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[Flor de Meissa]
Dando pasos lentos por las calles de tierras, dejó salir un bostezo que tapó con una de sus manos. El pueblo se sentía tan vivo con todos concentrados en sus labores y yendo de un lado a otro que apenas se puede pensar que han pasado tan solo dos días del ataque de Yura, o que siquiera sucedió. Lo tomó como algo normal, después de todo, los pueblerinos no recibieron tanto impacto, las mujeres controladas por los cabellos solo quedaron dormidas por un par de horas y, al despertar, solo creyeron que fue un extraño sueño que pronto olvidaron.
A diferencia de ellos, Inuyasha no ha tenido la mejor de las noches luego del ataque. No por sus heridas, esas se curaron al instante gracias a su gran regeneración. El encuentro con Yura le regresó memorias de su pasado que creía olvidadas por completo, la nostalgia pegó más fuerte que su espada contra su espalda, sin poder dormir al tener sueños recurrentes de cuando era niño.
No solía extrañar su viejo hogar, vivió tan poco tiempo ahí que prefería no centrarse tanto en eso, sin embargo, más que los paisajes o edificaciones eran las personas que vivían con él en esos tiempos los que traían esos sentimientos. Especialmente una mujer, su madre.
Todos sus sueños la tenían a ella, tan elegante como siempre y sonriéndole mientras una sirvienta sujeta una sombrilla sobre sus largos cabellos oscuros. Ambos paseaban por los grandes jardines de su hogar, Inuyasha perseguía mariposas de colores que se posaban sobre flores azules capaces de iluminarse durante la noche, sus favoritas. Todo en ese sueño es tan hermoso que Inuyasha no desea despertar, pero en cualquier momento, todo lo bonito se desvanece en el calor de un fuego ardiente que consume todo a su alrededor y al intentar buscar por su madre, ella ha desaparecido.
Tras eso, despierta, cubierto de sudor y sin poder respirar bien. Luego de un tiempo sin poder dejar de soñarlo se decidió simplemente no dormir, razón por la que su estado es tan deplorable.
—¿Señor? — Una voz lo regresó en sí, estando tan centrado en recordar su sueño que no notó haberse quedado viendo a un lugar en específico durante largos minutos.
Volvió su mirada, un chico sostenía un trozo de pan entre sus manos, con cejas arqueadas esperando por una contestación del hanyou.
Es ahí que recordó haber estado comprando ese mismo trozo de pan antes de caer en sus propios pensamientos, el pensar en cuánto tiempo lleva ese chico esperando por él acaloró sus mejillas.
—Ah, sí. — Buscó en su cinturón dónde guardaba una pequeña bolsa de tela, de ahí algunas monedas se dejaban oír al chocar entre ellas. —Lo siento. — Le entregó un par de monedas de bronce y tomó el pan.
Se marchó soltando un suspiro por la vergüenza, habrá quedado como estúpido frente a ese pobre chico que solo quería vender un poco de su pan, tenía que encontrar una forma de dejar esos pensamientos sobre su pasado o sueños de lado, si no, no podrá ser capaz de vivir en paz. Justo cuando ya estaba dejando atrás la repentina noticia sobre la muerte de Kikyo esa infeliz de Yura tuvo que aparecer para traer también a su familia y hogar. Odiaba ser tan sentimental en ocasiones.
—Te ves cansado. — Por sobre unos barriles junto a una cabaña, el pequeño zorro se presentó con algo en su boca.
—No he dormido bien estos días, pero no es nada. — Inuyasha negó con una sonrisa, siguiendo con su camino para intentar ignorar al niño.
Sin embargo, Shippo no se detendría fácilmente, así que fue detrás de él entre saltos, dando uno lo suficientemente para aterrizar sobre su hombro.
—¿Tienes pesadillas? ¿O es por el dolor? — Se quitó aquello que llevaba en su boca, un dulce circular con una varilla que Kagome le dió hace un rato atrás. Dijo que se trataba de una paleta y que todos los niños en su mundo lo desean.
—¿Importa? — No quería sonar amargo, pero no estaba en condiciones para hablar con nadie esa mañana.
—Solo preguntaba. — Shippo calló notando que quizás algo andaba mal con el hanyou.
Inuyasha suspiró, sintiéndose obligado a responderle bien al niño por esa simple razón, es un niño, puede que no tenga la noción suficiente para entender la situación y solo le estaba haciendo sentir mal con sus secas contestaciones.
—Kagome fue a su mundo ayer, ¿Lo sabías? — Antes de eso, volvió a hablar cambiando de tema.
—Ah, por eso no la veía tan seguido. — Inuyasha creyó que la chica se había encerrado en la cabaña de Kaede para ser sincero, solo la vio un par de veces luego de derrotar a Yura.
Después de ser regañado por Kaede al haberla olvidado en el bosque, no se le permitió estar en la cabaña con ellas como castigo de la anciana, por lo que durante las noches Inuyasha se relajaba sobre un árbol a descansar y no sabía de ambas mujeres hasta la mañana.
Lo sorprendente de eso es que Kagome haya logrado regresar suponiendo que se necesita magia para abrir ese portal. Al principio no quería admitirlo, pero luego de que con solo una flecha haya destruido el nido de Yura con una luz resplandeciente, Inuyasha comenzó a creer en la posibilidad de que Kagome realmente sea una elemental de luz como Kaede mencionó desde el principio.
—Así que después de todo, sí hay energía mágica en ella. — Murmuró, ladeando una sonrisa.
—Eso parece. — Shippo contestó. —Ha estado entrenando con Kaede y pudo volver a abrir el portal por su cuenta. —
—Ya veo…— Se quedó en silencio unos momentos, luego de eso se paró en seco antes de la salida al pueblo. —Shippo, ¿Puedes dejarme solo unos momentos? Tengo que salir del pueblo. —
—¿Y eso para qué? — El niño se bajó de su hombro curioso de saber a qué parte del bosque iría con un trozo de pan.
—Un tema mio, no lo pienses mucho. — Una sonrisa, por más falsa, fue suficiente para que Shippo asintiera y se diera media vuelta de regreso al pueblo.
Era linda la compañía de Shippo, simplemente no se sentía en el momento justo para tenerlo a su lado, puede que en medio de la conversación se pierda en sus pensamientos así como lo hizo con el vendedor de pan.
Por ahora sería mejor si se mantiene solo por unos momentos, al menos hasta que pueda quitarse esas imágenes de sus pesadillas. Necesitaba un lugar dónde estar en paz.
Pensó en un lugar en particular, uno al que ya había estado con anterioridad aunque no en soledad. Ese árbol en la colina todavía mantenía las pruebas de cuando se sentó junto a Kagome en su primer día tras conocerse, las flores moradas que crecieron de sus manos inconscientemente entre medio de sus respectivos lugares. No entendió porque ese fue el lugar que pensó primero, pero se sentó en el mismo lugar de antes sin darle muchas vueltas.
Acomodó su cabeza contra el tronco del árbol, sintiendo la brisa sobre su rostro y el sonido de las hojas meciéndose sobre él. Era tan silencioso y tranquilo, que por primera vez en dos días sus ojos se fueron cerrando aceptando la pesadez, esperando que al menos en esa ocasión no tenga ninguna pesadilla y pueda descansar aunque sea por un par de horas.
—¿Puedo unirme? — Pegó un ligero salto del susto al escuchar la voz a uno de sus costados. Se había relajado tanto que ni siquiera se percató de la cercanía de alguien a él y el susto fue tal que del suelo las raíces del árbol salieron como espinas que casi se clavan en los pies de la recién llegada.
Kagome tuvo que dar un paso atrás para no terminar apuñalada, pegando un ligero grito de sorpresa. Como en otras ocasiones hizo, creyó que se percataría de su presencia a lo lejos y por tal razón no hizo mucho escándalo en acercarse, un grave error. Tal parece que él se estaba tomando un tiempo de relajación donde sus sentidos agudos no funcionan como siempre.
Inuyasha se vio aterrado con la magnitud que su elemento tuvo en ese momento. Desde que despertó apenas podía manifestarlo a pequeñas cantidades con un máximo esfuerzo. Para que ya reaccione antes sus sentimientos, debía significar que la energía mágica ha regresado a su cuerpo por completo, lo que en cierta parte le alegró ya que eso significaba que podría volver a su vieja rutina, aunque será mejor que se concentre en controlarlo para momentos futuros.
Arrancó una de las cortas ramas del suelo con la fuerza de sus manos, para luego tirarla a uno de sus costados, dejando el lugar libre para que la chica se sentara como preguntó. Al volverse a ella, le estaba viendo con ojos bien abiertos, sujetando una caja blanca con ambas manos sobre su pecho.
—¿Qué ocurre? —
—Ah, nada. — Negó con la cabeza. — Simplemente me pareció sorprendente la fuerza que tienes, siendo que estás herido. —
—No estoy herido, al menos ya no. — Dejó salir una corta risita.
No le creía mucho, desde hacía días que perseguía al hanyou intentando saber sobre su estado de salud luego de ser casi rebanado en cientos de pedazos por Yura. Siendo la única diferencia que logró detectar su cabello recogido en una coleta por un listón blanco que se camuflaba con su tinte natural. Su cuerpo, por otra parte, no mostraba signos de las heridas tan graves con las que regresó a la aldea, los agujeros se cerraron a las horas de que Kaede de mala gana las vendara, como por arte de magia. Aunque eso no convencía a Kagome del todo.
Su personalidad también cambió un poco desde su punto de vista, al principio creía que Inuyasha, a pesar de mostrarse amable, siempre estaba a la defensiva con cada acción que ella hacía. No se atrevía a llamarla por su nombre y ni siquiera a mirarla a los ojos. Luego llegó Yura y por alguna razón que desconocía, su repentina presencia cambió algo en él.
Desde el momento donde recitó su nombre, las futuras interacciones entre ellos fluyeron más amigables, por pocas que hayan sido.
Se sentó a su lado, manteniendo el silencio mientras pensaba en una forma de iniciar conversación que no sea con el tema de sus heridas, seguramente volverá a no darle importancia.
— ¿Fuiste a tu mundo nuevamente? — Inuyasha tomó la iniciativa con una mirada de reojo a la caja blanca que Kagome trajo consigo. —Shippo lo mencionó. —
—Ah, sí. Gracias a Kaede pude aprender como hacer para abrir el portal. Costó un poco y rompí varios de sus muebles en el proceso, pero pude conseguirlo. — Explicó recordando brevemente cómo pudo volver a saludar a su familia cumpliendo con la promesa que les hizo.
No estaba segura de su poder aún, cuando practicó con Kaede cada que se concentraba rayos de luces se desprendían de sus dedos dejando una extraña calidez en sus venas, mismas que sintió cuando lanzó la flecha a Yura. Kaede estaba perpleja ante ello, importandole poco que su mesa haya quedado media chamuscada. Continuaron así hasta que al aferrar el libro contra su pecho, el portal en el suelo se mostró y logró regresar a casa.
Dicha energía que salía de ella nunca la había experimentado antes en su mundo, era extraña, diferente, pero al mismo tiempo cómoda. Como si hubiera estado hecha para eso. Y si era suficiente para regresar a casa cuando quisiera, entonces vale la pena continuar con la práctica. La próxima vez será en el bosque, de todos modos, no quisiera seguir dañando la cabaña de la anciana.
Fue un poco complicado explicarles que ahora debía de vivir entre dos mundos, siendo calmados recién cuando mencionó que regresaría constantemente para quedarse y continuar sus estudios de secundaria. Su abuelo le prometió que en el tiempo donde no estaría se encargaría de avisar a la escuela inventando excusas, no quisiera saber qué tipo de excusas les diría, solo esperaba no quedar en ridículo al regresar. Lo curioso es que alguien religioso como él no tuviera problema en que su nieta pasee entre mundos como si nada, Kagome creyó que intentaría usar pergaminos inútiles contra su libro o algo por el estilo.
La caja de primeros auxilios que sostenía ahora sobre sus piernas fue un sorpresivo regalo de su madre quien se preocupó por la salud de Inuyasha. Incluso sin siquiera conocerlo, al escuchar los relatos de su hija supo que no era una mala persona.
Procura que tu amigo esté a salvo, como una muestra de gratitud.
Apretó la caja entre sus manos. Sabía qué respuesta le daría él, pero no podía estar tranquila sin antes cumplir con el pedido que su madre le hizo.
—¿Estás seguro? — Se volteó a él, sus miradas se encontraron e Inuyasha arqueó una ceja. —Me refiero a tus heridas, ¿Seguro que ya estás bien? — La despreocupada sonrisa que él le dió era justo la respuesta incorrecta que esperaba.
—Otra vez con eso. — Volteó al frente. —Estoy bien, suelo curarme con gran facilidad. — Sonrió, mientras cortaba un trozo del pan que por momentos olvidó que lo tenía.
Kagome seguía sin creerle, si bien desde lejos se veía mucho mejor había pequeñas zonas que sobresalen de su ropa donde algunos moretones y cicatrices se dejan ver, además de las ojeras bien marcadas debajo de sus ojos.
—¿Te curas con magia? — Su pregunta fue tan repentina que dejó al hanyou con medio pan en la boca.
Lo mastico un poco y aun con un poco de comida en la boca, dejando de lado sus modales, le respondió con una ligera sonrisa.
—No, es parte de la naturaleza de los youkais, suelen tener una regeneración mayor a los humanos. Y yo siendo un hanyou también lo poseo, solo que a diferencia de ellos tardo un poco más en sanar. — Hizo una pausa para llevar otro pedazo de pan a su boca y saborearlo. —Aunque sí sé sanar con magia, pero casi nunca la uso. —
Esa sí que fue una respuesta que no esperaba. No estaba tan familiarizada con la magia del lugar, oyó por Kaede que aparte de los elementos hay otras magias que se pueden utilizar, solo que esas se deben de aprender por cuenta propia y no es natural de las personas como los elementos. Tenían un nombre algo raro, Kagome no puede recordarlo ahora.
—¿Puedes sanar? ¿Por qué no lo usas? — Kagome se emocionó de más, acercándose al hanyou en búsqueda de respuestas.
Las apresuradas preguntas junto con el repentino acercamiento sacaron una carcajada en el chico, una que la contraria no lograba comprender el porqué.
—Créeme, no te gustaría verme usándola. — La miró esperando que con ello dejará la curiosidad de lado, pero ese brillo en sus ojos azules no parecían mostrar eso. — Cada persona tiene una manera diferente de manejar las Magias Artificiales, como la sanación, por ejemplo. Y la mía no es de las mejores. —
Inuyasha aprendió a usar esas magias cuando era niño. No recuerda quién fue el responsable y tampoco le importaba, simplemente ya conocía solo una forma de usarla tan extraña que le hacía preguntarse ¿Qué diablos estaba pensando la persona que le enseñó eso? ¿Alguno de sus padres autorizó o siquiera vio lo que hacían? Bueno, del lado de su padre lo dudaba por completo.
Por eso prefería no usarla, mucho menos en Kaede cuando fue herida por Yura. Eso sería asqueroso.
Magias Artificiales, sí, ese fue el nombre que Kaede usó. Kagome se quedó en silencio unos momentos intentando comprender por su cuenta con la poca información que le dieron. Unas magias que, a diferencia de la elemental, se aprenden a través de la práctica y los libros escritos por los propios alquimistas que las descubren. Palabras dichas por la misma Kaede.
¿Tendrá alguna conexión con los elementos? Si piensas en sanación puede que también en hierbas medicinales e Inuyasha controla las plantas ¿Tendrá eso algo que ver o solo es ella viendo como teoría lo primero que se le cruza por la cabeza?
Estaba muy entretenida e interesada en el asunto ahora, no iba a dejar ir la oportunidad de bombardear a Inuyasha con preguntas, aún si él se cansa de ella, es demasiado amable como para echarla o insultarla.
—¿Puedes curarte a ti mismo? — Tiró la primera de sus tantas preguntas e Inuyasha en silencio negó, tragando otro trozo de su pan. —Ya veo…— Quería interrogarlo más, pero se arrepintió al instante. Sus respuestas no saciaran su curiosidad. Kagome quería ver cómo era esa magia en persona, ¿Qué es lo que tiene que hacer para que le de tanta pena usarla?, no podía quedarse con la duda.
Se quedó en silencio durante un tiempo pensando un nuevo movimiento, a la vez que dejaba al chico disfrutar de su desayuno. Unos minutos después, se levantó del suelo buscando algo que sirva para lo que se le acaba de ocurrir. Nada era realmente útil, tan solo unas pequeñas ramas del enorme árbol sobre ellos. Cortó una de ellas con la punta lo suficientemente afilada, tragó en seco y se decidió en clavar el filo de una de ellas en su palma varias veces hasta que la herida fue lo suficientemente grande que la sangre se escurría por sus dedos, aguantando el dolor al apretar sus dientes. Luego de casi morir calcinada o aplastada por un cienpìes gigante contra espinas, las astillas clavadas sobre su palma ensangrentada no eran nada.
Inuyasha se ahogó con su comida antes de levantarse de un tiro, entre toses, para detener a la chica de seguir lastimándose más sujetándola de las muñecas.
—¿Te volviste loca? — Se quejó, sin siquiera poder reaccionar cuando Kagome lo estampo contra el tronco del árbol, con una fuerza que ni él sabía que podía llegar a tener. —¿Qué estás…? — Sintió su cara arder.
—Cura mi mano. — Ella le extendió su mano ensangrentada que ya había manchado la punta de su blanca manga, ignorando por completo el tipo de escena que Inuyasha creyó imaginar por unos momentos.
—¿Te hiciste eso solo para obligarme a usar mi magia? — La chica asintió e Inuyasha quiso ser tragado por la tierra en ese momento. —Sabes, a veces creo que tienes severos problemas en la cabeza. — O tal vez él por pensar de más sin tener el contexto completo. Siendo sincero, ninguno de los dos estaba en posición de criticar la estabilidad mental del otro.
—Es probable. — Ella sonrió, moviendo su mano ensangrentada para recordarle lo que debía de hacer.
Es increíble, simplemente increíble cómo es capaz de tener la fuerza para apuñalarse la mano y seguir sonriendo, solo para cumplir con su capricho. Esa insistencia no la veía ni en una niña pequeña. Lo peor de todo es que no tuvo opción que resignarse y caer tan bajo como para cumplir con sus pedidos.
Soltó un largo suspiro, pasando sus dedos por su flequillo antes de acercarse a ella.
—Bien, dame tu mano. — Sujetó la mano de la chica.
Él, sin previo aviso se llevó la mano de ella a los labios, besando la zona de la herida.
Kagome se quedó paralizada, abriendo la boca tanto que cualquier insecto volando por ahí podría meterse sin problema, balbuceando incoherencias. Su rostro debe de ser tan rojo como las ropas del contrario por el terrible calor que estaba sintiendo, uno que ni siquiera la brisa podía calmar.
¿Qué estaba haciendo? ¿Así es como funciona? Eso explica un poco porque no quería usarlo, pero tampoco era lo que ella esperaba. Podía sentir la calidez de sus labios sobre su palma. Daba cosquillas. De todas las opciones que ella imaginó ninguna de ellas se acercaba a esta, nunca podría creer que un chico le besaría la mano como si nada, llenando sus labios de su propia sangre como si fuera un labial. ¿Qué clase de escena de un típico libro de romance oscuro es ésto?
Su mano fue rodeada por una luz verdosa con símbolos cercanos a las hojas sobre ellos en el árbol, el dolor de su palma se desvaneció poco a poco, hasta ya no sentir nada más. La sangre se secó, hasta volverse arena, o tal vez tierra, que cayó al suelo uniéndose con la vegetación.
Inuyasha, lleno de vergüenza, le soltó la mano a la chica volviendo a abrir sus ojos. Incluso el carmín de sus labios había desaparecido. O más bien, se transportó a otra parte.
—Mira tu mano. — Le ordenó a una Kagome que se quedó en total silencio y con ojos bien abiertos, sus mejillas enrojecidas como un tomate maduro le causaron una pequeña risa al hanyou, aunque es más que seguro que él esté igual.
—¡Vaya! No hay nada allí, ni siquiera siento dolor. — Acotó a la orden y quedó perpleja, tal como dijo, siquiera quedaba cicatriz de la herida. Es como si nunca se hubiera lastimado, por más extraña y vergonzosa que sea su forma, esa magia de sanación que tenía era impresionanante.
Se regresó a él, notando como se veía su propia mano con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre? —
—No es nada, solo los efectos secundarios. — Rió sin gracia.
Teniendo sospecha de su comportamiento, se acercó a él para tomar su mano, notando como su palma tenía la misma herida que ella, solo que él no sangraba tanto como ella.
—¿Qué? Pero… —
—Así es como funciona, recibo lo que curo. — Apretó su mano un par de veces en un intento de acostumbrarse a la molestía, al menos hasta que se regenere como sus demás heridas.
—Oh, Inuyasha, lo siento tanto. —Sujetó su mano con delicadeza, entrecerrando sus ojos en la culpa. —Por mi insistencia ahora tú estás herido, debí preguntar primero. —
Al momento en que sus mejillas ardieron, quitó su mano de las de ella con rapidez, tan solo sentir su suavidad una extraña sensación pasaba por su espalda y esa mirada llena de tristeza le revolvía el pecho. Abrió la boca con la intención de contradecir sus palabras, pero nada salía con claridad.
—No…no tienes porque disculparte...— Sus ojos no podían verla por más que le hable, se mantuvo directo al suelo, pensando en qué expresión debe de estar haciendo en ese momento y si es que esa tristeza ya desapareció.
—Espera creo que tengo algo en mi botiquín. — Finalmente la vio, presenciando justo cuando ella se agachó en búsqueda de la caja blanca que trajo consigo.
Al abrirla, se mostraron varios objetos que Inuyasha no reconoció, recipientes con escritos desconocidos y formas que no parecían cercanos a las pociones o medicinas de las que estaba acostumbrado, tan sólo reconoció el rollo de vendas que Kagome sacó junto con uno de esos recipientes que al abrirlo un fuerte olor irritó la sensible nariz del hanyou. Poco tardó en reconocer el alcohol puro y sus sentidos se activaron, de las pocas veces que experimentó con eso, en ninguna resultó bien.
—Puede que arda un poco. — Ella se acercó con total confianza, esperando a que Inuyasha mantenga su mano quieta en el proceso.
—Ya sé lo que es el alcohol y ni loco pienso dejar que me pongas eso en la mano. — Alejó su extremidad de la chica, escondiendola en su pecho con ojos aterrados y ambas orejas pegadas a su cabeza.
—¿Luchaste contra una mujer Youkai que te dejó como colador y le tienes miedo al alcohol? — Kagome arqueó una ceja inclinando su cabeza.
Inuyasha aclaró su garganta enderezandose en su lugar.
—No le tengo miedo, simplemente no es necesario que me pongas nada. —
Kagome hizo caso omiso y en un momento de distracción tomó la mano de su compañero y apoyó la venda sobre la herida, la zona con alcohol se pegó al profundo corte con fuerza, manchando la blanca tela con el carmín de la sangre.
Inuyasha cerró sus ojos con fuerza ahogando un quejido de dolor cercano a un gruñido, notó como su otra mano estuvo a punto de rasgar las de Kagome con sus garras deteniéndose en el momento exacto. Un acto repentino que asustó a la chica antes de pensar que debía de ser algún tipo de instinto.
Cuando el hanyou finalmente se volvió a quedar quieto, ella continuó con el trabajo de pasar la venda por encima y debajo de su palma, creando un vendaje especial que terminó con un moño como una firma de su parte.
Levantó la mirada para encontrarse con una imagen que le hizo soltar una corta y ruidosa carcajada. No solo él estaba más rojo que sus propias ropas, en su cabello, decorando su alta coleta habían crecido unas hermosas flores de color rosado de la nada. Él no parecía entender y Kagome le apuntó a su cabeza, él se tocó la cima encontrando una de estas flores soltando sus suspiro ahogado, sin pensarlo comenzó a darse golpecitos en el cabello para quitar todo rastro de su presencia.
—No sabía que tenías ese tipo de reacciones. — Cuando finalmente pudo dejar de reir, secó sus lágrimas y dejó que uno de los pétalos aterrizara entre sus dedos.
—Bueno, es normal, los elementos están conectados a nosotros. — Tomó uno de sus mechones y lo usó para tapar parte de su rostro que seguía cubierto de rojo.
—En ese caso, quiere decir que sí te gustó mi vendaje ¿Verdad? — Sonrió, molestando más solo para mantener esa expresión en él que la llenaba de ternura.
—Parece que comenzaron a llevarse bien. — Ambos dieron un salto de susto.
Ambos pegaron el salto de sus vidas, volteando a sus costados en búsqueda de esa voz, solo para encontrar a Kaede escondida detrás del árbol dónde ambos chicos descansaban, el pequeño zorro riéndose en su hombro.
Kagome se estaba burlando de la expresión de Inuyasha sin saber que ella terminaría teniendo la misma cara al ver cómo nada de esa escena fue realmente privada como creía.
—¿Cuánto tiempo hace que estás ahí? — Inuyasha tardó en poder sacar esas palabras de su boca, apretando con fuerza el mechón sobre su cara.
—El suficiente para saber que su relación está mejorando. — Kaede se burló de ellos entre risas.
—Yo…yo solo…¡Estaba curiosa! — Kagome ocultó su rostro entre sus manos, incapaz de mostrar una explicación clara de lo que hacían sin titubear.
—Es una muy peculiar forma, pero es una sanación bastante eficaz. — Kaede se refirió a la magia de Inuyasha con una sonrisa. —Ahora entiendo porque no curaste mis heridas, dudo que un muchacho como tú quiera besar a una anciana como yo. — Fingió llorar con una de sus manos sobre sus ojos.
—Pobre Señora Kaede, ya nadie le muestra cariño. — Shippo le siguió el juego, dando golpecitos leves a su cabeza.
—¡¿Qué están…?! — Inuyasha detuvo sus palabras repentinamente.
Había sentido una molestia en su cuello desde hacía un tiempo, solo que ahora esa misma se había convertido en una picazón que llegaba a doler incluso siendo de una resistencia alta. Llevó su mano vendada allí y golpeó con una mínima fuerza, se arrepintió al instante recordando que esa misma tela poseía alcohol y seguía siendo igual de irritante.
De su cuello flotó un pequeño cuerpo aplastado, un diminuto aroma que apenas llegaba al hanyou fue reconocido al instante dándole un ataque de alegría, única razón por la que él se agachó en el lugar dónde cayó, con una sonrisa llena de emoción.
El insecto aplastado recuperó su forma mostrando ser una pulga, solo que no cualquiera, si no una que vestía un traje negro y blanco cercano al de un mayordomo, con un bolso sobre su espalda. Tenía poco cabello en su cabeza que ya se había teñido de blanco, muestra de los años que ya poseía.
—¡Cuánto tiempo sin verlo, Joven Amo! — Su rasposa y aguda vocecita era suficientemente fuerte para ser escuchada a la distancia, dando saltitos en el aire como muestra de su felicidad.
—Anciano Myoga, sigues vivo ¿Dónde te habías metido? — La suavidad en su voz al mencionar ese nombre no la ha tenido en mucho tiempo, justo cuando los recuerdos de su hogar no lo dejaban dormir la presencia de un ser querido proveniente de ahí era lo que más necesitaba.
—Lo he estado buscando, mi amo. — Detuvo sus saltos, dando una reverencia. —Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos y necesitaba decirle que…— Antes de que termine, un aire sofocante atacó a la pulga tan fuerte que no pudo siquiera defenderse antes de caer al suelo inconsciente.
Inuyasha giró rápidamente, viendo como Kagome sujetaba un recipiente azul y negro del cual soltó ese extraño gas con un olor repugnante hasta para él.
—¿Por qué hiciste eso? — Le quitó el recipiente de las manos con brusquedad, con el terror de no saber que le echó o si era mortal.
Supo que era algo en contra de insectos por el dibujo de uno muerto en ese mismo objeto, el problema era que ese insecto, que por su bien esperaba siguiera vivo, no era cualquiera sino alguien importante para él.
—¿No debía…? — Ella respondió inocente.
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Luego de probar que seguía con vida, regresaron al pueblo e Inuyasha explicó que la pulga era uno de los pocos sirvientes que había sobrevivido a la invasión de su Reino, algo parecido a la ya fallecida Yura, aunque Inuyasha aun no podía deducir si ella realmente había salido ilesa de ahí. No solo por la gravedad de los ataques durante esa noche, sino más bien porque la mayoría de los sobrevivientes fueron consumidos por los años o simplemente se escondieron por las graves heridas que recibieron. Myoga, por su parte, siempre tuvo la tarea de cuidar de Inuyasha desde pequeño y su estatura le permitió sobrevivir esa noche.
Su lealtad a Inuyasha era tal que, incluso después de haber perdido su título, la pequeña pulga se mantenía en contacto con él como respeto a la orden dada por sus superiores antes de morir.
—Así que eras parte de la Corte Real. — Kagome repitió lo último explicado por la anciana pulga sentada junto a ellos en la mesa.
Kaede ofreció algo de té para hacer más cómoda la reunión que se estaba celebrando en su cabaña nuevamente ya quedando como un punto de encuentro, incluso dejó que la pulga youkai se sirviera un poco en una diminuta, pero extravagante, taza que parecía tener entre todas sus pertenencias.
—Así es, mi deber era cuidar de sus descendientes durante su infancia además de enseñarles todo lo que debían saber. — Myoga le dio un sorbo a su té antes de continuar. —Era de total importancia para el Rey que sus hijos tuvieran la educación indicada. —
Kagome observó a Inuyasha jugar con su taza, siendo obvia la incomodidad que estaba sintiendo al hablar de su pasado.
—Tu padre… — Kaede soltó de la nada llamando la atención del príncipe. —El Rey Toga Taisho, por estas tierras corría la teoría de que era un sujeto aterrador. —
Inuyasha se encogió de hombros sin dejar de mirar entre la mesa y su taza con la bebida ya fría.
—No recuerdo mucho de mi pasado, así que no sabría que decirte. — Respondió de manera cortante.
—A decir verdad, su majestad era un hombre estricto. — La pulga explicó mejor. —El Reino Taisho siempre tuvo la fama de ser el más poderoso de la Isla del Oeste y mi Rey intentaba mantener esa reputación. —
Que extraño, Inuyasha nunca mencionó a su padre antes y cuando tuvo la oportunidad tan solo desvió la pregunta como si nada. Esa excusa de no recordarlo ya la había escuchado antes con la llegada de Yura y en ese momento Kagome no estaba tan consumida por la necesidad de saber más como ahora, ¿Realmente no recuerda nada o solo está usando esa excusa para no hablar? Bueno, tampoco podía culparlo, perdió todo lo que amaba tan repentinamente que de seguro debe ser doloroso el solo pensar en eso. Tal y como me sucede con papá…
—¿Qué hay de su mamá? —Shippo habló esta vez, con toda la ingenuidad en sus ojos esmeraldas, el silencio siguiente fue un poco incómodo y probablemente el pequeño notó haber dicho algo que no debía cuando sus mejillas se tornaron rojas.
Inuyasha levantó la mirada y la dirigió a Myoga, suplicante, como si estuviera evitando que la vieja pulga dijera algo.
—Su Majestad, la Reina Madre era realmente hermosa y amada. —La pulga ignoró a su mano, soltando información de su boca que quizás no debía de mencionar. — Una bondad por todos los seres vivos que traspasó hasta la muerte. —
Antes de que Myoga pudiera proseguir Inuyasha se levantó de la silla con brusquedad dejando la cabaña sin decir ni una sola palabra. Ambas mujeres se miraron con confusión y la pequeña pulga solamente suspiró con tristeza.
—Al Joven Amo no le gusta mencionar a su madre. Aquel día aún le sigue doliendo. —Explicó con un ligero dolor.
Shippo bajó la mirada, el arrepentimiento en sus ojos esmeraldas que se ocultaron en su fleco. Siendo solo un niño era claro que no tuvo malas intenciones en dar esa pregunta, él al igual que todos ahí deseaban saber sobre la vida de su amigo. No solo porque sea de la realeza, sino también por la necesidad de comprender más a fondo lo que sucede en su mente o corazón.
De todos modos, pensó muy bien su próximo movimiento en silencio, sin estar totalmente segura de si debían seguir metiendo sus narices en esos temas, podría estar jugando con fuego en ese momento, pero al fin comenzaba a llevarse bien con Inuyasha y no quería perder la oportunidad de aprender de él incluso si debía empezar desde los lados más oscuros de su vida, quizás de esa forma sea capaz de comprender sus formas de actuar y pensamientos logrando fortalecer su relación.
Por eso es que al final se enderezó en su asiento y miró directamente a la pulga, esperando que su siguiente pregunta no fuera ofensiva.
—¿Cómo fue que sucedió? —
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Encontrarlo fue sencillo, supuso que se había encariñado con el mismo árbol en donde estuvieron durante la mañana o que al menos estaría cerca de allí. Y así como predijo sucedió, fue a ese árbol.
Se encontraba sentado en el suelo, de espaldas a ella. Una luna llena dejaba caer su luz a esos cabellos blancos que se tornaban de plata y se mecían en una suave brisa primaveral. No podía ver su rostro, pero ella juraba que se encontraba melancólico, triste por recordar el horrible momento que habrá pasado en esa famosa noche. Y es que, cuando la pregunta salió de su boca ante Myoga creyó estar lista para lo que iba a escuchar, la pequeña lágrima que salió al terminar el relato ya no decía lo mismo. Deseaba poder tener la fuerza de darle su pésame sin temer a que suene como si le ofreciera de su lastima.
Pareció que Inuyasha reconoció su olor o escuchó sus pasos acercarse puesto que miró sobre su hombro a su dirección.
—Hola. — Ella saludó tímida.
Inuyasha imito el saludo en un murmullo casi cercano al susurro, una sonrisa caída siendo la única expresión sobresaliente que intentaba decir en el silencio estoy bien, cuando claramente no lo estaba. Sus ojos de oro siempre se encontraban tan vivos, pero ahora no había más que vacío en ellos y rastros de un llanto.
—Myoga ya lo contó ¿Verdad? — Mencionó luego de una pausa.
—Lo siento. — Ella susurró.
No tenía idea de que más decir, en especial cuando toda frase se conectaba con la mención de aquello que le estaba deprimiendo en ese instante. Oirlo como un relato es una cosa, vivirla debió ser como una pesadilla en carne propia. Kagome no sería capaz de imaginar lo que Inuyasha experimentó ese día.
Al final él entendió a lo que ella se refería, apretando los labios mientras asentía y desviando su rostro de nuevo al cielo. Kagome se quedó en su lugar jugando con sus manos durante unos segundos, antes de que Inuyasha le hiciera la misma seña de sentarse a su lado que en la mañana.
—La luna es hermosa hoy…— Cuando ya la sintió a su lado, Inuyasha murmuró, con su mirada a aquello que admiraba.
Kagome volteo al cielo. Y noto que, en efecto, la luna era realmente bella. Tan grande que parecía estar a unos metros de ellos, y su luz era como una pizca de paz en el corazón de cualquiera que la visualizara por unos instantes.
—Existe una leyenda en un Reino lejano…— Él rompió el silencio, asustando ligeramente a una Kagome concentrada. —Sobre cómo la luna es la guardiana de las almas de los muertos y las estrellas a su alrededor son esas mismas almas. — La imagen de la enorme esfera blanca se mezclaba con el dorado de sus ojos, dándole a Kagome un hermoso espectáculo de luces.
—Suena a una historia muy bella. — Sonrió manteniendo el mismo volumen de voz que él. No podía dejar de mirarlo, cada nueva expresión de Inuyasha que ella conocía se volvía una experiencia única. Y esa melancolía, o tal vez nostalgia, no lo sabía con certeza, simplemente quería mantener sus ojos ahí.
—Es solo una leyenda que intenta dar algo de esperanza. — Su cabeza se inclinó a un costado, frunciendo su ceño.
—Pero…tú crees en ella ¿Verdad? — Kagome cuestionó, ganándose un encuentro con las dos esferas de oro, bien abiertas en sorpresa.
Ella desvió la mirada, pensando muy bien antes de confesar aquello en lo que lleva pensando desde hace días. Un cruel recuerdo de su infancia que vive gratis en su memoria por más que quiera mostrar haberlo superado.
Se abrazó a sus rodillas, dispuesta a soltarlo solo si así Inuyasha se siente acompañado. Después de todo, ellos no eran tan diferentes como creían.
—Cuando era niña perdí a mi papá en un accidente, y mi madre intentando calmar mi dolor, se inventó un cuento sobre cómo él ahora estaba en el cielo cuidando de las almas de otros niños hasta el día donde se reencuentre conmigo. — Trago en seco queriendo evitar que sus ojos se humedezcan. —Era muy pequeña, apenas recuerdo el rostro o la voz de él, pero ese cuento me calmó por años hasta que fui lo suficientemente madura como para fingir que ya lo había superado. —
A decir verdad, por más que no le recuerde tanto, ella mantuvo la imagen que se mostraba en las fotos de la sala para al menos verlo en sus sueños y saber lo que era cuando sus compañeros de escuela hablaban de sus papás con tanta emoción. Su madre nunca volvió a casarse por su fidelidad a él y su abuelo se convirtió en la figura paterna que tanto Kagome como su hermano Sota necesitaban. No podía estar más agradecida con él por eso.
—Kagome…—
—Sé que algunas historias son solo simples inventos, pero también son una salida a la realidad. — Volvió a la luna, dejando que las palabras salgan de su boca como si las hubiera pensado con anterioridad. —Te hace pensar en ciertos momentos como algo bello y no como un recuerdo triste. —
—Lo siento. — Inuyasha tan solo pudo susurrar una pequeña disculpa, apretando sus puños hasta que accidentalmente un grupo de flores crecieron entre medio de ellos.
Kagome noto ese truco distrayéndose de todo lo anterior con solo ver a las pequeñas flores rosadas conjuntas, el pequeño perfume se sentía desde esa distancia. Eran Orquídeas, pequeños pimpollos que conocía gracias a un pequeño vivero al que visitó una vez junto a su madre. Le agradaba saber que algunas flores aun seguían siendo las mismas en ese mundo.
—Deberías mostrar más tus sentimientos. — Ella acarició la flor con anhelo. — Creas maravillas con ellos. —
Inuyasha noto el deseo de la chica por la flor y la arrancó del suelo antes de ofrecérsela a ella.
Fue entonces que Kagome notó el brillo regresar a su expresión. Su misión se había completado, Inuyasha había vuelto a ser él mismo y no había nada más en ese momento que la hiciera más feliz
—Gracias, Kagome, por acompañarme. — Ella estaba por tomar las flores, pero él se adelantó levantándolas hasta una de sus orejas, depositandolas ahí al correr un poco su cabello. —El rosa queda con tus ojos. — Guiñó uno de sus ojos, regresando a su lugar.
Kagome tocó las flores sobre su oreja, sin esperarse esa acción por parte del hanyou. No sabía que decir, lo único que ella quería era que estuviera bien porque odiaría verlo deprimido o de mal humor como en los primeros días, no deseaba que se arruinara el ambiente ameno que crearon con esfuerzo.
Abrió la boca, dejando que su mente diga lo primero que se le ocurra, sea un agradecimiento o cualquier otra tontería, solo quería seguir con él así.
Y puede que la naturaleza no esté tan de acuerdo con eso. Repentinamente, los vientos se aceleraron, atrayendo nubes oscuras que taparon por completo la luz lunar dejándolos a ambos en una terrible oscuridad.
—¿Una tormenta? — Kagome sujetaba su cabello que se estaba enloqueciendo con el viento sobre ella, sin poder siquiera levantarse del suelo.
Quién sí lo hizo fue Inuyasha, al menos él tenía su cabello sujetado lo que le ayudaba a no sufrir con el viento.
—No lo creo... — Se quedó unos segundos analizando su alrededor, antes de voltearse y extenderle su mano a Kagome. —Arriba, regresemos al pueblo. No tengo un buen presentimiento de esto. —
Antes de que pueda siquiera tomar la mano de Inuyasha, el cielo se iluminó y en medio de ellos aterrizó una explosión que no les dio tiempo a ocultarse, siendo expulsados cada uno lejos del otro.
Kagome cayó al suelo boca abajo, golpeando su rostro contra la maleza, fue doloroso, pero después de enfrentar a varios youkais se ha acostumbrado. Lo que no se esperó, es que sus oídos dejaran de funcionar, dejando un pitido que no le permitía escuchar nada a su alrededor. Levantó la mirada con pesadez, notando como en en el lugar dónde antes estaba quedó un círculo de tierra sin nada de vegetación, ¿Fue un rayo? No puede haber otra explicación más que esa.
Sintió unas manos sobre su cintura levantándola del suelo, volteó, encontrando a un Inuyasha con su rostro igual de lastimado que el propio. Su boca se movía con desesperación, como si le estuviera llamando, pero Kagome no podía oír nada más que un pitido.
—¡Kagome! — Inuyasha llamaba al nombre de la lastimada chica entres sus brazos, ella estaba despierta y no parecía tener heridas severas, solo simples moretones en el rostro y no respondía a sus llamados como si no le escuchara.
¿Se habrá lastimado los oídos por el impacto? Para él que es un youkai un rayo no es nada del otro mundo, pero para ella estando a esa distancia tan corta habrá sufrido una consecuencia en sus oídos. Maldición, era claro que ese ataque fue planeado, nunca hubo tormentas en Koucales durante la primavera. Quien quiera que haya sido tiene control sobre el elemento del Rayo y una necesidad de atacarlos solo a ellos.
Kagome se enderezó por su cuenta, dando suaves golpes contra su oreja en un intento de volver a oír. Poco a poco recuperaba la audición, solo que en un eco lejano que con el viento no ayudaba para nada.
—¿Qué fue eso? — Ella cuestionó, esperando que al menos la voz de Inuyasha a su lado sea escuchada.
—Un Rayo, pero es extraño… — Vió al frente, aún sintiendo el aroma a la maleza quemada en el aire. El cielo se cubrió de oscuridad, con pequeñas luces que aparecían tan rápido como se desvanecen, rayos que se acumulaban sobre las nubes. —No suele haber tormentas en estas épocas. —
—¡Inuyasha mira! — Kagome apuntó a una zona del cielo.
Allí, las nubes se dispersaron, dando paso a que la luna llena volviera a caer, pero no solo sobre ellos. Algo se presentó flotando en el aire de un oscuro color, siendo llevado por dos criaturas. Luego de ajustar la vista Kagome pudo notar que se trataba de una especie de carroza verdaderamente extravagante, y esas criaturas que tiraban de ellas, dos caballos sin piel ni carne, solo huesos. Era una vista aterradora bajo la luz de la luna y pasando a través de las nubes negras que seguían lanzando chispas entre sí.
La vista de Inuyasha era el doble de mejor que la de Kagome, pudiendo presenciar mejor el repentino espectáculo. Caballos esqueléticos que expulsaban una especie de sombra negra por la boca lo empujaban a través de las nubes, los jinetes eran un grupo de criaturas que el hanyou describió como seres de la muerte. Un tipo que solo solían aparecer al estar cerca de algún cadáver, cargando con sus almas en pena.
La carroza descendió a un punto dónde ya era fácil para Kagome verla mejor, posteriormente, uno de las verdes y pequeñas criaturas flotó hasta la puerta de la carroza, abriéndose con lentitud. Un grupo de pesadas cadenas cayeron de la entrada, por dentro no podía verse nada debido a la oscuridad, pero sabían que había alguien ahí.
Ninguno de los dos se movió de su lugar, parecían estar hipnotizados por saber de dónde salieron esos o quien estaba dentro de la carroza. Especialmente Inuyasha quien no tenía un muy presentimiento de la situación.
Finalmente, aquello que se escondía en el interior se asomó para presentarse ante los únicos espectadores. Atada a las mismas cadenas en sus muñecas, dejando que su larga cabellera negra se meciera con el viento al igual que la falda de un largo y brillante vestido rosado.
—¿Una mujer…? — Kagome no lograba comprender. La mujer que acababa de salir parecía humana desde la distancia, además de una prisionera de las criaturas que manejaban la carroza, pues estaba atada por unas cadenas que ellos sujetaban.
La mujer movió su cabeza hacia la dirección de ellos. Cambiando su inexpresividad al alivio y posteriormente al terror.
—Eres tú… — Quiso moverse más, pero uno de las criaturas sujetó sus cadenas y evitaba que se bajara de la carroza. —¡Inuyasha! — Gritó con desesperación, forcejeando con la criatura.
Kagome quedó anonadada, es posible que esperara de todo menos el oír el nombre de su amigo salir de esa mujer, menos como él se levantó de su lugar dejándola sola y sin decir palabra alguna, ¿La conocía? A juzgar por las ropas que lleva parece ser alguien importante, más por la tiara que brilla sobre su cabeza.
Llamó a su nombre repetidas veces, sin recibir contestación, es ahí que supo que algo no andaba bien. Se levantó de su lugar preocupada, dando unos pasos al frente para verificar su estado, grave error. Inuyasha estaba pálido, con sus labios separados respirando como si su cuerpo hubiera marchado por horas, gotas de sudor recorriendo su mejilla. Momentáneamente, su boca se movió, balbuceando una palabra con dificultad como si no fuera capaz de decirla o como si su garganta estuviera obstruida.
—Madre…— Terminó por decir tragando con dificultad, su mirar a punto de volverse cristal.
Kagome se llevó una de sus manos a su boca. ¿Acaba de decir madre? Es imposible…
Ella escuchó la historia por parte de Myoga, la madre de Inuyasha ya no estaba en el mundo terrenal, ella se fue con el resto del reino hacía años. Entonces ¿Cómo es que Inuyasha estaba llamando a esa mujer madre? ¿Podría ser una aparición? Un fantasma del pasado que se presentó tras haber pensado tanto en ella.
Esa mezcla de confusión los hizo ignorar como, de entre las nubes, una enorme figura cercana a una mano monstruosa con enormes garras se aproximó a la carroza. Para cuando ambos jóvenes en tierra lo notaron ya era demasiado tarde, aquella criatura tomó el transporte como si de un insecto se tratara, aplastándola hasta que no quedara más que escombros de ella. Los caballos se desvanecieron y las criaturas escaparon lejos de allí convirtiéndose en niebla, tan solo quedó la mujer colgada de aquellas garras que se enredaban en sus cadenas.
—¡Madre! —Estaba paralizado, su mente le gritaba que fuera tras ella, pero su cuerpo no podía mover un músculo de sí.
Una pesadilla, un cruel sueño que le regresaba al peor momento de su vida a través de la imagen de la mujer más importante que tuvo. Fue eso lo que pasó por su mente al verla gritar por su nombre, después de todo, no había otra explicación para algo así. Aún así, se sentía traicionado por sus propios sentimientos que le gritaban que fuera tras ella sabiendo que muy probablemente no era la verdadera. Esa expresión llena de dolor, la última que vio.
—¡Ve por ella! — La voz de Kagome apareció a su lado, como un golpe de realidad. Sujeta a su manga con fuerza y el terror plasmado en sus ojos.
Si ella estaba ahí, a menos que compartan la misma pesadilla, ¿Realmente eso estaba sucediendo? No, no podía creérselo, pero de todas formas por su propia tranquilidad acotó a sus palabras dando un fuerte salto en el aire. Sus garras fueron suficientes para lastimar uno de los dedos, pero no los suficientes para que la mujer fuera completamente libre. Un segundo golpe creyó que sería suficiente, tomando impulso con un grupo de tallos que crecen del suelo logró llegar hasta el brazo.
Sin embargo, antes de que pudiera dar el golpe final algo parecido a un látigo verde se enredó en uno de sus brazos mandándolo a volar cerca del árbol donde Kagome observaba. La chica gritó su nombre corriendo a su ayuda, Inuyasha se paró instantáneamente como si nada hubiera ocurrido, aunque con un pequeño malestar en el mismo brazo.
—Inuyasha, tu brazo…— Kagome palideció.
La extremidad de su amigo estaba quemada como si le hubieran echado agua hirviendo. Las ropas blancas fueron derretidas y las marcas eran como una soga invisible.
Inuyasha miró su brazo, pareciendo reconocer lo que sucedía en segundos, justo cuando sus dientes se apretaron susurrando algo que Kagome no llegó a escuchar.
Ese infeliz. Sí, nadie más que él podía dejarle una marca como esa en su brazo. Sus sospechas ya eran cercanas desde la caída del rayo sobre ellos y como parecía haber sido planeado.
—Cuanto tiempo sin vernos, hermano. — Su voz resonó en los cielos, hirviendo la sangre de Inuyasha con tan solo oírla.
Buscó al dueño, apretando sus dientes con fuerza para evitar saltar al aire con tal de encontrarlo él mismo. Cuando las nubes cesaron, la mano que sujetaba a la mujer que decía ser su madre, se convirtió en una enorme criatura de piel rojiza, los colmillos sobresaliendo de su boca eran aterradoramente enormes, un verdadero monstruo.
Pero lo más importante para él, era el hombre que yacía sentado sobre su hombro con brazos cruzados sobre su pecho. Esa sonrisa que mostraba sus colmillos, el disfrute se veía a la distancia e Inuyasha solo pensó en destrozarlo con furia.
—¡Sesshomaru! — Dejó salir esa ira al vocalizar su nombre. Un nombre que dejaba un asqueroso sabor en su boca y que no traía más que problemas en su vida desde años anteriores.
Kagome se vio aterrada por el tono que Inuyasha mostró. Estaba furioso en un nivel mayor al que presenció cuando se conocieron o al luchar contra Yura. Incluso en ese momento en que fue insultada por disparar mal una flecha no podía compararse a este.
¿Quién era ese tipo? Si mal no escuchó, le llamó hermano a Inuyasha y a decir verdad, ese tipo por más lejos que esté de ella, podía notar su larga cabellera blanca mecerse con el viento, un tono de color muy parecido a Inuyasha solo que más lacio y sin las orejas de perro en su cabeza.
Si Inuyasha tenía hermano o no ¿Por qué nunca se lo mencionó a ella?
—Aun mantienes mi recuerdo, que adorable. — La voz de ese sujeto era realmente tétrica, escucharla le daba escalofríos. —Te he traído un agradable presente ¿Y me pagas con ese tono? — Levantó una de sus manos apuntando a la mujer entre los dedos del monstruo.
Y como si de una orden se tratara, la criatura apretó su agarre en la mujer hasta que los gritos de ella desgarraron su garganta, dejando solo un quejido de ayuda al final.
Ningún hijo quisiera oír a su propia madre gritar de dolor, si fuera por Inuyasha ya habría saltado a ayudarla, pero es Sesshomaru de quien estamos hablando. Ese infeliz se ha esforzado por hacerle la vida imposible a Inuyasha tantas veces que ya no puede ser capaz de creer en sus palabras.
¿Qué su madre resucitó? Pura mierda, es más que seguro que solo se trate de una estúpida alucinación.
—¿Me crees estupido, Sesshomaru? —Apretó sus puños hasta que su palma sangrara. —Mi madre murió hace más de doscientos años… ¡No voy a caer en tu trampa! —
Sesshomaru dejó salir una risa entre dientes. A su lado, una criatura pequeña de arrugada piel verdosa sostenía un báculo con dos cabezas humanas. Él también se unió a las risas, dando un paso adelante en el hombro del gigante.
—Dice no ser estúpido, pero no sabe que su propio hermano conoce la magia de traer almas del reino de los muertos. — Se acomodó el báculo en su hombro.
—Silencio, Jaken. — Sesshomaru le callo, siendo obedecido por ese tal Jaken al instante. Al parecer ese pequeño era una especie de sirviente.
La chica apenas estaba conociendo todo lo relacionado con la magia de aquel mundo, y en sus explicaciones algo como atraer muertos de nuevo a la vida no iba incluido. ¿Era de hecho posible? Si así es el caso, no estaba tan lejana su idea de que aquella mujer no era más que una aparición. Sin embargo, la imagen cada vez más blanca en la sien de Inuyasha no mostraba ni la más mínima emoción.
Y es que, por su parte, Inuyasha sentía su sangre helarse. Es una magia complicada, requiere una práctica casi perfecta. Si tienes las habilidades, la tumba de esa persona y un maniquí dónde depositar sus almas, es probable traer de la vida a un muerto o al menos a su espíritu por un cierto periodo de tiempo.
Pero él se negaba a aceptar tan fácilmente que esa mujer era su madre regresada a la vida, después de años logrando superar su perdida no podía reaparecer así como si nada en su vida esperando una sonrisa en él. Sin tampoco quitar el hecho de que no podía permitirse confiar en ese hombre, hermano o no, Sesshomaru se ha ganado su odio.
—Él…tiene razón, Inuyasha. — Con voz débil la mujer intentó dar su explicación, podría verse como su cuerpo apenas le respondía por la fuerza del ogro sobre ella y aun así se armó de fuerza para hablar. —Fui ingenua al creer en una promesa, una que me permitiría volver a verte. —
Los ojos con los que tanto luchó para no humedecer dejaron caer una pequeña gota que corrió a través de su mejilla. ¿Realmente era ella? La mujer que lo trajo al mundo y lo crío había regresado ¿Para verlo? ¿Sesshomaru había caído tan bajo como para engañar al alma de su madre para usarla de marioneta? Conociendo a ese infeliz, con tan solo verlo sufrir haría cualquier cosa. Maldito ¡No te lo perdonare!
Sea como fuere, si es una trampa y él estaba a punto de caer, ya no le importaba, ella era su madre e iba a defenderla a muerte.
Una de sus manos apuntó al cielo, brillando en un tono verdoso, momentáneamente el suelo tembló hasta que desde dentro salieron un grupo de espinas que fueron guiadas por su creador para atacar al gigante que sostenía a su madre. Las espinas se enredaron en su brazo y tras ejercer una enorme fuerza el gigante chilló de dolor hasta que su mano cayó al suelo separada de su cuerpo.
Una cascada de sangre enloqueció al monstruo con gritos que perturban los oídos de cualquier presente, a excepción de Sesshomaru, quien sacó el látigo que colgaba del cinturón en su armadura, el mismo que usó para atacar el brazo de Inuyasha y que contenía un poderoso veneno capaz de herir a cualquier criatura con el mínimo tacto, golpeando al monstruo en el rostro continuamente, como si fuera alguna especie de castigo.
Inuyasha corrió hacia la mano que había caído para encontrar a su madre desvanecida sobre ella, y con total delicadeza, la tomó por la cintura alejándose de ese monstruo que probablemente buscaría volver a atacar.
En ese pequeño recorrido logró sentir una vez más el calor que con el tiempo de desvanecía de su mente, era tan nostálgico que si no fuera por la adrenalina de sentir como el gigante levantaba su otra mano contra ellos buscando aplastarlos, probablemente volvería a llorar.
Al aterrizar en el mismo lugar donde Kagome, él dejó a la mujer junto a ella.
—Cuida de ella. — Intentó que parezca una orden, pero su expresión lo dejó ver más como una súplica
—¿Qué harás tú? — Cuestionó con preocupación, mientras apoyaba la cabeza de la mujer desvanecida sobre su regazo.
—Ese imbécil se atrevió a perturbar el alma de mi madre, así que lo haré pagar. — Inuyasha respondió decidido, dando una última mirada a su madre antes de levantarse del suelo.
No obstante, antes de dar siquiera un paso lejos de las mujeres algo lo sujeto de una de sus mangas. Al voltear, su madre abrió los ojos, posicionándose sobre los de él con cansancio.
—Detente, mi flor de Meissa. — Ese apodo golpeo como miles de puñales. —No quiero que te hagas daño. —
Si, tenía que ser ella, nadie más tenía esa manera tan dulce y calmada de decir las cosas. Su voz era un calmante para el alma, una canción de cuna que le encantaba escuchar de niño y ahora por fin tuvo la oportunidad de volver a oírla.
Volvió a ponerse de rodillas, sujetando la mano de su madre entre las suyas, de la misma forma que ella lo hizo la última vez que se vieron.
—Está bien, madre. Te mostraré lo fuerte que me he vuelto. — Podría decir que estaba mintiéndole a ella y a sí mismo, pero fue suficiente para que ella sonriera asintiendo.
Le devolvió la expresión antes de levantarse y volver a su camino hasta estar frente a frente con aquel que se suponía era su propio hermano.
—Le faltas el respeto al alma de la Reina y te atreves a intentar enfrentarme. — Inuyasha mostró su odio sin dejar de lado sus modales. —No sé cómo puedes siquiera seguir considerandote digno de ser heredero. —
—Nombrar a una inmunda humana como soberana es una vergüenza a nuestro apellido. — Sesshomaru respondió, sin siquiera moverse de su posición. — Al igual que tú, que no eres más que un bastardo nacido con la sucia mezcla de su sangre y la de mi difunto padre. —
La sangre le hirvió al escuchar semejante insulto hacia su madre con tanto descaro, sin importarle en lo más mínimo que él lo haya sido también, un simple comentario sobre su sangre no significaba nada a comparación.
Desde detrás de él, Kagome ayudaba a la mujer mayor a enderezarse con sus manos enredadas a su brazo, buscando al mismo tiempo algún rastro de heridas graves.
—¿Se encuentra bien, majestad? — Mantuvo el respeto al título, de seguro que a diferencia de Inuyasha, ella estaba más acostumbrada a ser llamada de esa forma.
De cerca era aún más hermosa, con un perfecto maquillaje que casi no era necesario pues su piel parecía porcelana pura. Podía ver algo de Inuyasha en sus facciones, siendo casi idénticos entre sí, no dudaba en que fueran madre e hijo.
La mujer no respondió, simplemente dio todas sus fuerzas para poder pararse sin tambalear. Kagome no podía permitir que ella se arriesgara con las heridas que el gigante le había dejado, por eso intentó detenerla, rogándole que se quedara a su lado para estar más a salvo, pero la mujer no respondía a ningún llamado y solo se concentraba en querer acercarse a su hijo.
Él no le dejó, pegó un fuerte salto hacia el gigante, esquivando su otra mano que buscaba golpearlo con agilidad. Varios cráteres en el suelo con las marcas de sus dedos quedaron tras el intento de derribarlo. Inuyasha subió por su brazo, usando toda la fuerza en sus piernas para correr hacia su hermano que se mantenía sentado en el hombro del gigante, con brazos cruzados sobre su pecho como si apenas le importará que se estuviera acercando a él. Dicha tranquilidad se le hizo extraña durante unos segundos que fueron callados por la necesidad de golpear a ese imbécil.
Distraído y dando un salto con el puño cerrado tomando el impulso para romperle su perfecta cara, el gigante se le adelantó en el plan, tomándolo por sorpresa cuando fue sujetado por sus inmensos dedos. La misma fuerza que aplicó antes sobre su madre estaba siendo usada en él y podía confirmar lo insoportable que era en sus gritos ahogados de dolor. Sus ojos brillaron en el verde de su elemento, buscando una forma de librarse, logrando que un grupo de espinas rodearan la muñeca del gigante. Pero nuevamente fue descubierto y el agarre en él se ajustó a tal punto que ya no era capaz de controlar su propia magia.
Su vista se nublaba, le faltaba el aire al punto de irritar sus pulmones y garganta. Si seguía así, terminaría por desmayarse.
—¡Inuyasha! — La voz de Kagome llegó a sus oídos en un eco. Volteó con pesadez, encontrando a las dos mujeres viéndole con horror.
—No vengan…— No sabía si ellas serían capaz de oír su desgarrada voz consumida por el dolor, así lo esperaba al menos para que no se acercarán más al peligro.
Kagome, por simple inercia, detuvo su camino. Apretó su puño contra su pecho sin saber que hacer para ayudarlo, sin tener el arco y flechas con ella no encontraba otra solución.
Su respuesta llegó con la Reina quien seguía dando pasos adelante por más que su hijo le ordenó que no. Juntando sus manos para después alzarlas en el aire.
Kagome presenció anonadada como de ellas brotaba una hermosa flor rosada cercana a una Flor de Loto, que al florecer se llenó de una luz tan cegadora que tuvo que tapar sus ojos con sus mangas por el dolor.
Para Kagome e Inuyasha todo se desvaneció en un instante, la luz y la oscuridad se unieron en segundos hasta ser la última mencionada quien lidere. Una especie de sueño que los privo de todo dolor tanto corporal como mental.
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Sesshomaru presencio, al cesar la luz, como sus enemigos se desvanecieron en instantes, dejando nada más que pequeñas pruebas en el suelo de su anterior presencia. Sea lo fuera que haya hecho la humana mayor, fue un ataque estúpido en un intento por proteger a Inuyasha de él.
El gigante, que ya era un insecto desechable, cayó al suelo generando un enorme estruendo cuando su vida fue quitada con un solo golpe del Daiyoukai que separó su cabeza de su cuerpo, Sesshomaru aterrizó al suelo intacto. Siendo seguido por su sirviente que agitaba su báculo en un acto irritante. Sus planes parecían arruinados, de hecho, mantenían el mismo rumbo establecido con anterioridad.
—Cayeron como peces en una red. — Su sirviente rio.
—Te recuerdo que todo este circo fue idea tuya. — Mencionó sin dedicarle ningún tipo de mirada a la criatura que se tensó al escucharlo. —Haz lo que debes hacer si no quieres aceptar las consecuencias. —
—No se preocupe, Amo. — Dio una última reverencia antes de salir corriendo.
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Fue el primero en abrir los ojos encontrando el hermoso color verde brillante del césped debajo de su rostro. Se reincorporó intentando recobrar la conciencia por completo, con una ligera migraña que le hizo soltar un quejido. El repentino escenario en el que despertó era extremadamente brillante, sus ojos no se acostumbraban de todo a él.
Y de un momento a otro la imagen se hizo sumamente conocida. Desde lejos, siguiendo el camino de una mariposa con hermosos colores rojizos en sus alas, se encontró a una flor de Meissa creciendo de arbustos, acampanada como un pequeño faro de colores, en su centro la tan característica esfera de luz que le da su nombre como el de La diosa de la Luz. Pero no era solo una, ya que al voltear la cabeza, ignorando sus mareos, un enorme campo de las mismas flores se extendieron en el centro de un laberinto de arbustos, donde descansaba una hermosa fuente blanca de agua cristalina y pequeños arcoíris, mariposas revoloteando sobre ellas y el dulce aroma embriagando su nariz.
Se puso de pie, notando el enorme edificio que sobresalía desde detrás del laberinto, la enorme cantidad de ventanas y, por sobre todo, las banderas rojas extendidas con el símbolo del InuYoukai. Parecía sacado de un sueño suyo, tanto que llegó a creer que todo era realmente uno.
Antes de ponerse a caminar desde dentro del laberinto volteo sobre su hombro, viendo la imagen de Kagome recostada sobre el césped. Su rostro tan relajado le dio a Inuyasha una pequeña idea de que estaría bien si se alejaba unos pasos, no parecía un lugar peligroso después de todo.
—Despertaste, eso es bueno. — Desde detrás una cálida voz femenina lo sobresalto.
Su madre, la Reina Madre se mostró frente a él nuevamente, completamente intacta desde su vestido hasta su estado físico. Con el pasar del tiempo había olvidado lo hermosa que ella siempre fue. Una imagen divina a los ojos de Inuyasha, y bajo este angelical paisaje, no podía ser comparada con nada más.
Dejó que una sonrisa reposará en sus labios al verla, un saludo silencioso que ella respondió con dulzura.
El recuerdo de estar peleando contra Sesshomaru parecía tan lejano actualmente que ni siquiera se preocupó en preguntar por él, lo que menos quería era arruinar el único momento que parecía de paz teniendo la imagen de una mujer a la que perdió hace años.
—Este lugar… — No quiso continuar. Sabía que estaba equivocado de alguna forma, ese lugar en el que pensaba ya no existía. Al menos no de la misma forma que antes.
Ella asintió, volteando al castillo con ojos entrecerrados, la melancolía brotando de su café mirar.
—Esas flores eran una representación del amor puro. — La mujer volvió al hanyou. —Aquel hechizo que usé, nos transportó al lugar que más anhelabas visitar. —
Sí, era cierto. Él deseaba regresar a ese lugar, ese dónde pasaba horas jugando a esconderse entre los rincones del laberinto de los sirvientes y podía pasar tiempo con su amada madre bajo el cálido sol. El Paseo de los Ángeles es uno de los pocos recuerdos que mantiene en su contaminada memoria, llegando a pensar tanto en él que sus sueños ya lo toman como un punto especial que siempre repiten.
—Era mi lugar favorito…— Murmuró, antes de que las palabras comenzarán a atascarse en su garganta.
—Recuerdo como solías jugar entre los arbustos durante horas, te perdías entre las flores del laberinto, pero siempre encontrabas la forma de salir. — La mujer se acercó a una flor de Meissa, cortándola para presenciar como ésta perdía la luz de su centro. —Tiempos que se perdieron con facilidad…—
—Madre…— Inuyasha no quería dar su siguiente pregunta. —¿Tu realmente estás aquí? — Así mismo, tampoco deseaba escuchar la respuesta, porque sin importar que tanto quiere engañarse, él estaba al tanto de que no existía forma de revivir a un muerto capaz de poseer la calidez corporal que en vida.
—No quisiera ilusionarte, mi flor. — Ella respondió justo lo que él esperaba. — No puedo decir que estoy aquí, porque todo lo que ves es solo temporal. —
Ella se acercó al chico que ya estaba con ojos cristalizados, poniendo una de sus manos sobre su mejilla. Inuyasha se aferró a ella como si fuera lo único del mundo, tan solo para sentir el calor que de niño le arropo.
—Pero mi alma sigue siendo la misma, soy tu querida madre. —
–Solías amar esa flor. — El hanyou desvió el tema rápidamente, mencionando a la flor que ella sostenía en sus manos y a las otras que aún mantenían su brillo sobre los arbustos.
—¿Sabes por qué? — Él negó, es probable que su yo pequeño lo supiera. — Meissa era la diosa de la luz, es ella quien guía a las almas perdidas hasta el paraíso. —
La concentración del hanyou sobre la flor le hacía imaginar exactamente lo que su madre explicaba, pensar en que ella fue capaz de ver a Meissa hacía años y que ella la guió por un camino lleno de sus flores hasta llegar al paraíso, pero suponiendo que su alma fue accesible para Sesshomaru quería decir que ella jamás llegó a ese lugar soñado.
—Por eso mismo, es que tú siempre fuiste mi Flor de Meissa. — Inuyasha volvió sus ojos a ella, sorprendido. —Tú eras mi luz a la felicidad en un sendero de oscuridad. —
Inuyasha escuchó todo en silencio, no había nada que decir de todos modos y por más que quisiera, ya el tragar se le hacía difícil. Sintió las gotas caer de sus mejillas lentamente, siendo secadas a mitad del camino por uno de los dedos de la mujer.
El volvió a aferrar sus manos a la de ella contra su rostro, deseando simplemente poder regresar el tiempo en aquellos momentos donde no le importaba meterse en problemas para cortar un grupo de flores como obsequio para su madre, con tan solo ver su sonrisa era suficiente para que todo valiera la pena. Y a pesar de que su vida en el Reino no parecía ser de las mejores, ella era lo único que le importaba.
Ella también era su luz entre medio de la oscuridad.
—Inuyasha, tendré que irme pronto. — Después de un tiempo en silencio la Reina prosiguió, notando como las manos de su hijo comenzaban a temblar entre más sujetaban la suya. —Yo…ya no pertenezco a este mundo. — Tal frase destruyó el corazón del príncipe quien bajó la mirada para no mostrarle a su madre que se había quebrado.
No quería que se fuera, apenas volvía a verla tras años estando solo, si ella se iba esa soledad retornaría y no quería afrontarla. Ya no le quedaría nadie, tan solo los pequeños recuerdos en objetos rescatados de aquella noche en donde no quedó nada.
—No puedes dejarme…no otra vez. — Sollozo, dejando que su cabeza cayera sobre el hombro de la mujer.
—Lo siento, mi flor. — Le abrazó, acariciando su cabello con una de sus manos y la otra sobre su espalda. —Lo siento tanto…—
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Tras abrir los ojos su cabeza se sintió realmente mareada, sus ojos apenas visualizaban un campo verdoso en donde se reposaba y un dulce aroma le dio cosquillas a su nariz.
Cuando su vista volvió a su estado normal se percató de la presencia de espaldas de Inuyasha a unos largos pasos de ella. Con él y rodeando sus brazos en su cuerpo con puños cerrados, su madre le abrazaba con fuerza.
Los únicos ojos visibles eran los de ella, empapados de lágrimas, que al caer, manchaban las ropas rojizas de Inuyasha. Sus hombros subían y bajaban con fuerza, dándole un fuerte indicio de que él también estaba llorando.
Kagome no fue capaz de imaginar el alivio que deben de sentir ambos al reencontrarse después de tantos años y tragedias vividas. Aún sin toda su consciencia de vuelta ella estaba feliz con tan solo presenciar a su amigo estar a salvo en las manos de su progenitora. Sería mejor si los dejaba completamente solos, se levantaría del suelo y trataría de no estorbar lo suficiente aun si ellos le niegan esa molestia.
¿Eh? ¿Qué ocurre?
Al intentar volver a estar de pie ninguna parte de su cuerpo respondió, como estar encerrada en una parálisis del sueño, ni siquiera era capaz de mover su propia cabeza. ¿Qué es esto? ¿Por qué no puedo mover mi cuerpo?. El nombre del hanyou fue lo único que pasó por su cabeza, odiaba interrumpirlo, pero algo andaba mal con ella. Quiso gritarle y en vez de una palabra coherente, el sonido se ahogó en su garganta, sin ser capaz de siquiera mover sus labios ¡No puedo siquiera hablar!
Comenzó a desesperarse, y aprovechando que sus ojos eran lo único posible de mover observó cada cosa a su alrededor, los arbustos con extrañas flores brillantes o las mariposas revoloteando no decían nada, no lograba comprender su estado o que lo causaba.
Fue cuando se dio cuenta de la fuente cercana a los demás presentes, brotando agua desde una cima con forma de rosas y cayendo en una enorme cascada. No era algo que pudiera ayudarle, pero Kagome observó el agua, por simple curiosidad o por una intuición de que le diría algo, y así fue. El reflejo de Inuyasha y su madre era acompañado por pequeños arcoíris, pero algo no estaba bien en la hermosa imagen, mientras que el hanyou se reflejaba como siempre, la mujer era diferente. El vestido que llevaba en el reflejo era de tonos oscuros y con muchas partes quemadas y desgastadas, su cabello apenas tenía el mismo largo, la poca piel que se veía debajo de sus ropas era de un rojo vivo cercano a quemaduras y lo peor de todo era la neblina negra que la rodeaba a ella y también a Inuyasha.
¿Oscuridad? No…no se siente igual que Yura.
Quería equivocarse, la idea de que Inuyasha estaba siendo engañado por una imagen de su madre era cruzar la línea de crueldad. Algo estaba mal con la fuente o quizás ella estaba inventando todo en su mente por la desesperación de no poder moverse del suelo. Y con el fin de demostrar que estaba equivocada cerró sus ojos con fuerza para volver a abrirlos minutos después esperando que todo volviera a la normalidad, pero fue aún peor. El hermoso paisaje de antes desapareció, dejando un valle a orillas del río iluminado por la luna de madrugada. Esa era la normalidad que Kagome buscaba, el mundo real detrás del escenario que creo verdadero y que no fue más que una ilusión.
Aterrada regresó la vista a Inuyasha, donde su corazón casi sale de su pecho.
Aquella mujer a la que su amigo se aferraba en un largo abrazo, creyendo que se trata de su ya fallecida madre, resultó ser la maltratada imagen que Kagome presenció en el reflejo del agua, aunque lo peor no eran las marcas de quemaduras o el destrozado vestido, si no que, el rostro tan hermoso que antes dejaba caer sus lágrimas en el hombro de Inuyasha…desapareció.
Inuyasha, esa no es tu madre…
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La pequeña pulga sabía que no llegaría muy lejos si intentaba ir por sí solo a dónde su Joven Amo debido a la altura, por lo que tuvo que pedirle ayuda al pequeño zorro demonio que dormía en la cabaña, pero que por culpa de fuertes estruendos cercanos fue despertado. Claramente Shippo al no encontrar a Kagome por ningún lado de la casa aceptó el pedido del anciano.
Se preocupaba por su nueva amiga y peor cuando notó la terrible concentración de magia provenir de la colina donde ella junto a Inuyasha suelen reunirse, tal vez sea pequeño, pero tenía los aprendizajes necesarios para saber reconocer el tipo de poder elemental.
Corrió por el bosque con el anciano en su hombro, ambos en silencio hasta llegar a una bajada que los llevaría a lo más cercano del río, donde dos presencias conocidas los llevaron hasta lo más bajo. Shippo se escondió en un arbusto, buscando el paradero de Kagome pues su olor era cercano, hasta terminar encontrándola recostada en el suelo, en una posición que se podría decir era cómoda, aunque no en el medio del bosque a oscuras. Corrió a ella, ignorando las otras dos figuras a unos pasos, pues solo deseaba procurar que estuviera bien. Ella lo estaba, pero no como Shippo quisiera, pues sus ojos estaban abiertos y se movían de un lado a otro desesperados, pero no mostraba señal de poder mover su cuerpo.
—¡Kagome! ¿Qué ocurre? — Shippo quiso tocarla, siendo detenido inmediatamente por el llamado de la pulga.
—¡Espera! Kagome está siendo rodeada por seres del Mundo de los Muertos. — La pulga mencionó, pero Shippo no logró comprenderlo ya que para su vista no había nada ni nadie cerca de Kagome.
—¿Dónde? — Respondió tembloroso.
—Déjamelo a mí, Shippo. — La pulga saltó de su hombro a la mejilla de la chica.
Myoga no sabía una forma exacta de poder liberar a la mujer, su elemento era inútil y no conocía Magia Artificial que ayudará a la situación. Tras pensar unos momentos parado sobre la suave piel de Kagome, su mente le dio una mala, pero deliciosa idea para el momento, preparando su pico para sentir que tan dulce sabía su sangre.
Comenzó a succionar con felicidad, maravillado con el gusto de una sangre joven, habían pasado años desde que probó ese tipo de manjares. Y poco le duró el disfrute, Kagome logró volver a moverse y golpeó su mejilla con su palma, aplastando a Myoga.
Se levantó del suelo de un tiro sorprendida por la repentina habilidad para levantarse cuando hace un momento no podía siquiera decir palabra. Pensó en quizás Myoga le había echado algún tipo de hechizo para despertarla, aunque por la escena, parecía más bien que se estaba aprovechando para intentar tomar de su sangre.
Estaba mareada, pero eso no evitó que lograra reincorporarse dando un fuerte suspiro.
—¡Kagome! — Shippo saltó a los brazos de la mujer, sorprendiéndola.
—Shippo ¿Qué haces aquí? — Le regañó aún aceptando su abrazo.
—Kagome, qué gusto que hayas reaccionado. — La pulga reapareció en su hombro.
—Anciano Myoga ¿Qué está sucediendo? — Kagome dejó de lado los saludos y fue directo a lo que realmente le importaba.
—No estoy muy seguro, pero parece que mí Joven Amo está siendo controlado por alguien. — Myoga observó a Inuyasha quien seguía en los brazos de esa ahora extraña sin rostro. —Ven, busquemos un escondite antes de que ella vea que estás despierta. — La energía elemental de la zona era cercana a él, sin siquiera tener que adivinar ya sabía que se trataba del mayor de los hermanos.
Myoga llevó a Kagome y a Shippo al arbusto donde se ocultaron apenas llegar. Ahí, la imagen de Inuyasha era aún más lejana, pero les daría el tiempo para pensar en que podría estar sucediendo o que hacer para despertarlo.
De a poco en la cabeza de Kagome las cosas se acomodan, y recordó que Sesshomaru era el hermano mayor de Inuyasha, el que los atacó primero y quien parecía tener control sobre esa imagen falsa de la Reina.
Por su pequeña conversación con Inuyasha, si es que podía llamarlo conversación, parece que no se llevan para nada bien, alguna discusión por la corona suponiendo que ambos son de la realeza, aunque Inuyasha no demostró interés por ese tipo de poder anteriormente.
Volviendo al punto, Sesshomaru dijo que era capaz de traer a los muertos a la vida, no estaba al tanto si ese tipo de magia era posible aún, quizás Sesshomaru solamente le tendió una trampa a Inuyasha, pero ¿Para qué? ¿Qué ganaría Sesshomaru al engañarlo con una imagen de su ya fallecida madre? Más que una trampa sonaba como si solo lo estuviera torturando por diversión.
—Una Madre de las Sombras. — Myoga mencionó sacando a Kagome de su mente.
—¿Madre de las sombras? — Ella y Shippo repitieron.
—Es un espíritu que nace de las madres que murieron en desgracia y dejaron a sus hijos solos en este mundo. —Myoga comenzó a explicar. —Suelen tomar la forma de ellas en sus últimos momentos y vagar por las zonas cercanas a donde vieron el mundo por última vez. —
Kagome comprendió todo. La madre de Inuyasha murió en el incendio del palacio, fue ahí donde se la vio por última vez. Eso explica las quemaduras y el vestido machacado, es probable que todo el negro en las telas sean los rastros de cenizas. Es esa la forma en la que ella terminó.
—No entiendo porque Lord Sesshomaru usaría tal truco con su hermano, ¿Qué ganaría? — Myoga analizó en voz alta, teniendo las mismas dudas de la chica. —A menos que…no, pero sería imposible. —
—¿Qué cosa? — Kagome apresuró al anciano. —¿Qué es imposible? —
—Hay algo que oculta el Joven Amo que quizás Lord Sesshomaru busque. — La pulga resumió sus ideas. —El problema es que nadie, ni siquiera yo, sé que es o donde se oculta. Por eso es imposible. —
—Eso no nos dice cómo ayudar a Inuyasha. — Shippo se desesperó primero.
—¿Y yo qué voy a saber? — Myoga saltó en el hombro de la chica. —Kagome tienes que ayudar al Joven Amo de inmediato, si esta ilusión le deja saber al Lord sobre el tesoro que oculta estaremos perdidos. —
—Pero es que no sé cómo… — Kagome volteo a Inuyasha nuevamente, y lo próximo que vio la hizo ahogar un grito de horror.
La criatura, con sus manos sobre la cabeza de Inuyasha, lo empujaba al interior de sí misma, absorbiéndolo. Kagome, aunque asqueada por la escena, se levantó del escondite comenzando a correr hacia su amigo, no podía permitir que ese ser se lo llevará, era injusto, Inuyasha estaba feliz de por fin lograr ver a su madre después de tantos años y ellos solo se aprovechan de esos sentimientos.
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Estaba flotando, bajo la marea de un cálido océano que le abrazaba, era tan tranquilo, no tenía porqué abrir sus ojos. Aún en la oscuridad, se sentía en paz. Tal sentimiento de tranquilidad no había sido experimentado en mucho tiempo, era así cómo se sentía estar rodeado por los brazos de su amada madre ¿Verdad? Nada más importa en el mundo que solo estar con ella. Escuchar su voz cantando hermosas canciones de cuna con historias de héroes y monstruos mitológicos de sus tierras natales. Nada más importaba, su mente estaba en blanco y solo podía escuchar la voz de su madre susurrar a su oído lo mucho que lo amaba durante minutos, horas, ya hasta había perdido la noción del tiempo. Pero nuevamente, nada importa.
Hasta que repentinamente, su voz se detuvo, ¿Se quedó dormido? En ese caso no deseaba despertar más.
Hijo, dime ¿Dónde está?
En un eco distante, la voz de su madre regresó comenzando a cuestionar incoherencias que él, tan relajado como estaba, no era capaz de comprender y sin importar cuantas veces demuestre ese desentendido ella continuaba ¿Qué es…?
¿Dónde está la tumba de tu padre?
¿La tumba de su padre? ¿Qué clase de pregunta es esa? Era obvio que no lo sabría, se suponía que su padre había muerto en el mismo lugar que ella, entre los escombros del castillo, pero él no estaba ahí.
Yo sé que tienes un hermoso regalo de su parte.
Eso, responde mí pregunta
Solo haz un esfuerzo por recordar dónde está.
¿Un regalo? No, jamás había recibido nada de su padre, su preocupación hacia él era nula y su presencia a su lado igual, entonces ¿Por qué le daría un regalo?
Así estuvo durante largos minutos intentando evitar esas constantes preguntas que perturban su tranquilidad, pero ella insistía. Tanto, que al final algo dentro de él le dijo que sí sabía dónde estaba eso que su madre tanto preguntaba. Era algo que se encontraba en lo más profundo de su corazón, oculto como la mayoría de sus recuerdos del pasado.
—La Perla Negra en la derecha.— Su voz logró murmurar, pero la verdad es que él ni siquiera sabía que estaba diciendo.
Se dio cuenta que algo no andaba bien. Aquella oscuridad no era por un profundo sueño, no estaba dormido, simplemente había algo que le impedía abrir sus ojos, algo que no lo dejaba moverse y que de apoco comienza a asfixiarlo. El agua sobre él se volvía pesada, hundiéndose más en las profundidades sin poder hacer nada para evitarlo.
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Por más que haya intentado correr hacia el hanyou un muro invisible la empujó lejos cayendo sentada unos centímetros atrás. Myoga dijo que era una barrera creada con magia y que no sería capaz de pasar al menos que sea derribada, más cosas de las que preocuparse. Se volvió a levantar, ignorando las advertencia del anciano de que sus acciones son inútiles y hubiera vuelto correr si no fuera porque un movimiento entre los arbustos le llamó la atención. Fue así que una nueva presencia se hizo presente a la escena, el pequeño sirviente verde de Sesshomaru, que se acercó al espíritu junto a Inuyasha, acertando en la duda de Kagome de que todo esto está siendo planeado por Sesshomaru.
—¡Oye, Madre Inútil! — Llamó al espíritu quien obedeció al llamado volteando su inexistente mirar a él. —Quiero suponer que ya has encontrado la respuesta que estamos buscando. — Con una horrenda sonrisa esperó a la respuesta de ella quien con duda dijo…
—"La Perla Negra en la derecha", dijo él. —
—¿La perla…? ¿Qué clase de respuesta es esa? —Se molestó, agitando su báculo de dos cabezas en el aire. — No me dice nada, sigue preguntando. — Aunque sea insistente la mujer sin rostro se negó.
—Señor, su propia mente fue quien decidió bloquear los crueles recuerdos de su pasado. — Kagome abrió los ojos con sorpresa. — Si sigo así, el alma de esta pobre criatura será destruida. —
¿Por eso Inuyasha no recuerda mucho de su pasado? Su propia mente bloqueó esos recuerdos a causa del trauma. Kagome le vio, de espaldas siendo absorbido por una falsa versión de lo que quedó de su madre en uno de los acontecimientos más fuertes de su vida. El pensar en lo que vivió, en cómo tuvo que dejar ir a todos los que ama para comenzar una nueva vida, completamente solo. Y él recuerda esa noche, solo que no de manera completa, puede que hasta solo sean cortos fragmentos que fue recopilando con el pasar del tiempo.
Todo eso hacía que está trampa fuera mucho más despiadada proviniendo de alguien que se supone es su familia. La sangre de la mujer ardió en la furia, ¿Cómo alguien podía ser así de cruel con un chico tan dulce como Inuyasha? No se los perdonará.
—¡No me importa! — Interrumpió. —Mi vida vale mucho más que ese insecto. Y si no consigo respuestas el Amo Sesshomaru me matará. —
Kagome se percató, dejando la conversación, que la barrera tenía un extraño símbolo cercano a una Runa, probablemente algo que podría usar para derribarla. Si tan solo tuviera algo con lo que golpearlo desde la distancia para no ser descubierto.
Si tan solo tuviera su arco y flecha…
—Yo puedo ayudar. — Shippo levantó la voz después de que Kagome explicara los obstáculos de su plan.
Dio un pequeño giro en el aire y una enorme bola de humo lo rodeó, molestando la garganta de la humana que tosió agitando su mano. Al disolverse, lo que antes era Shippo se presentó como una especie de objeto azul que simulaba ser un arco, al menos eso creyó por la flecha a su lado.
—Ese es un lindo caracol, Shippo. —Myoga mencionó. —Pero ¿Qué hay del arma? —
—¡Soy un arco! — Shippo habló a través del arco que tembló mostrando su molestia.
Kagome tomó a Shippo entre sus manos, y a pesar de su apariencia, era un perfecto arco y flecha improvisado que esperaba no desperdiciar porque eso valdría la vida de Inuyasha. Se alejó lo suficiente para que el impacto sea mayor en la Runa sin que ninguno de ellos saliera lastimado en el proceso. Suspiro hasta sentir seguridad y sujetó la flecha con fuerza, justo como cuando lanzó un ataque directo al nido de Yura. Esa energía que pasó por su venas, cerró los ojos en un intento de volver a sentirla, traspasando ese sentimiento a la propia flecha con total concentración.
Una ilusión de sus venas siendo llenadas por un rastro de luz, la llenaba de adrenalina. Al abrir los ojos, la Runa se hizo aún más visible, brillando en un color azulado. Kagome estiró con un poco más de fuerza la cuerda antes de soltarla y dejar que la flecha vuele por el aire.
La flecha dejó una larga estela de pequeñas luces, las miles de posibilidades finales se sobrepusieron en su vista, sin que se percate al momento el triunfo de su tiro que se clavó directo en la Runa. La inmensa luz ocasionada por el choque desintegró la flecha, y al mismo tiempo, la barrera cayó.
El sirviente de Sesshomaru, sobresaltado por el repentino ataque, levantó su báculo en defensa de la mujer que sostenía lo que aún resta de Inuyasha. Kagome no tuvo miedo de salir disparada en el instante en donde la barrera cayó, encontrándose cara a cara con el youkai.
—Una de las caras es capaz de escupir fuego. — Myoga murmuró en su hombro.
Ella pudo quedarse en su lugar protegiéndose tras el consejo, eso solo pondría aún más en peligro a Inuyasha y se negaba a seguir viéndolo sufrir. Siguió corriendo, el youkai dio unos pasos atrás y una de las cabezas de su báculo tembló, y antes de que el fuego se disparara de ella, Kagome se agacho a una velocidad que ni ella conocía de sí misma, tomando una piedra cercana que lanzó al youkai, con bastante buena puntería. La piedra le pegó justo en la cabeza, quedando terriblemente mareado en el instante. Así, Kagome aprovechó para acercarse más a él y sujetar su báculo de la cima, logrando quitárselo al empujarlo de una patada.
Lo único que quedaba ahora, era la mujer que se escondía detrás de él.
Kagome intentó acercarse, pero la mujer se alejó de un largo salto. Sin importar cuántas veces le diga que dejara en paz a Inuyasha ella simplemente no hacía caso, para ella ese chico era su verdadero hijo y no lo soltaría con total facilidad, al menos no mientras Kagome no encuentre una manera de alejarlo de ella.
— Mi Joven Amo está bajo un trance. — La pulga habló, ganando parte de la atención de una Kagome agitada. —Encerrado en una fantasía que esa mujer creó para él. Si tuviera que buscar una solución, diría que hay que destruir esa ilusión al igual que la barrera. —
—¿No es eso obvio? — Shippo regresó a su estado normal, sujetándose del hombro de Kagome.
El zorro tenía razón. Por más que quisiera ayudar, la pulga no hacía más que repetir lo mismo que ella ha intentado hacer desde el principio. Sólo que, llegando a ese punto, ya no sabía que podía hacer.
Desesperada, buscó en cada rincón alguna pista. Y es entonces que las vio. En el mismo lugar dónde ambos reposaban, un gran grupo de esas extrañas flores luminiscentes creaban un camino que guiaba al lago. Esas mismas flores crecían de a montón en el jardín falso.
—Esas flores…—
—Flores de Meissa. Suelen encenderse durante la noche como un faro. — Myoga respondió. —Eran las favoritas del Joven Amo, incluso Su Majestad solía llamarlo de esa forma como un apodo cariñoso. —
En ese caso, habría suficiente sentido que ese sea el punto clave que une a esa criatura con Inuyasha. Si ella destruía esas flores, puede que Inuyasha regrese en sí. No perdía nada en intentarlo.
Sujetó con fuerza el báculo de su enemigo apuntando hacia las flores, si pudo acertar con la puntería y traspaso de energía en una flecha, podría hacerlo con esa pequeña arma.
No lo pensó de más, tomó impulso repitiendo la misma concentración anterior, dejándolo ir con todas las fuerzas que su delgado cuerpo podría soportar. La distancia y velocidad con la que el arma voló fue impresionante, casi como una bala. Se incrustó en el centro de una de las hermosas flores, generando una concentración de Luz que desintegró a todas las demás del camino.
La criatura chilló de dolor, teniendo que separarse de Inuyasha a la fuerza con las manos extendidas en un intento de someterlo nuevamente.
Inuyasha cayó al suelo inconsciente, su cuerpo presentaba una palidez preocupante. El impacto en el suelo rasgó su coleta, dispersando sus cabellos plateados por la maleza.
—¡Inuyasha! — Kagome se apresuró a asistirlo.
Inuyasha recobró la conciencia en el momento donde la chica se arrodilló a su lado. Tosió con fuerza casi rasgando su garganta, buscando por el aire que le faltaba y que movió su alrededor de un lado a otro. Parpadeó, al principio no veía más que colores borrosos, poco a poco se fue transformando en formas más identificables, logrando notar a la humana de rodillas junto a él.
Kagome fue ignorada cuando el contrario volteo tantas veces que parecía estar por romper su cuello, desesperado por querer encontrar algo. Finalmente, supo que el trance había desaparecido.
Su preocupación solo se basó en ligeras miradas al resto del cuerpo de Inuyasha en búsqueda de heridas, nada grave a simple vista, tan solo un cuerpo sudado y pálido.
Antes de que pudiera decir algo, un estruendo en el suelo los alertó a ambos, el golpe de un rayo en el suelo del que apareció el mismo Sesshomaru, repitiendo su entrada anterior y más cercano a Kagome, siendo ahora capaz de notar la amenazante aura con tan solo tenerlo de espaldas. Y cuando sus ojos se voltearon por sobre los hombros, el dorado intenso le provocó escalofríos, hasta podría jurar ver el destello de los relámpagos en ellos.
—No quería creerlo. —Regresó su vista al frente, a donde reposaba la falsa Reina con su cabeza baja. —Que algo tan valioso sea dejado en manos de un inmundo Hanyou como tú. —
Solo en ese cruce de miradas que tuvo entre su hermano y esa figura que hace unos momento para él fue su madre, todo tuvo sentido.
Sesshomaru planeó todo. Usó una criatura con la imagen de su madre para encerrarlo en un trance y hacerle creer que ella regresó. Lo único en su vida que habría valió la pena, usado como un método de tortura. ¿Por qué? ¿Qué ganaba en hacerle eso? Tan sólo alimentar su ego o quizás para burlarse de él. Quiso confiar en que no sería capaz de caer tan bajo, que su odio hacía él no le llevaría a manchar la imagen de su difunta madre solo para verle sufrir ¿Acaso no lo ha destruido lo suficiente en todos éstos años de enemistad? ¿Realmente se siente en el total derecho de hacerle eso solo porque es mayor o un ser de sangre pura?
Pues no es así.
Se levantó del suelo, ignorando los llamados de Kagome tras suyo. No existía voz que pudiera parar su propia ira ardiendo en su sangre, gritando sus deseos por destruir cada parte de su hermano de la misma forma que él hizo. Dio un salto, sin notar como de la tierra fueron expulsadas enormes espinas. Muestras de su propia furia en la naturaleza.
Tenía una única meta, la espalda desprotegida de su hermano y sus garras cubiertas de un verdoso brillo, un ataque que hasta ahora no ha utilizado. A diferencia de Sesshomaru, Inuyasha no necesita un látigo para proporcionar venenos.
Sesshomaru, con una rapidez que sus ojos no fueron capaces de leer, desapareció de su lugar, sólo para reaparecer una vez que su mano sujetaba con una extrema y mortal fuerza su cuello. Apretando hasta que las garras perforaban su piel y la respiración apenas pasaba por su garganta, con el sabor asqueroso de la sangre acumulándose en su seca boca.
—La Perla Negra de la derecha ¿Eh? — Sesshoumaru rio entre dientes. —Ese es el verdadero escondite del mayor mapa de todos…—
Alzó una de sus manos, acumulando la energía mágica en ella.
—Aquella que me llevará a lo que esconde La sagrada tumba de mi padre. —
Sus dedos se incrustaron en el ojo derecho de su hermano, dejando caer la sangre en su plateada armadura. Los gritos de su hermano que sintió su ojo aplastado por las garras que rebuscaba en su interior, no generaron nada en Sesshomaru, tan solo una sonrisa satisfactoria. Al sacar sus dedos cubiertos de carmín, un objeto cayó al suelo picando varias veces a los pies de ambos.
Sesshomaru dejó ir a Inuyasha lanzándolo por los aires. El dolor era tan insoportable que apenas sintió el golpe del suelo, solo se apresuró a llevar una de sus manos a la cuenca vacía, intentando calmar la hemorragia que le estaba acelerando la respiración y mareando.
Escuchaba con eco su nombre siendo gritado por Kagome y él solo esperaba que ella se mantuviera lejos de ellos.
—Al fin, el mapa que tanto busqué. — Levantó del suelo lo que parecía ser una esfera negra cubierta de su sangre, o al menos eso creyó, es difícil ver en ese estado. —Debo agradecerte hermano, gracias a ti puedo recuperar lo que debería de ser mío. —
—Vete a la mierda…— El menor gruñó jadeante.
Aquel insultó pareció atacar a Sesshomaru, quien sin siquiera pensarlo, levantó su látigo de veneno lanzándolo contra su hermano, un solo ataque a la cabeza sería suficiente para destruirlo.
Inuyasha desvió la cabeza esperando sentir el golpe, pero jamás llegó. En vez de eso un grito femenino resonó hasta quebrarse y pedazos de carne envueltos en telas rosadas se esparcieron por el suelo. Al levantar la mirada, la cabeza de la Madre de las Sombras reposaba como única extremidad restante. ¿Se sacrificó por él? Ella no era su verdadera madre y sólo fingía serlo para conveniencia de Sesshomaru porque se supone que él es su superior, aún así, fue capaz de traicionarlo para proteger a Inuyasha.
Una parte de él, aquella que aún seguía aferrada a la fantasía de volver a tener a su madre con él, se inclinó en un intento de alcanzar la cabeza. Incluso si no tenía rostro, si trabajaba para su cruel hermano, al menos le dió a Inuyasha la corta felicidad de hablar con ella una última vez.
—Hijo… — Ese desgastado murmullo antes de que el látigo destruyera lo que quedaba de ella, terminó por quebrar todo en el hanyou. Justo como en esa noche, todo terminó igual, sin que él fuera capaz de hacer algo para salvarla.
Kagome, unos pasos atrás, recordó las palabras de Myoga, ese tipo de youkais suele tomar la apariencia de las madres para proteger a los niños que no pudieron en vida, llegando a creer que son sus verdaderas madres aunque solo comparten la apariencia. Esa mujer, estaba convencida de que Inuyasha era su hijo, es por ello que lo protegió y el porqué de su deseo de absorberlo hasta hacerlo una parte más de ella.
Sesshomaru se volvió a su sirviente, fingiendo como si nada hubiera pasado y con sus manos aún cubiertas por la sangre de Inuyasha. Un simple movimiento de cabeza pareció ser suficiente para que la criatura verdosa sepa lo que deseaba. El báculo que quedó clavado en el suelo voló hasta sus manos con tan solo un chasquido, y ya en las manos de su verdadero amo las cabezas temblaron.
La esfera fue dejada una vez más en el suelo para ser golpeada con la punta del arma, hasta esperar a que la cabeza de la mujer gritara con horror. Cuando sucedió, de aquella esfera surgió un enorme círculo de magia con una estrella invertida en su centro, brillando en grandes tonos morados. Un portal.
Sesshomaru no dudó en poner un pie sobre él, siendo absorbido al instante y seguido de su sirviente.
Kagome aprovechó la desaparición para correr a su amigo gravemente herido. Sujeto sus hombros en un intento de ayudarlo a reincorporarse, asqueada internamente por la sangre ya casi seca en su cuenca vacía, pero más preocupada por su estado casi crítico.
Detrás de ella, sin darse cuenta, el pequeño zorro salió del arbusto donde debía esconderse y se acercó a ellos, presenciando con horror cómo había quedado el rostro de Inuyasha.
—Inuyasha…tu ojo. —Murmuró acercando una de sus manos a la cara del hanyou. No le agradaba la sangre para nada, aún así se atrevió a quitar esos restos que quedaron como lágrimas en su mejilla.
—Estoy bien, ya dejó de doler. —Quiso calmarla, sin saber lo segura que estaba Kagome de que eso no era más que mentira.
—¡Joven Amo! — Myoga apareció en la cabeza de Shippo, dando un salto hasta el hombro de su amo, llamando entre gritos hasta por fin recibir su atención. —Debe de entrar a ese portal. —
—¿Qué…? —
—¿Cómo puedes decir eso en su estado? —Kagome saltó en defensa, negándose a dejar que su amigo siga arriesgándose.
—No lo entienden. —Pareció desesperado. —Ahí dentro se encuentra uno de los tesoros que su padre dejó, uno que Sesshomaru no debe encontrar. —
Inuyasha observó el portal que estaba a poco tiempo de cerrarse, no le interesaba cualquier cosa que su padre le haya dejado para ser sincero, pero tampoco deseaba dejar a Sesshomaru escapar después de todo lo que le provocó. No le importaba si ya no tenía uno de sus ojos, no lo necesitaba. Solo con tener su magia y unos fuertes deseos de destruirlo le bastaba.
—Bien, lo haré. —Se levantó del suelo tambaleante.
—¿Piensas ir? — Kagome lo siguió, sosteniendo su espalda para que no cayera. —Pero estando así…—
—No es nada, he pasado peores. — Sus heridas sanaran en unos momentos, solo era algo incomodo tener que ver de un solo lado ahora, pero se acostumbrara, no tenía otra opción.
—¿Y si voy contigo? —Shippo se aferró a su pierna. —Yo también soy un youkai, puedo ser útil. —
Inuyasha no fue capaz de soportar el golpe en su pecho, la voz tan dulce de Shippo, sollozante por su herida le generaba una gran culpa. Pero no podía arriesgarlo a que se enfrente a Sesshomaru siendo nada más que un niño, no cometería ese error. Además, siendo sinceros, ambos sabían que no quería hacerlo realmente y solo estaba buscando ser valiente, si no fuera así, su tierna colita no estaría temblando como el cascabel de una serpiente.
—Shippo. —Se arrodillo frente a él, teniendo que detenerse unos momentos al sentir su mundo dar vueltas, soltando un suspiro cuando ya se encontraba algo mejor. —Ya que eres un youkai, necesito que te quedes a proteger la aldea y a Kagome por sí—
—Pero Kagome ya está en el portal. — Shippo lo interrumpió apuntando al frente.
Inuyasha volteó rápidamente encontrando que, efectivamente, la chica estaba a unos pasos de entrar al portal, siendo que unos minutos atrás se encontró a su lado.
—Kagome ¿Qué mierdas estás haciendo? — Volteó sobre su hombro.
— ¿Qué? ¿Piensas que voy a dejarte con esas heridas? —Kagome sonrió con total decisión, sin esperar respuesta del hanyou antes de entrar por completo al portal.
—Pero…— Inuyasha tragó sus palabras. —Agh, bien. Shippo, solo quédate aquí. — Ordenó por última vez antes de levantarse y correr tras el portal
El zorro pareció entender al quedarse quieto en el lugar, viendo como Inuyasha se metía dentro y el portal se cerraba por completo, como si supiera que esas eran las únicas personas que debían entrar. Incluso el anciano Myoga fue con ellos, dejando a Shipp completamente solo en el silencio de una noche que se calmó.
Volteó al pueblo que veía desde la distancia, sin saber si debería de despertar a Kaede o quedarse él como único protector de toda esa gente, después de todo es lo que Inuyasha le confió, no podría fallarle.
—De ahora en adelante, tengo que ser muy valiente. — Apretó sus puños, listo para luchar con cualquier cosa que se le enfrente. Solo le faltaba saber cómo detener el temblor de su colita.
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