Ginevra Potter

"A menudo pasamos así al lado de la felicidad sin verla, sin mirarla, o, si la vemos y miramos, sin reconocerla."

Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo

Abril

Puede que Hermione no hubiera abierto todas las compuertas, pero sin duda había abierto algunas. Y en lugar de ser arrastrada por el mar, como podría haber esperado, se encontró inundada por el manierismo de Malfoy... no, de Draco: una versión de él que ni siquiera sabía que existía. El remolino en el que se había metido cuando lo miró a los ojos al salir del hospital había empezado a girar más deprisa, arrastrándola a ella, orbitando ambos alrededor de una fuerza desconocida en el centro que los atraía hacia el ahogamiento o hacia tierra firme.

—¿Qué debería ponerme para la fiesta de cumpleaños de un niño de un año? —preguntó Hermione, cada vez más exasperada, de pie ante la puerta del armario, sintiéndose completamente fuera de sí. Había pasado algunas tardes con James en los últimos dos meses, pero sus interacciones con Albus se habían limitado principalmente a verlo dormir, a veces llorar y, ocasionalmente, balbucear una o dos palabras.

Draco apareció en la puerta del dormitorio, que ella había dejado abierta sin siquiera considerar la novedad. Otra barrera superada en la extrañeza de conocer al hombre con el que vivía. Sin embargo, él seguía intentando no entrar en la habitación cuando ella estaba dentro, un honorable intento de respetar los límites. Pero ahora necesitaba ayuda para elegir algo que ponerse y Draco solo parecía interesado en apoyarse en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas por los tobillos, demasiado divertido ante el desconcierto de Hermione.

Entornó los ojos hacia él.

—Oh, deja de parecer tan engreído y por favor ayuda.

—Como ordene la señora, —entonó. Con un ligero titubeo, entro en la habitación—. Teniendo en cuenta que esta fiesta se celebrara en La Madriguera, con un verdadero ejército de pelirrojos entre los asistentes, empecemos por evitar los rojos y los naranjas. Los ojos no aguantan mucho.

Se giró de lado y se deslizó junto a ella hasta el armario. Rebuscó un momento antes de sacar un sencillo vestido de verano en una mano y una chaqueta de punto en la otra. Hermione ni siquiera había sabido que esas prendas existían hasta ese mismo momento. Una parte de ella se preguntaba si el armario tenía un amuleto de extensión indetectable y ella aún no se había dado cuenta.

—¿Un vestido verde y una rebeca negra? —preguntó, suspicaz—. ¿No te parece un poco excesivo para una manada de leones?

—Todos saben cuál es tu lealtad, —le dijo, mientras le tendía la ropa. Tenía el rostro inexpresivo, los rasgos nivelados, pero no ocluidos. Ella dedujo la sonrisa más de lo que la vio.

—¿Y dónde están exactamente mis lealtades? —insistió ella, sabiendo que ya estaban al borde de algo frágil. El fuego de una broma amistosa tan cerca solo podía contenerse durante un tiempo, hasta que todo el oxígeno se agotaba y la llama moría.

Se llevó el vestido, pero en su lugar se decidió por una chaqueta vaquera.

Se limitó a encogerse de hombros, sin responder a su pregunta. Pero cuando se deslizó junto a ella, saliendo del vestidor, se acercó mucho más a su espacio personal, con una sonrisa tan cercana que podría saborearla si quisiera. Sus ojos pasaron sobre ella, pesados en su camino desde sus ojos hasta sus labios. Al momento siguiente, ya estaba saliendo de la habitación, sin detenerse en su estratégica retirada. Dejó tras de sí el aroma de las especias y los cítricos bailando en remolinos de casi recuerdos sobre la piel de ella.

Siguió haciéndolo, empujando solo un poco, lo suficiente para que ella se diera cuenta de que ocurría, pero tan rápido que a veces se preguntaba si se lo había imaginado todo. Y ella le había dado permiso para hacerlo, en cierto modo, cada vez que tiraba. No era frecuente y no se sentía especialmente hábil, pero había momentos en los que se sentaba un poco más cerca de él de lo necesario, en los que se permitía estudiarlo, sabiendo perfectamente que él notaba su mirada, en los que le decía algo agradable, de la nada, y solo porque podía. Se había convertido en una especie de baile, él empujando, ella tirando.

Y se negaba rotundamente a reconocerle el mérito a Theo. Sobre todo, teniendo en cuenta que no dejaba de enviarle cartas descaradas felicitándola por haber conseguido tutear a su marido. Además, le pedía detalles con regularidad por si necesitaba una mano. Lo peor de todo era que solo se las enviaba a su despacho, de modo que mientras ella se afanaba en un papeleo sin sentido, no podía olvidarse de su extraña situación familiar ni de que no había mencionado a Draco la tarde que habían pasado juntos.

En realidad, Hermione no podía hacer gran cosa ante el sutil cambio que había experimentado su vida, ni tampoco quería hacer nada al respecto. Por extraño que le pareciera a veces, también era reconfortante, se había instalado en su interior, llenando lentamente algunos de los espacios vacíos de su cabeza.

Hermione cerró la puerta y se puso el vestido. Un rápido vistazo al espejo del tocador le confirmó que, efectivamente, era una buena elección. Cogió su chaqueta vaquera antes de volver a comprobar la hora de la fiesta en su agenda y dejarla caer a los pies de la cama. Se reunió con Draco en el salón. Él estaba cerca de la chimenea, haciendo girar su varita entre los dedos mientras esperaba. Ella sintió su atención fija en ella cuando entró en la habitación, deteniéndola con su mirada. Era difícil no sonrojarse bajo su observación, a veces tan dolorosamente evidente en su deseo. Pero ella le había pedido que no se escondiera, se lo había exigido. Ese fue el precio que pagó.

Y, a decir verdad, con sus pantalones oscuros y su camisa negra abotonada, tan perfectamente confeccionada para transmitir al mismo tiempo elegancia y desenvoltura, Hermione no siempre estaba segura de no mirarlo de un modo similar. Era una autoconciencia a la que le costó acostumbrarse.

Hermione se detuvo.

—¿Cómo lo haces? —dijo antes de poder contenerse. Se ruborizó.

—¿Hacer qué? —preguntó, guardándose la varita.

—Solo... verte así. —No debería haberlo dicho; ojalá no lo hubiera hecho. Tuvo todas las oportunidades para no hacerlo y, sin embargo, su boca se movió sin permiso. Su obituario la recordaría como una joven bruja brillante que murió de humillación. Lástima que no aprendiera a pensar antes de hablar.

La actitud de Draco cambió por completo y sus ojos brillaron demasiado complacidos.

—¿Así cómo? —preguntó, con una sonrisa de satisfacción tirando del hoyuelo del lado izquierdo de su boca.

—Ya sabes, —dijo, deseando una distracción, tal vez una pequeña explosión, cualquier cosa.

—No puedo decir que lo sepa. Aunque me encantaría que me educaras.

—Eres horrible.

—Tú sacaste el tema.

—Sencillamente... todo caro, —concluyó. Al parecer, esa respuesta no fue suficiente.

Draco dio dos grandes zancadas hacia ella, acortando la distancia, casi sin dejar espacio entre ellos.

El corazón de Hermione saltó a su garganta, un torrente de nervios rebotando contra sus huesos, atrapados bajo su piel. Demasiado cerca. Definitivamente demasiado. Definitivamente demasiado guapo para su propio bien.

—¿Eso es todo? —preguntó. No sonrió. No arqueó las cejas. Era una pregunta sencilla, dicha en voz baja y con una seriedad dolorosa.

—Y, —intentó continuar Hermione. Se detuvo al sentir su aliento rozando su mejilla—. Y guapo. Estás muy guapo, Merlín, dioses, vale vámonos.

Hermione nunca se había aparecido tan asustada en su vida.

Lo que incluía las veces que lo había hecho mientras huía para salvar su vida.

Sinceramente, esto no había sido tan diferente.

—No tenías por qué irte con tanta prisa, —dijo Draco, con la voz flotando por encima de su hombro, con el aliento punzándole en la nuca.

Su rápida huida no significó nada cuando se dirigieron al mismo destino: un pequeño sendero a las afueras de La Madriguera.

—Ni siquiera tuve la oportunidad de devolverte el cumplido, —continuó, poniéndose a su lado y dejando un poco más de espacio entre ellos—. Porque estás preciosa.

Desde su periferia, Hermione pudo ver que él se inclinaba hacia ella, probablemente intentando captar sus ojos en un intento de sinceridad que ella no estaba dispuesta a aceptar. Fijó la mirada hacia delante y empezó a caminar en dirección al pelo rojo y varios ruidos fuertes. ¿Siempre había pirotecnia en los cumpleaños de los bebés?

—Gracias, —dijo ella, recordando tardíamente que él había hablado, pero aun intentando controlar su vergüenza—. Si pudieras intentar olvidar lo que pasó en el último minuto, te lo agradecería.

Dejó de caminar, su elección de palabras grabó una mueca en su rostro. Se volvió hacia él.

—Lo siento... no quería...

Sacudió un poco la cabeza.

—Está bien, sé lo que quieres decir. —Le ofreció una breve sonrisa, caminando para alcanzarla—. Pero te aseguro que es imposible que olvide ese momento. Quizá intente conjurar un patronus con él más tarde.

Volvió a ruborizarse y Hermione permaneció en silencio mientras caminaban hacia La Madriguera, su primera visita desde enero, desde el accidente. La punzada de familiaridad y cariño se apoderó de ella, no así la falta de añoranza. Al igual que con Ron, podía reconocer la diferencia entre ambas cosas. Suponía que siempre sentiría apego por aquel lugar y por la familia que lo llamaba hogar, pero ya no eran su familia, no realmente.

Un borrón de pelo rojo envolvió a Hermione en un abrazo.

—Llegaste, gracias a Merlín. ¿Te das cuenta de cuántos hermanos tengo? A veces intento olvidarlo, pero todos han decidido que el primer cumpleaños de Al es el acontecimiento Weasley de la temporada. Hay tanto... ruido, —Ginny sonaba legítimamente sin aliento y parecía agotada hasta el delirio cuando terminó. Un petardo explotó en algún lugar al otro lado de la casa. Ginny dio un respingo; Hermione se sobresaltó; Draco suspiró.

Ginny dio un paso atrás, soltándola, y entrecerró los ojos mirando a Draco.

—Hurón, —dijo—. Sabes que tu cinturón no combina con tus zapatos, ¿verdad?

Hermione sintió que él se tensaba a su lado, resistiendo lo que probablemente era un impulso irrefrenable de validar aquella afirmación.

—Comadreja, —dijo—. Confío en que sepas que el lila no es tu color.

Ginny se limitó a poner los ojos en blanco.

—Harry ya ha dicho que este vestido me quedaba precioso.

—¿Llevaba puestas las gafas? El hombre es prácticamente ciego sin...

Sus palabras fueron cortadas por Ginny que le dio un golpe en el brazo.

—Pórtate bien Malfoy o no te dejaré ver al cumpleañero.

No era la amenaza que Hermione esperaba. Y ciertamente tampoco la respuesta. Draco se dobló, descarada e instantáneamente.

—No lo harías, —dijo entre jadeos—. Han pasado meses. —Casi, casi hizo un mohín.

Harry corrió a su encuentro, con un aspecto algo desmejorado, ya fuera por el trabajo o por el caos de, otra pequeña explosión, la fiesta, Hermione no lo sabía.

—Sea lo que sea que pienses que no lo haría, —dijo Harry en su aproximación—, probablemente lo haría. Es despiadada, mi mujer. —Harry le ofreció a Hermione un corto abrazo.

—He venido a buscarte, —le dijo con un intento fallido de arrepentimiento.

—Es hora de enfrentarlos, ¿no? —preguntó Hermione. No es que tuviera miedo de volver a ver a toda la prole Weasley. Había tenido casi cuatro meses para hacerse a la idea de que ya no estaban tan unidos como antes. Fue más bien la densidad de todos ellos en un mismo lugar lo que la hizo detenerse un momento. Se permitió ese pequeño temor a lo desconocido.

—Y esa es mi señal para encontrar otro sitio donde estar, —dijo Draco—. Los Weasley no son mi fuerte. En realidad, solo puedo con esta, —señaló a Ginny—, por el cambio de nombre. Aunque ser una Potter es otro tema completamente distinto.

—¿Quieres ver a los niños o no? —espetó Ginny.

Draco levantó las cejas, mirando fijamente a Ginny. En la momentánea batalla de voluntades, Ginny salió victoriosa. Draco suspiró.

—Ve delante, Comadreja. —Desvió la mirada hacia Hermione por un momento antes de posarla en Harry.

—Divertíos, —dijo con cero sinceridad, sonando mucho más como una amenaza.

Harry ignoró a Draco y tiró del brazo de Hermione.

—Muy bien, terminemos con esto para que podamos disfrutar de la fiesta.

—De acuerdo, —asintió Hermione, distraída al ver a Draco y Ginny dirigirse hacia los jardines, probablemente todavía discutiendo, pero extrañamente civilizados.

—Nunca te acostumbrarás, —murmuró Harry, captando su atención—. Yo no me molestaría en intentarlo. —Se volvió hacia ella, deteniéndolos justo antes de llegar a la casa—. Así que, este es el plan, lo he trazado como un asalto...

—Oh, dioses.

—Ron y Lavender están con Bill y Fleur en este momento, nos detendremos allí primero, saludos rápidos y será totalmente normal y nada incómodo.

—Gracias por la confianza, Harry, —murmuró Hermione.

—Solo considerando el precedente. Además, no digas nada sobre el embarazo de Lavender. Salía de cuentas el martes y Ron ha dicho que podría asesinar a la próxima persona que le recuerde que aún no se ha puesto de parto.

—Creía que salía de cuentas en dos semanas.

—Las hojas de té decían martes, —dijo Harry inexpresivo.

—Tomo nota, —dijo Hermione con el mismo entusiasmo.

—Percy y Charlie están ahora mismo en la cocina con Molly y Arthur. Ese será nuestro mayor obstáculo: cuatro de ellos a la vez.

—En realidad estás tratando esto como un asalto, ¿no? —preguntó Hermione.

Harry la miró molesto.

—¿Sabías que ser Auror Jefe es sobre todo papeleo? Esto es lo más peligroso que he experimentado en dos meses, ahora concéntrate. Molly es la más propensa a hacer una pregunta bien intencionada pero invasiva, si lo hace y cuando lo haga, haré como que oigo llorar a uno de los niños y nos vamos.

—Harry...

—Arthur probablemente se someterá al tono que Molly establezca, así que es un poco anómalo. Percy no dirá mucho, probablemente hablará de cosas sin importancia del Ministerio, y Charlie solo está aquí porque Molly le echó la bronca por no conocer aún a Al, así que probablemente no tenga mucho que aportar. En realidad, en esa habitación todo gira en torno a Molly.

—Harry...

—Luego nos reunimos con nuestros cónyuges y los niños detrás de los jardines. El elemento desconocido es George, que está montando el campo de Quidditch de juguete que ha inventado, como si Albus supiera usar una escoba. Pero me he preparado para seis escenarios diferentes dependiendo de qué humor esté George...

—Harry, para.

Levantó la vista de donde había empezado a pasear en pequeños círculos por la hierba delante de Hermione.

—¿Qué?

—Voy a estar bien.

—Lo sé, solo quiero asegurarme de que estamos preparados...

—Harry no soy de cristal. Conozco a los Weasley desde hace años, con o sin seis de ellos desaparecidos. Y ya han pasado más de tres meses, casi todas las conversaciones que tengo son incómodas o llenas de preguntas bien intencionadas pero invasivas. Puede ser mucho, pero estoy bien, de verdad.

Harry se pasó una mano por la mandíbula, con los ojos verdes escrutándola. Contuvo el aliento y luego lo soltó, hinchando las mejillas. Sus hombros se hundieron.

—Mierda. Tienes razón, Mione. Cuando Malfoy se puso en plan "controla a tu familia política" me dejé llevar.

—¿Eres el guardián de Ginny, Harry?

—¿Qué? No...

—Entonces deja de actuar como si Draco fuera el mío.

Harry retrocedió ante eso, una respuesta física a la flecha bien dirigida de sus palabras. En algún lugar, Theodore Nott estaba tomando un trago en señal de solidaridad.

—Joder, —respiró Harry—. Soy un completo imbécil, ¿no?

Hermione sonrió y le cogió del brazo, sin negarlo del todo.

—Vamos a poner en marcha la operación familia política para que podamos relajarnos, —dijo, guiando a Harry hacia la casa una vez más.

—Creo que ha ido mejor de lo esperado, —reflexionó Hermione mientras Harry y ella se acercaban a los jardines de detrás de la casa.

—¿Hablas en serio? Molly preguntó por qué no llevabas el anillo y tuve que silenciar a Charlie para que dejara de reírse.

—Fue un buen lanzamiento no verbal, —dijo Hermione—. Muy impresionante.

—Hermione, no tenía derecho a preguntar sobre... eso... —empezó Harry.

—¿Ves alguna grieta? ¿Algún destrozo? —le preguntó Hermione—. Me parece que aguanto bastante bien. Un poco desconectada a veces, pero bien.

Harry le dirigió una mirada de dolor.

—Es solo que... —empezó con un nivel de cautela que hizo crujir una línea tensa sobre los hombros de Hermione—. Algunos de los que estamos mucho más cerca de ti puede que hayamos estado esperando el momento oportuno, que no es que exista realmente, para sacar el tema. Porque nos importa, claro. No por curiosidad morbosa... y Ginny también tenía curiosidad. —Sus palabras se precipitaron al final.

Parte de su tensión se alivió.

—Harry Potter, —dijo Hermione—. ¿Te molesta que Molly Weasley se atreviera a preguntármelo antes que tú?

—Sí, —se desinfló—. Sí, así es.

Hermione había empezado a retorcerse el cuarto dedo de la mano izquierda, masajeando el espacio entre las articulaciones donde podría haber un anillo, donde antes había uno. Dejó caer las manos en cuanto se percató de la acción, en su mayor parte subconsciente.

—Ni siquiera se me ocurrió durante un par de meses, —admitió Hermione mientras se abrían paso entre la maraña de hierbas del jardín—. Y cuando me di cuenta de que no lo había mencionado, bueno, ya ha pasado demasiado tiempo, ¿no? No puedo pedir verlo ahora sin el recuerdo de todo el tiempo que no pregunté por él.

—¿No has preguntado nada al respecto? No es solo que no lo lleves...

—Correcto. Me he puesto las cosas bastante difíciles.

—Uf, —fue la única respuesta de Harry.

—Elocuente, Harry, gracias por el apoyo. —Hermione lo empujó ligeramente con el hombro mientras se acercaban a la versión en miniatura de un campo de Quidditch, Ginny y Draco a la vista, pero el último hermano Weasley sospechosamente en paradero desconocido.

Hermione dejó de caminar, su pulso se aceleró ante la visión que tenía delante.

—¿Harry?, —preguntó—. ¿Qué estoy viendo?

Ginny estaba sentada en una manta cerca del centro del campo de Quidditch infantil, leyéndole a un niño que Hermione no reconocía. Eso era lo normal, casi pintoresco. Una ligera brisa atrapó el pelo de Ginny y le pasó por la cara algunos mechones sueltos. Sonrió alegremente al niño que tenía delante, emitiendo algún elemento fantástico del libro ilustrado que tenía en las manos.

Pero más allá de ella, Draco Malfoy estaba sentado en la hierba, con las piernas extendidas hacia delante y los brazos hacia atrás, sosteniéndose mientras James Potter gateaba por encima de él, agarrado a una pequeña escoba de juguete y riéndose. Draco le dedicó una enorme sonrisa, dijo algo y, de repente, se inclinó hacia delante, levantó al niño por el torso y lo colocó sobre la escoba. Otra humana diminuta revoloteaba en una escoba de juguete cercana, acercándose hacia donde James estaba ahora, a un palmo del suelo. Hermione vio a Albus arrastrándose hacia Draco. Con una facilidad casi sobrenatural, Draco cogió a Albus en brazos y se puso en cuclillas, con una mano en la escoba sosteniendo a James, dándole un pequeño impulso.

Hermione sintió que algo se le hinchaba en el pecho, un calor no muy distinto de la sensación de su propia magia corriendo por sus venas.

—Oh, sí, —dijo Harry—. Albus se está acercando bastante a caminar. ¿Viste eso ahora mismo?

—No, Harry, eso no. Eso, —repitió ella, señalando con un gesto mudo la escena que tenía delante.

—¿Qué? —preguntó Harry, claramente no presenciando la misma versión de irrealidad que ella en ese momento—. Oh. Oh. Todavía no lo has visto con niños, ¿verdad?

Y algo que Draco le había dicho en el salón de su casa, con la voz entumecida por la oclusión, se abrió paso hasta el primer plano del cerebro de Hermione: Me gustan los niños. Había sido una afirmación tan inocua en aquel momento, pero ahora, con el contexto, cambiaba.

Harry la cogió de la mano y tiró de ella para acercarla a la escena que tenían delante.

—Esta es su única cualidad redentora, —dijo Harry sabiamente—. Una de las únicas razones por las que lo soportamos, sinceramente. —Lo dijo seriamente, pero Hermione vio la sonrisa secreta que se dibujaba en su rostro.

Ginny los miró mientras se acercaban.

—Oh bien, has sobrevivido.

—Apenas, —bromeó Harry, sin dejar de acercar a Hermione.

—Malfoy intenta corromper a tu hijo pequeño, —dijo Ginny mirando a Draco. Hablaba con mucha menos preocupación de la que Hermione podría haber imaginado que requería una frase como aquella.

Y, efectivamente, cuando Hermione miró de nuevo hacia Draco, estaba de pie a toda su altura, James volando ahora en lentos círculos alrededor de sus piernas. Tenía a Albus en brazos, sonriéndole al niño mientras sostenía una serpiente de peluche claramente del color de Slytherin.

—Oh, por el amor de Merlín, —respiró Harry.

Hermione le siguió mientras Harry se acercaba a Draco y a los niños, aún sin decidirse del todo en qué extraña dinámica acababa de caer. Manejar a los Weasley no había sido nada, esta era la parte de soltarse. El remolino giraba más deprisa.

—Oye, Malfoy. Deja de intentar que mi hijo sea un Slytherin.

Draco levantó la vista, totalmente imperturbable.

—Solo estoy apoyando el futuro de Albus. Alguien debe hacerlo, —respondió.

—No es un Slytherin, —repitió Harry.

Draco consideró las palabras de Harry por un momento antes de rebatir.

—Un argumento débil, permíteme plantear una refutación en tres partes. —Se colocó en una postura arrogante, esbozando una sonrisa de satisfacción.

Harry no puso tanto los ojos en blanco como todo el cuerpo, soltando un suspiro de exasperación.

—Primero, —empezó Draco—. Tú mismo estuviste a punto de entrar en Slytherin, ¿no?

—Malfoy, te lo dije bajo coacción, —se quedó boquiabierto Harry.

—El alcohol no es coacción. Eres un borracho parlanchín; eso no es culpa mía. Segundo, el niño lleva el nombre de un Slytherin notablemente famoso que también fue jefe de casa durante casi dos décadas.

—Oh, venga ya...

—Y tercero, sus iniciales son A-S-P, literalmente una palabra antigua para serpiente.

Lo que Hermione habría dado en aquel momento por una fotografía de la expresión de suficiencia que se había plantado con firmeza en la cara de Draco y, a la inversa, la misma expresión de horror en la de Harry.

Harry no tuvo oportunidad de responder a lo que era, sinceramente, una impresionante serie de puntos, porque las manitas de James empezaron a agarrar la pernera de los pantalones de Draco. Con una sonrisa practicada y sin romper el contacto visual con Harry, Draco sacó un caramelo del bolsillo y se lo ofreció al chico que estaba en la escoba, cerca de sus rodillas. Harry soltó otro suspiro.

—Ahora, James, —dijo Draco, arrodillándose—. Sé sincero conmigo, ¿te dan tu madre y tu padre suficientes caramelos? Si no lo están haciendo, eres más que bienvenido a venir y quedarte conmigo y tu madrina hasta que resolvamos este horrendo descuido por su parte.

James solo soltó una risita, metiéndose el pequeño caramelo blando en la boca y continuando sus círculos alrededor de Draco.

—Espera, —empezó Hermione, encontrando por fin palabras propias—. ¿Era uno de tus caramelos secretos que no se me permite comer?

—Sí.

—¿Y los compartes con él y no conmigo?

—Bueno, es un niño, —dijo Draco como si esa fuera la respuesta a todo.

—Bueno, yo soy tu mujer. —Se le escapó antes de que pudiera diagnosticar la potencial virilidad de sus palabras. ¿Lo había dicho antes? Desde luego, no a él.

Algo se oscureció casi al instante detrás de los ojos de Draco, que centró toda su atención en ella. Sus palabras se habían apoderado de algo primario en su mirada.

—Puede que si lo pides amablemente, —incitó, la respiración llevando las palabras bajas y peligrosas.

—Qué asco, Merlín, delante de mis hijos no, —gruñó Harry con disgusto. Dio un paso adelante y liberó a Albus de los brazos de Draco—. Vamos a comer pastel o algo mientras yo... intento olvidar haber presenciado eso.

—Por cierto, te he visto mirando, —dijo Ginny en tono cantarín junto a Hermione cuando se sentaron juntas después de la tarta, los regalos y un rato agradable en general. Observaron a Harry, Draco y George mientras intentaban organizar a un pequeño grupo de niños en algo parecido a un equipo de Quidditch. Sus esfuerzos se vieron recompensados casi exclusivamente con golpes en la espinilla propinados por escobas de juguete mal controladas.

Lavender y Fleur estaban sentadas en otra manta cercana, manteniendo su propia conversación mientras Fleur pasaba los dedos por los largos mechones rubios fresa de Victoire.

—¿Me viste mirando qué? —preguntó Hermione, disfrutando del cálido sol de la tarde en la cara. Casi había conseguido insensibilizarse a los ocasionales estallidos de los fuegos artificiales. Hasta ahora había sido una tarde realmente relajante.

—A él, el hurón, con los niños. Casi siento que debería haberte avisado.

—¿Qué? ¿Advertirme de que Draco sabe relacionarse con niños? Es sorprendente, claro, pero...

—No, más bien los sentimientos cálidos y derretidos que te invaden cuando lo ves con niños, —dijo Ginny con una mueca de dolor mientras James rodaba de su escoba hacia la hierba en la distancia.

La negación resultaba agotadora en ese momento.

En cambio, Hermione emitió un zumbido de reconocimiento.

—¿Lo sabes, entonces?

—Lo has mencionado una o dos veces. Como que te dan ganas de saltarle encima, ¿no?

—¡Ginny! —protestó Hermione, sintiendo que se le calentaba la cara de vergüenza. Se esforzó por negarlo. Así que se desvió—. ¿Seguro que no estás pensando solo en ti y en Harry?

Ginny hizo un ruido pensativo.

—Por supuesto que sí. Vamos en serio con lo de intentar tener un tercero, después de todo. Incluso podría hacer un calendario. Marcar fechas en el calendario y todo eso, para tener más posibilidades.

Ginny lo había dicho tan a la ligera, tan sin cuidado ni precaución, pero sus palabras golpearon a Hermione con una fuerza inesperada que la hizo girar. El remolino perdió su agarre sobre ella, lanzándola hacia una extensión de océano abierto y quieto. Se hundió, y un recuerdo de su primera noche en su piso salió a su encuentro en el descenso. Sexo programado en su agenda, intención, niños. Me gustan los niños.

—Oh, claro, no te acordarías, lo siento, —dijo Ginny, confundiendo el origen del sobresalto de Hermione—. Decidimos que queríamos tres hijos, glotones compulsivos y todo eso. —Bajó la voz a un susurro y se inclinó más cerca de Hermione—. Y realmente me gustaría una niña, pero ya veremos.

—¡Gin! —George llamó desde el campo—, está bien si subo a James en mi escoba, ¿verdad? Solo tres o cuatro metros. Harry ya ha dicho que no, pero sé que eres tú quien realmente manda.

Ginny ya estaba en pie, dirigiéndose hacia su hermano, sacudiendo la cabeza y lanzando amenazas infantiles.

Una sombra bloqueó el sol delante de Hermione. Malfoy estaba de pie ante ella, con cara de haber omitido una enorme información sobre su vida durante los últimos tres meses y medio.

—Hola, —dijo, un poco sin aliento. Se sentó en el espacio que Ginny acababa de dejar libre y se apoyó en los codos—. Hicimos un buen intento, pero los menores de cuatro años de allí tienen problemas con las normas y reglamentos de la Confederación Internacional de Quidditch.

Hermione no respondió. No tenía nada que decir, ni sabía lo que podía o debía decir. Hermione acababa de asimilar un poco su nueva vida. Había empezado a confiar en que la gente que la rodeaba, que debía cuidarla, dejaría por fin de guardarse tantas cosas. Pero los parámetros en los que había aprendido a desenvolverse acababan de cambiar a su alrededor, alterados por una información crucial. No sabía cómo funcionar en otra nueva versión de su vida.

Malfoy se recostó completamente, apoyando la cabeza en el suelo y con el aspecto más relajado que ella le había visto nunca. Incluso tenía los ojos cerrados, una línea de pálidas pestañas curvadas sobre las mejillas.

—Por mucho que deteste estar aquí la mayor parte del tiempo, —empezó, con los ojos aún cerrados—, este sitio tiene su mérito. Tuvimos nuestra primera cita aquí, sabes.

Volvió a abrir los ojos y la sorprendió mirándole fijamente. Hermione se llevó las rodillas al pecho, se ajustó la falda del vestido a las piernas y las sujetó con los brazos. Dividida entre suplicarle que le contara más y exigirle que le diera el espacio de varios países para procesar lo que acababa de comprender, no dijo nada.

Apenas reconoció la sonrisa de su cara: abierta y sincera y todo lo que su omisión no era.

—Me trajiste como acompañante a la boda de los Potter, —le dijo, con gran picardía en sus palabras—. Dudo que hubiera un vidente en todo el mundo mágico capaz de predecir que la boda de Harry Potter sería una de las mejores noches de mi vida. Pude irritar la piel de los Weasley y bailar contigo durante horas. Fue perfecto.

Volvió a dejar caer la cabeza contra el suelo.

—Te besé en los jardines, —dijo en voz baja, al borde de la nostalgia—. No fue nuestro primer beso, pero fue... —No terminó su pensamiento y Hermione lo agradeció. Le dolían sus palabras.

Volvió a sentarse, roto el hechizo de su ensoñación. Sus cejas se fruncieron cuando la miró.

—¿Estás bien?

No.

—Sí.

Extendió la mano y se detuvo sobre su hombro izquierdo, considerando las consecuencias del contacto. Ella se apartó. Sus dedos se curvaron hacia dentro y la mano se retiró.

—Pareces disgustada, —dijo.

Se encogió de hombros.

—Ha habido mucha... estimulación hoy. Creo que me gustaría irme.

La observó un momento más y luego asintió.

—Entonces nos iremos. —Se puso de pie, algo seco y corto en el movimiento—. Se lo diré a Potter.

Hermione se dirigió directamente al dormitorio cuando se apareció de nuevo en el piso. Pasó por delante del abarrotado salón. Pasó el baño individual. Pasó por la habitación de invitados. Directamente a la puerta del dormitorio y luego a los pies de la cama, donde había dejado la agenda con sus iniciales. La miró fijamente, burlándose de ella desde encima de las mantas burdeos. Se sentía acalorada, nerviosa y frustrada, y luchaba por comprender cómo se sentía y cómo debía sentirse. ¿Había alguna diferencia? ¿Debería haberla? Se quitó la chaqueta vaquera y la dejó caer junto a la agenda.

Lo cogió, el cuero estaba inusualmente frío al tacto. Lo abrió y se remontó a enero, a su tiempo perdido, a su estancia en San Mungo y a la semana siguiente. Allí seguían, marcados para siempre con bolígrafo rojo, tres días de la semana programados para el sexo. Podría haberse arrepentido de no haber reconocido lo que era la primera vez que lo vio, pero después de todo lo que había pasado aquel día, solo era una gota más en el proverbial cubo.

Oyó el pop que le dijo que Malfoy también había vuelto al piso. No le había esperado cuando se marchó. Lo único en lo que podía concentrarse era en la agenda que había dejado sobre la cama.

Salió de nuevo al pasillo y se dirigió a la mesa de la cocina, donde lo encontró de pie, con una postura cautelosa. Se puso rígido, con una expresión cuidadosa en el rostro mientras la observaba acercarse. Vio que su mirada se desviaba hacia el libro que tenía en la mano, con un solo dedo marcando el espacio entre las páginas que necesitaba que le explicara.

—¿Qué pasa? —preguntó, con una vulnerabilidad poco habitual en él.

Dejó el libro abierto por las páginas de esa semana de enero y lo deslizó por la mesa hacia él.

Vio cómo el reconocimiento se aferraba a sus vértebras, enderezándolo.

—¿Es esto lo que creo que es? —preguntó Hermione, encontrando su voz baja, tranquila.

La frialdad empezó a instalarse en su cara y Hermione estalló.

—No ocluyas.

—¿De qué otra forma se supone que voy a tener esta conversación? —espetó con la misma medida.

—Como lo haría cualquiera. —Cruzó los brazos delante de ella.

Su postura se hundió en una medida solo distinguible en personas como Draco Malfoy.

—Es exactamente lo que crees que es, —dijo—. ¿Qué quieres que te diga?

—Quiero que me digas por qué nunca lo mencionaste. Es algo... enorme.

Soltó un enorme suspiro y se estabilizó, agarrando con una mano el respaldo de la silla de la cocina que tenía delante. Con la otra mano, se agachó y cogió la agenda, mirando atentamente las páginas. En lugar de adoptar una actitud fría y controlada bajo el peso de la Oclumancia, Hermione pudo ver cómo sus dedos se flexionaban contra la silla y cómo algo caliente y furioso salía a la superficie.

—¿Qué querías que dijera? Apenas podías hablarme, —dijo con la boca entreabierta, enseñando los dientes. Un destello de algo peligroso pasó entre ellos, la tirantez se acentuó, el remolino volvió a absorberla. Sin previo aviso, lanzó la agenda por el pequeño piso, haciéndola chocar contra las pilas de libros del salón. Ella oyó cómo se derrumbaban sus torres de literatura, pero no pudo apartar su atención del hombre que se desenredaba frente a ella.

—¿Qué coño iba a decir? —repitió, algo desgarrado y desquiciado se había apoderado de él, la compostura abandonada. Se le puso rojo el cuello y las mejillas—. ¿Cómo se suponía que iba a decirle a mi mujer, que ni siquiera soportaba mirarme, que queríamos tener una familia? ¿Cómo propones que lo haga, Hermione? —Usó su nombre como un arma, cada sílaba diseñada para herir.

—Algo habría sido mejor que nada...

—¿Y arriesgar las escasas migajas que me diste? —Se pasó una mano por el pelo, ya alborotado por el viento de la tarde que habían pasado al aire libre, y la acción solo lo alborotó aún más, añadiendo el frenesí de su aspecto.

—No eres tú quien debe decidir qué información sobre mi propia vida soy capaz de conocer y cuál no, —estuvo a punto de gritar, indignada por su indignación.

Malfoy rio, algo insensible.

—Así que, si te hubiera dicho desde el principio que estábamos intentando quedarnos embarazados, ¿te habrías quedado aquí conmigo? ¿Cuando todavía pensabas que tu sitio estaba con ese gran idiota de Ronald Weasley? ¿Y cómo iba a sacar el tema, más tarde? ¿Después de que por fin hubiéramos progresado, pero hubiera pasado demasiado tiempo? Se habría convertido en esto. —Señaló el espacio que prácticamente crepitaba con magia furiosa—. Pero se convirtió en esto de todos modos, —admitió, bajando la cabeza, con una mano presionando su sien. Su voz apenas era un susurro cuando volvió a hablar.

—¿Cuánto tiempo hasta que te marches? ¿Hasta que decidas irte? ¿O hasta que me digas que me vaya? —Algo se rompió detrás de sus ojos. Una nueva compuerta se abrió. Su otra mano se abalanzó sobre el respaldo de la silla y ambas se aferraron a la madera hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

Hermione no sabía cómo responder a eso. Ni siquiera sabía si estaba equivocado o no. ¿Se habría quedado? No lo sabía. ¿Pero merecía la opción? Sí. Inequívocamente, sí. Y quería decírselo, de verdad. Pero él respiraba con dificultad, seguía agarrado al respaldo de la silla de la cocina por lo que parecía su vida, y cuando levantó la cabeza tenía los ojos inyectados en sangre.

—Te habrías ido, —dijo en voz baja.

—Eso no lo sabes. Ni siquiera yo lo sé.

—El riesgo era suficiente. —Su mirada la buscó, una mueca de desprecio y algo más inmovilizándola bajo su evaluación—. Estaba siendo egoísta. Fue la única concesión que hice por mí, todo lo demás lo hice por ti. —Su labio se curvó, con evidente disgusto.

—¿Y eso fue difícil para ti, Malfoy? ¿Hacer algo por alguien que no seas tú mismo?

—¿Vuelves con Malfoy y además te pones intencionadamente desagradable? Es bueno ver que todavía hay algo de lucha en ti, —respondió.

—Oh, vete a la mierda, —le espetó.

Se tambaleó, un solo paso, su agarre a la silla aún se mantenía firme.

—¿Es eso, entonces? ¿Me estás pidiendo que me vaya?

—No me refería a eso, —dijo ella, agotando parte de su lucha. Era como golpear a una criatura herida, como si esperara que ella le hiciera daño.

—Porque lo haría, —dijo, mirando más allá de ella, evitándola—. Si realmente lo quisieras, si lo necesitaras, lo haría. Porque no es difícil, hacer cualquier cosa por ti.

—Malfoy. —Sus ojos se cerraron cuando ella dijo su nombre, ese nombre—. Draco, —intentó de nuevo, más suave.

Volvió a abrir los ojos y, antes de que Hermione pudiera pronunciar las palabras que pensaba decir a continuación, él estaba frente a ella, aún más cerca de lo que habían estado aquella mañana.

En su proximidad, ella podía contar las pequeñas líneas de la expresión de sus ojos. Podía distinguir el tono rosado de su piel debido al día que habían pasado al aire libre. Podía ver el secreto celosamente guardado de su miedo, que se mantenía oculto tras el surco de su ceño y el ángulo de sus hombros. Su olor, a especias y cítricos, tan inconfundible incluso al final de un largo día, la envolvió.

Levantó una mano, sin llegar a tocar el lado de su cara, el único indicio de contacto provenía del único rizo que enrolló alrededor de su dedo.

La miraba como un hombre al borde de la inanición, hambriento de su carne y luchando contra todos sus instintos para alcanzarla. Algo se desenrolló en el pecho de Hermione, un calor que se abría paso hacia el exterior, buscando su lugar.

—Solo sé gentil conmigo, Granger, —el respiro, atrayéndola con su propio nombre, esgrimido como un tipo diferente de arma—. Me tienes en la horca.

Dejó caer el rizo de sus dedos.

—Pero que me aspen si no eres el verdugo más hermoso que he visto.

No estaba segura de si él empujaba o ella tiraba.

O si el remolino los absorbió juntos.

Pero el roce de sus labios con los suyos, tan breve y apenas perceptible, fue como un relámpago en su alma. Tuvo que retroceder un paso, el pulso le temblaba bajo la piel, la médula de los huesos le ardía por dentro y por fuera.

Draco no la miró, ni siquiera parecía respirar: como si él también apenas pudiera creer lo que él, o ella, o ellos, habían hecho. Lo observó tragar saliva, luchando contra su autocontrol: un hombre hambriento temporalmente saciado.

Se dirigió al salón y cogió la agenda. Se mantuvo a distancia cuando se la devolvió, una ofrenda en más de un sentido.

—Te daré algo de espacio esta noche. Creo que ambos lo necesitamos.

Hermione asintió. El espacio de varios países, había considerado antes.

—Estaré en casa de Theodore Nott, —dijo. Era la primera vez que le decía a dónde iba, cuándo iba.

Volvió a asentir, sin confiar en su voz para soltarlo, a pesar de saber que lo necesitaban.

Cuando se fue, Hermione pensó en la diferencia entre ahogarse y tierra firme, sin saber dónde la había dejado el remolino.

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Nota de la traductora:

Os dejo enlace a un fanart en los comentarios.