Ayame detalló a Tanukichi durante un rato, escrutándolo con atención; como si buscara algo que delatara sus intenciones. Comprobaba que el chico estuviera diciendo la verdad.
Al confirmar que no mentía, el color en el rostro de Ayame terminó por irse al carajo, llevándose su tranquilidad y concentración en el proceso. Exhaló un suspiro de frustración, se incorporó y, con los brazos en jarra, junto a una expresión que flotaba entre preocupada y meditabunda, dio vueltas alrededor del lugar.
—Eh… Kajō-senpai… —dijo Tanukichi al ver su comportamiento—. ¿Está bien?
—¿A ti te parece que estoy bien, Bakakichi? —espetó la mencionada, molesta y en el límite de su paciencia—. Maldita sea, necesito algo fuerte para esto.
Activó su PM y apretó un botón en la pantalla holográfica que se desplegó del dispositivo tras lo cual volvió a desactivarlo. Siguió dando vueltas. Su fiel camarero hizo acto de presencia unos minutos después. Llevaba una bandeja repleta de postres, entre los que podían distinguirse copas de helado, brownies y pastel. Se acercó a la mesa y, con sumo cuidado, gracia y elegancia, la depositó cerca de Tanukichi.
—Muchas gracias —fue la respuesta de Ayame, que ahora estaba muy ocupada mordiéndose la uña del pulgar derecho. Ni siquiera se dignó a mirar al obediente, y longevo, camarero.
Tanukichi también le dio las gracias al encargado de Felersius, pero con un tono mucho más bajo y menos inflexible que el usado por Ayame. Sin inmutarse, el camarero les dio una inclinación de cabeza y desapareció escaleras arriba.
Una vez solos, Ayame fue directo a la mesa, lugar donde, de forma inesperada, mientras discutían algunos de los futuros movimientos de SOX, Tanukichi, se le había confesado hacia unos minutos.
Sin decir palabra, Ayame tomó una de las copas llenas de helado y dio cuenta de ella sin detenerse, casi con frenesí. La pequeña cucharilla para postres que venía en la bandeja viajaba con rapidez, una y otra vez, desde el repleto envase a su boca. El repetitivo proceso no daba indicios de acabar pronto.
Tanukichi solo observaba, asombrado y curioso, como su líder acababa con tres copas repletas de helado, dos brownies y una porción de pastel en menos de diez minutos. ¿Es que no se le enfriaba el cerebro por comer helado tan rápido? ¿No se empalagaba por el constante dulzor de todo eso? ¿Tenía un estómago o un pozo sin fondo? Además, ¿Qué consumir todos esos dulces así, en medio de un atracón, no era dañino para la salud?
—Etto, Kajō-senpai —llamó el chico de nuevo cuando vio que Ayame estaba por atacar otra porción de pastel, una que tenía mucha crema chantillí encima—. Todo eso le hará daño si se lo come así… eh… ¿podría respirar al menos?
Ella dejó de comer por unos segundos y le dedicó la más gélida de las miradas, consiguiendo que el chico se estremeciera ante el escalofrío que ésta le provocó.
—Danukichi… —dijo llevándose una porción de helado a la boca, en donde estaba siendo procesado un trozo de brownie de buen tamaño—. Shólo… guarsda shilencio gunosh minutosh.
El chico obedeció y no emitió otro sonido hasta que la chica, satisfecha, y tras limpiarse la boca con un pañuelo que venía cuidadosamente doblado encima de la bandeja —como si el viejo camarero supiera que ella lo necesitaría tras consumir toda esa cantidad de postres—, suspiró con calma y lo miró con fijeza.
—Entonces… —comenzó ella, jugando con los dobleces del pañuelo blanco que portaba entre sus dedos—— Yo… te gusto, ¿no?
—Así es —respondió Tanukichi sin poder evitar que sus mejillas se colorearan.
—Está bien —dijo ella y guardó otros segundos de silencio, en los cuales siguió plegando el pañuelo con esmero—. ¿Anna sabe de esto?
Tanukichi desvió la mirada hacia algún punto situado en una pared cercana.
—No —sacudió la cabeza—. Anna-senpai no sabe de mis sentimientos. Tampoco es que sea necesario que lo sepa, Anna-senpai y yo no tenemos ninguna relación…
—Eso es lo que tú crees —lo cortó ella, más serena y tranquila de lo que debería—. Ambos sabemos que ella no le ve de esa manera.
—Sí, pero…
—Y tampoco debemos ignorar que está loca por ti —lo interrumpió—. El sólo hecho de que nosotros interactuemos en el consejo estudiantil es un peligro. Ella siempre nos ve mal y estoy segura de que no dudará en hacer algo al respecto a la mínima sospecha…
El chico la miró con extrañeza. Ella no solía ser tan pesimista, o cobarde. Pero se encontraban en una situación importante para la organización y debían evitar los riesgos en la medida de lo posible.
Tanukichi no dijo nada cuando ella terminó su monólogo pesimista, del cual no había escuchado la mitad. Estaba perdido en sus pensamientos, sopesando en muchas cosas.
Pensó en la organización, en los avances obtenidos, en su líder y en Anna. Esta última, a pesar de que todo se estuviera complicando para el gobierno y que eso de ''habitantes inocentes y saludables'' estaba llegando a su fin, parecía no importarle y seguía intentando cazar al chico de castaña cabellera que siempre buscaba la forma de escabullirse de sus manos.
—Tú también me gustas, Tanukichi —dijo Ayame por fin, como si hablara del clima o algo más banal todavía. El mencionado se sintió aturdido, más no sorprendido. Le habría gustado entender el por qué de ello—. Y creo que, aún con esto que sentimos, es importante que pongamos lo que es prioridad por delante de nosotros.
Se levantó nuevamente y volvió a dar vueltas alrededor. Si Tanukichi no la conociera tan bien, diría que el hecho de haber correspondido los sentimientos del chico ahora mismo le había incomodado y ahora buscaba marcar distancia con él para concentrarse y que hablar no se le hiciera tan complicado. Era la segunda vez en esa mañana que se dejaba llevar por ese ''tic''.
Ella quería explicarle como era la situación que se les venía encima de ahora en adelante. El problema era que no encontraba las palabras convenientes para hacerlo.
—Pero, Kajō-senpai… —el chico quiso levantarse y acercarse a ella, pero desistió tras pensarlo durante unos segundos. No era buena idea hacerlo mientras la chica se encontraba desconcentrada y meditabunda—. Usted y yo sabemos que si queremos, podemos. ¿O es que no se ha dado cuenta de que la mera existencia de S.O.X es un riesgo en toda regla? ¿No ha hecho usted cosas más peligrosas y arriesgadas para defender la causa que tenemos aquí y ahora?
Ayame no respondió, solo se limitó a seguir dando vueltas a los alrededores de la mesa, fingiendo que ojeaba lo que estaba adherido a las paredes: dibujos de dudosa moral, posters de artistas y mangas de antaño, uno que otro dibujo hecho por Otome, mapas con marcas encima de ellos y hasta bocetos de planes y movimientos varios que habían realizado en el pasado en contra de algunas de las instituciones que promovían la moral pública.
Al ver que su líder no decía nada al respecto, Tanukichi prosiguió.
—¿Sabe? Al principio no creía que nada de esto pudiera llegar tan lejos —suspiró, entrelazando sus dedos sobre la mesa con expresión solemne—. No dejaba de pensar que podrían atraparnos en cualquier momento, que todo esto de la obscenidad acabaría por llevarnos al infierno. —Agitó las manos—. Esperaba las consecuencias, ya sabe qué me refiero: horas de servicio comunitario, una posible tortura, probablemente unos diez o quince años de prisión y más, mucho más —suspiró, fastidiado—. Incluso la pena de muerte.
Al decir lo último, notó que Ayame se había detenido en un punto cercano y que le daba la espalda. Parecía detallar la pizarra de corcho que estaba junto a la mesa, lugar donde se hallaba trazado el siguiente movimiento de la organización, el segundo más grande y mejor planeado hasta la fecha. No decía nada, pero Tanukichi sabía que su cerebro no estaba tranquilo. Ayame pensaba con tanta intensidad que a Tanukichi le pareció, durante unos escasos segundos, que podía escuchar el desmadre que se estaba llevando a cabo en el interior de su psique.
Aunque Tanukichi sintió que debía decir algo más, no se le ocurrió nada convincente y se limitó a quedarse en silencio otra vez. Su astucia y poder de oratoria no eran como los de Ayame, a él no se le ocurrían tantas cosas como a ella.
En el pasado, Tanukichi había llegado a la conclusión de cómo era que Ayame había conseguido liderar una organización terrorista y por qué había logrado tantas cosas.
—Piénselo, Kajō-senpai —dijo Tanukichi con el tono más paciente que pudo emitir.
De nuevo quiso de levantarse y acercarse a ella, pero si quería continuar con lo que estaba diciendo, entonces debía mantener distancia porque en ese momento no le convenía tener que dejarse llevar por sus impulsos cuando ella no estaba de acuerdo todavía.
Tenía que hacerle ver que intentar tener una relación con él no era más peligroso que la propia existencia de la organización terrorista más temida por el gobierno de Japón.
