Ronald Weasley
"Hay dos miradas: la del cuerpo y la del alma. La mirada del cuerpo puede olvidar a veces, pero la del alma recuerda siempre."
Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo
—
Febrero
—A lo mejor si probáramos a usar un pensadero, —empezó Hermione, abordando el tema por tercera vez aquella semana durante el desayuno.
La vida con Malfoy se había asentado en una extraña especie de distensión en la que Hermione reconocía que no era el matón de la infancia convertido en mortífago renuente que ella recordaba y él seguía andando de puntillas a su alrededor como si esperara que huyera en cualquier momento. Él se iba a trabajar; ella se quedaba en el piso investigando. A veces quedaba con Harry o Ginny para comer. Pero, sobre todo, leía. Leyó cientos de Profetas. Leyó todas las revistas médicas, muggles y mágicas, que encontró relacionadas con la pérdida de memoria. Y leyó, de mala gana, un historial de mensajes de texto dolorosamente embarazoso en el que había enviado todo tipo de confesiones de amor y adoración a un mago que claramente no tenía ni idea de cómo responderle. Eran cariñosos, dulces de un modo extraño y, sin embargo, solo con leerlos se le erizaba la piel de mortificación.
—De ninguna manera, —dijo Malfoy con mucho menos vitriolo que la última vez que había sacado el tema de los pensaderos.
Lo intentó de nuevo, buscando un tono tranquilo y sereno: razonable.
—Los propios sanadores han admitido que mi caso no tiene un precedente exacto...
—Y, sin embargo, insistieron en que ver los recuerdos de uno mismo desde la perspectiva de otra persona podría distanciarte aún más de los tuyos...
—Pero si no voy a recuperarlos en absoluto...
Su puño cerrado se hundió en la mesa. El impulso de su golpe frustrado se convirtió en algo cuidadoso y controlado, que aterrizó suavemente contra la madera. Hermione se fijó en sus ojos mientras él se calmaba, invocando su Oclumancia.
—No digas eso, —le espetó.
—¿Decir qué? ¿Que podría no recuperar mis recuerdos? A estas alturas, puede que no, Malfoy.
Una mueca de dolor se dibujó en su boca antes de volver a mostrar una expresión neutra.
—Solo ha pasado un mes, —dijo, sereno.
Hermione resopló, apartándose los rizos que se le habían caído hacia delante mientras lo debatía.
—Un mes es mucho tiempo.
—Ni de lejos seis años.
Hermione frunció el ceño.
—Eres más terca que esto, —dijo Malfoy cuando ella no obtuvo respuesta.
—¿Perdón?
Se recostó contra su silla, con los brazos cruzados delante de él. Ladeó la cabeza y levantó una ceja: un torrente de la clásica postura de Malfoy. Para sorpresa de Hermione, algunas de sus defensas parecieron deslizarse.
—Eres demasiado terca, y lo digo en el mejor sentido de la palabra, para resignarte al fracaso después de un solo mes.
Hermione abrió la boca para responder, pero la volvió a cerrar antes de que le salieran las palabras. La indignación y la frustración se abrieron paso hasta la punta de su lengua. Pero estaba demasiado distraída por las arrugas en las comisuras de los ojos de Malfoy: una sonrisa que no se acercaba a sus labios. Le paralizó el cerebro y la boca.
—Mira, —empezó de nuevo Malfoy, tomando claramente su silencio como un permiso para continuar—. Acabas de empezar a trabajar de nuevo...
—Apenas. Me tienen revisando papeleo.
—En cualquier caso, —interrumpió Malfoy—. Hemos sido muy conservadores con la cantidad de cosas que te enseñamos, nos lo hemos tomado con calma. Empezaremos a enseñarte más.
—No se me da bien ser paciente, Malfoy.
—Insaciable de conocimiento, lo sé bien.
Una llamarada verde procedente de la chimenea detuvo el instinto de Hermione de borrar de un manotazo la mirada de suficiencia de Malfoy. La voz de Harry flotó desde el salón hacia su enfrentamiento en la mesa de la cocina.
—¿Malfoys? ¿Puedo pasar? Solo necesito un minuto.
Hermione se puso en pie de un salto, optando por ignorar que se refirieran a ella como una Malfoy.
—Ven aquí, —dijo, cruzando hacia el salón. Al instante siguiente, Harry Potter estaba frente a ella. El alivio que sentía cada vez que lo veía desde el accidente volvió a invadirla. Se aferró a su familiaridad mientras lo abrazaba.
Malfoy no se había molestado en moverse de su asiento en la mesa, solo se giró ligeramente para reconocer a su invitado.
—Tengo noticias, —se apresuró a decir Harry.
—¿Oh?
—Ascenso. Me ascendieron. Me dieron el departamento.
Hermione volvió a lanzarse sobre Harry, murmurando efusivas felicitaciones contra su hombro.
Malfoy apareció detrás de ella cuando se apartó, ofreciéndole una mano a Harry.
—No está mal, Potter. ¿Nos invitas a unas copas, entonces?
Cada vez que Malfoy le decía algo a Harry que no fuera al menos parcialmente vil, Hermione se sentía como si hubiera entrado en otra realidad. Esta vez no fue diferente. Sus palabras no iban acompañadas de ninguna burla, ninguna insinuación de nepotismo, nada más que lo que parecían auténticas, aunque cautelosas, felicitaciones.
—Claro que sí, —dijo Harry, con una sonrisa ladeada y orgullosa iluminándole toda la cara—. Me doy cuenta de que es miércoles, pero vamos a salir, vendréis, ¿no?
Malfoy miró fijamente a Hermione por un momento, con la conversación sobre enseñarle más de su vida dándole vueltas en la cabeza. No podía ser para siempre una tímida obsesionada con la investigación, que solo salía del piso para ir a trabajar, visitar a sus padres o comer de vez en cuando con Harry y Ginny.
—Sí, —insistió Hermione. Ya se sentía sin aliento ante la emoción de hacer algo diferente, algo con los amigos que necesitaba ver más, ya que al parecer tener hijos les quitaba mucho tiempo.
—Vamos a celebrar con una buena cena, todo un acontecimiento, —dijo Harry—. Usad Flu a nuestra casa a las siete.
Y con unos cuantos asentimientos y abrazos de felicitación más, asentimientos de Malfoy, abrazos de Hermione, Harry desapareció de nuevo a través del Flu.
—
Llevar algo formal se sentía bien.
Hermione había pasado el par de semanas transcurridas desde su accidente rotando entre los tres pares de vaqueros y el puñado de jerséis que había guardado en un rincón del armario, detrás de la francamente obscena colección de corbatas y pañuelos de bolsillo de Malfoy. Resultaba casi fortalecedor ponerse un vestido y peinarse como si su vida le exigiera algo más que unos vaqueros y un jersey o una falda y una blusa que cumplieran los requisitos del Ministerio.
Se miró en el espejo del baño. Había conseguido recogerse el pelo en un moño bajo en la nuca; los rizos flojos ya se soltaban y le enmarcaban la cara. Su vestido, azul marino y sencillo, se ceñía a las suaves curvas a las que aún se estaba acostumbrando. En sus seis años perdidos, la delgadez que apenas le permitía salir de la adolescencia se había convertido en un cuerpo que parecía pertenecer a la mujer cuyo rostro le devolvía la mirada en el espejo. Sinceramente, le gustaba su aspecto con el vestido, una sensación difícil de conciliar cuando no reconocía del todo el reflejo que le devolvía la mirada.
Llamaron a la puerta del baño.
El baile que ella y Malfoy habían estado realizando con el fin de darse mutuamente el espacio personal adecuado para arreglarse todos los días, pero sobre todo para esta salida nocturna en particular, requería llamar mucho a las puertas y esperar permiso para entrar en las habitaciones.
—Me preguntaba de qué color era tu vestido, —la voz de Malfoy atravesó la puerta. Hermione le echó una última mirada a su reflejo, una sonrisa de confianza, y abrió la puerta para encararlo.
Malfoy estaba de pie, pegado a la puerta del baño, así que cuando Hermione la abrió, se encontró cara a cara con él, a menos de un brazo de distancia. Pero la distancia parecía mucho menor. Porque, a pesar de estar completamente vestido, la camisa de Malfoy estaba a medio poner, como si su pregunta sobre el color de su vestido hubiera tenido prioridad sobre seguir vistiéndose. Necesitó más fuerza de voluntad de la que le hubiera gustado para mirarle a la cara y no al pecho.
No es que él se hubiera dado cuenta si ella le hubiera echado un vistazo. Su atención no estaba puesta en su rostro. Hermione prácticamente podía sentir el recorrido de sus ojos sobre su vestido, sobre su cuerpo dentro del vestido, hasta que su mirada finalmente se encontró con la de ella. Él se aclaró la garganta mientras Hermione intentaba no encogerse al ser examinada tan abiertamente por Draco Malfoy.
—Escogiste el azul marino... está bien, me cambiaré. —Se dio la vuelta para volver al dormitorio.
Hermione enrojeció con una sensación de timidez desconocida. Hacía unos momentos, se había sentido tan bien con su elección, con su aspecto, pero un examen y un comentario críptico de Malfoy hicieron que su confianza cayera en picado. Era como volver a tener trece años, el pelo enorme y los dientes frontales ocupando todo el espacio de su cabeza y dejando poco sitio para nada más.
—¿No debería haberlo hecho? —preguntó ella, llamándole y odiando que una pequeña parte de ella deseara su aprobación.
—¿Perdón?
—Me puse el azul marino. ¿No debería habérmelo puesto? —preguntó. Había salido al pasillo y señaló el vestido—. Pensé que me quedaba bien...
Se detuvo cuando Malfoy dio un paso hacia ella. Él se frenó, como si acabara de darse cuenta de que se había movido, y luego se quedó dolorosamente quieto. Hermione esperaba ver cómo la frialdad se apoderaba de sus facciones, apagando la incertidumbre y la inquietud que se dibujaban en su rostro mientras la observaba. La frialdad no apareció. En su lugar, se formó una pequeña sonrisa.
—Estás... preciosa. El vestido. Es... mi favorito. —Las palabras se le atrofiaron, le costó sacarlas. Hermione no podía acostumbrarse a una versión de Draco Malfoy que cuidaba sus palabras, que reflexionaba antes de hablar—. Pero voy de negro, —continuó, las palabras mucho más suaves al referirse a sí mismo—. Me cambiaré a gris y podremos irnos.
Y con una retirada un poco apresurada de vuelta al dormitorio, cerrando la puerta tras él, Hermione se quedó en el pasillo preguntándose por la historia de la tela que en ese momento descansaba contra su piel. Como casi todo lo que había en el piso, tenía un significado, una historia para Malfoy que ella desconocía. Era como caminar por un campo de minas en su propia casa, esperando a medias que todo lo que tocaba estallara, sin saber nunca qué había secretamente más de lo que se veía a simple vista.
—
—Viene Ron, —dijo Ginny a modo de saludo cuando Hermione atravesó el Flu y entró en Grimmauld Place—. Solo quería asegurarme de que lo sabías porque apostaría bastantes galeones a que Harry se olvidó de... sí, por la expresión de tu cara definitivamente no lo mencionó.
Malfoy tropezó con Hermione por detrás al atravesar el Flu tras ella. Hermione no se había movido del sitio en el que había aterrizado en cuanto Ginny dijo "Ron". Hermione había hecho un excelente trabajo alejando sus pensamientos de Ronald Weasley durante el último mes. Sobre todo, después de que Ginny le informara durante la comida de que estaba casado y esperando un hijo con su mujer.
Pero ¿la poca antelación con la que volvería a verle? ¿Después de seis años en el mundo real pero apenas tiempo en su mente? Se le oprimió el pecho.
Malfoy hizo un ruido confuso detrás de ella, arrastrando los pies y disculpándose por haberla empujado en su aterrizaje. Se enderezó, colocándose a su lado, divisando a Ginny.
—Comadreja, —dijo—. ¿Son arrugas lo que veo?
Ginny resopló. Hermione se horrorizó.
—Hurón, —respondió ella—. ¿Se te está cayendo el pelo?
—Poco probable, la última vez que le vi, mi padre aún tenía todo el pelo.
—Lástima, —reflexionó Ginny—. Todavía hay tiempo. No perderé la esperanza.
La atención de Hermione pasó de Ginny a Malfoy y viceversa, intentando descifrar si alguno de los dos estaba ofendido. O molesto. O si, Dios no lo quiera, estaban bromeando.
Pero antes de que Hermione pudiera abrir la boca para exigir una explicación de lo que acababa de presenciar, Harry entró, arreglándose la pajarita y pareciendo menos un hombre a cargo de todo un departamento del Ministerio de Magia y más un niño grande jugando a disfrazarse. Y Hermione lo adoraba por ello.
—¿Ves esto, Gin? Tardé veintiséis años, pero por fin me he puesto una pajarita yo solo.
Ginny se limitó a poner los ojos en blanco y besó ligeramente a su marido en la mejilla. Hermione sintió de pronto que el espacio entre donde estaba ella y donde estaba Malfoy crecía hasta alcanzar el tamaño de un pequeño cañón, un doloroso contraste con la intimidad que tenían delante.
Harry se limitó a sonreír ante la caricia de su mujer y le rodeó el brazo con el suyo.
—Pongámonos en marcha, —dijo—. Hemos decidido ir por Flu al Callejón Diagon, Ron y Lavender se reunirán con nosotros allí.
Y sin ninguna consideración por la bomba que acababa de lanzar sobre la psique de Hermione, Harry entró en el Flu con Ginny del brazo. Ginny captó la mirada de Hermione antes de que se alejaran en un borrón de llamas verdes, con la preocupación grabada en el rostro.
Lavanda. Lavender Brown. Hermione sabía un par de cosas sobre razonamiento deductivo. Si Ron estaba casado y tenía una mujer embarazada, y si Ron se reunía a cenar con dicha mujer, y si la persona con la que Ron asistía a la cena era efectivamente Lavender Brown, entonces, lógicamente, Ron estaba casado con Lavender Brown. ¿Estaba bajo el agua? ¿Dónde se fue todo el aire?
Hermione sintió que la habitación daba vueltas, intentando encontrarle sentido a la nueva realidad en la que se había sumergido. Malfoy no había movido ni un músculo de donde estaba. Dio un paso atrás, buscó una silla y se sentó, a la deriva en el mar de sus esfuerzos por ordenar esta nueva pieza de información en el catálogo de su extraña nueva vida.
Una voz firme y tranquila la arrastró de vuelta a la orilla.
—¿Estás bien?
Hermione se fijó en el hombre que tenía delante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, una profunda arruga vertical de concentración le recorría el entrecejo y un músculo tenso le recorría el cuello hasta la mandíbula. Pero sus ojos estaban tranquilos, como si cada gramo de su concentración se centrara en permanecer así.
—Sí, —dijo Hermione—. Estoy bien, vámonos.
—¿Preferirías no hacerlo? —preguntó—. Podríamos cancelarlo, lo entenderían.
—¿Prefieres cancelarlo? —replicó ella, tratando de ganar más tiempo.
—Sí.
Hermione parpadeó.
—Eso fue... sincero.
—No me imagino que vaya a disfrutar viendo a mi mujer resolver sus repentinos sentimientos no resueltos por su exnovio. —Malfoy se frotó la nuca, un raro indicio de su incomodidad—. Pero si quieres salir... después de todo, te has puesto ese precioso vestido. Son tus amigos. No se trata de mí.
Hermione se crispó. No le gustaba la insinuación de que iba a quedarse embobada y adular a Ron en una cena con amigos, en una cena en la que estaba presente la mujer de Ron.
Hermione se detuvo, persiguiendo el pensamiento errante que le desgarraba el cerebro. ¿Significaba eso que se quedaría boquiabierta si Lavender no estaba presente? Se le calentó la cara de vergüenza. No, solo había sido una mala elección de palabras. Pero aun así le supo vergonzoso.
Era perfectamente capaz de cenar con Ronald Weasley y su mujer sin hacer el ridículo.
—Aun así, me gustaría ir, —concluyó, esperando que Malfoy no pudiera ver el rubor en sus mejillas.
Asintió brevemente y le pasó el bote de polvos Flu, sin hacer ningún intento de viajar en tándem como acababan de hacer Ginny y Harry.
—Algo a tener en cuenta, —dijo mientras ella se adentraba en las llamas—. Fuiste tú quien lo dejó.
Hermione arrojó el polvo a sus pies y se alejó girando, con un destello de rubio y gris ardiendo tras sus ojos.
—Lo siento, Hermione, —dijo Harry en cuanto ella entró en el callejón Diagon—. Ginny me ha informado de que soy un inconsciente. No pretendía echarte encima a Ron y Lavender.
Esta vez, Hermione recordó hacerse a un lado para que Malfoy tuviera espacio para salir del Flu.
—Ginny se adelantó y se reunió con ellos en el restaurante, —continuó Harry. Un destello de luz indicó la llegada de Malfoy—. ¿Estáis listos? —preguntó Harry.
Hermione se limitó a asentir, haciendo acopio de su valentía de Gryffindor para ayudarla.
—Por aquí, entonces, —dijo Harry, tomando la delantera.
Desde su periferia, Hermione pudo ver cómo Malfoy flexionaba los dedos de la mano izquierda a su lado.
Dejó escapar un pequeño suspiro.
—¿Puedo ofrecerte mi brazo? —preguntó justo cuando ella había dado el primer paso para seguir a Harry.
Hermione se giró y se encontró con Draco Malfoy, que seguía de pie cerca del Flu, con un brazo dispuesto a acompañarla. Fuera de contexto, parecía ridículo: vestido con sus pantalones a medida, camisa y abrigo, un brazo levantado y doblado por el codo, una mirada cautelosa y precavida cristalizándose en sus facciones. Vio su respuesta antes de que ella se diera cuenta.
Hermione tenía la respiración entrecortada. Un calor desagradable le recorrió el pecho. Comprendió, tardíamente, los sentimientos de Harry acerca de no saber si reír o llorar cuando la acompañó a casa desde San Mungo.
Malfoy bajó el brazo.
—Disculpas, —dijo en tono cortante—. No debí...
—No, lo siento... es que... todavía no, —terminó, un buen ejemplo de la lengua inglesa.
En esos segundos mortificantes, Harry los había dejado atrás. Desde donde estaba, a varios escaparates de distancia, se había dado la vuelta y los estaba observando.
—¿Venís? —medio gritó calle abajo.
—Sí, Potter, ya vamos, —respondió Malfoy en voz baja.
—
Ginny, Ron y Lavender ya estaban sentados a la mesa cuando Hermione llegó con Harry y Malfoy. Ron se puso en pie al verla, con una torpe caballerosidad. Dio un paso adelante, con los ojos fijos en los de ella, y le ofreció un abrazo corto pero firme con un simple "hola" como saludo.
Y era todo como Hermione lo recordaba. Y nada parecido al mismo tiempo. Además, fue un encuentro demasiado breve para reunir los datos necesarios para una comparación completa. Volvió a sentirse un poco mareada, casi deseando haber aceptado la oferta de Malfoy de volver al piso. Porque contemplar la cara de Ronald Weasley, todo ojos azules y pecas, con aspecto de no haber envejecido ni un solo día, debería haberle hecho sentirse como en casa. Y, sin embargo, no era así.
Lavender fue la siguiente en dar un paso adelante, y el bulto de su vientre presionó las costillas de Hermione mientras se abrazaban en lo que parecía más una obligación que un verdadero saludo.
—Hermione, hola. Soy Lavender. Fuimos juntas al colegio, —dijo Lavender, con los ojos muy abiertos clavados en el cráneo de Hermione, como si intentara comunicarle un significado por pura fuerza de voluntad.
—Yo... sí Lavender, sé quién eres...
—¿Hay vino? —intervino Malfoy, buscando en la mesa. Ginny ya le había servido una copa y se la tendía desde su asiento.
—Bendita seas, Comadreja, —dijo—. Puede que considere rescindir cualquier comentario despectivo que haya hecho hoy sobre ti dependiendo de la cosecha que hayas seleccionado.
Hermione se apartó de Lavender, incómoda bajo la mirada brillante y preocupada de la mujer. Cuando sacó una silla, Malfoy la corrigió, sacando en su lugar la que estaba frente a él, haciéndole un gesto para que la ocupara.
—¿No puedo elegir mi propio asiento? —preguntó Hermione, sintiendo el filo en su tono.
Aunque en realidad no puso los ojos en blanco, Hermione pudo sentir la intención de hacerlo en su tono.
—Soy zurdo, —dijo Malfoy—. No querrás sentarte a mi izquierda.
Ginny soltó una risita mientras bebía vino.
—Al igual que su cara, los codos de Malfoy son bastante puntiagudos.
—Esto es genial, —dijo Harry, mirando la cesta de pan sobre la mesa—. Esto va a ser genial. —Hermione no sabía muy bien a quién intentaba convencer.
Una vez colocados los asientos, Hermione se encontró sentada frente a Ginny, con Harry en la cabecera de la mesa a su derecha. Malfoy estaba sentado a su izquierda, frente a Ron y junto a Lavender. Parecía sumamente insatisfecho con su suerte. Su copa de vino estaba casi vacía.
Un silencio parecía extenderse por la mesa mientras todos se acomodaban. Sus intentos de mantener la normalidad se habían marchitado y muerto ante sus ojos.
—Háblanos de ese ascenso, Potter, —incitó Malfoy a la silenciosa mesa, rellenando su vino y ofreciendo la cesta de pan a Lavender.
Hermione se sorprendió, el hombre tenía habilidades sociales.
Harry se lanzó a relatar con entusiasmo la mayor parte de su carrera como auror, utilizando casi todos los casos que había tenido como justificación de por qué merecía un ascenso a Auror Jefe. Más o menos cuando Harry llegó a su "gran caso de 2004", Hermione tuvo la sensación de que Harry estaba en parte reviviendo su proceso de entrevistas, en parte embelleciéndolo en beneficio de Hermione y en parte participando en algún extraño concurso de medición de varitas con Malfoy.
Malfoy, por su parte, escuchó pacientemente, bebió más vino y siguió haciendo preguntas inquisitivas como "¿cómo has llegado a esa conclusión?", "¿qué te hizo sospechar del duende?" y, lo que era peor, "¿no crees que fue una decisión un poco precipitada?". Hermione sintió que se desvanecía, perdida entre dos hombres enzarzados en una conversación interminable que parecía que ninguno de los dos quería tener, pero que continuaba a pesar de todo. Llegaron los entrantes y comieron, pero las interminables idas y venidas entre Harry y Malfoy no cesaban.
La atención de Hermione se desvió hacia el otro lado de la mesa, donde Ron y Lavender habían entablado su propia conversación. Hermione los observó interactuar, estudiando sus propias reacciones, esperando una oleada de celos o de dolorosa nostalgia. Pero en lugar de eso, se encontró más bien perpleja. Ron tenía casi el mismo aspecto que había tenido desde el día en que cumplió diecisiete años: alto, pecoso, pelirrojo y bueno. Eran cosas que en otro tiempo le habían acelerado el pulso. Y recordaba que esas cosas lo habían hecho recientemente.
Pero algo al verlo tan contento con Lavender, tan insípida como Hermione la encontraba, pareció borrar de sus venas la afinidad por él, dejando solo una especie de apego clínico basado en su historia compartida. Era una sensación extraña, repentina y muy distinta de lo que había esperado. Había estado tan desesperada por verle cuando se despertó en el hospital, convencida de que si pudiera ver a Ron todo volvería a tener sentido y el tiempo que decían que había perdido se disiparía en el éter.
Quería amarlo. En algún lugar, luchando con la parte lógica de su cerebro, una parte de Hermione quería amarlo porque era su primer amor y porque creía que sería el último. Sonrió, sintiendo por fin un cariño como el que había estado esperando, pero era un cariño como el que sentía hacia Harry, separado de los sentimientos de querer y desear. Ron se volvió para mirarla, sus ojos azules se encontraron con los marrones, y Hermione se dio cuenta de que la mesa se había quedado en silencio.
Se había quedado mirando.
Dioses, ¿cuánto tiempo había estado mirando? Le dio un vuelco al estómago, podía sentir el malestar extendiéndose como una mancha fría por el mantel, filtrándose hasta sus asientos, calándoles hasta los huesos. Hermione bajó la mirada, deseando quedarse estupefacta mientras pensaba cuánto tiempo podrían llevar sus amigos mirándola fijamente mientras su exnovio charlaba con su mujer embarazada.
A su lado, Hermione podía ver el puño de Malfoy cerrado junto a su pierna, con los nudillos blancos por la fuerza. No se atrevía a mirarlo. Hermione aceptó ese poco de cobardía de sí misma y en su lugar miró a Ginny, que tenía una ceja levantada, una copa de vino en la mano y una tensión desaprobadora en los ojos. Hermione pasó a mirar a Harry, que no lograba establecer contacto visual con ella y parecía a punto de meterse debajo de la mesa.
Finalmente, Hermione volvió su atención hacia Malfoy. Parecía concentrado en algo a media distancia, detrás de la cabeza de Ginny, y apenas se movía. El único indicio de que respiraba era el leve aleteo de sus fosas nasales al inhalar.
La mesa tembló cuando se levantó bruscamente, con el ruido de los cubiertos y los platos. Bajó la cabeza para mirar a Hermione e inmediatamente volvió a levantarla, como si se arrepintiera al instante de su decisión.
—Si me perdonáis, —dijo, desapareciéndose en ese mismo instante. Su servilleta de marfil cayó al suelo cuando una camarera se apresuró a advertirle que no estaba permitido aparecerse dentro del restaurante.
—Bueno, eso pareció repentino, —susurró Lavender, lo suficientemente alto como para que lo oyera toda la mesa.
—Voy a buscar a nuestro camarero para la cuenta, —anunció Ron mientras se levantaba y se marchaba también. Lavender lo miró marcharse y pareció no afectarle en absoluto el ambiente de la mesa.
Harry soltó un gemido bajo justo antes de que Ginny le diera un manotazo en el brazo.
—Harry James Potter, ¿tenías que entrar en un concurso de meadas con el hurón durante la cena? Algunos estábamos intentando comer.
Harry levantó las manos en señal de defensa.
—¿Qué? No hubo meada, solo estaba hablando y él me estaba incitando...
—Oh, no lo estaba, —espetó Ginny—. Claramente intentaba mantener la conversación para que Hermione no se sintiera incómoda.
Ginny dirigió su fuego hacia Hermione.
—Y tú, —empezó—. ¿Vas a seguirle o no?
—Estoy segura de que Ron puede encontrar a nuestro camarero por su cuenta...
—Oh, por el amor de Merlín, Ron no, Malfoy.
Oh. Por supuesto.
—Dudo que quiera verme ahora mismo, —dijo Hermione, con la vergüenza subiéndole por el cuello.
—Probablemente no, —coincidió Ginny—. Pero probablemente seas la única persona a la que dejará verle. Y tú deberías disculparte por haberte comido con los ojos a mi hermano durante la cena. Mierda, también deberías disculparte con Lavender.
—Gin, estás siendo un poco dura, —dijo Harry.
—¿Quién estaba comiéndose a Ron con los ojos? —preguntó Lavender, con la mano apoyada sobre su barriguita—. No te referirás a Hermione, ¿verdad? Esa era su cara de pensar profundamente. Muy diferente de su cara de comer con los ojos. He visto las dos.
De todas las personas que podían salir en defensa de Hermione, la propia mujer de Ron no habría estado en la lista de Hermione.
—A mí sí que me pareció que se lo comía con los ojos, —dijo Ginny, apurando el último trago de su vino.
—No, tenía la boca cerrada, —dijo Lavender, dejando escapar una suave risita—. Boca cerrada, pensando. Boca abierta, comiendo con los ojos. Con Krum usaba mucho las dos. ¿Te acuerdas de Viktor Krum, Hermione? —preguntó Lavender, desviando su atención de Ginny—. Tengo que admitirlo, estaba terriblemente celosa...
—Debo encontrar a Malfoy, —interrumpió Hermione.
—Lo siento, Mione, —dijo Harry, picoteando el trozo sobrante de una baguette que tenía en el plato—. Solo quería que pasáramos un rato agradable, como solía ser.
Le ofreció una sonrisa tensa, conteniendo lo cruel que quería decir en ese momento, sabiendo que le dolería tanto a ella como a él.
Las cosas nunca iban a ser como antes.
Haciendo caso omiso de las indicaciones de la camarera, Hermione regresó al piso.
—
Malfoy estaba en la cocina con un vaso en la mano. Se bebió de un trago lo que le quedaba de bebida cuando Hermione apareció junto a la mesa con un débil pop.
La única luz de la habitación procedía de la luna que brillaba desde la ventana situada detrás de Malfoy, iluminando su pelo, ya casi blanco, y ensombreciendo sus rasgos. Ella se esforzaba en la oscuridad para ver su expresión, desesperada por saber cuánto daño le había hecho.
—Cuidado, —dijo con voz casi inaudible. Sacó la varita y murmuró un hechizo. Fragmentos brillantes de cristal se alzaron del suelo, la suave luz de la luna rebotó en sus bordes en bruto mientras se retorcían en el aire, volviendo a juntarse, enteros.
Fue un bonito acto de magia.
—Malfoy, yo...
—No, —le espetó, con una voz tan parecida a la que ella había estado esperando todo el tiempo. Era el mismo tipo de grosería, el mismo tipo de articulación cargada de veneno que había oído en las aulas, los pasillos y el comedor durante años. Le sorprendió que su reaparición la pillara desprevenida. Al parecer, se había acostumbrado a un Malfoy civilizado sin darse cuenta.
Su voz ya se había suavizado cuando volvió a hablar.
—He bebido demasiado... no puedo ocluir. No puedo hablar contigo ahora.
Hermione se mordió el interior del labio inferior, sintiendo el sabor cobrizo de la sangre cuando sus dientes cortaron la carne. No era lo que él pensaba. Ella no se lo estaba comiendo con los ojos. Era absolutamente una conversación que podían tener. Ella no había querido hacerle daño, y la idea le asaltó, repentina y sabrosa como la sangre en su boca, de que le preocupaba haberlo hecho.
—Preferiría que no ocluyeras, sinceramente, —dijo—. No se siente como hablar con una persona real.
Soltó una carcajada cruel.
—Algunas cosas nunca cambian, ¿verdad? —Dejó el vaso sobre la encimera. Levantó la cabeza y, a pesar de estar envuelto en sombras, Hermione estaba segura de que la miraba directamente—. Ya hemos tenido esa pelea. Y no quiero tener esta, por favor, —su sinceridad estaba teñida de una mueca, como si no pudiera evitarlo—. No quiero disgustarte.
—Esto no es una pelea, —insistió Hermione—. Solo una disculpa. Sé lo que parecía que estaba haciendo en la cena, pero no era así.
Hermione escuchó el sonido de Malfoy inhalando profundamente antes de soltar un aliento que ocupó hasta el último rincón de la cocina. Ningún otro ruido existía en el mundo en aquel momento, solo el sonido del aire siendo empujado y sacado a través de los dientes apretados.
—Te lo dije, —dijo. El control que tenía sobre su tono había empezado a tambalearse con el borde sangrante de su ira—. Te dije exactamente lo que no quería presenciar y tuve que hacerlo de todos modos.
No me imagino que vaya a disfrutar viendo a mi mujer resolver sus repentinos sentimientos no resueltos por su exnovio.
—Lo intenté, lo hice. Pero fue jodidamente humillante. Así que, aunque agradezco las disculpas, no las acepto en este momento.
—¿Qué... cuándo...? —tartamudeó Hermione confusa.
—Una disculpa no siempre es suficiente, —dijo, con la ira equilibrándose cuidadosamente en el borde de su control. Alcanzó la botella de licor y vertió un generoso trago en su vaso—. Eso lo aprendí de la inmaculada Hermione Granger.
—Pues yo no soy ella, —espetó Hermione, finalmente cansada de la oscuridad. Sacó la varita y envió luz a todos los rincones de la pequeña cocina. Malfoy se sobresaltó, con el vaso en una mano y la otra tapándose los ojos para defenderse. Hermione dio un paso hacia delante y cogió el vaso recién reparado que estaba frente a Malfoy. Se inclinó sobre la encimera de la isla y cogió la botella de lo que ahora podía identificar como whisky de fuego y se sirvió un trago sin pensárselo dos veces.
—Además, —continuó como si el pensamiento no hubiera sido interrumpido por nada en absoluto—. No puedo ser ella, esa versión de mí que conociste. No soy ella. No sin los recuerdos. —Hermione encogió sus palabras contundentes y el ardor del whisky en el fondo de su garganta.
Malfoy volvió a respirar hondo por la nariz. Sujetaba el vaso sin apretarlo, con sus largos dedos apenas curvándose alrededor del cristal grabado. El vaso se inclinó en su agarre. Dejó que la base golpeara el mostrador una, dos, tres veces antes de hablar, evitando sus ojos.
—No eres dos personas diferentes, —le dijo—. Sigues siendo tú, solo que con menos contexto.
Hermione se sintió clavada en su sitio, extrañamente conmovida por la sabia calidad de su observación, aunque no estuviera de acuerdo. Malfoy dejó reposar el vaso sobre la encimera antes de dar un paso atrás y apoyarse en el fregadero. Se pasó el pulgar y el índice por las cejas antes de pasarse la mano por el pelo, con un lenguaje corporal lleno de frustración. Hermione se dio cuenta de que se había quedado con la boca abierta, sumida en sus pensamientos.
—No era lo mismo, —dijo Hermione—. Con Ron... en eso estaba pensando. Era confuso que no fuera lo mismo.
Malfoy dejó escapar otro suspiro. Hermione se preguntó si, a falta de su Oclumancia, el control sobre su respiración era lo único que mantenía unidos todos sus fragmentos.
—Me voy a ir, —dijo.
—¿Qué?
—Necesito... no estar aquí. —Su voz estaba tensa—. No quiero arremeter más de lo que ya lo he hecho.
Agarró el cuello de la botella de whisky y por fin la miró.
—Te veré por la mañana, —dijo. Al momento siguiente, se había ido.
—
—Harry está acostando a los niños, —dijo Ginny cuando Hermione entró en Grimmauld Place por segunda vez en cuestión de horas. Esta vez, claramente sola—. Voy a suponer, basándome en el hecho de que estás aquí y no allí, que no ha ido bien.
Hermione no estaba del todo segura de cómo había ido, si era sincera consigo misma. Avanzó arrastrando los pies y se desplomó en el gran sofá de cuero que había en el centro de la habitación. Ginny se acurrucó a su lado, metiendo los pies debajo de ella y apoyándose en su brazo posado en el respaldo del mueble.
—Al menos lo encontraste, ¿verdad? —preguntó.
—Sí, y estaba enfadado. Pero Gin, te prometo que no intentaba mirar así a Ron. Era tan raro porque esperaba sentirme como siempre cuando lo veía y no me sentía así. Y estaba intentando entenderlo.
Harry entró en el salón, se detuvo a medio paso al ver a Hermione y siguió hasta sentarse frente al sofá, ofreciéndole una débil sonrisa de solidaridad mientras se sentaba.
—¿Le dijiste eso a Puntiagudo? —preguntó Ginny.
Hermione asintió.
—Necesitaba espacio. Y yo estoy agotada.
—¿Te echó? —preguntó Harry, alzando la voz mientras se inclinaba hacia delante, con ira en los ojos.
—No, no. Se fue, pero dijo que volvería por la mañana.
Harry pareció considerar sus palabras un momento, buscando una mentira, antes de volver a reclinarse en la silla y apoyar los pies en la mesita.
Una pregunta surgió en la mente de Hermione.
—Harry, ¿tienes aquí un pensadero? —preguntó ella. Abrió la boca para contestar, pero Ginny se le adelantó.
—Oh, no te atrevas, —amonestó—. Tengo una copia de tu plan de tratamiento, ¿recuerdas?
—Además, Malfoy me dijo la semana pasada que yo estaba, y cito textualmente, "bajo ningún término incierto para permitir que Hermione se acerque a un puto pensadero, ¿está claro Potter?" De hecho, lo teníamos claro. —Harry parecía demasiado satisfecho con su imitación de Malfoy.
—Estás resbalando, cariño. Sus vocales son mucho más nítidas que eso. No has sonado lo bastante altivo. —Ginny rio en voz baja al lado de Hermione.
Hermione se limitó a cruzarse de brazos, sintiéndose a la defensiva.
—No es como si pudiera hacer algo con un pensadero si nadie me va a dar sus recuerdos para verlos de todos modos.
—Y no lo haremos, —dijo Ginny—. No estoy dispuesta a arriesgar ese brillante cerebro tuyo.
—Aunque podríamos contártelo, —se ofreció Harry.
—¿Contarme qué? —preguntó Hermione, aflojando los brazos y jugueteando con las manos.
—Solo un poco sobre vosotros dos, si quieres, —dijo Harry—. ¿Cuánto te ha contado Malfoy?
—Él no... nosotros no... en realidad no hemos hablado mucho.
Ginny la miró entre confundida y compasiva.
—Aún no sé cómo hablar con él, —dijo Hermione—. Cada vez que tenemos una conversación medianamente normal, me acuerdo de que estoy casada con él y mi cerebro se apaga. Y tampoco lo veo mucho. Solo en el desayuno. Y luego él se va a trabajar y yo investigo o voy a mi trabajo y vuelve bastante tarde la mayoría de los días, así que no hablamos mucho.
—Bueno, por lo que tengo entendido, —empezó Ginny—. Te gusta hablar con él.
—A mí no, —dijo Hermione—. A ella. La Hermione que tenía todos los recuerdos.
—Sois la misma persona, Mione, —dijo Harry con esa sonrisa tranquilizadora suya que podía convencerla de hacer cualquier cosa por él. Y había repetido exactamente el mismo sentimiento que Malfoy. Pero Hermione tenía que admitir que significaba más viniendo de Harry, de alguien en cuyos motivos confiaba implícitamente.
Ginny se levantó de repente.
—Iba a terminar por esta noche, pero creo que necesitamos más vino.
—¿Y eso por qué? —preguntó Hermione, sintiendo ya los efectos del vino de la cena y la copa que se había tomado por impulso en la cocina con Malfoy.
—Porque estoy bastante segura de que estoy a punto de intentar convencerte de que el hurón no es tan malo, que es un escenario del tipo de un día frío en el infierno, así que hará falta vino. ¿Harry?
—Merlín, sí. ¿Qué nos ha pasado? —preguntó Harry.
Ginny señaló a Hermione mientras empezaba a servir de la botella que había invocado.
—Esta decidió introducir a un roedor en nuestro círculo íntimo y ahora nos hemos encariñado inexplicable e imprudentemente.
—Los hurones son mustélidos, no roedores, —respondió Hermione automáticamente.
—Es lo mismo, —dijo Harry.
—No exactamente, en realidad son de la misma familia que las comadrejas, curiosamente.
Ginny hizo una pausa, con un vaso de vino medio extendido hacia su marido.
—¿Era una forma inteligente de sugerir que todas las familias de sangre pura están emparentadas, que yo estoy emparentada con él?
Hermione no pudo evitar una risita.
—No intencionadamente, pero es una comparación bastante simpática. Sobre todo, porque sois parientes, técnica y lejanamente, ¿verdad?
Ginny terminó su reparto de vino y volvió a su sitio junto a Hermione, ofreciéndole también una copa.
—Voy a optar por ignorar eso ya que estás claramente angustiada y no piensas correctamente.
Hermione se acomodó más en el sofá, cruzando las piernas debajo de ella.
—Bueno, —dijo con un suspiro resignado—. Vamos a escucharlo. Convencedme.
—¿Por dónde empezar? —preguntó Ginny, mirando a Harry.
—El principio, supongo, —se encogió de hombros.
Hermione sintió unos nervios inesperados revoloteando en su interior. De repente, se sintió muy agradecida por la copa de vino que tenía en las manos.
—Después de que Ron y tú rompierais, —dijo Ginny—. Las cosas estaban...
—Raras, estaban raras, —terminó Harry.
—Trabajabas mucho, —continuó Ginny—. A principios de 2002 empezaste en un nuevo proyecto en el Ministerio. Dijiste que necesitabas un descanso de la división de criaturas mágicas, así que te uniste a un proyecto especial que trabajaba en el desmantelamiento de artefactos oscuros.
Hermione bebió un sorbo de vino, intentando encontrar rastros de recuerdos en algún lugar de su cabeza. Pero no había nada, cavernoso y en blanco: era como aprender historia con el profesor Binns, limitándose a escuchar hechos que podía memorizar y registrar.
Harry rio inesperadamente.
—Dioses, tendrías que haber visto tu cara cuando llegaste irrumpiendo por nuestro Flu gritando que te habían asignado a la Mansión Malfoy.
—Me alegro de que le encuentres la gracia, Harry, —dijo Hermione con sorna—. ¿Por qué iba a asignarme el Ministerio una propiedad con la que tengo tanta historia? —Aferró su vaso, negándose a ceder al impulso de frotarse el insulto que ya no tenía grabado en el brazo izquierdo.
—Porque eres la mejor, —dijo Ginny simplemente—. Y la finca Malfoy era el mayor problema en aquel momento. Entre la mansión y sus bóvedas en Gringotts, te mantuvo ocupada durante tres años.
Hermione podía sentir que sus ojos se abrían de par en par,
—¿Tardé tres años en clasificarlo todo?
—No, ahora lo lleva otra persona. Te quitaron el proyecto cuando os prometisteis. Conflictos de intereses y todo eso, —dijo Harry con un gesto de la mano que indicaba que ya había tenido que lidiar más que suficiente con la política del Ministerio para su gusto.
—Si he entendido bien, —dijo Hermione—. ¿De alguna manera me terminó gustando Malfoy como resultado de clasificar todas las oscuras y terribles antigüedades que su familia guardaba por ahí?
—Básicamente, —dijo Ginny.
—Eso no explica nada.
—Explica la proximidad, —insistió Ginny—. Que era lo mínimo necesario para que toda esa química que tenéis vosotros dos tomara el control.
Desde el otro lado de la habitación, Harry hizo un leve ruido de disgusto al beber su vino.
Las protestas de Hermione de que sin duda no tenía química con Malfoy se vieron interrumpidas por un gemido procedente de otro punto de la casa.
Ginny y Harry pusieron los ojos en blanco.
—Justo a tiempo, —murmuró Ginny.
Hermione la miró, confusa.
—James tiene un sueño quisquilloso, normalmente tenemos un par de rondas de esto antes de que finalmente se calme. Gracias a Merlín, Albus duerme como un muerto, —le dijo Ginny, levantándose.
Todo lo relacionado con Malfoy desapareció repentinamente de su foco de atención. Hermione también se levantó, abrumada por la idea de los niños de la casa a los que aún no conocía.
—¿Podría...? —empezó, sintiéndose tonta e incómoda al mismo tiempo—. ¿Podría verle?
—¡Yo lo traeré! —Harry prácticamente salió corriendo de la habitación, con una sonrisa pegada a la cara.
Ginny rio suavemente.
—Se moría de ganas de que se lo pidieras. —Se acomodó un mechón de pelo rojo detrás de la oreja y miró a Hermione con expresión pensativa—. Sé que no te lo hemos dicho, pero ¿te ha mencionado Malfoy algo sobre James?
—¿Qué pasa con él? —preguntó Hermione. Un pulso de ansiedad la recorrió, preocupada de un modo que no podía describir por un niño al que no conocía.
Ginny sonrió, estirando la mano para tocar el brazo de Hermione.
—Eres su madrina, —dijo.
—Soy su... —no terminó de hablar porque Harry había vuelto a entrar en la habitación, con una versión infantil de sí mismo aferrada a su cuello. La visión de Hermione se inundó de lágrimas silenciosas, su cuerpo reaccionó antes de que su cerebro pudiera procesar lo que estaba viendo. Harry susurró algo en el pliegue del cuello del niño y James giró la cabecita hacia Hermione.
La cara de James se iluminó al verla y Hermione sintió que el suelo se le caía bajo ella, el peso de la preciosa sonrisa de un niño la aplastaba por completo.
Harry se acercó. James desenrolló los brazos del cuello de su padre y en su lugar los abrió hacia Hermione, repitiendo una y otra vez algo que sonaba sospechosamente como "mion".
—¿Estás bien para sujetarlo? —preguntó Ginny en un susurro.
—Sí, —exhaló Hermione sin pestañear.
Hermione se olvidó de respirar cuando el niño, aturdido, le rodeó el cuello con los brazos. Por instinto, empezó a arrullarlo, a saltar ligeramente sobre sus pies, a girar ligeramente las caderas hacia delante y hacia atrás, a ofrecerle movimientos y murmullos para que el niño, ya somnoliento, volviera a su sueño.
Harry y Ginny tenían caras idénticas de asombro.
Y Hermione también podía sentirlo, el asombro, en lo más profundo de sus huesos. La familiaridad que sentía con aquel niño, al que nunca había conocido, al menos no en su mente actual, y que sin embargo sentía tan cerca de su corazón, la consumía. Le conocía, aunque no le conociera. Entonces comprendió, abrazada a James, que en realidad no eran dos Hermione diferentes. Solo le faltaba el contexto adecuado.
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Nota de la autora:
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