Capitulo III

"Algunos días, el corazón de Syaoran se sentía tan pesado que apenas podía recordar cómo se sentía la felicidad."

—Sí, lo sé —murmuró Syaoran, aferrando la mano de Tomoyo como si fuera su última conexión con la realidad, un débil intento de encontrar estabilidad en medio de la tormenta que rugía en su interior. Al girar para regresar junto a los demás, sus ojos se encontraron con aquellas personas que había llegado a considerar su familia, aquellas que lo habían aceptado sin reservas, sin conocer la verdad detrás de su sonrisa forzada.

Las campanas que marcaban el fin de las clases comenzaron a sonar, llenando el aire con un eco que resonaba en su mente como un recordatorio cruel del tiempo que se desvanecía, llevándose consigo cualquier esperanza de redención. Los demás estudiantes se apresuraban a recoger sus cosas, ansiosos por el respiro que les traería el fin de semana largo, mientras Syaoran, atrapado en su propio silencio, se sentía más distante que nunca.

Eriol, con su habitual calma casi irritante, guardaba sus pertenencias con una indiferencia que solo acentuaba el peso de la soledad que Syaoran sentía. Sus ojos se detuvieron en Tomoyo, esa figura enigmática que siempre le había desconcertado. ¿Qué había en ella que lo atraía y repelía al mismo tiempo? ¿Estaba enamorada de Syaoran, o simplemente lo veía como un hermano? La incertidumbre lo envolvía, mientras la observaba y ella, como si sintiera su mirada, levantó la vista y le dedicó una sonrisa llena de secretos que él jamás descifraría. Tomoyo era extraña, sí, pero ¿acaso no lo eran todos en cierto sentido? Al fin y al cabo, había sido ella quien lo había salvado de su propia oscuridad, de formas que él apenas empezaba a comprender.

En ese salón donde todos parecían encajar a la perfección, Syaoran se sentía cada vez más fuera de lugar, un extraño en su propia vida. ¿Podría alguna vez hallar paz si dejaba de lado sus sentimientos por Sakura? ¿Si dejaba de preocuparse por los demás? O quizás, desaparecer, como alguna vez le enseñaron a hacer, sería lo más sencillo. Pero desaparecer ahora, después de todo lo que había soportado, parecía una traición a todo lo que había luchado por mantener. Aunque su corazón doliera con cada latido, sabía que no podía dejar ir lo poco que aún lo mantenía unido a este mundo.

Cuando salieron del aula, cada uno perdido en sus propios pensamientos, Syaoran no pudo evitar sentir que la distancia entre él y sus amigos era abismal, una soledad que ningún número de personas podría llenar. Los pasos resonaban en el pasillo vacío, acompañados por el eco de sus propios miedos y dudas sobre un futuro que parecía cada vez más incierto.

—Quiero que le des mi número a Ryoga, ¡por favor, Syaoran! —La voz de Sakura rompió el frágil silencio, cargada con una desesperación que perforó el ya herido corazón de Syaoran.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía absorber todo el aire a su alrededor. Syaoran cerró los ojos un instante, intentando bloquear el dolor que esa petición le provocaba, antes de responder con un tono amargo que no pudo disfrazar del todo:

—¿Y qué gano yo con todo esto, Sakura? —Su voz, aunque pretendía ser despectiva, traicionaba el dolor que sentía—. Y no digas que un pastel, porque todos sabemos que Eriol cocina mucho mejor que tú. Así que dime, pequeña Sakura, ¿qué gano yo?

Internamente, Syaoran rogaba que ella no encontrara una respuesta, que lo dejara hundirse en la comodidad del rechazo, en la distancia que lo mantenía seguro de sus propios sentimientos.

Pero Sakura, con la determinación de quien se aferra a la última esperanza, se detuvo y lo miró, sus ojos llenos de una súplica que él no pudo ignorar.

—Se supone que eres mi mejor amigo, y los mejores amigos se hacen favores entre sí. Ahora mismo, necesito tu ayuda. Si no me ayudas tú, ¿quién más lo hará? ¿Quién más es cercano a Ryoga como tú?

Cada palabra de Sakura era una daga en el corazón de Syaoran, que sabía que ella tenía razón. ¿Quién era él para negarle a su mejor amiga la posibilidad de ser feliz, aunque esa felicidad no lo incluyera a él? Eriol y Tomoyo lo miraron, sus expresiones reflejando un entendimiento silencioso del sacrificio que estaba a punto de hacer. Syaoran, con el peso de la inevitabilidad aplastándolo, bajó la cabeza y siguió caminando, sintiendo cómo su alma se desgarraba un poco más con cada paso.

—Eso que acabas de decir es muy bajo, incluso para ti, Sakura. Sabes bien que Eriol podría acercarse a él y hacerse su amigo. Pero no, la señorita quiere que sea yo, el que es terrible para interactuar con otros. Pero está bien, lo haré. Le pasaré tu número, y lo demás corre por tu cuenta.

Antes de que pudiera terminar la frase, Sakura lo abrazó con una calidez que él deseaba desesperadamente pero que solo lo hacía sentir más frío por dentro.

—¡Gracias, gracias, muchas gracias! —dijo ella, su voz llena de una alegría que resonaba como un eco hueco en su pecho.

Y antes de que Syaoran pudiera siquiera saborear ese abrazo, ella se apartó y corrió hacia Tomoyo.

—¡Lo escuchaste, Tomoyo! ¡Lo escuchaste! Dijo que sí. Te dije que Syaoran no era tan malo como para no presentármelo. Tendrás que hacerle muchos postres, y no te preocupes, yo pagaré por los ingredientes.

Tomoyo le sonrió, pero en esa sonrisa había una tristeza profunda. ¿Debía alegrarse por su amiga, que había estado enamorada de Ryoga durante tanto tiempo? O quizás, debería lamentar lo que sabía que ocurriría esa misma noche.

Syaoran se quedó paralizado, mirando a Sakura y Tomoyo, sintiendo cómo el peso de su decisión lo aplastaba por completo.

—¿Te quedarás ahí toda la noche o piensas seguir caminando? —preguntó Eriol, su voz un susurro en la penumbra de la tarde.

"Y en el eco de ese abrazo, Syaoran comprendió que, a veces, los sacrificios más grandes son aquellos que nos roban la poca luz que nos queda."