Draco Malfoy
"...porque hay dos clases distintas de ideas, las que proceden de la cabeza y las que emanan del corazón."
Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo
—
Mayo
Hermione se hurgaba las cutículas, un hábito que había desarrollado durante el interminable estrés de la guerra y el peor viaje de acampada de su vida. En los seis años que le faltaban de memoria, parecía que había conseguido superar el impulso, solo para que volviera a invadirla bajo las luces demasiado brillantes de la sala de exploración de San Mungo, sentada frente a la sanadora Lucas y su aprendiz Jenkins.
Cada mes tenían esta cita.
Cada mes le decían lo mismo.
—No parece haber ningún cambio. —Jenkins lo dijo este mes. El mes pasado, la sanadora Lucas hizo los honores. Independientemente de la entrega, estos chequeos de bienestar habían comenzado a ser rancios, repetitivos en su falta de progreso. Casi cinco meses al sol, las palabras habían empezado a pudrirse.
Le había dicho a Draco que este mes no se molestara en ausentarse del trabajo para sentarse en la sala de espera mientras le decían lo mismo que el mes anterior. No necesitaba hacer un viaje especial al hospital para saber que nada había cambiado dentro de su cabeza.
Aparte de casi todos los sentimientos que había sentido hacia Draco Malfoy, claro.
En las tres semanas transcurridas desde la discusión en su pequeña cocina, desde que algo trastornó la forma en que Hermione entendía su dinámica en el espacio de un beso casi inexistente, Draco hizo algo totalmente inesperado. Clavó los talones. Volvió de casa de Theo al día siguiente con una lista de anécdotas sobre su vida juntos y la promesa de contárselas todas, por mucho que tardara.
Y aún más importante que todo eso, vino con una disculpa.
—No puedo olvidar los últimos seis años, —había dicho, apretando la lista de recuerdos en su puño—. Pero tú tampoco puedes recordarlos.
Hermione acababa de instalarse en el sofá de terciopelo con Crookshanks y una taza de té cuando él regresó, sin aliento y decidido a desnudar su alma.
—Y lo siento, —continuó—. Siento no habértelo dicho. Pensaba, esperaba, que, si te acordabas, no tendría que tener las conversaciones difíciles, revivir las viejas discusiones. Me gustaría enmendar mi excusa de anoche para incluir que también soy un cobarde. Estaba siendo egoísta y cobarde.
Entonces se encogió, con una mueca de dolor.
—Pero también te he ocultado las cosas buenas, con la esperanza de que te acordaras, y eso no es justo. Sé que una disculpa no siempre es suficiente, así que me gustaría enseñártelo. —Levantó el pergamino arrugado que tenía en la mano.
Y en los veintidós días transcurridos desde aquella revolución de disculpa y el entendimiento que acordaron tras ella, Hermione se había enterado de una nueva historia sobre su vida en común cada mañana durante el desayuno. Y luego él se iba a trabajar para ir a preparar pociones durante horas y horas. Y ella también iba a trabajar, corrigiendo informe tras informe mientras el Ministerio se cruzaba de brazos intentando averiguar qué hacer con un empleado al que le faltaban mentalmente seis años de historial laboral. Y por las noches, tranquilos, cansados y extrañamente esperanzados, se sentaban y hablaban como una pareja normal. Era una elección consciente de reaprender la vida de ella y confiar en que él le enseñaría.
Y estaba derribando poco a poco todas las barreras que le impedían aceptar que Draco pudiera ser en realidad un ser humano decente y agradable.
—He llegado a considerar una nueva teoría, —dijo Jenkins, rompiendo el tedio que suponían las mismas lamentables noticias cada mes que se reunían—. El Ministerio nos envió el informe finalizado sobre el artefacto con el que entró en contacto...
—Lo sé, lo he revisado, —dijo Hermione, sin gracia.
—El informe es muy claro en cuanto a que el objeto en cuestión fue diseñado para provocar un trauma físico, equivalente a un enorme golpe de conmoción en la cabeza, lo que concuerda con el estado de sus lesiones. Físico, no mágico. Es... —Jenkins se interrumpió, aclarándose la garganta. Intentó continuar, tropezando con las palabras que quería.
La sanadora Lucas intervino.
—Lo que Jenkins intenta explicar es que, salvo una explicación mágica, es posible que el trauma físico de su accidente haya causado daños irreparables en las partes de su cerebro responsables del almacenamiento de la memoria de los últimos seis años.
Hermione captó la palabra irreparable y sintió cómo le rozaba el interior del cráneo, arrancándole los restos de esperanza a los que se aferraba. Su mundo giraba, tambaleándose sobre la dolorosa finalidad de aquellas palabras.
Jenkins se aclaró la garganta de nuevo, reclamando la entrega de esta nueva iteración en lo que estaba destinado a ser una actualización médica aburrida y repetitiva.
—Sin embargo, la especificidad del tiempo que le falta es lo que sigue dejándonos perplejos, —dijo—. Según nuestras pruebas y sus propios recuerdos, el único tiempo que le falta es el de una secuencia continua que se remonta al momento de la lesión.
La garganta de Hermione se había secado: una verdadera sequía en la base de la lengua, dunas de arena que se desplazaban en su garganta, un desierto en sus pulmones. Irreparable.
—¿Señora Granger-Malfoy? —Preguntó la sanadora Lucas.
Irreparable.
—¿Sí?
—¿Está bien? —preguntó, lanzando un hechizo rápido para rastrear sus signos vitales—. Su ritmo cardíaco es elevado. No estamos diciendo que no haya esperanza, Sra. Granger-Malfoy. Jenkins tiene una teoría alternativa que le gustaría proponer.
—Por supuesto, —dijo Hermione. Sus cutículas pagaron el precio mientras intentaba mantener la compostura. Sabía que lo que dijeran a continuación no serían más que tópicos vacíos, sujetalibros ornamentales al borde de las malas noticias.
Jenkins acercó su silla a la mesa de reconocimiento donde ella estaba sentada, colocándose en una posición en la que tenía que levantar la vista hacia ella cuando hablaba, lo que combinaba muy bien con su concentración en el suelo laminado.
—En general, con un traumatismo craneal no mágico como este, esperaríamos que el grado de pérdida de tiempo, si es que hay pérdida de tiempo, fuera más generalizado de lo que usted ha experimentado. Su pérdida de memoria es muy limpia, en cierto sentido.
Hermione lo sabía, hasta cierto punto. Había investigado. Meses y meses de investigación y todo le decía lo improbable que era que ella experimentara la pérdida de memoria de la forma en que lo estaba haciendo. Había asumido que las probabilidades simplemente no estaban a su favor, y no por falta de imaginación de su parte. Sino simplemente por experiencia. Si algo le había enseñado el haber crecido al lado de Harry Potter era que la magnitud de las probabilidades no significaba gran cosa cuando las cosas malas seguían ocurriéndote de todos modos.
Levantó la vista para mirar a Jenkins. Tenía unos amables ojos color avellana y un pelo castaño arenoso al que no le habría venido mal un corte. Era el tipo de aspecto que le hacía fácilmente digno de confianza. Y estaba haciendo trizas sus esperanzas.
—¿Qué me está diciendo? —le preguntó.
—Casi parece posible que haya un componente mágico secundario y desconocido en la lesión que haya localizado el traumatismo de esta forma. O quizás, es la fuente primaria de la lesión y la contusión del artefacto fue un mal momento, o un desencadenante. Lo que digo es que es posible que haya algo que no sepamos.
Hermione sin duda tenía experiencia con el impacto de las cosas que no sabía.
—¿Y qué cambia eso? —preguntó ella, intentando recordar que debía abogar por sí misma y no hundirse en la espiral de dolor que se arremolinaba en su cerebro. Se había equivocado al pedirle a Draco que no se quedara; necesitaba un ancla.
—Nada, por ahora, —dijo la sanadora Lucas—. Jenkins va a buscar en algunas teorías alternativas. Vamos a seguir para supervisar su progreso, y lo más importante, no nos damos por vencidos.
Hermione asintió, espantosamente al borde de las lágrimas. El vacío casi instantáneo que experimentó en la falta de esperanza, disparándose irreparablemente entre los espacios en blanco de su cerebro, la había sorprendido por su intensidad.
Sintiéndose entumecida, Hermione dio las gracias a sus sanadores como solía hacer y salió al vestíbulo principal de San Mungo, solo para encontrarse cara a cara con Theodore Nott. El alivio le produjo una sonrisa, una sensación de familiaridad. La sensibilidad volvió a sus miembros.
—¿Otro secuestro? —preguntó. Luego reflexionó—. ¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Draco podría haber mencionado que le dijiste que no viniera. Está fingiendo que no le preocupa que estés enfadada con él...
—Se sienta en la sala de espera mientras los sanadores me cuentan lo mismo que todos los meses, —dijo, odiando lo equivocada que había estado.
La cabeza de Theo se movió casi imperceptiblemente hacia ella, observando.
—Pero esta vez no fue lo mismo. —No lo planteó como una pregunta.
—¿Cómo pudiste...?
—Estás un poco pálida. —Pasó un brazo por el de ella, una forma favorita de viajar con Theo, al parecer—. Vamos a comer algo, yo invito.
—No estoy segura de sentirme bien para eso, sinceramente, —admitió Hermione, aun arrastrando una persistente sensación de miedo y pérdida.
Theo abrió las puertas del hospital y los condujo a la calle.
—¿Quieres hablar de ello?
Le miró. Parecía realmente preocupado bajo toda la confianza y fanfarronería que mostraba.
—Creo que no, —dijo ella, y luego corrigió—: No estoy segura, sinceramente. —Suspiró. ¿Cómo podía explicar esta fría vacante en su pecho?
Dejó de agarrarla por el brazo y se giró hacia ella. Le puso las manos sobre los hombros y le dio un apretón reconfortante antes de hablar.
—Tengo la solución perfecta, —anunció—. Mansión Nott.
Parpadeó cuando él la miró como si su proclama tuviera implicaciones obvias. Esperó un momento antes de seguirle la corriente.
—¿Supongo que quieres decir que la mansión Nott tiene comida preparada para consumir?
—Qué sabelotodo, —le recriminó con una sonrisa mientras la soltaba de los hombros y le ofrecía de nuevo el brazo—. ¿Conjunta?
Puso los ojos en blanco, una expresión casi constante cuando estaba en su presencia. Pero no podía negar que se alegraba de no estar sola.
—De acuerdo, vale.
—
—Theo, —empezó Hermione, con los ojos muy abiertos mientras giraba en un lento círculo, observando la habitación en la que se habían rematerializado—. Me doy cuenta de que probablemente ya hemos tenido esta conversación antes y vas a pensar que mi repetición es adorable, lo cual te hago saber ahora mismo que encontraré condescendiente, pero... sé que dijiste que eres rico... —ni siquiera pudo terminar la frase.
Theo soltó una carcajada, tan indigna como ella le había visto.
—Con esa disposición, no hay forma de que responda sin meterme en problemas.
—Esto es tan ridículo como la Mansión Malfoy. Quiero decir, sé que lo llamaste mansión, pero no esperaba esto exactamente.
—La Mansión Malfoy es más grande, tanto la casa principal como los terrenos. Draco solía pasar mucho tiempo recordándomelo, —sonrió Theo—. Aunque los jardines Nott son mucho más bonitos en mi opinión. La adición de esos pavos albinos en la finca Malfoy realmente arruina el ambiente.
—¿Te refieres a los pavos reales?
—Sí, las aves, apropiadamente llamadas.
Hermione murmuró en señal de reconocimiento, con la mirada bailando sobre un hermoso tapiz casi del tamaño de su cocina.
—Me gustan bastante los pavos reales, —dijo—. Son criaturas preciosas.
—Está claro que nunca has tenido que huir de uno siendo un niño de siete años mientras un pequeño imbécil rubio se ríe de ti. —Theo se estremeció.
—¿Draco es el rubito de esta historia?
—¿No lo es siempre? Por aquí, tenemos un pequeño salón adyacente a las cocinas de esta ala.
—Claro que sí, —dijo Hermione, descubriéndose a sí misma sonriendo. Era agradable, incluso después del pequeño tormento que sus emociones habían sufrido en el hospital, que Theo aún pudiera arrancarle una sonrisa.
Theo olfateó el aire cuando entraron en la pequeña sala de estar que, de hecho, era casi del tamaño de todo el piso de Hermione.
—¿Qué es eso...? —Empezó Theo antes de soltar un gran suspiro de fastidio—. Blaise. Sé que ya te he dicho antes que el humo realmente se clava en la tapicería. Si no te preocupan mis deseos, al menos preocúpate por los jacquards antiguos.
Blaise Zabini, a quien Hermione solo conocía de nombre y con quien no recordaba haber intercambiado ni una sola palabra en todos los años que habían pasado juntos en Hogwarts, estaba sentado junto a una ventana en el otro extremo de la sala de estar. Tenía los pies apoyados en lo que probablemente era una mesa insoportablemente cara, la cabeza echada hacia atrás y la mirada fija en el techo de paneles, y un cigarrillo sostenido despreocupadamente en la mano. Dio otra calada al cigarrillo y giró la cabeza lentamente hacia donde estaba Theo, escandalizado. La única reacción de Blaise al ver a Hermione fue un leve levantamiento de cejas.
Soltó el aire, el humo se propulsó frente a él antes de retorcerse y disiparse. Con desinterés, volvió a mirar al techo.
—Entonces, —empezó Blaise—. ¿Se acuerda o tienes ganas de morir?
—Prefiero pensar que es una sana fascinación por lo macabro, —respondió Theo—. ¿Por qué estás aquí, exactamente?
—No me quedaré mucho. Estoy trabajando.
Blaise torció la cabeza hacia la ventana que tenía al lado. A lo lejos, Hermione divisó un gran invernadero y los bordes de lo que parecía un enorme jardín de rosas.
—Esto va a estar bien, —dijo Blaise, mirando a Theo y Hermione sin que en su cara se viera que realmente creía sus propias palabras.
Una puerta se abrió y se cerró rápidamente en la habitación contigua. Unos pasos indicaban movimiento hacia la sala de estar.
—Draco, —llamó Blaise—. Theo ha vuelto.
—Oh, bien, —la voz de Draco llegó desde la habitación de al lado, cada vez más cerca—. Me llevo algunos Eléboro del invernadero. ¿Tienes idea de cuánto cobran por ellos en el Callejón Diagon...?
Hermione sintió que el tamaño del salón se reducía a la mitad en el momento en que Draco apareció y se detuvo en seco. Para ser un hombre de una palidez casi fantasmal, a Draco se le había ido aún más el color de la cara. Su mirada pasó de Theo a Hermione, brevemente a Blaise y luego de nuevo a Theo.
Un ruido bajo se deslizó desde el fondo de la garganta de Draco, llevado en el aliento de un suspiro estrangulado.
Theo abrió la boca para hablar, solo para ser acallado preventivamente por la mano que Draco levantó. Una especie de autoridad silenciosa, teñida de furia, emanaba de él. Señaló un sillón frente a Blaise.
—Theo. Joder. Siéntate, —ordenó Draco. Su voz era grave, medida en su pronunciación. Hermione se preparó para lo que solo podía ser su tremenda ira. Contó, esperando a que se desatara. Casi dio un respingo cuando la cartera que Draco llevaba colgada del hombro cayó al suelo con un pequeño ruido sordo.
—Iba a contártelo, te lo prometo, —dijo Draco, y Hermione se dio cuenta de que le hablaba a ella. Su indignación hacia Theo evidentemente dejada de lado.
—¿Qué?
—Está en la lista, están en la lista, —dijo, dando un pequeño paso adelante—. Hay tanto que contarte: seis años, después de todo. He intentado ir por orden y tomármelo con calma para que tenga sentido. Con mis amigos es diferente, antes no los conocías. Yo solo...
—¿No estás enfadado? —interrumpió Hermione.
—Estoy furioso, —dijo con un movimiento de cabeza en dirección a Theo—. Con él. —Draco hizo una pausa, escrutándola con una mirada cautelosa—. ¿No estás furiosa?
—Yo... —empezó Hermione—. No, creo que no. ¿Debería?
—¿Supuse que lo estarías? —respondió como si lo estuviera planteando como una pregunta. Dio otro pequeño paso hacia ella: un empujón—. Solo otra cosa sobre tu vida que aún no te he contado. —Sonaba agotado consigo mismo incluso mientras lo decía.
Hermione se encontró dando su propio pasito: un tirón.
—Intento ser más comprensiva, —admitió—. Tienes razón, seis años es mucho para aprender.
—Y lo estoy intentando, te lo prometo. Estoy intentando encontrar la manera correcta de contártelo todo.
La distancia entre ellos había vuelto a reducirse a la mitad. El aliento que Hermione soltó fue como si se quitara un peso de encima. Se aclaró la garganta.
—Supongo que deberías saberlo, —empezó—. En realidad conocí a Theo... bueno, lo volví a conocer, en marzo.
Hermione ignoró el "et tu brute?" susurrado por Theo al fondo. Aunque había que admitir que la referencia muggle le había parecido impresionante y se preguntó, en la onda de un pensamiento inconexo, si se lo habría enseñado ella.
—Marzo, —repitió Draco, con las matemáticas mentales evidentes en su cara.
Su mirada se desvió hacia Theo por primera vez desde que había ordenado a su amigo que se sentara.
Las manos de Theo se levantaron en señal de defensa tras colocar deliberadamente su varita sobre una mesa cercana.
—Sé lo que estás pensando, Draco, —se apresuró Theo. Los labios de Draco se habían juntado, las fosas nasales se encendían con cada inhalación controlada—. Estás pensando, "guau, Theo, mi mejor amigo. Estoy tan sorprendido de que tengas menos respeto por mis deseos que Pansy", lo cual, para ser justos, también fue una sorpresa para mí... pero, Hermione también es mi amiga, y tú lo estabas pasando realmente mal y yo solo quería ayudar y te agradecería que, cuando me hechices, apuntes a una parte del cuerpo que no vaya a echar demasiado de menos.
Draco tenía una mano en la sien, masajeando en un lento círculo, dejando a su paso una mancha de piel ligeramente rosada e irritada.
—¿Has terminado? —preguntó Draco.
—¿Si sigo hablando aumentan mis posibilidades de sobrevivir?
—No voy a hechizarte, Theo.
—Que gracia, Hermione me dijo lo mismo hace poco.
Draco miró a Hermione y ella se encogió de hombros, casi inquietantemente divertida más que nada por las payasadas de Theo, y cada vez más segura de que no se avecinaban daños corporales inminentes.
—¿Confío en que estás aquí por tu propia voluntad? —le preguntó Draco, cambiando de peso con lo que parecía una irritación apenas contenida. De un modo extraño, eso hizo sonreír a Hermione; el hombre lo intentaba.
—Íbamos a comer, —dijo.
Draco asintió, lanzando otra mirada molesta a Theo.
—Tengo que volver al trabajo, —dijo Draco lentamente, con pesar en cada palabra.
Por el rabillo del ojo, Hermione vio la colilla de un cigarrillo volar en arco antes de aterrizar en el suelo. Blaise soltó un suspiro desinteresado.
—No en las putas alfombras, Blaise, —refunfuñó Theo—. Son del siglo XVI, pagano de nuevo cuño. —Se abalanzó sobre el filtro del cigarrillo y se lo lanzó a Blaise antes de volver a su asiento.
—Vamos, Draco. Eso ha sido muy decepcionante, —dijo Blaise, levantándose y caminando hacia Draco con un movimiento lánguido que a Hermione le recordó extrañamente a un baile—. Menos mal que Pansy estará en Francia otras tres semanas, porque en cuanto se entere de que estabas haciendo amenazas vacías... —Blaise lanzó una mirada mordaz a Hermione. Dejó colgar el resto de la frase, y todas las implicaciones tácitas que conllevaba.
Draco sacudió la cabeza y volvió a coger su cartera del suelo, lanzando pequeños suspiros de frustración, como si no encontrase la mejor manera de expresar lo tremendamente molesto que estaba por toda la situación que se estaba viviendo en aquel salón.
Hermione cruzó el espacio que los separaba por instinto, de pronto abrumada por la sencillez de su conversación, por el entendimiento que había en ella. En cuestión de minutos, presenciada por Blaise Zabini y Theodore Nott, sintió un cambio cósmico enorme, un esfuerzo de ambos por comprender. Para evitar el dolor que sentían. Y el daño que estaban causando. Tan fácilmente, podría haber habido gritos, podría haber habido dolor. Pero no lo hubo.
Así que no pudo evitar acercarse a él, a pesar de la expresión de sorpresa en la cara de Draco cuando se detuvo, apenas a medio metro entre ellos, y le dedicó una pequeña sonrisa. Apenas visible detrás de su hombro, vio la cabeza de Blaise inclinarse.
—Gracias, —susurró, palabras destinadas solo a Draco.
Parpadeó, con la confusión manifestada en forma de cejas fruncidas.
—De nada, —dijo, con un tono como de pregunta e igual de tranquilo.
—Te veré esta noche.
Algo se transformó en su cara. Una sonrisa familiar creció, deslizándose más cerca de una sonrisa genuina, pero todavía pintada con un pincel confiado.
—Esta noche, —aceptó, más ligero, y se marchó. Blaise le siguió de cerca.
Un momento después, Theo habló desde su sitio en la silla que Draco le había asignado.
—Bueno. Yo, por mi parte, lo encontré sorprendentemente estimulante.
Hermione casi se ahoga de la risa, totalmente asombrada por el giro que había tomado su día.
—
—Creo que deberíamos tener una cita, anunció Hermione al aparecerse en el piso aquella noche.
Llevaba toda la tarde pensando en ello, flotando durante la comida con Theo, una tarde de exploración por el callejón Diagon y los treinta minutos que pasó paseando por la calle delante de su piso antes de decidirse a aparecerse.
Irreparable se había colado en su conciencia. La palabra se había colado de nuevo en su interior, instalándose en los espacios vacíos de su corazón y de su mente, donde una vez había guardado su esperanza, en lugar de sus recuerdos, esperando.
No quería esperar más. Ni siquiera estaba segura de que tuviera sentido seguir esperando.
Draco se sentó erguido en el sofá verde tachonado al oír su proclama y se quitó las gafas de leer.
—Oh, —dijo Hermione, distraída—. ¿Estás leyendo El Conde de Montecristo?
Draco pasó por varias posturas mientras Hermione se acercaba al sofá y se sentaba a su lado.
—Sí. Pero quizás deberíamos empezar por lo primero que...
—¿Es ese mi ejemplar? Lo vi en tu mesilla de noche...
—Lo es. Pero de nuevo, me gustaría volver a...
—Es mi favorito, aunque probablemente ya lo sepas...
—Sí. Ahora sobre la sugerencia de...
—¿Cuáles son tus partes favoritas? No me sorprende que a ti también te guste. Es muy...
Draco cerró el libro con el pequeño ruido sordo de las gruesas páginas y la encuadernación de cuero al juntarse, deteniendo su torrente de preguntas. Sostuvo el libro entre los dos en lo que parecía sospechosamente una defensa de su persona.
—En realidad... no me gusta el libro, —dijo. Hermione se quedó con la boca abierta.
—¿Qué?
—Lo intento unas cuantas veces al año. Pensé que podría volver a intentarlo hoy. Pero es tan aburrido. Creo que es mejor que nos quitemos esto de encima. —No parecía ni remotamente arrepentido.
—Pero es mi libro favorito, —protestó Hermione—. ¿Y ni siquiera te gusta?
—Me atrevería a decir que lo detesto. —Llevaba una sonrisa casi burlona, con los bordes de la boca crispados.
Hermione arrebató el tomo de donde él lo sostenía entre los dos, apretándolo contra su pecho, apreciado y legítimamente respetado. Un destello de dientes blancos y un hoyuelo la distrajeron de su indignación. Draco se reía, casi en silencio, pero su boca se ensanchó, una sonrisa genuina que le hizo sentir una punzada de familiaridad, de algo que sentía como su hogar, directamente en el pecho.
—Lo volveré a intentar. Siempre lo hago, —dijo, con pequeños resoplidos de risa que aún lo inundaban. Y aunque seguía riéndose de ella, en cierto modo no tenía el mismo factor de humillación que su risa de juventud. Se reía de ella con amabilidad, si es que eso existía. Ella no sabía que él era capaz de eso.
Se aclaró la garganta, serio de nuevo.
—¿Sobre esta cita que has sugerido?
—Bueno, no puedo tener una cita contigo ahora, no con un defecto de personalidad tan evidente.
Alargó la mano y le quitó suavemente el libro de las manos, dejándolo sobre la mesa junto a ellos.
—De todos mis defectos, nuestras opiniones divergentes sobre literatura no son la barrera de entrada aquí. —Hizo una pausa, con una mirada sombría. Se recuperó y sus rasgos se tornaron esperanzadores—. ¿Hablabas en serio? ¿Te gustaría salir?
Volvió a ordenar sus pensamientos, encaminada de nuevo a eliminar la palabra irreparable de su mente intentando algo diferente.
—Me gustaría, —dijo ella, sabiendo que ese permiso podría muy bien cambiarlo todo. Al momento siguiente, Draco parecía incapaz de ocultar su sonrisa—. Pero, —continuó ella. Su cara decayó una fracción—. Me gustaría ir a algún sitio nuevo, alguien con quien nunca hayamos estado juntos. Es que... —intentó encontrar la forma adecuada de explicar su aprensión, de explicar todas las vías que había considerado antes de armarse de valor para preguntar—. Me gustaría no estar en desventaja. Siento que siempre voy un paso, un recuerdo, por detrás, y estaría bien ir a un sitio neutral.
—¿Muggle o mágico? ¿O no te importa?
Hermione esperaba algún tipo de respuesta, un lugar favorito al que él quisiera llevarla, un recuerdo que quisiera revivir. Que se saltara por completo la parte en la que esperaba que no estuviera de acuerdo con ella fue una sorpresa que no había previsto.
—Oh... no, supongo... —ella tanteó—. No pensé en ir tan lejos.
Pareció pensárselo un momento, con el puño bajo la barbilla mientras la observaba, sumido en sus pensamientos.
—Está bien, —dijo finalmente—. Me ocuparé de todo. ¿Mañana por la noche?
—Mañana es martes.
—¿Esperas que tenga la fuerza de voluntad para esperar al fin de semana?
Era el tipo más extraño de autodesprecio envuelto en un cumplido que Hermione pudiera imaginar. Sintió que se ruborizaba. El hecho de que Draco Malfoy creciera en ella se había convertido en una complicada combinación de emociones, la más común de las cuales parecía estar al borde de la vergüenza en los momentos en que él casi la dejaba sin aliento con su cruda sinceridad.
—Algo sencillo, también, —enmendó sus términos—. Nada demasiado complicado. Solo me gustaría hablar contigo en algún sitio que no sea este piso, quizás compartir una comida. Sencillo.
—Puedo hacerlo sencillo, —le aseguró Draco, pero tenía una mirada un tanto lejana que a Hermione le recordó extrañamente la cara de intrigante del propio Harry.
—No estoy segura de creerte, —dijo.
Le devolvió la mirada, con una oleada de esfuerzo en el fondo de sus ojos grises.
—Haré que esto sea perfecto, Hermione. Puedes confiar en mí. —Y volvió a sonreír.
Lo estaba intentando.
—
Hermione dio un respingo cuando oyó que llamaban a la puerta del baño. Se había atrincherado dentro casi desde el momento en que llegó a casa después del día más largo de revisar informes en el Ministerio que jamás había tenido que soportar. Porque por mucho que una pequeña parte de su cerebro la reprendiera por el placer que sentía cuando pensaba en sus planes nocturnos con Draco, simplemente no podía negarlo. Hermione Granger estaba emocionada por tener una cita con Draco Malfoy. Era un pensamiento extraño que le rondaba por la cabeza, tanto que consideró decirlo en voz alta solo para comprobar lo absurdo de tal afirmación en el mundo real.
Llevó varias opciones de ropa al cuarto de baño, evitando intencionadamente las opciones de lencería más escandalosas que tenía a su disposición porque no había forma de que estuviera ni de lejos preparada para eso. Pero tampoco podía controlar los traicioneros y si... que le recordaban la existencia del cajón de sedas y encajes.
A Hermione le resultaba difícil recordar la última vez que sintió esas pequeñas emociones recorriéndola en anticipación de algo tan simple como una cita. Se preguntó si sería la última compuerta: permitirse sentir, aceptar lo que fuera que obviamente le había provocado la primera vez con él, por extraña que tal cosa pudiera haberle parecido al principio de todo aquello.
—¿Estás lista? —llegó la voz de Draco a través de la puerta.
Hermione soltó un pequeño suspiro. Decidió que estaba irrazonablemente nerviosa. Y también que aún no se había vestido del todo. Se había arreglado los rizos, se había acicalado lo mínimo, pero aún no había decidido qué ponerse. Se sentía importante. Puede que para él no fuera su primera cita, pero sin duda lo era para ella y había algo permanente, irreparable, en las primeras citas. La presión, por muy autoimpuesta que fuera, había empezado a volverla un poco loca.
Se acercó a la puerta, imaginándole al otro lado, nada más que una delgada barrera separándoles.
—¿Qué me pongo? —preguntó a través de los paneles de madera—. ¿Cómo de arreglada debo ir? Tengo algunas opciones aquí.
Casi podía oír su diversión a través de la puerta.
—Informal, —dijo, con la voz ligeramente amortiguada por el obstáculo entre ellos—. Voy a hacerlo sencillo, como me pediste. —Esta vez sí que oyó una risita. Sonrió al sentir que se relajaba un poco. Lo informal era bueno, calmaba algunos de los nervios que cargaban con el peso de sus expectativas.
Al final se decidió por unos vaqueros y una blusa de seda. Lo suficientemente elegante como para sentirse especial, e intencionadamente roja porque representar a Gryffindor le parecía lo correcto.
Abrió la puerta y se encontró a Draco apoyado en la pared de enfrente, con los brazos cruzados, parecía mercurio congelado y esculpido a la perfección. Era una larga línea desde la cabeza hasta los talones: delgado, ágil y exquisito. Hermione se preguntaba a qué temperatura, a qué calor provocado por el tacto o el gusto, podría derretirse en algo líquido y un poco mortal. Ya había sucedido detrás de sus ojos, un remolino plateado, su remolino familiar, atrayéndola.
Cualquier control que creía tener sobre los tartamudeos y sobresaltos detrás de sus costillas se evaporó.
Una sonrisa derritió las duras líneas de su mandíbula.
—Estás preciosa, —dijo.
Aún dudaba de la idea de un contacto casual, de cualquier contacto en absoluto, no desde su beso apenas perceptible, y le concedió mucho espacio mientras ella salía del baño.
—Gracias, —dijo ella, deseando poder controlar en cierta medida el rubor que sentía bajo la piel. Era casi desagradable, incómodo, en cierto modo, que la miraran como Draco la miraba ahora. Tuvo que apartar la mirada, aunque se las arregló para devolver el cumplido.
—Tú también estás muy guapo, —le dijo, orgullosa de que no tuviera que producirse ninguna reacción de pánico.
Debió de entender que ella evitaba el contacto visual como una motivación para moverse, porque pasó a su lado y se dirigió hacia la puerta del piso. Volvió a mirarla, todavía sonriente, prácticamente flotando en su buen humor y casi contagiando su efecto.
—Por aquí, —dijo, señalando la puerta—. Vamos andando.
Realmente informal.
—
—No se me ocurre ni una sola cosa que hacer que no esté relacionada de alguna manera con un recuerdo, —confesó mientras salían de su edificio—. En ese sentido, no tengo ni idea de a dónde vamos.
Bueno, este no era el comienzo que ella esperaba para la cita perfecta que él le había prometido. Esperaba que Draco tuviera cada momento de la velada planeado al segundo, meticuloso como cuando preparaba una poción o cuando contaba una historia de su pasado. En lugar de eso, le ofreció algo vago y nebuloso que pecaba de inusual.
—Nos quedamos en el Londres muggle, más que nada para que no nos reconozcan, —continuó—. Pero más allá de eso, vamos a elegir juntos. Así que, ¿cuántos minutos estás dispuesta a caminar para encontrar un sitio donde comer?
Frunció las cejas, intentando entender la pregunta.
—No es un truco, —dijo—. ¿Cuántos minutos?
—¿Trece...? Supongo.
Hizo un ruido pensativo.
—Ominoso, de acuerdo. Yo digo que empecemos por la izquierda.
—¿Y después de trece minutos? —preguntó Hermione.
—Eliges otra dirección y buscamos un sitio para cenar tranquilos.
Hermione ladeó la cabeza, aun descifrando lo que parecía ser un Draco Malfoy engañosamente despreocupado.
—¿Demasiado sencillo? —preguntó con un deje de preocupación—. Tengo una opción secundaria mucho más elaborada si...
—No, —dijo ella, en serio—. Esto es perfecto. Aún no estoy lista para grandes gestos románticos ni nada por el estilo.
Soltó un suspiro mezclado con una risita baja.
—Y cuando lo estés, —dijo—. Lo tengo preparado.
Podría haberse reído si él no pareciera tan devastadoramente serio.
Después de trece minutos caminando, uno al lado del otro, pero sin tocarse del todo, ella los guio hacia la derecha y encontraron un pequeño establecimiento que ofrecía comida clásica de pub y una amplia carta de cervezas. A su favor, Draco solo parecía moderadamente preocupado mientras se acomodaban en un reservado enfrente del otro.
—Puedo decir con seguridad que nunca habría elegido esto intencionadamente, —dijo con un intento de buen humor, pero se le escapó su cautela.
Hermione no pudo evitar la pequeña risa que se le escapó.
—No sé, es algo encantador.
Aún parecía dudoso, pero se tranquilizó un poco cuando tuvo un whisky en la mesa para distraer las manos. La conversación se calmó.
—¿Estás nervioso? —le preguntó. Su intranquilidad había alcanzado su punto álgido con todas las vueltas y revueltas con las que seguía torturando a su whisky. La dosis de confianza que había tenido cuando salieron del piso se había desvanecido, convirtiéndose en silencios incómodos y dedos que no dejaban de trazar el borde de su vaso. Ni siquiera había probado su bebida.
—No, —estuvo a punto de soltar, luego retrocedió—. Sí, lo siento, no quería decir eso. En mi cabeza se me daba mejor.
Hermione estuvo a punto de convencerse a sí misma de que se había movido preocupada por el vaso de whisky que él había estado manoseando, pero era una excusa poco convincente y ella lo sabía. Alargó el brazo por encima de la mesa y le apartó las manos del vaso. Sus dedos se enroscaron en los de ella con elegancia y práctica, y sus pulgares trazaron sencillos patrones sobre su piel. Él se relajó visiblemente, y parte de la tensión de sus hombros disminuyó.
—Yo también estoy nerviosa, —dijo Hermione, más distraída de lo que esperaba por el asalto de pequeñas chispas y zumbidos que recorrían sus manos mientras descansaban en las de él. Él las separó justo cuando el calor que subía por su piel empezaba a alcanzar una masa crítica.
Sacó algo de su bolsillo y se lo ofreció.
—No sé si has notado la falta de fotos en el piso, —empezó—. Las llevé a casa de Theo antes de que te dieran el alta en el hospital, no quería que... no quería que te sintieras incómoda. Y eran difíciles de mirar, para mí también.
Cogió el cuadrito de sus manos y le dio la vuelta. Dentro de un marco negro estaba la imagen en bucle de ella y Draco bailando juntos, atrapados a medio giro cuando él levantaba un brazo y le permitía a ella girar debajo de él. En la imagen en bucle, ella le sonreía ampliamente cada vez que se volvían a juntar después del giro. Él miraba hacia otro lado, con expresión oculta. Pero ella pudo ver cómo sus dedos se entrelazaban con los de ella mientras bajaba la frente y se apretaba contra la suya en un fugaz momento de intimidad antes de que el bucle volviera a empezar.
Un ligero escozor alertó a Hermione de las lágrimas que amenazaban con brotar.
—Es de la boda de los Potter, —dijo, observándola atentamente—. Es nuestra primera foto juntos. —Hizo una pausa, observándola forcejear—. ¿Hermione? —preguntó, y no era realmente por su nombre. Era una pregunta, ¿cómo estaba?
Ella asintió y sus ojos siguieron la danza en bucle que se repetía una y otra vez frente a sus ojos. Una agonía de disociación estuvo a punto de estrangularla; la caverna entre el conocimiento y el recuerdo creció hasta un tamaño imposible.
De todas las cosas que podía decir, gracias o esto es duro o duele más de lo que pensaba, se decantó por la opción más sencilla.
—Parecemos felices, —dijo.
—Ya te lo he dicho; fue una noche perfecta. —Sonrió.
Se afligió por él, repentina y agudamente, mientras su consulta del día anterior invadía sus pensamientos. Irreparable. ¿Y si nunca pudiera recuperarlos? ¿Recuerdos como el de aquel momento entre sus manos? ¿Y si él tampoco podía tenerlos? Para siempre fuera del paso de la mujer con la que los había compartido. Con el contexto adecuado, podía saber de los recuerdos, pero seguía sin poder recordarlos.
No sabía cómo podría destrozar su esperanza de la misma forma que lo había hecho la suya.
Levantó la vista hacia él, preocupada de que hubiera captado sus pensamientos errantes recorriendo su cara. En cambio, él parecía perdido en su propia mente.
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella en un esfuerzo por evitar el enredo de su mente.
—En nada. —Sacudió la cabeza, solo una vez, una acción desdeñosa.
Volvió a agarrar el vaso.
—¿Estás seguro?
—Fue un pensamiento injusto, poco amable. No vale la pena compartirlo.
—Oh. —Parpadeó—. ¿Sobre mí?
—Hermione, no tengo intenciones de arruinar esta noche.
Enderezó los hombros, algo en su psique no estaba dispuesto a dejarlo pasar.
—No hay casi nada en esta situación que sea justo, Draco. No te culparía por pensar así. Tal vez te sentirías mejor si lo compartieras de todos modos.
—Lo dudo.
—Me gustaría conocerte, —dijo—. Ya sabes, más allá de hablarme de nuestro pasado. Me gustaría saber más si puedo.
Apretó los labios, arqueó una ceja, quizá esperando que ella se echara un farol y se echara atrás. No lo hizo.
Concedió, y luego inclinó la cabeza hacia la foto que ella tenía en las manos, todavía en bucle a través de una escena feliz.
—Esa mirada en tu cara, como si confiaras en mí, me extraña, es todo. Eres la única persona en el mundo que ha confiado en mí de esa manera. Y cada vez que me miras como si te sorprendiera que fuera capaz de hacer algo decente... —Su boca se torció, luchando por encontrar las palabras adecuadas—. Es jodidamente horrible, para ser sincero. Pero sé que no es culpa tuya.
—Estoy segura de que Theo confía en ti, —intentó ofrecer Hermione mientras el sentimiento de culpa le revolvía las entrañas. ¿Cuántas veces había considerado la novedad de su decencia en los últimos meses? Probablemente más veces de las que podía contar. Y él lo había visto.
—No completamente. No de la forma en que tú lo hiciste. Él es lo suficientemente inteligente como para saber que, dada la elección entre tú y él, no puede confiar en que no sacrifique nada por ti. Y no se equivocaría.
Era un tipo de autoconciencia despiadada y brutal. Debería haberla inquietado, asustado con su intensidad.
—Es desalentador... la tarea de volver a ganarse esa confianza. Ni siquiera estoy seguro de cómo lo hice la primera vez, —concluye.
Al ver el conflicto en su cara, Hermione le habría dicho la respuesta, le habría dicho cómo hacerlo, de haberlo sabido ella misma.
En un muy necesario descanso de la gravedad de su conversación, llegó su comida, dándoles un respiro. Y Hermione se encontró con el placer de ver a Draco fruncir el ceño ante la comida del pub, encontrando algo ofensivo en sus patatas fritas.
—Entonces, ¿cuál es la historia con el sofá que nadie me quiere contar? —Hermione intentó un nuevo tema, algo más ligero. Ella sonrió mientras comía sus propias patatas fritas con cero quejas.
—Oh no, no. Estamos intentando pasarlo bien, ¿recuerdas? Ya nos hemos pasado bastante de la raya.
Ella lo miró fijamente.
—Sinceramente, entre tú y Theo, me habéis convencido en parte de que es algo mítico. Creo que podríais estar exagerando.
—Ya se está haciendo tarde. Y como mencionaste, es martes y tenemos trabajo mañana. La historia de ese sofá es demasiado larga para empezar ahora.
—Espero mejores excusas de un Slytherin, —le dijo.
Soltó una pequeña carcajada, pero no admitió sus pobres defensas.
—Theo ni siquiera se sienta en él, ¿sabes? —dijo ella.
Eso le valió una carcajada más sonora.
—No, espero que no.
Le volvió a fulminar con la mirada y cruzó los brazos. Ella también podía ponerse firme. Él casi le puso los ojos en blanco mientras deslizaba el resto de las patatas fritas en su plato con cara de alivio por haberse librado de ellas.
—Bien, una cosa, —concedió—. Theo nos ha... pillado haciendo cosas, en el sofá.
Los ojos de Hermione brillaron y se abrieron de par en par al comprender lo que quería decir.
—Dos veces, —concluyó, con una sonrisa de satisfacción firmemente plantada en su cara.
Hermione soltó una carcajada.
—
El resto de la cena transcurrió con una normalidad perfecta, casi ensayada. Entablaron una conversación ligera y segura, y Hermione pudo practicar cómo hacer sonreír a Draco, algo que tenía el potencial de convertirse en un nuevo y peligroso pasatiempo si no lo controlaba correctamente. Porque tenía una sonrisa tan bonita bajo esa mueca. De repente sintió el impulso de escribirle a Theo y contarle todo sobre el breve contacto de manos que habían tenido, porque la había hecho sentir salvaje e inestable y le había encantado.
Y cuando volvieron a su piso, Hermione se apoyó en la puerta, mirando a Draco, no muy preparada para volver a entrar en aquel espacio y regresar a sus rutinas.
—Gracias, —dijo ella, ofreciéndole una sonrisa de agradecimiento—. Esto se sintió como un progreso, ¿no?
La palabra irreparable intentó aparecer en su cabeza. La ignoró y siguió adelante, necesitada de saborear la cosita encantadora que habían plantado, nutrido y cultivado durante las últimas horas.
—Lo estoy intentando. Lo estás intentando. Ha sido estupendo. Así que gracias. Por ser paciente conmigo, especialmente.
Dejó que su mano se extendiera y que la yema de un dedo recorriera ligeramente su antebrazo, un reconocimiento en forma de tentativa caricia. No pudo resistirlo, quería una pequeña caricia para ella.
Se acercó más. Mercurio derretido.
Hermione se quedó sin aliento, momentáneamente aturdida por la severidad de sus ojos.
Dio un paso más y la aprisionó contra la puerta. El silencio entre ellos se hizo pesado, interrumpido únicamente por el pulso de ella rugiendo en sus oídos.
—He sido paciente, —suspiró él, dándole la razón, y ella apenas pudo oír las palabras mientras la bañaban. Las sintió más que nada—. He sido muy paciente, —repitió él.
Y estaba tan cerca, apenas un parpadeo entre ellos. Seis años colgando entre pestañas, párpados y labios.
Hermione cerró los ojos y respiró entrecortadamente, repentinamente perdida en el deseo. No podía mirarlo a los ojos, no cuando había tanto de su propio deseo reflejado en ellos.
—Por favor, Hermione, —dijo con la voz ronca.
Sus ojos se abrieron de golpe. Su mano derecha había encontrado el camino contra la puerta junto a su cabeza y cada respiración que tomaba parecía sacudirle mientras la miraba fijamente, realmente suplicante.
—¿Puedo, por favor? —volvió a preguntar, con algo letal latente bajo la superficie: permiso y una promesa.
Tragó saliva, luchando por encontrar las palabras. Finalmente asintió.
Esperaba que la besara.
En lugar de eso, su mano izquierda se posó en el cuello de ella, sus dedos encontraron un lugar en los rizos de la base del cráneo, pequeños puntos de presión acunando su cabeza mientras su pulgar rozaba la mandíbula.
Casi se abrasa bajo su contacto y, sin embargo, el único pensamiento que su mente pudo evocar en ese momento fue: es zurdo.
Su mano se movió y sus ojos siguieron su trayectoria. Su cabeza se apoyó en la puerta, incapaz de pensar con coherencia al ver la adoración absoluta en su cara.
Sus dedos se deslizaron hasta la parte delantera de su cuello, deslizándose entre la tela abierta de la parte superior de su blusa y bajando hasta que las puntas de sus dedos se posaron en el hueco de la base de su garganta. La palma de la mano le presionó el pecho, directamente sobre el corazón.
Sabía que él debía de sentirlo martillear, casi doloroso en su intento de escapar de sus costillas y huir con la deliciosa sensación de su piel contra la de ella. Extendió la mano y su palma se apoyó en el algodón frío de su camisa. Bajo ella, su corazón latía con la misma rapidez. Sus dedos se curvaron, agarrando la tela bajo ellos.
Pensó en sus palabras del mes anterior: un hombre en la horca.
—Estoy dispuesta a ofrecer un aplazamiento de la ejecución, —susurró ella, con los dedos más apretados. No tuvo que terminar la frase.
Él empujó.
Ella tiró.
Y por fin, por fin, su boca encontró la de ella. La mano de él serpenteó hasta la base del cuello de ella, y la otra la agarró de repente por la cintura con una fuerza exquisitamente indelicada. Ella le agarró la camisa con más fuerza y la otra mano se unió a la pelea mientras sus labios, cálidos y deliciosos, nada parecidos al hielo o al mercurio, la devoraban.
Exhaló un pequeño gemido contra su boca cuando él se apretó contra ella, eliminando hasta el último átomo entre ellos que no fuera suyo o de ella. Dejó que sus manos se perdieran entre los suaves mechones de su pelo, con las uñas rozándole el cuero cabelludo y el cuello.
Su gemido casi le hizo doblar las rodillas. El deseo la sacudió, como un expreso de Hogwarts a toda velocidad que atravesaba los tendones, los huesos y hasta la última fibra de su ser, prendiéndole fuego.
Y todo lo que ella podía pensar, por debajo de la devastación que era el movimiento de sus labios contra los suyos, el sabor de su lengua en su boca y la mezcla de respiraciones que la dejaban mareada, era una repetición de pensamientos castigadores.
¿Por qué ha esperado tanto?
¿Por qué se resistió?
¿Cómo es posible que no lo supiera?
Química, lo había llamado Ginny. Química ni siquiera empezaba a describirlo.
El beso de él era hambriento, famélico, haciendo que la capacidad de Hermione para pensar, y sobrepensar, se detuviera en seco. Su única concentración se redujo a la idea de más. Más dientes de él mordiéndole el labio inferior. Más de su mano deslizándose bajo el dobladillo de su blusa. Más de los ruidos casi silenciosos y reverentes que hacía entre respiraciones mientras la consumía.
Respiró hondo, con la cabeza dándole vueltas, mientras la boca de Draco vagaba, adorando su mandíbula, su cuello y una pequeña porción de piel cerca de la clavícula que hizo que se le enroscaran los dedos de los pies. Ni siquiera sabía que ese lugar existiera, y mucho menos que fuera capaz de hacer que un calor tan intenso corriera por sus venas.
Se arqueó contra él, completamente inundada. Y al hacerlo, sus caderas chocaron contra las de él, un regalo de fricción. Una maldición se deslizó de los labios de él contra el cuello de ella. Hermione casi se olvidó por completo de respirar, con la piel erizada, ruborizada y deseosa de más. Podía sentir la longitud de él, duro contra su estómago mientras él se balanceaba contra ella de nuevo, y su cerebro volvió a la vida.
Aún no estaba preparada para eso.
Sexo programado.
No estaba preparada para ningún tipo de intimidad así, todavía no.
Y por eso había esperado.
Quería más, pero necesitaba tiempo.
Le apartó las manos del pelo, mientras pequeños gemidos seguían escapando de su garganta mientras las caderas de él se mecían contra las suyas y sus labios recorrían un nuevo camino por su cuello, dejando a su paso un rastro de piel de gallina. Apoyó las palmas de las manos en su pecho y empujó con la poca fuerza de voluntad que le quedaba. Cuando él siguió besándola, ella volvió a intentarlo, con más fuerza, toda la que pudo reunir, y él salió disparado hacia atrás. Parecía tan aturdido como ella.
—Probablemente deberíamos parar, —dijo, odiando la forma de esas palabras en su boca. Sentía los pulmones como si acabara de subir y bajar varios tramos de escaleras.
Él sonrió: ojos vidriosos, labios colorados y el pelo cayéndole sobre la cara.
—Probablemente, —aceptó lentamente. Pero el deseo en sus ojos delataba la mentira.
Tuvo que apartar la mirada y darse la vuelta. La visión de un Draco Malfoy sonrojado y completamente excitado no era algo que pudiera olvidar pronto. Abrió la puerta del piso y entró, con pasos inseguros.
—Debería irme a la cama, —dijo—. Sola, —añadió, más para sí misma que para él.
Cuando se volvió, vio que él había entrado en el piso detrás de ella y ahora estaba apoyado al otro lado de la puerta, al otro lado de lo que acababa de estallar entre ellos.
Casi se parecía al arrogante Draco Malfoy que ella había conocido. Le guiñó un ojo y su sonrisa se transformó en una mueca de satisfacción.
—Estaré en el sofá si cambias de opinión.
Sacudió la cabeza, tomándoselo a broma. Pero, a pesar de todo, sintió un escalofrío.
Estaba, y no lo pensaba a la ligera, completamente jodida.
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Nota de la traductora:
Os dejo un par de fanarts en los comentarios.
