Capítulo 6: Confesiones punzantes

Qué horrorosa tormenta me ha despertado de golpe… tengo miedo. Después de esto no podré dormir tranquila, por lo que me libero de la suavidad de mis mantas para buscar a mamá y a papá.

Me siento muy segura cuando me dejan dormir en medio de ellos, a pesar de que ya soy una niña grande.

Salgo de mis aposentos para dirigirme a la habitación de mis padres, y por suerte no hay nadie en el camino. Sería vergonzoso que alguien se dé cuenta de que la princesa, la heredera del poder de la Diosa, sea una miedosa; así que estoy tranquila.

Una vez que giro a la derecha para tomar el camino que deseo, una sensación extraña me detiene, y un olor peculiar y desagradable.

Una de las puertas de las habitaciones se encuentra entreabierta, mientras una luz morada y negruzca sale de ella. Me da temor, pero de todas maneras me acerco porque mi curiosidad es más grande…

Asomo mis ojos a la puerta y quedo impactada…

- Canciller…

Nuestro canciller se encuentra en el suelo, en medio de un círculo negro con signos extraños. En sus manos lleva algo que parece un pastel con unos cuernos en su centro.

- Espero te encuentres bien…. – dijo deleitado. – Esta vez te he traído como ofrenda tu pastel favorito, con la esencia que más te gusta. Despierta… regresa pronto.

Luego de sus palabras, las que me causan un enorme escalofrío, da una mordida al macabro postre.

Qué conducta más extraña tiene el canciller…

Los fuertes latidos de mi corazón me despiertan, mientras la conciencia regresa a mí.

El sueño se esfuma de mi mente como una ráfaga, dejando como único recuerdo la mención de mis padres… que ya no están.

A pesar de que han pasado más de cien años de esos sucesos, aun los recuerdo. Cada vez que tenía miedo me iba a su habitación y me arrullaba en medio de ellos, pero todo eso cambió cuando mamá partió a la eternidad.

- Las niñas grandes duermen solas en su habitación… debes empezar a madurar.

Con esas palabras de mi padre, fue la última vez que lo busqué en sus aposentos. Desde la muerte de mamá cambió bastante, y quería permanecer solo lo más que pudiera. Me hablaba para el único tema que le preocupaba, la llegada de Ganon y el encuentro del poder dentro de mí.

Para él la princesa era importante… pero la hija era secundaria.

Lamento mucho, querido padre, no haber cumplido con tus expectativas en vida, mas no por eso mi cariño se ha esfumado, pues mi corazón recuerda al hombre que nos abrazaba a mamá y a mí con fuerza en las tormentosas noches, diciéndonos que éramos las mujeres de su vida.

- Nunca sabré cuánto te afectó la muerte de mamá…

Me acomodo en la cama para tratar de dormir, pero no lo consigo. Impa se encuentra a mi lado, mientras que Prunia y Apaya lo hacen en unos colchones en el suelo. Pedí varias veces que no se me dé un trato especial, pero las tres sheikahs insistieron, y ante eso no pude negarme.

Es tan raro estar acostada en una cama, cuando por un siglo me mantuve sellada con Ganon en la oscuridad de sus entrañas, escuchando su horrorosa voz todo el tiempo, martirizándome con el pasado y las culpas.

- Tu padre y los campeones se deben estar revolcando en su tumba por tu incompetencia. – me decía deleitado. – ¿No podías despertar tu poder un poco antes? En serio, no sirves para nada… tan oportuna.

Tantas veces que me torturó y lo sigue haciendo ahora que se ha desaparecido. ¿Dónde estás, maldito rufián?

Ya que no puedo conciliar el sueño, me levanto de la cama con cuidado para dar una vuelta por la casa. La pijama de Apaya es tan cómoda, esa sensación también la había olvidado.

Bajo las escaleras hasta llegar a la sala, descubriendo que la casa de Impa sigue igual que hace cien años… a diferencia de algo.

Impactada, me acerco a uno de los cuadros de las paredes, descubriendo la fotografía de un lugar imposible de olvidar para mí, en donde se dieron uno de los hechos más dolorosos de mi vida. ¿Por qué Impa tendrá de recuerdo algo como esto?

- Princesa…

Me doy la vuelta y veo que la mencionada se encuentra frente a mí, con el físico con el que siempre la recordé, joven, hermosa y fuerte. Por pocos segundos antes de llegar hubiera descubierto su imagen envejecida, pero el destino decidió lo contrario.

- ¿Qué hace despierta, princesa? – preguntó sorprendida, restregándose los ojos. – ¿Necesita algo?

- Impa… – dije, mirándola conmocionada. – ¿Por qué tienes esto?

La somnolencia de Impa se desvanece al ver el cuadro que he descubierto, por lo que cambia su expresión a una avergonzada y preocupada.

- ¡Por las Diosas, alteza! – gritó alarmada. – Lamento tanto que haya tenido que encontrarse con eso, le he hecho revivir temas dolorosos… pero todo tiene una razón.

La sheikah se encamina a sentarse en su cojín favorito, para luego invitarme a acompañarla. Tengo demasiadas cosas que preguntar.

- Tengo esa imagen ahí desde hace cien años. – respondió seria. – Pues me pareció importante que el héroe la vea una vez recupere todos sus recuerdos… cosa que no ha ocurrido.

- Entiendo… – respondí apenada. – Como siempre tan sabia, Impa. Has planeado todo.

- Gran honor que me hace, princesa… – dijo sonriendo. – Y ahora que usted está aquí, podrá contarle a Link todo lo ocurrido en su pasado, incluso…

- Impa… cuéntame de ti…

Interrumpo a Impa para no seguir con el tema, pues no me siento lista para retomar cosas del pasado relacionadas con Link, pues con su amnesia todo ha cambiado de rumbo.

- Princesa… – mencionó Impa, preocupada con mi reacción.

- Impa, quiero que me cuentes lo que pasó con tu vida en estos cien años. – pedí, esbozando una forzada sonrisa. – Veo que tienes una nieta, lo que me da a entender que formaste una familia.

Impa cierra los ojos mientras sus mejillas se sonrojan, mostrando una sonrisa cálida, pero melancólica. Parece que estos años no han sido tan buenos para ella.

- Alteza…

- No… – la detuve. – En este momento quiero conocer qué fue de la vida de mi mejor amiga, mas no de la consejera del antiguo reino de Hyrule.

Impa sonríe ante mi comentario, retomando en su mente nuestra íntima relación.

- Está bien, Zelda, solo por estos momentos…

Me acomodo mejor para escuchar su historia, y ella hace lo mismo.

- Un año después del Cataclismo conocí al que se convirtió en mi esposo, Demian. – comenzó a relatar. – Un sheikah peregrino que viajaba por todos lados orando por la recuperación del mundo después de la tragedia, y que una vez llegó a esta aldea decidió quedarse, pues dijo haberse sentido cautivado por mí desde nuestra primera mirada.

Por un instante dejo de lado todo lo que me perturba, pues la historia de amor de Impa llena por completo mi corazón, me alegra.

- A los pocos meses de estar juntos nos casamos. – contó sonriendo. – Y meses después quedé embarazada de mi única hija, Eskia. Los tres nos convertimos en una familia unida, orando siempre juntos por tu regreso y el de Link. Ellos se convirtieron en mi fortaleza para soportar todos los traumas dejados por el cataclismo.

Aún me cuesta creer que la poderosa sheikah haya formado una familia tradicional y feliz, y que a pesar de todo aún nos tuvieran a Link y a mí presentes en sus vidas.

Pasaron los años, Eskia creció y cumplió con el ciclo de su vida. – siguió relatando, pero cambiando ligeramente su semblante. – Ella se casó con otro de los sheikahs de la aldea y quedó embarazada de Apaya… a quien no pudo conocer.

Los ojos de Impa se humedecen hasta que las lágrimas resbalan por sus mejillas. Me impacto en sobremanera, no solo porque jamás la había visto llorar, sino por lo último que ha contado de su relato.

- El parto de Eskia se complicó, perdió mucha sangre y falleció. – contó, limpiándose las lágrimas de los ojos, seria. – Fue una de las tragedias más grandes de mi familia, y tanto mi esposo, yerno y yo nos devastamos; incluso Prunia, que siendo como es, estuvo a mi lado en todo momento, dejando sus ocupaciones.

Me alegra saber que Prunia fue el soporte de su hermana en tan duro momento, lo que me demuestra que su ser va más allá de lógica y análisis.

- Nos llenamos de fortaleza por el bien de Apaya, a quien bauticé así porque durante el embarazo mi hija siempre decía con cariño que su barriga crecía como una, y por coincidencia la bebé nació con un lunar en forma de su semilla en una parte de su cuerpo.

- Impa, lo lamento mucho… – expresé, conteniendo mis ganas de llorar.

- Tú sabes mejor que nadie que la vida es maravillosamente devastadora. – dijo la sheikah, con la voz quebrada. – Y las desgracias nunca llegan solas…

Me sorprendo ante lo que dice, presintiendo que su relato no termina ahí.

- Apaya se convirtió en el centro de la vida de mi familia, por lo que logró consolar nuestros corazones por la pérdida de Eskia. – dijo Impa. – Sin embargo, cuando ella tenía cinco años, la aldea fue atacada por el clan Yiga.

- El clan Yiga…

Por supuesto que recuerdo al clan Yiga, sobre todo porque dos de los seres más importantes para mí me salvaron de ellos… imposible de olvidar.

- Todos los sheikahs guerreros, incluyéndome, defendimos la aldea con ahínco. – contó Impa con pesar. – Sin embargo, ellos no sobrevivieron, y no pude darme el lujo de hundirme, pues tenía una nieta a la que criar.

Coloqué mi mano sobre la de Impa, compartiendo mis lágrimas con las de ella. Me cuesta creer todo lo ocurrido en mi ausencia, pero más sorprendida estoy por su fortaleza. Ella ha vivido su propio cataclismo con valentía, siempre mirando hacia adelante.

- Apaya es mi vida entera, pues en los ojos de ella veo a mi hija, esposo y yerno; tiene cosas de los tres. – dijo esbozando una sonrisa, mientras limpiaba sus lágrimas. – Quizás no heredó mi sangre guerrera, pero como podrás darte cuenta, heredó mis facciones, somos casi idénticas. Y es tan dulce que aceptó mi nueva imagen sin ninguna queja.

- Has sido una gran madre y abuela para ella, pues se ve que es una buena chica. – mencioné sonriente. – Seguramente la hermosa familia que construiste está muy feliz por eso.

- Eso es lo único que me consuela…

- ¿Y solo te dedicaste a cuidarla? – pregunté curiosa. – ¿No volviste a casarte?

- ¿Casarme? – preguntó riéndose. – ¡Ni hablar! Mi único interés siempre fue criar a Apaya y prepararme para tu regreso y el de Link. Una vieja como yo…

- Ya no eres vieja… – le recordé.

- Es cierto. – aceptó sonrojada. – Pero mi mente sí lo es, así que da lo mismo.

Ambas nos mantuvimos en un largo silencio, asimilando todo lo conversado en estos momentos. Sin embargo, sé que Impa tocará un tema que he estado evadiendo por mucho tiempo, y no sé si me encuentre lista para hablarlo.

- Zelda… no puedo imaginarme todo lo que viviste sellando a Ganon.

- Yo… simplemente te voy a decir que no me dejé pisotear por él. – dije seria. – Intentó enloquecerme, pero no se lo permití, pues el poder divino me acompañaba.

- Eso no lo dudo, pues percibo fortaleza dentro de tu alma, pero al mismo tiempo vulnerabilidad. – dijo apenada. – Sobre todo por lo ocurrido con Link.

Mi semblante serio cambia a uno apenado, confundido. Impa lo nota, por lo que interviene para tranquilizarme.

- Recuerda que Prunia te advirtió que habría secuelas…

- Lo sé, pero se involucró en unas de las cosas más valiosas para él… para ambos.

- Zelda...

- Estoy feliz de ver que Link se encuentra aparentemente de buena salud física. – respondí, sin poder contener más mi mortificación. – Pero perdió sus recuerdos, lo que vivió hace cien años, sobre todos lo de…

No pude decir nada más, pues mi voz se quiebra. Impa coloca una mano en mi hombro al sentir mi pesar, el que yo misma no sé cómo expresar.

- Impa… tú mejor que nadie conoce los hechos. – dije apenada. – Perdí a mis padres, a los campeones, a tanta gente querida, y lo único a lo que me aferré en estos cien años, soportando la presencia de Ganon, fueron esos recuerdos maravillosos de mis vivencias pasadas, los únicos que me hicieron sentir verdaderamente viva

- Zelda, yo…

- ¿Y qué es lo que me encuentro? – pregunté dolida. – Con un lienzo en blanco, con recuerdos rotos, cuál frágil cristal.

- Estoy segura de que Link recordará todo, solo dale tiempo. – rogó ella, tomándome de los hombros. – Recién está asimilando quién es él mismo.

- ¿Tiempo? ¿Cien años no han sido suficientes? ¡Creí que su osadía de entrar al castillo decía todo lo contrario! – expresé descontrolada, sin contener más mis lágrimas. – Pero no… para él soy solo la princesa, su objeto de protección. Y en esas condiciones no podré cumplir con mi misión, una vez más arruinaré todo.

Mi rostro cae a llorar al regazo de Impa, quien me abraza con fuerza para contener mi dolor. A pesar de que es joven como yo, siento en ella los brazos del consuelo de una madre, la que me faltará por el resto de mi vida.

- Tranquila…

- Impa… se olvidó de todo… no recuerda nada… ¡NADA! ¡No puedo afrontar esto, así no voy a poder!

No recuerdo cuánto tiempo estuve llorando, pero me detengo al escuchar un ligero ruido. Impa se levanta de inmediato y se dirige a la escalera, pero no encuentra nada.

- ¿Qué fue eso? – pregunté, limpiándome las lágrimas.

- No lo sé… – respondió seria. – Seguramente fue el viento rechinando esta casa. Como sabrás, ya es bastante vieja.

Impa se acerca a mí y me ayuda a ponerme de pie, para después esbozarme una cálida sonrisa.

- Vamos a descansar, Zelda. – pidió. – No te lamentes por lo que no tienes, sino sonríe por lo que te rodea, por las nuevas oportunidades que se vienen… confía en mí.

No tuve que preguntarle a qué se refería, pues la entiendo a la perfección. No importa cuántas veces me derrumbe por los dolores de mi pasado, pues tengo una misión que cumplir… se lo debo a todos y a mí misma.

Juntas subimos las escaleras y nos dirigimos a la habitación para dormir. Mañana nos esperaban demasiadas cosas.


Los rayos del sol entran por la ventana y se reflejan en el espejo en el que me estoy viendo… con una imagen diferente a la de hace días, pero tan conocida y familiar.

- Cien años y sigue intacto. – dijo Impa, mirándome de pies a cabezas. – Como si nunca hubiera dejado de usarlo. Ahora sé por qué el destino quiso que la última vez estuviera en mi casa, cuando se cambió a su túnica de oraciones.

Me cuesta creer que ahora llevo puesto mi traje de viaje, aquella blusa celeste con corsé blanco, botas y pantalón café, que mi madre solía usar en nuestras exploraciones científicas.

- Se lo dije antes y se lo digo ahora, princesa. – intervino Prunia. – Con este traje se parece mucho a la reina. Éramos adolescentes cuando la conocimos, pero su rostro y cuerpo siguen en nuestra memoria.

- Totalmente. – dijo Impa, emocionada.

Una vez que Impa deja de contemplarme, saca de su baúl otra prenda inconfundible para mí, pues la hice con mis propias manos. La túnica de Link.

- La túnica de campeón de Link también está lista. – dijo Impa, enseñándomela. – Solo tuve que hacerle unos pequeños arreglos, pues su última batalla la dejó destrozada.

Tomo la túnica y siento su suave textura en mis manos, su encantador aroma varonil, a él. Aún recuerdo cuando la hice junto con las demás, tomándome más tiempo esta, varias noches sin dormir… y no me sentía nada contenta elaborándola.

- Después de lo que me hiciste, no mereces nada… sería una lástima que se me olvide quitar un alfiler.

Por supuesto, no dejé ningún alfiler, pero que inmadura y ridícula era, resentida por cosas que no eran culpa de él, pues cumplía con su deber.

- Prunia, princesa. – habló Impa, sacándome de mis recuerdos. – Apaya ya debe tener listo el desayuno. Mientras, yo iré a darle a Link su túnica.

Impa se va de la habitación, mientras bajo con Prunia al comedor.


Llegando al comedor me dejé invadir por el exquisito aroma del desayuno, dándome cuenta de que hace tiempo no disfruto de una comida normal, en compañía de los que aprecio.

Apaya ha decorado la mesa maravillosamente, y por lo visto se siente orgullosa de su obra.

- Buenos días, princesa, tía abue…

Apaya se calla y sonroja al ver cómo Prunia le lanza una mirada amenazadora, indignada.

- Perdón, quise decir tía Prunia. – se retractó, lanzando una risa nerviosa. – Espero… espero les guste todo lo que he preparado. Panecillos de calabaza con café en esencia, y para endulzar un poco la mañana, trufas de zanahoria de postre.

- ¡Trufas! ¡Mis favoritas! – exclamó Prunia, emocionada. – Debes consentir más seguido a tu tía.

Poco después se escuchan los pasos de Impa y Link bajando las escaleras… y fue ahí que me quedé petrificada.

- ¡Vaya, señor héroe! – exclamó Prunia, tomando una trufa. – ¡Cuánta formalidad!

Observo a Link con la túnica, la que estoy segura ni recuerda que yo hice. Me emociona intensamente verlo vestido de esa manera, pues a mi mente y corazón regresan vivencias en el que ese traje protagonizó tantas cosas…

- Abuela, Link. – habló Apaya, sonrojada, sin entender por qué. – Qué bueno que ya están aquí. Tomemos asiento por favor, pues el desayuno se enfría.

Nos sentamos en los lugares asignados por Apaya; Link junto a mí, como siempre. El desayuno está exquisito y el humeante café renueva mis energías. Me gusta mucho compartir este momento con todos… sobre todo con él.

- ¡Link, Link! Mamá hizo pastel de frutas, mi favorito.

Es tan encantador compartir deliciosa comida con alguien valioso…

- Abuela, tía Prunia. – habló Apaya. – ¿Ya pensaron qué van a decirle a toda la aldea sobre su nueva imagen?

Impa y Prunia se miraron la una a la otra, como conociendo la respuesta a la pregunta de Apaya.

- Terminando de desayunar, convoca a todos fuera de la casa. – ordenó Impa. – Y les diremos la verdad, como debe ser.

- Así es. – dijo Prunia. – Pues entre sheikahs no nos leemos la mano.

Una vez terminamos de desayunar y agradecerle a Apaya por sus atenciones, ella sale a realizar lo encomendado por su abuela. Impa y Prunia suben a la habitación, dejándome sola con Link.

- Princesa…

"Princesa"… no puedo describir lo que sentí cuando esa fue la primera palabra que escuché de tus labios después de cien años sin verte. Si antes me incomodaba mi título, ahora lo aborrezco, pues no es más que una maldita barrera de memorias y vivencias.

- ¿Se siente bien? – preguntó interesado.

Me llama la atención que me hagas esa pregunta, pues delante de ti siempre me muestro inquebrantable, la única imagen que recuerdas de mí. La princesa intolerante e insoportable.

- Me siento bien, Link. – mentí para no preocuparlo. – Han sido unos días muy cansados, pero reencontrarme con viejas amigas y dormir en una cama cómoda me ha hecho muy bien.

- Me alegra saber eso…

Veo en él una expresión bastante peculiar, como si no le convenciera lo que le he respondido. Quizás son ideas mías…

Nos quedamos en silencio unos segundos, en los que varias veces nuestras miradas se encuentran, y por supuesto él evade. Yo hago lo mismo, pues no sé qué sería de mí, sí me pierdo en el zafiro de sus ojos.

Para dejar de centrar mi atención en él, miro hacia otro lado y veo que en la mesa ha quedado una trufa de zanahoria. Estiro mi mano para tomarla, pues son deliciosas, pero me impacto al sentir cómo mis dedos chocan con los de Link, quien muestra las mismas intenciones que yo.

Un escalofrío de antaño me recorre ante ese contacto…

- Oh, princesa… – dijo él, avergonzado. – Disculpe. Tómela usted, por favor.

- De ninguna manera, Link… – expresé sonrojada. – Tú la tomaste primero, cómela.

- De ninguna manera, por favor.

Estuvimos en esa devolución de palabras por un buen rato, pues ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer. Sin embargo, cuando creo que por fin Link decide quedarse con el dulce, su acción me deja petrificada.

Toma la trufa y la parte por la mitad, brindándome a mí una de esas.

- Ni para mí ni para usted. – dijo, esbozando una sonrisa.

Tu acción trajo a mi mente una de las vivencias que me ayudaron a soportar mi tortuoso encierro…

- Ni para mí ni para ti. Quiero compartirlo todo contigo.

- ¿Princesa?

- ¿Ah? – expresé, saliendo de mis recuerdos. – Está bien, Link. Gracias.

No recuerdo cuántas trufas comí durante el desayuno, pero sin duda esta es la más deliciosa…


En este momento el pueblo se encuentra reunido afuera de la casa de Impa, escuchando a Prunia sobre todo lo sucedido con ellas. Apaya se encuentra al lado de ellas, mientras que Link y yo estamos un poco más alejados.

- Y eso fue lo ocurrido, mis apreciados compañeros… – dijo Prunia. – Decidimos…

- ¿Decidimos? – preguntó Impa, indignada. – DECIDISTE… jamás me preguntaste.

- "Decidimos", "decidí", da lo mismo. – dijo Prunia, como siempre sacando la ventaja. – La cosa es que ahora somos jóvenes, y una vez el experimento esté completamente legalizado, podrá estar al alcance de todos, pues el único objetivo es estar sanos y fuertes para la llegada de Ganon, al que no permitiremos nos vuelva a pisotear.

Todos los sheikahs, especialmente los más ancianos, lanzan un grito de guerra, pues están animados y dispuestos a algún día recuperar su juventud para hacerle frente a Ganon, para hacer justicia por todo lo que les hizo perder.

Me inquieto al pensar en toda la responsabilidad que Link y yo tenemos encima…

No tengo idea cómo voy a recuperar el poder que perdí…


Cuando pasa la algarabía de la nueva imagen de las respetables sheikahs, el momento de comenzar la misión llega.

Prunia nos dice a Link y a mí que antes que cualquier cosa era importante ir a su laboratorio, en la aldea Hatelia, para revisar nuestro estado de salud y activar las runas de la tableta sheikah, pues estas serían necesarias en nuestro periplo hacia las bestias divinas.

La investigadora cuenta con su propio transporte, un caballo color crema llamado Miel, nombre bastante encantador. Mientras que Link y yo íbamos a transportarnos en Epona, quien cada día es más cariñosa conmigo.

Antes de partir, Impa nos entrega algunas provisiones y elementos que nos ayudarían en el camino, y que incluso podríamos vender. Al inicio no lo acepto, pero luego me convence. Este no es momento de orgullos fuera de sitio.

Prunia, Link y yo partimos de la aldea Kakariko, tomando el camino que nos llevaría a la aldea Hatelia… y es en ese momento que me atemorizo, pues sé perfectamente por dónde tenemos que pasar.

Una vez que pasamos el rancho de los Picos Gemelos, lo veo… aquel paisaje con la destrucción marcada, el escenario donde recibí la puñalada final.

Me armo de valor para no derrumbarme, aferrándome más al pecho de Link, pues siento que si no lo hago voy a perder la razón.

Siempre tan débil, Zelda… siempre tan ridícula.

A pesar de que la imagen de los guardianes destruidos por mí me perturba, sigo mirando al frente, tratando de no angustiar a Link. Sin embargo, algo ocurre cuando llegamos al pantano de Kokun.

- ¿Link?

Link empieza a sujetarse la cabeza y a quejarse desesperadamente por un dolor punzante, el que parece ir en aumento segundo a segundo.

- ¿¡Qué pasa!? – preguntó Prunia, volteándose exaltada.

Y es en ese instante que Link cae de la yegua, inconsciente, mientras su cuerpo tiembla.

- ¡LINK!

Alarmada, me bajo para auxiliarlo y sostengo su cuerpo cerca del mío. Esta imagen y posición me desgarran el alma, me enloquecen hasta destrozarme los sentidos… pues lo he vivido, así y aquí.

No de nuevo… no me dejes, Link.


Comentarios finales:

Hola, excelente inicio de semana para todos.

Ahora hemos leído las cosas desde el punto de vista de Zelda. Me encanta escribir desde su perspectiva, incluso siento que me sale mejor que con Link; quizás tiene que ver porque ambas somos mujeres y tenemos cosas en común.

Al saber por el juego que Apaya es nieta de Impa, y que no tiene hijos y esposo, me dio las herramientas para crearle un pasado trágico, lleno de pérdidas, pues todo eso trajo el cataclismo, desgracias.

Sobre el sueño de Zelda, espero que sean pilas y se den cuenta de dónde saqué las referencias, pues aparecen en el juego. Si es que llegan a recordarlo, espero lo mencionen.

Procedo a responder a los comentarios de invitados:

Niakuru: Espero que este capítulo haya respondido en algo los dolores que Zelda esconde, a pesar de que aún queda mucho por saber, pues ni ella misma es capaz de soltar las cosas tan fácilmente.

Muchas gracias a todos por leer y comentar. Me encanta leer sus opiniones ^^.