Más tarde, salí de la Boutique Carrusel. Después de haberme probado varios atuendos de los que Rarity había escogido, quedamos de acuerdo con uno que lo mostraré el día de la gala.

Tuenji nunca llegó en ese lapso de tiempo; supuse que vendría más tarde. De cualquier forma, no la iba a esperar, así que salí a pasear un rato, evitando por supuesto la plaza donde ella vendía sus feas lámparas.

Paseé tanto que me aburrí, ¿pero sino qué más iba a hacer? No quería estar en el castillo para de vuelta perderme en sus pasillos laberínticos.

Solo seguí caminando. Pensé aunque sea ir a hablar con alguien, quizás con Fluttershy, ya que ya habíamos hablado una vez y dijimos de volver a conversar en otro momento; aun así, no me pareció lo más apropiado irla a buscar en su casa donde ella prefería estar a solas con sus animales.

Mientras caminaba, no me había percatado que frente a mí estaba el spa, cuya puerta se abrió y de ella salió una unicornio azul cielo con melena y cola plateadas. Su expresión parecía muy relajada; no había duda de que venía del spa.

Fingí que no la había visto, pero por el rabillo del ojo vi que la unicornio se percató de mi presencia y empezó a trotar hacia mí.

Quizás de todos los ponis que conocía, Trixie era a la que más miedo le tenía; daba la ilusión de que un aura misteriosa la siguiera a donde sea que iba.

De la puerta del spa también salió Fluttershy, lo cual hubiera sido tonto ir a buscarla a su casa. Me miró un segundo para luego retirarse volando.

—¡Witer, que sorpresa! —me dijo Trixie en cuanto se acercó.

—Sí, bastante, creo. Muy buen espectáculo el de ayer. —Dije la primera cosa que me llegaba la cabeza.

—Oh, tú sabes que fue mucho más que eso. Las presentaciones de Trixie siempre son más que espléndidas y magníficas.

—Cierto —acepté con una risa falsa. ¿Qué más podría haber respondido? Esta pony era difícil de tratar.

—Pero obviemos eso al menos por hoy, ¿quieres? —dijo Trixie—. ¿Podrías venir conmigo para... dialogar? —Me miró mostrándome su perfil, y con la típica sonrisa de la gran y poderosa Trixie que la hacía creerse inmutable como una montaña.

¿Con cuántas ponis más iba a tener charlas en privado? Trixie ya era la tercera a este punto de la historia. Hubiera sido bonito que este relato fuera calificado como harem, sería mucho más alegre, ¿no creen?

Pero nada, ahora tenía que decirle que sí a Trixie. ¿Por qué decirle que no? Era más probable tener problemas si me negaba. Ella poseía buenos poderes a diferencia de mí, mañana podría amanecer muerto.

—Claro —respondí. Ni me tomé la molestia en fingir encanto o emoción. Ya estaba medio harto de estas charlas.

Ella me guiaba por Ponyville mientras yo rezaba para que no me viera Tuenji; se armaría la gorda si eso pasara, y no ayudaba que Trixie caminara con toda la paciencia del mundo como si fuera la dueña de la carretera.

Salimos a las afueras de Ponyville, en unos prados. Subimos una colina donde había un árbol solitario, acompañado solo por el remolque de Trixie: azul y bien detallado con estrellas que tenían el sello distintivo de la gran y poderosa unicornio.

Cuando llegamos, Trixie me instó a entrar primero: estaba más acomodado que la vez pasada, cuando por arte de magia, o por algo más, había caído ahí mismo; las ventanas estaban abiertas, haciendo el interior menos sofocante y siniestro; había cajas aquí y allá, llenas de los típicos objetos para magos; colgados a cada lado del remolque, había dos hamacas que ya me eran familiares, aunque no las había visto el día del espectáculo.

—Siéntete cómodo en alguna de estas —dijo Trixie señalando las hamacas—. Disculpa, pero es lo mejor que tengo.

Añado que era el lugar más random al que me han invitado hasta ese momento. No me podía quejar de los intentos de Trixie en hacer más cómodo esto para mí, pero, aunque había suficiente luz y estaba bien ordenado para admitir visitas, se sentía un poco claustrofóbico, y hablar desde unas hamacas no era —ni creo que lo vaya a ser nunca— lo más cómodo para un diálogo serio; más pareciera que estábamos organizando una pijamada.

—Creo que prefiero quedarme acá en sentado —respondí mientras me sentaba en el suelo de madera de un azul cielo.

Trixie arqueó una ceja.

—Bueno, si así deseas, Trixie también se queda acá —dijo mientras me imitaba y cerraba la puerta del remolque con su magia.

Cuando se cerró la puerta mi corazón se alarmó.

—¿Por qué la puerta cerrada? —pregunté nervioso.

—Es menester que nadie sepa de lo que hablemos acá —respondió Trixie—, y mientras no se enteren de que hemos hablado, mejor.

—¿Por qué? —me atreví a preguntar.

—Voy a ser muy franca contigo, Witer, y voy a confiar plenamente en ti, porque rutas seguras ni existen ni sirven. Ya debes estar harto de esto con esa tal Tuenji, y Twilight de por medio metiendo la cuchara, cuando ellas no tienen ni idea de lo que está pasando acá.

Agradecí que al menos Trixie, a diferencia de las otras, sonaba más empática con el protagonista de esta historia. Palabras así son capaces de arrebatarme la atención. Si lo que quería era engañarme, estaba jugando sus cartas demasiado bien.

—Voy a escuchar lo que tengas que decirme —dije—. Siento que ocurren cosas, pero no me entero de nada.

—Trixie, gustosa, lo hará —respondió ella, orgullosa—. El Bosque Prohibido se ha estado volviendo mucho más salvaje de lo que ya era. Parece haber una entidad en lo más profundo del bosque, y está buscando algo; algo que tu quizás sepas, Witer.

—En realidad, yo no sé nada —la interrumpí.

—¿Nada?

—Lo olvidé todo. A veces recuerdo algo de repente. Solo me ha pasado una vez: una noche me vino a la mente un cáliz negro, y brillaba de celeste desde el interior.

—¿Un cáliz negro? —soltó Trixie.

Creí que me dejé llevar por el momento; eso no se lo había contado ni a Twilight ni a Tuenji.

—Muy interesante, Witer —continuó Trixie—. ¿Hay algo más que puedas contarme?

—De momento, eso es lo único —respondí. Si supiera otra cosa no se lo iba a contar.

—¿Y entonces crees también que vienes de otro mundo?

—Es lo que decía Tuenji al menos.

—Trixie ya había hecho esa teoría antes —dijo Trixie alzando la voz con disgusto.

—¿Pero entonces cómo puedo volver a mi mundo en paz?

—Tú sabrás.

—He dicho que no sé nada.

—En lo más profundo de ti, sí. Tienes que recordar todo, o al menos lo importante. Sobre todo si tiene que ver con ese cáliz negro.

—Pero ¿cómo?

Trixie se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió con su típica sonrisa, lo que me irritó bastante—. Podré saber bastante, pero no lo que tú sabes.

—¿Y por qué dices que tú sabes más que las otras? —pregunté.

Entonces la expresión de Trixie se tensó, eliminando cada rastro de su sonrisa. Se puso de pie y golpeó el suelo con su casco, ocasionando un sonido seco que hizo transformar el área a mi alrededor en aquel lugar oscuro donde no había salida; el mismo al que Trixie me había enviado la vez que participé en su obra.

Debido a la oscuridad no pude verla hasta que encendió su cuerno, iluminando su cara que estaba solo a unos centímetros de la mía.

—Yo fui tomada por lo que sea que es eso: la entidad que te comenté. Me está enviando para investigar, no sé qué es lo que busca; él habla en enigmas, pero no le estoy haciendo mucho caso. Sea lo que sea que está buscando, lo busco solo para usarlo en su contra; no sabemos lo que puede hacer ni lo poderoso que es, por esa razón hay que andar con cuidado. Por eso ha sido novedad que hayas venido; tú debes ser, al menos en parte, la clave. Puedes creer que no lo eres, y puede que también nos estemos equivocando, pero si hay una posibilidad, no hay que dejarla ir hasta estar seguros.

»Y te estoy hablando con franqueza; confiando en ti para que Equestria vuelva a ser como era antes. Si llegas a decir una palabra de esto, estoy muerta. Tuenji es, o podríamos decir que lo era, parte de los nuestros, pero logró hacer que descubrieran a Zecora cuyas intenciones eran buenas y la ejecutaron por su culpa, saliéndose con la suya. Yo no puedo delatarla porque me delataría a mí también; por esa razón no podemos pelearnos todo el tiempo, sino ya la hubiese hecho tragar polvo.

»Sea en lo que sea, Witer, te ayudaré para que tú nos ayudes a nosotros, a los ponis de Equestria. Si estás con Tuenji, más cerca estaremos de ser condenados. No sé qué te ha dicho ni qué planea, pero nada bueno debe ser. Lo bueno es que lo tienes muy fácil: Twilight confía en ti; cuando se dé la mejor oportunidad puedes delatar a Tuenji y salir impune, o incluso contarle lo que me acabas de decir. Yo no puedo porque dudaría de mí, así que todo está en tus cascos.

Trixie apagó su cuerno y luego la fantasmagórica ilusión se diluyó. Al momento, ya estábamos dentro del remolque tal y como lo recordaba.

—¿Has entendido? —preguntó Trixie, volviéndose a sentar.

Yo aún seguía aturdido por su discurso, que aún hacía un esfuerzo para entrar en mi pequeño cerebro con dificultades para procesar frases de dos palabras.

—Eso creo —respondí con voz débil. De pronto me invadió un escalofrío.

—Disculpa por el susto, tiendo a emocionarme a veces con esto.

—Pero entonces... —Me interrumpió tres vibraciones repentinas del remolque—. ¿Qué fue eso? —pregunté. Del susto me levanté.

—He recibido una señal —respondió Trixie, levantándose—. ¡Tienes que irte de una vez!

—¿Qué? ¿Por qué...? —Trixie se acercó a mí y me tapó la boca.

—¡Recuerda bien lo que te dije, y ni una palabra sobre nuestra reunión! ¿Oíste?

Afuera se escuchó un aleteo de alas, que concluyó en un fuerte golpe contra el techo del remolque.

—Y si ocurre algo, puedes decirme —me susurró Trixie al oído.

Luego vi que ella se hacía más grande. Vi el suelo a mis cascos: no había más que oscuridad allí, y me tragaba poco a poco. La sensación era horripilante, como si un monstruo me tragase poco a poco. Intenté gritar, pero Trixie aún me tapaba la boca para que no dijera ni mu. Usando su fuerza, me empujó al fondo para que la cosa me tragara de una vez.

Solo pude gritar cuando ya ni podía ver a Trixie. Caía en un vacío sin fin, sin luz y sin vida alguna que pudiera escuchar mí chillido. Hasta que caí de espaldas a un preciado suelo: por suerte era pasto, sino el dolor de espalda que ahora tenía hubiese sido peor.

Me levanté. El sol me cegó cuando abrí los ojos; no sentía que había estado en oscuridad por más de treinta segundos como para que los rayos solares atacaran de tal forma mis ojos. En cuanto me acostumbré a la luz me enteré de que aparecí en la parte trasera del castillo de Twilight. Muy conveniente para irme a descansar de una vez.

¿Qué hora era? Entrecerrando los ojos, miré al sol: estaba en su punto más alto.

—¿Cómo? ¿Que todavía queda medio día? —solté como si hubiese salido de un entrenamiento intensivo y me tumbé al suelo; ya el dolor de espalda me importaba un culo.