Capítulo 15: Los peregrinos
Me siento aliviado de saber que Impa se ha reencontrado con su nieta, la que dice fue retenida por el clan Yiga. Por supuesto, apenas escuché ese nombre, se me hizo familiar, pero no por algo curioso o agradable, sino nefasto y repulsivo… como si se tratara de enemigos personales.
Azael, el recién llegado Sheikah peregrino, sigue frente a nosotros. Tiene una mirada seria, pero al mismo tiempo burlona y arrogante por el tremendo atrevimiento que tuvo con Impa al llamarla con tal adjetivo. Pensé que la antigua consejera iba a masacrarlo por su osadía, pero se ha quedado quieta y con sus ojos en él, sin quitar la mano de su kunai por cualquier movimiento extraño. Yo también me encuentro preparado para la defensa, pero no siento que este hombre me genere desconfianza, sino todo lo contrario.
- ¿Qué? – pregunta Azael a Impa, sonriendo y dándose una vuelta, presumido. – ¿Impresionada?
- ¿Pero quién te has creído tremendo…? – cuestionó Impa, sacando el arma de su pantalón.
- ¡No, abuela! – pidió Apaya, angustiada y sosteniendo a Impa de los hombros. – ¡No le hagas nada! Él y su hijo me salvaron la vida.
- ¡Pero qué señora tan mal agradecida! – intervino el sheikah más joven, indignado. – Encima que mi padre la halaga, se enoja. Tremenda joya ha sido la "abuelita".
- La dulce y joven abuelita… – continuó Azael, tomando con humor el momento tan tenso al que estaba siendo sometido. – Debes darme tu secreto de eterna juventud para verme así a los trescientos años.
- ¿Trescientos? ¡Tampoco estoy tan…! – Impa hizo una pausa, dándose cuenta de lo que estaba diciendo. – ¿Y a ti que te importa cuántos años tengo, ridículo?
El padre y su hijo se rieron a carcajadas… y a decir verdad tuve ganas de hacer lo mismo, pero por respeto me contuve. No iba a ganarme a Impa de enemiga. Con Ganon tengo suficiente.
Poco después, los demás Sheikahs del pueblo se acercaron hasta nosotros, preocupados.
- Lady Impa, es una bendición que la señorita Apaya haya aparecido. – intervino Dorio, uno de los guardias de la matriarca. – Sin embargo, la veo intranquila con estos recién llegados. ¿Los sacamos de aquí?
- ¡Ni se atrevan a tocarnos o lo pagarán! ¡Nosotros también somos Sheikahs! – exclamó Azael, esta vez serio y determinado. – Y no me parece justo el recibimiento que mi hijo y yo estamos teniendo, mucho menos si hemos salvado a la nieta de la señora.
- ¡Los Sheikahs peregrinos no existen! – gritó Impa, angustiada. – Hace cien años que no han vuelto a pasar por aquí.
- Señora Impa… – intervino el hijo de Azael, serio. – Pues frente a usted se encuentran dos, y con mi padre puede comprobar que no es mentira. Los ojos de las sombras nunca mienten.
Nerviosa, aunque tratara de disimularlo, Impa volvió a mirar a Azael a los ojos. No sé si es idea mía, pero me parece ver como ambos se pierden en el carmesí del otro, ocultando en las sombras de sus emociones cosas que no comprendo, pero que sí percibo estresantes y arrasantes como el fuego abrasador.
Es algo tan intenso e inentendible… como lo que me produce Zelda.
Poco después, Impa suelta el arma, causando que yo haga lo mismo al verla más tranquila.
- Sí… eres un Sheikah. – aceptó avergonzada. – Tus ojos no mienten.
- ¿Lo ve, señora? – preguntó el hijo de Azael. – Ni mi padre ni yo mentimos. Y si fuéramos malas personas, su nieta no estaría aquí.
Todos nos quedamos en silencio por varios segundos, demasiado incómodos para mi gusto, y sé que Zelda se siente de la misma manera. Por suerte, Prunia da un paso adelante como salvadora de esta situación.
- Les pido disculpas en nombre de mi hermana Impa. – dijo la científica, sonriendo. – Apaya es todo lo que tiene y cuando se trata de ella como que se enloquece... ya son cosas de la edad.
- Prunia… – dijo Impa, enojada y sonrojada hasta el cuello. – No me ayudes…
- Acéptalo, hermana, quedaste mal con los tremendos caballeros que han salvado a nuestra Apaya. – dijo Prunia, hundiendo más a Impa. – Por favor, conversemos como se debe y pasemos a nuestra casa.
- ¿¡Perdón!? – cuestionó Impa, deseando asesinar a su hermana. – ¿Cómo que nuestra…?
- Vaya, hasta que por fin nos tratan con decencia. – dijo el joven Sheikah, riéndose.
- Por supuesto que aceptamos la invitación. – dijo Azael.
- Dorio. – habló Prunia. – Escolte a nuestros compañeros a la casa de Impa. Nosotros los seguiremos.
Dorio les enseña al padre y a su hijo el camino a la casa de Impa, mientras que esta, enfurecida, toma a su hermana mayor del brazo.
- ¿¡Cómo te atreves, Prunia!? – reclamó Impa, furiosa. – ¡Meter a esos tipos a mi casa!
- ¡No seas mal agradecida! – refutó Prunia. – Salvaron a nuestra Apaya y lo menos que puedes hacer es darles una buena bienvenida, tal y como cualquier Sheikah la merece. Además…
- ¿Además, qué…? – preguntó Impa, sonrojada, nerviosa, como si supiera lo que su hermana iba a decir, mientras esta se reía.
- ¡Además, no seas tonta! – exclamó en voz baja, tomando a su hermana del brazo con complicidad. – Le encantaste al viejo, no te quitaba la mirada de encima. ¡No desaproveches esta oportunidad!
- ¿Qué estupideces estás diciendo, Prunia? – preguntó Impa, bajando el tono de voz, enojada. – Mejor vamos a la casa a hablar con ellos, a "agradecerles como se debe", según tú. Y aprovechemos para pedir ver la cara al mocoso del hijo; ese ni se ha sacado la capucha.
- Debe ser tan guapo como el padre… – continuó la científica con su cizaña.
- ¡Ya basta! – gritó Impa, exasperada de las burlas de su hermana. – ¿Seguimos?
- Abuela, trátalos bien, por favor. – pidió Apaya, nerviosa.
- Hija… – Impa se acercó hasta su nieta, abrazándola de nuevo. – Aparte de revisarte y curarte esas heridas, quiero que delante de ellos nos cuentes todo por lo que pasaste, con lujo de detalles.
Apaya baja la mirada, incómoda. Al parecer no fue nada agradable lo que pasó… solo espero que no le hayan hecho un daño irreversible.
Las hermanas y Apaya se adelantan a subir las escaleras, mientras que Zelda y yo las seguimos. Ambos nos miramos confundidos por la escena que acababa de darse con los sheikahs…
- ¿Crees que sean enemigos, Link? – me preguntó Zelda, preocupada.
- No lo creo… – respondí serio. – Es cierto que son demasiado extraños y misteriosos, pero teniendo la oportunidad de hacerle daño a Apaya, no lo hicieron, sino lo contrario, la trajeron para su hogar. Y ella los defendió.
- Tienes razón…
- No te preocupes, de todas maneras yo estoy alerta a cualquier cosa rara que se presente. – respondí sonriendo. – Ahora solo centrémonos en cómo le contaremos a Lady Impa por todo lo que pasamos con la primera bestia divina.
Zelda me brinda una sonrisa segura ante mis palabras, causándome las sensaciones con las que llevo luchando todos los días desde que la conocí… o reconocí.
Prunia organizó las almohadillas en las que cada uno iba a sentarse, todas alrededor de la mesa de siempre. Zelda y yo estamos ubicados en uno de los extremos, Azael frente a mí y su hijo a la princesa; las cabeceras están reservadas para las Sheikahs.
La investigadora nos sirvió a todos tazas de té y bocadillos, mientras esperamos que la abuela termine de atender a su nieta.
- Impa tarda demasiado... – dijo Prunia, impaciente.
- Debe estar sanando las heridas de la joven. – comentó el hijo de Azael. – No sufrió nada irreversible gracias a que llegamos a tiempo, pero aun así no hay que restar importancia.
Una vez que el joven deja de hablar, Impa baja las escaleras, tomando la mano de Apaya, quien aún se la percibe asustada. Está con el cabello mojado y con ropa limpia, lo que demuestra que su abuela la bañó y sanó para que esté más tranquila.
Zelda la mira consternada, y es ahí donde me perturbo más. El nombre de los Yigas es algo que me inquieta, y por alguna razón no puedo dejar de relacionarlo con la princesa.
No quiero imaginar mi reacción si Zelda hubiera caído en manos de ellos.
- ¿Cómo te sientes, sobrina? – preguntó Prunia, preocupada, mientras servía té para todos.
Impa y Apaya toman asiento; la nieta a mi derecha y Azael a la izquierda de la antigua consejera. Puedo notar como la mirada del sheikah y la de ella se cruzan; sin embargo, la de Impa es desconfiada, y hasta podría decir espantada, mientras que la de él es seria y embelesada, como si luchara por controlar algo.
Tengo la idea que he sentido cosas así muchas veces…
- Ya mejor, tía Prunia… – respondió la joven.
- Señorita Prunia… – habló el hijo del sheikah. – Imagino usted es su tía abuela. ¿O me equivoco?
La excéntrica científica estuvo a punto de quemarse mientras servía el té, a la par que le daba al muchacho una mirada asesina.
- ¡Tía a secas, mocoso insolente! – exclamó indignada. – ¿No ves que estoy rebosante de juventud?
- Cálmese, señora… solo fue una pregunta.
- "Señorita". Nunca me he casado. – aclaró la científica. – Aquí la única señora es mi hermana menor, toda una viuda respetable
- ¿Viuda? – preguntó Azael. – Interesante…
El muchacho lanza una carcajada, mientras que Azael se contiene a reírse. Padre e hijo son bastante extraños, pasan de la seriedad a la burla en cuestión de segundos. Me agrada y confunde al mismo tiempo.
- Mi estado civil no es su problema, señor. – dijo Impa, seria.
- ¿Y qué pasó con lo de tutearme? – preguntó confundido. – Afuera estabas hecha una fiera.
- Porque… – la Sheikah comenzó a hablar con dificultad, pero aun así con actitud altiva. – Porque… imagino que es un hombre casado, y por eso…
- Soy viudo… al igual que tú.
- ¿Viudo? – preguntó sorprendida.
- Así es, y prefiero no hablar de ese tema... Como dijiste, el estado civil es lo de menos en estos momentos. – Azael cambió por completo a la seriedad. – Ahora lo que importa saber es el estado de tu nieta.
El Sheikah mayor brinda una sonrisa cálida a Apaya, quien le devuelve el gesto, sonriendo con vergüenza.
- Estoy bien gracias a usted y a su hijo. – respondió la joven, aliviada. – Son mis salvadores, mis héroes.
- Por suerte llegamos a tiempo. – intervino el joven Sheikah.
Impa mira a Azael, intercambiando su mirada con la de él… una vez más. Poco después veo que Prunia sonríe de una manera que no puedo descifrar, pero que me llena de vergüenza ajena.
- Yo… – intervino Impa, nerviosa y avergonzada. – Les estoy y estaré eternamente agradecida por haber salvado a mi nieta. Ella es todo lo que tengo en la vida.
- Yo también les agradezco lo que hicieron por mi sobrina. – dijo Prunia, sonriendo. – Ella es lo más importante para nosotras.
- No tienen nada que agradecer, señoras. – respondió el joven sheikah, para luego encontrarse con la furiosa mirada de Prunia. – Señorita, quise decir, doncella o como quiera.
- A ver, jovenzuelo… – habló Prunia, entre enojada y burlona. – Mucho agradecimiento, formalidades… pero no conocemos tu rostro ni tu nombre.
- Señorita Prunia… – dijo Azael, dirigiéndose a ella. – ¿Te puedo tutear?
- ¡Por supuesto! ¡No faltaba más! – indicó Prunia. – Además, físicamente soy más joven que tú.
- En fin, hijo. – dijo Azael, ahora dirigiéndose al joven a su lado, serio. – Prunia tiene razón con lo que dice. Qué pésimos modales los tuyos, quítate la capucha y preséntate como se debe.
- ¿En serio debo…?
- Hazlo… ahora.
El joven lanza un quejido fastidioso, pero termina por acceder ante la intensa mirada de su padre, la que sí da miedo cuando se enoja.
Una vez que la capucha se desliza por el rostro del joven, las sheikahs analizan la escena. Sin embargo, Zelda y yo sentimos que la sangre se nos va a los pies...
El muchacho frente a nosotros no pasa de la veintena de su vida, y su padre se ve en tan buen estado físico como él. Sus ojos carmesí y su piel bronceada combinan a la perfección con su cabello blanco, libre de cualquier reflejo negro, a diferencia de Azael. Impa y Prunia miran al joven, sorprendidas, mientras que Apaya, por lo que me parece ver, está tan roja como un tomate.
Sin embargo, yo estoy sin habla al verlo frente a mí…
- Maestro Athan…
Zelda menciona ese nombre… y siento como la sangre se me congela. El sheikah frente a nosotros se parece… no, es idéntico al individuo de mi alucinación ocurrida en Ruta, el entrometido maestro de Zelda.
- ¿Eres bruja? ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó el joven, soltando una carcajada.
- ¡Mucho cuidado como le hablas a la princesa! – reclamé, fuera de mí.
- ¿Muy bravo o qué? – me preguntó desafiante.
- ¡Basta! – gritó Impa, igual de impresionada que nosotros, para luego dirigirse al muchacho. – Imposible… pero si eres idéntico a él.
- Impa… ¿Si puedo tutearte, verdad? – preguntó Azael. – Con eso de que eres una viuda y señora respetable…
- ¡Ay! ¡Al diablo con eso! – reclamó, harta y molesta de las impertinencias del hombre. – ¡Háblame como te dé la gana! ¡Lo que quiero es una explicación!
Azael y su hijo comienzan a reírse, causando que nos calmemos un poco. La simpatía que sentía por los hombres se ha desvanecido, pues estoy a punto de arrastrarme por conocer la verdad de todo esto.
Volteo a ver a Zelda y no le quita la mirada de encima al joven Sheikah… y eso me incomoda. Demasiado.
- ¿Puedo presentarme? – preguntó el muchacho, torciendo los ojos. – Se supone que para eso me he mostrado.
- Hazlo, hijo… luego le daremos a los presentes la respuesta que estoy seguro esperan.
- Soy Athan, sheikah guerrero y peregrino.
Este tipo no puede ser el maestro de Zelda… imposible. ¡Me niego a creerlo!
- No puede ser… – expresó Zelda, conmocionada. – Tú no puedes ser mi maestro.
- ¿Maestro? – preguntó Athan, confundido.
- Muchacho… – intervino Impa, sorprendida. – Eres idéntico al antiguo poeta real del castillo de Hyrule, de hace cien años atrás. Uno de los maestros más importantes de la princesa Zelda.
- Padre… no entiendo de qué habla la abuela Impa.
- ¿Qué cosa? – reclamó Impa, molesta.
- ¡Calma! – intervino Azael, conteniendo la risa. – Todo tiene una explicación. ¿Me permiten?
Impa voltea los ojos, mientras que todos guardamos silencio esperando la ansiada respuesta. Apaya está más tranquila, pero sin quitarle la mirada al joven Sheikah, sonrojada.
- Sé perfectamente quién fue el antiguo poeta del reino. El maestro Athan, que murió hace muchos años.
- Cincuenta, aproximadamente. – dijo Impa. – Las secuelas del Cataclismo le causaron un montón de enfermedades difíciles de curar, sin contar su estado emocional por las pérdidas. Sus restos reposan en nuestro cementerio.
- De eso me informaron, aunque en ese tiempo yo era muy pequeño... – dijo Azael. – Los ancestros del maestro Athan fueron familiares lejanos de mi difunta esposa, y siempre poseyeron las cualidades de heredar a sus descendientes, al azar, sus características físicas. Y como se han dado cuenta, mi hijo salió favorecido.
- Es algo común en nuestra raza, por eso Apaya es casi idéntica a Impa. – dijo Prunia. – Aunque Athan no tuvo hijos. Nunca se casó.
¿Tanto interés tuvo ese maestrito por Zelda para no mirar a otras mujeres? Qué obsesivo…
- Al parecer el destino quiso que mi hijo herede sus cualidades. – dijo Azael, riéndose, dando una palmada al hombro de su vástago. – Aunque claro, de poeta no tiene ni la uña.
- ¿Poeta? ¡Yo no estoy para esas delicadezas! – intervino el joven. – Y por esa leyenda es que decidiste ponerme ese nombre.
- Es el nombre con el que tu madre te bautizó, y yo acepté encantado sus deseos. Además, ella fue una maravillosa poetisa. – dijo el sheikah, serio e imponente. – Así que te exijo respeto por eso.
- Lo tengo… todo lo que sea de mamá me representa amor y respeto. – dijo el joven. – Por eso, aunque extraño, llevo mi nombre con orgullo.
No sé si es imaginación mía o mi perturbada mente me hace escuchar cosas que no son, pero siento como el corazón de Zelda late con fuerza, impresionada por el muchacho que tiene frente a ella. O quizás las palpitaciones son mías.
No sé qué me ocurre, pero tengo la misma sensación cuando me siento amenazado…
- Nunca creí que tendríamos frente a nosotros al héroe elegido por la espada y a la princesa dueña del poder de la Diosa. – lanzó Azael, haciendo la conversación más intensa.
- ¿Cómo sabes qué…? – preguntó Impa, pero sin poder terminar su frase.
- ¿Tengo que recordarte que poseo tus mismos poderes y cualidades? – aclaró Azael. – Sé perfectamente que este joven es el héroe que estuvo en letargo por un siglo en el Santuario de la Vida, una de las grandes creaciones de nuestros ancestros… pero lo que me sorprende es ver a la princesa aquí.
Zelda se incomoda ante esas correctas conclusiones sacadas por Azael, pero aun así está dispuesta a responder.
- Es una historia larga y compleja. – respondió ella, seria. – Pero en resumen, Link me rescató de las garras de Ganon, y en ese proceso él desapareció y yo perdí mi poder.
- Al principio pensé que la princesa Zelda había vencido a Ganon... – expliqué, hablando en tono serio, pero aún nervioso por lo ocurrido con Athan. – Pero luego ella me explicó que pudo liberarse de él por razones desconocidas. Él solo desapareció, pero no sin dejar rastros de su maldad por el reino, sobre todo en las bestias divinas.
- Precisamente venimos de liberar a una, a Vah Ruta, la bestia divina que manejó la Princesa Mipha, una de las Campeonas. – dijo Zelda.
- ¿Y todo eso hiciste con la princesa a tu lado, héroe? – preguntó Athan, interesado en la conversación. – Yo no la hubiera arriesgado de esa manera.
¿Pero qué se ha creído este tipo al meterse en mis asuntos? Hago un esfuerzo enorme por disimular mi disgusto, pero le respondo a la altura.
- La princesa debe viajar conmigo para recuperar sus poderes. – respondí serio, controlando mi enojo. – Y cuenta con mi total protección, así como la tuvo en el pasado.
- Bueno… pero no estás enojado. ¿Cierto? – preguntó el muchacho, sarcástico.
- ¡No! – exclamé, ahora sí sin poder controlarme.
Trágame de nuevo, Santuario de la Vida… me he puesto en evidencia ante todos.
- ¿Estás bien, Link? – preguntó la princesa, tomando mi mano, preocupada.
- Sí… – mentí, insultándome internamente por haberme descontrolado. – Solo estoy algo cansado, ha sido un largo viaje.
Athan se ríe y sé perfectamente que puede percibir mis emociones absurdas. No hay manera de mentirle a este sujeto.
- Lo entiendo… además de la preocupación por la desaparición de Apaya. – dijo Zelda, estirando su mano para tomar la de la chica.
La joven Sheikah, más tranquila, le devuelve el gesto a la princesa, mientras que Impa lanza un suspiro de alivio y cansancio. Se la ve agotada física y emocionalmente, se nota que no ha dormido nada de la preocupación por su nieta.
- Princesa, es de suma importancia para mí el saber cómo les fue en la recuperación de la bestia divina Vah Ruta. – dijo Impa, seria. – Sin embargo, le pido un espacio para saber lo ocurrido con mi nieta. Quiero conocer todo lo que pasó y cómo fue rescatada.
Ante la última frase, Impa vuelve a mirar a Azael, nerviosa. Y él tampoco puede quitarle la mirada.
- No faltaba más, Impa. – respondió Zelda, preocupada. – Yo también me encuentro interesada en saber todo lo ocurrido.
Ahora toda la atención está en Apaya, quien se mantuvo muy distraída. Poco después regresa a la realidad.
- Fue horrible, pero gracias a la ayuda del señor Azael y la de… – hizo una pausa, sonrojándose demasiado, según me pareció ver. – la de su hijo, Athan, estoy viva para contarlo.
- ¿Qué ocurrió? – preguntó Prunia, interviniendo.
- Las hierbas para infusiones se habían terminado, por lo que salí a buscarlas, como siempre. – comenzó a relatar la Sheikah. – Cuando terminé de hacerlo, vi que una anciana se había caído con algunas compras en sus manos. Me acerqué a ayudarla, y en el momento que agradeció me hizo una pregunta demasiado extraña. "Pequeña joven, ¿quién es mejor, Ganon o Hylia?".
- ¿Qué? – preguntó Impa, espantada. – ¿¡Pero qué clase de blasfemia es esa!?
Apaya iba a proseguir con su relato, pero se detuvo al ver que Azael se ríe en voz baja. Eso molesta terriblemente a la antigua consejera.
- ¿Se puede saber cuál es el chiste? – preguntó sonrojada. – ¿O acaso también eres seguidor de Ganon?
- ¡Para nada! – refutó Azael. – Solo que es tan gracioso verte tan joven… tan hermosa, y hablando como toda una abuela.
- ¿Ahora ven la razón por la que la llamo "abuela"? – intervino Athan, lanzando más leña al fuego.
Zelda sonríe ligeramente, conteniendo la risa, mientras que Prunia, el padre y el hijo se ríen, sonrojando aún más a la pobre Impa.
Yo no puedo reírme debido al autor del comentario… qué desubicado es.
- Para hermanas como tú… – lanzó Impa, molesta. – ¿Para qué enemigas?
- Lo siento, hermanita. – dijo Prunia, calmando su risa. – Pero es que el muchacho tiene razón. Esa mente centenaria no tiene concordancia con el cuerpo que ahora te manejas. Por favor, relájate. ¡Disfruta de tu juventud!
- Y aún sigo esperando a saber cuál es el famoso elixir que consumieron. – añadió Azael.
- Ya habrá tiempo para eso... – dijo Prunia, recuperando la seriedad. – Por lo pronto, eso sigue en proceso de experimentación. Además, deseo que mi sobrina termine de contar su desgracia.
- También quiero que Apaya termine de hablar... – dijo Impa, para luego dirigir su mirada a Azael. – Pero antes de eso, te prohíbo los halagos hacia mí. ¡No seas confianzudo!
- Como usted diga, venerable señora. – respondió Azael, exagerando una reverencia.
Impa deja de lado a Azael, torciendo los ojos.
- Obviamente, le respondí a esa anciana que Hylia era mejor, y con esa respuesta se enfureció. Una humareda la rodeó, transformándola en uno de los Yigas… – relató Apaya, con su voz quebrándose. – Me invadió el verdadero terror al verlo, pero todo empeoró cuando traté de huir y llegaron más de ellos. Me tomaron entre los tres y me llevaron a una espantosa cueva.
Apaya se silencia un momento, mientras una mano se posa en su pecho. Como le cuesta hablar, el hijo de Azael se acerca a ella y coloca una mano en su hombro, tranquilizándola.
- Ya no sigas, yo lo haré por ti. – dijo con voz gentil, algo extraño en él.
Apaya, sonrojada, lo mira con afirmación, dándole la batuta de la conversación.
- Resumiendo un poco lo que Apaya ha contado, ese trío de maleantes la llevó a una cueva, donde la retuvieron durante un día completo… para entregársela a su jefe.
- ¿Entregársela… cómo? – preguntó Impa, asustada, imaginando lo impensable.
- Impa, es lo que piensas… – intervino Azael. – Los Yigas, los varones, no solamente se dedican a predicar la fuerza de Ganon o a robar a los primeros inocentes que pasen por su camino… sino también a violar a mujeres jóvenes que se encuentren solas.
Las lágrimas de Apaya se hicieron presentes, mientras que Zelda se tapa la cara, a la par que su cuerpo tiembla ligeramente. Ante lo dicho por Azael, tengo una sensación extraña… como si no fuera la primera vez que escucho algo como eso. Lo que me espanta.
Impa y Prunia se quedan sin habla, mientras la rabia les invade el rostro.
- Tranquila, abuela… – dijo Apaya, calmándose. – Sus malas intenciones no llegaron a consumarse. Sin embargo, estaba muy asustada, pues me dijeron que antes de entregarme a su maestro, iban a divertirse conmigo, y supe de inmediato lo que eso significaba…
- Iban a entregarte a Kogg… a ese maldito. – dijo Impa, dando un golpe en la mesa y despertando en mí otra curiosidad en el cerebro.
- Pero no ocurrió, pues grité tanto de lo espantada que estaba, que logré que estos increíbles hombres me salven. – dijo la joven, sonriendo aliviada.
- Más que tus gritos, te sentimos. – dijo Athan. – Entre Sheikahs podemos percibirnos, mucho más si el aura se encuentra perturbada. Llegamos a la cueva e hicimos nuestro trabajo.
- ¿Su trabajo? – preguntó Prunia, curiosa.
- Matarlos… – lanzó Azael, serio y sin ápice de remordimiento. – Ese es el castigo que merecen todos esos mal nacidos. La muerte.
- Coincido… – lancé, mientras la sangre me hervía por dentro.
Ninguno de los presentes refuta nada de las acciones tomadas por los peregrinos, lo que me da a entender que están de acuerdo con ellas. Poco después, Impa vuelve a abrazar a Apaya, reteniendo sus emociones lo más que puede, pues se nota que las ganas de llorar quieren volver a ella.
- Gracias… – expresó Impa al padre y al hijo, dejando de lado su orgullo. – Nunca podré pagar lo que han hecho por mi nieta. Ella es mi familia, todo lo que tengo.
Azael le sonríe a Impa, causando en ella un ligero sonrojo que se entremezcla con su seriedad.
- Lo que sea, pídanlo. – agregó Impa. – Quiero recompensar el haber salvado a Apaya.
Padre e hijo se miran en silencio, dudando en aceptar la propuesta de Impa, lo que me hace pensar que no les parece correcto. El salvar a Apaya fue un acto de buena fe realizado sin esperar nada a cambio. Yo hubiera hecho lo mismo.
- No queremos nada… – dijo Azael.
- No pienso dejar de insistir. – dijo Impa, mirando intensamente a su par. – Y no me doy por vencida así nada más.
- Bueno… – dijo Azael, usando la seriedad en su tono de voz. – A decir verdad, mi hijo y yo ya estamos cansados de viajar de un lado a otro, orando por la reconstrucción de este reino en agonía.
- ¿Entonces…? – preguntó Impa, ansiosa.
- Nos gustaría quedarnos aquí. – lanzó Azael. – Ahora sí siento que tengo motivos para estar en un sitio fijo.
- Y yo también… – agregó Athan, causando en mí, sin entender por qué, molestia.
- Pero aclaro algo… – agregó Azael. – Tengo todos los medios para pagar por un terreno o una casa. Solo te pido, Impa, que me ayudes a encontrarlo.
- Mi padre y yo hemos labrado un pequeño capital a lo largo de nuestro viaje. – dijo Athan. – Así que no tenemos problemas con eso.
La expresión de Impa se torna impresionada, casi hasta ponerse pálida. Sin embargo, se compone rápido para responder.
- Así será, les ayudaré a conseguir un sitio donde vivir. – aseguró ella. – Sin embargo, mientras eso sucede, solicitaré unos pases de cortesía para que se queden en el hostal del pueblo.
- No es necesario… – dijo Azael.
- Insisto. Es lo menos que puedo hacer y no me cuesta nada. – respondió la antigua consejera, seria. – Hago eso porque no tengo espacio en mi casa.
- Pero Impa… – agregó Prunia. – Recuerda que en el cuarto de Apaya, Link y ellos…
- ¡No hay espacio en esta casa! ¿Recuerdas? – exclamó Impa, lanzando a su hermana una mirada fulminante.
Algo me dice que Impa no desea compartir el techo con Azael y Athan… y me parece una idea muy acertada. La apoyo.
- Como digas, Impa. – aceptó Azael, sonriendo. – Gracias por preocuparte tanto por mí… me siento halagado.
- Deja tus bromitas de lado… es un simple agradecimiento.
- Sí, claro… – agregó Prunia, causando que Impa le lance otra de sus miradas asesinas.
Una vez que los acuerdos se dieron, Impa nos preguntó a Zelda y a mí todo lo relacionado a la bestia Vah Ruta, por lo que le contamos, dejando de lado algunos detalles. Yo no revelé absolutamente nada sobre mi alucinación con Zelda, y ella de seguro no tenía qué contar, pues según me dijo, nada había visto en ese sueño. De ninguna manera hablaría de cosas tan íntimas, y mucho menos delante de Athan… al que no sé por qué le tengo desconfianza.
- Gracias a los dos, Link y Zelda. Me alivia saber que Vah Ruta se encuentra limpia y que el alma de Mipha ahora es libre. – dijo Impa, orgullosa. – Cuando las cosas se calmen un poco, le daré una visita al rey Dorphan y al príncipe Sidon… Ahora solo toca continuar con el destino que a cada uno le corresponde.
- Su próxima parada es la Montaña de la Muerte, hogar de los Gorons. – dijo Prunia. – Deben liberar a la bestia que se encuentra bajo el dominio de Ganon.
- Pero antes de eso, deberán pasar por la región de Akkala. – dijo Impa. – Pues ahí está la primera fase en la que la princesa deberá sumirse en sus oraciones. La Fuente del Poder.
El nombre de la fuente se me hace conocido, pero sin duda el que más llama mi atención es el de la región…
Akkala… Akkala.
- Zelda se quedará sola, papá. ¿No puedo irme después a Akkala?
- Lo siento, hijo. Es muy doloroso lo que la princesa está pasando. Nadie mejor que nosotros para entenderla… pero la vida continua, y con ello tu entrenamiento.
Siento dolor ante esas palabras que llegan a mi mente, pero no digo nada. Como siempre me las trago, cual recuerdo confuso que llega a torturarme.
Me giro a ver a Zelda y veo en ella la mirada cabizbaja. No sé si es por el viaje a la Montaña de la Muerte o a Akkala. Cuando tenga la oportunidad, le preguntaré.
- En fin, creo que es hora de tomar el ofrecimiento de Impa. – dijo Azael, sonriendo. – Muchas gracias por la posada en el hostal.
- Gracias, abue… – se retractó el atrevido sheikah. – Lady Impa. Es usted muy amable.
Con una mueca, Impa se levanta de la mesa, abre uno de los cajones de la mesa de la sala y le entrega a Azael un pergamino.
- Este pase de cortesía es indefinido. – dijo ella, seria. – Pueden quedarse el tiempo que necesiten o hasta que yo encuentre un sitio donde puedan residir.
- Muchas gracias, Lady Impa. – dijo Azael, casi en un susurro.
Y luego de que Impa y Azael se dieran una furtiva mirada, este último se retiró con su hijo de la casa. Una vez que la puerta se cerró, la antigua consejera respiró aliviada.
- ¡Podían haber dormido en el cuarto de Apaya con Link! – reclamó Prunia, indignada. – ¿Por qué no se los permitiste?
- Porque… – Impa se puso nerviosa, casi tartamudeando. – ¡Porque no quiero extraños aquí! ¡Además, es mi casa y yo decido lo que se me da la gana!
- Ya… relájate. – se quejó Prunia, girando los ojos. – En fin, la verdad, yo sí estoy cansada, así que voy a prepararme para dormir.
- Igual que yo. Ha sido un día pesado para todos. – dijo Impa, suspirando. – Sobre todo para los viajeros aquí presentes.
Las palabras de Impa no podían ser más acertadas. Zelda y yo estamos bastante cansados, lo único que deseábamos es dormir tranquilos.
- Iré a preparar las habitaciones para nosotras y la mía para el señor Link. – dijo Apaya. – Dormiremos de la misma manera que antes.
Y luego de eso, subimos a las habitaciones que nos correspondía, esperando que el sueño sea tranquilo y placentero.
Al igual que la última vez que me ocurrió en esta habitación, me levanto en plena madrugada, sin nada de sueño. Ante eso, me coloco la ropa y bajo a dar una vuelta por la sala, lo que poco después me queda corto.
Ante el aburrimiento, salgo de la casa a tomar aire fresco y a caminar un poco por el pueblo, el que se encuentra totalmente vacío debido al sueño de sus habitantes.
La brisa nocturna me refresca y la luna brilla en todo su esplendor.
Mi caminar me lleva a la estatua de la Diosa, la pequeña réplica de la que se encuentra en el Templo del Tiempo y la antítesis de la maldita que quiso arrebatarme la vida en Hatelia.
- ¿Sin sueño, señor héroe?
Sorprendido, me doy la vuelta. Me niego a creer que no fui capaz de sentir los pasos de alguien acercándose. Frente a mí se encuentra el hijo de Azael, quien me mira sonriente y algo mordaz.
- No quise asustarte, pero el sigilo es parte de mi ser. – dijo riéndose.
- ¿Asustarme a mí? – pregunté, soltando una risa burlona. – No digas tonterías.
- Sé que no te caí bien, pero no tengo problemas con eso. – dijo el joven, lanzando una carcajada. – Estoy seguro de que con el tiempo conocerás lo mejor de mí y esa percepción cambiará.
- No sé a qué te refieres con eso. No tengo nada en contra tuya…
Ni yo mismo me creo mis propias mentiras…
- Bueno, como yo tampoco puedo dormir, te vi por la ventana del hostal. – dijo Athan. – Y por eso he venido a pedirte un favor.
- ¿Qué favor?
Athan me muestra un libro, bastante viejo y desgastado. No entiendo qué tiene que ver eso con el supuesto favor que quiere pedirme.
- ¿Y ese libro? – pregunté extrañado.
- Aunque era muy pequeño, mi madre, antes de morir, me encargó un recado para la princesa Zelda. – dijo el sheikah. – Me dijo que yo sabría cuándo sería el momento indicado para entregárselo. Y con estas jugadas del destino, sé que este es el tiempo.
- ¿Qué recado? – pregunté, más ansioso. – ¿Qué tanto tiene ese libro que es de importancia para Zelda?
- Vaya… la llamas por su nombre. – expresó sorprendido, sonriendo. – Se tienen confianza.
- Ese no es tu asunto… – dije serio, maldiciéndome por mi indiscreción. – Dime de una vez qué tanto misterio guarda ese libro para ella.
- Es el antiguo diario del desaparecido poeta real, el maestro Athan… dedicado especialmente para ella.
Esto debe ser una broma…
Comentarios finales:
Holiii, nos vemos de nuevo ^^
Ahora tenemos otro capítulo tranquilo, pero bastante entretenido y con demasiados sentimientos de lado. No pienso comentar mucho al respecto, pues quiero que ustedes opinen.
Y bueno, los celos… los malditos celos, aunque no de una manera inmadura, se hacen presentes para dar algo de picante a la relación, pues a todos nos gusta el chisme, y el que lo niegue que lance la primera piedra (broma); por esa razón es que decidí que el diario del antiguo maestro caiga primero en manos de Link y no de Zelda, y ya conocerán la razón. Como se dieron cuenta, el joven sheikah es bastante fastidioso y ha encontrado a la víctima perfecta (sus ojos todo lo ven y perciben). Igual no todo es como parece, pues como dijo Azael, su hijo es muy diferente al antiguo mentor de Zelda, y con el pasar de la historia se notará.
Espero que el capítulo les haya gustado y sacado algunas carcajadas. Amo a Azael, es mi OC favorito desde Almas unidas, el que luego pasó a formar parte del elenco de HW: Lazos del destino.
En Almas unidas e HW, Azael tiene el pelo negro. Lo hice así para variar un poco en el diseño de la raza Sheikah. Sin embargo, en BOTW todos lo tienen blanco, así que aquí lo tiene de ese color, pero con reflejos oscuros como un homenaje a su auténtico físico. Sigue siendo joven, pero ahora es un cuarentón atractivo y en perfecto estado físico (un sugar daddy… no, mentira, jaja). Un cambio algo radical, pero creo que es lo de menos. Es como el caso de Prunia, que tiene su fleco tinturado, y no por eso deja de ser Sheikah.
Un abrazo, para todos, hasta la próxima semana.
PD1: Pronto les daré noticias sobre unos oneshots de la saga de Zelda que deseo publicar desde hace tiempo. Solo debo organizarme en tiempo, pero será una sorpresa.
PD2: Me he descuidado un poco en publicar en mis redes sociales contenido del libro "Creando a un héroe" u otras referencias. Prometo organizarme en mis tiempos para postear las respectivas fotos. ¡Estén atentos!
…
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