✯Los personajes, trama y detalles originales de Saint Seiya son propiedad de Masami Kurumada y Shūkan Shōnen Jump (manga), Kōzō Morishita, Kazuhito Kikuchi y Toei Animation (anime).
✯La clasificación indica temas que no son propiamente para menores o personas sensibles a asuntos relacionados con la violencia física, psicológica, o contenido de índole sexual en determinado momento, además de uso de lenguaje vulgar. Queda a discreción del lector el contenido.
✯Me reservo el derecho de elegir qué material usar como base, así que de entrada advierto que hay elementos tanto del manga como del anime -clásico- y algunas OVAs, pero no todo en su conjunto (que sería imposible porque muchas cosas se contraponen), aunque es este caso sería mayormente el manga.
✯Estoy segura de que hay alguien en este basto mundo que alguna vez ha pensado en los santos de bronce de la fundación Graad que quedaron de secundarios.
Esto es para esos alguien.
✯Por cierto, pueden contar esto como headcanon para "Guerras Justas", siendo, naturalmente, una historia independiente.
✯Para ilustraciones varias, novedades de este y otros fics, comentarios extendidos y más, pueden visitar "El moleskine de Kusubana"(blog) o Kusubana Yoru Fics (fanpage). También estoy en Instagram y X.
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Niños de las Estrellas
Niños de las estrellas, crezcan fuertes y valientes, para que cuando Athena los llame, sean sus dignos santos.
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El león pequeño
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El niño
—Al menos el de nosotros no llora —dijo el hombre encendiendo un cigarrillo luego de mirar por el retrovisor al niño dormido en el asiento trasero del auto —¿Cuánto falta? —preguntó después a su compañero que era quien conducía.
—Recién dejamos Arusha, así que falta un rato. Déjalo dormir.
—¿En dónde nos verá el contacto?
—En Monduli. Así que son al menos cinco horas de camino las que faltan.
—¿Y habla inglés? Porque desde que llegamos a este país, todo mundo habla kisuajili y no entiendo ni una palabra. Eso va a ser un problema para el niño.
—¿Te preocupa?
—No —respondió, aunque había tardado en hacerlo.
Quedaron en silencio por todo el rato que quedó de camino, que se hacía más caluroso y pesado al punto en que el niño acabó por despertar.
Se frotaba los ojos cuando algo lo golpeó en la cabeza.
—Menos mal que despertaste, estabas por quedarte sin comer. Ban ¿cierto?
El niño asintió tomando lo que parecía una brocheta de carne seca, quitó un pedazo, y se lo metió a la boca. Era espantoso, salado y gomoso, con el gusto de la grasa pegándose a sus labios, pero tenía hambre, y hacía tiempo que no se ponía quisquilloso con la comida.
Miró a través de la ventana, el horizonte de pastizales que daban la impresión de estar secos por sus colores amarillentos, sin nada más que ese plano extendiéndose hasta el infinito.
Si en algún momento había concebido la idea de escapar, simplemente dejó de ser una opción.
De cualquier forma, no tenía a dónde volver, y vivir en la tumba de su madre era más escalofriante que cualquier otra cosa que pudiera esperarle en ese sitio.
—Es él —anunció el conductor orillando el todo terreno hasta un pequeño monolito frente al que se encontraba de pie un hombre alto y fornido. Llevaba el cuerpo envuelto en un tipo de manta roja, usaba un sombrero marrón y destacaban los colgantes de sus orejas, de cuentas blancas y azules.
—¿Edward Ngöbei? —preguntó el conductor, con la lengua enredándose al pronunciar su apellido. El hombre asintió e intercambiaron palabras en inglés, luego el conductor se giró hacia el niño.
—Aquí te bajas —le dijo quitando el seguro de su puerta.
Ban contuvo un jadeo, mirándolo lleno de terror ante la inevitabilidad de su destino. Tenía ganas de llorar, era de los pocos que no lo había hecho cuando empezaron a subir a los niños en los autos de quienes serían los encargados de llevarlos a los sitios que les había tocado en el sorteo.
Incluso Geki, enorme y musculoso, había sollozado cuando se despidieron.
Lo iba a extrañar. Él estaba al otro lado del mundo, en Canadá.
—Si no bajas ya, te bajo a patadas —insistió fríamente el conductor.
Ban se encogió y abrió la puerta tomando el bolso con las ínfimas pertenencias que le habían asignado por equipaje. Temblando, saltó del auto sintiendo la tierra irregular bajo sus pies.
—Oye, niño —llamó el copiloto, el único que le había hablado durante el viaje—, llévate esto—agregó entregándole una chaqueta bermellón y la bolsa con las brochetas de carne seca que quedaban. Él la aceptó, pero ni bien las tenía en las manos, el auto se fue en reversa, maniobró para girar y se alejó por el mismo camino por el que habían llegado.
—Eres un estúpido —dijo el chofer a su compañero.
—Vamos, solo es un niño y no le dieron nada más que un cambio de ropa y una manta en esa bolsa.
—Ahora vas a pensar en él cada día, por el resto de tu vida.
Ban, por su parte, se quedó quieto, tan solo mirando la polvareda en la que el auto desaparecía. Entonces, sobrecogido por un sentimiento de abandono, levantó la vista hacia la persona con la que le habían dejado. Era más alto que cualquier hombre que hubiera conocido antes. Ni siquiera los miembros de la fundación, que se caracterizaban por ser grandes y fuertes, podrían compararse.
Tenía la piel oscura, y sus ojos redondos y negros le miraban con firmeza, pero detrás de ese semblante intimidante, el chico entendió que no era una amenaza.
—Edward —dijo señalándose a sí mismo.
—Ban —respondió tímidamente.
—León pequeño —continuó el hombre—, coraza de león pequeño.
Sus palabras en japonés eran torpes, forzadas, probablemente solo aprendidas por el contacto que hubiese tenido con la fundación para hacer los arreglos de su estadía.
—Es Lionet, señor —corrigió—, armadura de león menor.
Edward sonrió, por lo que Ban se dio cuenta de que le faltaban dos dientes en la parte de abajo, luego puso la enorme mano sobre su hombro y le instó a caminar.
El niño, mansamente, se dejó llevar, abrazando con fuerza la chaqueta, sin pronunciar palabra, sin pensar siquiera en lo que le esperaba, sin sentir el cansancio de una caminata que se prolongó hasta bien entrada la noche.
—León pequeño —llamó Edward invitándolo a entrar en algo que parecía una choza hecha de barro.
Dentro había un hedor caliente y sofocante, un fuego encendido y seis mujeres. Dos eran adultas, una muchacha y otras tres niñas más cercanas a su edad. Una vez dentro, el hombre empezó a hablar fuerte y rápido, no lo podía entender, pero bastaba su gesticulación para saber que les estaba explicando lo que hacía ahí, para cuando se giró de nuevo con él, supuso que le dio el nombre de las mujeres, ya que había hecho la misma acción de señalar y nombrar muy elementalmente.
Después lo empujó levemente para ponerlo al frente.
—Ban —dijo, palmeándole la cabeza —. León pequeño.
Una de las mujeres mayores le extendió la mano, indicándole un pequeño camastro. Por lo que pudo entender que era en donde se quedaría, así que dejó su mochila ahí. Reparó entonces en la bolsa de plástico con las brochetas de carne y se apresuró a ofrecerlas. No llevaba nada más, y aunque él mismo sabía que resultaba absurdo imaginar que podría pagar su alojamiento con eso, la mujer las aceptó, sonriéndole, encontrando en esa desconocida un sentimiento de calidez que desde la muerte de su madre nunca creyó volver a ver.
Quizás, no sería tan malo vivir ahí.
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