El Ascenso de un Científico Loco
¡Descubriré cómo Funciona el Mundo!
El Enviado. El Último Nudo.
Dolor. Culpa. Remordimiento. Autodesprecio…
Esas fueron algunas de las emociones que me atacaron cuando observé la pequeña espalda de Rozemyne alejarse de mi y caminar hacia su infierno personal sabiendo que estaba lista para afrontarlo, y todo por mi culpa…
'Fue por su bien. Fue por su bien. Fue por su bien…'
Lo repetía como un mantra dentro de mi mente; porque, aunque sabia que era cierto y que ella ahora sería capaz de sobrevivir, no podía dejar de sentir que algo había muerto en mi en el momento en que Rozemyne dejó de ser Myne…
No lo había notado antes, ella respondía a Rozemyne porque yo seguía llamándola así, pero siempre pensó en si misma como Myne. Se había llamó Myne en el momento en que volvió a ver a su madre, pero fui un tonto.
'Sinceramente no me sorprendería si Rozemyne decide anular nuestro matrimonio apenas vuelva, o me exige le devuelva su nombre…'
Lo peor era que, en este momento, se lo devolvería sin luchar. La amaba, la amaba más que a mi vida al grado que me sometería al harakiri si ella lo deseaba. Lo haría si eso le devolvía lo que le robé.
Respiré hondo cuando me di cuenta de que estaba llorando, tratando de controlar mi llanto sin éxito alguno.
Me agaché sobre mi mismo tratando de contenerme, tratando de contener la necesidad de destrozar todo lo que estuviera a mi alcance, tratando de no comportarme como un animal iracundo… en este mundo existía el maná, podía matar a alguien si no me controlaba.
No tenía cabeza para entender porque aun no estaba frente a los dioses o de vuelta en Eisenreich en mi tiempo a causa del remolino de miseria y angustia que me envolvía.
Cuando fui capaz de calmarme un poco, la sorpresa se llevó mi malestar.
El jardín en el que estaba ahora me era familiar. Fue un jardín que visité varias veces a inicios del salto anterior. No estaba seguro del motivo, pero si estaba seguro de algo.
'Esto no ha terminado.'
La idea de que Rozemyne estuvo en peligro dentro del palacio me hizo entrar en la torre bajo el amuleto de Verbergen.
Para mi, estuve en esta misma habitación hace tan solo tres días, el día que llevé a Rozemyne a despedirse del que fuera su hogar, el día que la ayudé a guardar todo lo que no podía llevarse a Eisenreich, como los libros que le hice y el material de estudio que prometió recuperar un día ya que eran su tesoro.
No pude detenerla aun a sabiendas de que, cuando fuera el momento, no querría nada de eso… no querría recordar o recuperar nada del hombre que le robó su infancia y…
'¡Basta! Puedes odiarte o esperar a que tu esposa te diga cómo se siente. ¡Concéntrate! Ella no es inmadura o infantil, será difícil, pero podrán superarlo. No lo decidas por tu cuenta, no pierdas la fe en ella. Myne te está esperando. Incluso si no te recuerda, ella sabe que perdió lo más importante. Myne te está esperando.'
Casi tropecé en mi camino a la habitación de Seradina cuando mi inconsciente comenzó a regañarme. Por poco no pude reconocer la voz en mi cabeza. Mi subconsciente solía burlarse de mi, no animarme, por lo que no sabía que pensar.
Respiré hondo. Esto aun no terminaba. Cuando volviera, dejaría que Rozemyne me juzgara. Debía confiar en ella. Debía confiar en que podríamos superarlo, como Ewigeliebe y Geduldh.
"Si me rindo ahora, si dejo de confiar en ella, entonces esto no tiene sentido." Murmuré para mí.
En el tejido que debió ser, repetí mi vida como Tetsuo, pero tuve gente a mi lado. Personas a las que quería, mis sobrinos, mis primos, maestros, amigos, rivales, mucha gente se quedó conmigo y me apoyó, pero ella…
Rozemyne no tuvo a nadie, si, tuvo a su madre, pero no pudo volver a salir de la soberanía en toda su vida. Quedó condenada al olvido. Nadie la recordaba, incluso su nombre fue olvidado. Ella no merecía eso. Esto era por ella. Esto era para que su vida no se perdiera.
Tenía que recordarlo. Tenía que aferrarme a eso hasta que volviera a verla y si Rozemyne ya no me quería a su lado… encontraría la forma de disculparme con ella, encontraría la forma de volver a su lado así fuera cómo parte de su séquito, porque ese era mi deseo.
Un poco más recuperado seguí subiendo. Escuché algunos gritos inconexos. Solo cuando pude pegarme a la puerta entendí lo que estaba pasando.
"¡Traigan las piedras de maná!"
"¡Agua!"
"Muy bien, ¡ahí viene! ¡Preparen las herramientas mágicas!"
Podía escuchar a una mujer gritando, pujando.
"¡Es una niña!" celebró alguna mujer, no reconocí su voz. "¡Traigan la herramienta! Necesitamos reportar los colores de la niña."
Hubo un largo momento de silencio en la habitación. Quería saber qué estaba pasando, ¿Rozemyne tuvo una hermana? No, eso no era posible, Seradina no habría dejado ir a ningún hijo.
"¡Oh mis dioses! Una Princesa que nace como plebeya ¡Qué Horror!"
No estaba entendiendo nada. En verdad quería entrar y ver lo que pasaba, pero todas dentro me notarían si lo intentaba.
"No sirve…" se lamentó otra mujer, "incluso si Zent desea conservarla, no tiene colores."
"Dámela… ¡Dame a mi hija!" rugió alguien que pude reconocer como Seradina. Su voz agotada por el esfuerzo de dar a luz retumbando con la potencia de una leona que protege a sus crías, mientras el llanto de un bebé la acompañaba en su exigencia.
"Hmp, vendrán a medir su maná, pero una niña así ni siquiera sirve como pago para Lanzenave. Solo podría encontrar su lugar en el templo, junto a otras flores."
Me senté en la escalera interior, confundido, esperando hasta que el silencio volviera a la habitación. No sabia en que momento de la historia estaba, pero me estaba haciendo una idea.
Debí quédame dormido en algún momento mientras esperaba que dejaran sola a la mujer, porque me dolía todo el cuerpo.
En el exterior la luna ya estaba en lo alto, y no se escuchaba nada.
Entré en silencio. Todo estaba oscuro en el interior.
Aun en la oscuridad, el lugar lucía muy diferente a lo que recordaba. Me acerqué a la cama silenciando mis pisadas para no despertar a nadie. Seradina lucia muy joven. Debía tener quince años.
A su lado dormía una recién nacida Rozemyne.
Fue en ese momento cuando finalmente entendí lo que dijo Mestionora cuando apareció ese día.
"Myne era especial. Una niña incolora que consiguió el nombre de mis abuelos antes de su bautizo. Una niña incolora que llamó la atención de mis padres, mis tíos y mis abuelos en tanto habitaba en el seno del jardín. Una niña que oraba con fervor. Una niña que convirtió cada uno de sus actos en una oración…"
Casi me reí por la ironía. Rozemyne una princesa soberana nació sin heredar los colores de sus padres, en tanto yo, un plebeyo de una aldea sin importancia nació omnielemental.
Respiré para calmarme, conteniendo mi risa.
Tomé a la pequeña en brazos. Tan pequeña. Tan frágil…
Que fácil seria tomarla a ella y a su madre y sacarlas de aquí, llevarlas a Eisenreich…
… pero llevarla haría su infancia muy distinta. En la sociedad noble su madre no tendría la libertar para criarla como lo hizo, sería una niña noble normal.
Yo le arrebataría su infancia en cuatro años, pero el tiempo que estuvo con su madre, es algo invaluable para ella. No podía arrebatarle eso también, y sabía que los dioses no me lo permitirían.
Busqué en mi cinturón, pero no tenia una poción sincronizante para darle, tampoco tenia los materiales para fabricar una.
Besé su frente e invoqué mi schtappe. A situaciones desesperadas, medidas desesperadas. "Messer."
Con cuidado corte la piel de su diminuta mano tratando de no hacerle mucho daño. No se me ocurría otra forma para teñirla y asegurarme de que mis colores permanecieran en ella hasta la mañana siguiente, cuando los eruditos fuesen a revisarla.
Su llanto comenzó a inundar el lugar. Debía darme prisa
"Rucken"
Traté de cerrar la herida con mi maná con presteza. Sabía que seria incómodo para una bebé recién nacida como ella, la diferencia entre nuestros colores era grande, pero tenia que hacer esto para asegurar su vida.
Un movimiento captó mi atención. La madre de la pequeña por supuesto se abría despertado al escuchar el llanto de su hija.
Me giré hacia ella, devolviendo a la pequeña antes de decir con toda la ceremonia que pude: "Los dioses escucharon tus oraciones, Seradina. Tu hija sobrevivirá y será reconocida."
La mujer frente a mi, no era la misma que me entregó a su hija sin dudas y con fe, esta mujer era una madre cuya hija fue amenazada, una mujer que se debatía entre su instinto de llamar a los caballeros y aferrarse a las promesas de un desconocido.
Sin querer darle tiempo y sin querer mostrarle la puerta interior, comencé a caminar hacia la entrada que conectaba la torre con el edificio principal.
"¿Quién… quién eres? ¿Cómo llegaste aquí?" preguntó la mujer antes de que lograra salir.
"Fui enviado por los dioses a este lugar." Respondí entendiendo que este debía ser el momento en el que Seradina adquiría su inamovible fe en los dioses. "No te preocupes. Ella sobrevivirá." Prometí y salí del lugar.
Gracias a que me había quedado dormido, me perdí de la sinfonía de gemidos y llantos que inundaban este lugar cada noche. En el tercer piso encontré una habitación vacía y la limpié con waschen para pasar la noche ahí.
El circulo de Dregarnuhr aun no me sacaba de este lugar, por lo que suponía debía significar que aun había algo que tenia que hacer.
Me desperté a la segunda campanada, hambriento. No había comido nada desde hace dos días. Sin embargo, eso pasó a segundo plano cuando escuché a los eruditos y médicos que caminaban fuera de la habitación.
El cuarto en el que me encontraba estaba al final del pasillo, por lo que todos ellos debían dirigirse a ver a Seradina.
Salí en silencio y entré con ellos. Seradina estaba amamantando a su hija cuando entraron. Lucia nerviosa, pero trataba de no reflejarlo. Cuando su hija la soltó y pudo acomodar su ropa de nuevo, las matronas tomaron a la niña con una tela revestida de cuero para impedir el paso del maná.
Uno de los eruditos se acercó a Rozemyne y le colocó un anillo en la cabeza, el cual se encogió hasta quedarle a la perfección.
Vi con alivio como una a una las piedras en el anillo se iluminaba, rebelando que la pequeña tenía siete atributos.
"Es omnielemental y su maná es superior a lo estimado. Zent vendrá a la tercera campanada para darle un nombre."
"Ella ya tiene un nombre." Respondió Seradina mirando a los eruditos mientras su hija le era devuelta. "Se llama Myne."
"Ese nombre no es adecuado para…"
"Ese ES su nombre. Myne es mi hija, la niña que los dioses me enviaron y salvaron. No permitiré que le den otro nombre."
Seradina los miró a todos, retándolos en silencio a que le dijeran algo, pero nadie lo hizo.
A la tercera campanada como advirtieron, Zent Waldifried llegó. Entró solo en ese lugar.
Lo primero que hizo fue dejar un beso en la sien de Seradina que acunaba a su hija y luego besar a la pequeña que dormía. Rozemyne se removió un poco pero no despertó.
Mientras los observaba en silencio, me di cuenta de que ese hombre realmente quería a Seradina. Que la amaba a su manera y amaba a su hija.
"Dicen que elegiste nombre para ella." Dijo entonces, hablando bajito para no despertar al bebé.
"Es correcto, su alteza."
"Ya te he dicho que me llames por mi nombre, Seradina." Murmuro fastidiado. Suspirando antes de volver sus ojos a la niña que dormía. "¿Por qué Myne? Myne significa mío, es un nombre extraño para una princesa."
"Myne nació incolora, su a… Waldifried." Dijo Seradina para mi sorpresa. "Pero los dioses decidieron salvarla. Quiero que los dioses la reconozcan como su hija y la llamen Myne, para que mi hija les pertenezca."
"Interesante… entonces se llamará Myne."
"Le agradezco." Sonrió Seradina de un modo brillante y cansado a la vez.
Waldifried se quedó ahí, sentado al lado de ambas alegando que las cuidaría mientras ambas dormían y eso hizo. Las observó cómo si estuviera grabando cada parte de ellas, cada gesto en su memoria, permitiendo que Rozemyne aferrara uno de sus dedos todo el tiempo. Incluso lo vi sonreír cuando Seradina comenzó a roncar un poco.
"Si al menos te hubiera conocido antes, Seradina. Si hubieras estado en la Academia Real y no aquí… podrías haber sido mi primera esposa… quizás la única. Supongo que debería alegrarme de que los dioses me permitieran tenerte solo para mí a pesar de todo."
Me habría reído de su ignorancia si no supiera por todo lo que esa mujer tuvo que pasar por conocerle.
Un par de golpes en la puerta y Waldifried envío un ordonanz en voz baja para dar permiso de entrar. Un carrito con comida llegó de inmediato empujado por una de las jardineras. Que ésta mirara mal a Seradina no me pasó inadvertido. Tampoco le habría pasado por alto a Waldifried de no estar tan perdido observando cómo ambas dormían.
"Puedes retirarte" murmuró haciendo una seña con su mano sin siquiera mirar a quien le estaba llevando los alimentos.
'A este idiota podrían matarlo aquí sin ningún problema.' Pensé de inmediato.
"Majestad. Sé que no me compete, pero… debería retirarse. Es pleno día. Dregarnuhr no dejará de hilar solo por usted y…"
"Y tal cómo has dicho, no te compete." Interrumpió Waldifried, volteando esta vez. "Dejé instrucciones de no molestarme la próxima campanada y media a menos que fuera una emergencia. ¿Te envió alguno de mis eruditos o mi Caballero comandante acaso?"
"No, mi señor, pero…"
"¿Aub Ahrensbach me ha solicitado por algún asunto con Lanzenave?"
"No, no, pero…"
"¿Entonces llevo aquí una campanada y media?"
La jardinera se notaba nerviosa ahora, negando con la cabeza y sin dignarse a hablar. Waldifried sonrió entonces de la misma exacta manera que mi esposa cuando estaba considerando castigar a alguien y la mujer respingó.
"En ese caso, guarde su opinión para alguien a quien le importe o para quien se la pida. Una insolencia más y será enviada a Lanzenave con todos esos frutos y flores marchitas. ¿Está claro?"
"¡Si, si! ¡Lo, lo lamento mucho, Majestad!"
"Si ya entendiste, te quiero fuera de esta habitación hasta que nos seas de alguna utilidad. Y espero que le muestren a Seradina el respeto que se merece. Ella no es una flor cualquiera. Ella es… mi esposa en este jardín y este jardín me pertenece. ¡Ahora, largo!"
El rostro amargo, con esa mirada cargada de promesas sangrientas me hizo respingar incluso a mí, recordándome que aún si Waldifried no era el padre de Rozemyne, si que estaban emparentados.
Pronto pasó el tiempo libre de Waldifried, quien comió un poco, puso maná en una piedra fey que parecía adornar el carrito de servicio, iluminando los platos, las besó a ambas y se fue. Ninguna de ellas despertó.
Yo me apresuré a tomar una rebanada de ese pan áspero de antes de que Rozemyne revolucionará la cocina, le unté mantequilla y cubrí con algo de carnes frías y un poco de queso y ensalada antes de cubrirlo todo con otra rebanada de pan remojado en un poco del caldo de verduras insípido y me senté a comer.
Luego de observar a Waldifried probándolo todo sin mostrar signos de dolor o malestar, supuse que sería seguro
Recién estaba terminando cuando alguien más entró a la habitación en completo silencio.
Parecía un caballero de los que cuidaban el palacio, lo cual era de lo más sospechoso. Los caballeros no entraban a las habitaciones a menos que fuera para dar muerte a los frutos. Lo sabía por el mes que pasé con los eruditos de Adalgiza preparando todo para poner a salvo a tantos de los habitantes del palacio cómo fuera posible.
El caballero sacó una daga con un brillo extraño y entonces lo supe. Alguien del servicio debió quejarse de que una bebé incolora tuviera la posibilidad de convertirse en princesa cómo sucedió con Galtero.
Me apresuré a lanzar una bendición de Schlatraum sobre Seradina y Rozemyne al mismo tiempo que ataba a ese asesino con una cuerda de maná. Cuando las luces de bendición cayeron sobre ambas y las noté relajarse aún más, me apresuré a retirarme el amuleto de Verbergen.
"¿Quién demonios…?"
"¡Eso debería preguntar yo!" le interrumpí propinándole una patada en el estómago con mejoras físicas, sintiendo repulsión al notarlo escupir sangre.
El caballero me miraba con incredulidad y luego con una sonrisa cargada de sorna que no me agradó para nada. Todavía sosteniendo su estómago, miró a la cama y luego a mí.
"Ella puede ser la flor favorita del Zent, pero, todos sabemos, que no es más que una flor… una incapaz de dar frutos adecuados."
Sus palabras no hicieron más que enfurecerme. Le pateé la cara, sonriendo al notar varios dientes saliendo de su boca, luego me senté sobre él sujetándole el cuello. No debería hacer más desorden.
"Seradina es sólo una víctima de un sistema podrido hasta la médula, pero ¿qué va a saber un idiota que seguro está siguiendo las órdenes de una mujer que se le ha estado negando, o no?"
Yo no estaba cortándole la respiración, así que notar cómo su piel blanca pasaba al rojo en tanto su ceño se fruncía me hizo saber que había dado en el blanco.
"Si pudiera confiar en que las dejarás en paz y entregarás un mensaje te dejaría ir con uno o dos golpes más, pero parece que cierta cuidadora decidió ofrecerte algo por lo que estás dispuesto a que el mismo Zent reclame tu cabeza, así que lamento mucho esto."
No lo dejé responder. Convertí mi schtappe en la daga de Ewigeliebe y lo apuñalé en el órgano de maná, convirtiéndolo en nada más que una piedra. De pronto comprendí porque nadie parecía cuidar de Rozemyne cuando escapaba, aún si todos estaban dispuestos a regresarla con su madre al encontrarla incluso después de la muerte de Waldifried.
Temían a la ira de los dioses.
Con cuidado lavé la sangre del suelo y recogí los dientes regados así como la capa y las pocas posesiones que quedaron junto a la piedra Fey a qué este hombre había sido reducido por mi mano. Decidí ignorar lo último y sólo salí por la puerta oculta, activando de nuevo la herramienta de Verbergen y usando mi bestia alta para elevarme sobre el Palacio.
Tenía que hacer esto bien o no serviría de nada.
Recé a Mestionira, Anhaltaung y la pareja suprema para saber el nombre de este caballero y que decir. Un montón de información llegó de inmediato a mi cabeza tras la liberación de la bendición… información sobre este caballero y la mujer que lo había instigado, la misma que entregó la comida y trató de sacar al Zent más temprano.
Preparado ahora, descendí apenas un poco. Luego usé un hechizo para magnificar mi voz y hacerla retumbar como un trueno, entonces empecé a hablar.
"¡Moradores de Adalgiza, los Dioses están tentados a regresar este inmundo lugar a arena blanca!"
El efecto fue inmediato. Los caballeros que patrullaban comenzaron a movilizarse por todos lados. Las jardineras no tardaron en esconder a las flores, capullos y frutos que estaban en el jardín, resguardándolos sin dejar de asomarse junto con los eruditos que trataban de verme sin mucho éxito.
Yo tomé las cosas del caballero, envolviendo todo en la capa antes de lanzarla a una de las salidas y moverme de inmediato.
"¡Alvar ha intentado acabar con la hija amada de los Dioses, subiendo la imponente escalera antes de lograr su cometido."
Alguien se apresuró a jalar la capa y soltó gritos de horror e incredulidad amortiguados no tardaron nada en escapar de varias jardineras y eruditos. Los caballeros no tardaron en lanzarse al sitio donde estuve antes, sin atraparme. Me escondí tras un árbol para desactivar y activar de nuevo el amuleto, posicionándome en otra área antes de proseguir.
"¡La pequeña hija de Seradina a quien los dioses reconocen como Myne es la hija más amada de los dioses! ¡A partir de este momento, cualquiera que sea considerado una amenaza contra su existencia recibirá el mismo final que el caballero Alvar, proveniente de Klassenberg, aconsejado por Eloise de Immerdick!"
Hubo murmullos y un grito. Las mujeres no tardaron en hacerse todas a un lado cómo si una celebridad estuviera a punto de pasar y la misma mujer que llevó la comida fue empujada al frente.
No tardé nada en estudiar sus facciones. Debía ser una laynoble con un pobre manejo de sus facciones porque parecía decidida a acabar con mi esposa.
"¡Es sólo una niña incolora!" gritó ella hacia el cielo, antes de voltear atrás, a la gente que la había lanzado fuera del palacio, hacia el jardín "¡Una vil plebeya nacida de la nieve de otro hombre! ¡Esa niña no es…"
No podía dejar que todos se enteraran aún, así que actúe sin pensar. Convertí mi schtappe en una pistola y disparé.
Todo pasó en cámara lenta. Su cuerpo congelado mientras un agujero se dibujaba entre sus cabellos rubios y la sangre salía disparada hacia las personas que la lanzaron al jardín. No tengo idea de que cara estaría poniendo, pero sí noté a las flores, los frutos y los capullos reaccionando de manera lenta antes de alejarse de la puerta aterrorizados en lo que algunas jardineras se cubrían la boca y los eruditos solo volteaban la mirada a otro lado. Incluso los caballeros parecieron desistir de buscarme en ese momento.
"¡Myne debe ser protegida hasta que los dioses mismos la reclamen! Cualquier intervención que atente con enviarla antes de tiempo será castigada de inmediato."
Uno de los caballeros bajó en ese instante, sacando la capa negra de Eloise para cubrirla luego de revisar su herida. Los eruditos no tardaron en salir al patio, colocándose en la pose de oración mirando a todos lados con diferentes niveles de miedo e incredulidad, aún así, alabaron a los dioses y juraron dejar que Myne viviera hasta ser reclamada.
El círculo de Dregarnuhr apareció entonces a mi espalda, desactivando el amuleto de Verbergen.
Lo último que ví fue cómo los nobles allí presentes me miraban o señalaban por apenas un segundo o dos antes de que yo desapareciera del lugar.
Mi esposa estaría a salvo ahora. Nadie se atrevería a intentar ponerle un dedo encima de nuevo antes de que yo pudiera ir a educarla.
Nadie entre ellos dudaría ahora de su santidad.
Apenas el círculo me lanzó de nuevo comencé a vomitar. El recuerdo de lo que acababa de hacer repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
Había extinguido no una, sino dos vidas.
La mirada de Alvar antes de ser reducido a piedra Fey parecía acusarme a gritos en tanto sangre y sesos volaban una y otra vez al frente de Eloise por mi propia mano.
Tetsuo jamás se habría atrevido.
Ferd jamás se habría atrevido tampoco.
Mis manos estaban ahora cubiertas de sangre que intenté retirar de inmediato, frotándolas contra mi ropa, invocando waschen sobre ellas y luego dando unos pasos atrás para frotar mis manos sobre la hierba… ¿porqué había hierba aquí?
"¿Donde…?"
"¡Mardina, no te alejes de mí!"
"¡Vamos Carlos! Necesitamos reunir más para el invierno. ¡Será nuestro primer invierno solos!"
Me escondí por instinto. Debería haber vuelto al panteón divino, el jardín de los inicios, ¡a la soberanía…! El juego debería haber terminado, sin embargo, ahora me encontraba en un bosque que conocía de memoria. Un bosque que recorrí miles de veces cuando aun era un niño.
No tenía sentido. ¿Por qué estaba en el bosque de Wolf? Y, más importante aún, ¿Por qué esa pareja me resultaba terriblemente conocida?
La mujer llamada Mardina tenia el cabello rubio sujeto en un recogido lateral que dejaba algunos mechones sueltos. El hombre llamado Carlos tenía el cabello azul grisáceo sujeto en una pequeña trenza que no pasaba de sus omoplatos.
Ella llevaba un vestido con mangas anchas que parecían un poco estorbosas. Él también usaba una túnica con mangas anchas.
Ella tenia una bolsa de cuero en su cinturón así como lo que parecía una pequeña daga. Él llevaba una espada en la cadera, y una bolsa de cuero igual que ella.
Ambos usaban capas para protegerse del frio, pero no eran las capas ocres del ducado, tampoco podía ver círculos mágicos bordados a simple vista.
Ambos usaban guantes de cuero por lo que no podía ver si usaban anillos bautismales o no. Aun si su educación parecía estar a la par de laynobles.
Me sentía un poco perdido. Por alguna razón no podía dejar de observar a esa pareja que parecía fuera de lugar en este bosque. Su ropa estaba muy limpia, desbordaban elegancia y su habla era educado, aunque me dio la impresión de que trataban de volver sus movimientos más burdos.
Decían que era su primer invierno solos, pero ambos actuaban como novatos en la recolección.
Me subí a la rama de un árbol para poder estudiarlos y tratar de entender lo que pasaba.
'Definitivamente parecen laynobles, ¿Qué hacen en el bosque recolectando para el invierno?'
"Ugh… debimos comprar las cosas en la capital. No tengo idea de lo que estoy haciendo."
"De haber comprado las cosas en la capital nos habríamos quedado sin dinero y lo sabes." Lo regañó la mujer acercándose a quien suponía era su marido. "La señora nos pagó una suma considerable por la finalización de nuestro contrato y celebración de nuestro matrimonio, pero ir a la capital significaría conseguir una casa. Se nos acabará el dinero solo con eso."
"… lo sé, Mardina… volvimos a Wolf porque queríamos volver a casa. Nuestros padres nos recibieron, pero…" se detuvo, miró a su alrededor y luego volvió a hablar en un volumen más bajo, obligándome a usar mejoras de maná para escuchar, "hemos vivido como nobles por seis años, no encajamos en el pueblo… ¡ni siquiera puedo llamarte por tu verdadero nombre!" Se rio el hombre.
De hecho, no se habían tocado.
Las veces que la ayudó a caminar le ofreció su brazo en una escolta en lugar de tomar su mano.
"Solo debemos acostumbrarnos… desacostumbrarnos a la vida noble." Se corrigió la mujer con una sonrisa que me llenó de nostalgia "Volveremos a ser Dina y Car…solo necesitamos tiempo y…"
"¡¿Quién esta ahí?!"
La impresión me hizo perder el equilibrio, haciendo que me callera de la rama en la que estaba. Mi… padre escondió a mi… madre detrás suyo, empuñando su espada hasta que me levanté y observaron mis prendas.
Ambos se arrodillaron en el acto, en una perfecta pose de sumisión que me dejó más preguntas que respuestas.
No estaba muy seguro de que hacer, o que decir. No esperaba encontrarme con mis padres. Tampoco esperaba enterarme de que eran algo similar a nobles caídos.
"Levántense, por favor." Pedí.
Se miraron entre ellos, confundidos.
"Lo lamento, milord. No pretendíamos atacarlo."
"No se disculpe, yo he aparecido sin previo aviso."
El silencio se asentó entonces, incómodo y sofocante, tan denso que podría formar messer y cortarlo. Mis padres parecían querer irse, sin embargo, no podía dejarlos ir. En los últimos dos saltos no había podido reunirme con mi madre, por lo que no fui capaz de informarle de nada y la última vez que la vi, me dijo 'la vez anterior', por lo que debía ser esta.
Sin embargo, no recordaba haber visto a mis padres tan jóvenes.
De hecho, mi madre podría soltarse el cabello y pasar por una estudiante.
"Ejem." Tosí en mi mano tratando de aliviar el ambiente. "¿Puedo preguntar qué hace una pareja de laynobles en el bosque plebeyo?"
"Milord, se equivoca. Nosotros no somos nobles, pero trabajamos como sirvientes en una casa mednoble por muchos años. Somos plebeyos con devorador, usamos nuestro escaso maná para mantener la casa y las herramientas necesarias de nuestros señores." Se apresuró a corregir papá antes de explicar la situación.
"Nuestra señora nos contrató tan pronto como terminamos nuestra ceremonia bautismal y trabajamos en su casa hasta cumplir la mayoría de edad. También celebró nuestra ceremonia de Starbind en su mansión y ahora nos preparamos para vivir como un matrimonio en nuestro pueblo natal." Finalizó mamá
"…entiendo."
De repente tenía sentido que mis padres supieran tratar conmigo cuando era un niño, que me enseñaran como conseguir feystones, y cómo expulsar el exceso de maná de mi cuerpo.
Que mis padres pudieran conseguir para mi un puesto de aprendizaje con el alcalde también. Era posible que mi padre hubiese sido su asistente hasta que la enfermedad no lo dejó continuar trabajando, de modo que cuando tuve que conseguir un aprendizaje me recomendó.
Mis padres nunca me dijeron que tenia maná, pero se aseguraron de darme las herramientas necesarias para sobrevivir y poder llevar una vida noble, aunque no lo sabía en ese entonces.
El hecho de encontrarme con mis padres antes de mi propio nacimiento debía ser el motivo de todo esto, el motivo por el que era una anomalía.
"Es… bueno, verán…" me detuve tratando de encontrar la mejor forma de abordar esto.
Decirles, soy su hijo y vengo del futuro no parecía una buena idea. Mi madre podría no estar embarazada aun o no saber que estaba embarazada.
'No quiero asustarlos.' Después de un momento de duda, me decidí. "Verán, actualmente estoy buscando un lugar donde quedarme. ¡No soy un criminal, puedo jurarlo por la diosa de la luz!" me apresuré a aclarar cuando comenzaron a mirarme con sospecha.
"Si no es un criminal, ¿Por qué necesita esconderse, lord…?
"Ferdinand." Respondí dando mi nombre sin darme cuenta. "Estoy en una misión y debo permanecer oculto un tiempo. No tengo dinero conmigo, pero si pudieran facilitarme refugio, podría enseñarles a recolectar como pago."
"¿Recolectar, milord?" preguntó mamá, confundida.
"He vivido entre plebeyos varias veces en el pasado. Sé como buscar alimentos en el bosque." Expliqué.
Aun parecían inseguros por lo que les ofrecí herramientas de evita de escucha para que hablaran con libertad. Necesitaba ganar su confianza y de verdad quería ayudarlos. Sentía que no sobrevivirían el invierno solos.
"Entonces, milord, aceptamos el ofrecimiento." Dijo papá mientras me devolvía las herramientas.
"Muchas gracias." Respondí con una sonrisa sincera. "Ah, y no necesitan hablarme con tanto respeto. Durante el tiempo que dure nuestro acuerdo, Seré un plebeyo más."
"Entonces permítanos presentarnos, Mi nombre en Ma… Dina y él es mi esposo Car, antiguos sirvientes nobles. Estaremos en sus manos y aceptaremos humildemente sus enseñanzas."
Como estaba anocheciendo me llevaron a la casa de mi infancia. Se disculparon por el poco espacio y me explicaron que compraron una pequeña casa cerca del edificio del alcalde ya que tenían la esperanza de trabajar en el ayuntamiento.
También me explicaron que era más económico para ellos que querían formar una familia a la brevedad.
La mañana inició a la primera campanada con un desayuno sencillo e insípido, aunque debía reconocer que sabia mejor que otras comidas. En parte debía deberse a que como antiguos sirvientes nobles, su concina era mejor que la del resto de las personas, pero sabia también que la mayor parte del sabor venia de mi nostalgia. Tenia siete años cuando comí con papá por ultima vez.
Me prestaron algo de ropa y los llevé a la capital.
Ellos tenían una carreta. Sería necesaria para poder llevar las cosas que compraríamos. Caminamos jalando de ella por un tiempo hasta que estuvimos un poco lejos, entonces formé mi caballo y le amarré la carreta. El camino fue más sencillo de ese modo.
Poco antes de llegar a la capital volví a convertirlo en una piedra.
Me aseguré de guardar mi anillo y broche en una bolsa de cuero para evitar revelarme como noble.
"Nombres." Pidió el soldado en la puerta.
"Mi nombre es Car, ella es mi esposa Dina y Ferd… nuestro compañero."
Si no fuera por todo mi noble entrenamiento me habría reído en ese momento. Solo sonreí para calmar al soldado que nos veía con un poco de sospecha.
"Somos antiguos sirvientes de un noble. Venimos a vender algunas prendar y comprar suministros para el invierno." Expliqué en lugar de papá.
"¡Ah, los antiguos sirvientes de Lady Carolina! Otros han venido así que no sé si las tiendas de ropa puedan comprar sus pertenencias."
"Lo tendremos en cuenta, gracias." Sonreí y pasamos la inspección sin mayor problema.
Para la tercera campanada ya teníamos lo que necesitábamos, incluidos algunos materiales para manualidades de invierno y salimos de la ciudad
De regreso nos detuvimos para cortar leña y comenzar a almacenar.
Los siguientes días siguieron la misma rutina. Les enseñé a recolectar, instruyéndolos en lo que podían o no comer. En algún momento papá se envenenó con las flores venenosas, picándose con una espina, por lo que le enseñé a mamá como preparar el antídoto, dándoles de paso una breve cátedra sobre lo poco que sabía de la planta en cuestión.
Me contaron de su vida hasta ahora. Me dijeron que su compromiso se arregló hace algunos años mientras aun eran sirvientes nobles. Su señora había querido evitar que sus damas fueran llevadas como amantes por lo que se aseguró de que tuvieran parejas antes de llegar a la edad adulta.
"Como Car y yo nos conocíamos desde antes del bautismo y éramos amigos de la infancia, nuestro arreglo fue muy obvio." Sonrió al recordarlo.
Para mí, que nunca supe acerca de la vida de mis padres antes de mi nacimiento, éstas historias eran nuevas y refrescantes.
Una semana después de mi llegada, mientras comíamos, descubrí que mamá estaba embarazada. "Nuestro primer hijo nacerá a finales de invierno o principios de primavera." Me explicó con una sonrisa brillante.
Las cuentas no me cuadraban. Habían dejado la mansión noble como adultos y esposos hace un mes.
De repente lo entendí… habían adelantado el invierno.
'¡No quiero saber estas cosas de mis padres!'
Mi grito interno debió reflejarse en mi rostro porque mi mamá se rio con un ligero rubor y mi padre tenía las orejas rojas.
"Nuestra señora dijo que conseguiría un sacerdote que celebrara nuestra mayoría de edad y matrimonio, pero que podíamos tomas medidas para evitar que nos llevaran como amantes en caso de que no lo consiguiera."
"¿Es usted casado, Ferd?" preguntó papá después de comer un poco de sopa. Recomponiéndose.
"Lo soy." Confesé con una sonrisa pensando en Rozemyne, sin embargo, los recuerdos de lo que le hice pronto llegaron a mi memoria haciendo que me sintiera amargado. "Aunque es posible que ella ya no me quiera cerca." Murmuré sin poder evitarlo.
"¿Puedo preguntar que pasó?" cuestionó mamá.
"Yo… le hice algo horrible. Solo quería que ella pudiera protegerse durante mi ausencia, pero aun así la dejé en un lugar peligroso. Incluso si era para protegerla, la dejé sola. ¡La lastimé! No me sorprendería si me odiara ahora."
"No sé mucho sobre los matrimonios nobles, pero puedo ver en su rostro que usted la ama," dijo papá después de un rato.
Levanté la vista para mirarlo. Mis padres intercambiaron una mirada y sonrieron antes de volver a verme.
"Dina y yo no sabemos mucho sobre matrimonios nobles."
"Ni sobre matrimonios plebeyos." Se río mamá. "Debido a nuestra educación estamos en un limbo."
"De hecho lo estamos." Rio papá coincidiendo con mamá. "En todo caso, sí puedo decirle esto: No se rinda. Un matrimonio puede ser por amor, por conveniencia o porque es la única opción. A pesar de todo, ningún matrimonio funcionará si no se tiene la intención de hacer que funcione."
"Ferd, incluso si es doloroso para su esposa, mientras ella entienda que fue por su bien, podrán superarlo todo. El matrimonio no es fácil, pero puedo ver que la ama. No la deje ir."
Perder a mis padres cuando aun era un niño me hizo sentir terriblemente solo por mucho tiempo. Ahora podía ver a mi padre Edgar y a madre Rihyarda como verdadera familia y sabia que podía pedirles consejos, al igual que con mis padres adoptivos, pero…
'En definitiva, los consejos de mamá y papá son invaluables.' Sonreí sintiendo calidez en mi corazón. "Les agradezco."
Casi un mes después de que este salto inició, al fin pasó.
El invierno estaba a la vuelta de la esquina. El clima se había enfriado lo suficiente como para que nadie viera con cautela a tres extraños en el bosque con guantes para recolectar madera para el invierno.
Una luz roja de Roth fue lanzada desde algún lugar cercano a nosotros.
Mi instinto superó a la lógica y pronto estuve corriendo en dirección a la señal de auxilio con mis padres pisándome los talones.
"¡Rihyarda, aléjate!"
En medio del bosque la voz de mi padre resonó. El pánico era palpable en su tono.
"¡Es un trombe!" papá a mi lado reconoció la planta.
Dudó un momento, pero al observar los guantes que llevábamos se abalanzó contra la feyplant oscura tras susurrar que estaríamos bien mientras no nos tocara.
Con las hachas en nuestras manos golpeamos a la planta lo más cerca de la raíz que pudimos. Esquivamos las ramas cada vez que el árbol se extendió para tratar de atraparnos, cortando las ramas, separando los apéndices del cuerpo principal hasta librar a mi padre.
"Lady Rihyarda, estamos reuniendo un grupo de caballeros tan rápido como podemos." El mensaje se repitió, revelándome que era un ordonnaz lo que escuchaba.
No estábamos tan lejos de la capital, pero movilizar a los caballeros para un trombe siempre llevó un poco de tiempo, tiempo que no había en esta ocasión.
Pocos momentos después de que el ordonnaz repitiera su mensaje por tercera vez, pudimos liberar a mi padre del agarre del temible árbol. Sin embargo, cuando él estuvo libre, una de las ramas se estiró hasta mamá, envolviendo su muñeca y cortando su piel en el proceso.
"¡Dina aléjate!" rugió papá cortando la rama.
"¡Que no caiga ni una gota!" grité a mamá, mientras la veía tratar de contener la sangre con un pañuelo.
Mis padres no tenían una cantidad de maná que pudiese hacer surgir un trombe en segundos como lo tenía mi Rozemyne, pero tenían maná en la parte más baja de un laynoble, el árbol trataría de llegar a ella.
"Esto le dolerá solo un momento." Escuché que madre Rihyarda decía y un momento después un grito contenido de mi mamá fue perceptible.
En algún momento papá se hizo un pequeño corte con el hacha. Le indiqué que se retirara y corté lo último del trombe en tanto escuchaba a papá gruñir como si se contuviera de gritar.
Pocos momentos después, un pequeño batallón de caballeros descendió en el lugar donde antes estuvo atrapado mi padre.
Estaba preocupado por toda la situación. Temía que hubiese alguien capaz de reconocerme en el futuro, pero ya que en este momento estaba fingiendo ser un plebeyo, no podía irme.
Una vez que los caballeros se retiraron yo lo hice también para recoger las cosas que dejamos tiradas después de conseguir permiso de quienes se convertirían en mis padres bautismales en el futuro.
Por supuesto, tenia que volver después de recuperarlo todo.
Me hubiese gustado tomarme mi tiempo para volver, pero no podía, ya que seria una falta de respeto.
Cuando volví, sin embargo, el ambiente estaba tenso. Muy tenso. Y podía imaginar el motivo.
"No pretendíamos ser groseros, Milord, Milady. Es solo… es…"
"Dina sostiene la carga de Gedulh."
Fue inmediato. Los rostros de mis nobles padres adquirieron el noble color de Ewigeliebe.
"De verdad agradecemos que usaran su maná para cerrar nuestras heridas y no deseamos caer en insolencia pidiendo su maná, pero entenderá usted mejor que yo el peligro al que sometería a mi hijo si no mantenemos sus colores durante el resto de mi embarazo."
Madre Rihyarda miró a padre Edgar, pasándole con discreción una herramienta antiescuchas. Justus habría podido leer sus labios, pero yo no, así que tuve que esperar junto a mis padres en lo que ambos discutían algo con calma.
Por la forma en que se estaban moviendo al hablar, supuse que estaban de acuerdo con algo. Preocupados, sí, pero de acuerdo en la misma meta. No mucho después, padre Edgar regresó el artefacto y nos miró a todos con una sonrisa, dando un paso hacia mis padres.
"Haremos algo más que darles de nuestro maná para asegurar que la llegada de Entrinduge sea segura."
"¿Milord?" preguntó papá algo curioso y confundido.
"Les dejaremos papel mágico para que nos avisen del bautizo de ese pequeño o de cualquier otro que pudieran tener. Deseamos pagar que nos salvaran la vida aún sabiendo el riesgo de enfrentarse a ese trombe."
Un breve recuerdo del tejido original me golpeó entonces. Éste fue el momento en que la familia colateral del archiduque ofrecía adoptarme… algo que, si bien iba a pasar de un modo o de otro, no podía permitir.
"Si esa bendición que cargan ahora sobrevive hasta su bautizo, estamos dispuestos a proveerle apoyo, ya sea que los contratemos a todos como sirvientes para que ese bebé tenga posibilidades de obtener una educación adecuada e incluso un matrimonio dentro de una casa noble que coincida con su nivel de maná o incluso una adopción."
Quería intervenir, pero algo me decía que debía escuchar, así que guardé silencio en tanto mantenía mi distancia y la cabeza gacha.
"¿Una adopción?" preguntó mi madre, confundida.
"Aun cuando su ofrecimiento suena generoso… no hay manera de que nobles de tan alto rango adoptaran a un plebeyo con devorador." Explicó papá con cautela "somos simples plebeyos con muy poco maná, después de todo."
Padre Edgar sonrió entonces, mira do a madre Rihyarda un tanto divertido, dejando que ella se acercara del todo a mi mamá para tomarla de las manos.
"En primer lugar, soy madre de dos. Apenas vuelva a casa a dar mi reporte, me disculparé para retirarme de mis deberes con la excusa de educar a mis pequeños. En segundo, esto es Eisenreich. Desde la fundación de éste ducado las grandes casas hemos tenido algo muy en claro. El maná es tan importante, que no importa si un plebeyo nace con ella. Es una bendición de los Dioses y al ser parte del ducado del viento, tenemos la obligación de proteger y reubicar a los devoradores como Schutzaria con Mestionora. La carga en tu vientre no sería la primera que llega a las grandes casas desde un hogar humilde."
De pronto encontré la lógica en mucho de mi pasado.
La facilidad con que se me aceptó cómo hijo bautismal en una casa colateral para luego adoptarme en una casa de mayor prestigio y volverme candidato a archiduque. El hecho de que incluso Lady Verónica pareciera darle poca importancia a mis orígenes o que ninguno de los que sabían la verdad se quejaran por el trato que estaba recibiendo.
El ser tenido desde el vientre solo aseguró que mis padres de bautizo me trataran cómo a sus otros hijos con rapidez. Que cultivará y creciera mi maná aseguró que se me adoptará en casas aún mayores, por no hablar de todos los conocimientos y habilidades de los que hice uso con el paso de los años.
Nacer plebeyos era un detalle insignificante en Eisenreich… y justo ahora comprendía la razón.
Cuando salí de mis pensamientos, mis padres nobles estaban entregando pergamino mágico y un par de piedras con maná de un tamaño mediano.
"Cuídense y protejan a su bebé" instruyó padre Edgar "incluso si ninguno de sus pequeños logra llegar al bautismo, todavía tenemos una deuda que pagarles. Por favor mantengan un poco de nuestro maná en esas piedras. Es una forma de asegurarnos de recordar quienes son ustedes y que es lo que les debemos."
Los dos nobles retomaron su camino entonces, escoltados por Bonifatius a quien noté hasta que salió de entre los arboles, cómo si hubiera estado vigilando que nadie interviniera.
Apenas las tres bestias altas surcaron el cielo, nosotros volvimos a casa en silencio.
Una sensación de que pronto sería reclamado de nuevo por un circulo mágico comenzó a provocarme escalofríos, erizándome la piel. Quedaba poco tiempo y había algo que me faltaba hacer según parecía.
Justo cuando llegamos de nuevo a la casa recordé que ni Justus, ni Gudrun eran omnielementales… la principal razón de desconcierto por parte de Edgar y Rihyarda la primera vez que compartimos un abrazo o estrechamos manos.
"Dina, Car… creo que pronto me iré. Hay algo que debo confesarles y algo que debo pedirles a ambos."
Noté de inmediato cómo se ponían en guardia. Seguro se preguntaban que tipo de noble con finas ropas se escondía en un pueblo rural y luego mantenía distancia con archinobles escoltados por un candidato a archiduque.
Lo primero que hice fue tomarlos de las manos y dejar salir un poco de maná. Estaba seguro de que sabían lo que significaba la sensación.
"Nací en esta aldea" fue lo primero que confesé. "Mis padres… pensé que eran simples plebeyos demasiado intuitivos cuando en realidad eran una pareja de devoradores. Si bien, cuando fui adoptado por nobles, se me asignó el nombre de Ferdinand, los dioses me conocen como Ferd. Es el nombre que me dieron mis verdaderos padres al nacer."
Mi madre se llevó una mano a la boca y la otra al vientre con total sorpresa. Papá, por otro lado, la ayudó a sentarse y se apresuró a servir algo de té.
Les hablé acerca de los Dioses que habían intentado llevarse a mi esposa y cómo entré en un estúpido juego con ellos para salvarla, regresando en el tiempo una y otra vez para salvarla de varias muertes prematuras, comentando cómo recibí apoyo en algunos de esos saltos, de ellos.
No tuve el corazón para confesar que papá y mi hermana morirían por una enfermedad incurable. O que mamá tampoco iba a sobrevivir. Esas eran cosas que ya le había contado a mamá… cosas que ella escucharía más adelante.
"¿Era por eso por lo que un noble con ropas de príncipe nos pidió, justo a nosotros, que le diéramos asilo?" preguntó papá cuando terminé de contar lo que pude. Yo solo asentí.
"Al principio no sabía porque me enviaron a este lugar, a este momento en el tejido… creo que era para averiguar cómo un niño que debió nacer incoloro, nació con todos los colores. Cómo un simple devorador logró sobrevivir a pesar de tener una cantidad de maná que debería haberlo matado."
Mis padres me miraron asombrados, comprendiendo de pronto que tanto maná tendría en el futuro.
"¡Debemos darte en adopción entonces!" dijo papá sosteniendo su rostro entre sus manos, perplejo y… dolido.
"Yo… no. Por favor, no les avisen. Yo… el tiempo que pasé con ustedes ES demasiado valioso para mí. Es parte de quien soy ahora."
"¿Pero cómo llegarás al puesto que tienes, Ferd?" preguntó mamá con preocupación "No podemos ser egoístas y retenerte aquí. ¡No luego de ver las ropas con las que llegaste y…!"
"Prometo explicar más la próxima vez que esté aquí. Sólo… el tiempo se me está acabando. Papá, ¿podrías darme las piedras que te han dado?"
Mi padre no tardó nada en entregarlas y yo, con sumo cuidado, comencé a teñirlas para asegurar mis colores, manteniendo un equilibrio delicado con el maná de Rihyarda y Edgar en cada piedra. Era un trabajo de control y detección de maná demasiado delicado, pero lo conseguí. Luego les devolví las piedras.
"No necesitan guardar nada del maná en ellas. No vamos a necesitarlas para reclamar el pago de la deuda, pero sí para ayudarme a controlar mi maná al principio. ¿Conocen algún método para comprimir el maná?"
Ambos negaron y yo me apresuré a explicar algunos que pudieran comprender debido a la vida que estuvimos llevando los tres.
La sensación de que estaba por irme era abrumadora. Me sentía angustiada y preocupado. Jamás tendría la oportunidad de volver a hablar con ninguno de ellos porque era momento de volver a mi tiempo, así que los abracé a ambos.
"Mamá, papá. Nunca podré agradecerles todo lo que… harán por mí. Los amo a ambos. Cuídense por favor. Y no se preocupen, van a encajar bien en poco tiempo."
Quizás porque nuestro maná era parecido ahora o tal vez porque ambos notaron mi angustia, los sentí apretándome con fuerza.
Mamá besó mi frente y papá palmeó mi espalda cuando el abrazo se rompió.
Estaban a punto de decirme algo cuando el círculo apareció a mis espaldas.
Sus miradas me lo dijeron todo. La sorpresa, la decisión, el amor incondicional. Las manos de ambos fueron directas al vientre de mi madre y pronto ya no pude verlos más.
Los dioses me habían arrancado de la casa de mis padres sin dejarme oírlos despedirse.
"¡¿No podían esperar un par de latidos?!" grité en cuanto noté que estaba en algún lugar del reino de los dioses.
Wirkürspab me miraba con una sonrisa divertida, a su lado, Ewigeliebe me mostraba una sonrisa torcida, negando despacio.
"Debíamos sacarte de ahí antes de que Dregarnuhr interfiera."
"¡¿Cómo porque me mandaron en primer lugar?!" me quejé de pronto ante el dolor de perder a mis padres para siempre… de nuevo "¡No era necesario que yo…!"
"Tienes razón." Me interrumpió Ewigeliebe "Ese encuentro entre tus padres de sangre y tus padres de bautizo pasaría, contigo o sin ti, por lo que fue el mejor momento para cambiar el tejido."
'¿Cambiar el tejido?' "No… no lo comprendo."
El dios de los juegos me miró igual que Justus cuando descubría algo interesante a mi alrededor. La misma mirada. La misma sonrisa. Era escalofriante en realidad.
"El tejido original era soso y se derrumbaría demasiado pronto, pequeño Ferd. Éste otro, en que una anomalía interactúa con otra desde el inicio resulta más vibrante y proclive a continuar. La señorita Mestionora puede desear que su avatar venga a leer con ella cuánto antes y fingir que no escucha los lamentos de Ventuhite cuando el tejido sea insostenible y deba iniciarse uno nuevo."
"Por supuesto, hasta que mi viejo amigo se deshaga junto al tejido" comentó el dios de la vida con algo de desaprobación "Así que… ¿Por qué iniciar un tejido nuevo cuando encontramos el modo de cambiarlo a uno más… sustentable?"
"Y dinos, pequeño Ferd. ¿Descubriste cómo un devorador se convirtió en una anomalía en este tejido?"
Supuse que en el tejido original me habría vuelto omnielemental durante la ceremonia de adquisición de bendiciones… mis padres serían teñidos por mis padres de bautizo, asegurando mi color por medio de las piedras… en este, sin embargo, yo mismo me aseguré de teñirme de todos los colores apenas comprender la situación."
"Lo descubrí. Soy lo que en mi mundo anterior llamamos paradoja temporal"
Explicar ciencia ficción a los dioses fue entretenido. Nunca tuve un público tan curioso o con tantas preguntas sobre ciencia y ciencia ficción antes… al menos no a este grado.
Cuando al fin terminé de explicar lo que era un efecto mariposa, una paradoja temporal, la imposibilidad de la gente de mi mundo anterior de volver en el tiempo y sus formas de describir estos bucles que cambian la historia, ambos dioses parecían divertidos y satisfechos.
"Ya veo. Deshacer y rehacer el tejido era necesario entonces para distorsionarlo y apretar algunos nudos que evitan que el resto colapse."
"¿Mi señor desea que lo explique a Ventuhite y Dregarnuhr?"
"No aún. Quizás podamos usar este conocimiento que ellas deberían tener en beneficio propio."
Un escalofrío me recorrió entero ante su tono, algo me decía que no era buena idea dejarlos jugar con mis palabras.
"Su santidad, haga lo que haga, tenga en cuenta que los humanos somos bastante débiles en realidad. Un invierno demasiado largo mermaría la población tanto de plebeyos cómo de nobles… de nuevo."
El dios blanco me miró de un modo aterrador antes de hacer algunos ademanes con la mano, cómo descartando la idea.
"Bien, bien. Mi hija me odiará más si el jardín de Aivermeen regresa a simple arena blanca, por no hablar de Geduldh, ella sufriría si tantos niños vuelven a subir la escalera de forma prematura. Tal vez quieras avisar que el próximo invierno será especialmente frío desde el inicio, pequeño Ferd. Y no estoy dispuesto a tolerar sermones ni siquiera de uno de mis favoritos."
Me tragué mis palabras, por supuesto, cruzado de brazos y esperando en silencio.
"Wilkürspab, asegúrate de recompensar al pequeño Zent. Yo hablaré con Dauerleben para que mis favoritos tengan muchas vueltas de hilo para cubrirse en hielo."
Estaba seguro de que acababa de sonrojarme por completo a causa de ese comentario. En este momento solo quería dos cosas: volver a casa y hablar con mi esposa. Necesitaba disculparme con ella y escuchar su veredicto. Necesitaba asegurarme de que, sin importar el castigo que me asignará, ella estaría bien.
Ewigeliebe desapareció entonces y su subordinado no tardó en introducir una pieza de gweginen en mi pecho apenas voltee a verlo. No me explicó nada, solo me tomó del hombro y chasqueó los dedos.
De pronto estábamos en el taller del hilado del tiempo. Los dioses hablaban discutiendo alrededor de un telar, pero a mí no podía importarme menos.
Miré a todos lados, a punto de interrumpir la pequeña reunión divina con mi angustia y mi mal humor cuando la esposa de mi captor se paró frente a mí con una sonrisa maternal.
"Parece que has hecho bien tu trabajo, hijo mío. Supongo que ahora deseas que te devolvamos a Myne."
"Yo… si, por favor. Necesito hablar con ella de inmediato."
Geduldh asintió con calma, dirigiendo su mirada a otro lado y estirando su mano cómo solicitando que algo le fuera entregado. Yo seguí su mirada y pronto me encontré con Mestionora, de pie en mitad del pasillo con los brazos cruzados y una expresión rara en su rostro.
"Mestionora, tu avatar debe volver ya."
"¿Y si ella no desea volver?"
"Hija, sabes que TIENE que volver. No podemos permitir otra anomalía tan pronto. No sabemos que podría causar."
Miré de una a otra sin comprender sus palabras. '¿Qué le hicieron a mi esposa?' fue lo único que alcancé a pensar antes de notar cómo Mestionora me miraba de mala manera para luego dar la vuelta y desaparecer por el corredor. Una mano cálida me dio un pequeño empujón al frente y la seguí.
La biblioteca de Mestionora no tardó en aparecer ante mis ojos. Cientos de libros ordenados en diversos estantes le daban un aire clásico que seguro mi esposa encontraba reconfortante, con algunos sillones y pequeñas mesas con lámparas salpicando algunos pasillos. Fue en uno de esos dónde Mestionora se detuvo, sonriendo para la persona dándome la espalda.
Suponía que esa debía ser Rozemyne, podía notar su cabello medianoche sobresaliendo por encima del respaldo del sillón rojo en que estaba sentada.
"¿Terminaste tu lectura, querida Myne? Temo que, de ser así, es hora de devolverte."
De pronto recordé algo. Mis pensamientos depresivos y la voz que confundí con mi conciencia refiriéndose a mi esposa como Myne. Hasta ese momento lo noté. Mi subconsciente tenía la misma voz de Tetsuo, sin embargo, esa voz que me motivaba a seguir, que me recordaba de terminar la misión y luego preguntarle a mi esposa… había sido Ewigeliebe. ¿Cuánto habían interferido los dioses en realidad?
"Lo lamento, anómalo, pero Myne no ha terminado de leer este libro y dudo que quiera irse. Puedes intentar llamarla, pero dudo que te escuche. Solo hay libros para ella, igual que para mí. Los libros son nuestra mayor dicha, nuestra única felicidad."
"Ya sea que me quede aquí también o no, me aseguraré de pasarle el mismo mensaje a su santidad Aivermeen" le dije con sorna, disfrutando de verla tensarse un momento "seguro se relaja si no necesita preocuparse de nuevo por los sentimientos inexistentes de una niña."
"¡Tú…!"
Decidí ignorarla un momento y caminar hasta pararme frente al sillón.
Rozemyne leía con fascinación. Sus ojos dorados persiguiendo las letras con avidez y una sonrisa placentera tatuada en su rostro. No podía interrumpirla en realidad, quizás podría aprovechar el tiempo en algo más productivo.
"Soy una anomalía, ¿o no? No esperes que me comporte como otros mortales. Por otro lado, ¿cuántos libros ha leído ya?"
"La mitad de todos mis libros" respondió Mestionora con orgullo.
"¿Tan pronto? Seguro que deseará más libros cuando termine estos. ¿Cómo llegan los libros aquí?"
Miré a Mestionora con seriedad y la vi sonreír por primera vez. La diosa de aspecto juvenil no tardó nada en decirme todas las formas que tenía de hacerse de libros nuevos.
La muerte de los habitantes con maná dentro y fuera del jardín. La cantidad de veces que una historia debía ser leída o transcrita en comparación con la población total de Yurgensmith dentro del jardín y la dificultad para conseguir libros que venían de fuera del mismo.
Mi esposa y yo, por ejemplo, al renacer aquí habíamos tardado un par de años en dejar el libro con nuestras memorias del mundo anterior. Ambos olvidamos todo para cuando cumplimos dos o tres vueltas de hilo en el tejido, sin embargo, el hecho de subir tan cerca de su biblioteca nos facilitó reclamar esos libros, esas memorias antes de volver a descender la imponente escalera.
Conforme la escuchaba, le hice algunas preguntas más. Resultó que no solo su apariencia era la de una adolescente, sino que algo en ella asemejaba a una niña por entrar a la pubertad. Si bien leía todo, sus preferencias evadían la literatura para adultos, lo cual me hizo sonreír.
Iba a divertirme mucho trayendo el Kama Sutra a la imprenta y las historias del Marqués de Sade. Estaba seguro de que Laurenz no dudaría en sumarme todas las historias obscenas que debió leer en mangas y páginas de internet para imprimirlas y esparcirlas por todo Yurgensmith. Iba a hacer que la biblioteca de Mestionora se llenará de más libros, eso era seguro… y no le iba a gustar.
"¿Ferdinand?"
La voz de Rozemyne me llegó entonces, justo después del característico /tud/ de un libro grande y grueso al cerrarse.
Mi perverso plan de venganza quedó relegado al olvido de inmediato y yo no pude sino voltear de inmediato y arrodillarme, pegando mi frente y mis manos al suelo, listo para pedir perdón.
Una sonrisa y la sensación familiar del maná y el toque de Rozemyne en mi cabeza me llevaron a mirarla. Me estaba sonriendo.
"¿Ferdinand, te estás disculpando por algo? Es una forma demasiado peculiar de hacerlo, ¿no lo crees? ¿Debo seguirte llamando Ferdinand o Dinand sería más adecuado?"
Ella recordaba todo ahora. No podía moverme. No pude responder tampoco. No hasta que ella me dedicó esa dulce sonrisa que siempre fue para mí y para nadie más. Entonces no pude seguirme conteniendo. Podía sentir una humedad hirviente recorrer mis mejillas conforme me enderezaba lo suficiente para arrastrarme hasta ella sobre las rodillas, pidiéndole perdón una y otra vez hasta ocultar mi rostro en su regazo.
Era curioso. Debería ser ella quien estuviera llorando, odiándome en lugar de reconfortarme con su maná y su afecto. Debería estarme maldiciendo en lugar de susurrarme cuán feliz era de que el hombre de sus sueños no fuera un sueño, sino yo. Debería empujarme lejos y negarse a tener ninguna relación conmigo en lugar de acunar mi rostro para limpiar mis lágrimas y guiarme a ella para besarme.
"Llévanos a casa, Ferdinand." Me pidió ella con esa voz dulce que tanto amaba y yo solo asentí, tomando sus manos entre las mías para besarlas de inmediato.
No volvería a lastimar la de modo alguno. Mataría de nuevo si eso le evitaba cualquier tipo de sufrimiento. Ella había tenido demasiado, era hora de que disfrutara de años de paz entre las páginas de sus libros y los amorosos brazos de la familia que tanto le fue negada en el pasado.
Era hora de volver.
