Capítulo 7: Maligna tentación
- Link…
La escucho, pero aun así no me detengo, pues siento que si lo hago no habrá retorno… el torbellino de emociones me carcome.
- ¡Basta, Link! – exclamó molesta. – ¡Detente!
Zelda suelta mi mano y me volteo para verla, perdiéndome en la imagen de su vestido maltratado y las heridas de sus brazos. Ni siquiera sé si yo me encuentro igual y peor.
- ¿Por qué no te derrumbas? – preguntó seria.
- ¿Ah?
- Dejamos atrás a nuestros padres, a nuestra familia. ¿Y aun así sigues de pie?
- El rey y mi padre me dieron una orden y la estoy cumpliendo. – respondí serio. – No te detengas y si…
- ¡Ya, no sigas! – exclamó, tomando mi túnica con dureza y mirándome con reproche. – Acabas de perder a tu padre y hermana. ¿Y así reaccionas?
- ¡No más, Zelda! – reclamé, perdiendo la cordura. – ¡Hay que…!
- Solo un minuto… – pidió con lágrimas en los ojos. – Un momento para derrumbarte, tienes derecho…
La fuerte silueta de mi padre se desvanece de mi mente, al mismo tiempo que las carcajadas de mi hermana se escuchan cada vez más lejanas, hasta que desaparecen.
Ya no puedo más…
Mis rodillas tambalean hasta que se quiebran, pero la princesa de mi vida me sostiene los brazos, brindándome sus delicados hombros para explotar.
No sé por cuánto tiempo he estado así… ahogándome y llorando.
…
Apenas me despierto, veo la imagen de Zelda aclarándose ante mis ojos. Sus dedos se encuentran cerca de mi cuello, pero de inmediato los retira al ver que he despertado.
- Link…
Después de pronunciar mi nombre, se va corriendo. En ese momento me doy cuenta de que me encuentro en una habitación desconocida, bastante desordenada. Incluso al intentar sentarme veo que hay algunas piezas extrañas rodeándome… me recuerdan a los guardianes y eso no me agrada.
- Hasta que despertó el caballero durmiente…
Prunia entra a la habitación, seguida de Zelda. No tengo idea de lo que ha ocurrido últimamente conmigo.
- Lady Prunia. – pregunté confundido. ¿Dónde estamos?
- Estamos en la aldea Hatelia. – respondió ella. – Específicamente en mi laboratorio.
- Entiendo… – expresé confundido. – ¿Qué me pasó?
La sheikah mira a Zelda preocupada, mientras que ella solo agacha la mirada. ¿Es grave lo ocurrido?
- Creo que eso podrías decirnos tú, Link. – dice Prunia. – Cuando íbamos camino a la Muralla de Hatelia te comenzaste a sentir mal y te desmayaste. ¿No sabes por qué?
- No, no tengo idea. – respondí serio, no estaba para bromas. – Ni siquiera recuerdo ese lugar…
- Link… – llamó Zelda.
- Princesa, espere… – pidió Prunia.
- Link tiene derecho a saber. – dijo firme, para después mirarme. – En la llanura de Mogur, cerca de la Muralla de Hatelia, fue tu última batalla, en la que fuiste derrotado y te llevó a tu eterno letargo. ¿Recuerdas algo?
Ahora comprendo por qué me sentí asustado e inquieto al pasar por ese lugar, sobre todo con la imagen de todos los guardianes destruidos. ¿Yo me enfrenté a todos ellos solo?
Sin embargo, no se me hace familiar…
- Princesa, creo en su relato. – respondí, mirándola a los ojos. – Pero no recuerdo nada. Lo siento.
- ¿En serio? – preguntó ansiosa. – Solo esfuérzate un poco, quizás…
Prunia toca el hombro de la princesa y la mira seria, causando que se silencie. ¿Por qué la calló? No me gusta que me oculten las cosas.
- Princesa, tome todo con calma, por favor. – pidió la sheikah.
- Tienes razón… – aceptó Zelda, cabizbaja. – Lo siento, Link, no quiero presionarte.
- No… no lo hace. – respondí sorprendido. – Por favor, cuénteme todo lo que pasó.
- Link, escúchame bien. – intervino Prunia. – Lo más importante para que cumplas con tu misión es que recuperes tus recuerdos por ti mismo, con calma. Las presiones solo te harán daño.
- Prunia tiene razón, por eso me disculpo de nuevo.
- No se preocupe, princesa. – respondí, forzando una sonrisa. – Yo entiendo, solo me urge recuperar mi vida pasada, recordar lo que fui.
Por unos momentos deseo contarle a las mujeres el sueño que tuve para ver si podían decirme algo relacionado con mi familia… pero no me atrevo. Ahora que me encuentro cerca de la princesa no quiero mostrarme débil, mucho menos después de que la vi llorar la noche anterior.
Lo que me hace preguntarme…
- ¿Cómo pudieron traerme hasta aquí?
- En el camino nos cruzamos con uno de los habitantes de la aldea, que por suerte no me reconoció. – respondió la sheikah. – Se trata de uno de los constructores de una empresa bastante extraña, pero lo suficientemente fuerte para ayudarnos a trasladarte hasta acá.
- Y no te preocupes por Epona. – intervino Zelda, sonriendo. – Ella se encuentra en la caballeriza de afuera, bastante cómoda junto con Miel.
- Ya veo… – expresó confundido, pero tranquilo por Epona. – ¿Cuánto tiempo he dormido?
- Tres días. – respondió Prunia. – Ha sido bastante, y justo ahora es de noche.
- Qué… – digo incrédulo, preguntándome por qué por tanto tiempo.
- En estos días me he dedicado con la princesa a investigar algunas cosas. – dijo Prunia. – Entre esas, la exploración de la tableta sheikah después de cien años de inactividad.
- Ahora se encuentra restableciendo sus runas en la terminal del laboratorio. – respondió Zelda. – Esperemos que mañana esté lista.
- Descansa, Link, mientras yo me encargaré de la princesa Zelda.
Veo que Zelda se apena y se sonroja ante el comentario de Prunia, causando que esta se ría.
- La princesa se hizo cargo de ti mientras dormías, y dijo que no iba a separarse de ti hasta que despertaras.
- Yo… – expresó Zelda, nerviosa. – Solo estaba preocupada por tu salud, nada más.
- Por eso, ahora que Link está mejor, vamos a revisarla. – indicó la sheikah, dirigiéndose a la princesa.
- Está bien…
La princesa se ve bastante sonrojada, y para ser sincero me siento de la misma manera al saber que no se despegó de mí durante mi inconsciencia, cuidando mi sueño.
- Vaya con Prunia, princesa. – dije, dejando de lado mi sorpresa. – Espero que su salud se encuentre en perfecto estado.
- Gracias, Link. – agradeció ella, sonriéndome.
- Tu caso es un poco complejo, Link. – dijo Prunia, preocupada. – Pues aparte de la amnesia, no sé qué otras secuelas habrá dejado la cámara regeneradora del Santuario de la Vida. Por eso, esperaré a que mañana llegue Symon para hacerlo juntos.
- Como diga, Lady Prunia.
- Symon aún no tiene idea de cómo me veo físicamente, así que seguro se llevará una sorpresa. – expresó la sheikah, riéndose, para luego dirigirse a mí. – Descansa, Link, aún falta mucho para el amanecer.
- Hasta mañana, Link. – dijo Zelda, sonriendo. – Me alegra que estés mejor. Descansa.
Las damas se retiran de la habitación para la revisión, y solo espero que Zelda se encuentre bien de salud, que la influencia de Ganon no le haya causado daños irreversibles.
Sé que ambas me pidieron que descanse, pero no puedo, creo que lo he hecho demasiado. Me levanto de la cama para asomarme por la ventana y desde aquí puedo ver lo que parece ser la aldea Hatelia.
- Hatelia… Aldea Hatelia…
Siento una punzada al pronunciar su nombre, como si algo me llamara e invocara… me gustaría verla más de cerca.
La sheikah se encuentra muy ocupada revisando a Zelda, y luego de eso se irán a dormir, por lo que no creo que noten mi ausencia.
Incluso por seguridad, no tiene nada de malo explorar un poco los alrededores…
Bajar la loma que conecta el laboratorio de Prunia con la aldea fue bastante, tranquilo, nadie se encontraba alrededor. A la distancia vi un pequeño rancho con sus animales durmiendo, escena bastante agradable.
Una vez que llego a la aldea, como me lo supuse, nadie está afuera, todos duermen. Lo único que escucho es el cantar de los animales nocturnos y la luna brillando en todo su esplendor.
Con la yema de mis dedos toco cada pared que se me cruza, cada hoja o rama que acaricia mi piel, pues este escenario, este desconocido ambiente, se me hace familiar.
- ¿Me das un dulce?
Por un instante pienso que la visión me falla, pero frente a mí se encuentra un niño, el que emocionado le estira los brazos a una mujer cabello negro para que lo cargue.
Es una de las damas más bellas y encantadoras que he visto en mi vida…
- Hijo, no corras. ¿No ves que no puedo ni con mi alma con esta panza?
- Cómprame un dulce, ¿sí?
- Tu papá ya te dio uno ayer…
- No tiene por qué enterarse, ¿verdad?
La dama sonríe ante la audacia del niño, para después agacharse y tomarlo en brazos. Su delicado estado no impide que sea afectuosa con su hijo.
- Sí, mi pequeño… será nuestro secreto.
Poco después la madre y el niño se retiran, y aunque trato de seguirlos, mis pies están paralizados, al igual que mi pecho. El corazón se me detuvo por varios segundos.
No sé por qué estoy estremecido por la imagen de esa madre con su hijo, hasta el punto de provocar ardor en mis ojos y malestar inexplicable; como si una parte de mi alma se haya roto en mil pedazos…
Nada entiendo…
Me esfuerzo para que imágenes sin significado no me enloquezcan, por lo que decido seguir con mi camino en explorar a esta desolada aldea… Veo su característico lago, sus casas y comercios cerrados, los que sería interesante visitar con Zelda antes de ir a la primera bestia divina para abastecernos y vender alguna de las cosas que Impa nos otorgó.
Aún me siento mal por recibir cosas sin esforzarme para tenerlas… y no sé por qué siento que es una frase que mi padre me hubiera dicho.
Sigo con mi andar, hasta que al girar a la derecha veo tres casas diferentes en diseño y color a las demás de la aldea. Me pregunto quiénes viven ahí…
- Ven…
Escucho claramente que una voz me llama, pero miro a mis alrededores y no veo a nadie.
- Por aquí, a tu derecha… ven a verme…
Como si se tratara de una orden, me aproximo al lugar de donde proviene la voz, algo alejado de la aldea… pero una vez que llego a mi destino no veo nada…
- Qué bueno que estás aquí…
Me doy la vuelta para encontrar una estatua. Es muy parecida a la que se encuentra en el Templo del Tiempo, pero es pequeña, tiene cuernos y se encuentra abrazada a sus piernas, como si estuviera apenada y avergonzada.
Una vez me acerco un poco más para verla, un humo negro emana de su interior… muy incómodo.
- Vaya… yo pensaba que ya no rezaba nadie.
Tambaleo hacia atrás a la par que la piel se me eriza del terror. La estatua ha hablado con una voz siniestra y desagradable. Por inercia intento sacar mi espada, pero me doy cuenta de que no la traje conmigo. En mala hora se me ocurre salir desprotegido.
- ¿¡Puedes hablar!? – pregunté espantado.
- En serio… ¿Puedes oírme?
- Sí…
- Qué sorpresa…
Sin duda el más sorprendido soy yo, pues aún me cuesta creer que me encuentre hablando con una estatua, a pesar de que no es la primera vez que lo hago. Sin embargo, con la del Templo del Tiempo no me sentí así, con esta quiero salir corriendo.
- Muchas gracias por venir a visitarme, joven. – dijo la estatua. – Permíteme cumplirte una plegaria. ¿Qué deseas?
- ¿Una plegaria?
- ¿Salud? ¿Dinero? ¿Fortuna? Todos quieren lo mismo… – dijo desganada. – Imagino desearás eso…
Mis deseos… ¿Qué es lo que deseo? Con tantas cosas invadiendo mi vida, últimamente son tantas las dudas que invaden mi corazón, y daría lo que sea por despejarlas.
- Veo que eres diferente y que nada de esas banalidades llama tu atención. – dijo ella, con voz satisfecha. – Por suerte, estoy aquí para conceder tus deseos, sea el que sea…
Sea lo que sea… cualquier cosa que pida…
- ¿Quién eres? – pregunté serio, pues por más que la curiosidad me matara no cedería tan fácil a lo desconocido.
La estatua lanza una ligera carcajada. Al parecer mi pregunta le ha interesado.
- Hace mucho tiempo, yo era una deidad que otorgaba vida y poder. – comenzó a relatar. – Pero me fastidiaba hacer las cosas sin recibir nada a cambio, por lo que empecé a negociar con los mortales; les daba vida a cambio de dinero. Todo iba fenomenal, hasta que la Diosa Hylia se enteró y me encerró en esta deplorable estatua.
La Diosa Hylia… ese nombre lo he escuchado antes. Estoy seguro.
- Los aldeanos me llaman la estatua maligna y ni siquiera se molestan en quitarme la mugre. – dijo molesta. – La Diosa ideó este castigo para darme una lección de humildad, pero no tuvo en cuenta mi perseverancia. He aguardado pacientemente todos estos años… Esperaba la llegada de alguien que pudiera oír mi voz. Y ahora estás aquí…
Así que esta estatua es una traidora de la mencionada Diosa Hylia. Algo me dice que debo irme de aquí… pero no puedo, mis piernas están quietas.
- ¿Quieres hacer un trato conmigo? – preguntó deleitada.
- No tengo dinero, lo siento. – respondí serio, a pesar de que por dentro me sentía aterrado.
- ¿Y quién te dijo que necesito dinero? – preguntó animada. – Es cierto que ese es mi negocio, pero como te dije tú eres muy especial y por eso quiero concederte lo que desees.
Va a concederme lo que desee, cualquier cosa…
¿Qué es lo que más deseo?
- Impa… se olvidó de todo… no recuerda nada… ¡NADA! ¡No puedo afrontar esto, así no voy a poder!
La imagen de Zelda llorando con tanto dolor me quiebra el alma… no comprendo por qué, o quizás se trate de mi instinto protector con ella… pero no quiero volverla a ver así, menos por mi causa.
- ¿Podrías… devolverme mis recuerdos?
Mi mente me reprocha mis acciones, pero no sé por qué lo hago… es como si una fuerza desconocida me obligara a hablar.
- ¡Pero claro que puedo, mi desmemoriado amigo! – exclamó emocionada. – Yo todo lo puedo, cualquier cosa que sueñes… pero como sabes, no se puede dar sin recibir nada a cambio.
- Ya te dije que no tengo…
- No quiero dinero, amnésico muchacho… – interrumpió, cambiando su tono de voz a uno más tétrico. – Lo que pido es una insignificancia.
La estatua lanza una ligera carcajada, para después silenciarse y continuar.
- Lo único que pido para cumplir con tu deseo es una parte de tu sangre…
- ¿Mi sangre?
¿Por qué me está pidiendo algo como eso?
- ¿Por qué quieres eso? – pregunté impactado.
- Ya te lo dije, porque eres un muchacho muy especial, y por eso tu sangre es muy valiosa, más que el dinero. – respondió maravillada. – Estar en este estado me ha enfermado, y con ella podría hacer una potente medicina.
- Pero…
- ¿Qué es un poco de sangre para un joven fuerte como tú? – preguntó curiosa. – El cuerpo tiene hasta seis litros de sangre. ¿Qué te cuesta darme uno? Imagínate esa pequeñez para recuperar la vida que dejaste atrás, a todos los que formaron parte de ti.
Estoy seguro de que en mi última batalla perdí mucha sangre, y aun así estoy vivo. Si en ese entonces me sacrifiqué para salvar a Zelda, ¿por qué no hacerlo ahora? No solamente podré aliviar las penas que ella siente, sino recordar mi pasado, a mi padre, a mi hermana… mi vida.
Frente a mí aparece una daga plateada con empuñadura negra… y mi mano se estira para tomarla… sin poder detenerse.
- Eso… tómala…
¿Qué es lo que estoy haciendo? No… eso no está bien.
Recuperando la razón, detengo mi mano. No puedo creer lo que estuve a punto de hacer, sacrificar mi vida por un ente como ese.
- ¿¡Pero qué estás haciendo, imbécil!? – reclamó enfurecida. – ¡Toma la daga y no pierdas tiempo!
- Olvídalo, aquí se rompe el trato…
La estatua lanza un grito desgarrador, al mismo tiempo que la humareda que emana aumenta. Mi cuerpo y corazón se paralizan, y al no tener un arma con qué defenderme pretendo salir corriendo, pero no puedo.
- ¡YA DISTE TU PALABRA! – reclamó con voz macabra y distorsionada. - ¡DAME LA MALDITA SANGRE DEL HÉROE!
Me esfuerzo para tratar de moverme, pero es inútil… sin embargo, una voz a la lejanía silencia los gritos de la estatua, casi anulándola.
- ¡FUERA! ¡LARGO DE AQUÍ!
No puedo creer que se encuentre aquí… salvándome una vez más…
Zelda…
- ¡NOOO, HA REGRESADO! – exclamó espantada la maldita deidad al ver a la princesa delante de mí.
- ¡VUELVE A TU AGUJERO, MALDITA TRAIDORA! – reclamó Zelda, enfurecida, como nunca antes la había visto. – ¡ESTE NO ES TU SITIO! ¡LARGO!
- ¡No me anule de nuevo, Diosa! – suplicó el ente, desesperado. – ¡Perdóneme! ¡Me voy, me voy!
Y en ese instante la esencia maligna de la estatua desaparece, y con ello retornando mi movilidad al cuerpo. Desde mi fallido enfrentamiento con Ganon, jamás me había sentido tan asustado.
Poco después Zelda se voltea a verme, y sin esperarlo me abraza con fuerza, mientras su respiración está agitada. No tengo palabras para describir lo que siento al tenerla así de cerca, sobre todo porque mi corazón se calma y el miedo recién vivido se esfuma.
¿Por qué produces esas cosas en mí, princesa? ¿Este es el sentimiento de respeto y abnegación que se tiene hacia el objeto de responsabilidad?
No me importan las razones en este momento, pues ahora que mi cuerpo ha recuperado su movilidad te devuelvo el abrazo que me ha regresado la paz. Ojalá esto también ayude a que te calmes.
Luego de un rato, la princesa se separa de mí, causándome incomodidad, pero al mismo tiempo tranquilidad al perderme en su mirada… en aquellos ojos verdes.
- ¿Link, estás bien? – preguntó preocupada.
- Sí, princesa… – respondí serio. – Pero no comprendo lo que me pasó.
- Caíste presa de esta estatua maligna, una castigada de la Diosa Hylia. – respondió ella.
- ¿Quién es la Diosa Hylia? – pregunté curioso. – Le confieso que el nombre se me hace conocido, pero para variar no lo recuerdo.
La princesa agacha la mirada, como buscando las palabras correctas para explicarme todo de la manera más sencilla.
- La Diosa Hylia es la deidad que ha protegido esta tierra desde tiempos inmemoriales, y la dueña del poder que ha heredado mi familia de generación en generación. – relató Zelda. – Mi abuela heredó su gracia, lo mismo que mi madre y yo… a pesar de que se ha desvanecido de mí.
Zelda agacha la mirada, disminuida al sentir que ha perdido algo tan importante. A pesar de que aún no entiendo del todo lo que ocurre, mi empatía con ella la acompaña.
Dejándome llevar por un impulso, alzo su rostro con mis dedos para obligarla a mirarme. Ante ese atrevido acto me parece verla sonrojada.
- Usted volverá a recuperar su poder, princesa. – dije sonriendo, sin soltar su rostro. – Yo la ayudaré para que lo consiga, sea como sea.
Estuve a punto de decirle que quería apoyarla al igual que en el pasado, pero lamentablemente no recuerdo cuánto hice por ella… quizás nada, por eso le causaba recelo mi presencia.
- Gracias, Link… – responde ella, devolviéndome la sonrisa.
Después del aterrador momento que nos tocó pasar, subimos la pequeña loma para regresar al laboratorio de Prunia… Sin embargo, una imagen me detiene.
- ¿Link? ¿Qué ocurre?
No presto atención a la pregunta de Zelda, pues con prisa traspaso a mi derecha el puente que conecta al objeto que llama mi atención desde el instante en que lo vi.
- Link… – llamó la princesa, deteniéndose detrás de mí.
- Esta casa…
Frente a mí se halla una pequeña y vieja casa, cuya textura de paredes me eriza desde la punta de la cabeza hasta los pies. ¿Por qué mi corazón late con tanta fuerza? Me siento inquieto en este sitio, con la curiosidad matándome.
- ¿Link, algo aquí ha llamado tu atención? – preguntó Zelda.
No sé qué responderle a la princesa, pues la ansiedad sigue creciendo en mí. Incluso me dejo llevar por el impulso de abrir la puerta, pero está asegurada.
- No lo hagas, los dueños pueden enojarse. – pidió la princesa, angustiada.
- No creo que alguien viva en este lugar tan viejo. – respondí muy seguro. – Además, no percibo a nadie adentro.
- De todas maneras ya es tarde. – dijo Zelda. – Debemos regresar al laboratorio o Prunia puede darse cuenta de que nos fuimos sin avisarle.
A pesar de que esta casa me atrae a sus paredes como un maldito imán, decido hacerle caso a la princesa. No tengo nada que hacer aquí.
Traspasamos el puente, alejándonos de la casa. Mientras escucho en mi cabeza las inconfundibles risas infantiles…
No demoramos mucho en llegar al laboratorio, y es en ese momento que me doy cuenta como se ve físicamente. Tanto por dentro como por fuera es bastante desordenado. Papeles en todos lados, escritos en el piso y varias piezas ancestrales desparramadas, sobre todo de guardianes. No comprendo cómo Prunia puede tener tanta afinidad por esos malditos artefactos.
- Me retiro a descansar, Link. – dijo Zelda, sacándome de mis pensamientos. – Hasta mañana.
- Princesa…
Zelda me mira atenta, lo que inexplicablemente me pone nervioso, como siempre me ocurre con ella.
- Antes de que se vaya a descansar, le agradezco mucho por haberme salvado. – dije, sintiendo como el rostro se me sonrojaba. – Su fortaleza espiritual es la prueba de que pronto recuperará su poder. No se preocupe por nada.
Zelda coloca una mano en su pecho, mientras cierra los ojos y lanza un suspiro. Luego me regala una de esas sonrisas que me producen un no sé qué.
- Gracias, Link…
- Que descanse, princesa.
Una vez que Zelda se retira, regreso a la habitación que se me asignó. Espero que mis palabras hayan podido tranquilizarla, pues no deseo que tenga más preocupaciones. Debe estar lo suficientemente fuerte para asumir su nueva vida en este siglo.
Cuando me siento en la cama, saco de mi alforja el diario que el rey me encomendó que le diera cuando la encontrara… y no se lo he entregado.
Quizás hacerle caso a Impa es lo mejor por el momento…
*.*.*.*.*
El llanto de Zelda en mi cabeza no me dejó dormir en toda la noche…
¿Por qué le afecta tanto el que haya perdido mis recuerdos? Quizás eso impide que pueda derrotar a Ganon, pero mi estúpida imaginación me hace inferir cosas que no son, ideas absurdas que no van más allá de mis fantasías… así como el sueño que tuve en el castillo.
El sonido de la puerta me saca de mis pensamientos, por lo que me levanto a abrirla. Ni siquiera me preocupa la vestimenta, pues al no poder dormir me quedé con la ropa puesta.
- Buenos días, Link. – saludó Impa.
- Buenos días, Lady Impa. – la saludo, dejando de lado mis preocupaciones.
- ¿Puedo pasar?
- Claro que sí, por favor.
Le doy el paso a Impa para que ingrese a la habitación, y llama mi atención lo que lleva en las manos… demasiado.
- Link… – llamó Impa, enseñándome por completo lo que tiene en las manos. – Te devuelvo tu túnica de campeón, la que usaste hace cien años para cumplir con tu misión.
Tomo la prenda y la piel se me eriza al sentirla en mis manos, mientras su aroma me estremece por completo. Sin duda alguna se me hace familiar, como una segunda piel que por siempre me estuvo esperando.
- Muchas gracias…
- Voy a voltearme para permitir que te la pongas.
Con Impa de espaldas a mí, me coloco rápidamente la túnica. Mi cuerpo completo se estremece al vestirla, mientras su perfume me confunde, como si escondiera varios secretos y vivencias enigmáticas, las que me muero por descubrir.
Una vez que estuve listo, la sheikah se voltea a verme.
- Te queda como siempre, muy bien.
- Muchas gracias, Lady Impa.
- Bueno, ese es el primer asunto que me trajo aquí. – dijo la sheikah, cambiando su tono animado a uno serio.
La mujer se acerca hasta mí, demasiado, causándome incomodidad. Su carmesí mirada demuestra molestia e indignación, como si me estuviera reclamando por algo.
- ¿Hasta dónde escuchaste?
- ¿Perdón?
- ¿No fui clara? – preguntó seria. – Sé perfectamente que en la madrugada estuviste escuchando mi conversación con la princesa… y ni intentes mentirme, pues sabes que hacerle eso a mi raza es imposible.
Tengo ganas de regresar a mi letargo por la vergüenza que siento. No puedo creer que Impa se haya dado cuenta de que escuché, que descubrí a la princesa en su momento más vulnerable.
- Lady Impa… yo…
- Respóndeme, sin tantos rodeos…
- Le juro que solo vi y escuché a la princesa llorando porque… porque no recuerdo nada. – confesé avergonzado. – En serio, lo lamento.
El serio semblante de la mujer cambia a uno perturbado, causándome mayor preocupación. Quizás no era correcto que me haya enterado de algo como eso.
- Link, lo que pasa es que… – dijo Impa, lanzando un suspiro. – La princesa Zelda está muy afectada por todo. Su encierro con Ganon, asimilar una nueva vida en esta era; además que le apena que no recuerdes nada, pues ella se siente culpable de eso por no haber despertado a tiempo su poder.
- Yo… yo hablaré con ella. – dije firme. – A pesar de no recordar todo, sé que ella no tiene la culpa, pues el único que hizo el mal es Ganon.
- Lo sé, pero aun así está muy dolida. – indicó la sheikah. – Por eso te pido que, ahora que viajarás con ella, trates de que se mantenga tranquila para que no se enfoque tanto en el pasado.
Una vez que menciona eso, viene a mi mente la encomienda del rey… su diario. Él me pidió que se lo entregue a Zelda apenas la vea y no me parecería correcto incumplir mi promesa… menos si se la hice a un difunto.
- Lady Impa…
- ¿Qué sucede?
- Lo que pasa es que… – hice una pausa, pues no sabía cómo confesarle esto. – A pesar de que Zelda lo sabe, no quise mencionarlo ayer delante de ella para que no se sienta mal… pero la razón por la que pude salir de la Meseta de los Albores fue gracias al espíritu del rey de Hyrule.
- ¿Qué…?
- Como lo escucha. – respondí serio. – Es más… fue él quien me dijo que venga a buscarla a usted.
Impa se tapa la boca, sorprendida por mi relato. Y no la culpo, pues yo aún no asimilo que estuve bajo la guía de un espíritu apenas desperté.
Tomo mi alforja y le enseño a la sheikah el diario que el rey me entregó para su hija, causando en ella extrañeza.
- ¿Qué es eso?
- El diario del rey, donde ha escrito cosas especialmente para la princesa. – respondí. – Tiene un encantamiento, por lo tanto, nadie más que ella puede leerlo.
La sheikah toma el libro y lo abre, comprobando lo que le dije.
- Efectivamente, tiene un encantamiento. – afirmó seria. – ¿Piensas dárselo a la princesa?
- El rey me dijo que lo haga apenas la vea… pero con lo ocurrido ayer…
- Su Majestad te dijo eso porque tú tenías un destino ya escrito… – respondió Impa. – Pero por haber hecho lo que te dio la gana yendo al castillo primero en vez de venir acá, las cosas se han alterado. La princesa Zelda que debía recibir este libro no es la indicada en estos momentos, por lo que tendrás que esperar a que esté más fortalecida.
- Pero se lo prometí al rey…
- Lo sé… – aceptó apenada. – Pero acepta que de alguna manera tú causaste esto por impulsivo, por lo que tendrás que tener paciencia y dárselo en el momento indicado. Quizás ahora ella no esté lista para asumir todo lo que su padre dejó pendiente.
Analizando las palabras de Impa, me doy cuenta de que tiene razón. Lamentablemente, mi impulsividad provocó que las cosas no cumplieran con su ciclo, por lo que Zelda aún no está lista, al igual que yo en muchas cosas.
Sin que Impa lo note, tomo con mis dedos el amuleto que se encuentra colgado en mi cuello, debajo de mi túnica, sabiendo que al igual que este, por el bien de Zelda, la voluntad de su padre tendrá que esperar…
*.*.*.*.*
Majestad, mi señor… espero que pueda entenderme dónde quiera que esté. Deseo que su hija conozca sus palabras cuando esté más fortalecida, tanto o más de lo que usted hubiera deseado…
- AAAAAAAAAAH
- ¡Cálmate, Symon! – exigió Prunia. – ¡No soy un fantasma!
Finalmente, conocimos a Symon, el asistente de Prunia… o bueno, quizás ya lo conocía y para variar ni recuerdo. El hombre casi se infarta al ver a su jefa joven; se supone que él sabía que eso iba a pasar, pero quizás no lo creyó posible.
El hombre no puede quitarle la mirada de encima a la sheikah… embelesado y encantado.
- Jefa… señorita Prunia. – expresó el hombre, recuperando el aliento.
- Sí, soy yo… – respondió la sheikah, volteando los ojos. – El experimento resultó exitoso, y mi hermana también recuperó su juventud.
Una vez que estuvo calmado, observa a Prunia maravillado, pues él también la había apoyado en toda la investigación.
- ¿Se da cuenta, señorita Prunia, todo lo bueno que se podrá lograr con este experimento? – preguntó cautivado.
- Lo sé, pero aún debemos seguir experimentando. – dijo Prunia. – Ahora debemos enfocarnos en algo más importante…
Prunia nos señala a Zelda y a mí, causando que el hombre se impresione más al vernos.
- No puede ser…
- Los mismos, Symon. – dijo Prunia. – La princesa Zelda y el héroe elegido. Sé que es extraño, pero todo tiene una explicación que te la daré más tarde. Ahora lo importante es que me ayudes a revisar la salud de Link, pues pronto deberá iniciar con Zelda un viaje hacia la primera bestia divina, Vah Ruta.
- ¿Vah Ruta? – preguntó Zelda, sorprendida. – Nos encontraremos con los Zoras…
El rostro de la princesa se desencajó al pronunciar ese nombre… Zoras. ¿Por qué? ¿Quiénes son ellos?
- Así es princesa, y mientras más rápido arreglen ese asunto pendiente, mejor. – indicó Prunia, seria. – Ahora, por favor retírese, pues vamos a desnudar a este muchacho.
- ¿Qué? ¿Perdón? – pregunté espantado.
Miro a Zelda sonrojado, pero ella se voltea rápidamente y se retira, dejándome en manos de los científicos…
- No creo que esto sea necesario… – dije nervioso.
- ¿Has dormido desnudo por cien años y ahora te vas a hacer el pudoroso? – preguntó la sheikah, riéndose.
- ¿Pero delante de usted, Lady Prunia? – pregunté avergonzado.
- Por favor, Link. No tienes nada que no hubiera visto antes… además eres un mocoso.
- Es por tu salud, muchacho. No te preocupes. – dijo Symon, sereno.
¿Por qué a mí…?
Bien, la revisión por fin terminó, y Prunia y Symon se comportaron como unos profesionales. Indicaron que mis heridas internas estaban totalmente recuperadas, a pesar de que por fuera las cicatrices eran notorias. Ni siquiera me puse a analizar las secuelas de mi cuerpo al despertar, pues la ansiedad por ir al castillo era más grande.
Poco después, Zelda baja de la habitación, lista para partir a nuestra primera misión a la región de Lanayru.
- La tableta sheikah se encuentra lista con sus cuatro runas. – explicó Prunia. – ¿A quién se la entrego?
Prunia nos observa esperando una respuesta, a lo que yo me adelanto.
- Mejor que la lleve la princesa, pues ella me debe enseñar a usarla mejor. ¿Verdad? – dije mirando a Zelda.
- ¿Yo? – preguntó sorprendida con mi propuesta. – Bueno… pero de todas maneras la debemos usar los dos.
La sheikah le entrega la tableta a la princesa, quien la observa y la palpa inquieta…
- En la tableta sheikah marqué unas posiciones a las que deben ir. – explicó Prunia. – Primero deben ir hasta la torre de Necluda para activar el mapa, y después dirigirse a la de Lanayru para hacer lo mismo. Con esta última podrán llegar al Dominio de los Zoras.
- Entendido… – dijo Zelda, apenada.
- Bien, que la Diosa bendiga su viaje. – deseó Prunia. – Y recuerden que con cada bestia divina tomada, deberán informarnos a Impa y a mí.
Con todas las indicaciones de la sheikah, la princesa y yo partimos del laboratorio.
Sin embargo, aún no quiero irme, por lo que le pido a Zelda un último favor…
- Princesa… después de ir por Epona, necesito que me acompañe a un lugar...
Me sorprende la facilidad con la que convencí a Zelda para que me acompañe hasta aquí, pero no podía irme sin antes conocer mejor este sitio.
He vuelto a la casa que llamó tanto mi atención esta madrugada, y ahora que es de día la veo más clara… más envejecida.
- Link… – llamó Zelda, interesada. – ¿Qué tanto hay en este lugar que te interesa?
- No lo sé, princesa… pero quiero entrar, necesito hacerlo.
Esta vez toco la puerta para ver si alguien me abre, pero no recibo respuesta, lo que demuestra que está inhabitada.
- ¿¡Qué hacen aquí!?
Zelda y yo volteamos al escuchar los reclamos de un hombre que viene acompañado de otros dos. Sus vestimentas son bastante peculiares, por lo que no puedo definir si son una amenaza.
- ¡Muévanse, mocosos! – gritó el más robusto de ellos.
- Tenemos trabajo que hacer. – indicó el más joven.
- Así es… – intervino el más delgado y mayor de ellos, con camisa rosa. – Aléjense de esa casa, pues en este momento vamos a demolerla.
¿Demolerla? ¿Van a destruir esta casa? No, no pueden hacer eso…
- Link… – llamó Zelda, tomándome de los hombros al sentir mi alteración.
- ¿No escucharon? ¡Fuera de aquí! – exigió el hombre mayor. – Construcciones Karud tiene trabajo que hacer.
- Esperen… no destruyan la casa, por favor. – pedí preocupado. – ¿Qué puedo hacer para evitarlo?
Los tres hombres me miran incrédulos, mientras que Zelda está impactada con mi osadía…
Yo, en cambio, no tengo en mi mente nada más que las carcajadas infantiles desvaneciéndose en la destrucción, en los futuros escombros de esta enigmática casa…
Comentarios finales:
Hola, mucho gusto leerlos de nuevo.
Volvimos a narrar desde la perspectiva de Link, pues para los que han jugado BOTW, saben que la aldea Hatelia es importante en su aventura, y no solamente por el laboratorio de Prunia.
Esta vez quise darle otro tinte a la estatua maligna de la aldea, pues al ser una traidora de Hylia pienso que debe ser más tenebrosa que en el juego. Incluso les confieso algo, la primera vez que me la crucé, que fue casualidad, me dio terror, no me gustaba nada verla, me daba mala espina y eso sigue así, pues lo volví a sentir al tener que recorrer de nuevo la aldea para narrar este capítulo.
De nuevo Zelda volvió a salvar a Link, y espero que con eso algunos lectores (como me ha pasado antes), no piensen que Link es débil; tanto él como la princesa son complemento, y cada cual pone a prueba sus propias fortalezas. Por eso ellos son los protagonistas. Me parece significativo y hermoso que ambos se cuiden y protejan, creo que todos merecemos algo así en la vida.
Paso a responder el review invitado:
Niakuru: Me alegra que te haya gustado mi narración desde el punto de vista de Zelda, y la verdad me siento mejor narrando como ella, cosa que volví a sentir en este capítulo. Sobre el tipo de narrador que usaré, no tengo un orden en específico, pues de acuerdo a la necesidad podrá ser cualquier personaje, e incluso omnisciente (o sea yo), pero eso prefiero no decirlo para que les caiga de sorpresa.
Muchas gracias a todos por su apoyo y comentarios. Un abrazo ^^
PD: Mañana será la E3, esperemos por fin tener noticias del BOTW. Estoy nerviosa y emocionada :D
