Capítulo 46: Tierra maldita

"You have to learn the rules of the game, and then you have to play better than anyone else"
(Tienes que aprender las reglas del juego, y luego tienes que jugarlo mejor que cualquier otro)

Albert Einstein


—Lo siento, pero no creo que tenga lo necesario —chasqueó la lengua Hamilton, mientras arrojaba una quaffle miniatura a través de la oficina. En el extremo opuesto, Ronald Weasley se inclinó hacia atrás sobre su silla para atajarla.

—¿De qué hablas? ¡Wyllis está encendido esta temporada! —bramó el pelirrojo.

—Pero el resto de su equipo es una mierda —se encogió de hombros Knight. Ron le arrojó la pelota roja con excesiva violencia, golpeándolo en el pecho.

—¡Más respeto cuando vas a hablar de los Cannons, mocoso! —le criticó. Hammer sonrió, frotándose el pecho.

—Solo digo que no puedes ignorar el hecho de que las Hollyhead Harpies son un equipo más sólido: Chelsea Whitestone tiene el récord de anotaciones en lo que va de la temporada y si sigue así no solo su equipo ganará el torneo sino que ella se llevará por segundo año consecutivo el premio a mejor cazadora —puntualizó el joven aprendiz y le devolvió la quaffle una vez más a su mentor.

—Harry, ¿tú que crees? —lo incluyó en la conversación Ron, arrojando la quaffle hacia su cabeza.

Potter se encontraba leyendo uno de los muchos informes que se apilaban sobre su escritorio amenazando con taparlo. En lugar de intentar atrapar el balón, se inclinó un poco más contra el escritorio, esquivándola. La quaffle impactó contra la pared detrás de él.

—¿En serio me estás preguntando si creo que el principal rival del equipo donde juega tu ahijado va a ganar el campeonato? —comentó Harry, pasando a la siguiente hoja del informe. Ron se sonrojó.

—¿Entonces James se ha reincorporado a los entrenamientos, señor? —inquirió Hammer.

Harry hizo una mueca. Las últimas semanas no habían sido fáciles para la familia Potter. Al principio, la vida de todos sus miembros había quedado paralizada. Las responsabilidades individuales postergadas y olvidadas mientras todos ellos se avocaban a la búsqueda de la menor de sus integrantes.

Pero donde fuese que el Mago mantenía a Lily escondida, era un lugar seguro e inaccesible. Sabían que quedaba en algún lugar cerca de Cambridge, pero era como buscar una aguja en un pajar. E incluso si daban con la ubicación exacta, Dominique había sido crudamente sincera con ellos: no sería fácil atravesar la seguridad del Mago. A estas alturas, ya estaban familiarizados con las habilidades del Camaleón, el especialista con que contaba la Rebelión para ocuparse de su protección. Ese hombre había sido capaz de abrir las puertas de Hogwarts, crear un agujero en el Velo de Hogsmeade y desactivar las barreras de la Mansión Le Blanc. Era brillante, paciente e inclemente.

Harry solo tendría una oportunidad de atacar bajo el resguardo del factor sorpresa y rescatar a su hija. No podía permitirse errores. No podía dejar que la ansiedad se llevara lo mejor de él y frustrara cualquier posibilidad de recuperarla.

Lily estaba viva. Lo sabía. Lo sentía en sus huesos. Y creía en que el Mago no planeaba dañarla. Su hija era mucho más valiosa viva que muerta. La necesitaban para conseguir su objetivo.

Pero saber que estaba con vida no era lo mismo que saber que estaba a salvo. Y la incertidumbre respecto al bienestar de Lily había hecho mella en todos los Potter.

Ginny había decaído, anímica y físicamente. Harry había insistido en varias ocasiones de que fueran a San Mungo, pero su mujer se había negado. Se pasaba las pocas horas que estaba despierta en la Mansión Malfoy, ayudando a Dominique y a Philipe en la búsqueda de la guarida del Mago. El resto del tiempo, dormía tan profundamente que Harry había dudado en un par de ocasiones si siquiera respiraba.

James había dejado de asistir a los entrenamientos. En cambio, se había pasado la primera semana volando por sobre las afueras de Cambridge, buscando inútilmente algo que pudiese servir de indicio para identificar el escondite de la Rebelión. Luego de seis días de búsqueda infructuosa, finalmente Louis Weasley había logrado disuadirlo de continuar. Le tomó varios días más convencerlo de que debía regresar a su rutina habitual.

Albus se había resistido a volver a Hogwarts también. Su padre prácticamente había tenido que obligarlo a abordar el Expreso de Hogwarts. Solo después de asegurarle que lo mantendría al tanto de cualquier noticia que tuviera éste había accedido a subir al tren. Desde entonces, Harry le escribía diariamente, aunque no hubiese ninguna novedad que reportar.

Él, por lo pronto, llevaba semanas sin poder conciliar el sueño. Cuando finalmente conseguía dormir, sus sueños estaban plagados de pesadillas. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mágica, Harry había vuelto a tomar pociones para dormir sin sueños.

Al principio, Ron se había ocupado del cuartel de Aurores. Pero la tensión creciente entre el gobierno mágico y el muggle había forzado a Potter a regresar a su puesto lo más pronto posible.

Así que cuando su comunicador portátil flú sonó, anunciando una llamada entrante, Harry se sobresaltó, abrumado por la cantidad de tareas a las que tenía que hacer frente sin agregar también ahora llamadas.

Ron se compadeció de él. Hizo rodar las ruedas de su silla para empujarse hasta el escritorio de su compañero y tomó el portátil.

—Se ha comunicado con la línea del Auror Potter. ¿En qué puedo ayudarle? —atendió respetuosamente Ron.

¿Weasley? ¿Qué mierda, acaso ahora eres su mayordomo? —se quejó desde el otro lado del teléfono la voz petulante e inconfundible de Draco Malfoy.

—A diferencia tuya, nosotros estamos verdaderamente ocupados así que si no te importa... —empezó a decirle Ron, disponiéndose a cortar a continuación.

—¡Claro que me importa! ¡Pásame con Potter, idiota cabeza de zanahoria! —gritó Malfoy por el altavoz del dispositivo tan fuerte que Harry llegó a escucharlo.

—¿Es Draco? —reconoció el tono. Ron puso los ojos en blanco.

—Dice que tiene que hablar contigo urgente —le explicó restándole importancia. Harry le hizo un gesto con la mano para que le entregara el teléfono. Ron obedeció, no sin antes resoplar sonoramente para demostrar que no estaba de acuerdo con concederle esas libertades al ex-mortífago.

—Habla —lo apremió a soltar lo que fuese que tuviera para decir tan importante que había usado la línea directa con Harry.

Van a atacar, Potter —jadeó Draco. Incluso a través del teléfono, Harry podía sentir su nerviosismo.

—¿Cómo lo sabes?

Ella me escribió. Se están movilizando —se lo escuchaba agitado e impaciente, cualidades que no le sentaban nada bien.

Harry no necesitaba que le dijera a quien se refería. Habían acordado que no usarían el nombre de Molly salvo en situaciones que pudiesen garantizar la absoluta confidencialidad de la conversación. Pero era ella. Estaba seguro. Y si ella lo estaba informando con tanta urgencia, entonces era algo grande.

—¿Dónde? —trató de extraer la información relevante en el menor tiempo posible.

No lo sé. Pero están moviendo a toda su gente… Dijo algo sobre conseguir fuerzas para un ejército —le explicó Malfoy intranquilo.

—¿Cuándo?

¡AHORA, POTTER! ¡MIENTRAS QUE TU Y YO PERDEMOS EL TIEMPO AQUÍ! —bramó furioso.

—Alerta a los que puedas, Draco. Yo me encargo del resto —dijo expeditivamente Harry, y cortó el teléfono sin escuchar la respuesta del rubio.

Se puso de pie, los documentos que minutos antes lo habían abrumado ahora quedaban relegados a un segundo plano mucho menos importante.

—Hammer, busca a Zaira y a Jasper y reúnanse con nosotros en la Sala de Vigilancia cuanto antes —le ordenó a Knight antes de salir de la oficina sin dar más explicaciones y con Ron como única compañía.

Años de trabajar juntos les había permitido desarrollar cierto lenguaje mudo que solo ellos entendían. Sabían leer las expresiones en sus rostros, anticiparse a las decisiones que tomaría cada uno, coordinar sus planes con solo una mirada.

La huella mágica de Harry les permitió acceso sin restricciones a la Sala de Vigilancia. Nadie se atrevió a preguntar qué hacía allí el jefe de los Aurores y su compañero. Los operadores de la Red, llamados en la jerga común "Vigilantes", los observaron avanzar entre las computadoras mágicas hasta llegar a la pantalla holográfica principal donde se podía apreciar el mapa de Londres, en constante cambio y movimiento mientras puntos de todos los colores fluían por sus calles.

—Auror Potter. Auror Weasley. ¿En qué puedo ayudarlos hoy? —preguntó el Vigilante a cargo de la pantalla, removiéndose nervioso en su asiento.

—¿Has detectado algo fuera de lo normal en los últimos minutos? —inquirió Harry, sus ojos escudriñando velozmente el mapa.

—¿Algo como qué, señor? —le pidió más detalles el Vigilante.

—Una movilización masiva de magos… Un posible ejército marchando —soltó sin suavizarlo. El hombre frente a él palideció, al igual que otros operadores que se encontraban lo suficientemente cerca como para escucharlo.

—¿Estamos bajo ataque, señor? —tartamudeó el vigilante, el terror haciéndole temblar los dedos sobre los controles.

—Concéntrate, colega —lo presionó Ron, dando unos golpecitos sobre el tablero para recordarle su trabajo—. Revisa zonas neurálgicas. Empieza por escanear el perímetro del Ministerio…

—Nos habríamos enterado si un ejército estuviese cerca de nosotros —contradijo el Vigilante.

—Entonces revisa Callejón Diagon, Hospital San Mungo, todas las zonas que congreguen multitudes de magos… no sería la primera vez que intentan atacar esos lugares —lo fue guiando Ron.

Varios Vigilantes se pusieron a trabajar en simultaneo, cada uno rastreando zonas distintas dentro de Londres y sus alrededores, buscando cualquier señal que pudiese implicar un riesgo inminente.

Zaira acaba de entrar junto a Jasper y Hammer y observaba atentamente los mapas que se proyectaban en las pantallas holográficas frente a ellos. La Red de Vigilancia no había detectado ningún peligro en Londres o su periferia.

—Amplía a Hogwarts y Hogsmeade —sugirió Ron con voz tensa. Harry le lanzó una mirada de soslayo.

—No creen que sean tan estúpidos como para atacar de nuevo el castillo, ¿o si? —Jasper lo observaba confundido, como si no pudiese creer que ese fuera el plan maestro de la Rebelión. Contaban con demasiada poca información como para predecir verdaderamente lo que harían.

—Neville sigue recuperándose en San Mungo. Si yo quisiera reclutar gente para una causa como la de la Rebelión, Hogwarts sería uno de los primeros lugares que visitaría. No sería la primera vez que intentan reclutar a alumnos jóvenes para que peleen por ellos —fue toda la explicación que pudo darle Ron, con brazos cruzados y hombros tensos mientras aguardaba que la Red arrojara el análisis de situación de Hogwarts y su perímetro.

—Nada que pueda considerarse un peligro inminente en Hogwarts tampoco, señor —le confirmó el primer Vigilante con quién habían conversado, que lucía un poco más relajado ahora que creía que el peligro no era real.

Harry sabía mejor. Conocía al Mago mejor. Sabía que si tenía un ejército, iba a utilizarlo. La pregunta era dónde.

—Dijiste que Hogwarts sería uno de los primeros lugares a los que irías a buscar nuevos aliados… ¿A dónde irías en segundo lugar? —le preguntó a Ron.

—Azkaban —masculló Zaira, sus pupilas dilatándose a causa del entendimiento y un frío terror. Se abalanzó contra el Vigilante que se encontraba más cerca de ella—. Muéstrame la isla.

—Azkaban es una isla aislada que alberga solo criminales… ¿Por qué atacarían un blanco así? —susurró Hammer junto a Jasper para que solo éste pudiese escucharlo.

—No van a atacarlo. Van a liberarlo —comprendió con más agilidad Jasper, acercándose también a la pantalla para comprobar la teoría.

El Vigilante tecleó con agilidad sobre el panel y el mapa del océano que separaba Reino Unido del resto de la civilización se materializó frente a ellos. Una isla de piedra negra alzándose entre las violentas olas. Una estructura impenetrable, inalcanzable.

Excepto por los cientos de puntos rojos y negros que se movían en ese preciso instante avanzando a toda velocidad hacia la isla.

—Mierda —insultó Ron, golpeando el tablero con más fuerza de la necesaria.

—¿Cuánto tiempo hasta que lleguen al destino? —preguntó Harry expeditivo.

—Parecen ser barcos propulsados por motores mágicos. Estimo... 10 minutos. Si activamos los generadores de corriente marina para entorpecerlos podríamos retrasarlos un poco más, pero no demasiado—respondió el Vigilante.

—Haz sonar la alarma. Necesitamos a todos los Aurores de inmediato —ordenó Harry, apuntando la tecla roja enorme que yacía en el centro del tablero. El vigilante vaciló, retorciéndose los dedos una vez más, reticente a obedecer la orden.

—Está reservada para emergencias, señor —le recordó cobardemente.

—Me lleva el diablo —resopló Jasper, antes de saltar por encima del Vigilante y presionar el botón el mismo—. Listo, ahí tienes tu emergencia —agregó palmeándole el hombro como si estuviesen compartiendo una broma interna.

—Equípense con todo lo que puedan cargar en sus trajes, no sabemos lo que nos encontraremos al llegar. Lo mejor será dividirnos en tres grupos tan pronto nos transportemos al interior. Ron, tú tomarás el Ala Sur, Zaira el Ala Norte, yo me encargaré de la torre central… —empezó a dar órdenes Harry mientras trotaban hacia la Armería y efectivamente comenzaban a encastrar todo tipo de armamento en sus trajes.

—Tú no puedes venir —lo interrumpió Zaira. Harry se detuvo en seco.

—Soy el Jefe de los Aurores. Es mi trabajo ir —la contradijo como era de esperar, mientras retomaba su tarea de acomodarse la armadura como si nada hubiese sucedido.

—No, tu trabajo es liderarnos. Y no puedes hacer eso si te matan en Azkaban —fue la respuesta cruda de su antigua aprendiz. Harry frunció el ceño, molesto.

—No voy a quedarme aquí dando órdenes desde un Comunicador flú de larga distancia mientras ustedes arriesgan sus vidas. ¿Qué clase de imagen daría al resto de los aurores? —su voz había comenzado a elevarse acompañando su creciente enojo.

—La de un verdadero líder —intervino Ron, apoyando a Zaira—. Cualquiera de nosotros puede pelear en campo. Pero tú tienes un rol más importante que nosotros no podemos sustituir —hizo una pausa y tomó a su amigo por los hombros, obligándolo a prestarle atención—. No podemos permitirnos que mueras allí. Y créeme, amigo, todos en ese lugar querrán matarte. Te necesitamos aquí, coordinando el ataque desde la distancia.

—Llamaré a Camelot y le diré a Agamenon que envíe a todos los reclutas que considere aptos para pelear —aceptó finalmente Harry.

Ron lo palmeó con ambas manos a los costados de los brazos y esa fue la señal de despedida. Harry giró sobre sus talones, volviendo a la central de la Red de Vigilancia, mientras la alarma resonaba por todo el cuartel.


Solitaria y oscura, la prisión de Azkaban se alzaba como un obelisco de hierro y piedra entre las turbulentas aguas del Mar del Norte. Incomunicada con el resto de la civilización, la isla había servido como castigo a generaciones de magos y brujas desde la creación del Estatuto Internacional del Secreto Mágico.

Hacía más de veinticinco años que los dementores ya no se paseaban por la isla, y sin embargo, Jasper sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal tan pronto como sus pies tocaron el piso de piedra. Podía sentirlo contra su piel, como una fuerza invisible capaz de corromper todo aquello que tocaba. Miró a su alrededor y notó que no era el único que podía sentirlo: el resto de sus compañeros también estaban intranquilos, como intrusos que ingresan a hurtadillas en un sitio donde no son bienvenidos.

Solo los Aurores tenían permiso para Aparecerse en Azkaban. Nadie más tenía permitido entrar si no era mediante autorización directa del Jefe de los Aurores. Ni siquiera el Ministro de Magia. No era como si mucha gente solicitara permiso para visitar el lugar. Era una isla maldita. Y cuanto más se adentraban en el decrépito lugar, más convencido estaba Jasper de que ese sitio no le pertenecía a los seres humanos.

—Auror Weasley —les dio la bienvenida uno de los Aurores encargado de supervisar la seguridad de Azkaban, interceptándolos en el corredor que comunicaba la zona de Aparición con el resto de la isla.

—Auror Towers, ¿cuál es la situación? —le pidió expeditivamente Ron.

—Son cinco embarcaciones, señor. Cuentan con inhibidores para los generadores de corriente. Tiempo estimado de contacto con tierra de tres minutos —Towers respondió expeditivamente a la pregunta, mientras marchaban a ritmo constante y rápido por el pasillo, con el resto del pelotón siguiéndolos.

—¿Los refuerzos de Camelot?

—Aún no han llegado, señor —respondió. Ron torció la cabeza hacia Zaira.

—Tendremos que entretenerlos hasta que lleguen —dijo en un tono significativo.

Zaira asintió con la cabeza en un gesto decidido. Jasper siempre había admirado esa cualidad de su mentora: la capacidad de mantener la calma en las situaciones más estresantes, su voluntad resolutiva, su determinación inquebrantable. No titubeaba, sin importar cuan extrema fuese la situación.

—¿Los prisioneros? —siguió interrogando Ron.

—Hemos reforzado la seguridad en el nivel 5. Los guardias se encuentra en sus puestos, aguardando indicaciones —Towers le informó, y el grupo se detuvo al llegar a un hall distribuidor que se bifurcaba en varios pasillos.

—Seguiremos el plan original de Harry: Zaira, tú al Ala Norte. Yo me ocuparé del ala Sur. Towers, quiero que tomes tus mejores hombres y defiendas la torre central de mando. Activen sus Lombrices —ordenó Ron mientras se detenían momentáneamente en el hall antes de distribuirse.

Jasper obedeció, llevándose la varita hacia el pabellón auricular derecho y activando el encantamiento que les permitía comunicarse a cortas distancias. Y luego, sin más palabras, sin despedida alguna, Ron giró hacia el pasillo sur, con la mitad de los Aurores marchando detrás de él. Hamilton le dedicó una última mirada a Jasper y una sonrisa que intentaba reconfortarlo. Pero Yaxley pudo leer el miedo anticipatorio en la mirada de su amigo. Mientras seguía a Zaira por el corredor contrario, comprendió que él también estaba asustado.

Las órdenes comenzaron a llenar el aire de Azkaban mientras Levington organizaba a su cuadrilla a lo largo de los pasillos del ala Norte y reclutaba un grupo reducido de seis aurores para subir a la terraza superior, desde donde tendrían una visión panorámica de la isla y del agua infinita que la rodeaba. Jasper la seguía en piloto automático, su cuerpo respondiendo a los comandos sin siquiera pensarlo, una parte de él abstraída de la realidad. Era como estar en un sueño, donde una bruma densa le nublaba los pensamientos y le entumecía las manos. Esa isla se colaba debajo de su piel y lo hacía sentir enajenado, fuera de lugar. Su mente le recordaba una y otra vez que ellos no pertenecían a ese lugar, una advertencia que resonaba incesante y que Jasper se esforzaba por ignorar.

Pero cuando llegaron finalmente a la cima de la torre Norte y observaron hacia el horizonte, Jasper ya no pudo ignorar más la alarma que sonaba dentro de su cabeza. Tres naves inmensas se habían detenido a unos cien metros de la isla. Sus motores se encontraban apagados. Flotaban en silencio y expectantes sobre un mar virulento.

—¿Por qué no avanzan? —se impacientó Jasper, balanceando su peso de un pie al otro para esconder su ansiedad.

—Porque saben que si se acercan más, se encontrarán a distancia suficiente para que los tiradores que hemos colocado en las torres les disparen —Zaira señaló con la cabeza hacia ambos lados. Tanto a su derecha como a su izquierda, subidos en una pequeña cornisa, con varitas ajustadas sobre dispositivos especiales para larga distancia, se encontraban los Tiradores, Aurores especialmente entrenados para derribar blancos lejanos. Sus equipos reposaban sobre el borde de la cornisa, y ellos estaban inclinados, contemplando a través de un lente magnificador que ajustaban según la distancia a la que quería disparar sus maldiciones.

—¿Entonces no atacarán? —pero incluso mientras lo decía Jasper comprendió que era demasiado iluso de su parte creer algo así. La sonrisa condescendiente, casi divertida, de Zaira se lo confirmó.

—Lo harán… Solo están esperando algo —barajó Levington, mientras sus ojos escudriñaban con mayor detenimiento el paisaje frente a ella, buscando algo que parecía estar escapándosele.

Aquí, Towers desde Central. Ala Norte, ¿me escuchan? —se escuchó la voz del auror por la Lombriz de Zaira.

—Aquí Levington, Ala Norte. Te escucho. Cambio —respondió Zaira sin dejar de escanear el perímetro de la zona.

Estoy detectando actividad paranormal en las proximidades de su zona, Norte —reportó Towers.

—Tenemos tres embarcaciones ancladas a 100 metros de la costa, Central —respondió Zaira, intentando darle sentido a la información. Hubo unos segundos de silencio, como si Towers estuviese evaluando lo que le habían dicho.

Hay algo más, Norte… Pero... No puede ser —una sirena comenzó a sonar desde el otro extremo de la Lombriz, allí donde se encontraba la torre de control central—. ¡Salgan de ahí, Norte! ¡Ahora! —les gritó, y el terror en su voz le congeló la sangre en las venas a Jasper.

Unos segundos más tarde, lo vieron. Una nube negra avanzando a una velocidad antinatural hacia ellos, oscureciéndolo todo a su paso, absorbiendo la poca calidez que persistía en el aire, inclinándose intencionalmente en su dirección.

—Qué carajo… —fue todo lo que Jasper llegó a articular, intentando descifrar qué era exactamente lo que estaba viendo.

A su lado, Zaira jadeó, un intento frustrado por tomar aire entrecortado, una mezcla de sorpresa y… ¿miedo? ¿Estaba viendo miedo en los ojo ambarinos de su mentora?

—¡DEMENTORES! —gritó uno de los Tiradores, reconociéndolos antes que el resto gracias a sus lentes magnificados.

A su grito, varios de los Tiradores comenzaron a disparar. Pero era inútil. Sus hechizos de defensa poco podían hacer contra aquellas criaturas etéreas y sombrías. La nube de dementores seguía avanzando hacia ellos con férrea determinación, los hechizos perforando sus ropajes andrajosos y apenas cosquilleándoles en las pieles putrefactas.

—¡Aurores! Preparen sus Patronus —ordenó Zaira, recuperando el control. El pelotón se había encogido detrás de la pequeña muralla que bordeaba la terraza de vigilancia mientras se reorganizaban y aguardaban nuevas órdenes de su líder.

El miedo que Jasper había creído ver segundos atrás en Zaira se había desvanecido. O al menos, si seguía dentro de ella, no era evidente a simple vista. En cambio, se había ajustado sobre los hombros el chaleco protector y sostenía lista la varita en su mano derecha, encogida sobre las puntas de los pies, lista para saltar al ataque en cualquier instante.

—Piensa en algo feliz, Jasper —le susurró directamente a él, mientras ella cerraba los ojos unos momentos para concentrarse.

El pánico invadió a Yaxley. Recordó las tardes en la mansión, practicando junto a crepitante fuego. Recordó a Molly y su bellísimo halcón sobrevolando el salón y esquivando las enormes lámparas que colgaban de los techos. Podía ver al gorila plateado de Hamilton, saltando de un sillón al otro, golpeándose el pecho con majestuosidad.

Él nunca había llegado a conseguirlo. No tenía un Patronus corpóreo como sus amigos. Había estado cerca, muy cerca, gracias a la ayuda de ambos. Pero luego Molly se había marchado con la Rebelión y los pocos recuerdos felices que Jasper había recolectado durante los años juntos se habían vuelto en su contra como un puñal en el pecho.

Cualquier intento de invocar un patronus por parte de Jasper conseguiría como mucho una paupérrima bruma blanca. No podía detener a los dementores. El pánico siguió creciendo dentro de él mientras caía en cuenta de que carecía del conocimiento necesario para salir vivo de allí.

Los Tiradores dispararon dos gigantescas bengalas que estallaron sobre sus cabezas como fuegos artificiales, iluminando la circurferencia en que se encontraba, la cual había quedado bruscamente oculta en una bruma oscura y fría.

—No se trata solo de dementores… Las Sombras están aquí, Zaira —la voz de Jasper se oía aguda y silbante, las palabras saliendo con dificultad de su garganta.

—Sí, van a intentar sofocarnos por todas las formas posibles antes de entrar en combate cuerpo a cuerpo —le concedió Zaira, mientras sus ojos recorrían los espirales de humo negro que comenzaban a descender hacia ellos para lamerles los tobillos. —¡Todos con sus guardianes listos, a la cuenta de tres! —gritó hacia el resto de su pequeño pelotón.

Jasper alzó su varita, vacilante. Cerró los ojos con fuerza, devanándose los sesos buscando un lindo recuerdo.

Era navidad. Y contra todo pronóstico, tanto Hamilton como Molly habían dejado sus planes familiares de lado para pasar la fiesta más deprimente del mundo con él. Solo que no había sido deprimente. Jasper había intervenido en la cocina a tiempo para que Molly no arruinara la cena, y el resultado había sido exquisito. Hammer se la había pasado la tarde seleccionando discos de la vieja colección de Magnus, hasta dar con el de David Bowie. "Though nothing will keep us together, we can beat them, for ever and ever. Oh, we can be heroes, just for one day". Al ritmo de esa canción, Jasper había bebido y bailado y reído con sus únicos amigos. Y había sido lo más cercano a la felicidad pura que jamás hubiese experimentado.

Abrió los ojos, con el recuerdo todavía fresco en su memoria. Los dementores se encontraban cada vez más cerca, volando a toda velocidad hacia el ala norte. Los superaban por amplio margen en número, y junto a ellos, viajaban las espesas Sombras que los magos de los barcos habían invocado para ayudarlos.

—¡Aguarden! —los hizo esperar Zaira, los dementores cada vez más cerca. Jasper prácticamente podía sentir su gélida y putrefacta respiración brotando de debajo de la túnica raída que los cubría. En cuanto estuvieron a menos de cincuenta metros, las criaturas estiraron sus manos de dedos largos y cadavéricos y aceleraron hacia ellos.

—¡Ahora! —ordenó Levington cuando casi los tuvieron encima.

La paloma de Zaira brotó de su varita y se incrustó en la capucha de uno de los dementores, allí donde se suponía que estaba su rostro, haciéndolo chillar, revolcarse y caer de la cornisa, desapareciendo hacia el vacío. Zaira hizo girar sus varita y figura de plata regresó para volar en círculos alrededor de su dueña, evitando que otros dos dementores pudieran tocarla.

Jasper trastabilló con las palabras la primera vez que intentó hacer el hechizo. Una débil bruma blanca apareció del extremo y se desintegró por completo, absorbida en la oscuridad de las Sombras. "Podemos ser héroes, solo por un día" se repitió mentalmente.

Esta vez, el encantamiento fue realizado correctamente y la bruma blanca adoptó una forma amorfa y poco definida, pero fuerte, capaz de repeler a las criaturas que se apresuraban a atraparlo y robarle el alma.

Pero eran muchos. Cientos de dementores, surgiendo uno detrás del otro. Y las Sombras crecían más y más con cada segundo que permanecían allí, oscureciéndolo todo, absorbiendo la luz y la vida, dejando en su lugar el desamparo y el miedo.

Y los aurores comenzaban a vacilar. Dudaba de sus propios recuerdos. Entre tanta oscuridad, los recuerdos felices parecían perder su brillo y su encanto. Sonreír se antojaba un placer al que no podían acceder. Los animales protectores plateados danzaban cada vez con menos potencia, y algunos comenzaban a evaporarse. Sus dueños estaban cansados y desmoralizados.

—¡Ron! Necesito refuerzos, son demasiados dementores —se comunicó Zaira, después de patear a una de las criaturas que intentaba acceder a las escaleras que conducían hacia la parte interior del edificio.

—¡No puedo! ¡Han traído a los putos dragones, Zaira! ¡Nos están masacrando! —le gritó Ron desde el comunicador.

—Dame posición —pidió Zaira.

Cedimos la torre sur. Hemos retrocedido hacia los túneles. Los dragones no pueden entrar aquí —explicó Weasley. Pero algo en su voz seguía oyéndose demasiado inquieto. Se escuchó un estallido, un golpe y un jadeo de esfuerzo por parte de Ronald—. Los soldados de la Rebelión han logrado anclar en nuestro lado de la isla y están entrando a los túneles… Necesito a mis hombres para contenerlos antes de que lleguen a los prisioneros.

—¡Towers! ¿Dónde está Camelot? —recriminó Zaira, mientras sacudía su varita para dirigir su bella paloma contra otra figura dementórica que intentaba enroscar sus dedos alrededor del cuello de la aurora.

Ya deberían estar acá… Algo está bloqueando los canales para Apariciones —explicó el Auror Towers.

—Mierda —farfulló Zaira, mientras se recluía detrás de una columna para tomar aire y descansar.

Los dementores no dejaban de llegar, uno detrás del otro. Podían expulsarlos, empujarlos, retrasarlos… Pero no podía matarlos. Se habían apoderado de la terraza y se estaban alimentando lentamente de la energía vital de cada uno de los aurores ante ellos.

Fue en ese momento que Jasper escuchó un gemido desgarrador, mezcla de puro terror y desesperación. Instintivamente giró a mirar. El patronus protector de una de las auroras se había evaporado, dejando a su dueña al descubierto. Dos dementores la sujetaban ahora por los brazos y un tercero se había bajado la capucha y se inclinaba sobre ella.

—¡No! —gritó Jasper, comprendiendo lo que iba a suceder. No era el único que lo estaba viendo. Pero era imposible hacer algo. Había demasiados de ellos, y a pesar de que intentaron abrirse paso a base de golpes y guardianes mágicos de luz, no llegaron a tiempo.

El dementor comprimió su boca sin labios sobre los de la aurora y succionó de forma sedienta, elevándose y arrastrándola con él. Jasper vio como el cuerpo de la mujer se iluminaba intensamente, como una estrella fugaz, y luego, toda esa luz era deglutida por la oscuridad del dementor, desapareciendo.

Una vez que terminaron el proceso, soltaron a la aurora sin ninguna delicadeza. La mujer cayó al suelo con los ojos abiertos y vacíos, la piel pálida y los miembros doblados en distintas direcciones sin ser consciente del dolor o de nada de lo que sucedía en todo a ella. No estaba verdaderamente muerta. Ni siquiera eso.

Jasper se quedó paralizado mirando un cadáver que aún respiraba y que conservaba los rasgos de Natalie Adler, su compañera de Camelot… Pero ya no era ella. No sabía qué era exactamente.

Unas manos como grilletes se cerraron sobre su muñeca derecha. No necesitó girar a mirar para saber que era un dementor. Podía sentir su frío de muerte, su aliento podrido, su inhumana corporalidad.

—Expecto… patron …—intentó llamar con la varita de su mano izquierda. Pero no fue capaz de pensar en nada que valiese la pena. Natalie Adler acababa de morir frente a él, y no había nada que pudiesen hacer para ayudarla. Y ahora, él moriría también en esa isla maldita, de manos de las criaturas más horrendas de la tierra.

¿Qué sentido tenía pelear? No podía ganarles. Su espectro guardián no era lo suficientemente poderoso para mantenerlo a salvo. El resto del ejército de la Rebelión estaba invadiendo el otro extremo de la isla, sus dragones incendiando toda la superficie de la misma. No iban a salir con vida de allí. Este era el final. Ni tan heroico ni tan digno como había esperado que fuera. El apellido Yaxley quedaría en la historia como una de las familias más funestas de la sociedad británica, y no había nada que pudiese hacer para cambiarlo.

Si moría allí… ¿Magnus se enteraría? ¿Lloraría su muerte? ¿Volvería a Inglaterra aunque fuese a buscar su cadáver? ¿Alguien siquiera lamentaría su partida? Hammer, tal vez. Si es que él no se encontraba muerto para entonces.

Molly. Le habría gustado volver a verla, aunque fuese una vez más. Le habría gustado decirle que no estaba enojado con ella. Una parte de él creía entenderla. Más importante, una parte mayor de él la extrañaba.

Las garras le tomaron el cuello, obligándolo a levantar el rostro. Apenas podía percibir el caos que se había desperdigado a su alrededor. Más cadáveres se habían acumulado junto al de Natalie en el suelo entre ellos, y los aurores restantes hacían lo posible por repeler a los dementores y retirarse hacia una zona más fácil de defender.

Todo era tan oscuro y frío. El sol se había apagado. Era una noche profunda, sin estrellas, sin luna. Sin vida. ¿De qué valía vivir en un mundo así?

El dementor se inclinó hacia él, su boca sin labios abriéndose como un agujero negro infinito. Jasper cerró los ojos y se preparó para el fin. Pronto terminaría. Y ya no habría más miedos ni arrepentimientos. Los fantasmas del pasado pasarían a ser simplemente fantasmas, incapaces de dañarlo. Era un final triste, pero su vida lo había sido también. Tenía sentido.

Anima Solaris —escuchó las palabras como un eco distante, abriéndose camino a través de la oscuridad con la potencia de docenas de estrellas fugaces.

El dementor chilló y lo soltó. Retrocedió, enceguecido bajo la iridiscente luz que sorpresivamente inundó la azotea. Jasper cayó sobre sus rodillas, helado y tiritando, los estertores del contacto con la abominable criatura todavía sacudiéndole el cuerpo.

Zaira dio un paso al frente, colocándose entre él y el dementor que había estado a segundos de succionarle el alma. Su varita refulgía con la potencia del Anima Solaris, mientras los rayos envolvían al dementor. La criatura se retorció e intentó escapar. Pero la aurora afianzó el agarre sobre su varita e incrementó la potencia del encantamiento.

Allí, en la tierra que le pertenecía a la oscuridad y la muerte, Jasper fue testigo de un evento sin precedentes: la luz del Anima Solaris atravesó al dementor, y con último sonido agónico y penetrante que le hizo zumbar los oídos, la criatura se desintegró, volviéndose polvo en el viento.

Durante una fracción de segundo, el mundo quedó paralizado. La oscuridad de las Sombras retrocedió. Los dementores se dispersaron. Los aurores volvieron a respirar esperanza.

Seguían vivos. No era el final. No aún.

Zaira gimió y cayó sobre una rodilla, mientras su pecho subía y bajaba desesperadamente buscando aire. Jasper reaccionó, incorporándose como podía y corriendo a su lado con pasos torpes. La aurora se sujetó de su hombro para reincorporarse y mirar a su alrededor. La mitad de los aurores que la habían acompañado a la azotea del ala Norte estaban muertos. El resto todavía se sacudía el estupor que los dementores les habían ocasionado, mientras la observaban con una mezcla de admiración y confusión.

—¿Estás bien? —Jasper se encontraba igual de atónito que el resto.

—He tenido días mejores —se atrevió a bromear Zaira y una sonrisa débil surcó su rostro.

—Mataste un dementor —dijo en voz alta, riendo entre dientes.

—Me alegra que aún soy capaz de sorprenderte —rió también ella. A lo lejos, se escuchó una explosión. —No podemos quedarnos mucho tiempo aquí. Volverán —advirtió Zaira tan pronto como logró sostenerse sobre ambos pies, recuperando una actitud estoica.

Se soltó de Jasper. Mantenerse en pie por sus propios medios debía de estar cobrándose una importante dosis de su fuerza, pero Levington estaba decidida a mostrarse inquebrantable. Lo que quedaba del pelotón lo necesitaba.

Retrocedieron por el camino por el cual habían llegado, buscando la seguridad en el interior de la fortaleza. Tal como había previsto Zaira, en cuanto la puerta de hierro que comunicaba con la terraza estuvo cerrada, las sombras volvieron a colarse por las hendiduras y por debajo de la misma. Los dementores volvían.

—Aquí Norte. Hemos perdido la terraza. Iniciamos retirada y solicitamos refuerzos. Cambio —comenzó a hablar Levington apuntando con la varita hacia la Lombriz en su pabellón auricular.

Camelot sigue sin poder ingresar. He enviado una unidad de vuelo para derribar el Inhibidor de Apariciones pero todavía… —empezó a responder Ron, pero la señal se entrecortó, haciendo imposible interpretar el resto de la frase.

El edificio entero tembló. Una sacudida violenta que hizo que fragmentos de piedra se desprendieran desde los laterales y el techo. Detuvieron la marcha, alertas y con las varitas en alto. Un nuevo estremecimiento los alcanzó, haciéndolos tambalearse y agrietando el suelo.

Jasper lo sintió antes de que sucediera, un sexto sentido en el fondo de su cerebro, una reacción primitiva e instintiva, como si la vibración del suelo lo hubiese alertado de lo que estaba a punto de suceder. Apenas alcanzó a sujetar al Zaira por el ruedo de su túnica, traccionando de ella hacia la profundidad del pasillo.

La pared lateral explotó sobre ellos, una bola de piedra y fuego invadiendo el espacio aéreo, propulsándolos al suelo. Rodaron y Jasper forzó su cuerpo para quedar sobre su mentora, protegiéndola. Sintió el impacto de una roca sobre la zona baja de su espalda y una segunda golpeando contra su hombro izquierdo. El dolor le nubló momentáneamente la vista. Una vez más, los gritos y la confusión dominaron la escena, mientras el pasillo quedaba expuesto hacia el exterior con un orificio lo suficientemente grande como para que cupiera un automóvil.

Se giró para quedar de frente a la escena, justo a tiempo para identificar una figura que se colaba por el orificio que había dejado la explosión. Era humana, pero eso no la hizo menos peligrosa. Jasper la había visto en los actos públicos del Partido por el Cambio, montando guardia junto a Zafira Avery durante sus discursos. Sus ojos se encontraron con los de Jolie Cartier y la mujer esbozó una sonrisa depredadora.

Los reflejos se activaron al instante, su varita invocando un escudo antes de que su cerebro llegara siquiera a pensarlo. El maleficio de Cartier impactó contra su protección y se desvió hacia los escombros a su derecha.

Detrás de Jolie, más Rebeldes entraban a la prisión. Los aurores que aún quedaban en pie formaron rápidamente una línea de contención, pero eran demasiados. No pasó mucho tiempo antes de que uno de los Rebeldes lanzara el primer maleficio asesino. Uno de sus compañeros cayó muerto. Jasper no tuvo tiempo siquiera de identificar quién era. Jolie disparó un nuevo ataque contra él, obligándolo a replegarse. Se estaba preparando para su tercer golpe cuando un haz de luz rojo pasó zumbando por sobre el hombro de Yaxley y la golpeó en la pierna, haciéndola flanquear. Una rápida mirada de reojo le indicó que Zaira volvía a estar en pie. Su mentora volvió a sacudir la varita hacia Jolie, un nuevo hechizo brotando como una flecha. Cartier rodó sobre su propio cuerpo para evadirlo.

—Tropas Rebeldes en el interior del edificio. Repito: Rebeldes en el interior del edificio —informó de inmediato Levington.

Cartier se descolgó una esfera del cinturón de su traje y oprimió un botón, activándolo. Acto seguido, lo lanzó hacia el centro del pasillo. Jasper observó la esfera del tamaño de una snitch titilar creyendo que se trataba de otra bomba.

Pero en cambio, el dispositivo lanzó una onda de interferencia aguda y dañina que atravesó el tímpano de todos los Aurores que llevaban puestas las Lombrices de comunicación. Jasper se llevó una mano al oído, la sangre mojándole la palma. Jolie esbozó una sonrisa triunfante antes de que Zaira la aturdiera y la dejara fuera de combate.

No era suficiente. Los Rebeldes los duplicaban en número, los aurores estaban débiles y heridos, y el ala norte amenazaba con derrumbarse en cualquier momento. Si Jasper había guardado alguna esperanza de recuperar el terreno perdido, ésta se esfumó cuando un segundo refuerzo de Rebeldes comenzó a reptar por el orificio en la pared.

Superados en número, Jasper apenas llegaba a detener los ataques que le enviaban sus enemigos. El golpe en el hombro le había dejado entumecido el brazo y el encuentro con los dementores le había drenado demasiada energía. Era sólo cuestión de tiempo hasta que alguno de esos maleficios finalmente impactara contra él. A su lado, Zaira también empezaba a evidenciar señales de agotamiento y dolor.

Una alarma se activó en el ala norte, resonando por encima de los gritos y las explosiones. Los Rebeldes habían llegado a las celdas y habían abierto las puertas. Los prisioneros estaban siendo liberados.

Zaira logró derribar al último Rebelde que se interponía entre ellos y el pasillo lateral más cercano, y Jasper la siguió hacia el interior del mismo. Iniciaron una carrera lo más rápido que les permitían sus cansadas piernas, lanzando hechizos por encima del hombro sin siquiera detenerse a comprobar si daban en el blanco. Giraron en la primera esquina que encontraron hacia la derecha, y Zaira se descolgó una bomba de corto alcance del chaleco y la lanzó hacia atrás. El corredor se derrumbó a sus espaldas, una ola de humo llegando hasta ellos y obstruyéndoles transitoriamente la visión.

Por un instante, hubo calma. Los sonidos de la batalla llegaban amortiguados y distantes. Jasper se apoyó sobre sus propias rodillas, recuperando el aliento. Frente a él, Zaira se reclinó contra la pared y se levantó la parte frontal del chaleco para examinarse. Estaba herida. Un maleficio le había perforado la protección e impactado contra su flanco derecho, y la sangre goteaba con abundancia desde la herida.

Desde el otro lado del pasillo, les llegaron las voces de los Rebeldes mientras intentaban desbloquear el pasillo para alcanzarlos. Zaira se volvió a bajar el chaleco y le dedicó una mirada significativa a su discípulo.

—Si continúas por este pasillo, encontrarás una salida de emergencia. Tu placa de Auror debería funcionar para desbloquearla, si es que aún no han tomado la torre de control —le explicó Zaira, jadeando a causa del dolor.

—No voy a dejarte —se anticipó Jasper, enderezándose nuevamente al comprender sus intenciones.

—Estoy herida, Jasper —le contradijo su mentora, señalándose el abdomen. Yaxley abrió la boca para retrucar una vez más, pero Levington se le adelantó—. A duras penas puedo sostenerme en pie. No voy a lograrlo.

—Yo puedo cargarte —insistió de todas formas. Ella negó con la cabeza.

—Solo voy a demorarte. Y esto no los detendrá por mucho tiempo —dijo, señalando con la cabeza hacia las piedras que cubrían el pasillo y se interponían entre ellos y sus enemigos—. Si nos quedamos aquí, nos matarán.

—Si tú te quedas, te matarán —puntualizó él, con la garganta comprimida. Ella le sonrió.

—Me diste tu palabra en San Mungo, ¿recuerdas?

Era un golpe bajo. Por supuesto que lo recordaba.

—Sí —Jasper tragó saliva con dificultad, sintiéndose prisionero de sus propias palabras.

—Sal de aquí. Vive para pelear otro día. Es una orden, auror Yaxley —acentuó Zaira, atravesándolo con sus ojos ambarinos.

De haber sido por Jasper, jamás se habría marchado de ese corredor. Se habría quedado junto a ella y habría muerto con honor, junto a una de las pocas personas que había creído que él.

Pero le había dado su palabra. Y si no podía darle otra cosa, al menos iba a darle eso.

Corrió en la dirección que Zaira le había señalado. Las piernas le quemaban y los ojos le ardían. Los últimos metros antes de llegar a la salida de emergencia se le hicieron eternos.

—Vamos, vamos, vamos —masculló para sí mismo, mientras se lanzaba contra la puerta de hierro y rezaba porque su placa aún funcionara.

La puerta se abrió y el aire salado del mar le humedeció en el rostro. Pero el alivio que creyó que iba a sentir una vez fuera de la fortaleza nunca llegó. En cambio, sintió ese frío anormal subirle por la espalda, erizándole los vellos de la nuca y anunciándole la ominosa presencia de dementores. Avanzaban hacia él desde los acantilados de la isla, por los laterales de la prisión y en todas las direcciones.

Cayó de rodillas sobre la tierra lodosa y árida, donde nada crecía y nada sobrevivía. La varita se le resbaló entre los dedos, laxos y ya sin voluntad para seguir peleando. La presencia de los dementores le drenaba lentamente la poca energía que quedaba en él.

Lo había intentado. Había hecho su mayor esfuerzo. Cerró los ojos, rendido. La desolación lo envolvió como una capa de nieve, haciéndolo tiritar. Los dementores detectaron su debilidad y se abalanzaron una vez más sobre él. Los sintió tironeando de su cuerpo, cada contacto llevándose un poco más de él, dejándolo un poco más vacío.

No vio llegar el fuego, pero lo percibió a través de sus párpados cerrados. Allí donde segundos antes solo había habido oscuridad, ahora todo era rojo ardiente. Los dementores lo soltaron y Jasper cayó como peso muerto contra el suelo. Esta vez, no se levantó.

Unas manos frías pero mucho más gentiles que las de los dementores lo dieron vuelta, colocándolo boca arriba. Fue entonces cuando escuchó la canción. No podía entender lo que decía, pero no le importó. Después de todo aquel calvario, esa voz suave y musical era un bálsamo para su cuerpo herido. El dolor en su hombro derecho se detuvo y el calor regresó poco a poco a su cuerpo.

—No te atrevas a morirte frente a mí, Jas —le dijo una voz familiar, por encima de la canción.

Parpadeó con dificultad. Efectivamente, el rostro moreno y apuesto de Rick Fox se materializó inclinado sobre él, un gesto de preocupación que no estaba acostumbrado a verle. Junto a él, Katya mantenía ambas manos entrecruzadas sobre el pecho de Jasper, los tatuajes de su piel resplandeciendo mientras la híbrida canalizaba su magia para sanarlo.

—¿Qué mierda haces aquí? —graznó Jasper, confundido y asustado. Rick sonrió mostrando el blanco de sus dientes.

—Salvando tu bonito trasero, por lo visto —respondió Rick, satisfecho de comprobar que efectivamente Yaxley todavía vivía.

El bramido de Pira, la dragona de Rick, llegó hasta ellos, anticipando una nueva bocanada de fuego para mantener a los dementores a raya. Incluso a través del estupor que todavía nublaba su mente, Jasper se maravilló ante la magnificencia de la criatura. Se había convertido en un espécimen enorme, y aún no alcanzaba la edad adulta.

—Será mejor que salgamos de aquí —dijo Katya, tras terminar su canción.

El domador de dragones asintió, deslizando sus brazos por debajo del cuerpo delgado de Jasper y levantándolo sin ninguna dificultad.

—Sujétate con fuerza, Jas —le dijo tras colocarlo sobre el lomo de Pira. Se montó por delante de él, mientras Katya pasaba una cuerda gruesa en torno a su cintura para amarrarlo a la montura.

Rick le palmeó el cuello a la dragona y desplegando sus inmensas alas, levantaron vuelo.

—¡Cuidado! —gritó Katya, al tiempo que una llamarada de fuego pasaba rozándolos, obligando a Rick a tirar de las riendas de Pira para desviarse y esquivarlas.

Un dragón volaba hacia ellos, las fauces abiertas y las garras dispuestas para envestirlos. Nunca llegó a impactarlos. Lucifer, el dragón de escamas azules de Felicity Fox, enorme y brutal surgió de entre las nubes como una sombra mortífera. Clavó sus zarpas en el lateral del dragón de la Rebelión y la criatura chilló de dolor y se sacudió en el aire hasta soltarse.

—¡Lárguense de una vez! Yo me encargo —gritó Felicity desde el lomo de Lucifer, antes de abalanzarse hacia abajo en cacería.

Jasper llegó a ver cómo Lucifer escupía una bola de fuego contra el otro dragón antes de que Rick torciera las riendas en dirección contraria para alejarse del campo de batalla. Los párpados volvieron a cerrársele y perdió una vez más el conocimiento.


En lo profundo de su corazón, Kingsley Shacklebolt seguía siendo un Auror. Había comenzado su carrera como uno en el Ministerio de Magia, y se habría quedado toda su vida en el cuartel de aurores si la historia no le hubiese exigido otro rol.

Los años que sucedieron la Segunda Guerra Mágica habían sido anárquicos y confusos. La mayoría de los candidatos esperables a ocupar el puesto de Ministro de Magia habían muerto, y el gobierno necesitaba alguien transparente con quien la gente pudiese identificarse. El puesto había recaído sobre sus hombros como una túnica demasiado grande y demasiado pesada. Kingsley había hecho todo lo que estaba en sus manos para elevarse al nivel que requería la situación. Había cumplido. La gente lo había reelecto. En varias ocasiones.

Y entonces había llegado la Rebelión de los Magos, y todo el arduo trabajo que habían puesto en crear una sociedad en paz y armonía se había visto comprometido. Se había visto obligado a renunciar al cargo en medio del escándalo y la vergüenza. Y así como su partida había sido presurosa y sin muchos preámbulos, también lo había sido su regreso.

Una vez más, Shacklebolt se encontraba ocupando el asiento de Ministro sin haberlo pedido. Una vez más, el mundo entero pendía de una cuerda mientras él intentaba evitar su autodestrucción. Habría preferido estar en el campo de batalla, combatiendo frente a frente con el enemigo. En cambio, se encontraba en la seguridad de una oficina, coordinando desde la distancia los distintos sectores del Ministerio para contener el ataque contra Azkaban lo más rápido posible.

Hemos perdido comunicación con la isla, señor —le informaba en ese momento una de las Vigilantes de la Red a través del comunicador.

—¿Han probado por el canal alternativo? —insistió Kingsley, paseándose inquieto por la oficina.

Sin respuesta, señor —confirmó la voz femenina.

—¿Cuánto tiempo lleva así?

Un minuto y quince segundos.

—¿Y Camelot?

La ruta de Aparición sigue bloqueada. Transporte está trabajando en eso mientras hablamos…

—¿Dónde está Misterios, Donna? —la interrumpió Shacklebolt, impaciente. Hubo una pausa desde el otro lado del comunicador.

Estamos intentando localizar al señor De Fazio —le respondió finalmente, incómoda debido a que claramente no era la respuesta que el Ministro esperaba oír. —Pero el señor McMillan se ha puesto en contacto con el gobierno alemán. Dos embarcaciones que estaban por la zona se dirigen hacia Azkaban para evacuar a nuestra gente… en caso de que sea necesario —agregó con cautela.

—Bien —aceptó lo poco que podía conseguir. —Mantenme actualizado, Donna —le ordenó con un suspiro, mientras se frotaba el entrecejo con una mano.

Sí, señor ministro —la comunicación se interrumpió.

Volvió a sentarse en la silla frente al escritorio en un intento por recobrar la calma. Se culpaba por no haberlo previsto. Desde el momento en que desenmascararon a Linus Cavenger había sabido que el Mago de Oz no se quedaría tranquilo. No era el perfil de criminal que se quedaba de brazos cruzados cuando sus planes comienzaban a truncarse. Sabían que iba a contra atacar y con fuerza. Y sin embargo…

La puerta de su oficina se abrió. Kingsley levantó la mirada a tiempo para ver al jefe del departamento de Misterios entrar por la misma.

—Vittorio, ¿dónde te habías metido? —le recriminó Shacklebolt.

—Lo siento, viejo amigo —le respondió con una expresión extrañamente tranquila, mientras se sentaba en la silla frente a él. Kingsley frunció el ceño.

—Azkaban se encuentra bajo ataque —le informó sin poder ocultar su exasperación. Vittorio lo miró fijamente.

—Lo sé —confirmó el jefe de Misterios, manteniendo su imperturbabilidad.

—La Rebelión ha llevado de regreso a los dementores. Necesito que los Inefables reactiven las viejas barreras de la prisión para contenerlos —continuó Kingsley, intentando incitar la urgencia en su colega.

Décadas atrás, antes de las guerras mágicas, el Ministerio de Magia había planteado por primera vez el dilema respecto a utilizar a los dementores como guardacárceles. En aquel entonces, la población de dementores había comenzado a crecer dentro de la isla, y la preocupación porque algún día decidieran salir a buscar almas de las que alimentarse en algún otro sitio empezó a surgir. Fue así como el departamento de Misterios desarrolló un sofisticado sistema de contención en torno a la isla, como una red invisible que limitaba la capacidad de los dementores de movilizarse o salir de ésta. Y durante muchos años, no se volvió a discutir al respecto.

Después de la Segunda Guerra Mágica, el debate en torno a los dementores volvió a resurgir. Esta vez, la postura del Ministerio fue inflexible: no podían vincularse con semejantes espectros. Los dementores fueron expulsados de Azkaban y reemplazados por Aurores. Y las barreras que alguna vez habían servido para controlarlos cayeron en desuso, inactivadas y silentes.

Ahora, Kingsley las volvía a necesitar. Los dementores habían regresado a la isla y necesitaba encontrar una forma de poder contenerlos el tiempo suficiente para llamar a los refuerzos y evacuar a los heridos.

El único Inefable capaz de ejecutar esa orden en tiempo y forma era el hombre que se encontraba sentado frente a él.

—No —respondió Vittorio, sosteniéndole la mirada con fría determinación, mientras cruzaba las manos sobre su regazo en un gesto expectante.

Kingsley había perdido la cuenta de los años que llevaba conociendo a Vittorio. De Fazio había llegado trasladado desde Italia luego de una terrible guerra civil entre magos que prácticamente había destruído al país mágico en el proceso. Vittorio había aprovechado el caos post guerra para solicitar un nuevo puesto en el departamento de Misterios inglés. Llevaba tanto tiempo dentro del Ministerio, que Kingsley se había acostumbrado a su presencia tranquila e imparcial. Había sido un eslabón fundamental durante la reestructuración del Ministerio de Magia en el período posterior a la muerte de Voldemort, y con su ayuda el pueblo mágico inglés había prosperado y sanado.

La presencia de un infiltrado dentro del departamento de Misterios se había hecho evidente tiempo atrás, pero Kingsley no se había planteado la posibilidad de que fuese Vittorio. Si el hombre alguna vez se había mostrado reticente a colaborar con ellos, Kingsley lo había interpretado como un acto de proteccionismo contra su departamento más que como un acto de verdadera traición. Sus intenciones siempre le habían resultado bien intencionadas.

Se había equivocado. Había estado demasiado enfrascado en sus propios problemas, frenético en su desesperación por contener el golpe contra Azkaban, que no había visto más allá de lo esperable. Pero ahora, sus ojos examinaban a Vittorio De Fazio como si estuviesen viéndolo por primera vez, como si no fuese el hombre con quien había trabajado durante casi dos décadas, sino un completo extraño. Uno muy peligroso.

Notó el desgaste debajo de sus ojos, oscuros y hundidos, exhaustos. Notó el cabello más blanco y fino de lo habitual. Notó las finas venas ennegrecidas que recorrían sus manos, señal de que magia oscura había corrido por su cuerpo recientemente. De Fazio le dedicó una sonrisa suave y triunfante, mientras esperaba a que Shacklebolt atara todos los cabos sueltos.

Los robos dentro del Departamento de Misterios, la ayuda para abrir el Templo de Hades, para descifrar las barreras de Hogwarts y encontrar los puntos débiles en el Velo, la falta de colaboración al momento de llevar adelante investigaciones en su departamento, la demora que tuvieron en activar el sensor de Maldiciones Impredonables cuando acusaron falsamente a Harry. El asesinato de Bradshaw y la todavía más extraña muerte de Linus Cavenger… Todo tenía un factor en común.

Él.

—Tú —jadeó Kingsley, atando finalmente todos los cabos.

—Yo —confirmó Vittorio con una tenue inclinación de su cabeza.

El cuerpo del ministro se tensó de pies a cabeza, su mano contrayéndose instintivamente para tomar su varita. Pero el jefe de Misterios, sin embargo, no se movió de su silla. Su actitud impasible, sin señales de querer atacar, generó un mal presentimiento dentro del ministro.

—¿Qué has hecho con mi seguridad? —disparó, esperándose lo peor. Vittorio chasqueó la lengua.

—Tranquilo, Kingsley —le respondió—. El auror Smith se encuentra a salvo… por ahora.

—¿De qué depende? —había una trampa. Lo sabía. Pero aún no lograba encontrarla. Y Vittorio no parecía presuroso por revelarla.

—De ti, por supuesto —le indicó con un gesto amplio de su mano, enseñándole la palma de la misma de manera inocente—. He sido misericordioso con él. Pase lo que pase aquí hoy, puedes tener la certeza de que Kevin Smith nunca lo recordará.

—Si crees que puedes matarme y salir airoso de aquí, has sobreestimado tus habilidades, Vittorio —le advirtió Kingsley. Vittorio rió, un sonido profundo y relajado.

—No, claro que no. No me cabe duda de que me derrotarías en un combate cuerpo a cuerpo, mi viejo amigo —aceptó con una reverencia.

—¿Entonces a qué has venido? —entornó la mirada. Presentía que estaban llegando finalmente a la verdad.

—He venido a ofrecerte un trato —soltó por fin Vittorio, despegando la espalda del respaldo de la silla e inclinándose sobre el escritorio para acortar la distancia entre ambos. —Reactivaré las barreras de Azkaban y devolveré la comunicación entre tus fuerzas de aurores a cambio de que te quites la vida —lo dijo con simpleza, como si estuviese sugiriendo una lógica transacción.

—Estás loco —fue la primera reacción de Kingsley, y esta vez fue su turno de reír. Su risa, sin embargo, carecía de la frescura y la confianza de Vittorio. Era un sonido rígido y cargado de incredulidad.

—Todos los grandes cambios en el mundo han sido impulsados con una dosis de locura, ¿no lo crees? —coincidió encogiéndose de hombros despreocupadamente.

—¿Me estás pidiendo que cometa un suicidio? —quiso asegurarse el ministro. La expresión de Vittorio cambió a una más empática, casi apenada.

—Créeme, Kingsley. No siento placer en este pedido. Soy consciente del alto precio que implica cada gota de sangre que se derrama en el camino. No deseaba llegar hasta aquí, pero ustedes no me han dejado alternativa —suspiró. De forma casual, descorrió el puño de su túnica para comprobar la hora en su reloj de pulsera—. Esta es tu realidad en este momento, viejo compañero: Tus hombres se encuentran aislados y rodeados. Mi gente ha penetrado la seguridad de la isla y ha liberado a los prisioneros. La mitad de tus aurores están muertos, y la otra mitad morirá en breve si no logras sacarlos de allí —explicó con impávida paciencia el hombre.

—Puedo arrestarte ahora mismo —lo amenazó Shacklebolt. Vittorio curvó las cejas y volvió a sonreír.

—Podrías, claro. Pero estarías condenando a muerte a todos los que enviaste a esa isla maldita al hacerlo —señaló.

—No eres el único Inefable que puede ayudarnos —Kingsley no estaba dispuesto a darse por vencido.

—Soy el único que puede hacerlo lo suficientemente rápido como para que sirva de algo. Y tú lo sabes —fue el turno de Vittorio de soltar una amenaza.

—Nadie creerá que me he suicidado —dijo Kingsley levantando el mentón de manera orgullosa.

—Oh… Lo harán. Porque dejarás atrás una emotiva carta explicando cómo no pudiste soportar la vergüenza y la culpa de estos catastróficos eventos, y en cambio decidiste quitarte la vida para conservar el poco honor que aún te quedaba —chasqueó la lengua con fingida aflicción, mientras sacaba del bolsillo de su túnica un trozo de pergamino pulcramente plegado y lo colocaba sobre el escritorio frente a él.

Kingsley vaciló un instante y finalmente cedió a la tentación de leerla. Efectivamente, era una nota de suicidio donde especificaba el ataque a Azkaban como el motivo desencadenante del mismo. Resopló, irritado e impotente.

—Tu plan no funcionará. Sabrán que estuviste aquí y atarán los cabos. Descubrirán quién eres en verdad —sentenció Shacklebolt, sus ojos negros brillando intensamente.

—Tal vez —le concedió la posibilidad De Fazio—. Pero es un riesgo que estoy dispuesto a tomar. La pregunta es: ¿estás dispuesto a pagar ese precio?

Las palabras quedaron flotando entre ambos como un presagio ominoso, y casi como si estuviesen coordinados, el comunicador de Kingsley sonó, una llamada entrando desde la Red de Vigilancia. Vittorio volvió a reclinarse en el asiento, y con dos dedos golpeteó sobre el reloj de pulsera que yacía en su muñeca izquierda. Se les terminaba el tiempo.

Tenía que tomar una decisión.

—Aquí, Shacklebolt —atendió el llamado, sin despegar los ojos de Vittorio.

Kingsley, aquí Penélope Clearwater. Creo que he encontrado una forma de reestablecer conexión con Azkaban, pero necesitamos a… —empezó a decir desde el otro lado la voz de la jefa de Transporte Mágico.

—A De Fazio—la interrumpió Kingsley, exhalando pesadamente.

Sí, Necesitamos a Misterios aquí. Ahora, si es que queremos sacar a alguien de allí con vida —acentuó la mujer.

Ahora. Se había terminado el tiempo. Y en el fondo, Kingsley Shacklebolt seguía siendo un auror. El Mago de Oz lo sabía.


La pantalla del panel de control de la seguridad de Azkaban era una sucesión de luces rojas titilando y alarmas sonando. Los Vigilantes a cargo de la operación del mismo movían sus dedos frenéticamente y corrían de un lado a otro intentando contener lo inevitable: Azkaban estaba cayendo en manos enemigas.

Ron observaba desde la zona alta de la sala sintiéndose impotente. No había nada más que hacer hasta que no lograran reestablecer la comunicación con el resto de la isla y desbloquear las rutas de Aparición.

Miró a su alrededor: de los treinta y ocho aurores con los que se había dirigido hacia el ala sur, solo veintitrés habían logrado retroceder con vida hasta la Torre de Control. Los Rebeldes habían atacado con bombas inhibidoras de campos de seguridad y explosivos de alto impacto. Ron y su equipo habían contraatacado, destruyendo una de las embarcaciones, pero no habían estado preparados para los dragones. Dos criaturas inmensas habían atravesado el cielo sobre ellos y habían escupido fuego sobre las azoteas y en las torres de vigilancia del sector sur. Seis de sus aurores habían muerto incinerados en el acto. Se habían visto obligados a retroceder, y los Rebeldes habían aprovechado la oportunidad para desembarcar en la costa.

A partir de allí, todo había sucedido demasiado rápido y letal. La Rebelión había detonado una de las paredes laterales, penetrando en la edificación. Ron había perdido comunicación con Zaira en el ala norte. Habían quedado peleando a ciegas, contra un ejército cuyas líneas se vieron rápidamente duplicadas cuando los Rebeldes finalmente consiguieron violar los códigos de seguridad de las celdas y liberar a los prisioneros.

No tuvo más opción que rebatirse una vez más, retrocediendo hasta la sala central de la fortaleza, atrincherándose finalmente en la Torre de Control. Allí, estaban resistiendo como podían, mientras los prisioneros corrían libres y enfurecidos por los corredores de la prisión, y el auror Towers gritaba órdenes a diestra y siniestra, intentando reestablecer la conexión con el cuartel de Aurores.

Cada tanto, Ron volvía a probar la comunicación a través de su Lombriz, con la ingenua esperanza de que Zaira respondiera eventualmente. Pero solo recibía silencio desde el extremo contrario, y a medida que la nube negra de dementores iba devorando el ala norte, empezó a temer lo peor.

—Cuartel, Aquí Azkaban, ¿me escuchan? —insistía Towers—. Aquí Azkaban, ¿ME ESCUCHAN? —no se daba por vencido.

Silencio.

Y luego, el comunicador flú chispeó, un destello verde que desentonó con el resto de luces rojas y amarillas que lo rodeaban.

Azkaban, aquí Cuartel. ¿Me copian? —se escuchó la voz inconfundible de su mejor amigo desde el otro lado.

Ron se abalanzó sobre el tablero.

—Bendito Merlín, creo que nunca me alegré tanto de escuchar tu voz, Harry —suspiró el pelirrojo, una sonrisa de esperanza asomando en su rostro pecoso. Creyó escuchar a Harry soltar un largo suspiro desde el otro lado del comunicador antes de volver a hablar.

—Ron, nuestra red nos informa que hemos perdido tanto el ala norte y el ala sur, ¿puedes confirmar esta información? —interrogó expeditivamente Harry.

—Afirmativo. Estamos rodeados y… he perdido comunicación con el pelotón de Levington —agregó mordiéndose el labio inferior.

Una breve pausa.

Aquí censamos que los Rebeldes han activado múltiples inhibidores de Lombrices. No obtendrás respuesta incluso si… —Harry no logró completar la frase. No era necesario. Ambos sabían que las posibilidades de que Zaira y su pelotón siguieran con vida eran bajas.

—Harry, necesitamos refuerzos —retomó Ron, comprendiendo que no podían permitirse esos pensamientos en un momento así.

Weasley, aquí Penelope Clearwater —entró en conversación la jefa de Transporte—. Hemos logrado desbloquear la ruta de Apariciones, pero el único portal que ha quedado funcional tras el ataque es el del ala norte.

—El ala norte esta infestado de dementores, Penélope —le dijo Ron.

Creemos que podemos reactivar las viejas barreras de la prisión para contener a los dementores en un único sector y conseguir así una ruta de acceso para los refuerzos de Camelot —barajó Harry, pero el tono en su voz anticipó que algo de ese plan no iba a gustarle.

—¿Cuál es la trampa? —suspiró Ron, frotándose el rostro con una de sus manos.

Verás, muchacho, el sistema no se ha utilizado en más de veinte años. Puedo manipular las barreras desde aquí, pero el encendido debe hacerse de forma manual… desde allí —explicó la voz grave y pausada de Vittorio De Fazio.

Ron deslizó la mano desde su rostro hacia atrás, peinando su cabello rojizo, el sudor pegándolo a su frente. Sus ojos se desviaron momentáneamente hacia el ventanal desde donde podía verse el sector norte, oscuramente macabro. En total, el ala norte había contado con cinco guardiacárceles, cuatro Tiradores y un refuerzo de treinta Aurores. Ninguno había regresado a la Torre de Control.

—¿Dónde? —preguntó Weasley, sabiendo que no tenía alternativa.

Cada sector de Azkaban tiene una sala de comandos individualizada ubicada en el sótano, diseñada para funcionar por separado —respondió Vittorio.

—¿Alguien aquí sabe cómo llegar a ese lugar? —inquirió Ron, dirigiéndose a todos los presentes en la torre de control.

Uno de los Vigilantes levantó la mano con torpeza, intentando mantener a raya el temblor que delataba su miedo. Era solo un muchacho, seguramente algún nerd de Ravenclaw que había pensado que una temporada como Vigilante en Azkaban engrosaría favorablemente su curriculum para luego conseguir un puesto en la Red de Vigilancia, o incluso en una organización internacional. Posiblemente apuntaba hacia algo ambicioso como la Confederación Internacional de Magos. Un chico con la cabeza llena de sueños grandiosos. Ron se maldijo internamente por lo que estaba a punto de pedirle.

—Voy a necesitar que vengas conmigo, chico.

—Sí, señor —respondió de inmediato el Vigilante, poniéndose de pie e irguiéndose en toda su estatura.

—Harry, ¿puedes conectar mi comunicador portátil a esta línea?

Afirmativo —confirmó su mejor amigo, desde el altavoz.

—Towers, voy a necesitar que abras la puerta que comunica con el sector norte —ordenó Ron al tiempo que chequeaba el equipamiento con que contaba. Había agotado sus bombas de humo y solo le quedaba una cápsula aturdidora. Cuando giró para acercarse a la consola de armamento se encontró con el Hamilton Knight ya se encontraba allí, buscando repuestos.

—No creíste que me iba a perder la oportunidad de hacer explotar a un montón de dementores, ¿no? —bromeó el ex jugador de Quidditch, mientras le arrojaba una de las bombas para que Ron la atrapara.

—Sabes que eso no va a matarlos, ¿verdad? —señaló Weasley, arqueando levemente las cejas. Hammer se encogió de hombros.

—Nunca se han cruzado conmigo todavía —vaticinó de forma confiada Knight.

—Tu optimismo es envidiable.

—Yaxley diría que es estúpido —dijo con una sonrisa triste.

—Eso también —sonrió también Ron—. Hammer, no sé lo que vamos a encontrarnos allí afuera, ¿lo entiendes, verdad? —insistió en ello.

—Él podría estar allí, Ron —se justificó su aprendiz.

Ron no insistió. Ambos terminaron de equiparse con presteza y en silencio. El Vigilante los observaba pálido y con ojos inmensos.

—¿Cómo te llamas, chico? —le preguntó Ron, apiadándose de él.

—Oscar —respondió en un hilo de voz.

—Toma, Oscar —le dijo mientras le entregaba un chaleco y un par de bombas—. Quédate cerca de mí e intenta no mearte encima.

—Sí, señor —aceptó Oscar, colocándose con manos torpes el equipo.

Towers les hizo una señal indicando que estaban por abrir la puerta norte. Su mano se elevó en el aire, los cinco dedos extendidos marcando los segundos. Uno a uno, fueron bajando. Ron y Hammer levantaron sus escudos, listos. Cuatro, tres, dos, uno…

La puerta se abrió ante ellos. Una bruma negra y espesa, de una consistencia antinatural, comenzó a ingresar por la abertura.

—¡Son Sombras! ¡Towers, cierra la puerta detrás nuestro! —le ordenó Ron, reconociendo la magia oscura.

Hammer empujó a un paralizado Oscar hacia delante, obligándolo a avanzar por el corredor. Los tres se introdujeron en la espectral negrura. A sus espaldas, se escuchó el ruido hermético de la puerta al cerrarse.

Inmediatamente, Ron sintió la magia de las sombras intentando doblegarle el espíritu. Su pecho se llenó de desesperanza, su misión convirtiéndose en un imposible de realizar. ¿En qué había estado pensando?

Expecto patronum —tiritó hacia la oscuridad. Su espíritu guardián salió corriendo desde el extremo de su varita, su cola agitándose alegremente, mientras rodeaba a su pequeño grupo, apaciguando al menos un poco el malestar que sentían. —¿Hacia dónde, Oscar? —lo apremió Ron.

El Vigilante no fue capaz de hablar. En cambio, señaló con el dedo índice hacia la derecha. Caminaron en silencio y alertas, los vellos de la nuca erizados y un sudor pegajoso y frío resbalando por sus frentes. Ron debía usar toda su concentración para mantener su guardián, los recuerdos felices que lo alimentaban volviéndose más débiles con cada paso que daban. Junto a él, Hammer se mantenía con la varita en guardia, a la espera de una posible emboscada o ataque imprevisto.

Encontraron al primer dementor al girar en el siguiente pasillo. El Jack Russell plateado de Ron se abalanzó sobre éste y la criatura escapó de nuevo hacia las sombras, lejos de su alcance.

—¡Saben que estamos aquí! ¡Corran! —bramó Ron disparando pasillo arriba, sabiendo que en cuestión de segundos estarían rodeados de dementores.

Efectivamente, habían tomado la siguiente bifurcación cuando otros dos espectros más los interceptaron. El patronus logró mantenerlos a raya a duras penas.

—¡Oscar! —lo apremió Hamilton, lanzando una mirada por sobre su hombro sólo para comprobar que al menos media docena de dementores los seguían.

—¡Ya casi estamos! —le dijo el chico, jadeante. Apuntó una vez más hacia la derecha.

Efectivamente, al final del corredor, unas escaleras descendían hacia el subsuelo de la construcción. Era evidente que nadie había tomado ese camino en mucho tiempo. Sus escalones estaban resbaladizos a causa del moho que se había acumulado con la humedad del mar y el aire apestaba a encierro.

La escalera desembocaba en una sala redonda, todas sus paredes cubiertas de engranajes, paneles, jeroglíficos y runas, sucias con polvo y telas de araña.

—Dime que sabes operar esto, chico —suplicó Ron, mientras sacudía su varita para direccionar el patronus contra el dementor que acaba de descender por las escaleras.

—Voy a necesitar unos minutos, señor Weasley —le indicó Oscar, mientras ponía manos a la obra a intentar descifrar el antiguo sistema.

Junto a Ron, Hammer había invocado también a su espíritu guardián. Ambos animales centelleaban en medio de la oscuridad, iluminando la sala y repeliendo a los dementores que se acumulaban incansablemente frente a ellos.

—¡Tienes menos de un minuto, Oscar! —fue la contraoferta de Ron, mientras sentía cómo su patronus iba perdiendo poco a poco su fuerza. Tanteó a ciegas el comunicador en su cinturón, desenganchándolo y encendiéndolo para hablar por él—. Harry, ¿me escuchas? —llamó en un tono que denotaba urgencia.

¡Afirmativo, Ron! ¿Cuál es tu situación? —le respondió Harry.

—¡De muerte inminente, esa es mi situación! —gritó a través del comunicador, mientras los dementores presionaban contra sus patronus.

El espíritu guardián de Hammer se había difuminado hasta volverse simplemente un halo de luz blanca que manaba desde su varita, cada vez con menor intensidad. Si Hammer caía, Ron sabía que no podría soportar a tantos dementores él solo.

¡Tienes que encender el sistema, Ron! —volvió a insistir Harry.

—¡Es lo que estamos intentando!

Un gemido desde el sitio donde se encontraba Hamilton anunció que su patronus se había apagado. Knight se tambaleó y los dementores se apresuraron sobre él. Desesperado, Ron envió a su guardián hacia él. Los dementores apenas cedieron lo suficiente como para que Hamilton pudiera retroceder y dejarse caer contra la pared más cercana.

—Lo siento, Ron —se disculpó su discípulo, mientras los párpados amenazaban con cerrársele.

—¡Mierda! ¡Oscar! —volvió a apresurarlo, mientras tiraba de Hammer con una mano para acercarlo más hacia donde estaba el Vigilante y con la otra sostenía su varita.

Su patronus perdió la forma corpórea, anunciando el inicio del fin.

—¡Lo tengo! ¡Señor Weasley, lo tengo! —gritó Oscar, histérico, tras introducir su varita para usarla a modo de palanca y accionar la última parte del sistema. Los engranajes chirriaron, y una secuencia de luces comenzó a brotar en la pared, encendiéndose rítmicamente.

Oscar observó hacia la entrada de la sala por donde seguían ingresando los dementores con un claro gesto de desconcierto. Había activado el sistema… Si todo salía bien, los dementores deberían de detenerse en breve. Pero los segundos pasaban y los dementores siguían llegando, más sedientos con cada minuto que pasaba, y el ahora frágil patronus de Ron como única barrera entre ellos.

—¡Harry! —jadeó Ron por el comunicador, agotado. Las piernas le temblaban a causa del esfuerzo físico de cargar con el peso de Hamilton—. ¡Levanta esas putas barreras de una vez! —suplicó, una de sus rodillas hundiéndose contra la piedra.

Su patronus se apagó. La sala quedó a oscuras, a excepción de los destellos de colores provenientes del panel de control que Oscar había encendido.

—¿Sigues creyendo que las bombas no son una buena idea? —graznó Hamilton, arrastrando las palabras con dificultad a causa de la debilidad que sentía, sus ojos entrecerrados.

—Yo digo que los volemos en mil pedazos —estuvo de acuerdo Oscar, sus manos temblando a causa de la adrenalina que intoxicaba su cuerpo.

—Este chico me cae bien —sonrió con pesadez Hamilton.

—Que me lleve el infierno… Hagámoslo —aceptó Ron.

Cada uno de ellos tomó la bomba más potente que tenía en su arsenal. Las activaron en simultaneo y las lanzaron hacia la boca de las escaleras, por encima de las cabezas de los dementores. Una de ellas golpeo contra el marco superior del pasillo y cayó al suelo entre los dementores. La explosión causó lenguas de fuego que treparon veloces por las túnicas raídas, extrayendo chillidos de sorpresa (o tal vez dolor) de las criaturas.

Las otras dos bombas entraron exitosamente en el pasillo de las escaleras, haciéndolo explotar y enterrando bajo los escombros a otro puñado de monstruos.

Aún quedaba unos diez dementores con vida, y ellos se habían quedado sin armamento pesado y la ruta de escape a medio demoler. Las criaturas avanzaron primero lentamente, tanteando el terreno. Pero al ver que los aurores estaban exhaustos y que se habían quedado sin más sorpresas bajo la manga, aceleraron su embestida.

Las manos putrefactas de los dementores intentaron aferrarse a todo resquicio de piel que pudieron encontrar. A su espalda, Oscar chilló y se sacudió en el aire mientras uno de los monstruos lo sujetaba desde el cuello.

Expecto Patronum —Ron apenas pudo pronunciar el hechizo, otra de las criaturas tirando de sus piernas para arrastrarlo hacia ellos.

Un destello plateado danzó hacia Oscar, enroscándose en las manos del dementor y consiguiendo que finalmente que lo soltara. Pero el Vigilante cayó al suelo respirando con estridor, los ojos inyectados de sangre y la mirada repleta de crudo terror.

Se escuchó un "click" proveniente de la consola de control que Oscar había activado. Las conexiones entre las estructuras comenzaron también a encenderse, uniéndose entre sí por un hilo dorado, como un río que fluía con información desde un lado a otro. Y no era cualquier información: era magia en funcionamiento.

Las paredes de la habitación temblaron, y a Ron le tomó varios minutos caer en cuenta que no se trataba simplemente de la habitación. Todo el sector donde se encontraban estaba moviéndose desde lo profundo de sus cimientos.

Sintió ese chasquido invisible que antecede la presencia de una barrera, seguida por una corriente de magia cruda, que barrió con ella a los dementores, empujándolos y retirándolos.

Ron se dejó caer de espaldas, con los ojos cerrados y la respiración acelerada, mientras intentaba recuperarse de lo que acaba de suceder. Junto a él, Hammer seguía inconsciente. Oscar respiraba de forma muy superficial. Ron no se animaba a examinarlo para comprobar si simplemente estaba desmayado, o si se había convertido en una cáscara vacía sin alma.

Aquí, Camelot. Hemos ingresado por el ala norte. ¿Alguien nos escucha? —la voz conocida de Agamenon Axton llegó hasta Ron como un oasis en medio del desierto. —¡Aquí, Camelot! ¿Hay alguien del otro lado?

—Te tomaste tu tiempo para venir, colega —le criticó Ron con voz áspera. Agamenon se rió a través del comunicador de larga distancia.

Activa tu localizador. Voy a sacarte de esta isla maldita, Weasley —le prometió su antiguo aprendiz.


Cinco libros y cuarenta y seis capítulos después... Finalmente hemos llegado a conocer la identidad del Mago de Oz. Y como no podía ser de otra forma, fue con una batalla.

Gracias a aquellos que se quedaron hasta aquí, gracias por la paciencia, los comentarios, las buenas energías y el cariño.

Espero que les haya gustado.

Saludos,

G.