El Ascenso de un Científico Loco

¡Descubriré cómo Funciona el Mundo!

Zent Galtero. Parte 2

SS Rauffen

Rauffen era un noble orgulloso. Como caballero y maestro soberano, a pesar de no tener una sola diosa, se sentía completo. Su vida giraba en torno a sus preciosos alumnos, Ditter, servir a la realeza con honor como un representante de su ducado, y más Ditter, y así debió ser hasta que el hilado de Dregarnuhr se detuviera para él, o hasta que la bendición de Dauerleben le fuese retirada.

Sin embargo, todo cambio sin previo aviso.

Primero. La princesa desapareció a la vista de todos.

Segundo. Los dioses se manifestaron en la familia archiducal de Eisenreich, así como en los herederos de Dunkelfelger.

Tercero. Se reveló que la familia real era solo un clan ducal.

En medio de todo el caos que eso trajo, la única persona capacitada para estabilizar el país siguió a los dioses para recuperar a su diosa.

El ahora Zent Galtero era visto por todos como una encarnación de Chaocipher en lugar de un esbirro de Gebordnung.

Fiel a lo que todos predicaban, trajo caos con su primera conferencia como Zent, aunque no de la forma que se pensaba.

Zent Galtero sufrió varios intentos de asesinato poco después de borrar el vicioso ducado de Klassenberg del mapa, algo que todos habrían visto venir, menos el Zent relevista actual.

"¿En serio te sorprende? Considerando quien fue el primero en educarlo antes de que volviera a la Soberanía, no es algo tan impactante. Pensé que los de Dunkelferger entenderían mejor su pequeña jugada."

"Hirschur, nadie en Dunkelferger comprende lo que hizo por una razón. No purgó al clan ducal de inmediato, en lugar de eso, les avisó que serían convocados para discutir su castigo cómo si fueran niños recién bautizados."

Su compañera de docencia soltó una risa poco refinada que lo hizo sonreír. La supervisora de Eisenreich era una mujer poco común. Tenía un gran instinto maternal, pero no se sabía que hubiera estado comprometida. Rauffen la conocía desde estudiantes, aunque era muy poco. Él acababa de entrar a su primer año cuando ella pasó al último y todo lo que sabía por las habladurías de aquel entonces, era que la mujer avergonzó al menos a tres pretendientes negándose a consumir nada en las fiestas de té a que ellos la invitaban, respondiendo en monosílabos a todo lo que no fuera investigación y presentándose con la ropa más sencilla y el cabello sin adorno alguno. Una presentación por debajo de un laynoble a pesar de que la mujer era archinoble en realidad. Una prima lejana del actual Aub Eisenreich o algo así.

"Oh. Así que, de ser cualquiera de ustedes, habrían destruido Klassenberg y acabado con todo el clan ducal casi a la vez."

"Era obvio que iban a defenderse. Un verdadero dunkelfergiano se habría asegurado de arrestar a todo el clan ducal en cuanto llegaran al dormitorio, luego se les habrían leído los cargos y la condenaría ahí mismo, mientras una fuerza de élite usaba el círculo de teletransporte para viajar a Klassenberg y capturar al resto del clan. La purga se habría dado durante la lectura de rangos y crímenes que hizo Zent Galtero para evitar todos esos problemas innecesarios."

"No es un mal plan para alguien que solo tiene músculo en la cabeza."

Rauffen dejó escapar una estruendosa carcajada. Las mujeres no solían darle rienda suelta al aparato de Gramarature o hablar de forma tan burda y directa, algo que encontraba fascinante de esa mujer. Ella solo se contenía al hablar con sus alumnos más jóvenes. Una vez entraban al cuarto año los trataba igual que al resto.

"A veces hay que tratar a la vida cómo un ditter, eso exige estrategia. En este caso, no se puede destruir el tesoro del enemigo sin acabar primero con el enemigo. Demasiados riesgos, más para alguien que no es caballero."

La mujer sonrió de forma venenosa y algo amarga antes de mirarlo cómo si fuera uno de esos especímenes que le compraba de manera ocasional.

Hirschur era una erudita de cabeza a pies así cómo Rauffen era caballero desde la punta del cabello hasta el último callo en sus dedos. Su relación hasta ahora era solo el de colegas de docencia y en ocasiones, de cliente y proveedor. Ella le conseguía información de algunos alumnos, monedas, polvo de oro o círculos mágicos ofensivos o defensivos en tanto él le llevaba bestias Fey vivas, muertas, debilitadas o solo las partes que ella necesitara para sus experimentos. A veces el hombre le hacía el favor de llevar sus apuntes a la biblioteca solo para escucharla hablar. Ver el fuego de Leidenshaft apoderarse de ella mientras hablaba de su último descubrimiento o de las nuevas dudas reveladas ante la experimentación eran siempre un deleite para el caballero dunkelfergiano, después de todo, Hirschur tenía una actitud demasiado aburrida la mayor parte del tiempo fuera del aula y de su laboratorio.

"Ditter, ditter, ¿no tienes otra cosa en la cabeza?"

Rauffen le sonrió también, divertido de que la mujer volviera a las quejas usuales.

"¿Por qué debería? Hay un ditter para todo en mi tierra natal. Ditter de velocidad, ditter de robo de tesoro, ditter de robo de novia, ditter de defensa de novia, ditter de bienvenida y despedida…"

"Pffft, en serio, ustedes…"

"… ditter de alcoba."

Ninguno de los dos dijo nada después de eso. Él sonrió con socarronería y ella lo miró un poco perpleja, con la punta de sus orejas y de su nariz enrojecida antes de soltar una tremenda carcajada que la hizo descomponer su postura.

En realidad, era raro que Rauffen decidiera molestarla con eso. Su madre lo había educado para ser un caballero con cualquier dama y evitar cierto tipo de comentarios y bromas usuales entre sus pares de género… pero Hirschur tenía algo que lo hacía pasar por alto ciertas cosas. Después de todo, ambos eran solteros y a diferencia de otras mujeres con las que había hecho comentarios similares, la mujer no se amilanaba, no salía huyendo, no se le entregaba para luego disculparse aún desnuda junto a él y luego evitarlo como si fuera un grun… esta erudita solo se reía un poco avergonzada, le daba una fuerte palmada en el hombro, cómo ahora y se limpiaba las lágrimas.

"Tienes un buen punto al respecto, profesor. No me sorprendería que inventaran un ditter para comer, otro para dormir y otro para usar la sala de slimes un día de estos."

"¿Y si te dijera que ya los hay, pero son máximo secreto?"

Ella volvió a reír, palmeando un poco más el hombro de Rauffen justo cuando llegaban a una bifurcación en el pasillo.

"Te diría que me lleves a presenciarlos para tomar nota e investigar que tiene la espada de Zent con el ditter. Quien sabe, tal vez le pediría a tu Aub que me obsequie con un par de cadáveres de jugadores asiduos de ditter para examinarlos a fondo."

Y también estaba eso. La mujer era brillante incluso cuando quería asustar. A veces tenía un humor tan negro que pareciera que tomara el té con Chaocipher cómo si fueran viejas amigas riendo sobre viejos chismes de lo más lúgubres.

"Si es para ti, puedes quedarte con el mío."

Una mirada de lo más inusual cruzó el rostro de la educadora con una sonrisa siniestra y Rauffen, para no mostrar su nerviosismo, solo se rio llevando una mano a la cabeza para despeinarse.

"Solo haz buen uso de la bendición de Dultzetzen y permite que disfrute la de Dauerleben primero, Hirschur. Mi cuerpo es tuyo para que dispongas de él cómo quieras… solo no lo abras todavía."

"¿Asustado, profesor?"

"Preocupado, más bien. Mi madre todavía no sube la altísima. Y ya que no tengo esposa o hijos…"

Su compañera de trabajo volvió a la normalidad, asintiendo una sola vez antes de despedirse y retirarse por el otro camino. Seguro iba a empacar algunas cosas para visitar a su familia en Eisenreich y seguir con sus investigaciones. Rauffen también debía prepararse para partir. Ese año no había un solo estudiante quedándose en la Academia fuera de temporada debido a lo inusual del periodo entre la graduación y la Conferencia Archiducal Ordinaria.

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"Sé que suena… cómo si Flutrane intentara sujetar un escudo, pero les agradecería que lo comenten con sus Aubs. Ustedes son caballeros después de todo y ya viven en la Academia Real la mayor parte del año. Esta medida es solo para darles un poco más de libertad de acción por el bien de los alumnos."

Rauffen no estaba muy seguro de qué pensar.

Era principios del otoño. Zent Galtero había convocado a todos los profesores una semana atrás, avisando de estas citas grupales para discutir la nueva currícula escolar… y eso hicieron hasta que el hombre, enfundado en su túnica blanca de Sumo Obispo Soberano, les avisó que todos los profesores del curso de caballería serían reconocidos como Caballeros de la Orden Soberana a partir de la próxima primavera.

"Zent" pidió la palabra un profesor recién instaurado de Berschmann "¿No es esta solo una forma de hacernos trabajar más por un sueldo menor?"

Rauffen notó a varios de sus compañeros mirar al Zent en actitud irritable y desafiante. Detrás del hombre también notó a varios caballeros que solían pertenecer al séquito del príncipe Ferdinand como ya era usual.

"En realidad, esta solicitud me hará incrementar el pago que reciben de la Soberanía."

Hubo un par de expresiones de sorpresa provenientes de laynobles que servían cómo profesores auxiliares. Los que solían ayudar a mostrar a los chicos la forma adecuada de desmembrar y eviscerar bestias pequeñas en el aula compartida con erudición para dicho fin, aunque, si Rauffen fuera a apostar, pondría todo su dinero en afirmar que el resto del profesorado, incluso los que estaban a poco tiempo del retiro, estaban igual de asombrados.

"Al ser Caballeros Soberanos y Maestros de la Academia Real no solo incrementarán sus responsabilidades, sino también su sueldo por parte de la Soberanía. Los Aubs seguirán dándoles el mismo pago y patrocinio que hasta ahora debido a que no son ellos quienes están solicitando esta extensión en sus obligaciones.

"No solo para que todos tengan experiencia real y continua en la Orden, sino también para asegurar la máxima protección posible a los alumnos. El siguiente año, la Soberanía estará contratando algunos caballeros más para puestos de enseñanza a fin de tener más personal capacitado para responder de inmediato ante cualquier eventualidad.

"Aquellos que tengan familia estarán tomando sus descansos para visitar sus ducados en una temporada mientras los que permanecen solteros asistirán en otra con la finalidad de que la Academia esté custodiada de manera permanente.

"Si tienen más dudas o incluso desean verificar en persona la propuesta de reforma para ampliarla o mejorarla en modo alguno, les ruego que agenden una cita. Justus, la profesora Hirschur y…"

Dejó de escuchar. Recordaba que los eruditos tuvieron su propia reunión con Zent Galtero dos días atrás. Dentro de dos días era la convocatoria con los profesores del curso de asistencia, dos días posteriores a eso tendría que asistir a otra junta como supervisor de dormitorio. Los profesores que no hubieran hablado con Zent para entonces estaban invitados a una fiesta de té luego de dos días de esa última reunión.

Claro que le sorprendía que Hirschur en persona fuera nombrada para un trabajo cómo agendar citas.

'¿Se habrá propuesto para ayudarlo o fue una comanda directa sin lugar a oposición?'

No estaba seguro de cómo tomarlo, después de todo, Hirschur actuaba de maneras misteriosas en ocasiones y casi nunca daba explicaciones.

Rauffen sonrió, quizás debería ir al sitio de recolección de Dunkelferger y conseguir algunos de esos insumos que la profesora pedía de manera recurrente. Tal vez podría ser un poco más generoso de lo habitual y ofrecer algún ingrediente raro de su patria. Le costaría dinero, sí, pero una ventaja de no tener esposas e hijos era que sus ahorros no hacían más que incrementarse mes con mes.

Rauffen no era rico, pero a diferencia de muchos de sus compañeros podía darse ciertos caprichos costosos de vez en cuando y en este caso, podría ser bastante divertido comprar algo de información. Quizás debería conseguir algo de esa bebida alcohólica, burda y fuerte que tomaban los plebeyos de la ciudad. Estaba más que seguro de que Hirschur no la había probado. Un poco de ayuda de Vantole aseguraría que la mujer aflojara muy bien esa lengua aguda y mordaz a la hora de compartir información y su inusual punto de vista ante los cambios ocurridos.

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'¿Cómo pude ser tan ingenuo?'

Rauffen era, ante todo, un hombre poco familiarizado con la palabra arrepentimiento.

¿Se arrepintió de romper su compromiso con su prima paterna, la linda Ameliet en su quinto año? No, no lo hizo, incluso si eso lo llevó a ser escoltados por su abuela el día de su graduación.

¿Alguna vez se reprendió por renunciar a la orden de caballería de Dunkelferger para convertirse en profesor? ¡Jamás! Ver jóvenes promesas del ditter nacer en esos campos de entrenamiento, nutrirlos y verlos crecer era una de sus razones para levantarse cada mañana.

¿Y qué tal ceder a las propuestas indecorosas de algunas mujeres de Dunkelferger cuyos maridos parecían demasiado extasiados por sus nuevas esposas o desprovistos por completo de las bendiciones de Beischmacht y Brëmwarmë? Ni siquiera una pizca de arrepentimiento, solo el dulce recuerdo para alguna que otra noche a solas, con la mente demasiado hiper activa como para escuchar y atender los llamados de Schlatraum.

Su único arrepentimiento hasta el momento era no tener hijos propios, pero no era un arrepentimiento especialmente fuerte que lo tuviera en vilo durante los momentos de ocio cómo sucedía con muchos de sus conocidos. Solo era algo que aceptaba cómo una consecuencia a sus propias acciones. Sin una esposa no habría hijos, punto.

Esto, sin embargo, era algo por completo distinto.

Hirschur reía a pierna suelta, con la falda levantada hasta uno de sus muslos por haber pataleado ante un chiste compartido, con los pómulos y las mejillas rojas debido a la bebida y dos botellas de Fremeh del bueno junto a ella, parte de la tercera botella salpicando aquí y allá del tarro de hueso, madera y metal que le había prestado para beber.

La mujer no estaba del todo ebria, eso lo sabía, aunque sí que estaba dejando ver más de lo normal… mucho más y por alguna razón eso tenía inquieta la espada del invierno que Rauffen solía usar con orgullo y que en este preciso momento le estaba causando problemas.

Por si fuera poco, Brëmwarmë no dejaba de susurrarle lo hermosos que eran los ojos de su compañera, lo fabulosa que debía verse sin el monóculo y con el cabello suelto, lo torneados que se veían su muslo y su pierna izquierda asomando de su túnica negra y la duda de si mantendrían la misma forma una vez despojada de esas largas calcetas blancas o de la bombacha color crema que no estaba disimulando su forma ante tanto movimiento… lo bien que se sentiría tener esa misma pierna alrededor de su cintura…

'¿Cómo, en el nombre de todos los dioses, se me olvidó que Hirschur es en realidad atractiva?'

Quizás era el trato que tenían entre ambos desde que él se unió al cuerpo de docentes y descubrió que la mujer no solo no le rehuía, sino que además lo trataba cómo a un igual en todos los sentidos… o tal vez eran los años que llevaban con esas interacciones que sus compañeros y su asistente mismo calificaban de bizarras. No, debía ser que jamás la había mirado más expuesta que ahora, o que la mujer nunca le había dedicado ese tipo de mirada, el mismo que las viudas solían darle cuando todavía conservaban las bendiciones de Efflorelume y llevaban poco tiempo de luto.

"Galtero puede ser muchas cosas, mi estimado profesor, pero no es un idiota."

En efecto, no estaba ebria, pero el pequeño filtro por el que pasaban sus palabras no estaba ahí.

"Bueno, luego de su… confesión sobre drogar a su padre adoptivo, a su esposa e incluso a la princesa santa, debo aceptar que he llegado a tener mis dudas con respecto a mi evaluación del chico. ¿Esos deslices serían consecuencia del baile de Bluanfah o de los susurros de Chaocipher?"

No estaba muy seguro de qué responder. Estaban danzando en la cuerda floja con esa conversación. Que sus respectivos asistentes estuvieran en una esquina arreglando algo en los carritos de servicio, ocupados, muy seguramente, con su propia conversación para dejarlos a sus anchas bajo la herramienta antiescuchas de rango específico lo tenía menos preocupado por las palabras de Hirschur y más por cómo su cuerpo estaba reaccionando al lenguaje corporal de ella.

"No estoy seguro de que hubiera una justificación plausible. Y aún no me dices porque el Zent te ha solicitado cómo erudita en esto de los cambios en la Academia Real."

La pelinegra le sonrió, mirándolo divertida al llevarse el tarro a los labios y beber la mitad como si de simple agua se tratara, dejando el envase en la mesa de forma ruidosa y poco femenina al tiempo que limpiaba los restos de bebida con el brazo sin dejar de sonreír de manera retorcida.

"¿Y perderme todas las quejas, llantos y palabras de traición de nuestros compañeros?"

"¡Hirschur?!"

La profesora soltó una de esas carcajadas falsas y con la mitad de la diversión que intentaba mostrar en ellas antes de enderezarse, acercarse más a él y sostener el tarro con ambas manos.

"Galtero necesita gente con las bendiciones de Angriff, Seheweit y Gramarature para señalarle cuando se esté precipitando. El séquito de Ferdinand solo se está asegurando de que el mocoso cumpla con las instrucciones de Ferdinand y de la princesa Santa, fuera de eso, no vi ni un poco de preocupación en ellos por el bienestar de Galtero. Es casi como si estuvieran decididos a verlo castigarse sin más. Alguien tiene que intervenir, aunque sea un poco, ¿no crees?"

Y ahí estaba la bendición de Wiegenmitch que desprendía Hirschur. Para ella, Galtero no era realmente un Zent, solo un chico descarriado sufriendo de un tipo de acoso poco común.

"¿Y en serio te está dejando que le llames la atención cómo si fueras su madre?"

"¿En serio crees que le pedí permiso?"

"Podrían ejecutarte si se te va la mano con tus… llamadas de atención."

Una especie de gruñido o quizás un suspiro incrédulo abandonó sus labios entreabiertos mientras ella se acomodaba sobre la mesa cómo un enorme feltze triste y desanimado. Su sonrisa tan triste que Brëmwarmë y sus susurros crudos y tentadores se alejaron de inmediato.

"¿En serio crees que le importa cómo lo trato al séquito que lo rodea? Son más carceleros que seguidores leales. Y no los culpo. Todos ellos juraron lealtad a Lord Ferdinand o a algún Aub hace años. Podría abofetearlo con desperdicios y meter su cabeza en la fosa de slimes para limpiarlo y nadie diría nada siempre y cuando no intente asesinarlo. A veces creo que subir la altísima sería más una recompensa que un castigo para él."

Rauffen dio un sorbo contemplativo a su fermeh para no tomarla de la mano y tratar de consolarla. Todo rastro de diversión olvidado ahora.

"¿Por qué no toma una esposa para…?"

"Sobre eso… mañana estaré hablando con Nahelache. El muchacho necesita aliados que lo traten cómo un ser humano de nuevo o seguirá haciendo barbaridad y media con tal de… bueno… no estoy muy segura de sí está buscando un descanso eterno de manera consciente o inconsciente, pero que tenga un poco más de sentido de auto preservación no estaría de más, ¿no crees?"

No pudo sino aceptar, dejando que Hirschur se terminara esa tercera botella con ayuda suya en silencio.

Para cuando fue hora de retirarse, ambos habían vuelto a su rutina habitual de charla ligera y desinteresada. Rauffen se preguntó entonces si debería seguir el ejemplo de Hirschur o mantenerse lo más alejado posible de la política… y quizás acercarse un poco más a su compañera de trabajo.

Sabía de buena fuente que ella no deseaba atar sus estrellas. Estaba tan casada con su trabajo cómo lo estaba él, en todo caso, con todas las preocupaciones innecesarias que estaba cargando ahora, tarde o temprano iba a necesitar a alguien con quién desahogarse

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SS Tuuri

"Frieda, las habitaciones están listas. Los moveremos ahora."

La joven asintió dos veces antes de mirar a la doncella que le llamaba y prepararse.

Tuuri miro con pesar las, ahora, seis bañeras que mantenían vivos a los seis que acompañarían a su señora a las alturas si Zent Ferdinand fallaba en su juego.

"Todo estará bien." La consoló, aunque las palabras también se las decía a ella.

"Solo tengo doce años Tuuri. Si lady Rozemyne no despierta…"

"Entonces te adoptaré, niña mía."

Actualmente no había muchos azules en edad escolar que dependieran de su señora, pero había algunos, Freida entre ellos. La niña cumpliría trece ese invierno, por lo que aún le quedaban tres años por cursar. Su destino era incierto, quizás por eso la pelirosa se ofreció a cuidar de los durmientes, de ese modo sería la primera en saber el resultado del juego.

"… gracias." Murmuró bajito antes de comenzar las preparaciones.

Con ayuda de sacerdotes grises, una a una las bañeras se levantaron lo suficiente como para colocar los tapetes bordados con los círculos de teletransporte.

Cuando todo estuvo preparado, el Sumo Obispo Soberano y Zent relevista Galtero entró en la habitación.

"Frieda, te enviaré primero junto a dos grises. Si Esto no funciona, tendremos que buscar otra alternativa."

"Si, Zent."

Mientras veía al hombre que tanto incordio le causó a su señora cuando aún era una niña no pudo evitar pensar en el momento en que todo cambió.

No había pasado ni un año, pero parecía que fue hace mucho tiempo.

Fue una verdadera sorpresa. Un día su señora llegó con ese hombre al templo, lo ordenó sacerdote y les reveló sus intenciones de volverlo relevista.

Tanto para ella, como para sus compañeros, la noticia fue inesperada, sin embargo, confiaban en que el padre adoptivo de su lady le impidiera hacerlo. Aun así, siguieron sus indicaciones y lo educaron como sacerdote.

A todos les sorprendió como Lord Galtero comenzó a mimetizarse con su entorno, haciendo un trabajo mejor de lo esperado, al grado de que, tan solo una temporada después, era capaz de fungir como Sumo Obispo en funciones.

Entonces pasó.

Era la graduación de su señora, querían estar presentes, pero no podían ya que tenían trabajo que hacer. La oración de primavera sería pronto y como templo soberano, debían ofrecer ayuda a quienes la solicitaban.

"Hartmut y Clarisa, dejen de lamentarse y vuelvan al trabajo." Los regañó no por primera vez.

"¡Pero mi diosa!, girando como diosa de la luz, ¡es una herejía perdernos semejante evento!"

"Alerah prometió grabarlo para ustedes." Les recordó con cansancio.

"¡Una repetición!" celebró Clarissa. "Esposo, nos perderemos su giro, ¡pero podremos repetirlo tantas veces como queramos!"

Un suspiro de alivio escapó de sus labios cuando alguien les pasó una herramienta de evita de escuchas, o activo una de rango especifico a su alrededor. Sus alabanzas a la princesa santa podían durar campanadas. Ellos podrían hablar y trabajar, pero su diatriba solía distraerlos más que sus hijitos jugando en el despacho mientras ellos trabajaban.

"¿Papá? ¿Mamá? ¡¿Papá, Mamá?!"

La voz de Abelard, seguido de un par de golpes sordos le hizo levantar la vista del papeleo que estaba haciendo. Hartmut y Clarisa se habían desplomado.

Justus y Laurenz llegaron al templo poco después con sus esposas para colocarlas en sus jureves, también ayudaron a colocar a la pareja en sus propios jureves, explicando poco después que la princesa había desaparecido.

Galtero llegó no mucho después y comenzó a investigar.

Parecía poco probable que fuese una desaparición normal. Que los devotos de su señora quedaran inconscientes implicaba que su vida podía estar en peligro.

Con la llegada de la primavera, descubrió que su señora estaba en las alturas, de forma muy literal. Los dioses habían reclamado su presencia en el panteón divino junto a otras revelaciones preocupantes.

Justus, Laurenz, Lasfam y Eckhart, bajo las órdenes del príncipe Ferdinand, se integraron al séquito de Galtero desde ese momento y comenzaron a guiarlo.

Las siguientes semanas ella junto con todos sus compañeros del templo observaron como el expríncipe y ahora zent comenzaba a marchitarse. Estaba más delgado y comía poco o nada durante el día, optando por pociones nutritivas en lugar de comidas correctas.

Galtero también comenzó a dedicar maná a los instrumentos divinos como si de eso dependiera su vida. Para Tuuri, era angustioso verlo, aun con sus sentimientos de aversión por el muchacho.

"Sumo Obispo, los dioses no se alegrarán de sus oraciones si lo llevan tan cerca de saludar a la pareja suprema." Le dijo un día mientras lo veía verter maná sin descanso en el escudo de Schutzaria, tomar una poción de rejuvenecimiento y volver a verter su maná en el instrumento divino.

Sin embargo, el joven no le respondió. Después de una tercera poción al fin se detuvo para volver a sus obligaciones como cabeza del templo y del país.

La noche anterior a la conferencia de archiduques Galtero salió del templo y fue a la academia luego de ordenar a todos los azules que se quedaran resguardados en el templo.

Su señora y prometido habían recreado los Shumil de la biblioteca y ahora eran esos autómatas los que custodiaban el templo bajo la orden de que nadie podía entrar o salir sin su permiso. La orden fue acatada por los muñecos ya que, falsa o no, Galtero era un usuario de la sabiduría.

La noche siguiente se enteró de que el zent relevista fue atacado por el ahora desaparecido Klassenberg.

Gracias a su antiguo compañero, Laurenz, Tuuri fue consciente del caos que existía fuera del templo, pero Galtero impidió que cualquiera de ellos participara en la política, manteniéndolos encerrados.

"No tengo poder para protegerlos." Dijo él cuando lo confrontaron. "¿Creen que no quiero usarlos a todos ustedes? Rozemyne los entrenó, ¡claro que quiero!" espetó antes de soltar una risa cargada de autodesprecio. "Pero si algo les pasa…, no puedo ni siquiera imaginar lo que pasará. Me da igual si me mandan a saludar a la pareja suprema, pero Nahelache y mi hijo no tienen la culpa. No puedo permitir que en su ira la princesa los castigue por asociación a mí."

Y eso fue todo. No volvieron a pedir salir del templo.

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"Sumo Obispo, debería detenerse." Le aconsejó ella una mañana cuando se percató de que estaba cerca de dejar de sentirlo. "Mi señora sufrió mucho porque su schtappe era muy pequeño para ella, para la cantidad de maná que tenía. No sabemos cómo lo arregló, por lo que no podremos guiarlo en eso."

Los azules entendían que era necesario que el joven aumentase su nivel de maná, pero no era bueno que el Sumo Obispo y Zent perdiera el control de su propio poder mágico, por lo que, como servidores de la princesa Rozemyne, era su deber detenerlo.

No podían arriesgarse a que algo le pasara. No podían arriesgarse a que sufriera una fuga de maná. Si eso pasaba no solo la vida del relevista estaría en peligro.

La respuesta que recibieron no era lo que esperaban. "Yo si lo sé. No perderé el control."

Fiel a sus palabras, incluso cuando dejaron de sentirlo, Galtero no perdió el control.

La primavera dio paso al verano y pronto comenzaron a llegar algunos nobles al templo para servir temporalmente a Galtero.

Más tarde se enteró que Laurenz y Justus lo habían planeado, reclutando caballeros y eruditos de los ducados principales para mantener al Zent relevista con vida el tiempo suficiente, ya que parecía que quería que lo mataran.

Una noche, mientras Tuuri caminaba por el templo oscuro, vio como el Sumo Obispo entraba en la sala de oración. Esperó dos campanadas hasta que saliera. Lo siguió hasta la puerta que conectaba con la academia y lo vio desaparecer por el circulo de teletransporte.

Confundida por su actuar, la joven madre regresó a la sala de oración solo para descubrir la corona de la diosa de la luz y la capa del dios de la oscuridad rebosantes de maná.

Esto se repitió a lo largo del verano con la varita de Flutrane, la espada de Ewigeliebe y el cáliz de Gedulh.

Solo la lanza de Leidenshaft parecía haber sido ignorada.

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Poco después de la ceremonia de Starbind en la soberanía, Galtero los llamó a todos.

"La próxima primavera, el territorio llamado Soberanía va a desaparecer." Fue una noticia que la conmocionó hasta el centro. Tuuri no podía entender las palabras del Sumo Obispo. Su esposo parecía tan conmocionado como ella, al grado que tomó su mano bajo la mesa de reuniones para estabilizarse.

"Para iniciar, el territorio ni siquiera estaba destinado a existir."

Galtero procedió a explicarles entonces como un Zent de antaño sacó a su familia de la soberanía, creando un ducado, robando territorio que no le pertenecía, fabricando una herramienta que le permitió ser Aub y Zent al mismo tiempo.

"La próxima primavera revelaré esto mismo. La razón por la que se los digo ahora es porque los evacuaré de la soberanía. Existen villas que pertenecían a mis ancestros y que en la actualidad están deshabitadas. Consideren lo que necesitan para mudarse."

"¿Qué pasa con mi esposa?" preguntó Laurenz, molesto.

"Por supuesto, también la moveremos. A ella y a los otros tres juramentados de la princesa."

Galtero compartió entonces un círculo incompleto de teletransporte que Ferdinand estaba diseñando precisamente para poder mover a alguien en Jureve.

En ese momento Tuuri estaba más interesada en saber cómo se había hecho ese hombre con un diseño del príncipe Ferdinand que en por qué fue diseñado en primer lugar. Eso era bastante obvio para ella debido a que su señora fue envenenada muchas veces desde su infancia.

Sin embargo, le seguía molestando que Galtero tuviera algo que, estaba segura, Ferdinand tendría oculto en su habitación oculta cómo mínimo.

El Sumo Obispo prosiguió a señalar las ubicaciones de las villas, así como el orden en el que irían a verlas para revisar si eran habitables. También pidió a las doncellas que, una vez completado, bordaran los tapetes necesarios para el traslado.

Una semana después por fin pudo visitar la academia para conocer su nuevo hogar. La villa en la que viviría con su familia era bastante grande, la más grande de todas, por lo que la compartiría junto con Damuel y sus esposas, Brigitte y Philine, así como los azules en edad escolar. También seria esa villa donde Alerah, Margareth, Hartmut y Clarisa serian resguardados.

Tres de los cinco Shumil se moverían al lugar para garantizar su seguridad.

Tras volver al Templo Soberano, llamaron a comerciantes y constructores para trabajar en la villa. Debía estar lista antes del invierno. Mientras tanto, todos comenzaron a trabajar para completar el circulo mágico. Fue una suerte que su señora los hubiese vuelto a todos eruditos, porque entre todos, de alguna manera lograron completar el diseño.

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"Galtero es demasiado amable con ustedes." Se quejó Laurenz, medio ebrio una noche a inicios del otoño mientras compartía copas con sus antiguos compañeros de séquito.

"¿De qué hablas?" preguntó Dirk, su esposo, alejando la copa que estuvo a punto de beber de sus labios. "Nos tiene encerrados como prisioneros. Estamos viviendo la vida que los sacerdotes y doncellas tenían antes de que mi señora reformara el templo."

Tuuri asintió de acuerdo con la queja de su marido. Galtero no estaba siendo amable en absoluto. Se encontraban en arresto domiciliario bajo la excusa de protegerlos. Sus hijitos preguntaban cuando volverían a visitar a sus abuelos, tíos y primos en Eisenreich.

Damuel, un poco más lejos, también asintió a las palabras mostrando su acuerdo.

Laurenz se rio, una risa burlona.

"Creo que Galtero desprecia a Ferdinand por empujarlo a Zent cuando él estaba a punto de retirarse al templo de forma permanente. En cambio, se siente en deuda con Rozemyne por haberlo preparado para esto… o algo así." Siguió arrastrando las palabras debido a su estado actual.

Un silencio contemplativo se instaló en la habitación. Era imposible pensar que la situación era tan sencilla como el peliverde la estaba presentando, pero debía haber algo ahí. Algo más profundo que el temor y deseo de Galtero de proteger a su exesposa y a su hijo.

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Fue durante otoño medio cuando las cosas volvieron a complicarse.

Laurenz y Justus se desplomaron sin previo aviso.

Después de ponerlos en jureve, los mantuvieron en observación. No estaban muertos, al igual que con sus esposas, solo estaban inconscientes.

"Que nadie se entere." Ordenó Galtero.

De alguna manera parecía entender que Ferdinand aun no perdía el juego, sin embargo, los nobles interpretarían eso como una señal de derrota, por lo que podrían intentar sacarlo del poder antes de tiempo.

Los nobles de Dunkelfelger y Eisenreich, sobre todo, parecían haberlo presionado para dar esa orden.

Cuando el otoño al fin estaba terminando, las preparaciones para su mudanza se completaron.

Según la indicación del Zent, Freida fue enviada primero a la villa para verificar el estado de los durmientes al llegar.

Una a una las bañeras desaparecieron de la habitación del templo.

"Tusnelda."

Ese fue el momento para que ella, su esposo e hijos partieran a su nueva residencia. Se movieron usando los círculos de teletrasporte que conectaban el templo con la soberanía, cuidando de los azules en edad escolar. Al llegar, lo primero que hizo fue visitar el antiguo salón de té que ahora servía como refugio para los durmientes.

Fue impactante ver lo pequeño que lucía el gran salón con las seis bañeras en él.

Tuuri verificó el estado de todos y, tras confirmar que estaban bien, se apresuró a instalarse.

El invierno llegó y terminó antes de que se diera cuenta.

La primavera inicio con ellos aun confinados en la villa de la antigua realeza. La orden de permanecer en el interior continuo y se intensificó conforme la conferencia de archiduques se acercaba, solo hasta que Flutrane dio paso a su hermano, se les permitió volver a salir y dar pequeños paseos en el bosque y los jardines de la soberanía.

Su primera reunión con sus compañeros, la hicieron recordar las palabras que Laurenz soltara un año atrás, esa noche de copas.

Ya no podía sentir a la exprincesa, aunque antes de mudarse, estaba en su radio de detección. Pocos días después, un grupo de asistentes sacaron sus pertenencias y las de su hijo de la villa donde vivía, para llevarlas a la villa de Zent, con quien volvió a casarse

La ahora primera reina se preparó para apoyar a su marido en el tiempo incierto que ambos vivirían.

Ese fue el último cambio del que tuvo noción. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, los meses en estaciones y las estaciones en años.

El único momento en el que pudo volver a ver a su familia, fue en el bautizo de sus hijos.

Volver a su tierra natal la hizo consciente de que, mientras ella y los azules permanecían en una herramienta que detiene el tiempo, ignorantes al mundo, el zent había hecho mucho, los cambios eran visibles incluso en Eisenreich qué era el ducado de la pareja Zent.

Su vida era tranquila mientras se mantenía alejada de la política y el mundo exterior. Hasta el momento en que los durmientes volvieron a ponerse en pie y su señora regresó.

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SS Rozemyne

"Antes de devolverlos, debo advertirles que ha pasado más tiempo allá abajo del que podrían esperar." Comentó Ventuhite luego de que los dioses se despidieron uno a uno de ella y Ferdinand

El mensaje no pareció gustarle a su prometido, quizás fue por eso que Rozemyne se apresuró a tomar la palabra.

"Lo comprendo, mi señora. No hay un solo documento de la época en que ustedes los dioses interferían más con el tejido, que no mencioné que existe un costo a pagar. ¿Es el tiempo transcurrido en el jardín?"

Ventuhite y Dregarnuhr se miraron entre ellas antes de voltear a la pareja suprema. Ninguno de los dioses, ni siquiera el rey y la reina habían abandonado aún el lugar.

"Myne, temo que el tiempo es apenas una parte del pago." Respondió la diosa de la luz antes de que el dios de la oscuridad posará su mirada en Ferdinand, sonriendo antes de retorcer un poco el labio y fruncir su ceño apenas de forma casi imperceptible.

"Veo que Ewigeliebe ya te ha dado su obsequio, Ferd, y ha sido mucho mayor de lo que imaginamos. Parte de esa bendición ya ha sido tomada cómo pago, de modo que solo recibirás una parte del premio que él te ofreció."

"Estoy bien con eso" respondió su compañero sin que Rozemyne comprendiera de qué hablaba.

"En todo caso, temo que hay un tercer pago. Por favor, no lo arruinen como han hecho con el libro de Myne." Comentó Mestionora molesta conforme unas pequeñas luces salían de ella, llegando a las manos de la diosa de la sabiduría y tomando la forma de hojas ennegrecidas. "Ferd, tú eres responsable en parte de que todas éstas quedaran manchadas de este modo, así que te condeno a pasar el inicio de tu estadía aquí arreglándolas una vez haya llegado a su fin la bendición de Daoareben."

Rozemyne observaba con curiosidad aquellas hojas, descubriendo que los caracteres estaban escritos en ese idioma que Ferdinand y Laurenz manejaban a la perfección. El idioma que por mucho tiempo interpreto como el idioma de los dioses. Idea que su corta estadía en el panteón divino corrigió.

Observo con atención, curiosa, algunos de los pocos caracteres que podía ver entre las hojas ennegrecidas decían Motosu Urano.

Ferdinand parecía sorprendido en un principio. Rozemyne lo observaba ahora, notando como su humor cambiaba con rapidez, la misma con la que sus ideas avanzaban cuando estaba por llevar nuevas industrias o encontrar varias soluciones a un mismo problema.

"Ya veo" susurró él tan bajo, que Rozemyne por poco no lo escucha "debió ser esa noche, cuando me impidieron intervenir y salvarla de su muerte. Cuando uso el jureve por primera vez".

Rozemyne sintió una punzada de nostalgia sin estar muy segura del porqué. Por un lado, podía recordar aquel día cuando alguien la enveneno por primera vez y fue puesta en jureve.

Había bajado la guardia, no había sentido ansiedad al ver que alguien entraba en su habitación mientras comía, no hasta que fue muy tarde. El hombre que entro vacío parte del contenido de un vial sobre ella, haciéndola colapsar.

Recordaba vagamente al hombre convulsionando antes de desaparecer atravesado por un rayo de luz, así como el vial cayendo a su lado, y su contenido derramándose. Recordaba claramente que vio a un Ferdinand adulto al despertar.

Era una de sus memorias recién recobradas… y con ese recuerdo había un par más. Una chica con dos monóculos en el rostro enmarcado de descuidado cabello negro atado sin cuidado alguno a su nuca y una mujer similar, con ojos tan rasgados y oscuros cómo los que se ocultaban detrás del otro rostro… nostalgia, dolor, culpa, remordimiento, podía sentir una enorme pérdida con demasiada claridad, pero solo por un par de latidos.

Las imágenes se desvanecieron con prontitud, haciéndola preguntarse que había sido eso y notando que un poco del daño en las hojas que Mestionora sacó de ella se limpiaban un poco.

"Veré qué puedo hacer cuando el momento llegue" prometió Ferdinand con la punta de sus orejas rojas después de disimular un suspiro. Lo que les hubiera pasado a esos pergaminos, Ferdinand parecía sentirse responsable del desastre hasta cierto punto.

"Bien. Estaré esperando." Soltó la diosa antes de darse la vuelta para entrar a la biblioteca y poner a buen resguardo las valiosas hojas en sus manos.

"Antes de irnos," dijo Rozemyne aferrando con algo más de fuerza la mano con que Ferdinand la ayudó a levantarse del sillón de lectura "¿por qué nos mostraron esos recuerdos del patrón original en el tejido?"

La presión en su mano se aligeró apenas lo suficiente para que la mano que sostenía cambiará de posición, entrelazando esos dedos largos, grandes y fríos con los suyos para apretarla. Rozemyne miró un momento a Ferdinand y este solo le devolvió la mirada antes de encarar de nuevo a los dioses supremos.

Si bien Rozemyne estaba bastante confundida a causa de esos recuerdos, sentada leyendo en la sala de lectura cómo si esa hubiera sido su vida, conforme los recuerdos de Ferdinand salvándola una y otra vez emergieron, comenzaron a confundirla, luego, en algún punto, notó que tenía recuerdos de dos tejidos diferentes… y que en verdad prefería aquellos en los que amaba y era amada.

Pertenecían a una vida llena de altibajos y desequilibrio, sí, pero también eran los que la hacían apreciar más a las personas que la rodeaban durante su último año, en especial a Ferdinand. Su vida se sentía más llena y completa que la del otro tejido en la que su vida transcurría orando, educando un nuevo Zent y sosteniendo a Yurgensmith ella sola sin que nadie lo notara… con un corazón vacío a pesar de crecer con su madre, la única otra sobreviviente de Adalgiza.

Si, en ese tejido su madre estuvo con ella desde poco antes de cumplir nueve. Sin embargo, tras su graduación, volvió a dejarla sola. En realidad, no existía garantía que fuera cuidada tras su partida. Su vida actual, al menos le garantizaba una vida rodeada de gente amable. Un dios oscuro que, si bien no la amaba, la quería y respetaba.

Por las historias de su infancia, Rozemyne sabía que si bien, el corazón de su padre pertenecía a Verónica, y Seradina jamás podría volver a ser Wiegenmichte, no viviría sola, Irulmilde y Veronica la querían, lo sabía por las cartas que su madre le enviaba y por sus fiestas de té.

Sus pensamientos erráticos sobre su vida, casi la hicieron perderse el momento en que los dioses supremos se miraron entre sí antes de mirar a Geduldh, quien solo asintió, dedicándoles una sonrisa amable a los dos mortales antes de dar un par de pasos.

"Temo que esa fue la voluntad de mi hija para devolver las cosas a la normalidad. No salió cómo esperaba. Mestionora ha pasado tanto tiempo entre nosotros que comprende a sus hermanos aún menos que nosotros mismos.

"Sin embargo, algo bueno debería salir del conocimiento que les fue compartido. ¿No es así?"

Rozemyne asintió emocionada, mirando a Ferdinand y luego a los dioses.

"Sin la intervención de Ferdinand, yo no habría interactuado con los plebeyos ni los devoradores. Ninguna industria habría sido creada por mí o por él porque no estaríamos interesados en el desenvolvimiento del mundo. Ferdinand solo se habría dedicado a explorar aquello que le provocara curiosidad sin ningún objetivo y yo solo habría preparado a los azules para encontrar a un potencial Zent antes de huir del jardín, ¿estoy en lo correcto?"

"Lo estás, mi niña." Felicitó la diosa de la Tierra "Pensamos que tener un Zent adecuado sería suficiente porque no sabemos mucho del mundo en que ustedes residen. Incluso Aivermeen fue privado de su visión del mundo mucho tiempo atrás, cuando los hombres corrompieron el jardín e interfirieron con el sello que contiene la ira y la destrucción que Chaocipher inyectó a mi esposo.

"Mientras el pequeño Ferd estuvo de viaje y tú estuviste leyendo, inspeccionamos el tejido original. Con la muerte de la Zent que nos darías vendría el caos. Cientos de niños subirían la altísima. Los templos serían quemados luego de que los nobles más cercanos chantajean a sus pares con el poder otorgado por nosotros. El siguiente Zent vendría a tomar la sabiduría por la fuerza con ayuda de los niños al otro lado de la puerta de la oscuridad y pronto, cuando ya nadie elevara plegarias sinceras y mis hijos menos afortunados fueran drenados para alimentarme, el jardín sería dominio de Chaocipher por completo, deshaciéndolo todo, devolviendo el jardín a la arena blanca del desierto que cubre el mundo del cual nos adueñamos para purificar a Ewigeliebe y mantenerlo estable."

"No teníamos idea de que todo cuanto ustedes han traído a este tejido, ya sea por necedad o competencia, era esencial para anclar a mis hijos. No sabíamos que su relación los haría competir para mejorar las vidas, incluso, de los niños al otro lado de la puerta. O que todo el desequilibrio que sus ideas han traído mantendría a Chaocipher bajo control. La inventiva y empatía humana pueden ser un milagro o una maldición."

Ferdinand no solo estaba considerando las palabras de Geduldh, sino que, además, cerca del final, comenzó a asentir como recordando algo que hacía que aquellas palabras de la diosa cobrarán sentido.

"Todo gran descubrimiento trae el caos," murmuró Ferdinand cómo citando a alguien "un desequilibrio ante el mundo conocido, sin embargo, es durante ese mismo caos que el mundo mismo vuelve a ajustarse, adaptándose para abrazar la idea, trayendo consigo la maduración en el caso de los individuos o el progreso en el caso de la sociedad."

Rozemyne lo observó asentir una última vez cuando dejó de susurrar, cómo dándole la razón a quien le heredará aquella sabiduría y ella sonrió un poco más tranquila.

"Pueden contar con que seguiremos cambiando el jardín para mejor, sus Cantidades" aseguró Ferdinand con una sonrisa "Solo les pido que no vuelvan a reclamar a mi esposa o a mi familia."

Los dioses supremos se miraron con sonrisas cómplices y Geduldh solo negó en un gesto divertido.

"Mi amado esposo te ha bendecido de más, pequeño Zent. Más que comprensible que seas su favorito."

"¿Pequeño… Zent?" preguntó Rozemyne mirando a su pareja con los ojos muy abiertos, quién le devolvió la mirada con una sonrisa socarrona y una pose arrogante.

"La era de Zent Rozemyne ha terminado para dar paso a la era de Zent Ferdinand. Espero que puedas dejar de quejarte y sólo disfrutes de tener un mundo en calma a tus pies. Yo me encargaré de todo lo que sea tedioso a partir de ahora."

"¿Pero…?"

"Sin peros, Rozemyne. Ya sobreviví a una tú mimada de tres años, seguro puedo sobrevivir al país entero."

Sabía que estaba haciendo un puchero molesto por la mirada divertida que él le estaba dedicando.

Sus recuerdos de ser educada por él, las noches de llanto y complicaciones, estaban en su mente. Sentía vergüenza por su actuar en ese entonces, pero también recordó algo, algo que Ferdinand comenzó a hacer en algún momento después de que le diera veneno por primera vez, haciéndola comprender demasiado tarde que debería cubrir sus mejillas porque el hombre jaló una de ellas sin dejar de sonreír, besándola con rapidez, sin darse cuenta de que estaban siendo transportados fuera del reino de los dioses y perdiendo un poco el equilibrio cuando terminaron de transportarse, haciéndola sonreír.

Al parecer Ferdinand nunca dejaría de marearse al usar círculos de transportación, lo que se hacía más obvio al enviarlo desprevenido.

Cuando ambos se despegaron, ambos miraron a su alrededor. Ninguno parecía esperar aparecer en esa locación, de hecho, Ferdinand parecía un poco perdido.

El lugar era una familiar construcción de mármol blanco, pero el polvo en el suelo y las telarañas en las paredes gritaban sobre abandonó por una década cómo mínimo…

"¿Dónde…?" dijo Ferdinand siendo interrumpido de inmediato.

Rozemyne lo soltó de inmediato, caminando sin dejar de mirar a su alrededor antes de comenzar a acelerar el paso, emocionada, viendo los fantasmas de otro tiempo paseando por todos lados, haciéndola sonreír y contener las lágrimas.

Pasos a su espalda no tardaron en resonar junto al sonido de su nombre en labios de su amado… al menos, hasta llegar a unas escaleras que hizo que su órgano de maná se agitara y sus pies acelerarán hasta llevarla a una puerta que la hacía pensar en su hogar.

Rozemyne se detuvo entonces a la suficiente distancia para abrir la puerta, su mano suspendida en el aire sin que terminara de alcanzar el pomo o alejar su vista de la puerta, el marco, los goznes e incluso la escaza luz asomando por debajo de la puerta, conteniendo las lágrimas y un grito de emoción mal contenida.

Que la puerta luciera mucho más pequeña que en sus recuerdos solo la hacía temblar. No podía terminar de decidirse a abrir. Si la puerta seguía cerrada, ella podría fingir que su madre estaba ahí, con la habitación intacta, oliendo a flores y a ropa nueva… claro que, si madre debía estarla esperando en otro lado, más feliz y libre que cuando le narraba las historias de los dioses o le contaba con los ojos cargados de ilusión historias sobre Eisenreich y sobre su padre, Adalbert. Al menos ahora su madre debía estar teniendo la vida que siempre quiso.

Lo único malo era que nunca pudieron pasar suficiente tiempo juntas.

De forma involuntaria volvió a recordar y comparar. Si bien en el tejido original su madre y ella se reencontraron mucho antes y jamás la vio morir sin poder hacer nada, su madre estaba más envejecida, más cansada y con ojos desilusionados por alguna razón, brillando solo cuando ambas podían hablar de los dioses y rezar.

En ese tejido tampoco pudieron estar juntas.

Su madre, como tercera reina, debía vivir en la villa de Zent, solo estaban juntas durante el invierno, durante la preparación previa a la ceremonia de dedicación y otros momentos… en ese tejido Rozemyne fue devuelta solo para completar su misión, su cuerpo era el de una adulta, los dioses la hicieron crecer para que fuera capaz de soportar el maná divino.

Uso herramientas de bloqueo cognitivo y las fue adaptando para parecer una persona normal, una niña que crecía año con año. Aunque solo era una ilusión. Rozemyne tuvo que mantener la distancia de todos, o alguien notaria que su voz, su apariencia, su velocidad… entre otras cosas, no correspondían a su apariencia. Tuvo que alejarse incluso de sus azules…

El calor de un cuerpo afectuoso prometiendo alivio y protección la envolvió de pronto y una mano ajena alcanzó el pomo de la puerta por ella. Un movimiento sutil a su espalda la hizo saber que Ferdinand la estaba mirando, así que ella volteó.

"¿Estás segura? Esos últimos meses… ese año fueron…"

"Lo que necesitaba para sobrevivir, Ferdinand." Aseguró ella recordando TODO lo vivido a su lado en esa casa construida por él, y comparando con rapidez ambos tejidos, definitivamente fue más divertido ser educada por él que por los dioses.

Sin embargo, no era solo por lo divertido que lo prefería. Lo miro, sonriendo para transmitir sus palabras y pensamientos, tan claramente como le fuera posible.

"Lo que necesitaba para saber que el amor a veces es duro, que la vida no es sencilla. Quizás debiste darme algo también para que mi cuerpo fuera inmune a los afrodisíacos." Bromeó ella al final haciéndolo fruncir el ceño.

'Puede que no me percibiera cómo una flor si me hubiera preparado para resistir esas malditas drogas también. No hubiera sentido tanta hambre de su maná y comprendido todo mal a causa de Gloria'. Pensó ella de pronto. Sin embargo, también comprendía porque no lo hizo, el tejido habría cambiado mucho. Haciéndolo perder el juego en el que se había embarcado para salvarla.

"No vuelvas a sugerirlo ni en broma. No tienes idea de cuánto me desprecio por haberte envenenado todas esas veces." Medio espeto él, ajeno a sus pensamientos.

Sonrió sin más, rodeando la mano en el pomo con la suya y haciéndola girar, abriendo la puerta y llevándolo detrás de ella, sin soltarse en ningún momento para entrar.

'Este es MI Ferdinand. Incapaz de lastimar a otros o reclamar vidas. ¿Cómo voy a dejarlo reinar solo?'

El tiempo fue más benigno y piadoso con la pieza que con el resto del palacio. Polvo y telarañas era todo lo que plagaba el lugar. Un waschen sería suficiente para que la habitación volviera a lo que una vez fue, pero no tenía caso. Rozemyne se dirigió de inmediato a la cabecera de la cama, moviéndola apenas para pasar sus dedos hasta dar con una especie de muro falso y sonreír.

"Mamá a veces sacaba dulces de aquí." Explicó Rozemyne sintiendo la mirada de Ferdinand a su espalda en tanto ella movía el pequeño muro falso que protegía un pequeño hueco en forma de cuadrado "Creo que era Zent quien se los daba, de hecho, si fue él quien levantó esta torre es muy posible que hiciera este pequeño escondite para consentirnos. A mamá y a mí."

No había dulces ahí, era cierto. A pesar de aquella falta, Rozemyne sonrió al ver sus viejos tesoros olvidados, los libros que Ferdinand le hizo para enseñarle a leer y que ella ocultó lejos de la mirada vigilante de su entonces Erwachlerhen.

Rozemyne suspiro. Más de diez años habían pasado para ella, el dolor que sentía en ese momento se disipó con el tiempo. Sin embargo, para Ferdinand, todo eso había pasado hacia poco.

Cerro los ojos, recordando, sintiendo como la nostalgia la invadía.

Las pequeñas piedras Fey que él solía convertir en diferentes feybeast para entretenerla y educarla, así como varios listones coloridos y adornos, yacían ahí, esperándola cargados de afecto y haciéndola preguntarse si los moños podrían usarse de forma distinta a solo adornos de cabello en caso necesario.

"Es una suerte que siguieran todos aquí. Vamos a necesitarlos."

"¿Quieres imprimir libros para niños?"

Ella abrazó todo antes de ponerse en pie y sonreír divertida, mirándolo como si nada.

"No lo había pensado, pero sería un gran negocio. Además, ayudaría a acercar a los más pequeños a la oración y al Templo. Todavía debemos limpiar los Templos y reinstaurar a los Aubs como Sumos Obispos. Incluso acercar a los plebeyos al Templo para asegurar la protección de los dioses en todos los habitantes, después de todo, en este jardín incluso las piedras poseen maná."

Rozemyne sonrió al notar un breve escalofrío haciendo temblar a Ferdinand, decidiendo que había ciertas cosas que bien podrían esperar antes de salir de debajo del sudario de Verbenger.

"¿Rozemyne?"

"Sólo piénsalo. Es posible que la guerra de la que habló Geduldh se debiera a que una parte de los nobles se adueñara de los templos y del maná, decidiendo a quien llevar los cálices de Geduldh con maná en tanto la otra parte se negaba a creer o a acercarse a los templos."

Estaba especulando, tanto ella como Ferdinand subieron la altísima escalera mucho antes de conocer el futuro que se presagiaba. Ella en realidad había muerto cuando cumplió nueve, pero se le permitió permanecer en el jardín solo un poco más.

Ferdinand por su parte, vivió algún tiempo más, sin embargo, por lo poco que sabia, Ferdinand vivió un periodo de paz.

En sus recuerdos, tras nombrar a Brunhilde Zent y a Galtero príncipe consorte, vivió en la biblioteca de Mestionora por poco tiempo, solo el tiempo suficiente para leer prácticamente todos los libros de la biblioteca. En ese momento, los dioses le informaron que el momento de abandonar el panteón divino se acercaba, le permitieron que se despidiera de su padre, a cambio de dar un mensaje a Ferd.

No podía saberlo en ese momento, no podía saber que el chico con quien más interacciones tuvo en ese periodo prestado, que el joven que intentara cortejarla una vez en la biblioteca era de hecho su persona destinada. Durante su estadía en la biblioteca, entre un libro y otro, recordaba como Liebeskhilfe se lamentaba sobre su hilo roto, y como no pudo atarlo al joven Ferd que fue elegido para ella. Fue por eso por lo que, cuando solo quedaban pocos libros para leer, fue enviada al jardín. Según la diosa del matrimonio, esa interacción sería necesaria para poder unir sus estrellas.

"Dile lo siguiente." Había instruido Liebeskhilfe "Dile que tu hilo se cortó muy pronto, afectando el hilar de Ventuhete. Dile que he decidido enredar sus hilos antes de partir a otro mundo. Mi deseo es que el próximo tejido en el que participen sea firme y hermoso, y no frágil y monótono como este."

Rozemyne no lo entendió en ese momento, incluso ahora, no lo entendía del todo. Tendría que preguntarle a su dios oscuro al respecto, pero lo haría después.

Observo al hombre frente a ella, quien la miraba tratando de entender a donde queria llegar, así que continuó con sus especulaciones.

"¿Qué pasaría en el futuro, cuando nosotros ascendamos la altísima escalera, y sean nuestros hijos quienes deban lidiar con todo lo que nosotros no hagamos o descuidemos? Ya sea que deseen o no ser Zents…"

"Creo que te estás adelantando DEMASIADO, Rozemyne." Se quejó su único Dios con otro pequeño escalofrío que la hizo sonreír divertida "Toma todo lo que quieras. Debemos averiguar cuánto tiempo pasó en realidad, verificar el estado del jardín y tomar una decisión con respecto a Galtero."

Ella suspiró con cansancio y luego le dedicó una mirada curiosa, usando después una sonrisa social para demostrar que recordaba cómo actuar ante otros nobles.

"Ferdinand, en algún momento, entre mi lectura de un libro y otro, creo que Ewigeliebe me habló. Entre todas las cosas que me fue diciendo cada vez que estaba por comenzar un nuevo libro, hay una que llamó mi atención."

Ferdinand la observó un momento antes de arrodillarse a su lado, observándola relajar su sonrisa, cambiándola por una sincera.

"¿Es cierto que ahora estamos casados?"

Él suspiró apenas un poco y luego la tomó de la mano con seriedad.

"Lo es."

Quería gritar, bailar, elevar una plegaria de agradecimiento y luego darle a esa cama el uso para el cual fue hecha, conteniéndose lo mejor que pudo ante la actitud sería y carente de entusiasmo que Ferdinand estaba usando.

"¿Cuántos lo saben?"

Lo notó sonrojarse un momento, y soltar otro pequeño suspiro que pareció relajarlo.

"Todos" luego de lo cual Ferdinand le habló acerca de su desaparición en medio de su ceremonia de graduación, los días siguientes y el descenso de los dioses durante una Conferencia de Archiduques Extraordinaria. Todo ello. Incluso cómo obligó a un recién llegado Galtero a aceptar el falso Grutisheit que ella creó para luego liberar a algunos de sus juramentados e instruir a sus hermanos por el nombre para que se aseguraran de que Galtero hiciera su trabajo.

En algún momento terminaron sentados en la cama y al final ella sólo le sonrió de un poco divertida.

"No podías irte sin castigar a mi querido primo, ¿verdad?"

"Tu tío, querrás decir. Resulta que es hermano de tu madre o algo así."

Ella abrió mucho los ojos por un latido o dos para luego lanzarse a los brazos de su esposo y acurrucar la mitad de su cuerpo contra él.

"Es lo de menos. Solo quiero estar segura. Soy tu esposa ante todos, ¿cierto?"

"Lo eres." Suspiró Ferdinand

Ella sonrió con la cara oculta en el pecho de él pensando en que no tendría que esperar más para vivir y dormir juntos, sin tener que ocultar sus actividades nocturnas porque era una de las cosas que se esperaba de ellos.

Estaba ansiosa por besarlo, mimarlo y marcarlo cómo suyo, decidiendo dejar todo ello para otro momento, uno en que su amado y deseado esposo no estuviera famélico, ojeroso y con un peso interno que parecía a punto de doblarlo. Le dejaría descansar, recuperarse y hablar de lo que fuera que lo tenía tan cargado antes de dar rienda suelta a sus propios deseos.

Con la decisión tomada y su pequeño plan en mente, Rozemyne soltó a su marido para abrazar sus tesoros olvidados y ponerse de pie.

Ferdinand no tardó nada en escoltarla fuera, aprovechando que la puerta permaneció abierta.

Una vez fuera su Dios Oscuro formó su bestia alta y la ayudó a subir, sentándose tras ella y sosteniendo las riendas con fuerza para comenzar a galopar.

Era hora de volver y averiguar en qué condiciones estaba el jardín.