Capítulo 29
No hacía ni una hora que Shuuya se había marchado a su trabajo, Seto y Mary por supuesto, ya estaban en cama bien dormidos, y ella terminaba de barrer la cocina cuando un sonido en la puerta principal la alertó.
Era demasiado tarde para que fuera un vendedor pero demasiado temprano para que su hermano hubiera regresado del trabajo… Tampoco se sentían como golpes, ni siquiera como si alguien tratara de forzar la puerta.
Se acercó tentativamente, mentiría si dijera que no estaba aterrada, entonces se quedó unos segundos frente a esa puerta trazando un plan de acción, hasta que un inteligible balbuceo llegó a sus oídos.
No pudo distinguir ninguna palabra, pero su voz la reconocería donde fuera.
Abrió de inmediato, alcanzando por puro reflejo a sostener el cuerpo antes que se desplomara –¡Shuuya!
Lo levantó como pudo, su hermano no pesaba demasiado, pero se removía de tal forma que era muy difícil evitar caerse junto con él.
Intentó llegar al sofá, él ahora aferrándose su ropa como si fuera su única salvación, mientras lloraba y gritaba desgarradoramente.
Lo que fuera que le hubiera pasado, había sido demasiado para él.
Nunca lo había visto de esa forma… Ni siquiera cuando aquellas tragedias estaban frescas, ni en esta realidad ni en aquella que recordaba.
–Shuuya… ¿qué pasó?– preguntó en un hilo de voz, reprimiendo sus propias lágrimas, verlo en ese estado hacía que el pecho le doliera demasiado –Todo estará bien…– le susurró sabiendo que no la escuchaba, pero la impotencia era demasiada, hablarle era lo único que podía hacer, aunque fuera un esfuerzo fútil.
Sus gritos, su llanto desconsolado en pocos minutos despertó a todos en la base, Seto fue el primero en salir del dormitorio.
–¡¿Qué le pasó?!– preguntó, lógicamente asustado al ver a su hermano en ese estado.
Negó viéndolo con impotencia, esperando que él supiera entender.
Para cuando Mary salió de su habitación, bostezando y restregándose un ojo confusa, Seto estaba acariciando la espalda de su hermano mientras ella hacía lo propio con su cabello. Ambos soltando frases optimistas en un vano intento por calmarlo.
Dentro de aquella serie de balbuceos, gritos y alguna sacudida con más fuerza de la esperada, que acabaría por dejar moretones en ambos la mañana siguiente, algunas de las frases que los tres pudieron entender eran, cuanto menos preocupantes.
"Soy un asesino…"
"Soy un monstruo"
"Lo maté"
Seto y ella se miraban cada tanto, ambos desconcertados y asustados.
Albergaba la pequeña esperanza de que Seto leyera la mente de su hermano y arrojara algo de luz sobre la situación, pero eso no sucedió.
Probablemente porque al igual que ella, en el fondo a él también le aterraba obtener una respuesta a sus preguntas.
Debieron pasar horas antes de que el estallido de Shuuya se convirtiera en un llanto quedo, aún con espasmos y demasiado dolor, pero ya sin fuerzas.
Observó como Seto, por primera vez en todo ese tiempo se alejaba de su hermano para tomar en brazos a Mary quien se había quedado dormida en el espacio libre del sofá.
–Debemos descansar– declaró él –, llevaré a Mary a su habitación y luego te ayudaré a llevarlo a la suya, quédate con él hasta mañana– le recomendó, como si ella tuviera algún otro plan, o como si hubiera alguna fuerza humana en el mundo capaz de romper el fuerte agarre que él aún mantenía en su ropa.
Asintió y esperó por su hermano, en otro contexto lo habría llevado sola, pero estaba mental y físicamente agotada, sabía que no podría dar ni dos pasos.
Una vez que Seto regresó y los llevó a ambos, ella fue más una carga que una ayuda, a la cama de Shuuya, se marchó no sin antes avisar –Voy a dormir un par de horas, quédate con él– volvió a decirle –. Puedo preparar mi desayuno.
Asintió en la oscuridad y se dedicó a acariciar la espalda de Shuuya, esperando que finalmente sucumbiera al sueño.
No supo en qué momento él dejó de llorar, probablemente se quedó dormida antes que él.
–¡¿POR QUÉ?!– escuchó con regocijo la misma pregunta que venía repitiendo desde hacía horas, cuando él le dio la noticia con una sonrisa de oreja a oreja –¡¿Por qué lo mataste?!– volvió a preguntar mientras continuaba deshaciéndose en llanto en el suelo.
El que engaña la mirada era bueno, realmente bueno, sólo necesitó una caracterización para hundir a ese tipo inútil y llevarlo al suicidio.
–Porque ahora no me hace falta– respondió con simpleza deleitándose en el sufrimiento de la persona que tenía enfrente –. La que oculta se las apañó para obtener también a grabar la mirada, fue muy inesperado, incluso yo desconocía esa regla– explicó, sabiendo que no entendería sus palabras –. Sin su serpiente, no necesito a ese humano.
–¡No lo necesitabas! ¡¿Por qué matarlo?! ¡¿Por qué a Shintaro?! ¡¿Por qué de esa forma tan cruel?!
Rio sin querer revelar más información de la necesaria, aquel inevitable desenlace le había valido ganarse el completo control de su anfitrión. En otras oportunidades creaba un cascarón vacío para alojarse con comodidad, pero era infinitamente más divertido destruir la voluntad humana hasta consumirla por completo desde adentro.
Esa que cambió las reglas de juego de la nada, había puesto las cosas muy interesantes, se lo agradecía como no tenía idea. Debía preparar algo muy especial para ella cuando el momento cúlmine, ese para el que en cada iteración movía sus piezas con precisión milimétrica, llegara finalmente.
Pero aún faltaban unos meses, y había tanto con qué divertirse dentro de ese cuerpo.
Cuando despertó su mente estaba completamente nublada, se sentía cansado, extremadamente agotado por algún motivo, tanto que dolía incluso abrir sus ojos.
Entonces sintió algo helado en su cabeza que le hizo sisear molesto, la sacudió por reflejo arrepintiéndose instantáneamente al sentir el fuerte mareo que esa sola acción le provocó.
–Shuuya… despacio…– escuchó esa familiar voz, hizo un esfuerzo por abrir sus ojos apenas, y sonrió lo mejor que pudo al encontrar esos ojitos preocupados que tanta paz le traían –Me alegra que hayas despertado– ella le devolvió la sonrisa para después agacharse un momento a recoger el trapito húmedo que hacía unos momentos intentó colocar sobre su frente.
–Sí…– respondió notando su voz demasiado ronca –¿Qué…?
No terminó la frase, su garganta dolía demasiado, no lo entendía bien.
–Tienes fiebre– explicó ella volviendo a colocar el paño que acababa de humedecer nuevamente –, en un momento te traeré la sopa que preparé, te hará bien.
Permaneció en silencio observándola, se veía muy cansada, y había llorado, demasiado por lo visto. Le preocupaba ella, pero también esa sensación en su pecho de estar olvidando algo importante, algo malo…
Entonces recordó aquello, el altar, la chica rubia destrozada, la cara de Shintaro mientras él soltaba aquel repugnante monólogo que sólo un monstruo pudo escribir…
–¡Shuuya…!– la escuchó exclamar antes de sentir cómo se inclinaba sobre la cama y lo abrazaba.
Sus lágrimas no dejaban de caer, su pecho dolía como el infierno, y en lugar de sollozos sólo podía dar bocanadas de aire que morían en su maltrecha garganta sin llegar a llenar lo suficiente sus pulmones.
El paño cayó olvidado por alguna parte de la cama cuando ella lo sentó en un intento por reconfortarlo mejor.
–Tranquilo… por favor cálmate…– le susurraba al oído –Todo estará bien…
Se aferró a ella con sus entumidas manos, enterrando la cabeza su cuello tal vez con demasiada fuerza. Nada estaría bien… Nada en el mundo podría reparar lo que hizo.
Lloró en silencio largo rato, hasta que su exhausto cuerpo se negó a dejar caer más lágrimas.
La liberó finalmente, cansado de llorar, de lamentarse, buscando, aunque no lo mereciera, un poco de descanso para su espíritu. Descanso que encontró en esa mirada llena de cariño frente a él, sólo ella tenía ese poder.
–Iré por tu sopa, necesitas recuperar energías…– dijo ella luego de unos minutos de silencio intentando levantarse.
–N…No…– suplicó sosteniendo su brazo débilmente –No te vayas… Por favor…
Merecía arder en el infierno sufriendo eternamente, pero en su estado de vulnerabilidad actual no podía evitar buscar el alivio de tenerla cerca.
Tsubomi se sentó nuevamente y asintió tomando sus manos calientes y envolviéndolas entre las propias.
Así pasaron un rato, en silenciosa compañía.
–¿No… preguntarás qué pasó?– quien hablaba era ese sentimiento de culpa tan grande que no le cabía en el cuerpo.
Ella tenía que saberlo, tenía que odiarlo tanto como él se odiaba, de esa forma lo dejaría pudrirse en la miseria que merecía y el universo retomaría su equilibrio.
Pero… Ella no se conformaría sólo con saberlo una completa basura, querría saber el motivo, y aquello no se lo diría jamás… Nunca la pondría en peligro. Aquel monstruo iba en serio, le daba igual matar a cualquiera. No podía serle sincero, aunque lo quisiera.
–No…– negó sacándolo de sus pensamientos –No voy a orillarte a tener que mentirme…– respondió como si pudiera leer su mente –Pero si quieres decírmelo, sabes que siempre estaré disponible para escuchar.
–¡Hice algo terrible…!– exhaló antes de poder contenerse, estaba siendo estúpido, pero no podía evitarlo –¡Lo más terrible!– exclamó con desesperación, aferrándose a esas manos como si fueran su último resquicio de cordura.
La sintió temblar pero de inmediato se recompuso –¿Por qué… lo hiciste?– preguntó en un hilo de voz, como si no necesitara que él le contara lo que sucedió…
Como ya si lo supiera…
–No puedo…– sollozó, ¿por qué no soltaba su mano si sabía que él era un maldito asesino? –No puedo decirlo…
Juraría que ella intentó decirle algo, pero las palabras murieron en su interior –Está bien…– asintió finalmente –Necesitas comer algo, también te traeré medicina– soltó su mano levantándose y marchándose sin darle tiempo a protestar.
–No te merezco…– sollozó.
–Por protegernos…– respondió ella a su propia pregunta mientras calentaba la sopa –Siempre es igual… todo lo haces por protegernos…
Lo sabía, sólo era cuestión de tiempo antes que él comenzara con esa costumbre de usar su máscara en todo momento, lo certeza era dolorosa, él poco a poco se perdería en sus mentiras.
No importaba si las cosas habían cambiado mucho o poco, el destino era el destino y acababa cumpliéndose sin importar cuanto lo intentara.
Era desesperante… Pero no se daría por vencida, seguiría luchando, aunque no hubiera esperanza. Lo haría por su familia.
En efecto, por la noche, cuando Seto llegó a casa y Shuuya se encontraba un poco mejor, con su máscara bien puesta, explicó que atropelló un gato con su moto.
Mary le creyó de inmediato… incluso lloró imaginando al pobre gatito aplastado en la acera.
Y Seto… hizo lo más sano para su sanidad mental, tomó el camino fácil y simplemente eligió creerle…
Continuará.
