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Aún estaba oscuro cuando llegó al bosque. Se había despertado muy temprano y había decido empezar con el entrenamiento por su cuenta. Tenía que dar su mejor esfuerzo, incluso si había sufrido una de esas noches de insomnio.

El recuerdo de la noche anterior le hizo arder las mejillas. Ella era una chica tímida pero no mojigata, así que pensar en la masturbación no era lo que le producía esa reacción, sino las fantasías con las que se había inspirado. La visión de la blusa mojada, pegada a esa parte del cuerpo de lady Tsunade, le había renovado la pasión y los deseos de tocar y...

El ruido de unos pasos la sacaron de sus pensamientos. Se tensó por un momento, pero, apenas escuchó el «Hola, Athena» de lady Tsunade, se relajó... por una fracción de segundo, pues la vergüenza la embargó en el instante en que vio el rostro de la Hokage.

Tragó saliva e hizo un gran esfuerzo por engullirse el nerviosismo y enfocarse en lo que su maestra iba a enseñarle.

—B-buenos días, milady.

La Hokage no perdió tiempo y empezó a explicarle en qué consistía el entrenamiento de esa mañana. Sin embargo, Athena tomó nota de que había llegado antes del amanecer y de que había algo extraño en la manera en que hablaba y gesticulaba. Evadía su mirada, la voz le temblaba ligeramente y ¿tenía las mejillas sonrojadas? Era un poco difícil asegurarlo debido a la falta de luz. ¿Acaso lady Tsunade estaba nerviosa? ¿Enferma?

Athena se acercó más a ella.

—¿Se encuentra bien, milady?

—Sí, claro. —Trató de sostenerle la mirada, pero, después de un segundo, se fijó en el árbol más cercano.

Athena la observó. Su actitud era un poco parecida a la que había tenido después del beso en su cumpleaños. El miedo la recorrió, ¿y si lady Tsunade volvía a alejarse?

—¿M-milady?

Lady Tsunade posó los ojos en ella y se mordió el labio inferior. Y fue en ese instante que Athena reconoció lo que era. ¿Acaso ella no había tenido una actitud parecida la primera vez que se había tocado pensando en la Hokage? La comprensión de que habían estado haciendo exactamente lo mismo la noche anterior le produjo un escalofrío que le recorrió toda la espalda, y sintió lava en la boca del estómago.

—No me mires así —exhaló lady Tsunade.

—¿D-disculpe?

—Puedo ver lo que estás pensando. No debemos...

Sin embargo, Athena no escuchó más. Tal como había ocurrido aquella vez de la prueba, con la luz del amanecer, la belleza de lady Tsunade se intensificaba. Sintió un leve estremecimiento en su interior, como si se estuviera abriendo una puerta hecha de concreto.

—¿Athena?

—Milady... yo... —Dio un paso hacia ella.

—No podemos... —susurró la Hokage.

—Lo sé. Pero lo desea, ¿verdad?

Lady Tsunade no respondió, aun así, Athena lo leyó en su mirada. Dio un último paso y quedó a pocos centímetros de ella. Después de todo lo que se había imaginado hacía solo unas horas, añoraba un poco de realidad. Levantó la mano y le acunó el mentón.

—¿Puedo? —preguntó mientras la miraba a los labios.

La Hokage cerró los ojos y asintió, así que Athena no perdió tiempo y se inclinó.


Tsunade debería haberse negado; el remordimiento de la noche anterior aún se aferraba a ella como una sombra persistente. Sin embargo, de alguna manera, era débil ante Athena; se doblegaba ante su mirada y sus palabras.

La suave presión de los labios de Athena contra los suyos la hizo suspirar de satisfacción, y el primer roce de sus lenguas le arrancó un gemido que le resonó en el pecho, despertando en ella un deseo feroz y avasallador. Deslizó las manos por el cuello de la chica y la atrajo más hacia ella, como si quisiera fundir sus cuerpos en uno solo. No supo que había estado retrocediendo hasta que su espalda chocó suavemente con una superficie áspera.

Athena la tenía aprisionada contra un árbol, devorándole la boca con besos ardientes, sus manos recorriendo con avidez los contornos de su cuerpo y rozando los cimientos de sus senos con delicada insistencia. La intensidad del momento estaba dejando a Tsunade sin aliento, cada caricia le encendía más la piel. Ah, no, pero si Athena pensaba que iba a tenerla a su merced, estaba muy equivocada; ella no era una mujer que se dejara dominar fácilmente. Sin embargo, en el instante en que la chica abandonó sus labios para darle un beso húmedo en el cuello, su resolución tambaleó. La sensación de un muslo firme entre sus piernas y una mano explorándole el pecho la hizo temblar y jadear, traicionando su necesidad contenida.

La situación se estaba saliendo de control. Alguien podría verlas. Además, el ANBU encargado de vigilar a Athena estaría presenciándolo todo.

—Athena —dijo con voz entrecortada—. Espera.

Pero la chica no escuchó. Tsunade la tomó por los hombros, en un intento de recuperar el control de la situación; no obstante, Athena la tomó de las muñecas y le subió los brazos por encima de la cabeza, presionándolos contra el árbol con una firmeza inesperada. Luego, se inclinó de nuevo para pasarle la lengua por el cuello y bajó una de sus manos para volver a posársela en el pecho, su pulgar acariciando el pezón erecto a través de la tela de la blusa. Las rodillas de Tsunade flaquearon, y un calor abrasador le recorrió el cuerpo, aumentando la humedad pegajosa entre sus muslos.

Sacudió la cabeza para tratar de despejarse la mente y tomar rienda de sus instintos. Debía ser fuerte y poner fin a lo que estaba pasando.

—Athena, hay que parar —susurró con un rastro de desesperación en la voz.

No hubo intención de parte de la chica por detenerse.

Finalmente, con un último esfuerzo de voluntad, Tsunade logró empujarla con su cuerpo, haciendo acopo de su fuerza, para poder liberarse las manos y alejarla de ella.

—Athena, ¿qué...? —Pero no llegó a finalizar la frase, pues, en cuanto los ojos de la chica se posaron en los de ella, notó el brillo púrpura resplandeciendo en ellos—. ¿Athena? —preguntó con precaución.

La chica permaneció quieta, con semblante serio, pero con la respiración agitada.

Tsunade dio un paso hacia ella y extendió la mano para acunarle la mejilla. La chica cerró los ojos por un momento y, cuando los abrió, el brillo ya no estaba. Su expresión se tornó en horror cuando miró a Tsunade.

—Mi... milady... —trató de hablar—, ¿la... la lastimé?

—No. ¿Qué fue lo que ocurrió?

—Yo... no sé. E-era como si no pudiera detenerme. ¡Dios! —Dio un paso atrás y escondió el rostro entre las manos—. Lo siento mucho. —Cuando bajó los brazos, tenía lágrimas en los ojos—. Perdóneme, milady.

Tsunade trató de acercarse, pero la chica retrocedió.

—¡A-aléjese de mí! —dijo con desesperación—. ¡N-no quiero lastimarla!

—Está bien. No pasó nada. —A Tsunade se le estaba arrugando el corazón verla así de afectada.

Athena sacudía la cabeza de un lado al otro.

—Pero no quería detenerme... —se ahogó en un sollozo—, aun cuando usted me lo estaba pidiendo.

—No eras tú —trató de explicar—, tenías ese brillo púrpura en los ojos.

Una mueca de pánico se le formó a la chica en el rostro.

—¡¿Qué?! Pero si no estoy combatiendo o algo así...

—Siéntate. Necesitas calmarte... Respira...

Athena estaba temblando, y un destello púrpura le brilló en el abdomen; al parecer, iba a perder el control como aquella vez en el bosque. Tsunade se fue acercando a ella lentamente hasta que pudo ponerle una mano en el hombro; Athena hizo el ademán de alejarse, pero, en un movimiento ágil, Tsunade la envolvió en sus brazos.

—Está bien, mi amor —le susurró al oído—, no pasó nada. Solo respira. —Sintió que Athena se relajaba y empezaba a regular su respiración—. Eso es... sigue así —le repetía en voz baja mientras le acariciaba la espalda.

Al cabo de unos minutos, al ver que la chica parecía más serena, Tsunade la guio hacia el río y le pidió que se lavara el rostro. Eso la ayudaría a recobrar más la compostura. Athena obedeció en silencio.

Otros momentos transcurrieron sin que ninguna de las dos pronunciara palabra. Después de lavarse y secarse con la chaqueta, Athena se sentó contra un árbol, con la mirada pegada al suelo.

Tsunade rompió el silencio.

—Ese chakra está ligado a tus emociones más intensas, ya sabes: ira, miedo, desesperación, determinación... —hizo una pausa—, deseo... —Ahora sabía hasta dónde llegaban los sentimientos de la chica.

Athena enrojeció. Se veía mortificada.

—E-esto es muy v-vergonzoso.

Tsunade no lo veía de esa forma; de hecho, si no fuera por su sentimiento de culpa y sentido del deber, se estaría sintiendo muy engreída por evocar un deseo tan crudo en ella. Sin embargo, apaciguó sus propias emociones y dejó que la mentora tomara el control de la situación.

—Athena, creo que la razón por la que pierdes el control de esa manera es porque reprimes mucho tus emociones.

Al fin la chica levantó la mirada.

—¿A qué se refiere, milady?

—No te permites expresar lo que sientes. No eres de las que se enoja, grita, llora, patalea. ¿O me equivoco?

Athena negó con la cabeza.

—Supongo que por eso tampoco puedes controlar tu chakra normal —prosiguió Tsunade—. Tienes que dejar fluir más tus emociones, no las escondas ni te las guardes.

Athena miró hacia el cielo y guardó silencio por unos instantes.

—¿Y cómo hago eso?

—Por ejemplo, cuando haya una situación que te incomode o te frustre, permítete sentir enojo y exprésalo; no hay nada de malo con una pequeña dosis de ira, tristeza, desesperación, etc. No dejes que eso se acumule en tu interior.

La chica la miró.

—Pero hay cosas que no debo sentir.

Por el brillo en sus ojos, Tsunade dedujo que se estaba refiriendo a sus sentimientos por ella; así que se acercó, se arrodilló para estar a la altura de Athena, juntó sus frentes y cerró los ojos.

—No hay nada de malo en lo que sientes por mí —le dijo en voz baja—. No hay nada de malo en que me desees, en que quieras estar conmigo físicamente. —Deslizó la cabeza hasta el hombro de la chica para esconder su rostro y murmuró—: Yo también te deseo.

Escuchó un suspiro tembloroso de los labios de Athena. Luego, la chica la guio para que tomara una posición más cómoda frente a ella, la envolvió en sus brazos y comenzó a acariciarle el cabello y la espalda.

Varios minutos transcurrieron con ellas abrazadas, sus cuerpos encontrando consuelo en la cercanía mutua. Después de las emociones tan intensas que habían experimentado momentos atrás, ese instante de calma era un bálsamo para sus almas agitadas. En ese abrazo, Tsunade volvía a afirmar lo bien que se sentía con Athena; no solo era la atracción física —aunque el recuerdo del ardor de sus besos y caricias aún la hacía estremecer—, sino también la conexión emocional entre ellas, la comunicación sin restricciones y la certeza de que podía mostrarse vulnerable sin miedo a ser juzgada. Athena le ofrecía un refugio, un lugar donde podía dejar caer la máscara de la Hokage y ser simplemente Tsunade.

Athena la apretó más fuerte, como si temiera que se escaparía de entre sus brazos en cualquier momento.

—Perdóneme por lo que pasó hoy, milady. Haré todo lo que esté a mi alcance para mejorar.

—Y yo te voy a ayudar.


Lady Tsunade la había llamado «mi amor». Aún le palpitaba el corazón con fuerza al recordarlo, y un dulce calor le recorría el pecho. Sin embargo, esa hermosa memoria se veía empañada por la culpa de sus acciones. La Hokage le había asegurado que todo estaba bien, pero Athena sabía que lo ocurrido no era normal. Por más chakra púrpura que tuviera en su cuerpo, había sido inaceptable que no se hubiese detenido cuando lady Tsunade se lo había pedido.

La vergüenza y el remordimiento volvieron a invadirla, pero bajo esa capa de humillación surgía una nueva emoción: determinación. No podía permitir que algo así volviera a suceder. Jamás se perdonaría hacerle daño a su amada, a sus amigos o a doña Hana. Se prometió a sí misma que encontraría una manera de controlar su poder, y si eso significaba que tendría que mostrarse vulnerable al expresar sus emociones, entonces lo haría. Estaba cansada de sentirse culpable, de esconderse y de la vergüenza que la acosaba constantemente.

Con esa nueva resolución firmemente arraigada en su corazón, se permitió un suspiro profundo. Colocó la cabeza sobre la almohada y se sintió un poco más en paz consigo misma. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño, con la esperanza de que, al despertar, encontraría la fuerza necesaria para enfrentar sus demonios y proteger a quienes amaba.