El Ascenso de un Científico Loco

¡Descubriré cómo Funciona el Mundo!

Chaocipher Disfrazada

Mi viaje a Dunkelfelger se pospuso luego de que el médico de la corte nos examinase a Rozemyne y a mí mientras seguíamos inconscientes.

Las sospechas y cuestionamientos acerca de nosotros entrado en el invierno quedaron en segundo plano luego de ver el estado en el que nos encontrábamos. Mi padre adoptivo estaba tan preocupado como el resto de mi familia cuando se enteró del desgaste al que nos sometimos.

Por lo que Justus me informó, las familias ducales reportaron a sus archiduques la aparición de los emisarios a diferentes horas de la madrugada, diciendo que habían aparecido y desaparecido demasiado pronto, por lo que todos estaban preocupados e informaron a Zent. Después de todo, como candidatos a archiduques conocían el peligro de donar una gran cantidad de maná tan rápido como nosotros lo hicimos.

La pobre escusa de Rozemyne diciendo que no sabía lo que había pasado en realidad fue aceptada más fácil de lo que esperé, de modo que yo no fui cuestionado.

'Supongo que los asustó vernos inconscientes tanto tiempo…'

Dos semanas después de que despertara por primera vez, cuando el médico me dio luz verde para viajar, mi novia había arreglado la preocupación latente sobre su virtud.

"Te vere después, Rozemyne." Me despedí besando sus dedos mientras mi equipaje terminaba de transportarse a Dunkelfelger.

"Estoy ansiosa de presenciar los juegos que has pensado. Brunhilde me dijo que su hermana y ella juntaron sus mentes para pensar en otras competencias teniendo en cuenta a aquellos que no están tan bendecidos por Angriff."

Sonreí consciente de eso. Mi hermana me informó de forma superficial sobre las competencias, mismas que ampliaron hasta agregar algo similar a la gimnasia por medio de los giros de dedicación y la danza de espadas como danza.

Por otro lado, los plebeyos de Dunkelfelger no pudieron contenerse y pidieron al archiduque permiso de organizar sus propios juegos de Leidenshaft. Según sabia, ellos incluyeron arquería, tiro al blanco, equitación y algunas otras disciplinas.

"En Dunkelfelger es igual de importante ser testigos de un buen ditter como participar en él. Ya que habrá juegos donde nuestros plebeyos también se involucren, decidimos que era adecuado que ellos mismos tuvieran sus juegos." Me comentó Werdekraf cuando me entregó la invitación.

Miré a Justus. Él se quedaría en la Soberanía para ayudar con parte de mi trabajo de oficina, Laurenz iría conmigo a Dunkelferger solo para confirmar que el estadio de quidditch se construía de manera adecuada y volvería a la soberanía después.

Este año estaría fuera prácticamente todo el verano, por lo que los necesitaba a los dos en la oficina. Solo Eckart y Lasfam, un lay asistente que me había entregado su nombre hacía poco, permanecerían conmigo todo mi viaje.

Cuando las luces negras y doradas abandonaron mi visión, Werdekraf y Brunhilde me esperaban con sonrisas divertidas, las cuales desaparecieron casi de inmediato al verme.

"¿No esta su prometida con usted?" pregunto el esposo de mi hermana observando el circulo que no volvía a encenderse.

"Por supuesto que no", me reí entendiendo lo que pasaba, "Rozemyne tiene trabajo que terminar antes de los juegos."

"Supongo que tiene sentido." Suspiro Brunhilde, "esperaba poder reunirme con ella por un tiempo." Se lamento.

Pronto fui dirigido a las habitaciones que usaría durante el verano.

A la quinta campanada Laurenz se despidió de mi para ir a ver los planos del estadio de quidditch y hacer las modificaciones pertinentes que fuesen necesarias.

El día paso tranquilo, conmigo leyendo los informes acerca del progreso de las industrias que estaba ayudando a establecer dentro del ducado mientras mis asistentes terminaban de acomodar mi habitación. A la sexta campanada, sin embargo, desee no estar ahí.

Si bien no había sido posible preparar una herramienta para grabar nuestra imagen, Brunhilde y su esposo fueron alertados del brillo en la puerta fronteriza y se habían dirigido a toda velocidad al lugar. No alcanzaron a llegar, pero se acercaron lo suficiente como para notar lo que estábamos haciendo y lo que tratábamos de hacer. Por lo que ahora me encontraba recibiendo burlas no tan veladas bajo una herramienta de rango especifico.

"Debes sentirte aliviado, Ferdinand. Mi hermosa prima pronto cumplirá quince, y podrán atar sus estrellas en la conferencia, por lo que ya casi no tendrás que esperar."

No importo cuanto intenté cambiar el tema, ellos siempre volvían a esa noche, por lo que tuve que confesar lo que paso, que mientras llenábamos las puertas nos teñimos en el color del otro, provocándonos una necesidad imposible de ignorar, pero que al final pudimos ignorar debido al desgaste que sufrimos, lo cual también llevo a retrasar mi llegada.

"Entiendo, ciertamente el intercambio de maná puede provocar esas sensaciones cuando se es muy compatible." Comento mi hermana llevando su mano a su vientre, sonriendo de forma cálida cuando su esposo hizo lo mismo.

Sonreí entendiendo lo que quería decirme, y la felicite, prometiéndole de paso que no diría nada y en cambio, rezando para que su hijo naciera sano y salvo.

La mañana siguiente me encontré con una sorpresa que no esperaba.

"¿Tienen margen para esto?"

"¡Claro que lo tenemos!" desestimo Werdekraft al verme preocupado, la magia de Entwickeln no era barata. Un estadio era una cosa, pero ¿todos?

"Existen materiales de construcción que podrían hacer más barato el proceso." Insistí. "Los plebeyos podrían construirlo, eso también fomentaría el trabajo."

"Nuestros plebeyos también están trabajando en sus propios estadios, no terminarían los suyos a tiempo si los hacemos trabajar también en los nuestros, además de los aditamentos para los juegos."

"Además, lo que mi esposo no le ha dicho, príncipe Ferdinand, es que recibimos grandes donaciones, por lo que no tenemos problemas con el presupuesto, y se espera que los juegos nos otorguen mayores ganancias", me explico Sieglinde con una sonrisa cansada que no ocultaba del todo su emoción.

Esa tarde el estadio de Quidditch fue construido y Laurenz volvió a la soberanía, este verano trabajaría como mi erudito junto a nuestro hermano mayor.

Una semana después volví a la soberanía, partiría a Kaltmeer durante la sexta campanada y me quedaría en el ducado tres días para explorar las cuevas en busca de minerales y elementos.

Por desgracia no pude reunirme con mi novia, ella había partido hacia Waldjagd dos días atrás.

"Justus, ¿Qué es esto?" pregunte confundido observando una caja con cartas abiertas, todas parecían proceder de la misma persona, a juzgar por el sello.

"Cartas de la ex tercera reina."

Me detuve en seco antes de tocarlas, mirando a mi hermano en busca de una explicación.

Según parecía, todas las cartas tenían un contenido similar, donde me invitaba a sus aposentos para disculparse, que quisiera insultarme en la cara, tratar de maldecirme o envenenarme eran opciones que veía más factibles en realidad

"Es realmente molesto y un desperdicio de recursos que siga enviando cartas ¿debería recibirla para que me diga lo que sea que quiere decirme?" pregunte apretando el puente de mi nariz, tratando de mitigar la migraña qué surgió de solo pensar en ello.

Esa mujer nos tenia un gran rencor a Rozemyne y a mi por lo que era seguro que intentaría desquitarse con ambos, sin embargo mi novia ya había sufrido mucho, si podía volverme el receptáculo del odio y un escudo para que Rozemyne no lo recibiera, lo haría.

"No te lo sugiero Ferdinand, como concubina ella está confinada a sus habitaciones, no puede salir, por lo que tendrías que ir a verla tu."

"Ciertamente no es lo ideal, pero…"

"No lo entiendes Ferdinand." Según Laurenz una mera flor no podía invitar a otro hombre a sus habitaciones, de hecho, no podía ni solicitar la presencia de su señor, además de que algunos podrían no ver el contenido como algo tan inocente, debido a la redacción. "Aquí hay algo que no me da buena espina."

"… entiendo, sigan negando las solicitudes de reunión, tal como hasta ahora. Ni si quiera estoy en la soberanía como para concertar una reunión."

Mis hermanos asintieron y la herramienta de rango especifico fue retirada.

Con solo una campanada de margen, comí mientras revisaba el poco trabajo que tenía y me preparé para partir hacia Kaltmeer.

Mientras esperaba mi turno para partir, la voz de Justus me sorprendió a través del blathad, aparentemente otra carta de Ralfreida llegó y cuando Laurenz la tocó, tuvo problemas para controlar su espada…

"… por eso tuve que dejarlo encerrado en tu habitación con su esposa, lo limpiare todo pero esa reacción fue rara."

Según me habían informado más temprano, Alerah y Margaret permanecieron en la soberanía. La esposa de Laurenz fue a entregar unas cartas qué recibieron de Rozemyne para mi y a buscar las que yo mismo le enviaba cuando también se vio afectada por lo que sea que hubiese afectado a nuestro hermano.

"Ten cuidado cuando investigues, Justus. Y prepara un informe para el momento en que regrese."

Mientras me subía al circulo de teletransporte y las luces doradas y negras inundaban mi visión, pensé sobre la advertencia de Laurenz y comencé a pensar en el mejor curso de acción.

'Pero primero necesito entender que rayos esta pensando esa mujer.'

El Aub y su familia me recibieron en el círculo de teletransporte. Se veía felices.

La familia archiducal estaba conformada por una antigua princesa de Klassenberg y quien sería un tío para mí por parte de padre Edgar. Según la información que recibí, lady Eleonore fue elegida como flor para el próximo archiduque durante su tercer año en la academia, al ser hija de una tercera esposa de una rama colateral que pronto seria degradada tenía pocas o nulas esperanzas de poder negarse, su esposo que estaba en sexto año por esos días le contó sobre el escudo de Schutzaria y la joven paso a ser su prometida, tras su enlace tres años después, fueron degradados a archinobles debido a que el predecesor Aub Klassenberg estaba intentando forzar a su princesa como futura primera dama de Eisenreich, para aumentar aún más su poder.

Ahora, sin embargo, la combinación obtenida de la neutralidad de Einsecher y el conocimiento previo de la tierra que antes pertenecía a Klassenberg los volvieron idóneos para gobernar.

'Desearía haberlo sabido antes. Pude usar un acercamiento más directo.'

Para evitar que el Aub les bloqueara el paso, la familia Kaltmeer se trasladado a Klassenberg como archinobles y una vez dentro del ducado fueron señalados como familia ducal, su escudo y nombre permanecieron y participaron activamente en esa primera conferencia. Bajo la orden del rey Aub Klassengberg se vio obligado a brindar ayuda en lo que al transporte consistía entre otras cosas.

Por un tiempo intentaron mantenerlos sometidos debido a que eran familia, siendo la segunda y la tercera esposa una archinoble y una mednoble, lady Eleonore no pudo renunciar a su estado de primera esposa, por lo que Klassenberg siguió presionando por un tiempo. Más pronto que tarde aprendieron a bloquearlos, y a negarse.

Aunque el acoso no termino ahí.

Como un ducado medio alto nacido de dividir un gran ducado, no poseía templo o castillo, a diferencia de Waldjagd quienes solo tuvieron que reconstruir su castillo, Kaltmeer la paso muy mal hasta hace dos años, que las fronteras se redibujaron, tenían que pagar para usar el círculo de teletransporte de Klassenberg y después transferirse desde el dormitorio a uno de los que quedaron desolados tras la purga. No poder construir debido al riesgo de que todo desapareciera al redibujarse las fronteras los llevo a idear formas de sostener a su gente, tanto nobles como plebeyos, lo que los volvió un ducado unido, usando como ciudad principal una tierra gibe sobrevivieron y prosperaron, lo cual era la razón por la que, al volverse independientes, mejoraron en todos los sentidos, la ciudad vibraba llena de vida y la gente lucía sana.

El Aub incluso me confesó durante la cena que el número de plebeyos que entraban en el ducado aumentaba constantemente, lo cual había sido una preocupación hasta nuestra reunión en la conferencia.

Como sospeche antes, tenían minas en la frontera y, gracias a los nuevos pobladores, también mano de obra. Los tres días se me pasaron volando mientras exploraba y preparaba los contratos pertinentes.

Para cuando me fui, no tenía dudas sobre el compromiso de Kaltmeer para seguir mejorando y subiendo en el ranking de Ducados o en su apoyo incondicional para posicionarme cómo Zent, aunque si que me encargué de solicitarle a Aub Kaltmeer que me mantuviera informado de todos sus movimientos en relación con mi apoyo. No quería otra sorpresa como la del invierno, con los estudiantes cuchicheando y regando chismes referentes a mi identidad cómo emisario de los Dioses. Haberlo sabido en tiempo me habría ahorrado muchos dolores de cabeza, algunas situaciones incómodas e incluso podría haber planeado como utilizar todo esto en mi beneficio de una forma más práctica y eficiente.

Por otro lado, mi regreso a la Soberanía para descansar apenas una campanada antes de volver a Dunkelferger fue peor de lo esperado.

"¿Duró cuánto? ¿Pero qué droga usaron y dónde estaba?"

Mis hermanos y yo estábamos hablando bajo el resguardo de mi habitación oculta en lo que Lazfam se encargaba de mi equipaje apoyado por Eckhart.

Laurenz se cubrió el rostro, apenado y luego comenzó a hablar sin mirarme.

"Cuatro campanadas, Ferdinand. Alerah y yo tuvimos que dormir en tu habitación después de recibir una revisión y la curación de Heilschmer por… bueno… toda esa actividad repentina. Admito que fue un poco divertido al principio, pero cuando noté que mi espada no bajaba y que no podía… quemarme en las llamas de Beischmacht me comencé a angustiar. ¡Fue cómo volverme un animal sin control! ¡Incluso lastimé a mi esposa! ¿Tienes idea de lo terrible que se siente…? No, todavía no lo sabes y espero que nunca lo averigües."

Justus comenzó a carraspear un poco para sacarme de mi shock inicial. Respiré y fijé mi mirada en él, listo para su reporte informal.

"No sabemos qué droga fue, pero estaba en el interior de la carta."

"¿Cómo que no saben?"

Justus se removió en su lugar, incómodo, mirando al suelo sin siquiera cubrir el color rojo en sus orejas o su cuello. Debía estarse sintiendo como un incompetente.

"Aislé el polvo brillante que parecía caer del sobre y de la carta misma. El mismo que tenía Laurenz bajo sus uñas y dentro de su nariz…"

"¿En la nariz?"

Mi sorpresa debió ser más que obvia porque ambos parecían incómodos ahora.

"El polvo era demasiado fino, Ferdinand" intentó excusarse Laurenz "saqué la carta sin cuidado y esa cosa VOLÓ frente a mí, incluso me hizo estornudar un par de veces antes de que comenzara a sentirme febril. Estaba sediento, comencé a sudar. La ropa me picaba. Estaba buscando un pañuelo con el que limpiar mi nariz y mis ojos cuando llegó Alerah, ella trato de ayudarme y… no, no sé. Supongo que inhaló algo de esa cosa porque de pronto ella también estaba sudando, jadeando y… dejándome que le arrancará la ropa de manera bastante literal."

Más sonrojos. Ahora entendía por qué los habían dejado hacer sus cosas en mi habitación.

"Volviendo al polvo, Ferdinand" dijo Justus de nuevo, llamando mi atención "cuando al fin pude ir a tu laboratorio a revisarlo… no parecía reaccionar a nada, igual que los instrumentos. Creemos que lo que sea, tiene un corto periodo de activación."

Lo consideré un momento antes de invocar mi sabiduría, tomar una hoja de papel mágico de mi escritorio y copiar las instrucciones para algunos amuletos que luego entregué a Justus.

"Laurenz, mantén tus manos lejos de esas cartas. Justus, prepara estos y úsalos cuando estés manipulando el contenido, cubre tus manos con guantes de cuero también… o ve que te preparen unos con alguna tela que pueda aislar polvo. Estaré esperando un informe y… de preferencia, que Margareth te ayude. Ella sabe bastante de drogas."

"Por supuesto, hermanito."

Tras atender algunos otros asuntos, me fui.

Para mi siguiente visita, había dos cartas más, ninguna tenía el extraño polvo, cómo si alguien hubiera prevenido a Ralfreida y yo seguía sin encontrarle mucho sentido. Aun así, dejé preparadas algunas respuestas negándome por cuestiones de trabajo, todas con una copia hecha con el último invento de la industria papelera de Rozemyne. Papel transferible o papel carbón.

Así, entre ayudar a supervisar y organizar todo para los primeros juegos de Leidenshaft comunicarme con Rozemyne por carta y a veces intercambiar algunas fotografías con ella, recibir informes cuando podía volver a la Soberanía y encontrar a Ralfreida como una mujer estúpida fue que llegamos al final del segundo mes del verano y una de las cartas al fin me alcanzó en uno de mis escasos días de descanso.

.

Era temprano, para variar. Brunhilde debió notar mi cansancio porque consiguió dejarme volver a la Soberanía a la tercera campanada en lugar de a la quinta.

Estaba ingresando a mi despacho dentro de la villa, seguido de cerca por Justus cuando sentí que algo estaba fuera de lugar sin saber muy bien qué era.

"¿Seguro no preferiría descansar, Milord? Va a regresar a Dunkelferger mañana a la segunda campanada, después de todo."

"Estoy bien, solo necesitaré una poción para descansar cuando entre a mi habitación oculta a tomar mi siesta."

Me senté en mi escritorio, mirando en derredor antes de comenzar a revisar los papeles.

Todavía no podía poner el dedo en ello, pero algo se sentía de veras fuera de lugar, cómo si algo… estuviera de más.

"¡Príncipe Ferdinand!" llamó alguien en la puerta, un noble al que reconocí como uno de los mednobles de Klassenberg que seguían en la Soberanía "le traigo una misiva. Espero que Dregarnuhr tenga a bien mantener su hilo más tiempo en las alturas que en las tierras de Leidenshaft."

Yo solo asentí mientras alguien recibía la misiva, revisaba el sobre y la llevaba hasta mí.

"Que la diosa escuche tus plegarias" respondí con sinceridad. Extrañaba mucho a Rozemyne y sabía que no podría verla o pasar tiempo con ella mientras los juegos de Leidenshaft no terminaran.

El Klassenbergino salió de la puerta, desapareciendo por el pasillo y yo volteé para tomar la carta, encontrando de pronto la razón de mi malestar.

"¿Damuel? ¿Qué haces aquí?" pregunte confundido por apenas un momento, "supongo que ya terminaste tu trabajo con los caballeros, me viene bien tu ayuda, ¿Qué has estado haciendo? ¿Cuánto tiempo llevas en mi oficina?"

Mi antiguo compañero del Templo me observó con un rostro cargado de decepción. Parecía estar conteniendo las lágrimas conforme dejaba el sobre en la mesa.

"Llevo dos semanas ya, príncipe Ferdinand." Dijo respondiendo solo a mi ultima pregunta.

"¿Justus?" pregunté a mi hermano mayor quien empalideció de inmediato.

"Ahm… en realidad, no, no recuerdo haberlo visto aquí… pero es un hecho que ya estaba aquí antes de que llegara el mensajero. Lamento mucho mi falta de atención, Milord, estaré más alerta. Si usted no lo hubiera señalado, creo que seguiría sin saber que Damuel estaba aquí."

Justus estaba acongojado y avergonzado. Damuel parecía deprimido y a punto de ponerse a llorar.

"Entiendo. Damuel, sigue con el buen trabajo. Más tarde Justus te dará una nueva asignación."

"Si, príncipe."

Suspiré tomando la carta y arrugando el ceño antes de mirar de nuevo a Damuel.

"¿Y tú amuleto de Anhaltung? Estoy seguro de que Rozemyne te entregó uno."

"Se me rompió hace tres semanas, Milord. Temo que hasta ahora ha sido imposible reponerlo. Ha llegado tanto trabajo de oficina aquí, que no he podido acudir a la villa de la princesa Rozemyne a solicitar otro."

Solté un suspiro de incredulidad antes de mirar del todo el sobre entre mis manos, encontrándome un sello de lacre con un par de flores de cueva cruzadas entre sí que no reconocía. Al dar la vuelta, me di cuenta de quién era el remitente. Ralfreida.

Miré de nuevo a Damuel y una idea se me ocurrió de pronto. Era hora de poner una trampa a esa viciosa mujer y zanjar este absurdo asunto de las disculpas.

"¡Damuel, Justus y Laurenz, conmigo! ¡Eckhart, cuida la puerta del despacho! Nadie sale y nadie entra sin mi permiso bajo pena de arresto inmediato."

Todos nos movimos bajo la mirada preocupada de las cerca de veinte personas que trabajaban para mí en ese momento en el despacho. La puerta se cerró detrás de nosotros, que usamos un pasillo de la servidumbre apenas llegar al pasillo para irnos de inmediato a mi habitación y de ahí a mi habitación oculta.

Justus entregó a todos unos cubrebocas de tela especial y lentes aislantes así como guantes y una tela para cubrirnos el cuello y el cabello. Damuel miraba todo con sorpresa, imitándonos sin preguntar nada.

Ningún polvo salió del interior. Al momento de verificar el contenido con algunas herramientas para detectar venenos y afrodisíaco, todos pudimos relajarnos y retirarnos la tela, los lentes y los cubrebocas del rostro, dejándonos solo los guantes.

El contenido era similar al del resto de las cartas según las transcripciones que me envió Justus cuando me enteré del asunto… solo que sonaba mucho más urgente y demandante de lo habitual, además de que la selección de eufemismos era muy extraña.

"Alguien debió avisarle que estabas aquí", murmuró Laurenz cuando les pasé la carta, "es la más demandante hasta ahora."

No me gustaba nada, pero ya tenía una solución lista.

Tomé tinta, pluma y los papeles necesarios para comenzar a escribir, garabateado con calma una negativa y una disculpa tan formales y directos cómo me fue posible. Me aseguré de anotar que no era necesario que se disculpara en persona, que yo estaba dispuesto a aceptar sus disculpas por carta y nada más para no causar más problemas, luego ensobreté la respuesta para entregársela a Damuel y le di la copia a Justus.

"Hermano, prepara la caja, la vamos a necesitar, incluye el informe de la intoxicación de Laurenz y Alerah, así como el reporte sobre el estudio del reactivo en la carta correspondiente y una muestra. Damuel, ya que nadie va a reconocerte, te ruego que entregues está carta a la concubina Ralfreida por mí, por favor. Por nada del mundo te quites los guantes y no permitas ningún tipo de contacto con esa mujer o sus asistentes. Permanece en el marco de la puerta cuando llegues a entregar la respuesta."

"¿Estás seguro de esto, Ferdinand?" preguntaron Damuel y Laurenz a la vez, aunque en distintos tonos de voz. Yo solo asentí y dejamos que Damuel se fuera.

"¡Justus, mi caldero! ¡Laurenz, toma el amuleto de Verbergen que tengo por si acaso y sigue a Damuel, te alcanzaré en cuanto haya formulado dos amuletos más."

Ambos se cruzaron de brazos y acataron las órdenes. Mientras formulaba le expliqué el plan a Justus, le pedí que memorizar un mensaje porque tendría que enviárselo al Zent por medio de un ordonnanz a mi señal. Si Ralfreida quería convertirse en un kamikaze por medio de la seducción, me aseguraría de que estallara ella sola.

"¡¿Dónde está el Príncipe Ferdinand?!" ladró Lady Ralfreida desde el interior de su recámara.

No pudimos escuchar la respuesta de Damuel desde el pasillo. Tal y cómo esperábamos, mi asistente parecía estar manteniendo su fachada tranquila y servil a pesar de lo que fuera que estaba pasando ahí dentro.

"¡¿Ocupado?! ¡¿De nuevo?! ¡¿Cree que soy una estúpida estudiante a la que puede negarse por estar ocupado?! ¡Sé que regresó y se va mañana! ¡Mañana!"

Otro silencio. La tentación de asomarme a la puerta abierta era mucha, pero debía resistir. Ni siquiera me atreví a usar mi dron de maná para espiar, temeroso de ser descubierto y estropear la trampa.

"¡No me importa si está jugando a Ewigeliebe y Geduldh con su prometida o dando clases de caridad a esos mocosos de Eisenreich! ¡Exijo que venga AHORA a escuchar lo que tengo que decir!"

Esa fue mi señal para indicarle a Justus que era el momento. Justus no tardó nada en enviar un ordonnanz al Zent justo antes de que Damuel saliera ofreciendo disculpas con el cuello y las orejas rojas antes de que le cerraran la puerta en la cara. Por fortuna, que estuviera tan bendecido por Verbenger le permita ir hacia nosotros sin problema alguno en cuanto me quité el amuleto para que nos viera.

"Con el debido respeto, príncipe Ferdinand… esa mujer, ni siquiera podría llamarla flor disfrazada."

Comenzamos a caminar hacia mi villa sin quitarnos los amuletos de Verbergen mientras Damuel nos iba contando con ayuda de un blatand la obvia trampa en la que la mujer intentaba meterme, aunque para mí, aquello seguía sin tener sentido. Ralfreida no podía ganar nada simulando ser mi amante, ¿entonces, por qué?

Una vez estuvimos a medio camino entre una Villa y la otra, nos deshicimos de los encantos y deshicimos el camino, encontrándonos de pronto con mi padre adoptivo, acercándose a nosotros y mirando a Justus.

"¿Qué está pasando, Ferdinand?"

"Eso mismo quisiera saber, padre" dije con total sinceridad, tendiéndole la caja con las cartas de Ralfreida.

"Esto…"

"No es todo, padre. Hoy preferí enviar a Damuel para informarle a tu ex esposa la razón por la que no puedo presentarme y… bueno. Damuel."

"Con todo respeto, Zent… su concubina estaba esperando al príncipe… con… casi nada de ropa encima. Además de que percibí aromas extraños en el aire. No se me permitió tocar nada en absoluto, ni siquiera el pomo de la puerta cuando volví a salir para decirle al Príncipe Ferdinand que la… concubina real enloqueció mientras exigía que le llevara al príncipe… incluso hizo comentarios MUY ofensivos respecto a la princesa Rozemyne y a los hijos de la tercera esposa de Aub Eisenreich"

Zent soltó un suspiro cargado de cansancio y pude sentir cómo apretábamos el paso. Me adelanté entonces con mi séquito al mínimo, dejando que mi padre notara la puerta abrirse a su desvergonzada flor en uno de los reveladores conjuntos de Alerah portando solo una bata a medio caer de sus codos.

"¡Oh, Ferdinand! ¿Por qué me haces esperar si sabes que te necesito taaaaanto?" preguntó la mujer con voz melosa, haciendo lo posible para tomarme del brazo. Tuve que hacerme hacia atrás, hastiado al notar el polvo brillando de forma antinatural en su piel, muy en especial en sus manos.

"¿Qué sucede, Ferdinand? ¿No vas a cantarme hoy? Incluso me puse tu conjunto favorito para continuar con tus clases de caballero." Prosiguió la descarada mujer con una risa boba, dando un paso al frente y permitiendo que su bata resbalara mientras sus asistentes soltaban algunas risitas.

"Tal y cómo prometí la última vez, querido Ferdinand. Mis asistentes están listas para servirte también. Se encargarán de prepararnos a ambos, ¿no te parece maravilloso?"

"¡Aleja tus sucias manos de mi Geduldh, Chaocipher disfrazada de Efflorelume!"

Era el peor escenario posible. Un vistazo a Rozemyne y vi que Damuel venía con ella, recordándome en ese momento que él no era parte de mi sequito.

El Zent salió de detrás del pasillo contrario en ese momento. Damuel me dedicó una mirada de disculpa antes de mirar a mi prometida. No entendía como olvide que él no era parte de mi sequito, pero si Rozemyne lo envió era seguro suponer que le informaría de cualquier trampa que intentaran tenderme.

"¡¿Ralfreida, qué significa esto?!" interrogó el Zent al mismo tiempo que Rozemyne me alcanzaba para jalarme y ponerse de pie frente a mí, alzando su capa en un fútil intento de cubrirme de la vista de Ralfreida.

"Trauerquel, digo, Zent, yo…" lágrimas falsas comenzaron a formarse en sus ojos. La vi cubrirse y encogerse al tiempo que sus asistentes corrían a cubrirla con su bata, tratando de sujetar las que usaban para evitar que se abrieran de más y dejaran al descubierto los conjuntos de ropa interior que llevaban puestos "¡Puedo explicarlo! ¡Esto no es mi culpa! ¡Él me sedujo, Trauerquel!... Ese hombre no es el joven inocente que parece. Me, me mandó este maquillaje que no me deja pensar bien…"

Estaba impactado por su nivel de actuación. Podrían haberla nominado a un Oscar o un Ariel de haber sido actriz en la Tierra… pero no aquí y no con las medidas que ya había tomado.

"Deja de mentir, maldita criatura perversa. ¡¿Qué son todas estas cartas exigiendo una fiesta de té para disculparte, entonces?!"

Decir que el Zent había montado en cólera era poco. Todos podíamos notar como a Ralfreida comenzaba a costarle trabajo respirar, llevando sus manos a su pecho y abriendo mucho los ojos conforme su cuerpo iba cayendo de rodillas, dejando que la bata se abriera de nuevo.

"Padre, aunque preferiría cortarle la lengua, destruir su medalla y volverla cenizas" dijo Rozemyne con una voz fría y carente de emoción. La idiota de Ralfreida de verdad no tenía idea del problema en que se había metido, "creo que sería prudente que la dejes de aplastar para que responda algunas preguntas."

El Zent se cubrió los ojos, resoplando con el rostro rojo y su mano libre convertida en un puño tan blanco como el papel de la imprenta. En ese momento Ralfreida dio una enorme bocanada de aire antes de voltear en nuestra dirección, arrastrándose hasta nosotros y provocando que Rozemyne subiera todavía más su capa para cubrirme y me obligara a retroceder junto con ella.

"¡Gracias! ¡Gracias, Rozemyne! ¡Jamás dudé de que fueras una Santa! ¡La más amada por los dioses y…"

"Dije que alejaras tus sucias manos de MI Ferdinand, depravada seguidora de Efflorelume."

Ralfreida pareció aplastarse un momento contra el suelo cuando su mano estaba a dos pasos de alcanzarnos.

Tuve que tocar el hombro de Rozemyne para llamar su atención y que deshiciera el aplastamiento a Ralfreida, sintiendo un leve escalofrío cuando sus ojos del color del arco iris se posaron en mí.

"Ferdinand, a veces eres tan ingenuo que no sé qué hacer contigo." Dijo Rozemyne en japonés, importándole poco que los demás la escucharán.

"La crueldad física era algo tan mal visto en el mundo de los sueños, que había leyes para evitar que se torturara incluso a los criminales de forma injustificada."

"Pues vaya mundo más raro."

Viéndola más tranquila y sin levantar mi brazo de su hombro, volteé a ver a Ralfreida sin mostrar ninguna expresión. La estúpida no hizo sino sonreírme con coquetería, simulando bastante bien una mirada enamorada pidiendo auxilio que me provocó náuseas.

"Sabes tan bien cómo todos aquí que solo estoy interesado en una persona a la cual estoy esperando con paciencia, Ralfreida. Esto que haces solo te perjudica. No puedo entenderlo."

Sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo y pronto invocó su schtappe, convirtiéndolo en una daga que no pudo llegar a blandir de modo alguno porque Angélica se le fue encima de inmediato, colocándole selladores de schtappe en lo que el resto de las mujeres caballero del séquito de Rozemyne comenzaban a perseguir y someter a las asistentes de Ralfreida. Que todas ellas llevarán guantes, lentes y cubrebocas no me pasó por alto, haciendo que me preguntara que tanto estuvo reportando Damuel en mi ausencia.

Aquello era todo un circo, en especial con la mujer retorciéndose y llorando como si Angélica estuviera matándola y no sometiéndola.

"¡Dijiste que me amabas! ¡Dijiste que me harías la primera reina en cuanto te volvieras Zent! ¡Dijiste que preferirías subir conmigo la imponente escalera antes que dejarme pudriéndome en este lugar!"

Me llevé los dedos a la nariz, apretando con fuerza debido al dolor de cabeza que me estaba produciendo esta mujer. En serio me parecía increíble todo este drama porque no podía ver qué ganaba con ello.

"Quizás debería usar la corona de la diosa de la Luz para interrogarla" sugerí entonces, preocupado al notar que el aroma saliendo de sus aposentos parecía algún tipo de droga.

Rozemyne no tardó nada de tiempo en prepararla, ponérsela a Ralfreida y sonreírle de un modo helado y aterrador en tanto Zent Trauerquel observaba todo desde más cerca, con Justus, Margareth y algunos otros eruditos y caballeros alejando a los trabajadores que habían comenzado a acercarse a curiosear.

Fue entonces que la voz de Rozemyne terminó con todo ruido a nuestro alrededor con su tono tranquilo y desinteresado.

"Muy bien, Ralfreida. Vas a jurar por la Diosa de la Luz que dirás la verdad. Si no lo haces, me encargaré que uno de los rayos más pequeños de Verdrena te alcance, o que Efflorelume te dé una maldición. Si mientes luego de eso, te convertirás en polvo blanco. Tengo entendido que la sensación es angustiante, lenta y muy dolorosas, así que…"

Un miedo real se asomó a los ojos de Ralfreida por primera vez y juró.

Zent le preguntó si en verdad había tenido alguna interacción inapropiada conmigo y ella negó. Luego preguntó si se me había ofrecido o pensaba hacerlo y confieso que planeaba drogarme y hacer que sus asistentes se acostaran conmigo antes de tomarme ella misma y llamarlo para que pudiera atestiguar nuestra traición.

Cuando le pregunté que ganaba con todo eso, su respuesta, su odio, me dejaron helado.

"¿Ganar? Solo puedo perder mi vida ahora, ¿por qué no llevarme también al maldito Sacerdote que no ha hecho más que llevar mi mundo a la ruina? De no ser por ti, esa princesita mimada habría elegido a Galtero, mi ducado seguiría en el ranking inicial y yo sería la madre del Zent. ¿Tienes idea de toda la gloria que ostentaría con ese título? ¿Todo ese respeto? ¿El poder que estaría dando a mi Ducado?"

Fue mi turno de voltear a Rozemyne y cubrirla con mi capa para contenerla. Su mana estaba moviéndose de una forma intimidante y extraña que no me tenía tranquilo. El decoro podía esperar a después.

"Pero yo ya estoy aquí. Galtero ya ha sido removido como candidato a Zent. Que yo muera no garantiza que Rozemyne tome a Galtero como consorte o que tu Ducado vuelva a subir."

"¡Lo sé! ¡No soy estúpida! ¡Al menos quería vengarme de todos ustedes!"

El silencio fue absoluto en ese momento, Trauerquel parecía impactado antes de cubrir sus ojos de nuevo, justo después de que notara como se iluminaban con los colores de sus bendiciones. Rozemyne temblaba dentro de mi capa, encajando sus uñas en mi ropa e incluso mordiendo una parte de mi túnica para no interferir. Cómo si la mujer en el suelo estuviera esperando toda esa atención, comenzó a reír como histérica antes de mirarnos a todos y seguir hablando.

"Mi amado ex esposo sería la burla cuando se supiera que su concubina se dejó seducir por el heredero que él mismo escogió. La princesa Santa quedaría tan rota por dentro como mi querido Galtero. Por supuesto, el profesorcito subiría la imponente escalera deshonrado ante todo el país y mi Ducado podría al menos sentir que había sido vengado en parte, difundiendo historias del perverso heredero falso que se divertía seduciendo a las mujeres de la corte del Zent, incapaz de guardar su espada para esperar a que su prometida alcanzara su otoño. ¿No es acaso la venganza perfecta?"

"¿Qué hay de Anastasius?" pregunté buscando un poco de humanidad en aquella mujer, notando como su rostro cargado de locura se volvía amargado de repente.

"Ese idiota prefirió perseguir a Bluanfah antes que el asiento supremo en las alturas. Si al menos hubiera sido la mitad de ambicioso que Sigiswald o Galtero…"

"Entonces habría sido un inútil incapaz de esforzarse, luciendo como un príncipe o un Zent sin tener una opinión real de nada… la perfecta marioneta para cualquiera que deseara tomar ventaja." La interrumpí comprendiendo ahora porque Anastasius se marchó sin despedirse de su madre o mirar atrás. No había sido mi imaginación, él de verdad debió haber cortado lazos con esta mujer demasiado hambrienta de poder y opulencia.

"Esto es peor que una traición, Ralfreida." Comentó padre un poco más calmado ahora "Debería destruir tu hilo y tú medalla frente a tus familiares de Klassenberg como ejemplo… pero dejaré que sea ese simple sacerdote al que he nombrado uno de mis herederos quién decida tu final."

Sentí tantas miradas sobre mí que terminé liberando a Rozemyne, mirándola a los ojos y soltando un suspiro.

"Por favor, mátala. ¡No puedo tolerar que siga con vida!" Me pidió mi novia.

"Comprendo que quieras hacerlo, pero créeme, todas mis diosas, hay destinos mucho peores que morir. Tú sabes de uno."

Sus ojos de luna se abrieron incrédulos y yo dejé salir una sonrisa noble, algo más fría de lo usual.

"Padre, ya que nuestros primeros estudiantes Lanzenavianos llegan este otoño, ¿por qué no entregarle a su familia real a tu concubina predilecta como muestra de buena fé? Ellos estarán nerviosos de dejarnos a sus hijos por más de una temporada, así que, ¿cómo crees que reciban la noticia de una princesa como Adalgiza en su territorio?"

Los ojos de padre se abrieron con asombro y comprensión. Rozemyne temblaba con una terrible sonrisa de satisfacción y orgullo antes de dedicarle una mirada burlona a Ralfreida, en tanto esta última me miraba confundida por completo.

"¿Una princesa de qué?"

Si no recordaba mal, eran los hombres con mayor maná los que sabían de la existencia del monstruoso burdel disfrazado de castillo en la Soberanía. Era lógico que no entendiera.

Padre comenzó a dar órdenes de empacar las cosas de Ralfreida, interrogar a su séquito y decidir cuales de ellas la acompañarían a la Torre Blanca de la Soberanía en secreto para ser entregadas en calidad de princesas junto con ella. Las demás serían enviadas a las torres blancas de los Ducados más necesitados de maná por traición. Yo pedí una herramienta antiescuchas, instruyendo antes a Angelica para que pusiera a su prisionera en pie para poder entregarle la herramienta. No iba a dejarla ir en completa ignorancia.

"Incluso una hermosa flor bañada en oro puede ser enviada a un colmenar cuando se descubren sus espinas y sus venenos. Sería prudente que por lo menos le escribas una carta de disculpas a Anastasius, después de todo… es el único hijo tuyo que llegará más allá de su otoño."

"¿Eso que quiere decir, Ferdinand?"

Miré hacia otro lado por un momento, creando un poco de tensión antes de mirarla con lástima y una sonrisa noble.

"Creo que tendrás bastante tiempo para descubrirlo, Ralfreida. Pero no te preocupes, confío en que los Lanzenavianos sepan mostrarte TODO el significado de ser una flor en un colmenar. Hasta nunca."

Esa noche Rozemyne llegó a mi habitación oculta para dormir a mi lado como cuando éramos pequeños, dejándome una marca amoratada a la altura de mi corazón antes de dejarme marchar, alegando que debía dejar un recordatorio de a quien le pertenecía yo y pidiéndome que no fuera a borrarla porque la revisaría en cuanto volviera de Dunkelferger. Suspiré mirándola salir de mi habitación por la mañana y viendo la marca con pesar.

"Justus y Laurenz no van a dejar de burlarse de que voy a atarme con Ewigeliebe. Ugh."

Si al menos no dijeran todos esos comentados inapropiados ante la más mínima oportunidad, habría disfrutado bastante ver esa pequeña muestra de territorialismo en mi piel. Incluso habría intentado dejarle una a ella también si no supiera que mis hermanos se enterarían por medio de sus esposas.

Cuando llegó la hora de irme, Rozemyne estaba esperando por mí en el círculo de transportación, indicando a todos que se dieran la vuelta a la pared y dándome una herramienta antiescuchas.

La muy descarada me besó como si no fuera a volverme a ver, lengua y manos vagando por mi cuerpo incluidas. La dejé hacer lo que quisiera, rezando a Verfuremeer cuando al fin me soltó para que mi espada regresara a la normalidad.

"¿Y eso?"

"Un recordatorio en caso de que quieras buscar flores. Mi flor es tuya para que la reclames cuando te decidas, todos mis Dioses. ¡Ni se te ocurra darle tu virtud a alguien más!"

Me reí divertido ante aquello, abrazándola con fuerza y sembrando besos cortos y cargados de maná por su cabello, suspirando satisfecho al constatar que había dejado de crecer al fin.

"Mi espada es tuya, y no va a reclamar nada mientras no seas mayor de edad."

"Bien, entonces más vale que la reclames cuando toda esta locura de los juegos se termine, Geduldh. Ya no voy a contentarme solo con verte envuelto en mi hielo."

Dejé de respirar en ese momento. El cumpleaños de Rozemyne era el quinceavo. Aún si no se hacía oficial sino hasta la graduación, no podría seguirme negando con la excusa de esperarla cuando acabara el verano.

"¿Estás segura? Podrías quedar con la carga y…"

"Pues más vale que encuentres un modo de que NO termine con la carga de Geduldh porque Margareth encontró la droga que iban a darte escondida en una herramienta para detener el tiempo en la habitación que era de Ralfreida y… puedes creerme cuando digo que la crearon con nuestra inmunidad en mente. No me obligues a usarla en ti y probar su eficacia."

Iba a protestar, a llamarle la atención, a recordarle que no estaba interesado en tomar flores cuando me besó de nuevo, me arrebató la herramienta anti escuchas y me empujó al círculo de transportación.

"Pórtate bien en Dunkelferger, Geduldh y recuerda mi advertencia. Lo dije muy, muy en serio."

Las luces doradas y negras se activaron con el maná de Rozemyne, mareándome y evitando que dijera nada más, llenándome de preocupación.

Rozemyne no se seguía viendo a sí misma cómo una flor sino como a la mujer más capaz de todo el reino. Estaba orgulloso por ella y preocupado a la vez porque ella estaba celosa, estaba insegura y… al parecer, recordaba muy bien que yo nunca introduje mi espada en ningún cáliz durante mi educación de caballero.

No podía ser peor.

Mi novia no solo era Ewigeliebe, parecía más dispuesta que nunca a reclamarme sin importarle las consecuencias.

¡Malditas hormonas!

.

SS. de Damuel: Amado de Verbergen

Pocas cosas hacían a su señora perder el control, o en realidad solo era una y ni siquiera era una cosa, sino una persona. Su prometido.

Ferdinand era un niño del templo, o eso se decía. Damuel sabía que originalmente era un plebeyo. Aun recordaba al niño de cabello azul cielo y ojos dorados que corrió dentro de los muros cuando un trombe apareció. Ese niño que debía tener su edad no había dejado de dar miradas furtivas hacia los guardias como si esperara que lo detuvieran. Se habían chocado y le había preguntado donde estaba el templo, aun si el pequeño con ojos de sol pareció olvidarse de él demasiado pronto.

A diferencia de él, resultó difícil no verlo, ya que llamaba mucho la atención. Vestía como los niños del sur, pero se movía con la misma elegancia que los mercaderes.

Casi lo había olvidado cuando volvió a verlo en el templo. A diferencia suya y su entrada en la nobleza, se proclamó que Ferdinand tenia familia. Como nobles eran compañeros y amigos, al menos hasta que el niño venido de solo los Dioses sabían dónde fue adoptado como un candidato.

Damuel disfrutó de llamarlo amigo y disfrutó el tiempo que lo llamó señor.

Lo admiraba.

Quizás por eso en secreto anhelaba el enlace de su lady con su prometido, para poder volver a servirle a través de ella y, quizás por eso, cuando su señora se alteró tanto al descubrir que alguien intentaba dañarlo, Damuel fue el primero en ofrecerse para investigar. Lo que no esperaba era que su señora le obligara a entrar al séquito del actual primer príncipe en silencio, retirándole el amuleto de Anhaltung que ayudaba a que otros lo notaran.

"Milady, el príncipe Ferdinand me cuestionará qué hago ahí, ¡yo no soy parte de su séquito!"

Su señora solo sonrió. Una sonrisa burlona, una que le había visto poner varias veces como si estuviera preparándose para una broma o la caída de alguien en las alturas. Desde que era niña, su lady tuvo pocas o nulas expresiones, excepto cuando se trataba de su prometido. Esa sonrisa en específico la dedicó a pocas personas, y siempre antes de orquestar su fin.

El joven de cabellos castaños no pudo evitar preguntarse si su antiguo compañero del templo conocía el total de vidas sesgadas que la joven cargaba a sus espaldas por él. Muchos habían desaparecido, encontrando su futuro dentro de la torre blanca al albergar malos deseos o intentar pasarse de listos y oponerse a la casa ducal. Todos habían sido criminales peligrosos, lo sabía, sin embargo aun le inquietaba la facilidad con la que su señora conducía los hilos para obtener ese tipo de resultado. La Princesa Santa los usaba a todos a su alrededor, como si de simples piezas de gweginen se tratasen.

"No te preocupes, Damuel. Tú solo ve y comienza a trabajar con todos como si fuera lo normal. Estas suficientemente bendecido por Verbergen para qué nadie piense que hay algo raro."

"Al menos coménteselo. Insisto en que Lord Ferdinand lo notará." Pidió en un intento inútil de hacerla cambiar de opinión.

"No te preocupes por nada." Desestimó ella antes de llamar a Margareth y reajustar el trabajo de todos para adaptarse a la ausencia del joven.

A la segunda campanada de la mañana siguiente se despidió de sus esposas y se dirigió al despacho del príncipe Ferdinand. Las campanadas pasaron sin que nadie lo viera o notase su presencia.

Ese día se dedicó a observar.

Cerca de la cuarta campanada llegó una carta y Justus la revisó, ordenando a todos en la oficina que se cubrieran la nariz, se pusieran protectores en los ojos y ocuparan sus guantes.

La carta fue abierta con cuidado y los eruditos recolectaron un polvo blanco en herramientas especiales. Justus salió con el producto indicando a todos que lavaran con waschen antes de quitarse las protecciones.

"Usen la oración, no el hechizo." Ordenó el hermano mayor del príncipe antes de salir, remarcando lo peligroso que era la sustancia.

Dos días después, Damuel chocó con uno de los eruditos haciendo que lo notaran por primera vez, sin embargo, más allá de atacarlo o cuestionarlo, el joven procedió a indicarle la pila de trabajo pendiente, ordenándole que siguiera con el papeleo.

Durante una semana completa permaneció en silencio, mimetizándose con el ambiente sin que nadie lo señalara o le reclamará por estar haciendo el trabajo de oficina que tendría que corresponderle a otro.

'¡No puedo creer que no lo noten!' Pensó contrariado.

A lo largo de los años, Damuel aprendió habilidades de Margareth, usando su excesiva bendición de Verbergen para encargarse de diversas tareas, aprendiendo como entrar en un lugar y no dejar rastro de su estadía, a no levantar la guardia de las personas que visitara.

Pero con Ferdinand siendo el perfeccionista que era, conociendo la forma en la que entrenaba a sus asistentes, no pudo dejar de sorprenderse por el hecho de que ninguno notara su presencia. Sabía de primera mano, que ese joven les había enseñado a estar atentos, a sentir a las personas que los rodeaban para evitar emboscadas. ¡Ni un plebeyo podría acercárseles sin que lo supieran!... y ahí estaba él, comiendo con ellos y estudiándolos sin que nadie lo apresara.

'¡Esto es deprimente! ¿Cuánto más voy a tener que estar aquí?'

Por órdenes de su señora, comenzó a ser él quien recibiera todas las cartas que le llegaban al Príncipe. No era para menos, no después de que Alerah requiriera una oración de curación tras ceder con su esposo a las bendiciones de Brëmwärme y Beischmacht por más de dos campanadas seguidas a causa de una carta destinada a Ferdinand, así que aquel día, cuando el príncipe volvió a la Soberanía para descansar y hacerse cargo de todo, Damuel fue quien recibiera la carta.

"¿Damuel? ¿Qué haces aquí?"

La voz cargada de confusión del príncipe también dio paso a un breve alivio en su rostro. El hombre se había mostrado tenso y en guardia casi desde que entrara en su despacho… sin ver a Damuel.

"supongo que ya terminaste tu trabajo con los caballeros, me viene bien tu ayuda, ¿Qué has estado haciendo? ¿Cuánto tiempo llevas en mi oficina?"

Estaba bastante decepcionado de que ni siquiera el príncipe hubiera notado su presencia y extrañado de lo rápido que el hombre aceptó su estadía ahí sin molestarse ni un poco… ni siquiera con su hermano mayor cuando este se apresuró a disculparse por no darse cuenta.

Con la carta en mano y el remitente al descubierto, el príncipe frunció su ceño cada vez más y más hasta dejar a la vista una mueca de asco y cansancio que se apresuró a recomponer, mira do de pronto a Damuel y mostrando una sonrisa similar a la de su Lady. Eso no auguraba nada bueno.

"¡Damuel, Justus y Laurenz, conmigo! ¡Eckhart, cuida la puerta del despacho! Nadie sale y nadie entra sin mi permiso bajo pena de arresto inmediato."

Se dirigieron a la habitación del príncipe y de ahí a su habitación oculta donde Damuel observó a Justus tomar una caja y apresurarse a sacar todo tipo de protecciones para evitar el contacto de cualquier cosa con la piel. Damuel se asomó al interior de la caja conforme tomaba su propio juego, notando que tenían al menos seis ahí dentro.

Ferdinand leyó la carta, constatando que no tenía el curioso polvo blanco que Justus extrajera de una carta anterior y comenzó leer, mostrando un rostro molesto antes de sentarse a escribir, preparando una copia al mismo tiempo.

Por supuesto, por mucho que le desagradara, Damuel estaba ahí cómo un espía para la princesa, así que leyó tanto la carta como la respuesta tan rápido como pudo, aprovechando que todos ahí dentro parecían entretenidos con lo de las cartas para escribir un breve mensaje en papel mágico que se apresuró a doblar y encantar como Margareth le enseñara algún tiempo atrás. En cuanto to salieran, el mensaje llegaría a su señora. Damuel tuvo la precaución de utilizar palabras clave para explicar de que iba eso y dónde estarían. Conociendo al príncipe, Lady Ralfreida estaba por caer en una trampa, lo que Damuel no esperaba fue que lo usaran a él cómo cebo.

"Lady Ralfreida, soy Sir Damuel. El príncipe Ferdinand me envió con sus disculpas a entregarle su respuesta."

Estar casado no impidió que el caballero se sonrojara o tuviera dificultades para mantener su espada en su lugar. Además del curioso aroma flotando dentro de la habitación, la ex reina Ralfreida parecía semidesnuda debajo de una bata demasiado fina y traslúcida, con la piel brillando de un modo de lo más extraño… igual que el resto de sus asistentes, de las cuales una le arrebató la carta y se la leyó a su señora.

La mujer montó en furia y comenzó a gritar. Damuel hizo lo posible por comportarse y evitar tocar nada. Amaba a sus esposas, pero no quería lastimarlas por necesitar convocar al invierno una y otra y otra vez solo porque un polvo extraño lo tocara.

"Lady Ralfreida, lamento mucho los inconvenientes, pero el príncipe Ferdinand está demasiado ocupado con las preparaciones para los juegos de…"

No pudo terminar. La mujer vociferaba y pisoteaba mientras acusaba a su Lady de ser nada menos que una flor a merced de los deseos carnales del Príncipe… tragarse el enfado fue complicado, así que solo siguió sus indicaciones luego de calmarse lo más posible sin tomar respiraciones profundas.

"Veré qué puedo hacer, Lady Ralfreida."

No tardó mucho en alcanzar al Príncipe y sus hermanos, o en detenerse junto con ellos a medio camino de una villa a la otra, aprovechando que nadie notaba si estaba o no con ellos para sacar una piedra de su bolsillo e invocar su schtappe.

"Ordonnanz. Milady, aquí Damuel. El príncipe ha convocado al Zent para que vea el deplorable espectáculo que su ex esposa junto con todas sus asistentes están a punto de dar. Parece que quieren incriminar al príncipe Ferdinand de adulterio, lujuria extrema y traición. El Príncipe Ferdinand hará carnada mientras el Zent ve el montón de pruebas que se han estado juntando en contra de Lady Ralfreida. Estamos caminando a la villa de ella en este momento."

El ave de piedra voló con rapidez y Damuel se apresuró a alcanzar al diminuto séquito, siguiendo les el juego. Lo lamentaba mucho por esa retorcida mujer de Klassenberg, pero nadie iba a difamar a su señora o a su viejo amigo sin pagar las consecuencias… y las consecuencias pagó.

Damuel estaba bastante más tranquilo cuando notó que sus compañeras usaban guantes. Solo esperaba que ninguna aspirara el extraño polvo que hacía brillar la piel de las asistentes. Incluso las habría ayudado si no supiera que aprehender a las asistentes mujeres de esa viciosa mujer le traería problemas con Philine. Qué Briggite le sonriera en aprobación durante toda la operación solo lo hizo sentirse más seguro de su decisión.

Para cuando todo terminó, Rozemyne le ordenó volver con ella frente al Príncipe. Al menos Ferdinand y Laurenz se despidieron de él con cortesía, a pesar del rostro cargado de desaprobación por parte de Justus.

"Has hecho muy bien en avisarme de todo eso, Damuel" alabó su Lady cuando estuvieron a salvo en la villa de la Princesa "Habla con Philine y Briggite. Les daré unos cinco días libres cuando empiecen los Juegos de Leidenshaft en Dunkelferger. Decidan si quieren quedarse aquí, ir a Eisenreich o visitar algún otro ducado, veré qué se haga."

"Milady, creo que está siendo demasiado magnánima y…"

Damuel no se atrevió a decir nada más. Su señora, esa joven que nunca mostraba sus expresiones a menos que se tratara de su prometido tenía una mueca que no recordaba haberle visto antes, lo que era aún peor. Damuel estaba seguro de que ella no escuchó su intento de negación porque no recordaba que él estaba ahí.

'¡Por todos los dioses! Tendré que buscar donde ha guardado Margareth mi amuleto de Anhaltaung. No quiero volver a sentarme a la mesa a ver comer y platicar a mis esposas porque ninguna recuerde que estoy sentado al lado de ellas.'

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Notas de las Autoras:

Anemolti Luin: Ferdinand, eres un hombre hecho y derecho, ¡no puedes seguir culpando de todo a las hormonas!

Ferdinand: ¡Malditas hormonas, dije!