—No me gustas, Lincoln —tan franco como ese rechazo, se repite en un ciclo empeorando el ánimo de él.

Hace días, la valentía del muchacho albino se encontraba en la culmine, llegando a confesar su amor a Cristina, esperando lo mejor. El rechazo destrozó todo ese valor, dejando un ápice a comparación de antes. Ocho días han pasado, la habitación de él se ha vuelto una madriguera de nostalgia, vacía del sol, fortaleciendo las paredes de yeso en recuerdos repetidos, en el pasado cercano y lejano.

Los envoltorios dorados de los chocolates descansan encima de la caja en forma de corazón en el borde de la cama. Todos los ahorros acumulados están devorados en el dulce que fue rechazado, consolando a quien ha perdido, negado a sentirse amado.

La mirada decaiga azulada repasa los mensajes en el celular, la luz se refleja en los ojos sin necesidad de enfocarse. Recuerda cada renglón, cada frase, pero aún así, busca conectar las emociones de ese entonces.

La puerta es golpeada en seco, crispando los brazos de Lincoln a causa de la sorpresa. El chico abandona la visión de sus recuerdos, vuelve a la realidad en la húmeda y oscura habitación.

—Linky, papá terminó de cocinar. ¿Estás enfermo? —la voz de su hermana mayor brinda preocupación, sin filtros de falsedad, incapaz de mentir en eso—. Hace mucho tiempo no nos ayudas, ¿seguro que no quieres probar mi nueva sudadera? ¡Es naranja! —el entusiasmo de Leni se desvía del tema. El chico sigue en la misma posición, dejando caer la mano donde tiene el celular a su costado. La cama aprisiona los músculos de él, el único calor que lo conforta, imposibilitando que se levante incluso cuando sus necesidades dan el primer aviso.

—No, Leni, no quiero —responde Lincoln, la rasposa voz por falta de agua no favorece la credibilidad, tampoco la tristeza que se le nota. Observa sin interés la puerta, sabe que no entrara al cuarto, o eso cree. No hay respuesta, el silencio perdura hasta que vuelve a revivir una voz.

—¿Te traigo el almuerzo? —pregunta otra voz, una de sus hermanas, aunque se escuche rasposa, la dulzura de Lana brinda un ápice de brillo en el muchacho, durando poco. La espesa nube grisácea dentro de la habitación parece haberse vuelto uno con el espacio.

—No, gracias —responde sin dudas, el cansancio que siente, aun así cuando su tardío despertar fue hace menos de una hora. Los párpados los siente pesados, la suciedad en ellos no lo ha limpiado de manera adecuada, la desprolijidad en su rostro le despreocupa. Ya no tiene motivos para vestirse bien, ni para cuidarse la imagen.

No se escucha más voces de sus hermanas, ni pisadas, ni murmullos. Lincoln agradece que así sea, la compañía externa es incómodo en el estado que está. Las lágrimas días tras noches no pararon de dar teatro, atacado por la memoria.

Lincoln se sienta en la cama, pegando la espalda en la pared, brinda un frío agradable a su cuerpo lleno de una capa de humedad. El descuido en él se nota en el enjambre que se formo en su cabellera albina, más despeinada que lo habitual, pareciendo que ha adoptado esa forma de manera permanente.

Al lado de los envoltorios de chocolate encima de la caja, sigue en proceso de marchitarse las cuatros rosas que consistían en un ramo, descansando debajo suyo, está la carta que con ayuda de Lucy, logró escribir un corto, pero esmerado poema. En vano, las letras no fueron leídas por su musa. Lincoln agarra uno de los últimos chocolates, vuelve a agarrar el celular, reanudando la gran visita al pasado.

Afuera de ese cuarto, el dúo de hermanas vuelven a bajar juntas, intercambiando una mirada de preocupación entre ellas. Las palabras de curiosidad tientan salir de sus labios, pero no quieren saber las respuestas incluso si la tuvieran a su alcance. Llegan donde están todas sus demás hermanas esperando con los platos servidos delante suyo, perdiendo la esperanza de que el vacío de la mesa vuelva a ser completado, observando como vuelven sin la persona desaparecida.

—No se va a perder mi gran pastel de papas —anima la voz influyente del padre, intentando recuperar el aliento después de soltar un suspiro digno de alabanza por parte de Lucy. El señor Lynn se levanta de la mesa, sirve en el plato vacío una porción del almuerzo y vuelve a atacar la soledad de Lincoln.

Leni se sienta al lado de la mayor, la transparencia de ella deja ver lo preocupada que se siente, como todas las demás.

—¡Lincoln no puede seguir así! —comenta Lola de repente, irritada por la situación, ocultando con orgullo su preocupación—. Tengo un certamen la próxima semana, y sin mi mayordomo, es imposible estar segura.

—Hija, podes hacerlo sola, sé que te ira bien —consuela Rita, teniendo a su alcance la pequeña mano de la niña, la sostiene—. Él necesita un poco de… compañía de su padre, estos temas son entre hombres.

—Y papá no lo hablara —interrumpe la heredera del nombre que le pertenece al patriarca—. Mamá, tenemos que ayudar al patético, y no solo es por los juegos que tengo a finales de este mes. Lo sacaremos de esa madriguera —responde Lynn junior de manera intensa, dejando en franco la persistencia que tiene. El semblante cambia al final, la seriedad se apodera de su rostro jovial, agarrando desprevenida a Rita.

—Tiene razón, mamá. Al menos, que nosotras intentemos ayudarlo —recalca Lori, dejando el celular en la mesa. Hablando en un tono desinteresado, se suma a la causa—. Cuando sepamos lo que pasa con el enano, nosotras le daremos una mano.

Idéntico como dijo Lori, el momento de buscarle consuelo a Lincoln da pie a que todas las hermanas le ofrezcan ayuda y compañía. Lo que, resulta imposible en primera instancia. La puerta nunca se ha podido abrir incluso en todas la insistencias de Lori, Lynn, Luna, Luan, Lola e incluso la de Lucy, asustando a Lincoln entrando por la ventilación. Esa logra ser la solución, comenzando desde ese día, otra vez interacción con su hermano.

—No está sirviendo —notifica Lori, rompiendo el silencio dentro de su cuarto, rodeada por sus hermanas en una reunión precoz. La frustración que siente la mayor se le dibuja en su rostro, mismo semblante compartido por la mayoría.

—No es mi culpa, él no le pone garras en la lucha libre —recalca Lynn, alzando los brazos con indignidad, para terminar cruzándolos.

—Eso no tiene nada que ver, Lincoln nos ayuda, pero no sabemos cómo ayudarlo a él —explica Lori mirando a cada una de las chicas, recibiendo la aprobación de las mayores entendiendo.

—Pero Linc no nos dice cómo ayudarlo, intente que escriba una canción para saber lo que le pasa —comenta angustiada Luna, liberando un resoplo, mira el suelo. Lily comienza a llorar en brazos de ella, como si entendiera el motivo de que los brazos que la sostienen estén rígidos.

El ambiente se congela por segundos, las cabezas de cada una está fuera de orbita pensando en su hermano. Pasaron dos semanas desde esa charla en el almuerzo, los esfuerzos de ellas no han ameguando en ningún momento, intentando sacar un poco de información a su callado hermano. Arrastrado a las fueras de su habitación, la actitud simpática fingida de Lincoln es una barrera imposible de derribar.

Todas las miradas de las chicas se concentran en alguien, una chica que no ha opinado nada al respecto. Los ojos de ellas se iluminan a causa de una idea, dejando caer el peso de ser la solución en la niña. Solo llega a soltar un suspiro agobiante.

—¿Qué haré? —pregunta Lucy de manera monótona, exponiendo la frustración de ser la encargada de todo el peso que le propinan.

—•—

El sentimiento de soledad es embriagante, da una caricia a la necesidad de reparar las páginas de recuerdos anhelados, deseando que vuelvan y saborearlo una última vez. Es un proceso doloroso, dura poco la satisfacción. Alrededor de la cama del albino, está tirada la ropa limpia que su madre le dio hace unos días, descansando encima las últimas prendas que le ha dado hace unas horas. La pereza le gana, olvidando los hábitos que construyen el orden, el hedor a olvidado invade todo el cuarto. Cada desecho se acumula, dejando los más antiguos debajo de lo nuevo.

—No haré una canción —comenta Lincoln sin moverse de la cama, lo dice con un malestar molesto, ahogado por el desgano—. Están muy molestas —reclama el chico haciendo una mueca en su rostro con unos pocos granos crecientes. ¿Habrá sido ese el motivo del rechazo? La mente de Lincoln lo plantea de manera sería—. Es una mierda.

Quisiera haberlo gritado, sacar un poco de la densa niebla que lo ahoga en el pasado. Un pasado que duda si fue escrito por sus ojos fantasiosos de enamorado, o si fue la realidad. La carta que una vez le escribió, sigue por ahí, perdida, olvidándose de ella. Como quisiera hacerlo con su corazón, liberarse de las cadenas que lo atan a un doloroso pasado.

—Toc toc —suena la puerta, los golpes son gentiles, o tímidos. Lincoln no dice una palabra, mantiene los ojos pegados en el techo—. Permiso, voy a pasar —anuncia Lucy para luego adentrarse en la habitación. No hay reproche de Lincoln por unos instantes, los ojos de su hermana viajan por todo el desastre, manteniendo su atención en extraños bultos envueltos en la oscuridad.

—¿Qué pasa Lucy? —pregunta Lincoln fingiendo alegría, levantando la cabeza de la cama para observar a Lucy. Sin lágrimas que peligren en sus ojos, el muchacho procede a salir de la jaula que hace un rato lo mantenía prisionero—. ¿Algún problema con tus poemas?

—No —contesta sin enfocar la mirada en él, aunque no lo sabe, nunca ha sabido bien cuándo lo mira. El desorden del suelo choca con los pasos de Lucy, obstruyendo el camino—. En realidad, sí. Un poema —responde cabizbaja, hay algo en la habitación de su hermano que le trae recuerdos, memorias vividas en carne en algún tiempo lejano —. Lo quiero hacer aquí, por eso… limpiemos esto.

—Mm —Lincoln suelta un quejido, imposible de disimular la molestia que causa las palabras de Lucy, prefiriendo la despedida de ella, evitando por la pereza que le causa ordenar.

—¿Mm? —quejándose sin ofensas, la niña sigue la mirada en el albino, mientras ella patea un poco la suciedad en el suelo. No comunica nada, pero impone peso la mirada oculta, provocando la fuerza necesaria para que Lincoln suspire vencido.

Las manos de los hermanos pasan con rapidez entre el desorden, volviendo a colocar en su hogar lo que estaba perdido, y a la basura lo que ha dejado de servir. Entre la exploración, Lucy descubre una carta que desprende romanticismo amateur, intuyendo el origen de ese papel arrugado, lo guarda al instante, dibujando en su monótono rostro el semblante de la sorpresa. Recibiendo una pieza clave del rompecabezas.

El cuarto vuelve a tener un poco más de brillo, entra un débil rayo de sol al interior desde la pequeña ventana. La niña se sienta en la cama, donde su hermano la acompaña mostrando fastidio, echando su cuerpo de vuelta a los brazos del colchón.

—Será rápido, solo necesito que me des unas palabras —reacciona Lucy, agarrando una lapicera que ha encontrando en la limpieza, sacando desde el bolsillo del pantalón una libreta de hojas A6, la portada es de color negro bañada con pequeñas gotas de color púrpura, como si una lluvia horizontal haya caído encima.

—Intentaré, no prometo nada —responde Lincoln mostrando desgano, sin moverse ni un milímetro sus ojos del techo, la misma imagen, nunca ha cambiado. La compañía de Lucy no le parece molesta, es como si no estuviera, alejada del caos que corre por el legado que comparten.

—Empecemos con… —busca la niña entre las hojas una página en blanco, dando inicio a una reunión que dura menos de veinte minutos, cortos y pasajeros.

Se vuelve una rutina que comienza a demandar más tiempo, aprobado por el dueño de la habitación, los muros fríos que mantenían lejos las palabras débiles de la pelinegra se han abierto poco a poco. Lucy conociendo el contenido de la carta, compartiendo el descubrimiento a sus hermanas, se ha asignado de manera unánime la ayuda de Lucy, puesto que ha sido la única en lograr retener tanto tiempo a su hermano, y quien logró que se abriera a ella. Y no es el único que desvela la intimidad de su interior, la niña también ganada por la confianza, revela su mente confidencial, lo olvidado. Tejiendo una unión, el corazón vacío de Lincoln se llena gracias a la presencia de su hermana.

—•—

Transcurre el tiempo, sin esperar a nadie, las vacaciones concluyen, volviendo la rutina de los horarios escolares. En el hogar de los Loud la catástrofe vuelve a presentarse en los pasillos, en la espera del baño para ocuparlo en menos de diez minutos, el desayuno hecho por su padre apurado para volver a su apretado horario de cocinero. En cada integrante con apellido Loud, dos cabezas no se han presentado, el dúo de la familia que se diferencian por la cabellera tan propia que tienen. Eso no les preocupa, hasta la hora de la salida, esperando en la camioneta familiar con dos asientos en desocupación.

—Lynn, anda a buscar a Lincoln —ordena Lori en el volante, mirando desde el espejo retrovisor el gesto de molestia que hace la deportista—. Solo ve, y también a Lucy. Es increíble como esos dos no se han separado más, ni me ayudo con Lily cuando tenía una cita con Booby —suelta quejas tras quejas, incluso después de que Lynn se marchara otra vez al interior del hogar.

—Lucy le contagió el humor negro —comenta Luan tentada a reírse de su propio chiste, las únicas risas que se escuchan son de ella—, ¿entienden? —la pregunta de la adolescente es respondida con suspiros de hartazgo.

—Al menos ahora sale más de su habitación, estaba preocupada de que termine como esas series de rockeros fracasados —comenta Lola entrando en la conversación sin perder la esencia de niña sofisticada. Apenas lo escucha Luna, le dedica una mirada de rechazo, juzgando con una ceja levantada a Lola—. ¿Qué? Es verdad.

—Si tan solo hubiese hablado conmigo como lo hace con Lucy, lograría hacer un hit mundial y que llegue a todos los rockeros con corazón roto —responde Luna ignorando las palabras declaradas por la niña. En los ojos oscuros de la adolescente proyecta el sueño que hubiera transformado en realidad, perdiendo por la delicadeza de Lucy, o quizá por ser la más silenciosa y tranquila de la casa.

Dentro de la casa, la deportista camina sin importarle que los ruidosos pasos de ella sean la sinfonía de sus insultos a voz baja. A paso apurado y pesado, sube las escaleras pasando la sala desértica, el sonido de golpe a la dura madera parece ser un llamado de atención, rezando para que sus hermanos la escuchen sin necesidad de entrar a la habitación.

—De una patada van a salir. ¿Qué hacen tanto tiempo juntos? Ni que fuera su hermana favorita —recrimina en susurros, los celos se agrupan dentro de ella, la unión que entre los dos hermanos más cercanos para Lynn, se hayan olvidado de su presencia—. Falta que se pinten el cabello del mismo color y parezcan gemelos —suelta con veneno dando un fuerte pisotón al revestimiento de madera. Dobla a la derecha, perforando sin piedad a la puerta, cada paso elimina la distancia que los separa hasta que, se acerca tanto que descubre diálogos no correspondidos.

Suave voz, el disfraz de la monotonía se desviste, reemplazado por un éxtasis alimentado de lo amoral. Le responde otra voz que había perdido su brillo, hablando como si un temblor descoordinara las palabras de ruego que expresa.

—Lucy, es hora de irnos, no podemos hacerlo —proclama el muchacho, la voz detrás de la puerta es tan fuerte que se escucha con claridad. Ruidos de fondo suenan en cada paso, en cada movimiento, la tela, el suelo, las respiraciones.

«¿Qué diablos están haciendo?», piensa Lynn, descubriendo la razón de su duda, la cual teme si es verdad.

—Los vampiros, en el tiempo donde dominaban la sociedad con temor, inundando los corazones egoístas y fervientes de los humanos, las relaciones entre otras razas era tabú. Tan así que, después de la caza torrencial a su especie privilegiada de vida en la noche, los pocos sobrevivientes no tenían método de reproducción —expresa Lucy con tanto ánimo, no parece ser ella misma, o al menos, no la niña callada que no expresa más de cinco palabras en todo el día.

«¿Esa es Lucy?», piensa en una creciente interrogante, no logra retener al monólogo apasionado. La deportista se acerca más a la puerta, descansa la oreja derecha en la superficie de madera.

—Me lo dijiste ayer, Lucy, y… entiendo, pero debemos irnos —responde agitado el albino, suena entusiasmado, ¿o es entrecortado? Lynn desde la restricción afuera de la habitación no lo puede saber, cargando aún más dudas, la curiosidad empolla la intensidad.

—Los vampiros son seres puros de la noche, tan puros, que el incesto para ellos eran una manera de seguir el linaje sin perder esa pureza, ese prestigio —la voz de Lucy se vuelve pesada, un poco más susurrante. Un secreto a punto de desvelarse a los oídos de la intrusa—. ¿Por qué viniste a mi, Lincoln? En tu desdicha encontraste un calor en mi que te arropó. ¿Realmente era mi calor?

—Lucy, se nos hace tarde, ¿a qué te refieres? —pregunta apurado el muchacho, su voz se escucha más alejada, los pasos confirman que él se aleja.

—En la tristeza, buscamos algo que nos abrace, una compañía o una soledad que succione el malestar que cargamos. En nuestra niñez, tenemos un seno donde nos alimentamos, lloramos cuando nos separamos de él, los vampiros no son diferentes en eso. Tú, con el corazón roto, buscaste el seno de nuestra madre en el mío —argumenta de manera conquistadora, amarrando una soja para atar al cuello de su hermano, sometiendo con su idea. El silencio se alarga cada vez más, las voces se mueren, pero no los sonidos.

La mirada de Lynn no para de temblar mientras su vista queda fija en la pared, intentando poder observar a base de sus oídos. Le parece imposible, y demasiado extenso. La respiración de Lynn se corta, «es imposible que hagan eso… ¿Cierto? ¿No?». Es el pensar de la deportista, irguiendo y bajando el cuerpo hasta alcanzar el ojo de la cerradura. Es un secreto. Es como si estuviera abriendo una carta sin postal llena de perfume, no le pertenece a sus ojos lo que vera.

«Deben estar haciendo un poema… solo, veré, para matar las dudas. La número uno nunca duda», piensa Lynn, tragando saliva en todo su monólogo intentando buscar un rayo de fuerza. Hasta que conecta, conectando el único lazo entre el exterior y el interior del cuarto, observa un corto fotograma desagradable, irritando dentro de su estómago una náusea repentina.

El cuerpo delgado de Lucy, sin nada que prive su desnudez blanquecina, desechando las prendas intimidad negras de encaje en el suelo, junto a su pijama desgastado. Descansa en el regazo de Lincoln, no logra observar el rostro transformado de él, solo las orejas rojizas de vergüenza, quizá de excitación. En tan solo un segundo de espectáculo, el encuentro carnal da un cambio irreversible cuando los labios de ellos se unen. Desatando una oleada de pasión poseyendo las manos de los dos hermanos. Lincoln no retiene el ardor en su pecho que lo guía a poner sus manos en una de las nalgas de la niña, apretando la piel elástica, separando y desvelando lo que oculta sus pliegues carnosos.

Lynn no posee el estómago suficiente para aguantar esa escena, obligada a tragar en cada intento de su cuerpo en desechar el desayuno, anonadada en presenciar lo prohibido, el tabú más grande de su vida. No soporta más cuando se revela el miembro erecto de su hermano, apuntando a los labios vaginales de su hermana que parecen impacientes de sentirlo dentro suyo.

—¡Buaagh! —vomita la niña repudiando en sus adentros lo que vieron sus ojos. En el suelo una mancha verdosa bañada en bocados sin masticar y a medio disolver se expande. La respiración le cuesta trabajo regular, mantiene los ojos en la obra que hizo, hasta que la voz de su hermano rompe esa burbuja.

—¿Hay alguien ahí? —grita Lincoln, como si no estuviera