Esta historia la estoy publicando en Wattpadd, con la esperanza de algún día hacerla publicar en físico. Pueden encontrar con el mismo nombre. Si bien me inspiré en la canción "Ookami wa akazukin ni koi o shita", la historia es original y los personajes también.


El 2 de noviembre inició con una misa solemne y luego las familias llevaron sus bienes a los puestos que estaban de pie desde hace dos días. Como era el tercer día, no mucha gente fue como el día anterior, pero era más de lo esperado.

Desde su cuarto, Rhin se preparó lo mejor que pudo. Pasó el vestido que le regaló Auri por su cuerpo y luego se lo acomodó. Luego, procedió a ponerse los zapatos que ella también le regaló. No tenía un espejo de cuerpo, pero pensó que se vería bien.

—¿Rhin? ¿Estás lista? —preguntó su madre tocando la puerta de su habitación.

—Mamá, ¿Me podrías ayudar con un asunto?

—¿Qué es, linda? —la mujer entró y se quedó boquiabierta por vislumbrar el hermoso y costoso vestido de su hija—. Rhin ¿De dónde sacaste ese vestido?

—Me lo regaló Auri en su último viaje a la ciudad, también estos zapatos.

—Son muy bonitos —la mujer miró también el calzado y se quedó encantada. Luego, recordó porqué entró en la habitación de su hija—. ¿En qué quieres que te ayude?

—Es mi cabello. Me gustaría hacerme un lindo peinado, pero no sé cómo.

—Yo te ayudo, mi pequeña.

La mujer agarró un peine y cepilló el cabello de Rhin. Era muy corto, llegaba un poco más allá de sus hombros. A la chica nunca le gustó tener el cabello largo, a diferencia de su amiga, le incomodaba tenerlo así. Por tener el cabello corto nunca se hacía peinados tan elaborados, pero hoy quería verse bonita.

—Pásame un listón —pidió su madre cuando terminó de cepillarla. Rhin se lo pasó y ella procedió a hacerle un moño muy prolijo—. Listo.

—¿Me veo bien? ¿El vestido se me ve bien? —preguntó Rhin con un tono de preocupación. No tenía espejo para confirmarlo.

—Rhin, te ves maravillosa ¡Mamá! ¡Mira a Rhin! —llamó la mujer a la abuela y ella apareció en la entrada. Se sorprendió de ver a su nieta tan distinguida.

—Rhin, ese vestido se ve caro, pero es precioso.

—¿Te gusta? Auri me lo compró junto a los zapatos. Le prometí que lo usaría para el festival.

—Algunas veces me preocupa que Aurélie sea tu amiga —comentó la mujer—. Temo que te quiera hacer coqueta y frívola.

—Mamá, Auri no es así.

—Pero hay veces, como esta, que estoy agradecida por que lo sea.

La chica rodó los ojos, su madre era una persona difícil de entender a veces, pero le alegró que no dijera nada negativo acerca de su amiga.

—¿Planeas impresionar a Rhein? —preguntó de repente su abuela.

—¿Qué? Claro que no. Me lo puse porque se lo prometí a Auri y hubiese sido de mi parte muy ingrato no aparecerme con el vestido que ella me regaló.

Las dos mujeres se rieron, Rhin no podía ver su cara, pero estaba ruborizada.

—¿Estás segura? Ayer los dos se hablaban con mucha familiaridad, como si se conocieran desde hace mucho tiempo —le dijo su abuela.

—Además, Rhin, tú y él se llaman casi igual. Tal vez es el destino que los quiso unir.

—Mamá, abuela, hay cosas más importantes que hacer, como ayudar a papá a llevar los cultivos y prendas al puesto de venta.

—¡Ay! Casi se me olvida, vamos mamá —le dijo la mujer a la anciana y la llevó afuera.

Rhin se preparó con la canasta que ganó ayer y guardó la hebilla envuelta en el pañuelo.

—Hoy debemos resolver el caso. Si o si, tenemos que encontrarlo —se dijo a si misma y salió.

Afuera de su casa, Rhin observó la calabaza de su padre y sonrió pensando lo mucho que él se esforzó y como fue recompensado. Ese pastel de zanahoria estaba delicioso.

Se dirigió detrás de su cabaña, buscando a alguien con la mirada. Luego de estar varios minutos tratando de localizar a Rhein, se encogió de hombros y se dio la vuelta para irse al festival.

En el escenario dos jóvenes estaban improvisando poesía y rimas, pero no les salía muy bien. A pesar de eso, la gente que los oían aplaudieron. Rhin recordó que su abuela le puso algo de dinero en la canasta antes de irse, así que pensó en jugar algo.

—¡Rhin! —la chica volteó a donde la llamaban, era Aurélie, junto a su hermano menor y Lottie.

—¡Hola, chicos!

—Rhin, hicimos nuestro mejor esfuerzo por buscarte —dijo Lottie—. Qué lindo vestido llevas.

—Es el vestido que yo misma lo elegí, me alegra que hayas cumplido tu promesa ¿No que es precioso?

Los chicos asintieron mientras admiraban el hermoso vestido que Rhin portaba. Ella se sonrojó y sonrió.

—Gracias, chicos. De casualidad ¿No vieron a…? —la pregunta de la chica quedó en el aire y los dos chicos pequeño inclinaron su cabeza como signo que no comprendían.

Aurélie soltó una carcajada que asustó a su hermano.

—Ya veo, preguntas por Rhein ¿No?

—¿Rhein? ¿Quién es Rhein? —preguntó Lottie, Benoit miró a su hermana en busca de respuestas.

—No es nadie —se apresuró a contestar la caperucita—. Vamos, chicos ¿Quién quiere atrapar una manzana?

—¡Yo! ¡Yo! —dijeron al unísono mientras saltaban.

Rhin reía y Auri suspiraba. Los cuatro fueron al puesto con el barril de manzanas.

No muy lejos de allí, el chico lobuno observaba curioso las herraduras para caballo y demás cosas que el señor Deneuve exponía. A diferencia de la mayoría en el pueblo, él no se esforzó mucho en su puesto de exposición y venta.

—¿Necesitas algo? —preguntó el hombre al chico. Rhein respingó, su voz lo hizo temblar.

—Nada, solo miraba.

El joven miró un collar bonito y acercó su mano para tocarlo.

—¡Oye! —atrapó Deneuve la mano de Rhein—. Mira con los ojos, no con las manos

—Lo siento —Rhein quiso sacar su mano, pero el hombre la mantenía apretada—. Monsieur…

—Tienes manos muy extrañas, chico —comentó Deneuve acercando más la mano de Rhein a su cara—. Tus uñas… parecen que las cortaron con unas tijeras.

—Monsieur ¿Podría soltar mi mano? Me está incomodando.

El herrero soltó la mano del chico de mala gana.

—Si no quieres nada, bien puedes marcharte, nada te retiene ahora.

Rhein se disgustó con sus palabras y se fue lejos de allí para no volver. Su olfato lo guiaba a través de distintos puestos y podía sentir muchas cosas, desde lo que había comido la gente hasta cual fue el último animal que tocó.

Pasó otra vez cerca de la panadería. Una vez, su padre y su tío le dijeron que un ladrón siempre vuelve al lugar donde cometió su crimen, con eso en mente, siempre pasaba cerca de allí. Hoy exponían bollos de todo tipo y todos se veían muy sabrosos. Una mujer sentada en una silla, con un bebé en brazos, atendía el puesto, supuso que esa debía ser la señora Garnier con su hija.

—¿Quieres algo? —preguntó la mujer, era muy joven. Rhein cerró su boca y desvió su vista.

—No, gracias.

—Es que te he visto merodear por aquí desde ayer ¿En serio no quieres nada?

—No sabría con qué pagarlo.

La mujer pensó un momento y luego sonrió.

—Si sostienes a Marie pon un rato te lo compensaré con un croissant.

—¿Qué? ¿Su bebé?

—Vamos, ella es muy buena, pero debo terminar de tejer su manta y no puedo hacerlo mientras la sostengo y atiendo el puesto ¿Me harías el favor de atender el puesto por mi y cuidar de ella?

El chico se ruborizó y se sintió incapaz de decir algo, pero al final respondió.

—Está bien.

Rhein se quedó por un rato con la bebé en brazos, meciéndola, sin intenciones de despertarla. La señora Garnier desapareció un rato para volver con otro taburete y su equipo de tejer. A pesar de haberle pedido a Rhein que vigilara su puesto, ella también se quedó cerca.

—Sabes, bebé, te llamas igual que una amiga que tuve —le habló el chico a la niña dormida.

—¿En serio? —preguntó la señora que no evitó oírlo—. ¿Tú cómo te llamas, joven?

—Rhein.

—Rhein ¿Eh? Te llamas casi como la hija de los Perrault.

La mujer siguió tejiendo y Rhein meciendo a la bebé sin hacer ruido. Podía sentir la respiración de la infante junto a su latir, su instinto lobuno se mantuvo en calma cerca de ella, hasta que un olor llamó su atención.

—Madame Garnier, queremos unas madeleines y cuatros brioches con nata.

Las orejas dentro del gorro de Rhein se pusieron puntiagudas, levantó un poco su cabeza para atisbar al cliente.

—Por supuesto, esperen que tengo más brioches adentro —dijo la mujer y se marchó por un rato.

Rhein se quedó solo con los dos clientes.

—Oye Marcel ¿Ese no es…?

—Si, es él.

Rhein se encogió de hombros, ya lo vieron.

—Oye, Rhein ¿Qué haces aquí? —preguntó Marcel acercándosele.

El muchacho hizo una sonrisa nerviosa sin soltar a la bebé.

—¿Yo? Nada, solo estoy ayudando a Madame Garnier.

—¿Es conocida tuya? —esta vez preguntó Paul.

—No, es solo un pequeño favor a cambio de un croissant.

—Cierto que es el chico sin dinero o algo para intercambiar —se burló Marcel.

—Al menos tengo brazos para hacer favores —se defendió sin borrar su sonrisa.

—Brazos de chico de ciudad —dijo el hermano mayor mirando más de cerca—. ¿Tú qué opinas, Paul?

—Bueno… —el joven quería decir algo por aprobación de su hermano. Miró más de cerca las extremidades de Rhein—. Creo que esos brazos solo sirven para sostener bebés —dijo con intenciones de hacer reír a su hermano y lo logró.

—Ya lo has dicho.

Rhein borró su sonrisa, pero trató de hacer una cara sin expresiones. No quería mostrar debilidad. Se concentró en no dejar a la bebé despertarse, pero unos sonidos llamaron su atención. Se fijó en una cara conocida.

—Rhin —dijo en voz alta y parándose de su asiento.

Los dos chicos voltearon al mismo tiempo que la mujer regresaba con una bandeja de brioches. La bebé comenzó a moverse, estaba despertando.

Rhin levantó su cabeza a donde la llamaban, sonrió al reconocer a su amigo.

—¡Rhein! —corrió hasta donde estaba, ignorando a los demás—. ¿Dónde estabas? Te estuve buscando ¿Y por qué tienes al bebé de madame Garnier contigo?

—Digamos que me ofrecí para hacer una pequeña tarea a cambio de un bollo.

—¿Lo conoces, Rhin? —preguntó la señora mientras le ponía los dulces en la canasta de los muchachos.

—Si.

—Lo conoció ayer —remarcó Paul—. Muchas gracias por los bollos, madame.

—De nada, chicos.

—Así que aquí estás, Rhein —comentó Aurélie apareciendo detrás de Rhin con una sonrisa socarrona. Detrás de ella llegaron Benoit y Lottie que miraban la escena dudosos de lo que pasaba.

—¿Ustedes también conocen a Rhein? —preguntó la señora Garnier tanto a los hermanos Avenant como a los recién llegados—. Él es muy bueno y diligente, me está ayudando con Marie.

—No creo que sostener a un bebé sería la definición de un trabajo diligente —se burló Marcel.

—¿Qué dices, Marcel? Se debe tener mucha paciencia y fuerza para sostener por mucho tiempo a un bebé —lo regañó la mujer.

—En especial cuando llora —dijo Lottie—. Recuerdo que mamá solía decirme lo mucho que la estresaba cuando era bebé.

Como si fuera una predicción, la bebé comenzó a llorar en los brazos de Rhein. Los jóvenes se alejaron, ensordecidos por el ruido que emitía la infante.

—Cálmate, Marie —trató de tranquilizarla Rhein. Él recordó que ella se sentía más cómoda cuando estaba sentado, por lo que volvió a su anterior pose, meciéndola.

Antes que la señora Garnier interviniera para ayudar al chico lobo, se sorprendió por lo bien que había actuado él ante la situación. Marie volvió a cerrar los ojos, mientras Rhein acercaba su cara a la de ella y le tarareaba una canción. Ella no fue la única sorprendida, todos allí, en especial los hermanos Avenant, estaban fascinados de la naturalidad que tenía el muchacho con la bebé, como si se tratara de su hermana o su hija.

—¿Ya está dormida? —preguntó en voz baja Lottie, acercándose a la niña.

—Si, lo está. Muchas gracias por tu ayuda, Rhein —lo felicitó la señora Garnier y tomó a su hija de sus brazos, siempre manteniendo el cuidado de no despertarla—. Puedes tomar el croissant, como te prometí.

—Se lo agradezco.

Rhein agarró el bollo y lo olfateó. Con solo tener su olor en sus fosas nasales ya sabía que el sabor sería delicioso. Después de apreciar el dulce, se dio la vuelta a Marcel y Paul sonriendo.

—Nada mal para alguien que solo tiene brazos para sostener un bebé ¿Eh? —dijo el lobuno mostrando todos sus dientes en su sonrisa. Paul tembló y Marcel se percató de algo extraño en sus dientes.

—Rhein, no era necesario hacer lo que hiciste. Yo pude haberte comprado algo —le dijo Rhin acercándose más.

En ese momento, el joven notó el lindo vestido que ella llevaba, era el mismo que contempló muchas veces en el armario.

—Rhin, estás usando ese vestido —susurró con un pequeño sonrojo en sus mejillas.

La chica se contempló y sonrió.

—¿Ya viste antes el vestido, Rhein? —preguntó Aurélie.

Ambos amigos quisieron que se los tragara la tierra. El chico lobo se regañó a si mismo por ese desliz suyo.

—N-no en realidad. Ella me los describió ayer cuando hablábamos —se apresuró a mentir Rhein.

—¡Si! Ayer, mientras caminábamos con mi abuela —confirmó la chica lo más pronto posible, antes de levantar más sospechas—. Rhein, que bueno volver a verte. Mira, ellos son dos amiguitos nuestros —cambió de tema y se enfocó en Benoit y Lottie.

—Es un gusto —se presentó el muchacho en una leve reverencia, con uno de sus brazos en la espalda y otro en su pecho, como le había enseñado su padre al saludar a personas nuevas—. Me llamo Rhein Grimm, vengo de un pueblo cerca del Rin y allí se habla tanto alemán como francés, por eso mi acento.

Los dos niños lo miraban con los ojos muy abiertos, como si pudieran ver sus orejas.

—Tienes un nombre raro —comentó Lottie—. Parecido al de Rhin, pero distinto.

—También tu apellido es raro, tu sombre-brero igual —siguió Benoit.

Rhin se molestó un poco por sus comentarios atrevidos y volvió al anterior tema.

—Chicos, que groseros. No se presentaron aún.

Ambos respingaron y Lottie dio un paso al frente estirando su falda, como una dama.

—Me llamo Charlotte Belmont, pero me puedes decir Lottie. Es un gusto, Rhein.

—El gusto es mio, Lottie —respondió el joven agarrando su mano y le depositó un beso. La niña se rio con un tono que denotaba timidez.

En cuanto Rhein soltó la mano de Lottie, Benoit se acercó al chico con su mano agarrada a la de su hermana mayor.

—Yo-yo soy Benoit Mo-moreu.

Benoit bajó su mirada, Aurélie notó como sus ojos evitaban el contacto visual y como le apretaba la mano, sabía que su hermanito estaba nervioso, en especial porque Marcel estaba cerca. Pudo atisbar como ese chico le susurraba algo a Paul y ambos se rieron en voz baja.

—Es un gusto, Benoit.

El lobuno solo le acarició sus cabellos y le hizo una amable sonrisa. Benoit alzó su cabeza y se ruborizó un poco, el rostro de Rhein le trasmitió confianza y sin darse cuenta, correspondió su sonrisa.

—¡Es un gusto también! —le respondió y sin darse cuenta, soltó la mano de su hermana. Aurélie se impresionó que Benoit alzara mucho su voz y que además no tartamudeara frente alguien desconocido.

Por su parte, Rhin se alegró que sus dos más jóvenes amigos les haya caído bien su querido licántropo erudito.

—Ya que todos nos presentamos ¿Por qué no vamos a pasear juntos? Hay muchos juegos que no pude disfrutar ayer —dijo Aurélie sonriente.

Rhin le trasmitió una mirada a Rhein para hacerle saber que necesitaba hablar un momento a solas con él.

—Disculpe, madame Garnier, no le molesta si me voy con mis amigos ¿Verdad? —habló el joven alemán a la mujer.

—Para nada, ya cumpliste con tu tarea Rhein. Además, terminé de tejer la manta para Marie, ella estará calentita ahora.

Rhein esperaba que pidiera otra tarea para poder quedarse más tiempo en el puesto y hablar a solas con Rhin, pero se percató que eso no sería posible por ahora.

—Muchas gracias —respondió el licántropo.

—¡Rhein viene con nosotros! ¡Si! —gritó Aurélie con un puño al aire.

—No grites, Aurélie —la calló su hermano.

—Es que me alegra tanto. Tal vez nos encontremos con Michèle y Mattis.

—O con Émile —dijo Lottie.

La sonrisa de la adolescente de pronto se borró.

—¿No iba a estar vendiendo leña y unos muebles que hizo con su papá? —preguntó Aurélie.

—No hoy. Dijo que se iba tomar el día, pero no sé si iba a salir de la comarca porque no quiso salir con nosotros.

Rhin podía observar la incomodes de su amiga, pensó en cambiar de tema, pero alguien más habló en lugar de ella.

—Disculpen ¿Podemos ir con ustedes? —interrumpió Paul con su tono cortés.

—Tenemos dinero para participar en juegos y comprar dulces —prosiguió su hermano mientras tomaba un bollo dulce para comerlo.

Las chicas se miraron y luego miraron a Benoit, que se encogió de hombros y se escondió detrás de su hermana. Rhein notó la reacción incómoda de Benoit.

—¿Pasa algo, Benoit? —preguntó Rhein.

—Pu-pu-pues… —el joven pronunció un tartamudeo muy notable y se percató como Marcel hacía una mueca para no reírse. Benoit se escondió detrás de su hermana y le tiró de la manga para que ella se acercara y le hablara al oído.

—¿Tienes que irte ya? —el chico asintió en silencio.

—No te vayas Benoit —pidió Lottie, aunque se avergonzó al momento de hacerle su petición porque todas las miradas se enfocaron en ella.

—Lottie tiene razón, no queremos que te vayas Benoit —dijo esta vez Rhin para sacar de la vergüenza a la niña.

El chico se quedó en silencio mirando al suelo, sin despegar su mano de la falda de su hermana.

—Nadie se reirá de ti —dijo de repente Rhein. Todos lo miraron sorprendido—. Quien lo haga se irá del grupo —miró a los hermanos Avenant mientras decía eso—. Ist das klar? —preguntó, pero todos inclinaron sus cabezas desentendidos mientras arqueaban las cejas—, quiero decir ¿Entendieron?

—Entendimos, garçon allemand —le dijo Marcel rodando los ojos—. Si no hay más distracciones ¿Podemos ya irnos?

—¡Si! ¡Si! —gritó Lottie.

El grupo entero se dirigió a un lugar donde tiraban aros de acero en distintos conos puntiagudos hechos de maderas. Lottie compró algunos para intentar, también Aurélie y Marcel. Los demás admiraban lo impulsivos y habilidosos que ellos eran. Rhin aprovechó que nadie la miraba para llevarse a otro lado a Rhein. Le tomó de la manga y le susurró a su oído "sígueme", sabía que él podría oírla bien incluso si le hablaba con un ápice de su voz, sus orejas eran para oírla mejor.

Los dos se alejaron y fueron a un lugar con poca gente.

—Rhein, gracias por lo que le dijiste a Benoit.

—Me comentaste que él tenía problemas de habla. No es la primera vez que veo a un chico así, así que esperaba que hubiera gente que se burlara.

—Claro que hay gente que se burla de él, pero Aurélie no sabe cómo defenderlo y Lottie tiene vergüenza.

—¿Por qué tendría vergüenza?

—Ya sabes, iniciarían los chicos con la frase "¿Por qué lo defiendes? ¿Son novios?" y cosas así.

—No fue nada, en todo caso.

—Y trata de hablar menos alemán, casi te expones.

—No puedo evitarlo, cuando soy firme ante los demás me sale —dijo mientras se frotaba la nuca avergonzado.

—¡Evítalo como puedas! —lo regañó en un tono que hizo a Rhein temblar—. Ahora, lo de la hebilla…

—No encontré a la persona, quería quedarme con Frau Garnier para vigilar el lugar, pero tuve que irme.

—No importa, lo encontraremos, estoy segura, hoy tengo ese presentimiento.

—¿También lo sientes? ¡Qué bueno! Yo también tengo ese presentimiento —dijo el muchacho y sin darse cuenta su cola se sacudió bajo los pantalones.

—¡Rhein, tu cola! —le gritó en un susurro señalándola.

Scheiße —exclamó el chico tratando de detenerla.

—Rhein, te dije que no hables tanto alemán.

—No puedo evitarlo, sabes que soy alemán —le susurró tan bajo que ella apenas lo oyó. Sin embargo, lo chitó.

—No lo demuestres tanto. Por ahora es creíble la mentira de que vienes de un pueblo que habla ambos idiomas.

—Lo sé, fue una buena idea —el chico suspiró a la vez que su cola se retraía—. Ocultar que soy de otro país y mis rasgos lobunos, como si mi vida no fuera complicada de por si.

—Por ahora concentrémonos en encontrar al ladrón. En cuanto lo encuentres con tu olfato, hazme una señal y yo haré lo siguiente.

—De acuerdo, pero… ¿Qué señal? ¿Quieres que aúlla?

La joven se rio.

—Por supuesto que no, debe ser algo que pase muy desapercibido.

—Ya sé ¿Qué tal si te digo una frase con una palabra clave?

La chica inclinó su cabeza y arqueó sus cejas.

—¿Cómo sería eso?

—En mi casa solíamos tener una palabra clave con mis hermanos cuando estábamos en una conversación aburrida y queríamos ya irnos. Lo normal es que se relacionara con el bolso de mamá, decíamos algo como "¿Mamá escondió el juguete en su bolso?" o "debemos pedirle a mamá que nos preste su bolso", pero era una clave para hacer entender que nos queríamos ir.

—¡Qué gran idea, Rhein! ¿Pero qué palabra usaríamos?

Los dos pensaron rápido y al chico lobo se le ocurrió algo pronto.

—¿Qué tal la palabra "manzana"?

—¿Manzana?

—Si, en cuanto huela al dueño de la hebilla te diré algo relacionado con la manzana.

—Pero hay muchas cosas relacionadas con las manzanas aquí.

—Entonces lo diré en alemán.

—Pero Rhein… —quiso objetar la chica antes que él la detuviera.

—Ya sé que no quieres que hable mucho alemán, pero me es más fácil comunicarme en mi idioma.

—De acuerdo —ella suspiró derrotada—. Pero solo estoy de acuerdo porque estamos apurados, solo dirás una palabra en alemán y esa será manzana ¿Está bien?

—Está bien.

—¿Cómo se dice manzana en alemán?

—Escucha con atención… —ella acercó su oído y él le susurró la palabra—. ¿Entendiste?

—Si.

—¿Quieres que te la repita?

—No será necesario, la recordaré.

—Muy bien, en cuanto lo diga, caminaré al dueño de esa hebilla y te lo señalaré.

—Y yo haré el resto.

Sehr gut, muy bien.

Ambos volvieron antes que terminara Marcel su partida. Logró tirar el aro en el cono más alejado dos veces seguida y eligió como premio un tarro de mermelada de durazno. Por su parte, Lottie había elegido un par de guantes nuevos y Aurélie no pudo acertar por lo que no recibió premio alguno.

—Es un juego terrible —susurró la chica en voz baja.

—¡Miren! ¿No son lindos? Ahora que comienzan los tiempos fríos, estos guantes serán muy útiles, me gusta que sean rojos —dijo riendo la niña mientras los frotaba contra su cara.

—Oye, Paul ¿No quieres jugar? —preguntó Marcel a su hermano a la vez que guardaba el tarro de mermelada en su bolso.

—No, gracias. No creo ser muy bueno.

—Ay, vamos, tonto ¿O quieres quedar como débil frente a Rhin? —le susurró lo último.

Ambos miraron como Rhin sonreía a Lottie que le mostraba sus guantes, consolaba a su amiga por perder y siempre se mantenía al lado del chico nuevo.

—Hace poco los vi yéndose juntos —le respondió el menor de los Avenant—. Como si tuvieran un secreto entre ellos.

—Tendrás que mostrarle a Rhin que vales algo, Paul.

—Tienes razón, pero no será aquí, será en algo que soy bueno haciendo.

Los chicos caminaron, buscando algo más en que divertirse y lo hallaron al poco tiempo.

—¡¿Quién obtendrá algún premio del palo de cucaña?! —gritó un hombre frente a un gran palo largo todo cubierto de grasa. Arriba del palo era posible distinguir una rueda gigante incrustada, donde colgaban distintos alimentos de sus varillas.

Un hombre intentó escalarlo mientras presentaba el juego el dirigente, pero se cayó antes de que dijera "cucaña".

—Ese juego es muy tramposo ¿No, Benoit? —comentó Aurélie. Su hermano asintió en silencio.

—Es muy difícil, pero algunas personas ya se llevaron algunos premios —señaló Rhin algunas varillas vacías.

—Habría que ser un ave para recoger esos alimentos —dijo Lottie.

—O habría que hacerlo entre varios hombres —sugirió Marcel y le dirigió una mirada a su hermano—. Paul ¿Qué te parece intentarlo?

—Se ve difícil, pero… —Paul observó cómo colgaban esos alimentos y sintió un gran deseo de estar en la cima, nunca le atemorizaron las alturas, siempre le gustó subirse a árboles y lugares altos—. Divertido —terminó su frase con un aire soñador—. De acuerdo. Vamos, Marcel.

—¡Ya lo dijiste! Qué bueno que es un juego gratis.

Rhein se aproximó a Rhin para hablarle en susurros.

—¿Qué clase de juego es ese, Rhin?

—Se llama "el palo de cucaña", consiste en escalar un palo de cinco metros todo engrasado, el cual tiene premios en la punta, pero es muy difícil porque es muy resbaladizo ¿Nunca lo hicieron en tu país?

Rhein negó.

—Nunca escuché hablar de un juego así.

Paul y Marcel se estiraron un poco y le pidieron permiso al dirigente del juego para escalar el palo. Marcel se resbalaba y apenas podía mantener sus manos aferradas al palo. Por otro lado, Paul era más habilidoso; casi como un gato, sabía cómo mantener sus piernas aferradas al palo y con ayuda de sus manos trepaba en las grietas que otras personas habían dejado.

—¡Vamos, Paul! —le gritó Aurélie.

—¡Tú puedes! —lo animó Rhin.

Marcel sonrió que su plan funcionaba, pero le apesadumbraba no poder escalar como su hermano y ayudarlo. Sonrió pensando que no siempre lo iba poder ayudar. Sin embargo, cerca de la cima, Paul empezó a deslizarse hacia abajo.

—¡Paul, tu puedes! —gritó Rhin, preocupada que su amigo cayera.

Rhein miraba con atención, esperaba que alguno pudiera llegar a la cima, pero algo llamó su atención.

Más personas empezaron a observar si el menos de los Avenant lograba su objetivo. El muchacho resbalaba, pero él quería llegar a la cima, sus dedos cada vez se engrasaban más y perdían la agilidad con la que empezó a escalar, así que tuvo una idea.

—Paul ¿Qué haces? —preguntó su hermano cuando lo vio sacarse los zapatos. Incluso agarrado a ese delgado palo, sujetándose con las manos, pudo arreglarse para quitárselos con sus pies y después las calcetas. Se impresionó de la flexibilidad de su hermano menor.

—¡Escalaré con los pies!

—¡No te caigas! ¡Estás a mucha altura!

Cuando el chico quiso sacarse la otra calceta, llevó su fuerza a un extremo y eso tambaleó al palo. Eso era extraño, lo normal era que estuviesen bien clavados en el suelo, pero esta vez no parecía el caso.

—¡Oh, no! —gritó Lottie tapándose los ojos.

—¡Se va a caer! —exclamó otra mujer del público.

Marcel bajó deslizándose y miró a su hermano, cerca de la cima. Los espectadores temblaban porque volviera a ocurrir algo así otra vez. Rhin le tomó de la mano a su amiga y ella a su hermano menor, estaban todos asustados.

—¿Qué pasa? ¡Se tambalea! —le gritó Marcel al dirigente del juego.

—N-no lo sé —respondió el hombre sudando—. Hace mucho que no pasaba algo así.

—Si le pasa algo a mi hermano voy a… —Marcel lo agarró del cuello de su camisa y estiró su puño en alto, pero Rhein lo detuvo.

—Ahora no es momento de pelear, Marcel. Tengo una idea que podría funcionar ¿Eres fuerte?

—Por supuesto que lo soy, estos músculos a veces tienen que cargar cerdos pesados.

—Entonces, sígueme.

Rhein lo llevó hasta el palo y le indico que lo sostuviera de un lado.

—Yo lo sostendré del otro, es un palo delgado pero pesado.

Marcel apoyó una parte de su cuerpo contra el palo, mientras Rhein ejercía fuerza en la otra mitad.

—¿Cómo esto funcionará? —Preguntó Marcel.

—La fuerza de ambos ejercida de los dos lados mantendrá al palo firme hasta que Paul logre su objetivo o desista y baje.

—Mi hermano lo logrará. Ya verás, garçon allemand.

—Concentrare en mantener el palo firme —replicó Rhein.

Los dos muchachos estuvieron largo tiempo esperando a Paul. Marcel miraba hacia arriba de vez en cuando y se dio cuenta lo asustado que estaba su hermano para seguir subiendo o bajar.

—¡Paul! ¡Tú puedes! ¡Estoy aquí ayudándote!

El hermano menor miró hacia abajo y notó tanto a su hermano mayor como al chico extranjero sosteniendo el palo. Era verdad que Paul sintió mucho miedo cuando el palo se tambaleó, casi su alma despegaba de su cuerpo, hasta tal punto que se inmovilizó. No fue hasta que escuchó a Marcel que volvió a la realidad.

—¡Cuidado de no resbalarte! —le gritó Rhein.

Se percató que estuvo bajando poco a poco por el palo, no era una sorpresa si estaba engrasado.

—¡No se muevan, ya llego! —les gritó a los otros dos y volvió a escalar.

Paul escalaba más rápido ahora. Tenía que darse prisa, no quería caerse, no quería quedar como un débil frente a Rhin y no quería que su hermano se cansara de sostener el palo. Logró atisbar una pata de lechón que colgaba de una de las varillas de la rueda, sabía que estaba atada con una cuerda, pero jalando con fuerza podría sacarla.

—¡Tengo algo! —gritó.

Se aferró al palo y bajó deslizándose con la cuerda atada a la pata en su mano.

—¡Magnifico, muchacho! —le gritó el dirigente—. ¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres?

—Paul Avenant y soy de este pueblo.

—¡Un aplauso a este valiente muchacho que se arriesgó y ganó! —pidió el hombre y mucha gente lo aplaudió. A Paul no le importaba que le aplaudiesen, estaba feliz de estar vivo y que Rhin lo haya notado por una hazaña arriesgada—. ¿Quién quiere intentar?

—Nadie lo hará —habló Rhein que ya había dejado el palo. Marcel lo seguía detrás—. Este juego debe clausurarse, no está en buen estado.

—Pe-pero…

—Ya escuchó, idiota. De no ser por este chico y yo, mi hermano pudo haberse caído desde muy alto y ese palo pesado pudo haberlo aplastado.

—Ellos tienen razón, Jehan —dijo otro hombre apareciendo—. El juego es peligroso, baja los premios y deja que las personas los ganen en otro juego menos arriesgado.

El dirigente refunfuñó pero hizo caso a ese hombre que era conocido suyo. Mientras tanto, Paul recibía muchos elogios de las chicas.

—¡Eso fue alucinante, Paul! —exclamó Aurélie. Benoit no dijo nada, pero asintió a lo que decía su hermana.

—¡Yo casi no pude ver! —protestó Lottie—. Muchas personas se amontonaron y me taparon.

—Creí que no viste porque tenías miedo —le replicó Rhin.

—¡No es cierto!

Los jóvenes se rieron, pero la persona que el muchacho más esperaba una palabra de alabanza no tardó en llegar.

—Te felicito, Paul. Me alegra que no te lastimaras —dijo Rhin.

—Fue gracias a mi hermano —lo señaló y le sonrió—. Gracias, Marcel.

—Oye, yo sabía que podías —le dio un pequeño puño en su hombro devolviéndole la sonrisa.

—También fue gracias a Rhein —objetó Rhin—. Él fue quien tuvo la idea, tu hermano lo ayudó.

—¿En serio?

Paul miró a su hermano quien agachó su cabeza un poco avergonzado. Él asintió en silencio con los labios fruncidos. Él desvió sus ojos al chico lobuno y notó como alzó sus hombros en alto y sus ropas estaban un poco sucias por sostener el palo.

—Gracias también, Rhein —dijo en un tono resignado, sin mirarlo a los ojos. Era como si le pesara agradecerle y no era sorpresa el porqué. Aquel extranjero parecía querer robarse a su chica.

—Esta vez iremos a donde Benoit quiera —dijo su hermana sonriéndole. Benoit le hizo una seña para que ella se agachara y le dijera al oído a donde quería ir a jugar—. Él dijo que Rhein decida.

Cuando voltearon para preguntar a el forastero no lo encontraron en ningún sitio.

—¿Rhein? —preguntó Rhin preocupada.

—¿Dónde está? —esta vez dijo Lottie.

—Es muy raro que un chico como él se esconda así —dijo Marcel—. ¿Dónde se habrá metido?

—No creo que se haya ido muy lejos, estaba a mi lado hace un momento —habló Paul.

—¿Y no notaste cuando se escabulló?

—Es muy silencioso.

—Tenemos que buscarlo —dijo Rhin en un tono angustiante.

—No será difícil hallarlo, es muy fácil de identificarlo. Rhein es un chico alto, buenmozo, con un sombrero feo, pantalones largos y una camisa desprolija —enumeró Aurélie—. Busquémoslo juntos.

Los amigos iniciaron una búsqueda juntos y suspendieron los juegos por un momento. No querían separarse porque, si alguno lo encontrara, tomaría mucho tiempo volver a unir al grupo. Además, la comarca era pequeña, no tardarían mucho en recorrerla.

Por otro lado, los sentimientos de Paul estaban en conflicto. Por un lado estaba agradecido con el forastero, pero también le molestó el tono de angustia que Rhin expresó por su búsqueda. Le era imposible de creer que a ella le preocupara tanto alguien que acababa de conocer.