Todos mis problemas son culpa de madre, evidentemente.


Frunzo el ceño ante las palabras de mi hermano mayor.

—¿Qué significa eso? —es todo lo que soy capaz de soltar con brusquedad.

Es estresante la calma que transmite Nico. —Que no está muerta, o que han bloqueado su alma.

Me paso las manos por el rosto sin parar, no entiendo qué demonios está ocurriendo en este momento, incluso tengo ganas de llorar de la frustración porque cada vez que parece que estoy cerca de comprender cómo diantres funciona el dichoso mundo de mi madre algo nuevo aparece para dejarme claro que no soy más que una ilusa por pensar eso. Me tiro los mechones de mi flequillo para atrás mientras parpadeo rápido en contra del ardor de los ojos que me advierte que voy a soltar unas lágrimas, se me ha venido de golpe el recuerdo de Eugene diciendo que Elsa Snow estaba detrás de todo esto y honestamente esa simple idea me destroza y me da unas arcadas horribles que me obligan a tragar saliva una y otra vez hasta quedarme seca para evitar vomitar de momento a otro.

No porque me indigna tener que estar cumpliendo una misión por culpa de una posible cobarde que decide fingir su muerte por cualquier loco motivo, sino porque sé que la posibilidad de que Elsa haya permitido que los demás crean que está muerta destrozaría a Rapunzel por completo, y perdona colega, pero es que me niego a que Punzie tenga que pasar por algo como eso.

—¿Qué es eso de bloquear una alma? —logro preguntarle luego de unos segundos en completo silencio. La verdad es que sería la mejor opción.

—No es el término exacto para ello, pero no se me ocurría como explicarlo de mejor manera —comienza recostándose levemente sobre el respaldar de su asiento—. Solo sé de veces que mi padre lo ha hecho, pero teniendo en cuenta la manera en la que reaccionó cuando no encontramos el alma de Elsa Snow por ningún lado, creo que podemos descartarlo como posible culpable. La cuestión es que a veces los dioses no quieren ser recordados de ciertos individuos o no permitir el acceso a diferentes almas. Mi padre impidió que Perséfone o Afrodita pudiera volver a Adonis, Zeus no quería que Deméter pudiera volver a ver a Yasión. Entre otros muchos ejemplos, pero lo extraño aquí es que cualquier alma "bloqueada" aún puede ser encontrada sin problema por Hades, para algo es el señor de los muertos. Pero si él no ha podido encontrar el alma de Elsa Snow significa solo dos cosas: primeramente, puede que haya sido Zeus, el dios que nos aseguran el resto de Olímpicos que ha caído a manos de Haddock, quien tuviera tiempo no solo para matar a Elsa Snow sino también para bloquear su alma incluso para Hades. O... Elsa Snow está viva y por eso es imposible encontrarla.

—Pero me contaste que Deméter culpaba a Zeus, él la mató, ¿cómo es posible que esté viva? ¿por qué el resto de Olimpo sí que cree que está muerta?

Nico suspira pesadamente, demostrando con el cansancio de sus ojos que él se ha estado haciendo las mismas preguntas.

—Deméter insiste que Elsa Snow está muerta, insiste que todo el Olimpo cree eso —es todo lo que me responde—, hemos localizado finalmente a Apolo y a Artemisa, que han decidido mantener ocultas a las cazadoras con su madre, Leto —me mira por unos segundos luego de comentar aquello, como esperando a que preguntara quiénes era las cazadoras, pero Astrid me lo había explicado hace poco cuando me contaron un poco más sobre la vida de Snow. Cuando no digo nada él sencillamente continúa sin la necesidad de explicarle nada—. No tenemos ni idea de dónde están Hera, Hefesto o Afrodita, pero los romanos comentan que Ares se ha presentado como tal en el Campamento Júpiter y se ha limitado a decirles que se preparen para la guerra y se ha pirado. Annabeth Chase, una buena amiga hija de Atenea, nos ha dicho que cree haber tenido un sueño sobre su madre, pero que por algún motivo no lo puede recordar. Hermes ha dejado de enviar correo, se está ocultando por completo.

Lo veo tirando de sus negros cabellos, veo a sus ¿hijos? los llamaré sus hijos, acomodándose mejor en su regazo como para recordarle que estaban allí, de alguna extraña forma apoyándolo en lo que necesitara. No tengo ni la más remota idea cómo podría ser posible que la encarnación de sus traumas puedan traerla calma alguna o cómo podrían consolarlo, pero eso no significa que la acción sea tremendamente tierna.

Tiemblo un poco antes de preguntar. —¿Y qué hay de Poseidón?

Lo veo dándole vueltas a un anillo de calavera que tiene en el meñique derecho. —La verdad no tenemos claro qué está haciendo, podría estar ocultándose o preparándose para matar a su hijo.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

—¿Matarlo? Pero eso no es necesario, definitivamente podríamos...

—Anna —me detiene de inmediato—. Matar a Hiccup Haddock es lo más piadoso que se podría llegar a hacer, según mi padre, eso es exactamente lo que quiere.

Alzo una ceja. —¿Me estás diciendo que todo esto lo está haciendo porque se quiere morir?

—No, lo hace porque quiere acabar con el Olimpo, creo yo que todo el mundo ha sido bastante claro con ese punto.

Vuelvo a tirar los mechones de mi flequillo para atrás mientras chasqueo la lengua con rabia, absolutamente nada de las acciones que tomaba aquel lunático tenían sentido, o por lo menos yo no conseguía ver la situación por completo, había tantas cosas que sencillamente no se acomodaban por completo en el mapa mental que me estaba haciendo de toda esta situación.

Estiro la espalda cuando siento una leve molestia por estar tanto tiempo encorvada.

—A ver, recapitulemos —le pido mientras giro el cuello y escucho como me truena varias veces, veo de reojo la mueca incómoda de Nico—. Los dioses, tal y como nos esperábamos, no serán de ayuda alguna.

Lo escucho soltar una risilla. —Por supuesto que no —yo solo asiento ante su amarga broma.

—Haddock va a conseguir sacrificar a ese bicho que le dará el poder necesario justo para lo quiere: acabar con el Olimpo —me aguanto una sonrisa cuando veo a Nico acariciando a uno de sus hijos como si fuera un villano de James Bond acariciando un gato—, supongo que ahora mismo ese chaval está en una posición en la que sencillamente va a hacer cualquier cosa porque no tiene nada que perder. Toda su familia está muerta, se han cargado a su novia (o eso se supone) y lleva cargando un rencor que flipas por siglos, si lo matan tampoco le molestaría tanto.

Cuando me mira con una ceja alzada y conteniéndose las risas no hago más que ladear la cabeza.

—¿Qué?

—No tienes nada de tacto.

—Es lo que hay —respondo cruzándome de brazos.

Nico, con una sonrisa ladina, alza una de sus manos en señal de rendición —la otra sigue acariciando a uno de esos puntos de absoluta oscuridad— y por un corto momento logro verle un brillo divertido en sus oscuros ojos.

—Si no me quejo, hermanita, en verdad me parece divertidísimo que todos los hijos del Inframundo nos parezcamos tanto.

La bombilla se me prende en ese preciso momento.

—Oye, ya mencionas eso, puede que necesite tu ayuda para comprender algo —busco las palabras correctas, la manera de explicarle todo lo que tenía en la cabeza, todos esos horribles pensamientos, finalmente logro decirle— que estoy empezando a sentir.

—No sé cómo haya sido tu crianza —me dice rápidamente, dejándome muy en claro que no tenía ni la más remota idea de qué era lo que intentaba decirle—, pero si necesitas escucharlo. Lo de que te guste alguien de tu mis género es completamente normal, eres la hija de una diosa griega, todos en ese bendito campamento son parte de la comunidad de una forma u otra.

Intento hablar, pero él me detiene.

—Y las ganas de matar a todos o encerrarte para siempre en las sombras también es muy común, o por lo menos ha sido para Hazel y para mí.

Me aprovecho de algo de eso para intentar lanzar mi pregunta, me abrazo el cuerpo incómoda, desviando la mirada lejos del rostro de Nico. —¿Y alguna vez has querido... encerrar a alguien más en las sombras?

No veo como reacciona, pero escucho su risilla corta. —Oh, he querido dejar a muchas personas olvidadas en las sombras, créeme, no es que esté completamente orgulloso de eso, pero es una parte de mí y he de aceptarla, ¿no es así, bonito? —lo último lo dice mientras se inclina para llenar de mimos a una bolita de oscuridad que yo doy por hecho que es su cacodemonio de la ira... porque evidentemente todo eso tiene mucho sentido, claro que sí.

Suspiro tan pesadamente que algunos mechones de mi flequillo revuelan levemente.

—Ya pero, no el sentido de odiar —intento explicarme sin tener que soltar la verdad tal y como es, porque, estarás de acuerdo, con que es bastante desagradable—, más en el sentido de querer... buah, no sé, conservar a alguien lejos de los demás.

—¿Cómo hicieron Perséfone y Afrodita con Adonis? —me pregunta alzando una ceja.

Abro los ojos por completo mientras todo empieza a tener sentido.

Por supuesto.

POR SUPUESTO.

Claro que todo esto venía de mi madre, ¿cómo no lo pensé antes?

Quiero indignarme con esa maldita mujer, pero Nico vuelve a hablar antes de que sea capaz de comprender por completo todo lo que estoy sintiendo en estos momentos en contra de la diosa que me dio la vida.

—¿Puedes explicarme un poco mejor que son esos sentimientos de los que me hablas? —me pregunta con una delicadeza que me enterneció, pero también me puso de los nervios.

Finjo mirar alrededor del mensaje-arcoíris.

—¿Cómo se cuelga esta cosa? —pregunto en voz alta aguantándome una sonrisa burlona.

—¡Anna!

—¡De acuerdo, de acuerdo! —acepto alzando las manos. Suspiro pesadamente y vuelvo a desviar la mirada porque definitivamente no voy a poder mirarlo a los ojos mientras le cuente todo esto—. Verás, está es chica hija de Apolo...

—Oh por los dioses, es cosa de familia —lo escucho decir entre las risillas que suelta.

—Tiene toda la pinta —asiento con una sonrisa nerviosa—. Y la cosa es que me gusta mucho... muchísimo, y la mayor parte del tiempo las cosas van bien. Me gusta, le gusto, es un romance tierno y juvenil... pero luego —siento un nudo en la garganta que me quita de todo el aire que tengo dentro y oculto mis manos lejos de la "llamada" para que Nico no se de cuenta de lo mucho que me tiemblan—, luego... hay ocasiones en las que me quedo mirándola, en las que la veo sonreír o hablando con alguien más... y me pilla una rabia, una frustración... unos celos que no entiendo de dónde vienen. Quiero dejarla oculta conmigo en esta cabaña, sin dejar que nadie más la vea, que nadie más la conozca, la quiero conservar solo para mí, lejos de cualquiera que pudiera llevársela... es enfermizo —mascullo lo último, aguantándome las lágrimas porque haber llegado a admitir todo esto en voz alta, frente a una persona... sencillamente es demasiado, es mucho más pesado y horrible de lo que ya me había llegado a imaginar—... y no sé cómo lograr que se detenga.

Finalmente vuelvo a mirarlo, y me reconforta que él esté tan serio, mirándome fijamente, sin pena, ni desprecio ni asco, solo me mira atentamente, escuchando de verdad.

—No sé que está causando esto —insisto en indicarle que necesito ayuda—, solo quiero que se detenga.

Nico suspira pesadamente. —Tengo una idea de qué podría ayudarte, pero siento que no te gustaría en lo absoluto.

Frunzo el ceño ante sus palabras, él me mira incómodo.

—Te lo he dicho antes, lo que me cuentas suena bastante similar a lo que pasó con Perséfone y Adonis, sobre todo teniendo en cuenta lo que te dije hace tiempo. Eres el resultado del rencor de Perséfone, eres el resultado de su ira, su soledad, su necesidad de provocar dolor.

Aprieto con fuerza los labios y araño las sábanas de mi cama mientras él sigue hablando.

—Solo se me ocurre que vayas a hablar con tu madre sobre esto, es la única que podría ayudarte a comprender todo eso —quiero decirle que no pienso hablar con mi madre, que si ella no ha estado conmigo todos estos años para guiarme cuando debía no pienso ir yo a rogarle que me ayude, pero Nico sigue hablando—. Pero eso tendrás que dejarlo para después, Anna, es necesario que lidies con Haddock lo antes posible. Comprendo que esos sentimientos te espanten, pero es lo menos importante en estos momentos.

—Lo sé, voy al Olimpo mañana.

Lo veo palidecer. —Bueno, mañana es demasiado...

—Mañana —insisto, firme—. Quiero acabar con todo esto de una bendita vez.

—No vayas a lo loco, tienes que tener la mente tranquila. Mantente a salvo, Anna, no pienso perder a otra hermana por los designios del olimpo.

Quiero preguntarle a qué se refiere con eso, pero la llamada se corta en ese momento.