Capítulo 9: Rabia

Pasos metálicos se diluyen en el sonido del agua corriendo a mi alrededor, tan fresca y calmante, a pesar de que me siento algo intimidado. A mi lado se encuentran caminando hombres más grandes y corpulentos que yo, con los que solo tengo en común la armadura que tengo puesta. Sin embargo, según las palabras de mi padre y mi superior, mi fuerza física se encuentra superior al nivel de ellos, siendo esa la razón por la que me permiten ser parte del grupo.

Mi situación le llena de orgullo a mi padre…

Papá siempre que puede me dice que debo convertirme en un gran caballero, incluso superarlo a él. Y aunque me haga sentir halagado e importante, me llena de pánico no cumplir con sus expectativas. Incluso, en la mayoría de las ocasiones, prefiero seguir entrenando que jugar con los otros niños de la zona, pues no deseo cometer algún error que lo decepcione de mí.

Mi padre, el rey… todos quieren estar orgullosos. Mucho más ahora que en poco tiempo me iré del castillo para mi entrenamiento profesional a la Fortaleza de Akkala, el que será mi hogar por muchos años hasta que me reciba.

Me siento entusiasmado y comprometido con el deber que se me ha impuesto… pero al mismo tiempo culpable y devastado, pues mi alejamiento está lastimando a la persona más especial para mí, por la que daría lo que fuera para no verla llorar.

La estoy abandonando en el peor momento de su vida… y por más que le pedí a papá que aplacemos mi partida, no dio su brazo a torcer, indicando que la palabra empeñada al rey siempre se cumple.

Papá es bueno… pero también demasiado duro. Se volvió más serio desde la muerte de mamá.

Mamá… Recién ahora la menciono, y es algo tonto que me sorprenda, pues sin ella yo no existiría… ni tampoco la hermana que sé que tengo.

- ¿En dónde tienes la cabeza, muchacho?

Me doy la vuelta para ver a mi lado a un hombre de gran estatura y bastante robusto, al que para variar, cuando me encuentro en estas oníricas situaciones, no puedo verle el rostro.

No es mi padre, de eso estoy seguro, pero aun así lo siento sumamente familiar.

- ¿Qué tanto piensas, Link?

- En nada… – respondí nervioso. – Solo estoy ansioso por que lleguemos, abuelo.

¿¡Abuelo!? Lo que faltaba en mi vida, otro familiar perdido, otro vacío en el alma. Tanta confusión me hace dudar por momentos si me encuentro soñando o viviendo en el presente… mas lo último sería tan deseado, pues solo así no viviría en el limbo en el que me encuentro reviviendo una y otra vez.

- Vas a conocer la región Zora. – dijo mi abuelo, orgulloso. – Aún recuerdo cuando mi hijo… quiero decir, tu padre, vino por primera vez a esta zona a entrenar con la raza. Claro está que él no era un niño como tú.

Ya me siento un niño desde que me adentré a esta locura imaginaria, pasada o lo que sea…

- ¿Son muy fuertes los Zoras?

- Claro que sí. – respondió seguro. – Sobre todo he escuchado que la más fuerte y valiente es la hija de los reyes Dorphan y Ninfa, la princesa de la región.

- ¿Otra princesa?

- Así es. Y según he escuchado, su mayor fortaleza está en sus poderes mágicos y su capacidad de manejar el agua donde quiera que se encuentre. – explicó mi abuelo. – Quizás tengas suerte y la conozcas.

No recuerdo en qué momento la caminata se detuvo, por lo que me di cuenta de que llegamos a nuestro destino. Veo como mis compañeros se forman de manera ordenada, para después sentir como mi abuelo me da un empujón.

- Ya sabes cómo comportarte, Link. – dijo sonriendo. – Fórmate junto a tus compañeros, mientras yo me reúno con Dagio para intercambiar algunos materiales y conocimientos de herrería. Estamos interesados en nuevos estilos de armas.

Mi abuelo se retira y yo me ubico en el puesto que me corresponde. Al ser el más pequeño me toca en la primera fila. Pocos después se escucha el sonido de unas trompetas, por lo que tanto mis compañeros como yo nos hincamos… y no sé por qué.

Un hombre de extraña imagen, lo que supongo es un Zora, se acerca hasta nosotros.

- Saludamos con respeto a la familia real Zora. – dijo el hombre. – Los reyes y su joven hija.

A nuestra presencia se acerca una familia conformada por tres miembros. Un Zora robusto, que supongo es el rey; una mujer delgada de escamas rojizas y vestido celeste traslúcido, la que sé es la reina. Ambos son acompañados de una joven de piel carmesí con mirada atenta y una gran sonrisa, la que apenas posa sus ojos en el grupo de soldados, se fija en mí.

Sin duda es la princesa…

- ¡Oh! ¿Qué tenemos aquí? – expresó ella, sonriendo.

La acuática dama se acerca a mí y se agacha a mi altura. Toma mi barbilla con su mano y me mira con ternura, como si fuera el cachorro más indefenso.

- ¡Pero qué niño tan lindo y fuerte tenemos aquí! – exclamó animada. – Eres encantador, pequeño.

- Gracias, princesa…

No sé qué más decir ante lo intimidado que me encuentro. La joven me mira maravillada, lo que demuestra que tiene afinidad por las personas de mi edad.

Ella es la muestra de que por más armas que lleve, no soy más que un mocoso…

- ¿Cómo te llamas? – preguntó con dulce voz.

- Link… mi nombre es Link. – respondí nervioso. – Caballero del ejército real de Hyrule.

- Mucho gusto, caballero Link. – respondió ella. – Yo me llamo…

- Mipha…

A la par que ese nombre sale de mi boca, abro los ojos…

Me siento extraño, demasiado débil y con un dolor de cuerpo inexplicable. Trato de hacer memoria de por qué me encuentro en esta situación, hasta que a mi mente llega la respuesta.

- Link…

Siento como una mano se posa en mi frente junto con la conocida voz que siempre me acompaña, la que tanto me gusta…

Con mucha dificultad me incorporo para encontrarme con Zelda, quien me mira con preocupación y ansiedad. Una vez más me pierdo su imagen, la que se ve tan encantadora y atrayente con la ropa que lleva puesta, la que elegí para ella imaginando que le quedaría bien, pero no tanto…

Debería ser condenado por mi atrevimiento al mirarla de esa manera, por imaginarme imposibles que no debo.

- ¿Estás bien, Link?

Ante su pregunta caigo en cuenta de mi situación… En nuestro camino a la región Zora pude ver cómo un arma se aproximaba a ella, por lo que no dudé en intervenir para salvarla, sin importar mi vida. Sé que no es la primera vez que hago eso, y en este caso no lo pensé, solo lo hice, pues no concibo la idea de verla lastimada de ninguna manera.

- Princesa… – me impacté de lleno al ver las manchas en su ropa. – Esa sangre… ¿está…?

- Link, tranquilo, no estoy herida… gracias a ti. – respondió, devolviéndome el alma al cuerpo. – Agradezco tanto que, como siempre, hayas salvado mi vida, pero lamento que estés herido. Por suerte pude suplicar para que te sanen.

- ¿Suplicar?

¿A quién tuvo que rogarle para que me ayude? Intento ponerme de pie, pero no lo logro debido a que mis pies se encuentran amordazados por una cadena, la que de inmediato intento arrancar, pero me es imposible.

- Es inútil, Link… – dijo Zelda, apenada. – Lo intenté varias veces y es imposible, además ellos lo advirtieron.

- ¿Quiénes? ¿De quiénes está hablando, princesa?

- Link, los Zoras nos tomaron como rehenes…

Una vez más intento ponerme de pie, olvidando la situación en la que me encuentro. Sin embargo, lo que más me afecta es ver que mi protegida se encuentra en las mismas condiciones, con la cadena sumamente apretada en los tobillos, y aunque no se queje, sé que le duele mucho.

Me desespero, por lo que intento inútilmente levantarme, a pesar de que ya conozco el resultado. Es ahí cuando visualizo mejor que me encuentro con Zelda en un calabozo extraño, pues sus paredes son de coral azul, pero bastante opaco y descuidado, e incluso con moho creciendo a sus alrededores. Busco mis armas, pero me han despojado de ellas y de mi alforja, dejándome indefenso.

Este horrible lugar no es apto para la princesa…

No comprendo por qué los Zoras nos tratan de esta manera, pues en el sueño que tuve parecían pacíficos.

Creo que es el momento de confesarle a Zelda algunas cosas que me han ocurrido. Desde que la tuve en mis brazos, llorando desconsolada, siento con ella una conexión especial y una sensación que no puedo explicar. Vivo en la dualidad entre conocerla y no saber nada de ella… pero lo que sí sé es que deseo protegerla y que ni una hoja la toque.

- Princesa, quiero confesarle algunas cosas…

Zelda me mira atenta, y con la dificultad de sus tobillos amordazados se posiciona para escucharme.

- Ayer le estuve contando cómo ha sido mi vida desde mi despertar, y hay tantas cosas que quisiera revelarle sobre mi encuentro con su padre y las situaciones a las que me he enfrentado… pero por la urgencia me enfocaré en este momento. – revelé serio. – He tenido varios sueños y alucinaciones que estoy seguro se relacionan a mis vivencias pasadas, y durante mi inconsciencia tuve uno.

Los ojos de la princesa se sobresaltan con mis palabras…

- Link… ¿Sabes quién es Mipha?

- ¿Ah?

- Tú mencionaste su nombre apenas despertaste. ¿La recuerdas?

- No… – respondí, sintiéndome mal por eso.

- Link, el nombre de ella es la razón por la que estamos aquí.

Veo como los ojos de Zelda se ponen vidriosos, asustados e incluso avergonzados. Agacha la mirada para evadirme, pero yo no lo permito.

- Por favor, no me deje así, princesa. – insistí acelerado. – Dígame lo que sea, así sea terrible.

- Link… – lanzó un suspiro, para luego volver a mirarme. – Mipha era una de los campeones que nos acompañó en la fallida misión de antaño, la piloto de la bestia divina Vah Ruta, la protectora de esta región. Sin embargo, ella no solo era poseedora de ese título, sino también la princesa de los Zoras.

La princesa con la que soñé, la dama Zora que me trató con tanta ternura en mis sueños, es Mipha. A ella si pude verle por completo el rostro, tan hermoso como el corazón que seguramente poseía.

- Mipha…

- Hace cien años llegamos a esta región para solicitar el apoyo de Mipha, pues en una reunión de Consejo con mi padre e Impa la elegimos como la campeona indicada para pilotear a la bestia divina, y ella lo aceptó de inmediato. Su padre le brindó su apoyo, pero no estaba nada contento con que arriesgara su vida… y su mayor temor se cumplió.

Por el rey e Impa conozco que los campeones murieron, sin embargo, la muerte de Mipha me afecta, a pesar de que no la recuerdo más que en mi sueño. No puedo ni imaginar el horror que seguramente vivió al morir encerrada dentro de la bestia.

No se lo merecía, la joven que me hablaba con tanto cariño no merecía eso.

- Me sentía terriblemente mal de venir a esta región para liberar a la bestia divina, pues sabía que tarde o temprano iba a enfrentar a los Zoras, sobre todo al rey. – dijo Zelda, apenada. – Mas nunca imaginé que nos darían este recibimiento, pero no los culpo. Por mi culpa murió el ser más amado para ellos, su princesa.

Zelda no aguanta más y suelta un par de lágrimas retenidas, lo que vuelve a causar en mí una punzada en el pecho y unas ganas irrefrenables de apoderarme de ella. Sin embargo, mis acciones se detienen por un sonido metálico, lo que provoca que me coloque delante de mi protegida para cubrirla.

- Vaya, al parecer el bello durmiente por fin despertó… – dijo irónico un Zora de escamas azules, de fuerte contextura. – Ya deberías quitarte esa costumbre, imitación de héroe. ¿Cien años no fueron suficientes?

No respondo nada, solamente lo miro de frente, esperando a ver alguna reacción, sobre todo por la lanza que tiene en las manos.

Después de quitarme la mirada, el hombre se acerca a la princesa, causando que yo me apegue más a ella.

- De pie, princesita. – ordenó, apuntando su arma a su rostro.

- No te atrevas a tocarla… – amenacé enfurecido, mi paciencia se había agotado. – No seas cobarde y enfréntate a tu igual.

- ¿A mi igual? – preguntó, lanzando una risa. – Pero sin tu espadita repelente del mal no eres nadie. No me hagan perder el tiempo y levántense los dos, pues el Consejero quiere verlos a los dos… y por ahora vivos.

- ¿Y cómo pretendes que nos levantemos si tenemos los pies…?

El soldado rompe con su lanza las cadenas de nuestros tobillos, con una facilidad que me deja sorprendido. Ayudo a Zelda a ponerse de pie, pero una vez más la lanza se interpone entre nosotros.

- ¡No ensucies este sitio con esos acercamientos, muchacho tonto! – reclamó indignado. – Respeta la memoria de la princesa Mipha.

No entiendo por qué me ha dicho algo como eso. Zelda solo agacha la mirada, apenada.

Para variar me siento perdido, sin comprender nada.

- ¡Rápido, avancen!

No tuvimos más alternativa que obedecerlo, pues su arma nos apuntaba directo.

Me siento ansioso por lo que nos espera afuera de estos barrotes…


El camino por el que seguimos se me hace conocido, mucho más por el sueño que tuve hace momentos. Sin embargo, las maravillosas cascadas y la fresca humedad del ambiente no es percibida, sino todo lo contrario, siento algo de calor y sequedad. Incluso observo cada uno de los caminos y escalinatas de los dominios, las que se encuentran secas y descoloridas

- ¿Qué ha pasado aquí? – pregunta Zelda, alarmada. – ¿Por qué hay tan poca agua en los alrededores? ¡Las cascadas están casi secas!

- Eso lo explicará mejor nuestro Consejero, así que a callar hasta que estén frente a él.

A pesar de que guardamos silencio, Zelda sigue observando angustiada la sequedad del entorno. Yo también estoy sorprendido por ello, pues no se asemeja en nada a los esplendorosos corales bañados de agua fresca de mi sueño. Es un terreno seco y desolador.

Finalmente, llegamos a lo que sé es la sala del trono, pues su forma lo representa por las dos cascadas decorándola en cada extremo y el elegante sillón que se encuentra en el centro… y justo ahí está alguien.

- No puede ser… – expresó Zelda, impactada.

En el trono se encuentra un Zora distinto a los demás, pues es más alto, corpulento y con escamas carmesí más llamativas y brillantes. Su físico, además, está adornado por hombreras de plata y un cinto cubriéndole el torso. Sin duda su rango es superior al de todos los que están aquí.

¿Por qué Zelda está tan sorprendida de verlo?

- No puede ser… – expresó ella, caminando de frente lentamente. – ¿Eres tú, Sidon?

Sidon…

Vuelvo a observar detenidamente al Zora frente a mí, mientras un dolor de cabeza comienza a molestarme… y esa sensación ya la conozco…

*.*.*.*.*

El grito desgarrador de mi enemigo se escucha inmisericorde, mientras su cuerpo se desvanece a medida que la agonía se esfuma.

Me siento aliviado de haber llegado justo a tiempo, pues de no haber sido así, este terrible monstruo hubiera acabado con la vida de un ser indefenso, y con eso creado el dolor en alguien a quien quiero.

- ¡Sidon!

Una sombra pasa a mi lado, despavorida, la que me hizo descubrir que se trata de Mipha…

La princesa Zora se agacha a la altura de su hermano para abrazarlo, mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas. Agradecía a los cielos que lo más vulnerable de su vida se encontrara a salvo.

- ¿Dónde te metiste, hermanito? – preguntó, recuperando la calma. – ¿Por qué te vas de esa manera?

El pequeño Zora solo hace un sonido como respuesta, pues por su edad apenas habla. Sin embargo, sé que se siente mal por el error cometido.

Nos encontramos en medio de una invasión de monstruos, la región está tomada por todos ellos, así que debemos acabarlos cuanto antes.

Una vez que Mipha se separa de su hermano, se acerca a mí para abrazarme, recuperando la respiración perdida debido al susto. Yo le correspondo de la misma manera, feliz de ver que se encuentra tranquila.

- Gracias, Link… gracias por haber salvado a mi hermano de ese horrible Centaleón. – expresó conmovida. – Con eso ya podré liderar a la bestia y salvar a la región de la horda de monstruos… eres el mejor.

*.*.*.*.*

Ya no queda nada del niño indefenso al que salvé hace un siglo. Ahora se encuentra un hombre fuerte, un príncipe empoderado… pero con la mirada agachada y fría, incapaz de mirarnos a los ojos, sobre todo a Zelda.

- Sidon…

- Prince… princesa Zelda.

- No ceda, príncipe… ¡De ninguna manera!

De las sombras se aproxima un Zora de distinta especie. Un anciano jorobado con escamas verdosas y cabeza con forma de manta; para poder caminar porta un bastón. El hombre nos observa de pies a cabeza con desprecio, sobre todo a mí… hasta acá puedo percibir el fastidio que me tiene.

- ¿Quién es usted? – pregunté serio al anciano.

- ¿Qué? ¿En serio no sabes quién soy yo? – preguntó indignado. – Veo que tu letargo te borró la memoria, pero yo con gusto te la refresco, maldito hyliano. Yo soy Muzun, Consejero principal de la familia real, mano derecha del rey y tutor del príncipe Sidon… al igual que lo fui de la princesa Mipha.

- Consejero Muzun, le pido que me permita hablar. – intervino Zelda, seria y preocupada. – En serio, lamento tanto…

- No hay nada que lamentar, desterrada princesa. – reclamó el anciano. – Pues usted es la única culpable de la muerte de Mipha, nuestra adorada heredera.

- ¡Basta! – reclamé enfurecido, ya no podía seguir sin intervenir. – No lo conozco o recuerdo, tampoco me interesa… pero las cosas no son como usted las dice, la tragedia no fue culpa de nadie más que de Ganon.

- ¡Mentira! – exclamó Muzun. – Siempre me arrepentiré de no haber insistido más al rey para que no ceda en permitir a su hija semejante suicidio. Ambos son culpables, sobre todo tú, héroe de pacotilla, pues tan elegido por la espada y no pudiste acabar con la bestia de Ganon.

- Muzun, no más…

Sidon se pone de pie y se acerca hasta nosotros, mirándonos serio, pero al mismo tiempo dudoso. No hay manera en la que pueda descifrar las cosas que pasan por su cabeza.

- Sidon… – mencionó Zelda, conmocionada.

- Princesa Zelda… – respondió el príncipe, dudoso en sus palabras. – Como le dijo Muzun, él ha sido mi tutor durante toda mi vida, y él se ha encargado de contarme todo lo relacionado con mi hermana, pues en ese entonces yo era muy pequeño. Los Hylianos no son bienvenidos aquí y por eso los encarcelamos. Eso ya es una ley establecida aquí desde hace un siglo.

- ¡Así es! – exclamó Muzun. – Por eso al primer pie que pusieron aquí el príncipe los atacó…

- ¡Muzun, eso no…!

- Sí, el príncipe los desprecia tanto por la muerte de su hermana que no dudó en matarlos… – siguió Muzun con cizaña. – Pero como siempre, el maldito hyliano metiéndose en todo.

Sidon guarda silencio y Zelda queda impactada al saber que él fue el responsable de atacarnos. Sin embargo, siento muchas dudas en las palabras del príncipe, lo percibo dudoso, vulnerable, como si las circunstancias lo presionaran.

- Yo soy fiel a la memoria de mi hermana, a la tristeza de mi gente por haberla perdido… – indicó serio, endureciendo su semblante. – Por eso no puedo perdonarlos. Nunca.

El joven Zora posa su mirada en Muzun, quien lo ve seguro en sus palabras. Zelda da unos pasos adelante con la misma seriedad que Sidon, pero con la amabilidad que siempre la caracteriza.

- Sidon, a pesar de que sea en estas circunstancias me siento feliz de verte de nuevo, has crecido mucho. – dijo, forzando una sonrisa. – Entre los Zoras e Hylianos siempre ha habido una relación cordial, y por la memoria de tu hermana es la razón por la que estamos aquí. Ganon sigue acechando nuestras vidas.

- Ya te lo dije, princesa. – respondió serio. – No queremos Hylianos en nuestras tierras.

- Necesitamos liberar a la bestia Vah Ruta de las garras de Ganon, pues eso les está perjudicando. ¿O me equivoco? – preguntó ella. – Desde el primer instante que puse un pie en estos dominios siento que las cosas no están bien… me he dado cuenta perfectamente de lo que está ocurriendo alrededor.

Zelda abarca su mirada en todos los alrededores del Dominio, notando que el agua cada vez fluye menos. Recién noto la seriedad del asunto… esta región se está secando.

- Algo está ocurriendo con la bestia y por eso el agua se está acabando. – continuó Zelda, preocupada. – Y Link, como el último sobreviviente de los campeones, es el único que puede entrar en ella.

Los ojos de Sidon se sobresaltan ante lo que dice la princesa. Aunque no lo menciona, sé que enterarse de la crisis por la que está pasando su región le afecta.

- ¡Nosotros no necesitamos ayuda de los Hylianos! – se metió Muzun, enojado. – Por supuesto que conocemos bien la problemática, pero la resolveremos por nuestra cuenta.

- ¡No es un problema fácil de resolver! – le respondí, enojado. – ¿No se da cuenta?

- Sidon. – llamó Zelda, mirando al Zora. – ¿Dónde está el rey? Tu padre, a pesar de la preocupación por su hija, siempre ha sido sensato. Estoy segura de que a él le impacta lo ocurrido.

- Mi padre está delicado de salud y se encuentra en reposo. – respondió el príncipe, apenado. – La situación actual lo ha enfermado, por eso ha decidido aislarse…

- Y es que el rey no debe involucrarse en estas cosas, pues para eso estamos nosotros. – dijo Muzun. – Desde la muerte de su hija lo he apoyado con el manejo de la región, pues siempre pasa enfermo y sin ánimos para levantarse.

- ¿Entonces el rey ni sabe que estamos aquí? – pregunté.

- Verlos solo le traería malos recuerdos. No vamos a molestarlo con…

Un fuerte estruendo interrumpe al Consejero, a la par que enormes truenos se visualizan saliendo de una montaña. Sidon se pone alerta ante eso, mientras que Muzun se entusiasma.

- Por fin, después de tanto tiempo, ha despertado. – dijo el hombre. – Príncipe Sidon, ha llegado el momento para que acabe con esa bestia, para que así demuestre su verdadero valor como príncipe.

- Acabaré con él… – respondió Sidon con seguridad. – Ya no volverá a atemorizarme.

Sidon se retira de la sala del trono, dirigiéndose a una de las cascadas exteriores. Desconozco a qué ser va a enfrentar, pero tengo el presentimiento de que no es nada bueno.

- ¿A dónde fue Sidon?

- A enfrentarse con la mayor de sus pruebas… – respondió el anciano. – Si logra superar eso, estoy seguro de que encontrará una solución para la sequía de la región… así que como lo ven, no necesitamos su ayuda.

- Creo que cometió un terrible error al haber enviado al príncipe solo. – recriminé. – A pesar de que se ve que es fuerte, no se sentía muy seguro de hacerlo.

- ¿Y a ti quién te preguntó, mocoso? – preguntó molesto. – ¡Yo soy el tutor del príncipe! ¡Me aferré a su educación y entrenamiento desde la muerte de su hermana! ¡Y es por eso que sé que logrará su cometido!

- ¡Libéranos para ir a ayudarlo! – seguí con mis reclamos.

- ¿Liberarlos? – preguntó, riéndose con ironía. – Si vamos a liberarlos, pero para que se ahoguen en la poca agua que nos queda. De ninguna manera pienso dejarlos…

- ¿¡Pero qué significa esto!?

Una sonora voz calló al insoportable Consejero, causando que todos los soldados presentes se arrodillen y agachen la cabeza, al igual que Muzun. Al girar un poco descubrimos al Zora más grande de todos, con escamas azuladas formando su cuerpo y una corona decorando su cabeza.

- Rey Dorphan…

Escuchar a Zelda me hace descubrir la identidad del recién llegado. Y tal y como dijo Sidon, se lo ve bastante agotado, tanto que necesita de un bastón especial para poder caminar.

- Rey Dorphan… – dijo Muzun, haciendo una reverencia.

- ¿Se puede saber qué está pasando aquí? – preguntó molesto. – ¿De dónde se produjo ese escándalo? ¿Quiénes son estas per…?

El rey nos mira, desorbitando sus ojos e incluso incorporándose mejor. Ante esa acción, Zelda se le acerca con precaución, temiendo que reaccione mal al verla.

- Princesa Zelda… no puede ser. – expresó sorprendido.

- Rey Dorphan, es un gusto volver a verlo. – respondió ella, dando una reverencia.

- Pero usted… usted estaba en el castillo. – dijo sin poder casi hablar. – Y este muchacho, el héroe, estaba…

- Es una historia muy larga de la que hablaremos después. – dijo ella, seria. – Ahora lo importante es resolver el problema de la sequía causado por la bestia divina, pero sobre todo ir a ayudar a Sidon.

- ¿A Sidon? – preguntó preocupado. – ¿Qué pasa con mi hijo? ¿Dónde está?

- Alteza… – intervino Muzun. – El príncipe fue a cumplir con su reto de honor. En estos momentos se dirige al Monte Trueno para enfrentar al Centaleón.

- ¿Qué? – el rey habló impactado. – ¿Mi hijo…?

El monarca Zora estuvo a punto de desvanecerse, pero el soporte de su bastón lo detiene. Poco después dirige una mirada furiosa al Consejero Muzun, sumamente indignado.

- ¿¡Cómo pudiste presionar a Sidon a que cumpla con ese reto!? – reclamó furioso. – ¡Miles de veces hablamos de eso!

- El príncipe ha sido entrenado correctamente por mí. – respondió serio. – Estoy seguro de que sabrá salir adelante en este reto.

- Lamentablemente, por todos estos años, no me sentí bien para preparar a mi hijo, y por eso te lo confié. – reclamó decepcionado. – Sin embargo… lo has presionado para todo, incluso para enfrentarse a ese monstruo espantoso. En mala hora te lo encargué.

- El príncipe tiene obligaciones para con su reino y eso usted lo sabe…

- ¡Pero no de esta manera! – expresó irascible. – Sidon es fuerte, pero aún no está preparado para ese tipo de enfrentamientos. ¡Ahora su vida corre peligro! ¡Y yo no voy a soportar el perder a otro hijo!

Ya no aguanto más esta situación, así qué pienso intervenir. No me importa si eso me trae el odio del rey.

- Alteza, permítame ir por el príncipe. – dije, casi suplicando. – Yo puedo ayudarlo en lo que necesite, por favor.

El rey me observa serio, pero luego cambia su endurecido semblante a uno más determinado.

- Liberen a los jóvenes…

- ¿Qué? – preguntó Muzun, espantado. – ¡Alteza, ellos son nuestros enemigos! ¡Estos malditos Hylianos acabaron con la vida de la princesa Mipha!

- ¡Silencio, Muzun! – ordenó. – La incapacidad debido a mis enfermedades físicas y emocionales han impedido que intervenga, pero jamás he estado de acuerdo con tu odio a los Hylianos, y lo que es peor, que hayas presionado a Sidon que los deteste de la misma manera, manipulándolo con el honor de su hermana.

- Pero…

- Sea que mi hija esté muerta o viva, ella no quisiera eso. – dijo apenado. – Así que te pido… no, te ordeno que los liberes. ¡Ahora!

Muy a su pesar, Muzun ordena a los soldados que nos liberen. Solo doy una última mirada a Zelda para encontrar en ella un gesto de afirmación, y al obtenerlo me desvanezco del sitio para encaminarme al Monte Trueno.

Príncipe Sidon, lo salvaré por su padre… por Mipha.


Comentarios finales:

Espero que les haya gustado este capítulo, el que tuvo una combinación de AOC y BOTW.

Ojalá que no se haya creado una especie de confusión con los tiempos, pues aparece el pasado muy anterior a los cien años, pues Link era un niño; el siglo pasado y la actualidad. Me basé mucho en algunas partes del diario de Mipha, donde menciona que a Link lo conoció de niño y headcanons del juego, sobre todo por el odio que siente Muzun por los Hylianos.

Quizás al inicio la personalidad de Sidon no es la misma que la del juego, pero como siempre he dicho, en esta historia habrá ciertos cambios para dar una razón de ser a los acontecimientos.

Un abrazo para todos ^^