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Nazar se encontraba en la cima de una colina baja, observando la llanura de Esharak que se extendía ante él. El viento soplaba con fuerza, agitando su capa azul oscura, mientras su mirada evaluaba cada detalle del terreno que había elegido como campo de batalla. Era un hombre de estatura media, pero su postura recta y la intensidad de su mirada le conferían una presencia que a menudo intimidaba a sus enemigos y a sus propios hombres. Las arrugas alrededor de sus ojos mostraban la experiencia acumulada en muchos años de guerra.
Había llegado el momento. Después de semanas de escaramuzas y ataques furtivos, la batalla decisiva estaba a punto de comenzar. Su mente repasaba los informes de los exploradores, los movimientos de las tropas y las tácticas que había discutido con Sadok, Assur y Sargon.
Mientras descendía la colina hacia el campamento, Nazar sintió una mezcla de emoción y ansiedad. Sabía que esta batalla decidiría no solo el destino de los Hombres Altos, sino también el suyo propio. Tenía que estar a la altura de las circunstancias, no solo como un comandante, sino como un símbolo de esperanza para su gente.
Al llegar al campamento, Nazar fue recibido por sus hombres con respeto y lealtad. Ellos sabían lo que estaba en juego. Caminó entre ellos, ofreciendo palabras de aliento y asegurándose de que todos estuvieran preparados para lo que venía. Las tiendas estaban ordenadas, las armas afiladas y los escudos bien dispuestos. La disciplina de los Hombres Altos era evidente, y Nazar no podía evitar sentirse orgulloso.
Se detuvo frente a Sadok, quien estaba supervisando la fortificación de la línea del frente. Sadok, un hombre robusto con una barba entrecana, asintió con la cabeza cuando Nazar se acercó.
—Todo está en su lugar, Nazar —dijo Sadok con su voz grave—. La infantería pesada está lista, y los infantes ligeros estarán en los flancos, como habíamos planeado.
Nazar asintió. Sabía que podía confiar en Sadok para mantener la línea. Cuando lo conoció pensó que solo era un cazador habilidoso, un guardia leal y un guerrero capaz, pero lentamente se dio cuenta de que era un veterano de muchas batallas y uno de los comandantes más capaces de los Hombres Altos.
—Confío en ti, Sadok. Mantendremos nuestra posición y esperaremos a que los Dothraki cometan el primer error —respondió Nazar, sus ojos fijándose en la llanura una vez más.
La discusión sobre que hacer con los dothrakis restantes habían sido constantes, muchos querían seguir resguardados tras las empalizadas y los estrechos caminos de la montaña, pero el alimento empezaba a escasear y debían salir más temprano que tarde. Ahora sus soldados contaban con todas sus fuerzas acompañadas de una moral que no había visto en años, este era un enfrentamiento que podían ganar, incluso en campo abierto, a pesar de las pérdidas. Pero si esperaban, comenzarían a desilusionarse y luchar con el estómago vacío solo empeoraría la situación. No, ellos debían salir y pelear, fuese como sea, dejarían hombres suficientes para resistir con sus mujeres y niños. Los demás debían pelear.
El sol comenzó a elevarse en el horizonte, bañando la llanura de Esharak con una luz dorada. Nazar montó en su caballo y se dirigió hacia la línea del frente, donde ya podía ver a los jinetes Dothraki acercándose. Eran menos de los que había esperado, lo que significaba que sus escaramuzas habían sido efectivas. Sin embargo, sabía que los Dothraki eran letales en combate abierto, y no podía permitirse subestimarlos.
Sadok estaba ocupado revisando los detalles finales antes del inicio de la batalla. Mientras caminaba entre las filas de infantería pesada, sentía el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. A diferencia de Nazar, que había supervisado la estrategia general, su tarea era mantener la línea y asegurar que los Dothraki no rompieran su defensa.
Nazar levantó su espada, un gesto que fue respondido por un rugido de aprobación de sus hombres. De repente, los Dothraki cargaron, una marea de caballos y jinetes que se precipitaba como una tormenta desatada.
Sadok levantó una mano, un gesto breve, pero lleno de autoridad. Los soldados reaccionaron al instante, ajustando sus formaciones, los escudos levantados como un muro de hierro contra el rugido de los cascos. Sadok confiaba en su habilidad para liderar en combate; había pasado su vida en la guerra y conocía el valor de la disciplina y la preparación.
—Recuerden, mantengan sus posiciones y confíen en su entrenamiento. Los Dothraki son fieros, pero nosotros somos firmes como la roca —dijo Sadok con voz autoritaria mientras sus hombres asentían con determinación.
Los Dothraki estaban acercándose rápidamente, y el sonido de sus caballos resonaba como un trueno lejano. Los soldados en la línea frontal tensaron sus músculos, preparados para el impacto.
Los Dothraki avanzaron rápidamente, sus caballos levantando polvo, mientras se acercaban a la línea de infantería pesada de los Hombres Altos. Nazar sabía que el primer choque sería crucial. Ordenó a sus arqueros que lanzaran una andanada de flechas cuando los Dothraki estuvieron a suficiente distancia. Las flechas volaron en el aire, oscureciendo el cielo por un momento antes de descender sobre los jinetes. Algunos cayeron, pero la mayoría siguió avanzando, con una determinación feroz.
Sadok alzo su lanza, un arma pesada y letal, que había usado en innumerables batallas. Con un grito de guerra, ordenó a sus hombres que levantaran sus escudos y se prepararan para la carga. El choque fue brutal. Los caballos Dothraki se estrellaron contra los escudos de los Hombres Altos, y el sonido de metal contra metal llenó el aire.
La primera línea de Dothraki se estrelló contra los escudos de la infantería pesada de Sadok, pero los soldados mantuvieron su formación, empujando hacia adelante con fuerza. Sadok vio a un jinete Dothraki acercarse, levantando su arco para disparar. Con un movimiento rápido, Sadok se lanzó hacia adelante y derribó al jinete con un golpe devastador.
Cuando los Dothraki chocaron contra la línea de infantería pesada, el sonido de metal contra metal resonó en la llanura. Nazar observó cómo sus hombres resistían el impacto, manteniendo su formación a pesar de la fuerza del ataque. Los escudos se entrechocaron, las lanzas perforaron carne, y los gritos de guerra llenaron el aire.
Nazar cabalgó a lo largo de la línea, animando a sus hombres y asegurándose de que nadie rompiera filas. Los Dothraki seguían atacando, pero la disciplina y el entrenamiento de los Hombres Altos comenzaron a dar frutos. Cada vez que un jinete caía, otro tomaba su lugar, pero los Hombres Altos se mantenían firmes, repeliendo cada ataque con una precisión brutal.
—¡No cederemos terreno! —gritó Nazar, levantando su espada en señal de desafío.
La moral de sus hombres se mantuvo alta, alimentada por la confianza que Nazar les inspiraba. Sabían que su líder no les fallaría, y eso les daba la fuerza para seguir luchando.
A medida que la batalla se intensificaba, Nazar notó que los Dothraki comenzaban a flanquear sus posiciones. Era una táctica que había anticipado, pero no esperaba que fuera tan pronto. Miró hacia los flancos, donde la infantería ligera, liderada por Assur y Sargon, ya estaba en movimiento, listos para enfrentar el ataque.
—¡Mantengan la línea! —ordenó Nazar, girando su caballo hacia el flanco derecho.
Al llegar, vio a Assur dirigiendo a sus hombres con una habilidad impresionante, contrarrestando la maniobra de los Dothraki con una formación en cuña que los obligaba a retroceder. Nazar sintió un destello de orgullo al ver a sus compañeros comandantes ejecutando su plan a la perfección.
La batalla se volvió frenética, con hombres y caballos cayendo por todas partes. Sadok seguía luchando, sus movimientos precisos y letales. Cada vez que un Dothraki intentaba atravesar su línea, él estaba allí para detenerlo. Su lanza se movía como un relámpago, derribando a los enemigos con una precisión mortal.
Los gritos de guerra y el sonido del combate llenaban el aire, y Sadok sentía la adrenalina corriendo por sus venas. Sabía que no podían retroceder, no podían ceder terreno. Sus hombres dependían de él para mantenerse firmes, y él no les fallaría.
—¡Mantengan la línea! ¡No dejen que pasen! —gritó Sadok mientras cortaba a través de otro Dothraki, su sangre salpicando en su armadura.
A su alrededor, sus hombres seguían luchando con valentía, manteniendo su formación a pesar de la feroz embestida de los Dothraki. Cada vez que un enemigo caía, otro tomaba su lugar, pero los Hombres Altos no cedían.
En medio del caos, Sadok vio a un grupo de jinetes Dothraki intentando flanquear su posición. Si lograban romper la línea desde el costado, toda la formación podría desmoronarse. Sin perder tiempo, Sadok corrió hacia el flanco, gritando órdenes a sus hombres.
Los soldados obedecieron rápidamente, ajustando su formación para enfrentar la nueva amenaza. Sadok se posicionó al frente, sabiendo que debía liderar con el ejemplo. Los jinetes Dothraki se acercaban rápidamente, sus espadas brillando al sol.
Cuando los Dothraki chocaron contra el flanco, Sadok fue el primero en atacar, derribando a un jinete con un golpe brutal. La lucha fue feroz, pero los Hombres Altos mantuvieron su posición, repeliendo el ataque con una habilidad impresionante.
Cuando la batalla estalló, Ashkan se agazapó en una posición oculta en el flanco derecho. El olor acre del sudor y el polvo llenaba el aire, mezclado con el metálico aroma de la sangre. El estruendo de los cascos de los caballos resonaba en sus oídos como tambores de guerra, mientras observaba a Nazar y Sadok, que mantenían la línea con una precisión casi sobrenatural. Frente a ellos, los Dothraki avanzaban como un temblor, cada grito de guerra rasgando el aire como un trueno. Veía lentamente como eran rodeados por los dothrakis atacándolos por todos los flancos, Sadok le había avisado que esperara al momento adecuado, cuando la mayoría de dothraki estuviera peleando. Sabían que los rodearían y necesitaban aguantar tanto como pudieran.
Había estado esperando el momento adecuado, y cuando vio a los Dothraki concentrarse en el centro, formando un círculo alrededor de los hombres de Nazar, supo que era su oportunidad. Señaló a sus hombres y les ordenó que se prepararan para la carga.
—Es nuestro turno. ¡Síganme! —gritó Ashkan, preparando su arco y guiando a sus jinetes hacia el corazón del enemigo.
La carga fue rápida y feroz. Ashkan lideró a sus hombres con una valentía que inspiró a todos los que lo seguían. Comenzaron con una contante lluvia de flechas imitando la estrategia dothraki, los rodearon como ellos habían rodeado a Nazar, quedando al centro de un doble envolvimiento, los dothrakis que trataban de salir de él eran rápidamente abatidos.
Mientras luchaba, Sadok escuchó el sonido de una carga. Miró hacia el centro del campo de batalla y vio a Ashkan liderando a un grupo de caballería ligera en un ataque relámpago contra los Dothraki. Sadok sonrió. Sabía que Ashkan era joven, pero también era increíblemente talentoso.
—¡Aprovechen el momento! ¡Avancen! —gritó Sadok, ordenando a sus hombres que presionaran el ataque.
—¡No les den tregua! ¡Sigan atacando! —gritó Ashkan, su voz resonando por encima del ruido de la batalla.
Ashkan disparaba su arco con una habilidad que parecía sobrenatural. Su mano se movía con gracia y precisión, derribando a sus enemigos uno tras otro. A su alrededor, sus hombres hacían lo mismo, siguiendo su ejemplo y luchando con una ferocidad implacable.
La maniobra de Ashkan tuvo el efecto deseado. Los Dothraki, sorprendidos y desorganizados, comenzaron a retroceder, por un hueco que habían dejado apropósito, guiándolos por donde querían. La confusión se apoderó de ellos, y Ashkan no perdió tiempo en aprovechar la ventaja. Ordenó a sus hombres que continuaran presionando el ataque, asegurándose de que los Dothraki no tuvieran oportunidad de reorganizarse.
A medida que avanzaban, Ashkan vio a un grupo de jinetes Dothraki tratando de formar una nueva línea defensiva, otros cargaban contra ellos y otros huían. Sin dudarlo, dirigió a sus hombres hacia ellos, decidido a aplastar cualquier intento de resistencia.
La lucha fue intensa, pero Ashkan no cedió, abandonado su arco por su espada. Sabía que si podían romper esa línea, la victoria estaría asegurada. Con un esfuerzo final, se lanzó hacia adelante, cortando a través de los jinetes y desmoronando su defensa.
Con los Dothraki en retirada, Sadok llevó a sus hombres hacia adelante, empujando a los enemigos fuera del campo de batalla. La batalla estaba ganada, pero Sadok no se permitió relajarse hasta que el último enemigo había sido expulsado.
Cuando el último de los Dothraki fue expulsado del campo de batalla, Ashkan se detuvo para recuperar el aliento. Estaba cubierto de sangre y sudor, pero sentía una inmensa satisfacción. Habían ganado, y lo habían hecho juntos, como un solo ejército.
Ashkan miró a su alrededor, viendo a sus hombres vitorear y celebrar. Habían luchado con valentía y determinación, y ahora podían disfrutar de su triunfo.
Caminó hacia Nazar y Sadok, quienes estaban hablando cerca del centro del campo de batalla. Ambos lo saludaron con sonrisas, sus rostros llenos de orgullo y alivio.
—Buen trabajo, Ashkan —dijo Nazar, dándole una palmada en la espalda.
—Lo hiciste bien, Ash —añadió Sadok, asintiendo con aprobación.
Ashkan sonrió, sintiendo una oleada de gratitud hacia ellos. Habían creído en él y le habían dado la oportunidad de demostrar su valía.
—No hay que distraernos, debemos aprovechar esta oportunidad, Ashkan sigue a los dothraki, acaba con todos los que puedas, te seguiré con mis hombres en cuanto pueda. No podemos dejar que se reorganicen, este khalasar acaba aquí y ahora—ordeno rápidamente Nazar— Sadok reorganiza las tropas y encárgate de los muertos. Pide a Assur que haga lo mismo queSargon vaya a su campamento, y que alguien encuentre a Raha, necesito a sus rastreadores.
Los hombres asintieron, sabiendo que aunque habían ganado esta batalla, la batalla estabaterminada, pero aún tenían que acabar con los restos. Ashkan se alejó, reflexionando sobre lo que había logrado y lo que aún tenía por delante.
Mientras el sol comenzaba a ponerse, Ashkan miró hacia el horizonte, su mente ya planeando los próximos pasos. Había ganado su primera gran batalla, pero sabía que muchos desafíos aún estaban por venir. Con una última mirada al campo de batalla, se giró y se dirigió de vuelta a sus hombres.
— ¡Ya lo oyeron chicos, es hora de cazar dothrakis!
La luna llena se elevaba sobre el horizonte, bañando las vastas llanuras de Esharak con su luz plateada. Los campos de batalla, que horas antes habían sido un caos de espadas, gritos y sangre, ahora yacían en un inquietante silencio. Los cuerpos de los caídos, tanto de los Hombres Altos como de los Dothraki, se extendían como sombras en la oscuridad.
Ashkan montó su caballo, sintiendo el temblor de su corazón en su pecho. La batalla había terminado, pero la misión aún no. Los remanentes del khalasar dothraki, liderados por algunos de sus guerreros más temibles, habían escapado al amparo de la noche. No podían permitirles huir y reagruparse. Sabía que una victoria incompleta sería solo una pausa en la tormenta. Los Dothraki regresarían, y lo harían con venganza, ya llevaban toda la tarde cazando pequeños grupos, pero seguían apareciendo más y más rastros, parecía que no acabarían hasta bien entrada la noche.
—¡Montad! —gritó Ashkan a los jinetes que le rodeaban—. No les dejéis escapar. Aplastaremos cualquier esperanza que les quede de volver a atacarnos.
Los jóvenes hombres altos que lo acompañaban, curtidos por su primera gran batalla, respondieron con un rugido de afirmación. Habían ganado el día, pero estaban decididos a acabar con cualquier amenaza restante. La luna les brindaba la claridad suficiente para ver el rastro de los Dothraki mientras se dispersaban por las llanuras.
Ashkan lideró la persecución, guiado por su instinto y su deseo de proteger a su gente. Los caballos avanzaban a un ritmo implacable, las patas resonando en la tierra. La distancia entre los perseguidores y los fugitivos se iba reduciendo. Ashkan podía ver las sombras de los dothraki moviéndose rápido, pero no lo suficientemente rápido.
—¡Ahí están! —gritó Rostam, su amigo y compañero de armas, señalando hacia un grupo de jinetes que intentaban cruzar un arroyo a lo lejos.
—No dejéis que crucen —ordenó Ashkan—. Rodeadlos y acabad con ellos.
Los hombres altos se desplegaron con precisión, rodeando a los dothraki que intentaban huir. El sonido de los cascos de los caballos al cruzar el agua helada se mezcló con los gritos de batalla que se alzaron de nuevo. Las espadas brillaron bajo la luz de la luna, y en un abrir y cerrar de ojos, la escaramuza finalizó.
Ashkan desmontó de su caballo, acercándose a los cuerpos caídos de los Dothraki. Sabía que todos eran guerreros feroces que habían vivido y muerto por su khalasar. Sintió una punzada de respeto por ellos; eran enemigos, pero también eran guerreros y él respetaba eso. Sin embargo, no había lugar para la piedad. No podía permitirse tal lujo.
—Aseguraos de que no quede nadie con vida —dijo en voz baja a Rostam, que asintió con solemnidad.
Rostam y los demás se dispersaron para revisar los cuerpos. Ashkan observó cómo cumplían su tarea, su mente ya volviendo al campamento. Había ganado la batalla, pero la guerra continuaba, tanto en el campo de batalla como en su interior.
Ashkan regresó al campamento bien entrada la noche, cansado pero satisfecho. Había perseguido a los remanentes del khalasar hasta donde pudo, asegurándose de que no quedaran sobrevivientes para informar de su derrota. Ahora, mientras desmontaba de su caballo, podía ver el campamento de los Hombres Altos lleno de vida y celebración.
De vuelta en el campamento de los Hombres Altos, el ambiente era muy diferente. Las hogueras ardían con fuerza, iluminando los rostros de los victoriosos soldados. El sonido de risas y canciones llenaba el aire mientras los guerreros celebraban su triunfo. El vino fluía libremente, y los asadores estaban llenos de carne, un festín para honrar a los caídos y celebrar a los vivos.
Sadok, con una copa de vino en la mano, observaba el campamento. Era una noche para recordar, una que la gente contaría durante generaciones. Habían derrotado a un enemigo formidable y habían demostrado que, a pesar de las adversidades, los Hombres Altos seguían siendo un pueblo fuerte y unido.
Assur y Sargon, los otros líderes del ejército, se acercaron a Sadok, sus rostros iluminados por la luz de las llamas. Assur tenía una expresión de satisfacción, mientras que Sargon, más serio, parecía estar pensando en los días venideros.
—Esta victoria es nuestra, hermanos —dijo Assur con orgullo—. Hemos mostrado a los Dothraki que no somos presas fáciles.
—Es verdad —asintió Sadok, bebiendo un trago de vino—. Pero no podemos olvidar el costo. Hemos perdido buenos hombres hoy. Este es solo el comienzo de nuestra lucha.
Sargon miró a Sadok y luego a la multitud que celebraba—. Pero también es un momento para honrar a los que cayeron y para celebrar nuestra fuerza. Hemos demostrado que podemos enfrentarnos a cualquier enemigo y salir victoriosos.
Los tres hombres levantaron sus copas en un brindis silencioso, honrando a los caídos y celebrando a los vivos. A pesar de la alegría de la victoria, Sadok no podía evitar sentir una sombra de preocupación. Sabía que los Dothraki eran como el viento; podían ser derrotados, pero nunca completamente vencidos. Siempre encontrarían una manera de regresar, y siempre serían una amenaza.
Mientras tanto, Nazar estaba rodeado de soldados, riendo y bromeando con ellos. Había luchado ferozmente ese día, y su humor reflejaba la adrenalina de la batalla y la alegría de la victoria. Era un hombre enérgico, que siempre encontraba la manera de levantar el ánimo de los demás, incluso en los momentos más oscuros.
—¡Sadok! —gritó Nazar, acercándose con una jarra de vino en la mano—. ¡Ven, vamos a brindar por los que están aquí y por los que ya no están!
Sadok sonrió, aceptando la jarra. Los dos hombres chocaron sus vasos, bebiendo en honor a sus camaradas caídos y a la victoria ganada con tanto esfuerzo.
—Ashkan lo ha hecho bien hoy —dijo Nazar, mirando hacia donde el joven guerrero estaba regresando al campamento con sus hombres—. Es un líder nato, y su tiempo llegará. Lo sé.
Sadok asintió, siguiendo la mirada de Nazar—. Sí, lo es. Pero necesita tiempo para aprender. La batalla es solo una parte de la guerra. La verdadera prueba está en lo que viene después.
Los soldados lo saludaron cuando pasó, y Ashkan se dirigió hacia donde estaban Sadok y los otros líderes. Sabía que su madre, Semiramis, estaría preocupada por él, pero tenía que informar primero a los demás de lo que había sucedido.
Sadok se acercó, sonriendo a Ashkan—. Bien hecho, muchacho. Has hecho lo que muchos hombres no se habrían atrevido a hacer.
Ashkan asintió, sus ojos mostrando una mezcla de orgullo y cansancio—. Gracias, Baba Sadok. No podía dejar que escaparan. Había demasiado en juego.
Sadok lo miró con admiración—. Lo sé. Y por eso lideraste la persecución. Pero ahora es el momento de descansar. Hemos ganado hoy, pero mañana tendremos que estar preparados para lo que venga.
Ashkan asintió, sabiendo que Sadok tenía razón. La guerra era implacable, y no había tiempo para relajarse. Aun así, había un destello de satisfacción en sus ojos. Había hecho lo que era necesario, y por eso estaba orgulloso.
Mientras el sol comenzaba a elevarse sobre la llanura de Esharak, el campamento de los Hombres Altos se llenaba de una renovada esperanza. Habían vencido a los Dothraki, habían sobrevivido a la batalla, y habían demostrado una vez más que eran un pueblo fuerte y resiliente.
Y aunque el futuro era incierto, en ese momento, bajo la luz del nuevo día, los Hombres Altos celebraban su victoria, sabiendo que, pase lo que pase, enfrentarían juntos cualquier desafío.
Notas
Con esto acaba el primer Arco de esta historia, el próximo capítulo será un time skip de 5 años.
