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Mientras yacía en la cama, el aroma familiar de lady Tsunade la envolvía, recordándole cada detalle de los momentos compartidos. Sus pensamientos volvían una y otra vez a la sensación de los labios de la Hokage sobre los suyos, el calor de su abrazo, la chispa de conexión que había sentido. Jamás creyó, ni siquiera en sus más locas fantasías, que aquella mujer pudiera corresponder a sus sentimientos.
Athena no era un ninja de prestigio, no poseía riquezas ni la experiencia que los años podrían haberle dado. Así que, aun estando en ese cuarto, en la casa de la Hokage, todavía no podía creerse que alguien como Tsunade Senju hubiese puesto los ojos en ella. ¿Cómo era posible que, con toda su grandeza y experiencia, se sintiera atraída hacia ella?
Su abuela solía decirle que tenía baja autoestima, que era una chica increíble, con muchas cualidades, pero ella no veía mucho de eso en sí misma. Si realmente era todas esas cosas, ¿por qué su madre la había abandonado? ¿Por qué Jun había negado su relación? ¿Por qué le había costado tanto conseguir personas en quien confiar? No obstante, en Konoha tenía compañeros y hasta amigos. ¿Quizás sí era un poco de lo que su abuela y lady Tsunade veían en ella?
Y ahí estaba el otro tema que le rondaba la cabeza. Lady Tsunade se sentía atraída hacia ella de manera romántica, pero había afirmado que no podían tener una relación. Athena lo aceptó, obviamente, alejarse de la Hokage la había destrozado emocionalmente; prefería tenerla de manera platónica en su vida que no tenerla en absoluto. No obstante, no podía negar el sabor amargo que eso le producía, una mezcla de anhelo y tristeza que le pesaba en el corazón.
Mientras las primeras luces del amanecer se filtraban por la ventana, Athena se dio cuenta de que, aunque estaba dispuesta a aceptar las circunstancias, el vacío que sentía por no poder tener a lady Tsunade plenamente en su vida seguiría siendo una herida abierta. Sus pensamientos, un torbellino de confusión y deseo, la mantuvieron despierta hasta que el agotamiento finalmente la venció.
Para nadie era un secreto que a Tsunade no le gustaba que la mangonearan, eso hasta sus mismos consejeros lo sabían. Solo Dios sabía las veces que tenía que, literalmente, morderse la lengua para no ponerlos en su lugar. Como esa mañana, por ejemplo, cuando esas piezas de museo estaban increpando a Athena por su intento de huida.
—Anoche incapacitó a varios ANBU —remarcó Homura.
—Ya les dije que ella no los atacó, solo se estaba defendiendo —respondió Tsunade.
—La atacaron porque percibieron que era un peligro para ti, Tsunade —intervino Koharu.
Tsunade suspiró.
—No estoy cuestionando las acciones de los ANBU, solo estoy puntualizando que Athena no instigó el ataque. Además, ella no arremetió contra mí en ningún momento.
—Los ANBU dijeron que ustedes estaban discutiendo. —Koharu miró de Tsunade a Athena.
—Sí, hubo una discusión, pero Athena no representó una amenaza para mí.
Dios, ¿cómo podía hacérselos entender a esas cabezas duras?
—Supongamos que no lo fue —dijo Homura—. Ahora, ¿cómo podemos estar seguros de que no intentará volver a escapar?
—Ya hablamos al respecto. Athena es consciente de lo que hizo y de las consecuencias. Prometió que se quedará en la aldea y acatará las decisiones que tomemos en esta reunión. —Tsunade miró a Athena—. ¿Verdad?
—S-sí, lady Hokage —respondió la chica.
Koharu entrecerró los ojos.
—Será vigilada en todo momento. Además, deberá ser retirada de su equipo y ya no se le permitirá hacer misiones de ningún tipo.
Tsunade vio cómo Athena tragaba saliva, sabía lo mucho que le dolía no volver a estar con sus compañeros.
—No hay problema. Sin embargo... —hizo una pausa y clavó los ojos en ambos consejeros—, en cuanto se demuestre que no representa ningún peligro para Konoha, se restablecerá su estatus como shinobi y se reintegrará a su equipo.
Hubo un largo silencio. Tsunade los estaba desafiando a llevarle la contraria.
—¿Y quién determinará eso? —inquirió Koharu con una ceja levantada.
—Yo, por supuesto —respondió Tsunade con calma.
—No has demostrado mucha sabiduría ni entereza en esta situación. Tu juicio podría estar errado. —Estaba claro que Koharu quería pellizcarla.
Vieja insolente. Tsunade apretó la mandíbula. Esa anciana siempre quería meterse bajo su piel.
—Quizás, pero sigo siendo la Hokage. —Se inclinó hacia delante para nivelar a la consejera con la mirada—. Además, Athena estará bajo mi cuidado y supervisión.
Koharu arrugó el entrecejo.
—¿Cómo es eso?
—Será mi aprendiz. Seré yo quien se encargue de ayudarla a explorar y controlar ese poder. Puede que duden de mis decisiones como Hokage, pero... —sonrió con indulgencia— no de mis habilidades como shinobi.
Ambos consejeros guardaron silencio, y Tsunade sonrió para sus adentros por haber conseguido que cerraran el pico.
—Estaremos atentos —concluyó Homura. Se levantaron, lanzaron una última mirada a Athena y salieron de la oficina.
Escuchó que Athena soltaba un gran suspiro. Imaginaba lo estresante que debió de haber sido para ella esa reunión. No obstante, a pesar de todo, las cosas no habían resultado tan mal.
—¿Estás bien? —le preguntó con suavidad.
La chica asintió.
—Sí, señora. —Arrugó el ceño—. ¿Siempre son así de irrespetuosos con usted?
A Tsunade le sorprendió la pregunta y el tono áspero con el que fue formulada.
—Siempre estuvieron en contra de las políticas del Tercer Hokage, y al ser yo una seguidora de sus ideales, tienden a llevarme la contraria.
Athena apretó la mandíbula.
A Tsunade le enterneció el gesto. Una Athena protectora se veía demasiado adorable. Se acercó a ella y extendió la mano para ponerle un rizo rebelde detrás de la oreja.
—No pasa nada. Como viste, pude cerrarles la boca.
La chica cerró los ojos unos instantes y, cuando los abrió, dirigió la mirada hacia sus labios.
—Sí, usted es maravillosa —susurró.
Tsunade tragó saliva, sintiendo el deseo frenético de inclinarse y besarla. Hacía tan solo unas horas le había dicho que no podían tener una relación amorosa; sin embargo, era más fácil decirlo que hacerlo: Athena la atraía como un imán.
Reunió toda la fuerza de voluntad que poseía, se aclaró la garganta y fue a sentarse detrás de su escritorio para escudarse de cualquier tentación.
—Desde mañana empezaremos con el entrenamiento. Ve, descansa y come bien.
La chica se inclinó.
—Por supuesto, milady. —Se giró para marcharse.
—Athena. —Tsunade vio que pausaba sus pasos y se volvía para mirarla—. Soy una maestra muy estricta.
—Lo sé. Mi abuela me lo advirtió.
Tsunade alzó una ceja.
—Ah, ¿sí? —Hizo una pausa—. Ahora que lo pienso, ¿te hablaba mucho de mí?
Athena sonrió.
—Sí, me contó cómo se conocieron y me habló mucho de sus habilidades y proezas como ninja médico. Aunque... nunca... —murmuró algo que Tsunade no pudo entender.
—¿Cómo dices?
—Que nunca me mencionó lo hermosa que era —respondió a trompicones mientras se ponía roja como un tomate.
Tsunade sintió que le ardían las mejillas.
—¿Lo soy? —Sabía que lo era, pero, por alguna razón, deseaba escucharlo de Athena.
—Lo es, sí —respondió la chica con un poco más de seguridad. Sus ojos brillaban—. Si le soy sincera, la primera vez que la vi, creo que olvidé cómo respirar.
Tsunade esbozó una gran sonrisa. Alguna vez Athena le había mencionado que no era buena para coquetear, pero, al parecer, eso no aplicaba con ella.
Abrió a boca para expresarle a la chica lo atractiva que también era, pero se detuvo en el último milisegundo; algo así no ayudaría a los límites de su relación. Así que solo dijo:
—Gracias. —Y luego vino el silencio.
La chica comprendió que la conversación había terminado, hizo un pequeño gesto de reverencia con la cabeza y salió de la oficina. No obstante, el parpadeo de decepción en sus ojos no pasó desapercibido para Tsunade.
—Perdóname, Athena —le susurró a las paredes de su oficina.
La puerta volvió a abrirse para descubrir de nuevo la silueta de la chica. El corazón de Tsunade se aceleró; esperaba que no hubiese escuchado lo último que había dicho.
—Milady, hay algo que debo preguntarle.
Tsunade asintió.
—Cuéntame.
—¿Me va a devolver el collar? Sé que se lo envié con Kenji..., pero porque pensaba que no iba a regresar.
A Tsunade se le agrió el humor con el recordatorio de ese evento tan desafortunado, y respiró profundo antes de responder.
—Me lo devolviste, así que ahora me pertenece. Quizás algún día vuelva a tu cuello.
Athena abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla y asintió. Hizo de nuevo una reverencia y se retiró.
Ese collar ya contenía muchas emociones, recuerdos y cargas. Tsunade puso los ojos en blanco, preguntándose si su maldición incluía toda clase de joyería o solo los collares. Suspiró y trató de sacudirse los malos pensamientos que la asediaban. Sabía que tenía que centrarse en lo inmediato: en buscar a dos ANBU para la misión de supervisar a Athena en todo momento, tal como lo habían sugerido los consejeros. No obstante, les ordenaría que solo informaran lo relacionado con su poder oculto y sus entrenamientos; cualquier información personal que recolectaran sobre la chica se obviaría.
Tsunade no era tonta, y sabía que, en algún momento, tanto ella como Athena podrían ignorar los límites autoimpuestos y permitir que sucedieran cosas que las pondrían en evidencia. La conexión entre ellas era fuerte, y contener esos sentimientos era una batalla constante. Si algo sobre eso llegara a los oídos de los consejeros, las consecuencias podrían ser desastrosas.
