✿Los personajes, trama y detalles originales de Garōden: El camino del lobo solitario, son propiedad de Baku Yumemakura y Keisuke Itagaki (manga), Atsushi Ikariya, Studio NAZ y Netflix (anime)
✿Basado, exclusivamente, en la primera temporada del anime.
✿En portada: edición vectorial, fondo, texturas, filtros y elementos varios recuperados de y all-free-download. Tipografías: Great Vibes.
✿La clasificación indica temas que no son propiamente para menores o personas sensibles a asuntos relacionados con la violencia física, psicológica, uso de lenguaje vulgar y temas de índole sexual. Queda a discreción del lector el contenido.
✿Para ilustraciones varias, novedades de este y otros fics, comentarios extendidos y más, pueden visitar "El moleskine de Kusubana" (blogger y Tumblr), Kusubana Yoru Fics (fanpage de facebook). También en Instagram y Twitter como Kusubana.
✿Por y para Lucy.
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Las espinas de la rosa
¿Qué tanto puede resistir un matrimonio basado en la premisa de ser el hombre más fuerte?
¿Cuánto puede durar invicto un campeón? ¿Qué significa heredar el Hokushinkan?
Sintiéndose en la cima del mundo, Tsutomu Himekawa tiene diez días para descubrirlo, porque todo lo que tiene y ha logrado, depende de esas respuestas.
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Diez días antes del desastre
La notificación de nuevo correo electrónico sonó en el teléfono de Tsutomu Himekawa justo cuando salió de su oficina. Se tomó un momento para abrirlo, ya que, de hecho, estaba esperando noticias del remitente.
Una sonrisa de medio lado se dibujó en su rostro, era precisamente lo que esperaba y llegaba justo a tiempo, podía tratar el asunto con el director esa misma noche, antes de que se ocupara con los detalles de la nueva sede.
Llamó a la puerta, anunciándose como siempre.
—Pasa.
—Tengo el reporte de Naha —dijo, nada más abrir —, el maestro Tamaki está listo, solo falta la programación para su inspección y certificación.
Shōzan Matsuo dejó escapar un suspiro, pero no podía culpar a nadie más que a él, que se había empeñado en vivir de las artes marciales con la ilusión de que todo lo que necesitaba era ser fuerte. Miró a Himekawa, el muchacho que llegó a buscar pelea con él y se había insertado de forma natural en la organización, más allá de su entrenamiento, y se preguntó si su relación sería la misma de tener la misma edad.
Debía de reconocer que, si bien el nombre de Hokushinkan lo había forjado él con sus propios puños, en buena medida su crecimiento, lo que era como marca hasta ese día, se debía a la gestión de Tsutomu Himekawa, y eso le hacía sentir viejo. Algo que en general no era fácil, debido a su personalidad tan permeable ante esos pensamientos.
—No tenemos nada pendiente—gruñó —, lo podemos hacer esta misma semana, mañana si quieren.
—¿Usted enfrentará al maestro Tamaki?
Shōzan Matsuo se rio a carcajadas.
—Por supuesto que no, yo solo voy por las formalidades —le dijo —, y una cena con licor de serpiente.
Tsutomu asintió.
—A ti te pago por mantener la calidad de nuestro buen nombre —agregó enérgicamente, a lo que el otro apenas movió la cabeza de un lado a otro.
—A mí me paga para hacerme cargo de lo que le da pereza —corrigió, esbozando una minúscula sonrisa, de las que apenas dejaba entrever cuando se sentía en confianza con alguien—. Necesito su firma aquí.
Y dejó sobre el escritorio los documentos que llevaba.
El maestro miró la minuciosa organización de papeles, en donde sobresalían algunos marcadores plásticos que indicaban los sitios donde se requería la firma.
Recordó cuando lo conoció: era gestor financiero, graduado de la universidad Hitotsubashi, bien acomodado en una importante firma. Había pasado la convalecencia del brazo que le rompió completando los créditos para obtener su MBA, pero el mismo día que publicó una vacante para auxiliar administrativo, lo encontró en la oficina con la solicitud de empleo rellenada.
Naturalmente, le preguntó por qué dejaría un trabajo con mejores perspectivas de crecimiento laboral, y por supuesto una mejor paga, y la simpleza de su respuesta confirmó lo que ya intuía desde su enfrentamiento; era un hombre pragmático, comprometido hasta la obsesión con los objetivos que se marcaba, así que, de acuerdo con su razonamiento, cada minuto que ahorrara en traslados entre el trabajo y el dojo, lo podría dedicar a entrenar.
Ya para ese momento había decidido que lo convertiría en el hombre que lo derrotaría, así que al final el acuerdo les vino bien a los dos.
¿Cuánto tiempo había pasado de eso?
Campeonato tras campeonato, pasar de una reputada escuela bajo el esquema de dojo tradicional a cargo de un hombre imbatible, a abrir más de quince sucursales en el país.
—¿Tiene un momento? —preguntó Tsutomu, sacándolo de sus pensamientos.
—¿Eh? ¿Qué sucede?
—Acabo de recibir un correo de confirmación — respondió con su tranquilidad de siempre —¿Recuerda que le comenté sobre el programa de Toshiya Buffett?
—¿Ya te aceptaron?
Tsutomu asintió.
—Puedo completar la capacitación en unos seis meses, una vez que tenga mi licencia puedo hacer las transacciones por mi cuenta.
El hombre no pudo sino sonreírle, porque solo ese muchacho encontraba más conveniente sacar su licencia de trader y hacer sus operaciones directamente en el mercado financiero, en lugar de contratar a alguien.
No. Ese testarudo nunca dejaría que alguien más tomara riesgos por él.
Ganar o perder, sería por su mano nada más.
—Me alegro por ti —le dijo, cuando acabó de trazar la última firma, poniendo la mano para evitar que le quitara la carpeta y saliera a seguir con lo que fuera que estaba haciendo —. Tenemos que hablar.
Tsutomu asintió, moviéndose para quedar frente a él y no a su lado.
Shōzan Matsuo sacó de su cajón un folder de piel con el símbolo de la escuela en dorado. Era como la que daban a los maestros a cargo de cada una de las sucursales con toda su documentación, y se la entregó. Él la abrió con cuidado, empezando a leer el contenido, y entonces, su expresión pétrea se fue lentamente transformando.
El maestro volvió a reírse. Se parecía a la expresión de incredulidad que puso la primera vez que alguien consiguió pegarle en la cara.
—¿Qué es esto? —preguntó, aunque sacudió la cabeza enseguida, cayendo en cuenta de lo estúpida de su pregunta ya que era un hombre adulto que sabía leer y el contrato tenía un título muy claro —¿Es en serio?
—Sírvenos un trago.
Tsutomu llegó al pequeño bar más rápido de lo que le hubiera gustado para no parecer ansioso, pero le tomó la palabra, así que sirvió dos vasos.
—Siéntate. Tampoco te hagas el sorprendido, debe hacerte sentido que siendo el heredero del Hokushinkan tengas parte de las acciones como empresa.
Shōzan Matsuo lo miró fijamente. Lo conocía desde hacía tanto tiempo y no debería sorprenderle que Tsutomu solo le mirara fijamente, menos aún que seguramente empezara a conjeturar sobre los motivos por los que le decía eso, pero que no preguntara nada, esperando que se explicara por sí mismo.
Pero no lo haría, no ese día.
—Hay más responsabilidad, claro, pero tendrás también más libertad para hacer cosas sin permiso. El proyecto escolar que quieres, lo podrías hacer y lo que se te ocurra después.
Dejó escapar un suspiro, que por el tamaño de su pecho pareció más un potente ronquido.
—He estado pensándolo; te has hecho cargo de todo en este lugar, lo pusiste en regla. El día que el gran Shōzan Matsuo se rindió ante las complejidades burocráticas de emprender bajo el honesto amparo de la ley, apareciste con tu diploma universitario y pocas exigencias laborales para salvarme el culo. Construiste una marca, expandiste el Hokushinkan de una manera distinta a lo que tenía en mente, pero no me quejo, inspiras a nuestros estudiantes y prosperan con tu puño que nadie ha vencido ¡Eres mi jodido poster boy!
Tsutomu abrió la boca, aunque la volvió a cerrar, como haría un pececillo, con los ojos bien abiertos fijos en él.
—Yo... no lo hice esperando que...
—No, ya sé que no. Te tengo que obligar a tomar las vacaciones que ordena la ley, y tengo que vigilar tu nómina desde que descubrí que no te habías subido el suelo cuando cambiaste de auxiliar de administración a director comercial.
Tsutomu supo que se había sonrojado, al menos un poco. Eso no lo había hecho a propósito, simplemente siguió avanzando el plan de negocios que había diseñado que se olvidó de esos detalles.
—Es solo una maldita cosa que quiero hacer. Revísalo con un abogado si quieres, igual te servirá de algo con lo que quieres hacer con el mercado de valores, ¿no? Ya vete a casa, ¿si nos vamos mañana a Naha?
—Si encuentro vuelos, sí...
—Bien. Avísame. Largo de aquí
Con la carpeta en la mano, Tsutomu dejó la oficina, y aunque aún tenía un par de cosas pendientes, ninguna era verdaderamente urgente, o más importante que la certificación de la nueva escuela, así que tomó su saco, su portafolios, se despidió de su secretaria y bajó al estacionamiento.
Frente al volante, en la quietud y oscuridad, se tomó un momento para respirar.
Hokushinkan, ¿realmente el director lo iba a dejar en sus manos?
Más de una vez, cuando los elogios de otros maestros, incluso la misma Sargento, eran para invitarlo a sus filas, Shōzan Matsuo interrumpía y decía que era suyo, y él solía estar de acuerdo.
Todos tenían claro que era el "heredero", pero siempre pensó en eso como un concepto abstracto de estilo y filosofía, quizás la voluntad de ser el más fuerte o la relación que habían, de alguna manera, desarrollado con base en el juramento que había hecho, de ser el hombre que venciera al director del Hokushinkan, el hombre más fuerte del mundo.
Sacudió la cabeza y encendió el motor.
El tránsito de Tokio le daría tiempo para pensar, para concentrarse en la forma en la que su vida, ya en la tercera década, estaba tomando forma.
Tomó el paso a desnivel, pero antes de llegar al túnel decidió devolverse, como era temprano, podría pasar a hacer unas compras, y aunque la carga de autos en las calles se acentuó, estuvo en su departamento a las seis.
Sonrió al ver a Saeko salir de la cocina con los ojos bien abiertos apenas lo escuchó.
—Llegaste temprano…
—¿Es un problema?
Tsutomu cerró la puerta detrás de sí, inclinándose levemente para recibir el beso de su esposa.
—Es que apenas metí al horno la cena.
Saeko tomó el portafolios para ponerlo en el armario, y entonces reparó en la botella de vino que llevaba en la mano. Levantó la mirada, esperando que le explicara, porque al menos ella no recordaba que hubiera una fecha especial, sin embargo, antes de que él pudiera decir nada, le echó los brazos al cuello para besarlo de nuevo.
—No había manera de que no te aceptaran.
—¿Estás segura de que es lo que piensas?
Saeko bajó sus manos para tomarlo por la corbata, dando un tirón para ajustar el nudo a su cuello con un poco de brusquedad. Sintiendo la presión en su garganta, no pudo evitar proferir un gruñido bajo, esa mujer sabía cómo provocarlo.
—¿Cuándo se ha equivocado mi intuición?
—Quizás ahora —susurró con voz grave —, porque ni siquiera imaginas lo que traigo en el maletín.
Ella se rio, tomando distancia, dando un par de pasos, aunque se detuvo un momento para mirar sobre su hombro.
—Tenemos que hablar —le dijo.
Tsutomu se aflojó la corbata. Era la segunda vez que le decían eso en el día, y fue detrás de ella, notando entonces, que el comedor se encontraba dispuesto prolijamente; elegante y definitivamente especial, incluso se dio cuenta de que había una cubitera, seguramente a la espera de un vino.
Confundido, pensó que de alguna manera su mujer se había enterado de su aceptación en el programa de Toshiya Buffett, pero eso implicaría que tenía acceso a su cuenta de correo y definitivamente nunca haría algo tan intrusivo, ni siquiera con las mejores intenciones.
Rosas rojas armaban un bouquet aromático en el centro, flanqueado por dos velas, aunque apagadas, acentuando el ambiente.
Saeko se sentó en el sofá, y algo en ese simple gesto cotidiano, le pareció tan majestuoso, que solo reafirmó una de las muchas razones por las que amaba a esa mujer.
La escuchó tomar aire, armándose de valor, lo que súbitamente volvió increíblemente seria la situación, así que tomó asiento a su lado, manteniendo la distancia que, sabía, a veces ella necesitaba.
—Quería hablarlo después de la cena, pero… ya que estamos con las noticias…
Volvió a respirar profundo, y Tsutomu solo acertó a alcanzar su mano, que había temblado un poco, empezando a preocuparse por lo que quería decirle.
Entonces, Saeko levantó la mirada, y sus ojos, como preciosas amatistas, resplandecieron con la determinación que la caracterizaba.
—Estoy lista —consiguió decir.
Tsutomu entreabrió los labios, sintiendo cómo todo en su interior bullía por la expectativa.
—Quiero que tengamos un bebé…
Él no era un hombre de impulsos, pero no pudo evitar ponerse de pie y levantarla, tomándola por la cintura y haciéndola girar en el aire. El arrebato sonrojó a Saeko, haciéndole ver más hermosa de lo que era, sin embargo, para cuando la puso de nuevo en el piso, ella escondió el rostro en su pecho.
—Pero, por favor —le dijo quedamente —, no te decepciones si yo no…
Sintió sus pequeñas manos aferrándose a su camisa y un tenue temblor recorriéndola, así que optó por abrazarla. Siempre supo que existía una posibilidad de que Saeko jamás quisiera tener hijos, y aunque él sí congeniaba con la idea de ser padre, decidió dejarlo a elección de ella.
—No pienses en eso —susurró, besando su frente —. Será en tus términos, y si al final no es posible o cambias de opinión, no te preocupes por mi. Estoy bien, mientras tú lo estés…
Saeko levantó la vista, y poniéndose en puntas de pie, le dio un beso.
—Gracias.
Tsutomu sonrió de medio lado antes de volver a levantarla, esta vez como el día de su boda, como la princesa que era para él, e igualmente la llevó a la habitación.
—¡¿Qué haces?! —exclamó Saeko.
—¿Qué más puede hacer un hombre al que su esposa le pide un hijo?
Saeko se llevó las manos a la cara, más colorada que antes.
—Te-tengo que ver con el doctor pa-para dejar los anticonceptivos, justo hoy no creo que… —tartamudeo.
Tsutomu la dejó con cuidado sobre la cama, encaramándose sobre ella, sosteniendo su peso con el brazo izquierdo mientras delineaba el rostro de su esposa con el derecho.
—Bueno, tampoco es que necesite muchas excusas para acostarme contigo.
Saeko concordaba con eso, le pasaba igual, así que cerró los ojos y suspiró cuando su esposo empezó a besar su cuello, desabotonando su blusa.
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Tsutomu confirmó los boletos desde su teléfono, enseguida sonó la notificación del banco por el cargo, y mandó un mensaje al director Matsuo confirmándole la hora para registro.
Miró de reojo a Saeko cepillando su cabello. Se había dado una ducha luego de salvar su bandeja del horno, y se preparaba para cenar con el vestido que ya había elegido por la tarde.
Pensó que debería hacer lo mismo, se había esforzado mucho para hacer una velada especial, y lo estaba siendo.
Se levantó de la cama para buscar en el armario un traje adecuado, y al hacerlo la vista nocturna de Tokio ya resplandecía.
Era una vista privilegiada, una que solo se podían permitir quienes eran aceptados como inquilinos de esos exclusivos pisos.
Era como la cima del mundo.
Aceptado en un programa de élite, campeón invicto del torneo vale todo de Hokushinkan, accionista de la escuela de artes marciales más importante de Japón, casado con una mujer maravillosa, la opción a tener familia en puerta.
Sí, era la cima del mundo.
Aprovecharía el viaje de la mañana siguiente para convencer al director de participar en el torneo de verano, y finalmente, enfrentarlo con todo lo que tenía justo como a él le gustaba.
Tal vez le rompería un brazo otra vez, pero estaba seguro de que Shōzan Matsuo no se iba a ir limpio, y si las cosas se daban bien, podría ganar.
Ya había esperado lo suficiente, y no tenía intenciones de acabar retando a un octogenario, si bien dudaba que su maestro se debilitara como una persona normal haría.
Tomó el teléfono móvil de Saeko que estaba en la mesita de noche, que había empezado a sonar.
—Es el maestro —dijo, entregándoselo. Ella sonrió, aunque ya eran familia, seguía refiriéndose a él de esa manera.
—Hola papá —respondió, tratando de no reírse cuando la respiración de Tsutomi, detrás de ella, le hizo cosquillas, sin embargo, su expresión cambió de pronto cuando, fiel a su forma de ser, su padre explicó sin rodeos el motivo de su llamada.
Tsutomu notó enseguida cómo el cambio se acentuaba a medida lo que el hombre al otro lado de la línea decía, y de abstuvo incluso de preguntar nada.
—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó seriamente Saeko al cabo de los que, en reloj, fueron casi dos minutos —. Entiendo… le diré a Tsutomu. Descansa.
Notablemente afectada, Saeko terminó la llamada y con el aparato aun en la mano, se giró hacia su esposo.
—¿Está bien? —preguntó él —¿Necesita que vayamos?
Ella mantuvo la compostura tanto como pudo.
—Le van a dar la libertad anticipada a Jūzō —dijo —, y mi padre ofreció su casa como domicilio, parece que uno de los requisitos es tener arraigo familiar y social.
—Eso es bueno, en realidad.
—Me preguntó si puedo ir. El oficial a cargo quiere entrevistar a miembros de la comunidad, y como papá ya es mayor, quieren saber si yo como su hija estoy de acuerdo.
Tsutomu asintió, sin expresar nada, como hacía siempre, pero sintiendo cómo un viento helado soplaba en la habitación, hacia un momento tan cálida.
Comentarios y aclaraciones:
No puedo creer que acabé escribiendo algo de Garōden antes que de Baki, pero así son las cosas, y es que amo mucho la pareja de Saeko y Tsutomu, ¡hay tantas posibilidades de drama!
¡Gracias por leer!
