Entré en otro mundo, o eso pensé; a lo mejor era una ilusión, una pesadilla, o quizás otra vida, una donde no la había, y yo era el único vivo al que veían raro.
¿Quiénes?, no lo sabía, pero me sentía observado en medio de nada. No parecía haber oxígeno, puesto a que no podía respirar. Sentí que moriría ahogado, pero, para mi desgracia, no podía morir. Era una sensación de querer morir por la agonía colosal que me oprimía, pero ahí seguía: vivo y sin respirar, con la nada a mi lado.
Mis oídos eran bombardeados por un ruido extremo, ruidos inimaginables; quizás un planeta despedazándose sonaría algo cercano a lo que escuchaba. A eso se sumaban susurros ininteligibles pegados a mis orejas, susurros suaves, pero que hacían eco en todo el vacío. No les entendía ni intentaba hacerlo; su significado era nulo, solo entendible por los que susurraban, con la única intención de torturarme, y lo estaban logrando.
Y hablo de oídos, pero en realidad mi cuerpo no estaba allí; no podía ahorcarme y acabar con esto, no podía taparme los oídos y dejar de oír los susurros, ni siquiera cerrar los ojos para no ver el horror. ¿Qué horror si no había nada? Más bien presentía. Percibí caos; un lugar o algo donde se prescindía del sentido y hasta lo aborrecían.
Cualquier cosa que no existía podía residir acá, en paz, turbando al rarito que creía en lo lógico.
Venas surcaban aquí a allá, un poco emborronadas y distorsionadas por un humo negro. Caminos curvos que más bien parecían cuernos y no tenían fin, mientras se entrelazaban entre agujeros de unas alas negras y rojo sangre. De ellas, en las puntas, tenían manchas que parecían ojos con colmillos, y de sus interiores salían tentáculos que parecían palpar su alrededor, como buscando algo. De donde se sostenían esas supuestas alas, había una especie de tronco y sus raíces se extendían como patas de araña, y concluía en la forma como de una cola de serpiente, enredándose con las venas y los cuernos.
Eso solo por narrar un poco de lo que percibía, comparándolo con cosas que conocemos, porque nada de lo que abundaba ahí se acercaba a nada conocido por nosotros.
No supe cuánto tiempo estuve ahí, pero fue como una eternidad infernal, un infierno donde por más necesidad de morir que tuviese, no iba a ser bendecido con ese favor.
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Entonces todo se apagó. No vi nada, pero esta «nada» iba a juego con mi realidad. Había oxígeno y mis pulmones lo agradecieron. Sentí dolor, lo que era un alivio. Era como si hubiese caído de golpe al suelo.
Por fin sentí mis ojos y los abrí. Lo vi todo borroso hasta que me froté los ojos. Estaba acostado boca arriba; el techo justo frente a mí me era más que familiar.
—Despertaste, Witer —me dijo alguien en voz baja.
Miré a mi derecha: ahí estaba Starlight sentada en una silla. Había salido de un infierno para entrar en otro.
—¿Te sientes bien? —me preguntó.
—No sabría decirte —respondí de mala gana. Volví a ver al techo y me tapé los ojos con mi brazo—. ¿Qué fue lo que pasó?
—Tuenji te salvó hace unos días.
—¿Y qué pasó con Trixie?
—Sigue en el Bosque Prohibido —me dijo con pesar—. No sé cómo se las arregló Tuenji para sacarte de ahí, pero, por lo que dice, no ha tenido ninguna confrontación allá dentro. ¿No te parece algo sospechoso?
—Sí, bastante —respondí sin más.
—¿No recuerdas nada?
—Más bien no estuve consciente cuando me trajeron acá.
—Lo entiendo. Iré a llamar a Twilight, se va a emocionar cuando te vea. —Escuché la puerta abrirse y luego cerrarse.
Me acomodé en mi cama como si fuera a dormir. ¿Cómo era eso de que no hubo ninguna confrontación en mi rescate? Algún putazo se debió haber dado; Trixie no me iba a dejar ir tan fácil después de lo que yo había hecho, ¿o sí? Además, ¿solo Tuenji había venido a mi rescate?
Tocaron la puerta y de ella apareció Twilight. Me levanté para recibirla.
—¡Witer! —me dijo, contenta. Se acercó a mí y me dio un abrazo; ya se estaba haciendo costumbre saludarnos de esa manera—. ¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? ¿No tienes hambre ni nada? Has estado desmayado por cuatro días. Estuvimos muy preocupados por ti.
—¿Tanto tiempo en serio? —me sorprendí.
—Así es —respondió ella—. No hemos encontrado ninguna herida en ti; deberías estar sano, lo estás, ¿cierto?
—Solo siento que las cosas dan vueltas a mi alrededor.
Twilight sonrió.
—Nada grave, de seguro —dijo y luego su rostro se entristeció.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Nuestra última conversación no ha sido la mejor de todas, ¿recuerdas?
—Ah sí, ¿cómo olvidarlo? Pero olvídate de eso, Twilight, todo eso quedó atrás.
—No puedo olvidarlo, Witer. He sido muy dura contigo.
—Has sido clara, recta y honesta. No puedo estar enojado porque me hayas hecho ver que hice el idiota.
—¡No digas eso, Witer! Hiciste bien. Cometes errores como yo los cometo también, y al final, todos estamos bien.
—Va a ser difícil que yo acepte que hice bien, pero quedémonos con que todos estamos de lujo, ¿te parece?
Twilight volvió a sonreírme; nunca me hubiera cansado de verla así de contenta.
—Está bien —asintió.
Entonces me contagié de su sonrisa y nos miramos con regocijo.
—Creo que te vendría bien comer algo —sugirió Twilight.
—No tengo hambre, pero si quiero comer algo —respondí.
Bajé de la cama y empecé a andar, pero mis cascos no funcionaban bien y casi me caigo.
—Déjame ayudarte —se ofreció Twilight.
Con la ayuda de Twilight, apoyándome con un brazo a su espalda, anduvimos todo el camino hasta el comedor. Por las ventanas vi que empezaba a atardecer y que ya me había perdido buena parte del día.
En compañía de Twilight y sus amigas, en el comedor, empezamos a comer unas hamburguesas improvisadas que no sabían mal. Yo permanecía callado mientras se hablaban entre ellas de cualquier cosa; solo me habían hablado para desearme que me mejore.
—¿Y cómo está Tuenji? —me atreví a preguntar.
—Oh, ella está bien —respondió Twilight—. Debe estar en su casa. Viene a verte cada mañana y noche.
—¿No van a condenarla entonces? —pregunté.
Todas guardaron silencio un momento.
—No, Witer —respondió Twilight—. Ella ha demostrado estar de nuestro lado. —Las presentes asintieron y murmuraron en aprobación—. Estos días se le ha visto algo cabizbaja; será mejor que la vayas a ver cuanto antes.
—Iré de una vez —dije y me bajé de la silla. Empecé a caminar con dificultad, pero me vi capaz de llegar a su casa, aunque tuviera que caerme en alguna que otra ocasión.
Si Tuenji era la que me había salvado, tenía que ir por lo menos a agradecerle, pero lo que más me motivaba de ir a verla era que no se encontrara en las mejores condiciones.
—Yo te ayudo, Witer —dijo Twilight y voló hacia mí.
—Muchas gracias, Twilight, pero puedo llegar allá por mi cuenta.
Twilight se rio, accionó su cuerno y antes de un pestañeo ya estábamos en la calle frente a la casa de Tuenji.
—Cierto, puedes hacer eso —reconocí.
Ella soltó una risita.
—Cuídala bien, Witer. —Twilight me puso su casco en mi hombro un momento, y luego desapareció con su magia.
No esperé más, así que me acerqué a la casa y toqué la puerta.
—Está abierto —dijo una voz desde adentro.
¿Por qué dejaría la puerta abierta así sin más?
La abrí: en el sofá, sentada, estaba Tuenji, parecía muy cansada, pero al verme se sorprendió.
—Witer —dijo con voz apenas audible—, despertaste al fin.
Le sonreí un poco; no podía darle una sonrisa sincera si la veía en ese estado.
—¿Puedo pasar? —pregunté para no perder los modales.
Sonrió levemente y golpeó dos veces el espacio vacío del sofá.
—Ven —dijo.
Cerré la puerta y la acompañé a su lado, aguantando las ganas de asaltarla con un abrazo.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Me pondré mejor —respondió ella sin mirarme.
—¿Qué tienes?
—No he podido dormir bien estos días.
—¿Pero por qué? —pregunté. No me acuerdo si me hacía el estúpido o de plano sí lo era.
—¿Tú qué crees, Witer?
Guardé silencio, como esperando la respuesta.
—No me hagas tener que decirlo o te parto la cara —dijo Tuenji sonriendo aún más.
—No, no, creo saber a qué te refieres.
—¿Crees? —Tuenji me volvió a ver.
—Sí —respondí.
Tuenji volvió apartar la mirada, negando con la cabeza y riendo.
—Tú cómo siempre, Witer —susurró.
—Sí, así soy —respondí por decir algo.
El querido silencio volvió a hacerse notar.
—Tengo algo de ansiedad —dijo—. Me duele mucho el corazón, así que no me sorprendas con otra de tus pendejadas o me veras morir aquí de un paro.
—O sea que sí estás muy mal —dije con preocupación.
—No es tan así, Witer. Ya he tomado medicamentos y demás cosas que me han recetado. Ahora solo quiero estar contigo y descansar. ¿Podrías hacerme ese favor? —Me miró.
—Lo que sea para hacerte sentir mejor —respondí.
Tuenji cerró los ojos y suspiró aliviada.
—Gracias —dijo.
Se levantó y me abrazó. Yo la abracé también, y ella me empujó tanto que caí de espaldas en el sofá, con Tuenji riendo entre mis brazos y acomodándose en mi cuello.
Con nuestros pechos unidos, sentí su corazón golpeando como si se desquitara conmigo. En el abrazo, intenté calmarla un poco acariciando su melena y su espalda con dulzura. Juntos, protagonizábamos una hermosa imagen, pero esta fue estropeada al momento.
Recordé que esa posición era muy similar a la que yo había estado con Trixie, acostados, y eso ocasionó que mi miembro se alzara y rozara el cuerpo de Tuenji.
Al contacto, ella se estremeció un poco.
—Witer—me dijo como si estuviera a punto de regañarme.
«Chucha», pensé.
—¿Sí? —pregunté con nerviosismo.
Se levantó con sus cascos en mi pecho y me miró.
—¿Es en serio? —preguntó ceñuda—. ¿No podías aguantar un poco más?
—¡Perdón, no es lo que parece!
—¿Sino qué sería, Witer?
No respondí. No le iba a decir que me había acostado con Trixie para empeorar las cosas.
Tuenji se levantó y se apartó de mí a su lado del sofá.
—No sé si puedo hacer esto así —se preguntó.
—¿Hacer qué? —pregunté ingenuo.
—¡Sexo, Witer!¿Por qué te tengo que explicar todo? —exclamó.
Me quedé tan tieso como mi verga.
—Perdón.
Tuenji chasqueó la lengua.
—Está bien, Witer —dijo más calmada. Suspiró y se levantó del sofá, retirándose.
—¿Adónde vas? —pregunté.
—A la cama, obvio —respondió sin siquiera verme—. Estaré esperándote. —El sonido de sus cascos desapareció en su cuarto.
Bueno, el lindo momento se fue, pero al menos había ganado una escena de sexo extra; no me podía quejar. Aun así, dudé si ir; ella parecía molesta, aparte que estaba enferma. Al igual que ella, me pregunté si era buena idea hacerlo.
Me quedé debatiéndome yo solo en el sofá un rato; debieron haber pasado unos cinco minutos. Le eché huevos y me levanté a ir buscarla a su cuarto.
Aquí viene otra escena clop, ya saben qué hacer.
La puerta de su cuarto estaba entreabierta. La empujé y ahí vi a Tuenji: acostada en una orilla de la cama, dándome la espalda; parecía que estaba durmiendo, no muy dispuesta a nada. Pero he dicho que venía escena clop y la habrá. Esta es su segunda oportunidad para saltar al siguiente capítulo y ahorrarse el cringe.
Vacilé. Pensé en dejarla en paz, pero, si no iba a haber sexo, me conformaba con hacerle compañía. Me acerqué y subí a la cama. Despacio, me arrastré por ella hasta llegar al lado de Tuenji: se veía muy tierna abrazando su almohada. Las ganas de abrazarla me pudrían por dentro, pero me contuve y mi casco consintió en darle suaves caricias en su espalda.
—Cuando acabe esto, para bien o para mal, lo más probable es no podamos estar más juntos —dijo Tuenji con tristeza—. Y yo soy la que me siento enferma por estar sola. ¿No te parece eso ridículo?
Mi casco se detuvo. Eso que decía Tuenji no lo había pensado ni un poco, y era muy probable que fuera así si volvíamos a nuestro mundo. No había nada que yo pudiera decir para consolarla; lo que iba a pasar no se podía saber con certeza ni mucho menos prometer nada.
Me acerqué aún más a ella con dulzura para no espantarla, y mis brazos se enrollaron a su cuerpo.
—¡Witer! ¿Qué haces? —Mal; se asustó de todas formas.
—Es obvio lo que hago. Ahora no estás sola y no quiero desaprovecharlo.
—¿Desaprovechar? ¿Qué dices...?
Tomé su cara y le robé un beso. El efecto de este fue paralizador para ella; no se resistía ni se apartaba de mí. El momento se sintió más largo de lo que fue, unos segundos después ella apartó su rostro y se tapó la cara.
—¡Witer...! —dijo como si le hubiese robado el aliento—. No, en serio, el corazón me duele mucho.
Me espanté; pensé que me había dejado llevar.
—¡Perdón, perdón! —dije—. Lo olvidé por un momento.
—Está bien, estoy bien —dijo Tuenji colorada hasta la frente—. Tengo que relajarme.
—Creo que mejor lo dejamos.
—No, Witer, solo dame un momentito, ¿sí?
La tomé y la jalé más al centro de la cama.
—¿Pero por qué estás haciendo esto? —preguntó riéndose nerviosa.
—Para que estés más cómoda, solo eso.
Ahora yo estaba encima de ella, frente a frente en la cama. Le robé otro beso, esta vez más suave y menos sorpresivo que el anterior. Tuenji lo recibió con gusto agarrándose a mí en un abrazo y acariciándome la espalda. Me endurecí y sentí su entrepierna, lo que la volvió a incomodar y se apartó de mis labios mientras se reía.
—¡No puedo con tu cosa, Witer! —rio—. Me hace cosquillas. No tienes huevos a meterla.
Ese desafío solo acrecentó mis ganas de darle. No podía llamarme un experimentado en esto, pero ya había adquirido algo de experiencia.
—¿Estás lista? —pregunté.
Tuenji me miró con espanto, se tapó la cara y negó con la cabeza.
—Lo haré suave —le dije. Ella me había retado y yo lo iba a hacer, no me importaba que estuviera enferma.
Me acerqué y me hice camino por el interior suyo. A medida que entraba poco a poco, Tuenji soltaba un grito ahogado prolongado.
—¿Estás bien? —le pregunté en cuanto me detuve.
—Pensé que eras gay, Witer — dijo mientras respiraba por la boca—, pero ahora sé que eres bisexual.
La metí hasta el fondo.
—¡Ay,perdón, perdón, Witer! —exclamó sin dejar de reír—. Pero hazlo ya, cógeme tan fuerte como quieras.¡No, es broma, Witer!¡Despacito, por fa!
Traté de ignorar parte de lo que había dicho y empecé a moverme con delicadeza dentro de ella.
—Lo haces muy bien para ser tu primera vez —gimió Tuenji.
—No es mi primera vez —comenté.
—¿Ah? ¿Cómo que no es tu primera vez? ¿Con quién lo has hecho?
Reí nervioso.
—Dime, Witer —insistió ella.
—Twilight —respondí.
—¡Ajá, sabía que lo que tiene de buena lo tiene de perra!
—No le digas así, es una buena pony.
—Lo dices porque has tenido sexo con ella varias veces —se rio ella.
—Solo fue una noche.
—¿Ah sí? ¿Lo has hecho con alguien más?
—Te lo diré, pero no quiero que te enojes.
—¿Lo hiciste con Trixie? —exclamó ella.
—Te dije que no quiero que te enojes.
—¡Lo hiciste con Trixie! Eres un hijo de puta, Witer. ¡Saca esta cosa de mi concha de una vez!—exclamó, pero sin dejar de reír.
Ojalá que el vecino ni nadie de afuera estuviera escuchando sus gritos.
—No lo voy a hacer —reí con ella—. Lo nuestro solo fue momentáneo.
—¿Y lo nuestro también? Eres un perro asqueroso como muchos, ¿lo sabías?
Me lancé a callarla con otro beso; sabía que estaba de broma, pero no sabía cuánto más iba a aguantar sus chistes. En su beso me emocioné y empecé a golpear más duro su interior.
—¡Cielos, Witer! —dijo Tuenji al librarse de mis labios—. ¿Significa que ya vas a dejar a tu novio el alicornio?¡Ah, Witer!¡No te pases!
Sí, me emocioné un poco de más; ver a Tuenji contenta y riendo me limpiaba el corazón, y quería darle mi amor con la intimidad, aunque para mí era rarísimo demostrar cariño penetrándola.
—Perdón, no puedo contenerme más —jadeé.
—Continúa como puedas —respondió Tuenji entre gemidos—. Yo no me muevo de aquí; soy toda tuya ahora. Recuerda no terminar adentro; mejor empapa mi cuerpo con todo el semen que tengas.
No supe qué cara puse, pero eso la hizo soltar una carcajada.
—¡No me mires así! —dijo mientras me tomaba una mejilla—. ¿No te pone cachondo?
—No tanto como crees —jadeé. Ya estaba llegando el momento de empaparla con mi semen, como decía ella.
—¡Ay, Witer! —Me sonrió y abrazó mi cuello. Tiró de mi cabeza con sus cascos y nos besamos en un abrazo.
Me quedé a merced de sus brazos y sus labios en lo que yo llegaba a mi clímax y empujaba con todo lo que podía. Me libré de sus labios y solté un gemido. Ella aún me abrazaba el cuello con cariño y nuestras narices permanecían unidas.
—Dame con todo, Witer —me susurró Tuenji.
Yo obedecí y empecé a gemir de placer, pero ella lo hacía más que yo. Solté un jadeo mayor y retiré mi miembro chorreando sobre su pelvis. Empecé a jadear como loco y me derrumbé al resguardo de su cuello. Tuenji, muy contenta con el resultado, me acariciaba la espalda y la nuca, mimándome como si fuera un bebé que se había caído.
—Ahora trae algo para limpiar —me pidió Tuenji.
—¿Qué? —jadeé. Me separé de ella y me acosté a su lado boca arriba para tomar aire—. ¿No me puedes dar un respiro aunque sea?
—Apúrate o me voy a tirar encima tuyo con esta porquería sobre mí —respondió sin dejar de sonreír.
De mala gana fui al baño y traje un papel higiénico. Al volver, ayudé a Tuenji a limpiar mis líquidos sobre su cuerpo. Cuando terminamos, se me lanzó con los brazos abiertos y me besó.
—Ahora sí puedes descansar, mi campeón —me dijo en un susurro y me jaló, hundiéndonos juntos en la cama.
