perfección.
Mis ojos suben a su rostro, busco algo que me dé una respuesta. ¿Qué demonios hace?
—¿Qué haces, mujer? —Charlie hace la pregunta que yo tengo atorada en mi mente.
—Alguien está aquí —dice, como si eso explicara todo. —Está algo exaltado… Bueno, en realidad está muy exaltado e histérico.
—¿Estas delirando, verdad? —Charlie le pregunta. Hago un esfuerzo por no reírme. —¿Te sientes mal? ¿El estrés y la falta de sueño te están cobrando factura?
Sue lo empuja más lejos.
—Charlie, se amable —Sue le advierte bajando el tono de su voz. —Compórtate, por favor. Es importante.
—¿Ahora yo que hice? —gruñe mi padre.
Un par de toques en la puerta me sobresaltan.
—¡Adelante! —Sue dice en voz alta. Escucho la puerta de la habitación abrirse, no logro ver a la persona que entra porque Charlie y Sue están cubriéndome.
—Buen día.
Mi cabeza se gira de golpe, mi cuerpo se lanza hacia arriba de la cama para levantarse y correr, pero el maldito dolor que nace en mi cuello se dispara por toda mi espalda hasta la última de mis terminaciones nerviosas.
—¡Ay, carajo! —aúllo de dolor. Mis ojos se cierran como si eso ayudara a mitigar el dolor.
—¡Bella! —en segundos tengo a Charlie y a Sue sobre mí, sus manos sosteniéndome las extremidades y revisando la causa de mi dolor.
—Esta niña va a matarme —Charlie gruñe para sí mismo. Sus manos me ayudan a acomodar mi espalda de nuevo contra la cama.
—No hagas eso de nuevo, Bella —Sue me regaña. Sus manos acomodan mi cabello de nuevo. —Te vas a lastimar.
—Estoy bien, estoy bien —digo, no muy segura de a quién van dirigidas mis palabras.
Abro mis ojos. Ambos tienen una mirada preocupada en el rostro, pero asienten y poco a poco comienzan a alejarse de mí. Mis ojos tratan de mirar en dirección a la puerta, en dirección a donde vino su voz.
—Lo lamento —su voz llega a mis oídos. Eso parece recordarle a mis acompañantes su presencia. —No esperaba que reaccionara de esa manera con mi presencia.
—¿Tú quién eres? —Charlie pregunta de golpe.
—Christian —murmuro. Una ola de calidez recorre mi cuerpo magullado y adolorido. Por fin he girado mi cabeza con cuidado y puedo verle a solo un metro detrás de Charlie y Sue.
Está muy lejos de mí. Mi cuerpo no puedo moverse por más que intento alcanzarlo. Quiero tocarlo, quiero que me toque. Quiero comprobar que es real.
—Charlie, él es Christian —Sue dice emocionada. Veo su mano sacudir la chaqueta de Charlie con insistencia. —Vino a ver a Bella.
—¿Christian? —Charlie pregunta confundido.
—Si —Sue continúa con emoción. —¡Su nombre es Christian!
—¿Christian? —Charlie pregunta de nuevo, está encerrado en sus pensamientos, como si hubiera algo en ese nombre que lo atormentara. —Un momento… ¿Christian?
Mierda.
—Si —responde el susodicho. —Ese es mi nombre.
—¿Christian? —mi padre se ha girado en mi dirección. Sus ojos chocolates están abiertos al máximo. —¿El mismo Christian del que me hablaste?
Me lleva el carajo.
—Pues…. —balbuceo.
—¿Te habló de Christian? —Sue lo mira. Ahora ella también está sorprendida.
—Sí —respondo. —Bueno, no… pero es que…
—¿Te habló a ti de un Christian? —Charlie le pregunta a su esposa Él no está tan tranquilo respecto al tema. —¡¿Le hablaste de Christian?!
—Yo… tal vez le dije que…
—¿Por qué siento que estamos hablando de un Christian diferente? —Sue pregunta mirándome, luego a Charlie.
—No… bueno, si… —continúo con mis explicaciones estúpidas.
—Espero que si estemos hablando de un Christian diferente —Charlie se gira aún más hacia mí.
—¿Hablamos del mismo? —Sue también me mira.
—Ya, mátenme —me quejo en voz alta.
—¡No digas eso! —ambos gritan con histeria. Lloriqueo.
—Charlie —Sue parece retomar el control de la situación. —Él es el Christian del que Bella me habló. Es su nuevo novio.
Y ahí está. Ahora sí, Charlie va a matarme.
A mi padre le toma exactamente cinco segundos conectar los puntos en su cabeza y le toma otros tres segundos colocar sus ojos marrones sobre los míos antes de mostrarme en silencio las mil maneras que puede imaginar para torturarme respecto al tema. Le regreso la mirada, suplicándole que hablemos de esto después.
—¿Novio? —es la palabra que escupe. Suelto el aire de mis pulmones.
—Sí, señor Swan —escucho sus pasos acercarse. —Soy Christian Grey.
En cuanto dice su nombre, su rostro aparece entre Charlie y Sue. Sus ojos grises están fijos en mí, el brillo en ellos es diferente, lucen destrozado, aliviado, torturados y cansados. Aunque su rostro está en blanco, sé que hay emociones detrás de esa máscara de frialdad que acompaña su postura tensa.
Su aspecto me sobresalta. Su cabello está muy despeinado, su barba se ve más oscura y descuidada, sus ojos tienen unas ojeras como si no hubiera dormido en semanas. Su ropa luce impecable, pero a la vez está hecha un desastre.
—Bella me habló de él ayer —Sue explica. —Llegó a preguntar por ella en recepción y lo reconocí, así que lo traje conmigo.
Christian da un asentimiento a las palabras de la mujer.
—¿Ustedes dos están saliendo? —Charlie pregunta.
—Si —ambos respondemos.
—¿Desde cuándo? —mi padre entrecierra los ojos.
—Charlie basta —Sue le dice. —Este no es momento para tus celos de padre.
—¿Celos de padre? —resopla. —Solo estoy preguntando, porque yo…
—Christian —Sue interrumpe a mi padre. Se gira para poner su atención en Christian, incluso tiene que levantar su rostro para poder mirarlo. —¿Estaría bien si los dejamos solos? Quiero ver a Angela y a Charlie le vendría bien un café.
—¿Qué no estabas hace un momento con Angela? —Charlie pregunta lanzándole una mirada confundida a su esposa.
—No —es la sencilla respuesta de Sue. Ambos reconocemos la mentira en su voz.
—Adelante —Christian acepta. —Vayan tranquilos, yo me quedaré con ella. Yo la cuidaré.
Sue le sonríe. Se vuelve hacia mí inclinándose con sus ojos brillantes de emoción, deposita un beso en mi frente.
—Es encantador —me susurra. Yo muevo mi cabeza con cuidado para afirmar sus palabras.
—Pero, yo no quiero un café —se queja Charlie. Sue pone los ojos en blanco.
—Sí, si quieres un café —la mujer endereza su espalda, le lanza una mirada asesina. —Ha sido un placer, Christian. Espero verte más tarde.
Charlie está listo para protestar y decir sus razones para quedarse aquí, conmigo, pero Sue es más rápida, lo empuja hasta la puerta dejándome a solas con mi tortura personal.
¿Por qué el destino quiere joderme a diario? ¿No fue suficiente ya? Por supuesto que no.
Porque definitivamente no hay nada más romántico que un reencuentro en el hospital de este maldito pueblo, mientras tengo golpes, moretes y puntos por todos lados. No hay nada más jodidamente romántico que esto.
—Isabella —gruñe mi nombre de una manera que no puedo asimilar. Es molestia, rabia, miedo, decepción, asombro, alivio, preocupación, molestia de nuevo.
¡Oh señor! ¡Alguien apiádese de mí!
Hola de nuevooooooo!
Vaya capitulo, vaya drama ¿eh? Aquí se sabe que Forks siembre será el momento humilde de Bella, además de que, volver siempre va a alborotar el gallinero de nuevo. JAJAJA Pobrecita, va a sufrir, si, pero debo dejar en claro que Bella necesita buscar su catarsis, la cual no la ha tenido, y Forks es el lugar. Es todo lo que diré jijijiji.
En fin, nos leeremos en siguiente capitulo.
