Nota de autor #1: Esto es una historia de What if... En esta historia, Kenshin no dejó de ser Battousai al final de la guerra, o más bien, no tiene la negativa absoluta de matar, como lo hace en el canon. La idea me vino a la mente mientras releía el manga y pensé ¿qué hubiera pasado si Kenshin todavía fuera Battousai? Y no me refiero al asesino sediento de sangre, sino al astuto hitokiri al que no le gusta matar, pero lo hace por ser necesario.
Nota de autor #2: Yo no considero a Battousai y al vagabundo como dos entidades distintas, como muchos fics lo retratan, sino que como dos actitudes distintas de la misma persona. Considero a la personalidad del rurouni como una máscara para ocultar la astucia de Kenshin como hitokiri, un método que utiliza para evitar al gobierno, que seguramente querría matarlo igual que intentaron matar a Shishio si hubiera seguido siendo el asesino. Esto se reflejará en el fic, y habrá una aparente dualidad en su personalidad dentro y fuera de combate, pero sigue siendo una sola persona. NO HAY PERSONALIDADES MÚLTIPLES EN ESTE FIC. Y aunque me gusta la idea de que sus ojos cambien de color, eso no va a pasar aquí.
Nota de autor #3: En su mayor parte, me baso en el manga en su totalidad, y solo utilizo algunos términos básicos en japonés como títulos, sufijos, nombres de algunos objetos, etc.
Nota de autor #4: Nobuhiro Watsuki es un pedazo de mierda y no lo apoyo de ninguna manera. Esta obra es sólo para mi disfrute personal, y por el amor que le tengo a los personajes, no al autor.
CORAZÓN DE ESPADA
Hace 170 años, la llegada del Comodoro Perry a Japón marcó el fin del período Edo y el comienzo de una era turbulenta y violenta conocida como Bakumatsu. En este contexto, apareció en Kioto un hombre conocido como 'Hitokiri Battousai', quien dejó una huella imborrable en las páginas de la historia durante la Restauración Meiji. Infame por su destreza inigualable en combate, se convirtió en uno de los asesinos más temidos e importantes de su época, y en medio de los horrores de la guerra, empuñó su espada para forjar el sendero hacia la nueva era Meiji. Sin embargo, tan pronto como el conflicto llegó a su fin, desapareció sin dejar rastro, dejando solo mitos y leyendas a su paso. Considerado como el samurái más fuerte que haya caminado sobre la tierra, se ganó el apodo de Battousai, el Asesino.
Así comienza nuestra historia en Tokio, en el undécimo año del período Meiji.
I
El legendario guerrero samurái
Tokio, 1878
Los rayos del sol aún no habían logrado atravesar las nubes en el cielo, y una densa niebla oscura envolvía las calles de la ciudad.
A esta hora temprana, un joven viajero apareció entre las sombras, vestido con un hakama blanco y un kimono azul marino. Sus antebrazos estaban cubiertos por protectores negros, y su cabello largo, de un llamativo color rojo sangre, caía elegantemente desde una coleta alta que enmarcaba sus facciones juveniles. Parecía no tener prisa alguna mientras caminaba por las estrechas calles del pueblo, y aquello, en conjunto con su estatura inusualmente baja y la expresión serena en su rostro, lo hacían parecer todo menos peligroso. Sin embargo, el daishō que llevaba en su cintura atraía la atención dondequiera que iba, haciendo que los demás se mantuvieran a una distancia respetuosa, pues ya habían pasado dos años desde que se había prohibido el uso de las espadas.
Por esta razón, una audaz joven corrió tras él portando un bokken en sus manos.
―¡Detente ahí, Battousai!
Por supuesto, aunque la joven había intentado acercarse sigilosamente, el viajero había percibido su presencia desde el momento en que había comenzado a seguirlo. Pudo detectar aquel furioso ki con una facilidad solo nacida de la experiencia, sin mencionar que sus pasos no habían sido exactamente silenciosos y habían resonado con fuerza en el silencio de la madrugada. Sin embargo, optó por esperar a que su perseguidora actuara antes de reaccionar.
Por ello, solo detuvo su paso cuando la escuchó hablar. Una brisa fresca comenzó a disipar la niebla que lo rodeaba en ese momento, permitiendo una mayor visibilidad justo cuando el joven pelirrojo se dio la vuelta con calma. Sus ojos se encontraron con los de ella, llenos de curiosidad cautelosa, y se tomó unos breves segundos para analizarla. La chica era joven, no parecía mayor de dieciocho veranos, y su mirada azul lo fulminaba con una furia intensa que le costó comprender. ¿Qué había hecho para enojarla?
―¿Mm? ―dijo con voz suave mientras componía una falsa expresión de asombro en su rostro, con sus ojos fijos en el rostro de su atacante.
―Tu reinado de terror y asesinatos termina aquí. ¡En guardia!
Parpadeó con incredulidad al escuchar aquellas palabras. La gravedad de la acusación lo dejó atónito, momentáneamente sin palabras, y solo logró articular un bajo y confuso "¿oro?" en respuesta mientras intentaba procesar lo que estaba ocurriendo. Si este encuentro hubiera tenido lugar diez años atrás, hubiese tenido completo sentido, pero en ese momento las piezas no encajaban. No hizo ningún otro comentario y simplemente sostuvo su mirada, con su rostro mostrando abiertamente su profunda confusión.
—No finjas inocencia conmigo, solo un asesino rompería la ley y andaría por ahí con espadas. —escupió ella con desprecio, antes de lanzarse hacia él a toda velocidad.
Sus pasos resonaron en la tierra cuando se abalanzó hacia él con el bokken en alto en un ataque tan predecible que el pelirrojo soltó un suspiro de fastidio. En el último segundo posible, esquivó su ataque con una elegante muestra de agilidad y saltó por los aires con un poderoso impulso. Su figura se alzó en el cielo por un instante, casi desafiando a la gravedad, y tras un instante aterrizó con precisión sobre una estrecha cerca de madera que bordeaba la solitaria calle. Allí, mantuvo precariamente su equilibrio, balánceándose con cuidado para no caer.
—Señorita, me temo que se ha equivocado de persona. No soy más que un espadachín vagabundo, sin familia ni vocación —murmuró con voz suave y apacible, intentando calmar a la chica agitada. Aunque no pudo evitar el destello de irritación que se encendió en el fondo de su mente debido a la imprudencia tonta de la joven, lo disimuló cuidadosamente bajo su amable semblante. No podía permitirse mostrar su molestia en ese momento y situación, aunque se preguntó internamente qué clase de lógica era esa. Andar con espada no lo convertía automáticamente en la persona que ella estaba buscando, qué diablos tenía esa chica en la cabeza. Y si realmente hubiese sido el asesino, ¿creía que con un pedazo de madera podía hacerle frente? A juzgar por su falta de habilidades de sigilo, el pelirrojo supuso que la chica no era una guerrera de verdad y, obviamente, sobrestimaba mucho sus propias capacidades si realmente pensaba que podría derrotar a un asesino.— No sé nada sobre asesinatos recientes o reinado de terror. Simplemente estoy de paso por esta ciudad, llegué hace poco.
Después de la última palabra, el joven pelirrojo descendió de la cerca, sus pies tocando el suelo con una gracia casi sobrenatural. Luego, le brindó a la mujer de ojos azules una sonrisa suave en un intento de calmarla.
—Entonces, ¿por qué llevas un daishō? Nadie debería andar con espada, ni siquiera un espadachín, es ilegal —contrapuso ella, con la sospecha marcada en su rostro, lanzándole una mirada que él trató de evitar lo mejor que pudo.
La sonrisa del joven perdió un poco de su brillo, dejando paso a una expresión de seriedad. Con un suspiro resignado, llevó su mano derecha hacia una de las armas enfundadas en su cintura y la desenvainó con cuidado. No pudo evitar notar el ligero temblor de miedo que recorrió a la muchacha, una reacción que decidió pasar por alto. En su lugar, se concentró en el guión que había ensayado meticulosamente, pues ya había engañado a personas en lo que respecta a su espada:
—¿Cree que podría matar a alguien con esto?
La hoja de la espada brilló a la luz tenue de la mañana cuando, sin dudarlo un instante, le entregó el arma a la chica.
Por su parte, aunque sus instintos le advertían que se mantuviera alejada, una curiosidad irresistible impulsó a la joven hacia adelante. Cautelosamente, cerró sus dedos alrededor del mango de la espada, y en ese momento, cuando llevó su mirada hacia la hoja, un escalofrío recorrió su mano. No pudo evitar soltar un jadeo cuando notó algo muy particular.
—Esto es... ¿una sakabatō? Y parece que no tiene uso... —dijo con su voz llena de una mezcla de asombro e incredulidad. La joven no pudo resistirse a pasar sus dedos a lo largo de la hoja, notando su estado prístino, como si nunca hubiera sido manchada por el carmesí de la batalla.
Él no corrigió su creencia sobre el uso de la espada. En cambio, simplemente confirmó el tipo de arma que era.
—Así es —confirmó, sin ofrecer más explicaciones, dirigiéndole otra sonrisa tranquilizadora a la chica esperando aplacar sus temores y evitar llamar la atención a esas horas de la mañana.
—Entonces, realmente eres...
—Un vagabundo —respondió el pelirrojo asintiendo con la cabeza. Con destreza, tomó la espada de las manos temblorosas de la chica y la devolvió a su vaina en un movimiento diestro que mostraba lo acostumbrado que estaba a hacer aquello.
—No deberías llevar esa espada, te... —Las palabras de advertencia de la chica se vieron interrumpidas abruptamente por el agudo sonido de un silbato de la policía que rompió la calma de la mañana. Al instante, su cuerpo se tensó y las llamas de la ira que se habían apagado durante su conversación volvieron a arder en sus ojos. Sin más preámbulos, se giró rápidamente y echó a corrrer en dirección del bullicio. Dejando atrás al vagabundo pelirrojo, exclamó: —¡La policía! ¡Esta vez seguro es él!
Ahora solo de nuevo, el pelirrojo la observó alejarse, con una expresión sombría dibujándose en sus rasgos y reemplazando a la apacible calma.
Las palabras de la mujer le decían un detalle relevante: la presencia de un impostor en la zona. Alguien se estaba haciendo pasar por Battousai y estaba utilizando su nombre para cometer atrocidades. Aquello lo molestó considerablemente, pues era algo que ocurría con demasiada frecuencia y ya se había vuelto una constante molestia para él. En casi todas las ciudades por las que pasaba, parecía haber algún alma retorcida tratando de reclamar su nombre, solo para ser derrotados fácil y rápidamente cuando él los enfrentaba. Solo esperaba que esta vez el impostor fuera menos decepcionante.
Una sonrisa irónica y apenas perceptible se dibujó en sus labios ante el pensamiento.
Sin embargo, no había nada gracioso en la situación. Que algo así estuviera ocurriendo de nuevo, y precisamente en la capital, no era motivo de risa. El hecho de que pareciera haber estado sucediendo durante un período considerable de tiempo era incluso más preocupante, y encendió una llama de ira en su interior, endureciendo su mirada violeta. ¿Por qué no se había detenido todavía a aquel sujeto? ¿Tanto había caído el nivel de las policías?
—Parece que hay graves problemas en este lugar —murmuró en voz baja mientras el penetrante sonido de una espada cortando carne llenaba el aire, seguido de una risa maníaca y distintivamente masculina. En un instante, se lanzó a la acción, impulsándose hacia adelante con una velocidad sobrenatural, siguiendo el camino que la mujer de cabello negro acababa de tomar.
A medida que se acercaba, la voz de la extraña chica que había conocido solo momentos antes resonó en el aire.
—¡Detente, Battousai! —Su orden reverberó por las calles, y sirvió como guía para que el pelirrojo se dirigiese al lugar exacto donde ella se encontraba.
Al doblar por una esquina, se detuvo en seco y sus ojos se posaron en una escena que le congeló la sangre en las venas. En ese momento, la máscara del amable vagabundo, cuidadosamente pulida durante diez años para brindar consuelo y tranquilidad a quienes lo rodeaban, se desvaneció por un instante. Su expresión se volvió fría, gélida como una tormenta de invierno, con una mirada asesina brillando en su rostro. Sus ojos violetas se endurecieron, implacables, furiosos y letales, y todo rastro de dulzura en ellos se esfumó como si nunca hubiese estado allí.
Dos policías yacían muertos en el suelo, y la chica estaba desplomada contra un muro, con una herida reciente en el hombro de la que manaba sangre. Su agarre en su bokken era débil, y el arma de madera colgaba flojamente de su mano, apuntando hacia el suelo. A pesar del miedo que obviamente la atenazaba, había un destello de dignidad y determinación férrea en sus ojos azules mientras mantenía su mirada fija en el gigante imponente que se alzaba sobre ella, riéndose sonoramente mientras menospreciaba y provocaba a todos los que lo rodeaban, tachándolos de patéticos debiluchos.
El pelirrojo maldijo por lo bajo mientras se lanzaba hacia adelante, impulsado por una oleada de adrenalina pura que encendió sus venas como fuego. Con una ráfaga de velocidad, alcanzó a la muchacha de cabello negro justo a tiempo para apartarla de la trayectoria mortal de la espada. En lugar de encontrar su objetivo, la hoja chocó contra el muro, produciendo un estruendo ensordecedor que hizo vibrar el aire a su alrededor.
—Perdóneme, pero está siendo muy imprudente —murmuró suavemente a la chica en sus brazos, asegurándose de ocultar su mirada gélida de ella al mirar por encima del hombro al asesino a sus espaldas. Mientras tanto, el impostor 'Battousai' retrocedió sutilmente, ligeramente intimidado por la intensa y peligrosa mirada del samurái. Sin embargo, los sonidos de más policías acercándose lo obligaron a huir rápidamente, proclamando que era Himura Battousai del Kamiya Kasshin Ryu.
El pelirrojo frunció el ceño al ver cómo el hombre se alejaba, sintiendo una punzada de molestia en lo más profundo de su ser por no poder capturarlo en ese instante. Dejarlo escapar suponía que probablemente alguien más moriría, pero sabía que perseguirlo en ese momento sería un error. Si lo hacía, corría el riesgo de acabar delatándose ante la policía que ya se oía cerca y, además, tenía otras prioridades en ese momento.
Volvió su atención a la pelinegra, que estaba claramente molesta con él e intentaba escapar de su agarre. Conteniéndose para no poner los ojos en blanco, la colocó suavemente en el suelo, asegurándose de no causarle más daño. De verdad, qué muchacha mas imprudente.
Una vez nuevamente en pie, ella intentó seguir al impostor que escapaba, gritándole que esperara con un tono de voz bastante alto que logró sacarle una pequeña mueca al pelirrojo antes de que, con una expresión inocente ocultando sus emociones, se apresurase a retenerla en su lugar agarrándola de su coleta con suavidad.
—Un momento, señorita... —dijo tranquilamente, sujetándola.
—¡Suéltame! —exclamó ella con voz cargada de ira, mientras agitaba su espada de madera en su dirección. El hombre reaccionó instintivamente, esquivando el golpe y retrocediendo un pequeño paso. Una expresión de sorpresa coloreó su rostro ante la reacción de la joven, y por un breve instante, no pudo evitar quedarse mirándola con é violenta, pensó, con una gota de sudor recorriéndole la nuca.
Levantó ambas manos en un gesto típico de rendición, esforzándose por lucir lo más amigable posible. Su mente comenzó a trabajar a toda velocidad, intentando encontrar la mejor forma de hacerla entrar en razón. Podía comprender su impulso de perseguir al impostor; ciertamente si hubiese estado solo, habría seguido su rastro sin descanso hasta encontrarlo, pero con ella allí presente, y peor aún, herida, sabía que lo más prudente era dejarlo escapar por el momento.
―Lo siento, pero perseguir a ese hombre, especialmente cuando está herida, no es una buena idea. ―habló suavemente, con tono tranquilizador, a la vez que, con un gesto suave, señalaba el hombro herido de la chica―. Ya sabemos el nombre de su dojo. No hay necesidad de apresurarse sin considerar las consecuen…
Fue interrumpido bruscamente por la voz enfadada de la mujer.
—¡Kamiya Kasshin es mi dojo! ¡Ese hombre ha estado cometiendo todas estas atrocidades en nombre del estilo de mi familia! —Las piezas del rompecabezas encajaron, y él entendió de repente por qué estaba tan decidida a enfrentar a ese monstruo enorme.— Cuando lo encuentre, yo…
Sin embargo, antes de que pudiera continuar con su feroz explicación, la paciencia de por sí poca del pelirrojo finalmente se agotó. La interrumpió agarrando su cabello nuevamente, con un agarre mucho más firme que antes, ya que su prisa y actitud impulsiva comenzaban a irritarlo.
—Ya le dije que perseguirlo es inútil. Él está fuera de nuestro alcance —dijo con voz llena de autoridad. Sin esperar permiso, rápidamente levantó a la mujer de cabello negro y la cargó sobre su hombro como un saco de patatas. La repentina acción la dejó atónita y momentáneamente muda mientras se dirigían por una calle cercana, retirándose estratégicamente de la escena.— Es mejor que nos vayamos antes de que llegue la policía.
Dojo Kamiya.
"Kamiya Kasshin Ryu. Instructora Adjunta: Kamiya Kaoru."
El hombre de ojos violetas estaba de pie ante la pared, con la mirada fija en las placas que listaban los nombres de los antiguos alumnos del dojo. Estudió cada uno de los nombres escritos con tinta borrosa, perdido en sus pensamientos. Detrás de él, un anciano que había encontrado en el dojo atendía atentamente la herida de la mujer, que debía ser Kaoru.
Sin embargo, cuando se dio cuenta de que en la pared no había nombres de alumnos actuales, sus ojos violetas se llenaron de incredulidad y confusión. Lentamente, se giró hacia la mujer de pelo negro, esperando una explicación.
—Éramos un dojo pequeño —explicó la joven cuando notó sus ojos en ella, con su voz teñida de tristeza. Su mirada azul se mantuvo baja, enfocada en su regazo.— Solo teníamos unos pocos estudiantes, pero eran dedicados y trabajaban duro. Pero hace dos meses, Battousai apareció y comenzó su matanza, atacando a personas inocentes en las calles. Uno por uno, los estudiantes abandonaron la escuela por miedo a Battousai. Y los habitantes del pueblo ya no se acercan aquí.
El espadachín dejó escapar un suspiro apenas perceptible y bajó la cabeza ligeramente. Aunque habían pasado diez años desde la guerra, el nombre Battousai seguía infundiendo terror en la gente, y aunque otros podrían haberse enorgullecido de esa reputación, él no sentía orgullo al respecto. Había asumido el papel de hitokiri no en busca de gloria o reconocimiento, sino con un único propósito: crear un mundo sin miedo, donde las personas pudieran vivir en paz. El título que había obtenido era solo un medio para alcanzar ese objetivo, una herramienta para lograr el cambio que tanto anhelaba.
—No puedo pensar en ninguna razón por la cual querría arruinar la reputación del dojo, suponiendo que realmente es Battousai —habló con cuidado tras un momento de silencio, con la mirada dirigiéndose brevemente a la mujer de pelo negro. — No puedo imaginar sus motivos.
—Tampoco yo, —respondió ella con una mezcla de frustración y tristeza.— Pero si no lo detengo pronto...
No terminó la oración.
—Entiendo. —Con un ligero movimiento de los talones, giró su cuerpo para enfrentarla completamente, sonriendo suavemente al hablar:— Pero sería mejor que no vuelva a intentar atraparlo, porque ese hombre es mucho más fuerte que usted.
Hizo caso omiso del indignado "¿qué?" que escapó de los labios de la ojiazul, y en cambio mantuvo una expresión seria pero compasiva al dirigirse a ella.
—Un espadachín debe ser capaz de darse cuenta cuándo un oponente es más fuerte que él, —continuó con voz suave pero firme. Sus ojos violetas suaves se encontraron con su mirada desafiante.— Cazar a este hombre es peligroso para usted. Por favor, discúlpeme, pero no debería sacrificar su vida solo por el honor de su dojo.
La mirada de Kaoru se endureció. La ira se alzó en su pecho en respuesta a aquellas palabras que, aunque le doliera, eran ciertas. En lo profundo de su ser, sabía que él tenía razón, pero eso no significaba que estuviera dispuesta a sacrificar su orgullo y honor tan fácilmente. Y estaba decidida a dejar en claro aquello.
—Este dojo fue fundado por mi padre, que vivió las atrocidades del Bakumatsu. Durante diez años, luchó por mantener el ideal de la espada que protege la vida, Katsujin-Ken. Pero hace seis meses, fue enviado a pelear en la Guerra de Seinan. El mundo en el que murió estaba lejos de ser el mundo ideal que él esperaba. Ese hombre... que se hace llamar Hitokiri Battousai, ya ha matado a más de diez personas. ¡Este dojo, fundado por mi padre y construido sobre su creencia en proteger la vida, ha sido profanado por ese asesino serial!
Sus ojos azules, ahora brillantes con lágrimas cristalinas causadas por el reciente dolor de la muerte de su padre y el orgullo herido provocado por las palabras del espadachín, permanecieron fijos en su rostro aparentemente impasible. Esperaba una reacción de su parte, pero para su sorpresa, él permaneció imperturbable. Esto solo aumentó su frustración.
—Pero supongo que un samurái vagabundo como tú nunca podría comprender realmente, —escupió con voz temblorosa, con una mezcla de dolor y rabia.
El pelirrojo la estudió durante unos momentos con una mirada pensativa. El concepto de una espada destinada únicamente a proteger, sin lastimar, aunque era noble en teoría, contrastaba enormemente con la dura realidad que él había experimentado. Comprendía que para proteger a los inocentes, a veces era necesario tomar medidas drásticas contra aquellos que los amenazaban. La idea de un mundo en el que no fuera necesario quitar vidas parecía una utopía inalcanzable, incluso si deseaba que fuera diferente. Quizás, en el futuro…
Una ligera sonrisa curvó sus labios, ligeramente condescendiente, mientras daba un paso hacia ella. Sus ojos violetas se suavizaron y se encontraron con su mirada furiosa.
—Entiendo, pero no creo que deba luchar con el hombro herido. Lo mejor que puede hacer ahora es actuar con precaución. —le aconsejó con un toque de preocupación en el tono de su voz. Luego se movió hacia la salida, abriendo el shōji en completo silencio. Se detuvo por un momento mientras se volteaba para enfrentarla.— Piénselo, si no puede proteger su propia vida, ¿cómo puede proteger las vidas de los demás? Y además... Estoy seguro de que su difunto padre no querría que el honor de su escuela fuera protegido a costa de la vida de su hija.
Con eso, salió de la habitación, dejando a una desconcertada ojiazul mirando la puerta. El anciano que había estado cuidando su hombro herido terminó su trabajo y se limpió las manos con un paño blanco limpio.
Kaoru levantó la mirada hacia él con agradecimiento en sus ojos mientras ajustaba su gi blanco para ocultar las vendas.
—Gracias, Kihei —murmuró en voz baja.
—Señorita Kaoru, no tome sus palabras demasiado en serio. Después de todo, él es solo un vagabundo, y no es demasiado confiable, menos aún con esas espadas.
Una mezcla de emociones cruzó el rostro de Kaoru.
—Tienes razón —finalmente respondió, su voz teñida de determinación.
Durante los días que siguieron, el tiempo pareció transcurrir perezosamente, y por una vez en su vida, Kaoru siguió el consejo de alguien, deteniendo su implacable búsqueda de Battousai durante las noches, permitiendo que su hombro herido sanara sin mayor problema.
Si era honesta, había intentado con todas sus fuerzas ignorar al pelirrojo. No había querido darse por vencida, pero cuando intentó ponerse el gi de entrenamiento a la noche siguiente después de su encuentro, el dolor en su hombro le recordó su situación. Por ello, por más que lo intentó, las palabras del rurouni lograron abrirse paso entre sus defensas, dejándola con fuertes dolores de cabeza y un orgullo bastante herido. La frustración la carcomía, sabiendo que se había visto obligada a escucharlo, reconociendo a regañadientes la innegable verdad en sus palabras.
Tenía que admitir que aquel asesino poseía una fuerza muy superior a la suya. Su hombro herido era un recuerdo constante de aquello. Eso la molestaba, dejaba un sabor amargo de impotencia en la punta de su lengua, pues no podía escapar de la verdad, por más que dañara su orgullo.
Por ello, durante los días siguientes, Kaoru se mantuvo de un humor terrible, que incluso a ella le resultaba difícil de soportar. Al final, ya incapaz de soportar el encierro del dojo, decidió dar un paseo por la ciudad, seguida de cerca por Kihei. Su objetivo era hacer algunas compras de artículos que escaseaban en la despensa, y para ello necesitaba su compañía, ya que era él quien cocinaba.
Mientras caminaba por el concurrido mercado, gritos fuertes, susurros de los transeúntes, y el agudo sonido de un silbato policial llamaron su atención. Curiosa, naturalmente, no pudo evitar preguntarse:
—¿Qué está pasando?
Su ceja se alzó instintivamente mientras se acercaba a la fuente del alboroto, y su curiosidad se intensificó cuando vio al pelirrojo que había conocido unos días atrás, eludiendo hábilmente el agarre de un decidido policía. Su rostro mostraba una expresión inocente y sus amplios ojos de color púrpura reflejaban una mezcla de inocencia y leve diversión, evocando la imagen de un niño.
—¡Hey, detente! —gritó un oficial en ese momento.— ¡Ven con nosotros tranquilamente!
Claramente, esperaba que el espadachín obedeciera y se entregara voluntariamente al arresto. El samurái, que había logrado atravesar numerosas ciudades sin enfrentarse a este tipo de problemas, no pudo evitar sentir una punzada de frustración oculta bajo su inocente fachada. Una gota de sudor se deslizó por su nuca mientras esquivaba con destreza el agarre de otro policía con una agilidad que resultaba casi vergonzosa. Cada movimiento le alejaba unos metros de los policías, logrando eludir la captura una y otra vez.
En medio del caos, una voz sonó por encima del resto.
—¡Oh, el vagabundo! —dijo la voz, que le resultó ligeramente familiar. Girando la cabeza, vio a una chica acercándose con su expresión teñida de preocupación.— ¿Qué estás haciendo aquí todavía?
El vagabundo, momentáneamente confundido, miró a la chica con curiosidad abierta. No pudo ubicar de inmediato dónde la había visto antes. Era bonita, tenía cierto encanto, aunque no poseía la belleza deslumbrante de algunas mujeres que había conocido en el pasado. Fue solo cuando sus cautelosos ojos violeta se encontraron con sus brillantes ojos azules que finalmente la reconoció, y una pequeña y suave sonrisa se dibujó en sus labios mientras asentía hacia la kendoka.
—Oh, Kaoru-dono. No la reconocí vestida así tan femenina.
No fue lo más inteligente que pudo haber dicho. Estaba claro que el comentario la irritó. Una vena le palpitó en la sien y, con un bufido más parecido al de un ganso enfadado, un sonido divertido pero bastante poco femenino, Kaoru se giró y se alejó de él, mirándolo con desprecio por encima del hombro.
—Bien, entonces no te ayudaré, —replicó.
Él parpadeó sorprendido. ¿En qué momento le había pedido ayuda? Aunque tal vez ella podría convencer a la policía de que lo dejara en paz...
—¡¿Ororo?! —exclamó él rápidamente, adoptando una expresión suplicante mientras extendía una mano hacia la chica. Aunque realmente no necesitaba su ayuda, prefería resolver la situación pacíficamente en lugar de recurrir a sus métodos habituales de salir corriendo a toda velocidad o noquear a los policías con el lado sin filo de su sakabatō.
Fue entonces, mientras su atención se dividía entre la policía y la chica enfadada, cuando una aguda punzada de ki hostil atravesó sus sentidos. Se congeló, con su cuerpo tensándose instintivamente, y con calma forzada cambió su atención de la chica al anciano que estaba a su lado. Había algo en aquel hombre que le resultaba extraño, profundamente inquietante. ¿Qué demonios le ocurría? Entrecerrando los ojos, clavó en él una mirada sutil pero penetrante, con la sospecha despertándose en su interior. El pelirrojo no pudo evitar la sensación de que aquel desconocido era más de lo que parecía.
—Oh, por el amor de... Está bien. ¿Qué hizo? —rezongó Kaoru en ese momento, dirigiendo su atención al policía más cercano, quien parecía sorprendido y detuvo sus intentos de arrestar al samurái.
—Obviamente, ha violado la ley contra el porte de espadas y... Espera, ¿no eres la chica del dojo de Battousai?
Uh, oh.
Una intensa oleada de ira se encendió en la chica, haciendo que su ki ardiese con rabia y una expresión de dolor cruzara el rostro generalmente relajado del vagabundo. Percibiendo la tormenta inminente, el espadachín dio un paso cauteloso hacia atrás con los ojos abiertos de par en par, anticipando la reacción de la chica de cabello negro ante las palabras del oficial, sabiendo muy bien que su respuesta sería probablemente colérica.
No se equivocó.
Durante los próximos minutos, Kaoru y el oficial de policía se enzarzaron en una acalorada discusión. El intercambio parecía no tener sentido alguno, pero el desconcertado espadachín decidió mantenerse al margen, evitando intervenir para no llamar la atención del oficial hacia sí mismo otra vez.
Cuando la situación amenazaba con salirse de control, es decir, cuando ya parecía que sería Kaoru la arrestada, fue que el anciano finalmente intervino.
—Espere un momento, oficial. Podemos resolver esto pacíficamente —interrumpió con calma, acercándose al policía y extendiendo su mano. Esto captó de inmediato la atención del pelirrojo, quien fijó su mirada púrpura llena de sospecha en lo que estaba pasando en ese momento. Cuando notó que Kihei colocaba dinero, un claro soborno, en la mano del oficial, emitió un suave gruñido inaudible para todos excepto para él.
Estaba profundamente decepcionado por la situación en el país después del Bakumatsu. Había arriesgado todo, su vida, su cordura y las vidas de otros, ¿para qué? Para que un nuevo gobierno corrupto tomara el lugar del anterior. Si bien era cierto que aún quedaban algunos imperialistas notables dentro del gobierno que se esforzaban por mantener la promesa de una nueva era de paz y prosperidad, su número era tan reducido que los podía contar con una mano y aún le sobrarían dedos.
Por esa razón, el pelirrojo había adoptado una fachada en la última década. Mientras fingía ser un vagabundo pacifista para mantener al incompetente gobierno lejos de su rastro, en realidad se guiaba por el principio de sus antiguos enemigos, los Shinsengumi: Aku Soku Zan. Elimina el Mal Inmediatamente.
Aunque una vez había jurado no volver a matar después de la guerra, pronto se dio cuenta de que tal ideal era inalcanzable en los tiempos que corrían. Después de todo, era un hitokiri, y siempre lo sería, así que había hecho que esa parte de sí fuese su mejor arma. Actuando en las sombras, viajaba de un lugar a otro, permaneciendo oculto y ayudando a los demás siempre que podía, aunque fuera con su espada. Presenciaba la proliferación de los criminales, como cucarachas bajo una roca, mientras la policía era impotente, incapaz de proteger eficazmente a los inocentes que estaban desprotegidos ante los bandidos y la yakuza, y en respuesta, él hacía el trabajo que los oficiales no podían, blandiendo su espada y matando sólo cuando era absolutamente necesario. Además, debido a su aversión a matar, especialmente cuando se enfrentaba a oponentes demasiado débiles para defenderse, su espada era una diseñada para incapacitar más que para matar, reservando la fuerza letal sólo para las situaciones más graves. Era lo más cerca que podía estar de cumplir su promesa.
—Por esta vez, los perdonamos, pero la próxima vez no seremos tan indulgentes —declaró el oficial, interrumpiendo los pensamientos del samurái, quién llevó su mirada hacia los policías mientras se retiraban entre la multitud bulliciosa del mercado.
Sí, claro. Como si esos hombres fuesen capaces de alcanzarlo. El vagabundo no pudo evitar sentir diversión al pensar en esos policías intentando alcanzarle cuando iba a toda velocidad. Sin embargo, tuvo cuidado de que no se le notara en la cara, manteniendo su autoimpuesta máscara de mansedumbre. Con una expresión neutra, miró a la irritada chica de pelo negro que tenía al lado, ignorando deliberadamente al anciano de cabello blanco.
—No se puede confiar en la policía en estos días —murmuró, verbalizando sus pensamientos anteriores. Su voz apenas era audible para la mujer de ojos azules.
—Supongo que no. ¿Por qué sigues aquí? Pensé que ya habías dejado la ciudad. ¿Hay alguna razón para que te quedes aquí? —preguntó ella.
—No, nada en particular —negó con un movimiento de cabeza y una breve mirada hacia Kihei. Hace años que había adquirido la habilidad de leer las intenciones y emociones de las personas a través de su ki, y la hostilidad que emanaba de ese hombre era inconfundible. No pudo evitar preguntarse el motivo de aquello. ¿Sus caminos se habían cruzado en algún encuentro olvidado en los años de la guerra, o incluso después de ella? ¿O había algo más personal que causaba la animosidad del anciano? Como hitokiri, el pelirrojo había aprendido a confiar en sus instintos, y en ese momento, le estaban gritando que tuviera precaución con Kihei. No podía evitar sentir que había algo muy malo con ese hombre. Sin embargo, eso tendría que seguir siendo un misterio por ahora.— Más importante, ¿ha descubierto algo sobre el asesino?
Kaoru parpadeó sorprendida, tomada desprevenida por el repentino cambio de tema. Su confusión aumentó al ver la amistosa sonrisa que iluminaba el apuesto rostro del vagabundo. Un rubor cálido coloreó brevemente sus mejillas, pero rápidamente recuperó su compostura, decidida a no mostrar señales de enamoramiento o vulnerabilidad. Después de todo, apenas conocía a este hombre, y no sería adecuado actuar como una niña en su presencia.
—Bueno, en realidad tengo un sospechoso —reveló Kaoru con su voz teñida de una mezcla de emoción e incertidumbre. No sabía por qué, pero deseaba compartir sus hallazgos con el pelirrojo, intuyendo que podría ofrecerle ayuda. En el fondo, sin embargo, también anhelaba a alguien que la escuchara sin menospreciarla, alguien que la tratara como algo más que una chiquilla ingenua.— Hay un dojo en el pueblo vecino llamado Kiheh-kan. Bueno, para ser exactos, ya no es un dojo. Se ha convertido en una casa de apuestas, un antiguo samurái se hizo cargo del lugar hace apenas unos meses. Es realmente enorme y, bueno, parece bastante sospechoso, ¿no crees?
Kaoru se quedó en silencio a la espera de la respuesta del vagabundo, con la esperanza de que compartiera su sospecha.
—Ah.
Fue la única respuesta del pelirrojo, que enfocó su atención en otra parte. Con los ojos entrecerrados y un repentino brillo gélido emanando de su mirada, el samurái dejó caer su máscara y permitió que su sospecha traspasara su fachada. Su mirada intensa se fijó en el anciano de cabello blanco que estaba detrás de Kaoru. El ki del anciano demostraba una pizca de nervios repentina, lo que dejaba ver que él sabía más de lo que aparentaba sobre la situación. Sin embargo, el vagabundo mantuvo para sí sus sospechas, consciente de que si revelaba demasiado se arriesgaba a exponer sus habilidades. Además, no quería despertar la desconfianza de la mujer.
Kihei, por su parte, instintivamente dio un paso atrás, claramente perturbado por la mirada fría del vagabundo. Percibiendo su incomodidad, el samurai mantuvo su mirada sospechosa por un momento más antes de que Kihei se excusara, murmurando algo acerca de ir a preparar la cena. Rápidamente desapareció en el ajetreado mercado, evitando con éxito el continuo escrutinio del vagabundo.
—Ese era el hombre que cuidó de su herida la otra noche, ¿verdad? —preguntó, interrumpiendo lo que fuese que Kaoru le estaba contando, sus ojos, antes cálidos, ahora eran fríos y calculadores. Su mirada se detuvo en el punto donde Kihei había desaparecido entre la multitud.
—¿Kihei? Ah, sí —confirmó Kaoru después de una pequeña pausa, con su voz llena de afecto y confianza.— Supongo que es mi mayordomo. Nos conocimos poco después de la muerte de mi padre. Estaba herido y buscó refugio fuera del dojo, y desde entonces me he encargado de cuidarlo. Él se preocupa por mí, una mujer que practica kenjutsu, y cree que sería mejor que vendiera el dojo y llevara una vida normal.
—¿Sabe de dónde vino? —preguntó de repente el pelirrojo, alzando una ceja.
—No, nunca se lo pregunté.
En ese momento, él olvidó momentáneamente sus sospechas y permitió que una expresión de incredulidad se apoderara de su rostro. La miró con sorpresa y preocupación, la frente fruncida y la ceja levantada dando un toque cómico a su expresión. ¿Cómo podía ser tan confiada, por no decir tonta? ¿No sabía los peligros de permitir que un extraño entrase a su casa sin siquiera preguntar de dónde venía? El vagabundo no pudo evitar cuestionar su juicio.
—¿No cree que es demasiado confiada? —preguntó con voz amable, aunque aún la miraba con asombro evidente en sus ojos.
—No, no lo creo —respondió ella, dirigiendo sus ojos de lapislázuli al rostro del apuesto joven, regalándole una pequeña sonrisa mientras él la miraba con asombro:— Todos tienen algo que prefieren mantener en secreto. Tú también. ¿No tienes tus propias razones para ser un vagabundo?
Bajó la cabeza, ocultando sus ojos con su flequillo, y consideró en silencio sus palabras. Su mente se dirigió de inmediato a los recuerdos que lo atormentaban. Las batallas que había librado, las vidas que se habían perdido, la búsqueda por justicia que le había hecho perder todo rastro de inocencia que le quedaba antes de la guerra, y el sabor amargo de la decepción al final de la misma. Se había vuelto vagabundo, moviéndose de un lugar a otro en busca de redención y un nuevo propósito en un mundo que cambiaba cada día más, un mundo que avanzaba mientras él se quedaba atrás. Nunca podría olvidar el dolor que había ocasionado y el que había sentido, incluso cuando intentaba esconderlo en lo más profundo de si. En ese momento, la incondicional comprensión de la chica de ojos azules causó que una sensación cálida naciese en su pecho, aunque también le causó tristeza. Se dio cuenta de que, tal vez, sus suposiciones sobre su ingenuidad eran prematuras, ya que había demostrado una percepción que superaba a muchos otros.
—Ah, supongo que tiene razón —murmuró en respuesta, ocultando la sorpresa que aún iluminaba sus iris violetas. No había esperado conocer a alguien tan abierto como ella, tan dispuesta a aceptar el pasado y los misterios de los demás. Sin embargo, su próxima oferta lo dejó momentáneamente atónito.
—No puedes permitirte una posada, ¿verdad? ¿Por qué no te quedas en el dojo?
El samurái no pudo evitar quedar atónito por su confianza y generosidad. Negó con la cabeza internamente ante su ingenuidad, porque eso era exactamente lo que era. Aunque apreciaba su amable gesto, él conocía demasiado bien los peligros que conllevaba. El samurái sabía los riesgos que tomaban aquellos que bajaban la guardia. Con un tono amable y agradecido, rechazó cortésmente:
—Aprecio la oferta, pero es mejor que continúe mi camino.
Con una última sonrisa educada hacia ella, el rurouni se volvió para perderse entre la multitud, ya con un destino en mente.
A pesar de su profunda desconfianza de Kihei y su energía engañosa y hostil, el samurái supuso que el dojo mencionado por Kaoru-dono probablemente estaba involucrado en el asunto del falso Battousai, por lo que decidió investigar. Consciente de la distancia que debía recorrer para llegar al pueblo vecino, sabía que tendría que apresurarse si quería llegar antes del anochecer.
Entonces, un repentino llamado detuvo sus pasos. La voz de Kaoru resonó con cierto sentido de urgencia e instintivamente había extendido la mano, que flotó brevemente en el aire antes de que la retirase. Un ligero rubor coloreó sus mejillas, demostrando su momentánea vergüenza por su gesto impulsivo.
—Quería agradecerte por el otro día. Me salvaste la vida, y nunca te agradecí adecuadamente —murmuró, con sus mejillas de color carmín.
La mirada del joven se suavizó al escuchar sus palabras.
—No hay necesidad de agradecerme —respondió con voz suave pero firme.—Un vagabundo no se preocupa por esas cosas. Y usted tampoco debería.
Con esas palabras, le ofreció una pequeña sonrisa tranquilizadora antes de continuar su camino. Se abrió paso expertamente entre la bulliciosa multitud, utilizando su pequeño tamaño a su favor. Años de perfeccionar sus habilidades lo habían convertido en un experto en desaparecer entre las multitudes, y mientras lo hacía, sus pensamientos regresaron al misterio del Kiheh-kan. Se dio cuenta entonces de que las respuestas que buscaba se encontraban en otro pueblo, y eso explicaba por qué no había encontrado mucha información allí.
A pesar de su velocidad, al vagabundo le pareció que el viaje al pueblo vecino tomaba más tiempo de lo esperado. Los kilómetros se deslizaron bajo sus pies, y le llevó más horas de las previstas llegar finalmente a su destino. Para su molestia, encontrar el dojo mencionado por Kaoru-dono resultó ser otro desafío que lo hizo perder aún más tiempo.
A medida que se acercaba al deplorable edificio que supuestamente albergaba el dojo, un aura densa y opresiva de hostilidad y negatividad impregnaba los alrededores, haciendo tambalearse la impasible fachada del samurái. Su máscara cuidadosamente construida se resquebrajó. En ese momento, sus ojos violetas se endurecieron una vez más, adoptando la mirada fría y asesina que una vez sembró terror por las calles de Kioto, diez años atrás.
—Disculpe —dijo en un tono frío y exigente cuando estuvo en la entrada al recinto. La falta de respuesta aumentó su irritación, y su tono se volvió más impaciente a medida que repetía su llamado una y otra vez, cada vez con mayor frustración por el largo y agotador viaje que había emprendido y ahora no ser recibido:— Disculpe, disculpe, disculp…
De repente, la puerta shōji se abrió de golpe, revelando a un hombre de aspecto hosco que ni siquiera se tomó la molestia de mirar hacia abajo. Pasó un momento antes de que notara la presencia del pelirrojo, lo que le provocó un ligero sobresalto por la sorpresa al verlo. El visitante, por su parte, se quedó inmóvil, observándolo con una expresión gélida capaz de congelar el mismísimo infierno.
Sin embargo, cuando el hombre se percató de la baja estatura del vagabundo, el sobresalto se disipó y la tensión en su rostro se relajó notablemente. Un aire de confianza empezó a emanar de él. El samurái no pudo evitar sentir desprecio por el juicio superficial de este individuo, basado únicamente en las apariencias. Solo los necios emitían juicios tan apresurados.
—De acuerdo, ¿qué demonios quieres, camarón? —se burló el hombre, ajeno a la ira oculta detrás de la fría máscara del pelirrojo.
El vagabundo controló su reacción y no respondió verbalmente. Aunque podría haberse sentido tentado a responder con violencia si fuese alguien que fuera fácilmente provocado por insultos, no era su forma de ser, por lo que mantuvo la calma y simplemente enarcó una ceja. Su prioridad era obtener la información necesaria antes de tomar cualquier medida drástica. Sin embargo, no descartaba la posibilidad de infligir algunos huesos rotos a los matones que se habían reunido a su alrededor, que estaban claramente curiosos por su presencia en esa área a esas horas de la noche.
Con voz tranquila y firme, el samurái pelirrojo preguntó:
—Estoy buscando al jefe. ¿Está aquí?
—El jefe Hiruma no está aquí, vuelve más tarde —respondió el hombre con malhumor, sin siquiera molestarse en mirar adecuadamente al espadachín. Sin que él lo supiera, el temible guerrero oculto tras la humilde máscara casi dejó escapar una risa socarrona. Casi.
"Ah, así que su nombre es Hiruma", pensó en silencio el vagabundo, sintiendo un atisbo de diversión que rápidamente reprimió. Las pistas ya comenzaban a tomar forma.
Durante un breve segundo, tuvo que contener el impulso de sonreír. Consiguió mantener una expresión de frialdad inquebrantable en su rostro, y sus ojos parecieron brillar irradiando una intensidad amenazadora y peligrosa que dejó claro a todos los presentes que aquel hombre no era alguien con quien se pudiera jugar. Su mera presencia creaba una inquietante sensación de advertencia en el aire, haciendo que el matón que tenía delante comenzara a sudar frío.
—¿Entonces ese es su nombre?
—¿Ni siquiera sabías eso? —replicó el matón, reprimiendo un escalofrío. Aunque desconocía la identidad del hombre ante él, una corriente de incomodidad recorrió su espalda al enfrentarse sin saberlo al llamado 'Demonio de Kioto'.
—Tenía la impresión de que decía ser Hitokiri Battousai. Pero está claro que no lo es. Battousai no dejaría a un imbécil como tú a cargo —una sonrisa con un matiz depredador se dibujó en el rostro del espadachín. Él sabía mejor que nadie la verdad de sus palabras.
Su sonrisa provocó que el hombre diera un paso involuntario hacia atrás por el súbito miedo que lo recorrió. Sin embargo, su valentía se restauró un poco al notar que sus compañeros matones se acercaban, ansiosos por enfrentarse al intruso.
La curiosidad superó a otro matón, quién audazmente exigió saber la identidad del pelirrojo aparentemente insignificante frente a ellos. El samurái no pudo evitar rodar los ojos ante su ignorancia y arrogancia. Todos ellos eran sin duda unos idiotas. Parecía que este encuentro sería una pelea aburrida.
—Es una rata. Una rata muerta. Mátenlo —escupió el hombre, su hostilidad alcanzando su punto máximo. Poco sabía que sus palabras solo causaron diversión en el espadachín, provocando otra sonrisa en el guerrero pelirrojo. Los insultos no le importaban; él estaba acostumbrado al desprecio.
Los ojos del vagabundo destellaron de repente, brillando como frías amatistas. En un solo movimiento fluido, se lanzó hacia los bandidos, desenvainando su sakabatō con una velocidad cegadora.
Mientras tanto, en la apacible atmósfera del Dojo Kamiya, Kaoru estaba sentada en posición seiza, sumida en la lectura de algunos registros del dojo mientras disfrutaba de una taza de té.
—Señorita Kaoru —una voz inesperada sonó, interrumpiendo su paz.
Cuando Kihei se materializó tras ella, un escalofrío recorrió su cuerpo, casi haciéndola chillar de miedo ante la inesperada presencia del anciano. Respiró hondo, con una mano presionándole el pecho, justo encima del corazón acelerado, y luego soltó un suspiro profundo y tembloroso en un intento de calmar los nervios tras el susto.
—¡Dios mío, Kihei! Me asustaste. ¿Qué sucede? —exclamó con la voz todavía temblorosa por el susto que acababa de experimentar.
—Quería hablar con usted sobre la venta del dojo —respondió Kihei, y sus palabras causaron sorpresa y confusión en Kaoru, que lo miró fijamente, con su mente luchando por comprender el repentino tema de conversación. Habían hablado de ese asunto muchas veces antes y ella siempre había rechazado rotundamente vender el dojo de su familia.
—Ya te dije que no voy a vender el dojo —respondió con un tono amigable pero teñido de persistente confusión. No podía entender por qué él estaba trayendo ese tema a colación nuevamente.
—He organizado toda la documentación necesaria. Solo falta su firma —insistió él, ignorando las palabras de Kaoru mientras hablaba. Una sensación de inquietud se apoderó de ella y miró a Kihei con sus inocentes ojos azules abiertos como platos, presintiendo que algo estaba mal.— Entonces, el dojo será nuestro.
Como si fuera una señal, la puerta detrás de la espalda de Kihei se abrió de golpe, causando un estruendo. Una figura imponente, a quien Kaoru reconoció inmediatamente como el hombre que decía ser Battousai, irrumpió en el recinto con una sonrisa maliciosa en los labios. Lo seguía un grupo amenazante de hombres armados con espadas, cada uno irradiando una aura de maldad e intenciones siniestras. El miedo se apoderó de Kaoru, enviando un temblor a través de su cuerpo, pero rápidamente lo suprimió, reemplazándolo con una determinación férrea. Iba a defender su dojo a cualquier costo.
—Tú... —susurró Kaoru con su mirada fija en el rostro del monstruo que había estaba matando gente sin piedad en nombre de su escuela.
—El propietario del Kiheh-kan. Mi hermano menor, Hiruma Gohei —reveló Kihei con indiferencia, observando la reacción de la chica mientras ella retrocedía un paso y agarraba una de las espadas de madera que colgaban en la pared, asumiendo una postura defensiva. No pudo evitar encontrar la situación divertida.— Esperaba resolver este asunto pacíficamente, a través de medios legales. Sin embargo, se ha acercado peligrosamente a descubrir la verdadera identidad de mi hermano. Haciéndome pasar por un amable anciano, intenté ganarme su confianza y convencerla de que nos vendiera el dojo, pero su inquebrantable compromiso con el kendo le ganó a su amabilidad.
—Kihei... —murmuró Kaoru con su voz llena de confusión, incredulidad y un profundo sentido de traición. Luchaba por encontrar las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos, sin poder articular la profundidad de su dolor y decepción hacia el hombre que había considerado un amigo.
—Hice que mi hermano se hiciera pasar por el temido Hitokiri Battousai para utilizar su reputación —confesó Kihei con un tono carente de remordimiento.— Asociamos el nombre del dojo con él para alejar a los alumnos con la esperanza de que considerara venderlo. Si mis cálculos son correctos, el valor de estas tierras se multiplicará cinco o seis veces debido a la influencia de la occidentalización. Desde mi punto de vista, el dojo es solo un desperdicio de espacio.
El corazón de la chica latió con fuerza en su pecho al escuchar aquellas crueles palabras, y sus ojos se llenaron de una mezcla de dolor y rabia. ¿Cómo alguien podía ser tan desalmado para engañarla durante meses y luego menospreciarla de esta manera? Era inhumano, deshonroso y absolutamente vergonzoso.
—Mi hermano me dice que predicas sobre la espada que protege la vida. Qué divertido, considerando que no tienes a nadie a quien proteger más que a ti misma —se burló Gohei, con su mirada malévola fija en la chica que estaba ante él, en silencio pero tensa y a la defensiva.— Si no atacas, tendré que hacerlo yo mismo.
Aquellas palabras la impulsaron a actuar. Se abalanzó sobre él, pero el combate, si es que puede denominarse así, fue breve. Su bokken no era rival para su verdadera katana, y fue cortado sin esfuerzo en el primer golpe. En un instante, la agarró por el cuello del gi, levantándola del suelo con una sonrisa enloquecida en su rostro.
—Las mujeres que predican sobre la lucha no pueden luchar. La violencia es mi objetivo, el asesinato es mi esencia. Esa es la verdadera naturaleza del kendo —escupió Gohei, disfrutando de su poder sobre la chica indefensa. Ella solo pudo sentir desesperación al darse cuenta de que estaba completamente impotente en las garras de semejante monstruo.
Mientras tanto, Kihei aprovechó la situación y usó un pequeño cuchillo para hacer un corte superficial en la palma de su mano expuesta. Mientras la sangre fluía de la herida, la obligó rápidamente a firmar los documentos para vender el dojo por el que había luchado tanto para proteger.
—Estas tierras ahora son nuestras. El Dojo Kamiya ya no existe —declaró Kihei con siniestra satisfacción en su voz.
Un sentimiento de victoria parecía emanar de él mientras se regocijaba por la 'compra' del Dojo Kamiya, ignorando la queja ahogada de Kaoru. Sin embargo, antes de que el peso de su declaración se asentara por completo, un gemido de dolor rompió la tensión y se extendió por la habitación. Las miradas se volvieron hacia la entrada donde un hombre estaba de pie, antinaturalmente pálido. Gohei lo reconoció de inmediato y le reprochó, irritado por la interrupción:
—Nishiwaki, ¿qué sucede? —la impaciencia de Gohei se filtró en su voz cuando exigió una explicación. Pero Nishiwaki, apenas capaz de articular una respuesta coherente, solo pudo balbucear una sola palabra: "fuerte". Y luego, sin previo aviso, se desplomó en el suelo, inconsciente.
Una figura apareció detrás de él y Kaoru quedó atónita, sin aliento por el asombro, sin creer lo que veían sus ojos. ¿Qué razón tendría aquel rurouni para estar allí?
Confundida, observó al recién llegado, quién para su sorpresa siguió la tradición al dejar sus zori afuera, a diferencia de todos los otros matones que simplemente habían ingresado. Solo en sus tabi, el pelirrojo dio un paso al interior del dojo, y sus helados ojos violeta recorrieron a los matones reunidos con una mirada de desprecio que hizo estremecer a la ojiazul. Con una calma y serenidad calculadas, se aproximó al grupo, sus ojos rebosantes de desprecio hacia el monstruo que mantenía cautiva a la chica. Cuando habló para dirigirse a él, voz resonó con un tono de ira contenida:
—Me disculpo por llegar tarde. Por favor, libere a Kaoru-dono.
Al examinarlo más de cerca, Gohei reconoció al hombre pelirrojo de hace algunas noches, aquel que había salvado a la chica Kamiya. El recuerdo de los ojos depredadores del espadachín persistía en su mente, pero supuso que su percepción anterior debió haber sido un truco de su imaginación propiciada por la oscuridad de la madrugada, porque ahora, a la luz, no se veía tan peligroso. Por ello, sin intimidarse por la presencia del samurái, Gohei se dirigió a él con un gruñido:
—De nuevo tú. ¿También predicas sobre la espada que protege?
Como respuesta, una sonrisa fría se formó en los labios del pelirrojo, divertido por la arrogancia del matón.
—No —respondió, moviéndose con sigilo y gracia felina. Se posicionó en medio del grupo, con los sentidos agudizados en la atmósfera hostil. Con una sola mirada de reojo, evaluó su entorno y calculó la forma más eficiente de derrotar a los bandidos en cuestión de segundos.— Una espada es un arma, y el kendo es el arte de matar. Puedes describirlo como quieras, pero esa es su verdadera naturaleza. Las palabras de Kaoru-dono son las palabras dulces e inocentes de alguien que nunca ha matado, y no son más que un sueño idealista. Tal vez algún día, cuando el mal sea erradicado de este mundo, puedan convertirse en realidad, pero no veo que eso suceda pronto.
Gohei gruñó en respuesta y soltó abruptamente a la chica que tenía agarrada. Ella cayó al suelo con un golpe sordo, soltando un suave gemido de dolor.
—Hermano, ¿te importa si lo mato? —la voz de Gohei goteaba malicia.
—En absoluto. Es un don nadie. Adelante, mátalo —respondió Kihei, indiferente.
La fría sonrisa del samurái se amplió ligeramente, con un destello peligroso en sus ojos, mientras los compañeros de Gohei se acercaban a él, rodeándolo por completo. Su líder rugió, ordenándoles que lo mataran.
Mientras tanto, Kaoru, aún en el suelo, suplicó desesperadamente:
—¡Corre, vagabundo!
El samurái ignoró el comentario. Después de todo, no era de los que evitaban una pelea. Sus ojos se estrecharon y fríamente observó a los hombres que lo rodeaban mientras consideraba sus opciones por un momento. Finalmente, les advirtió con firmeza:
—No me gusta herir a nadie a menos que sea necesario. Lárguense antes de que salgan lastimados.
Con un clic que resonó en todo el dojo, aflojó ligeramente su espada en la vaina y la sujetó firmemente con la mano izquierda. Sin vacilar, adoptó la postura del battōjutsu, con los dedos de la mano derecha preparados para desenvainar su espada. Los matones simplemente se rieron y se abalanzaron sobre el samurái, lanzando insultos sin sentido sobre cómo solo uno de ellos terminaría muerto, refiriéndose al propio samurái. El pelirrojo se burló de su insensatez. Con un suspiro de irritación, respondió rápidamente con su propio contraataque en cuanto los hombres estuvieron al alcance de su espada. Desenvainando su sakabatō en un solo movimiento rápido y fluido, dejó de inmediato a los atacantes incapacitados, haciéndolos caer al suelo, probablemente con al menos un hueso roto.
La sorpresa y el asombro cobraron vida en el dojo mientras uno a uno, los hombres caían en montones inmóviles, incapaces de siquiera tocar al ágil y rápido samurái que se movía entre ellos con una precisión notable y un toque de elegancia.
—Él-él-él está acabando con cuatro o cinco hombres de un solo golpe... ¿Es magia o algo así? —tartamudeó Kihei, con el miedo patente en su voz mientras retrocedía hasta una pared.
"No", pensó Kaoru, con sus ojos azules fijos en los rápidos movimientos del vagabundo, llenos de fascinación y asombro. "No es magia. Es increíblemente rápido. La velocidad de los golpes de su espada, su ágil movimiento de pies y su capacidad para anticipar los movimientos de sus oponentes le permiten derrotar a varios enemigos con solo unos pocos movimientos."
Sin que ella lo supiera, Gohei compartía el mismo pensamiento, y su horror crecía mientras observaba la escena desplegarse ante sus ojos. En cuestión de segundos, todos sus hombres yacían en el suelo, muertos o inconscientes; Gohei no estaba seguro de cual.
—Una cosa que olvidé mencionar... —dijo de repente el samurái, parado en medio de los cuerpos caídos de sus oponentes. Sus ojos fríos y mortales estaban fijos en el rostro de Gohei, mientras hablaba con voz gélida: —El estilo del Hitokiri Battousai no es el Kamiya Kasshin, ni cualquiera que sea el estilo que utilices. Él practica un estilo de espada que fue creado en la época Sengoku, diseñado específicamente para enfrentar a múltiples enemigos. Se conoce como Hiten Mitsurugi-ryu. Si no fuera por la sakabatō, todos estarían muertos.
Sonrió con cierta suficiencia, apoyando casualmente su espada en su hombro, con su mirada férrea fija en la expresión sorprendida de Gohei. Al fondo, pudo escuchar los jadeos sorprendidos de Kihei y Kaoru, pero deliberadamente los ignoró, concentrándose en el oponente ante él, cuya tez se había vuelto pálida bajo la intensidad de su fría mirada.
—No puede ser... ¿Tú eres el Hitokiri Battousai? —susurró Kaoru con sus ojos abiertos de par en par por la incredulidad. La idea de que el hombre amable que le había salvado la vida pudiera ser el infame y mortal Hitokiri del Bakumatsu le parecía imposible. ¿Cómo podía ser que el gentil vagabundo de ojos violeta suaves fuera la misma figura temida que una vez deambuló por las calles de Kioto, dejando a su paso un rastro de muerte y sangre?
El pelirrojo se tensó ligeramente, frunciendo el ceño al percibir el miedo en Kaoru. No tenía intención de hacerle daño, no había motivo para que ella tuviera miedo. Sin embargo, comprendía que su reacción era natural, ya que probablemente ella había crecido escuchando los cuentos exagerados y aterradores sobre el Hitokiri Battousai, como aquellos ridículos rumores que decían que se bañaba en la sangre de sus enemigos (todavía le costaba creer que alguien pudiera tomarse en serio ese rumor en particular). No le gustaba que ella le tuviera miedo, pero entendía por qué lo hacía.
—Solo puede haber un Battousai en el mundo —declaró Gohei, dando un paso adelante con su espada en mano, tratando de parecer amenazador pero pareciendo más que nada un payaso, al menos eso pensó su oponente mientras intentaba no reírse. No era un buen momento para reír.
—En eso estamos de acuerdo. No tengo ningún aprecio por el título Battousai, pero no puedo permitir que un tonto como tú lo use. Debería haber lidiado contigo la otra noche... Sin embargo, puedo corregir ese error ahora —respondió el vagabundo, su rostro serio y mortal. Ajustó ligeramente su sakabatō, con el lado afilado del arma brillando ominosamente, apuntando directamente al impostor que había manchado su nombre con sangre inocente.
—Tienes agallas, lo admito... Pero deberías hacer algo con tu actitud arrogante. ¡Me quedaré el título de Battousai para mí! —rugió Gohei, levantando su espada en un vano intento de atacar al pelirrojo. Fue un movimiento estúpido, realmente debería haber aprovechado la oportunidad de huir cuando pudo.
—Lo siento, pero... ya estás muerto —fue la tranquila respuesta del samurái. Desconcertado, Gohei vio cómo el pelirrojo desaparecía de su vista. Lo siguiente que sintió fue la oscuridad consumiéndole mientras se desplomaba en el suelo, sangrando por una profunda herida que iba del hombro a la cadera, infligida por el rápido y preciso golpe del ex hitokiri. — No puedo permitir que continúes con tus atrocidades en mi nombre, especialmente contra los inocentes en esta era. Y en cuanto a ti...
Dirigió su fría mirada al rostro del anciano, quien, pálido, lo observaba desde un rincón. Sin vacilar, levantó la espada y la dirigió directamente hacia él, dejando claro que no dudaría en usar el filo contra él también.
—Como artífice de todo esto, tu castigo será severo.
El impacto de sus palabras fue inmediato y devastador. Kihei, presa del pánico, se desplomó de rodillas. Su respiración se volvió errática y, apenas un segundo después, terminó de caer al suelo cuando perdió el conocimiento. En su miedo, perdió el control de su esfínter y creó un vergonzoso charco de orina que se extendió lentamente por el suelo. El samurái, viendo aquella lamentable escena, no pudo evitar una mueca de disgusto. Arrugó la nariz, asqueado por la cobardía del anciano.
Con un movimiento rápido, el samurái sacudió su espada para limpiar los restos de sangre que manchaban la hoja y, luego, con la misma calma fría que había mostrado durante todo el enfrentamiento, enfundó su arma con un gesto sereno y controlado. Tras ello, se acercó lentamente a Kihei, y con un gesto de desprecio, recogió los papeles que detallaban la venta del dojo. Sin titubear, comenzó a rasgarlos en pedazos, uno tras otro.
—Los tramposos como tú son cobardes por naturaleza. —dijo en voz grave mientras dejaba caer los pedazos de papel al suelo, donde se mezclaron con la orina que manchaba el piso.
Kaoru, por su parte, aún estaba intentando procesar lo que había ocurrido. Se levantó lentamente de donde había caído y se acercó a las figuras inmóviles que la rodeaban, con el horror grabado en sus facciones. Sin embargo, su enfado inicial contra el pelirrojo, al que consideraba un asesino sanguinario, quedó de lado por un momento cuando se sobresaltó al oír un gemido de dolor procedente de uno de los heridos a su derecha. El inesperado sonido la hizo jadear y la hizo darse cuenta de algo muy importante.
—Ellos... están vivos —susurró, con su voz llena de asombro y alivio.— Heridos, pero vivos...
Y así era. Se dio cuenta de que, a pesar de las heridas visibles, los huesos rotos y los moretones esparcidos por el cuerpo de los hombres causados por el lado sin filo de la sakabatō, los hombres de Gohei aún estaban vivos. Resultaba sorprendente ver que no habían sufrido heridas mortales; no había ni cortes ni sangre en ellos. Sólo dolorosas magulladuras, que, aunque eran serias, no eran letales. Además, para su asombro, algunos de ellos ya comenzaban a moverse, recobrando la conciencia después de haber sido noqueados por el samurái pelirrojo.
Mientras una confundida Kaoru seguía observando la escena, el espadachín se acercó a ella con pasos cautelosos, con sus ojos violetas enfocados en ella. Esperaba miedo u horror al verlo acercarse, no sería la primera vez que aquello le ocurría después de revelar su identidad, pero para su sorpresa, ella solo lo miró con asombro y confusión.
Una pequeña sonrisa asomó a los labios del samurái, y con una voz sincera y amable, le habló, tratando de aclarar cualquier malentendido:
—No me confunda con un asesino despiadado que disfruta matar. Utilizo mi espada para proteger a los débiles, y estos hombres eran eso: débiles. No son responsables del daño que usted y otros inocentes sufrieron a manos de Gohei. Él era el verdadero mal aquí, al manipularlos para hacer sus fechorías. Gente como él amenaza la paz de esta nueva era, que tanto dolor trajo a los que luchamos por ella.
Entonces, el samurái volvió su fría mirada hacia uno de los hombres heridos, que acababa de recobrar el conocimiento. El matón, que gemía de dolor mientras intentaba levantarse, detuvo todos sus movimientos al notar la mirada del pelirrojo sobre sí y se quedó observándolo con los ojos como platos.
Con una ceja alzada y un tono que no admitía réplica, el samurái se dirigió a él con voz firme.
—Tú, —dijo, con voz autoritaria.— Quiero que limpien este desorden y que te lleves a tus compañeros tan pronto como se recuperen. No quiero volver a verlos blandiendo una espada nunca más, ¿está claro?
El hombre asintió con rapidez, su rostro mostrando una mezcla de miedo, respeto, y una curiosa gratitud. Mientras dirigía una rápida mirada al cuerpo inerte de Gohei, se dio cuenta de que estaba frente a un guerrero que, sin esfuerzo alguno, podría haberlos matado a todos. Y sin embargo, les había perdonado la vida. No pudo evitar sentir un agradecimiento profundo, casi reverencial, y se apresuró a cumplir las órdenes del pelirrojo.
A medida que pasaban los minutos, tanto Kaoru como el samurái observaron en silencio cómo los hombres caídos intentaban incorporarse. Bajo la mirada atenta del samurái pelirrojo, los menos gravemente heridos ayudaron a sus compañeros más malheridos a levantarse. Lentamente y con evidentes dificultades, comenzaron a salir del dojo. Uno a uno, fueron abandonando el lugar, llevando consigo al anciano aún inconciente y el cuerpo sin vida de su líder.
Finalmente, el dojo quedó en silencio. Solo quedaban Kaoru y el misterioso hitokiri. La quietud que repentinamente llenó el lugar después de la partida de los hombres era casi palpable, envolviendo a los dos en una atmósfera bastante incómoda. Una que el pelirrojo intentó romper, dando un paso en dirección de la ojiazul.
—Lo siento, Kaoru-dono —habló él suavemente con sus labios formando una pequeña y tímida sonrisa. Sus suaves ojos violetas se encontraron con los suyos, llenos de remordimiento.— Nunca tuve la intención de engañarla, aunque sí hubiera preferido mantener mi identidad en secreto. Es cierto que una vez fui conocido como Hitokiri Battousai durante la revolución. Sin embargo, renuncié a ese nombre hace diez años y ahora simplemente soy un espadachín vagabundo que busca ayudar a los débiles y proteger este país del verdadero mal, siguiendo los principios del Aku Soku Zan.
Kaoru lo observaba con una mirada clara como el cristal, con su inocencia aún intacta a pesar de haber presenciado cómo él mataba a otro hombre. Extrañamente, le resultaba difícil estar enojada con él. Después de todo, Battousai había salvado su vida y su dojo. ¿Podría ser que los rumores fueran falsos? No parecía ser un monstruo sediento de sangre, ni mostraba señales de disfrutar la muerte de Gohei. Al contrario, parecía que matar a aquel vil criminal pesaba mucho en su conciencia, aunque él creyera que era necesario, una creencia que ella no compartía.
—Lamento los problemas que mi reputación le ha causado, Kaoru-dono. Creo que lo mejor es que me vaya ahora —dijo el ex hitokiri, dándole una última tímida sonrisa antes de girarse para irse.
Pero Kaoru no iba a dejarlo ir así como así.
—¡Espera un minuto! —gritó con una voz llena de urgencia y una pizca de enojo.
¡ORO! El samurái se detuvo en seco, con la sorpresa pintada en su rostro mientras giraba para enfrentar a la chica de cabello negro, cuyos ojos brillaban con intensidad renovada.
—¿Cómo se supone que voy a manejar el dojo yo sola? ¿No puedes quedarte un tiempo y ayudarme? ¡No me importa el pasado de las personas!
Las palabras brotaron apresuradas de sus labios, con una desesperación que negaría hasta la tumba si hacía falta. El enojo en su voz hacía poco para para ocultar la vulnerabilidad que sentía. Había algo en él que la hacía reacia a dejarlo ir. Apretando su hombro herido con una mano, dio un paso adelante, decidida a enfrentarlo. En ese instante, con la sorpresa reflejada en su expresión, el peligroso asesino que ella sabía que era parecía haberse desvanecido por completo.
—Después de lo sucedido con Kihei... ¿no debería importarle un poco? — cuestionó, con una voz que portaba una sabiduría superior a los años que mostraban su apariencia juvenil. Sus ojos violeta la observaron con un atisbo de condescendencia.
—Bueno... tal vez... un poco —admitió ella a regañadientes, con tono ácido, aunque el leve rubor que coloreó sus mejillas delataba su vergüenza.
El samurái dejó escapar un suspiro. Por la forma en que había hablado antes, parecía que la ojiazul estaba completamente sola después de la muerte de su padre, y aparentemente estaba desesperada por algo de compañía. Tanto así que le había suplicado a él, un asesino, el más letal de los asesinos, que se quedara con ella sin dudarlo un momento, sin siquiera detenerse a considerar cómo se vería la situación a ojos de otras personas. Aunque claro, también existía la posibilidad de que ella ni siquiera se diera cuenta de las implicaciones de que él se quedara con ella en su casa… Lo cual era bastante preocupante.
Guardó silencio por un momento, observándola con el rostro completamente en blanco.
—Lo mejor es que me vaya, Kaoru-dono. Ahora que Gohei ya no vive, puede restaurar el honor del dojo. Además, si el verdadero Battousai se quedara, solo traería problemas —murmuró, mencionando solo parte de sus preocupaciones, guardándose para sí el temor de que su presencia en su casa atrajera rumores malintencionados. Era evidente que Kaoru no era una persona que se preocupara por la opinión de los demás, pero eso no significaba que él ignorase ese riesgo.
—Pero no quiero que Battousai se quede. Quiero que el vagabundo se quede... — se cortó de golpe al darse cuenta de lo grosera que estaba siendo, y avergonzada se cubrió la boca con la mano. Se sonrojó por su impertinencia, dio la espalda al pelirrojo y murmuró:— Si quieres irte, entonces vete. Pero al menos dime tu nombre. Battousai es el título que te dieron como imperialista hace tantos años. Aunque supongo que no me dirás tu nombre real...
El espadachín la observó con sus ojos violeta inexpresivos y reflexionó sobre la situación. Por un lado, sabía que irse sería la elección más sabia, para evitar que la chica de ojos azules sufriera los problemas que parecían seguirlo a todas partes, sin mencionar que si se quedaba y la gente se enteraba de que estaba viviendo allí, podrían poner en duda el carácter de la joven, y eso era algo que no le gustaría en absoluto. Pero por otro lado... quién sabía qué tipo de personas podría invitar a su hogar si él se iba. Parecía tener una tendencia a atraer compañía peligrosa, y podría terminar en una situación mucho peor que solo rodeada de rumores y habladurías.
Cuidar de ella no era su responsabilidad, ni mucho menos. No estaban relacionados, no era su pariente ni su marido. Pero si podía ofrecer su ayuda durante unos días o semanas... tal vez no sería algo malo. Siempre daba su ayuda donde fuera que pudiese darla, ¿por qué no hacerlo esta vez? Al menos hasta que ella aprendiera a tener más cuidado al dejar entrar a extraños en su hogar.
Cerró el shōji tras de sí y observó cómo los hombros de la señorita Kaoru se encorvaban en aparente decepción.
—Himura —habló, capturando la atención de la oji-azul. Ella se giró rápidamente para enfrentarlo, con sus ojos abiertos por la sorpresa al escuchar su voz resonar dentro del dojo.— Himura Kenshin. Ese es mi verdadero nombre.
Una sonrisa amistosa iluminó sus labios, provocando sorpresa, incredulidad y alivio en los expresivos ojos azules de la chica. Sin palabras, ella lo miró fijamente, incapaz de ocultar la alegría que repentinamente iluminó su rostro. Parecía que no tendría que quedarse sola todavía.
—Estoy un poco cansado de vagar. Un vagabundo nunca sabe a donde irá ni cuánto tiempo se quedará. Si eso no le molesta, me quedaré aquí por un tiempo —concluyó Kenshin, provocando una sonrisa genuina de felicidad en la chica.
—Maravillo-... espera un segundo —se interrumpió Kaoru, con sus ojos estrechándose de repente mientras fijaba su mirada en su nuevo compañero. Percibiendo un cambio en su energía, Kenshin se quedó inmóvil, sintiendo un atisbo de sospecha emanando de la chica. ¿Estaba teniendo dudas sobre invitarlo a quedarse? ¿Acaso acababa de caer en cuenta de su verdadera identidad? ¿Se estaba dando cuenta de que podría perder aún más el honor del dojo y ahora quería retirar su invitación? No la culparía si lo hiciera.— Si luchaste en el Bakumatsu... ¿cuántos años tienes?
La inesperada pregunta lo tomó por sorpresa, y casi se cayó al suelo por el asombro. Sin embargo, en lugar de sentirse ofendido, una sonrisa genuina se extendió por el rostro del espadachín, y luego algo aún más inusual sucedió. Por primera vez en lo que parecían años, estalló en una risa sincera, llena de diversión inocente y alegría pura. Su risa continuó durante varios minutos, dejando a la mujer de ojos azules completamente indignada.
En respuesta a su diversión, Kaoru, impulsada por la frustración, agarró un bokken cercano de la pared e intentó golpearlo por burlarse de ella. En su furia, momentáneamente olvidó que estaba tratando de golpear al samurái más fuerte de Japón. Una y otra vez, sus intentos fallaron mientras Kenshin esquivaba hábilmente sus ataques, saltando grácilmente de aquí para allá por el dojo para mantenerse justo fuera de su alcance. En medio de sus ágiles movimientos y su risa suave, Kenshin no pudo evitar encontrar diversión en la situación. Parecía que su tiempo en este lugar sería interesante.
—¡No pareces tan viejo, no puedes tener más de treinta años, Kenshin! —insistió Kaoru, pisándole los talones.
Y así comienza nuestra historia, con la llegada de un espadachín vagabundo llamado Kenshin Himura a un pueblo cerca de Tokio en el undécimo año de la era Meiji.
