Algunos años después
De pie en el andén observé como el tren se alejaba. Junto a mí, Hermione y Ron, que se habían ofrecido a acompañarnos, preocupados por las reacciones de la gente al verme aparecer en el andén. ¿Pero como no iba a ir a acompañar a Edward? Su primer viaje a Hogwarts, era importante.
La charla con él la víspera, mientras revisábamos juntos el baúl, seguía presente en mi memoria.
— Padrino, ¿vas a quedarte aquí? mientras estoy en la escuela.
— Ya hemos hablado de esto, Ted. Voy a volver a mi casa.
Lo vi parpadear, triste. A pesar del año y medio que había pasado desde el repentino fallecimiento de su abuela, Teddy seguía aferrándose a mí, supongo que asustado de pensar que yo era lo único que le quedaba.
— ¿No puede ser esta tu casa? —cuestionó con voz pequeña.
Me senté junto a él y le pasé el brazo por los delgados hombros.
— Lo ha sido estos meses porque tu estabas en ella. Pero necesito volver, mi negocio esta allá y mi casa.
— Y el bosque.
— Sí.
— Fleur dijo que no era bueno para ti pasar la luna llena en el sótano. La escuché decirte que tenías que volver al bosque. ¿Te ha hecho daño venir a estar conmigo?
— No, no —le solté y lo giré hacia mí para que viera la sinceridad en mi cara, sujetando una de sus manos—. Iría al fin del mundo por ti, Teddy, a donde fuera. Tú eres lo más importante ahora. En Navidad estaré aqui, y en Pascua. Quizá en verano quieras tú venir y conocer mi casa.
— El lobo… me asusta. A veces podía oirte.
— Oh, siento mucho eso. Me aseguraré de que cuando llegue la luna llena en ese caso puedas quedarte con Fleur, o en la Madriguera si quieres con los demás chicos. Pero de verdad que me gustaría que vinieras conmigo, creo que te gustaría el lugar donde vivo.
— Lo pensaré. Pero en Navidad estaremos aqui.
— Sí —lo abracé—estaremos aquí.
El tren desapareció en la curva de la estación y Hermione me sujetó del codo con cuidado.
— Deberíamos irnos, la gente empieza a mirarte.
Ni siquiera era consciente de la presencia de los demas familiares en el andén. Después de años lejos, la prensa había anunciado mi reaparición a bombo y platillo tras el funeral de Andrómeda. Maldije mucho y traté de evitarlos, pero la veda se había abierto y no podía dar dos pasos sin gente que me hablaba espontáneamente o periodistas. Los periodistas eran malos, pero la gente… en ese año y medio trataron de hechizarme, de darme pociones, de abrazarme, besarme e incluso pedirme matrimonio. Era estúpido y una absoluta locura que se convirtió en tema de conversación en el reencuentro con mi familia y amigos, por suerte para tomárnoslo a risa y bromear mucho sobre ello.
Por eso solía ir acompañado cuando me movía por el mundo mágico, especialmente si Ted iba conmigo. Ir a Diagon a comprar sus cosas había sido una odisea que había necesitado un batallón de Weasley con las varitas preparadas y había acabado llamando la atención de los aurores que patrullaban por el callejón. Así que sí, era mejor alejarse del andén lo más rápido posible. Además, era hora de volver a casa.
— Llámame cuando te hayas instaladao, por favor —me repitió Hermione por enésima vez.
— Estarás en la oficina, no tienes telefono —le recordé—. Te llamaré esta noche.
A su lado, Ron me miró largamente. Había algo que quería preguntarme y no sabía como, se veia en su cara.
— Va, escúpelo —le dije mientras cerraba el baúl.
— ¿Harás caso a Fleur? ¿Intentarás acercarte al desconocido de la cabaña?
Me sorprendió la pregunta, hasta ese momento no me había percatado de que hablaban entre ellos de mí, seguramente porque estaban preocupados despues de verme cada mañana tras la luna, Ron era el que más días me había acompañado porque el trabajo en la tienda lo permitía.
— Sí. Necesito saber.
— Puede ser peligroso.
— Ron, ¿tú me has visto como lobo?
Se estremeció.
— Por desgracia, hermano. Pero eso no te defenderá de los hechizos. Y si realmente es una veela…
— Los lobos son inmunes al encanto veela.
Los dos nos giramos hacia Hermione, que revisaba mi armario por si me habia dejado algo.
— ¿Qué? eso es de primero de criaturas mágicas. El encanto veela, igual que el de las sirenas, está destinado a los humanos, para defenderse de ellos. Harry será inmune.
— Bueno, alguna ventaja tenía que tener —murmuré, tocando con cuidado el mordisco en mi costado.
— ¿Llevas tus pociones?
— Sí. Compré para cuatro meses, repondré en navidad. El boticario dice que son mejores recién hechas.
— ¿Está bien la nueva fórmula?
— De momento sí. Al menos sabe mejor.
— Oh claro, porque eso es lo más importante —protestó con exagerado sarcasmo.
Me acerqué a Hermione y la abracé. La conocía como para saber que tanta queja era su manera de expresar su preocupación porque estuviera otra vez lejos y solo.
— Estaré bien. Y vendré como siempre una vez al mes a almorzar a la Madriguera.
— Más te vale. Y por favor ten cuidado.
— Lo tendré. Despedidme de los niños, por favor.
Me aparecí en el salón de mi pequeño piso y lo primero que me sorprendió fue que sobre la mesa había un jarrón con flores frescas y una nota junto a él.
"Bienvenido a casa de nuevo".
Movido por la intuición, entré a la cocina y abrí el frigorífico. Estaba lleno. La señora Patterson, mi querida y jubilada vecina, se había hecho cargo de la pastelería todos esos meses junto con su hija menor, que ya trabajaba habitualmente para mí y conocía el negocio. Yo le había insistido en pagarle muy bien por su esfuerzo, y porque yo realmente no necesitaba el dinero del negocio para vivir, solo quería que se mantuviera a flote sin mí esos meses. Me había costado muchas discusiones y el envío de ropa para mis sobrinos, que insistía en seguir cosiendo aunque su tienda ya estuviera en manos de su hija mayor.
Saqué las maletas y las desencogí para dejarlas en el dormitorio. Por suerte, el piso tenía su propia puerta trasera independiente de la tienda, siempre podía dejarles pensar que un taxi me había traído de la estación de tren. Aproveché el exceso de energía nerviosa que generaba la cercanía de la luna llena deshaciendo las maletas a mano en lugar de con tres pases de varita, eso me permitió apreciar que no solo se habían colado en la cocina, también habían limpiado la casa. Por suerte no había objetos mágicos a la vista, todo lo sospechoso se había ido conmigo de viaje.
— ¡James!
La voz de la señora Patterson me recibió en cuanto puse un pie en la trastienda. Se limpió las manos en el delantal y enseguida se abalazó hacia mí para abrazarme.
— Qué bien tenerte de nuevo en casa, muchacho.
— Gracias. Y gracias por lo de arriba, no debería haberse molestado.
— Era lo menos que podía hacer. ¿Qué tal el viaje? ¿Y tu chico? ¿Qué tal la escuela?
El resto de la tarde se fue en hablar con ella, era una fuente inagotable de charla. Me puso al día de la vida de todos los vecinos durante ese año y medio mientras amasábamos y preparábamos la tienda para el día siguiente, con una sonriente Jen entrando y saliendo un buen numero de veces porque tal o cual vecino queria saludarme.
— Lástima que no hayas traido al chico contigo. Aquí seguro que habría estado muy bien.
Sonreí, ya sabía yo que el tema del internado estaba dando vueltas en su cabeza.
— Toda su familia ha ido a ese colegio, incluido yo. Era la voluntad de sus padres y su abuela, él estaba emocionado por ir también. Vendrá en verano.
— Vi su foto en el salón, la que tienes sobre la chimenea. Es un chico muy guapo. ¿Pero no eras muy joven tú cuando nació?
Por suerte era una foto muggle y no mágica, pensé.
— Su padre era el mejor amigo del mío, por eso me hicieron su padrino. Supongo que no esperaban fallecer los dos de golpe y que realmente tuviera que cuidarlo, por eso su abuela se ha hecho cargo este tiempo.
— Y tu salud… en fin, estoy segura de que vas a ser un gran padre, se te nota. Y con todos esos sobrinos además, tendrá suerte de crecer en esa gran familia.
— Sí.
Terminó de limpiar el mostrador mientras yo iba apagando luces y verificando la programación de los hornos y las fermentadoras para las cinco de la mañana, con la cabeza ya pensando en el madrugón, cuando me sobresaltó la pregunta final, con su mejor tono de madre preocupada.
— ¿Y tú como estás? ¿Hay algun cambio? ¿Tienes que seguir yendo al hospital?
Para el mundo muggle en el que vivía, yo tenía una enfermedad crónica que precisaba una noche al mes en el hospital para un tratamiento. Habíamos creado esa excusa cuando me mudé allí, porque algo tenía que decirle a mi jefe, incluso Hermione había creado un falso certificado médico para entegarle al buen hombre.
— Me han hecho análisis y cambiado algunas cosas, pero sí, seguiré durmiendo una noche cada cuatro semanas en el hospital, es lo mejor.
Vi en su mirada el eterno pensamiento de "Pobre, tan joven", una mirada que reconocía de Molly o de Andrómeda cuando aún vivía. Y de Hermione, debía ser cosa de madres. Pero la verdad era que ese mes ansiaba la luna llena.
No había sido fácil cambiar correr por los bosques por estar encerrado en un sótano, la verdad. Pero sobre todo no había sido fácil para mi lobo no poder visitar la casa escondida. Ambos añorábamos el olor del desconocido de la cabaña y ambos estábamos decididos a intentar un acercamiento.
El plan no era idea mía, sino de Fleur. Ella estaba convencida de que se trataba de una veela, una veela sin registrar segun las discretas comprobaciones de Hermione, y había insistido mucho en los significados de esa flor en concreto. Y yo había obedecido, porque de vez en cuando escuchaba a las mujeres de mi alrededor y me daba cuenta de que solían tener razó fin y al cabo ella era la experta.
Me aparecí en la cueva, que milagrosamente no había sido ocupada por otro animal en ese tiempo, supuse que el olor a licántropo los había desanimado, porque no había huellas que indicaran que alguien había entrado allí desde mi partida. Ya había llevado las mantas en otro viaje anterior. Eran mantas nuevas, que mi familia había insistido en renovar, mantas en las que todos ellos habían dormido, incluido Teddy y que ayudaban al lobo a sentirse mejor antes y después de la transformación. Otra idea de una mujer de mi familia, por supuesto, en este caso de Andrómeda, que había convivido lo suficiente con Remus como para saber que era algo que funcionaba.
Con cuidado, deposité el recipiente de cristal en el suelo y observé la flor: un lirio de agua blanco, resurrección, pureza y majestuosidad según Molly, que aún recordaba los preceptos sangrepura sobre las flores. Y buenas intenciones, según Fleur. Esa flor alabaría la belleza de la veela y le tranmitiría mis buenas intenciones y el ánimo de conocerla desde el respeto. Mucha etiqueta para una flor, pero yo estaba allí para aceptar consejos, no para cuestionarlos.
La transformación ya fue más facíl porque afuera podía oler el bosque y eso relajaba a mi lobo automáticamente. Supongo que el objetivo de esa noche también, claro. La cuestion ahora era que fuera capaz de hacer el largo camino caminando sobre dos pies en lugar del trote habitual y más cómodo sobre cuatro patas, porque había que llevar el jarrón con cuidado.
Al despertar al día siguiente en mi nido, el olor estaba de nuevo pegado a mi nariz. Lo había conseguido, había llegado a la casa con el jarrón intacto y las barreras me habían permitido dejarlo en el porche. Y luego el lobo había decidido tumbarse allí a gimotear porque no nos dejaban entrar. Sí, tan patético y tan necesitado como los últimos años. Por supuesto, no había ocurrido, aunque había oido movimiento dentro de la casa y habría podido apostar una mano o una pata a que había pasado un buen tiempo sentado tras la puerta, escuchándome como yo le escuchaba a él respirar.
Para la luna llena de octubre, Fleur decidió que el lirio debía ser rosa, que era más directo: aprecio, admiración, incluso coqueteo. Yo me atreví a preguntar si no era demasiado, pero la voz de varias mujeres, estabamos en el almuerzo familiar de los domingos, me hizo callar antes de saltar a interesarse por como le iba a mi ahijado en Hogwarts.
Repetí el proceso del mes pasado. Lo que no esperábamos, ni mi lobo ni yo, era que, al primer paso en el crujiente porche, la puerta se abriera de un tirón. El recuerdo a través de los ojos del lobo es deslumbrante, porque al abrirse la puerta, la luz del interior enmarcó a la persona parada bajo el marco con un halo dorado. Tambien puede ser alguna cosa de veelas, supongo, pero fue mi conciencia humana la que exclamó un "Maldita sea" al reconocer los rasgos de la veela ante mí.
Nos quedamos mirando un eterno minuto, mi lobo absorbiendo todos los detalles posibles después de tanta espera, sus alas abiertas, sus garras feroces y sus colmillos, sus iris rojos y su increíble melena rubia. Y esa piel blanca e inmaculada.
— Potter… —lo escuchamos murmurar, impresionado.
De la garganta del lobo surgió un largo gemido y estoy seguro de que Draco supo sin dudar que estaba haciendo un esfuerzo para no acercarme a él. No iba a atacarle, no al menos de un modo dañino. Al contrario, mi lobo quería tumbarse panza arriba para que le hiciera cosquillas en la barriga como a un cachorro. En ese momento, esa vela podría haber hecho de nosotros dos, lobo y humano, lo que quisiera.
Extendió las manos despacio y dejó que el lobo dejara con cuidado entre ellas el recipiente. Lo vimos dejarlo con el mismo cuidado sobre un mueble junto a la puerta y después la cerró tras él. Avanzó descalzo hasta el límite del porche y miró atrás justo antes de echarse a volar.
— ¿Vienes? —preguntó.
Y el lobo asintió una sola vez antes de saltar al césped del jardín, claramente feliz. De hecho yo creo que hasta moviendo la cola.
