Capítulo 23: Ecos del pasado

Otra esquina de la runa apagada se apagó, evidenciando la libertad de Vah Rudania, pero el fastidio de su observador.

Astor, histérico, golpeó con furia el pedestal, pues a una bestia divina rescatada no la veía como una amenaza, ni tampoco a dos; sin embargo, aunque creyera aún tener el total control de la situación, tomaba esto como una simple y molesta señal de no descuidarse, de ser más precavido a la hora de acabar con sus enemigos, sobre todo con la princesa.

- Dúo de imbéciles, seguro se sienten muy triunfantes. – expresó molesto. – Sin embargo, pienso tener un trato especial con ustedes y permitirles que gocen de esta mísera victoria… por esta vez.

Luego de terminar de vociferar por lo alto, Astor hizo una pausa para, una vez más, dejarse llevar por el rencor del pasado, por todo lo que consideraba la causa de su actual vida.

Estúpidamente, por mucho tiempo, desperdició su vida honrando a la Diosa Hylia, creyendo que su lealtad a ella le daría todo lo deseado, creyéndose merecedor absoluto de su gracia. Sin embargo, su fe comenzó a flaquear desde que Selene lo rechazó, yendo en descenso en cada situación relacionada con ella.

Astor era experto en nadar en las caóticas aguas de su rabia, por lo que, para inspirarse mucho más, decidió hacer otra visita a un lugar de sus vivencias.

Con un solo chasquido de sus dedos, la humareda púrpura lo rodeó, trasladándolo al deseado lugar.


El rugido de Vah Rudania ahora era diferente, pues ahora era por el triunfo de su libertad, de sentirse liberada de la maldad de Ganon. La bestia se encontraba posicionada en la cima del cráter, junto con su legendario piloto encima de ella.

Daruk estaba orgulloso de sentirse tan libre como la bestia. Aunque fuera de otra dimensión, podría cumplir con la misión que se le encomendó un siglo atrás para vencer al mal.

- Perfecto, Rudania. – habló Daruk. – Desde aquí podremos esperar al despreciable de Ganon, para atacarlo en cualquier momento. Cuando Link le haga frente, tendrá que vérselas con nosotros también. Y no tendremos piedad.

Daruk hizo una pausa para poder ver mejor al pueblo frente a él, al que no veía desde hace mucho tiempo.

Gran nostalgia se adentró a lo profundo de su corazón.

- Hace cien años que no veía Hyrule. – dijo, acercándose más al extremo de la bestia para ver el paisaje. – Qué hermosa vista. Parece que el viejo reino todavía sigue dando guerra.

Fue en ese momento que Daruk visualizó una imagen. Link y Zelda estaban conversando con Yunobo y el viejo Gorobu.

- Me mata la curiosidad. ¿Me preguntó sobre qué estarán hablando?


Mientras los Goron de la ciudad con su mismo nombre miraban, sorprendidos, a la bestia divina en la cima del cráter de la Montaña de la Muerte, Link y Zelda estaban en casa del jefe Gorobu junto con él y Yunobo.

Ambos Goron escucharon entristecidos la historia sobre el origen del pequeño Daruk, lo que afectó a Yunobo más que a nadie, pues él era el encargado de su cuidado, y el niño, con su simpatía, logró ganarse su corazón.

- El pequeño Daruk, mi hermano menor… nunca fue real. – expresó Yunobo, apenado y con lágrimas en los ojos.

- Jamás imaginé que su exploración les llevaría a vivir algo como eso. – expresó Gorobu, ajeno aún al verdadero origen de Link y Zelda. – Vah Rudania, tan tranquila, estaba dominada por el poder de Ganon.

- Así es, pero por suerte se pudo liberar tanto a ella como a Daruk. – dijo Link.

- Yunobo, lamento tanto la decepción que sientes. – dijo Zelda, entristecida. – A nosotros también nos impactó conocer la realidad.

- Como te dije, Yunobo, entiendo lo que estás pasando. – dijo Link, igual de apenado. – Pero ten por seguro que ahora ya se encuentra libre, alejado de la maldad de Ganon.

- No cabe duda que ese ser es muy peligroso, pues no solo atenta contra la vida de las personas, sino también con sus emociones. – dijo Gorobu. – Nos engañó a todos de la peor manera.

- Y pagará por eso, jefe Gorobu. – afirmó Link, molesto al recordar lo vivido con Daruk. – Se lo aseguro.

- Sea como sea, les agradezco tanto el haber ayudado a Daruk. – dijo Yunobo, soltando lágrimas. – Ustedes son tan valientes, no como yo.

- Yunobo… – expresó Zelda, apenada.

- No digas eso, Yunobo. – pidió Link. – El valor no se demuestra con fuerza o con las mejores armas, sino enfrentándose a sí mismo… superando sus miedos.

Yunobo no dijo nada, pues a pesar de lo que Link o cualquiera pudiera decirle, no dejaba de sentirse un inútil, incapaz de haber aportado en algo en la salvación de Daruk.

- Ha llegado la hora de despedirnos. – dijo Zelda. – Debemos seguir con nuestro periplo para salvar… digo, investigar a las demás bestias divinas.

- Espero que las demás no presenten ningún problema. – dijo el jefe. – Muchas gracias por su ayuda, les deseo un buen viaje.

- Yo también, Link y Zelda, les deseo un buen viaje. – expresó Yunobo. – Y prometo hacer lo posible para ser valiente como ustedes.

Yunobo y Gorobu se despidieron de los jóvenes con un apretón de manos, cuidando de no lastimarlo en el proceso.

Finalmente, la pareja empezó su descenso por la Montaña de la Muerte, guardando en su lastimado corazón otra despedida con los eternos campeones, los que en el pasado sacrificaron su vida por el reino.

Yunobo se quedó también con malestar en su alma, pues aún se recriminaba no haber hecho nada por Daruk, su familiar lejano… su modelo a seguir.


El héroe y la princesa ya habían llegado a la mitad del camino de descenso de la montaña, entrando a la Mina Meridional. Los Gorons se encontraron en media jornada de trabajo, buscando las mejores piedras para comercializar en todos los rincones del reino.

Durante ese trayecto se dieron cuenta de que un par de Gorons, uno más grande y otro más pequeño, no estaban trabajando; más bien, estaban empacando maletas, lo que les hizo suponer que iban a irse.

Link sintió una gran curiosidad por hablar con el par de Gorons, pues desde que había llegado a la Montaña de la Muerte, tenía curiosidad de conocer un poco más sobre las piedras y las ganancias que podría obtener con ellas.

El joven iba a acercarse a ellos junto con Zelda, y los Gorons, al notarlo, se pusieron de pie para saludarlos.

- Hola, pequeña pareja. – saludó el Goron más grande. – Mi nombre es Kadunia y soy un minero.

- Y yo soy Kadagoro. – saludó el pequeño. – El hermano menor de Kadunia, y yo también soy minero… bueno, aprendiz.

- Un gusto. Yo soy Link.

- Y yo, Zelda.

- ¿Quieren comprar piedras preciosas? – preguntó Kadunia. – Por ahora no será posible venderles, pues nos estamos mudando a Akkala.

- ¿A Akkala? – preguntó Link.

- Así es. – respondió Kadunia. – Recibimos una oferta de trabajo imposible de rechazar, y en el momento justo, pues mi hermano y yo estamos algo aburridos de la mina y queremos explorar nuevos horizontes.

- Colaboraremos en la construcción de un nuevo pueblo, y a cambio podremos tener una casa y un negocio. – dijo Kadagoro con entusiasmo.

- Por eso tenemos que irnos. – dijo Kadunia. – Así que cualquier cosa que necesiten de nosotros, deben buscarnos por allá.

- ¡Adiós! – se despidió el Goron más pequeño.

- ¡Nos vemos pronto!

Sin dar oportunidad de seguir hablando a la pareja, los Gorons tomaron su forma redonda y se marcharon.

Link quedó con gran curiosidad sobre la construcción de ese misterioso pueblo. Sin embargo, en esos momentos, lo que más estaba en su mente era la región de Akkala… un pendiente que dejó ahí.

- Zelda, vamos a la Fortaleza de Akkala. – pidió Link.

- ¿Ah? ¿Estás seguro? – preguntó Zelda, preocupada.

- Sí, sabes muy bien que hay algo que debo hacer.

La dama sonrió, sin decir nada más. Tomó del brazo a su caballero, y junto a él retomó el camino de descenso.

Para Link, el encantamiento de tener a su dama cerca calmaba su ansioso corazón por lo que le esperaba.


El atardecer estaba próximo a culminar, para darle cabida a la noche.

Yunobo se encontraba en las faldas de la Montaña de la Muerte contemplando a Vah Rudania, maravillado por su magnificencia, como nunca antes la había visto.

A pesar de sentirse en aparente calma observando a la bestia, Yunobo aún seguía apenado y avergonzado por no haber hecho gran cosa por salvar a Daruk. Ahora más que nunca dudaba en ser su descendiente, pues alguien tan valiente como él no podía ser familiar de un ser tan cobarde como él.

- No tienes por qué sentirte mal, Yunobo.

Impresionado, el Goron se dio la vuelta, para encontrarse con una imagen imposible. Daruk se encontraba frente a él, sonriendo como siempre lo hacía.

- ¡Señor Daruk! – expresó Yunobo, impactado. – No es posible…

- Mi cuerpo no está vivo, pero mi espíritu sí. – dijo Daruk. – Y he aparecido ante ti para darte las gracias.

- ¿Las gracias? ¿A mí? – preguntó Yunobo, incrédulo.

- Así es, pues gracias a ti me sentí un niño de nuevo, feliz. – respondió el campeón. – Me cuidaste cuando más solo me sentía, hiciste para mí los mejores rocoperniles y me diste un hogar, así sea por corto tiempo. – A pesar de que todo fue por una manipulación, mi felicidad contigo y el abuelo fue real, pues gracias a eso pude atraer al héroe para que me salve.

- Señor Daruk. – habló el Goron, sin evitar que las lágrimas corran por su cara.

- La valentía se demuestra de muchas formas, y no cualquiera toma a un niño extraño a su cuidado. ¡Eres tenaz, muchacho! ¡Me enorgullece que seas mi descendiente!

Daruk le dio una fuerte palmada a Yunobo, la que lo hizo tambalear un poco. Sin embargo, el joven Goron lo tomó bien, pues esa era la manera de demostrar aprecio entre los de su raza.

El campeón apareció en sus manos su apreciado machacarrocas para entregárselo a Yunobo.

- Esto es… – expresó el joven Goron, tomando el arma con sus manos.

- Ahora mi legendaria arma te pertenece. – dijo Daruk. – Con ella te volverás más fuerte y podrás cumplir con la misión más importante.

- ¿Cuál misión?

- Pronto lo sabrás… y te aseguro que nos volveremos a ver. – dijo Daruk. – Hasta luego, Yunobo.

El cuerpo de Daruk se desvaneció del ambiente, dejando a Yunobo con lágrimas en los ojos, pero con la satisfacción de sentirte capaz de ser más fuerte para proteger a los que quiere.

- Hasta luego, señor Daruk.


Nada… tal y como le gustaba ver en ese lugar, la completa nada.

La gran ciudadela de Hyrule seguía como siempre, en ruinas, bañada con la malicia de Ganon, con olor a pobreza y muerte… tal como a Astor le gustaba.

El vidente suspiró, deleitado con el ambiente a su alrededor.

- Hace años esto me hubiera parecido terrible, desgarrador, y hasta hubiera llorado junto a Selene por una imagen tan trágica. – mencionó, diciendo lo último con sarcasmo. – Sin embargo, ahora me parece magistral. Cómo me gustaría que nuestra difunta reina pudiera verlo… ojalá que se esté revolcando en su tumba.

Astor siguió su camino hasta la entrada del castillo, el que adentró como si nada, pues los guardianes y monstruos en su interior no se le acercaban, es más, hasta le huían, pues todos conocían su autoridad y alcance de poder, a pesar de que su primitivo cerebro les daba, más que nada, para comer y atacar.

Ignorándolos por completo, Astor llegó hasta un rincón en particular, el que estaba ubicado en la primera entrada al castillo. Alguna vez, dicha esquina perteneció a un jardín floreado en el que siempre él se sentaba a reflexionar sobre su día, en sus antiguas funciones como canciller.

Solo de recordar aquella tarde sentía náuseas y arcadas.

*.*.*.*.*

Astor ya llevaba un poco más de un año viviendo en el castillo, lo que significaba un aniversario más de su nuevo rango y del matrimonio de Selene, su mejor amiga.

Como canciller, reconocía que el nuevo poder y aprendizaje otorgado le dio un cargo de renombre, pues el ser la mano derecha de los regentes y el responsable de la diplomacia del castillo de Hyrule con el resto de los pueblos, le había dado prestigio, respeto, e incluso temor y envidia. Muchos aspiraron a ese cargo con el matrimonio del rey, pero este, por amor a su esposa y admiración a su mejor amigo, lo eligió a él como el indicado. Y no solo eso, también lo consideraba su compañero, en el que sabía que podría poner en sus manos la vida de su reino.

Rhoam consideraba su hombre de confianza a Astor… en cambio, él solo lo veía como un imbécil entrometido.

A pesar del paso del tiempo, aún no superaba el absurdo y ridículo matrimonio de su amiga. Delante de ella siempre disimulaba apoyo y empatía por su felicidad, sin embargo, la detestaba y anhelaba que se destruyera desde lo más profundo de su alma. Incluso Selene, confiando ciegamente en su amigo, le comentaba los contrapuntos que a veces tenía con su marido. A pesar de que no eran temas de cuidado, el vidente deseaba que se convirtieran en problemas monstruosos, tan letales que terminen acabando con su relación… pero todo terminaba cuando ella o el rey se disculpaban, siendo así, cada vez más unidos.

Ante cada reconciliación, Astor se fastidiaba, pues no soportaba ver al rey feliz con la mujer que le robó, tal cual lo pensaba. Estaba convencido de eso, pues si Rhoam no hubiera llegado esa noche a la Meseta de los Albores, Selene lo hubiera elegido a él.

Odiaba a ambos. Al rey, por haberse entrometido en su relación con sacerdotisa, y a Selene por "fácil", por haberse dejado deslumbrar por las superficialidades del mundo de la realeza.

Y una mañana, saliendo de sus actividades, Astor se sentó en una banca del jardín. No pensaba en nada, simplemente descansaba después del día agotador que tuvo.

- Astor…

El canciller alzó la mirada y se encontró con la reina, quien resplandecía con su elegante vestido azul y detalles dorados. Hace tiempo que no se cuestionaba cuánto había cambiado Selene. Ya no quedaba nada de la mujer que vestía de manera sencilla, a pesar de que ella siempre le repetía que su transformación era externa, pues por dentro era la misma alma llena de bondad… la que el vidente ya había dejado de admirar.

- Alteza. – saludó Astor, colocándose de pie y haciendo una reverencia.

- Estamos solos, Astor, no tienes que ser tan formal. – respondió ella, soltando una risa.

- Lo hago por sí alguien nos está viendo… además, sea como sea, eres la reina.

- Contigo no soy la reina, soy tu mejor amiga.

La reina tomó asiento al lado de Astor, y junto con él comenzó a observar el jardín a su alrededor. No era la primera vez que estaban solos en dicho lugar, pues sin citarse, siempre sabían que podían encontrarse ahí.

- Veo que de nuevo atiné al saber que estarías aquí. – dijo Selene. – Como siempre, mi querido amigo, vengo a contarte mis cosas, mi día a día.

Astor percibió una emoción extraña en su amiga, lo que le hizo pensar que una nueva preocupación la incomodaba, y por supuesto, relacionada con su esposo. Por fuera mostró empatía, pero por dentro se encantó, pues esperaba que la noticia que iba a darle se relacionara con el rey. Quizás ahora iba a confesarle que haberse casado con él fue un error.

- Selene… – habló Astor, para luego abrazar a su amiga y recostarla en su hombro. – ¿Otra vez llegaste a un desacuerdo con tu esposo?

- No, no es eso…

- Selene, mi oferta de siempre sigue en pie. – dijo el hombre, bajando el tono de su voz. – Si no eres feliz, vámonos. Yo te llevaré lejos de cualquiera que quiera dañarte, por más poderoso que sea.

- Astor, agradezco tanto que siempre me consideres, pero no es nada de eso. – respondió Selene, sonriendo y mirando a su amigo. – Rhoam es un hombre maravilloso, y nuestros contrapuntos son los que, considero, tienen toda pareja de casados, y todos han sido por temas relacionados con el manejo del reino. Aún somos muy jóvenes y a ambos nos falta seguir creciendo y madurando, pero no por eso pienso en separarme de él.

Astor miró serio a Selene, controlando sus emociones para no decir algo indebido… aunque ganas no le faltaban. Decía quererla mucho, pero aun así la consideraba una mujer baja al haberse dejado deslumbrar por el rey.

- No tienes nada de que preocuparte, pues Rhoam solo me ha amado con todo su ser, al igual que yo a él. – dijo Selene, mientras sus mejillas se sonrojaban. – Y ahora, más que nunca, nuestro amor trascenderá.

Selene, riéndose y roja como una fresa, se cubrió el rostro, mientras que Astor no comprendía aquella actitud.

- Soy tan feliz, Astor… voy a tener un hijo.

El vidente sintió un fuerte retumbo en su cabeza, mientras las manos y pies comenzaron a hormiguearle. No iba a dar crédito a lo escuchado, de ninguna manera.

Astor volvió a convencerse de que había escuchado mal, pero al ver el brillo en los ojos de su amiga y como esta tenía una mano colocaba en su vientre, se convenció de la maldita realidad. La mujer que deseaba para él, para nadie más, esperaba un hijo de otro, del infeliz que se metió donde no lo llamaban, el que con sus sucias manos la mancilló y embarazó.

Si no soportaba ver a Selene todos los días de la mano del rey, no sabía cómo reaccionaría al verla con el fruto de ese asqueroso amor formándose. No iba a tolerarlo.

- ¿No dirás nada, Astor? – preguntó Selene, extrañada al ver la parálisis del vidente.

- No tienes idea el terrible error que has cometido, Selene…

- ¿Ah?

El canciller se maldijo a sí mismo por su impulso. ¿Cómo pudo ser tan idiota en soltar algo como eso? Selene lo miraba intrigada, por lo que debía actuar rápido en su reacción.

- Lo que quise decir… – hizo una pausa. – Es que creo que fue algo precipitado este embarazo. Como dijiste, aún les falta cosas que madurar y aprender como pareja.

Ante la respuesta de Astor, Selene calmó su rostro y sonrió.

- Lo sé, aún somos jóvenes, y sinceramente no estábamos buscando este embarazo… pero llegó porque la Diosa así lo quiso.

- ¿La Diosa?

Selene puso mirada seria, sabiendo que lo que iba a confiarle a su amigo era muy valioso. Ella era un libro abierto para él, sin imaginar los bajos sentimientos que se estaban cosechando.

- Astor, esta mañana me enteré de mi estado, y después de Rhoam, eres la segunda persona en saberlo, de la misma manera sobre lo que pienso confesarte ahora. – dijo Selene, haciendo una pausa. – Esta madrugada, antes de conocer esta noticia, tuve un sueño donde la Diosa se me aparecía… y hace años que no sueño con ella.

- ¿Un sueño profético?

- Así es, y tú mejor que nadie sabes lo real que son esos sueños. – dijo la reina. – Ella me dijo que a mi vida llegaría el milagro que salvaría este reino de las garras de nuestro enemigo, Ganon. Eso confirma lo que siempre dijeron los ancianos sobre mí. Que mi alma era herencia de Hylia, y ahora esta pasará a ser parte de mi legado.

Astor conocía perfectamente esa hipótesis. Los sumos sacerdotes siempre consideraron a Selene un ser especial, la única que era capaz de llegar hasta Hylia con sus oraciones; incluso en varias ocasiones su cuerpo se iluminaba al hablar con la deidad.

Astor sintió una punzada rara en el pecho al pensar en algo como eso, sin comprender por qué. Sin embargo, se restableció rápido y abrazó a su amiga, para hipócritamente demostrar felicidad y dicha por la noticia.

- Lamento mucho mi reacción, mi querida Selene. Por supuesto que me alegro por la noticia, pues tu felicidad es la mía. – dijo Astor, retorciéndose ante cada palabra dicha. – Y sobre tu sueño profético, sabes que siempre hemos orado para que el mal se desvanezca, y este es el momento para hacerlo. Desde pequeños nos hemos preparado para eso.

- Tengo miedo, Astor. – expresó la reina, soltando algunas lágrimas. – Una cosa es que yo tenga que enfrentar esto, ¿pero mi bebé? Temo que le espere un terrible destino.

- Bueno, eso…

- ¡Selene!

Para desagrado de Astor, Rhoam llegó en búsqueda de su esposa. Estaba nervioso, pero al mismo tiempo sonriente y animado, y por supuesto la razón era más que obvia.

El rey se acercó a su esposa para abrazarla y besarla en los labios, cosa que causó furia en Astor. Sin embargo, disimuló su malestar perfectamente, esbozando una forzada sonrisa.

- Buenas noches, Alteza.

- ¡Rhoam! – exclamó el rey, riéndose. – ¡Me llamo Rhoam! Así te he pedido que me llames.

- Lo siento, Rhoam. Lo mismo me pasa con Selene. – se excusó Astor. – Es la costumbre por tener siempre gente alrededor.

- ¿Ya Selene te dio la buena nueva? – preguntó animado. – ¡Vamos a ser padres! ¡Un hijo viene en camino!

- Lo sé, me lo acaba de decir… muchas felicidades a los dos.

- Gracias, mi apreciado amigo. – dijo el rey. – Después de mí, eres el único en saberlo, pues eres de nuestra extrema confianza.

- Le acabo de contar todo, entre esas cosas, mi sueño profético.

- Ah, eso… – dijo Rhoam a su esposa, algo preocupado. – Pero no pensemos en eso. Lo que más quiero en este momento es cuidarte, así que debes descansar.

- Yo me retiro. – intervino Astor. – Que pasen buena noche.

Astor se retiró del jardín a toda prisa, pues sentía que en cualquier momento iba a vomitar.

Ya no lo soportaba más… muchas veces lo repitió, pero nunca lo había dicho tan en serio.

Quizás había aprendido a vivir con la rabia de ver a la mujer que consideraba suya en los brazos de otro… ¿pero un hijo? Eso era demasiado, bastante humillación para su orgullo.

- Maldita… mil veces maldita. – expresó Astor, retorciéndose de furia en su habitación. – Malditos los dos, sobre todo ese mocoso que esperan. ¡Qué se mueran los dos!

- Eso depende de ti…

Astor levantó la cabeza para descubrir como una sombra empieza a tomar forma frente a él.

Nunca se había sentido tan atraído a algo…

Semanas después, la reina se encontraba estudiando algunos textos en la biblioteca. Quería estar muy informada sobre varios asuntos, entre esos su embarazo y el futuro que le esperaba a su bebé, siendo esto último lo que más le asustaba. Sin embargo, estaba dispuesta a afrontarlo, a protegerlo por sobre todas las cosas.

- Selene…

La reina reaccionó asustada ante el llamado, descubriendo que se trataba de Astor.

- Lo siento, Astor… me asustaste.

- Tranquila, querida amiga. – dijo el canciller, sonriendo cálidamente. – Debes tratar de estar en calma, pues exaltarte le hace daño a tu bebé.

- Lo sé, pero a veces me cuesta estar tranquila, sobre todo por lo que te conté… la profecía de la herencia del poder de Hylia.

- Entiendo, y es por eso que no pienso permitir que tu esposo sea el único que te cuide. ¡Ni lo pienses! – manifestó el vidente. – A partir de ahora yo también veré que pases tu embarazo lo más cómoda posible.

Astor colocó una taza de infusión en la mesa, causando que los ojos de la reina se humedezcan y su sonrisa se conmueva.

- La hice especialmente para ti. – dijo el hombre. – Y es perfecta para tu estado.

- Astor…

La reina, emocionada, abrazó a su amigo, al que consideraba el segundo hombre más importante de su vida. Poco después, comenzó a beber la infusión, mientras el canciller la veía encantado.

- Vas a ver lo bien que vas a sentirte, mi querida Selene.

*.*.*.*.*

Al fin de ese recuerdo llegó a Astor en el mismo lugar donde se encontraba, la biblioteca.

- Tú me obligaste a eso, Selene… – dijo el vidente, con dificultad para hablar. – Y, sobre todo, mi señor Ganon me abrió los ojos.

Astor comenzó a reírse a carcajadas, para después aparecer en sus manos el orbe que siempre lo acompañaba, el que contenía el don que Ganon le otorgó.

- Paciencia, mi señor Ganon. Pronto Zelda estará en sus manos.


Link y Zelda recogieron a Epona en el rancho de la montaña, sitio donde también regresaron a su vestimenta original. Luego se dirigieron a Akkala, llegando a la tierra al anochecer.

Después de la despedida con Daruk, Link sintió que era el momento de enfrentar su pasado, así sea poco a poco. Un buen comienzo era activar la torre que se negó a visitar.

Los jóvenes llegaron hasta la fortaleza de Akkala, la que estaba prácticamente obstruida en su entrada. Link logró visualizar un camino para poder llegar hasta ella, lo que solo lograría escalando.

- Link… – llamó Zelda, preocupada y abrazándolo por la espalda. – Puedes dejar esto para después si aún no estás listo.

- No, Zelda. – respondió serio. – Ya estoy cansado de no entender mi pasado, y creo que lograré hacerlo enfrentando mis incomodidades, como la que me da este lugar.

- Insisto en ir contigo…

- No. – se negó serio. – Primero es peligroso, la entrada está obstruida… Además, necesito hacer esto solo.

Link se bajó de la yegua, dejando a Zelda bajo su cuidado. Tomó la mano de la dama y la besó, para luego sonreírle cálidamente.

- Ya regreso, princesa.

El acto de Link causó que Zelda se sonroje, a la par que el corazón del joven palpitara con fuerza. A pesar de sus dudas, estaba seguro de que quería a Zelda, y por eso no iba a exponerla a ningún peligro.

Link comenzó a escalar por los caminos anexos a la fortaleza. Que estuviera destruida era una desventaja, pero al mismo tiempo una ayuda, pues eso le permitía tener donde pararse cuando se sintiera cansado o un impulso para subir más.

Finalmente, llegó a la entrada que lo llevaría a la torre, la que se encontraba rodeada de escombros y malicia… y de guardianes destruidos.

- Los guardianes…

Link se tapó los oídos, pues ese sonido regresó, el que creyó no volvería a recordar. Ese rayo láser apuntando a su corazón, amenazando con terminar con lo que más quería… el que se encargó de arrebatarle su vida y memorias.

- Vete, Link… salva tu vida.

- ¡No! ¡Ya no más! – gritó Link, incómodo.

El joven, por más que el terror lo invadiera, estaba decidido a enfrentar su pasado con valor. Dejó los recuerdos de lado y siguió de frente hasta la torre, ignorando a la malicia y a los guardianes.

Le costó algo de dificultad evadir la esencia de Ganon, pero finalmente logró llegar a las plataformas de la torre, que aunque rotas, le ayudaron a subir.

Y una vez arriba, activó la torre, escuchando el típico sonido y mensaje.

A lo lejos, Zelda observó la majestuosidad de la torre encendida, signo de que el héroe la había activado.

- Bien hecho, Link… estoy tan orgullosa de ti.

Zelda aguardó por la llegada de Link, quien se veía serio, pero más aliviado al haber activado la torre, o más bien, afrontado los recuerdos de la fortaleza de Akkala.

Zelda se bajó de Epona y se acercó a Link, a quien acarició el rostro con delicadeza. El joven sintió su piel vibrar al tenerla así de cerca, pero para sublimar tales emociones solo se limitó a besar su mano.

- ¿Cómo te sientes? – preguntó la dama.

- Me siento bien, Zelda, con un peso menos sobre mi espalda. – respondió Link. – Este sitio tiene tantos recuerdos de mi pasado.

- Estoy dispuesta a escucharte… siempre y cuando desees hablar de eso.

Link acarició el rostro de su dama al ver lo dispuesta que se sentía al apoyarlo, para después, siguiendo un impulso, besarla en la boca. A diferencia del primer beso, este era más lento, pero no menos apasionado. Todo lo vivido con ella, junto con la preocupación de su salud, le hicieron darse cuenta lo importante que era para él.

La dama, simplemente se dejó llevar.

- Link… – expresó Zelda, sonrojada.

- Zelda, podré estar confundido, pero estoy seguro de que te quiero. – dijo Link, colocando la mano de la princesa en su rostro. – Y es por ese sentir que no pienso dejar pasar lo que ocurrió dentro de Rudania.

- Link, yo…

- ¡No me ocultes nada!

- ¡Te juro que no te oculto nada! ¡Por la memoria de mis padres! – exclamó Zelda, desesperada. – Estoy segura de que lo que me ocurrió tiene que ver por mi convivencia con Ganon, pero es solo una suposición.

- Entonces debe haber una solución para eso. – dijo Link, angustiado. – Regresemos a Kakariko. Estoy seguro de que Impa nos guiará con este problema.

- Prunia también podría ser muy útil. Y también…

Zelda enmudeció al recordar algo sumamente importante, sobre todo por el sitio en el que se encontraban. ¿Era posible que su suposición fuera cierta?

- Quizás Rotver nos pueda ayudar.

- ¿Rotver?

- Sí, es otro Sheikah que formó parte del Consejo Real junto con Prunia, y junto a ella lideraron el laboratorio de antaño. – dijo Zelda. – No me sorprende que no lo recuerdes, pero quiero que sepas que él se encargó de preparar todo… para tu letargo.

El joven se impactó al escuchar dicha noticia, regresando a él viejos dolores, a pesar de no recordar nada.

Zelda, por su parte, estaba dispuesta a ya no ser tan confidencial con Link. Ahora que él había decidido enfrentar su pasado, iba a confesar cosas, pero siempre con prudencia, pues no quería que el pobre y desmemoriado joven colapse por exceso de información.

- Recuerdo que Rotver, varias veces, manifestó su deseo de radicarse en "la zona otoñal del Noreste", que no es otro sitio que Akkala. – dijo Zelda. – Estoy segura de que después de dejarte en el Santuario de la Vida, no dudó en cumplir su deseo. Tengo un presentimiento de que es así.

- Entonces vamos a buscarlo. – dijo Link, ansioso. – No perdamos tiempo.

Link tomó la mano de Zelda y la subió en Epona, para después hacer lo mismo. Fueron por el camino del Norte decididos a encontrar el paradero de Rotver; iban a preguntar a quién sea, a cualquier viajero, a los huéspedes del rancho, y estaban seguros de que hallarían su paradero.

Mientras seguían con su camino, Zelda observaba el paisaje a su alrededor. Hace cien años visitó Akkala varias veces, pero únicamente para rezar en la fuente del poder, para nada más. Ahora, a casi cinco meses de su liberación, y aunque las circunstancias fueran de importancia, era la primera vez que asimilaba la hermosura de su reino, a pesar de que aún estaba convaleciente por la destrucción de Ganon.

Hyrule, en su totalidad, era la mayor prueba de mantenerse de pie en la peor de las adversidades.

- ¿Cómo te sientes, princesa? – preguntó Link, sin quitar la vista del frente.

- Físicamente, me siento bien, pero por dentro tengo muchas dudas.

- Puedes contarme lo que desees. – indicó Link.

- Más bien prefiero que tú me cuentes algunas cosas… – la princesa hizo una pausa, decidida a sacar información. – Por ejemplo, cuéntame qué visión tuviste en Vah Rudania.

- ¿Visión?

- Sí, y para darte confianza te diré lo que vi. – dijo Zelda, apenada. – Viví un delirio de una vida sin Ganon, con mis padres vivos, joviales y frescos. El mal no existía en este reino, y a pesar de las exigencias de la realeza, era una chica normal.

- Ganon es un maldito bastardo. – expresó Link, enfurecido por haber sido tan cruel con la princesa.

- Eso no es nada en comparación a otras cosas.

- ¿Qué quieres decir? – preguntó Link, extrañado.

- Quiero decir… – Zelda intentó salir rápido de temas que no podía mencionar. – Seguramente tú también viste cosas dolorosas… por ejemplo, a Abril.

A pesar de que estaba a sus espaldas, Zelda notó cómo el cuerpo de Link se tensaba. El joven se estremeció al escuchar ese nombre, pero como otro paso más para superarse, iba a hablar, a confiar en la princesa como ella lo había hecho con él.

- ¿Sabes quién es Abril? – preguntó Zelda.

- Sí, mi hermana pequeña. – respondió Link, frío. – No es la primera vez que ella o mi padre llegan a mi mente, pero esta vez pude verles el rostro a ambos.

- ¿En serio?

- Los recuerdos con Abril son los que más me han mortificado, pues… me parece escuchar su risa en todos lados, a cada instante, y eso me enternece y martiriza, me persigue inmisericordemente.

La voz de Link se quebró, pero ni la misma Zelda lo notó. No lo confesaba, pero la culpa de no haber podido hacer nada para salvar a su familia lo torturaba, a pesar de aún no recordar las verdaderas circunstancias de su muerte. Solo sabía el nombre del causante de la tragedia, Ganon.

- Cuéntame qué viste. – pidió Zelda. – No te quedes con eso guardado.

Link cerró los ojos, consternado, pero de ninguna manera iba a dar un paso atrás. Compartir su experiencia con Zelda lo haría sentir mejor.

*.*.*.*.*

Hace un mes que Link había finalizado su entrenamiento en la Fortaleza de Akkala, y su regreso al palacio fue apreciado por todos… menos por una persona.

Una de las ilusiones más grandes por regresar era volver a ver a Zelda, preguntarle tantas cosas; como la razón por la que dejó de responder a sus cartas, pedirle perdón por su involuntaria ausencia. En sí, recuperar su amistad. Sin embargo, se encontró con un ser frío y silencioso que ni lo miraba.

A Link le lastimaba profundamente su actitud, y no hubo oportunidad que no buscara para acercársele. Siempre se encontraba con la nada, con la mirada fría de la dama, la que siempre se daba la vuelta cada vez que lo veía.

El caballero se había hecho experto en guardar las apariencias, tal y como su padre le enseñó. Sin embargo, se sentía dolido por la actitud de Zelda, tan altiva y distante.

La desesperación por no poder acercarse a ella crecía cada día.

Una de esas tardes en las que había terminado con su guardia, Link se había dirigido a la Aldea Mabe, específicamente al rancho de la llanura, sitio en el que le gustaba ver la tranquilidad de los caballos pastando y que le ayudaba a desviar un poco la incertidumbre que lo aquejaba.

Todo fue paz… hasta que una chillona melodía lo sacó de sus pensamientos.

- ¡AAAAAH!

El grito de Link causó que una carcajada se hiciera presente en el ambiente, para luego tomar forma de niña. Al lado de Link se sentó su pequeña hermana, Abril, portando en sus manos un extraño instrumento color verde y crema.

La niña de ocho años era preciosa. Piel blanca, ojos azules y cabello rubio claro hasta la altura de los hombros, y dos mechones más largos descansando sobre estos.

Hace poco que Abril, de alguna manera, había conocido a su hermano mayor, pues cuando él se fue a entrenar era solo una bebé, pero creció cultivando afecto por él gracias a las historias de su padre. Nunca necesitó tener a Link cerca para quererlo.

- ¿¡Qué te pasa, niña!? – reclamó Link. – ¿Por qué me asustas así?

- Porque tienes una cara tan triste, hermanito. – dijo la niña, apenada. – Y sé que es por la princesa… pero no le hagas caso, ella sí te quiere, solo que está enojada contigo.

- ¿Qué cosa? – preguntó Link, soltando una risa irónica. – ¿Y tú cómo sabes tanto?

- Solo lo sé… – dijo la niña. – Además, la princesa y yo nos llevamos bien, y sé que ella te quiere, aunque no lo parezca.

Link no supo cómo tomar la madurez de su hermana, a pesar de que eso no era impedimento para comportarse como alguien de su edad, sobre todo por el susto que le dio.

Abril sacó del bolsillo de su vestido verde el instrumento con el que asustó a su hermano.

Link la miró con curiosidad.

- ¿Qué es eso? – preguntó Link.

- Es una ocarina, me la regaló mi papá. La descubrimos por un cuento que me leía antes, todas las noches, llamado "Los Kokiris".

- ¿Los Kokiris? – a Link se le hizo curioso el nombre. – ¿Y quién te enseñó a tocarla?

- Me enseñó nuestro abuelo. – afirmó la niña, sorprendiendo a Link aún más. – Y no es por nada, hermano, pero lo hago muy bien.

La niña comenzó a entonar una de las canciones aparecidas en el libro, el que contenía algunas notas musicales. Link se sorprendió de ver la proeza de su hermana, y por alguna extraña razón sentía la escena nostálgica y familiar.

- ¿Te gustaría aprender, Link? – preguntó Abril.

- ¿Yo?

- Puedo enseñarte, soy muy buena maestra. – dijo la niña, orgullosa.

La niña le ofreció el instrumento a su hermano, el que por un momento dudó en tomarlo, pero luego lo hizo más curioso que nunca.

- Bueno, que empiece la clase.

Desde el momento en el que Link colocó el instrumento en sus labios, la risueña voz de su hermana no dejaba de parlotear para darle indicaciones. Por un momento se sintió abrumado, pero con el tiempo hasta le dio gracia.

La risa de Abril no dejaba de escucharse en todos lados...

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Zelda escuchó el relato con mucho interés. Sabía que Link había aprendido a tocar la ocarina por su hermana menor, y se alegraba al saber que lo había recordado.

- Parece que ya recordaste el cómo aprendiste a tocar la ocarina. – dijo Zelda. – Tu hermana fue la responsable.

- ¿Tú la recuerdas?

- Claro que sí. – respondió la dama. – A pesar de que por mis ocupaciones no podía hablar mucho con ella, los pocos momentos en que lo hacíamos la pasaba bien. Siempre me hablaba de ti, aunque no te conocía, y también me enseñaba las canciones que aprendía con la ocarina.

Los jóvenes guardaron silencio por varios minutos, hasta que Link decidió romperlo. Dentro de su recuerdo existía una duda que lo martirizaba, y ese era el momento correcto para despejarla.

- Zelda… – hizo una pausa, formulando bien su pregunta. – ¿Por qué dejaste de responder mis cartas? ¿Por qué siempre estabas distante de mí?

La dama se apenó al escuchar las preguntas del joven, y la vergüenza le hizo callarse por unos segundos. Sin embargo, algo debía responderle en consideración a su sinceridad.

- Solo te diré que lo hice por inmadura, por pensar que me habías abandonado en el peor momento de mi vida, cuando mi madre murió. – dijo Zelda, apenada. – Me da mucha vergüenza recordar esa época, y por eso te pido perdón. Es todo lo que diré, pero prometo que cuando esté más restablecida, te contaré más detalles.

- No hay nada que perdonar… y espero pronto me puedas contar más.

A pesar de que no era la confesión completa, Link se conformaba con eso, sobre todo porque no deseaba que la salud de Zelda empeore por sus emociones.

El camino de los jóvenes continuó, hasta que una saliente de tierra se hizo evidente. Parecía un pueblo a medio construir, casi abandonado.

- Ese debe ser el pueblo que Karud mencionó. – recordó Link. – Y ahí deben estar uno de sus hombres trabajando.

- El que debe ser el mismo que los hermanos Goron mencionaron. – dijo Zelda. – Seguro que ya deben estar ahí, con lo rápido que pueden movilizarse.

- Vamos allá. Seguro que el hombre de Karud sabe dónde está viviendo el científico, Rotver. – sugirió el joven.

Link se disponía a dirigirse hacia el desconocido pueblo, sin embargo, detuvo a Epona de manera abrupta al ver a un extraño ser corriendo por la llanura de Akkala.

- ¿Qué es eso? – preguntó Zelda, sorprendida.

Zelda no pudo prever el momento en el que Link se bajó de la yegua y comenzó a dirigirse hacia el ser, el que seguía corriendo por el pasto, hasta que cruzó su mirada con la de él.

- ¡Link!

La princesa no pudo detener los pasos del joven, pues su distancia con la de la criatura se estrechaba cada vez más.

El lobo de ojos azules se desvaneció en las sombras de la noche… cuando Link estuvo a punto de tocarlo.


Comentarios finales:

Hola a todos, espero se encuentren bien ^^

Muchas gracias a todos por su paciencia, pero sobre todo, por sus mensajes de apoyo y preocupación por mi salud.

Solo pasé por un gran agotamiento, motivo del trabajo, pero nada grave, ninguna enfermedad, y aun así, muchos no dejaron de preguntarme cómo me sentía, lo que me hacía sentir feliz y agradecida. Incluso, mi compañero, Fox McCloude, me hizo un precioso oneshot zelink que publicó hace poco, llamado "Día de fiebre". Les recomiendo que pasen a leerlo, me encantó.

Ahora hablemos de la historia. Esta vez les he traído un capítulo más largo en compensación por la espera, pero con bastantes detalles interesantes que aportan a los misterios de la trama.

Reconozco que no le di tanto detalle a la despedida de Daruk y Yunobo, pero para ser sincera no es algo trascendental para mí, como lo fue con Mipha, que se estaba despidiendo de su familia, de seres que dieron mucho por ella, así que merecía un capítulo completo. Al menos le dejé una valiosa labor al haber ayudado a Daruk siendo niño.

Aquí he dado relevancia a muchos personajes importantes y los secretos que esconden; como Astor, que cada vez se evidencian los alcances a los que llegó, por su odio, por su rabia injustificada y machismo.

Y sobre el final, es obvio que el animalito misterioso se trata del lobo de TP (Link, para ser específica). El lobo en esta historia tiene el mismo rol que en el juego, es decir, un animal de compañía, pero no de Link.

El lobo no será un Link del pasado, tampoco un cameo de la Sombra del Héroe… simplemente es un animal muy especial cuyos dones se verán muy pronto.

No tengo nada más que decir, solo agradecer por seguir leyendo esta historia que, a pesar de que a veces parece confusa, cada vez va aclarando los misterios.

Les mando un abrazo a todos ^^

PD: Ahora sí, las actualizaciones de FF están vigentes.