Ranma 1/2 es una obra cuyos derechos pertenecen a Rumiko Takahashi. Este fanfiction está realizado sin ningún ánimo de lucro y con el mero objetivo de divertir y entretener.

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La chica y el gato

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/2/

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Tal y como había prometido, no volvió.

La época de monzones estaba llegando a su fin, y Akane caminaba hacia su piso con mil millones de cosas en la cabeza.

Tenía materias que estudiar, también tenía que hacer la compra. Necesitaba estirar los músculos en su dojô familiar. Debería pasarse a ver a su padre y a sus hermanas. Había quedado con sus amigas para cenar el sábado. Debía hacer la colada. ¿Cuándo era su cita con el dentista?

Y a pesar de todo, su ocupada mente regresaba a él (¿ella?), y se odiaba por ello.

Lo pensaba con retorcido enfado porque se sentía utilizada, y eso la hacía estar furiosa consigo misma, pues no tenía ningún sentido. Se abandonaba a la confusión y a la vergüenza, incluso una vez se descubrió parada en la misma callejuela en la que había encontrado aquella maldita caja, quizás esperando encontrar un rastro, una pista que le demostrara que había sido real, que no lo había soñado.

No era como si quisiera volver a verlo, ese tipo era un bicho raro. En el mejor de los casos un pervertido con dotes de actuación envidiables, en el peor, una persona con problemas mentales y una habilidad prodigiosa para el disfraz.

Akane hizo una parada en el supermercado y compró comida para toda la semana. Regresó a su piso cargada y con ganas de ponerse el pijama y ver series en la televisión, lo que fuera con tal de dejar de pensar en ese maldito "gato". Mañana saldría a correr a primera hora.

Comenzó a colocar la comida en la nevera, y fue entonces cuando escuchó un fuerte trueno. La época de monzones casi había terminado, pero eso no significaba que no pudiera haber una última gran tormenta.

La lluvia la relajaba, pero ahora también le traía recuerdos.

Siguió con su tarea hasta que otro ruido la interrumpió, era un golpeteo. No, eran añazos. El sonido provenía de su habitación.

Akane avanzó con pasos indecisos, el sonido se volvió más nítido. Llegó hasta su ventana donde se adivinaba una sombra, un maullido suplicante.

Descorrió las cortinas con el corazón golpeándole la garganta y allí, a la altura de un segundo piso, apoyado sobre el quicio de la ventana con una habilidad digna del mejor equilibrista estaba el "gato".

Sus ojos azules se suavizaron al verla, y el maullido así como los arañazos en el cristal aumentaron hasta el absurdo.

—¡Tú! ¿Cómo has…? —empezó a decir ella, abriendo la ventana, el chico se coló a toda prisa dentro de la casa, sin pedir permiso.

La lluvia empezó a caer, justo a tiempo. El "gato" se sacudió, feliz de haberse librado de una buena. Akane le miró incrédula, con su elegante caminar sobre las manos y su inteligencia felina, reconociendo de nuevo el lugar.

¡Qué descaro! ¿Cómo se atrevía?

—No sé a qué estás jugando, ¡pero no puedes presentarte aquí cuando te viene en gana! —protestó siguiéndolo, el chico se detuvo delante de la cocina y la miró con inocencia—. ¡Sé que me entiendes! ¡Cuando te fuiste eras "normal"!

El gato torció la cabeza, casi pareció sonreír antes de frotar su lomo contra su pierna.

—¡Nada de ruegos! No creas que soy tan fácil —Ella se cruzó de brazos, pero el gato solo se frotó aún más fuerte con un sonoro ronroneo.

Akane suspiró vencida. Era un gato, uno gigante y atractivo. Se maldijo por haber deseado aquello secretamente, se odió por sentir un alivio tan complicado de explicar.

El chico maulló con pena y le rugieron las tripas.

—Oh, además vuelves con hambre —siguió Akane en tono duro, pero por suerte esa vez tenía provisiones.

Terminó de colocar la compra ante los ojos azules que la observaban curiosos. El chico golpeó con su "pata" un bote de mermelada que salió rodando por el suelo.

—Gato malo, eso no es un juguete, podrías cortarte —dijo colocándolo en la mesa.

Después sacó un paquete de carne picada y ante los ojos intrigados de su intruso hizo un salteado con verduras al que agregó arroz y huevo.

—No soy muy buena cocinera, pero mi hermana mayor me ha estado dando clases los últimos meses —dijo colocando un gran plato en el suelo.

El gato lo sopesó, se sentó sobre su trasero y se quedó esperando. Akane arrugó las cejas.

—Eso sólo pasó una vez, ¡puedes comer tú solo!

Maulló débil, y golpeó con su "pata" el plato. Akane puso los ojos en blanco y fue a buscar una cuchara.

Lo alimentó despacio, soplando a cada cucharada, igual que la primera vez. Cuando estuvo satisfecho se ocupó de sí misma, puso un drama romántico en la televisión y terminó de comer mientras el gato rezongaba a sus pies.

Era un manipulador y ella una simple, ¿cómo le resultaba tan sencillo salirse con la suya? Akane se descubrió observándole divertida, con una pequeña sonrisa asomando a sus labios.

¿Volvería a despertar a media noche y a salir insospechadamente por la puerta? De alguna forma todos los reproches que tenía para él, en realidad eran para el otro. El chico misterioso.

—Voy a bañarme, y esta vez no puedes mirar —dijo alzando un dedo y señalándolo muy seria, él no dio indicio alguno de haberla entendido y siguió jugueteando con un hilo que había encontrado por el suelo.

Akane se encerró en el baño y se dio prisa con el aseo, al rato empezó a escuchar un lamento junto a la puerta. Estaba claro que como gato era demasiado mimoso, aunque debía decir que eso no la molestaba.

Terminó de bañarse. Se aplicó crema en el cuerpo y en la cara, se peinó y de pronto, se encontró repasando con cuidado su rostro, mirándose coquetamente en el espejo. Un momento. ¿Se estaba preocupando de estar bonita antes de meterse en la cama? ¿Por… él?

El pensamiento la hizo sonrojarse, se llevó las manos a las mejillas y apartó la mirada de su reflejo. Los maullidos zalameros seguían escuchándose al otro lado de la puerta.

Tomó aire intentando librarse de tan perturbadoras ideas y salió del baño. El gato no tardó ni medio segundo en frotarse contra su pierna.

Akane tuvo ganas de gritar, pero en lugar de eso se sentó en la cama, y el gato no tardó en seguirla recostando la cabeza en su regazo, pidiendo caricias.

Con suavidad y no sin reticencias, Akane enterró la mano en sus densos cabellos negros. Eran lisos y suaves, ligeramente encrespados. Los peinó lentamente con las manos mientras el gato sonreía y se apretaba aún más contra ella. El calor de su cuerpo la abrumaba, pero no le apetecía bajar el aire acondicionado, por lo que se quedó ahí, tal y como estaba, recostada contra la pared, mientras el ronroneo y el calor del cuerpo de su particular mascota la sumía lentamente en un sueño dulce. Una tranquilidad que jamás pensó que podría encontrar en la compañía de otra "persona".

El último pensamiento de Akane antes de ser arrastrada por el sueño fue más bien un deseo, una petición:

—Debes tener una historia muy interesante… Ojalá y la compartieras conmigo.

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Si a Ranma Saotome le hubieran dado cien yens por cada vez que había despertado en los lugares más inverosímiles, podría fácilmente pagar una noche en un hotel de lujo, o en su defecto una cena de esas con sashimi del bueno.

El caso es que ya ni siquiera se mostraba contrariado cuando se descubría agazapado tras un cubo de basura, o metido entre los setos de un parque. Ni siquiera aquella vez, que despertó en la caseta de un perro, abrazado al peludo animal.

Pero de todos ellos, lo que le había ocurrido en las últimas dos ocasiones era sin duda lo más extraño de todo.

Abrió los ojos solo para encontrarse cómodo, cálido, alimentado. Con la cabeza apoyada sobre los muslos desnudos de una chica. Bien, nada de entrar en pánico. Al fin y al cabo, ya era la segunda vez. Y era la maldita misma chica.

Se apartó con sigilo, suavemente, esquivando sus manos y rogando a todos los dioses porque no se despertara. Jadeó cuando consiguió arrastrarse fuera de su cama.

Debía pensar, ¿por qué demonios estaba de nuevo allí? ¿No había sido lo suficientemente vergonzoso con una vez? Caminó hacia el baño disculpándose por el atrevimiento, usó el aseo y se lavó la cara y las manos. No pudo evitar fijarse en las cremas, los perfumes, las toallas con fresas bordadas… Se abofeteó la cara con fuerza.

—Espabila, imbécil —susurró con voz ronca, abriendo la puerta y dirigiéndose otra silenciosa disculpa a la chica que dormía sentada en la cama, con la cabeza caída, apoyada contra la pared.

Estuvo a punto de huir, salir pintando sin que ella se percatara en esta ocasión de su cobardía, pero volvió a mirarla, y se maldijo mil veces.

No podía dejarla así, seguro que estaba incómoda. Se mordió los labios, odiándose mil veces y caminó de puntillas hasta la cama.

Se agachó a su lado, y se permitió por primera vez observarla atentamente.

Tenía un rostro hermoso y unos labios pequeños pero carnosos, su respiración pausada hacía que su pecho subiera y bajara, revelando unos senos firmes bajo el fino pijama. Estaba en forma, era atlética, y sus cabellos cortos arropaban sus mejillas de forma adorable.

Ranma apretó los dientes. Joder, todo aquello sería más fácil si ella no fuera tan absurdamente bonita. Estaba claro que su impertinente gato interior era muy listo.

Empujó con delicadeza uno de sus hombros a la par que tomaba su cabeza con la otra mano, y la posó lentamente contra la cama, ella reaccionó acurrucándose, ¿tendría frío?

El chico echó un rápido vistazo por la habitación hasta que encontró una manta fina dentro de una cesta, regresó sobre sus pasos y la posó sobre su cuerpo. Se la quedó mirando unos segundos, quizás minutos, antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo y de nuevo abofetearse.

Esta vez sí encontró sus zapatos en la entrada de la casa, ¿se los había quitado ella? Los tomó en una mano y con la otra salió por la puerta. Solo cuando cerró a su espalda volvió a respirar. Se puso los zapatos y salió del bloque de apartamentos, estaba amaneciendo.

Uno de los vecinos le dedicó una sonrisa cómplice cuando vio que salía del apartamento de la chica, pero él decidió ignorarlo y apresurarse en regresar a casa.

Debía encontrar una solución de una maldita vez a ese problema, o terminaría por volverse loco. Deseó con toda su alma no volver a despertar en esa casa, pero igualmente se encontró, de forma completamente absurda, queriendo volver a verla.

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—No me molesta que pases fuera la noche, al fin y al cabo ya eres todo un hombre. Solo digo que al menos me avises, estaba preocupada —dijo Nodoka mientras le tendía a su hijo una bolsa llena de verduras, que Ranma tomó apartando el rostro.

—No lo tenía planificado —contestó abochornado.

—No te cuesta nada mandarme un mensaje, sigues teniendo teléfono móvil, ¿no? —inquirió ella saliendo de la frutería y comenzando a caminar por la calle comercial.

—Supongo… —masculló por lo bajo.

Su madre siempre vestía con exquisitos kimonos de seda, con peinetas lacadas y con una tradicional espada samurai atada a la espalda. Nodoka Saotome podría resultar de lo más intimidante si no fuera por su amable carácter y sus modales exquisitos.

La espada no era otra cosa más que parte de su atuendo, un recordatorio de una promesa, según le gustaba decir a ella con una sonrisa torcida.

Nodoka era una mujer hecha a sí misma, tierna, pero al mismo tiempo rígida en sus convicciones. Ranma no la había conocido hasta que cumplió los dieciséis, lo cierto es que su vida familiar era casi tan caótica como sus problemas vitales.

Por supuesto que su madre no sabía lo de su pánico a los gatos, y él no tenía ganas de que se enterara, suficiente drama había habido con lo del agua fría.

De hecho Ranma se estaba esforzando por superarlo, con nefastos resultados. Suspiró asumiendo que debería cambiar de metodología, y cuando antes.

Ese era su día libre, no tenía que entrenar y ella prácticamente le había obligado a acompañarla a modo de disculpa por sus desvelos.

Siguió a su madre de tienda en tienda, mientras ella se entretenía hablando con vecinas, clientas y conocidas. Era normal, su negocio no se alimentaba solo, aunque su buena fama era más que conocida en la comunidad.

El chico de la trenza rezongó ante la enésima parada frente a una tienda de ropa llena de mujeres. Nodoka comenzó a hablar con una joven, hija al parecer de una famosa doctora, y fue entonces cuando alguien chocó contra Ranma.

Él se giró, ella alzó la vista, ambos gritaron.

—¡Aaaaaaah!

—¡Aaaaaaaaaahhh!

Se alejaron más de un metro mientras se miraban incrédulos. Todas las personas de la calle se detuvieron a observarles, Nodoka dejó de hablar con la chica y se giró bruscamente.

Akane se llevó una mano al pecho llena de mudo asombro, sus mejillas se colorearon mientras sus ojos castaños (eran castaños llenos de motas doradas, ahora Ranma los veía bien) se abrían como soles y lo deslumbraban.

Ranma se quedó como un maldito pasmarote, sintiéndose arder hasta las orejas. Nodoka salió al rescate olvidando por completo su anterior conversación.

—Ranma, ¿va todo bien? —preguntó acercándose hacia su hijo, echándole un largo vistazo a la joven que había provocado semejante reacción.

Akane pegó un brinco al escuchar su nombre. Él sólo quería apartar la vista y volver a huir, lleno de la más profunda de las vergüenzas.

—S-si mamá, todo… bien —concluyó con un tono de voz que indicaba lo contrario.

—¿Os conocéis? —insistió su madre, a quien obviamente no se le pasaba por alto la forma en la que se miraban.

—¡No!

—Si.

Ambos volvieron a observarse, Ranma cubierto de sudor frío y francamente asustado, Akane con el ceño arrugado, contrariada.

—Es decir, quizás nos hemos encontrado de vez en cuando… —murmuró esquivo, ante la mirada de ambas mujeres.

—¿Dónde? —inquirió de nuevo Nodoka.

—En el dojô —se apresuró a contestar sin tiempo para pensar.

—En la facultad —salió ella al paso al mismo tiempo, sintiéndose en la obligación de responder la pregunta y solapando las equivocadas respuestas.

De nuevo ambos se quedaron viendo, atrapados en su mutua mentira. Akane repitió la palabra "dojô" moviendo sólo los labios, impresionada, mientras Nodoka sonreía discretamente. Su instinto nunca le fallaba, por eso era la mejor en su trabajo.

—Soy Nodoka Saotome —dijo la mujer dando un paso hacia delante e inclinándose de forma absolutamente impecable—, disculpa al maleducado de mi hijo.

—Oh, ¡no por favor! —Se apresuró a negar Akane poniéndose nerviosa, se inclinó también en señal de respeto—. Soy Akane Tendô.

Ranma contuvo el aliento ante el intercambio de disculpas del que era testigo, pero sintió el corazón dar un salto mortal cuando escuchó por primera vez su nombre.

Akane. Tendô Akane.

Sintió que el nombre le iba bien. Sintió que podría pronunciarlo una y otra vez y que sonaría natural en sus labios. Tuvo la incuestionable necesidad de hacerlo en ese mismo instante, solo la presencia de su madre consiguió inculcarle la suficiente cordura para contener su lengua.

—¿Tendô? —preguntó Nodoka llevándose una mano a la mejilla, pensativa —. ¿No serás, por casualidad, una de las hermanas menores de Kasumi Tendô?

Akane jadeó impresionada.

—Kasumi es mi hermana mayor… —contestó con un hilo de voz y los ojos muy abiertos, Nodoka sonrió radiante y hasta dio un par de palmaditas con las manos, absolutamente encantada con su descubrimiento.

Era la mejor.

—Oh, ya tenía ganas de conocerte. Kasumi ha sido una delicia de muchacha, ¿para cuando es su matrimonio? —preguntó cortés, aunque por supuesto que ya lo sabía, lo había acordado ella misma.

—Será en diciembre —susurró Akane echándole una mirada discreta al muchacho de la trenza, quien parecía no estar especialmente interesado en la conversación. Cambiaba su peso de un pie a otro, pero no se alejaba lo más mínimo.

—Tofu Ono será un marido estupendo, hacen una lindísima pareja. Lo supe nada más verla, como digo fue una delicia.

A Akane no le costó sumar dos y dos.

Saotome. La señora Saotome. La casamentera más famosa de toda la provincia de Kantô.

Palideció al entender que estaba hablando con una de las mujeres más destacadas de toda la comunidad, y con la responsable de acordar la primera cita de su hermana mayor, y por ende, su feliz compromiso.

Akane hizo una severa reverencia al entender que no la había tratado con la deferencia que merecía.

—Señora Saotome, es un placer conocerla.

Nodoka sonrió siguiendo las piruetas mentales de su interlocutora.

—Acompáñame, Akane —sugirió, aunque obviamente la muchacha no tenía opción a una negativa.

Comenzaron a caminar por la calle principal, ante la mirada del chico de la trenza, quién se esforzaba con toda su alma en parecer desenfadado, con escasos resultados porque más bien daba la impresión de ser un celoso guardaespaldas. Uno con problemas.

—Dime, ¿estás soltera? —directa a la yugular.

Ranma carraspeó de forma sonora.

Te estás pasando.

Su madre sonrió confiada.

Sé lo que hago. No molestes.

—Yo… si, lo estoy —contestó Akane, ajena a la silenciosa conversación entre madre e hijo.

El chico pareció aligerar un poco el paso.

—Bien, dijiste que conocías a Ranma de la facultad, ¿qué estudias?

—Veterinaria.

—No me jodas —masculló él entre dientes, como si fuera un maldito chiste.

Eso le valió una nueva mirada de advertencia de su madre, y una fulminante por parte de Akane.

—Se necesitan muy buenas notas para acceder a la facultad de veterinaria, seguro que eres una excelente estudiante. Si no me equivoco, tu familia tiene un dojô, ¿también te interesan las artes marciales?

Eso pilló a Ranma absolutamente desprevenido, el chico de la trenza contuvo el aliento mientras se comía con los ojos los labios de aquella chica, las palabras que afloraban de ella.

—Lo cierto es que practico siempre que puedo.

Nodoka volvió a juntar las manos, deleitada.

—Oh, ya veo. En mi opinión, creo que eres una chica formidable, ¿te interesa una cita? Podría conseguirte un buen puñado de candidatos.

—Es que… bueno, le agradezco la oferta, pero ahora mismo no estoy interesada en citas. Estoy centrada en mis estudios.

—Lo entiendo, aún eres joven, no hay prisa. Aunque si cambias de parecer… —Nodoka se sacó una discreta tarjeta de color pálido de la manga de su kimono. En su revés sólo estaba escrito su nombre y su teléfono con una exquisita grafía en tinta.

Akane aceptó la tarjeta con ambas manos en señal de respeto, Nodoka hizo una reverencia y después se dirigió a su hijo, le arrebató la bolsa de vegetales y sonrió confiada.

—Me vuelvo a casa, se hace tarde. Por suerte Ranma tiene el día libre, seguro que es tan amable de acompañarte en tus compras, es lo mínimo por las molestias.

—¡No ha sido ninguna molestia! —contestó ella enrojeciendo y dirigiendo miradas esquivas al chico que tenía de frente.

—Créeme, el día en el que te consiga una cita, tu futuro marido me pagará una pequeña fortuna —dijo con la confianza de quien se sabe en posesión de la más absoluta certeza—. Hasta pronto, Akane.

Y se marchó sin dar oportunidad a réplica, Akane tembló al pensar que ahora estaba en la lista de la más famosa y certera casamentera de Tokyo. Esa mujer era una leyenda. Y su hijo… Su hijo estaba petrificado a su lado y los ojos le daban vueltas, como si estuviera resolviendo un problema matemático con demasiadas cifras.

Estaban solos. Más o menos.

Se miraron tímidos, casi como si lo hicieran por primera vez. En seguida la muchacha frunció el ceño y alzó la barbilla orgullosa, él dio un paso atrás.

—Creo que me debes una explicación —soltó cruzándose de brazos.

Él también frunció el ceño.

—No tengo ni idea de lo que está pasando, eso es todo lo que puedo decir —contestó esquivo, metiéndose las manos en los bolsillos y mirando hacia ambos lados de la calle, no quería tener esa conversación ahí.

—¿Cómo?

—¡Te digo que yo tampoco lo entiendo! De hecho eres tú quien me tiene que explicar lo que está pasando, porque no recuerdo nada.

Ella abrió su preciosa boca en una muestra de asombro descreído.

—¿No recuerdas que ayer antes de la tormenta viniste a mi casa?

Ranma se estremeció, por supuesto que no recordaba nada, y menos después de ir al encuentro de aquella turba de gatos.

—¿Podemos hablar en otro lugar?

Ella alzó una ceja, pero accedió, siguió al muchacho fuera de la calle comercial. Caminaron hasta un templo cercano, entre árboles y pequeñas estatuas de buda llenas de musgo fresco.

—Mejor —dijo él, ya mucho más tranquilo. Se giró a mirarla, y sintió como todos sus argumentos se desmontaban uno por uno.

Diablos. Mierda. Era guapísima. Y con ese gesto de enfado le gustaba aún más. Ranma se aclaró la garganta, intentando ganar tiempo y algo de aplomo.

—Yo nunca recuerdo nada cuando me "vuelvo" gato —confesó de corrido, a lo que ella batió las pestañas y le observó como el bicho raro que era.

—¿Cuándo te "vuelves" gato?

—Es una técnica marcial milenaria que… En todo caso te puedo asegurar que NUNCA me había despertado en una casa ajena. Y no sé por qué lo he hecho en tu casa dos veces, pero no creas que me agrada lo más mínimo.

Akane abrió su preciosa boca para protestar, y él entró en pánico. No porque temiera una pelea, si no por ser cruelmente atrapado en una mentira. Por ser sorprendido con detalles escabrosos sobre su comportamiento, descubrió que se odiaba en aquellos momentos.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir, maldito desagradecido? —preguntó indignada, cerrándole la bocaza—. Esperaba, al menos un "gracias por cobijarme, darme de comer y no permitir que pescara una neumonía", pero ya veo que me he equivocado contigo.

Ranma tragó duro. Durísimo. Y maldita fuera si ella no tenía razón. Intentó hablar, pero las palabras simplemente no le salieron, se quedaron atascadas formando un amargo tapón.

—Entiendo que tienes problemas, ¡pero eso no te excusa de ser imbécil! —Akane se giró con la intención de marcharse y él, por puro instinto alzó la mano intentando retenerla—. ¿Sabes? Creo que te prefiero cuando eres un gato —concluyó lapidaria, y la mano de Ranma tembló y se cerró en un puño.

Ella se marchó sin mirar atrás, dando pisotones, airada, y él se quedó allí, con los pies demasiado pesados, con las piernas rígidas, incapaz de moverlas.

Y en su humillación no pudo evitar preguntarse por qué las palabras de aquella chica le habían dolido tanto.

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Hola de nuevo,

las vacaciones son un momento caótico, ¡pero también de inspiración! Y creo que tengo ganas de escribir, o al menos la cabeza lo suficientemente despejada para volver a hacerlo. Como ya dije en el capítulo anterior, esta es un fic sencillo, de un gato que DECIDE que ahora tiene dueña. Lo cual ya me han indicado varias personas que es un comportamiento muy de gato. Ranma tiene una cat-energy maravillosa, y en este fic parece que se ha metido en un buen lío, jiji.

Gracias por la maravillosa acogida de este fic, me dais tanto amor con vuestras reseñas que a veces no se muy bien como devolverlo, así que intento en la medida de lo posible darme prisa actualizando, pero la vida adulta es complicada (que os voy a contar, si seguro que vosotras estaís igual).

Mil gracias a mis betas, Sakura y Lucita, cuyos veranos también están siendo agitados por varias razones, por revisar y corregir mis capítulos con tanto cariño.

Nos leemos en breve!

LUM