Roy consultaba su reloj de bolsillo por quinta vez en un minuto, la ansiedad clavada en su estómago como un puño apretado. Aquella misma mañana había recibido un telegrama del general Grumman informándole de que cogería el primer tren hacia el este, y aunque aún quedaba un rato para que llegase, cada segundo parecía estirarse interminablemente. Se encontraba en la estación de tren, observando a los pasajeros ir y venir con sus maletas y baúles, mientras los sonidos de las locomotoras y las conversaciones llenaban el aire.
La estación estaba llena de vida. Familias despidiéndose con lágrimas en los ojos, hombres de negocios revisando documentos antes de subir al tren, y niños correteando por los andenes, ajenos a las preocupaciones de los adultos. El aroma a carbón y aceite de máquina se mezclaba con el de los pasteles recién horneados de un puesto cercano, creando una atmósfera de bullicio y actividad constante.
Roy se sentía desubicado en medio de todo este ajetreo. Cada vez que miraba su reloj, esperaba que las manecillas se movieran más rápido, pero el tiempo parecía ralentizarse. Se sentía culpable por no haber comunicado al general Grumman el verdadero estado de salud de su nieta, Riza. Sentía que de algún modo le había traicionado, manteniendo esa información en secreto. Lo único que aliviaba aquel sentimiento es que en los dos últimos días el color había vueltos a sus mejillas y se sentía mas enérgica.
A su alrededor, el sol de la mañana iluminaba la estación con una luz dorada. Los rayos del sol se reflejaban en las ventanas de los trenes, creando destellos que hacían que Roy entrecerrara los ojos. Las columnas de hierro de la estación proyectaban largas sombras sobre los adoquines del suelo.
Roy se apartó un momento del bullicio, buscando un rincón más tranquilo desde donde pudiera vigilar la llegada del tren. Apoyó una mano en una de las frías columnas de hierro y tomó una profunda respiración, miro el portafolios que cargaba no cierta duda, tal vez se estaba precipitando.
Finalmente, el sonido lejano de una locomotora anunció la llegada del tren. Roy enderezó la espalda y ajustó su chaqueta, preparándose para el encuentro. Mantuvo la compostura, decidido a enfrentar lo que viniera con la misma resolución que había mostrado siempre.
Cuando el tren se detuvo y los pasajeros comenzaron a descender, Roy buscó entre las caras familiares hasta que finalmente vio al general Grumman. La figura del general, destacaba entre la multitud. Roy se acercó, sintiendo una mezcla de alivio y aprehensión, listo para enfrentar las consecuencias de sus decisiones.
El general Grumman bajó del tren, su rostro severo, pero con un brillo de preocupación en sus ojos. Al ver a Roy, su expresión se suavizó ligeramente, aunque la tensión seguía presente en sus rasgos.
—General, me alegra verle —dijo Roy, haciendo una reverencia respetuosa.
—Teniente coronel Mustang, gracias por recibirme —respondió Grumman, su tono grave y solemne mientras estrechaba la mano de Roy—. Tenemos mucho de qué hablar.
Al escucharlo, Roy quedó consternado por un momento, su mente agitada por la posibilidad de nuevas complicaciones.
—Creía que el conflicto había sido sofocado, señor.
Grumman asintió, pero su expresión permaneció severa.
—¿Sofocado? Por llamarlo de algún modo, pero no durará mucho tiempo. Hay que planificar bien el próximo paso y necesitaré de su mente aguda. —Luego movió la mano, restándole importancia momentáneamente—. Ya habrá tiempo para eso más tarde. Ahora vayamos a la finca; he pasado cuatro meses sin ver a mi nieta y no soporto ni un segundo más.
La estación de tren, bulliciosa y llena de vida, contrastaba con la seriedad de su conversación. El sol brillaba intensamente, proyectando largas sombras en el suelo adoquinado. La locomotora, aún humeante, se erguía majestuosa en el andén, mientras los pasajeros descendían, algunos con expresiones de cansancio, otros con sonrisas al ver a sus seres queridos.
Roy asintió, comprendiendo la urgencia en las palabras del general. Se dirigieron hacia el carruaje, con Grumman mostrando una mezcla de impaciencia y determinación en su rostro. Emprendieron el camino hacia la finca. El paisaje, con sus campos verdes y árboles majestuosos, pasaba rápidamente mientras el carruaje avanzaba. El canto de los pájaros y el susurro del viento en las hojas proporcionaban un fondo tranquilo.
—He pensado en adquirir una se esas máquinas infernales que están tan de moda en Central, dicen que son rapidísimas.
Roy sonrió, divertido por el comentario de Grumman, y sintió que su nerviosismo se desvanecía un poco.
—¿Un automóvil, señor?
—Sí, eso es. Usted los ha usado, ¿verdad? Escuché al teniente coronel Hughes decir algo por el estilo.
Roy asintió, sin duda eran unas máquinas formidables al alcance de muy pocos privilegiados.
—Sí, señor. He tenido la oportunidad de usar automóviles en varias ocasiones. Son bastante útiles y, como dice, muy rápidos. Aunque aquí, en el campo, quizás un carruaje o un caballo sigue siendo más práctico para ciertos terrenos.
Grumman soltó una risa profunda, sus ojos brillando con un destello de travesura.
—Tal vez tengas razón, muchacho. Pero uno no puede evitar sentirse tentado por la modernidad. Además, podría ser divertido ver la expresión de algunos de mis vecinos al verme pasar en una de esas máquinas.
Roy rió también, imaginando la escena. El general lo miraba con interés algo rondaba su mente.
—Dígame, que le ha parecido mi nieta. —había cierta expectación e interés en sus ojos.
—Creo que no termino de entender señor.
Grumman soltó una risa suave, notando la aparente confusión de Roy.
—Vamos, Muchacho, no se haga el tonto conmigo. Sabe perfectamente a qué me refiero. —El tono del general era afable, pero su mirada era intensa—. Mi nieta, Riza. ¿Qué opinas de ella?
Roy respiró hondo, buscando las palabras adecuadas, no podía creer que al final fuese Grumman y no el, el que sacase el tema que le tenía nervioso toda la mañana.
—Es una mujer extraordinaria, señor. Es inteligente, valiente y tiene una determinación inquebrantable. De hecho, era mi intención pedirle su mano.
Grumman lo observó en silencio por un momento, evaluando sus palabras. Luego, asintió lentamente y sonrió satisfecho, casi travieso.
—Eso es lo que quería oír. Mi nieta merece alguien que la valore y la respete. Alguien que entienda lo especial que es. —El general hizo una pausa, su expresión— Hace tiempo que pensaba que tú eres ese alguien, no voy a mentir, te envié a ti y no a ningún otro con esa esperanza.
Roy se sintió sorprendido por la revelación de Grumman. No había esperado que el general tuviera tales planes desde el principio. Sin embargo, la confesión del hombre mayor hizo que todo cobrara un nuevo sentido.
—¿Yo, señor? —preguntó Roy, aún procesando la información.
Grumman asintió, sus ojos brillando con un destello de astucia.
—Sí, muchacho. He observado cómo manejas las situaciones, tu inteligencia y tu integridad. Vi en ti las cualidades que quería para alguien que estuviera cerca de Riza. Además, son cualidades que ella valora mucho, ha pasado por demasiado y merece alguien que la comprenda y la respete. Sabía que eras esa persona. — al ver el rostro abrumado de Roy se puso mas serio. — No soy un viejo chocho, se de tu fama y se que es inmerecida, yo he luchado al lado del verdadero Roy Mustang, no podría pedir nada más para ella.
Roy reflexionó por unos momentos, aquellas palabras significaban mucho para él porque venían de una persona que admiraba, era una de las pocas personas cuya opinión sobre él le importaba, no era consciente de cuanto hasta que sintió su pecho hincharse de orgullo.
—Me siento halagado señor. —dijo Roy,—. Aunque no se si debería, acaba de admitir que en cierto modo me ha manipulado para conseguirle un marido a su nieta
Grumman rió con una intensidad que resonó en el carruaje, su risa sincera y profunda era contagiosa.
—Tienes razón, muchacho. No puedo negar que tenía mis motivos. —dijo el general con una sonrisa astuta—. Pero no te aflijas, algún día serás capaz de ver mis intenciones, tal vez incluso sea capaz de ganarme al ajedrez.
Roy asintió lentamente, el orgullo en su pecho se mezclaba ahora con una determinación renovada de estar a la altura de las expectativas del general.
Cuando llegaron a la finca, el paisaje verde y tranquilo les dio la bienvenida. Las sombras de los árboles se alargaban sobre el camino, creando un entorno sereno y acogedor. Riza estaba en la entrada, y al verlos, una sonrisa de alegría se dibujó en su rostro.
—¡Abuelo!, — Corrió hacia ellos, abrazando a su abuelo con fuerza, sus ojos brillando de felicidad. — Te he echado de menos.
Grumman la abrazó de vuelta, estrechándola entre sus brazos, sus ojos vidriosos de la emoción de ver de nuevo a su nieta, le daba un aspecto que contrataba con su usual aire autoritario.
—Riza, mi niña. También te he echado mucho de menos.
Después, Riza se volvió hacia Roy y le dedicó una cálida sonrisa.
—Bienvenido coronel Mustang.
Roy inclinó la cabeza ligeramente, su corazón latiendo con fuerza.
—Señorita Hawkeye.
Juntos, se dirigieron hacia el comedor. La mesa estaba dispuesta con esmero, con una variedad de platos que llenaban el aire con deliciosos aromas.
Durante la comida, la conversación fluyó con naturalidad. Grumman compartía historias de sus tiempos en el ejército, Riza reía con anécdotas del pasado y Roy participaba con comentarios y preguntas, integrándose cada vez más en la dinámica familiar.
Cuando la comida terminó, Grumman se levantó y se dirigió a Roy, su expresión era una mezcla de cordialidad y determinación.
—Volvemos juntos a East City, supongo, ¿no, Teniente Coronel? —dijo con una sonrisa que ocultaba una chispa de seriedad.
Roy asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad y la cercanía del momento. Observó cómo Grumman ofrecía su brazo a Riza, quien rápidamente colocó su mano sobre él con una sonrisa cálida.
—Bien, vaya al estudio si quiere —dijo Grumman, señalando el portafolios sobre la mesa y esbozando una risa floja—. Seguro que tiene en qué ocupar su tiempo mientras me pongo al día con mi nieta.
Roy sonrió en respuesta y se dirigió al estudio. Mientras caminaba por los pasillos de la finca, no pudo evitar admirar el trabajo que habían realizado los obreros, en pocos días le habían devuelto la elegancia y la historia que emanaban de cada rincón.
Al llegar al estudio, Roy cerró la puerta detrás de él y se dejó envolver por el ambiente tranquilo y acogedor. El estudio estaba lleno de estanterías repletas de libros y documentos, y una gran ventana ofrecía una vista panorámica del jardín bañado por el sol. Se sentó en el amplio escritorio de madera, abriendo el portafolios y extendiendo los documentos sobre la superficie.
Por otro lado, Grumman y Riza paseaban por el jardín, disfrutando de la mutua compañía, el suave murmullo de los árboles creaba una atmósfera serena y apacible.
—El teniente coronel es un buen hombre, ¿no crees? —preguntó Grumman, mirando a su nieta con ternura. Sus pasos eran lentos y medidos, disfrutando del tiempo juntos.
Riza sonrió, aunque sus ojos reflejaban una mezcla de pensamientos y sentimientos.
—Sí, abuelo. Es un hombre admirable. Me ha ayudado mucho y… — Riza se giró hacia su abuelo, notando en su rostro la expresión de cuando estaba tanteando—. ¿Qué te ha dicho Roy?
Grumman soltó una carcajada, su risa resonando en el tranquilo jardín. Nadie sabía leerle como ella.
—Ah, mi querida Riza, siempre tan perspicaz —dijo, entre risas—. Mustang y yo tuvimos una conversación de camino aquí. Está dispuesto a hacer todo lo necesario para verte feliz y segura.
Riza se relajó un poco, sintiendo el alivio mezclarse con su alegría.
—Me alegra saber eso, abuelo. No hace falta que te dé mi respuesta, ¿no?
Grumman la miró con ternura, deteniéndose junto al estanque.
—No, mi niña, viendo la forma en que lo miras y cómo él te mira a ti, me queda claro.
Riza frunció levemente los labios y alzó una ceja mientras observaba a su abuelo.
—¿Qué más está cavilando tu mente, abuelo? El rostro de Grumman se iluminó, sus ojos brillando con una chispa de emoción.
—Estaba pensando en organizar un gran baile en el palacio de Pleofen y anunciar allí vuestro compromiso.
—No sé yo... —Riza vaciló, su expresión reflejando tanto sorpresa como inquietud—. Tu mansión en East City es preciosa, abuelo, y puedes invitar a mucha gente. El palacio es demasiado... —observó el entusiasmo que reflejaban sus ojos—. Esto no será por lo que dijo la hermana del Duque Armstrong, aquello de que me quedaría para vestir santos.
Grumman soltó una carcajada, su rostro iluminado por una chispa de travesura.
—Por supuesto que no, pero sería delicioso verla atragantarse con sus propias palabras.
El viento jugaba con los mechones sueltos del cabello de Riza, mientras las sombras de los árboles se alargaban y se mecían suavemente en el césped. La idea del palacio de Pleofen era grandiosa y extravagante.
Riza suspiró, tratando de encontrar un equilibrio entre la grandiosidad del evento y lo que realmente deseaba.
—Abuelo, sé que tienes buenas intenciones, pero algo así es demasiado abrumador.
Grumman asintió, su expresión suavizándose.
—Lo entiendo, mi niña. No estoy diciendo de celebrar una boda real, pero quería hacer algo especial para mis hombres que han pasado tantos meses fuera de casa. Y si culminásemos la velada con el anuncio de tu enlace con el teniente coronel Mustang, mi mano derecha, será el evento del año. Que digo, de la década.
Riza se quedó en silencio por un momento, contemplando las palabras de su abuelo. La idea de un evento grandioso no le atraía en absoluto, pero entendía el deseo de su abuelo de honrar a sus hombres y, al mismo tiempo, celebrar algo tan significativo para su familia.
El cielo comenzaba a oscurecerse, y los tonos cálidos comenzaban a pintarse en el cielo.
—Está bien, abuelo —dijo finalmente Riza, con una sonrisa suave—. Podemos hacer algo especial para tus hombres y anunciar nuestro compromiso al final. Pero me gustaría que el enfoque principal sea el agradecimiento a ellos y su sacrificio.
Grumman sonrió, satisfecho con la respuesta de su nieta.
—Eso por supuesto, mi niña. Sé que ellos apreciarán el gesto, y será una noche memorable para todos nosotros.
Riza sonrió.
—Eso suena mucho mejor.
Al llegar de nuevo a la casa, su abuelo se dirigió al estudio, dejando a Riza con sus pensamientos en el vestíbulo. La cálida luz de las lámparas iluminaba suavemente el ambiente, creando una atmósfera acogedora y tranquila. Riza observó cómo Grumman se alejaba.
Decidió aprovechar el momento de tranquilidad para reflexionar. Subió lentamente las escaleras hacia su habitación, pasando junto a la puerta de su padre se sintió tentada de entrar, pero rechazo rápidamente la idea, no se sentía preparada para enfrentarlo de nuevo.
Al entrar en su habitación, se dirigió al escritorio y encendió una pequeña lámpara de aceite. La luz suave iluminó sus papeles y libros, y Riza se sentó, tomando un respiro profundo. Su mente volvía una y otra vez a los eventos de los últimos días: el compromiso con Roy, la conversación con su abuelo y el inminente evento en el Palacio de Pleofen.
Mientras contemplaba todo lo que estaba sucediendo, se dio cuenta de cuánto había cambiado su vida en tan poco tiempo.
Mientras tanto, en el estudio, Grumman se sentó en el escritorio. Miró a Roy y después a los documentos y cartas cuidadosamente organizados en la mesa.
—Ha venido bien preparado, pero no me hacen falta pruebas. No te creo lo bastante deshonesto como para mentir al respecto de tu salario o posesiones —dijo, su tono firme pero no acusatorio.
Roy asintió, sintiéndose un poco más relajado ante las palabras del general.
—Tres mil ochocientos cenz al año, señor —comenzó Roy, optando por ir directo al grano—. Entre la baronía de Resembool y mi sueldo de coronel, señor. Además, poseo una casa en East City y otra en Resembool.
Grumman asintió, escuchando atentamente. Su rostro mostraba un leve interés mientras evaluaba la información.
—Es un ingreso respetable, y esas propiedades son un buen comienzo, supongo. La dote de mi nieta incluye esta finca, una mansión en Elsto y, por supuesto, los títulos de su padre cuando inevitablemente fallezca, que por lo que me ha contado no tardará mucho en suceder: Conde de East City, Vizconde de Yames Balt y Barón de Elsto —dijo Grumman, entrelazando los dedos sobre el escritorio.
Roy se sintió abrumado por un momento. La magnitud de lo que estaba asumiendo le golpeó de lleno. No solo estaba comprometiéndose con Riza, sino también con un conjunto significativo de responsabilidades y expectativas. Apenas tenía tiempo de gestionar sus propias tierras y se preguntaba de dónde sacaría tiempo para todo lo demás.
—Le sugiero que contrate un administrador —dijo Grumman, observando la expresión de Roy—. La magnitud de estas responsabilidades no es algo que se pueda tomar a la ligera, aunque mi yerno así pueda darlo a entender —había bastante resentimiento en las palabras del general—. Riza es testaruda y querrá gestionarlo todo ella sola. No es que no pueda hacerlo, es brillante, más que usted y yo juntos.
Roy asintió, comprendiendo la sabiduría detrás del consejo de Grumman.
—Tiene razón, general. Un administrador competente sería una gran ayuda. No quiero que Riza se sienta abrumada o que sus responsabilidades se conviertan en una carga para ella, menos aun teniendo en cuenta su salud. Agradezco su consejo y me aseguraré de buscar a alguien adecuado.
Grumman asintió, sus ojos evaluando la determinación de Roy.
—Hágalo, coronel. No solo por su salud, por muy capaz que sea mi nieta, en cuanto empiecen a llegar los hijos, sus motivaciones y entrega se irán irremediablemente enfocando en ellos.
—¿Hijos, señor? —preguntó Roy, sorprendido por el giro de la conversación.
Grumman levantó una ceja, su mirada se volvió más aguda.
—¿Qué es lo que le sorprende?, se va a casar, el principal motivo por el que se casa un hombre es tener descendencia; para paliar otras necesidades están las amantes.
Roy sintió un nudo en el estómago ante la franqueza del general. La idea de tratar a Riza como un medio para un fin le resultaba completamente inaceptable.
Aunque lo cierto es que allí estaban los dos, sentados frente a frente en sillones tapizados en terciopelo, con una mesa de roble macizo entre ellos. Y sobre la mesa descansaba un contrato, cuyas páginas llenas de cláusulas y términos legales parecían más frías y distantes con cada segundo que pasaba, aquello poco tenía que ver con el amor, eran negocios. Roy no podía evitar sentir que estaban redactando su destino sin tener en cuenta lo que realmente importaba: los deseos de Riza.
Por un momento, pensó en Trisha, en su dulce hermana, y en cómo su padre la había entregado a un hombre sin escrúpulos, sin que ella pudiese hacer nada al respecto. Recordó los días oscuros en los que Trisha había soportado el abuso y el desprecio, con su espíritu cada vez más apagado. No quería repetir esa historia, no con Riza, no con alguien que había empezado a significar tanto para él en tan poco tiempo.
Con el ceño fruncido, Roy respiró hondo y decidió que no podía mantenerse en silencio.
—Con todo el respeto, general —dijo finalmente, su voz resonando en la habitación—, ¿no debería estar aquí? Y opinar al respecto.
El general Grumman, con su uniforme impecable y sus condecoraciones brillando débilmente en la luz tenue, observó la expresión de Roy, notando el conflicto interno en sus ojos. Se acomodó en su sillón, cruzando las manos sobre el regazo, y por un momento, el silencio que siguió a las palabras de Roy fue ensordecedor. El general parecía medir cada palabra antes de pronunciarla, consciente de la seriedad del asunto.
—Ella es plenamente consciente de lo que se está hablando en esta habitación —respondió Grumman con calma, su voz firme pero no exenta de un matiz de comprensión—. Y aunque te veo como el mejor candidato, si Riza se hubiese negado, no estaríamos teniendo esta conversación.
Roy notó un cambio en el tono del general, una leve suavidad que contrastaba con la autoridad de sus palabras anteriores. Grumman se inclinó ligeramente hacia adelante, como si quisiera asegurarse de que Roy comprendiera la importancia de lo que estaba diciendo.
—Por suerte —dijo Grumman, su voz templada y reflexiva—, le has causado una gran impresión. Pero no te equivoques, muchacho, Riza no es una mujer que permita que otros decidan por ella.
Las palabras flotaban en el aire como un aviso, un recordatorio de la fortaleza y la autonomía de Riza. Roy se sentía atrapado entre el respeto por ella y el peso de la decisión que tenía ante sí. Su mente vagaba, visualizando a Riza con su porte elegante, su inteligencia afilada y la serenidad que la caracterizaba, a pesar de las tormentas internas que seguramente debía estar enfrentando.
—Si está de acuerdo con este contrato —prosiguió Grumman, su tono volviéndose más serio, con una intensidad que atravesaba el espacio entre ellos— es porque lo ha reflexionado y cree que es lo mejor para ella.
Roy apenas podía apartar la vista de la mesa, donde el contrato permanecía, un símbolo tangible de su futuro. El documento estaba lleno de palabras escritas en tinta negra, cada una cuidadosamente redactada para delinear un acuerdo que, a pesar de su formalidad, contenía más que términos legales. Contenía promesas, expectativas y, sobre todo, un compromiso de por vida.
—Te quiere y te necesita —dijo Grumman, sus palabras llenas de una certeza que no admitía dudas—. Su padre va a morir, y yo no estaré aquí para siempre.
El general se detuvo por un instante, dejando que el peso de esa verdad se asentara.
—Te ha elegido a ti de entre una larga lista —añadió Grumman—. Siéntete afortunado. Firma este maldito papel y deja de darle vueltas al asunto.
Roy tragó saliva, sintiendo que un sudor frío le corría por la espalda. Las palabras del general resonaban en su mente, golpeando con fuerza en su interior. Sabía que Grumman tenía razón; sabía que Riza no lo habría elegido a la ligera. Esa certeza le resultaba tanto un alivio como un peso insoportable. ¿Qué había visto Riza en él que la hiciera elegirlo por encima de otros? Hombres más poderosos, más ricos, con posiciones más estables se habían declarado ante ella, y sin embargo, Elisabeth Hawkeye había decidido casarse con él. La idea le llenaba de orgullo y de una profunda inseguridad.
La perspectiva de tomar esa decisión, de unir su destino al de ella, le producía una mezcla embriagadora de miedo y anhelo. La deseaba con todas sus fuerzas, con una intensidad que casi lo asustaba, pero al mismo tiempo le aterraba la posibilidad de no ser suficiente para ella. Riza no era una mujer común, y él no podía permitirse fallar en algo tan importante.
Asintió lentamente, cada movimiento de su cabeza sintiéndose como un acto de valentía en sí mismo. Sus dedos, algo temblorosos, alcanzaron la pluma que descansaba junto al contrato. El frío metal de la pluma contrastaba con la calidez que sentía en su pecho, una calidez que provenía del amor que sabía que existía entre ellos, pero que al mismo tiempo estaba teñida de dudas. El papel crujió levemente bajo su mano, como si reconociera la importancia del momento, como si aquel simple acto estuviera sellando mucho más que un acuerdo: estaba uniendo dos destinos, entrelazando sus vidas de una manera que ni el tiempo ni las circunstancias podrían deshacer.
Mientras firmaba, una oleada de emociones lo recorrió, desde la alegría más pura hasta el miedo más profundo. Imaginó a Riza, con su porte elegante y su mirada determinada, la mujer que había conquistado su corazón no con palabras, sino con la fuerza silenciosa de su carácter y su bondad. Se preguntó si sería capaz de estar a la altura, si podría protegerla y hacerla feliz. Pero al final, la imagen de su sonrisa y la luz en sus ojos cuando lo miraba le dieron la fuerza que necesitaba. Con un trazo firme, Roy Mustang selló su destino junto al de Elisabeth Hawkeye.
Riza estaba absorta en sus pensamientos, sentada junto a la ventana de su habitación, con la mirada perdida en los jardines que comenzaban a oscurecerse bajo el cielo del atardecer. La brisa fresca que entraba por la ventana abierta acariciaba su rostro, trayendo consigo el aroma de las flores que aún persistían en el aire. A pesar de la serenidad del entorno, su mente estaba lejos de la calma. Sabía lo que estaba sucediendo en el estudio, y aunque había tomado su decisión con total convicción, no podía evitar sentir una mezcla de nerviosismo y expectativa.
El leve sonido de un toque en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se levantó con gracia, su vestido susurrando suavemente contra el suelo de madera mientras se dirigía a la entrada. Al abrir la puerta, lo primero que vio fue un conjunto de papeles sostenidos a la altura de su vista, y detrás de ellos, la figura galante y familiar de Roy Mustang.
Sus ojos se encontraron por un breve instante antes de que Roy bajara ligeramente los papeles, dejando al descubierto una sonrisa nerviosa pero sincera en su rostro.
—Me temo, señorita Hawkeye —dijo Roy, su voz profunda y cálida, cargada con un toque de humor—, que es oficialmente mi prometida.
Riza parpadeó, procesando sus palabras mientras sus ojos bajaban hacia los documentos que Roy sostenía. El corazón le dio un vuelco, una mezcla de alivio y emoción inundando su pecho. No era la sorpresa lo que la afectaba, sino la realidad de lo que aquello significaba.
—¿Lo soy? —respondió ella, su voz suave, mientras una sonrisa comenzaba a asomar en sus labios. Dio un paso adelante, acercándose más a Roy, lo suficiente como para sentir el calor de su cuerpo, pero sin romper la barrera de la formalidad.
Roy asintió, sus ojos oscuros llenos de una mezcla de adoración y un temor apenas contenido. No podía ocultar lo que sentía; había algo en la presencia de Riza que desarmaba todas sus defensas. El peso del papel que sostenía parecía nada comparado con la intensidad de su mirada, que lo mantenía anclado en el presente, recordándole lo real que era todo aquello.
—Lo eres —confirmó Roy, bajando finalmente los papeles para tomar la mano de Riza entre las suyas. El contacto de su piel contra la de ella envió una oleada de electricidad por su cuerpo, una sensación que lo dejó momentáneamente sin aliento. El mundo a su alrededor pareció desvanecerse, y por un instante, todo lo demás dejó de importar. Impulsado por una mezcla de deseo y emoción, Roy dio un paso al frente, acortando la distancia que los separaba. Sus alientos se encontraron en el aire, cálidos y entrelazados, como una promesa no pronunciada.
Riza sintió el calor del aliento de Roy contra su piel, como una invitación que le susurraba al oído, una invitación a la que estaba a punto de sucumbir. La cercanía de sus cuerpos, la intensidad en la mirada de Roy, todo conspiraba para hacer que se rindiera a la atracción que crepitaba entre ellos. Sin embargo, algo en su interior, una chispa de desafío y autocontrol, la mantuvo inmóvil. Se negó a ceder completamente, al menos no todavía.
Roy, percibiendo la tensión en sus ojos. Había algo tan tentador en esa contención, en la manera en que se mantenía firme y serena, incluso cuando el deseo era palpable en el aire entre ellos.
—Tendría que haber leído la letra pequeña, lord Mustang —dijo Riza finalmente, su voz suave pero cargada con una leve ironía que no pasó desapercibida para Roy. Sus labios se curvaron en una sonrisa que ocultaba la intensidad de sus emociones. A pesar de la cercanía y la tensión, su tono tenía un matiz de travesura, un indicio de la complejidad que la hacía tan única—, porque el archiduque quiere hacer un gran baile para los militares, y es su deseo que se anuncie el compromiso allí, delante de tus compañeros y superiores.
Riza mantuvo la mirada fija en los ojos de Roy, disfrutando de la reacción que provocaban en él sus siguientes palabras.
—Algunos de ellos —continuó, con un aire de despreocupación que apenas ocultaba el desafío en sus ojos— son hombres a los que he rechazado con poca elegancia, si me permite el atrevimiento.
La sonrisa en los labios de Roy se ensanchó, aunque en su interior el comentario despertó una mezcla de orgullo y una ligera preocupación. Sabía bien que Riza había rechazado a muchos, y que algunos de esos hombres eran figuras influyentes, no solo por su poder, sino por su ego.
—Vaya, parece que me he ganado no solo a la mujer más impresionante de todo Amestris, sino también a unos cuantos enemigos en el proceso —respondió Roy con un tono jovial, la idea de que Riza, hubiera elegido estar con él por encima de todos los demás, llenaba su corazón de una calidez que casi le resultaba abrumadora.
El silencio que siguió a sus palabras fue cargado, lleno de una tensión palpable que vibraba en el aire entre ellos. Los ojos de Roy se suavizaron, perdiéndose en la profundidad de los de Riza, que lo miraban con una mezcla de afecto y desafío. Cada línea de su rostro, cada sutil curva de sus labios, le hablaban de la complejidad de la mujer que tenía frente a él, y esa conciencia lo hacía sentir tanto un guerrero como un hombre dispuesto a entregarse por completo.
Sin apenas darse cuenta, Roy se inclinó ligeramente hacia adelante, como si un imán invisible lo estuviera atrayendo hacia ella. Sus movimientos eran lentos, deliberados, y el espacio que los separaba parecía encogerse con cada segundo que pasaba. Cuando sus labios finalmente se rozaron, solo por un instante, fue como si el mundo se detuviera.
Riza sintió un estremecimiento recorrer su cuerpo, un torrente de emociones que la dejó sin aliento. Era como si cada fibra de su ser reaccionara al simple roce de los labios de Roy, como si el mundo entero se condensara en ese instante, en ese contacto fugaz que había encendido un fuego dentro de ella. Sin poder evitarlo, sus labios se abrieron ligeramente, una respuesta involuntaria, una invitación silenciosa que pedía más, mucho más.
Roy, observando ese gesto, sintió cómo su propia determinación se desmoronaba. La había prometido paciencia, respeto, pero en ese momento, con los labios de Riza apenas separados, supo que no tenía las fuerzas ni las ganas de mantenerse firme. Había algo en su vulnerabilidad, en la manera en que ella también luchaba con sus emociones, que lo desarmaba por completo. No había espacio para la contención, no cuando todo lo que él deseaba estaba tan cerca, tan dispuesto a ser suyo.
Sin dudarlo, Roy se inclinó de nuevo, esta vez con más decisión, su mano se deslizó hasta la mejilla de Riza, acariciándola con suavidad mientras sus labios encontraban los de ella. El contacto fue más profundo, más intenso, como si todo lo que habían estado conteniendo finalmente se liberara. Sus labios se movieron al unísono, explorándose mutuamente, cada uno encontrando en el otro una respuesta que lo invitaba a seguir, a no detenerse.
El beso, que comenzó con suavidad, pronto se volvió más urgente, más apasionado. Roy podía sentir el calor del cuerpo de Riza, la manera en que su pecho subía y bajaba con cada respiración acelerada. Sus manos, antes tan contenidas, ahora se movían con una determinación renovada, envolviendo su rostro, atrayéndola más hacia él. Sentía que cada segundo con ella, cada caricia, era un paso más hacia un punto de no retorno, y aunque eso debería asustarlo, en lugar de eso, lo emocionaba. Era como si hubiera estado esperando este momento toda su vida, como si todo en él hubiera estado destinado a llegar aquí, a este preciso instante.
Riza, por su parte, se dejó llevar por las sensaciones que la abrumaban. No había espacio para dudas ni para arrepentimientos. Solo existía el ahora: el sabor de los labios de Roy, cálidos y firmes, que parecían encerrar todo el deseo contenido durante tanto tiempo; la calidez de sus manos que la sostenían con la firmeza y la ternura que había anhelado; y el ritmo de sus corazones latiendo al unísono, como si cada latido sincronizado marcara el compás de un destino compartido. Y mientras el beso se profundizaba, se volvía más intenso, más urgente, como si ambos intentaran capturar en ese instante todo lo que habían callado durante tanto tiempo.
Riza sintió cómo sus barreras, comenzaban a desmoronarse bajo la presión de la pasión que Roy despertaba en ella. Sus cuerpos se entrelazaron, y Riza se encontró presa de la fuerza con la que Roy la atraía hacia él, como si temiera que se desvaneciera si la soltaba. La urgencia en sus movimientos, como si el tiempo se estuviera escapando y solo les quedara este momento para ser completamente sinceros el uno con el otro.
No sabía cómo, pero en algún punto, sus pasos los habían llevado hasta la cama. Tal vez había sido la pasión que los empujaba o el deseo que los cegaba, pero lo cierto era que ahora, mientras se encontraban en ese espacio íntimo, todo lo demás parecía desvanecerse. Roy la presionaba contra su cuerpo con una intensidad que hacía que cada centímetro de su piel ardiera con la necesidad de más, mucho más. Y aunque una pequeña parte de su mente se preguntaba cómo habían llegado hasta allí, en ese momento no le importaba. Solo sentía la urgencia del deseo, la necesidad de entregarse completamente a lo que estaba sucediendo.
En ese instante, Riza supo que no habría vuelta atrás. Que estaba a punto de entregar una parte de sí misma a Roy, una parte que no podría recuperar, pero que tampoco deseaba hacerlo. Cada segundo que pasaba se sentía como una caída libre, un descenso vertiginoso hacia algo más grande que ellos mismos. Roy no era solo un compañero, no solo un prometido; era el hombre en quien estaba dispuesta a confiar su corazón, su futuro. La certeza de ello la inundó con una calidez que se extendió por todo su ser, un sentimiento tan fuerte que casi la hizo rendirse por completo, abandonarse a él sin reservas.
Pero entonces, con esa misma certeza, algo dentro de ella se encendió, un destello de razón que cortó a través de la neblina de deseo que la envolvía. La realidad, tan implacable como siempre, volvió con fuerza. Estaba comprometida, sí, pero no casada, y el general Grumman, su abuelo y protector, estaba en algún lugar de la planta baja. El deber, ese viejo compañero que siempre había guiado sus pasos, se hizo presente, recordándole que aún había fronteras que no podía cruzar, al menos no todavía.
El pensamiento de lo que significaría si se descubriera lo que estaba a punto de suceder, la golpeó como un cubo de agua fría. Con un esfuerzo casi sobrehumano, Riza se apartó ligeramente, lo suficiente como para que el aire frío de la habitación se interpusiera entre ellos, disipando un poco el calor que había envuelto su piel. Su respiración estaba agitada, su corazón latía con fuerza en su pecho, y aunque aún sentía el deseo vibrando en su interior, sabía que no podía dejarse llevar.
Roy la miró, sus ojos oscuros llenos de un deseo incontrolable, pero también de una comprensión silenciosa. No dijo nada, pero el peso de su mirada lo decía todo: entendía lo que ella estaba sintiendo, la lucha interna entre el deseo y el deber. La respiración de Roy era pesada, y sus manos, antes tan seguras, ahora temblaban ligeramente, pero no intentó retenerla. Sabía que, por más que deseara continuar, no podía pedirle que traicionara sus propios principios.
Riza, con los labios ligeramente hinchados y los ojos aún nublados por el deseo, se tomó un momento para recuperar la compostura. El cuarto, con sus luces tenues y las sombras alargadas de la tarde, parecía ser testigo de la intensidad de lo que había ocurrido.
—Roy... —murmuró Riza, su voz apenas un susurro, llena de la emoción que aún la dominaba, una mezcla de deseo insatisfecho y la creciente conciencia de la realidad que la rodeaba.
Roy asintió lentamente, su mano se deslizó hasta la mejilla de Riza, acariciándola con una ternura que contrastaba con la pasión de momentos antes. Sus dedos trazaron suavemente la línea de su mandíbula, un gesto lleno de una comprensión silenciosa y una promesa tácita de paciencia. No había necesidad de palabras, porque ambos sabían lo que había sucedido y, más importante aún, lo que no había sucedido. El aire entre ellos estaba cargado con la electricidad de lo que podría haber sido, pero también con la aceptación de que había límites que no podían cruzar, al menos no en ese momento.
Con un último vistazo, cargado de emociones no dichas, Riza se apartó de la cama. Cada paso la alejaba del calor del cuerpo de Roy y la acercaba a la fría realidad que comenzaba a asentarse nuevamente sobre sus hombros. Sintió una punzada de frustración, un eco de la pasión que había estado a punto de consumirla por completo. Maldecía a su mente por su insistencia en devolverla a la realidad justo cuando había encontrado un momento de paz, de conexión tan profunda en los brazos de Roy. Pero sabía que debía hacerlo, sabía que no podía permitirse dejarse llevar completamente, no aún.
Con una fuerza de voluntad que admiró en sí misma, dio un paso hacia la puerta. Cada movimiento la alejaba de lo que su corazón y su cuerpo deseaban desesperadamente. La distancia física entre ellos crecía, pero esa separación también la atrajo de nuevo a la realidad por completo, enfriando la llama que había ardido tan intensamente en su interior. Llevó una de sus manos a sus labios, sintiendo el ligero ardor que quedaba como un recuerdo. Sus ojos, llenos de una mezcla de deseo y dolor, se volvieron hacia Roy, que la observaba en silencio, su propia lucha reflejada en la tensión de su mandíbula y la intensidad de su mirada.
Riza sabía lo difícil que era imponer la razón al capricho, especialmente cuando ese capricho era más bien una necesidad que la asfixiaba por dentro. Aún sentía cómo su cuerpo le suplicaba, cómo cada fibra de su ser quería volver a los brazos de Roy, dejarse llevar por completo, olvidar todo lo demás.
Roy la observó, su pecho aún subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas, su propio deseo reflejado en la forma en que sus ojos recorrían cada detalle de ella. Podía ver el conflicto interno en los ojos de Riza, la lucha entre lo que quería hacer y lo que sabía que debía hacer. Esa mirada lo desarmó, lo hizo consciente de lo difícil que era para ella también. Entendió en ese instante que no la presionaría, que no la empujaría a nada para lo que no estuviera completamente lista. Con una mezcla de resignación y frustración, se incorporó, intentando calmar la oleada de emociones que lo inundaban. El aire, cargado de tensión, parecía volverse más denso, dificultando cada respiración.
Riza, sintiendo que el control se le escapaba, intentó aferrarse a la realidad con las pocas fuerzas que le quedaban. Su voz, más grave de lo habitual, resonó en la habitación con un tono que delataba lo mucho que le costaba mantener la compostura.
—¿No ibas a volver a la ciudad con Grumman? —preguntó, intentando sonar tranquila, aunque un leve carraspeo al final de la frase reveló el esfuerzo que le costaba recuperar el control sobre sí misma. Necesitaba anclar su mente en la realidad, alejarse de la tentación que Roy representaba en ese momento.
Roy, aún luchando por serenarse, esbozó una sonrisa suave, una mezcla de ternura y aceptación que suavizó las líneas de tensión en su rostro. La pregunta de Riza, tan sencilla, lo devolvió a la realidad, recordándole que, por más que desearan lo contrario, no estaban solos en el mundo. Había responsabilidades que cumplir, compromisos que no podían ignorar.
—Sí, tienes razón —respondió con un tono bajo, casi un susurro, mientras daba un paso, respetando el espacio que Riza había creado entre ellos. Sus palabras fueron acompañadas de un leve asentimiento, como si estuviera afirmando algo mucho más profundo que su simple respuesta—. Debería reunirme con él antes de que se impaciente demasiado.
El peso de lo que no se dijo entre ellos colgaba en el aire, un recordatorio silencioso de lo que podría haber sucedido en ese momento si no fuera por las circunstancias que los rodeaban. Había un anhelo insatisfecho en ambos, una tensión no resuelta que vibraba en el ambiente, pero también había una comprensión mutua de que esto no era un final, sino un aplazamiento.
Riza asintió lentamente, su mirada aún fija en Roy. Sus ojos lo recorrían con una intensidad que parecía querer grabar cada detalle en su memoria: la curva de sus labios, la profundidad de sus ojos oscuros, la manera en que la miraba como si ella fuera lo único importante en el mundo. Quería recordar ese momento, guardar esa imagen de Roy en su mente antes de que él se marchara, antes de que la realidad volviera a interponerse entre ellos.
Con un último suspiro, Roy se inclinó levemente, como en un gesto de despedida. Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta, sus pasos resonando suavemente en el suelo de la habitación. El sonido se fue apagando lentamente, hasta que la puerta se cerró tras él con un suave clic.
Riza permaneció inmóvil durante un largo momento, sintiendo el vacío que Roy había dejado atrás. Con un último suspiro, dejó que la calma volviera a instalarse en su mente.
