Buenas, buenas, aquí estamos de nuevo; les traigo el siguiente capítulo de este pequeño y peculiar fic mío. Pero antes que nada, un saludote y agradecimiento a Ana Karen por ser la primera (y creo a la fecha única) en comentar la historia; una disculpa por la demora, el sistema no me aviso del review hasta que revisé manualmente si había alguno jaja.

Bueno, ya con eso dicho, ahora sí; les presento este capítulo, cuya canción correspondiente es "Warrior of the Mind", la cuál es una traducción literal al título del capítulo, quinta y última canción de la saga de troya del musical de Epic. (Eso de las sagas son como "capítulos" dentro del musical, o sea, el siguiente capítulo ya no va a enfocarse en el post de la guerra de troya, como ha sido más o menos el tema en estos primeros 5 caps.)

Disfruten del capítulo.


Capítulo 5: Guerrero de la Mente

Ni bien Bolt había comenzado a caminar de regreso hacia la costa, siguiendo a Rhino, cuando lo escuchó. Un constante tic-toc a su alrededor. Sus orejas alzándose de inmediato, el can volteó para darse cuenta de que, efectivamente, el tiempo se había detenido a su alrededor. Rhino ya no caminaba, el viento dejó de soplar, el césped de mecerse, el mundo de respirar. Bolt ya sabía lo que eso significaba; estaba relativamente acostumbrado a ello, y lo siguiente que escuchó fue su voz, a sus espaldas.

–¿Acaso has olvidado las lecciones que te enseñé?

El can volteó de inmediato, dando vista a la gran y bella lechuza blanca que lo observaba con seriedad.

–¡Atenea!

–¿Has olvidado apagar tu corazón?, este no eres tú –Bolt abrió la boca para responderle a la diosa, pero los ojos de la lechuza no invitaban a interrumpirla–. Veo que estás cambiando, te alejas de cómo te he enseñado. ¿Has olvidado tu propósito?; permíteme recordártelo, ¿quieres?

Atenea extendió las alas, y al hacerlo, el mundo se desvaneció, siendo reemplazado por un plano etéreo, de colores azulados y purpúreos, repleto de estrellas en la lejanía. Frente a ella y a Bolt, que se le había acercado respetuosamente para escucharla mejor, comenzó a generarse una especie de portal de energía. El can sabía que era mejor no cuestionarla; era Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra; cuyo propósito era buscar y entrenar al mejor guerrero en el mundo.

–Hace unos años, les puse un reto de fuerza y habilidad –Se explicó la lechuza mientras el portal comenzaba a generar una imagen que se iba volviendo más nítida, y el can, invitado por la diosa, se acercó a observar lo que sucedía dentro de este.


"Un jabalí mágico, que solo un gran guerrero podría matar."

Se había vuelto noticia en los alrededores con rapidez. Los jabalíes eran animales feroces y peligrosos de por sí. Bolt había escuchado sobre la presencia de uno en particular agresivo, cuya piel parecía repeler los ataques de espadas y lanzas por igual. Incrédulo de ello, el can había recogido su armamento—nuevo, limpio—y sabía salido al encuentro de la bestia.

"Oh, sí, un día un cachorro fue a buscarlo, por la emoción de la aventura. Un cachorro cuyo ingenio rivalizaba con la voluntad de mi jabalí."

Bolt encontró al jabalí. Era más grande que uno común, y eso era mucho decir. Nervioso, pero decidido a probarse, el can comenzó a idear un plan para derrotarlo, buscando ponerse en el menor riesgo posible.

"Y ese cachorro astuto me llamó la atención. Quizás tenía el potencial; quizás podría mostrarme ante él, y ayudarlo a crear un mejor futuro. Quizás podía enseñarle a resolver problemas de forma distinta—como un guerrero de la mente."

El pastor suizo decidió hacerle frente a la bestia antes de que esta lo notara o se alejase de él. Tomando su lanza y espada, el can cargó hacia el jabalí con agilidad. Una vez que la bestia dio con él, bramó y comenzó a prepararse para embestirlo. Pero Bolt era astuto; dejando la lanza apuntada hacia el animal, el can le dejó acercarse, disminuyendo poco a poco su velocidad para que el jabalí se empalara solo contra la afilada punta de bronce.

El truco funcionó a la perfección. El jabalí se clavó la lanza en el rostro, y chilló de dolor, sacudiendo la cabeza salvajemente. Bolt, distraído por su pequeña victoria, no reparó en la cercanía de la bestia hasta que esta le hizo un fuerte corte en una pata con uno de sus colmillos al estarlos sacudiendo en su dolor.

Siseando de dolor, el can rápidamente desenfundó su espada, procurando ignorar la sangre que brotaba de la herida. Sabía que tenía que actuar pronto, fuera que el jabalí recuperara la concentración y lo deshiciera de una embestida. Bolt rápidamente rodeó a la bestia y propiamente le saltó a la espalda para enterrarle la espada.


Un buen corte fue suficiente. Bolt terminó jadeando, sudado y cansado, pero victorioso sobre el jabalí, su lanza enterrada en el rostro del animal y la espada cubierta de rojo escarlata, la bestia yaciendo en el piso, inerte. Mientras el can jadeaba y volteaba alrededor, pensando en cómo podría llevarse su trofeo a casa, el cuerpo de este comenzó a desvanecerse hasta que la lanza cayó al piso; de igual forma, la sangre sobre el filo de la espada se volvió más y más tenue hasta que no hubo tal.

Muéstrate –Habló al aire, volteando levemente alrededor, ahora consciente de que alguien lo había puesto a prueba–. Sé que me estás viendo, vamos, muéstrate.

Nada. Solo el ruido del viento soplando. Bolt ideó otra estrategia.

Puedo verte.

Una voz femenina, indignada y sorprendida, le respondió al instante:

¿¡Cómo puedes ver a través de mi hechizo!?

Ja-ja, ¡era mentira! Y te creíste mi fanfarroneo –El can le sonrió a la lechuza que se acababa de mostrar, soltando el hechizo de invisibilidad que tenía puesto antes, y soltó una ligera risa bienhumorada.

La lechuza era grande, considerablemente más de lo normal, de plumaje blanco como la nieve, y tenía un par de ojos que guardaban una infinidad de sabiduría detrás de ellos. Esta lo observó con cuidado durante unos segundos, y luego inclinó la cabeza en señal de respeto.

Bien hecho, jovencito –Le apremió con formalidad—. Ilumíname, ¿cuál es tu nombre?

Ah, tú primero –Replicó Bolt–, y luego, quizás, te responda con el mío.

Buen intento, pero ambos podemos jugar a eso, cachorro.

Bolt decidió ponerle fin al asunto, y ver directamente qué quería la lechuza. –Nah, no seas modesta. Vamos, sé que eres una diosa; seamos honestos, eres Atenea, ¿no? –La lechuza parpadeó un par de veces, claramente sorprendida, así que Bolt continuó–, gran deidad de la guerra; épica y poderosa reina; la mejor estratega de nuestros tiempos.

La lechuza le dedicó una sonrisa prudente y conservada, claramente halagada.

Bien, cachorro. Pues si estás buscando mentoría, te puedo asegurar tiempo bien invertido.

Suena como un plan –El pastor suizo apenas y se lo creía, ¡aprendiz de una diosa!–, can y deidad, mejores amigos.

Bueno, iremos viendo, ¿sí?

Claro, claro…

Las mejillas rosadas por la vergüenza de lo que se le acababa de salir, Bolt meramente siguió a la lechuza–a Atenea—mientras esta se alejaba del claro dónde el jabalí había muerto.

"Oh, sí, un cachorro con mucho potencial. Potencial que a lo largo de los años me di a la tarea de pulir y afilar, preparándolo para ser el mejor de los mejores. Un guerrero de la mente verídico. Si bien era un poco inocente y despistado al inicio, rápidamente se volvió un gran aprendiz, obediente y puntual con lo que se pedía de él. Casi digno del título que le había prometido."


Cuando el portal se cerró, después de brevemente mostrar, no solo el primer encuentro que Bolt había tenido con la deidad, sino algunos otros fragmentos de las veces que habían entrenado juntos; la forma en la que Atenea le enseñó a combatir, a usar sus agallas e ingenios para superar a enemigos físicamente más poderosos que él; formas de lingüística y comunicación no verbal para interpretar y entender a gente que no compartiera su mismo idioma; a utilizar sus sentidos y mantenerse siempre centrado, y "con el corazón cerrado" para ser un soldado eficiente, la lechuza volteó a ver a Bolt con seriedad.

–Todavía pretendo asegurarme de que no te rezagues, Bolt. No olvides que eres un guerrero sumamente especial. Eres un guerrero de la mente.

El can se vio asintiendo, incapaz de imaginarse en disputa con su mentora. Atenea pareció contenta con el gesto, pero igualmente le apuntó con un ala de forma autoritaria.

–No me decepciones.