.


━━━━━━•◦ ❈ ◦•━━━━━

CAPÍTULO 2.

━━━━━━•◦ ❈ ◦•━━━━━

Cuando se detuvo ante la puerta de la celda quinientos treinta y cuatro, Harry respiró hondo antes de agarrar el pomo de hierro y abrir la puerta de un tirón. La habitación en cuestión no tenía ventanas y la única iluminación provenía de una bombilla que colgaba desnuda del techo. Las paredes eran de hormigón y el mobiliario constaba de una mesa con un par de sillas carcomidas por la humedad.

Recorrió la pequeña sala con la mirada y allí, sentado en una de ellas, se encontraba el espía. Era la primera vez que lo veía personalmente y, a decir verdad, no era para nada como se lo había imaginado.

El hombre vestía una túnica negra raída en algunos lugares, llena de tierra y manchada de lo que parecía ser sangre seca. No tenía la capucha sobre la cabeza así que pudo ver su rostro con total claridad. Se hallaba espatarrado sobre la silla en una pose tan desenfada que Harry no pudo evitar pestañear varias veces. El pelo castaño rojizo le caía sobre los hombros enredado y sucio, pero a pesar de su aspecto desaliñado tenía el porte digno de un rey.

Delgado, pero no desgarbado. Fuerte, pero no imponente. Un rostro bastante anodino y unos ojos azules muy comunes. Según sus cálculos debía rozar la treintena y para ser alguien quien había huido del mismísimo infierno hacía unas pocas horas, se lo veía extrañamente relajado.

Harry caminó dando un par de pasos hasta situarse a una distancia prudencial de la mesa recordando las palabras de Ayden y apretando con suavidad la varita entre los dedos.

«Es...peligroso», había dicho el auror.

No se acercó a la mesa y tampoco hizo el ademán de sentarse en la silla restante. Simplemente se quedó de pie, cerca de la puerta, estudiándolo con calma.

El hombre al fin se movió. Se echó hacia atrás, apoyando la espalda contra el respaldo de la silla y sus labios se curvaron en una sonrisa torcida pero lo suficientemente amplia para que Harry fuera capaz de verle los dientes. Eran demasiado afilados para un humano y de un color negruzco parecido al carbón, como si estuvieran pudriéndose poco a poco desde la raíz. Un claro indicio de que consumía delirum con habitualidad.

Razón de más de mantener la distancia. A pesar de la que la sala de interrogatorio estaba preparada para inhibir cualquier tipo de magia proveniente de los presos, los efectos secundarios del delirum solían dar más de una sorpresa inesperada.

Harry abrió la boca para terminar de una vez por todas con aquello, pero el espía se adelantó.

—El Elegido ha venido a salvarme al fin.—sus ojos azules lo recorrieron mientras arrastraba las palabras con cierta ironía.

La verdad era que no había nada que salvar. Una vez que Harry le sacara toda la información que necesitaba sobre lo que había sucedido y todo lo que el espía sabía hasta ese momento, sería enviado de vuelta a Azkabán a la espera de que el Wizengamot se planteara que hacer con él. Lo que podría tardar meses, incluso años.

No iba a ser él quien lo sacara de su error.

— ¿Por qué abandonaste tu puesto en la Dalia?—preguntó Harry.

Lo que recibió fue un silencio absoluto. Al cabo de unos segundos el hombre se encogió de hombros. La túnica se deslizó con el movimiento exponiendo una fea cicatriz alrededor del cuello.

—Necesitaba unas vacaciones.—respondió mientras se miraba las uñas sucias con fingido interés.

Harry sonrió, aunque más bien fue una mueca desagradable. Ese cabrón no iba a ponérselo fácil. Conocía a los de su calaña muy bien. Jugaban con ellos, los mareaban y engañaban para ganar más tiempo de libertad antes de ser devueltos de nuevo a Azkabán.

—¿Te refieres en Azkabán? —preguntó Harry pero en esa ocasión su voz se tornó amenazante, una especie de gruñido de advertencia que no pasó desapercibido por su oponente.— Según me han contado hay bastantes celdas vacías y hace un clima maravilloso en esta época del año.

La mención de la prisión pareció surtir efecto en el ex convicto ya que su cuerpo se tensó perceptiblemente y en sus ojos brilló algo parecido al miedo. Harry estaba acostumbrado a ese tipo de miradas, llenas de pánico y de horror ante la incertidumbre de si volverían a pasar el restos de sus vidas encerrados entre aquellas cuatro paredes. Pero su rostro se mantuvo pétreo y sin ningún tipo de emoción.

—No pienso regresar ahí. —dijo el espía apretando las manos en fuertes puños sobre la superficie de la mesa.—Prefiero el nido de ratas del que acabo de salir antes que poner un pie en ese asqueroso lugar.

Harry admiró la seguridad con que lo dijo. Como si él fuera una excepción, como si fuera diferente al resto de maleantes que ya habían pasado por su misma situación con anterioridad. En parte, lo era. Nunca habían tenido un espía así de letal y eficaz, pero su nuevo presente no borraba en absoluto las huellas de su pasado.

Ante sus ojos, seguía siendo un delincuente.

—Entonces responde a mi pregunta. ¿Por qué razón abandonaste tu puesto en la Dalia Negra?

El hombre alzó el mentón desafiante.

—Si quieres que hable...—siseó despacio y con lentitud, como si estuviera saboreando las palabras—. Dame algo a cambio.

Harry alzó una ceja.

—¿Sabes que podría hacerte hablar aunque no quisieras?

El espía se puso de pie antes de que Harry pudiera reaccionar. La tela de la túnica cayó sobre su cuerpo como una cascada negra y Harry alzó la varita hacia delante lanzando un hechizo de esposas invisibles. Pero el hombre no se inmutó, tan solo miró sus manos atadas en contra de su voluntad.

—No creía que el bondage fuera lo tuyo, Potter.—se burló soltando una carcajada vacía y hueca mientras se movía por la habitación.

La forma en la que dijo su apellido... Hizo que un escalofrío familiar le recorriera la espalda. Harry no bajó la varita en ningún momento. La mantuvo en alto mientras observaba como el individuo se movía por la sala.

Estaba descalzo y sus pies desnudos se deslizaban por el suelo de piedra con demasiado sigilo. Harry sabía que no podría hacerle daño aunque quisiera, pero ninguna precaución era poca cuando se trataba de criminales como él.

—Un Imperius sería más placentero.

El hombre sonrió ante sus palabras mientras bordeaba la mesa, las muñecas fijas delante de su cuerpo.

—¿Quieres saber por qué salí corriendo de allí, Potter? —murmuró acercándose a la pared donde él estaba apoyado—. Entonces concédeme lo que te pido y te prometo que tendrás acceso al mismísimo corazón de la Dalia.

Harry suspiró pesadamente. Estaba tan aburrido de todo esto. Siempre era igual: ellos rogaban, y el Ministerio se negaba a ceder.

—Soy yo quien pone las reglas aquí. Dime la razón por la que huiste y tal vez me piense si merece la pena negociar contigo.

El espía dio un paso en su dirección y luego otro, hasta situarse casi a un palmo de distancia de él. Se quedó un instante en silencio como si estuviera sopesando sus palabras. Entrecerró los ojos azules mientras lo estudiaba y a Harry se le erizó la piel cuando observó el miedo y la angustia que apareció en ellos. Breve, pero suficiente para que fuera capaz de captarlo.

—Tú no lo entiendes...—murmuró y aunque su voz era baja, pudo notar la rabia contenida en cada palabra—Ellos me encontrarán. A estas alturas ya sabrán que los he traicionado, que yo era el espía. Necesito estar a salvo, necesito un lugar donde no sean capaz de encontrarme...

—¿Por qué te fuiste?—preguntó Harry de nuevo, inmutable.

El hombre lo miró, los ojos azules abiertos de par en par, el pecho agitado mientras respiraba con fuerza.

—Prométeme que si te lo cuento me enviarás a un lugar seguro, que no dejarás que me lleven de nuevo a Azkabán.—su voz temblaba pero aún así logró que sonara firme cuando susurró:—Te daré lo que sea. Haré lo que pidáis. Pero no...no puedo regresar ahí.

Harry lo observó durante un momento. Las manos temblando, el cuerpo demasiado delgado, la mirada cansada, el rostro cetrino... Sabía que no debía dejarse influenciar por las apariencias. Que la esencia de un espía residía en el engaño y el sabotaje, pero fue el pánico de su mirada lo que casi logró que claudicara.

Casi, pero no del todo. En el corazón de Harry ya no había espacio para la compasión. Ya no había espacio para nada.

Se separó de la pared con un movimiento brusco y volvió a mirarlo de nuevo mientras sus pasos de dirigían hacia la puerta. Ya había jugado antes a ese juego y sabía como acabaría. Por muy buen espía que había sido en el pasado, no era especial al resto. Era un asesino, un mentiroso que haría lo que fuera por salvarse el cuello.

—Tienes una hora para preparar tu confesión. Si no me das la información que quiero te obligaremos a hablar y volverás a Azkabán antes de que acabe el día. —sentenció Harry mientras se dirigía hacia la salida con pasos firmes.

Sabía que pasado ese tiempo hablaría, todos lo hacían. Y todos acababan volviendo al mismo agujero de donde habían salido.

El espía ahogó un grito a sus espaldas y escuchó el sonido de sus pies desnudos sobre la piedra del suelo, corriendo en su dirección, mientras respiraba con fuerza.

—¡No!—gritó y fue un sonido tan desgarrador que logró que Harry se quedara clavado en el suelo con los dedos a unos centímetros de alcanzar el pomo de la puerta.—¡No puedes hacer eso! Por favor. Por favor, Harry...

Él frenó en seco ante la mención de su nombre. No porque le sorprendiera que lo hiciera sino por la voz. No era la de un hombre, había sonado diferente. Más aguda y femenina. Exactamente como la de... no podía ser. Por un momento pensó que se había vuelto completamente loco pero el espía habló de nuevo.

Y fue la suave voz de una mujer, la que resonó por toda la habitación.

—Mírame, Potter. Y descubrirás porque te interesa hacer un trato conmigo.

Harry giró el rostro lo suficiente como para mirar por encima del hombro. El hombre seguía de pie en mitad de la habitación. Las manos atadas de manera invisible frente al cuerpo, la túnica negra y raída cayendo a su alrededor. Su rostro estaba serio pero sus ojos azules seguían con esa expresión atormentada. Estaba igual que hace unos segundos pero sin embargo...

Todo sucedió con tanta rapidez que no tuvo tiempo a reaccionar.

El rostro del hombre comenzó a cambiar con rapidez. Sus rasgos masculinos comenzaron a afinarse. La nariz antes grande y aguileña se tornó pequeña y respingona, los pómulos afilados ahora eran más llenos que antes, la barbilla ahora más puntiaguda, el rostro más ovalado y...femenino.

El cuerpo encogió a una velocidad sorprendente para dejar paso a una figura menuda. Donde antes había músculo ahora solo había extremidades delgadas y curvas. La túnica se aflojó tanto que cayó por uno de sus hombros y Harry pudo ver el principio de la cúspide de un pecho. El pelo cambió de un color castaño rojizo a una larga melena de un profundo color negro. Ya no había rastro del hombre de antes.

Ahora en su lugar había una mujer, con la barbilla apuntando en su dirección.

La "espía" se inclinó hacia delante para que la luz impactara de lleno en su rostro y Harry se quedó paralizado cuando un par de ojos azules lo atravesaron con frialdad. Él conocía a aquella mujer, había visto aquella misma mirada un centenar de veces durante su infancia. Todavía recordaba su mirada de hielo y su lengua afilada como una daga.

Por que le gustara o no, Pansy Parkinson era una persona difícil de olvidar.