Malenia había visto todos los estragos que había causado la putrefacción roja... Ella misma la había usado para destruir Caelid entera. Era difícil encontrar a alguien en todas las tierras intermedias que odiase a la putrefacción con la misma intensidad que Malenia. Por eso mismo le chocó tantísimo lo que emanaba de Romina... así como la sensación de la propia putrefacción escarlata... era... suave... A diferencia de la que cubría su piel, que ardía. A Romina le brillaron los ojos cuando la vio.

_ No es necesario ser tan desagradable, Malenia. Llevo mucho tiempo deseando conocerte... _ Sonrió, provocando un sonido desagradable mientras sus múltiples patas de insecto se encaminaban hacia ella. _ Mis niños y yo estábamos deseándolo... hay tanto que le debemos al don que nos has dado.

_ ¿Don? _ Malenia bufó. _ Genuinamente siento que compartas la misma aflicción que yo.

_ ¿Aflicción? _ Romina la miró, visiblemente confundida.

_ La putrefacción roja no es ningún don.

Malenia estaba confusa. No estaba del todo segura de qué era lo que esperaba encontrar, pero, decididamente, no era aquello.

_ Me entristece que pienses eso. _ Terció Romina. _ Puedo ver cómo rechazas tu don, y el daño que eso te está haciendo.

_ La putrefacción roja me ha quitado todo lo que tuve alguna vez...

_ Eso es triste... _ Romina se aproximó. _ A mí me salvó cuando perdí todo lo demás. Tú eres el avatar del dios de la putrefacción. Te escogió a ti, eres afortunada...

_ Yo nunca lo quise... _ Terció Malenia.

_ Y por eso te está matando. _ Romina se inclinó y tomó el rostro de malenia en sus manos con delicadeza. _ Abrázalo... permite a la putrefacción salvarte... y mostrarte tu verdadero potencial.

Malenia pudo sentir una sensación de paz en las manos de romina. Dejó que le quitara el caso con delicadeza y notó cómo la putrefacción en su rostro se envolvía de esa misma sensación.

_ Abre los ojos, Malenia.

Dolió. Sus párpados llevaban cicatrizados y cerrados desde hacía siglos... pero finalmente se separaron y la luz los alcanzó. Primero vio borrones de colores, pero rápidamente su vista se afinó y tuvo una vista clara de Romina.

_ Eres hermosa... diosa de la putrefacción. Abraza tu destino... y permite que mis hijos y yo nos cubramos bajo tus alas...

Malenia se quedó un instante mirando a Romina. Podía sentir el cambio en la putrefacción... se recreó en el hecho de poder ver antes de cerrar los ojos.

_ Lo siento.

Romina parpadeó, incapaz de entender por qué se disculpaba, hasta que sintió un agudo dolor en su pecho. La katana de la valquiria acaba de atravesarle el pecho. Se llevó la mano a la herida, notando cómo manaba la sangre putrefacta de la misma.

_ ¿Por qué? _ Preguntó, con la voz rota. _ Aún no es... tarde...

Tosió, expulsando sangre.

_ Permíteme... servirte... por favor. Abracemos juntas... la putrefacción escarlata. _ Le rogó, desesperada. _ Déjame mostrarte su amor... Malenia.

_ No voy a ser una marioneta... _ Susurró ella, clavando el arma hasta la empuñadura.

En cuanto lo hizo, tuvo que cerrar los ojos. Notó la quemazón de la putrefacción cuando esta volvió a reclamar su rostro.

_ Te... perdono... _ Susurró Romina antes de descomponerse ante sus ojos.

Malenia no respondió. Se agachó y recogió su Yelmo, colocándolo de nuevo sobre su cabeza. Era una suerte que no tuviera sus ojos de vuelta porque, después de lo que acababa de sentir, después de haber podido ver durante unos instantes... habría llorado y eso era algo que no podía permitirse.

Renna fue la primera en alcanzarla. Pudo oírla llegar, seguida de Rellana y de Messmer, que se movía sin prisas.

_ ¿Todo bien? _ Preguntó la bruja.

_ ¿Acaso dudas de mis habilidades?

_ No... claro que no. _ Renna notó la tensión en Malenia, que hizo un esfuerzo por controlarse. _ Eres la más fuerte de las tierras intermedias, todo el mundo lo sabe.

_ Y aun así podría ser mucho más si esta maldición no me estuviera consumiendo. _ Exclamó, apretando el puño con tanta ansia que produjo un sonido metálico.

_ No te fustigues de esa manera. _ Renna le tomó la mano.

_ Messmer… quema el árbol, por favor. _ Dijo, ignorando las palabras de Renna.

_ Está bien… _ Susurró él, podía notar la inquietud en su hermana. _ Rellana, ¿Podrás cubrirme?

_ Con mi vida… _ Susurró la cariana.

_ Deberían ir a una habitación en uno de esos grandes castillos cuando terminen. _ susurró Renna en voz baja.

_ ¿Hablas en serio? _ Bufó Ranni. _ No tiene gracia si es un chiste.

_ A tu tía le gusta ese pelirrojo más que a un tonto un lápiz, Ranni. _ Sentenció Renna, segura. _ Te mira como yo te miraba, embobada.

_ No me gusta cómo acaban las relaciones con los pelirrojos de esa familia, Renna… Además, no sé qué diablos es un lápiz.

_ Touché… _ Suspiró Renna. _ Aunque entiendo por qué tienes reticencia…

Malenia se quedó en silencio, hasta que empezó a sentir el calor que producían las llamas. El árbol ardió y la ceniza comenzó a llenar el aire. Quizá no fuese tan dramático como prender fuego al árbol aúreo, pero el efecto sobre el gran castillo que se veía en la lejanía fue muy obvio para Renna. Enir Ilim ya no estaba sellado.

_ Finalmente, el camino está despejado. _ Susurró Malenia.

_ Eh, espera… _ Renna alargó la mano en su dirección, pero no la alcanzó. _ Deberíamos parar. Messmer está agotado y a ti deben faltarte fuerzas después del combate contra Romina.

Era cierto que Messmer estaba agotado. En aquel momento se estaba sujetando en el brazo de Rellana, que lo sostenía con una entereza que provocó que Ranni pensase que probablemente su esposa tenía razón al pensar que estaba enamorada.

_ No tengo tiempo para esto. _ Bufó Malenia, furiosa. _ ¿De todas formas, por qué te preocupa tanto? Sólo voy a hablar con mi hermano.

_ Es peligroso.

_ ¿Miquella? Para mí no es ningún peligro. _ Suspiró. _ ¿Es por la gran runa, es eso? No te preocupes, ya has hecho más que suficiente.

Malenia rebuscó entre los pliegues de su ropa y tomó un objeto dorado que le entregó a Renna. La gran runa emitió un halo cuando, al cambiar de manos, la sinluz tomó su poder.

_ A estas alturas ya ni la necesito. _ Suspiró Malenia. _ Ya tienes lo que querías, ya puedes marcharte.

_ Malenia…

No quiso escuchar las palabras de Renna antes de tomar la dirección contraria para poder orientarse hacia Belurat.

_ No sé qué le diría Romina… _ Suspiró Renna. _ Pero no parece la misma.

_ Sea como fuere, cariño… ya tienes lo que querías, ¿No es cierto? _ Ranni sonrió. _ Vámonos.

Enir Ilim la esperaba, y Malenia no se tomó ningún tiempo de descanso. La guerrera más temida de las tierras intermedias no lo era sin un motivo. Y estaba enfadada. Enfadada por lo que había rozado con los dedos y había perdido.

Por una vez, Malenia sentía que había sido libre… había podido ver… y había intuido que habría sido capaz incluso de recuperar el resto de cosas que la putrefacción roja le había arrebatado. Saber que había hecho lo correcto al rechazar ese regalo era de las cosas más dolorosas que había hecho en su vida.

Ningún cornamentado con magia sagrada o bestia danzante podría evitar que llevase a lo más alto de aquella torre espiral. Malenia necesitaba, ante todo, respuestas. Había estado sola mucho tiempo por orden de Miquella y ni siquiera estaba segura del motivo.

Aquella larga torre era el último obstáculo, y por eso mismo, tenía la sensación de que era lo más duro a lo que se había enfrentado desde hacía muchísimo tiempo. El oro de sus protésis pesaba… La aguja dorada en su hombro se clavaba como una aguja. Era como si la armadura que Miquella le había forjado se estuviera rebelando a que se reuniesen.

Pero, finalmente, y dejando una hilera de cuerpos tras ella, Malenia pudo sentarse a descansar. Tan sólo restaba una habitación y, tras ella, la larga escalinata. Por suerte, estaba alerta cuando la irrumpieron y alzó su espada contra la persona que osó espiarla.

_ ¿Quién eres tú?

_ Soy Leda… sirvo a Miquella el cortés.

Malenia bajó su espada lentamente. Leda, que tenía las manos en alto, las bajó de inmediato y se sentó con ella.

_ De modo que… ¿Sirves a mi hermano? _ Suspiró. _ Y aún así no sé nada de ti.

_ Miquella el cortés ha estado muy ocupado todo este tiempo. Ahora mismo lo está. No deberías molestarle.

_ Soy su hermana mayor. _ Bufó. _ Hablaré con él esté ocupado o no.

_ Supongo que no puedo detenerte… Miquella no consentiría que te pusiera la mano encima.

_ Tampoco podrías. _ Malenia se puso en pie. _ ¿Tienes algo más que decir?

_ Tan sólo que dudo que Miquella quiera verte ahora mismo. Quizá deberías respetar sus deseos.

_ Llevo toda mi vida haciendo eso mismo, gracias. _ Bufó, poniéndose en pie. _ Por una vez, me gustaría que se tuviera en cuenta lo que yo deseo.

_ Sólo espero que no lamentes esa decisión, Malenia.

Malenia ascendió hasta lo más alto de la escalera y allí, frente a la puerta divina, encontró lo que buscaba, y lo que más temía.

_ Malenia… mi leal espada… ¿Has venido a ver cómo me alzo a la divinidad junto a nuestro hermano? Junto a mi gran consorte…

_ ¿Estás diciéndome que este es el motivo por el que me ordenaste que fuese a por Radahn? _ Bufó, sujetando su espada. _ Ni siquiera tenía un cuerpo al que volver… ¿Qué es esa quimera? ¿Dónde has metido su alma?

_ Mi querida hermana… a veces hay que hacer sacrificios por un bien mayor. _ Respondió Miquella.

Malenia observó el cuerpo de Radahn, sus ojos amarillos… su porte regio, y sintió un escalofrío. Pues no había conocido la derrota… pero sí el empate, el empate más terrible que uno podría llegar a imaginar, infligido por la misma persona que su hermano había resucitado. Fue entonces cuando pudo fijarse en los cuernos de sus hombros.

_ Mogh… _ Suspiró. _ Has tomado el alma de Radahn y la has usado para poseer a Mogh. _ Y mientras hacías todo eso… yo permanecía esperándote. ¿No se te ocurrió decirme nada?

_ Tú no entiendes…

_ Lo que no entiendo es por qué no me elegiste como tu consorte. _ Exclamó. _ Yo estaría ahí por mi propia voluntad, te habría servido gustosa, como siempre he hecho.

_ Malenia, tú no eras apropiada… la putrefacción escarlata…

_ ¿La que fuiste incapaz de sanar? _ Le recriminó, cerrando el puño izquierdo, notando el ardor de su piel podrida.

_ Cuando ascienda podré sanarte, hermana… no tendrás que sufrir nunca más. Nadie tendrá que hacerlo. _ La animó Miquella. _ La putrefacción escarlata jamás te afligirá… con mi nueva orden… todos serán libres… todos serán amados… y nadie sufrirá.

_ Hay un problema, Miquella. _ Malenia elevó la cabeza en su dirección. De poder ver, le estaría atravesando con la mirada. _ He vivido toda mi vida a tu lado. Te conozco bien… y sé que me estás mintiendo.

_ ¿Y qué vas a hacer?

_ Haré que entres en razón… _ Le miró fijamente. _ De una forma o de otra.

_ Radahn… acompaña a mi hermana a la salida… No está pensando con claridad.

_ Por supuesto. _ Murmuró Malenia, irónica.

Cuando el gigantesco semidiós que una vez llamó hermano se encaminó en su dirección, Malenia no lo dudó un instante y tomó la espada, acercándose contra él. Su expresión era de serenidad absoluta mientras ambos daban cada paso con una lentitud exasperante.

_ Tú y yo, Radahn, como en los viejos tiempos. _ Susurró, en voz baja. _ Es así como tenía que ser…

Sería difícil exponer en palabras la grandeza de la batalla que tuvo lugar en ese mismo instante. Malenia y Radahn, los dos semidioses más poderosos, los dos hijos de Radagon más temibles, en un enfrentamiento sin cuartel en el cual la gravedad del mismo planeta se retorcía y la danza de Malenia parecía sacudir los cimientos mismos de la realidad.

Radahn se mostraba exhausto, pero Malenia no se encontraba en mejor estado. Ambos estaban tratando en vano de recuperar el resuello, inmóviles, uno frente a la otra. Una vez más, no había sido derrotada, pero tampoco había ganado.

_ Has elegido rechazar el amor que te he ofrecido, hermana. _ Malenia se estremeció cuando vio que su hermano se situaba sobre Radahn, rodeándole el cuello con los brazos. _ Es tu última oportunidad. Si insistes en continuar… no nos quedará más remedio que usar toda nuestra fuerza.

_ Entonces… _ Malenia se llevó la mano al brazo izquiero. _ Yo debería hacer lo mismo.

_ Espera… No quieres decir lo que creo que quieres decir… _ Por primera vez, Miquella sonaba tenso.

_ Incluso si me cuesta mi cordura… o mi vida… te detendré… _ El cuerpo de Malenia comenzó a emitir un brillo rojizo. _ La flor de aeonia… florecerá una vez más… serás testigo del verdadero terror…