Capítulo 27. El gabinete de curiosidades.

Aquella tarde del primero de diciembre, cuando las farolas que iluminaban los senderos de la mansión habían comenzado a iluminarse, las protecciones de la mansión indicaron a su dueño que tenía visita. Con un gesto de molestia, Draco se quitó las gafas que usaba para trabajar desde hacía poco tiempo, las puso sobre el escritorio de su despacho y se levantó esperando que alguno de los elfos le anunciara quien solicitaba entrar en la mansión. No pasó mucho tiempo hasta que escuchó los golpes en la puerta de su despacho.

- Adelante – indicó Draco con voz firme.

Pitt entró en la sala y desde la puerta, hizo una primera reverencia antes de hablar, tal y como solía hacer.

- Tiene visita, amo Draco – dijo el elfo algo nervioso – el jefe de aurores y la Ministra de Magia solicitan verle de inmediato.

- Gracias Pitt – agradeció Draco y seguidamente le ordenó – tráeme mi túnica negra, la de los puños plateados – el elfo asintió y salió del despacho para desaparecerse en busca de la túnica de su amo.

- ¿Qué diablos querrán estos dos a estas horas? – se quejó en voz alta – ¿Es que no saben que molestar a un mago en su hogar a estas horas es de mala educación?

El elfo volvió enseguida con su túnica, una costosa prenda de terciopelo fino negro, con el cuello y las bocamangas decorados con un sencillo bordado en hilo de plata, con botones plateados con el escudo de la familia. solía usarla en ocasiones para recibir a algún invitado o para acudir a ciertos eventos sociales que no requerían una gran etiqueta. Se puso su túnica con cierta parsimonia, sabiendo que estaba haciendo esperar a sus visitantes y se acicaló el pelo con las manos. Cogió el reloj de bolsillo que tenía sobre la mesa y lo metió en uno de los bolsillos de su chaleco, atando la cadena a uno de los botones. Cogió también su varita del escritorio y se la guardó en uno de los bolsillos interiores de su túnica.

- Astoria no ha llegado aún, ¿verdad? – preguntó antes de salir.

- No, señor – respondió el elfo – sigue en casa de su hermana.

- Bien, si viene avísale de que tenemos visita – dijo Draco asintiendo y mirando al elfo – estoy listo, ya sabes qué hacer.

En el vestíbulo, mientras tanto, esperaban con impaciencia a su anfitrión, que parecía dispuesto a tenerlos esperando allí. Junto a Hermione y Harry, se encontraban dos aurores que les servían de escolta. Hermione estaba más nerviosa de lo habitual, y la espera no la estaba ayudando. Era la primera vez en más de veinte años que pisaba la mansión donde pasó uno de los peores momentos de su vida. Caminaba de un lado a otro al pie de la escalera. Harry estaba quieto y rígido, aunque su expresión denotaba algo de desesperación por la espera. Sabía que Draco los estaba haciendo esperar a propósito, no tenía duda de ello, aunque sabía que en parte era culpa suya por acudir a estas horas. Los dos aurores murmuraban entre sí detrás de ellos, con las varitas preparadas para actuar en caso de ser necesario.

De pronto, se apareció en el primer descansillo de la escalera imperial el elfo domestico que los había recibido, vestido con una levita verde y en su mano, un enorme bastón de madera, con una punta metálica y un boliche plateado del que pendían dos borlas verdes. Hermione y Harry se tensaron frente a la escalera, esperando a que sucediera algo. Entonces, el elfo golpeó tres veces y habló.

- ¡Lord Malfoy, Señor de Wilshire! – anunció el elfo en voz alta, y seguidamente se apartó.

Draco bajó con parsimonia la gran escalera de su casa, con una sonrisa ladeada en cuanto vio las caras serias de sus invitados, sobre todo la de Potter, que odiaba toda parafernalia. Hubiera prescindido del ceremonial en cualquier otra ocasión, pero esta vez, decidió acatarlo al pie de la letra. En cuanto bajó los últimos escalones, se encontró de cara con ellos.

- Bienvenida a mi hogar, señora ministra – dijo Draco mientras le tendía la mano para estrecharla con la de ella, aunque solo fuera por cortesía.

- Gracias, Malfoy – dijo ella, resistiéndose a llamarle "lord".

- Jefe Potter, me alegra verle de nuevo – dijo Draco arrastrando las palabras, aunque sin maldad – ¿A qué debo esta agradable visita a estas horas?

- Sentimos las horas – se disculpó Hermione y dijo – pero necesitamos hablar contigo de un asunto importante para el Ministerio de Magia que requiere tu ayuda – dijo con voz neutra para evitar que se notase su disgusto.

- ¿Un asunto importante? – repitió Draco – debe ser muy importante para irrumpir en mi casa sin aviso ni advertencia y solicitar mi ayuda, cuando en más de veinte años si se me ha buscado, es para investigarme.

- Creemos que tus conocimientos nos pueden ser útiles – dijo Harry con voz seria – como alquimista, pocionista y experto coleccionista puedes ayudarnos bastante.

- ¿Coleccionista? – preguntó Draco dándose cuenta de que había mencionado una de sus aficiones que poca gente conocía de él – Veo Jefe Potter que has investigado en mi vida privada.

- Malfoy, el asunto es serio – dijo Hermione seria– si no estás dispuesto a ayudarnos, tendremos que citarte oficialmente en una investigación criminal.

Draco comprendió que era hora de dejar ese juego de tira y afloja con ellos. Pocas veces recordaba a la castaña ponerse tan seria. Claramente era un asunto que les preocupaba a ambos, ya que Potter no le había rebatido nada de lo que había dicho. Realmente creía que necesitaban su ayuda. Decidió moverlos a uno de los salones cercanos para hablar tranquilos.

- Hablemos en un lugar más cómodo – dijo Draco indicándole el camino a una sala cercana donde pudieran hablar tranquilos – seguidme.

- Gracias – dijo Hermione algo más relajada mientras caminaba con Harry tras de Draco.

Los dos escoltas que los habían acompañado comenzaron a seguirlos cuando Draco se percató. Se paró de golpe y se giró hacia ellos, mirándolos. Eran jóvenes, pero, aun así, lo miraban con mala cara, casi odio, al igual que los aurores veteranos. Entonces llamó a Pitt que se apareció delante de su amo.

- Por favor, Pitt, lleva a estos valientes y honorables aurores a las cocinas – dijo con ironía – y servidles todo lo que deseen.

Pitt les hizo un gesto para que lo siguieran, pero ellos no se movieron de su puesto, con la varita en sus manos. Draco empezaba a molestarse, pero antes de que él hiciera algún comentario, Harry intervino.

- Podéis marchar tranquilos, chicos – dijo Harry – los elfos os tratarán muy bien, estoy seguro de ello.

- Pero señor – rebatió uno de ellos desconfiando de su anfitrión, aunque no pudo terminar puesto que Harry volvió a hablar.

- No era una sugerencia, auror Stone – dijo Harry vehemente – les he dado una orden.

- Señor, sí señor – saludaron a Harry y Hermione, y se marcharon detrás de Pitt que retomó la marcha.

- Veo que sabes imponerte, Potter – dijo Draco retomando la marcha.

- A veces su exceso de celo les hace olvidar la jerarquía – dijo el jefe de aurores.

- Son buenos chicos, aunque quizás deberían mejorar sus formas – dijo Hermione qué había observado su comportamiento desde que habían puesto un pie en la mansión.

- Disimular su odio un poco, por ejemplo – soltó Draco bruscamente y con la mano, les indicó que pasaran a una habitación – adelante.

Entraron en una sala amarillenta, donde Hermione se fijó en el cuadro que lo presidia, encima de una consola. Enseguida reconoció el estilo de Van Gogh, aunque no reconocía la obra. Posiblemente fuera desconocida para los muggles, ya que no recordaba esa obra en ningún catálogo de obras del pintor. Se sentaron Harry y ella en el mismo sillón y su anfitrión enfrente de ellos. Draco les ofreció algo de beber antes de comenzar aquella charla, pero estos rechazaron cortésmente.

- Bueno, decidme – dijo Draco, queriendo entrar en materia lo antes posible sin perder su característico tono irónico – ¿Qué requiere nuestro Ministerio de Magia de mí?

- Verás Malfoy – inició Hermione – como sabrás por la prensa de estos días, el Ministerio ha iniciado una campaña de lucha contra el tráfico de criaturas mágicas protegidas.

- Si, lo he leído – dijo Draco asintiendo.

- Para resumir un poco – tomó la palabra Harry previendo que su amiga se iría algo por las ramas y eso sacaría de quicio a su anfitrión – investigaciones nos llevaron a hacer varios registros en propiedades de varios sangre puras que descubrimos estaban implicados, entre ellos Arnold Cornfoot.

- Entiendo – dijo Draco – pero ¿qué tiene que ver conmigo?

- Encontramos en los registros un curioso objeto que creemos que te será familiar – dijo Harry mientras sacaba de su amplio bolsillo de su túnica un pequeño objeto, parecido a un medallón, en una bolsa de plástico.

- Parece un colgante o medalla – dijo Draco en cuanto lo vio.

- Es una especie de amuleto – dijo la ministra – el personal del ministerio lo ha calificado como "potencialmente peligroso" aunque no ha podido averiguar ni su procedencia ni su función.

- Lo que si hemos sacado es una inscripción secreta que creo que te será familia – dijo Harry sacando el objeto y pasándoselo a Draco que lo tomó en sus manos – fíjate en las letras.

- S.V.S. – deletreó Draco mientras observaba el objeto minuciosamente – claro que me resulta familiar, es el lema de mi familia, Sanctimonia Vincerent Semper – les dijo serio a sus visitantes.

- ¿Lo habías visto antes? – preguntó Hermione.

- Me temo que sí, la verdad – dijo Draco y preguntó a Harry – Potter, ¿dices que lo tenía Arnold Cornfoot?

- Sí, así es – respondió poniéndose tenso – sabes lo que es, ¿no es así?

- Sí – dijo simplemente Draco, cuyos ojos se veían serios de repente – pero antes de contaros lo que es, es mejor que os muestre la colección completa.

Draco se levantó e indicó a sus visitantes que lo siguieran. Salieron de la estancia poniendo camino a otra nueva parte de la mansión mientras Draco continuó hablando.

- Se trata de una medalla encantada para proteger a su portador y enviar mensajes a medallas gemelas – explicó Draco – este en concreto, pertenecía a mi abuelo.

- Entiendo – dijo Harry, recordando el funcionamiento de los galeones encantados que usaron para el Ejercito de Dumbledore y que todavía conservaban.

- Si solo tiene esas funciones – razonaba Hermione - ¿Por qué se ha calificado como potencialmente peligroso?

- Por su modo de creación – declaró Draco – este, a diferencia de otros sistemas de su clase, está hecho con magia de sangre.

- Lo que le otorgaría más poder a su portador – entendió Hermione.

- Veo que sigues siendo una sabelotodo – dijo Draco con naturalidad en voz baja pero que ella lo oyó.

- Veo que sigues con la altanería de siempre – dijo Hermione enfrentándolo de vuelta.

- Que puedo decir, supongo que va con la sangre Malfoy – dijo con una media sonrisa.

- En fin – dijo Harry poniendo fin a una posible discusión - ¿Qué más nos puedes contar?

- Este modelo fue creado para comunicarse entre los miembros de una antigua sociedad, los Caballeros de Walpurgis, que creo que os sonará – dijo Draco solemne y seguidamente anunció – hemos llegado.

Tanto Hermione como Harry sintieron escalofríos cuando se detuvieron ante aquella puerta blanca. Aun recordaban aquel día que los carroñeros los llevaron a aquel salón para ser interrogados y todo lo que sucedió después. Hermione estaba mas blanca de lo habitual, su respiración se había agitado y apretaba con fuerza los pliegues de su túnica para controlarse. Harry se había percatado de inmediato, y se apresuró a confortar a su amiga. Hizo un gesto con sus manos y las puertas se abrieron de par en par iluminándose la estancia.

- Tranquila Hermione – le susurró – estoy aquí contigo, si quieres puedes quedarte fuera, en algún salón.

- Gracias Harry – agradeció Hermione y dijo con valentía – debo hacer esto, es solo un salón más.

Draco, que se había percatado de todo, entendía mucho más de lo que él quería a su excompañera, que era la primera vez que visitaba la mansión desde aquel fatídico día en que los carroñeros los capturaron durante la guerra. Él todavía recordaba el primer día que volvió allí.

La primera vez que Draco entró en el viejo gran salón de la mansión tras la guerra, todavía podía ver en su cabeza todos los crímenes que el Señor Tenebroso y los mortífagos habían cometido allí. Aquel suntuoso salón que antes había albergado las más fastuosas fiestas que la alta sociedad mágica había conocido, estaba ahora en un estado deplorable, como si un cataclismo hubiera pasado por allí. En parte, así había sido.

El ala este de la mansión, donde se encontraba aquel salón, había sido la más afectada por la guerra y había acabado en total estado de ruina. Todos los ventanales estaban rotos y las cortinas hechas girones abriendo paso a que restos de plantas, tierra y animales que se colaron en su interior. Parte del techo se había derrumbado y sus escombros yacían en el suelo esparcidos por todo el salón, dejando a la vista las vigas y colañas que a duras penas sustentaban piso superior. Las lámparas de araña de bronce dorado que antaño iluminaban elegantemente la estancia estaban casi todas caídas por los suelos con algunos brazos partidos por el impacto o colgando torcidas por haberse quebrado alguno de los colgantes. El poco mobiliario que quedaba tras los saqueos de los propios servidores del Lord Oscuro y de los aurores que registraron la casa estaba destrozado: cómodas y mesas partidas, sillones y tresillos se encontraban rajados con su relleno esparcido por todas partes y con sus patas partidas. Las paredes que antaño lucían llenas de cuadros y tapices se hallaban desnudas, con parte de su pintura caída o con marcas de sangre. En el suelo aún estaban visibles las manchas de sangre entre los escombros y el polvo de numerosas víctimas que habían pasado por allí.

Aquel día, Draco revivió las atrocidades que sus compañeros de filas realizaban sin pudor en la que todavía era su casa, el lugar que él consideraba su lugar seguro, hasta que Voldemort entró en ella. Ese día, su casa se transformó en una prisión, y él, en un prisionero más. Recordaba los gritos de dolor y el llanto de las víctimas, mientras pedían clemencia. Recordaba la risa sádica de su tía Bellatrix mientras se divertía torturando a sus víctimas hasta que pedían que por misericordia los matara. Recordaba las torturas que ella le infligía cuando fracasaba en sus entrenamientos o era incapaz de lanzarle a otros la maldición cruciatus.

Tenía el pecho oprimido y su respiración era agitada ante el recuerdo de tantos horrores. Por un momento sintió que el aire le faltaba y hubo de aflojarse con su dedo la corbata que llevaba anudada a su cuello y desabrocharse los botones del cuello de la camisa negra que llevaba. Durante días se había resistido a entrar a la mansión, pero aquella tarde había decidido volver y enfrentarse al pasado, aunque era demasiado doloroso.

Mientras caminaba por la sala vislumbró la imponente chimenea de piedra que presidia el salón, con el escudo de los Malfoy tallado en piedra blanca. Estaba ennegrecido por la ceniza y una raja lo partía desde el extremo superior izquierdo hasta el centro. Era como ver una metáfora física del actual estado de su familia. Manchada por la oscuridad y partida por la guerra. Draco suspiró y se dispuso a marcharse de allí cuando reparó en un objeto que no se había fijado antes. Ahí estaba en el suelo, cubierta por algunos escombros y cristales, una alfombra verde con el escudo de la familia, agujereada y manchada con algunas gotas de sangre. Draco recordaba perfectamente a quien pertenecía.

Aun retumbaba en su cabeza el recuerdo de Granger, tirada encima de la alfombra mientras su tía la interrogaba sin piedad, lanzándole un cruciatus tras otro. Aun podía escuchar en su cabeza los gritos de dolor producidos por la maldición tortura. Podía ver las lágrimas cayendo por su rostro mientras su tía, de pie frente a ella, la interrogaba. Aún podía ver los tirones del pelo y patadas que le propinó mientras le preguntaba una y otra vez. Recordó con rabia como su sádica tía le tatuó "sangre sucia" en su brazo, aquellas horribles palabras que tantas veces le había proferido a la chica y ahora se arrepentía profundamente. Deseaba haber tenido el valor de parar todo aquello, pero su miedo y su instinto de supervivencia lo frenó. Recordaba cómo no fue capaz de cruzar la mirada con su antigua compañera, pues sabía, que todas sus defensas de oclumancia se hubieran desvanecido en aquel momento. Estaba harto de ver morir y sufrir a tanta gente que conocía y no poder hacer nada por evitarlo.

Aquel doloroso recuerdo hizo que de sus ojos cayeran dos lágrimas que se quitó con la manga de su chaqueta. Sin apenas pensarlo mucho, se arrodilló en el suelo y con sus propias manos quitó los escombros y cristales, cortándose las manos. No le importaba en absoluto el dolor físico. Era poco en comparación a lo que él creía que se merecía. A pesar de haber salido con una condena mínima, sentía que jamás podría reparar todo el daño que sentía que había hecho.

Cuando hubo quitado todos los trozos grandes de encima de la alfombra, la enrolló como pudo. A pesar de que pesaba más de lo que él podía cargar, consiguió echarla a la chimenea, y sin pensarlo dos veces, conjuró un pequeño hechizo no verbal sin la varita, haciendo prender la alfombra, que se consumía rápidamente entre las llamas. Con ese gesto Draco intentaba borrar aquel terrible recuerdo, aunque tristemente, tiempo después descubriría que jamás lo olvidaría.

La sala se llenó de humo negro, al no ser capaz la chimenea de tragárselo por la falta de mantenimiento durante tanto tiempo. A pesar de que el aire se contaminaba con cada segundo que pasaba, Draco no se movió de allí. Tosió varias veces antes de darse media vuelta y encontrarse con su madre en frente a la puerta de entrada, que le observaba algo preocupada, sobre todo, después de observar sus manos y su ropa. Draco y ella se acercaron mutuamente, encontrándose en el centro del salón.

- ¿Qué haces aquí, madre? – preguntó Draco mirando a los ojos a su madre, los cuales estaban enrojecidos de haber llorado hace poco.

- Lo mismo que tú, hijo – le respondió Narcisa y Draco comprendió.

- Todo está destrozado, madre – dijo Draco cabizbajo – no nos queda nada.

- Eso no es cierto, Draco – rebatió Narcisa.

- Tenemos suerte de estar vivos y en libertad, es verdad – dijo Draco.

- Así es – recalcó su madre – ahora es nuestro deber restaurarlo todo, volver a levantarnos, hijo, no podemos hacer otra cosa.

Draco asintió con la cabeza y no dijo nada más. Su madre observó los destrozos del salón en el que solía dar sus grandes fiestas y bailes. Qué diferente se veía en aquel lamentable estado.

- Draco, hemos de pensar en la restauración de la mansión, y de este salón – dijo Narcisa – devolverle la gloria.

A pesar de que su madre había hecho aquel comentario con buena intención, Draco no se lo tomó tan bien como hubiera deseado en ese momento.

- Madre, en este momento me importa una mierda lo que le pase a la mansión – declaró tajante y dijo con rabia – por mi como si se quema hasta los cimientos.

Antes de que pudiera terminar aquella frase su madre le propinó un tortazo bastante sonoro. No era la primera vez que su madre le pegaba, pero si desde hacía mucho tiempo. Se quedó bastante sorprendido por la reacción de su madre, tocándose la mejilla enrojecida por el golpe.

- Escúchame bien, Draco, porque solo te lo diré una vez – le dijo su madre seriamente – desde que tu padre entró en prisión, eres el líder de esta familia, así que empieza a comportarte como corresponde y deja de autocompadecerte, lo hecho, hecho está, ahora toca mirar hacia adelante.

Draco se quedó impactado ante esa declaración de su madre. Quizás era lo que necesitaba, alguien que le devolviera a la realidad en aquel momento. Se dio cuenta de la enorme responsabilidad que caía sobre sus hombros y que no se había dado cuenta hasta aquel momento. Su madre lo abrazó y le dio un beso en su frente, como símbolo de bendición y se alejó en dirección a la chimenea, donde observó el escudo maltrecho de la familia.

- Reconstruiremos nuestro hogar, madre – dijo Draco haciendo que su madre se volteara hacia él – te dejo a cargo a ti, pero he de pedirte una única cosa

- De acuerdo hijo – dijo ella mientras asentía orgullosa y preguntó - ¿De qué se trata?

- Me da igual lo que hagas con este salón – dijo apretando los dientes – pero no quiero volver a verlo más en mi vida.

Y tras escupir aquellas palabras, salió a paso ligero de aquella habitación, a la que nunca más entró.

- Bienvenidos a mi pequeño museo – anunció Draco mientras entraban en lo que en la mansión se conocía como el gabinete de curiosidades.

Harry y Hermione entraron en aquella nueva estancia, la cual no le sonaba de nada. Con solo observarlos se reafirmó en que su madre había hecho un gran trabajo reformando aquel sitio. La sala se había dividido en cuatro espacios por medio de paredes que formaban una enfilada de salones. A vista general, todas las salas están repletas de armarios y muebles con vitrinas de cristal repletas de objetos de diferentes clases y épocas, clasificados con letreros que indicaban su procedencia y datación histórica. Fueron atravesando aquellas estancias, salón tras salón, deteniéndose en algunas piezas que le resultaron curiosas a los visitantes. Draco les explicó por encima que prácticamente todos los Malfoy habían añadido objetos a la colección, una extraña afición que Draco también había heredado.

En el primer salón, pintado de rojo con patrones de damasco y del que pendía una lampara de bronce de cinco brazos, se encontraban objetos históricos de diferentes épocas como monedas, libros, copas, espadas y armas antiguas, etc. Se exponían varitas y cetros de magos antiguos y de diferentes culturas. Había algunas armaduras, uniformes y vestiduras que impresionaban, pero, la pieza más destacada, no tanto por su valor sino por su simbolismo, era un antiguo medallón egipcio que había sido escondido en la mansión por su antepasado Lawrence Malfoy y que Theo y él habían encontrado hacía unos años. Hermione se sorprendió ver varios objetos muggles en aquel salón como un antiguo pero elegante teléfono que estaba expuestos en un rincón de la estancia.

En el segundo salón, pintado de amarillo con patrones romboidales y una lámpara redonda de estilo medieval, sus vitrinas estaban destinadas a la historia natural, con fósiles de plantas y animales, huesos de diferentes especies, maquetas y reproducciones de criaturas, tanto mágicas como normales, así como libros y láminas. Destacaba en el centro de la sala el aguijón de una quimera algo deteriorado, datada del siglo XIX.

El tercer salón era de color azul noche y, a diferencia del resto de salones, no había lámpara colgando del techo, sino que de las estanterías salían quinqués que ayudaban a iluminar la sala. Sus armarios estaban llenos de frascos de cristal y cerámica, de diferentes formas y tamaños, que antiguamente se dedicaban a trabajos de boticaria o alquimia. Había figuras y objetos de porcelana antiguos y curiosos, así como objetos mas modernos, incluso de procedencia muggle.

El cuarto salón que atravesaron y el último del gabinete era el dedicado a los tesoros familiares. Estaba pintado de verde con armiños en plata y del techo caía una lámpara de cristal de estilo imperio no muy grande. Los armarios y vitrinas estaban llenos de objetos personales de los antepasados de Draco. Había copas medievales de plata con el escudo de la familia tallado. Las cadenas ornamentales que portaba Lucius Malfoy I en la corte isabelina, los planos originales de la reforma de la mansión de tiempos de Augustus Malfoy, el diario secreto de su hijo Septimus. También destacaban las varitas de sus antepasados, así como algunas joyas y camafeos. Pero también había allí objetos que Harry podía considerar de dudosa reputación. Había una Mano de la gloria parecida a la que usó Draco en Hogwarts, libros pertenecientes a magos de dudosa reputación, giratiempos rotos, joyas con maldiciones, etc. Draco se detuvo frente a una vitrina y, sacando su varita, murmuró unas palabras inteligibles que desbloqueó el mueble.

- Mi abuelo Abraxas fue compañero de Señor Oscuro en Hogwarts – explicó Draco algo incomodo – junto con Wilburg Avery, Cygnus Lestrange, Leo Mulciber y otros más fundaron una especie de club, llamados los Caballeros de Walpurgis, dedicados al estudio de las artes oscuras y a promover la pureza de la sangre mágica.

- Conozco la historia – dijo Hermione – tiempo después se convirtieron en mortífagos cuando Voldemort se hizo más poderoso.

- No todos – contradijo Draco – mi abuelo, si bien estaba de acuerdo con sus ideales, prefirió quedarse en las sombras y no involucrarse demasiado en sus actividades delictivas.

Draco sacó del mueble una caja que estaba cerrada, con el escudo tallado de los Malfoy y con el lema escrito, además del nombre de su propietario: Abraxas Malfoy. La puso sobre el cristal y la abrió dejando ver su contenido.

- Durante su último año de escuela, su grupo de amigos hicieron una especie de pacto de sangre entorno a unas medallas para comunicarse y ofrecerse ayuda mutua y protección – explicó Draco abriendo la caja y dejando ver seis medallones iguales al que tenía Harry en su poder – Cuando alguno necesitaba reunirse o necesita ayuda, se enviaban mensajes, actuando de localizadores.

- Si cada miembro tenía el suyo para comunicarse y ayudarse – razonó Hermione y preguntó – ¿cómo es que tienes tú casi todos?

- Esto no se encontró en los registros de después de la guerra, Malfoy – dijo Harry serio sabiendo que podía costarle caro al rubio – ¿ocultaste objetos a propósito?

- No estaban aquí cuando registrasteis la mansión – dijo tranquilo Draco y dijo – alguien no hizo bien su trabajo registrando nuestra residencia londinense.

- Ya discutiremos esto luego Harry – dijo Hermione antes de que Harry replicara - ¿cómo los conseguiste, Malfoy?

- Después de la primera guerra, mi abuelo trató de borrar todas las implicaciones sobre los Malfoy – dijo Draco – junto con mi padre, convenció y sobornó a aurores y miembros del Wizengamot para que creyeran su versión de la " maldición Imperius" y, además, robó o sobornó a los funcionarios para que estas piezas no costaran en los inventarios y se las entregaran, borrando así la prueba directa de su colaboración con los Mortifagos.

- Esta pone TSR – leyó Hermione en alto y exclamó - ¡Son las iniciales de Voldemort!

- Recuperada por mi abuelo del Ministerio de Magia – dijo Draco – de una manera que nunca me quiso contar, supongo que hechizando al alguien.

- ¿Cómo se perdió la suya? – preguntó Harry – tienes todas menos la de tu familia.

- A mi padre le gustaba portarla encima, era como un tesoro familiar del que estaba orgulloso porque su padre hubiera pertenecido al club de amigos de ese indeseable – escupió Draco – y el muy canalla la llevó el día que fue capturado tras la batalla del Departamento de Misterios, y fue requisada con todas sus pertenencias, y nunca se supo mas de ella.

- Es posible que alguien la robara allí, Harry – dijo Hermione – había mucha corrupción el ministerio de magia en aquel tiempo.

- Sí, no me extrañara nada de que alguien se la llevara – afirmó el jefe de aurores – y más si tenía acceso a las pruebas y pertenencias de los procesados.

Draco observaba aquella conversación que podía considerar de seria. Él conocía de primera mano que el Ministerio era un lugar lleno de ratas corruptas, donde se podían comprar voluntades a placer y, si sabías tocar las teclas adecuadas, podías hasta convertirte en Ministro de Magia. Kingsley Shacklebolt y Hermione habían logrado erradicar gran parte de esa corrupción, pero sabía que aun pervivían algunos viejos usos, aunque él se había negado a usarlos. Se acordaba de las vistas de funcionarios a su mansión, a ver a su padre, y entonces, se acordó de un nombre.

- Angus Cornfoot trabajó en el departamento de Ley Mágica hace veinte años – dijo Draco llamando la atención de Hermione y Harry - ¿No es así?

- Sí, como ayudante de la fiscalía – dijo Hermione – pero se le transfirió a archivo por cuestiones internas y ahí sigue.

- Angus y Arnold son primos – dijo Draco – quizás pensaron en sacar redito vendiendo objetos de casos cerrados.

Harry contempló esa posibilidad y asintió con la cabeza. Lo que decía el rubio tenía mucho sentido y explicaba la aparición de la medalla de Abraxas Malfoy en casa de los Cornfoot. Hermione pasó de la sorpresa a la indignación, y se mentalizó en que debía hacer una investigación a fondo en varios departamentos. La visita a la Mansion Malfoy había sido mas productiva de lo que ellos habían pensado.

- Creo que debemos marcharnos ya – dijo Hermione y agradeció al rubio diciéndole – muchas gracias por tu ayuda, Malfoy.

- Gracias Malfoy – dijo Harry tendiéndole la mano a modo de despedida que el rubio apretó.

- Un placer servir de ayuda a nuestro ministerio – dijo Draco arrastrando las palabras y con una media sonrisa – os acompaño a la salida.

Los tres salieron de la sala, cerrándose las puertas y apagándose las luces tras su partida. Atravesaron los pasillos hasta llegar al vestíbulo. Allí se reencontraron con los aurores que habían vuelto de las cocinas bastante satisfechos por el buen trato que los elfos les habían dado. Cuando se disponían a salir, a Draco se le pasó por la cabeza una cosa y decidió preguntar.

- Oye Potter – dijo sin miramientos haciendo que este se girara - ¿Cuándo podré recuperar la medalla?

- ¿La quieres conservar? – preguntó Harry

- Es parte de la historia familiar – dijo Draco con algo de soberbia – tiene su lugar en la colección.

- Cuando acabe la investigación ven a reclamarla al ministerio – dijo Harry – total, allí acabará en una caja en una sala olvidad del ministerio.

- Así lo haré – afirmó el rubio mientras Potter se dio la vuelta y se dirigió a la salida con la ministra y su escolta.

Unos meses después, todas las medallas volvieron a estar reunidas en aquella caja cerrada, dentro de aquella vitrina, para el recuerdo de la historia de una de las etapas mas oscuras de la familia Malfoy.