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Azkabán. Cinco años antes.

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Esa esquina era su parte favorita de la celda. Tanto las paredes como el suelo son de piedra natural, excavada directamente en la roca del edificio, lo que le confería un aspecto de cueva. Del techo irregular se filtraba agua en un incansable goteo formando un charco a sus pies. No había muebles, ni siquiera un catre donde echarse a dormir, así que Pansy había echo de esa esquina su nuevo hogar.

Era un lugar oscuro y privado, lo suficientemente lejos de la puerta de barrotes como para no tener que ver a los otros presos en sus celdas.

Pansy prefería no mirarlos porque si lo hacía se vería reflejada a sí misma en ellos y no quería derrumbarse ante el peso de aquella verdad. Sabía que jamás saldría de allí. Que se pasaría el resto de su miserable vida encerrada entre esas cuatro paredes. Y aunque prefería estar muerta antes que vivir así, el instinto de supervivencia era más fuerte.

Tarde o temprano acabaría por romperse, lo sabía, pero de momento podía decidir cuando hacerlo.

Otra de las razones por las que a Pansy le gustaba esa esquina era porque podía "jugar" sin que nadie la viera. En Azkabán no se permitían los objeto personales, así como tampoco el uso de la magia. Pero ella conocía una forma de romper las reglas de la prisión sin que nadie se diera cuenta. Solo se permitía hacerlo cuando no podía más, cuando la cueva se cernía sobre ella y los recuerdos le pinchaban en el costado como un clavo ardiente.

Hoy era uno de esos días.

El auror que vigilaba su pabellón pasó por delante de su puerta, con la punta de la varita encendida para observar el interior de la celda. La oscuridad en esa zona era demasiado densa, pero el auror siempre hacía una pausa de varios segundos solo para cerciorarse de que ella seguía allí. Como todos los días, Pansy estiraba una mano hacia la poca luz que existe y movía los dedos en su dirección en un saludo de lo más coqueto.

Y, como siempre, el auror carraspeaba, incómodo, y seguía de largo.

Oye sus pasos alejándose y a los otros presos gritarle insultos y lamentos. Pero ella se mantenía siempre en silencio.

Cuando el auror está lo suficientemente lejos, Pansy se pone de rodillas y se arrastra por el suelo de piedra, raspándose la piel de los brazos y las piernas en el proceso, hasta situarse cerca del charco de agua que se ha ido formando a largo del día. Se toma su tiempo para buscar el ángulo correcto, el punto exacto donde la luz impacta en la superficie del agua y pueda ver mejor.

En la celda había una única ventana que, por supuesto, no era real. Era una ilusión mágica. Daba la sensación de estar muy cerca, pero cuando Pansy intentaba llegar hasta ella la ventana se deslizaba hacia arriba evitando que pudiera observar el exterior, o intentar colar su cuerpo delgado a través de ella.

Pero el agua...El agua era real. Lo único verdadero en aquel lugar lleno de sombras y oscuridad. Así que aprendió a sacarle el máximo partido: para saciar su sed cuando le privaban de beber o de comer durante días, para asearse y lavar el raído y asqueroso uniforme.

Aunque su función favorita era utilizarlo como espejo.

Cuando uno estaba encerrando durante tanto tiempo, no solo se perdía la noción de las horas, sino también sobre uno mismo. Y la primera vez que Pansy vio su rostro reflejado en el agua después de tantos meses, sintió tanto alivio que lloró desconsoladamente. Era la única prueba de que ella también existía, de que todavía no se había convertido en polvo y huesos.

Pero ahora utilizaba ese reflejo con otros propósitos diferentes. Observarse a sí misma ya no le bastaba, no era suficiente para llenar la soledad que la acompañaba diariamente.

Respiró hondo y se concentró en su rostro plasmado en aquel espejo improvisado. Estaba tan pálida que parecía un fantasma, el pelo negro y sucio se le pegaba a las mejillas hundidas y los ojos azules parecían tan negros como el carbón. Durante unos segundos pensó en quién le apetecería ser esa noche y su mente viajó a casa, a la cocina de su mansión. Al cuerpo cálido y amable de su madre.

Así que Pansy cerró los ojos y cambió. Notó como la piel le cosquilleaba por todas partes, como pequeñas agujas clavándose por todo el cuerpo. Sintió como la nariz se tornaba más puntiaguda, la cara se alargaba y se volvía más fina y elegante. Su pelo ya no era corto sino que le caía espeso por los hombros.

Entonces, abrió los ojos.

Y no eran los suyos los que le devolvían la mirada, sino los de la señora Parkinson. Eran unos ojos muy comunes, pero a Pansy siempre le encantó su color: similar al café tostado y al chocolate amargo. Por un instante se quedó sin aliento al observa a su madre, a sí misma encerrada bajo su apariencia, y Pansy viajó directamente al pasado, a cuando esos mismos ojos la miraba desde el otro extremo de la cocina y le preguntaban: "¿Quieres ayudarme a preparar la cena, cariño?"

Siempre intentaba recrearla lo mejor posible y aunque había practicado un centenar de veces, nunca sería capaz de ser exactamente como ella. Jamás podría alcanzar a definir todos y cada uno de sus detalles porque poco a poco había ido olvidándose de ellos. Vuelve inclinarse sobre el agua y cae en el detalle de que su mentón no era tan alargado, así que se concentra y un nuevo cosquilleo le recorre la piel.

La imagen en el espejo se desdibuja y Pansy cambia de nuevo. Ahora su barbilla es más redonda y suave y ella sonríe con satisfacción ante el resultado.

No está mal, nada mal.

Ser metamorfamaga ya no era tan terrible como pensaba en el pasado, cuando ocultaba su don porque ser diferente, ser especial, no era algo que un Parkinson estuviera destinado a ser. Nunca supo de quién había heredado ese poder y llegados a este punto, tampoco es que fuera algo relevante.

Sabía que no era un poder útil que pudiera sacarla de allí, pero al menos era lo único que lograba mantenerla cuerda dentro de aquel infierno.

Convertirse en otras personas hacía que la soledad fuera más llevadera y un poquito menos dura. Durante todos esos meses, Pansy se había transformado en cada uno de sus amigos: en Draco con su pelo platinado y su semblante serio, en Blaise y su radiante sonrisa, en Daphne con sus mejillas llenas de pecas. Incluso había probado con algunos profesores de Hogwarts solo para poder burlarse de ellos y cambiar su apariencia hasta deformarlos y hacerlos irreconocibles. Esto último el confería algo de diversión aunque la risa nunca llegaba a brotar de entre sus labios.

En los días malos, Pansy siempre recurría a su madre. La única persona que nunca le había fallado, la única que nunca esperó que ella fuera algo que realmente no quería ser. Que le dio amor donde no lo había, hasta que fue arrebatada de su lado y Pansy tuvo que aprender a moverse sola por el mundo. A tomar decisiones que la habían llevado hasta donde estaba ahora.

Pero su madre ya no estaba y Pansy tenía que recurrir a su secreto para poder verla aunque fuera por unos segundos. Con las manos temblorosas, acarició la superficie del agua con suavidad, evitando que las ondas disiparan su imagen y así poder contemplarla mejor. Y por un momento se sintió a salvo, en casa, como siempre debió estarlo.

A veces hablaba con las personas en las que se transformaba, mantenía conversaciones silenciosas con ellas y hacía tiempo que dejó de sentirse estúpida por ello. Así que comenzó a susurrar lo mucho que la echaba de menos, de que no se arrepentía de nada de lo que había hecho porque todo lo había hecho por ella. Para mantenerla a salvo de él, aunque al final no sirvió para nada.

Y así, Pansy pasaba sus horas, acurrucada sobre ese charco de agua con un rostro que no era el suyo, siendo por unos minutos otra persona diferente porque ser ella misma le causaba una agonía terrible. Hablándole al vacío para calmar su soledad y su dolor.

Varios meses después Pansy Parkinson descubriría que ese poder se convertiría en su liberación y, al mismo tiempo, en su condena.