Disclaimer: Los personajes de Bleach no me pertenecen.

Disfruten.


La concubina


Mientras el conde Inoue hacía revisión del contrato, Grimmjow solicitó permiso para verificar el físico de la joven.

—¿Es necesario revisarla como si fuera ganado?

El tono desagradable de la esposa le causó una punzada molesta a Grimmjow, que no disfrutaba de su trabajo, y menos cuando alguien lo criticaba como si supiera realmente de lo que hablaba

—Si quiere verlo de esa manera, condesa Inoue. Pero la corona solo aceptará a una joven digna de admirar en todo sentido. Debería sentirse agradecida de que estemos dispuestos a aceptarla, aún con esa devastadora honestidad o estupidez para decir cantar opera —Le dirigió una breve y fría mirada que la silenció en ese mismo momento—. Sonría.

La joven obedeció de inmediato, sin quitarle los ojos de encima.

—¿Su cabello es real?

—¿D-disculpe?

—Hace un par de años la nobleza todavía usaba ridículas pelucas. No puede culparme por creer que puede llevar una, siendo que es la única pelirroja en esta sala.

—Oh... Tiene usted razón —Llevó las manos a su peinado, mostrando que su cabello era efectivamente natural.

—Tiene un tono de cabello agradable. ¿Sabía usted que la reina poseía un cabello similar, señorita Inoue?

—No lo sabía, mi señor.

Grimmjow le indicó que diera una vuelta. Ya lo había notado antes, pero el movimiento le permitió apreciar aún más su perfume.

La miró de arriba hasta abajo, notando la forma en que el vestido acentuaba sus caderas.

—¿No hay una señorita que se encargue de este trabajo? —Consultó el hermano, notablemente molesto. Y no era el único, porque Grimmjow intentó contar hasta dos.

—No.

—¿Cree el rey que un general puede encargarse de un asunto tan delicado?

—¿Insinúa que el rey cometió un error?

—No, quiero decir-.

—Sora, silencio.

La voz del conde Inoue detuvo de forma abrupta cualquier frase insensata que su hijo fuera a seguir alegando. Entonces Grimmjow pudo trabajar en paz. Una vez terminó el proceso, le indicó a la señorita Inoue que verificara sus pertenencias.

—Sin embargo, si decide prescindir de sus posesiones, el rey hará que dispongan de vestuario y accesorios para usted.

—Capitán Grimmjow —Lo miró. Hace un rato parecía absorta en cualquier cosa que decorara su mente. Grimmjow asintió, otorgándole permiso para continuar—. ¿Es imprescindible que mi criada personal pertenezca al personal del rey? Si pudiera llevar conmigo a la que mi familia dispuso para mí, yo-.

—¡Orihime! No se solicitan cosas personales y banales al representante del rey, es una falta de respeto impensable.

El conde se acercó rápidamente, con señales de seguir dispuesto a reprender a su hija. Así que Grimmjow, hastiado en ese punto, lo detuvo con un movimiento de su mano, solicitando distancia antes de que invadiera su espacio personal y del de la joven. No apartó la mirada de ella, intrigado, mas no sorprendido con su petición. Rukia se había despedido innumerables veces de su criada intentando pasar desapercibida. Pudo ser falta de seguridad que no decidiera solicitar lo mismo que Orihime, o tal vez una clara muestra de sensatez. Cualquiera creería eso al menos.

Pero llevar a la criada que había estado a su lado podía conllevar varios puntos a favor.

—Una vez más, señorita Inoue, admiro su valentía para dirigirse hacia mí con su solicitud. No la rechazaremos, si usted considera que es necesario para su estadía, así será. Eso si no es un problema que su criada viaje en el carruaje destinado a sus posesiones.

Si debía compartir el reducido espacio del carruaje con alguien más, juraba por los dioses que iba a destruir a sus soldados en cuanto llegara. Rukia y Karin poco espacio usaban, pero no tenía idea de la complexión de la sirvienta y, claro, debía mantener una imagen.

—Se lo agradezco —Sonrió.

A primera vista, el viaje de regreso no sería tan complicado. Orihime se veía tranquila y centrada, seguramente no armaría tanto alboroto.


El paisaje era un cuadro digno de ver a través de la ventanilla del carruaje. Grimmjow lo había visto innumerables veces, todos los paisajes del reino se veían de la misma manera. La joven Orihime, por otra parte, no compartía su experiencia y se veía muy entusiasmada admirando la variedad de árboles, arbustos, flores, animales y hectáreas de plantaciones que dejaban atrás.

Ese no era un problema.

—¿Cuál es el nombre de ese árbol?

Este, por otra parte, sí.

Tenía la desgracia de saber el nombre, así que no se complicó la existencia negando una respuesta tan simple.

—Nogal.

—¿Solo hay ovejas, señor general?

No era su trabajo mantener en cuenta la variedad de fauna de la que el reino gozaba en la actualidad.

—No, como puede notar, también caballos. Difícilmente tiraríamos un carruaje con ovejas.

—¿Hay vacas en el palacio?

—¿Por algún interés especial?

—Leche. Mi madre tomaba baños de leche, decía que hacían lucir bella a Cleopatra hasta el día de su muerte. Eso hasta que mi padre lo prohibió por quejas de la gente del pueblo.

Grimmjow había gozado de muchas conversaciones, realmente breves, con las jóvenes nobles. Y notó de inmediato que el aire que ellas usaban para alardear, Orihime lo gastaba en hacer preguntas simplonas y en dejar en evidencia lo impresionable que era.

—No le hizo mucho efecto, ¿verdad?

Orihime sonrió.

—¿Desea tomar baños de leche? Pues la leche del palacio está dispuesta para el consumo, sobre todo de la princesa Yuzu.

—Oí que la princesa Yuzu es una joven encantadora. ¿Cree que le agrade?

Grimmjow enarcó una ceja, empezando a sentirse incómodo y, por lo tanto, molesto.

—¿Es un requisito?

—Quiero decir, también quisiera agradarle al rey, pero es indispensable tener una buena relación con sus hermanas y su padre, así como con el mayordomo, la ama de llaves.

—¿Con el capitán general también?

—¡Por supuesto! —Dijo alegre.

—Debo decir que no está funcionando.

Su sonrisa se borró al instante, y ya lejos de estar interesada en el mismo paisaje que llevaba observando por media hora. Se veía preocupada por su respuesta.

—¿Disculpe?

—Señorita Inoue, no gozo de la habilidad de hablar por hablar, ni me agrada que quien esté a mi lado lo practique.

—Uhm... Estoy molestándolo.

—No es solo su culpa, de cualquier manera. La expectativa de dos semanas en un carruaje no me generan emoción.

Orihime asintió, al parecer comprendiendo sus palabras. De inmediato se sintió un poco satisfecho, había olvidado por completo dejarlo claro en cuanto se sentó frente a ella.

—¿Puedo hacer una última pregunta?

Considerando que iba a ser la concubina del rey, al menos tendría que tenerle un poco más de respeto y paciencia, a comparación de cualquier mujer estúpida que llegaba a los bailes. En cuanto comenzaban a hablar del clima o del poco gusto de las demás asistentes, Grimmjow solía dar media vuelta, dispuesto a perderse por el laberinto vegetal del castillo.

—Adelante.

—¿Cada cuánto descansaremos?

A Grimmjow se le escapó una carcajada, genuinamente, no creyó que fuera un alma bromista. Casi al instante dejó de sonreír, notando que ella se veía hasta avergonzada. Estaba preguntando en serio.

—Evitamos tomar descansos, con el fin de llegar cuanto antes a la capital.

—¿No es mejor estirar las piernas cada tanto?

—Puede estirar las piernas ahí, en su lugar. Le dijimos a su padre las condiciones del viaje para que usted lo supiera.

—... ¿Y tomar aire?

Frunció el ceño, esta vez en serio molesto.

—Si lo usa lo menos posible, no necesitará aire nuevo.

Guardó silencio, jugando con sus dedos sobre su regazo tal como lo había hecho en el salón de la casa de su padre. Su barbilla se acercó a su pecho cuando fijó su mirada en algún punto en el cuero del sillón.

—La cena entonces...

—Señorita Inoue.

—¿S-si?

—Considerando que es la futura concubina del rey y por lo tanto le debo respeto y amabilidad, me estoy esforzando por no permitir que viaje junto a su sirvienta en el reducido espacio que dejaron sus pertenencias... —siseó—. Y le juro que hace falta una sola palabra de su boca, para que deje de importarme.

Grimmjow había recibido muchas veces el comentario de lo aterrador que se veía cuando estaba enfadado. Sus soldados lo habían experimentado muchas veces y jamás con las palabras dulces que estaba rebuscando en su cabeza para no hacer sangrar los oídos de la preciosa dama.

—Aunque...

—Cierre la boca, maldición.

En estricto rigor, habían transcurrido diez minutos desde que salieron del condado. Diez minutos desde que había empezado a hacer preguntas sobre la estúpida vegetación, las aves y las piedras. Solo porque debía cumplir lo que le habían ordenado, es que no la había lanzado del carro. Funcionaba por un tiempo, hasta que ella parecía sencillamente olvidarlo y se disponía a hablarle tan sonriente que le causaba escalofríos.

—¿Cómo es el rey?

Para su desgracia, era una pregunta que tenía el deber de responder.

—Es alto, pelirrojo, reservado y responsable.

Dos cualidades físicas posiblemente atractivas y dos de su personalidad que podían generar confianza y seguridad en una mujer.

Ah.

—Y tiene veintitrés años.

Orihime ladeó la cabeza un poco, pensativa. Parecía no comprender lo que él había creído que sería una respuesta increíble y completa.

—¿Le gusta el ajedrez? Según mi padre, un buen hombre goza de la actividad que representa el ajedrez.

—No, pero le gusta practicar esgrima.

—Es un buen espadachín entonces.

—Diría que yo soy un buen espadachín, a él le gusta el esgrima. Pero supongo que es bueno en lo que hace.

Orihime frunció el ceño.

—¿Le gustan los pasteles?

—Difícilmente, prefiere degustar comidas saladas.

Ella volvió a la carga, jugueteando con sus pulgares.

—¿Y dar paseos?

—Lo veo complicado, ya que cuando no está viendo los asuntos del reino, está descansando, o haciendo esgrima.

No parecía muy complacida con sus respuestas, pero más que disgustada, se veía triste. Esa vez no tuvo que decirle que se callara, pero las siguientes cinco veces hasta el final del día, sí.


Entendía que Isshin estaba intentando reforzar las relaciones con el ducado y el condado, pero Grimmjow creía que al menos, podía haber puesto empeño en escoger a la candidata. Seguro había otro condado o algún marqués que tuviera una hija mil veces más lista, o aunque fuera menos distraída. Toda la elegancia que Orihime pudo poseer estando de pie casi sin moverse, en la sala de su padre, cuando tuvo que revisarla de pies a cabeza, la perdió durante el viaje de regreso. Cuando tuvieron que ir a la posada, agradeció a sus reflejos porque sino la dichosa joven habría llegado con un chichón en la cabeza frente al rey. ¡Con un chichón! ¿No se supone que todas las mujeres aprendían a llevar esos vestidos —incluso Karin?

El dueño de la posada les había ofrecido desayuno, muy bien enterado de que eran del castillo ya que los benditos carruajes eran poco sutiles con la famosa camelia incrustada en la puerta y los banderines. No había tenido ni un segundo cuando Orihime saltó a su lado con agradecimientos y su sonrisa boba.

¡Él estaba a cargo, maldita sea!

La criada parecía poseer toda la sensatez que Orihime, había demostrado en esos días, no tenía el gusto de haber heredado. Pero ni siquiera la mujer era tan competente como para detener el torbellino de torpeza y de disperso andar que era la muchacha.

Ni dos minutos le quitaba la vista de encima y estaba haciendo desarreglos por donde fuera.

Con el ceño fruncido, deseando quitarse la ropa y darse un baño de agua fría en la comodidad de sus aposentos, Grimmjow estaba extendiendo la bolsa de monedas de oro para pagarle al dueño de la posada. Con total seguridad era su rostro el que le causó dudas al hombre sobre si dirigirle la palabra con temas que fueran a exasperarlo, pero finalmente, lo escuchó recitar algo sobre la hermosa dama que lo acompañaba.

—Disculpe, ¿podría repetir lo que dijo?

—Claro, señor. Preguntaba si la señorita está familiarizada con los caballos, se ve que tiene mucha soltura frente a-.

A penas escuchó de quien supuso era Orihime, giró la cabeza. Razón no le faltaba al hombre. Ahí estaba la dueña de su pesadilla de la noche anterior, tan feliz junto a los caballos y tan poco experimentada que no notaba las señales de incomodidad que le mostraba. Los caballos del rey eran bien portados, sin duda, tan perfectamente entrenados que un niño no podría salir lastimado por casualidad. Y aún así, su joven acompañante estaba consiguiendo sacar de sus casillas al, con certeza, caballo con mejor comportamiento del reino.

Terminó de lanzar la bolsa a las manos del hombre y fijó su concentración en Orihime. Con largos pasos, tanto como permitían sus piernas, llegó a su lado cuando terminó de agotarle la paciencia al caballo. Soltó un ruidoso relincho y bufó, removiéndose con exasperación. Si hubiera podido levantarse, seguro lo habría hecho.

Orihime se echó atrás, asustada, y pegó un grito que hizo que le doliera el oído.

Rápidamente paso el brazo por sus hombros y la alejó unos centímetros del caballo, mientras ponía la palma de su otra mano cerca del rostro del animal, sin llegar a tocarlo.

—Tranquilo —murmuró. El caballo aún se removía inquieto, pero después de unos segundos y de chocar la nariz en su mano, volvió a estar quieto—. Eso, buen chico.

La mano que sostenía a Orihime se movió hasta su brazo, y antes de que su lengua le ganara, la arrastró con él hacia la puerta del carruaje.

—S-señor general.

Apretó la mandíbula y se mordió la lengua, intentando no explotar justo ahí. Abrió la puerta de un tirón y puso las manos su cintura para levantarla. Con tropezones, ella consiguió entrar y caer en uno de los sillones, y entonces la siguió dentro.

El portazo que le dio al carruaje fue el preludio de su furia.

—¡En qué demonios estaba pensando!

Se puso pálida tan rápido que, si alguien más la hubiera visto, habría sugerido llamar a un médico.

—¿Por qué creyó que era buena idea acercarse a un caballo, sin los conocimientos necesarios para acercarse a uno? ¡Es inaceptable! —Gritó— Se la ha pasado todo el viaje impresionándose por la cosa más ínfima, ¡claro que no se había acercado a un caballo de esa forma en su vida, sino habría visto lo molesto que estaba! ¡Soy el maldito general del ejército del rey de Karakura, no su estúpida niñera!

En cuanto se había percatado de lo realmente molesto que estaba, Orihime había bajado la cabeza y empezado a jugar con sus malditos pulgares. Eso lo estaba molestando todavía más.

—Va a ser la concubina del rey. ¿En serio cree que puede seguir comportándose como una chiquilla? —Siseó— ¡Míreme a los malditos ojos!

Extendió la mano hasta ella para tomar su muñeca otra vez. Lo sacaba de quicio esa forma de mostrar su nerviosismo. La joven levantó la cabeza al mismo tiempo que daba un pequeño brinco, espantada. Tenía los ojos llorosos y las mejillas junto a la nariz rojas.

Había cruzado una línea que, tal como había pensado hace días, no podía cruzar. Probablemente el poder que tenía en sus manos, a comparación de esa muchacha, habían propiciado esa forma de comportarse más que la actitud de ella misma. Grimmjow se había comportado de la misma forma con mucha gente, siempre con menor estatus y privilegios que él. Incluso la sirvienta que tenía a su disposición había soportado las primeras veces sus regaños y gritos.

Una vez que ella fuera de manera oficial la concubina del rey, su misión no sería solo mantenerla a salvo, su palabra en ciertos asuntos tendría el mismo peso que la palabra que tendría la reina. Ella sería parte de las personas de confianza del rey, o al menos un polvo que con gusto mantendría a disposición, así que una falta de respeto como esa no sería viable de ninguna manera.

No se hacía llorar a la concubina del rey, a la madre de sus hijos. Si volvía a comportarse de esa manera, seguramente no importaría que fuera el mejor general que viera Karakura. Cuando esa mujer se diera cuenta de lo que estaba ocurriendo, sin dudar se desharía de él con tan solo pestañearle a Kurosaki por tratarla de esa forma. Pero por lo pronto, Grimmjow no veía que así fuera. Estaba tan aterrada que se había largado a llorar, una reacción que en realidad era de lo más común, y ni siquiera tenía la fuerza de voluntad para intentar deshacerse de su agarre.

No sería él quién le abriera los ojos, pero tampoco tenía por qué soportarla en ese viaje.

Eso había pensado.

El resto del viaje transcurrió, por fin, en un silencio sepulcral. Grimmjow podía notar la incomodidad de Orihime, sin dudas, pero no hacía que lo disfrutara menos. Eso era todo lo que deseaba, un maldito día de tranquilidad, sin oír su vocecita curiosa, preguntando sobre tantas cosas sin sentido. Y por suerte, sería el último.

Consiguieron llegar al castillo en medio del atardecer. Si Orihime seguía aún afectada por lo ocurrido, en cuando los niños se acercaron al carruaje, toda secuela se esfumó. Grimmjow vio nuevamente esa enorme sonrisa mientras saludaba a los niños con efusividad. Ni rastro de la torpeza de Rukia que agitaba la mano casi como un robot.

De ahí en más, todo transcurrió tal cual. Llegaron al castillo, estaba al menos todo el personal de servicio al fondo y los soldados a un costado, mientras Isshin y Yuzu esperaban. La única diferencia plausible, era que esta vez Karin estaba junto a su hermana en su vestimenta recurrente, y no bajando del carruaje.

Grimmjow abrió la puerta en cuanto los caballos se detuvieron y saltó abajo. Le dedicó una pequeña reverencia a Isshin y sus hijas, y procedió a dar media vuelta para ofrecerle su mano a Orihime.

La joven separó sus labios, con una frase atorada en su garganta que rápidamente decidió desechar. Tomó aire y justo después, su mano. En el momento en que pisó el suelo del castillo, Isshin se acercó, extendiendo su mano al mismo tiempo en que Grimmjow la soltaba.

—Señorita Inoue, es un placer conocerla finalmente. Su padre me contó todo sobre usted, pero estoy emocionado por escucharlo de su voz —Sonrió.

—El placer es mío, rey Isshin.

La expresión complacida en él le generó un sentimiento bastante malvado. ¿Qué habría dicho Isshin si dicha joven que tanto esperaba, aparecía frente a él con un hematoma del tamaño de un huevo en la frente? Nunca lo iba a averiguar, ya que a pesar de todo, siempre hacía bien su trabajo.

En fin, no hallaba la hora de largarse de ahí. Su segundo al mando se habría encargado de las que eran sus obligaciones, pero quien debía entregárselas al rey y anterior a eso revisarlas con ojo de águila, era él.

Pasaron los días, y Orihime se sumó a las horas de té con Yuzu y Rukia, a los almuerzos, a los banquetes. Y él no tuvo que soportarla más.


—La señorita Orihime es realmente dulce e inocente, ¿también crees que es agradable?

Esta vez Kurosaki no se tomó la molestia de preguntarle si quería participar de esa conversación sobre las jóvenes, y Grimmjow lo odió más que nunca. ¿Dulce e inocente? Sí, seguro. Tan inocente como estúpida.

—Lo que diga, mi señor.

—Grimmjow, no estás respondiendo la pregunta.

—Señor, no necesita una respuesta que ya sabe.

Kurosaki sonrió, al borde de la risa. Por supuesto que se estaba burlando un poco de él, después de todo había sido quién tuvo que aguantarla durante una semana, y si no fuera porque las distancias no coincidirían, habría dicho que dos.

—Dame el gusto de oírlo.

—Su prometida no es una eminencia precisamente, y puso en riesgo mi paciencia y su propio bienestar.

—Aunque no es mi prometida aún, la señorita no ha aceptado nada todavía —musitó, echándole una rápida mirada a los documentos que Grimmjow había llevado.

—No puede creer en serio que tiene opción.

—¿Por qué no la tendría? —Enarcó una ceja, incrédulo.

—Soy quien concretó esta gestión. Sé de lo que hablo.

—Ah si, pero no habría problema. Simplemente lo cancelaríamos, que se queden con el dinero, y ella puede casarse con alguien que sí vaya a tener una única esposa. ¿Si sabes a qué me refiero?

Gracias a Kurosaki, Grimmjow había tenido que aprender a contar más allá de los billones.

—No es un asunto que pueda tratarse con tanta banalidad. Ese dinero tendría que considerarse una pérdida de capital y afectaría las relaciones con el conde Inoue y, quizás, con otros nobles que él se relacione. Una mancha en el reinado es tan fácil de esparcir como el excremento. Además, le aseguro que ella no va a casarse con otro hombre.

—¿Por qué tanta negatividad?

—¿Le gusta la opera, señor?

Su pregunta sin duda lo descolocó, era tan fuera de contexto para él que no podía disimular su reacción. Y sin embargo, era el motivo por el que Inoue había aceptado sin chistar más la falta de respeto que Isshin había cometido al no dejar explícito que su hija no sería reina.

—Pues, tanto como a cualquiera. No soy un aficionado, pero la disfruto.

—Podrá disfrutar entonces de la opera en su alcoba, pero no es algo que sus súbditos tengan que saber. Así mismo, ningún caballero aceptaría de tan buena forma a una esposa que podría ser fácilmente confundida con una soprano de teatro cualquiera. Y si lo aceptara... su esposa no sería la única que reciba un trozo de carne.

—Estamos hablando de prejuicio entonces.

—No es mi prejuicio, señor. Así es su sociedad...

Kurosaki suspiró.

—Entonces, si entiendo bien, la señorita Orihime canta opera.

—Es una de sus formas de pasar el tiempo, sí.

—Es un problema, entonces.

—De cualquier manera, el mundo no tiene por qué saberlo si es la concubina.

Grimmjow lo vio ponerse de pie con el ceño fruncido. Una vez más, no parecía satisfecho con lo que estaba diciendo.

—Eso tampoco está decidido.

—Su padre no opina lo mismo. Así es como se efectuó el acuerdo. Ya que el duque Byakuya Kuchiki no recibió ningún informe sobre su posible estatus como concubina, cosa que no fue del agrado de usted; tomé la decisión de informarlo al conde Inoue en cuanto se compartieron los detalles del acuerdo —Eso tampoco estaba siendo de su agrado, a juzgar por su expresión ofuscada—. El hecho de que la señorita Orihime fuera tan descuidada al mencionar su afición por la opera, permitió que no hubieran consecuencias en lo que su padre y el conde habían acordado. Sobra decir que el señor Isshin estuvo de acuerdo en cuanto se lo comuniqué.

—¿Y cuándo pensaban decírmelo? ¿Soy nada más que una estúpida marioneta?

—Si me permite... Usted dejó en claro que no iba a ser partícipe de esto. No hubo interés de su parte, por lo que su padre terminó por decidirlo en base a la conveniencia del reino.

—¡Al menos podría escoger a la reina!

—Y le aseguro que esta decisión es la mejor posible —gruñó, fastidiado por tener que hacerlo entrar en razón—. En general, la señorita Rukia es más material de reina que la señorita Orihime. Al menos, mantendrá con facilidad el agrado de la nobleza y la sociedad, ya que su actitud es impecable.

—¿Cuánta diferencia hay?

—La señorita Orihime estuvo a un segundo de terminar con un desagradable chichón en la frente, y a un carruaje de ser pateada por un caballo.

Ichigo suspiró, nuevamente, y esta vez se notaba menos a la defensiva. Grimmjow asumió que era su victoria.

—Bien, tienes razón. Habrán menos riesgos con la señorita Rukia como reina.

—Sí —respondió—. En cualquier caso, debe hacerle al menos dos hijos a ambas.

—Eres un idiota.

—Sí, señor.


Desde ese momento, todo lo que supo de la señorita Orihime fue por comentarios de las sirvientas, o porque debía interrumpir instancias en las que el rey se reunía con las jóvenes. Había una gran cantidad de gente que creía que era encantadora, más no poseedora de la agraciada forma de andar que debía tener una reina o alguien perteneciente a la familia real. No era la peor catástrofe, pero la diferencia se hacía notar cuando estaba junto a Rukia y Yuzu.

Los soldados, por supuesto, babosos y con nuevos lugares para mirar, se desconcentraban fácilmente cuando se le mencionaba. La señorita Orihime nunca haría acto de aparición del lado en el que los soldados entrenaban, pero en ese punto ya todos la habrían visto de lejos.

Y Grimmjow los entendía. Si mantenía la boca cerrada, sus labios podían ser perfectamente la perdición de cualquier hombre, incluyéndolo.

Aún así, habían quienes preferían a la señorita Rukia. Eran los menos, pero cuando abrían la boca, destacaban.

—La señorita Rukia es muy elegante y pequeña, es como una muñequita. No pueden decir que no es el sueño de cualquier hombre.

—Por cualquier hombre, te debes referir a uno que aprecie un buen par de tetas.

—Cosa que la señorita Orihime sí tiene —Lo secundó otro.

Había algo escalofriante en oír los pensamientos que había tenido, de la forma más burda e irrespetuosa, con la voz y risas de sus soldados. Eran hombres después de todo, soldados, tan desagradables para expresarse como él mismo. En ese punto del castillo, el decoro palidecía y desmayaba al intentar enfrentar a sus subordinados.

—No creo que esa sea la forma correcta de referirse a las señoritas... —Escuchó a su lado.

Claro, todos sus soldados eran unos simios asquerosos. Excepto él, Yuki Ryunosuke, el soldado más flacucho y cobarde que tenía a su disposición. A pesar de eso, era tan buen espadachín como los demás.

—A alguna debes preferir —Le dijo, tomándolo por sorpresa.

—N-no, señor-.

—Yuki —gruñó.

—¡S-si, señor capitán! —Se enderezó de golpe, esperando oír sus palabras.

—¿La señorita Rukia o la señorita Orihime?

Yuki demostró de inmediato el terror que sentía en sus ojos. Le estaba pidiendo que fuera en contra de su inicial postura, o eso parecía creer.

—Solo dime cuál es más bonita.

—Bueno... Por ningún motivo tiene que ver con el físico, pero la señorita Orihime es sin dudas más dulce y alegre que la señorita Rukia, a simple vista. Las sirvientas dicen que incluso si no debe hacerlo, les da las gracias cuando les pide ayuda. La señorita Rukia es amable de igual manera, pero su personalidad es más reservada.

—Y yo te pregunté cuál te parece más bonita. Responde o tendrás que correr en el campo de entrenamiento hasta que anochezca.

—¡L-la señorita Orihime, señor! —De inmediato sus mejillas se pusieron rojas y cerró los ojos con fuerza, como si esperara un golpe. Y así fue, los fanáticos de la susodicha aparecieron por detrás de Yuki, dándole brutales palmadas en la espalda.

—¡Hasta a Yuki le gustan las tetas, tú eres solo un idiota! —Exclamó, burlándose a viva voz de quién prefería a Rukia.

—No cualquiera tiene gustos refinados —gruñó.

—Refinado tendrás el culo cuando te destroce en el entrenamiento. ¡Por la diosa Orihime!

Grimmjow chasqueó la lengua, harto de oírlo.

—¡Cállate, Kuramadani! Dejen de holgazanear. ¡Diez series de sparring! ¡Los que reciban tres toques irán a limpiar los establos y la letrina! —Se puso de pie, mirando a todos los soldados con el peor de las expresiones de su repertorio.

—Pero capitán, nosotros no nos encargamos de los establos...

—Claro que no, siempre y cuando no recibas esos tres toques —siseó con tono tenebroso—. ¿Alguien más está de humor para ir en contra del capitán? Solo tienen que derrotarme y...

—¡No, señor capitán!

—¡Pues muevan el trasero, escorias!

No había nadie tan estúpido como para querer luchar contra él. Era bien sabido que no tenía piedad cuando intentaban cuestionar con sus estúpidas caras las órdenes y castigos que les estaba decretando. Así que, ya fuera signo de cobardía o astucia, cada uno de ellos estuvo listo en menos de un minuto junto a otro compañero. No necesitaron que diera el listo para que comenzaran a entrenar.

Al próximo que mencionara a alguna de las dos, iba a patearle el trasero.