Capítulo 19: El rechazo

No faltaba mucho para que los ojos de Zelda se abrieran, pero por una razón que solo ella conocía, no deseaba hacerlo.

Unos dedos suaves no dejaban de recorrerla, desde el pelo hasta las mejillas, deteniéndose varias veces en sus labios, acariciándolos con suavidad. Aquella mano era algo rugosa, pero aun así la sentía gentil, pero sobre todo demasiado familiar.

No era un sueño para la princesa, ella sabía que Link la estaba acariciando al pensar que se encontraba profundamente inconsciente, y de alguna manera se estaba aprovechando de su vulnerable estado. Sin embargo, eso no le molestaba, sino todo lo contrario.

- Link… no me importa que te aproveches. – pensó encantada.

Si Impa pudiera leer sus pensamientos, seguro le daría una reprimenda sobre la moral y los "correctos" comportamientos de una dama. A pesar de que ella conocía más de lo debido sobre su pasado con Link.

- ¿Zelda? – llamó Link, retirando la mano con prisa.

Un movimiento involuntario de la princesa hizo que Link se diera cuenta de su imprudencia, por lo que se detuvo. Zelda, algo decepcionada por haber perdido tales privilegios, abrió los ojos lentamente, encontrándose con la preocupada mirada de su caballero.

- Link…

- Zelda… – la miró sonrojado, pero esforzándose por verse tranquilo. – ¿Có… cómo te sientes?

- Mejor… – la dama aún seguía confundida, pero su mente comenzaba a aclararse. – ¿Qué me ocurrió? Estábamos en la Fuente del Poder y luego…

Y fue ahí que Zelda comenzó a ya no estar mejor, pues sintió dolor de cabeza, náuseas y miedo. Link, al darse cuenta de su cambio, retiró el pedazo de tela que estaba en su cabeza y lo remojó en el agua con hielo, para después colocarlo de nuevo en su frente.

- Tranquila… – dijo Link, acariciando el rostro de la dama. – Apenas perdiste el conocimiento, te traje al rancho de Akkala Este, donde nos hospedamos la noche anterior.

- Link…

- No tienes nada qué temer, ese ser se fue… no está por aquí. – respondió Link, sin dejar de tocar el rostro de su dama.

Sin duda, cada caricia del caballero a la princesa era un bálsamo calmante y arrebatador para ella.

- Link… – preguntó Zelda, tratando de calmarse. – ¿Tú no recuerdas a ese hombre? A Astor.

Link se quedó pensativo por varios segundos, para luego responderle a su protegida.

- Obviamente, como todo lo que me rodea, se me hace familiar. – respondió él. – Quizás por eso reaccioné mal al verlo y pude protegerte a tiempo de su ataque… pues él iba directo a ti, Zelda. A nadie más.

La princesa se quedó callada varios segundos, mientras las manos le temblaban. Link las tomó, sabiendo que cada vez tenía más acercamientos con la dama, y eso le gustaba, pero también le asustaba. Sin embargo, como su protector, debía velar por su seguridad, y eso incluía su estabilidad emocional.

- No estás obligada a hablar, Zelda. – dijo Link, apretando las manos de su dama. – Sin embargo, es bueno, de vez en cuando, sacar las cosas que uno siente… el guardar silencio de algo que nos perturba, nos mata lentamente.

Esa frase de Link le hizo recordar a Zelda lo que él, una vez tomaron confianza, le confesó hace cien años. Que prefería callar y seguir con su destino para no fallar a otros, sobre todo al rey y a su padre. De ninguna manera iba a permitir que ellos se decepcionen de él.

- Tienes razón… me hará bien hablar.

Link se acomodó para escuchar a la princesa, mientras que esta, aun acostada en su cama, lanzó un suspiro pesado, llenándose de valor para hablar.

- Astor fue el canciller del castillo, la mano derecha de mis padres. – comenzó a relatar la dama. – Incluso sé, por lo poco que me contó o le entendí a mi mamá, ella y él fueron amigos desde muy pequeños.

- ¿Qué? – expresó Link, impactado. – ¿Amigo de tu madre y aun así te atacó?

- Yo era muy pequeña y no entendía muchas cosas, pero a pesar de que Astor era apreciado por mis padres y era de su entera confianza, a mí me daba miedo…

- ¿Te hizo algún daño cuando eras pequeña? – preguntó Link, sintiendo como la rabia lo invadía.

- No, exactamente, pero cuando mi madre no veía, me miraba con un fastidio camuflado por simpatía. – respondió la joven. – Y por mucho tiempo tomé eso como parte de mi timidez, algo normal en mí desde que era niña, pero aun así no me sentía cómoda cerca de él. Yo le tenía terror, no me gustaba verlo. Incluso recuerdo que alguna vez se acercó a mí, mientras leía un libro en el jardín, y de los nervios me puse a llorar…

- Perdónala, Astor. Zelda, mi hija, es muy tímida, por eso a veces se asusta con la gente.

- No te… no se preocupe, mi reina. Poco a poco me ganaré la confianza de la encantadora princesa.

Link agarró con fuerza la mano de Zelda, pues percibía en ella miedo al hablar del misterioso hombre.

- Siempre has sido muy intuitiva, Zelda. No creo que esa mala vibra que te generaba ese tipo haya sido en vano.

- Incluso… Un día que fui a buscar a mis padres a sus aposentos, porque no podía dormir… – hizo una pausa, mientras sus manos seguían temblando. – Lo vi haciendo cosas raras en su habitación.

- ¿Cosas raras?

- Conjuros, pero no con aura de magia blanca, sino oscura y siniestra. – dijo aterrada. – Incluso, mientras las hacía, comía su pastel favorito, uno que el chef hacía especialmente para él. A nadie más del castillo le gustaba. Mis padres, por aprecio a él, dieron la orden que lo atiendan como merecía y complacieran sus caprichos culinarios.

- ¿No le comentaste a tus padres sobre los conjuros raros que ese tipo hacía? – preguntó Link, preocupado. – Tu madre, al igual que tú, seguramente era muy intuitiva.

- Se lo dije a mamá, pero me dijo que no había nada de qué preocuparse, pues, según ella, Astor hacía eso para retrasar el despertar del mal. – dijo Zelda, confundida. – A esa edad no conocía la palabra "Ganon", sino al mal que acechaba a Hyrule desde tiempos inmemoriales.

- No me cuadra que ese tipo, apreciando tanto a tus padres, se haya atrevido a querer lastimarte.

Zelda agachó la mirada, dudando en decirle a Link las cosas que pasaron por su cabeza en ese tiempo… sobre todo porque su padre las tachó de ridículas.

- Cuando murió mi madre, ya no veía a Astor seguido, pero por mi padre, que siempre se reunía con él, supe que era el encargado de leer el futuro en el oráculo, y fue capaz de revelar el regreso de Ganon. – confesó Zelda, consternada. – Y Link… no sé por qué, pero… pero… se supone que, si él sabía el momento del regreso del enemigo, debimos haber salido triunfantes. Hay una parte de esa historia que no tengo clara… no sé qué falló en las predicciones de Astor.

Fue en ese instante, que Link recordó unas palabras sumamente importantes que el espíritu del rey le confesó, algo que encajaba en las polémicas piezas de este rompecabezas.

"Las historias de Ganon se transmitieron durante generaciones en forma de leyendas y cuentos. Sin embargo, un ser de mi extrema confianza, al que creí leal y entregado al reino, trajo a nosotros una profecía."

- "Un ser de mi extrema confianza, al que creí leal y entregado al reino." – repitió Link para sí mismo, alarmando a Zelda. – La profecía…

- ¿De qué estás hablando, Link? – preguntó temerosa.

- Zelda… – Link dudó en hacerle a la dama semejante confesión, pero no podía callarlo más. – Astor traicionó al rey… nos traicionó a todos.

- No comprendo… – Zelda seguía confundida ante la confesión de Link.

- Tú sabes que el primer contacto que tuve, al salir de mi letargo, fue con tu padre… – dijo, sabiendo que con eso tocaría un punto sensible de la princesa. – Él me confesó que un ser de su extrema confianza dio las señales del regreso de Ganon… pero que al final las cosas no resultaron como esperaba.

- Astor pudo haberse equivocado en sus visiones… – dijo Zelda, evadiendo los hechos pasados.

- ¿Equivocado en sus visiones? ¿Odiándote tanto? – preguntó Link, indignado. – Tu padre me demostró que pecó de ingenuo, como todos nosotros, lo que demuestra que ese tipo lo traicionó. Si hubiera sido tan buen vidente, nos habría avisado el día y la hora exacta del despertar de Ganon.

- Link…

- Zelda… Después de tantas cosas que hemos vivido, yo ya no creo en las casualidades. – dijo Link, serio. – Tus palabras, más la consternada confesión de tu padre, me dan la certeza de que las cosas son así.

Zelda se sentía aterrada… pero le daba toda la razón a Link.

- Tu acusación es muy grave… pero tiene demasiada lógica. – dijo Zelda, consternada.

- Solo recuerda lo que te dijo Astor cuando intentó atacarte. – recordó Link, enojado. – Que no te dejaría en paz, que te seguiría hasta el infierno. ¿Eso diría un ser leal a la corona?

Sin soportar más el malestar de su protegida, Link se acercó a abrazarla con fuerza, siguiendo los misteriosos impulsos de su corazón.

- Link… – expresó la dama, mientras sus ojos se humedecían.

- Si ese tipo te lleva al infierno, yo te sacaré de ahí… siempre.

La dama se aferró a su caballero, recordando aquella visión, en su camino a Lanayru, donde vio a su madre transformándose en ese nefasto ser, en Astor. Link la abrazó de la misma manera, haciéndola sentir segura y protegida… y hasta amada. A pesar de que él no sentía ni recordaba nada de eso.

El caballero siempre protegería a su princesa…


Esa noche el cielo estaba vacío, sin estrellas que lo alumbraran y sin luna que la decorase. Ni siquiera el rancho de la llanura mostraba alguna señal de luz, pues las fogatas estaban apagadas.

Lo único que se escuchaba en esa oscura noche, cerca del coliseo, eran quejidos, bufidos de rabia y dolor de un ser maligno y lleno de rencor.

Astor se encontraba arrimado en una de las rocas a las afueras del coliseo, quejándose de dolor por su carcomido brazo, producto del contacto con el agua sagrada de la Fuente del Poder. Aún no daba crédito a lo ocurrido en esos momentos, pues desde hace tiempo que tenía a la princesa Zelda en la mira, y aunque siempre se encontraba cuidada por su caballero, no lo veía como una amenaza, pues desmemoriado y desarmado de su legendaria espada, para él, no era más que un caballero de cuarta, con quien podría acabar en cualquier momento.

Justo cuando la princesa tenía en sus manos el orbe color rubí, uno de los caminos al poder que necesitaba para cumplir con su cometido, la fuente se restableció, y eso de ninguna manera lo esperó. No contaba con que el héroe lograría hacerlo usando un instrumento que creía inalcanzable, por no decir inexistente.

- ¿De dónde habrá sacado ese imbécil la ocarina? – se preguntó Astor, adolorido en su brazo. – Y supo tocarla… ¿Cómo? Si no se recuerda ni a sí mismo.

El hombre se levantó de la roca, dirigiéndose hacia una zona bañada por la malicia de Ganon, aquella asquerosa esencia de su maldad, pero muy anhelada por él en esos momentos.

Astor, como si se tratara de agua, tomó la esencia y la colocó en su brazo herido, causando que este penetre en la herida, sanándola poco a poco.

- Sáname, mi Señor Ganon. – pidió Astor, lleno de fascinación. – Permíteme seguir cumpliendo con tus objetivos.

Y en cuestión de segundos, el brazo estuvo sano, libre de heridas.

Desde hace más de cien años, Astor era fiel a Ganon… pues él fue el único en darle consuelo ante la rabia que lo invadió por hechos marcados de su pasado, todos relacionados a la antigua familia real.

Los recuerdos comenzaron a regresar en su mente, por lo que su vista se fue en dirección a la Meseta de los Albores, lugar que resumía toda su vida, incluso la más pura.

Sí… alguna vez tuvo un alma pura.

No pudo evitar esfumarse del Coliseo para dirigirse a su interesado lugar, para retorcerse en los recuerdos del pasado.

La noche estaba tan oscura que hasta los monstruos de los terrenos de la Meseta de los Albores estaban escondidos en sus guaridas, durmiendo plácidamente.

Astor se encontraba en la destruida escalera del antiguo Templo del Tiempo, al que veía desde la lejanía, pero al que no se atrevía entrar. No lo hacía porque se tratara de un lugar sagrado, a pesar de que hace un siglo había perdido sus poderes, sino por razones más personales, por memorias pasadas que lo llenaban de fastidio.

Aun así, siguió observando desde lo lejos al templo, al igual que los terrenos de todo lo que significaba la meseta.

Desde que nació, ese lugar significaba su vida, al igual que la persona que desde siempre lo acompañó…

*.*.*.*.*

Los recuerdos de Astor se trasladaron a más de cien años atrás, donde la palabra "Ganon" casi no se mencionaba; el mal no pasaba de sentimientos como la codicia, envidia o rabia, que no trascendía a niveles preocupantes. Sin embargo, la paz siempre era algo anhelado, motivo por el que los seres más buenos y puros del reino oraban por la permanencia de la luz en los corazones de todos.

A eso se dedicaba una comunidad de sacerdotes, conformada por hombres y mujeres de corazón puro y bondadoso, desprendidos de lo material y dedicados a orar a la Diosa Hylia por la paz del reino, para que Ganon nunca cumpla con sus fechorías y jamás regrese. Que la era en la que vivían fuera la primera en romper con la maldición que el mal creó al inicio de los tiempos.

Entre ese grupo de sacerdotes nobles y leales, se encontraban un hombre y una mujer bastante especiales, mejores amigos de la infancia y con un cariño incondicional el uno por el otro.

Astor era uno de ellos… y la mujer que siempre estaba con él era su compañera de oraciones, ritos, paseos, risas y lágrimas. La dama más hermosa y maravillosa que la Diosa pudo haber creado, su amada Selene.

Selene… nombrada así en honor a la luna, la que esa noche de mortíferos recuerdos para Astor, estaba ausente del cielo.

Aún la recordaba pura y cristalina; cabello rubio cenizo con reflejos claros, piel blanca, ojos celestes, cuerpo divino y bien formado, pero más que todo por la hermosa sonrisa que siempre llevaba en el rostro, la que era capaz de acabar con las lágrimas de cualquiera que la mirara.

Selene podría ser comparada con la misma Diosa Hylia, a quien era muy devota. Por eso, junto con Astor, eran considerados los líderes de sus compañeros, a pesar de no haber reclamado tal título.

Desde la muerte de los padres de ambos, Astor y Selene fueron criados por los sacerdotes mayores del Templo del Tiempo, quienes les enseñaron todo lo relacionado con la Diosa Hylia, a quien aprendieron a amar y respetar. Aparte de eso, los jóvenes eran los más respetados y admirados en su grupo, pues eran los únicos dotados con el don de la videncia, poder que utilizaban para hacer el bien, para calmar los corazones lastimados de los que venían a visitar el Templo del Tiempo en busca de respuestas a la Diosa Hylia, y los que se iban contentos al saber que sus problemas serían solucionados si tenían fe.

Selene y Astor se sentían muy felices de ayudar a los demás, pues eso se les inculcó desde pequeños; que la labor de todo ser humano era servir a otros en el amor y la bondad.

Astor mantuvo esa convicción clara durante toda su juventud… hasta que un día todo se esfumó.

La torrencial lluvia invadía sin misericordia los terrenos de la Meseta de los Albores, mientras truenos y relámpagos ensordecían los oídos de los que los escucharan… sobre todo los de un par de jóvenes que corrían como desaforados.

Uno de los muchachos era de piel tostada, cabellera rubia y de ojos azules, vestido con una característica armadura de caballero. En cambio, el otro joven portaba una vestimenta más ligera y elegante. Su tez era blanca, ojos verdes esmeralda y cabello castaño. A pesar de que ambos eran muy apuestos, se veían de clases sociales muy distintas, sin embargo, eso no impedía la amistad y cariño que sentían mutuamente.

- ¡Hasta donde caímos por unas míseras manzanas! – se quejó uno de los jóvenes. – ¿En serio así actúan las mujeres embarazadas? ¡Se les antojan frutas que ni siquiera están listas en esta época!

- Pero en la Meseta de los Albores, sí. – respondió el otro joven, riéndose. – Pues las oraciones de los sacerdotes las mantienen frescas durante todo el año. ¿O acaso el príncipe, Rhoam Bosphoramus Hyrule, no sabía nada de eso? Claro, como él es tan elegante, seguramente pensaba que las manzanas crecían directo en su bandeja de plata.

- ¡Ja! ¡Tan ridículo! – respondió el joven, irónico. – Como si las clases de botánica me hubieran importado antes, además eso que dices es solo un rumor. Agradece, Demetrio, que te estoy acompañando en esta "titánica labor" para complacer los antojos de tu esposa. Soy un amigo que vale oro, ¿o no?

- Lo mismo harás cuando estés enamorado. – respondió Demetrio, sin dejar de correr junto a Rhoam para protegerse de la lluvia. – Aitana no me ha pedido nada, pero aun así quiero hacerle las manzanas acarameladas que tanto le gustan.

- ¡Ya, cállate! ¡Me empalago! – exigió el príncipe, hartado y con mueca de desagrado. – No puedo creer que uno de los caballeros más rudos de mi castillo sea una gelatina chuchu cuando habla de su mujer. ¡Me avergüenzas! ¡A mí jamás me pasará eso!

- Alteza, antes de que siga haciendo pedazos mi hombría. – dijo Demetrio, dejando de lado las burlas de su amigo. – Como su escolta personal, debo buscar un lugar seguro para que se refugie, pues si se llega a resfriar, el Consejo me matará.

- ¿Resfriar? – preguntó burlón, mirando a su amigo. – Yo no soy delicado… como otros.

Los jóvenes siguieron corriendo por los empapados terrenos de la meseta, hasta que una zona iluminada llamó su atención.

- Ahí podemos refugiarnos, Demetrio. – dijo el príncipe, deteniéndose y señalando el sitio.

- Ni lo pienses, Rhoam, este es el Templo del Tiempo. – dijo el caballero, preocupado. – Además, las luces están encendidas, eso quiere decir que los sacerdotes están en sus rituales de…

El caballero no terminó de hablar, pues el príncipe ya se había adelantado, subiendo las escaleras del Templo del Tiempo. Ante eso, Demetrio lanzó un suspiro pesado.

- ¡Cómo eres, alteza! – gritó molesto. – ¡Te vas a meter en problemas!

Los gritos de Demetrio no fueron escuchados, por lo que decidió seguirlo para impedir que cometiera una locura, pues los rituales a la Diosa Hylia debían ser siempre respetados.

El sonido de las puertas, abriéndose de par en par de manera violenta, perturbó la paz de los sacerdotes. Astor y Selene, quienes estaban de rodillas ante la imagen de la Diosa, se dieron la vuelta, asustados, descubriendo en la entrada a un extraño joven.

- ¿¡Pero quién osa interrumpir en este lugar sagrado!? – preguntó Astor, enojado.

Los demás sacerdotes dieron paso a Astor, que se dirigía a la puerta, mientras que Selene lo seguía. Ambos descubrieron al empapado joven que había interrumpido la ceremonia, quien después se vio acompañado por su escolta, que llegó demasiado tarde para impedir su atrevimiento.

- ¿Quién eres? – preguntó Astor, enojado. – ¿No te das cuenta que estás en un lugar sagrado? ¡Nos has interrumpido en nuestras oraciones a la Diosa Hylia!

- Yo… – la valentía de Rhoam se había esfumado, pues la furiosa mirada del sacerdote lo intimidó. – Lo siento mucho, es que la lluvia…

- Perdónelo, por favor. – intervino Demetrio, mostrando seriedad. – Es mi culpa, pues no pensé que la lluvia iba a ganarnos y no pude encontrar un refugio adecuado.

- ¡Esa no es excusa! – exclamó Astor. – Así que en este momento se…

- Espera, Astor… – interrumpió la sacerdotisa.

Selene se acercó hasta Rhoam, causando que él, extrañamente, se ponga nervioso, hasta el punto que sus mejillas se sonrojen. La sonrisa de la sacerdotisa lo cautivó de inmediato, tal y como ocurría con todo el que la miraba.

Selene iba a hablar para preguntarle por su estado. Sin embargo, enmudeció al analizar su vestimenta, sobre todo la insignia dibujada sobre su pecho. No podía creer a quién tenía enfrente.

- No puede ser… – dijo la dama, sorprendida. – Usted es el príncipe Rhoam.

Selene iba a dar una reverencia, pero las empapadas manos del príncipe se lo impidieron.

- ¡No, por favor! – exclamó nervioso. – No haga eso. En estos momentos mi estatus es lo de menos, pues… ¡Solo soy un pobre joven perdido bajo la lluvia! ¡Muerto de frío!

Demetrio, avergonzado, volteó los ojos, pues ya conocía perfectamente a su amigo. Se dio cuenta que la hermosa joven lo había cautivado, por lo que quería ganarse su compasión y empatía.

- ¡Todo es por culpa de mi escolta! – exclamó Rhoam, en tono dramático. – El que debería cuidar de mí es el que me trajo a esta situación.

- ¿¡Qué!? – se quejó Demetrio, sorprendido.

Astor intervino en la conversación, ante lo que él consideraba tonterías.

- Alteza, con todo el respeto que se merece, este no es momento para interrupciones. – dijo Astor, serio. – Nos encontramos en una ceremonia muy importante, así que le pido…

- ¿Dónde quedó tu respeto y compasión, Astor? – reclamó Selene a su amigo. – A nuestra Diosa no se la honra con palabras, sino con actos. Estos jóvenes han caído víctimas de la tormenta, están muertos de frío, así que lo que podemos hacer es darles un techo hasta que el clima se calme.

- Selene, pero…

- Síganme, jóvenes. – dijo Selene, mirando a Rhoam y a Demetrio. – Los llevaré a una de las salas del templo para que se resguarden y beban algo caliente.

- Es usted tan compasiva, sacerdotisa… – Rhoam detuvo su conversación al no saber el nombre de la dama.

- Selene… Ese es mi nombre.

Los ojos del príncipe se iluminaron al escuchar tan hermoso nombre, mientras que Astor comenzaba a experimentar un sentimiento que jamás había conocido, pero que le hacía sentir inseguro y molesto.

- Yo iré contigo, Selene. – dijo Astor. – No pienso dejarte sola con dos hombres.

- Como desees, mi querido Astor.

Los cuatro jóvenes se retiraron por una de las puertas del templo, dejando a los demás sacerdotes en su ritual de oración.

- ¿Manzanas? – preguntó la sacerdotisa, soltando una risa.

- ¿Puede creerlo, señorita Selene? – preguntó Rhoam, en tono dramático. – Estamos aquí por los antojos de una mujer embarazada, pues la esposa de mi amigo muere por comerlas… y según él, en esta época, solo crecen en esta zona.

- Y está en lo cierto. – respondió la sacerdotisa. – En esta época las tenemos, y son más deliciosas que las demás.

- Qué vergüenza con usted, señorita. – dijo Demetrio, apenado.

- Nada de eso… más bien me parece encantador. – dijo Selene. – Es maravilloso ver como un hombre ama tanto a su esposa. ¿Y qué nombre piensa ponerle a su hijo?

- ¿Hijo? – preguntó Demetrio, sorprendido. – Pues estamos seguros de que será una niña.

- Pues yo en su lugar pensaría en cambiar el color de la pintura de la habitación. – dijo Selene, sonriendo.

Demetrio también se sonrojó, pero no porque se sintiera encantado con la sacerdotisa, sino porque sus palabras le impactaron. Por los antojos de su esposa, estaba casi seguro que tendría una hija, pero ahora resulta que sería un varón. ¿Estaría en lo cierto?

- Es lindo ver que el príncipe de nuestro reino aprecie a su escolta. – mencionó Selene.

- Él es mi mejor amigo y punto. – respondió Rhoam, serio. – El que sea mi escolta o caballero del castillo es algo secundario. Mis padres, que descansan en paz, siempre confiaron en él.

- Eso me ha conmovido demasiado, pues mi intuición de que la realeza era sencilla y humilde, era cierta, por eso el pueblo los quiere tanto.

- Gracias, señorita Selene. – dijo Rhoam, sonrojado. – Hacemos lo mejor posible por los demás.

- Me voy a ausentar unos minutos, pues voy a traer algo caliente para que coman y beban… y unas cuantas manzanas.

- ¡No! – exclamó Demetrio, apenado. – No quiero molestar.

- No puede dejar con antojos a su bebé. – dijo sonriendo. – No me demoro.

La joven se retiró, dejando a los jóvenes solos con Astor, quien los miraba con recelo y desconfianza.

- Señor Astor, la sacerdotisa es encantadora y de buen corazón. – dijo el príncipe. – Lo felicito por tener el privilegio de su amistad.

- Nos conocemos desde niños y desde entonces no nos hemos separado… nunca.

Rhoam sonrió ante esa respuesta, pero Astor aún seguía frío y estoico con su presencia. Poco después, la sacerdotisa llegó con una bandeja de té y panecillos, al igual que una bolsa llena de manzanas.

- Espero que a su esposa le gusten. – dijo Selene, entregando la fruta a Demetrio.

- Es usted tan amable. – respondió el caballero, conmovido. – Muchas gracias.

- Sí… demasiado encantadora y amable. – comentó Rhoam, impulsivo, mirando a la dama.

Por más que lo disimulara, Selene también se sonrojó ante las palabras del príncipe. No comprendía lo que le pasaba al tenerlo cerca, pero era una mezcla de nervios y encantamiento.

Como todo vidente profesional, Astor notó eso, cosa que no le agradó para nada. Sin embargo, decidió dejarlo de lado. Selene era su mejor amiga y lo que más amaba era honrar a Hylia día con día y pasar junto a él.

- La tormenta ya ha cesado. – dijo Demetrio, mirando por la ventana. – Debemos regresar, alteza. El Consejo debe estar preocupado.

- Tienes razón. – dijo Rhoam, desanimado. – Es hora de irnos, pero antes...

El príncipe se acercó hasta la sacerdotisa y le tomó la mano, causando en ella nervios, los que disimuló bien. Sus miradas se cruzaron y se perdieron en sensaciones que los dos desconocían.

- Una vez más, gracias por cuidar de nosotros. – dijo el príncipe, listo para lanzar algo totalmente osado. – Y me gustaría tanto volverla a ver.

- Encantada… y siempre será un gusto recibirte… – la dama se trabó en su habla, pero luego continuó. – digo, recibirlos. Serán bienvenidos.

Y dando su última sonrisa, Rhoam y Demetrio se retiraron del Templo del Tiempo… cosa que a Astor le alivió bastante.

- Hasta que por fin se fueron. – dijo el sacerdote, abrazando del lado a su amiga.

- ¿Te cayeron mal? – preguntó sorprendida. – A mí me parecieron buenos y educados.

- No te dejes deslumbrar, mi querida Selene. – dijo Astor. – Por más que creamos en la bondad de la gente, recuerda que son miembros del castillo. Ese mundo está lleno de pomposas superficialidades.

- No generalices, Astor. – pidió Selene, seria. – No caigamos en ese terrible pecado de hablar de los demás sin saber.

- Como digas…

- Volvamos a nuestras oraciones… hoy tengo muchos motivos para agradecer a la Diosa Hylia.

Selene se adelantó en el camino, mientras que Astor se quedó pensativo por varios segundos. Sabía perfectamente que esos jóvenes no iban a regresar, y él podría seguir feliz junto a Selene, ajenos al mundano reino fuera de la Meseta de los Albores.

Nunca pudo ser capaz de leer su propio futuro…

Durante varios meses, Astor había planificado lo impensable, pero sabía que contaba con la bendición de sus superiores y de la Diosa Hylia.

Ya no podía seguir ocultando más el amor que sentía por Selene, que iba más allá del cariño y amistad. La amaba con todo su corazón y se sentía listo para hacerla su esposa.

Ese día había quedado de verse con Selene en el Bosque de los Espíritus, indicando que tenía algo importante que decirle. Sin embargo, lo que más le sorprendió, es que ella también quería conversar con él.

- Mi preciosa Selene. – dijo Astor, sentado en uno de los troncos del bosque, emocionado. – Mi corazón me dicta que lo que tienes que decirme es lo mismo que yo… a diferencia de que yo voy a pedir tu mano, para que seas mi esposa y mía para siempre.

Poco después, llegó Selene, con una encantadora sonrisa en los labios, hermosa como nunca antes la había visto. Astor estaba nervioso, pero dispuesto a revelar los deseos de su corazón. La sacerdotisa se sentó a su lado, cosa que a él lo puso nervioso.

- Mi querido Astor, agradezco mucho que me hayas citado aquí. – dijo la dama, sonriendo más de lo debido.

- Yo… yo también estoy feliz y agradecido. – dijo el joven, nervioso. – Pues hay algo que quiero decirte desde hace tiempo, algo que he ocultado y debes saberlo de una vez.

- ¿En serio? – preguntó Selene. – No puedo creer que nuestros corazones estén tan enlazados, por eso desde siempre hemos estado juntos, como inseparables amigos. Yo también quiero decirte algo.

- Lo sé…

Astor estaba demasiado nervioso, por lo que decidió darle el primer lugar a Selene para que hable. Deseaba prepararse mentalmente ante la confesión de amor que esta iba a darle, y ante eso él iba a sorprenderla pidiéndole que sea su esposa y mujer.

- Astor… estoy enamorada.

Ese momento no podía ser más que perfecto. Sellar el amor correspondido con una pedida de matrimonio.

Sin embargo, de los labios de la dama no salió ni una palabra… sino que mostró una imagen que dejó a Astor impactado.

Un anillo de diamantes decoraba el dedo anular de la mano izquierda de la sacerdotisa.

- Me voy a casar.

Y todo se derrumbó en Astor, hasta el punto que el canto de los pájaros y el sonido de las hojas bailando dejaron de escucharse. El sacerdote pensó estar en una pesadilla, haber escuchado mal la confesión de la dama, pero el brillo del diamante en el dedo de ella lo sacó de su trance, devolviéndole a la maldita realidad.

- ¿Qué…? – el rostro de Astor no tenía expresión. Estaba conmocionado.

- Me caso con el príncipe Rhoam… – dijo ella, emocionada. – Él y yo…

- Eso no es posible… – dijo incrédulo, casi sin poder hablar. – Desde la tormentosa noche de hace meses, no lo hemos vuelto a ver.

- Yo sí me he visto con él, pues me ha visitado de manera seguida. – dijo la dama, nerviosa. – Es por eso que me he ausentado algunas veces, y no quise contarlo porque él me pidió que lo tengamos en secreto… pero ahora todos saben de nuestro compromiso; hasta el Consejo, en representación de sus fallecidos padres, lo aprueban, pues una vez casado, él será nombrado rey… y yo reina.

Y Astor pensando que sus ausencias se debían a los claustros que de vez en cuando se daban para orar, o para ir de compras al mercado de la ciudadela. Qué iluso…

- ¿¡Pero desde cuándo se han estado viendo!? – preguntó histérico, perdiendo el control y levantándose del tronco. – Pensé que esa noche fue la última vez que lo vimos a él y a su escolta… pero ahora me entero, de la nada, que te vas a casar con el príncipe.

- Todo inició con una amistad y poco a poco nos enamoramos, hasta ya no poder estar el uno sin el otro... – la dama se silenció unos minutos, nerviosa por la siguiente confesión que iba a hacer, pero Astor era su mejor amigo, su hermano, confiaba demasiado en él. – Incluso ya unimos nuestras almas... ahora él es mío y yo soy suya…

Se había entregado a ese maldito príncipe… su corazón estallaba de tristeza, ira y decepción. No podía aceptarlo, de ninguna manera.

- ¡No puedo creerlo, Selene! – exclamó irritado. – ¡Solo se aprovechó de ti! ¡Los de la realeza solo usan a las mujeres para divertirse y tú caíste como una tonta!

- ¡No es así, Astor! ¡Por eso me pidió matrimonio! – defendió la dama, sabiendo que su amigo reaccionaba así porque quería protegerla. – Al día siguiente de ese hecho me pidió que nos casáramos, que sea su reina; hasta solicitó una reunión privada con los sacerdotes para pedir mi mano, cosa que demuestra que es todo un caballero.

- Selene…

- Eres mi mejor amigo y quería que seas el primero en saber todo, con lujo de detalles, pues para aceptar casarme con Rhoam le puse una condición. – la dama hizo una pausa, tomando la mano de su amigo. – Que estés conmigo para siempre.

- ¿Qué? – preguntó confundido.

- Ya te lo dije, eres mi mejor amigo, lo que más quiero, y por eso le dije a Rhoam que, si nos casábamos, tú tenías que venir conmigo. – dijo la dama, causando más confusión y furia en Astor. – Le he hablado con tanto amor de ti que él ha aprendido a apreciarte, y por eso, apenas nos casemos, quiere que vengas con nosotros a vivir al castillo. Serás nuestro canciller y mano derecha, nuestro apoyo en gobernar este maravilloso reino, honrando a la Diosa Hylia.

Astor no daba crédito a lo escuchado. El día que iba a pedirle matrimonio a la mujer de su vida, esta le había confesado que, no solo ya era de otro en cuerpo y alma, sino que estaba próxima a casarse con él. Por primera vez su corazón se llenaba de un sentimiento inverosímil, algo que le carcomía el alma dolorosamente, y era más fuerte que la tristeza…

¿Era eso a lo que llamaban odio?

- Dime algo, Astor… ¿Bendices mi matrimonio?

Sin explicación alguna, el joven sonrió, para después acercarse a abrazar a su amiga, cosa que ella correspondió feliz y con lágrimas en los ojos.

- No solamente bendigo tu felicidad, mi amada amiga. – dijo Astor, con el corazón paralizado. – Sino que acepto la hermosa oportunidad que me estás dando… si es para estar contigo, lo que sea.

- Gracias…

Sonriente, Selene miró a los ojos a su amigo, mientras que este limpiaba sus lágrimas con los dedos.

- Astor… ¿Y qué querías decirme? – preguntó Selene, curiosa.

- Nada... – respondió, escondiendo el anillo en su bolsillo. – Solo quería agradecerte el ser tan especial conmigo, y parece que mi corazón no se equivocó ante ese impulso… pues me has traído una hermosa noticia.

Los amigos siguieron abrazados, mientras las pupilas de Astor se dilataban.

- Zorra…

El Templo del Tiempo iba a ser el encargado de bendecir la unión del Príncipe Rhoam y la sacerdotisa Selene, que desde el momento en el que fueran nombrados marido y mujer, se dirigirían al castillo para ser coronados como rey y reina.

En esa misma ceremonia, previa a la celebración de su matrimonio, Rhoam nombraría a su mejor amigo, Demetrio, como General de la Guardia Real, y a Astor, canciller y mano derecha, tal y como se lo prometió a su esposa.

Llegado el especial día, el Templo del Tiempo estaba lleno de felicidad por la unión de los jóvenes, y entre esos invitados se encontraba el caballero Demetrio, vestido con su elegante uniforme de guardia real, junto a su esposa, quien sostenía un delicado bulto que dormía plácidamente en sus brazos, su amado hijo. Tal y como Selene lo predijo, nació niño, al que bautizaron en ese mismo sitio un mes atrás, en una ceremonia muy especial.

Una vez terminado el rito matrimonial, todos los invitados aplaudieron y gritaron de felicidad, pues ahora el reino gozaría de nuevos gobernantes desde la muerte de los anteriores monarcas, los padres de Rhoam.

Emocionado y con una sonrisa de par en par, Rhoam se acercó hasta Astor, a quien le agarró la mano con fuerza y confianza.

- Muchas felicidades, Alteza. – dijo Astor, sonriendo de manera seca.

- Nada de "alteza", llámame Rhoam. – dijo el joven, emocionado. – El hermano de Selene es el mío también, y por eso, desde ahora, tendrás toda mi confianza.

Luego de eso, la nueva reina, radiante en su velo y vestido blanco, se acercó a abrazar a Astor, emocionada de tenerlo a su lado en el momento más feliz de su vida.

Los ojos de Astor, con la dama en sus brazos, comenzaron a oscurecerse…

*.*.*.*.*

Sangre comenzó a emanar de los puños del ex canciller, apretados de la rabia que sentía ante semejante recuerdo, el que marcaba el inicio de su verdadero ser.

- Ramera… pagarás en tu hija el no haberme elegido… Y mi señor Ganon, en su inmensa piedad, me ayudará a hacerlo.

El villano aún tenía más recuerdos guardados en su oscuro corazón. Sentimientos de odio por ser un mal perdedor…


La Torre de Eldin ya había completado su activación, por lo que Zelda y Link podían continuar con su viaje.

Los jóvenes siguieron con su camino, dejando a Epona a salvo en el rancho de la Montaña. En ese momento, la dama estaba saboreando un delicioso bollo que Link le había comprado en Akkala, justo antes de su partida, lo que la llenó de una inexplicable energía.

- Esto es exquisito, Link. – dijo encantada. – Muchas gracias.

- No es nada. – respondió él, sonriendo. – Me lo vendió un hombre del rancho de Akkala Este llamado Kiney, quien me dijo que llenaba de energía desde el primer mordisco. Y al ver tu semblante, veo que no se equivocó.

- Sí… me siento mucho mejor. – respondió la dama.

Una vez terminado su bocadillo, a la mente de Zelda llegó una brutal interrogante, una que no había pensado debido a su débil estado, pero que le carcomía la cabeza terriblemente.

- Link… la ocarina.

- ¿Ah? – expresó el joven, confundido.

- ¿Cómo pudiste tocar la ocarina? – preguntó ella, confundida. – Se supone que jamás habías visto una, mucho menos entonarla.

Link no supo qué responder ante eso. Sin embargo, una laguna invadió su mente, pues una vez más vio a la niña que siempre lo perseguía entre carcajadas entonando ese instrumento, pero muy diferente al que tenía en las manos. No tenía palabras para responder la interrogante de Zelda, además que, sin entender por qué, le producía una dolorosa punzada en el corazón.

- No lo sé, Zelda… quizás me pasó lo mismo que a ti.

- ¿Ah?

- ¿Cómo tú supiste tocar la lira?

- No lo sé… – respondió ella, igual de confundida. – Solo sentí que mi corazón me dictaba hacerlo, dejándome llevar por una misteriosa melodía.

- Entonces me ocurrió algo parecido. – dijo Link. – Sin embargo, debemos seguir averiguando los misterios de ambos instrumentos, pues no sabemos cómo y cuál de los dos fue el responsable de regresar a la fuente a su estado original.

- Tienes razón… – dijo la dama. – Pero estoy segura de que fue la ocarina.

Decidieron dejar el tema de lado, siguiendo con el camino que los llevaría hasta la entrada de La Montaña de la Muerte… la que cada vez se hacía más calurosa.

- Esto es el infierno… – expresó Link, aturdido.

- Sí… hace demasiado calor.

Sin embargo, no tuvieron tiempo de seguir quejándose, pues una enorme roca se dirigía hacia ellos, la que sin duda iba a aplastarlos sin piedad.

- ¡CUIDADO!

Link se posicionó frente a Zelda para protegerla del golpe, sabiendo que su escudo no sería lo suficientemente fuerte para soportar… pero no permitiría que nada le pase, así sea que él tenga que ser aplastado para que ella se salve.

- ¡NO, LINK!

Los jóvenes cerraron los ojos, esperando su final por la rapidez con la que descendía la roca… Sin embargo, nada de eso ocurrió, pues escucharon el sonido de su destrucción muy cerca de ellos.

Cuando abrieron los ojos, no dieron crédito a lo que veían, pues un rocoso ser los protegía con un escudo carmesí formado por sus brazos.

Estaban a salvo… ¿O no?


Comentarios finales:

Hola, espero que se encuentren bien.

En este capítulo he narrado una parte de los inicios de Astor y el motivo por el que detesta a Zelda, pues la reina lo mandó a la "friendzone" jaja. Para muchos quizás sea digno de compasión y empatía, pero si analizan bien la situación y la pasan a la vida real, de ninguna manera es así, pues nadie está obligado a amar.

El Astor de esta historia es la imagen del hombre (o mujer) incapaz de aceptar perder. Amó profundamente a la reina, pero de una manera tóxica y enfermiza, hasta el punto de disimular amor y fidelidad a la amistad de ella, al reino, a las oportunidades que se le dieron, por no haber sido aceptado como hombre. Incluso camufló su machismo por haberse alterado al saber que la reina se había acostado con el rey desde antes de casarse, y por eso le llamó de manera despectiva "zorra" o "ramera" en su mente. ¿Eso hace un hombre que ama? ¿Así se comporta un amigo? Claro que no, y en mi vida he pasado por eso con personas que creí verdaderos amigos, y creo que más de una mujer (u hombre), se va a sentir identificado con esa escena. Sé que es doloroso dejar ir, no ser correspondido, pero una cosa es apenarse, otra llegar a los niveles de maldad a los que Astor llegó, pues ese recuerdo que acaban de leer es solo el inicio, aún quedan algunos más que mostrarán su nivel de odio y resentimiento… por supuesto, utilizados por Ganon, que siempre se aprovecha de la negatividad de los demás para cumplir con sus planes, como lo hizo Ganondorf en Twilight Princess con Zant, y en HW con Cya.

Se estarán preguntando por qué la madre de Zelda tiene un origen plebeyo y no de "sangre azul", como se supone que debería ser. Primero hice eso basándome en los inicios de la saga (Zelda SS), pues Zelda no era princesa y era considerada una sacerdotisa, al igual que lo es la princesa de BOTW, pues el Árbol Deku y su antiguo maestro (en el canto de Nyel), la llaman por ese título. Además, el apellido del rey, a mi parecer, indica que él es el de origen monárquico, por lo que la ascendencia real viene de su lado, pero la parte divina viene de la madre.

Total, en ningún juego de la saga se habla de la reina o de su origen, creo que el que más lo menciona es este, BOTW. Ojalá que esta conclusión mía sea de su gusto.

Sobre el físico del rey Rhoam, la verdad nunca he comprendido por qué Nintendo lo hace viejo, teniendo una hija tan joven. Muy bien podría verse como un hombre maduro, pero de buen ver, bien parado, pero lo hacen ver como el típico viejo de barba blanca, y en este caso lo quise cambiar. De joven era fuerte y apuesto, pero desde la muerte de la reina, con tanto dolor y estrés por delante (aparte de fallar como padre), se envejeció prematuramente. Quiero acabar con la imagen de la mujer joven y bella casada con un viejo que parece su padre, a pesar de que cada gusto en las parejas es respetable. Muchos casos en la vida real muestran personas de 20 años con padres que se ven jóvenes y llenos de vitalidad.

También creo que ahora se entiende por que la Meseta de los Albores es tan especial para el rey.

Los nombres Demetrio y Aitana, los padres de Link, los he usado desde mi historia "Almas unidas", por lo que quise reciclarlos en este fanfic. Sobre la madre de Zelda, a la que en la recordada trama la llamé "Celine", en esta quise que se llame Selene, como la titán de la mitología griega que simboliza a la luna (además porque amo la luna, por algo mi pseudónimo es Artemiss). Esto también tiene una relación muy clara con la luna carmesí del juego y por qué en este capítulo la noche no estaba alumbrada por ella. Son señales que iré aclarando más adelante. Tengan presente cada referencia para el futuro.

Una curiosidad, que por supuesto notaron… Link estuvo presente en la boda de los padres de Zelda, y él ni por enterado por estar dormido en los brazos de su madre. ¿Descubrirá eso más adelante?

Y sobre los antojos de las embarazadas, no es del todo cierto, pues cada mujer es distinta, pero según he escuchado en amigas y conocidas, si esperas una niña, tus antojos son de dulce, si son salados, es porque tendrás un varón. Sin embargo, eso no es tan real, pues hay casos donde las mamás quieren comer puro dulce y resulta que tendrán un niño, o al revés. Más o menos quise aplicar ese mito aquí, mucho más si en el contexto de la historia no existen las ecografías (las que, a la fecha de hoy, a veces se equivocan en ver el sexo del bebé. Sus padres se enteran qué mismo es al momento del nacimiento).

Bien, espero que este capítulo les haya gustado, y aguardo muy feliz por sus comentarios.

Abracitos ^^