Me senté en la cama y me froté la cara con ambas manos. Necesitaba dormir, pero mi cerebro no estaba por la labor, así que me levanté, volví a vestirme y bajé a la tienda.

Trabajé, con el cuerpo entumecido pero la cabeza solamente centrada en eso, hornear, decorar, servir, atender algún cliente cuando se amontonaban afuera.

— James, puede salir un momento —me llamó la voz de Jen poco antes de la hora del cierre.

Salí, arrastrando un poco los pies, secándome las manos en el mandil. Y tropecé con el mostrador cuando lo vi allí.

— El caballero ha preguntado por usted —se disculpó mi empleada, malinterpretando mi ceño fruncido.

— Sí, sí, Jen, yo me ocupo, gracias.

Salí del mostrador y me acerqué hasta él. Lo cogí del codo y lo arrastré hasta el rincón en el que teníamos tres mesitas donde la gente se sentaba a merendar en invierno.

— ¿Ocurre algo? ¿Estás bien?

— ¿Has dormido algo? te ves fatal.

Hablamos a la par. Exhalé un suspiro de cansancio y me dejé caer en una de las sillas y él me imitó, pero con muchísimo más estilo. Llevaba un abrigo plumífero, afuera nevaba de nuevo, y podía ver un jersey color azul verdoso con una camisa blanca debajo y unos pantalones color beige. Otra cosa que anotar en mi registro: la ropa muggle le quedaba espectacular.

— ¿Qué haces aquí?

Sus ojos se estrecharon por la pregunta, que me salió más hostil de lo que pretendía por la fatiga. Hizo ademán de levantarse para marcharse, pero esta vez fui yo el que sujetó su antebrazo para que no se moviera.

— Lo siento, eso no ha sonado bien. Estoy muy cansado, no he podido dormir, por eso he bajado a trabajar, necesitaba despejarme.

— Parece que te vas a caer a trozos. Sube a dormir. Por favor.

El por favor le salió suplicante, preocupado. Lo miré un momento, mordiéndome el labio, y me puse en pie para acercarme a Jen.

— El horno sonará en diez minutos, solo saca el pan y apágalo. Bajaré por la tarde de nuevo.

— De acuerdo. No se preocupe, vaya a descansar.

Sonreí. Me quité el delantal con manos que temblaban de pura fatiga, lo dejé de cualquier manera en la trastienda y volví a salir. Draco seguía allí, sentado muy recto, observando todo con genuino interés.

— ¿Quieres subir conmigo? —le pregunté, estirando la mano hacia él.

Me miró sorprendido, por una vez era yo el que le había descolocado. Hasta su cara de sorpresa era atractiva, maldición.

— A dormir —le advertí.

No dijo nada, solo cogió la mano que le ofrecía y se dejó llevar hasta la escalera trasera.


Me quité los zapatos y me tumbé, incapaz de volver a cambiarme de ropa. El se quedó allí, a los pies de la cama mirándome.

— ¿Te tumbas conmigo? y me cuentas por qué has venido a la ciudad.

Se descalzó y se tumbó frente a mí, dejando una buena distancia entre nosotros, de lado, mirándome con sus dichosos ojos intensos.

— ¿Vas a dormir así? —me preguntó, señalando mi ropa de trabajo.

— Estoy demasiado cansado para otra cosa.

Suspiró y cogió su varita, que había dejado sobre la mesilla.

— Sigues olvidando que eres un mago —gruñó mientras transformaba mi ropa en un cómodo camisón.

— Nunca he usado uno de estos —comenté, mirando hacia abajo sin tener claro si me gustaba o avivaba la disforia.

— Dijiste que te molesta la ropa pegada a la piel, esto será más cómodo.

Se me escapó una risa y me miró, confundido. Estiré una mano hacia él.

— Me gustas. ¿Has venido a asegurarte de que durmiera?

Solo sonrió y cogió mi mano para entrelazar nuestros dedos. Sentí una corriente de calidez y a mi lobo enroscarse feliz para descansar también. Así que cerré los ojos y dormí.


Cuando desperté, un par de horas más tarde, lo primero que hice fue buscarlo al otro lado de la cama, pero estaba vacía y fría. En la habitación flotaba su olor e inevitablemente sentí mi cuerpo responder.

— Estás despierto.

Me sobresalté, porque mi mano traidora se había colado debajo del camisón y estaba apunto de tocarme. Agradecí que me hubiera tapado en algún momento, pero estoy seguro que lo supo por mi cara porque sonrió de lado de una manera muy peligrosa.

Dejó la bandeja que traía sobre la mesilla y se sentó en la cama junto a mí.

— Tuve que levantarme y salir a tomar el aire. No soy tan fuerte como pensaba, y ya veo que tú…

— No lo digas —protesté, avergonzado, desviando la mirada.

Él cogió una de mis manos y dio un pequeño apretón.

— Es divertido verte sonrojarte —confesó—. Te he traído un poco de sopa. Huele muy bien.

— Mi vecina la hace para mí.

Me miró confuso y detecté un atisbo de celos en sus ojos.

— Tiene más de sesenta años y cree que tengo una enfermedad crónica que me tratan cada cuatro semanas y por eso no puedo trabajar. Siempre me manda sopa, Jen es una de sus hijas.

— Oh.

— Yo no… no he tenido citas desde que volví. Solo tú.

— Desayunar después de la luna no son citas —protestó.

— Para mí son las mejores citas que he tenido en mucho tiempo. Y hoy ha acabado con un beso.

Sonrió y sus pómulos se sonrojaron suavemente. El beso de esa madrugada… wow.

— Tendremos que hacer algo al respecto. Ahora come.

— ¿Tú has comido?

— Me hice unas tostadas. No quería revolver en tu cocina sin tu permiso.

— Oh, eso es dulce. ¿Eres dulce ahora, Draco? —me burlé zumbón.

— Cállate, Potter.

— Toma.

Miró la cuchara y luego me miró a mí.

— Es tu comida.

— Quiero compartirla contigo. Seguro que hay para tres platos más. Vamos, pruébala.

Me sujetó con cuidado la muñeca, porque me temblaba la mano, y se llevó la cuchara a la boca despacio, sin dejar de mirarme.

— ¿Qué? —tuve que preguntar, porque sentía que me estaba perdiendo algo.

— Entre criaturas, alimentar a la pareja es parte del cortejo.

Cerré los ojos. ¿Por qué no había aprovechado mi tiempo en la ciudad para estudiar sobre veelas? y sobre lobos, por lo visto. Ah, sí, había estado centrado en el niño de diez años a mi cargo.

— ¿Por eso los desayunos?

— Y por tener una excusa para pasar tiempo contigo.

Sonreí, sonrojado, y llene otra vez la cuchara.

— He visto la foto en el salón. Casi se me cae la bandeja de las manos porque en el primer vistazo he pensado que era Bellatrix.

Asentí y cogí la servilleta para limpiarme los labios.

— Me ocurrió lo mismo cuando la conocí. ¿No habías visto nunca una foto de Andrómeda?

— Mi madre no la nombraba nunca. Si había alguna foto la tenía muy bien escondida, mi padre no lo habría tolerado.

Era la primera vez en esos meses que los nombraba. Yo sabía, claro, mi vida no era la única que se destripaba enEl Profeta.

— ¿Los echas de menos?

— A veces —admitió—. A mi madre. Mi padre… nunca pudo superar que yo heredara los rasgos veelas de su abuela, era una mancha en su linaje.

— Lo siento.

— Yo siento todo lo que alguna vez dije sobre los tuyos. De verdad.

— Está bien, —Me encogí de hombros— es pasado.

— El niño… es tu ahijado —quiso saber.

— Edward, sí.

— Háblame de él.

— ¿Qué quieres saber?

— Eres su tutor ahora.

— Por eso me fui tantos días por Navidad. Y me iré en Pascua.

Arrugó la cara.

— Solo durante las vacaciones escolares —le recordé.

— ¿En verano también?

— No, en verano le estoy convenciendo para que venga él aquí.

Se puso muy rígido.

— ¿Qué?

— No podré verte.

— ¿Por él? ¿Por qué no?

No respondió, solo me mostró su antebrazo, descubierto porque se había enrollado las mangas de la camisa, como un triste recordatorio de todo lo que implicaba haber luchado en bandos contrarios.

— Esto no te define —Puse la mano sobre la tenue silueta de la marca, agarrando fuerte su brazo y sentí como se estremecía por el contacto sobre la piel desnuda—. Draco, me gustas, mucho. Si vamos a estar en la vida del otro, si es ahí a donde se encamina lo que sentimos como humanos y lo que nuestras criaturas reclaman, Edward es parte de mi vida, igual que lo es mi familia y mis amigos, igual que tus amigos lo son de la tuya.

Me miró fijamente, con el rostro en blanco, un largo minuto.

— ¿Qué? –pregunté finalmente, nervioso, haciendo ademán de apartar la mano.

Pero él la sujeto donde estaba y apretó también con fuerza.

— Cuando esta mañana… he vuelto a pensar en marcharme. Y ahora me estás hablando de futuro.

Entendí entonces la visita: estaba preocupado porque cambiara de opinión.

— No he tenido relaciones de verdad hasta ahora, ¿podemos ir despacio? Citas reales de humanos.

— Podemos —sonrió y me apartó el pelo revuelto de la cara con ternura— Vamos come, se te enfría la sopa.

Le tendí otra cucharada. Él negó con la cabeza, pero insistí. Me gustaba esa sensación y después de su explicación podía entender que era el lobo satisfecho por proveer para su pareja. Primario, pero agradable.

Compartimos la sopa en silencio. Cuando el cuenco estuvo vacío, se puso en pie y salió de la habitación con la bandeja y yo aproveché para estirarme y poner los pies en el suelo.

— ¿Vas a volver a bajar a la tienda? aun pareces cansado, normal que crean que estás enfermo —cuestionó con una ceja alzada al verme de pie.

— Sí. Tengo que preparar las cosas para mañana y ver lo que hay que reponer para la tarde. A la gente le gusta merendar.

Asintió a regañadientes.

— Puedes quedarte si quieres. Hacerme compañía mientras trabajo.

Su cara cambió levemente por una pequeña sonrisa.

— Me encantaría.


Era agradable trabajar acompañado, aunque me ponía un poco nervioso el escrutinio de Draco, parecía memorizar todos mis gestos, así que yo hablaba y hablaba, contándole cosas de mis vecinos.
Paré un momento la charla mientras metía en el horno varias bandejas de rosquillas y Draco aprovechó mi silencio para meter cuchara.

— Vi las pociones en el baño.

— Oh —lo miré de refilón y no supe interepretar su gesto.

— Son mías

— ¿Qué?

— Yo las fabrico, es mi fórmula nueva. ¿Estás contento con ella?

Eso era, estaba preocupado, Draco estaba resultado ser muy protector.

— Sí. La anterior estaba bien, pero mi sanador pensaba que mis niveles hormonales estaban oscilando demasiado. Supongo que porque los estudió mientras estaba lejos de ti. Y te agradezco el sabor.

— ¿Tu lobo me echaba de menos? —preguntó, en un ronroneo.

— ¿Realmente necesitas escucharlo? —sonrió de lado, pero yo sabía que era así, que mi reacción de por la mañana aun le generaba inseguirdad— Sí. Yo… mi libido estuvo muerta un tiempo. Tu olor la despertó y cuando me marché creo que todo se descompensó.

— Me gusta pensar que mi poción te ayuda. He estado investigando algo nuevo — lo dijo usando otra vez ese tono de quitarle importancia.

— ¿Una poción? —le miré de reojo mientras comenzaba a decorar una bandeja de galletas— Sigo siendo un negado, no sé si puedo seguirte si te pones técnico, pero lo intentaré.

— La incompatibilidad con la poción matalobos. Creo que podría buscar una manera para que puedas tomarla y estar más cómodo en la luna llena.

Solté lo que llevaba en la mano y me acerqué. Abrió un poco los ojos de sorpresa cuando pase ambos brazos alrededor de su cintura y lo abracé. Nuestro primer abrazo sé sintió fantástico, increí , él me rodeó con sus brazos también.

— Gracias.

En respuesta él metió la nariz entre mi pelo y lo sentí respirar. También sentí el efecto que tenía en su cuerpo, que la cercanía y los pantalones estrechos impedía disimular.

— Echaría de menos pasar la luna contigo.

— Podría intentar hacer más fácil el cambio nada más. Y estarías más tranquilo sabiendo que tu mordisco no puede convertir a otro. La parte de seguir siendo tú después de la transformación ya la que me parece increíble, por cierto, requiere un autocontrol que no tenías en la escuela.

— Oye —golpeé su brazo sin apartar la frente de su pecho.

— Creo que no eres consciente de lo increíble que eres, Harry. De cuanto admiro como te has enfrentado a todos los obstáculos que se te han presentado. Aquí estás, haciendo repostería y hablándome de tus vecinos como si fueras una persona normal y no alguien absolutamente extraordinario.

— No digas eso —rogué, sonrojado, con la cara contra su pecho.

— Lo eres. Mi veela y yo queremos siempre abrazarte y protegerte de todo mal, porque eres un inconsciente a pesar de todo lo vivido.

— Ya suenas como Hermione —protesté.

No contestó, sólo bufó un poco y me apretó contra él y así nos quedamos hasta que los hornos comenzaron a sonar y el trabajo volvió a reclamarme.